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Reseñas de libros

La literatura es azul

Por Jhonny Pacheco Quispe

La poesía es la perfección de la materia trabajada en el mármol de la impotencia; la novela, su estilo. ¿Quién podría negar la catarsis al leer una prosa lírica? Cuando tallas con ritmo, precisión y goce, solo resta decir: el autor es su carácter; la poiesis, su alma. No hay otras palabras o razón para describir cada sensación, placer intenso, al leer el libro póstumo de Oswaldo Reynoso, Capricho en azul, una oda hacia la transgresión, la literatura, la mirada fina de la escritura, la poética de la piel y ese deleite inigualable del eros.

Al principiar el texto, nos hallamos ante el cuestionamiento de las formas, es decir, la transgresión del género. En la impronta de Reynoso, la vulneración de lo canónico no es un azar, sino su tópico, como se observa en su tratamiento sobre la marginalidad, el deseo y lo político. Entonces, ¿la libertad creadora de los géneros es solo una mescolanza sin mayor fin que la conjugación de una publicación? No, por ello, apostar por una etiqueta al libro en cuestión como una miscelánea es desmerecerlo, pues solo enunciaríamos el texto a la sazón de una serie de escritos sin mayor conexión y puestos de forma aleatoria. ¿Acaso los poemas y prosas no se han colocado con algún propósito? Si se sabe que el autor cuidaba la exactitud de la palabra para conjugar la armonía imposible del placer, ¿por qué juzgamos de misceláneo una obra que invita a regocijarnos con la literatura y su delirante invocación a mirar?

Situados en la misma diégesis, asistimos al horizonte cultural del escritor con citas a modo de epígrafe y parte de la argamasa textual con el objetivo de delinear su argumento, las estrategias de abordar el tópico, y el título de su libro. Con la advertencia literaria, el zaguán hacia la provocación y el éxtasis se muestra en «Sin nombre», donde el narratario recorre con su voz la antesala de la mirada, el contexto que impulsa el deseo y los escritores que representan, también, la desobediencia hacia el decoro, por ello, ese título sin título, pues ese capricho no tiene una significación, una nominación en la Ley. Sin embargo, el recorrido por asir el anhelo deja su huella en el presente cultural con la prosa lírica «Amor de chibolo», pleitesía lírica a lo Martín Adán.

Luego de ello, nos trasladamos a los orígenes del narrador, Arequipa, donde se configura el color azul, imponente, bello e imposible, a semejanza del cielo del Misti. Asistimos al génesis de la mirada y a la incomprensión por la contemplación de lo hermoso. Empero, la inmanencia etérea del azur, es la esperanza de la vida en medio del rechazo cotidiano. Esta historia se correlaciona con el relato «Malte», en el que la historia del muchacho de nombre homónimo lo lleva a acentuar el deseo por el cuerpo joven en una tierra milenaria, China. La naturaleza, los frutos, los colores, el susurro y el proceso de transferencia amorosa, que nos recuerdan a escenas griegas del maestro-discípulo, son los elementos que enmarcan este cuadro de sugerencia imposible. A manera de colofón, «Poema», sutura este ciclo de experiencia mundana que permitirá «engendrar la claridad auténtica» (p. 41), donde «se reconozcan las eternas historias del mundo / entonces de una sola, secreta palabra, / huirá todo ser pervertido» (p. 41). Con ello, Reynoso posiciona su literatura: experiencia e inocencia, derroteros que delinean de forma gravitante su numen narrativo.

Fuente: UCH

Los siguientes textos «Paisajes interiores» y «Sin palabras» representan el camino de lo acontecido. En ambos casos, nos expresa su quehacer escritural: la realidad que nutre a la creación, no obstante, con el tamiz de lo sublime. En el primer caso, el autor expone parte de su poética y su forma de construir sus escenarios ficcionales: «El paisaje interior de una ciudad es el que despierta en la profundidad de tu existencia la ciudad que siempre te seguirá» (p. 43). La historia empieza en la Habana y culmina en la Plaza San Martín con reflexiones sobre la soledad. En el segundo caso, la voz se sitúa en París y luego en Piura; después Arequipa y China. En este devenir, aparece el aprecio de lo bello en el cuerpo joven con su vitalidad y armonía. A partir de dicho encuentro, el autor comprende que la estética de sus textos proviene a partir de esa vivencia idílica.

Con «El arte es azul», Reynoso arriba al puerto de la nostalgia y la conceptualización del color en cuestión. Así, «el azul es misterioso, múltiple y arcano. Divino y demoniaco» (p. 53). También, cómo se concibe el azul en diferentes lugares, por ejemplo, «en China, [donde] el azul es lo prohibido, lo mórbido, lo sexual» (p. 54). Con relación a lo literario, cimenta su idea al referenciar al poeta de Una temporada en el infierno: «Para Rimbaud la vocal O es azul. O: sin comienzo ni término. La eternidad» (p. 54). Luego, se menciona el azul en Picasso, el rey Salomón y Vallejo para aproximarnos a su concepto. Con ello, se propicia la entrada al recuerdo en «Epístola inconclusa», en el que la madre se posiciona como la lectora de sus textos. Y en la línea discursiva de la rememoración y la reflexión, se halla «Un pescador inglés en Beijing», «Camino correcto en La Habana» y «Una tarde de verano cualquiera».

