Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Difícil trabajo

Margarita Saona y las zonas intempestivas

Por Christian Elguera

Las narraciones de Margarita Saona en La ciudad en que no estás nos adentran en un mundo de acontecimientos intempestivos. El primer punto a destacar es esa mirada minuciosa que traza una atmósfera absurda, pero de forma sutil. Con absurdo me refiero aquí a las apariciones de escenas y momentos imposibles que, sin ser fantásticos propiamente, terminan enrareciendo el espacio y la vida de sus personajes. Esto sucede, por ejemplo, en ese cuento donde una niña come relojes (“Comehoras”) o en aquel otro texto donde una pareja aprende a convivir con ranas y un cocodrilo (“Pruebas”). Mencionemos también esa historia donde comienzan a caer del cielo miles de aves, desmembradas, en el invierno (“Los pájaros”). En dichas páginas, se aprecia un control narrativo para jugar con el suspenso, retener información y dejar al lector con una sensación de misterio.

Se percibe también una minuciosidad en la forma de mirar: los personajes y las voces narrativas se centran en lo imperceptible. Esta atención se vuelve en muchos casos ominosa o perturba una presunta tranquilidad. Allí están los peces inquietando a la protagonista de “Acuario”. Allí están los conejos que se multiplican en una casa y, en claro guiño a Julio Cortázar, se vuelven un símbolo de lo perecedero. Vale detenerse en la intertextualidad con el famoso cuento cortazariano “Carta a una señorita en París”. Mientras el escritor argentino nos sumerge en un aire lúdico, donde la amenaza nunca se materializa debido a dosis de humor o exageración, vemos que en “Cartas con conejos” estos animales se convierten en símbolo de la muerte: no son alegorías sino cuerpos que revientan en el granizo del invierno recordando la proximidad de la hora final.

Saona traza su propio bestiario. En cada cuento, el animal no es un adorno, sino que se torna signo de una realidad aciaga. No se llega a una descripción de lo animal en sí, pero las referencias a cocodrilos, pájaros y conejos son avatares de lo desconocido. Su presencia en los cuentos tiene más de extrañamiento poético antes que una lógica narrativa. Los animales se vuelven una especie de borde entre el trasiego cotidiano y el recuerdo de una amenaza siempre presente. Pero, en La ciudad en que no estás, lo amenazante se presiente también dentro de la propia carne. No son pocas las escenas en hospitales, las referencias a cuerpos enfermos, presas de ansiedades y temores en cada resquicio. Y en esa angustia hay un modo de vida que organiza una propia rutina, sin la cual el propio ser podría desaparecer. En “Miedos, III”, la protagonista muere en el momento preciso en que logra liberarse de sus temores.

Y también las mismas palabras pueden volverse en contra de quien escribe. Tenemos ese castillo de palabras que producen laberintos y solo conducen a los abismos. En el relato “En morir del cuento”, las palabras se tornan heridas y desgarros insoportables. Posiblemente, debido a esta concepción de lo escrito, la autora ha buscado experimentar con diversas piezas cortas. La brevedad narrativa significa siempre un riesgo. Aquí solo hay dos alternativas: el cuento breve, aforismo o microrrelato, deja un impacto en la lectoría o queda como una anécdota que luego se olvida. Saona reconoce este riesgo y salpica el libro con narraciones brevísimas que no siempre logran impactar. Sin embargo, en ese trajín, también aparecen textos notables como “La llave”, “Telepatía”, “Insomnio I” y “Otro tren”. Estas piezas breves nos ayudan a percibir el sentido del título de esta colección. Como demuestra Gérard Genette, hay toda una poética en el arte de escoger un título. Elegir un paratexto es una decisión que abre o cierra mundos. La ciudad en que no estás nos permite atisbar el ritmo de los desencuentros. Por un lado, puede percibirse que la autora ha buscado entender el desencuentro a partir de amores distantes o imposibles. Por otro lado, como lector, he percibido el desencuentro en esa retahíla de chascos, frustraciones e impotencias que van surgiendo. Nunca estamos “donde” y “cuando” debemos estar. El cuerpo se pierde a sí mismo, nunca llega a ningún encuentro, se desfragmenta y contradice como sucede en “Recuerda”. Las piezas breves que he indicado nos permiten una posible lectura de este desencontrarse. En “La llave” leemos:

¡Encontré la llave!

El problema es que ahora no puedo encontrar la puerta.

