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Reseña: El corazón del daño (2021) de María Negroni

La lengua materna es una herida sangrante

Reseña de El corazón del daño (2021) de María Negroni

Por Eliana Del Campo

Dos imágenes. La primera: la niña escucha el silbido del pecho de la madre asmática. En la mitad de la noche, se enseña a no esperar. Abandona las esperanzas “de un arrorró, de una canción de cuna”, y siente cómo aparece “una coraza que empezaba a cercar el corazón” (p. 22). La niña se endurece, señalando aquel recuerdo fijo como el inicio de un aprendizaje. Aprende a valorar la mera presencia, ante la carencia del afecto. Comienza a tejer un reclamo lírico.

La segunda imagen: Ocurren años, ocurren publicaciones y, en el libro, se suceden las páginas. La niña ha crecido, ha vivido en ciudades importantes y enseñado en colleges de prestigio. Ahora es una mujer adulta que continúa retirándose una por una las púas en la piel. Cada púa es una frase de la madre quien, ahora frágil, depende de los cuidados de la hija. “a lo mejor eso es bueno, me permite tenerte menos miedo”, expresa con duda. Se comienza a preguntar: “¿Por qué el asma? ¿Cuándo empezó el sufrimiento?” (p. 131). Entre ambas imágenes transcurre una vida. Una autobiografía declamada.

No obstante, sería un despropósito restringir El corazón del daño (Literatura Random House, 2021) de la escritora argentina María Negroni al terreno de lo autobiográfico. En realidad, se trata de un artefacto narrativoque, si bien se vale de algunos recursos que a menudo encontramos en ese paraguas indeterminado de “escrituras del yo” (el uso de la primera persona, los nombres propios y la referencia a hitos temporales), trasciende la historia contada para mostrar al lector una galería inevitable: el álbum de la infancia, el museo de cera de la memoria. Estas imágenes son el auxilio visual de una voz –por ratos titubeante, por otros, litigante– que hace su aparición con una advertencia. Por un lado, un “yo”: una hija. Ella vuelca sin pudor el baúl de los recuerdos e intenta armar un rompecabezas. Por el otro, un “tú” a quien la hija dirige su letanía. La Madre, en mayúscula. Una figura de dimensiones colosales, por ratos mitológica, incluso quimérica. Una madre fuera de quien no hay un afuera. Por momentos, la maestra del daño. Aquella que regala a la hija, cada tanto, piezas que la resguarden del naufragio del hogar destruido: palabras. Escribe la hija:

“Mi madre siempre fue la dueña del lenguaje. (…)

Con sus palabras mordaces, que usaba como cuchillos (y a veces, como púas delicadas), adivinaba la sombra de las cosas, el sarro del pensamiento.

Decía: yo solo tengo embestida en la música, pensamiento en la sangre, rostro en la tiniebla. Sabía dónde y cómo herir.” (p. 42)

La dueña del lenguaje. No se trata de un título vacío si es otorgado por alguien que ha dedicado su vida a la escritura. Alguien que conoce del poder absoluto de las palabras: su capacidad para nombrar, crear y, también, excluir. La violencia que pueden contener, su capacidad para herir. Muchos autores han escrito sobre la supremacía del lenguaje en la construcción de la cultura. Homi K. Bhabha usa El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad para explicar el rol del lugar de enunciación en la creación del pensamiento colonialista.1 Audre Lorde nos advierte que “las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo”2, en relación con el discurso patriarcal (racista y sexista, por definición) y su nula capacidad para lograr alguna victoria significativa para las mujeres racializadas y diversidades excluidas. Negroni, por su parte, ubica a la Madre en la cima del absoluto. No es solo quien da la vida, sino quien otorga la palabra. La hija lo admite. La hija se defiende. Cae. Se recompone. Detiene el sangrado con vendas de páginas. Sutura sus heridas con líneas escritas. Reconoce su tragedia: solo puede escribir sobre la Madre en el idioma que esta le dio, con las palabras obsequiadas. La hija elige las mejores, se hace poeta.

Foto: Alejandra López

Si bien las imágenes le otorgan un hilo conductor a la historia, al mismo tiempo, existe una voz narrativa que acompaña al lector entre los pasadizos y recovecos de su recuerdo. No obstante, si hay algo que podría caracterizar estilísticamente al texto es su lirismo. En cada página, se revela una filigrana subterránea. Advertimos una musicalidad ligera en cada frase. Cada una contiene poesía, pero su lirismo no reside solamente en la sonoridad del texto sino, sobre todo, en su estructura. Desde la primera página, notamos una inusitada verticalidad para ser, a simple vista, un texto en prosa. Me atrevo a conjeturar: La voz es consciente de sí –de la transgresión que comete en el hecho de existir, de la efímera valentía en el arrebato– e intenta comentar el recuerdo de la forma más breve y rápida posible. Usa un idioma escindido. Las frases se detienen, cautelosas: una pisada en falso sería caer en el abismo de la auto-victimización. El reclamo se cuida del lenguaje infantilizado, del refugio de la rima:

“Tardé en saber, en cambio, que escribir es penoso.

No se incuba un libro así nomás.

Hay que gestarlo despacio, hurgar hasta dar con la carta infectada que, expuesta a la vista de todos, se oculta de él.

A esas cartas le faltan letras, le sobran letras, dice siempre lo que no dice. Y encima, va dirigida a sí misma. ¿Cómo enviarla?

Se escriben, dicen, con una mano arrancada a la infancia.”(p. 41)

La hija, quien lleva su vida coleccionando palabras, también ha forjado su propia reflexión sobre este lenguaje del cual la Madre es dueña. Sabe que transita un sendero sinuoso. De todos modos, arroja frases como trozos de pan, en caso el fantasma de la Madre decida seguirlo. Aparecen nombres propios, poetas y pensadores. Autoras. ¿Un jurado, acaso? Se entabla un diálogo. Le responde a Alan Badiou. La poesía consiste en producir: “contra la apología del sentido, un cortocircuito del lenguaje para que el pensamiento advierta su propia insuficiencia” (p. 128). Cita a Ian Svankmajer, cineasta checo: “Todo invento de aleccionar a la sociedad fracasa porque, al tener que utilizar un lenguaje que esta pueda entender, se cae en la más burda complicidad con lo que, en teoría, se pretende cambiar” (p. 130). Se trata de una declaración de principios.Para Negroni, el lenguaje es un cartucho de pólvora mojada. Al escribir, ella empuña el inútil fusil. ¿Hacia dónde apunta?

