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Difícil trabajo

Margarita Saona y las zonas intempestivas

Por Christian Elguera

Las narraciones de Margarita Saona en La ciudad en que no estás nos adentran en un mundo de acontecimientos intempestivos. El primer punto a destacar es esa mirada minuciosa que traza una atmósfera absurda, pero de forma sutil. Con absurdo me refiero aquí a las apariciones de escenas y momentos imposibles que, sin ser fantásticos propiamente, terminan enrareciendo el espacio y la vida de sus personajes. Esto sucede, por ejemplo, en ese cuento donde una niña come relojes (“Comehoras”) o en aquel otro texto donde una pareja aprende a convivir con ranas y un cocodrilo (“Pruebas”). Mencionemos también esa historia donde comienzan a caer del cielo miles de aves, desmembradas, en el invierno (“Los pájaros”). En dichas páginas, se aprecia un control narrativo para jugar con el suspenso, retener información y dejar al lector con una sensación de misterio.

Se percibe también una minuciosidad en la forma de mirar: los personajes y las voces narrativas se centran en lo imperceptible. Esta atención se vuelve en muchos casos ominosa o perturba una presunta tranquilidad. Allí están los peces inquietando a la protagonista de “Acuario”. Allí están los conejos que se multiplican en una casa y, en claro guiño a Julio Cortázar, se vuelven un símbolo de lo perecedero. Vale detenerse en la intertextualidad con el famoso cuento cortazariano “Carta a una señorita en París”. Mientras el escritor argentino nos sumerge en un aire lúdico, donde la amenaza nunca se materializa debido a dosis de humor o exageración, vemos que en “Cartas con conejos” estos animales se convierten en símbolo de la muerte: no son alegorías sino cuerpos que revientan en el granizo del invierno recordando la proximidad de la hora final.

Saona traza su propio bestiario. En cada cuento, el animal no es un adorno, sino que se torna signo de una realidad aciaga. No se llega a una descripción de lo animal en sí, pero las referencias a cocodrilos, pájaros y conejos son avatares de lo desconocido. Su presencia en los cuentos tiene más de extrañamiento poético antes que una lógica narrativa. Los animales se vuelven una especie de borde entre el trasiego cotidiano y el recuerdo de una amenaza siempre presente. Pero, en La ciudad en que no estás, lo amenazante se presiente también dentro de la propia carne. No son pocas las escenas en hospitales, las referencias a cuerpos enfermos, presas de ansiedades y temores en cada resquicio. Y en esa angustia hay un modo de vida que organiza una propia rutina, sin la cual el propio ser podría desaparecer. En “Miedos, III”, la protagonista muere en el momento preciso en que logra liberarse de sus temores.

Y también las mismas palabras pueden volverse en contra de quien escribe. Tenemos ese castillo de palabras que producen laberintos y solo conducen a los abismos. En el relato “En morir del cuento”, las palabras se tornan heridas y desgarros insoportables. Posiblemente, debido a esta concepción de lo escrito, la autora ha buscado experimentar con diversas piezas cortas. La brevedad narrativa significa siempre un riesgo. Aquí solo hay dos alternativas: el cuento breve, aforismo o microrrelato, deja un impacto en la lectoría o queda como una anécdota que luego se olvida. Saona reconoce este riesgo y salpica el libro con narraciones brevísimas que no siempre logran impactar. Sin embargo, en ese trajín, también aparecen textos notables como “La llave”, “Telepatía”, “Insomnio I” y “Otro tren”. Estas piezas breves nos ayudan a percibir el sentido del título de esta colección. Como demuestra Gérard Genette, hay toda una poética en el arte de escoger un título. Elegir un paratexto es una decisión que abre o cierra mundos. La ciudad en que no estás nos permite atisbar el ritmo de los desencuentros. Por un lado, puede percibirse que la autora ha buscado entender el desencuentro a partir de amores distantes o imposibles. Por otro lado, como lector, he percibido el desencuentro en esa retahíla de chascos, frustraciones e impotencias que van surgiendo. Nunca estamos “donde” y “cuando” debemos estar. El cuerpo se pierde a sí mismo, nunca llega a ningún encuentro, se desfragmenta y contradice como sucede en “Recuerda”. Las piezas breves que he indicado nos permiten una posible lectura de este desencontrarse. En “La llave” leemos:

¡Encontré la llave!

El problema es que ahora no puedo encontrar la puerta.

Por su parte, “Insomnio I” nos presenta estas líneas:

– Haga lo que haga no consigo dormir.

– No es cierto –contestó la lechuza. Si lo fuera, no estarías hablando conmigo.

La ambigüedad de no encontrar salidas a pesar de superar un obstáculo; la incerteza de estar durmiendo o despierto. Estas contradicciones se hacen aún más tangibles en “Distopía I”. Ante una plaga de palomas, los habitantes de una ciudad consideran que la mejor solución es usar halcones para eliminar dicha peste. En adelante, se logra eliminar el problema, pero cada día se vuelve una visión grotesca de palomas desparramadas en las aceras, tanto es así que leemos: “Hay que andar con cuidado para no embarrarse los zapatos o resbalarse, y acostumbrarse a sentir los restos de palomas bajo nuestros pies”.

No siempre el tono romántico es el mejor logrado del libro. No obstante, en “Desequilibrios”, encontramos un ejemplo claro de los desencuentros. En este texto, se entrecruzan ese estilo absurdo que comenté al inicio y un halo de ternura que acrecienta el chasco final. La protagonista se enamora de un equilibrista que vive trajinando entre los edificios, sin nunca tocar el suelo. Cuando ella decide imitar la vida del equilibrista, con tal de seguirlo, este simplemente desaparece. Asimismo, “no estar” es una desazón que también tiene matices violentos, tal como percibimos en “Aprendiz de bruja”. Una mujer ha invocado a un viento que, en un comienzo, es fascinante en su belleza y energía, pero que luego se convierte en una vorágine. En contraste con el texto “Dijo basta”, apreciamos que “Aprendiz de bruja” describe las agonías de la violencia de género mediante alegorías de la naturaleza. Así, en la parte final, leemos: “ He invocado al viento y ahora vive en mi casa. Pero una tormenta espera agazapada en las esquinas”.

Finalmente, no estar en algún lugar es también extraviarse. Al respecto, valga mencionar el cuento “Objetos perdidos”. La protagonista nos confiesa que tiene una colección de utensilios perdidos de toda raigambre: medias, aretes, fotografías. Su labor cotidiana es ordenar ese cúmulo de cosas que a nadie interesa. En el momento final, ella se reconoce a sí misma como alguien que ha perdido su ser o una parte de su cuerpo. Perderse o perder algo es otra forma de no estar en una ciudad. Atendamos así esta declaración: “Solo, de vez en cuando, me pregunto si esa que fui anda tan tranquila con ese vacío en el pecho o si, por lo menos, de vez en cuando, echa de menos su corazón”.

Foto: archivo de la autora

Los desencuentros, los extravíos, las pérdidas no acontecen de manera abrupta. No se trata de un desorden que remece o destruye, pero sí delinea zonas intempestivas que dejan huellas, cicatrices encarnadas en muchos de los personajes. Una mirada, un detalle minúsculo, presencias aparentemente imperceptibles se convierten en fuerzas que aturden, despersonalizan, descolocan a los protagonistas que atraviesan estas páginas. Más allá del espacio familiar, del amor hacia otros amantes, lo intempestivo siempre surge en la propia carne y así dejamos de ser el mismo ser, el mismo cuerpo.