Después del viaje por la memoria configuradora de la ficción y la palabra, el narrador traslada al lector nuevamente al presente, a la urbe, a lo real, en «Plaza San Martín». En este lugar público, de tránsito y bullicio, las personas convergen y se reúnen en fastuosa alegría o con una actitud de protesta y crítica social. Así, en dicho recinto convulsiona el lenguaje, por ello, observamos el inicio del relato «Giragiragiragira», así como la ruptura de las diferencias sociales y mezcla de los múltiples estratos, lo popular y lo letrado. De este modo, se recorre los bares emblemáticos del Centro de Lima, el Jr. Quilca donde habita el saber, en el que se recuerda a uno de sus deambuladores: Martín Adán. Aparecen, también, retazos de Los inocentes y Los eunucos inmortales para culminar en Lima, la horrible, del poeta César Moro. Esta última mención permite enlazarlo con los siguientes escritos «Lima no es horrible» y «Ribeyro en la Ciudad Perdida». En el primero, se aúna de forma intertextual al autor de La tortuga ecuestre, interpretando y contrastando la frase moreana con la decisión del vate de retornar al Perú en los últimos años de su vida. En el segundo, Ribeyro es la metáfora de la ciudad y el tópico del mundo marginal y el desasosiego, así como la devoción a la escritura misma. Sobre estas dos perspectivas, el caos creador y la admiración por el quehacer sobre la palabra, se engarza la poética de Reynoso.

Fuente: El Comercio

Los tres últimos textos se conjugan en torno a la idea de escribir y qué concibe el autor de acuerdo a su perspectiva cuestionadora. En el caso de «Ficción y realidad», se expone brevemente lo que considera la expresión de lo literario. Para ello, inicia con la teorización de la literatura, luego las cuestiones filosóficas y la enunciación científica. De estas posturas, Reynoso enuncia su idea con la siguiente sentencia: «La ficción y la realidad son, pues dos mundos diferentes. La creación de un mundo ficcional, a través de la palabra, en su sentido poético, y de adecuadas estructuras, es la expresión de la ideología del autor» (p. 80). Se complementa su ideario con «Dimensión del significado subjetivo», en el que se afirma que Cien años de soledad es una gran novela por su riqueza verbal, además de su «sentido subjetivo y poético de su prosa» (p. 84). Por último, su poética llega al culmen con la transgresión en «Gloria in excelsis», en el que la escena de la masturbación del narrador en la sacristía, pensando en el éxtasis que le propicia la imagen del personaje Malte, forja la energía creadora. Con ello, se implica que la escritura es belleza y vulneración de lo canónico, un reto constante a la Ley represora.

Luego de este recorrido por Capricho en azul, concluimos que el libro póstumo de Reynoso no es una miscelánea textual, sino una conjugación textual mediante secciones no señaladas, situadas como un devenir no aleatorio, donde se engarzan, a manera de una cadena, los temas de la transgresión, la exaltación de la belleza, y la poética en torno al arte de escribir, en el que el capricho, el deseo, es el primer motor del recuerdo para ficcionalizar el mundo mediante una armonía que solo se consigue mediante la lírica, única fuerza capaz de asir el cielo azul de Reynoso, ese elemento etéreo e imponente difícil de enunciar.

Reynoso, O. (2020). Capricho en azul. Lima: Alfaguara.

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Honestidad brutal

Por Diana Hidalgo Delgado

Degenerado (Anagrama, 2019) no da tregua alguna al lector. Es una sucesión imparable de prosa e imágenes abyectas que hipnotizan hasta el final. No hay subidas ni bajadas ni paradas. Todo está en el más alto de los tonos. Si fuera música, sería death metal. Son las palabras y las ideas vomitadas que la mayoría no se atreve a decir escritas de una manera descarnada y sincera. Por ratos uno cierra el libro para respirar, pero realmente es imposible dejarlo por mucho tiempo. La honestidad puede ser adictiva.

La novela de la argentina Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), que gira en torno a un proceso judicial, no tiene de por sí una gran trama que avance de una manera convencional. Lo que lleva al lector a algún lugar o a varios es la mente siniestra del hombre que comete el delito y está siendo juzgado. Al exponer sus alegatos de defensa dentro del juicio, de él salen las ideas más crudas y repulsivas sobre la sociedad contemporánea, la humanidad, la paternidad, la maternidad, el consumismo, el antisemitismo, la pedofilia, el amor, el capitalismo, la ley, la religión. Este hombre parece sentir desprecio por todo y por todos. Un desprecio, argumenta, producto de la discriminación que ha vivido de parte de la sociedad por ser judío, pero también abusos e incomprensión de parte de sus propios padres. 

A él, la humanidad entera y la sociedad en la que vive le parece hipócrita y asquerosa. Y ese mundo de hipocresía se vuelve un animal que actúa y habla por instinto. Basándose en ello, puede cometer las más terribles atrocidades, como violar y matar a una niña y enterrarla en un bosque o justificar la pedofilia o la zoofilia, a las que equipara con el amor. El acusado es un violador y un pedófilo.