Gracias a Adrienne Rich sabemos que la maternidad es, además de una experiencia, una institución.3 Hay un idioma oficial en el reino de la maternidad, en el cual se establecen las normas sobre lo que se puede decir o no y la forma correcta de hacerlo. Negroni no se ocupa de los temas ni de las tramas. Con su experiencia no busca singularizar el universalismo de lo materno. Más bien, presta atención a los dialectos que han nacido dentro del idioma la Madre, los resalta en cursiva: “La palabra escorchar. La expresión Mirame a la boca cuando te hablo” (p. 39). Este no es un relato edulcorado sobre la maternidad. Ofrece un testimonio cruento de una relación astillosa de madre-hija, es cierto. Sin embargo, todo esto pasa a segundo plano cuando se toma en cuenta la reflexión meta-lingüística que acompaña la historia. No solo se trata de una hija en búsqueda de una madre: se trata de una mujer en busca de sentido.

Foto: Alejandro Guyot

El lenguaje, como la maternidad, deja marcas en el cuerpo. El corazón del daño nos habla de la lengua materna como una herida abierta. Al venir al mundo, somos arrancados de un estado simbiótico, con el resguardo de ser los apacibles huéspedes dentro de otro individuo. Somos forzados a existir por cuenta propia imposibilitados de retornar a la madre que nos alumbró. Esta separación, tan necesaria como traumática, no lo es menos en el lenguaje. Andamos errantes por la vida en búsqueda de palabras que den sentido a nuestra existencia. Guardamos algunas en los bolsillos, otras, en el corazón. Negroni blande un sable en el suyo y nos regala la música tintineante de la caída en cascada. Hacia el final, insiste: “¿Cuándo empezó el sufrimiento?”. Los lectores no aguardamos respuesta. Hemos aprendido, en el transcurso del libro, a entender también el silencio. La voz que no regresa es el vacío dejado por la Madre, cuya presencia es inmensa. La hija tampoco espera respuesta. Hizo lo que pudo. Escribió.

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Datos del libro reseñado:

María Negroni

El corazón del daño (2021)

Literatura Random House, 143 pp.

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Referencias bibliográficas:

1 Bhabha, H. K. (2007). El lugar de la cultura. Ediciones Manantial.

2 Lorde, A. (2003). Las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo. En: La hermana, la extranjera: artículos y conferencias (pp. 115-120) Horas y horas.

3 Rich, A. (2019). Nacemos de mujer: la maternidad como experiencia e institución. Traficantes de sueños

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Reseña: Ustedes brillan en lo oscuro (2022) de Liliana Colanzi

Naturaleza, violencia y contaminación  

Por Omar Guerrero

Ustedes brillan en lo oscuro (Páginas de Espuma, 2022) de la escritora boliviana Liliana Colanzi (Santa Cruz de la Sierra, 1981) es el libro ganador del VII Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. El jurado, presidido por la escritora española Rosa Montero, resaltó que los seis cuentos que componen el libro construyen mundos extraños que unen las claves de la ciencia ficción y el realismo. Ante lo dicho, se toma como antecedente el anterior libro de cuentos de Colanzi, Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia, 2016 [Argentina]; Santuario, 2017 [Perú]), donde se da cabida a lo sobrenatural y a lo andino. Aquí se reiteran estos tópicos, además de la presencia del mundo amazónico, del que se percibe la fuerza de su paisaje y sus recursos. A ello, se incluyen otros temas como la violencia, lo femenino, la maternidad, la familia, el miedo y la enfermedad.

En “La cueva”, uno de los cuentos más peculiares, y que precisamente abre el libro, está compuesto por nueve textos que tienen como punto en común este espacio geológico que se mantiene a lo largo del tiempo. Este transcurrir temporal permite concebir cada personaje o diversos hechos. Es así cómo se conoce la historia de una muchacha embarazada que caza conejos. Ella se tropieza con una piedra, cae y empieza a sentir dolor en el vientre. Esto acelera el nacimiento de sus dos niños a los que amamanta enseguida solo por instinto. La decisión que ella toma después no solo sorprende, sino que perturba hasta la consternación. Algo similar produce el siguiente texto que cuenta la historia de una joven llamada Xóchitl Salazar, quien se ve atrapada en una tormenta. Ella no puede llegar a su casa, por lo que se refugia en una cueva. Allí descubre dibujos prehistóricos donde sobresalen escenas de caza y sexo grupal. Encuentra, además, la marca de una mano que calza con la suya. A la mañana siguiente, regresa a casa con la idea de contar lo que ha descubierto sin saber (o esperar) la reacción de su novio. Otro de los textos que componen este cuento, y que guarda relación con lo femenino, es el quinto texto, donde se cuenta la historia de una pareja de jóvenes amantes de dos pueblos enemigos que se refugia en una caverna para estar juntos. Ellos se juran amor eterno. Sin embargo, a la semana siguiente, la muchacha se casa con un hombre de su pueblo. Muchos años después, ella regresa a la misma caverna acompañada de su hija. A pesar del tiempo transcurrido, la memoria le resulta esquiva al querer recordar a este amante de su juventud. Lo que ocurre a continuación es una variante con los otros textos que componen este cuento y que se caracterizan por tener un trasfondo científico, biológico y hasta de ciencia ficción. Uno de ellos cuenta la historia de una peste traída por un monje dominico que ocasionará graves consecuencias en la vida de unos murciélagos mutantes que habitan una cueva. Otro texto menciona a los troglobios, unos seres que se mantenían ajenos a la luz del sol y que llegan a desaparecer sin tener contacto con otros seres. Mención aparte a la formación de las estalactitas y estalagmitas en su superficie. Se considera que las más impresionantes se encuentran en una cueva llamada Naica, en la mina de la selenita de Chihuahua. Allí mismo se encontraron bacterias congeladas que no han tenido ningún parecido a lo ya conocido. Seguirán otros nombres como el de Onyx Muller y su cercanía con animales prehistóricos, o de un ser hermafrodita que sucumbe a la oscuridad de la caverna y a los ya mencionados troglobios; o los hongos y esporas como habitantes de una caverna, amenazados por las aves, el clima y la lluvia.  

El siguiente cuento también presenta ciertos rasgos de ciencia ficción relacionados con lo mitológico y lo andino. Este lleva por título “Atomito” en mención a una mascota-niño que es tejido con determinadas características como portar capa y botas. Todo se configura a partir de la presencia de una central nuclear en los andes. Se suman los personajes juveniles que son presentados en cada fragmento o bloque que componen el cuento. Es así como se conoce a Kurmi, una muchacha que odia a su nombre y que pierde a su madre, no sin antes recibir como regalo un Atomito tejido por su progenitora. Kurmi se relaciona con otros muchachos como un DJ llamado Orki (Never Orkopata) o un repartidor de pollos de una marca bastante peculiar. Y a pesar de desarrollar cada uno sus actividades, se mantiene latente el riesgo ante una radiación. Solo la presencia viva y real de Atomito, como si se tratase de un héroe, podría considerarse como una posible solución o salvedad. Mención especial para este cuento que toma como escenarios el altiplano, la huaca, la montaña y otros hechos sobrenaturales como despertar en otro tiempo. Se incluyen imágenes que potencian su propuesta:

El tercer cuento lleva por título “La deuda”. Su escenario es la selva boliviana. La historia gira en torno a una tía que va a cobrar una deuda. La acompaña su sobrina embarazada. Ellas hacen distintas paradas. En una de estas paradas ellas se convierten en testigos de un muerto en el río. En otro momento, la muchacha embarazada cree ver la imagen de su madre, cuya historia (o verdad) termina conociendo. A la vez, surgen recuerdos en medio del paisaje amazónico, justo antes de empezar a darse lo que tanto esperaba.

