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Junto al Sena

París siguió siendo una fiesta

Por Carlos Germán Amézaga

París ha sido siempre una fuente de inspiración para poetas y narradores, además de otros artistas. Por lo menos desde el siglo XIX, los nombres de Rostand, Balzac, Dumas -padre e hijo-, Hugo, Verne, Stendhal, Zolá, Flaubert y tantos otros fueron capaces de llenarnos la cabeza con las narraciones de sus personajes y sus épicas aventuras, muchas de ellas, por supuesto, en la llamada ciudad luz. Igual, los poetas malditos, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire y Lautréamont elevaron a la poesía hacia posiciones verdaderamente vanguardistas, teniendo en muchos casos como telón de fondo a París.

Arthur Rimbaud

Debido al espíritu creativo de los movimientos literarios y artísticos franceses de principios del siglo XX, teniendo como figura descollante a Marcel Proust, Francia, y especialmente su capital, se ganaron el derecho de ser el destino necesario para escritores y artistas. Es así como no solo los escritores franceses, sino otros, llegados de distintas partes del mundo, empezaron a formar parte del contingente de extranjeros que buscaban en Francia la inspiración que quizás en sus propios países no podían conseguir. Entre ellos tenemos a Oscar Wilde, Gertrude Stein, Ernest Hemingway, William S. Burroughs, Henry Miller, Anais Nin, James Joyce, Samuel Beckett, Vladimir Nabokov, Eugene Ionesco, entre muchos otros.

Por parte de los latinoamericanos, ya bien entrado el siglo XX, hubo también una llegada intensa a París. Todos ellos sintieron sin duda el influjo de dicha metrópolis literaria. Desde 1923 en que arriba el poeta César Vallejo, los latinos buscan afincarse en París, en especial en la Rive Gauche, en general, y en el barrio latino, sede de La Sorbona, en particular. Muchos han pasado por allí: Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Alfredo Bryce Echenique, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Alejo Carpentier, Julio Ramón Ribeyro, Carlos Fuentes, Pablo Neruda, solo por mencionar quizás a los más destacados.

Julio Ramón Ribeyro

En lo personal, mi niñez estuvo marcada por las lecturas intensas y sucesivas de Julio Verne. Tuve la suerte de estudiar en un colegio donde, en la primaria, nos daban una o dos horas semanales de biblioteca para que pudiéramos disfrutar de los libros con los que contaba su nutrida estantería. Leí muchas fábulas, eran mis libros preferidos, pero poco después descubrí a Verne y ya no pude dejarlo. En esos años, acabé con los libros de Verne que había en la biblioteca y, gracias a mis padres y familiares, logré hacerme de mi propia biblioteca del escritor francés. Recuerdo haber anotado en una libreta cerca de 55 novelas, desde las más conocidas, hasta las no tanto, de mi favorito.

Por supuesto, la lectura de Verne me llevó necesariamente a leer a los clásicos franceses y me sentí ilusionado con las aventuras galantes y la poesía de Cyrano de Bergerac, con las intrépidas aventuras de D’Artagnan y los mosqueteros, con el sufrimiento y las desgracias de la clases menos pudientes de París en Los Miserables, me identifiqué con los colores rojo y negro de Stendhal, terminé subyugado por la pasión de Madame Bovary y, más adelante, descubrí con Zolá cómo el antisemitismo podía ir generando las desgracias que el mundo sufrió pocos años después.

Ya en la secundaria, la lectura en una separata de mi curso de literatura de unos párrafos de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa cambió mi vida. A partir de allí comencé a interesarme y a leer a los autores peruanos contemporáneos: Alegría, Bryce, Ribeyro, García Calderón, Diez Canseco, López Albújar, Congrains, Salazar Bondy, etc. El descubrimiento de esta literatura nacional me llevó a buscar nuevos escritores entre los latinoamericanos y así llegaron a mis ojos Borges, García Márquez, Cortázar, Fuentes, Carpentier, Onetti, Roa Bastos, Rulfo, Donoso, Icaza, Edwards, Uslar Pietri y muchos más.

Julio Cortázar

La revelación de toda esta nueva gama de escritores que hasta entonces casi me eran desconocidos, incrementó mi deseo de poder algún día escribir como hacían ellos, o, por lo menos, de intentar hacerlo. Pero hubo algo más. Al tratar de desentrañar un poco la vida de todos ellos, descubrí que muy buena parte, tanto de los peruanos como de los latinoamericanos, habían vivido o vivían en ese momento en París. Ese fue un detonante mayor, si quería ser escritor, tenía que ir a París, a como diera lugar. ¿Cómo iba a lograrlo? Bueno, esa ya es otra historia. Pero veamos el caso de algunos escritores peruanos que sí lograron ese sueño de venir y escribir en París o en Francia.

Siglo XIX

Ya en el siglo XIX algunos de nuestros escritores sintieron el llamado de Francia para ir allí y expresarse. Salvando quizás a Flora Tristán, escritora combativa, hija de peruano, podemos considerar a Nicolás della Roca de Vergallo, como nuestro primer representante en tierras galas, a donde llegó como diplomático y allí se quedó, intentando de paso cambiar la poesía de habla francesa. Juan de Arona, seudónimo de Pedro Paz Soldán y Unanue, viajó al viejo continente en 1859 y visitó muchos países, entre ellos Francia, donde publicó su libro de poemas Ruinas. No fue el único caso. Luis Benjamín Cisneros vivió en Francia a mediados del siglo XIX y estudió en la Sorbona y en el College de France. En su paso por París publicó: Julia o escenas de la vida en Lima, Edgardo o un joven de mi generación y Amor de niño: juguete romántico.