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Datos del libro analizado:

Margarita Saona

La ciudad en que no estás. Cuentos reunidos

Cocodrilo Ediciones, 2021

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Reseña: Porta/retrato (2021, reedición) y Casa de zurdos (2021, reedición) de Alessandra Tenorio

Todos somos niños hasta que se pruebe lo contrario

Por C. Briceño Ángeles

A veces las reediciones parecen notificarnos del paso del tiempo. ¿Qué sobrevivió de la primera lectura que tuvimos de tal o cual autor, de cuántos poemas podemos acordarnos, de cuantos versos, siquiera? ¿Cuántos nombres nos siguen recordando, metonímicamente, eso que llamamos, con ligereza, generación? Los que empezamos tarde evocamos esos nombres -esas obras- con un talante especial, ya que también nos formaron, a pesar de que nuestras edades se distancian apenas por unos pocos años e, incluso, en algunos casos, lucimos más viejos que ellos. ¿Qué aspirante a poeta no lee o intenta leer todo lo que se escribe y se promociona con el rótulo de poesía joven? De todos los motivos que puedan existir para estos acercamientos, el más importante, el más trascendente, es el de comparar nuestros primeros intentos con trabajos ya publicados, tangibles, venales, por usar un término más preciso. ¿Cuántos nombres se me vienen a la mente? Herbozo, Podestá, Vélez, Sordómez, Ruiz Velazco, Lazarte, algunos aún en actividad, otros inmersos en un silencio que podría ser voluntario o tal vez impuesto por las circunstancias de la vida. Y es que la poesía suele ser cosa de juventud. De este grupo, quizá recuerde con más claridad a Alessandra Tenorio (Lima, 1982) debido a una entrevista aparecida en un programa cultural, hace ya más de diez años, en el que lee un poema que iniciaba así:

Me han contado que en francés

el miedo es verde

y los hombres son fuertes

como turcos

Las imágenes, incluso la cadencia, me parecieron bastante atractivas. Sus versos tenían un fraseo que recordaba, en algo, el rigor de Calvo, aunque más libre, con un encabalgamiento que daba pie a una lectura más variable de los ritmos. Leyendo las reediciones de sus dos primeros poemarios, aparecidos el año pasado, me doy cuenta de que ese logro no es accidental, sino que es uno de los aciertos, de las constantes de su obra. Ambos libros, leídos consecutivamente y sin demasiada distancia, proponen un argumento en común, la familia, vista desde la infancia y la juventud, además de temas agregados como el amor o la inspección del yo.  El paso del tiempo no ha hecho sino otorgarle a estos poemas un porte representativo respecto a lo que por entonces se publicaba. Aquel cuidado en el fraseo, por ejemplo, marca una distancia significativa con ciertos poemas desprolijos, de aire amateur, que suelen adjudicárseles a los de la generación anterior, con ciertas excepciones como Echarri, Álvarez o Helguero. Pero empecemos comentando los libros de Tenorio en orden cronológico.

Porta/retrato (2005) es una elegía al paso del tiempo, y quien enuncia el discurso dentro del poema parece replegarse dentro de sí, hasta una etapa de vulnerabilidad, de dependencia afectiva respecto a sus seres cercanos para exacerbar, con este movimiento, su discurso. Es una suerte de maniobra que intenta una y otra vez para calibrar sus emociones y ponerlas en sintonía con aquellos que son motivo de sus afectos. Esta estrategia es similar a la que emplea Vallejo en el poema LXV de Trilce, cuando expresa que su padre se va despojando de sus atributos hasta volverse una criatura frágil, más propensa al amor de su mujer, hasta que ese sentimiento se purifica, se hace maternal: hasta mi padre/ para ir por allí,/ humildóse hasta menos de la mitad del hombre/ hasta ser el primer pequeño que tuviste. El yo poético se reconoce como una “piafita-pequeña”, condicionando su punto de vista para que en sus impresiones se suprima cualquier atisbo de malicia relacionada con la adultez; por el contrario, se acerca al recuerdo con candor; si hay algún evento desagradable, éste pronto es transformado en una metáfora amable, en la que cabe sospechar cierto dolor pero transfigurado por el punto de vista que funciona como filtro, como organizador del poema:

Porque nos ataca la catatonia

                           y es la mancha en un espejo lo que evidencia

nuestras vidas

Y cada vez            somos más tenues   más abstractos

                                            y m á s  t o n t o s

Y         a            pesar    de          las        cenizas

       jugar con el fuego ya no nos causa quemaduras

La nostalgia juega un papel trascendental en este libro. Es la nostalgia quien lleva a construir imágenes apacibles, donde la mirada se demora a la espera de que se vuelvan a reproducir emociones del pasado, indagando en los recuerdos una segunda oportunidad para asistir al feliz tiempo de la niñez; es por ello que el yo poético elabora una arquitectura idílica del hogar, los detalles que singularizan el lugar, donde cada espacio contiene al instante vivido, las conversaciones cotidianas, un color, un aroma olvidado y vuelto a recordar:

El marco de una ventana

o una puerta

/

Los árboles del cuarto de visita

/

Mi casa,

donde se escribe mi vida

en los espacios blancos.

/

Con secretos bajo las losetas

La sección final de Porta/retrato es una confirmación de la observación previa. Las imágenes de la casa familiar, de los padres, de los abuelos, todas son inmovilizadas para que su inspección, más que pormenorizada, sea auténtica. Se interpela a estas figuras, pero de una forma indulgente, apelando a un tono confesional que intenta acarrear intimidad; las palabras describen siluetas, pasos que se alejan o retornan, el mobiliario de los ambientes revisitados, confesiones en tiempo presente que intentan mantener a flote el vínculo del pasado, actualizarlo, hacer que el destinatario-y también el lector- queden al tanto de los cambios para negar las ausencias. En estos momentos, Tenorio se vale de ritmos regulares que podrían ser arrullos o confesiones que, intuitivamente, se manifiestan en compases apacibles:

ABUELA,

he puesto en penitencia los colores

pero aún no he perdido la sonrisa.

Mi tía está bien

ha prendido una vela en tu repisa

y pone todos los días flores nuevas.

Mi abuelo canta,

canta inundando los rincones de la casa.

Estos periodos rítmicos son una constante en Porta/retrato, y Tenorio, intuitiva o conscientemente, consigue adosarlos al poema en los momentos donde la emotividad lo requiere, instalando compases que aparecen para reforzar imágenes, confesiones o  descripciones especialmente significativas. Tomo, por ejemplo, un fragmento de El boceto de mi amor para un análisis más detallado:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

Si bien la descripción que el yo lírico hace del sujeto amado consiente una ligera afectación, encuentro que el ritmo podría explicar tal desborde de los sentimientos; es como si la tonada de esos versos influyera para crear un acompasamiento que refuerza la idea de que el yo lírico, de manera voluntaria, se ubica en una posición vulnerable, infantil, donde, precisamente, las emociones pueden no estar calibradas y prevalece la ingenuidad. Así, de esos versos pueden desprenderse cuatro heptasílabos que propician una vitalidad rítmica:

Usaba la alquimia para inventar matices

y la magia para crear excusas.

Se sentía en un parque

aunque bordeara el cráter de un volcán.

En Retrato (casa) encontramos una estructura similar que se apoya, también, en grupos de siete sílabas:

Mi madre deshoja la lechuga

inocente al paso de los días.

