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Reseña: Constitución Política del Perú (2021) de Santiago Vera

Un breve comentario a Constitución Política del Perú de Santiago Vera

Por C. Briceño A.

Sostiene Eliot, en uno de sus ensayos sobre el verso libre, que no existe una división entre el verso conservador y el verso libertino, porque solo hay “versos buenos, versos malos y el caos”. La conclusión nos parece lógica y de una justicia inapelable, si consideramos que el caos significa una imposibilidad en la reiteración de patrones. Hallar un heptasílabo y un endecasílabo en medio de la más completa anarquía halaga ciertos corazones y hace pensar en los escombros de una silva, pero seguimos inmersos en el desorden. Sea como fuere, no podría hablarse de un verso libre, sino de una versificación libre, considerando que es el análisis global del poema lo que nos da las pautas para entender la propuesta del poeta, su estrategia o su intuición métrica y rítmica. Es esta intuición formal la que nos conduce a una reflexión sobre la importancia que puede tener en poetas actuales, en particular por la pérdida de estas nociones, algo que, en la tradición peruana, parece llegar a su fin con los poetas de los años sesenta —persiste en contadas ocasiones, como en José Pancorvo, Jorge Wiesse, Alonso Ruiz Rosas, Lorenzo Helguero, y más recientemente en José Miguel Herbozo o Elio Vélez—, aunque quizá pueda hablarse de poetas que intuyen el ritmo o que tienen buen oído; tal parece que en muchos poetas sigue operando en el ritmo una cierta estructura clásica encubierta por las combinaciones con que se trabajan los poemas; incluso a partir de esto sería factible reconocer los indicios de su manejo técnico, algo que podría ser instintivo, derivado de sus lecturas de nuestra tradición poética. En cuanto a Constitución Política del Perú de Santiago Vera (Lima, 1987), la libertad en el verso siempre va de la mano con una interesante determinación rítmica; sin embargo antes es necesario conocer su método de composición. Vera toma la Constitución Peruana de 1993 y reacomoda el documento, combina fragmentos, edita, adiciona el vocablo Tiempo, a manera de licencia poética, como elemento dinamizante, propone una versificación, un encabalgamiento arriesgado, una disposición del verso dentro de la página. Los hallazgos métricos, según sospecho, son una consecuencia del ordenamiento, y quizá no pueda hablarse de una intención propiamente dicha, sino más bien de una inercia rítmica y métrica que, por momentos, consigue escapar de la voz protocolar, legal, hierática del texto base, aunque, en general, el poemario absorba ese tono y lo haga inherente a su propuesta. No podría hablarse de una inercia métrica en Trilce, por poner un ejemplo, ya que tenemos antecedentes de la regularidad formal de Vallejo en sus poemas precedentes influenciados por el Modernismo, e incluso es posible advertir, en las versiones preliminares del propio Trilce cómo muchos de los textos fueron diseñados como sonetos. Incluso es posible advertir el procedimiento de Vallejo para desmontar los versos, recortar su extensión, suprimir nombres propios o replantear su lugar en el poema hasta hacerlos trascender el registro modernista (algo que ya se puede advertir en la sección final de Los heraldos negros), por lo que una lectura atenta del libro nos revelará el vestigio endecasilábico y alejandrino como si fuese una estructura antigua amalgamada en una reciente arquitectura:

En la línea mortal del equilibrio (Trilce I)

Gallos cancionan escarbando en vano (II)

En el rincón aquel, donde dormimos juntos (XV)

Destílase este 2 en una sola tanda (XVII)

Mi mayoría en el dolor sin fin (XXXIV)

La tarde cocinera te suplica (XLVI)

Fósforo y fósforo en la oscuridad (LVI)

Ya no reiré cuando mi madre rece (LVIII), (et al.)

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Se puede descargar la reseña completa desde el siguiente enlace:

https://elhablador.com/blog/wp-content/uploads/2022/02/Resena-en-texto-completo.pdf

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Datos del libro reseñado:

Santiago Vera

Constitución Política del Perú

Taller Editorial La Balanza, 2021, 120 p.

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Reseña: Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático (2019) de Sara Mesa

Una historia de horror

Por Sebastián Uribe

Toda historia de pobreza es una historia de horror. Una caracterizada por la incertidumbre persistente de si se logrará llegar al final del día con al menos un plato de comida, un sorbo de agua limpia o un lugar para el aseo. En la olla del pobre todo es condimento, como dijo João Guimarães Rosa. Un infierno sin escape que se habita a diario y por la cual, quien lo padece se convierte en objeto de juicio. Conlleva la condena social, el rechazo y la fobia. Una conjunción de miedos (¿a ser uno de ellos?) en su contra que se aúnan en actitudes agresivas (insultos, pedidos de expulsión, violencia física), o pasivas y silenciosas, igual o más peligrosas al tomar como único rumbo la indiferencia, disfrazada bajo caridad. Las personas pobres reciben una negación de la justicia por ser consideradas responsables de su propia situación. La deshumanización se convierte en la única vía para evitar la incomodidad que supone tomar conciencia de que, en efecto, la pobreza existe.

Sara Mesa (Madrid, 1976) escribe la historia de Carmen y su relación con Beatriz, con quien, tras cruzarse varias veces, realiza un acto extraordinario para la sociedad en la que vive: se fija en ella. Ya no es solo un escollo a evitar en la calle, o la causa para acelerar el paso tras darle unas monedas. Es una persona: con historias, con emociones, con necesidades. Tiene un nombre. Es alguien que requiere ayuda y espera. Espera y espera. ¿Qué espera? ¿En qué nivel y condiciones? Beatriz empieza a actuar. Se involucra en la desesperante situación de Carmen, la escucha y la acompaña. No como una salvadora ni para aliviar su propia culpa, sino para intentar que Carmen salga del pozo al que la han empujado una serie de trabas y la desidia social. Un pozo cuya profundidad aumenta con la infinita burocracia de los programas sociales destinados a ayudarla. Un pozo del que la misma Beatriz no está libre.