Luis Benjamín Cisneros

Otro grande de nuestras letras, don Manuel González Prada, se instaló en Francia entre 1891 y 1898. Casado con una francesa, vivió buena parte de su permanencia en Burdeos. Recibió la influencia de los simbolistas franceses Baudelaire, Rimbaud y Verlaine y en 1894 publicó su libro Pájinas libres. Curiosamente, otro escritor que en el Perú sería su enemigo irreconciliable, Ricardo Palma, nuestro ilustre tradicionalista, también había pasado por Francia entre 1863 y 1865. Hoy día un busto suyo se encuentra en la Plaza de la América Latina en el distrito 17 de París. El poeta Carlos Augusto Salaverry, quizás el vate más destacado del romanticismo peruano, murió en Francia en 1891 luego de haber sido primero diplomático y luego exiliado. Su poesía se reúne en cuatro libros, entre los que destaca Cartas a un ángel, y también compuso una veintena de piezas teatrales.

Primera mitad del siglo XX

Recién iniciado el siglo XX, los hermanos José (nacido en Lima), Francisco (nacido en Valparaíso, Chile) y Ventura García Calderón (nacido en París), hijos de un expresidente del Perú, hicieron muy buena parte de su vida en Francia. José, autor de Diario Intimo y Reliquias, falleció como voluntario francés durante la primera guerra mundial, por lo que sus libros fueron publicados de manera póstuma. Francisco, filósofo y diplomático, fue más bien un escritor de ensayos como Le Pérou contemporain o Les democraties latines de l’Amerique, ambos escritos en lengua francesa, o El dilema de la Gran Guerra, publicado en 1919. Ventura residió la mayor parte de su vida en París y buena parte de su obra está en francés. Fue Cónsul peruano en esa ciudad y cumplió funciones diplomáticas en Brasil y varios países europeos. La venganza del cóndor es su libro de relatos más conocido, pero también publicó poesía, Cantilensa, y ensayos como La literatura peruana y Del romanticismo al modernismo.

De esa época podemos considerar también al poeta chiclayano José Eufemio Lora y Lora, quien vivió en París y falleció de manera trágica en los rieles del metro en diciembre de 1907. Su poemario Anunciación fue editado póstumamente en esa ciudad en 1908.

A partir de los años 20 la presencia de poetas y escritores peruanos en Francia se hace un poco más visible. Sin duda alguna el caso más notable es el de César Vallejo, quien llegó en julio de 1923 a París y permaneció hasta su muerte en 1938, con ocasionales salidas a España y a la URSS. Allí escribió la mayor parte de su poesía y de su obra en prosa, fuera de Los Heraldos Negros y Trilce, sus primeros poemarios, escritos en el Perú. De esa misma época podemos encontrar a Alfredo González Prada, hijo de don Manuel, quien compiló y editó la vida de su padre y fue colaborador de Vallejo, habiendo pertenecido al grupo Colónida.

César Vallejo

César Moro, seudónimo de Alfredo Quizpez – Asín, vivió también en París entre 1925 y 1933, y escribió buena parte de su poesía surrealista en francés, gracias a la influencia de André Bréton y Paul Eluard. Otro poeta importante, Xavier Abril de Vivero, estuvo en Francia hacia finales de los años 20, compartió parte de su estancia con César Vallejo, a quien dedicó una antología de su poesía en 1943. A través suyo se conoció la corriente surrealista en el Perú.

Segunda mitad del siglo XX

La llegada de nuevos poetas y narradores en la segunda parte del siglo pasado se acentuó y se consolidó de manera definitiva, especialmente luego de terminada la Segunda Guerra Mundial.

Fuera de Vallejo, en este periodo se concentran quizás los más importantes narradores de nuestro tiempo, es decir, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique. Vargas Llosa vivió en París entre 1960 y 1967, y escribió allí su primera novela La ciudad y los perros, dando inicio así a esa larga carrera de narrador que lo ha llevado hasta el premio Nobel de Literatura. Ribeyro vivió casi 40 años de su vida en París, donde trabajó y escribió la mayor parte de sus cuentos, ensayos, teatro y autobiografía. Por su parte Alfredo Bryce, en Francia desde 1964, ha marcado buena parte de su obra en base a su vida -aventuras y desventuras- en París y otras ciudades francesas.

Mario Vargas Llosa

Mucho se ha hablado de la vida y obra de los tres autores mencionados líneas arriba, pero existen muchos más que vale la pena mencionar. Tres nombres aparecen en primer lugar. Luis Loayza, quien vivió en París los últimos 20 años de su vida, fue miembro de la generación del 50 junto con los tres anteriores. Sus ensayos y cuentos cortos lo han convertido en un escritor de culto. Manuel Scorza vivió en París desde 1968 y sus novelas de corte neoindigenista han sido traducidas a numerosas lenguas. Como editor, a través de Populibros, hizo llegar a precios muy bajos la literatura peruana y mundial. Falleció en 1983 en un accidente de aviación cerca de Madrid. Blanca Varela vivió en Europa, y también en París, entre 1949 y 1955, mientras estuvo casada con Fernando de Szyszlo. Su poesía, de influencias surrealistas y existencialistas, la ha convertido en un ícono de la poesía peruana actual. También podemos incluir en este grupo al poeta Leopoldo Chariarse, quien vivió en París desde 1951.

A partir de la década de 1970, una nueva generación de poetas y narradores se afincaron en Francia. Algunos llegaron con becas para estudiar, otros simplemente iniciaron su aventura francesa en París y poco a poco se fueron quedando, a veces hasta nuestros días. Entre ellos podemos contar a los poetas Elqui Burgos, Jorge Nájar, Carlos Henderson, Rodolfo Hinostroza, Patrick Rosas, José Rosas Ribeyro, Mario Wong, Abelardo Sánchez León, Antonio Claros, Carmen Ollé, Enrique Verástegui, Armando Rojas, Raúl Bueno, Enrique Peña Barrenechea, Alejandro Calderón, Porfirio Mamani Macedo, José Manuel Gutiérrez Sousa (“Krufú Orifuz”), Alberto Wagner de Reyna y narradores como Harry Beleván, Carlos Calderón Fajardo, Porfirio Mamani Macedo, Alfredo Pita, Leyla Bartet o Edgar Montiel.