Mi papá lee el periódico

buscando buenas nuevas

y mi casa es un pequeño búnker

contra bombas.

Similares características hallamos en Casa de zurdos (2008), aunque aquí la visión nostálgica se distorsiona y advertimos a un yo lírico más escéptico y para el cual el pasado ya no es solo un lugar al que se puede volver, sino es más bien un recuerdo de lo que se ha perdido. Es lógico este cambio en el punto de vista: si Porta/retrato era una apreciación idílica del mundo familiar, Tenorio apuesta ahora por una evolución en el yo lírico, a quien parece ya no complacerle la anulación de sus atributos de adulto sino que, paulatinamente, conforme avanza el libro, va tomando posesión de ellos y reafirma un cinismo, un cuestionamiento del mundo y las relaciones que establecemos dentro de él. Hacia el final de Casa de zurdos, el yo poético ha experimentado un cambio; si bien uno de los poemas con que abre el libro (Fiesta infantil) alude a la máxima “todos somos niños hasta que se prueba lo contrario”, se cierra con un escepticismo que la contradice, e incluso va en contra de todo lo propuesto en Porta/retrato. En este punto, el eje afectivo del yo lírico ha virado de lo familiar a lo pasional, y se cuestiona la pertinencia de los afectos y sus posibilidades:

Una vez también le regalé mi corazón a alguien, o lo más cercano que tuve, y le escribí un poema detrás de las líneas confusas de mi electrocardiograma. Creo que se enamoró un poco más de mí cuando lo hice. Fue bonito, tonto y original, pero no duró demasiado. Todo el amor se filtraba por los huecos del balde.

Esta incertidumbre se presenta también en varios de los poemas del libro. esta vez la muerte ha fijado a todos en retratos, sino que los ha alejado y en algunos casos los ha ido difuminando o empezando una lenta metamorfosis hasta convertirlos en símbolos más que en figuras reconocibles con características tangibles. Ya nos e le habla directamente a la abuela, a modo de confesión, sino que ahora se le menciona en tercera persona (Juan tiene razón./ La vida de mi abuela es una ruleta rusa), para luego concluir en una imagen desesperanzadora, donde se reconoce un vestigio de la persona pero a partir de la ausencia:

A veces, no sabemos ver.

A veces, somos gallinas ciegas jugando a seguir voces.

Y a todo esto se suma una incesante mención a la inclemencia del tiempo como otro de los motivos que diferencia a Casa de zurdos de la primera entrega de Tenorio. La finitud suele ser un personaje más, y va absorbiendo a aquellos que aparecían en Porta/retrato; lo cierto es que el yo poético se sabe condenado a irse quedando solo, ya sea por la distancia temporal o por el alejamiento afectivo, ambas causas lo recluyen en un espacio insalvable (el tiempo no es más que un invento suizo/ que solo sirve para encarcelarnos). La visión menos reconfortante, como he señalado, marca una pauta en cuanto a lo que ambos libros significan: un arco, una evolución del personaje que habita en estos poemas, aunque se encuentra contenida en los límites familiares. A pesar de la cercanía de estos textos, Tenorio tiene la intuición para presentarnos ambos lados de una historia personal, la de la infancia y la del vuelo de la juventud y sus conflictos y cuestionamientos. Así como la reedición de un libro nos hace detenernos y reflexionar sobre el paso del tiempo, de la misma forma estos poemarios de Tenorio notifican la caducidad de los entornos a los que solemos aferrarnos, de la extinción de ciertas eternidades.

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Datos de los libros reseñados:

Alessandra Tenorio

Porta/retrato

Lustra Editores, 2021, reedición

Casa de zurdos

Lustra Editores, 2021, reedición

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Reseña: Sacrificios humanos (2021) de María Fernanda Ampuero

La fragilidad de lo femenino

Por Omar Guerrero

Sacrificios humanos (Páginas de espuma, 2021) de María Fernanda Ampuero contiene doce cuentos donde prevalece lo femenino en su mayoría. Sus personajes se caracterizan por mantener anhelos y esperanzas, aunque tampoco pueden evitar tener miedo. Ellas, sobre todo, viven con el temor de ser vulneradas, violentadas y desaparecidas. Aquí el sufrimiento y el dolor se convierten en una amenaza constante, al punto de dar paso a lo terrorífico y a lo siniestro. Sobresale la descripción de eso que causa tanto pánico o terror, y que llega hasta lo grotesco y lo sórdido, convirtiéndose en el punto más alto de cada diégesis por su misma tensión, sobre todo si se suman hechos abyectos, crueles y sangrientos. Aquí la venganza no es reivindicativa. Es solo una muestra de la delgada línea que separa lo humano de lo monstruoso, pues no existe culpa, solo decisiones y hechos que hubiesen sido mejor que no hayan ocurrido, pero suceden, y aquí se cuentan.

En el primer cuento titulado “Biografía”, se cuenta en primera persona la historia de una mujer migrante e indocumentada que casi fue violada por su jefe. Ella envía dinero para que sus padres puedan pagar la deuda de su viaje y también para que le den de comer a su pequeña hija. Ante tanto sacrificio, ella menciona que “migrar es como ir a la guerra” o que “las migrantes son como el hueso que se tritura para que coman los animales”. Sabe que solo le queda resistir y continuar. Acude a la casa de un hombre que vive con su hermano. Los dos han tenido una infancia y una juventud donde han pasado por todos los vicios. La muerte de su madre los ha marcado. La violencia y la maldad prevalecen en uno de ellos. A la mujer migrante no le queda más que implorar y buscar una forma de huir para que no le hagan ningún daño.

En el cuento “Creyentes” una voz femenina muy joven cuenta las atrocidades que ocurren en su pueblo. Hay una huelga con la idea de cambiar en algo las cosas. Mientras tanto, ella sigue siendo algo ingenua. Juega libidinosamente con otra niña que también está bajo el cuidado de la abuela. Muy cerca de ellas, están los creyentes. Ellos son dos hombres blancos. Uno alto y otro bajo. Supuestamente transmiten paz y pura bondad. Sin embargo, en esas aventuras juveniles, una de ellas encuentra un hecho de horror difícil de creer para todos.

En “Silba” la voz femenina recuerda lo que vivió su madre y también su abuela. La condición femenina se vuelve vulnerable ante el peligro y el miedo, pues existe un terror latente. Se menciona a un hombre que silba, y que puede que no sea precisamente un hombre sino un ser maligno que desaparece muchachitas. Asimismo, en el pasado ocurrieron cosas fatídicas como un accidente que produce llagas producto de quemaduras o mascotas que murieron antes de lo previsto. Otros hechos que también son considerados como malos recuerdos son el maltrato de los esposos. Y estos hechos son igual de crueles como cualquier rapto y desaparición. 

En “Elegidas” un grupo de muchachas desean vivir muchas cosas. Entre estos deseos está la experiencia al límite del goce y lo sexual. Sus deseos sobrepasan lo moral. Solo se dejan llevar por la belleza del género opuesto. Ellas quieren sublevar cualquier parámetro. Quieren romper con lo establecido.

En “Hermanita” una chica hace referencia a su gordura. También hace referencia a una prima que siempre se mantiene flaca a la fuerza para verse más bonita. Esta prima se aprovecha de su popularidad para usar a su antojo a una alumna nueva en la escuela cuyo aspecto es bastante peculiar. Todo cambia cuando ambas primas visitan la casa de la alumna nueva. Allí juegan a la ouija. Entonces lo sobrenatural y lo terrorífico se hacen presentes con un fin aleccionador.

