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Reseña: Ocio (2012) de Fabián Casas

Una mundana cotidianidad

Por Enrique León

La literatura argentina presenta, desde hace décadas, una variedad de registros y autores, por lo que es casi imposible conocerla en su totalidad. En ese mar de nombres, existen escritoras y escritores de un talento incuestionable. Entre estos, se encuentra uno de los escritores preferidos de la persona que escribe estas reseñas. Se trata del inclasificable Fabián Casas (Buenos Aires, 1965), quien tiene una propuesta inteligente y brillante que destaca dentro de la narrativa contemporánea en español. Alejado de la épica y de los grandes relatos, el poeta, ensayista y narrador ha convertido su universo personal, con el barrio de Boedo como epicentro de los acontecimientos, en el tema principal de su singular narrativa. Casas es un escritor de culto que cuenta con auténticos fanáticos, pero también tiene más de un detractor que no acaba de ser seducido por las aventuras cotidianas de los personajes del narrador argentino. Como yo me encuentro entre los primeros, ha sido un placer volver a leer Ocio y reseñarlo. La edición española es de Alpha Decay.

Ocio es un volumen formado por dos novelas cortas. Se encuentra la que da nombre al libro y “Veteranos del pánico”. “Ocio”, la novela corta que abre el libro, es la más extensa de las dos. El protagonista es Andrés, un joven sin oficio ni beneficio, quien tiene un amigo que consigue un contacto con un boliviano para traer droga. Todo ocurre con lentitud, de forma pausada, casi sin sobresaltos y con un humor sombrío y algo tímido que brinda cierto tono melancólico al relato. La agitada vida de su padre y su atareado hermano contrastan con Andrés, cuya vida no parece tener una dirección muy clara. Sin embargo, el trapicheo conllevará nuevas preocupaciones y cierto grado de paranoia, que será lo que acabe dinamitando el asunto. “Veteranos del pánico” se trata de un relato largo antes que de una novela corta. Con mayor ritmo que “Ocio”, esta pieza es una sucesión de anécdotas infantiles y juveniles contadas por un escritor ya adulto. Frente a la mirada más decadente de la primera obra del libro, esta narración resulta más vital y desenfadada.

Fabián Casas logra contagiar su humor, entre triste y resignado, a cada una de sus obras. En las dos narraciones que conforman el volumen, el lector puede apreciar de forma clara cómo el autor maneja el mismo registro en historias muy distintas entre sí. Esa capacidad para crear relatos diferentes con recursos similares es lo que hace de Casas un escritor excepcional. Con un carácter trivial, casi despreocupado, el narrador argentino logra contar historias cuyo fondo es mayor del que en apariencia podríamos pensar. Divertida, cruda, lacónica y trivial son algunos de los adjetivos que podríamos utilizar en la propuesta de Casas que, en este libro, hace lo de siempre como nunca.

Fabián Casas – Foto: Bruno Grappa

Ocio es una puerta de entrada perfecta a las formas y códigos que conforman la literatura de Fabián Casas. El narrador argentino sigue siendo un escritor magistral para comprender el mundo a través de la más mundana cotidianidad.

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Fabián Casas

Ocio

Editorial Alpha Decay, 2012, pp. 99

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Reseña: Variaciones Victoria (2022) de Carlos López Degregori

Variaciones Victoria o el triunfo de la vida (post mortem)

Por José Bardales

Lejos de todas partes, pero en busca del pozo / de todos los lugares, cada publicación de la singular obra del poeta Carlos López Degregori se ha convertido en un suceso que sus lectores esperamos con umbría complacencia, más o menos, cada cuatro o cinco años. Y si umbrío es el gozo de su lectura -usando un adjetivo tan afín al universo del poeta- no es solo porque la poesía en general, por decirlo de alguna manera, suela crecer donde no da el sol, ajena a los reflectores que otras disciplinas y artes concitan, sino porque la poesía de López Degregori es especialmente tributaria de las sombras, o más precisamente, siguiendo un razonamiento del propio vate, de los crepúsculos, ese efímero pero invariable no lugar donde a diario el sol se oculta hasta que es de noche. 

Y fue precisamente en el crepúsculo de la década del setenta, 1978, para ser precisos, cuando vio la luz el primer libro de Carlos López Degregori, Un buen día, donde empezaron a aparecer esos poemas de personajes sin referentes, en geografías trastocadas e inasibles, parábolas o aforismos bruñidos de incertidumbre y escepticismo, cuya presencia se radicalizó en títulos posteriores como Las conversiones (1983), Una casa en la sombra (1986) o Cielo forzado (1988), y que al decir de Américo Ferrari: “(…) son un juego de espejos empañados, una fantasmagoría donde las figuras, los cuadros y los marcos aparentes aparecen como negados en un tiempo y un espacio de quitaipón. Se adivina algo detrás de algo y eso es todo, o es nada. No es una poesía oscura: la poesía es un cristal nítido, lo oscuro o, mejor, lo misterioso es lo que se percibe tras el cristal”.

Muestra de este misterio, por ejemplo, se entrevé en “Protocolo de autopsia”, décimo poema de Cielo forzado, donde nuestro poeta consigna con la videncia de un ave rara: “Existen palabras que nada quieren decir. / Son necesarias, sin embargo, y basta que aparezcan / para justificar mi poesía. / No debo ser plural ni vender mi alma a un diablo / de espejos. / Me quedo con la duda: una, dos veces, tres veces. / Hay palabras que nada quieren decir: / si sobran te expulsarán de la luz / si faltan /nada barrerás mañana con tu escoba de plomo.” 

De esta forma, la poesía de López Degregori también es un territorio para que el poeta reflexione sobre su propio quehacer a través de, como ya dijimos, sentencias no por personales, menos poseedoras de una “verdad” colectiva, sentencias, decíamos, que son acaso epifanías solipsistas (no es un demérito; todo lo contrario), que en última cuenta revelan la autopercepción de la insularidad que el propio vate representa en nuestra tradición. No en vano, el traductor y ensayista Américo Ferrari también ha dicho: “No le veo antecedentes, no se puede captar en estos textos ninguna influencia directa”. 

Nada hace pensar que a nuestro vate estimule esta peculiaridad per se, que lo suyo sea ejercer algún tipo de oposición o resistencia simbólica a la retórica del conversacionalismo que, en general, reina con aciertos y tropiezos en nuestro medio poético desde hace ya varias décadas. En realidad, lo que a Carlos López Degregori sacude es la búsqueda interior, la desasosegada consciencia del vacío, el paso implacable del tiempo y las cicatrices que sus engranajes dejan: “(…) entonces nací para el poema / nada que temer / que esperar / una vida  confabulando con despojos / mezcles destinos / hállese un centro de aflicción / te maravilles ante una bóveda inútil…” reconoce en “El talento y el poeta” de Una casa en la sombra, a lo que doce años después en “El poeta de mil años” del libro Aquí descansa nadie, agrega, con añil dignidad sombría: “Será difícil abrazarnos / distinguir roncas nuestras voces / vociferando / en una lengua muerta / historias y canciones de mil años, / recorrer entre tantas cicatrices los rostros que tuvimos / y recordar que nos incendiamos / una noche interminable / entre relámpagos / para abrazar un amor / recién nacido / o navegamos los mares del sur / hasta el fin / buscando un tesoro que era solo huesos”.