Por su parte, “Insomnio I” nos presenta estas líneas:

– Haga lo que haga no consigo dormir.

– No es cierto –contestó la lechuza. Si lo fuera, no estarías hablando conmigo.

La ambigüedad de no encontrar salidas a pesar de superar un obstáculo; la incerteza de estar durmiendo o despierto. Estas contradicciones se hacen aún más tangibles en “Distopía I”. Ante una plaga de palomas, los habitantes de una ciudad consideran que la mejor solución es usar halcones para eliminar dicha peste. En adelante, se logra eliminar el problema, pero cada día se vuelve una visión grotesca de palomas desparramadas en las aceras, tanto es así que leemos: “Hay que andar con cuidado para no embarrarse los zapatos o resbalarse, y acostumbrarse a sentir los restos de palomas bajo nuestros pies”.

No siempre el tono romántico es el mejor logrado del libro. No obstante, en “Desequilibrios”, encontramos un ejemplo claro de los desencuentros. En este texto, se entrecruzan ese estilo absurdo que comenté al inicio y un halo de ternura que acrecienta el chasco final. La protagonista se enamora de un equilibrista que vive trajinando entre los edificios, sin nunca tocar el suelo. Cuando ella decide imitar la vida del equilibrista, con tal de seguirlo, este simplemente desaparece. Asimismo, “no estar” es una desazón que también tiene matices violentos, tal como percibimos en “Aprendiz de bruja”. Una mujer ha invocado a un viento que, en un comienzo, es fascinante en su belleza y energía, pero que luego se convierte en una vorágine. En contraste con el texto “Dijo basta”, apreciamos que “Aprendiz de bruja” describe las agonías de la violencia de género mediante alegorías de la naturaleza. Así, en la parte final, leemos: “ He invocado al viento y ahora vive en mi casa. Pero una tormenta espera agazapada en las esquinas”.

Finalmente, no estar en algún lugar es también extraviarse. Al respecto, valga mencionar el cuento “Objetos perdidos”. La protagonista nos confiesa que tiene una colección de utensilios perdidos de toda raigambre: medias, aretes, fotografías. Su labor cotidiana es ordenar ese cúmulo de cosas que a nadie interesa. En el momento final, ella se reconoce a sí misma como alguien que ha perdido su ser o una parte de su cuerpo. Perderse o perder algo es otra forma de no estar en una ciudad. Atendamos así esta declaración: “Solo, de vez en cuando, me pregunto si esa que fui anda tan tranquila con ese vacío en el pecho o si, por lo menos, de vez en cuando, echa de menos su corazón”.

Foto: archivo de la autora

Los desencuentros, los extravíos, las pérdidas no acontecen de manera abrupta. No se trata de un desorden que remece o destruye, pero sí delinea zonas intempestivas que dejan huellas, cicatrices encarnadas en muchos de los personajes. Una mirada, un detalle minúsculo, presencias aparentemente imperceptibles se convierten en fuerzas que aturden, despersonalizan, descolocan a los protagonistas que atraviesan estas páginas. Más allá del espacio familiar, del amor hacia otros amantes, lo intempestivo siempre surge en la propia carne y así dejamos de ser el mismo ser, el mismo cuerpo.

*****

Datos del libro analizado:

Margarita Saona

La ciudad en que no estás. Cuentos reunidos

Cocodrilo Ediciones, 2021

Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Junto al Sena

No hay más ciudad, novela de Francisco Izquierdo Quea

Por Carlos Germán Amézaga

Un gato muy achorado, atento a todo lo que pasa a su alrededor; una chica guapa, elegante y sexi, que sabe lo que quiere y cómo lo quiere; y un hombre a ratos descarriado, sin una conciencia fija en su destino, son las figuras centrales de la novela No hay más ciudad, en la que su autor retrata, en poco más de 160 páginas, los años 90 y principios del siglo XXI en el Perú, en algunos distritos de Lima, en particular: Chorrillos, Breña y algunos otros lugares más específicos como la Universidad de San Marcos y los bares del centro de Lima. 

Héctor es un gato, un minino, pero, al mismo tiempo, parece muy humano, pues piensa y actúa como tal. Con sus pares, los gatos del barrio, procede como lo haría cualquier muchacho con sus amigos; tiene, además, un affaire con su amiga Telma, una bella gata del vecindario de Chorrillos, donde vive con Claudia y Germán. Ellos lo tratan muy bien, pero entre ellos se llevan mal y terminarán separándose.