José Rosas Ribeyro

No solo hablamos de París, pues otras ciudades de Francia también recibieron a nuestros escritores. Es el caso de Grenoble, por donde pasaron Marco Martos, Gregorio Martínez e Hildebrando Pérez Grande. En Niza estuvo el poeta Antonio Cisneros Campoy, en Pau Héctor Loayza y en Tahití Hugo Neyra.

Más adelante, ya casi antes de terminar el siglo XX, llegaron también a París otros autores como los narradores Jorge Cuba Luque, Carlos Herrera Rodríguez, Pilar Dughi, Violeta Barrientos, Miguel Rodríguez Liñán y José Zapata, así como los poetas Homero Alcalde, Ina Salazar, Alonso Ruiz Rosas, Grecia Cáceres y Julio Heredia.

Siglo XXI

Ya en el presente siglo la llegada de nuevos escritores se ha mantenido. Sin duda alguna, las facilidades para el transporte, los estudios especializados en las universidades francesas y, últimamente, la ausencia de visa para entrar a la Unión Europea han sido determinantes para la llegada de estos nuevos narradores y poetas.

Se distinguen dos de ellas que escriben y trabajan en la lengua quechua como son Gloria Cáceres Vargas y Chaska Ninawaman. También, Diego Trelles Paz, quienha ganado varios premios internacionales y destaca como autor de novela negra. Fallecida recientemente, Patricia de Souza ha dejado tras de sí una interesante obra de carácter feminista. Asimismo, Ricardo Sumalavia, quien vivió varios años en Burdeos, es uno de los principales animadores de la microfición en el Perú.

Entre los poetas tenemos a Robert Baca Oviedo y su Cartografía de lo invisible, Luis Miguel Hermoza, autor de Pueblo Joven I, II y III, y Miguel Lerzundi, filósofo y cantante, creador de Superación (Im) personal. También Iván Blas Hervias, autor de Correos al auxilio de la memoria, y de otros cuentos y novelas.

Viven asimismo en Francia Félix Terrones y Nataly Villena Vega, quienes han apostado por la microficción en algunas de sus obras, El viento en tu cara (Terrones) y Una voz que existe (Villena), pero destacan también como traductor y crítica literaria, respectivamente. Permanentemente comparten las veladas literarias que se organizan en París y otras ciudades de Francia.

Nataly Villena Vega

Lenin Solano Ambia, con un amplio número de novelas, Paul Baudry, autor de La república de las chispas, y Francisco Izquierdo Quea, codirector de El Hablador y autor de No hay más ciudad, forman parte del contingente de narradores en Francia durante el presente siglo junto con Víctor M. Lozada, Rubén Millones, Abraham Prudencio Sánchez y Mariano Vargas. Aun poco conocido, Mariano Amézaga, autor de dos trilogías Las Aventuras de Gali y Leo y Edson 1, 2 y 3, se perfila como una nueva figura de nuestras letras.

Cabe señalar que los autores antes reseñados se mencionan como poetas o narradores, pero, en muchos casos, son autores también de obras en prosa (cuentos, novela, ensayos) o de algunos libros de poesía, lo cual no les quita el hecho de ser calificados en una u otra posición. Este breve recuento de los poetas y narradores que viven o han vivido en Francia, necesariamente incompleto, me permite despedirme por ahora, pues dejo Francia y volveré muy pronto al Perú, desde donde espero seguir colaborando, quizás desde otra columna.

París, diciembre de 2022

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Junto al Sena

Una lectura a Ribeyro, una vida de Jorge Coaguila

Por Carlos Germán Amézaga

Recuerdo muy bien cuando conocí personalmente a Julio Ramón Ribeyro. Me lo presentó su sobrino Claudio, una noche en Bruselas, a principios de los años 90. Fue en una brasserie, a donde llegué apurado pues casi no podía creer que iba a conocer a uno de mis escritores favoritos. Julio Ramón, vestido todo de negro, estaba terminando de comer con Claudio y su mujer y ahí me aparecí, nervioso, pero con unas ansias tremendas de verlo y saludarlo. Alcancé a tomar una copa de vino con él en el lugar, pero después nos fuimos a la casa de su sobrino donde estaba alojado.

En el departamento, destapamos otro Burdeos y Julio Ramón se puso un poco más locuaz. No recuerdo exactamente de qué hablamos, pero sí tengo muy claro, y esto lo he contado en algún otro escrito, que se puso a cantar un vals criollo, de esos antiguos de la vieja guardia, y yo pude acompañarlo con una guitarra. Eso para mí fue suficiente, es la mejor anécdota que haya podido tener. Claudio llegó a filmar la escena y aún estoy esperando la copia respectiva. Poco tiempo después, cuando regresé a Lima, le llevé una carta a su departamento en Barranco, frente al mar. Fue la última vez que conversamos, pues al año siguiente falleció.

Al escritor lo conocí mucho antes en las aulas de la PUCP, cuando pude leer una edición de la Palabra del Mudo editada por Milla Batres, donde estaban un buen número de sus cuentos.  De allí que en uno de mis cursos de literatura escogiera a “Los gallinazos sin plumas” como tema para una presentación. A partir de entonces nunca dejé de seguirlo y de leerlo, sea a través de los libros que sacaba de la biblioteca o, más adelante, los que yo mismo empecé a comprar para la mía propia. A Ribeyro le dediqué también el primer artículo que escribí en un diario, luego de una conferencia que hiciera en Lima allí por 1983/84.