Si hay un elemento que vertebra el laberinto burocrático al cual se refiere la autora en el subtítulo es la desconfianza. La presunción inicial es de culpabilidad y la solución institucionalizada para ello es la demostración constante de lo contrario. Validar que alguien es confiable mediante papeleo: documentos, constancias, autorizaciones, recibos, avales. Una constante búsqueda de que la palabra de uno sea considerada cierta por los demás. Pero, ¿cuáles son los límites de esta exigencia? ¿Qué efectos puede causar?

“(…) ¿cómo es posible exigir a quien vive en la calle, sin recursos de comunicación -teléfono, internet- ni de transporte, que haga su peregrinaje a través de oficinas, ventanillas y colas como si nada”. (p. 50)

Como bien se señala, un problema neurálgico es la indefensión de las personas empobrecidas ante la exigencia de precisión documentaria sin un acceso adecuado a la información. A estas personas –sumidas en su propios laberintos­– se les exige recorrer otro más, para chocar con la indiferencia de funcionarios con una agotada capacidad para la empatía. Además, son personas que, en la mayoría de casos, están formadas en un sistema diseñado para rechazar al solicitante, proteger el estatus quo y evitar que quienes conforman el sector más precario de la sociedad adquieran un rostro o una voz propia.  

La autora, asimismo, le da énfasis a cómo el género resulta ser un factor determinante para la experiencia de la pobreza. La misma estructura socioeconómica es la que que lleva a muchas mujeres a ocuparse en exclusiva de la familia y el hogar o a trabajar en puestos escasamente remunerados y/o sin contratos. Esto deviene en su incapacidad para generar ingresos considerables por cuenta propia y en la dependencia económica plena de su cónyuge.

Una ruptura sentimental o la muerte de los padres, por ejemplo, puede conducir a una mujer joven directamente a la pobreza más absoluta. Muchas se agarran a la supuesta protección que le ofrecen otros hombres, se prostituyen o son extorsionadas. (p. 46)

A ello se suman las situaciones de acoso –como las que sufre Carmen– que se presentan a diario en las residencias de personas indigentes. Mesa trasciende la frialdad de las cifras y recoge los testimonios que reflejan esta vulnerabilidad y su influencia en la historia de vida de cada persona. Con cada testimonio, Mesa elude el paternalismo habitual en este tipo de textos, así como su condescendencia deshumanizante. Ella emprende, ante todo, una batalla por la dignidad, reflejada en el acto de escritura. Y es que la elección del lenguaje es otro elemento clave en esta historia. Con este texto, Mesa denuncia la impenetrabilidad de la documentación de asistencia social, escrita en forma críptica e inaccesible. A ello, Mesa contrapone la estructura y el tono del libro, con el fin de demoler la concepción de la pobreza como una serie de números que suben y bajan. A través de una mirada profundamente humanizante, el texto nos muestra un retrato de Carmen que dista del melodrama periodístico:

“Carmen muestra una gran dignidad cuando relata su vida, no cae jamás en el victimismo, es capaz incluso de reírse, con un oscuro y franco sentido del humor. Es agradecida, pero nunca carga las tintas. Frases como “qué buena eres” o “¿qué haría yo si ti?”  jamás salen de su boca. Da las gracias porque es educada, pero lo hace siempre con discreción, en términos de igualdad”. (p.  41)

¿Qué queda cuando se ha perdido, aparentemente, todo? ¿Acaso no es la historia propia aquello que no nos puede ser arrebatado? Sara Mesa denuncia la aporofobia de las instituciones llamadas a resolver la pobreza. En la recuperación de la historia de Carmen, Mesa escribe lo ilegible para las estadísticas oficiales. Recoge lo que conforma a una persona cuando todo lo demás se ha socavado, que no es –ni jamás podría remitirse a– una cifra. Allí están los gestos, sus aficiones y vicios, tan reales como los de las personas que conforman ese elefantiásico laberinto que Carmen y otros tantos tienen que recorrer a diario.

Ese laberinto que, como Mesa advierte, no es anónimo. Tiene nombres y apellidos al frente: autoridades y funcionarios que alimentan el infierno de la pobreza con lo que hacen o dejan de hacer cuando se olvidan de su vocación de servicio.  Que mueven los engranajes de una maquinaria orientada a señalar el error, maximizar la falla y encontrar aquel detalle que le dé la razón de desconfiar de las personas que requieren la ayuda. De lograr que la desesperanza prevalezca entre estas como sentido común. Si bien la historia de Carmen se sitúa en Andalucía, España, es posible extrapolar y maximizar lo que el libro denuncia, pues aplica a cualquier región latinoamericana, con instituciones más endebles y Estados con menor presencia. Con oligopolios obsesionados con precarizar más a sus trabajadores, una distribución económica cada vez más desigual y demandas de justicia social que no hacen más que crecer año tras año, por más que el culto a las cifras deseen minimizarlas. En este contexto de precarización normalizada, cualquier escenario alternativo se vuelve utópico, y cualquier intento de solución cae en una postergación indefinida:  ¿Renta básica universal? ¿Impuestos a quienes más ganan? “No, para después” se suele decir. Que va a tomar años. Muchos años con muchos días en los que mucha gente como Carmen se despertarán con un mismo fin: sobrevivir.