Así, conforme avanza el libro, la autora presenta imágenes perturbadoras, a través de la mirada del enjuiciado, de una sociedad ilustrada a la que le cae un balde con excreción, burgueses agonizantes, cuerpos que llueven en forma de diablos, murciélagos que se muerden las pestañas, una cena familiar en la que el padre le pregunta a la madre delante de los hijos dónde está el clítoris y la hace buscarlo, o un vecino teniendo sexo anal en una granja con su cerda y a la vez con su esposa, el mundo como una sucesión de roedores con cola retorciéndose, chicos que nacen sin querer vivir, un ano manchado y con puntos de sutura por tanta violación. «Los que están fuera del mundo son personas afortunadas», dice el violador en la página 40 del libro.

Uno de los tópicos a los que vuelve constantemente el violador durante el relato es al de una infancia atormentada por sus progenitores. Pero también a un concepto escabroso sobre lo que significa nacer, procrear, ser hijo o ser padre. Lo dice claramente en varios pasajes del libro:

«Nadie merece ser abandonado, yo no siento nada por mi familia, mis padres la destruyeron cambiando de identidad. Yo también tengo lesiones en distintas zonas del cuerpo y también tengo constantes pesadillas y secreciones que no son normales en mis órganos genitales» (p. 114).

O:

«Amar se aman todos, cualquiera puede amar a un padre, yo diría que todos aman al padre, todos de una manera u otra se aman, el hombre es un chiquero de amor un pelotero sucio de amor. No voy a cambiar mi declaración, no hice duelo de infancia, sigo gateando, sigo babeando, sigo en la silla con babero» (p. 104).

Y también:

«La pederastia, el asesinato, es otra versión del amor o es lo mismo que el amor que me proponen. (…). Haber sido hijo de los que me llevaban para cometer atrocidades me volvió este que ven, haber salido de los que no tuvieron empatía» (p. 122).

Fuente: WMagazin

Después está la crítica que hace a la sociedad y a la política desde el punto de vista de un hombre que no tiene nada que ganar o perder; un hombre que se siente al margen de toda ley y toda humanidad y que no está de acuerdo con la moral impuesta por esa misma sociedad. De hecho, la considera como un fenómeno de los otros, que son quienes tienen que hacerse cargo. Ni qué decir del consumismo y de las leyes del mercado: «Ustedes son los pacientes oncológicos no los tratan así, más bien les decoran la pieza y les ponen música, vienen los actores célebres de Hollywood disfrazados de piratas, el cáncer es la sociedad elegida por el mercado» (p. 25).

Y, sobre el amor, el procesado da cátedra de su concepto, que involucra pensamientos tenebrosos y que va más allá de enamorarse y tener sexo con una niña, como en Lolita de Nabokov, sino que se concibe junto a la tortura, la violación, el asesinato al objeto del deseo. Además, el enjuiciado defiende la pederastia como un amor legítimo. «Todo amor es un crimen pero cómo podría vivir sin eso», dice el violador. Y sobre su experiencia con el amor, agrega:

«Amé tanto que me quedé sin horizonte, amé tanto que ahora ya no hay nada más que abrir el ano y recibir los desechos fecales, amé tanto una vez que incluso a los que dije querer, incluso cuando sonreí, cuando besé, después, cuando junté las manos en oración, todo ese invento del placer humano al lado del fuego, todo fue infamia» (p. 112).

Entre el bien y el mal, el violador también se siente al margen. Siente que los que los juzgan pueden estar igual de mal o igual de bien que él. Pero qué le importa. Está fuera y espera con tranquilidad su sentencia de muerte, sin ningún atisbo de arrepentimiento. Sin embargo, sostiene: «El bien puede ser terrorífico, y el mar, redentor. El bien puede ser nocivo, culpable, y el mal ayudarnos a sobrevivir» (p. 84).  Y en ese mal, se regodea, se baña y se empacha.

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Realmente, mejor el fuego

Por Giancarla Di Laura

En 2015 editorial Planeta publicó Pequeña novela con cenizas, la primera obra narrativa de José Carlos Yrigoyen (Lima, 1976). Al año siguiente, Random House editó su segunda novela, Orgullosamente solos, y ahora este mismo sello lanza su tercera novela, Mejor el fuego, dedicada a la esposa del autor, Greta, así como a dos amigas suyas, las autoras María José Caro y Mayte Mujica (esta última esposa del director de la editorial), quienes no se demoraron en publicar elogiosos comentarios sobre el libro, utilizando criterios y vocablos como «belleza» para resaltarla. «Dolorosa y bella», dice Caro; «la única belleza posible proviene de la palabra», expresa Mujica. «Negro y amarillo»

Mejor el fuego es la historia de un estudiante de Derecho de la Universidad San Martín de Porres, espacio que ya ha sido abordado con anterioridad por Sylvia Miranda en Memorias de Manú (1997, Premio BCR de Novela). Si Miranda retrataba un Perú de mediados de los ochenta e inicios de los noventa con personajes como Manú desde el activismo estudiantil y la militancia política en la Izquierda Unida, Yrigoyen se concentra en el Perú de las dos reelecciones fujimoristas, con apenas una involuntaria y moralmente obligada asistencia a una marcha contra la dictadura en el 2000.

