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Reseña doble: sobre Memorias de la Guerra del 79 y Recuerdos de la Campaña de la Breña

Las memorias

Por Cristhian Briceño

Si un diario íntimo puede leerse como un artefacto pretendida o convenientemente literario, no veo por qué con unas memorias de guerra no pueda hacerse otro tanto. Si convenimos que un parte de batalla es un cuerpo caliente, de una urgencia que, de ser oral y no escrita, podría caer en el tartamudeo, convengamos que unas memorias son un cuerpo tibio, sosegado, siendo su atributo central una prolongada meditación cuyo final suele lindar con la extensión de la vida de quien recuerda. Ambos, parte de batalla y memorias, tienen en común la contaminación al momento de narrar los hechos: en el primero es la conmoción de las recientes circunstancias, la desorientación y la información fragmentada a la luz del fragor de la contienda; en el segundo es la distancia, la idealización de lo vivido. Difícilmente un parte de batalla aspire al logro estilístico cuando su función es meramente utilitaria, a diferencia del diario íntimo, en el que puede acariciarse cada letra que uno va escribiendo bajo el cálido resplandor de una lámpara de escritorio o recostado en un árbol luego de cortar leña, a la manera de Emerson (siempre hay excepciones: las trincheras en los diarios de Jünger, las lóbregas guaridas en el de Ana Frank, etc.). Si el deseo de unan memorias es el de acercarse al documento histórico y que se la valide como una fuente confiable, ¿se haría escaso favor presentándose como un conjunto de aciertos literarios? Si este fuere el caso, las Memorias de la Guerra del 79 del mariscal Cáceres cumplirían holgadamente tal objetivo, el de no resaltar por su calidad literaria, sino por su provecho documental. Caso distinto es el de Recuerdos de la Campaña de la Breña, las memorias de su esposa, Antonia Moreno, las cuales funcionan como un contrapunto mucho mejor construido y ameno, un texto que podemos leer incluso como una novela de trasfondo bélico donde también hay lugar para el suspenso, para el apunte costumbrista y, desde luego, para el amor en tiempos convulsionados. Ambos testimonios, cabe resaltar, no fueron escritos de puño y letra por los involucrados, sino por terceros a quienes les fueron referidos, un detalle no menor, aunque ignoro si este particular los aleje aún más del grado cero de la preciada verosimilitud histórica. Empecemos por el mariscal.

La estructura de sus memorias coincide con los momentos estelares de su carrera en la milicia. Luego del inicio de las hostilidades con Chile, hace un breve recuento de la campaña naval que concluye con la caída del Huáscar, sigue con la campaña del sur, la fallida resistencia de San Juan y Miraflores, su huida a la sierra peruana para rearmar algo parecido a un ejército de sufridos amateurs, las victorias, derrotas, las miserias, los adioses en la Breña, el cese de las hostilidades tras el Tratado de Ancón y la guerra civil que lo enfrentó con Iglesias, que dio paso al Segundo Militarismo. Cáceres, por cierto, aparece como una personalidad persuasiva; no requiere gastar muchas palabras para convencer a los demás de que lo más sensato es ponerse bajo sus órdenes y acometer su arriesgada empresa. Aunque ha pasado a la historia como el “tayta” o “el Brujo de los Andes”, lo cierto es que tenía un sobrenombre más antiguo, “el tuerto”, ya que, durante sus correrías en favor a Castilla, en 1858, una bala le entró cerca de un ojo y le salió por la oreja, desfigurando esa zona de su rostro. Su semblante, por ende, no daba lugar a la duda: para la soldadesca debía tratarse de un hombre curtido, acostumbrado a habitar en la línea de fuego, alguien en quien se podía depositar la fe en pos de una victoria que expulsara, sin contemplaciones, al odiado invasor. Al parecer se trataba de un ser nacido para la batalla, pletórico de un ferviente patriotismo decimonónico, aquel que cada vez nos parece más absurdo, a menos que el combate sea un partido de fútbol. Era capaz de balancearse sobre su caballo mientras atravesaba la escabrosa geografía del Perú profundo, así tuviera el hígado inflamado, producto de las miserias propias de la guerra, de la dieta irregular impuesta por vivir siempre a salto de mata, aunque en sus memorias encontramos que, cuando había ocasión, gustaba de comer bien y tras el esfuerzo sobrehumano solía dormir cuarenta y ocho horas, sin interrupciones, luego de haber supervisado que su tropa haya dado cuenta también de alimentos. Podemos saber que su presencia en la contienda contra los chilenos fue casi ubicua, si exceptuamos los episodios marítimos y el asalto al Morro, que tienen como protagonistas excepcionales a Grau y al coronel Bolognesi, aunque aun así tuvo la dicha de estar presente en eventos memorables de nuestra historia, como la ocurrida frente a la bahía de Iquique, cuando el Huáscar y la Independencia llegan a romper el bloqueo impuesto por la Esmeralda y la Covadonga, produciéndose los hechos tan bien conocidos por todos nosotros. La figura de Cáceres es ciertamente providencial en varios pasajes de sus memorias, parece estar siempre a la vanguardia de todo y anticiparse a cualquier otro ser humano en cada eventualidad que sale al paso, con una sapiencia que excede, incluso, su propia edad; así, las pequeñas anécdotas insertas en el libro son las que lo insuflan de una trascendencia que nos revela, en el mínimo detalle, en el acercamiento casi cinematográfico, una prueba más de su reputación:

(…) la sensación de sed fue tal durante la marcha, que los soldados tuvieron que ponerse en la boca piedrecillas o una bala de plomo, por indicación mía, para humedecerla y mitigar así un tanto la sed, provocando la secreción de la saliva. Por casualidad, llevaba yo un limón en el bolsillo, y cortando rebanadas muy delgadas se las daba a algunos muchachos de la banda de guerra del Zepita, que se ahogaban materialmente de sed. Y algunos viéronse tan acosados por ésta, que llegaron a beber sus propios orines. (p. 32)

Si bien la narración es fluida, también es necesario apuntar que a veces se entorpece por completo cuando Cáceres hace recuento de sus tropas, en una operación similar al inventario de naves homérico. Con esto nos queda claro que una de las cualidades del mariscal es la de ser un sagaz estratega, pero aún más un administrador de sus fuerzas, y esto es lo que probablemente lo haya llevado a resistir con bien durante tan prolongado periodo, teniendo a la mano un “ejército” de hombres armados con rejones, hondas y palos, sobrellevando la escasez de todo. No es necesario decir que, en varios pasajes de sus memorias, viéndose enfrentado a las heridas propias de las sangrientas trifulcas, siempre encuentra otro poco de fuerza y voluntad para recuperarse mientras va elucubrando la forma de rearmar lo deshecho, con un instinto tan poco común que todos alcanzan a ver en él una transfiguración de aquella emoción patriótica que debía ser el combustible de tantos hombres sufridos, viudas recientes y recientes mutilados:

Solo y acosado por fuertes dolores de la herida, seguí por el camino que conduce a Lima. En el trayecto encontré al comandante Zamudio, quien me alcanzó un poco de agua en su kepis y me vendó la pierna con un pañuelo (…) La gran cantidad de dispersos que abandonaba el campo, me sugirió la idea de que aún podía improvisar con ellos un ejército, trasladándolos a la sierra, para continuar allí la resistencia contra el invasor. Animado con esta idea, apuré el paso a mi caballo y llegué a la plaza de la Exposición, a eso de las siete de la noche. Aquí fui reconocido por los soldados dispersos, quienes agrupáronse en mi alrededor, pidiendo a gritos que me pusiera a la cabeza para seguir la lucha. (p. 86)