“Sanguijuelas” es uno de los cuentos donde los personajes principales no son femeninos. Se trata de un niño raro llamado Julito que cría sanguijuelas en una pequeña piscina de su casa. Los otros niños lo tratan como un ser monstruoso, pero deben jugar con él por la presión de sus madres. Quien narra es uno de estos niños que debe jugar con Julito. Al cumplir con esta orden se evidencian las diferencias sociales. El niño que cuenta la historia se pelea con Julito debido a las sanguijuelas. Aun así, debe volver otra vez a su casa por orden de su madre. Esta vez toca jugar a las escondidas. El juego se convierte en un acto perverso y vengativo. No se puede creer tanta maldad disfrazada de inocencia. Todo finaliza con la reacción inesperada de cada madre ante lo ocurrido.

En “Invasiones” se cuenta la mudanza de una familia en su nueva casa que colinda con un estero. Allí tienen que convivir con diversos tipos de animales e insectos a modo de plagas que remiten a lo escabroso y al asco. A ello se suma la convivencia con unos vecinos que llegaron como invasores, por lo que una vez más se muestran las diferencias sociales. El comportamiento de estos nuevos vecinos es casi delincuencial, por tal razón se toman medidas llenas de excesos. En esta intervención muere un niño. Su madre sufre y maldice. Luego surgen lluvias e inundaciones. Todo se malogra. Todo se pudre. El padre solo buscaba un orden, pero termina siendo víctima del caos y el peligro. Él mismo se vuelve vulnerable, pues los invasores siguen siendo una amenaza. Quien cuenta la historia es uno de sus hijos.

En “Pietà” se comete un feminicidio que es contado por la mujer que ha criado al culpable. El cariño de una madre sustituta convierte en irrelevante lo sucedido.

En “Sacrificios” una pareja de esposos están perdidos en el estacionamiento de un centro comercial. Llevan tres horas buscando su auto. Tampoco encuentran la salida. Es muy tarde. Ya es de madrugada. Conversan, discuten, se insultan al reconocer una infidelidad. Sus hijos esperan en casa. Ellos se desesperan con en el transcurrir del tiempo, sobre todo ella. Sus celulares no tienen cobertura. Sus baterías están a punto de apagarse. Apenas si pueden iluminar. De pronto, escuchan ruidos. Creen que es una persona, un hombre. Podría tratarse del guardián del parqueo. Sin embargo, suena como un animal. Suena como un chancho. Prenden la poca luz del celular y pueden distinguir que eso que viene hacia ellos tiene cuernos y pezuñas, pero se ve como un hombre, un hombre disfrazado. No lo pueden creer. Es terrorífico.  

En “Edith” se usa un lenguaje lírico para describir lo sexual. Edith tiene un amante con el que siente una total plenitud. Mientras tanto, su esposo hace cosas malas con sus pequeñas hijas en su casa. Edith las ha dejado desprotegidas por andar con su amante. Ella luego intenta liberar a sus hijas de lo malo, pero el dolor queda como una última sensación.

El cuento “Lorena”, uno de los mejores, trata sobre una mujer latina que se enamora de un gringo apuesto y fornido. El acto sexual entre ambos es hiperbólico y de sensaciones extremas. Ambos se enamoran y se casan. El sexo dentro del matrimonio cada vez es más brusco. Su vida de casada pasa a convertirse en una pesadilla a partir de una serie de agresiones. Todo se vuelve violento. La vida de ensueño ahora es un infierno. Para ella ya no hay intimidad, solo hay ultrajes y humillaciones. Mutilar el principal instrumento de esos ultrajes podría ser un último recurso.

En “Freaks” un muchacho amanerado es considerado como una vergüenza para su familia. Se le insulta con todo tipo de adjetivos correspondientes a su opción sexual. Al mismo tiempo hay un niño cabezón que es colocado en una porqueriza. Este niño deforme vive con los chanchos en medio del asco, lo escatológico y el horror. Para ambos personajes marginales solo queda una manera de escapar ante tanto sufrimiento.

Fotografía de Javier Azuara

No hay duda de que los cuentos de María Fernanda Ampuero recurren al dolor y al sufrimiento para establecer una especie de denuncia. Los marginales, desposeídos, humillados y vulnerables son su principal referencia para contar estas historias que logran estremecer. La imagen de lo femenino es su principal bandera, por lo que se aplaude con total admiración.

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Datos del libro reseñado:

María Fernanda Ampuero

Sacrificios humanos

Páginas de espuma, 2021

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Recuento: siete libros inéditos y dos reediciones

Recuento poético, MMXXI Anno Domini (7 libros que leí y que muy posiblemente me arrancaron una sonrisa cómplice, un mohín de envidia o una mirada a lontananza pero que en modo alguno me dejaron indiferente + 2 reediciones)

Por Cristhian Briceño

¿A quién le importan los recuentos literarios? A los propios autores, a contadas amistades, a un puñado de lectores desprevenidos. Hay algo adictivo en el acto de aferrarse a un párrafo mientras nos vemos convertidos en unas cuantas letras de molde, en píxeles agrupados, formando caracteres. ¿Es valioso un recuento? Sí, pero no tanto por dar a conocer a los autores como por revelarnos la personalidad de los que realizan tal recuento; los habrá improvisados, superficiales, pertinentes, inocuos, beligerantes, académicos, sensacionalistas, impiadosos, de un rigor talmúdico, titubeantes, indolentes, blanditos… (Yo, por mi parte, espero ser una combinación de todas esas personalidades). Cada uno de ellos, sin excepción, hablará con la verdad. ¿Cómo podría estar equivocado, de todas formas, un sentimiento? Incluso en caso de detectarse un atisbo de hipocresía o favoritismo, cometeríamos un error si, al igual que Santo Tomás, dudásemos. Nuestra lectura no puede ser tan ingenua ni tan poco imaginativa. Basta recordar aquella invectiva que escribe Menard sobre Paul Valéry. “Esta invectiva”, se nos dice, “es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Este así lo entendió y la amistad antigua entre los dos no corrió peligro”. ¿Cómo podría estar equivocado nuestro sentido del gusto mientras inicia su metamorfosis hasta volverse pura y alada intuición? Esta lista está conformada por algunos de los libros que alcancé a leer este año y es, mírelo bien por entero, arbitraria e insuficiente, pero sincera. He aquí.

  • Tapir Tapir (Ed. Vallejo & Co., 2021), de Renato Pita

Sorprende que este libro haya pasado desapercibido. Pero esa sorpresa es transitoria. La riqueza verbal que propone, síntoma de la temática que aborda, podría ser demasiado para un lector en ciernes. En Tapir Tapir, Pita explora el microcosmos de la Amazonía y lo expande hasta que, de pronto, nos vemos inmersos en un bioma convulso donde cada proceso es anotado y examinado, desde la putrefacción de la hojarasca hasta las percusiones cardíacas o los procesos digestivos de los mamíferos: “¡quien esté libre de la cadena trófica, que tire la primera piedra!”. Pita logra una sinceridad desusada, el yo poético que recorre sus poemas consigue una voz plena, llena de matices, símbolos y sentimientos que logran aquel objetivo grato a los autores, el hacernos regresar al poema para volver a sentir la intensidad de las palabras: “se pueden hacer tantas cosas con la baba del sol/ untaría esa placenta en mí/ para imitar el desdén húmedo de los caracoles”. La segunda sección del libro está conformado por sonetos de temática afín, de una hechura, en verdad, impecable: gran acentuación y rimas complejas.