Los cuentos “Los ojos más verdes” y “El camino angosto” tienen como punto en común el fin de la inocencia de dos personajes femeninos dentro de un espacio rural que bien corresponde al lado oriental de un país como Bolivia. Los dos personajes son bastante jóvenes. Una es Ofelia, una niña de diez años que, en el día de su cumpleaños, desea tener los ojos verdes. Para cumplir su deseo es capaz de todo con tal de conseguirlo, incluso hasta convertirse en una persona que no teme tomar la iniciativa como si se tratase de un adulto. El otro personaje es Olga, cuyo destino será impuesto por ella misma sin importar las restricciones de su padre, de su familia y de su pueblo; mucho menos de las cosas malas que suceden y que son señaladas por la Iglesia como maléficas o demoniacas. Testigo de este cambio será su propia hermana, Susana, la narradora de esta historia que se caracterizará porque cada acto de supuesta inocencia ya no tendrá más cabida. Estos mismos actos darán paso a salir de lo que se conoce como “el camino angosto” donde solo se hace lo que está permitido (p. 66):

De noche Olga no se quería dormir: A Rosie la empreñó su sueño, decía tumbada junto a mí, y cuando yo me acercaba a chupar su teta me empujaba. ¿Ya no querés jugar a la vaca y al ternero? Y Olga me daba la espalda, preocupada, se pellizcaba los brazos para no cerrar los ojos, por miedo de soñar… ¿con qué? Un niño sin padre es una hoja en el viento: no sabe quién es, de dónde viene, qué la lleva. Había que anclarlo.

Por último, el cuento “Ustedes brillan en lo oscuro” aborda de nuevo el tema de la contaminación nuclear, aunque esta vez de una manera mucho más evidente, con consecuencias trágicas en los personajes afectados que serán separados como si se tratase de un gueto o de unos condenados. Imposible no relacionarlo con lo sucedido en la ciudad de Chernóbil, retratado por la Premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexiévich. Esta vez se trata de un accidente nuclear que ocurrió en la vida real en la localidad de Goiâna en Brasil en 1987. Todo empieza a partir de la labor de unos chatarreros que empiezan a manipular material radiactivo sin saberlo. Es entonces que empieza el contagio y la contaminación. No importa que solo uno haya enfermado, como le sucede a la familia de la protagonista y narradora de esta historia, quienes pierden todo lo que tenían, incluyendo su casa. Tampoco importa que el tiempo haya pasado. Siempre quedará la herida, el vestigio y el recuerdo. Por eso se incluye una imagen que retrata lo sucedido, como es el caso de un mural o un grafiti:

La posibilidad de la enfermedad después de lo ocurrido involucra a lo genético y a la descendencia. De ahí que el personaje esté siempre pendiente de la integridad de su hija. Por su parte, ella se dedicará al deporte para mantener una salud que podría verse amenazada cada vez que surjan más afectados con este accidente, como es el caso de los miembros de una banda de música llamada Carne Radiactiva, quienes ya no le temen al cáncer. O, también, de otras familias que siempre rezan a favor de que ocurran más milagros. Aquí el cuerpo humano también es protagonista.

Con este libro queda confirmado que Liliana Colanzi es una de las nuevas voces renovadoras del género cuentístico, además de ser parte de una generación de escritoras latinoamericanas que cada vez más cobran un mayor protagonismo, tanto en español como en otros idiomas a los que son traducidas. No hay duda de que algo muy bueno está sucediendo con la obra escrita por mujeres pertenecientes a este continente.    

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Datos del libro reseñado:

Liliana Colanzi

Ustedes brillan en lo oscuro

Páginas de Espuma, 2022

Ganador del VII Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero

Puntuación: 4/5

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Desde los extramuros

El libro objeto y el Mercado. Notas sobre Sueños de un bonzo de Virginia Benavides

Por Basilio Ventura

1

No miento al afirmar que ciertas editoriales en nuestro país  suelen regodearse en el formato. Quien se anime un día a ojear buena parte de nuestra narrativa última encontrará en las portadas la misma e invariable fórmula: fotografías de padres e hijos, ya sea jugando con los ojos vendados o como sombras en la playa, o ꟷen otros casosꟷ títulos que insistirán hasta la frivolidad en nuestra aún fresca guerra interna. Esto se debe, entre otras cosas, a que la literatura se ha vuelto una industria, y sus agentes y los libros no pueden escapar de la lógica de la producción serial. Se escribe de acuerdo con lo que propone el Mercado. Y como el Mercado carece de creatividad ꟷsalvo para el marketingꟷ, el grueso de su literatura suele ser tristemente anodina.  

El Mercado, sea grande o sea chico, solo piensa en intereses y utilidades. Y nada más desinteresado y libre de utilidad que el goce que nos produce jugar. No importa si en la performances nos quemados un poco o terminamos de antorchas humanas dispuestas a arrasar con el mundo. Lo más probable es que fracasemos y tengamos que huir  como Guy  Montang en busca de los hombres libro. Estas cosas pasan por mi cabeza cuando abro la caja de fósforos que contiene un pequeñísimo libro de nombre Sueños de un Bonzo, una trabajada diagramación, una página final con huella de ceniza, un cerillo y, en el fondo de la caja, el sello de la editorial Estarcido: sin duda un trabajo artesanal dedicado y contrario al mercantilismo reinante. Su autora, Virginia Benavides, y su editora, Sandra Suazo, corren el peligro de quebrar en esta empresa, pero ellas están dispuestas a correr el riesgo y a jugársela, porque siendo un juego no persiguen nada, salvo el placer de imaginar o editar otros libros objeto que puedan reconectarnos con nuestro goce interior.

Diseño de portada: Fernando Laguna
Foto: Poesía desde el fondo

El libro diseñado por Virginia Benavides tiene el mérito de recuperar para la literatura su dimensión lúdica. Y es que los libros objeto cuando son concebidos creativamente forman parte de la puesta escénica y de la significación de la escritura, no son un ornato como muchos podrían creer o una puerilidad; animan, por el contrario, una constante provocación. Jugar, pintar, crear es luchar contra el formato en que el Mercado está encerrando a la literatura. La apuesta artesanal hace de la palabra un elemento material: el libro ya no es simplemente el recipiente de la escritura, sino que se ha encarnado en ella.  En Sueños de un bonzo, el diseño del libro alude explícitamente al título, la vocación del fuego.