Cuando ya la figura de Cáceres se ha establecido y elevado en sus memorias por encima de la del hombre común es cuando la narración empieza a debilitarse. Si bien el dato anecdótico regresa con cierta periodicidad no puede negarse que el recuento de las hostilidades y altercados con los chilenos se vuelve bastante monótono, aunque Cáceres (o el transcriptor de sus memorias) no escatima en la erudición geográfica ni en las cifras de almas que se van enfrentando a lo largo de este último tramo de la guerra del Pacífico. En este punto se hace evidente las falencias de las memorias de Cáceres si es que el lector espera encontrar en ellas entretenimiento a la par de información. Más le valdría leer otros libros donde lo bélico se nos presenta en forma de alta literatura, como en varias páginas de La Cartuja de Parma o Guerra y paz. Aunque las memorias de Cáceres inciden una y otra vez en que nos hallamos dentro de las peripecias de una guerra, parecen prescindir de la violencia propia de ella. Tal vez no le falte razón. Si alguien cercano al mariscal muere, su muerte es sentida durante poquísimas frases, pues el objetivo de la victoria aún es posible; ergo, la muerte, aunque trágica o injusta, es prontamente borrada de un plumazo por este sentimiento envolvente, el patriotismo. Al ser la muerte un asunto necesario, la violencia no es explorada, a pesar de que el libro es un campo minado de enfrentamientos en verdad inhumanos y la piedad es exclusiva de quien nos cuenta la historia. Nada de lo narrado hace explícita la sangre, las vísceras, ni la agonía, algo que no se le puede exigir a esta clase de textos que privilegian el informe y el recuento, quizá porque no pretenden ser literatura; en caso contrario se parecería a otras obras donde la muerte alcanza a que se narren incluso las exequias del héroe caído, sería semejante, por poner un ejemplo, al diario de la Guerra Civil de Whitman, en el cual una pierna gangrenada y plagada de larvas es motivo de contemplación por parte del diarista, la respiración esforzada del moribundo motiva a una compasión infinita durante una noche de alaridos en el hospital de campaña. Uno de los pocos incidentes que motivan a esta clase de sentida reflexión es el ocurrido durante la huida de Huamachuco, tras la derrota, y tiene como protagonista al caballo del mariscal:

(…) debía continuar mi viaje para evitar ser capturado. Como mi caballo se encontraba en lamentable estado, el señor Santa María me ofreció una buena bestia para reemplazarlo. Hube, pues, de dejar mi caballo el “Elegante” recomendándole a mi amigo Santa María que le cuidase bien. Tras mi reiterada recomendación, mandé que trajeran mi caballo al patio; estaba completamente despeado, que apenas podía caminar; pero al acercárseme irguió la cabeza y luego la inclinó estirándola hacia mí. Le acaricié, como tenía por costumbre, hablándole cariñosamente. Ya jinete en el nuevo caballo, el mío me siguió con la vista, reflejando en sus grandes ojos su tristeza. “Adiós, Elegante”, le grité desde el zaguán, y el caballo alzó la cerviz orgulloso, dando un fuerte relincho, como respondiéndome. (p. 235)

En otros lugares de las memorias de Cáceres hay espacio para las meditaciones y los grandes cuestionamientos respecto a la realidad nacional:

Un pueblo que quiere vencer con el incompleto instrumento de guerra de un ejército improvisado, a más del caudillo militar, requiere de una buena, activa y vigorosa dirección política, un gobierno que, lleno de un apasionado amor a la patria, sepa entusiasmar a las masas por la causa y el ideal que persigue la guerra, ahogando sin consideración alguna todo síntoma de debilidad. Pero tal gobierno no existía y yo anhelábalo intensamente. (p. 116)

Las memorias, por lo menos en aquellos episodios donde el país se encontraba sumergido en la acracia, no  parecen el lugar idóneo para reflexiones de este tipo; por el contrario, el párrafo anterior es una forma de anticipo de la guerra civil y el ingreso de Cáceres a la vida política, lo cual acabó por rebajar en algo su prestigio, bien ganado en el campo de batalla, al punto de que algunos llegaron a decir que su destino de héroe estaba en las alturas de Huamachuco, junto a Leoncio Prado y otros tantos soldados anónimos, donde debió haber perecido con gloria. Cáceres, sea como fuere y luego de haberse leído íntegramente sus memorias, recuerda a aquel Moisés irremplazable de Éxodo 17: 11-13, o al Cid, quien aún después de haber fallecido continuaba cabalgando sobre su caballo Babieca, embalsamado y vestido con mallas y yelmo de acero reluciente, un símbolo cuya sola presencia, cuya sola mención, bastaba para levantar el ánimo en sus mesnadas y asegurar la victoria sobre los infieles.

La propia Antonia Moreno, en sus Recuerdos, no pierde ocasión de mencionar que los indios se hincaban ante el tayta y le hacían una y mil muestras de su estimación, un besamanos, en ocasiones, indigno, rayano con el servilismo: se postraban de rodillas ante Cáceres, dice, “igual que antes lo hacían en presencia del Inca”. Ella misma llama “Cáceres” marcialmente a su marido, de la misma forma que Georgette Philippart, con aires de solemnidad, se dirigía al suyo como “Vallejo”. Sus Recuerdos no hacen sino elevar aún más la efigie del mariscal; como he dicho antes, su testimonio me ha gustado, en verdad; he logrado hacerlo encajar en mis expectativas literarias. Cuando no está alabando a Cáceres, nos narra sus desventuras a la par de la soldadesca, los malabares que hace para mantener no solo unida a su familia, sino también con vida, siempre escapando del cautiverio que habría significado caer en manos de los chilenos, a todas luces desventajoso para los propósitos del mariscal. Su narración, a diferencia de la estrategia de Cáceres, prescinde de las anotaciones numéricas y pormenorizadas que implican las jerarquías dentro del ejército, lo cual es natural, ya que no es su tema. Por el contrario, su fuerte es el detalle, en apariencia, insustancial, pero que revela sus indagaciones como madre, como regente del bienestar de las hijas de Cáceres:

(…) bajamos de los caballos y nos recostamos bajo los hermosos árboles que nos daban sombra. Allí descansamos dos horas. El suelo era duro, pero el sueño nos rendía. A las seis de la madrugada, los pollos que por allí circulaban vinieron a despertarnos, picoteando el cabello de mis hijas. (p. 33)

Este acercamiento bastante visual es moneda corriente también en las descripciones que hace de las personas que va conociendo en sus correrías, un rastro que delata sus inclinaciones estéticas. En una parte tiende a mencionar el cabello rubio de sus hijas; luego, al describir a tal o cual persona, alaba el color de su piel, su porte gallardo, la apariencia de uno que le hace parecer inglés, el bigote castaño de aquel, el aire aristocrático de estotro. Si esta no fuera la visión de una mujer del siglo diecinueve, posiblemente sería algo escandaloso. Como dije antes, siempre deja en claro la posición de los indios, se compadece maternalmente de ellos, con una piedad que bien podría ser admiración ante lo exótico. Dice:

Las indias ayacuchanas tienen la piel más clara que las de otros lugares de la sierra y son de mejor tipo. (p. 18)

Y más adelante:

Las indias del Perú tenían culto por Cáceres (…) Entre estas, había algunas muy inteligentes y listas; fingían no saber castellano, cuando iban a, campamento chileno, de manera que los enemigos no se cuidaban de ellas, y mientras les vendían fruta, escuchaban todo lo que aquellos decían. (pp. 35-36)

Dice luego:

El indio, a pesar de su incultura, se daba cuenta de que todos los sacrificios nuestros en la ruda campaña de La Breña los sufríamos también por ellos, para libertarlos del yugo de los enemigos, quienes talaban sus sembríos, incendiaban sus tristes chozas, ultrajaban a sus mujeres, sembrando el dolor y la miseria. (pp. 56-57)

Más allá de estas estampas propias de la época (me quedo pensando en cuánto alterarían la sensibilidad en nuestra cultura de la cancelación), lo que sacamos en claro es que, al igual que su marido, Antonia Moreno siente también que el virus del patriotismo habita en ella y es superior a cualquier sacrificio, todo sea por un fin mayor, el de salvaguardar la patria y a las figuras que, entonces, representaban su redención. Así, ni siquiera la vida de un niño inocente es motivo de mayor reflexión si es que ésta va a servir para que la resistencia ante el invasor llegue a buen puerto. Tras perder a su hijo recién nacido por las inclemencias de la campaña (“un hermoso niño, muerto casi al nacer, cuyo alumbramiento me hizo sufrir cruelmente”), queda anémica y bastante debilitada; en tales circunstancias, una mujer le ofrece a su hijo, también recién nacido, para que lacte de sus pechos, evitándose así cualquier complicación que podría haber empeorado su situación, a pesar de que el niño sufriera por esto o incluso acabara falleciendo: “Primero es la vida de la mama grande”, responde la patriota, “aunque mi hijo se muera”. Este culto patriótico que, como he dicho antes, nos podría parecer una suerte de salvajismo desfasado, es uno de los motivos que hacen conmovedoras estas evocaciones y le dan cierto aura de ficción saludable y lograda, como la gustosa sumisión de los esclavos negros en las novelas que retrataban el Deep South en el siglo diecinueve, precisamente. Este naturalismo de las emociones y los sacrificios va de la mano con una violencia que en las memorias de Cáceres es dejada de lado, quizá porque es su normalidad y no considera necesario nombrarla ni buscar significados en ella, de la misma forma que uno no consigna las veces que respira o que parpadea a lo largo del día. La contraparte se encuentra en las páginas de su mujer, en esos momentos donde la violencia es presentada sin rebajar y es un acontecimiento que remece las entrañas:

Como consecuencia del desborde chileno, la indiada estaba enfurecida. Relataban los incendios de sus pobres chozas, el robo de su ganado, el ultraje a sus mujeres así como la feroz venganza ejercida por los indios, pues habían decapitado a los chilenos muertos en batalla y ensartado las cabezas en sus rejones, colocándolas a la entrada del pueblo, como escarmiento para todos los enemigos. (…) y, después de relatarme sus hazañas en represalia por los daños sufridos, se empeñaban en mostrarme sus trofeos de guerra. Orgullosos y fieros, me decían: “Ven, mamay, para que veas cómo hemos castigado a los ‘chalinos’ que nos han asaltado; ven a ver sus cabezas en las picas. Las hemos puesto afuera del pueblo, para que todos sepan lo que haremos con los enemigos de nuestra tierra”. Esta espantosa escena me horrorizaba y, hablándoles suavemente, les pedí que me excusaran de presenciar tal espectáculo, porque estaba muy enferma. (p. 76)

Estos Recuerdos le sirven a Antonia Moreno, asimismo, para saldar viejas deudas con aquellos que se negaron a poner el hombro durante su “triste vida de campaña”. Naturalmente, estos momentos son también de gran disfrute, pues se reconoce en ellos el genuino carácter de la esposa de Cáceres, como cuando rememora la vez que, en su accidentado retorno a Lima, luego de haber sido despachada ella y sus hijas por su marido debido a la inminencia de la sangrienta cita de Huamachuco, se le niega el albergue en una hacienda, temiendo la dueña que los chilenos fueran a tomar represalias por haber socorrido a tan significativa mujer. No menos elocuente se muestra cuando le reclama a una tal Margarita Lozano el haber sido tan avara para ofrecerle una mísera “sopa de agua con pan remojado”, algo que me recordó a cierta descripción que hace Quevedo en su Buscón sobre un similar caldo de aguas (“tan claro que en comer uno dellas peligrara Narciso más que en la fuente”).

Pero la relevancia de Antonia Moreno queda establecida en sus Recuerdos sobre todo por esa extraña capacidad que tiene para salir bien librada de los más inminentes peligros. No es descubierta cuando viaja camuflada entre los bultos de una carreta, el caballo que monta es salvado de despeñarse cuando está a punto de perder el equilibrio, el frío de la puna no la enferma, incluso se contagia de tifus y ella, aunque padece un verdadero infierno, consigue salvarse, a diferencia de mucha gente a su alrededor. Su fortaleza es milagrosa, por momentos uno no consigue explicarse cómo esa mujer acostumbrada a una vida sosegada de la capital puede salvar todos los obstáculos para los cuales no estaba preparada; esta circunstancia, según veo, acerca su relato más a  lo que podría ser una versión novelada de su vida. Ella y el mariscal Cáceres, como los clásicos protagonistas, sobreviven contra todo pronóstico, si bien el azar muchas veces juega un papel importante.

Hace poco un amigo me preguntó si se puede aprender historia leyendo El pez en el agua. Ensayo una respuesta sin ninguna pretensión de acertar. Si el objetivo es querer abordar la historia como una disciplina rigurosa, es obvio que unas memorias podrían estar a medio camino entre la invención y la realidad de los hechos. Pero quien ve en la historia un depósito de acciones ejemplares o la construcción de temperamentos apreciables, de idiosincrasias reveladoras y que despiertan nuestro sentido crítico, entonces bienvenidas sean las memorias, de la misma forma que leemos ahora a Herodoto o a Tucídides sin importarnos la validez de los hechos consignados. De cualquier forma, el libro de Cáceres es un documento relevante que nos permite acercarnos más ese hombre casi mítico que, a diferencia de muchos de sus pares, tuvo la dicha (otros dirían la desgracia) de trasponer la barrera de su siglo y vivir para enterarse del destino del país que creyó defender. Estoy de acuerdo en muchas cosas con él. Por ejemplo, en culpar a Piérola de la carnicería perpetrada en San Juan y Miraflores.

Datos de los libros reseñados:

Andrés Avelino Cáceres. Memorias de la Guerra del 79. Biblioteca Militar del Oficial Nº40, Lima, 1976.

Antonia Moreno de Cáceres. Recuerdos de la Campaña de la Breña. Biblioteca Militar del Oficial N.41, Lima, 1976.

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Comentario: Para leer en invierno de Manuel Alonso Navazar

Intervención de Cristhian Briceño en la presentación de Para leer en invierno (Mesa Redonda, 2020) de Manuel Alonso Navazar en el marco de la Feria del Libro de Los Olivos organizado por la Municipalidad de Los Olivos, Ciudad Librera y el Fondo de Cultura Económica

……….