Foto: Sonia Fraga

La lectura de este libro confirma el logro de su propósito: estamos frente a una crónica cuya perspectiva, no exenta de subjetividad, aborda una realidad social que casi nunca es el centro del debate político. Una crónica que fastidia e interpela, sobre todo si uno se dedica a la gestión pública –como quien escribe–, y se encuentra, en teoría, llamado a contrarrestar esta realidad. Una realidad insoslayable que no se resolverá invisibilizándola mediante juicios preconcebidos o la sola atención a sus síntomas a distancia, en silencio cómplice. En un perverso y diabólico silencio administrativo que, con su libro, Mesa quiebra. Y, como lectores, nos encontramos llamados a oír.

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Datos del libro reseñado:

Sara Mesa

Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático

Anagrama, 2019, 122 pp.

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Reseña: Mandíbula (2018) de Mónica Ojeda

Lo femenino y lo siniestro

Por Omar Guerrero

Mandíbula (Candaya, 2018) de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es una novela donde predomina lo femenino y lo siniestro. Sus personajes son mujeres de distintas edades. Y a pesar de que se advierte la presencia de personajes masculinos, estos se mantienen al margen o en silencio como es el caso de un psicoanalista que trata clínicamente a una de las protagonistas. A lo largo de la novela, ellas pasan de convertirse de víctimas a victimarios, y viceversa. La agresividad de una cambia para volverse completamente vulnerable. Mientras tanto, el miedo de la otra se torna en algo cruel e incisivo. Es como un juego de dualidades o roles donde solo debe sobrevivir una. Todo empieza cuando la alumna del colegio Bilingüe Delta, High School for girls (colegio de élite del Opus Dei), Fernanda Montero Oliva, hija de un ministro y de una reconocida abogada provida, despierta maniatada y sujeta a una silla dentro de una cabaña. Ella se encuentra secuestrada por parte de su profesora de Lengua y Literatura llamada Miss Clara López Valverde. Fernanda logra reconocerla por su forma de caminar y de vestir, lo que siempre fue motivo de burlas por parte de sus alumnas. Fernanda exige que la libere. Insulta y maldice, pero Miss Clara impone su voluntad amenazando a su víctima. Le da a entender que ahora las cosas han cambiado. El fin de este propósito es sancionar y al mismo tiempo dar una lección: “Tú y yo vamos a tener que hablar sobre lo que hiciste”. Con esta línea termina el primer capítulo. Y a continuación la novela empieza a desarrollarse de manera trepidante en distintos saltos de tiempo solo para poder entender por qué Fernanda ha terminado secuestrada y por qué su profesora de Lengua y Literatura ha decidido proceder de esta manera.

La mejor amiga de Fernanda Montero es Annelise Van Isschot. Junto a ellas se suman otro grupo de chicas del mismo colegio. Fernanda y Annelise son las líderes de este grupo de alumnas rebeldes. A ellas les gusta las historias de terror, sobre todo aquellas que llevan por nombre creepypastas que se pueden encontrar en internet. También le gusta hablar en argot y adoran al Dios Blanco, un ente sobrenatural que puede subvertir cualquier circunstancia normal, según su creencia. Estas alumnas también van a fiestas y retan a los chicos guapos que les gustan haciéndolos quedar en ridículo. Incluso hasta ponen en riesgo sus vidas con tal de imponer con éxito su imagen de muchachas radicales. No solo eso. También son capaces de mostrar lo que hacen en la intimidad, produciendo asombro y también mucho horror.

Esta amistad tan cercana entre Fernanda y Annelise colinda con el erotismo y lo lésbico sin caer precisamente en ello. Ambas mencionan que se han visto desnudas, se bañan juntas y que comparten muchas cosas ocultas. Comparten también otros intereses que van desde la travesura hasta la crueldad como el hecho de hacer sufrir y provocarles miedo a sus profesoras. Las dos alumnas, además, se consideran como hermanas de distintas madres, pues sus progenitoras también han mantenido una cercanía similar que sí queda en evidencia a partir de los recuerdos de una de sus hijas. Es entonces que aquí se toma en consideración la relación entre madres e hijas. El supuesto amor y comprensión que debe haber puede cambiar de pronto en el desinterés y el aburrimiento. Esto último puede convertirse inclusive en insulto y desprecio. Y este tipo de relación tortuosa se conecta con la vida de Miss Clara, quien desde muy joven sufrió en manos de su difunta madre, cuya voz se mantiene en el presente de la novela solo para extender sus traumas. Se entiende que no es una manera de corregir sino de subvertir.

El comportamiento retraído de Miss Clara en el colegio es motivo suficiente para que se convierta en blanco de las burlas de sus alumnas. Esto mismo vivió cuando era niña. Ella nunca fue una estudiante popular como Fernanda Montero o de una belleza sobresaliente como Annelise Van Isschot. Es precisamente ella quien se percata de este temor que sufre su maestra de Lengua y Literatura. Busca una cercanía solo para hacerle una serie de preguntas que terminan poniéndola más nerviosa. Annelise le habla de asesinos jóvenes y de actos siniestros. También le menciona hechos truculentos y llenos de abyecciones. El punto más alto y sincero de este intento de cercanía sucede cuando le escribe un trabajo que lleva por consigna: “Escriba un breve ensayo en el que comente alguno de los cuentos de Edgar Allan Poe”. En este ensayo, Annelise no aborda precisamente la obra de Poe sino a su experiencia con el miedo. Se ciñe más en un capítulo de Moby Dick con respecto al horror blanco. También hace mención, entre otras cosas, al gusto que tiene por la obra de Lovecraft y de Stephen King. Aunque su experiencia con el miedo traspasa lo literario. Ella cuenta de manera personal lo vivido con Fernanda, quien para ese momento ya ha dejado de ser su amiga. Tampoco puede dejar de mencionar su percepción del miedo en Miss Clara. Se lo describe detalladamente para que no haya excusas de que no inventa nada. Le cuenta episodios vividos en clase. Sabe que Miss Clara los recordará con exactitud, pues le conciernen como víctima. Y con esto señala a una sola persona como culpable y que debe ser sancionada. Ese es su objetivo, pues no solo es culpable, sino que sigue siendo un peligro. Annelise hace uso de su intelecto y su malicia para persuadir a su maestra a que debe obrar de otra manera, tal como lo hace una maestra y también una verdadera madre.