Lo cierto es que ya son más de 40 años de poesía, repartida en trece libros, integrados en dos ocasiones bajo un único título, Lejos de todas partes, la primera en 1994 y la más reciente en 2018. A esa poco común regularidad editorial se suma este año Variaciones Victoria, un largo poema, mayoritariamente escrito en prosa, compuesto de treinta y dos fragmentos y una coda; trabajo al que se añade una serie de ocho collages compuestos por el propio autor, y que son, o funcionan -entendemos-, como la poesía visual que complementa algunos momentos del poema. A esto hay que agregar, asimismo, un elemento fundamental que se integra desde afuera con la obra: las Variaciones compuestas por Bach en el siglo xviii para que las interpretase su discípulo Johann Gottlieb Goldberg, composición musical que, de alguna forma, habría inspirado al poeta a “sacar” ese músico oculto y posiblemente “ágrafo” (en materia de composición musical) que él mismo es, para elaborar la “partitura” que es también a su manera el poema que leeremos.   

Variaciones Victoria parte de una anécdota consustancial con el universo del poeta. Victoria es un cráneo que llegó a su hogar hace casi tres décadas, de la mano de un amigo médico, que quiso cumplir con esa ofrenda el deseo de López Degregori de atar con ella algunos hitos de su pasado: “Mi primera vocación fue la medicina y sabía que muchos estudiantes tienen cráneos para sus estudios de Anatomía (…). Además yo albergaba entonces un phatos que ya no poseo…”. Desde el anaquel más alto de su biblioteca, entonces, el cráneo fue convirtiéndose en una suerte de Tótem arrancado del anonimato y la fría cátedra anatómica para convertirse en sujeto: “Será Victoria, me dije. Victoria: tres sílabas como campanadas de advertencia”. Pero si el mundo del poeta limeño se ha caracterizado por el emplazamiento difuso de personajes y atmósferas claroscuras y caóticas, esta vez, el autor deja en claro desde el comienzo que “Victoria no es mi reconocimiento mórbido, ni está aquí para embelesar”. ¿Para qué está? Memento Mori = Recuerda que eres mortal revela López Degregori como quien concede una pista para esa interrogante. Así, en principio, Victoria podría ser ese elemento que ancla al individuo Carlos López Degregori a la consciencia de la finitud de la vida, porque al vate, cuya obra desde el comienzo ha funcionado también como un cuaderno de navegación interior que él ha desplegado para medir su propio tiempo en la tierra (es común encontrar en varios de sus poemarios alusiones a la edad que va cumpliendo en cada época), en esta ocasión le urge un hecho inminente. Está a punto de cumplir setenta años, lo que tiene que ser un inevitable punto de inflexión en la trayectoria de cualquier persona. “A partir de los setenta solo hay quietud, espera, inminencia. No intentarás una vida distinta. Te extraviarás en recuerdos y sueños, en un hermetismo no elegido (…)”.

De modo que, tal como inferimos, si Victoria es ese símbolo que permite al poeta aguzar su propio escepticismo para trizar las pompas del engaño que comportan las vanidades y vacuidades con que el mundo seduce, estas variaciones son la ofrenda que el poeta entrega en prenda a la noble calavera que le procura tal lucidez y perspectiva. Y lo hace desde el principio, como hemos señalado, otorgándole no solo un nombre, sino un minúsculo pero honroso Gólgota desde el lugar que ocupa en su hogar familiar, valga la redundancia.

Carlos López Degregori – Foto: El Comercio

A su vez, la última ofrenda al pie de Victoria es el libro mismo; y hay que resaltarlo. Si en toda su obra López Degregori ha dedicado libros a sus padres, esposa e hijos, estas Variaciones Victoria necesariamente tienen que ser un tributo a quien fuera Ella o Él, la compañera, esa suerte de reloj ontológico que marca los minutos cuando se le mira (“Victoria es horóloga. También es una señora que atisba en el interior de un cañón. Cuando el tiempo la desgasta, sopla humo sobre un lienzo en el que pinté mi retrato.”).

Otra manera de cantar ese homenaje se lee en el quinto fragmento del poema donde parece que López Degregori se recordase a sí mismo la oportunidad que el azar ha traído para su compañera, dejando espacio para un anhelo tácito y fantasma: “Mira ese innumerable río de cabezas calvas que se repiten con leves variaciones hasta llegar a la tuya. Si tienes suerte alguien te salvará del diluvio y buscará un nuevo Gólgota para ti. Yo solo puedo decirte al oído: Dichoso eres porque has contemplado /este misterio. / Ama a tu polvo. / Entona esta música de huesos”, y en el onceavo fragmento agrega: “(…) Que alguien recoja mi cráneo y lo llame Victoria. Ah, pídele también a Keats que me escriba un poema.”  

Mas esa música de huesos, que citan los mencionados versos, son precisamente estas variaciones. ¿Pero quién las compone?, ¿quién las ejecuta? Por momentos pareciera que ambas artes fueran experticia exclusiva del poeta, en otros, pareciera que fuera la bóveda craneal de Victoria donde tales procesos se dictan y ejecutan. ¿Acaso es que López Degregori haya “esculpido” el busto de un cráneo bifronte, fusionándose por instantes con Victoria, desde donde ambos sopesan el paso del tiempo y se resisten a morir, observando, sopesando lo que resta del día (de la vida), de pie, a espaldas de la muerte?

En esa misma línea, y en una obra labrada por un poeta que se define crepuscular y apocalíptico, hay instantes en este poema en donde el vate abandona los ejes descentrados de su universo, añadamos, irreligioso, y atisba cierta trascendencia a la que llega aquilatando sin falsas modestias -despliegue inédito en su obra- su arte poética. Así, en el fragmento doce esgrime: “… Soy invaluable, impagable. Soy el sueño más el insomnio. Soy toda la música que compondrás en tu vida. El insomnio es: El sueño es: El intervalo entre ambos es un Yo Victorioso. Yo es Un Canon que se reitera pausado y melancólico en la última variación. Yo se apacigua, al fin se duerme y es de nuevo Yo.”, mientras que el catorce refiere: “Y crecí. Fui desdoblando vidas muy lejos de Tarcisio y de Dominguito de Val. No comulgo, pero ahora creo en un Dios a la medida de mi extrañeza. Es la resistencia de mis huesos, de mi cráneo que será una catedral si así lo dispones.”