Una vida contaminada por el arte

Por Cristhian Briceño

Empiezo señalando la sencilla factura de este libro, su ritmo apacible y entregado a la reflexión. No existe el suspenso ni el sobresalto, mucho menos una promesa de cambio en la vida de su protagonista. Si fuera una novela, sería una novela sin argumento, sin destino, cuya finalidad no queda establecida, pero podemos intuir su necesidad inherente por nombrar las influencias del autor y apuntar ahí donde, se supone, hay un indicio de belleza. El protagonista, Joaquín Saldaña del Río, no muestra cambio alguno conforme su relato va progresando, porque el cambio ya ha ocurrido en el pasado, en el tiempo de su acercamiento al arte, durante el periodo de su formación literaria, de su aproximación al cine, a la música, a la pintura, cuando su sentido del gusto fue consolidando sus convicciones hasta conseguir que, involuntariamente, cada pensamiento que tiene lo lleve a relacionar la vida con una experiencia estética. Su aproximación al arte, entendemos muy pronto, ha sido decisiva, devastadora, ha construido un ser ulterior a sus influencias, no ha sobrevivido nada de aquel individuo que por vez primera abrió un libro, meditó largamente frente a una pintura o se pasó una tarde entera viendo clásicos del cine. Por ello, su discurso es una oportunidad para nombrar sus referentes, los propiciadores de tal cambio; en sus líneas deja entrada libre a los autores que se admira con excesiva confianza, les permite ubicarse, por un instante, en su lugar, dejando que sus voces, que sus reflexiones, expliquen junto a él, complementen sus palabras, den pie a recuerdos casi siempre relacionados con ellos y que, ineludiblemente, sintamos curiosidad de acercarnos también nosotros, si no lo hemos hecho ya. En este sentido, el libro nos vuelve a decir que no es una novela sino acaso una oportunidad encubierta para revelarnos el canon personal de su autor, y como todo canon privado e intransferible, anhela ser validado por el lector o, por lo menos, considerado, tomado en cuenta. Tanto confía en ello su protagonista que probablemente se halle en un estado de conmoción continuo, a la manera de Alonso Quijano. “Quizá”, nos dice, “seamos, en el fondo, un poco del cada autor que leemos”. Esto indica un alto grado de aislamiento mental, y por momentos el lector se preguntará cómo hace este hombre para transitar por las convulsionadas calles del Centro de Lima, tan acosado por sus referentes literarios, por sus disquisiciones interminables, sin tropezar a causa de su evidente distracción, cómo consigue sostener una relación amorosa sin llevarla hasta el terreno peligroso de la idealización y salir lastimado al despertar de pronto. Esto me recuerda a El paseo, de Robert Walser, otra novela sin argumento en la cual su protagonista, al igual que Joaquín Saldaña, camina por su ciudad interactuando con sus propias reflexiones sin un plan establecido más que el de avanzar sin rumbo y lo único que pone fin a su itinerario es la llegada de la noche, pero, entretanto, nos ha dejado constancia de todo aquello que han tocado sus sentidos. Por ejemplo, dice Joaquín Saldaña a propósito de sus impresiones sobre Tarma, ciudad a la que viaja en uno de los capítulos del libro:

La plaza, ya repleta de gente, muestra esta noche su vestido tan fino. Las calles principales, cubiertas de alfombras de flores, ostentan la belleza de un arte ancestral que magnifica las manos de sus hacedores, herederos de una tradición arraigada en la sangre de aquellos que habitan en esta “Ciudad de las Flores” que, a simple vista, justifica del todo aquel sobrenombre.

En este fragmento nos damos cuenta de algo muy relevante, además de su capacidad de observación. Advertimos que las menciones a autores con los que insiste desde el principio del libro no son gratuitas, sino que lo han llevado a ennoblecer la forma de su discurso y, por ende, apreciamos que la prosa con la cual se manifiesta y da cuenta de sus experiencias nos revela un alma preocupada por el logro estético, como si la realidad no accediera a ser representada si no guarda estrecha relación con las expectativas a las que lo han llevado sus lecturas literarias y demás influencias. Esto no solo se queda en la descripción de lo material; por el contrario, la lección aprendida por sus maestros en cuanto a la forma de decir le alcanza, desde luego, para examinarse a sí mismo e indagar sobre los grandes tópicos de la existencia como la muerte, la perdurabilidad o el propio arte:

Tal vez, como lo insinuara Jorge Manrique en sus coplas, hace más de cinco siglos, el asunto se resuma en trascender esta piel que nos limita, y así evitar condenarnos al olvido en que la muerte nos sucumbe. Es así que pienso en cuánto me habría gustado ser el forjador de ciertas obras, para las cuales fueron otros los que estaban destinados a hacer posible su milagrosa concepción; y, que, no obstante, he sabido disfrutar con gran deleite… deleite de sentir que llegaba a ser algo distinto de aquello que fui previamente al momento de apreciarlas: como en el poema de José Watanabe en el que, cual haiku portentoso, un sujeto no puede dejar de enfocarse en otra cosa que no sea el contraste producido por el muslo de una mujer que se encuentra a su lado y la roca en que se halla sentada, ignorando el hermoso paisaje que se exhibe alrededor.

Nuevamente caemos en cuenta de que son sus referentes los que vienen a soportar sus reflexiones, pero también se debe advertir que el narrador posee la capacidad para ubicarlos en el momento preciso en que son requeridos, y aquella es una de sus virtudes, no el simple acto de ser la glosa a una cita, sino es el reinterpretar lo ya dicho y dar una forma idónea, una segunda vida acorde a las necesidades de quien va narrando. Esto, en todo caso, sería otra de las cosas que es este libro. Ya dije que no es una novela, sino un canon personal, pero considero que es también una larga y pormenorizada descripción del personaje. El recuento de sus amistades, los lugares que suele frecuentar, las anotaciones sobre su experiencia universitaria o  de la vida familiar no hacen sino agregar características a Joaquín Saldaña, pero no se advierte una evolución, un arco, ya que, como señalé previamente, el cambio se ha anticipado, es tácito, no ocurre sino fuera de escena y no es narrado porque la normalidad, para el protagonista, es el de su obnubilación por el arte. La dilatada inspección nos lleva a considerar este libro como una metáfora de ese lapso durante la lectura en el que todo parece detenerse mientas accedemos tangencialmente a la belleza de lo apreciado. Si Joaquín Saldaña no progresa como personaje es quizá porque ha quedado atrapado en esa belleza como un insecto cautivo en ámbar dorado, sin oportunidad de escapar pero agradecido por hallarse en ese trance. En la parte final de Para leer en invierno, Joaquín Saldaña, a la manera de Isaac Davis en Manhattan, nos brinda su propio catálogo de cosas por las que vale la pena seguir con vida:

Entre aquellas buenas razones se encuentra el “Claro de luna” de Debussy, las pinturas de Delvaux, las películas de Bergman, los relatos de Lovecraft, las canciones de Los Beatles, las dos primeras cintas de “El padrino”, los poemas de Bukowski, la total seducción de la página en blanco, la paz de los campos que cubren la sierra, las tartas de almendra, la calma que irradia el murmullo del mar, las tertulias con amigos de siempre, la ilusión de pisar algún día el Museo de Louvre…

Así, este libro se convierte en el reducto ideal para su personaje, en un carné de identidad con el cual espera verse validado a partir del arte, aquello que considera lo más valioso, probablemente lo único que justifica su existencia.