2

En un sentido tradicional, Sueños de un bonzo no es un libro de literatura. Difícilmente podríamos inscribirlo en alguno de los géneros canónicos. No me atrevería a definirlo porque seguramente mi delimitación sencillamente no resistiría. Podemos reconocer, sin embargo, su naturaleza, la cual se alimenta de los ya lejanos manifiestos dadaístas. Es literatura en un sentido abierto, aunque no está exento de cierta inclinación hacia lo poético. Sería, por lo tanto, un error valorarlo de la misma manera en que lo hacemos para las modalidades tradicionales.  

Sueños de un bonzo es juego y confesión. Es justamente esta línea confesional la que me parece predomina en sus páginas: «Una onda expansiva como un secreto revelado, alfabeto de alas, ha venido esta noche de noches a intervenir en mi sueño». Esa introspección que empieza en el mundo onírico evoca el hogar, el amor y las expectativas de renacimiento del yo, un yo que se mira y se replantea en su naturaleza estacional, en su necesaria renovación, en la aceptación de que el final es también un punto de partida: «Nuestra lengua ha sido caverna de peces muertos» afirma, por ejemplo, este yo al dirigirse el ser amado.     

El yo no se define en estas páginas como un ser aparte del mundo, propio de una visión romántica, sino como el espacio donde la realidad se almacena, una trinchera desde la cual ese «yo» se alimenta del mundo y se enfrenta a él: «Un día crecí y encontré el hilo para ensartar con el sentido ꟷconfiesaꟷ. Para zurcir palabras como tiendas de campaña para esta guerra de voces». En esa inmersión hacia el fuero interior, el yo logra arribar al lugar de lo inaprehensible:

El viento sumergido en el abandono de los puertos,  la reseca madera de los navíos y el encallamiento como un rasguño en tu alma anclada ¿Qué despierta tu risa empolvada, tu luz cuando anochece y todo parte? ¿Quién susurró que estábamos muertos y le creímos?

Aquello que despierta la risa y la luz cuando el alma está anclada qué es. La muerte ha sido puesta en duda porque lo inaprensible ha sido tocado en estas líneas por la escritora. La pulsación de vida es lo buscado y lo encontrado. Esta, sin embargo, exige al yo un sacrificio. No hay renovación sin muerte, no hay nacimiento sin ceniza. He aquí donde interviene la imagen del bonzo, del cuerpo devorado por el fuego, porque toda vitalidad ꟷnos dice la autoraꟷ procede del sacrificio:  

No sabemos qué ocurrirá con mis cenizas ni si alguien recordará este incendio. No existe historia para esta vida: hace tiempo que vivo fuera del mapa y trazo mi propia cartografía terminal. Tal vez estas ganas de dejar constancia es solo vana pretensión de un recuerdo ido.

La vacilación del yo, el deseo de dejar constancia de su imagen, delata la índole del sacrificio: la renuncia a toda vanidad. Este yo sabe que es inútil el anhelo de perpetuar un estadio de su recorrido y opta por hacer de la existencia una infatigable transformación: 

Incendiaria te he visto recorrer los pasajes del nuevo lenguaje y hacer de la vida un bonzo inextinguible. Incendiaria te he visto tea en el viaje mental hacia la raíz vital. No vayas te dice la voz, pero hay que ir, hay que correr en llamas y enraizarse en la nueva vida.

 Sueños de un bonzo posee el valor de lo confesional. Confesión no en el sentido común dado en nuestros días como revelación de lo íntimo, sino en su acepción religiosa: declarar con fe. Y es precisamente eso lo que se percibe en el libro: la fe de su autora en la palabra y en la escritura como medios catárticos y regenerativos. Hay que precisar que la apuesta de Virginia Benavides para explorar el yo es distinta de la autoficción: su lenguaje de corte onírico y poético, y la ausencia de un argumento, la salvan de esta última modalidad.

Foto: Poesía desde el fondo

La puesta de Virginia Benavides tiene interesantes méritos, pero también limitaciones. No siempre logra el equilibrio entre lo confesional y lo poético; esto sin duda es una tarea bastante ardua. En la disposición confesional, la escritora enfrenta al peligro de que ese yo no haya tomado suficiente distancia de sí y del mundo. Sus mejores aciertos me parece están en el corte de ciertas imágenes oníricas las cuales gozan de un consistente efecto de verosimilitud.     

3

Los libros objeto son un interesante estímulo creativo. Si bien aún es un género atípico y bastante marginal, cuenta con importantes antecedentes como 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat y el Noé delirante de Arturo Corcuera. Aunque este último no se preste a esta definición, está muy cerca de su concepción. En la literatura hispanoamericana también aportan al género Último round y La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar. Si en algo coinciden todos estos libros es en su vocación por lo lúdico.

Sueños de un bonzo es una invitación a explorar el camino del libro objeto. La reedición actual hecha por Estarcido reivindica este atípico género e invita a los y las artistas a explorar en él. Por su abierta creatividad y su oposición al formato es la actitud más contestataria y certera contra el Mercado. Sueños de un bonzo llega a nosotros como un simpático juguete, casi sin la pretensión de lo literario. Es, creo, una nueva vía para inventar nuevos lectores.    

Lima, 30 de mayo del 2022  

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Reseña: Papeles falsos (2010) de Valeria Luiselli

Mapas, ideas y lugares

Por Omar Guerrero

Papeles falsos (Sexto Piso, 2010) de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es un libro de ensayos que propone una serie de ideas a partir de la experiencia vivida en distintos lugares urbanos o ciudades, tan igual como si se tratasen de paseos, especialmente si se realizan en bicicleta. Por supuesto, la literatura y la historia también son protagonistas o impulsoras de estos pensamientos y aventuras detalladas a lo largo de diez capítulos. En cada uno se encuentra una mirada que ausculta el espacio, tanto para el presente como para el pasado.

En el primer texto, titulado “La habitación y media de Joseph Brodsky”, se realiza una incursión al cementerio San Michele de Venecia donde se encuentra la tumba del poeta en mención. En este mismo cementerio, se hallan las tumbas de otras celebridades, no en el nivel de Père Lachaise o Montparnasse. Aun así, posee nombres que sobresalen, como es el caso de Ezra Pound, Luchino Visconti, Igor Stravinsky y Sergei Diaghilev. Es precisamente la tumba de Brodsky la que cuesta encontrar, lo que obliga a muchas divagaciones y a datos añadidos correspondientes a los difuntos que ahí descansan. Esto es lo que se dice una vez ubicado el objetivo (p. 14):

Imaginé que encontraría al menos un puñado de groupies afanados en dejar un amuleto o un beso sobre la tumba de Brodsky. Pero quizás Brodsky sea menos célebre que Julio Cortázar o que Jim Morrison, y yo simplemente guardaba el mal sabor de boca que me habían dejado tiempo atrás los cementerios franceses.

Pero en el Recinto Evangélico no había nadie. Nadie, salvo una anciana, cargada con todo tipo de bolsas de mercado llenas de bártulos, parada frente a la tumba de Ezra Pound. No presté mucha atención y me encaminé directamente hacia el ruso, como si marcara mi bando: tú con Pound, pues yo con Brodsky.