Mientras Fernanda permanece secuestrada se menciona que descarga su vejiga en la misma silla donde permanece atada, pues no tiene chances ni siquiera de ir al baño. También se menciona que llora, babea y que sus mocos corren alrededor de su boca. Se convierte en una persona que solo produce asco y que aun así no es compadecida ni perdonada. Miss Clara, por su parte, no puede dejar de tener presente un ataque previo cometido por dos alumnas totalmente díscolas y crueles que le hacen recordar mucho a Fernanda. Tampoco puede dejar de recordar a su madre. Sabe que debe sancionar y a la vez enseñar. Por otra parte, la mención a la “mandíbula” es reiterativa. Esta mastica y tritura. Acaba con su presa. Es la entrada a otra dimensión que se desconoce. Lo que sucederá será irreversible.

Foto: Gatopardo

De esta manera se estructura una historia que logra mantener el suspenso hasta el final. Se añade que los diálogos son precisos. Sobresale también el discurso de cada personaje, trayendo consigo lo vivido y lo que se debe tomar por resolución. Esto asombra al igual que el uso de un lenguaje lleno de imágenes. Solo el uso reiterativo de anglicismos, propio del lenguaje juvenil de ese tipo, podría excederse, más no incomodar. Esto no impide que se asuma a Mandíbula como una novela lograda y a su autora como un verdadero suceso.  

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Datos del libro reseñado:

Mónica Ojeda

Mandíbula

Candaya, 2018

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Junto al Sena

Dos exposiciones: Botticelli, artista y diseñador; y Marcel Proust, un roman parisien

Carlos Germán Amézaga

En medio de un París castigado por la COVID 19, en sus versiones delta y ómicron, quedan, no obstante, varias razones para permanecer y dedicar algunas horas a visitar algunas de las exhibiciones que se presentan regularmente en la ciudad, muchas de ellas pospuestas desde el momento del confinamiento que obligó al cierre de los museos y demás salas de exposiciones. Algunas de ellas las hemos visitado y aquí están nuestras impresiones.

Boticcelli, artista y diseñador (1445 – 1510)

Museo Jacqemart André

Cuando uno piensa en Botticelli aparece sin duda el Nacimiento de Venus, quizás la obra que más lo representa, pero el Maestro fue mucho más que eso, no solo un inmenso artista sino también un diseñador de talento, habiendo creado un taller que fue a la vez un laboratorio de ideas y un espacio de formación y transmisión del saber.

Iniciado como orfebre en la Florencia de los Medici, se decide luego por la pintura y tiene como mentor a Filippo Lippi, quien lo inicia en el trabajo de los grandes frescos de la Catedral de Prato. Bajo su influencia, se irán forjando las famosas Madonas con el Niño, pero poco a poco Botticelli irá creando un estilo propio, en el que además de la plenitud de las formas, agregará una nota melancólica que las diferenciará de su maestro.

Hacia 1467 Botticelli abre su taller en Florencia en el cual desarrollará las influencias de Filippo Lippi, pero también de otros maestros de la época como Andrea del Verrochio. Una gran parte de las pinturas del taller son las “pinturas de historia” que adornan las casas patricias de los florentinos. En el taller se reparten las tareas, lo cual no implica que el maestro mismo intervenga en la realización de ciertos paneles, como es el caso del “Juicio de Paris”. Toda obra del taller, si bien formaba parte de un trabajo de colaboración, era también una obra de Botticelli, pues estaba concebida de acuerdo con su diseño y llevaba su marca de fábrica.

A partir de 1470 Botticelli despliega su talento hacia las artes aplicadas, pues sus dibujos son transportados hacia técnicas diversas como la tapicería, los encajes o la marquetería con modelos concebidos por él mismo y realizados por artesanos especializados. Su estilo y talento atraería pronto el favor de los Medici, quienes le permitirían trabajar en los muros de la capilla Sixtina y realizar retratos famosos como el de Julien de Medicis. Su interés por la Divina Comedia de Dante Alighieri lo hizo formar parte del gran proyecto de ilustración del poema, para el cual creó una serie de dibujos y diseños.

Hacia finales del siglo XV, influenciado por el movimiento de Savonarola, su obra sufre un cierto cuestionamiento estético, sus bellezas melancólicas se llenan de pudor y adquieren una interpretación sublime y más calma; finalmente, en sus últimos años, su taller adquiere una gran vitalidad, pero Botticelli ya envejecido y débil no puede contribuir tanto como le hubiera gustado a la realización de sus obras.

Hoy día, tener la oportunidad de apreciar en directo cualquiera de las obras del Maestro Botticelli, como lo presenta la muestra, nos genera un verdadero estremecimiento estético, pues la elegancia de sus dibujos, la expresividad -a veces severa- de sus rostros, la delicada sensualidad de sus madonas y el alto refinamiento de los más ínfimos detalles de sus creaciones son algunas de esas características que, dada su enorme sensibilidad, lo colocan entre los más grandes genios pictóricos de su tiempo.