¿Qué otra cosa puede inferir sino el verso final YO ES VICTORIA? Victoria que llegó a casa de López Degregori envuelta en periódicos dentro de una caja de cartón, por lo menos, hoy en día, tiene tanta vida que puede inyectarla, si acaso fuera necesario, a su benefactor, el poeta, para que este cante su pequeño, nadiente triunfo. Y nosotros junto con él, conscientes -en tanto cuerpos- … del final idéntico que nos aguarda

Cabe añadir que estas variaciones no solo se limitan a ser leídas con las herramientas que él poeta propone: los treinta y dos fragmentos, el canon final y la poesía visual de sus collages, ni tampoco únicamente con las Variaciones Goldberg que son su consustancial banda sonora, aquí hay evocados otros elementos de la cultura occidental que también obran como llaves para abrir las cámaras oscuras de este poema. Las fresas salvajes de Bergman, en especial, la secuencia del sueño que angustia al protagonista de la mencionada película, el doctor Isak Borg, es una de esas llaves. Lo son también los bodegones o naturalezas muertas conocidas como Vanitas (“un subgénero artístico por lo general de alto valor simbólico y alegórico que incluyendo cráneos, esqueletos, cruces, relojes de arena y otros accesorios, resalta la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte como fin de los placeres mundanos”, podría ser su definición tal como arroja una búsqueda rápida por internet). A la luz de todo lo leído, podríamos ensayar que muchos momentos en los poemas de la obra general de López Degregori son su forma particular de continuar en este tipo de arte barroco. En Variaciones Victoria, por ejemplo, el autor de esta reseña reconoce una viñeta de este tipo en la minuciosa descripción que el poeta hace de lo visto una vez al interior de “(…) Una casita con su cruz al borde de la carretera (…) Salustiano Tapia – 1947. Adentro había un cráneo tal vez precolombino. Los familiares lo hallaron y le encomendaron volverse compañía y señal. En los huesos una araña había tejido una tela que después abandonó (…) Solo quedaba esa bolsa colmada probablemente con sus huevos que no fructificaron. Una fosa común a su manera, una momia fabricada con la seda líquida (…) Mira: la bolsa que dejó la araña parece un cráneo. Cuelga pequeño de la bóveda ósea (…)”.

En un país donde los índices de lectoría son bajos -siempre lo han sido- o, mejor dicho, en un país que se adscribe como una pieza más a un mundo que se encamina a extraviar (¿a perder?) viejos hábitos como el de la lectura bajo capas y capas de noticias que tratan sobre la corrupción moral de políticos y gobernados, además de horrendas dosis de entretenimiento inútil que solo puede reproducir lo mismo, nada presagia que obras paganas y profundas, que, creemos, han calado un intersticio en el tiempo, en la duración, como la de Carlos López Degregori, sean leídas con la atención que merecen. Sin embargo, permanecen, continúan reproduciéndose -hoy que el poeta se ha retirado de la cátedra universitaria este libro sugiere que ha elegido vivir su ceremonia jubilar desde la creación- para quien desee acercarse a ellos porque, aunque la casa más duradera siga siendo la horca, aquí, en este libro negro, la vida triunfa: una vez más: YO ES VICTORIA.

Postdata: Variaciones Victoria ha sido objeto de una muy hermosa edición a cargo de la cuidadosa y fina Máquina Purísima Editores de Cecilia Podestá. Libro de tapa dura, foliado, viene en un estuche negro que semeja una laja de mármol sepulcral que contiene, además, la serie desplegable de gráficos alusivos que prolongan el sentido y tono de la obra, todos diseñados por el autor. 

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Datos del libro reseñado:

Carlos López Degregori

Variaciones Victoria

Máquina Purísima Editores, 2020, 77 pp.

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Junto al Sena

Una lectura a Ribeyro, una vida de Jorge Coaguila

Por Carlos Germán Amézaga

Recuerdo muy bien cuando conocí personalmente a Julio Ramón Ribeyro. Me lo presentó su sobrino Claudio, una noche en Bruselas, a principios de los años 90. Fue en una brasserie, a donde llegué apurado pues casi no podía creer que iba a conocer a uno de mis escritores favoritos. Julio Ramón, vestido todo de negro, estaba terminando de comer con Claudio y su mujer y ahí me aparecí, nervioso, pero con unas ansias tremendas de verlo y saludarlo. Alcancé a tomar una copa de vino con él en el lugar, pero después nos fuimos a la casa de su sobrino donde estaba alojado.

En el departamento, destapamos otro Burdeos y Julio Ramón se puso un poco más locuaz. No recuerdo exactamente de qué hablamos, pero sí tengo muy claro, y esto lo he contado en algún otro escrito, que se puso a cantar un vals criollo, de esos antiguos de la vieja guardia, y yo pude acompañarlo con una guitarra. Eso para mí fue suficiente, es la mejor anécdota que haya podido tener. Claudio llegó a filmar la escena y aún estoy esperando la copia respectiva. Poco tiempo después, cuando regresé a Lima, le llevé una carta a su departamento en Barranco, frente al mar. Fue la última vez que conversamos, pues al año siguiente falleció.

Al escritor lo conocí mucho antes en las aulas de la PUCP, cuando pude leer una edición de la Palabra del Mudo editada por Milla Batres, donde estaban un buen número de sus cuentos.  De allí que en uno de mis cursos de literatura escogiera a “Los gallinazos sin plumas” como tema para una presentación. A partir de entonces nunca dejé de seguirlo y de leerlo, sea a través de los libros que sacaba de la biblioteca o, más adelante, los que yo mismo empecé a comprar para la mía propia. A Ribeyro le dediqué también el primer artículo que escribí en un diario, luego de una conferencia que hiciera en Lima allí por 1983/84.

Mesa de ajedrez y telescopio en el último departamento de Ribeyro en Barranco.

Después de haber leído tanto de Ribeyro, y sobre Ribeyro, el libro que voy a comentar se me aparece a ratos como un dejá vu, como si las múltiples historias que se cuentan allí de alguna manera ya las hubiera leído, en sus cuentos o en su autobiografía, o escuchado en los testimonios de sus familiares y amigos. Sin embargo, la cuidadosa selección de hechos y fechas, contados de manera sucesiva, nos mantienen atentos a lo que viene y nos hacen llegar hasta la última parte guardando una permanente vigilia.

Ribeyro, una vida (Revuelta Editores, 2021)de Jorge Coaguila es una recopilación de sucesos de la vida de Julio Ramón Ribeyro, desde su nacimiento hasta su muerte. Las historias que allí se cuentan son en muchos casos contadas por el propio protagonista, sea través de La tentación del fracaso, de sus Prosas apátridas o de las Cartas a Juan Antonio, además de las entrevistas que el autor le realizó a lo largo de su vida y otras más que Ribeyro otorgó, que no fueron muchas. Las demás historias son contadas por sus compañeros o amigos, quienes estuvieron con Ribeyro en muchos momentos de su vida, casi todos ellos entrevistados también por el autor, baste sino mirar el largo número de fuentes personales consultadas.

Así, entre otras cosas, nos enteramos que llegó por primera vez a París con 20 dólares en el bolsillo y que para subsistir tuvo que recurrir a numerosos trabajos como conserje de hotel, cocinero o recogedor de periódicos viejos; que en sus primeros años en París conoció a Haya de la Torre y le dejó una impresión un poco confusa; que retornó al Perú y fue profesor en la Universidad de Huamanga; que al retornar a Francia fue sucesivamente traductor para la agencia France Press y crítico teatral en una radio, hasta que, durante el Gobierno de Velasco Alvarado, fue nombrado Agregado Cultural a la Embajada peruana en París, de donde pasaría luego a la delegación permanente ante la UNESCO, en la que llegó a ser Jefe de Misión en la época del primer gobierno de Alan García Pérez; y que estuvo a punto de morir luego de una primera operación para eliminar un tumor en el esófago en el año 1973.