Mesa de ajedrez y telescopio en el último departamento de Ribeyro en Barranco.

Después de haber leído tanto de Ribeyro, y sobre Ribeyro, el libro que voy a comentar se me aparece a ratos como un dejá vu, como si las múltiples historias que se cuentan allí de alguna manera ya las hubiera leído, en sus cuentos o en su autobiografía, o escuchado en los testimonios de sus familiares y amigos. Sin embargo, la cuidadosa selección de hechos y fechas, contados de manera sucesiva, nos mantienen atentos a lo que viene y nos hacen llegar hasta la última parte guardando una permanente vigilia.

Ribeyro, una vida (Revuelta Editores, 2021)de Jorge Coaguila es una recopilación de sucesos de la vida de Julio Ramón Ribeyro, desde su nacimiento hasta su muerte. Las historias que allí se cuentan son en muchos casos contadas por el propio protagonista, sea través de La tentación del fracaso, de sus Prosas apátridas o de las Cartas a Juan Antonio, además de las entrevistas que el autor le realizó a lo largo de su vida y otras más que Ribeyro otorgó, que no fueron muchas. Las demás historias son contadas por sus compañeros o amigos, quienes estuvieron con Ribeyro en muchos momentos de su vida, casi todos ellos entrevistados también por el autor, baste sino mirar el largo número de fuentes personales consultadas.

Así, entre otras cosas, nos enteramos que llegó por primera vez a París con 20 dólares en el bolsillo y que para subsistir tuvo que recurrir a numerosos trabajos como conserje de hotel, cocinero o recogedor de periódicos viejos; que en sus primeros años en París conoció a Haya de la Torre y le dejó una impresión un poco confusa; que retornó al Perú y fue profesor en la Universidad de Huamanga; que al retornar a Francia fue sucesivamente traductor para la agencia France Press y crítico teatral en una radio, hasta que, durante el Gobierno de Velasco Alvarado, fue nombrado Agregado Cultural a la Embajada peruana en París, de donde pasaría luego a la delegación permanente ante la UNESCO, en la que llegó a ser Jefe de Misión en la época del primer gobierno de Alan García Pérez; y que estuvo a punto de morir luego de una primera operación para eliminar un tumor en el esófago en el año 1973.

Vista desde la terraza al mar de Barranco.

Todas estas vivencias, tanto las que transcurren en sus primeros y últimos años en Lima, como las de su larga estancia parisina, son finamente enlazadas por el autor a través de numerosas fotografías que forman parte de este repertorio. Sus colegas escritores, sus amigos, su familia y muchos otros, se suman a esta historia de vida como seres palpables de su transcurso vital, el mismo que resulta tanto más auténtico por la forma en que Ribeyro mismo supo contarlo y vivirlo, junto a estas personas que muchas veces fueron también personajes de sus relatos.

“Ribeyro, una vida” es asimismo un largo recuento de todos los libros de Ribeyro, de sus artículos en orden cronológico, de las entrevistas realizadas a JRR, también en orden correlativo, de los libros sobre este autor, y de los principales artículos aparecidos sobre sus principales libros. Todo esto permitirá al lector interesado acercarse aún más a la figura y la personalidad de Ribeyro.

Sabemos, sin embargo, que esta obra se encuentra todavía incompleta. Hay capítulos enteros de su autobiografía, en especial los de sus últimos años, que no han sido publicados y que están esperando el momento oportuno para darse a conocer, ojalá podamos verlos pronto, pues sentimos que aún nos falta conocer más de Ribeyro.

París, octubre de 2022

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Datos del libro comentado:

Ribeyro, una vida

Jorge Coaguila

Revuelta Editores, 2021, 586 pp.

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Junto al Sena

Notas en un pasaporte, relatos de Félix Terrones

Por Carlos Germán Amézaga

La feria del libro de Lima, en su versión de 2022, nos ha traído muchas sorpresas. Más allá del reencuentro con antiguas amistades, casi todos hombres y mujeres de letras o vinculados a la escritura o la edición, hemos asistido a la presentación de libros muy variados. Uno de ellos nos ha llamado la atención, precisamente porque su autor es un viejo amigo, conocido en París, y porque su presentación se ha hecho de manera virtual, a la una de la mañana hora local de Francia, aunque a las 6 de la tarde hora local limeña. Se trata del conjunto de relatos Notas en un pasaporte, de Félix Terrones, quien vive actualmente en la ciudad de Tours y es profesor asociado de la Universidad de Berna, en Suiza.  

Foto: Ulises Gutiérrez Llantoy

Conocí a Félix hace unos cuantos años cuando aún era profesor en una universidad de París. Recuerdo que almorzamos juntos una o dos veces y descubrimos que compartíamos muchas inquietudes literarias como, por ejemplo, nuestro gusto por la micro ficción, pues ambos habíamos publicado obras en ese género. Posteriormente, nos seguimos viendo en presentaciones de libros y actividades literarias e, incluso, Félix fue uno de los presentadores de mi libro de relatos Itinerario en la Casa de América Latina en París. El periodo de la pandemia, como a todos, nos distanció un poco, pero, aun así, Félix organizó en noviembre de 2021 el Tercer Encuentro de Escritores Peruanos en París, en el marco de la Quincena Cultural organizada por la Embajada del Perú en Francia. Precisamente, el título de ese encuentro era «Las literaturas, los exilios, las migraciones».

No cabe duda de que estos temas son realmente muy cercanos al sentimiento interior de Félix. El libro que comentamos va dirigido precisamente hacia la condición del exilio y la migración de los diversos personajes que van construyendo los relatos que forman parte del volumen, y, en conjunto, expresan el sentimiento de desarraigo y, en ciertos casos, la marginación que sufre el extranjero en tierras ajenas; los recuerdos y las añoranzas del país que se dejó atrás serán en ciertos casos un aliciente para los que insisten en volver, pero los sueños sobre aquello que alguna vez fue en el pasado, difícilmente, podrán ser verificados en la realidad del presente.