Marcel Proust, un roman parisien

Museo Carnavalet

Evocar la figura de Marcel Proust nos trae a la mente a un hombre ciertamente sombrío, enfermizo, curioso por naturaleza, quizás intrigante, gran observador de la sociedad de su tiempo, pero, sobre todo, un incansable escritor, aquel que supo describir con brío y profundidad a todo un conjunto de personajes que constituyeron la crema y nata de la alta sociedad de finales del siglo XIX e inicios del XX en Francia.

Eso es un poco lo que intenta mostrar la exposición sobre este personaje, desde su nacimiento, de padre católico y madre judía, pasando por sus colegios, sus enfermedades, sus primeros amigos, su entrada al mundo elegante, sus diferentes viviendas, sus amantes, los inicios de su gran obra, su premio Goncourt de literaturay finalmente su muerte a los 41 años, convertido ya en un referente de las letras francesas de ese momento.

Proust vivió acosado por sus enfermedades, pese a tener a un padre y a un hermano médicos, en distintas residencias, todas ellas representantes de la clase pudiente de su tiempo. Estudio además en el colegio Condorcet, un liceo muy chic reservado a la burguesía de los distritos 8 y 16 de París. Incluso, en medio de su postración, esto le permitió crear y mantener una serie de relaciones sociales vinculadas a las “mejores” familias, a quienes supo representar en su obra de manera muy vívida y realista, tanto así que su inmensa novela, En busca del tiempo perdido, resulta a veces un roman a clef.

Los espacios en los que se desenvolvió la vida y la obra del autor son una clara muestra de esa esencia burguesa de su escritura: el hipódromo, la Plaza de la Concordia, el Bosque de Boulogne; los salones de las Princesas de Polignac y Mathilde o de las Condesas Potocka o Greffuhle;  sus restaurantes favoritos como el Maxim´s, el Café Anglais, la Maison Dorée, La Grande Cascade y, especialmente, el restaurant del Hotel Ritz, fueron el centro de las aventuras y desventuras de este autor, quien en algún momento dijo que “Me gustaba cenar en la ciudad, pero yo no veía a los comensales, porque cuando yo creía mirarlos los radiografiaba”.

Además de los lugares mencionados, Proust solía acudir también con varios de sus amigos a ciertos sitios dedicados a la prostitución masculina, como el Hotel Marigny, el Hotel des Bords o el Hotel du Mont-Blanc; así también a los establecimientos de baños, donde se ofrecían duchas y masajes, en medio de decorados exóticos y orientalistas. Estos espacios, junto a ciertas calles como las que rodeaban las Tullerías o el Palacio Real, frecuentados por homosexuales, permitían a Proust ahondar en sus propios fantasmas y vivir sus propias perversiones -reales o imaginarias-, todo lo cual es fielmente recogido a lo largo de su obra.

La exposición comenta también que, después de ganar su premio Goncourt, la última noche de fiesta, Proust la pasó en el Hotel Majestic, el 18 de mayo de 1822, invitado por sus amigos Violet y Sydney Schiff, ocasión en la que estuvieron algunas de las grandes figuras de las artes y las letras, como Igor Stravinsky, Pablo Picasso o James Joyce. Poco tiempo después, en su casa de la rue Hamelin, cae enfermo de una bronquitis que deviene luego en neumonía. Lo cuida su fiel Celeste y lo visita su hermano Robert, el médico, pero rechaza toda asistencia medical. Finalmente, el 18 de noviembre a las 16:30, Proust muere y sobrevive a su propia gloria.

Leer a Proust resulta a veces complicado, pues las grandes descripciones de lugares y personas, el alto número de personajes y la compleja erudición de su lenguaje, generan un sentimiento de saciedad que solo permite ir saboreando cada pasaje de la lectura en pequeñas dosis, hasta alcanzar quizás una velocidad de crucero que permita alcanzar las miles de páginas de su obra completa.

Esa es la misión de esta exposición, ofrecernos detalles de personas, lugares y momentos de su vida, que nos permitan afianzar la lectura de sus novelas, al darnos un contexto histórico y circunstancial de quien fuera, probablemente, el más grande escritor francés del siglo XX.

Febrero 2022

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Reseña: Este frágil tiempo presente (2021) de Adán Calatayud

El claroscuro del presente

Por C. Briceño A.

Hasta hace quince años podía revisarse alguno de los volúmenes compilatorios del premio Copé de cuento publicados por entonces y advertir que el tema hegemónico era el conflicto interno en el Perú de finales de siglo XX; el tiempo ha pasado, y ahora solo ocasionalmente nos encontramos con estos relatos. El tema de la violencia interna, sin embargo, persiste en varios narradores, actualizado, llevado a otros escenarios; se muestran las secuelas directas e indirectas, la tensión de épocas oscuras persistiendo en la vida de los ciudadanos: en resumen, la inspección de ese evento crucial en nuestra historia republicana sigue derivando en ficciones. Tenemos a Hijos de la guerra (Emmanuel Grau), Cuentos del Vraem (Francois Villanueva), Mañana nunca llega (Tadeo Palacios) o Quien golpea primero golpea dos veces (J.J. Maldonado), por nombrar algunos ejemplos. Adán Calatayud (Lima, 1983) explora en su más reciente conjunto de relatos la voz de los sobrevivientes, las huellas del conflicto y la búsqueda de un discurso que dé cuenta de los daños y del intento por repararlos. Este frágil tiempo presente nos presenta tres historias que comparten un tono gris, de decepción con respecto al porvenir; los personajes intentan reparar el pasado, buscan pistas de su propia vida hurgando en sus recuerdos, aunque, al final, deben aceptar que ésta es una tarea que los sobrepasa. En esta puesta en escena, la prosa de Calatayud es funcional, va tejiendo las tramas con una voz descriptiva, la cual intenta una reconstrucción objetiva de los hechos, sin que las emociones desborden el propósito. A esto hay que añadir la estructura de los relatos; los tres van alternando los tiempos para que el lector comprenda la importancia de los eventos en la conformación de la personalidad de sus personajes. Con esto, el autor propone al tiempo como uno de los personajes principales de sus historias, por el que se avanza a tientas, intentando reconocer los vestigios de presencias del pasado, como si fueran fantasmas que ya no esperan encontrar pero que persisten siempre un paso más allá, a una distancia cercana pero inalcanzable. Para esto, Calatayud nos ofrece una prosa de variados matices; no es inusual encontrarnos con símiles de gran calidad y que generan un contraste con la naturaleza de lo narrado, como cuando describe la ludopatía de un ex militante de izquierda caído en desgracia por sus decepciones políticas:

Al cabo de varios intentos empezará a ganar, luego vendrá la parte más importante: una segunda racha negativa que lo pondrá contra las cuerdas. Él debe resistir sin espantarse. Ahí está la clave, es la gota fría que hay que sudar. Luego,  los mecanismos internos del aparato se alinearán como si fueran cuerpos celestes y las figuras volverán a coincidir. (p. 81, “Nocturno”)

En otra parte del libro, su estrategia es un discurso fracturado, de oraciones cortantes que apelan a un ritmo vertiginoso y a una descripción incesante de los hechos, de modo que el lector se sienta transportado a la prisa del mensaje, a su inminente caducidad, a una precariedad de las relaciones, las cuales parecen sostenerse en el delgado límite de lo contingente:

Por primera vez Joane llegó temprano. Se acerca, no sonríe. Hola. Beso en la mejilla. Hola. Mentón alzado, la mirada fija, brazos cruzados, pechitos alzados. Necesitamos hablar. Era tan linda. Claro, sentémonos. Banca roja, fría, semáforo en verde, se sienta, se coge la trenza, la mira antes de hablar, era tan linda. Debo hacer un viaje. A dónde, por qué. Se coge la trenza. Será por un largo tiempo. Cuándo. No puedo pedirte que me esperes. ¿Me estás terminando? Suelta el lazo. Me gustas, tenemos muchas cosas en común, pero… Yo te quiero. Lo mira a los ojos, la trenza se deshace, su cabello se hace ondas, brilla, es hermoso, se moría de ganas por acariciarle el cabello. (pp. 99-100, “Nocturno”)

Tal vez aislar algunas líneas de esta propuesta discursiva no hagan sino mermar el alcance de la misma, pero dentro del corpus del relato se consigue el efecto antes mencionado. A esto, es debe añadir un afán del autor por insertar la nostalgia dentro de sus relatos; la época a la que se alude son los años 80, y el eje de los relatos, o por lo menos el punto de partida o de llegada, es la música. Si bien un par de epígrafes tienen que ver con letras de canciones, dentro del texto encontramos menciones a referentes musicales de la época, como Charly García, Spinetta, Los prisioneros o Soda Stereo. La música, por ello, es el lugar desde el que se origina la evocación de una espacio que ha sido usurpado por el presente, y este contraste crea conflictos en los protagonistas, no necesariamente porque el anterior haya sido mejor o más apacible, sino porque aquel lugar de la juventud y las promesas por cumplir fue el escenario de un aprendizaje que se evoca con emotividad, con una carga idílica que suele lastimar por las expectativas con respecto al futuro en el cual se encuentran y que se debe asumir como un presente estéril, de dudas, donde lo único que permanece es la búsqueda de algo inalcanzable. Por ellos, los personajes siempre están percibiendo los cambios en el paisaje; tanto el deterioro como el progreso son motivos de inquietud, por resultar extraños:

Leo se empecina en recorrer el hexágono de manzanas atrapadas entre la avenida Túpac Amaru y el cerco de ceros azules que rodea el barrio. Esto ha cambiado mucho, dice. Llevamos media hora caminando de un lado a otro buscando enredaderas, geranios, contando cuántos sauces, cuántas higuerillas y poncianas quedan. (p. 20, “Leonor y los dinosaurios”)

Los viejos edificios de siempre albergan cafés y restaurantes que no estaban hace  veinte años. La tarde está por morir y se encienden coquetos faroles que tiñen todo de amarillo. … En puente Trujillo, en Nicolás de Piérola, en Lampa, en el Mercado Central, en Comas, ha reconocido el mismo caos, la suciedad, la sensación de inseguridad de sus tiempos de estudiante, y ahora esta visión de la plaza Mayor sin vendedores ambulantes, sin saltimbanquis ni lustrabotas, como una postal para turistas, le desagrada. (p. 65, “El regreso”)

Esta vendría a ser la dinámica de los relatos, la de un extravío incesante en el cual todo lo familiar, lo cercano, se vuelve contra uno mismo; así, el enemigo no es solamente el miedo originado por agentes externos e implícitos, como los grupos subversivos o la represión militar, sino la gente cercana, familiares, vecinos, amigos que en algún momento fueron incondicionales, pero las circunstancias desdibujaron todo vínculo hasta conseguir que la guerra también se convierta en un conflicto de los afectos:

En una ocasión le di una cachetada a un muchacho de la cuadra por acusarnos de narcos. Vinieron sus padres, hubo lío, pero todo se arregló. Los papás del muchacho comprendieron que todas esas habladurías, tardeo o temprano, nos meterían en líos con la policía. Y así fue. (p. 37, “Leonor y los dinosaurios”)

La situación en la fábrica estaba movida, primero lo acusaron de saboteador, de senderista, pero no le comprobaron nada; luego sus jefes dijeron que la fábrica estaba al borde de la quiebra, que debían reestructurar y con ese pretexto lo despidieron junto a otros trabajadores que también exigían mejoras. (p. 85, “Nocturno”)