Vista desde la terraza al mar de Barranco.

Todas estas vivencias, tanto las que transcurren en sus primeros y últimos años en Lima, como las de su larga estancia parisina, son finamente enlazadas por el autor a través de numerosas fotografías que forman parte de este repertorio. Sus colegas escritores, sus amigos, su familia y muchos otros, se suman a esta historia de vida como seres palpables de su transcurso vital, el mismo que resulta tanto más auténtico por la forma en que Ribeyro mismo supo contarlo y vivirlo, junto a estas personas que muchas veces fueron también personajes de sus relatos.

“Ribeyro, una vida” es asimismo un largo recuento de todos los libros de Ribeyro, de sus artículos en orden cronológico, de las entrevistas realizadas a JRR, también en orden correlativo, de los libros sobre este autor, y de los principales artículos aparecidos sobre sus principales libros. Todo esto permitirá al lector interesado acercarse aún más a la figura y la personalidad de Ribeyro.

Sabemos, sin embargo, que esta obra se encuentra todavía incompleta. Hay capítulos enteros de su autobiografía, en especial los de sus últimos años, que no han sido publicados y que están esperando el momento oportuno para darse a conocer, ojalá podamos verlos pronto, pues sentimos que aún nos falta conocer más de Ribeyro.

París, octubre de 2022

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Datos del libro comentado:

Ribeyro, una vida

Jorge Coaguila

Revuelta Editores, 2021, 586 pp.

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Entrevista a Carlos López Degregori

Una visita al futuro. Una charla con Carlos López Degregori

Por Lisandro Solís Gómez

Con más de una docena de títulos publicados, Carlos López Degregori, junto a otros nombres claves, constituye uno de los pilares de la tradición poética peruana contemporánea. El poeta se ha mantenido en actividad efervescente desde la publicación de su primer libro, Un buen día (1978), trazando siempre una ruta de escritura discernible por su complejidad y su marcado tono personal. En su obra, se percibe la asimilación inteligente y original de la poesía gestada por las vanguardias a inicios del siglo XX, no tanto por su carácter rupturista, sino por su conciencia del objeto poético, su diestro manejo de la forma y su continua reflexión sobre la escritura.

Carlos López Degregori – Foto: El Comercio

La suya es una poesía que difícilmente puede confundirse: se halla tejida por una serie de símbolos, atmósferas y motivos que, sin ser redundantes, conforman una estética que se ha consolidado con el paso de los años. Pese a ello, su apuesta por el poema en prosa, y su inquietud por las relaciones entre lo visual y lo escrito constituyen características que, en los últimos años, se han afianzado en su obra.

El martes 20 de septiembre nos reunimos con López Degregori para charlar sobre su nuevo libro Variaciones Victoria, editado este año por Máquina Purísima de Cecilia Podestá, así como sobre sus nuevos proyectos y lo que parece ser el inicio de un periodo diferente de su escritura poética.

¿Cómo surgió la iniciativa de publicar Variaciones Victoria? ¿Desde un principio tenías en mente publicar un poemario con estas características, es decir, visualmente experimental, casi un libro objeto? ¿O el formato surgió a partir de la decisión de publicar con Máquina Purísima? Podrías comentar brevemente la génesis del libro.

Yo tengo en mi casa un cráneo (“Victoria”) que me alcanzó un amigo hace más o menos treinta años como un recuerdo de mi antigua vocación por la medicina. Cuando estaba trabajando A mano umbría (2019), surgieron algunos apuntes sobre este cráneo. Al comienzo, pensé incorporarlos en tal libro, pero me di cuenta de que en realidad esos fragmentos pertenecían a un proyecto que necesitaba un desarrollo mayor. Por ello, guardé esos textos y los retomé recién el 2020. Ese año, con el tiempo que dejaba la pandemia, incluso, con el temor que suponían el encierro y el desasosiego permanentes, ese pequeño apocalipsis que la enfermedad había provocado en la vida de todos, reaparecieron esos textos en dos momentos y, así, se fue perfilando Variaciones Victoria.

Como estaba encerrado, lo que hacía en ese entonces —todavía no tenía el nombre del libro exactamente—, era leer, escribir, escuchar música y en ese momento estaba cautivado por las composiciones de Johann Sebastian Bach y, especialmente, sus “Variaciones Goldberg”, que constituyen una de sus piezas más conocidas e importantes —sublimes incluso dicen algunos. Las “Variaciones Goldberg” son treinta y dos. Es un aria-canon, que es el motivo principal, y treinta variaciones, que en realidad van desarrollando modulaciones y modificaciones de ese canon, que se repite de nuevo al final en un ritmo distinto. Treinta y dos piezas exactamente. Variaciones Victoria es un libro que, de alguna manera, sigue la estructura de las “Variaciones Goldberg”. El canon, la piedra que sostiene todo este edificio, esta catedral —porque creo firmemente que es casi una catedral—, es el cráneo y sobre este surgen las modulaciones que, al final, configuran el libro en su totalidad. Por eso, este volumen se llama Variaciones Victoria.

Por otro lado, yo siempre he tenido una especie de cábala, de superstición, con los números. A mí siempre me ha gustado que mis libros estén conformados por un número impar de poemas. Con excepción del primero, Un buen día (1978), que está integrado solamente por doce, siempre he buscado una cantidad impar de poemas. Quería eso mismo para este poemario, pero solo contaba con treinta y dos variaciones. Por esa razón, tuve que añadir al final una adicional, que funciona como una suerte de coda. De esa forma, conseguí los treinta y tres fragmentos que forman el libro.

¿Y Victoria por qué exactamente?

Cuando llegó el cráneo a mi poder, indudablemente carecía de nombre. Yo en realidad no sé si es hombre o mujer. Sin embargo, después de algunos meses, Victoria fue un nombre que prácticamente se impuso, tal vez porque posee la fuerza simbólica del significado de la palabra. Como sabes, el vocablo “victoria” significa vencer. Es la muerte que vence. Es su triunfo o, si es que quieres verlo como el reverso, es la vida que se impone de todas maneras sobre la muerte, ya que al final nos vamos a integrar al universo, que es un poco lo que el libro está sugiriendo. Creo que esto último también es importante en el poemario. Variaciones Victoria es un libro que posee un hilo místico y casi religioso.

Existe en tu obra una preocupación por las artes plásticas en su conjunción con la poesía que se ha expresado, ya sea por el contacto entre palabra e imagen, por ejemplo, en Retratos de un caído resplandor (2002), o por la construcción del libro como un “objeto”, como en Aquí descansa nadie (1998). Incluso, en A mano umbría (2019), existen algunos momentos en los que se evidencia esta línea de indagación, por ejemplo, cuando colocas esa página transparente con el boceto de una mano al inicio del libro. De alguna forma, ¿consideras que Variaciones Victoria (2022) es una suerte de culminación de esta línea maestra de tu poesía?