Claudia es enfermera y lleva una doble vida; estudia en la universidad y dos veces por semana atiende en un establecimiento para hombres. Se siente superior a las otras chicas del bar y aprovecha su talento para conocer algunos personajes interesantes y ganar mucho dinero, pero sin llegar necesariamente al sexo. A este lo conoce con las otras chicas, con quienes comparte orgías y realiza intercambio de parejas. Sale del bar cuando se pelea con una de sus compañeras. Su vida con Germán, a veces plácida, no resulta del todo buena y comienza a engañarlo con un compañero del hospital, hasta que un día Germán los descubre y se pelean entre ellos, lo cual marca el final de la relación.

Germán vive con su madre y su padre, quien viene a Lima de vez en cuando. Entra a la universidad, cambia de carrera y al final la deja. Siempre ha querido filmar y su sueño es ser director de una película cuya historia sea también suya. En esa época conoce a Claudia y se van a vivir juntos a Chorrillos, donde conviven con Héctor y, al principio, les va muy bien juntos.

Germán tiene dos amigos, Matsahuide y Bautista, gordos los dos, poetas, medio desadaptados (al estilo de Lima y Belano, los realistas viscerales de Los detectives salvajes), con quienes se junta en su casa para conversar, ver películas, beber y comer. Ambos son muy categóricos en sus gustos poéticos. Esta posición irreductible los llevará en algún momento a pasar a la acción y serán los autores de un incendio en el que desaparecen a toda una serie de poetas y críticos.

Esta es, a grandes rasgos, el argumento de la novela  de Francisco Izquierdo, en la cual el autor nos va develando poco a poco una cierta idea de destrucción: se destruye la vida de pareja de Germán y Claudia; se destruyen los sueños de Germán de querer hacer su película con su propio guion; se destruye la vida de Héctor, quien había logrado pasar lo mejor de su existencia con una pareja que luego se separa; y, por supuesto, esa gran hecatombe que significa el incendio final, será un poco la catástrofe que representará ese quiebre en las vidas de los personajes: Germán perderá a sus amigos, se quedará solo, sin Claudia y sin Héctor y su destino se presentará sombrío; Claudia habrá encontrado quizás el amor en su nuevo novio y probablemente dejará una vez más su casa, pues tomará a Héctor para llevárselo; y, finalmente, Héctor, luego de recuperarse de una atroz pelea con otros gatos, empezará una nueva vida con Claudia, pues se va con ella a un lugar desconocido, pero supuestamente mejor.

La novela, dividida en cinco capítulos, es narrada por los distintos personajes, incluso por el gato Héctor, lo cual hace posible que cada uno de ellos sea visto desde la propia perspectiva del actor, pero también desde el punto de vista de los demás, lo cual, como suele ocurrir, no siempre genera coincidencias. De allí que los sueños de uno y las ambiciones de la otra terminen chocando entre sí y determinen una separación que afectará a todos: hombre, mujer y gato, aunque de manera diferente.

La novela de Francisco Izquierdo Quea me ha gustado, porque sus protagonistas son seres reales de carne y hueso que viven, se desarrollan y construyen relaciones entre sí, en una sociedad de clase media limeña de finales de los 90, en medio de los problemas y sinsabores de aquella época. Además, de manera muy original, Izquierdo le da una voz propia al gato de la pareja, lo cual ofrece un colorido especial a la narración desde un plano en general inusitado.

Germán es el que pierde más a lo largo de la novela, tal vez porque nunca pudo ubicarse plenamente en lo que quería lograr; de allí que en algún momento se dice de él: «Volvió tras sus pasos y tuvo la sensación que el ambiente estaba más frío que hacía instantes. Sintió ganas de beber algo caliente, un té o un café, pero desechó rápidamente la idea. No quería volver a hablar con los policías. La cabeza le dolía. Se instaló en la silla dejándose caer por el respaldar. ¿Quién es quién en todo esto, Germán? ¿Quién eres tú?».

Esa sensación reflejada en las preguntas que se hace el protagonista, de ausencia de definición, de melancolía, aunque también de cierto optimismo en el futuro, es aquella que al final nos deja la lectura de No hay más ciudad. Seguiremos esperando con entusiasmo una nueva entrega del autor.