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Reseña: Fábula de los cuerpos calientes de Gimena Vartu

En el umbral del cuerpo

Por C. Briceño Ángeles

Si bien es antigua la hermandad entre poesía y erotismo, aún más remota e íntima debe ser la hermandad entre erotismo y violencia. Ejemplo de lo primero vendrían a ser los poemas de Kalidasa (como “El cántaro roto” o “El curso de las estaciones”, siglo VI d.C.) o el más accesible Cantar de los cantares de la tradición hebrea, donde el erotismo es disfrute, contemplación, apacible unidad y desenfrenada (aunque grácil) consumación. En lo segundo encajaría un poema de Teócrito del siglo II a.C. titulado “La hechicera”, donde se nos narra la historia de Simetha, una joven que ha sido abandonada por Delfis tras el encuentro amoroso. Inflamada de resentimiento y amor, Simetha ejecuta un rito negro para que su amante pague por el dolor ocasionado; arroja al fuego el manto que Delfis ha olvidado en su casa mientras pronuncia sortilegios y ruega para que la carne de él se incendie de la misma forma. De esta alianza entre erotismo y violencia nacen gran parte de los relatos que Gimena Vartu (Lima, 1986) ha incluido en su más reciente publicación, Fábula de los cuerpos calientes. En ellos, el cuerpo suele representarse como un ente cuya aparente inocencia luego se verá contrastada cuando asuma, por completo, una sexualidad enfurecida, desvelada sin ningún tipo de progresión que nos pueda advertir de su proximidad y, por ende, crea un efecto de confusión, de desorden dentro de los límites del relato. Los personajes, si bien poseen, en la mayoría de casos, un nombre establecido, podrían muy bien prescindir de ellos, ya que se trata de emociones más que de personas, de personalidades cuyos cuerpos buscan hacerse un espacio en otros cuerpos, probar sus límites, intentar contradecir el dolor a partir del sinsentido o de su misma multiplicación; no en vano tres de los relatos nos presentan a mujeres embarazadas, pero el estado en que se encuentran es una forma de relegarlas, de volverlas indescifrables, seres que se diluyen en la espera de una promesa originada sin propósito alguno. En todo caso, uno de los rasgos distintivos de estos relatos es la oscuridad donde proliferan las pasiones de los personajes, no una oscuridad material, verificable por medio de los sentidos, sino una oscuridad a la que nos vemos arrastrados por los constantes giros en el discurso, como si se pretendiera crear una maraña donde el lector pueda verse absorbido por emociones que le son difíciles de comprender, pero sin embargo ocurren y dan paso al presentimiento, a la posterior interpretación. Todo ello se ve favorecido por el lenguaje con el que la autora ha buscado darle forma a sus ficciones. No es precisamente poético, sino más bien híbrido: por momentos fluye, es introspectivo y va acumulando imágenes con una facultad bastante cercana al logro poético; en otros, el lenguaje se vuelve funcional, descriptivo, hace de la narración un espacio para el evento, para su urgencia, incluso aparecen diseminadas algunas cuantas jergas. Es provechoso, también, el empleo de breves fragmentos para narrar, para darle empuje y velocidad a los hechos, algo que consigue relatos de poca extensión, ajustados a sus convicciones pero que nos dejan sin conocer el final de la madeja argumental, algo que ciertamente es un acierto y potencia el establecimiento de atmósferas oníricas. Sin embargo, los relatos que más han llamado mi atención (entiéndase, los que más me han gustado) prescinden, creo yo, de las características del resto del conjunto, o por lo menos se quedan con unas cuantas y las extralimitan, produciéndose un efecto favorable para el triunfo de la propuesta de la autora. Como esta reseña no pretender ser formal ni mucho menos pormenorizada, voy a terminarla mencionando los tres relatos que considero por encima de los demás y haré un breve comentario de ellos.

“El niño sagrado de Puchi”

Aquí el argumento se reduce a una búsqueda. El narrador va detrás del objeto del deseo en un recorrido que nos resulta análogo al de Akakiy Akakiyevich en “El capote” de Gogol, es decir, algo que fue suyo en el pasado, pero en el presente se encuentra fuera de su alcance aunque exista la promesa de su recuperación. En el caso de “El niño sagrado de Puchi”, la búsqueda del objeto del deseo empieza en el espacio familiar, donde se supone debería estar o donde podrían tener información de él. En efecto, el narrador va a la casa en la que antes habitara aquel a quien busca, pero no encuentra a nadie, excepto a los padres de él, quienes le informan que ya no se encuentra ahí sino en otro lugar, donde se celebrará una fiesta patronal y él, precisamente, será el mayordomo, es decir, quien la organice. En el tránsito entre estos dos espacios, la casa familiar y el lugar donde se celebra la fiesta, parece ocurrir una distorsión temporal, ya que el narrador, cuando da con él, lo encuentra cambiado, distinto a como lo recordara, como si el tiempo hubiera avanzado de una manera precipitada (recuérdese también la aparente celeridad con que pasa el tiempo para Odiseo dentro de la isla de Calipso -siete años, según Homero, aunque el número es variable- en la Odisea, esa otra historia de búsqueda en la que el objeto del deseo es la patria), siguiendo patrones que escapan de lo real y lo emparentan con lo vivido durante un sueño:

Nunca te vi con barba, ni con camisa, ni con pantalón de vestir. ¿Cuándo pasó? ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo sucedió que empezó a salirte barba y yo no me enteré porque ya no estaba ahí, contigo? Estás grande, podría decir que hasta eres adulto. (pp. 59-60)

Corrobora este ambiente onírico el final del relato, en el cual el objeto del deseo es elevado en unas andas, «alzadas por unos hombres voluntarios y fuertes», quedando, en definitiva, fuera del alcance del narrador, en otra dimensión, donde, al parecer, se ha convertido él mismo en una divinidad fuera del alcance de los mortales, algo que nos recuerda a esas pesadillas donde siempre estamos a un paso de aquello que buscamos con frenesí, pero nunca llegamos a alcanzar.

“Leche asada”

El narrador de este relato presencia dos eventos traumáticos que lo llevan a reflexionar sobre el cuerpo y su caducidad. El primero es un accidente de tránsito cuyo resultado es la muerte de gran cantidad de personas; el segundo es la incineración masiva de cuerpos en un lugar impreciso de la selva, cuerpos que han encontrado una muerte violenta. Ambos hechos tienen algo en común: despiertan la sensibilidad del narrador por medio del sentido del olfato. A través del olor de la carne quemada, el narrador puede reconocer el retorno a una materia primordial, generadora de vida y también remanente de lo físico, su estado final, un símbolo del ciclo cumplido:

La muerte avanza despacio, con una combustión muy fina, como una reacción en cadena; quema cada rincón, y va soltando ese olor a despedida. ¿Por qué? ¿Por qué leche asada? Creo que es por toda la leche que bebimos cuando éramos bebés. La muerte la rastrea, la encuentra, hasta en la última célula de nuestro organismo, y la quema. (p. 75)

El relato cumple su cometido; sobrecoge sin llegar al patetismo, inquieta sin entorpecer/falsear el hilo narrativo con la exposición de una violencia explícita, sin función alguna; por el contrario, las descripciones son logradas, dan pie al estado contemplativo del narrador, la justifican y a medida que se suceden nos hacen partícipes de las circunstancias moldeadoras de su carácter, de sus reflexiones y de las conclusiones a las que llega gracias a la ayuda de sus sentidos:

Ayudé a sacar muertos, vivos y también tibios. Estos tibios eran del peor tipo. Se aferraban a tu carne caliente con todas las uñas, temblando, agitándose. Sus ojos ya no te miraban, se velaban de una lámina nebulosa, como si antepusieran sus propias imágenes y en ellas depositaran la esencia de lo que fueron. (p. 72)

“La vieja y el pescador”

Este es mi favorito del conjunto, por mucho. Como en otros relatos de Fábula de los cuerpos calientes, el argumento es accesorio y el verdadero protagonista es el lenguaje, tan lleno de sugerencias y coloraturas. Para resumir, se trata de la conversación entre dos personajes, una anciana y un jovencito, sentados en la orilla del mar. Entre los diálogos, a modo de islas, se nos presentan breves descripciones del entorno, del más mínimo movimiento que llegan a realizar los personajes, de los silencios que preceden a sus palabras:

El tiempo era el vencedor en la playa, se deslizaba sutilmente a lo largo de todo el azul y el cobre, cada segundo era cada granito de arena y quedarse quieto daba lo mismo que moverse. Ambos lo sentían en sus pies calientes y descalzos. (p. 65)

Pero el punto fuerte son los diálogos. Me han recordado a ciertos pasajes de Primeras historias de Guimarães, al desorden aparente con que se expresan los personajes de los cuentos de Lispector. Si bien construir un buen diálogo es tarea harto difícil, la autora ha conseguido darle a cada uno de los dos personajes de este relato una voz particular, pero que conforme van interactuando parece confundirse, ir una tras de la otra, alterándola, descomponiendo la sintaxis y logrando que los significados se vuelvan misteriosos, que las palabras sean insinuación, indicios de sensualidad trascendiendo lo corporal, lo temporal:

-¿En qué época de tu vida te gustaría estar ahora?