Efectivamente, existe en mi poesía una preocupación por las imágenes y lo visual, por otros códigos que no sean estrictamente lingüísticos. El primer libro en que exploré estas posibilidades fue Retratos de un caído resplandor. Allí recuperé una serie de fotografías —algunas familiares incluso— y postales antiguas, y las manipulé a fin de transformarlas. Formaron parte del libro no como ilustraciones, sino fundamentalmente como el soporte o el eje que, de alguna manera, lo sostiene. Allí los retratos son los que sostienen los poemas, no meramente imágenes que los acompañan. En A mano umbría, existen también imágenes, incluso algunas personales. De hecho, como mencionas, está mi mano, por ejemplo, que es la que abre el libro en un papel transparente. No obstante, también aparecen algunos collages que yo mismo trabajé en ese momento y que fueron mis primeros experimentos en esa dirección.

Para Variaciones Victoria, debido al confinamiento por la pandemia, disponía de tiempo. Por ello, empecé a trabajar y a experimentar más con las imágenes. Carezco de la facultad o el don para dibujar. Puedo realizar garabatos —me gusta hacerlos— pero no soy capaz, por ejemplo, de dibujar imágenes figurativas. Por ello, empecé a trabajar con el collage, recortando imágenes y escribiendo sobre ellas, fusionando escritura e imagen. Por medio de ese procedimiento, he conseguido crear algunas ilustraciones y las mejores son las que conforman la “galería” que acompaña al libro. Si abres la caja en la que viene Variaciones Victoria, notarás que se trata de un díptico: por un lado, está el libro de color negro, con tapa dura y hojas muy blancas, y, por otro, la “galería” como una unidad autónoma que vincula letra e imagen. Juntos conforman un díptico que es, en realidad, una unidad de dos rostros.

Según te entiendo, tú ya tenías concebida más o menos la idea del formato del libro, la forma en que querías presentar los poemas, y surgió una coincidencia feliz con Máquina Purísima para publicarlo.   

Sí. Yo me pregunté qué editorial podría estar interesada en un libro de esta naturaleza. Entonces, me dije “Cecilia Podestá”, quien además es una amiga que aprecia mi poesía. Ella, inmediatamente, con gran generosidad, acogió el proyecto. Yo al comienzo pensaba simplemente incluir las imágenes al final o intercalarlas dentro del libro, pero fue Cecilia la que me propuso “¿por qué no hacemos un díptico?”. Indudablemente, la idea me entusiasmó. No obstante, en el nacimiento de estas variaciones, sí noté que las imágenes eran un elemento fundamental.

Desde tu punto de vista, con el tiempo, ¿cómo ha ido evolucionando esa perspectiva tuya que prioriza la conexión entre palabra e imagen? ¿Crees que aún es posible explotar esta línea de indagación estética? ¿Existe algún otro proyecto en esta dirección?

Mi preocupación por las imágenes es cada vez mayor y en este momento estoy trabajando en esa dirección. Por ejemplo, en Lienzo, la revista de la Universidad de Lima, apareció un texto que se llama “Una tiranía personal” (2021). Es un poema en prosa, una mezcla casi de poema y ensayo sobre la escritura —entendida como los trazos a mano—, la firma y la caligrafía. Para ese libro en progreso, estoy trabajando también una serie de ejercicios (cali)gráficos y también algunos collages. En el texto que apareció en la revista Lienzo, solo dispuse de espacio para dos de esas imágenes, pero van a ser muchas más. Sin embargo, otros textos míos que todavía están en proceso van por otros caminos.

La mayoría de los lectores de poesía peruana reconocen como un rasgo esencial de tu escritura la inquietud por construir una obra cohesionada, que brinde en cada libro una suerte de capítulo o incursión en una serie de preocupaciones u obsesiones comunes, las cuales redirigen al final a la que es, tal vez, tu obra mayor, Lejos de todas partes, reeditada hace poco. ¿De qué forma este nuevo libro se articula en ese proyecto? ¿O acaso inaugura una entrada diferente como A mano umbría, que, desde mi perspectiva, supone un proyecto complementario, pero ligeramente diferente al de tu poesía en general? ¿Consideras que Variaciones Victoria añade un ingrediente novedoso a tu proyecto?

Lejos de todas partes (1978-2018) apareció el 2018. Este volumen reúne todos mis libros escritos hasta ese momento y, con esa nueva edición, cierro definitivamente aquel ciclo. Incluso, el poema “Siempre es al sur”, que aparecía al final de la primera edición, aparece nuevamente y cierra la versión definitiva del libro. Siento que Lejos de todas partes es un libro que ya ha terminado. Creo que durante cuarenta años he escrito un solo libro. Indudablemente, son los lectores los que tienen la última palabra. No obstante, desde que publiqué Las conversiones (1983), me di cuenta de que cada nuevo libro se alimentaba de los poemas y motivos previos; los devoraba prácticamente. De alguna forma, se apoyaba en ellos para continuar el proceso de escritura. Existe ahí un proyecto de libro-vida. Es este un libro que ha crecido conmigo, uno que de alguna manera ha estado fijando y cartografiando mi existencia. Si observas tanto la primera como la segunda edición, el paso del tiempo y, de modo más específico, la edad de la escritura de los poemas aparecen continuamente como una marca importante que sigue la existencia, la vida del hablante, de ese personaje o de la pluralidad de ellos que habitan mis textos. No olvides que uno de los ejes de Lejos de todas partes es casualmente la identidad, así como el tiempo, el vacío, la lejanía, el estar lejos de todo, incluyendo esa lejanía de uno mismo.

Entonces, ¿qué relación existe entre A mano umbría, un libro atípico en tu producción, debido fundamentalmente a todos los riesgos que asume, así como por su envergadura, con ese proyecto de libro-vida que es Lejos de todas partes?

Siento que A mano umbría es el complemento de Lejos de todas partes. Es un libro que, en realidad, es una poética. Recoge algunas escenas testimoniales, personales, fundamentalmente de mi infancia, pero incluye también una serie de textos que reflexionan sobre mi quehacer poético. Es casi una autopoética. Creo que A mano umbría es un libro bisagra, un enlace con mis siguientes proyectos. Creo, asimismo, que Variaciones Victoria forma parte del nuevo libro que probablemente va a ocupar mi trabajo durante los próximos años, si es que tengo tiempo para terminarlo, y conservo mi lucidez y mi capacidad de escribir.

O sea, ¿sientes que estás iniciando una nueva etapa de escritura?

Sí, estoy iniciando una nueva etapa, un nuevo libro, que hasta cuenta con una brújula que juega con Lejos de todas partes: “Nunca tan cerca”. ¿Tan cerca de qué? No lo sé.         

Finalmente, ¿qué debe esperar el lector de Variaciones Victoria? ¿Podrías invitar brevemente a los lectores a leer tu nuevo poemario?

Es un poema en prosa. Siento cada vez más que el formato del poema en prosa es el que mejor se acomoda a mi trabajo, porque me permite incorporar una serie de elementos distintos. Se pueden insertar en el poema en prosa elementos narrativos, reflexivos o testimoniales. Variaciones Victoria es un solo poema dividido en treinta y dos partes, y una coda.