No existe lugar para redención en los relatos de Calatayud, los vínculos perdidos ya no vuelven a reestablecerse. Por ejemplo, en el primer relato, Leonor, una nikkei regresa del Japón a buscar a su hermano perdido, supuesto integrante de alguna facción terrorista; el narrador la acompaña en sus averiguaciones, incluso intenta establecer una relación que va más allá de la amistad, pero el costo de las pérdidas es demasiado significativo como para volver a un tiempo feliz donde cualquier posibilidad estaba intacta; “la cotidianeidad está rota”, reflexiona el narrador hacia el final, luego de que Leonor se marche del país definitivamente. Y es que es imposible que la relación con el narrador se establezca si es que falta el eslabón que significa el hermano perdido. El tercer relato “Nocturno”, vuelve a explorar el mismo tema; esta vez se trata de dos jóvenes universitarios durante los años más duros del azote terrorista. Ambos tienen sus convicciones, y es esta tensión la que termina alejándolos. Es en el segundo relato, “El regreso”, donde se explora un tema distinto, el de la reinserción de un ex terrorista en la sociedad. Este planteamiento ya ha sido abordado muchas veces. Por ejemplo en el largometraje peruano Días de Santiago (2004), de Josué Méndez, donde asistimos al descenso a la locura de un ex militar que regresa a la capital luego de haber combativo contra el narcotráfico y el terrorismo. En “El regreso”, el protagonista vuelve a la casa familiar y se pone en contacto con viejos amigos para formar un grupo que combata contra la delincuencia del vecindario y las zonas aledañas, pero pronto las intenciones se distorsionan hasta cometer acciones reprochables que significan un retorno al pasado, una irrupción de ese pasado en el presente, como una fuerza impostergable. Así, los personajes se ven expulsados del tiempo presente y la única opción, quizá incierta, de alcanzar su salvación es el futuro, un futuro visto como una tierra prometida y al que se dirigen con una esperanza que es también una forma de automatismo.

Este frágil tiempo presente es un intento por inspeccionar las heridas de nuestra historia reciente. La prosa de Calatayud es sencilla, expositiva, de una claridad que intenta abrirse paso en la oscuridad los hechos. Si bien la resolución de los relatos a veces cae en lo manido, este no es un obstáculo para disfrutar del libro y advertir cómo la temática del conflicto armado interno todavía genera interrogantes en los narradores, y en cómo estos narradores se las arreglan para otorgarle nuevos aires a ciertos temas de los que, quizá, ya bastante se escribió en el pasado.

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Datos del libro reseñado:

Adán Calatayud

Este frágil tiempo presente

Narrar, 2021

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Notas de lectura: Morir en mi ley (2021) de Lenin Heredia

Morir en mi ley de Lenin Heredia

Notas de lectura

Por Lisandro Solís Gómez

Ambientada en Piura después de la caída de la dictadura de Alberto Fujimori, Morir en mi ley (2021), primera novela de Lenin Heredia, narra centralmente las historias de Lidia y Paco, una pareja en el ocaso de su relación, cuya vida familiar se desmorona por la ausencia masculina en el hogar. Ella debe afrontar la crianza de su pequeña hija Rebeca con la ayuda de su casera y luchar por superar un episodio trágico de su niñez que aún la atormenta. Por otro lado, se relata el proceso de deterioro moral y físico de Paco, quien, junto con el Trinchudo y Anselmo, sus secuaces, labora como subordinado de Josecito, la mano oculta detrás de las empresas inmobiliarias que transforman el paisaje de la ciudad usurpando terrenos bajo presión o amenaza, o cobrando la vida de quienes se oponen. Acompañan a ambos protagonistas otros personajes como doña Matilde, la casera de Lidia, que a veces funge como consejera o amiga de ella; Carlos, cuya importancia para el desenlace recién se comprende hacia la mitad del relato; y Hugo, el Lanza, sobrino de Paco.

En principio, la novela emplea un lenguaje siempre funcional para el relato. Predomina la variedad estándar, aunque salpicada de algunas expresiones coloquiales que buscan brindar mayor verosimilitud a una historia inscrita en el código realista y contribuyen a definir la perspectiva predominante en la narración. Morir en mi ley no pretende capturar la “oralidad”, en tanto reproducción del dialecto de la zona, aunque eso no le resta fluidez a los diálogos que se presentan. No obstante, esta funcionalidad del estilo, que siempre pone en primer plano lo relatado, puede interpretarse en sus peores momentos como una falta de expresividad: el uso de un lenguaje que no transmite ni conmueve, que por lo general estilísticamente mantiene distancia con respecto de sus personajes, cuando, por el contrario, en ocasiones la narración exige una mayor proximidad. No queda claro si ese es el efecto que se buscaba al diseñar la novela. Tal vez la apuesta por una estética realista se relacione con esta concepción del lenguaje visto, ante todo, como un medio para transmitir un mensaje.   

Por otro lado, esta obra sobresale por su despliegue técnico. Se emplean diferentes recursos de manera eficaz. Entre ellos, destacan la pluralidad de perspectivas en la narración, el uso del monodiálogo, la ruptura cronológica, el montaje que define la estructura de la novela y la narración paralelística. Esta última estrategia es esencial para desarrollar las dos líneas argumentativas principales relacionadas con la protagonista de la novela, Lidia, quien debe enfrentarse a su entorno, pero también a sus propios temores. No obstante, la diferencia en extensión descompensa la importancia de la segunda. Asimismo, la novela se halla dividida en diez capítulos y un breve epílogo que continúa la narración en Lima. Existen cinco capítulos extensos, que cuentan los sucesos principales de la historia, y cinco breves narrados en primera persona que, por medio del monodiálogo, brindan la atmósfera para que la protagonista se confiese. Salvo estos pasajes, en los que Lidia toma la palabra, predomina un narrador omnisciente que, además de relatar los acontecimientos, siempre dosificando la cantidad de información que comparte, a veces prioriza el mundo interior de los personajes, su estado emocional, sus sueños y preocupaciones.