Por ejemplo, en «Valientes muchachos», un grupo de jóvenes compiten en un certamen literario para ganarse un viaje a París; el ganador, Antonio Carneiro, es despedido con todos los honores antes de su partida. El narrador, quien recibió la mención honrosa, decide no participar en la publicación junto con el cuento de Carneiro. Luego se sabe que precisamente el ganador lo detesta pues este le había quitado a la mujer de sus sueños. Después de la partida de Antonio el grupo se desintegra y solo se reúnen muy de vez en cuando para rememorar historias de sus tiempos universitarios. Años después Carneiro regresa y todos van a recibirlo, pero encuentran a un hombre totalmente distinto, gordo y desgarbado, pidiendo que le inviten cerveza y cigarrillos, claramente un perdedor, no el hombre exitoso que pensaban todos cuando viajó a París, fruto quizás del desarraigo.

Presentación en la FIL Lima 2022 – Foto: Carlos Germán Amézaga

En «Todos vuelven», una mujer regresa al Perú después de 30 años luego de que su padre, quien nunca la visitó ni respondió sus mensajes, ha fallecido. La recibe Leandro, su medio hermano, con quien no ha tenido mayor acercamiento. Estando en Lima recuerda los últimos momentos que pasó con su padre, poco después que su madre viajara para siempre a Francia. Entre esos recuerdos está el momento en que su padre la llevó a conocer la casa de sus abuelos en los cerros cercanos a la capital; luego ella también viajaría para encontrarse con su madre. Leandro le cuenta que ha tenido que vender la casa de los abuelos para pagar las deudas de su padre y le pide una foto que se tomaron juntos con él hace treinta años en una cabina y ella se la da.  Al regresar a su hotel la mujer se da cuenta que, al haber perdido a su padre, sin tener la casa de los abuelos y ya ni siquiera contar con la foto, no tiene ningún sentido permanecer en el país, ya no hay nada que lo una a él, puede regresar de nuevo a Francia, sin remordimientos, siguiendo el ejemplo de Flora Tristán, cuya vida estuvo leyendo en el avión.

Luego, en «Castillos de humo ascienden en el aire», sucede algo que suele ocurrir en nuestros viajes: se pierde o, más bien, nos roban una maleta. El narrador, después de ser abandonado por su novia, viaja al Perú y comete el error de dejar cuidando su maleta a una persona mientras entra al baño en el aeropuerto de París, y esta desaparece. La maleta contenía unos platos para la colección de su madre, así como unas salchichas de las que «se venden por allí». En el Perú, siente el agobio de los «carnavales familiares», entre otros el de su hermano gemelo, por lo que intentan verlo como al personaje exitoso que no es necesariamente. Por no comentar su error, compra en Lima unos platos y unas salchichas que se las ofrece a su mamá y a los parientes reunidos en una gran fiesta en su honor. Tiempo después, al regresar a París, descubre que su superchería no había pasado desapercibida por su familia.

Así, en los demás relatos, encontraremos a un protagonista, a su familia y amigos, tanto en el país de origen como en el país de acogida, enfrentando a los problemas del desencuentro o de quiebre, motivado por la partida a un nuevo destino que no en todos los casos es lo esperado. Habrá siempre la expectativa de volver, pero definitivamente eso no resolverá los principales problemas, porque estos se mantienen con uno a donde uno vaya, y las complicaciones que uno dejó no resueltas en el pasado no se resolverán en un nuevo país, ni tampoco al revés.

Foto: Javier Calvete

La lectura de Félix Terrones es siempre estimulante, porque, con un lenguaje sencillo, pero muy eficaz, permite al lector compenetrarse completamente con los personajes y sus tribulaciones, permitiéndonos, además, extraer conclusiones que pueden ser válidas para nuestra propia existencia. Para todos aquellos que hemos dejado alguna vez nuestra tierra en busca de nuevos horizontes, una ojeada a Notas en un pasaporte resulta casi indispensable.

Agosto de 2022

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Junto al Sena

Haruki Murakami: Primera persona del singular

Por Carlos Germán Amézaga

La primera vez que leí a Haruki Murakami, hace ya algunos años, me dio la impresión de que ya lo había leído antes; pero no, nunca lo había hecho. Lo que pasaba era que sus historias, en las que hombres comunes y corrientes se ven envueltos en situaciones -precisamente- poco comunes, me hacían dudar si es que realmente no serían otros autores que ya habían tratado temas similares, pues hay algo de realismo mágico en sus cuentos y novelas que nos llevan a tener esa impresión.

Foto:  K. Kurigami

Creo que fue leyendo Tokio Blues (Norwegian Wood) cuando tuve esa primera sensación, arrebatado por las aventuras de Toru Watanabe, estudiante de primer año de la Universidad de Tokyo. Pero había algo especial, esa novela y las que siguieron después, todas, suelen estar marcadas por una cadencia especial, aquella que les ofrece la música en todos sus estándares, pero especialmente la música clásica y el jazz, omnipresente en todas sus obras.

Después, me parece que leí Kafka en la orilla, donde el protagonista, un joven de 15 años, encuentra a un viejo que es capaz de hablar con los gatos. Siguió Al sur de la frontera, al este del sol, cuyo personaje principal es justamente el dueño de un club de jazz y por esa razón el autor empezó a gustarme cada vez más. Llegué luego a la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y allí sí me quedé totalmente pasmado por la maestría y la audacia de Murakami para mezclar la realidad con los sueños y la ficción, en medio de la vida de un hombre, Tooru Okada, que resuelve sus problemas buscando al gato perdido de su esposa.