El libro fundamentalmente supone una exploración sobre la muerte, el tiempo y la memoria, así como sobre nuestro lugar en la realidad, el sentido de nuestro estar en el mundo y el lugar hacia el cual nos dirigimos. ¿Podemos aspirar a alguna trascendencia? No lo sé. Este es un libro que gira en torno a estas preocupaciones.

Siento también que es un libro que solo podía ser escrito en un momento de mi vida. No lo hubiera podido escribir a los cincuenta ni a los cuarenta años, sino que ha exigido un tiempo de vida preciso. Yo en este momento tengo 69 años y me acerco ya a los setenta. Considero que esta obra revisa mi existencia y al mismo tiempo es un umbral para lo que viene después. Por ahí va la aventura de este libro.       

(Lima, martes 20 de septiembre de 2022)

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Notas de lectura: Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima (2022) del Colectivo Río Hablador

Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima

Notas de lectura

Por Lisandro Solís Gómez

Javier Arnao Pastor, Paulo César Peña y Tania Reyes Arcos, miembros del Colectivo Cultural Río Hablador, acaban de publicar el singular volumen Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima. Esta obra reúne un conjunto de textos de naturaleza híbrida que se caracterizan por proponer un acercamiento a la ciudad desde la perspectiva de los ciudadanos que la habitan. La pluralidad de registros textuales que se vinculan en cada texto, así como la diversidad de escenarios y dinámicas sociales que ponen en escena se conjugan de una forma única y brindan una mirada atípica del paisaje urbano. Sin duda, esta obra es la culminación de una serie de escritos que, a través de sus redes sociales, este colectivo ha venido difundiendo desde hace unos años.

Foto: Facebook Río Hablador

No obstante, tal vez, el principal promotor de este proyecto sea Paulo Peña, quien desde la publicación de su primer libro, Cada ventana tiene su propio cielo (2013), ha mostrado interés por conjugar en sus textos lo reflexivo, lo íntimo y el espacio de la ciudad, así como su memoria. De hecho, Peña ha continuado en esta senda con 1945: Jorge Eduardo Eielson, vida y canción en Lima (2015) y Peregrinación a Santa Beatriz (2016), libro que es el origen de unos recorridos urbanos que cada cierto tiempo emprende el autor con un conjunto de interesados.

Andanzas y reescrituras, desde su edición, acepta variedad de formatos como maneras válidas de acercarse a la ciudad. La asociación de imagen y palabra dentro del libro es uno de los primeros detalles que llama la atención. Esta asociación se expresa a través de una secuencia intercalada y casi rítmica de fotografías, collages y textos. El libro, en general, propone acercarse a partir de la experiencia cotidiana de quien habita y circula la ciudad. Se trata de mirar, escuchar y sentir el espacio que nunca es únicamente físico, sino que, en varios pasajes, parece ser también espiritual, al punto de resonar en lo más íntimo de quien escribe.  

La colección reúne catorce textos que oscilan entre la narración, la crónica, el apunte reflexivo, el poema en prosa, el ensayo sociológico y la bitácora personal, a veces incluso en la misma página. Otro rasgo destacable es la recuperación del punto de vista personal para aproximarse a la urbe. La voz de los habitantes de los distintos rincones de Lima invade los textos, y, en ese sentido, el libro brinda una visión panorámica y relativamente extensa de la capital. De allí surge el carácter coral del conjunto: son múltiples miradas e interpretaciones de la ciudad que surgen de la experiencia íntima de los redactores que encuentran en la escritura un medio para explorar(se). Este último aspecto encaja con el carácter maleable que posee la escritura de la mayoría de los textos del conjunto. No obstante, esta apuesta por la heterogeneidad formal resulta realmente efectiva cuando se combina con la percepción y el análisis de la vida urbana. Esta ecuación lamentablemente no siempre se consigue, razón por la que no todos los textos alcanzan el mismo nivel de compromiso, desarrollo y profundidad.   

Javier Arnao Pastor

De los catorce textos, sin duda, destacan los dos de Javier Arnao, «Cuando viajar es un deporte de contacto» y «Al final del arcoíris». De ellos, resulta de mayor interés el primero que propone una caracterización sucinta del código moral del limeño promedio a partir de la experiencia de viajar en el sistema de transporte del Metropolitano. Este texto de Arnao es una exhibición de destreza técnica, como se puede apreciar desde el inicio: «Seis de la mañana. La ciudad pega un salto de la cama. Se quita de golpe el traje y el fotocheck. Va a la cocina y se mete a la ducha fría. Coge la toalla y se lava. Coge el peine y se seca la cabeza. Coge el cepillo de dientes y se despeina la melena» (p. 49). No obstante, este despliegue de recursos no resulta banal ni impertinente. Por el contrario, se propone una indagación específica, casi científica: «Las calles, los servicios públicos son excelentes laboratorios para analizar nuestra idiosincrasia» (p. 50).

Arnao consigue reflexionar de forma aguda sobre lo que un simple viaje puede revelar sobre la naturaleza de los pasajeros, casi como si de la fricción de la carne se pudiera deducir el tenor y la densidad de un alma. Así, la predilección, por lo inmediato, el egoísmo o la falta de empatía resultan los rasgos que caracterizan a los viajeros de una de las líneas de transporte más usadas por los limeños. De esta forma, concluye Arnao, el bus se convierte en «casi una metáfora del Perú (cuerpos próximos, almas distantes)» (p. 54).

Otro texto que resalta es el de Lucía Egas, «La melodía de Lima». En él se narra el recorrido de la autora, quien presenta autismo, hacia la Casa de la Literatura. La mirada de Egas consigue problematizar el carácter inhóspito de la ciudad hacia aquellas minorías que también la conforman. De hecho, el texto constituye una revelación, porque permite comprender que transitar por la ciudad puede constituir una verdadera hazaña para una persona con autismo. Lima es caracterizada por Egas como una «ciudad hostil» (p. 64) para quien escapa a cierto espectro psicológico. Este diagnóstico parece resonar con otros textos, como el de Tania Reyes, «Por la noche, las bicicletas»: «Lima es una ciudad cruel para nosotras y de ser atacadas, lo mejor que nos podría pasar es ser asaltadas» (pp. 135-136). Pertenecer a una minoría o ser mujer, entonces, supone vivir en una condición de mayor riesgo. El diseño de la ciudad parece rechazar lo diferente.

Tania Reyes Arcos

No obstante, el recorrido que propone Egas posee el mérito de presentar una imagen del espacio urbano desde la mirada de quien padece autismo. Ver la ciudad desde esa perspectiva es una manera diferente de aprender a mirar al prójimo y, tal vez, de interesarse por él. Además, Egas, pese a la adversidad, concluye que su recorrido es también una forma de capturar la ciudad y volverla amable (y acaso bella): «Los sonidos tienen formas, y si veo una forma la relaciono con su respectivo sonido. Empecé a reconstruir sonidos de mi paso por las calles de Lima. Y ese fue mi primer recuerdo con ella: la melodía de mi paso por sus calles» (p. 66).