  • ana c. buena (Taller Editorial La Balanza, 2021), de Valeria Román Marroquín

Pude leer una versión previa de ana c. buena y me veo obligado a destacar el oficio notable y la intuición de la autora y el editor para dar con esta versión final. Si bien la lectura política/sociológica de este libro parece ineludible, yo me decantaría por una apreciación formal del poema,  me fijaría en el talento que Román Marroquín posee para hacer del verso una unidad de sentido incuestionable, así como también su buen tino en la interrupción de los versos, incluso en la disposición visual del poema, leve pero significativa. Es notable cómo la autora compone una estética con el trabajo físico al que su yo poético se ve sometido, haciendo de cada desplazamiento, de cada movimiento muscular, el origen de una coreografía representativa, como, por ejemplo, en refriega: “friega refriega:/ repetición y disciplina, caudillesa de la morada/ oculta. friega y refriega hasta que en las superficies/ cristalino reflejo a la vista y al tacto ni una mancha/ se asome siquiera a mirar el desgaste de tus manos”. Es una de mis autoras favoritas (en lides poéticas) junto a la arequipeña Ana Carolina Zegarra.

  • Canción y vuelo de Santosa (Alastor Editores, 2021), de Gloria Alvitres Aliaga

Lo hecho por Alvitres en este libro es digno de resaltar. Paso a paso va construyendo una mitología familiar, sus desventuras, sus desengaños, el legado de los muertos, todo con la argamasa de la palabra justa, de la vocación por el recuerdo y la indagación de los territorios interiores de sus protagonistas. Canción y vuelo de Santosa es un poemario argumental que explica las relaciones que tenemos con nuestro pasado y el sincretismo que se produce cuando nos vemos enfrentados a nuestros ancestros inmediatos, el diálogo, a veces trunco, a veces posible, entre distintas cosmovisiones y formas de entender nuestro entorno y las tradiciones inmanentes. Cabe resaltar que Alvitres parte desde lo femenino, pero su mirada trasciende el género y consigue hacerse un puro canto sin otro emblema que el de los afectos. Es también resaltante cómo se vale de la prosa sustentada en la descripción para destacar esa cualidad narrativa que visita sus poemas y genera la sensación de estar ante una de aquellas antiguas odas autobiográficas a la manera del Preludio: “Hemos dejado nuestros manteles blancos, bordados con hilos magenta, colores que no diferencias, pero se atacan en los ojos. Quién podría condenarte si eras solo una proyección, una suspensión de esperanzas”.

  • El Califato de Lima (AUB, 2021), de Diego Otero

La imaginación y el talante indagatorio son los ejes de este libro, además de algunas dosis de humor, en su justa medida. De entrada, el título es desconcertante, nos confronta con la inexistencia, incluso con el desvarío. Mientras vamos progresando en la lectura de El Califato de Lima nos encontramos con que el individuo representado por la voz del yo poético se halla trastocado, carente de un centro desde el cual pueda sostenerse la cordura. La ciudad que se representa lo desbarata, y siempre se tiende a la reclusión o al alejamiento para conseguir un equilibrio, una soledad a partir de la cual manifestarse; por ello es usual que enuncie su discurso desde un auto herméticamente cerrado, en una habitación de su casa mientras ve televisión o en los ductos de edificios con cerraduras inexpugnables: “El silencio es imprescindible para una adecuada contemplación:/ desde tan arriba todo es tan hermoso, incluso Lima”. La metáfora del Califato no es sino una forma de enunciar la opresión de la urbe, pero además es un procedimiento del yo poético para recrear un ambiente exótico desde el cual pueda hacer resaltar su singularidad. Algo de ello aparece en uno de los picos del libro, un poema en el que W. Delgado y Cisneros se fusionan en un abrazo, dando como resultado un ser nuevo, descollante dentro de nuestra tradición poética.

  • Un sonido amarillo (AUB, 2021), de Rosa Granda

El libro de Granda se anuncia como un montaje; desde este punto advertimos que la intención de la autora es evadir cualquier taxonomía convencional. Podríamos estar ante un libro en construcción que deja ver las fisuras por donde hace su ingreso la materia poética o ante un conjunto de notas sin pretensiones literarias con las cuales el lector ya verá lo que hace. Pero más allá de las especulaciones, Un sonido amarillo es pura dispersión en su sentido más franco, dispersión del lenguaje que se aglutina y se disgrega, dispersión de las ideas que se vuelven concepto o galimatías, dispersión del sonido que se torna eufónico (nótense las sutiles aliteraciones, las repeticiones, las anáforas) o disonante: “señal de divergencia y sus objeciones señal del afuera que va adentrándose tendencia a perder el equilibrio señal de continuidad señales de toda exactitud en el aire señal de redención”. Granda, al igual que en Torschlusspanik, consigue un libro singular, de difícil acceso pero satisfactorio cuando nos aclimatamos a su propuesta.

  • Guerrero del arcoíris (Máquina Purísima, 2021), Guillermo Chirinos Cúneo

Hace poco escribí una nota sobre Idiota del Apocalipsis; he aquí un fragmento: “Verlo caer, saberlo un idiota, es una forma de hacerlo humano, a pesar de que su condición de poeta lo coloque un escalafón arriba del común, como si Dios intentara compensar sus dones, de la misma forma que Conan Doyle le otorga a su querido Holmes, además de la genialidad deductiva, una adicción a la cocaína y la soledad de su apartamento en Baker Street”. Ciertamente, Chirinos Cúneo es un poeta de contradicciones, y su poesía, además de ser un cúmulo de sensaciones milagrosa, misteriosamente calibradas hasta tornarse materia poética, es, además, una forma de acercarnos a los abismos de un ser perseguido por sus demonios, de tal manera que las palabras que veremos impresas en este libro no tienen concesión alguna y se nos arrojan tal cual van emergiendo, sin haber pasado, acaso, por un filtro: “Tu huella de ángel se pudrió en la basura de la noche, donde el reverso de la luz nos muestra el delirio del paraíso hecho de añicos”. El cromatismo de Idiota del Apocalipsis parece haberse apaciguado, aunque aún queden indicios: “Cairo,/ amarillo como las pústulas del loco,/ te solazas con el veneno bíblico de la ciencia./ Buscad en el fondo casposo de los recuerdos;/ ha llegado el pánico”. Habrá quien prefiera su primer libro a esta entrega póstuma, pero, según mi parecer, lo más sensato es valorar la delicadeza con que Chirinos Cúneo nos escupe sus imágenes en la cara, sea este o aquel el libro donde aquello nos sobrevenga.

  • Canto a la hoja que cae (Hanan Harawi, 2021), de Úrsula Alvarado Noblecilla

Alvarado entiende el poema desde la sutileza. Sus imágenes son seductoras, delicadas, por momentos intenta arriesgarse, pero es un riesgo que no traiciona su propuesta. Esta sutileza queda establecida por la abundancia de referentes florales, vegetales, animales, de los que se vale para configurar un ambiente donde la naturaleza parece inmovilizada para su contemplación y descripción. Alvarado emplea una sintaxis apacible, convencional; los símiles son prudentes (“es mi corazón un gran molusco que arde”, “los aparto/ como a capas/ de una cebolla sonrojada”); sus palabras dan la impresión de contener la autoridad de lo agradable. Aunque, por momentos, quiebra esta consonancia y las desvía para generar contrastes con imágenes desacostumbradas: “En el prolífico mar de la desesperación/ mis versos se reproducen como hígados a destiempo”. Está de más interpretar el sentido de la frase. Canto a la hoja que cae transmite un estado de ánimo; indica, más que una confianza en las palabras, una sensibilidad de la que es difícil escapar durante la lectura del libro.

