Dos exposiciones: Botticelli, artista y diseñador; y Marcel Proust, un roman parisien
Carlos Germán Amézaga
En medio de un París castigado por la COVID 19, en sus versiones delta y ómicron, quedan, no obstante, varias razones para permanecer y dedicar algunas horas a visitar algunas de las exhibiciones que se presentan regularmente en la ciudad, muchas de ellas pospuestas desde el momento del confinamiento que obligó al cierre de los museos y demás salas de exposiciones. Algunas de ellas las hemos visitado y aquí están nuestras impresiones.
Boticcelli, artista y diseñador (1445 – 1510)
Museo Jacqemart André
Cuando uno piensa en Botticelli aparece sin duda el Nacimiento de Venus, quizás la obra que más lo representa, pero el Maestro fue mucho más que eso, no solo un inmenso artista sino también un diseñador de talento, habiendo creado un taller que fue a la vez un laboratorio de ideas y un espacio de formación y transmisión del saber.
Iniciado como orfebre en la Florencia de los Medici, se decide luego por la pintura y tiene como mentor a Filippo Lippi, quien lo inicia en el trabajo de los grandes frescos de la Catedral de Prato. Bajo su influencia, se irán forjando las famosas Madonas con el Niño, pero poco a poco Botticelli irá creando un estilo propio, en el que además de la plenitud de las formas, agregará una nota melancólica que las diferenciará de su maestro.

Hacia 1467 Botticelli abre su taller en Florencia en el cual desarrollará las influencias de Filippo Lippi, pero también de otros maestros de la época como Andrea del Verrochio. Una gran parte de las pinturas del taller son las “pinturas de historia” que adornan las casas patricias de los florentinos. En el taller se reparten las tareas, lo cual no implica que el maestro mismo intervenga en la realización de ciertos paneles, como es el caso del “Juicio de Paris”. Toda obra del taller, si bien formaba parte de un trabajo de colaboración, era también una obra de Botticelli, pues estaba concebida de acuerdo con su diseño y llevaba su marca de fábrica.
A partir de 1470 Botticelli despliega su talento hacia las artes aplicadas, pues sus dibujos son transportados hacia técnicas diversas como la tapicería, los encajes o la marquetería con modelos concebidos por él mismo y realizados por artesanos especializados. Su estilo y talento atraería pronto el favor de los Medici, quienes le permitirían trabajar en los muros de la capilla Sixtina y realizar retratos famosos como el de Julien de Medicis. Su interés por la Divina Comedia de Dante Alighieri lo hizo formar parte del gran proyecto de ilustración del poema, para el cual creó una serie de dibujos y diseños.
Hacia finales del siglo XV, influenciado por el movimiento de Savonarola, su obra sufre un cierto cuestionamiento estético, sus bellezas melancólicas se llenan de pudor y adquieren una interpretación sublime y más calma; finalmente, en sus últimos años, su taller adquiere una gran vitalidad, pero Botticelli ya envejecido y débil no puede contribuir tanto como le hubiera gustado a la realización de sus obras.
Hoy día, tener la oportunidad de apreciar en directo cualquiera de las obras del Maestro Botticelli, como lo presenta la muestra, nos genera un verdadero estremecimiento estético, pues la elegancia de sus dibujos, la expresividad -a veces severa- de sus rostros, la delicada sensualidad de sus madonas y el alto refinamiento de los más ínfimos detalles de sus creaciones son algunas de esas características que, dada su enorme sensibilidad, lo colocan entre los más grandes genios pictóricos de su tiempo.
Marcel Proust, un roman parisien
Museo Carnavalet
Evocar la figura de Marcel Proust nos trae a la mente a un hombre ciertamente sombrío, enfermizo, curioso por naturaleza, quizás intrigante, gran observador de la sociedad de su tiempo, pero, sobre todo, un incansable escritor, aquel que supo describir con brío y profundidad a todo un conjunto de personajes que constituyeron la crema y nata de la alta sociedad de finales del siglo XIX e inicios del XX en Francia.
Eso es un poco lo que intenta mostrar la exposición sobre este personaje, desde su nacimiento, de padre católico y madre judía, pasando por sus colegios, sus enfermedades, sus primeros amigos, su entrada al mundo elegante, sus diferentes viviendas, sus amantes, los inicios de su gran obra, su premio Goncourt de literaturay finalmente su muerte a los 41 años, convertido ya en un referente de las letras francesas de ese momento.

Proust vivió acosado por sus enfermedades, pese a tener a un padre y a un hermano médicos, en distintas residencias, todas ellas representantes de la clase pudiente de su tiempo. Estudio además en el colegio Condorcet, un liceo muy chic reservado a la burguesía de los distritos 8 y 16 de París. Incluso, en medio de su postración, esto le permitió crear y mantener una serie de relaciones sociales vinculadas a las “mejores” familias, a quienes supo representar en su obra de manera muy vívida y realista, tanto así que su inmensa novela, En busca del tiempo perdido, resulta a veces un roman a clef.
Los espacios en los que se desenvolvió la vida y la obra del autor son una clara muestra de esa esencia burguesa de su escritura: el hipódromo, la Plaza de la Concordia, el Bosque de Boulogne; los salones de las Princesas de Polignac y Mathilde o de las Condesas Potocka o Greffuhle; sus restaurantes favoritos como el Maxim´s, el Café Anglais, la Maison Dorée, La Grande Cascade y, especialmente, el restaurant del Hotel Ritz, fueron el centro de las aventuras y desventuras de este autor, quien en algún momento dijo que “Me gustaba cenar en la ciudad, pero yo no veía a los comensales, porque cuando yo creía mirarlos los radiografiaba”.
Además de los lugares mencionados, Proust solía acudir también con varios de sus amigos a ciertos sitios dedicados a la prostitución masculina, como el Hotel Marigny, el Hotel des Bords o el Hotel du Mont-Blanc; así también a los establecimientos de baños, donde se ofrecían duchas y masajes, en medio de decorados exóticos y orientalistas. Estos espacios, junto a ciertas calles como las que rodeaban las Tullerías o el Palacio Real, frecuentados por homosexuales, permitían a Proust ahondar en sus propios fantasmas y vivir sus propias perversiones -reales o imaginarias-, todo lo cual es fielmente recogido a lo largo de su obra.
La exposición comenta también que, después de ganar su premio Goncourt, la última noche de fiesta, Proust la pasó en el Hotel Majestic, el 18 de mayo de 1822, invitado por sus amigos Violet y Sydney Schiff, ocasión en la que estuvieron algunas de las grandes figuras de las artes y las letras, como Igor Stravinsky, Pablo Picasso o James Joyce. Poco tiempo después, en su casa de la rue Hamelin, cae enfermo de una bronquitis que deviene luego en neumonía. Lo cuida su fiel Celeste y lo visita su hermano Robert, el médico, pero rechaza toda asistencia medical. Finalmente, el 18 de noviembre a las 16:30, Proust muere y sobrevive a su propia gloria.
Leer a Proust resulta a veces complicado, pues las grandes descripciones de lugares y personas, el alto número de personajes y la compleja erudición de su lenguaje, generan un sentimiento de saciedad que solo permite ir saboreando cada pasaje de la lectura en pequeñas dosis, hasta alcanzar quizás una velocidad de crucero que permita alcanzar las miles de páginas de su obra completa.
Esa es la misión de esta exposición, ofrecernos detalles de personas, lugares y momentos de su vida, que nos permitan afianzar la lectura de sus novelas, al darnos un contexto histórico y circunstancial de quien fuera, probablemente, el más grande escritor francés del siglo XX.
Febrero 2022