-Aquí, nomás, de aquí no me muevo, sólo me despierto esperando estar aquí. Ahora tú, tarde.

-A mí también me gusta estar aquí, no sé si estaré tarde o temprano, pero estoy. -Y otra vez la espontánea risa.

-Sonrisa, ¿ves?, yo y sonrisa tuya. (p. 65)

Ahora que leo la cita anterior me doy cuenta de que este es uno de esos textos que no toleran mutilaciones, sino deben leerse en su integridad a riesgo de verse disminuidos. Casi todo el sentido queda relegado al mostrar solo una parte del todo, y ello, al igual que en un buen poema (un haiku de Issa, una canción de Eguren, por ejemplo), tal vez defina, en ciertos casos, lo que es un buen relato.

Datos del libro:

Gimena Vartu

Fábula de los cuerpos calientes

Dendro, 2021

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Comentario: Los pobres de W. T. Vollman

Brevísimo comentario a un fragmento de Los pobres de W. T. Vollmann

Por Cristhian Briceño

Probablemente, una de las descripciones de pobreza más logradas la haya conseguido Victor Hugo en unas cuantas líneas, cuando en la primera parte de Los miserables nos presenta a una Fantine en pleno descensus averno, quien debe poner en funcionamiento su ingenio para hacerle frente a la escasez de todo: “Aprendió cómo se vive sin fuego en el invierno, cómo se ahorra la vela comiendo a la luz de la ventana de enfrente”. También recuerdo a otros pobres memorables, como Tom King en Un buen bistec de Jack London, Nelly, la hija del príncipe Valkovski, en Humillados y ofendidos de Dostoievski, e incluso Charlotte, el célebre vagabundo de Chaplin, especialmente en esa belleza que es Luces de la ciudad. Pobrezas distintas y distintas maneras de afrontarlas; la fascinación del ser humano por ver hasta dónde puede caer el prójimo es un deporte casi congénito. Sentirnos salvaguardados por ese muro que construye la ficción y en donde podemos ver sin el temor de caer también nosotros mismos es altamente tentador. Sin embargo, Vollmann va al lugar de los hechos. Provisto con una grabadora de voz, ingresa a lugares impensables y hace la pregunta de rigor: ¿Por qué eres pobre? La pregunta no es fácil, aunque sí es de fácil respuesta, porque enfrenta al entrevistado/pobre con sus temores, sus traumas, sus resentimientos, etc., y automáticamente, casi por reflejo, sale todo lo que una persona relegada de la sociedad lleva en su interior. Las respuestas, si bien son siempre elementales, son también reveladoras para todos, porque todos carecemos de algo, todos somos pobres de algo, aunque nuestra pobreza no comprometa nuestra supervivencia diaria. Montaña Grande y Montaña Pequeña no son los típicos personajes de crónica cuya función es caernos bien, escupir alguna epifanía barata o tocarnos, sino que parecen inventados por la imaginación de Vollmann para poblar un espacio real y hacerlos existir sin motivo, hasta que el olvido los borre apaciblemente y vuelvan a ser aquello que no queremos ser. “Tú y yo somos ricos”, le dice Vollmann al lector hacia el final de Los pobres. He aquí un fragmento del libro.

……

Las dos montañas

(Japón, 2004-2005)

1

Este último retrato debe ser más fidedigno que los tres anteriores, porque transmite y afirma menos; al fin y al cabo, si alguna vez coincidiera con Montaña Grande o Montaña Pequeña lejos de su puente quizá no los reconocería; tampoco ellos se acordarían de mí. ¿Acaso no es eso fundamental para la situación? Si eso me divirtiese, yo, un hombre rico, podría escoger a unos pocos pobres para que me hicieran de mascotas, y luego podría alimentarlos del modo más gozosamente autogratificante; pero sigue incumbiéndome  evitar entrecruzamientos con los millones de otros que viven bajo la lluvia.

2

Vivían, como he dicho, bajo el puente Shijo-dori del río Kamogawa, en Kioto, en una casa de cajas con lona azul. Montaña Grande era bajo y Montaña Pequeña era alto. En su patio de entrada tenían sillas en torno a una mesita. Una tetera hervía sobre un fuego en un cubo ennegrecido en el río.

¿Cuánto hace que vivís al aire libre?, les pregunté.

Un año, dijo el hombre con la mascarilla. Era Montaña Pequeña. Perdí mi empleo. Era ejecutivo. La compañía hizo una reestructuración.

Ahora que llevas tanto tiempo aquí, ¿será difícil volver a ser ejecutivo?

Claro que quiero, pero por las restricciones de edad no me aceptan. Hay mucha gente viviendo así.

Ni siquiera los más jóvenes pueden conseguir trabajo, dijo el otro hombre, conque no hay nada que hacer.

Es la primera vez que me veo en la calle, observó Montaña Pequeña.

¿Qué hiciste cuando pasó?

El primer día no había plan, pero al menos teníamos que procurarnos algo de comer. Conseguimos cartones y sábanas. Ese primer sitio fue aquí.

Él es de Kioto, dijo su amigo. Yo soy de Hokkaido. Nos conocimos sin más.

Él también había sido ejecutivo. Yo trabajaba para una gran farmacéutica, dijo con orgullo, y luego ¡lo dejé! Llevaba trece años en la compañía. Ahora llevo tres aquí.

¿Por qué sois pobres?

Montaña Grande echó el cuerpo hacia atrás y dijo: Yo no nos veo como pobres. Si tenemos un sitio donde vivir, vamos allí; si tenemos un trabajo que hacer, lo hacemos.

Pronunció esas palabras con ese mismo tono de orgullosa insistencia, y el otro se rió, avergonzado, me pareció.

¿Cómo conseguís comida ahora?

Recogemos latas vacías y las vendemos para reciclar. En un día nos sacamos tres mil yenes. Después vamos al supermercado. La mejor comida en relación con el precio es el ramen, el arroz, las verduras.

Cuando la gente se cruza con vosotros, ¿es amable?

Asintieron.

¿Cómo os mantenéis calientes?

Bueno, antes tenía novia, dijo Montaña Grande con una triste sonrisa. Echo de menos a las chicas.

¿Qué sueño tenías para el futuro?

¡Presidente de una corporación!, exclamó Montaña Grande.

Montaña Pequeña dijo: Me gustaría trabajar.

¿Cuál sería el mejor modo de ayudar a las personas como vosotros?

Montaña Pequeña me sonrió con tristeza, con la cabeza inclinada hacia un lado y su gorra de poliéster oscuro torcida hacia el otro, y dijo: Construir una sociedad en la que sea más fácil vivir.

Compartían un acuario con treinta peces de colores, -por pura diversión-, dijeron. Ocupaba un pedestal en mitad del agua. Los pájaros se comían a sus mascotas, de modo que pusieron una tapa.

[…]

5

Aquella primera vez, cuando les di dinero, Montaña Grande, arrugando la frente, había querido rechazarlo, pero le imploré hasta que por fin accedió a aceptarlo. Era orgulloso, que es lo mismo que estar avergonzado.