A nivel de personajes, los femeninos se encuentran mejor configurados. Destaca especialmente Lidia, que sirve como eje de la novela. Las dos historias principales, en efecto, se hayan vinculadas a ella. Uno de los aspectos mejor logrados de Morir en mi ley es la manera cómo se complementan las dos líneas argumentales que se narran en paralelo. Las tensiones, miedos y reacciones aparentemente excesivas de la protagonista en el relato principal se comprenden conforme su testimonio avanza en los capítulos más breves. Así, se consigue explicar su conducta solo sobre la base de la narración misma. De alguna forma, la novela relata cómo ella recupera su palabra y su agencia en un mundo hostil, donde parece que las mujeres se encuentran en peligro a cada instante. Este personaje también articula el tema de la violencia contra la mujer y el de la solidaridad femenina en una sociedad donde campea el machismo (este último motivo uno de los más logrados). Asimismo, la relación que Lidia mantiene con Matilde y Rebeca, con las tensiones cotidianas comunes que no contradicen el afecto y la responsabilidad entre ellas, es otra fortaleza de la novela.

No sucede lo mismo con los personajes masculinos. Por ejemplo, Paco es un personaje menos consistente, por momentos plano y sin profundidad psicológica. Aunque su motivación inicial para involucrarse con Josecito y convertirse en un despiadado operador para captar los terrenos resulta más o menos clara, no sucede lo mismo con su evolución a lo largo del texto. En un momento se enferma, sin ninguna justificación argumentativa, salvo la necesidad de “materializar” su deterioro moral, en una decisión que parece más un capricho del autor y que traiciona la lógica de su narración. Parece, finalmente, que su conducta se explica por el machismo que ha interiorizado como natural y por la falta de control de sus emociones, que lo lleva a actuar de forma violenta en los momentos menos esperados (Cfr. la escena de la última agresión contra Lidia, 155). Una situación semejante ocurre con Carlos, el dueño de las tiendas de ropa donde durante algún tiempo trabaja Lidia, y que resulta ser quien, para asegurar su negocio inmobiliario, contrata los servicios de Josecito, el siniestro patrón de Paco. Se trata de un personaje poco coherente que se contiene de forma extraña ante Lidia, pese a poseer tanto poder para controlar al personaje aparentemente más peligroso de la novela y de carecer de escrúpulos para decidir qué medidas adoptar para proteger sus intereses.   

A pesar de esos inconvenientes, cabe reconocer que una de las virtudes de Heredia es su capacidad para perfilar algunos personajes secundarios con unos pocos trazos. Sucede con Rebeca, una niña inquieta que anhela compartir más tiempo con su padre, o Matilde, mujer conservadora que cuida de Lidia y su hija como si fueran parte de su familia. De la misma forma sucede con el Trinchudo y Anselmo, los camaradas de Paco, que, pese a la brevedad de sus descripciones, son parte fundamental de la historia y ayudan comprender cuál es el mundo que rodea a uno de los protagonistas. Se trata de personajes que, aunque carecen de un desarrollo amplio, le brindan color al relato y cumplen objetivos más específicos en la trama. Tal vez, el personaje masculino mejor definido sea el Lanza, joven enamorado platónicamente de su “tía” Lidia y cuyo desarrollo narrativo se explica en la disyunción entre su lealtad familiar y el embrujo de un amor imposible.

Mención aparte merece la ambientación de la novela en Piura. Se nombran calles y espacios que parecen ser puntos de referencia para los habitantes de la ciudad. No obstante, esta no adquiere protagonismo; ha sido asumida más como el escenario para relatar una historia, una suerte de fondo neutro y, por ende, no resulta determinante para la trama. De hecho, la historia, tal como ha sido narrada, podría haber estado ubicada en otro espacio, pese a que parece referir al proceso de modernización urbana de Piura a inicios de los 2000. Esta última afirmación, evidentemente, merece calibrarse a la luz de la historia de la ciudad y de las pretensiones realistas de la novela.

Incluso, otro aspecto que puede cuestionarse es la relación entre Lima y Piura que parece retomar el esquema que confronta la capital contra la provincia, vista como un espacio donde gobierna la violencia, el abuso y la impunidad, una dicotomía que fácilmente puede remontarse a las dos primeras novelas de Clorinda Matto de Turner. Este hecho resulta más evidente si se tiene en cuenta que ambos protagonistas son limeños, y que Lidia solo consigue superar la adversidad al regresar a la capital y que, además, es el único personaje femenino que se levanta contra la opresión de la que son víctimas las mujeres (Cfr. la escena de “Cleopatra”, 143-146). ¿Una limeña debe enseñarles a las “provincianas” cómo lidiar contra la violencia? Esta suerte de mirada colonialista no opaca, sin duda, la propuesta de la obra, pero tampoco deja de ser intrascendente en un texto donde Piura “es un personaje”, como señala la contratapa.

En términos generales, Morir en mi ley es una novela de lectura amena que posee como principales méritos su despliegue técnico y el desarrollo de los personajes femeninos, así como una narración fluida sobre la base de una estructura inteligente, adecuadamente dispuesta. Aunque adolece de algunas limitaciones comunes en una primera entrega, considero que es una novela que puede leerse con agrado, y que enriquece el panorama la literatura peruana y, especialmente, la regional.

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Datos del libro comentado:

Lenin Heredia Mimbela

Morir en mi ley (2021)

Sietevientos Editores, 237 pp.