JOSEPH BRODSKY (1940-1996)

Sobre la tumba de Brodsky, inscrita con fechas 1940-1996 y su nombre en cirílico, había chocolates, plumas y flores. Pero sobre todo, chocolates. No había como suele haber en casi todas las tumbas de los cementerios italianos, un retrato del difunto incrustado en la lápida. Había esperado con ansiedad ver el último rostro de Joseph Brodsky.   

En el capítulo II, titulado “Mancha de agua”, se habla de los ríos en ciudad de México.  Estos se mencionan a modo de apartados. En cada uno, se comenta la historia y función de los mapas en México, especialmente para sus habitantes. Por ejemplo, en Río Churubusco, se deduce que un mapa es como una abstracción espacial, más aún si se observa en una imagen que cobra vida y se mueve, tal como ocurren en los asientos de los aviones donde se muestra el recorrido de los viajes. Se menciona, además, a la mapoteca de ciudad de México, resaltando la sección del Porfiriato (1876-1910), que se presenta como la más ordenada y mejor clasificada como un legado de positivismo. Imposible no considerar aquí las palabras de Borges para referirse al espacio habitado (CDMX): “las ruinas de un mapa desmesurado”. En Río Chico de los Remedios, se determina que escribir sobre la ciudad de México es una empresa destinada al fracaso. Ella, la autora, como observadora, intenta caminar como una petite Baudelaire por lo que fue el centro ceremonial de Copilco. Luego sobresale la libresca calle Donceles, en el centro histórico, donde sugiere algo más que un recuerdo de la primera lectura de Aura de Carlos Fuentes o de algún vagabundeo real visceralista, en referencia a Bolaño y a Los detectives salvajes. En Río de la Piedad (Viaducto) cobra mayor relevancia la presencia necesaria de los mapas, y más aún de los ríos. Para eso se toman en cuenta las palabras de Fabio Morábito que, en su ensayo sobre el río Spree de Berlín, escribe: “Un río tiende a contener la ciudad que atraviesa y a frenar sus ambiciones, recordándole su rostro; sin río, o sea sin rostro, una ciudad está abandonada a sí misma y puede convertirse, como la ciudad de México, en una mancha” (p. 29). Aquí, la autora deduce que quizás Morábito tenga razón con lo expuesto, pues todo se reduce a un problema hidráulico. En Río Santo Desierto-Mixcoac (Loma nueva), es imposible no considerar el pasado líquido de esta ciudad cuyo origen es una laguna. Por último, en Río Tacubaya, se aborda al sentimiento y al acto de llorar justo al momento de aterrizar en ciudad de México.

En el tercer capítulo, titulado “La velocidad à velo”, se desarrolla un paseo en bicicleta dentro de la ciudad de México, no sin antes considerar la función del peatón, precisamente con los caminantes que usan este clásico método como una forma (originaria) de paseo. Así lo considera la autora (p. 33):

PASO PEATONAL

Los apologistas del paseo han enaltecido el acto de caminar al punto de convertirlo en una actividad con tintes literarios. Desde los peripatéticos hasta los flâneurs modernos, se ha concebido la caminata como poética del pensamiento, preámbulo a la escritura, espacio de consulta con las musas. Es verdad que en otros tiempos el mayor riesgo que uno corría al salir a caminar era, acaso, como relataba Rousseau en una de sus Meditaciones, ser arrollado por un perro. Pero lo cierto es que ahora, en lo poco caminable y apenas literaria ciudad de México, el peatón no puede salir a la calle con el mismo buen ánimo que declaraba Robert Walser al inicio de su paseo.

En el capítulo IV, titulado “Dos calles y una banqueta”, se explica el interés por aprender portugués. Para ello se recurre a la lectura de la poesía brasilera. Allí se topa con la definición y uso de la palabra “saudade”. Se explica que este término no tiene comparación con su traducción a otros idiomas. Su origen puede deberse a distintas variables geográficas e históricas, o con la melancolía y la depresión, relacionada también con enfermedades como la tiricia y el estrabismo. Mención especial a Fernando Pessoa, a su cotidianeidad y a la posibilidad de conocer a otro heterónimo con saudade. Otro acercamiento son las calles con nombre de nostalgia y la rua Saudade en Lisboa. Aquí ocurre todo un viaje a partir de los libros comprados en una librería. Por supuesto, el regreso se hará en bicicleta.

En el capítulo V, titulado “Cemento”, uno de los más breves, con el subtítulo de “Mérida (en la banqueta)”, se cuenta el asesinato de una persona en la vía pública. Allí queda el registro de su silueta dibujada en el pavimento. Con lo dicho, no se puede eludir a la violencia en un país como México.

En el capítulo VI, titulado “Paraíso en obras”, se aborda la intención de aprender idiomas (tal como ocurrió con el portugués). Aquí se toma en cuenta la lectura de À la recherche du temps perdu. Esto se considera como una obstinación. Mención aparte es la historia del poeta rumano Gherasim Luca, que saltó al río Sena el 9 de febrero de 1994 desde el Pont Marie, no sin antes dejar del lado el idioma rumano para situarse en el francés por todos los años que vivió en París, muy a pesar de no sentir al idioma y a la ciudad como propios. A propósito de esto, vale la siguiente cita que toma la autora (p. 65):

Wittgenstein imaginaba el lenguaje como una gran ciudad en perpetua construcción. Como las ciudades, el lenguaje tenía barrios modernos, espacios en remodelación, zonas viejas. Había puentes, pasajes subterráneos, rascacielos, avenidas, calles estrechas y silenciosas. La metáfora de Wittgenstein es tentadora; pero desde aquí las cosas parecen muy distintas; aquí, el lenguaje y la ciudad son el eco perpetuo de un temblor.

En el capítulo VII, titulado “Relingos”, se toman los espacios urbanos vacíos. Muchos de estos espacios pueden destinarse para ciertas cosas o también para relacionarse con autores, con libros o con la escritura misma. Ante ello, surge la siguiente pregunta: ¿qué puede significar escribir? La autora intenta esclarecerlo así (pp. 73-74):

Restaurar: maquillar espacios que deja en cualquier superficie el taladro del tiempo. Escribir es un proceso de restauración a la inversa. Un restaurador rellena huecos en una superficie donde ya existe una imagen más o menos acabada; el escritor, en cambio, trabaja a partir de las fisuras y los huecos. En esto se parecen el arquitecto y el escribir. Escribir: rellenar relingos.

No, escribir no es rellenar huecos (construir una casa, un edificio, en un espacio vacío, tampoco lo es necesariamente). Quizás sea más acertada la imagen de los bonsáis de Alejandro Zambra: «Escritor es el que borra… Cortar, podar: encontrar una forma que ya estaba ahí».

[…]

Escritor es el que distribuye silencios y vacíos.

Escribir: hacerle hueco a la lectura.

Escribir: hacer relingos.