Finalmente, el texto de Tanús Simons, «Más allá de nuestros muros», consigue articular lo social y lo étnico de manera efectiva en una indagación sobre la identidad, el espacio y el sentimiento de pertenencia que tienen como símbolo principal el cerro Casuarinas y el famoso Muro de la Vergüenza que lo divide. La narración de Simons transcurre entre Chacarilla del Estanque (Surco), San Juan de Miraflores y Moyobamba, y problematiza la forma en que los prejuicios y los estereotipos determinan nuestra forma de interactuar con los demás. Unas de las principales virtudes de esta lectura es su capacidad para esclarecer el trasfondo de lo que parece obvio en la vida cotidiana.

Por ejemplo, la clásica pregunta por el lugar de residencia se revela como un dispositivo para clasificar a las personas e insertarlas dentro de un mapa social que determina de forma anticipada qué se puede esperar de ellas. Al respecto, Simons señala lo siguiente: «¿Dónde vives? Esa frase, en Lima, es más compleja de lo que aparenta. En una sociedad clasista, la pregunta esconde la intención de etiquetarte, juzgarte y creer que ya te conocen los suficiente. La dirección de la residencia puede ser más importante que el nombre o, incluso, más representativo que el número de DNI» (p. 155). De esa manera, esa pregunta es la arista de un mecanismo que opera casi de forma inconsciente, y permite a las personas desenvolverse y sobrevivir en la ciudad. 

Paulo César Peña

En síntesis, considero que Andanzas y reescrituras es un libro valioso, que escapa a las aproximaciones, a veces desgastadas, que ofrecen la ficción o el peor periodismo. En un medio editorial aún en desarrollo, una propuesta como esta resulta sumamente refrescante. No obstante, no se debe olvidar que esta colección es —repito— el resultado de un proyecto que, gestado desde hace cuatro años, se ha consolidado gracias al trabajo constante y paciente de los integrantes del Colectivo Cultural Río Hablador. Considero que el principal mérito de esta colección radica en brindarle al lector nuevos ángulos de una ciudad que nunca deja de sorprender, que, arisca y huraña y a veces violenta, todavía puede ser un terreno fecundo para la esperanza y, tal vez, para la reconciliación.  

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Datos del libro comentado:

Javier Arnao Pastor, Paulo César Peña y Tania Reyes Arcos (eds.)

Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima

Editorial Río Hablador, 2022

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Reseña: Cierre de edición (2022) de Juan Carlos Méndez

Periodismo y bohemia

Por Omar Guerrero

Cierre de edición (Literatura Random House, 2022) de Juan Carlos Méndez (Lima, 1976) es una novela que recrea el mundo del periodismo escrito, precisamente en una revista-semanario que sale cada jueves y que es considerada como una de las más importantes del Perú. Ocurre durante los diez días previos al retiro de su personaje principal, el señor poeta, antes de viajar a Alemania por decisión propia. Cada uno de estos días es un capítulo del libro, compuesto, a su vez, de otros subcapítulos. Empieza un martes y termina el jueves de la semana siguiente, siempre teniendo como referencia a la noticia, además de las peripecias para cumplir este sacrificado oficio, dos elementos preponderantes para lograr cada cierre de edición. Así se describe textualmente (p. 32):

—Estamos en cierre, carajo. En el cierre nadie come, nadie cacha, nadie chupa, nadie respira. Solo se cierra. De cuando acá tantos engreimientos.

Junto al señor poeta se encuentran otros periodistas y fotógrafos, hombres y mujeres, trabajadores de la misma revista que presentan una serie de características y manías que los hace bastante peculiares, sin necesidad de caer en lo caricaturesco. Es una fauna periodística, sin duda. Desde el portero de la revista hasta la responsable del archivo en el último piso, incluyendo al dueño y gerente de la revista. Todos presentan una serie de particularidades que se asientan, sobre todo, con el uso de sus apelativos. Es por eso que no resulta necesario conocer el verdadero nombre del señor poeta. Se suman los lugares que frecuentan, especialmente los bares, correspondientes a una tradicional bohemia periodística. El preferido de todos ellos, por cercanía a la revista, ubicado en el mismo centro de Lima, es uno al que todos llaman Kosovo, donde se celebra y también se ahoga la frustración y la tristeza.

Otro punto favorable de la novela es el manejo del lenguaje cotidiano. Este se intercala con diálogos trepidantes que, de pronto, cambian de tiempo y espacio con gran efectividad. No solo se retrata la forma de hablar tan común de los periodistas, que muchas veces colindan con la exaltación, la histeria y lo burdo, sino también se incluyen datos o “pepas” que sirven para llegar a nuevas noticias. Se trata de información de primera mano que se incluye en la historia de la novela para despertar mayor interés en el lector, sobre todo si corresponden a hechos históricos y/o policiales. Aquí un ejemplo (pp. 44-45):

—Una pregunta —interrumpió Félix—. ¿Cómo llegaron los nazis al Perú?

—Ya te quieres tumbar la nota —dijo Fernando y todos se rieron.

—Manrique me ha dicho —respondió el señor poeta —que luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó la Guerra Fría, los estadounidenses necesitaban información sobre los rusos y quienes la tenían mejor procesada era los alemanes. Así que los usaron como informantes y, cuando comenzaron los juicios contra los nazis en Europa, crearon la ruta de las ratas a través del Vaticano. Los trajeron a Argentina, Chile, Bolivia y Perú para tenerlos a salvo pero controlados.

[…]

—Señores, esto no es una clase de historia. Estamos en cierre —dijo Fernando—. Última pregunta y nos vamos.

—La red nazi en Sudamérica tuvo varios negocios. Todos ilegales —explicó el señor poeta—. Uno de ellos era extorsionar empresarios. Y el que tenía más plata en ese momento era Banchero Rossi, quien incluso patrocinaba un equipo de fútbol, el Defensor Lima.

Por su temática, personajes y ambientes, Cierre de edición pasa a formar parte de la lista de otros títulos que ya han tomado el periodismo como su principal fuente y desarrollo, como es el caso de Conversación en La Catedral, Sostiene Pereira, Los últimos días de la prensa, Tinta roja y Cinco esquinas. Para el caso de Cierre de edición, el punto más relevante de su argumento periodístico es cuando al señor poeta se le asigna el caso de un joven hincha asesinado en el estadio del equipo contrario durante un partido de fútbol denominado “clásico”. La noticia remece a la opinión pública, sobre todo por el comportamiento y el salvajismo con los que se cometió el crimen aventando a este joven hincha desde lo alto de un palco de dicho estadio. En este caso, el periodismo aborda el homicidio y hasta el policial para investigar sobre los posibles culpables de este asesinato, pues no solo se trata de cubrir la nota roja sino de dar con el perfil y el paradero de los sospechosos, que curiosamente pertenecen a dos estratos sociales distintos y que solo se emparentan por la vehemencia con la que, supuestamente, representan y defienden los colores de su equipo. Para ello, el señor poeta recurre a una serie de contactos y, más aún, a su destreza como periodista y como “hombre de calle”, al punto que llega a parecerse a esos personajes policiales que saben cómo resolver los casos a los que se les encomienda. Esto se confirma cuando llega a entrevistar a ciertos testigos o en el momento cuando logra ingresar al velorio de la víctima que era resguardado por miembros de seguridad que no permitían el ingreso de ningún periodista. Pero el señor poeta sí logra ingresar. Hasta llega a obtener información privilegiada con el que no solo se le otorgará la nota central de la edición en su última semana de trabajo, sino también se le considerará como portada de la revista. Doble triunfo para el señor poeta si no fuera porque su misión periodística de pronto se ve a amenazada por los intereses de sus superiores al relacionarse este caso con gente muy importante.      