Dividida en diez capítulos de entre tres y quince páginas de extensión, Mejor el fuego es un relato relativamente breve contado desde la memoria personal, lo que se explica claramente: «El recuento de los hechos públicos ya los sabemos con detalle, por lo que este capítulo aborda otras cuestiones y sucesos». El narrador-protagonista, ya mayor, disemina así sus recuerdos a modo de «un montón de esquirlas», según los llama. Esta memoria va entre la primaria ochentera y el año 2000, desde una exploración exclusivamente individual relacionada con su orientación homosexual. «¿Pero qué historia? ¿Y quién era yo en ella, entonces? ¿Y cuál era la mía?», se pregunta el narrador a mitad de su relato. «Comprendí que ya no habría ninguna historia dentro de nuestra historia. De ahora en adelante me reconfortaba con tu sonrisa, un ramo de flores audaces», concluye al terminar la novela dirigiéndose a su pareja Samuel. Cabe resaltar que este es un judío practicante, mientras que el narrador es un enterado lector de libros sobre Hitler. Interesante y sintomática dupla gay dentro de una generación donde los horizontes políticos ya no funcionan como catalizadores de la trama, desdeñando lo que ha sido tradición en la mejor narrativa peruana. El trasfondo ideológico neoliberal transpira entre las líneas.

El narrador, hijo único y solitario, ha crecido sin amigos en una casa familiar ubicada en una zona distante de la ciudad (La Molina). En tercero de primaria, durante el recreo, dos compañeritos le dan latigazos hasta hacerlo sangrar. La directora pide a sus padres que lo cambien de colegio, a lo que estos acceden. Después, a los catorce, conoce a Gino, chico que atiende en una disquera, quien lo viola. A los veinte, el narrador mantiene relaciones con diferentes muchachos, con los que liga a través de salas de chat como Latinmail. A los veintitrés, sus padres se separan (la madre engaña al padre con un vecino de auto rojo) y la casa es vendida. Es por entonces que en la marcha a la que asiste el narrador conoce a Samuel, estudiante de Historia en la Universidad Católica, a cuya casa parental se va a vivir. Con ellos comparte el Janucá, la fiesta judía de las Luminarias. Se dedican a tomar y fumar, y aburridos deciden salir en auto de Lima, hacia Ica y Arequipa, en lejana reminiscencia del famoso cuento “Con Jimmy, en Paracas”, de Alfredo Bryce, pero sin su economía ni brillo de lenguaje.

Antes, en abril de 1995, cuando el narrador ingresa a la universidad, conoce a Javier Urrutia Arancibia, «un tipo que estaba a punto de llegar a los cuarenta», de madre chilena y cuyo padre «nació en una familia de terratenientes que lo perdieron todo con la Reforma Agraria». Con él se acuesta y acaba peleándose. Y luego, en el verano de 1998, conoce a María Paz Melero, «entre las chicas más bonitas de la facultad», en cuya casa, ubicada en el malecón Paul Harris de Barranco, conoce a su hermano menor David, estudiante de quince años. «Le sostuve la mirada mientras sacudía su mano y pensaba que era muy guapo y que ese uniforme escolar le quedaba increíblemente bien», proclama. Al poco tiempo, la madre lo confronta y lo acusa de violación y de corromper a un menor de edad. En otras palabras, el narrador se convierte en pedófilo.

Fuente: Perú 21

Estas memorias personales, concentradas en su identidad sexual, me recordaron un comentario antiguo de Mirko Lauer sobre No se lo digas a nadie (frase que aparece en boca de un personaje de Yrigoyen), la famosa novela de temática gay de Jaime Bayly: «La prosa me parece más escabrosa que el contenido». Recordé esta opinión ahora que leía Mejor el fuego y tengo que decir que en este caso prosa y contenido resultan ser igual de escabrosas, porque lamentablemente apenas llegan a encender algún interés por su discurso básico, de coloquialismo demasiado obvio, entre el mercado e inmediatas librerías, absolutamente referencial, anecdótico y chismero, con un anecdotario que a estas alturas a nadie escandaliza, al menos literariamente. Bayly siquiera aportaba cinismo y vivacidad a sus escenas. No resulta un azar que Yrigoyen decida comenzar su novela de esta forma: «Días que no se deciden entre el calor y el frío. Iguales a mí». Y es ese yo narrativo cuarentón y poco carismático el que repasa su vida, castigando al lector a lo largo de las ciento sesenta páginas de la novela (las que, debo confesar, solo terminé a fin de escribir esta reseña).

En esa narración los eventos van y vienen. Y conforme leemos, vemos primero sus acercamientos adolescentes que nos permiten vislumbrar la ciudad de Lima en los encuentros furtivos que mantiene con distintos jóvenes. Sin embargo, el paisaje urbano es de tan escaso espesor como la llaneza verbal con que lo presenta. Aquí algunos ejemplos: «casas chatas y disímiles», «basura acumulada en las esquinas de las vías principales», «construcciones incompletas y arbitrarias», «pasillos alfombrados de rojo, puertas de falsa caoba», «desayunamos jamón, tocino, huevos, pan francés, un café muy negro y jugo de piña: doce soles la porción», «balcones, cafés con las sillas y mesas ocupando la vereda, taxis y transeúntes entremezclados» (esta última es una descripción del centro de Arequipa) y demás generalidades sin calor ni frío ni humedad ni garúa ni nevada ni mayor inventiva. En pocas palabras, un estilo repetidamente simple dentro de lo que alguien ha llamado «querer ser honesto».