En el capítulo VIII, titulado “Mudanzas: volver a los libros”, se visitan espacios vacíos que se alquilan para luego imaginar colmar estos mismos vacíos. Quizás, aquí se puede encontrar un guiño con lo que desarrollaría después la autora con su primera novela Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011). Aquí también se toman en cuenta ciertas apreciaciones sobre el libro (p. 80):

Un libro sobre la cama es un compañero discreto, un amante de paso; otro, en la mesa de noche, un interlocutor; el que está sobre el sillón, una almohada para la siesta; el que lleva una semana en el asiento del copiloto, un fiel compañero de viaje.

En el capítulo IX, titulado “Otros cuartos”, se cuestiona la verdadera función de las ventanas y sus consecuencias con la privacidad. Ver hacia dentro o hacia afuera, además de dormir en otras habitaciones (como sucede con sus personajes en Los ingrávidos). Se suman las funciones de un recepcionista de un edificio o portero. Aquí una deducción (p. 88):

Un elemento desestabiliza este sistema en perfecta armonía: los viejos porteros del turno de la noche. Estos seres ejercen sobre mí una curiosidad compulsiva y unas ganas de contacto humano que no logro contener. Dice W.G Sebald que el emigrado es aquel que busca a los suyos, por donde quiera que vaya. Los porteros —sobre todo los nocturnos, los más raros, los impresentables bajo la luz del sol— suelen ser emigrados de algún tipo.

Por último, en el capítulo X, titulado “Papeles falsos”, se aborda el tema de la enfermedad. Aunque aquí se visita primero el cementerio de San Fernando en CDMX donde reposan los restos de los héroes nacionales mexicanos donde la autora deja una nota a los muertos. Con este acto, ella acepta la identidad mexicana a pesar de los ancestros extranjeros: un abuelo italiano lombardo. Luego se vuelve a mencionar el viaje a Venecia por un interés en Joseph Brodksy. Se completa lo dicho en el primer capítulo al contar que la habitación de su hotel en Venecia más parece una cárcel. Luego suceden sus caminatas y extravíos en la isla a la par que una posible hipocondría. Igual ella se siente enferma. Se hace ver y le encuentran una enfermedad en la vejiga que ella misma califica de innoble: cistitis bacteriana. Surge la remota posibilidad de morir en Venecia y ser enterrada en el cementerio de San Michel, tal vez muy cerca de la tumba del poeta que tanto estuvo buscando.

Foto: Twitter de Valeria Luiselli

A partir de este recuento, cada capítulo confirma la percepción de una autora que mantiene un legado cultural-histórico junto a una serie de lecturas literarias y filosóficas que la avalan, lo que, a su vez, le otorgan un discurso atractivo para cualquier tipo de lector sin caer necesariamente en academicismo ni mucho menos en tecnicismos. Realmente vale la pena su lectura.

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Datos del libro reseñado:

Valeria Luiselli

Papeles falsos

Editorial Sexto Piso, 2010

Puntuación: 4.5/5

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Reseña: Cierre de edición (2022) de Juan Carlos Méndez

Periodismo y bohemia

Por Omar Guerrero

Cierre de edición (Literatura Random House, 2022) de Juan Carlos Méndez (Lima, 1976) es una novela que recrea el mundo del periodismo escrito, precisamente en una revista-semanario que sale cada jueves y que es considerada como una de las más importantes del Perú. Ocurre durante los diez días previos al retiro de su personaje principal, el señor poeta, antes de viajar a Alemania por decisión propia. Cada uno de estos días es un capítulo del libro, compuesto, a su vez, de otros subcapítulos. Empieza un martes y termina el jueves de la semana siguiente, siempre teniendo como referencia a la noticia, además de las peripecias para cumplir este sacrificado oficio, dos elementos preponderantes para lograr cada cierre de edición. Así se describe textualmente (p. 32):

—Estamos en cierre, carajo. En el cierre nadie come, nadie cacha, nadie chupa, nadie respira. Solo se cierra. De cuando acá tantos engreimientos.

Junto al señor poeta se encuentran otros periodistas y fotógrafos, hombres y mujeres, trabajadores de la misma revista que presentan una serie de características y manías que los hace bastante peculiares, sin necesidad de caer en lo caricaturesco. Es una fauna periodística, sin duda. Desde el portero de la revista hasta la responsable del archivo en el último piso, incluyendo al dueño y gerente de la revista. Todos presentan una serie de particularidades que se asientan, sobre todo, con el uso de sus apelativos. Es por eso que no resulta necesario conocer el verdadero nombre del señor poeta. Se suman los lugares que frecuentan, especialmente los bares, correspondientes a una tradicional bohemia periodística. El preferido de todos ellos, por cercanía a la revista, ubicado en el mismo centro de Lima, es uno al que todos llaman Kosovo, donde se celebra y también se ahoga la frustración y la tristeza.

Otro punto favorable de la novela es el manejo del lenguaje cotidiano. Este se intercala con diálogos trepidantes que, de pronto, cambian de tiempo y espacio con gran efectividad. No solo se retrata la forma de hablar tan común de los periodistas, que muchas veces colindan con la exaltación, la histeria y lo burdo, sino también se incluyen datos o “pepas” que sirven para llegar a nuevas noticias. Se trata de información de primera mano que se incluye en la historia de la novela para despertar mayor interés en el lector, sobre todo si corresponden a hechos históricos y/o policiales. Aquí un ejemplo (pp. 44-45):

—Una pregunta —interrumpió Félix—. ¿Cómo llegaron los nazis al Perú?

—Ya te quieres tumbar la nota —dijo Fernando y todos se rieron.

—Manrique me ha dicho —respondió el señor poeta —que luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó la Guerra Fría, los estadounidenses necesitaban información sobre los rusos y quienes la tenían mejor procesada era los alemanes. Así que los usaron como informantes y, cuando comenzaron los juicios contra los nazis en Europa, crearon la ruta de las ratas a través del Vaticano. Los trajeron a Argentina, Chile, Bolivia y Perú para tenerlos a salvo pero controlados.

[…]

—Señores, esto no es una clase de historia. Estamos en cierre —dijo Fernando—. Última pregunta y nos vamos.

—La red nazi en Sudamérica tuvo varios negocios. Todos ilegales —explicó el señor poeta—. Uno de ellos era extorsionar empresarios. Y el que tenía más plata en ese momento era Banchero Rossi, quien incluso patrocinaba un equipo de fútbol, el Defensor Lima.