+ 2 reediciones

Lo que no veo en visiones (Pakarina Ediciones, 2021), de Ana Varela Tafur

Si bien el Premio Copé no suele dar libros memorables (para encontrarlos, a menudo habrá que rebuscarse entre los finalistas o, incluso, en las instancias previas), este libro de Varela Tafur parece acercarse bastante a una contradicción de esta premisa.  A lo largo del poemario asistimos al desvelamiento del espacio desde donde el yo poético se anuncia; es un lugar donde la naturaleza se convierte en cuerpo, y el cuerpo, finito, conmensurable, parece expandirse al punto de que el sujeto enunciador se recorre a sí mismo, explora sus miedos, su sexualidad, su procedencia explicada a través de mitos o accidentes geográficos: “Escribo un poema desde ti, ensayo un paisaje./ Dibujo tus caminos huérfanos en mis pasos/ Y son días de llanto en las quebradas”. El buen talante poético de Varela Tafur la lleva incluso a encontrar formas de su discurso prescindiendo del verso largo y detallado, hasta desembocar, en la sección final del libro, en un conjunto de poemas en arte menor que inciden en la velocidad de las imágenes, como si fuera el cielo reflejándose en las aguas de un río amazónico. Esta es una reedición necesaria para un libro que, en su primera edición, es casi inhallable.

ele (Dendro Ediciones, 2021), de Stuart Flores Herrera

ele es una propedéutica, el rito de iniciación para quien inaugura un camino escabroso y de riesgo comprobado. En este sentido, el poemario es una exploración del ser dentro del tiempo y de sus convicciones, una metáfora de la soledad y la búsqueda de sí mismo a la manera de Jesús en el desierto de Judea, de las empresas incipientes, de las noches oscuras del alma. Hasta aquí tenemos el trasfondo del asunto. En la otra mano, la forma es excesiva en cuanto a su ejecución; Flores construye un personaje que se indaga a discreción y deja constancia de sus averiguaciones: “me canso de esperar te digo/ de imaginarte en el agua/ de no tener noticias tuyas ecos/ me canso de habitar el tiempo de los hombres/ que es el único tiempo que exhausta/ que adolora tanto y cada noche”. La forma, así, se podría interpretar como un erial de sentidos que no llegan a nadie, solo al yo poético, solitario, buscando construir otro a la medida de sus desolaciones. La huella narrativa de Flores, autor de novelas y relatos, se diluye en sus poemas; por el contrario, su discurso se alía a un rigor poético, a una fe en la imagen, en la figura retórica: “el desprecio le colgaba de los dientes/ estalactitas de odios rencor”. Desde su primera edición del 2018, de tiraje limitado, Flores ha ganado algunos premios y distinciones en sus trabajos narrativos; con esta reedición tenemos la oportunidad de acercarnos a una faceta distinta del autor en cuanto a lo literario, enriquecedora, qué duda cabe, y que amplía su registro y nos permite conocer mejor su universo.

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Reseña: Mañana nunca llega (2021) de Tadeo Palacios

La violencia reexaminada

Por C. Briceño Ángeles

Mailer publicó Los desnudos y los muertos tres años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, para la que fue reclutado, aunque nunca llegó a entrar en combate; Tadeo Palacios (Piura, 1994) nos entrega un relato largo que da título a su primer libro, a un año y días de haberse producido el suceso que lo motiva. El autor, naturalmente, se siente parte de una generación que se hizo cargo de organizar las marchas en contra de los desaciertos de un Estado, hasta el día de hoy, envilecido; este vínculo generacional, sumado a la proximidad del hecho, lo ha motivado a componer una urgencia en lo narrado, a arriesgarse en la propuesta de, por lo menos, este relato con el cual cierra su libro, una decisión que contrasta con la estructura convencional de los otros textos incluidos. Para ello se ha valido de una serie de recursos como la polifonía, el testimonio, la inclusión de correos electrónicos, post de Instagram, la reproducción de panfletos informativos, de un código QR, ilustraciones, una composición encabalgada y con pretensiones poéticas, etc. Los personajes también se ven inmersos en la misma urgencia. Sus testimonios son registrados mientras se desplazan por las calles del Centro de Lima y son acosados por las fuerzas policiales; es entonces cuando la prosa de Palacios intenta capturar la voz resquebrajada por el agotamiento, la respiración desesperada de quien se está asfixiando por el gas lacrimógeno, el ritmo del repliegue y la disociación de las ideas ocasionada por el dolor o la desorientación. Existe, en la prosa del autor, una voz destemplada, exagerada, por momentos, al borde del paroxismo. La idea de una representación de los acontecimientos, si bien en varios momentos parece encontrar un equilibrio, se ve debilitada por la incesante inclusión de referencias generacionales para otorgarle a los protagonistas una singularidad forzada en ciertos tramos que mengua la verosimilitud o, en todo caso, la pone en cuestión. Así, uno de los personajes, al verse confinado en una carceleta luego de ser golpeado por los policías y bajo la amenaza de seguir siendo agredido, se permite ensayar una broma en la que es notoria la necesidad por hacer encajar sus influencias y su conocimiento del pasado inmediato:

¿Esta pancarta es terrorista? Creo que no, a menos que alguien imagine que los dibujos de Pikachu que hemos hecho toda la tarde son algún tipo de apología a Sendero Luminoso, o que el terrorista Abimael Guzmán era entrenador Pokémon (marxismo-leninismo-maoísmo-pensamiento-profesor Oak). (p. 199)

Este relato, a pesar de su propuesta arriesgada, no deja de ser bastante conservador en cuanto a los conflictos propuestos; siempre estamos ante una fuerza opresora o encubridora que no es capaz de cuestionarse por sus actos, y si lo hace solo es para liberarse pronto de sus reparos y continuar siendo lo opuesto a lo bueno. En consecuencia, los conflictos se resuelven fácilmente con la violencia o las imposiciones de los que ejercen el poder, como lo son, por ejemplo, una jefa de redacción desmereciendo y censurando el trabajo de un reportero que ha intentado informar con objetividad o el suboficial que reduce a un manifestante mientras lo amenaza de muerte. Existe un ánimo aleccionador, como si el autor pretendiera que del relato se origine no una crítica a la sociedad y sus dinámicas, sino una exhortación tal vez demasiado cercana a la advertencia moral, algo quizá motivado por la cercanía de los hechos abordados. Recordemos, por mencionar un caso similar, que en Conversación en la Catedral se nos narran los eventos producidos durante la revolución de Arequipa de 1955, pero más de diez años después que estos ocurrieran. Estos reparos, sin duda, no desmerecen la labor de Palacios al momento de narrar este episodio, sobre todo por la precisa documentación y la cantidad de datos que nos otorga, a la manera de una nota periodística osada, desbordante y convulsa.