La segunda vez yo estaba cansado y Montaña Pequeña, ocupado, de modo que lo dejé a solas bajo el puente porque era alguien a quien apenas conocíamos y él nos había olvidado; nosotros éramos ricos y él era pobre…

William T. Vollmann

Los pobres

Debate, 2011, tapa blanda, 464 pp.

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Ensayo: tres cartas de Poggio Bracciolini

Pasado, presente y futuro en tres cartas de Poggio Bracciolini o la destrucción de la oscuridad

Por Cristhian Briceño Ángeles

1

En su famosa carta escrita en Constanza y fechada el 16 de diciembre de 1416, un joven Poggio Bracciolini de 36 años le comunica a su amigo Guarino de Verona el hallazgo de una versión completa de la Institutio oratoria de Quintiliano y de los tres primeros libros y la mitad del cuarto de las Argonáuticas de Cayo Valerio Flacco, además de los comentarios a ocho discursos de Cicerón, de Quinto Ascanio Pediano. Si bien el hecho central de la epístola es el redescubrimiento de estos ejemplares que dejan en claro la famosa “sed de libros” del autor, así como la admiración que sentía por los autores clásicos, podemos advertir también una crítica a lo “bárbaro”, y, en general, a todo aquello que representaba una conexión con el pasado inmediato en el cual se había perdido el contacto con la Antigüedad clásica y sus aportes; por ello, era común creer que se habitaba en la oscuridad, en una época salvaje -pero transitoria- que debía terminar gracias al nacimiento de una nueva cultura que se sustentaría en las enseñanzas de los textos clásicos; es decir, para el narrador es obvio que está aferrado a la Edad Media, aunque en sus hallazgos bibliográficos se encuentra la promesa de la liberación de esa oscuridad. Es evidente que Bracciolini realiza un rescate de gran valor, y es felicitado, entre otros, por Leonardo Bruni, ya que ha liberado al mismo Quintiliano (he aquí una metonimia) de la “mazmorra de los bárbaros”, es decir, del poder de los malvados monjes que mantenían cautivo el manuscrito sin advertir su importancia, ganándolo así en favor del resurgimiento de la civilización. La narración que nos hace Bracciolini en esta carta resulta bastante afectada, de tal forma que nos parece estar asistiendo a una incursión nocturna en el bastión del enemigo, con todos los peligros que una operación de esta naturaleza podría suponer. La oscuridad es el medio en el cual el narrador se mueve, como si se encontrara sumergido en las aguas del Leteo, y es esta oscuridad la que nos da la pauta para situarnos en el pasado, en una época de ignorancia y rusticidad que lo cubre y lo deforma todo. Esta impresión de estar atravesando una edad en que la cultura se ha venido abajo es un sentir generalizado en la época de Bracciolini; en sus Epystolae metricae, Petrarca ya había escrito sobre esto, asumiendo que había habido una edad más afortunada, y que, probablemente, volvería a haber otra de nuevo, pero que en medio, es decir, en su tiempo, se notaba la confluencia de la desdicha y la ignominia. Quintiliano, recluso en una torre del monasterio de San Galo, se encuentra olvidado, agonizante y lleno de polvo; la imagen que Bracciolini nos entrega intenta llevarnos a la conmiseración hacia un hombre que yace en un espacio lóbrego, condenado al horror del abandono y el lento deterioro; los ambientes que el narrador de la carta nos ofrece son, en sí, completamente góticos (pensemos en elementos como la crueldad de los custodios, la imagen de la torre, el moho, la oscuridad y la severidad de la arquitectura, etc.) con lo cual, una vez más, Bracciolini no hace sino situarnos en ese pasado del que debe salir, y la forma de hacerlo es, precisamente, confiando en que la luz de Quintiliano (de los clásicos) lo guíe de vuelta a través de los oscuros pasadizos de la historia hasta la época luminosa y afortunada de la que informa Petrarca.

2

Si esta primera carta es una especie de configuración del pasado inmediato del cual se quiere escapar, la carta escrita a Niccolo Niccoli el 18 de mayo de 1416 nos remite al presente de Bracciolini, relacionándolo con su entorno y reforzando este vínculo a través del asombro ante las costumbres extranjeras. En la carta, el narrador da cuenta de su experiencia en la ciudad de Baden, y más precisamente en los baños públicos, a donde acude un gran número de personas para disfrutar de un momento de solaz y de la liberalidad de sus costumbres, en un espíritu de comunidad y con un sentido del pudor que podría resultar anómalo para alguien no habituado a este ambiente. Si hay algo que nos queda claro en esta narración es la aparente inconsciencia de los personajes que Bracciolini nos describe, una inconsciencia que no solo es indicio de una felicidad experimentada sin límites, sino también de una percepción del presente, siendo este el tiempo mismo de la fugacidad, en el que nada se puede aprehender y simplemente todo se deja pasar. Bracciolini nos dice, por ejemplo, que estar en los baños es perfecto “para contemplar, dialogar, chancear y recrear el espíritu”. Esta felicidad es, en definitiva, una muestra de que el hombre que se propone describir el autor de la carta es un individuo que pretende dejar de lado su temor a Dios y a las desventuras del tiempo de oscuridad: para este nuevo hombre no vale sino el festejo de sí mismo, olvidándose de los peligros a los que se ve enfrentado durante su vida. Esta capacidad para disfrutar la vida y también celebrarla es adoptada por Bracciolini durante su estadía en Baden, lo cual marca una diferencia con respecto a la carta anterior, en la cual el tono quejumbroso ante las condiciones en las que encuentra el manuscrito de la obra de Quintiliano se nos presentan como un obvio pesimismo respecto a la época en la que se encuentra; esta carta, por el contrario, está escrita con un tono jocoso, divertido y esperanzador, en un estado en el que se puede “huir de la tristeza, buscar la hilaridad, pensar en nada” y no temer al futuro, ya que se tiene la sospecha de que lo peor ya ha pasado o está por concluir y es inminente la llegada de una edad luminosa, como suponía Petrarca. Sobre esto, Bajtín ha dicho lo siguiente:

El hombre medieval percibía con agudeza la victoria sobre el miedo a través de la risa, no sólo como una victoria sobre el terror místico («terror de Dios») y el temor que inspiraban las fuerzas naturales, sino ante todo como una victoria sobre el miedo moral que encadenaba, agobiaba y oscurecía la conciencia del hombre, un terror hacia lo sagrado y prohibido («tabú»), hacia el poder divino y humano, a los mandamientos y prohibiciones autoritarias, a la muerte y a los castigos de ultratumba e infernales, en una palabra un miedo por algo más terrible que lo terrenal. Al vencer este temor, la risa aclaraba la conciencia del hombre y le revelaba un nuevo mundo.