Las novelas continuaron, como lector obseso que soy con algunos autores, con El elefante desaparece, La caza del carnero salvaje, y alguna más, hasta llegar a 1Q84. Aquí me detuve. La empecé a leer pero no pude terminarla, mil páginas se hacen difíciles de asumir, la dejé como en la página 100. Se me fue pasando el tiempo, aparecieron otros autores para recorrer y no volví a recomenzarla. Y así, poco a poco, Murakami fue pasando un poco al olvido circunstancial. Hasta ahora.

Hace unas semanas visitando una librería, encontré el libro Primera persona del singular y decidí darle una nueva oportunidad a Haruki Murakami. Huelga decir que no me he arrepentido. Es que las historias -esta vez es un libro de cuentos- narradas por el autor nos vuelven a encerrar en su propio mundo de realidad y fantasía, mezcladas de tal forma en que lo imposible aparece como posible, en las que el pasado -de alguna manera- se convierte en presente, en las que la música acompaña a la acción pero es también la misma acción.

Por ejemplo, en la historia que da título al libro, un hombre muy bien vestido se sienta en la barra de un bar para tomar un Vodka gimlet, está solo y tiene en la mano un libro para leer. De pronto, una mujer se sienta a su lado y empiezan a intercambiar algunas frases. Al final ella le hace saber que es la amiga de una amiga de él, a quien aparentemente él le habría hecho algo horrible hacía tres años, cerca de algún río o del mar. El hombre no lo soporta y se va del bar, pero le quedará dando vueltas aquello que le ha dicho la mujer, algo de su pasado que prefiere no recordar pero que ha vuelto a él en una forma que no esperaba y que lo seguirá atormentando.

En “Confesión del mono de Shinagawa”, un hombre se aloja en un pequeño hotel de una estación termal y mientras está tomando un baño, se le acerca un mono y comienza a hablar con él. Si bien el hombre se sorprende, sigue conversando con el mono e incluso lo invita a tomar unas cervezas en su cuarto, donde el mono le cuenta parte de su vida. Una vez más, aquello que parece imposible aparece como perfectamente factible en la historia que nos cuenta Murakami.

Por supuesto la música, siempre la música, es un leit motiv en varios de sus cuentos. En “Carnaval”, los protagonistas, un hombre y una mujer “poco atractiva”, amantes de la música clásica, descubren que ambos son fanáticos de la sonata “Carnaval” de Schumann y, a partir de allí, iniciarán una larga amistad que los llevará a asistir a todos los conciertos en los que se ejecute dicha pieza magistral. En “With The Beatles”, un hombre (de quien podemos pensar es el mismo Murakami) hace un recuerdo de su adolescencia, de cuando se fijó en una muchacha que llevaba cargado junto a su pecho ese conocido disco de los Beatles; el autor aprovecha para contar el fenómeno de la beatlemanía en Japón y cuenta también su historia con otras mujeres que conoció, en especial a una que murió poco después que él la dejara; aunque nunca pudo volver a encontrar a la muchacha que llevaba el disco.

Y, bueno, el Jazz. En “Charlie Parker plays bossa-nova”, Murakami nos cuenta que siendo muy joven escribió un artículo describiendo la aparición de un nuevo disco de Charlie Parker, en el cual, acompañado de otros famosos músicos de jazz, tocaba canciones de Antonio Carlos Jobim, en ritmo de bossa-nova. El artículo fue mal recibido por la crítica pues era algo que resultaba imposible por la época (1955) en la que murió Parker. No obstante, años después, el personaje descubre, o cree descubrir, que ese disco estaba en venta en una discotienda de New York; si bien no lo compra por su alto precio, al volver decidido a la tienda al día siguiente, otro vendedor le dice que el disco no está en venta porque nunca ha existido. La historia termina con un sueño en el que Charlie Parker se le aparece y le da las gracias por haberlo hecho grabar un nuevo disco y le toca Corcovado solo para él.

Hay varios otros cuentos más, pero podemos decir que en ellos encontraremos todas aquellos lugares y situaciones a las que Murakami nos tiene bien acostumbrados y que, por lo menos a mí, me han hecho conocerlo y quererlo como a pocos otros escritores. Es por esa razón que recomiendo vivamente Primera persona del singular, no solo a los hinchas, sino también a los que quieran empezar a disfrutarlo como se merece.

París, abril de 2022

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Dos exposiciones: Botticelli, artista y diseñador; y Marcel Proust, un roman parisien

Carlos Germán Amézaga

En medio de un París castigado por la COVID 19, en sus versiones delta y ómicron, quedan, no obstante, varias razones para permanecer y dedicar algunas horas a visitar algunas de las exhibiciones que se presentan regularmente en la ciudad, muchas de ellas pospuestas desde el momento del confinamiento que obligó al cierre de los museos y demás salas de exposiciones. Algunas de ellas las hemos visitado y aquí están nuestras impresiones.

Boticcelli, artista y diseñador (1445 – 1510)

Museo Jacqemart André

Cuando uno piensa en Botticelli aparece sin duda el Nacimiento de Venus, quizás la obra que más lo representa, pero el Maestro fue mucho más que eso, no solo un inmenso artista sino también un diseñador de talento, habiendo creado un taller que fue a la vez un laboratorio de ideas y un espacio de formación y transmisión del saber.

Iniciado como orfebre en la Florencia de los Medici, se decide luego por la pintura y tiene como mentor a Filippo Lippi, quien lo inicia en el trabajo de los grandes frescos de la Catedral de Prato. Bajo su influencia, se irán forjando las famosas Madonas con el Niño, pero poco a poco Botticelli irá creando un estilo propio, en el que además de la plenitud de las formas, agregará una nota melancólica que las diferenciará de su maestro.