Por su temática, personajes y ambientes, Cierre de edición pasa a formar parte de la lista de otros títulos que ya han tomado el periodismo como su principal fuente y desarrollo, como es el caso de Conversación en La Catedral, Sostiene Pereira, Los últimos días de la prensa, Tinta roja y Cinco esquinas. Para el caso de Cierre de edición, el punto más relevante de su argumento periodístico es cuando al señor poeta se le asigna el caso de un joven hincha asesinado en el estadio del equipo contrario durante un partido de fútbol denominado “clásico”. La noticia remece a la opinión pública, sobre todo por el comportamiento y el salvajismo con los que se cometió el crimen aventando a este joven hincha desde lo alto de un palco de dicho estadio. En este caso, el periodismo aborda el homicidio y hasta el policial para investigar sobre los posibles culpables de este asesinato, pues no solo se trata de cubrir la nota roja sino de dar con el perfil y el paradero de los sospechosos, que curiosamente pertenecen a dos estratos sociales distintos y que solo se emparentan por la vehemencia con la que, supuestamente, representan y defienden los colores de su equipo. Para ello, el señor poeta recurre a una serie de contactos y, más aún, a su destreza como periodista y como “hombre de calle”, al punto que llega a parecerse a esos personajes policiales que saben cómo resolver los casos a los que se les encomienda. Esto se confirma cuando llega a entrevistar a ciertos testigos o en el momento cuando logra ingresar al velorio de la víctima que era resguardado por miembros de seguridad que no permitían el ingreso de ningún periodista. Pero el señor poeta sí logra ingresar. Hasta llega a obtener información privilegiada con el que no solo se le otorgará la nota central de la edición en su última semana de trabajo, sino también se le considerará como portada de la revista. Doble triunfo para el señor poeta si no fuera porque su misión periodística de pronto se ve a amenazada por los intereses de sus superiores al relacionarse este caso con gente muy importante.      

Y mientras el señor poeta intenta cumplir con su último trabajo, más personajes se cruzan en su vida personal y profesional. Uno de estos es una colega a la que se le conoce con el apelativo de “La teutona”, cuya relación sentimental se presenta como una opción para terminar de migrar al primer mundo. La peculiaridad de este personaje, según palabras del protagonista, es que se comporta de manera diferente (p. 76):

 —¿Y la Teutona? —preguntó Fernando.

—En diciembre debe terminar de escribir su tesis. En enero viaja a la selva y después cruza a Brasil, sigue por Bolivia y Argentina y a fin de mes regresa por Chile.

—¿Sola?

—Parte de Lima sola pero en el camino se encontrará con otros teutones. Algunos tramos los harán caminando y otros en bicicleta.

—Chucha, es guerrera

—Es muy diferente a las limeñas. Nunca se engríe, siempre sabe lo que quiere, se organiza sola y no acepta que le cedan el asiento ni que le carguen las bolsas del supermercado.   

 Un personaje real que aparece es el mítico librero Veguita con quien el señor poeta tiene una breve, pero ilustradora conversación. Sucede en las inmediaciones de la revista entre las notas de redacción (p. 81):

 —Tú no eres un vago, Veguita. Eres un sobaco ilustrado.

—Hablando de eso, acabo de encontrar en Tacora un libro que te puede interesar.

—Pero todavía no depositan, Veguita.

—Me pagas la próxima semana. Mira, saborea este libro: El arte de no hacer nada. Es una de las cimas del humor en español. Lo debo haber leído cinco o seis veces. Siempre me ha divertido mucho y además es muy sabio.

—¿Cuánto, maese?

—Una minucia. Te lo puedes llevar junto a este otro que también te va a interesar: Middlemarch. La mejor novela en lengua inglesa de todos los tiempos la escribió una hembra, Mary Ann Evans. No olvides ese nombre, porque tuvo que publicar bajo el cojudo alias de George Eliot para ser tomada en serio, no me jodas.

—¿La mejor novela en lengua inglesa, maese?

—Coinciden conmigo Henry James, Virginia Woolf, Martin Amis y Julian Barnes. Pero lo sorprendente es que todavía nadie ha usado la vida de George Eliot para escribir sobre los grandes beneficios de ser fea e inmortal.

Más personajes emblemáticos se hacen presentes en sus páginas como es el caso del reconocido y desaparecido poeta peruano Enrique Verástegui, quien también llega a tener comunicación con el señor poeta bajo un interés poético, cultural y literario (p. 109):

—Con la sección cultural, por favor.

—No hay nadie de culturales en este momento. Todos están meditando.

—Ah, disculpe.

—¿Con quién hablo?

—Con Enrique Verástegui. Escritor total.

—Ah, señor Verástegui, cómo está. Lo he entrevistado un par de veces para la revista.

—Ah, caramba, claro, contigo quería hablar. He intentado ubicarte desde hace varios días.

—Ya sabe que la redacción es una locura.

—Sí, mira, te llamaba porque quizás te interese saber que estamos preparando una edición extraordinaria de Los extramuros del mundo.

—Vaya, entonces necesitamos hacerle una entrevista.

—Sí, por eso te llamaba. No sé por qué razón mi editor ha acordado una exclusiva con esa revista para adolescente de los sábados.   

A lo largo de la novela se puede percibir la ironía y el humor del autor, sore todo al otorgarle la palabra a sus personajes. No importa si es para hablar de temas intrascendentales, culturales o periodísticos. Esto hace que se considere al señor poeta no solo como “un hombre de calle” sino también como un lector y un conocedor que puede sorprender no solo por lo que dice sino también por cómo lo dice. Aquí otro ejemplo donde se toma como referencia a Alemania (p. 177):

—Así, de casualidad, fue como descubrí a la Berliner Schule. ¿La manyas?

—No.

—Los franceses la llaman la Nouvelle Vague alemana. Son unos causas formados en la escuela de cine de Berlín que la están rompiendo. En el festival se estrenaba la última de Christian Petzold, uno que nació en Alemania del este y que, claro, tiene otra mirada.

—Me has hecho acordar de esos personajes alemanes rubios pero oscuros, que pueblan las novelas de Bolaño.

—No lo he leído.

—Busca La literatura nazi en América. Es una antología fake de poetas fachos. Entre ellos hay un peruano, ¿cómo se llama?, ¿cómo se llama? Ah, sí, mira qué casualidad, se apellida igual que tú, Cepeda.

Foto: Javier Zapata

Otras referencias reales son el verdadero nombre de la revista donde está a punto de irse el señor poeta, cuya ubicación detallada en la novela corresponde específicamente a la revista Caretas, desde cuyas oficinas o ventanales se puede ver la Plaza Mayor, La Municipalidad, El Palacio de Gobierno y La Catedral de Lima. También hay una referencia a la bohemia desmedida en esta parte de la ciudad con la mención al poeta Martín Adán que aún ebrio era respetado por el lumpen limeño. Por otro lado, existe un guiño adicional a Conversación en La Catedral y al oficio de la prensa con la mención del periodista Carlos Ney Barrionuevo, quien compartió experiencias con un joven Mario Vargas Llosa en La Crónica y cuyo nombre aparece en El pez en el agua. El señor poeta llega a tener en sus manos el legendario poemario de Barrionuevo gracias al librero Veguita, quien se presenta una vez más para dar a conocer su erudición, y cuya conversación con el protagonista parece una premonición para la decisión final que él tomará en su vida profesional (p. 223):

—¿Qué le pasa? —dijo Veguita.