Pero aún más obvio que la facultad para la despreocupación y el relajo que tienen los habitantes en los baños públicos de Baden, según nos informa Bracciolini, es la atmósfera límpida, bucólica, de la ciudad (“un valle circundado de montañas inmensas, y a orillas de un gran río”), donde siempre está presente un ambiente festivo, donde resuenan continuamente “las sinfonías, las flautas, las cítaras y los cantos” (tal vez una representación personal de la Arcadia griega), algo que se encuentra en el otro extremo si pensamos en la descripción que nos hace del monasterio de San Galo; esta luminosidad es, también, una alegoría del paso a otra época, o, más precisamente, de la transición que se está produciendo o que se debe producir ineludiblemente, si es que se deja de lado el pesimismo de saberse en una edad que media entre las edades luminosas. En este sentido, la aproximación a este carácter festivo de la localidad tiene que ver con la belleza de la misma, de tal forma que lo bello que pueda encontrarse en la narración de esta segunda carta sea la prueba de que la sociedad está en la dirección correcta, lejos de “la fealdad de aquella cárcel” que es la ignorancia o la pérdida de la cultura clásica. Así, la belleza se transforma en la normalidad, en lo cotidiano, por lo que en esta sociedad medieval que está a un paso de adentrarse a un periodo de renacimiento es bello llevar una dieta sana, pasear por lugares amenos cuyo aire sea templado y puro, así como practicar la limpieza de cuerpo, el uso de sustancias que engendren placer, tales como el vino y al azúcar. A eso aspira el narrador de esta segunda epístola cuando, hacia el final, nos dice que “ha vivido quien dichosamente ha vivido”. En esto también entra la corporalidad del individuo, el encuentro con su sexualidad y la caída de la hipocresía que la Iglesia había instaurado en la Edad Media. Este reencuentro con lo corporal marca, de igual forma, un vínculo con el presente de la carta, ya que la representación del cuerpo en las artes es una manifestación del renacer de las mismas, como dejará claro Donatello con su David durante el primer Renacimiento, el primer desnudo no alegórico desde la Antigüedad; por ello, Bracciolini nos informa que, al parecer, las “Venus de Chipre y el universo total de las delicias se han mudado de todas partes a estos baños”; en esta referencia puede apreciarse un ansia por retornar a lo griego, a lo romano, lo cual es más evidente cuando se nos dice que en los baños parece que los bienes son comunes y se respira algo orgiástico en el entorno, como asume Platón que debe ser su República, y la nombradía de celoso es desconocida en ese lugar. Con esto, se pone en manifiesto que la conjunción de todos los elementos presentados estimula la fertilidad (“niego”, nos dice el narrador hacia el final de la carta, “que haya algún baño en el orbe terrestre más propicio para la fecundidad de las mujeres”), la que se transfigura en una metáfora de que el presente en que se encuentra Bracciolini es prometedor y va a generar algo nuevo, así como la presencia del agua, el elemento ubicuo del relato, es también un símbolo de la fecundidad, de la incubación y la salvación (recordemos aquí Juan 3: 3-7: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”).

3

En la tercera carta, escrita en Constanza y fechada el 29 de mayo de 1416, Bracciolini hace una relación a su amigo Leonardo Bruni del proceso judicial y la posterior ejecución en la hoguera de Jerónimo de Praga, predicador y discípulo de Juan Huus, acusado, al igual que su maestro, por herejía. Si bien en las dos primeras cartas el narrador nos hacía alguna descripción del ambiente donde ocurrían los hechos, esta vez nos hará un recuento de la defensa de Jerónimo de Praga pero siguiendo una estrategia retórica que parece ser un rescate de la elocuencia, la cual vendría a ser un elemento adicional para saber que las enseñanzas de los clásicos han sido recuperadas. Además, esta carta es posterior a la primera, la que habla del rescate de Quintiliano, con lo que podríamos imaginar que tras la reconquista del saber clásico esas enseñanzas han sido asimiladas y puestas en práctica; de esta forma, Jerónimo de Praga es para Bracciolini no solo la representación de un hombre cabal y de principios elevados, sino también es alguien digno de admiración por la capacidad que posee para construir sus argumentos según las enseñanzas de Cicerón y demás oradores romanos: “Era admirable ver con qué palabras, con qué elocuencia, con qué argumentos, con qué presencia, con qué rostros, con qué seguridad respondía a sus adversarios. Estas cualidades son las que lo elevan por encima del hombre común, ya que con el discurso, con el sermo, se alcanza la humanitas, la humanidad que nos distingue de los animales. De esta suerte, y según podemos colegir si tenemos una panorámica de las tres cartas que son objeto de este ensayo, para el narrador tanto Quintiliano como Jerónimo representan algo digno de preservarse para el futuro: en el caso de Quintiliano serán sus textos, y en Jerónimo, su ejemplo y su capacidad para desplegar la capacidad del arte oratorio y la defensa justa. Pero lo que nos haría plantear esta tercera carta como una aproximación al futuro es el hecho de que Jerónimo se alza contra el poder eclesiástico y todo lo que este representa en la imagen de oscuridad durante la Edad Media. Así, Jerónimo será una suerte de precursor de Giordano Bruno, Giulio Cesare Vanini o Pietro d´Abano, así como de Lutero. Con el relato del juicio, por tanto, Bracciolini estaría construyendo la imagen de un humanista, ya que Jerónimo, en lugar de basar su elocuencia en la fe o las creencias, da pruebas claras y contundentes para construir su defensa, con lo que está erigiendo a la razón como su defensora, como iluminadora. En el tratado De luce, Roberto Grosettesta, erudito inglés del siglo XII, establece de modo orgánico que Dios creó la luz de la nada, primera forma corpórea intangible y racional, presente en todas las cosas creadas a las que confiere el grado de perfección; la luz, entonces, es planteada como un punto de ascensión, de virtud. En este sentido, la imagen del fuego iluminador que aparece hacia el final de la carta es significativa. Si bien tenemos que en la descripción del ambiente en la segunda carta analizada de Bracciolini la luz es un elemento que, aunque tácito, puede colegirse a partir de la algarabía y el buen tiempo que reina en la ciudad de Baden, en esta tercera carta la luminosidad alcanza su apogeo cuando asistimos a los momentos finales de la vida de Jerónimo, sobre todo cuando pronuncia sus palabras finales: “Ven acá y haz brillar el fuego ante mis ojos, si en verdad hubiera tenido miedo de él, nunca habría venido hasta aquí, dado que podría haber huido”. Esta claritas a la que se adentra Jerónimo es, por tanto, una metáfora de la destrucción de la oscuridad, y es, además, el principio de toda belleza, ya que revela las formas de la realidad, las descubre o las redescubre (piénsese no solo en la metonimia establecida a partir de la recién hallada Institutio oratoria, convertida en Quintiliano, es decir en una persona, sino también en la representación del mismo Quintiliano convertido en una antorcha que guía a Bracciolini y a sus contemporáneos a través de la oscuridad de su tiempo hacia una edad más prometedora), y deja establecida la Verdad, así como la destrucción de la mentira enquistada en el pasado inmediato.

4

Si bien es cierto que mi interpretación de estas tres cartas puede resultar arbitraria, no cabe duda, por otra parte, de que los elementos que las componen y lo que en ellas se dice puede ser interpretado como una involuntaria revisión del sentimiento generalizado en la época de su escritura. La idea común de la clase ilustrada (Bracciolini y demás) era la de estar en plena transición, luego de haber erigido a Dante y Petrarca como ejemplos del hombre nuevo, de una nueva sensibilidad. El haber descubierto un libro de retórica, el de Quintiliano, es providencial, pues nos lleva a pensar que se trataba de articular una nueva manera de expresar los cambios que se van sucediendo hasta concluir con el Renacimiento en pleno; el fracaso de la defensa de Jerónimo no hace sino afirmar la idea de transición, ya que es un indicio de que la mayor parte de la sociedad aún se encontraba inmersa en el pasado. Bracciolini, como hombre medieval con aspiraciones a dar el salto a la siguiente etapa, debía saber que es en la oscuridad donde se puede apreciar mejor la luz. Quizá por ello insiste en que Quintiliano se encontraba en un lugar terriblemente nocturno y tenebroso, incluso a riesgo de estar dramatizando las circunstancias expuestas, así como también apunta que Jerónimo murió cantando un himno luminoso, al cual el negro humo despedido de su cuerpo en combustión no ayudó sino a resplandecer.