Hacia 1467 Botticelli abre su taller en Florencia en el cual desarrollará las influencias de Filippo Lippi, pero también de otros maestros de la época como Andrea del Verrochio. Una gran parte de las pinturas del taller son las “pinturas de historia” que adornan las casas patricias de los florentinos. En el taller se reparten las tareas, lo cual no implica que el maestro mismo intervenga en la realización de ciertos paneles, como es el caso del “Juicio de Paris”. Toda obra del taller, si bien formaba parte de un trabajo de colaboración, era también una obra de Botticelli, pues estaba concebida de acuerdo con su diseño y llevaba su marca de fábrica.

A partir de 1470 Botticelli despliega su talento hacia las artes aplicadas, pues sus dibujos son transportados hacia técnicas diversas como la tapicería, los encajes o la marquetería con modelos concebidos por él mismo y realizados por artesanos especializados. Su estilo y talento atraería pronto el favor de los Medici, quienes le permitirían trabajar en los muros de la capilla Sixtina y realizar retratos famosos como el de Julien de Medicis. Su interés por la Divina Comedia de Dante Alighieri lo hizo formar parte del gran proyecto de ilustración del poema, para el cual creó una serie de dibujos y diseños.

Hacia finales del siglo XV, influenciado por el movimiento de Savonarola, su obra sufre un cierto cuestionamiento estético, sus bellezas melancólicas se llenan de pudor y adquieren una interpretación sublime y más calma; finalmente, en sus últimos años, su taller adquiere una gran vitalidad, pero Botticelli ya envejecido y débil no puede contribuir tanto como le hubiera gustado a la realización de sus obras.

Hoy día, tener la oportunidad de apreciar en directo cualquiera de las obras del Maestro Botticelli, como lo presenta la muestra, nos genera un verdadero estremecimiento estético, pues la elegancia de sus dibujos, la expresividad -a veces severa- de sus rostros, la delicada sensualidad de sus madonas y el alto refinamiento de los más ínfimos detalles de sus creaciones son algunas de esas características que, dada su enorme sensibilidad, lo colocan entre los más grandes genios pictóricos de su tiempo.

Marcel Proust, un roman parisien

Museo Carnavalet

Evocar la figura de Marcel Proust nos trae a la mente a un hombre ciertamente sombrío, enfermizo, curioso por naturaleza, quizás intrigante, gran observador de la sociedad de su tiempo, pero, sobre todo, un incansable escritor, aquel que supo describir con brío y profundidad a todo un conjunto de personajes que constituyeron la crema y nata de la alta sociedad de finales del siglo XIX e inicios del XX en Francia.

Eso es un poco lo que intenta mostrar la exposición sobre este personaje, desde su nacimiento, de padre católico y madre judía, pasando por sus colegios, sus enfermedades, sus primeros amigos, su entrada al mundo elegante, sus diferentes viviendas, sus amantes, los inicios de su gran obra, su premio Goncourt de literaturay finalmente su muerte a los 41 años, convertido ya en un referente de las letras francesas de ese momento.

Proust vivió acosado por sus enfermedades, pese a tener a un padre y a un hermano médicos, en distintas residencias, todas ellas representantes de la clase pudiente de su tiempo. Estudio además en el colegio Condorcet, un liceo muy chic reservado a la burguesía de los distritos 8 y 16 de París. Incluso, en medio de su postración, esto le permitió crear y mantener una serie de relaciones sociales vinculadas a las “mejores” familias, a quienes supo representar en su obra de manera muy vívida y realista, tanto así que su inmensa novela, En busca del tiempo perdido, resulta a veces un roman a clef.

Los espacios en los que se desenvolvió la vida y la obra del autor son una clara muestra de esa esencia burguesa de su escritura: el hipódromo, la Plaza de la Concordia, el Bosque de Boulogne; los salones de las Princesas de Polignac y Mathilde o de las Condesas Potocka o Greffuhle;  sus restaurantes favoritos como el Maxim´s, el Café Anglais, la Maison Dorée, La Grande Cascade y, especialmente, el restaurant del Hotel Ritz, fueron el centro de las aventuras y desventuras de este autor, quien en algún momento dijo que “Me gustaba cenar en la ciudad, pero yo no veía a los comensales, porque cuando yo creía mirarlos los radiografiaba”.

Además de los lugares mencionados, Proust solía acudir también con varios de sus amigos a ciertos sitios dedicados a la prostitución masculina, como el Hotel Marigny, el Hotel des Bords o el Hotel du Mont-Blanc; así también a los establecimientos de baños, donde se ofrecían duchas y masajes, en medio de decorados exóticos y orientalistas. Estos espacios, junto a ciertas calles como las que rodeaban las Tullerías o el Palacio Real, frecuentados por homosexuales, permitían a Proust ahondar en sus propios fantasmas y vivir sus propias perversiones -reales o imaginarias-, todo lo cual es fielmente recogido a lo largo de su obra.

La exposición comenta también que, después de ganar su premio Goncourt, la última noche de fiesta, Proust la pasó en el Hotel Majestic, el 18 de mayo de 1822, invitado por sus amigos Violet y Sydney Schiff, ocasión en la que estuvieron algunas de las grandes figuras de las artes y las letras, como Igor Stravinsky, Pablo Picasso o James Joyce. Poco tiempo después, en su casa de la rue Hamelin, cae enfermo de una bronquitis que deviene luego en neumonía. Lo cuida su fiel Celeste y lo visita su hermano Robert, el médico, pero rechaza toda asistencia medical. Finalmente, el 18 de noviembre a las 16:30, Proust muere y sobrevive a su propia gloria.

Leer a Proust resulta a veces complicado, pues las grandes descripciones de lugares y personas, el alto número de personajes y la compleja erudición de su lenguaje, generan un sentimiento de saciedad que solo permite ir saboreando cada pasaje de la lectura en pequeñas dosis, hasta alcanzar quizás una velocidad de crucero que permita alcanzar las miles de páginas de su obra completa.