—Nada. La situación es complicada —dijo el señor poeta, revisando el único libro de poemas que publicó Carlos Ney Barrionuevo—. Pensé que este libro no existía.

—Lo fui a buscar a Ney con los datos que me diste. No tenía un puto cobre para pagarme la deuda. Está peor que yo. Me ofreció el último ejemplar del poemario que publicó. Tiene un prólogo de Varguitas.

—Ya veo, ya veo.

—¿Sabes lo que me dijo cuando me iba?

—No.

—Debí dejar el periodismo antes de que me dejara a mí.

De esta manera se concluye que Cierre de edición es una novela que entretiene, instruye y que, a la vez, pone en tela de juicio el tema de la ética, en especial la ética periodística, tan venida a menos últimamente. Por eso mismo, se recomienda su lectura. Ojalá no pase más tiempo para tener otra entrega de su autor.

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Datos del libro reseñado:

Juan Carlos Méndez

Cierre de edición

Literatura Random House, 2022

Puntuación: 4/5

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Junto al Sena

Haruki Murakami: Primera persona del singular

Por Carlos Germán Amézaga

La primera vez que leí a Haruki Murakami, hace ya algunos años, me dio la impresión de que ya lo había leído antes; pero no, nunca lo había hecho. Lo que pasaba era que sus historias, en las que hombres comunes y corrientes se ven envueltos en situaciones -precisamente- poco comunes, me hacían dudar si es que realmente no serían otros autores que ya habían tratado temas similares, pues hay algo de realismo mágico en sus cuentos y novelas que nos llevan a tener esa impresión.

Foto:  K. Kurigami

Creo que fue leyendo Tokio Blues (Norwegian Wood) cuando tuve esa primera sensación, arrebatado por las aventuras de Toru Watanabe, estudiante de primer año de la Universidad de Tokyo. Pero había algo especial, esa novela y las que siguieron después, todas, suelen estar marcadas por una cadencia especial, aquella que les ofrece la música en todos sus estándares, pero especialmente la música clásica y el jazz, omnipresente en todas sus obras.

Después, me parece que leí Kafka en la orilla, donde el protagonista, un joven de 15 años, encuentra a un viejo que es capaz de hablar con los gatos. Siguió Al sur de la frontera, al este del sol, cuyo personaje principal es justamente el dueño de un club de jazz y por esa razón el autor empezó a gustarme cada vez más. Llegué luego a la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y allí sí me quedé totalmente pasmado por la maestría y la audacia de Murakami para mezclar la realidad con los sueños y la ficción, en medio de la vida de un hombre, Tooru Okada, que resuelve sus problemas buscando al gato perdido de su esposa.

Las novelas continuaron, como lector obseso que soy con algunos autores, con El elefante desaparece, La caza del carnero salvaje, y alguna más, hasta llegar a 1Q84. Aquí me detuve. La empecé a leer pero no pude terminarla, mil páginas se hacen difíciles de asumir, la dejé como en la página 100. Se me fue pasando el tiempo, aparecieron otros autores para recorrer y no volví a recomenzarla. Y así, poco a poco, Murakami fue pasando un poco al olvido circunstancial. Hasta ahora.

Hace unas semanas visitando una librería, encontré el libro Primera persona del singular y decidí darle una nueva oportunidad a Haruki Murakami. Huelga decir que no me he arrepentido. Es que las historias -esta vez es un libro de cuentos- narradas por el autor nos vuelven a encerrar en su propio mundo de realidad y fantasía, mezcladas de tal forma en que lo imposible aparece como posible, en las que el pasado -de alguna manera- se convierte en presente, en las que la música acompaña a la acción pero es también la misma acción.

Por ejemplo, en la historia que da título al libro, un hombre muy bien vestido se sienta en la barra de un bar para tomar un Vodka gimlet, está solo y tiene en la mano un libro para leer. De pronto, una mujer se sienta a su lado y empiezan a intercambiar algunas frases. Al final ella le hace saber que es la amiga de una amiga de él, a quien aparentemente él le habría hecho algo horrible hacía tres años, cerca de algún río o del mar. El hombre no lo soporta y se va del bar, pero le quedará dando vueltas aquello que le ha dicho la mujer, algo de su pasado que prefiere no recordar pero que ha vuelto a él en una forma que no esperaba y que lo seguirá atormentando.

En “Confesión del mono de Shinagawa”, un hombre se aloja en un pequeño hotel de una estación termal y mientras está tomando un baño, se le acerca un mono y comienza a hablar con él. Si bien el hombre se sorprende, sigue conversando con el mono e incluso lo invita a tomar unas cervezas en su cuarto, donde el mono le cuenta parte de su vida. Una vez más, aquello que parece imposible aparece como perfectamente factible en la historia que nos cuenta Murakami.

Por supuesto la música, siempre la música, es un leit motiv en varios de sus cuentos. En “Carnaval”, los protagonistas, un hombre y una mujer “poco atractiva”, amantes de la música clásica, descubren que ambos son fanáticos de la sonata “Carnaval” de Schumann y, a partir de allí, iniciarán una larga amistad que los llevará a asistir a todos los conciertos en los que se ejecute dicha pieza magistral. En “With The Beatles”, un hombre (de quien podemos pensar es el mismo Murakami) hace un recuerdo de su adolescencia, de cuando se fijó en una muchacha que llevaba cargado junto a su pecho ese conocido disco de los Beatles; el autor aprovecha para contar el fenómeno de la beatlemanía en Japón y cuenta también su historia con otras mujeres que conoció, en especial a una que murió poco después que él la dejara; aunque nunca pudo volver a encontrar a la muchacha que llevaba el disco.

Y, bueno, el Jazz. En “Charlie Parker plays bossa-nova”, Murakami nos cuenta que siendo muy joven escribió un artículo describiendo la aparición de un nuevo disco de Charlie Parker, en el cual, acompañado de otros famosos músicos de jazz, tocaba canciones de Antonio Carlos Jobim, en ritmo de bossa-nova. El artículo fue mal recibido por la crítica pues era algo que resultaba imposible por la época (1955) en la que murió Parker. No obstante, años después, el personaje descubre, o cree descubrir, que ese disco estaba en venta en una discotienda de New York; si bien no lo compra por su alto precio, al volver decidido a la tienda al día siguiente, otro vendedor le dice que el disco no está en venta porque nunca ha existido. La historia termina con un sueño en el que Charlie Parker se le aparece y le da las gracias por haberlo hecho grabar un nuevo disco y le toca Corcovado solo para él.

Hay varios otros cuentos más, pero podemos decir que en ellos encontraremos todas aquellos lugares y situaciones a las que Murakami nos tiene bien acostumbrados y que, por lo menos a mí, me han hecho conocerlo y quererlo como a pocos otros escritores. Es por esa razón que recomiendo vivamente Primera persona del singular, no solo a los hinchas, sino también a los que quieran empezar a disfrutarlo como se merece.

París, abril de 2022