Y así las experiencias homosexuales de este narrador se suceden una tras otra, sin variación de tonalidad ni tensión dramática. Porque, aunque estén nominalmente sobre fuego (por el título, digo) aquí en verdad no hay fuego, sino una página tras otra y otra más, quizá reclamándolo, literalmente.

Muy lejos este libro de los versos de Luis Cernuda de los que toma el título: «Su vida ya puede excusarse,/ porque ha muerto del todo;/ su trabajo ahora cuenta,/ domesticado para el mundo de ellos,/ como otro objeto vano,/ otro ornamento inútil;/ y tú cobarde, mudo/ te despediste ahí, como el que asiente,/ más allá de la muerte, a la injusticia.// Mejor la destrucción, el fuego».

No dudamos que los actuales editores de Random House seguirán publicando las historias de José Carlos Yrigoyen, ya que algún público tendrán predilección por su facilismo y su «mudez» literaria, para parafrasear a Cernuda. Y es que los churros embolsados siempre tendrán su demanda.

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Un modo de resistir en el mundo

Por Sebastián Uribe

Verfremdungseffekt. Este término alemán acuñado por Bertolt Brecht al que se alude en la página 248 de la novela de Camille Bordas (Lyon, 1987), es una manera de expresar el distanciamiento entre una obra y el público. El también llamado efecto V sería el mecanismo por el cual una expresión artística exige una implicación distinta de la empatía emocional, requiriendo que el público se acerque con ojo indagador, no pasivamente. Féretro, el profesor de alemán que menciona dicho vocablo afirma, ante el cuestionamiento de una alumna, la imposibilidad derivada de este tipo de obras de conjugar la interpretación crítica y la “mágica”, entendida esta última como la hipnotización del espectador por un deseo de evadirse del mundo real; en otras palabras, el entretenimiento como escape. Cómo comportarse en la multitud (2017) es la respuesta de Bordas a dicha disociación logrando un libro capaz de cuestionar desde la ficción concepciones actuales sobre temas tabú como el duelo, la vejez, la depresión o el suicidio, a la vez que nos cautiva la voz de su inolvidable protagonista.

La novela de Bordas podría clasificarse, si cabe dicha taxonomía, como un anti bildungsroman. Isidore Mazal se encuentra en esa zona gris de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Su mayor particularidad al inicio de la novela es ser el último hijo de una prolífica familia de genios misántropos en la cual él y su madre son los únicos que no están obsesionados con evadirse de la cotidianeidad, preocupados por dejar una obra para la posteridad siempre escribiendo tesis, o preparándose para escalar posiciones a pasos agigantados en el mundo académico. Isidore, o Dory como le dicen sus hermanas, por el contrario, se cuestiona en todo momento el presente, lo que ocurre mientras la tragedia empieza a rondar su hogar y se pregunta si el futuro le depara algo a él, y opta sin tanta convicción por prácticas como la escritura de la biografía de su hermana Simone o el aprendizaje del idioma alemán. Este último interés constituye una vía para construir puentes más sólidos que los que mantiene con aquellos con los que convive, basadas de manera tácita en un monótono silencio:

              «Como teníamos el jardín más pelado del vecindario, salvo por el cerezo, que se las apañaba él solo sin ayuda humana, aquel repaso semanal se llevaba poco con el aburrimiento del que huía cuando salía afuera. De hecho, era igual de aburrido, solo que el silencio del jardín era menos opresivo que el que había dentro de casa. Flotaba en él cierta esperanza en que algo pudiera venir a romperlo.» (p. 178)

Esta opresión se muestra desde la misma elección del epígrafe de Stanley Cavell: «Si hablar por otro parece una operación misteriosa, ¿no será porque hablar con alguien no parece suficientemente misterioso?»

Si bien una primera lectura podría aducir que hay una crítica al aislamiento por las pocas charlas fraternales que se dan entre los Malzer, sobre todo desde la pérdida de su figura paterna, la distancia alcanza otros grados, primero intelectual y, más importante, emocional, además de la representación de dicha brecha a través de otros eventos simbólicos como la negativa a responder una carta o la pérdida del idioma materno. Isidore se ve perdido entre las grandes mentes dotadas de sus hermanos, en los que no se ve reflejado por el sistema cerrado en el que estos transitan, no porque lo consideren menos, sino porque simplemente lo consideran solo en la medida en que este pueda servir de apoyo para sus intereses individuales, como la redacción de una biografía o de un trabajo académico sobre, vaya ironía, las relaciones familiares. De ahí que les sea imposible alcanzar un grado de empatía salvo cuando estos entran también en crisis y sus ideales se ven amenazados.