Esa es la misión de esta exposición, ofrecernos detalles de personas, lugares y momentos de su vida, que nos permitan afianzar la lectura de sus novelas, al darnos un contexto histórico y circunstancial de quien fuera, probablemente, el más grande escritor francés del siglo XX.

Febrero 2022

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Junto al Sena

No hay más ciudad, novela de Francisco Izquierdo Quea

Por Carlos Germán Amézaga

Un gato muy achorado, atento a todo lo que pasa a su alrededor; una chica guapa, elegante y sexi, que sabe lo que quiere y cómo lo quiere; y un hombre a ratos descarriado, sin una conciencia fija en su destino, son las figuras centrales de la novela No hay más ciudad, en la que su autor retrata, en poco más de 160 páginas, los años 90 y principios del siglo XXI en el Perú, en algunos distritos de Lima, en particular: Chorrillos, Breña y algunos otros lugares más específicos como la Universidad de San Marcos y los bares del centro de Lima. 

Héctor es un gato, un minino, pero, al mismo tiempo, parece muy humano, pues piensa y actúa como tal. Con sus pares, los gatos del barrio, procede como lo haría cualquier muchacho con sus amigos; tiene, además, un affaire con su amiga Telma, una bella gata del vecindario de Chorrillos, donde vive con Claudia y Germán. Ellos lo tratan muy bien, pero entre ellos se llevan mal y terminarán separándose.

Claudia es enfermera y lleva una doble vida; estudia en la universidad y dos veces por semana atiende en un establecimiento para hombres. Se siente superior a las otras chicas del bar y aprovecha su talento para conocer algunos personajes interesantes y ganar mucho dinero, pero sin llegar necesariamente al sexo. A este lo conoce con las otras chicas, con quienes comparte orgías y realiza intercambio de parejas. Sale del bar cuando se pelea con una de sus compañeras. Su vida con Germán, a veces plácida, no resulta del todo buena y comienza a engañarlo con un compañero del hospital, hasta que un día Germán los descubre y se pelean entre ellos, lo cual marca el final de la relación.

Germán vive con su madre y su padre, quien viene a Lima de vez en cuando. Entra a la universidad, cambia de carrera y al final la deja. Siempre ha querido filmar y su sueño es ser director de una película cuya historia sea también suya. En esa época conoce a Claudia y se van a vivir juntos a Chorrillos, donde conviven con Héctor y, al principio, les va muy bien juntos.

Germán tiene dos amigos, Matsahuide y Bautista, gordos los dos, poetas, medio desadaptados (al estilo de Lima y Belano, los realistas viscerales de Los detectives salvajes), con quienes se junta en su casa para conversar, ver películas, beber y comer. Ambos son muy categóricos en sus gustos poéticos. Esta posición irreductible los llevará en algún momento a pasar a la acción y serán los autores de un incendio en el que desaparecen a toda una serie de poetas y críticos.

Esta es, a grandes rasgos, el argumento de la novela  de Francisco Izquierdo, en la cual el autor nos va develando poco a poco una cierta idea de destrucción: se destruye la vida de pareja de Germán y Claudia; se destruyen los sueños de Germán de querer hacer su película con su propio guion; se destruye la vida de Héctor, quien había logrado pasar lo mejor de su existencia con una pareja que luego se separa; y, por supuesto, esa gran hecatombe que significa el incendio final, será un poco la catástrofe que representará ese quiebre en las vidas de los personajes: Germán perderá a sus amigos, se quedará solo, sin Claudia y sin Héctor y su destino se presentará sombrío; Claudia habrá encontrado quizás el amor en su nuevo novio y probablemente dejará una vez más su casa, pues tomará a Héctor para llevárselo; y, finalmente, Héctor, luego de recuperarse de una atroz pelea con otros gatos, empezará una nueva vida con Claudia, pues se va con ella a un lugar desconocido, pero supuestamente mejor.

La novela, dividida en cinco capítulos, es narrada por los distintos personajes, incluso por el gato Héctor, lo cual hace posible que cada uno de ellos sea visto desde la propia perspectiva del actor, pero también desde el punto de vista de los demás, lo cual, como suele ocurrir, no siempre genera coincidencias. De allí que los sueños de uno y las ambiciones de la otra terminen chocando entre sí y determinen una separación que afectará a todos: hombre, mujer y gato, aunque de manera diferente.

La novela de Francisco Izquierdo Quea me ha gustado, porque sus protagonistas son seres reales de carne y hueso que viven, se desarrollan y construyen relaciones entre sí, en una sociedad de clase media limeña de finales de los 90, en medio de los problemas y sinsabores de aquella época. Además, de manera muy original, Izquierdo le da una voz propia al gato de la pareja, lo cual ofrece un colorido especial a la narración desde un plano en general inusitado.

Germán es el que pierde más a lo largo de la novela, tal vez porque nunca pudo ubicarse plenamente en lo que quería lograr; de allí que en algún momento se dice de él: «Volvió tras sus pasos y tuvo la sensación que el ambiente estaba más frío que hacía instantes. Sintió ganas de beber algo caliente, un té o un café, pero desechó rápidamente la idea. No quería volver a hablar con los policías. La cabeza le dolía. Se instaló en la silla dejándose caer por el respaldar. ¿Quién es quién en todo esto, Germán? ¿Quién eres tú?».

Esa sensación reflejada en las preguntas que se hace el protagonista, de ausencia de definición, de melancolía, aunque también de cierto optimismo en el futuro, es aquella que al final nos deja la lectura de No hay más ciudad. Seguiremos esperando con entusiasmo una nueva entrega del autor.

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Datos del libro comentado:

Francisco Izquierdo Quea

No hay más ciudad

Animal de Invierno, 2021