Sin embargo, el punto fuerte de este libro son los relatos precedentes. En ellos, Palacios se lanza de lleno a la evocación de Piura y los mecanismos íntimos de esta ciudad, de la familia y de la relación del individuo con la violencia y la contemplación. Es entonces cuando la vena realista del autor encuentra su tono y consigue no pocos logros. Para empezar, es casi una marca de estilo el uso de un narrador en segunda persona (o confidencial) que parece referir no para el lector sino para alguien en específico, alguien perdido en el pasado, inalcanzable a no ser por los recuerdos; esta voz personalizada, en lugar de repelernos, nos invita es escuchar y a transformarnos, gradualmente, en el destinatario:

Tuve que desconocer mi pasado, resignarme a perder el futuro que había planeado contigo, Mercedes. Dejar atrás cuanto pude haber conseguido, a mi madre, a ti y al niño que llevabas en el vientre. Y mientras tanto, cruzaba los ríos de la frontera y trataba de conseguir refugio en pueblitos fuera del mapa, allá en el Ecuador. Juntaba plata y rezaba para que ese dinero te llegara en encomiendas que mandaba a tu casa con nombres falsos a través de amigos que conocía allá y que iban de paso a Piura. (p. 145)

Este realismo de buena ley se encuentra, en especial, en tres relatos. El primero es “La invitación”. El personaje es el clásico perdedor de impronta ribeyriana, aunque está ambientado en Piura. Palacios tiene un talento evidente para prolongar la resolución del relato, y mientras tanto, mientras la narración dura, parece dilatar las circunstancias para que la desazón del final sea más catastrófica y desoladora. Se trata de un trabajador de limpieza que, por un caso de homonimia, cree haber sido invitado a una comida en su honor. El equívoco da pie para que asistamos a sus ansias de reconocimiento y la demostración de su nula relevancia en la sociedad, el ascenso y la caída de su autoestima, algo que nos recuerda a “El profesor suplente” de J. R. Ribeyro:

Aquella tarde de sábado, con el hambre subiéndole por la garganta y una amarga cólera deslizándose por su espinazo, Teófilo comprobó dos cosas mientras recogía sus pasos hacia el paradero de motos del óvalo Bolognesi: la primera fue que, después de todo, Armando Dioses era un pobre rosquete. Y la segunda, y quizá la más importante, era que su mujer estaba en lo correcto: la mona, aunque se vista de seda, mona siempre se queda. (p. 35)

“Cuando salta la liebre”, por el contrario, es un relato sin concesiones al humor o la ironía, a diferencia del anterior. El narrador, un abogado en ciernes, se topa con la madre de un detenido y asiste a la desolación de la mujer ocasionada por las circunstancias que le han tocado vivir. Aquí la prosa de Palacios es funcional, recrudece e incide en las descripciones de ambientes/fisonomías para ampliar un ambiente de claroscuros, sucio, de una indeterminación burocrática que es, también, decadente y pernicioso. Ya en varios de sus relatos Palacios incurre en la exacerbación del mismo lenguaje a través de jergas, modismos o insultos, pero aquí decide, además, construir una voz que está a punto de hacerse ininteligible, acentuando así la precariedad de la comunicación y la distancia entre los individuos: “A miju luan metío en el calabozo ese. Ni bien me dijieron, me vine a la carrerita a ver si era verdá. Dejeguro, si luan encerrau, ha di ser por error” (p. 101). Es un buen relato, aunque exista, en el cierre, esa advertencia moral a la que aludí líneas arriba:

Me enferma Crisanto, me enferma V., pero me enferman mucho más los que solo seguimos empujando en silencio hasta que, de pronto, todo se desborde. Lo lamento: me sobrepasa, me excede y derrota este juego de sombrar y gestos. Hay días como este en los que no puedo hacer más que avanzar y sentirme profundamente miserable. (p. 107)

El abuso y la venganza son los temas de “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Una mujer asesina a su conviviente, Montoya, un teniente de la policía que la maltrata sistemáticamente. El relato es un viaje a los orígenes de la relación entre ambos y la degradación de la misma. Palacios emplea con corrección la superposición de planos temporales para que su historia gane en intensidad, hasta desencadenar en un final extraño, de un onirismo que deja una sensación agridulce, como si el final de la venganza no fuera su consumación, sino que se prolongara hasta límites pesadillescos. Como en varios de los relatos de Mañana nunca llega, Palacios demuestra una solvencia en la construcción de los diálogos, quizá uno de los elementos más difíciles de lograr en las ficciones por lo complejo que resulta hacer encajar una voz a una personalidad en específico; el autor, sin embargo, consigue su objetivo:

—Después de la borrachera que usted y su gente le alcahuetearon, Montoyita quiso que lo atendieran. Velé su sueño. Y me sentí sucia, y más sucia todavía cuando me dijo que lo sentía, que sería bueno, que iba a cambiar. Moqueaba y no dejaba de retorcerse. ¡Incluso se atrevió a mencionar a nuestro hijo! ¡El hijo que mató a patadas en mis entrañas! ¿Lo ve? El muy infeliz debió presentir que de esta no pasaba. Hacía mucho que estaba convencida de cobrármelas todas. El trago le estrujaba las tripas y los sesos. ¡Imagínese, mayor! El hombre que me desfiguró estaba tumbado, panza arriba, lleno de mierda y vómito. Ay, Montoya. Eras malo, ¡malo como el Veneno! Me suplicó llorando que le alcanzara las pastillas para el dolor. Casi sentí pena… (p. 121)

A pesar de su juventud, Palacios es un narrador decidido, sin temor a experimentar con las posibilidades de su poética, aunque es cierto que, a veces, extralimita sus posibilidades. El realismo que propone bebe de autores de nuestra tradición como Gutiérrez, Dughi, Ninapayta y, por supuesto, el Ribeyro cuentista (al igual que este último, entrega sus mejores páginas cuando se alinea con una narración convencional, a diferencia de, p. ej., el primer Vargas Llosa, quien sale airoso cuando se adentra en estructuras complejas como Los cachorros), aunque ello, desde luego, es el inicio de sus exploraciones en la ficción y tiene tiempo de sobra para pulir esos detalles. De esta forma, Mañana nunca llega es un buen libro para acceder a los nuevos registros de nuestra narrativa, a sus cuestionamientos y a la revisión de temas y atmósferas que es necesario no olvidar y cuya ejecución y estética podrían ser un anticipo de lo por venir.

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Datos del libro reseñado:

Tadeo Palacios

Mañana nunca llega

Editorial Pesopluma, 2021

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Reseña: La caza espiritual (2021, reedición) de Miluska Benavides

El arte de la fragmentación y lo cotidiano

Por Omar Guerrero

La caza espiritual (Hipatia Ediciones, 2021) es la reedición del primer libro de cuentos de Miluska Benavides (Lima, 1986), autora peruana seleccionada en el 2021 por la revista británica Granta entre los 25 escritores en español menores de 35 años con mayor proyección literaria. Cabe resaltar que Miluska Benavides entró a esta prestigiosa lista con esta única publicación, cuya reedición incluye un cuento inédito titulado “Llamadas” para diferenciarla de su primera edición no venal (Celacanto, 2015).