En esos momentos, cuando sus dogmas son puestos en duda, se logran los mejores diálogos de la novela, rebosantes de vulnerabilidad. Dory se da cuenta de que, si bien ha hallado pares en personas de círculos distintos como su vecina centenaria, la compañera por correspondencia de Simone o una amiga de la escuela también con dificultades para encajar en el grupo, es en los pocos pero intensos momentos con sus hermanos que alcanza a iluminar cuestiones vitales que le angustian. Esto le revela otras vías para sobrellevar el peso de las emociones que le embargan y los moldes sociales que debería asumir como referencia. Denise, su amiga de la escuela, le espeta la siguiente afirmación, toda una declaración de principios: «Dicen cosas como que no estés triste, que seas fuerte; dicen que es fácil abandonarse, que lo que de verdad cuesta coraje y valor es ser feliz y aferrarse a los pequeños placeres del presente… como si la gente que sufre fuera más débil, ¿sabes? Yo eso no lo pillo». (p. 171)

La anhelada libertad del conocimiento a la que se aferran sus hermanos termina siendo una prisión erigida por ellos mismos, una coraza de protección a lo expresado por Denise, tal como le explica Simone a través de su teoría del embudo:

              ‪«Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti (…) Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entrevías para el futuro y te va succionando cada vez más en el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa». (pp. 155-156)

La idea de no poder salvarse del destino de los hombres comunes es lo que desencadena la tormenta sobre sus hermanas Berenice, Aurore y pronto Simone, quienes se topan con la frustración de no hallarle sentido a sus vidas a pesar de tener mayores habilidades que el resto, no solo en términos cognitivos sino también económicos, de lo cual son conscientes. De ahí que se aferren a la melancolía (que no es equivalente a la tristeza) de operar sobre sus recuerdos, en los que tienen más capacidad de control que en su presente y así no intentar relacionarse con más personas ante el temor de cargar con problemas ajenos a los suyos o descubrir verdades incómodas con los que más temprano que tarde tendrán que convivir: «Nunca sabes lo que le pasa a la gente por la cabeza, pero cuando te enteras, cuando una pequeña parte de ello sale a la luz, pues lo más probable es que te haga daño, que haga que te sientas fatal». (p. 263)

Ahora que nos encontramos en un período donde convivir de manera distante se ha convertido en el modo de vida imperante, se agradecen novelas como la de Camille Bordas capaces de brindarnos una literatura capaz de subvertir los lugares comunes en los que se incurre al reflexionar sobre la manera actual de relacionarnos y donde la soledad, la culpa o el sufrimiento no son presentados como males a temer, sino como sentimientos en los cuales se puede hallar resquicios de esperanza y consuelo. En suma, una forma de resistir en el mundo.

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Una novela con olor a sangre

Por Lenin Pantoja

La novela El Salvaje (Alfaguara, 2016) de Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958) propone una historia sobre la supervivencia humana y animal basada en la valentía y el salvajismo. Frente a esta inclinación natural hacia la vida, la muerte acecha desde diversos frentes, a través de varias personalidades y distintas circunstancias. La portada, inmejorable material paratextual para preparar al lector de esta novela, contiene elementos sinestésicos, activos provocadores de los sentidos desde las primeras páginas. En estos pasajes iniciales, por ejemplo, el olor a la sangre fresca, recién derramada, no solo nos confronta con la muerte, sino nos enfrenta a toda la violencia que sirve como telón de fondo para presenciar el desenvolvimiento de la vida de Guillermo, el narrador protagonista. De forma simultánea, se desarrollará la vida de Amaruq y su desafío a la muerte en base a la búsqueda que realiza del lobo Nujuaqtutuq. 

Sin duda, se trata de la punta de un iceberg argumental, ya que las historias se desenvuelven con tantas digresiones que vuelven complicado encapsular su alcance en pocas palabras. En ese sentido, lo más importante es concebir toda la potencia narrativa de la novela como una forma de interpelarnos a través de algunas preguntas: ¿es más importante cómo culmina una historia o de qué manera se desenvuelven las acciones previas al desenlace?, ¿qué significa el salvajismo y la valentía para la vida y la muerte?, ¿cuál es la relación entre el hombre y los animales?, ¿de qué manera condiciona la naturaleza geográfica de los espacios en la vida y en los sentimientos de los personajes?

Las acciones de la novela son desordenadas en espacio y tiempo. Lejos de confundir al lector, se produce un efecto literario que lo compromete con la vinculación activa de los ejes argumentales. No molesta ni indigna saber lo que va a suceder al final de la vida de un personaje o cómo terminará algún suceso resaltante. Incluso, el compromiso del lector en la explicación argumental basada en el vínculo de las tramas sueltas coloca a la reflexión en un plano inmediato a partir del efecto recibido. Es decir, el narrador personaje Guillermo reflexiona mientras actúa y el lector recibe insumos argumentales para profundizar en su propia reflexión, poco condicionada por el narrador. En este sentido, el ensamblaje y la adaptabilidad de las historias entre sí contribuyen en la generación de una tensión narrativa constante e interminable, lo que sería efímero si todo se concentrara en el desenlace de la novela.