Y mientras el señor poeta intenta cumplir con su último trabajo, más personajes se cruzan en su vida personal y profesional. Uno de estos es una colega a la que se le conoce con el apelativo de “La teutona”, cuya relación sentimental se presenta como una opción para terminar de migrar al primer mundo. La peculiaridad de este personaje, según palabras del protagonista, es que se comporta de manera diferente (p. 76):

 —¿Y la Teutona? —preguntó Fernando.

—En diciembre debe terminar de escribir su tesis. En enero viaja a la selva y después cruza a Brasil, sigue por Bolivia y Argentina y a fin de mes regresa por Chile.

—¿Sola?

—Parte de Lima sola pero en el camino se encontrará con otros teutones. Algunos tramos los harán caminando y otros en bicicleta.

—Chucha, es guerrera

—Es muy diferente a las limeñas. Nunca se engríe, siempre sabe lo que quiere, se organiza sola y no acepta que le cedan el asiento ni que le carguen las bolsas del supermercado.   

 Un personaje real que aparece es el mítico librero Veguita con quien el señor poeta tiene una breve, pero ilustradora conversación. Sucede en las inmediaciones de la revista entre las notas de redacción (p. 81):

 —Tú no eres un vago, Veguita. Eres un sobaco ilustrado.

—Hablando de eso, acabo de encontrar en Tacora un libro que te puede interesar.

—Pero todavía no depositan, Veguita.

—Me pagas la próxima semana. Mira, saborea este libro: El arte de no hacer nada. Es una de las cimas del humor en español. Lo debo haber leído cinco o seis veces. Siempre me ha divertido mucho y además es muy sabio.

—¿Cuánto, maese?

—Una minucia. Te lo puedes llevar junto a este otro que también te va a interesar: Middlemarch. La mejor novela en lengua inglesa de todos los tiempos la escribió una hembra, Mary Ann Evans. No olvides ese nombre, porque tuvo que publicar bajo el cojudo alias de George Eliot para ser tomada en serio, no me jodas.

—¿La mejor novela en lengua inglesa, maese?

—Coinciden conmigo Henry James, Virginia Woolf, Martin Amis y Julian Barnes. Pero lo sorprendente es que todavía nadie ha usado la vida de George Eliot para escribir sobre los grandes beneficios de ser fea e inmortal.

Más personajes emblemáticos se hacen presentes en sus páginas como es el caso del reconocido y desaparecido poeta peruano Enrique Verástegui, quien también llega a tener comunicación con el señor poeta bajo un interés poético, cultural y literario (p. 109):

—Con la sección cultural, por favor.

—No hay nadie de culturales en este momento. Todos están meditando.

—Ah, disculpe.

—¿Con quién hablo?

—Con Enrique Verástegui. Escritor total.

—Ah, señor Verástegui, cómo está. Lo he entrevistado un par de veces para la revista.

—Ah, caramba, claro, contigo quería hablar. He intentado ubicarte desde hace varios días.

—Ya sabe que la redacción es una locura.

—Sí, mira, te llamaba porque quizás te interese saber que estamos preparando una edición extraordinaria de Los extramuros del mundo.

—Vaya, entonces necesitamos hacerle una entrevista.

—Sí, por eso te llamaba. No sé por qué razón mi editor ha acordado una exclusiva con esa revista para adolescente de los sábados.   

A lo largo de la novela se puede percibir la ironía y el humor del autor, sore todo al otorgarle la palabra a sus personajes. No importa si es para hablar de temas intrascendentales, culturales o periodísticos. Esto hace que se considere al señor poeta no solo como “un hombre de calle” sino también como un lector y un conocedor que puede sorprender no solo por lo que dice sino también por cómo lo dice. Aquí otro ejemplo donde se toma como referencia a Alemania (p. 177):

—Así, de casualidad, fue como descubrí a la Berliner Schule. ¿La manyas?

—No.

—Los franceses la llaman la Nouvelle Vague alemana. Son unos causas formados en la escuela de cine de Berlín que la están rompiendo. En el festival se estrenaba la última de Christian Petzold, uno que nació en Alemania del este y que, claro, tiene otra mirada.

—Me has hecho acordar de esos personajes alemanes rubios pero oscuros, que pueblan las novelas de Bolaño.

—No lo he leído.

—Busca La literatura nazi en América. Es una antología fake de poetas fachos. Entre ellos hay un peruano, ¿cómo se llama?, ¿cómo se llama? Ah, sí, mira qué casualidad, se apellida igual que tú, Cepeda.

Foto: Javier Zapata

Otras referencias reales son el verdadero nombre de la revista donde está a punto de irse el señor poeta, cuya ubicación detallada en la novela corresponde específicamente a la revista Caretas, desde cuyas oficinas o ventanales se puede ver la Plaza Mayor, La Municipalidad, El Palacio de Gobierno y La Catedral de Lima. También hay una referencia a la bohemia desmedida en esta parte de la ciudad con la mención al poeta Martín Adán que aún ebrio era respetado por el lumpen limeño. Por otro lado, existe un guiño adicional a Conversación en La Catedral y al oficio de la prensa con la mención del periodista Carlos Ney Barrionuevo, quien compartió experiencias con un joven Mario Vargas Llosa en La Crónica y cuyo nombre aparece en El pez en el agua. El señor poeta llega a tener en sus manos el legendario poemario de Barrionuevo gracias al librero Veguita, quien se presenta una vez más para dar a conocer su erudición, y cuya conversación con el protagonista parece una premonición para la decisión final que él tomará en su vida profesional (p. 223):

—¿Qué le pasa? —dijo Veguita.

—Nada. La situación es complicada —dijo el señor poeta, revisando el único libro de poemas que publicó Carlos Ney Barrionuevo—. Pensé que este libro no existía.

—Lo fui a buscar a Ney con los datos que me diste. No tenía un puto cobre para pagarme la deuda. Está peor que yo. Me ofreció el último ejemplar del poemario que publicó. Tiene un prólogo de Varguitas.

—Ya veo, ya veo.

—¿Sabes lo que me dijo cuando me iba?

—No.

—Debí dejar el periodismo antes de que me dejara a mí.

De esta manera se concluye que Cierre de edición es una novela que entretiene, instruye y que, a la vez, pone en tela de juicio el tema de la ética, en especial la ética periodística, tan venida a menos últimamente. Por eso mismo, se recomienda su lectura. Ojalá no pase más tiempo para tener otra entrega de su autor.

*****

Datos del libro reseñado:

Juan Carlos Méndez

Cierre de edición

Literatura Random House, 2022

Puntuación: 4/5