Lo primero que llama la atención en La caza espiritual es la estructura presentada en algunos cuentos bajo una fragmentación que divide espacios, tiempos, situaciones y personajes, y cuya relación entre sí se intensifica a través de los sentidos o estados de cada protagonista, provistos siempre de una posible expectativa o resignación que causan una mayor intriga. Esto se evidencia en los cuentos “Los cuerpos celestes”, “Corpus Christi Diego” y “Llamadas”. Otro punto que sobresale es el ambiente rural donde se desarrollan algunas de sus historias, pues se menciona un pueblo llamado Santa Lucía donde los hechos cotidianos pueden resultar hasta inusuales, tal como sucede en los cuentos “Los animales domésticos” y “Corpus Christi Diego”. Se suma también la opción narrativa de dejar en suspenso ciertos propósitos u objetivos. Para ello se recurre a la elipsis diegética, pues las acciones no llegan a un determinado fin, o no se cuentan, lo que resulta válido. Esto permite darle un mayor potencial al transcurso de la narración, muy a pesar de que lo inconcluso o lo suspendido quede como un vacío imprevisto que obliga a varios supuestos. Esto pasa en los cuentos “El panteón de los próceres”, “El condenado” y “Las cuatro estaciones”. Finalmente, las vicisitudes y la fatalidad se imponen para estremecer y cambiar el rumbo en la vida de sus personajes, sometiéndolos a lo cotidiano, tal como ocurre en “Las soledades”, “Las ceremonias” y “Llamadas”.   

El primer cuento “Los cuerpos celestes” gira en torno a la presencia del cometa Halley, visto por última vez a mediados de la década de los ochenta. El primer fragmento del cuento corresponde a un periodista soltero que desea darle un mayor sentido a su vida, aunque antes debe realizar un trabajo concerniente al cometa. Él recopila información dada en esos años. Encuentra el nombre de un astrónomo norteamericano que llegó a esta parte del mundo para hacer un riguroso estudio meses antes de la presencia del cometa. En estas pesquisas, el periodista también encuentra información de una mujer llamada Mary Ann Weller, hija de este astrónomo. Se le ocurre hacer una nota biográfica del científico tomando el testimonio de la hija, quien vive en su misma ciudad y que se presenta ya como una anciana que lo recibe en medio de la precariedad en la que vive. Después de realizar este trabajo, la vida tan común de este periodista pasa por un repentino sobresalto que guarda relación precisamente con los cuerpos celestes y el gran cometa. (En este punto el factor tiempo resulta ser un curioso indicio). El siguiente fragmento corresponde a los apuntes de un científico que es invitado por la Liga Astronómica a viajar al Perú en 1985 para investigar sobre la próxima presencia del cometa. Lo que más resalta de estos apuntes es la geografía de los andes y el comportamiento de sus habitantes. Le sigue otro fragmento que se titula “Dos sabios conversan” y que se presenta como un paratexto que aborda lo histórico y lo científico con relación a lo colonial, a la naturaleza y a la religión, e incluso con lo funesto. El último fragmento del cuento se titula “La mujer que allí estuvo”. Aquí se desarrolla el testimonio de Mary Ann Weller donde trae consigo el recuerdo de su padre travestido mientras vivían en Perú. Su relato se extiende luego a los viajes de ella, incluido un episodio traumático en Nueva York, cuando en medio de una manifestación se produce un hecho de horror y de absoluta consternación.   

En “Los animales domésticos” un hombre de avanzada edad decide darle toda su atención a un árbol de molle que ha crecido en su huerto. Es algo inaudito, pues la tierra de su pueblo Santa Lucía no es propicia para este tipo de árboles. Sin embargo, el árbol crece al punto de producir una serie de problemas, no solo en el huerto, sino también dentro de la casa. Esto trae consigo la molestia de su familia. Todo empeora cuando se encuentran rastros de un posible animal que se aprovecha de las raíces profundas del árbol para ingresar, invadir y dañar las flores del huerto. Junto a esta presencia surge un mal olor que se vuelve latente como si fuese parte de una amenaza. Aun así, el anciano decide hacerle frente. Quiere cazar al invasor para acabar con todos sus problemas. Y en este trajín, ocurre lo inesperado, lo que motiva a una inevitable resignación.   

En “El panteón de los próceres” el personaje es un niño que sufre las burlas y ataques de sus compañeros. Él es un alumno aplicado. También es sobreprotegido por sus padres. Su disciplina se ve perturbada en un paseo escolar al conocer el final trágico de algunos héroes de la patria. Su forma de pensar lo obliga a ir más allá de lo correcto sin importar las consecuencias.

“El condenado” es otro de los cuentos donde se impone un final suspendido. Sin embargo, su mayor atención radica en las peripecias del personaje. Se trata de un paciente con una extraña enfermedad que no ha podido ser curado. Los doctores y las medicinas no han conseguido aliviar su mal. La única opción para alcanzar la cura surge a través de la fe y la religión. Llegar a ella, o al espacio donde se desarrolla y se manifiesta, captura la atención del lector.   

“Las cuatro estaciones” es un cuento donde se vuelve hacer uso de la fragmentación en la estructura para contar una relación sentimental en dos versiones: de ella y de él. Aquí el romance no perdura, se acaba. Esto da paso a otras vivencias y relaciones. De pronto, uno de ellos decide revivir el pasado invadiendo una propiedad que ya no le pertenece. Allí se ausculta la nueva vida de su expareja sin importar que se descubra la intromisión. Y en ese preciso momento, la elipsis deja todo en suspenso, yendo mucho más allá de la sorpresa.  

En “Las soledades” se presentan las vicisitudes y los enfrentamientos entre un hombre jubilado y sus hijos. Apenas si existe la idea de una familia, pues aún hay muchas heridas ocultas del pasado. Aun así, se intenta establecer una nueva relación con una mujer contemporánea a él, pues este jubilado no desea sentirse tan solo. En este intento, ella se convertirá en testigo de estos enfrentamientos con cierto asombro. Él, a pesar de todos sus problemas, espera tener “una próxima vez” o un “próximo encuentro” con ella.    

“Las ceremonias” gira en torno a lo femenino y a la tragedia. Esta última no se exhibe, aunque sí se menciona y hasta se mantiene, pues se arrastra como una carga o un trauma. Se ubica en lo cotidiano, al punto que se puede pensar que el pasado podría llegar a repetirse.

En el cuento “Corpus Christi Diego” suceden una serie de vicisitudes para distintos personajes como un niño especial que se pierde al salir de su casa, ubicado luego en un espacio nada propicio para su edad. O el caso de una mujer que más parece un espectro y que los niños del pueblo le gritan “loca”. Es un cuento fragmentado. Allí se cuenta el origen del pueblo ficticio de Santa Lucía. También se menciona otro pueblo llamado Maras donde el mar está muy cerca, pues hay un puerto y un muelle. Allí, la fatalidad siempre se asoma.

“Llamadas” son dos cuentos en uno. Una muchacha dice comunicarse con su abuela fallecida. Al mismo tiempo conoce a un tipo que tiene un extraño antecedente y con quien forma una familia que finalmente queda separada. Aquí otra vez la fatalidad se hace presente. Lo mismo pasa con el segundo cuento, cuyas partes se presentan intercaladas. Se trata de un sitio recóndito y gélido donde las supersticiones y hasta lo mítico son el común en la vida de las personas que lo habitan. 

Foto: Taiko Haessler

Ante lo expuesto, se confirma que la invención total prevalece en los cuentos de La caza espiritual. Los recursos narrativos como la fragmentación y la elipsis se suman a lo cotidiano, a lo femenino, a lo trágico, a lo histórico y hasta lo científico. La confrontación de lo común junto a lo imprevisto causa un completo extrañamiento que puede llegar a estremecer y a la vez maravillar.

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Datos del libro reseñado:

Miluska Benavides

La caza espiritual

Hipatia Ediciones, 2021 (reedición)