El Salvaje es una novela preocupada en profundizar sobre la naturaleza humana en tensión con la vida y la muerte, lo cual influye en uno de los elementos más básicos y fundamentales del hombre: su inclinación por el salvajismo como mecanismo de supervivencia. Producto de esto, importa mucho narrar las acciones no para profundizar en la racionalidad de una idea, sino en la complejidad de las emociones humanas y animales. Arriaga construye una novela donde el salvajismo es una forma de reencontrarse con la naturaleza primigenia del hombre, la cual le permite sobrevivir en comunión consigo mismo y con los demás. La paradoja es que este orden humano produce un conflicto cuando otros sujetos amenazan su estabilidad. Se parece a lo que ocurre cuando una manada comandada por un lobo alfa es amenazada por otro lobo solitario que pretende destruir el orden para reconfigurarlo a su favor. La confrontación siempre es violenta y termina en muerte o destrucción. La guerra genera vencedores, pero ninguno obtiene una victoria completamente favorable. 

El Salvaje es una novela sobre la valentía como un arma para sobrevivir en un mundo hostil. Este valor humano y animal, implícito en un salvajismo justificado y reconciliado con el equilibrio de la naturaleza, hace la diferencia para seguir respirando en un clima de tensión violenta. No se trata de considerarla solo como una manifestación de la fuerza física. De acuerdo a la metáfora de la guerra ya mencionada, la valentía mueve a los personajes a emplear su inteligencia con la finalidad de construirse y proporcionarse pertrechos que les permitan superar a los otros y triunfar en un mundo hostil. Precisamente, en la novela, la valentía y el salvajismo son los elementos que fortalecen un lazo emocional y trascendental entre Guillermo y Colmillo, un lobo criado por sus vecinos de forma inadecuada para su domesticación. Guillermo y Colmillo, ambos salvajes a su modo, son dos personajes estructuralmente importantes, porque vinculan las dos historias de la novela. Su unión ordena el caos temporal y argumental, así como se establece entre ellos una complementariedad que beneficia sus personalidades y potencia sus acciones.

La importancia de los escenarios radica no solo en su condición de repositorio de historias y vidas en plena efervescencia. También es fundamental la estructura geográfica de las unidades vecinales propuestas en la novela como telón de fondo de las historias, ya que, por ellas, se mueven los personajes como si se tratara de laberintos modernos. La posibilidad de ser encontrado, en una novela donde la búsqueda es importante para la aplicación de la violencia, disminuye, aunque potencia los esfuerzos por encontrar la forma de ubicar al perseguido. Estos espacios se convierten en receptáculos de las voluntades de los personajes, ya sea en Ciudad de México o en los bosques montañosos y helados de Canadá. 

Guillermo Arriaga ha construido una novela que profundiza en la complejidad de muchos aspectos. Sin duda, se trata de una novela ambiciosa que soporta múltiples lecturas. En ese sentido, la exploración de las emociones humanas no puede ser un aspecto rezagado dentro de todos los atributos textuales, ya que su desarrollo es simultáneo a las sinuosas acciones descritas en la novela. Uno de los aspectos más importantes es la idea del amor, ya que ella estabiliza la mirada del narrador personaje y modula sus acciones en una dirección: el mantenimiento de la vida y el deseo de la venganza. 

Arriaga no se acobarda cuando tiene que confrontarse con las partes más salvajes de lo humano. Por ejemplo, para el protagonista, el amor se relaciona con la posesión de los cuerpos, lo cual estimula sus celos cuando Chelo, la mujer que ama, le confiesa haberse acostado con muchos hombres. Guillermo no puede controlar la vida sexual de Chelo, pero tampoco puede desistir de intentarlo. La razón es que se encuentra enamorado y subyugado a la idea de que una parte del amor está basado en la posesión exclusiva de los cuerpos. Para Guillermo, el cuerpo de la pareja nos pertenece, nadie puede tocarlo. Incluso el recuerdo de la penetración en el pasado de la mujer se puede convertir en una verdad que perturba la tranquilidad del amor actual. El protagonista concibe el pasado sexual de su pareja como una especie de competencia insuperable. Lo paradójico es que se trata de un acto de masoquismo basado en el descubrimiento o la certeza de una verdad que puede y suele ser peor que la ignorancia o el desconocimiento de esos hechos. Por todo esto, El Salvaje es una novela incómoda para el lector no solo por su estructura compleja, sino también por su inclinación a exacerbar e intensificar las miserias de lo humano.

El salvaje, Alejandro Arriaga, Alfaguara, 2016, 693 páginas.

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Reseñas de libros

Talento de televisión

Por Sebastián Uribe

Para escribir sobre este libro se torna necesario describir su recepción en los medios literarios. Aparecida en abril del 2019, la novela de Dany Salvatierra (Lima, 1980) tuvo poca o nula atención de la crítica más allá de las entrevistas que se le hicieron a su autor. Este ninguneo resalta mucho más por qué La mujer soviética, por trama y extensión, no es una novela que se circunscriba a una tendencia dentro de la narrativa peruana de los últimos años. Y la extensión no es un tema menor en un contexto donde se alzan voces que, erróneamente a mi parecer, critican la brevedad de las novelas peruanas y, sin embargo, guardaron silencio sobre este libro de más de 350 páginas. Existen otros factores, como la fecha de aparición, su distribución, la editorial que lo publicó, que hace más inexplicable aún el silencio frente a este libro Quizá un intento por evadir la condena de “amiguismo” en un circuito literario como el limeño, donde la mayoría de sus integrantes se conocen, sea la razón de esta indiferencia. Inevitablemente quienes escribimos reseñas nos toparemos con libros de escritores a los que conocemos personalmente y el mérito no será evitar hablar sobre ellos, sino en hacerlo de manera objetiva, resaltando sus virtudes y señalando sus defectos. Pero ya es momento  de cerrar esta introducción y pasar al libro en sí.

Hay que dar pocas luces sobre el argumento al escribir sobre un thriller. La mujer soviética es protagonizada por Jacqueline Metalius, diva y leyenda de las telenovelas latinoamericanas, cuyo esplendor se remonta a las últimas décadas del siglo XX, cuando el internet no tenía el monopolio de la atención mediática. Esta se verá envuelta, a raíz de un mensaje anónimo y perturbaciones de carácter anormal en su residencia de Miami, en una adictiva trama que combina una posible red de espionaje de rango internacional con la obsesión fanática de un admirador (como en Misery de Stephen King) que la hará retornar a la capital peruana. 

La novela de Salvatierra destaca nítidamente por la construcción de su protagonista. Ya de por sí resulta encomiable el uso sin chirridos de la primera persona con un personaje del sexo opuesto (piénsese en J. M. Coetzee o en Junot Díaz), y más al dotarlo de una fuerte personalidad que elude los clichés típicos atribuidos a las estrellas mediáticas, con una voz sin filtros para verter un ácido discurso sobre quienes la rodean y sus acciones. Si hay algo que detesta Metalius es la denominada “pose woke”, la corrección política llevada a sus últimas consecuencias y es desde ese sitial que dispara contra varios aspectos sociales sobre los que cualquier crítica negativa se tornaría tabú: los estudios de género, la moral de los poetas, la empatía de las figuras televisivas, el activismo de redes sociales y la adicción a los horóscopos. Esta frescura para hablar sobre la sociedad actual, que recuerda a Houellebecq, no cae en un discurso sociológico como en el que suelen caer varios autores actuales, y más bien ayudan a sostener el libro en torno a su personaje principal, apoyado en otros recursos literarios como la construcción de diálogos verosímiles, recursos idiomáticos que revelan con facilidad la clase social de sus protagonistas y giros sorpresivos en la trama bien dosificados.

Fuente: Diario Correo (2019)

Si se trata de establecer conexiones, La mujer soviética es heredera de la estética pop  de Andy Warhol. A lo largo de la novela se va revelando la construcción artística a partir de la imitación y el uso de géneros populares como insumos. Si hay algo que predomina en los grandes productores de telenovelas es el reciclaje de guiones, la  adaptación de historias para cada época con distintos protagonistas. Se utilizan las antiguas ficciones como materia para las nuevas, y es ahí donde Metalius se erige como artista, impregnándole su sello a la caracterización de los personajes arquetípicos de las ficciones televisivas sin olvidar la esencia del enganche con los televidentes, los elementos eficaces para cautivarlos.

No obstante lo anterior, la muerte rodea constantemente a los personajes de la novela y se convierte en la guía de sus acciones tanto en su aspecto simbólico como real. Es a través de la inmortalidad de la ficción que Metalius busca dejar un legado, una estela alumbrada por su nombre y de ahí su rivalidad feroz con las jóvenes promesas televisivas. La eterna disputa de lo nuevo y lo viejo toma un carácter nocivo, que conduce a desprenderse de cualquier vínculo, materno incluso, que desacraliza este campo de manera tal que termina por convertirse en una carga nefasta para la consecución de los anhelos de los  personajes y que, además, origina su perversidad. 

En detrimento de una trama paralela que busca calzar de forma infructuosa una exploración sobre el mundo de la dark web, uno de los mayores atributos de La mujer soviética es el planteamiento de la ficción, a través de la parodia de las telenovelas, como un elemento de dominación de masas, un sueño colectivo:

El gobierno ejercía el control de los canales de televisión y empezó a transmitir Coral en los quince países de la Unión y en simultáneo, a las siete de la noche, la hora en que las familias se sentaban a cenar frente al televisor. El resultado fue un suceso nunca antes visto. Era la primera vez que transmitían una telenovela de Hispanoámerica, una realidad distinta donde no existían la Guerra Fría ni la crisis económica, donde los problemas eran más cotidianos.

Salvatierra, 2019, p. 137

El recurso del melodrama se presenta como una manera de captar la atención mediática a través de la construcción artificial de historias, cuyo alcance ya quisieran tener otras formas artísticas, al punto de ser esencial para validar una estructura social de manera constante. La telenovela más grande fue la del ser humano queriendo exterminarse a sí mismo, se dice hacia el final,  y al leer el desmoronamiento moral y físico de los personajes y su derrota progresiva frente al paso del tiempo, uno se da cuenta que, incluso siendo una parodia del mundo de los melodramas televisivos, los protagonistas están viviendo el suyo fuera de las pantallas, uno en el que se confunde la realidad y la ficción en un inquietante policial que por momentos recuerda a Rubem Fonseca. La novela de Dany Salvatierra fue una de las más gratas apariciones narrativas del año pasado, sin duda, y merece leerse una y otra vez.

Datos del libro: La mujer soviética de Dany Salvatierra. Planeta, 2019, 364 páginas.