*****

Datos del libro comentado:

Francisco Izquierdo Quea

No hay más ciudad

Animal de Invierno, 2021

Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Miscelánea Reflexión Reseñas de libros

Análisis: la poesía de Mateo Díaz Choza

Retorno al barro primordial

Por Basilio Ventura

I

En su infancia poética, Mateo Díaz ya anunciaba su gusto por la variedad en el registro de la prosodia. No se limitó a perfilar el verso, ni redujo su quehacer a una manera única del poema; en su primer poemario su labor se orientó a sondear las formas. Desfilaron por Av. Palomo el soneto clásico y el moderno, el poema breve y el de largo aliento, el verso libre de vanguardia. El libro no oculta, sin embargo, las dificultades de su autor por intentar valerse de ese abanico de posibilidades.          

Si la versificación muestra un repertorio diverso, el orbe poético, en cambio, casi siempre está poblado de las mismas imágenes: el cuerpo en descomposición, la tierra que lo envuelve y el ruido  de aves necrófagas. No faltaron el célebre «cadáver exquisito» y metáforas alusivas a la autofagia. No obstante, alguna vez el poeta logra dar con el efecto buscado.  

Porque abajo el espanto abriose lento

como una flor de sórdida hermosura

El acierto está en el modo de hacer emerger la emoción: al abrirse lento como una flor, el espanto tornase algo minucioso y delicado, y, por ende, más terrible. La frase final deja la impresión de un obscuro brillo. Fue la vanguardia la que hizo de lo insólito una estética, pero antes que ellos, los simbolistas: la estilización de lo sórdido fue el paso previo. Aquel par de versos apelan a aquella tradición; su mérito radica en haber dado con el símil que hace otra vez sensible una vieja fórmula poética.  No obstante, a veces el autor escapa de esas coordenadas; cede entonces paso a su sensibilidad. Y si no es tan prolijo en la forma, la naturaleza de lo dicho lo compensa.

Abajo descubrí el silencio que acercaba la materia,

pero también la basta sustancia de mis manos.

Los versos confiesan el hallazgo de una forma de sabiduría de la cual no se puede dar cuenta: silencio y materia, dimensiones que escapan al lenguaje. Ya no estamos ante la retórica remozada del primer caso; en el creador ha empezado a aflorar algo distinto.  La modulación del registro poético -sugestiva y sensorial en los primeros versos; reflexiva y contemplativa en los segundos- hace perceptible este cambio. Diríase líneas de composiciones distintas, pero pertenecen al mismo poema. Cierta síntesis de ambos registros parece lograrse en «Epitafio».

Lejana crece la hierba

sobre las lentas aguas del olvido

más allá, los signos de un mundo

alguna vez habitado

ajenos alumbran,

como tus ojos esplendidos

abrasados por la tierra

La intrínseca vecindad entre lejanía y olvido hace naturalmente sugestivo al poema.  La  yerba vista como a través del agua intensifica la imagen de un mundo que ha empezado a diluirse y a convertirse en apenas signos. La imaginación poética recrea el orbe de la vida mirada a través de los ojos de un hombre muerto y sepulto. Este es en buena parte el anhelo del libro y el poema lo resume notablemente en pocas líneas.   

«Epitafio» preludia el tono poético de Libro de la enfermedad, conjunto que, por temperamento, deja en sus mejores momentos la impresión de una poesía calma y delicada. En este segundo libro Mateo Díaz ha depurado de sus versos las estridencias que afectaron a su primera obra. Las imágenes son más convincentes y elaboradas. En «Cantos goliardos», por ejemplo, dice a Magdalena:

No temas las piedras

                que lancen los herejes,

en el fuego de tu cuerpo

agonizan las hogueras,

                ni a la muerte si admira

                el negro espejo de tus cabellos.

Sin caer en lo plástico, el último verso traza una bella metáfora visual que conserva su aura de sugerencia[1]. Estas descripciones de fondo connotativo parecen las de mayor destreza en el libro.   

A la sombra del leño, brota un arroyo transparente: de cuando en cuando, emergen de sus aguas los crisantemos.

Alguna vez alcanza el don del enigma, el trasfondo oscuro y la imagen clara, sencilla al mismo tiempo que hermética. Así parecen los dos versos finales del segundo poema de la sección «Elogio de los caminantes».

Sean estas palabras la pradera extensa,

Los inmensos abetos, el postrero paisaje

Que sus versos supieron cantar,

Las aguas donde el hombre se despoja del yelmo

Y se lava en el reposo de la noche.  

Estos fragmentos bastan para advertir la voluntad de incrementar la variedad del registro en la prosodia. El poemario está organizado de acuerdo con ese propósito; cada parte sigue un tipo especial de escritura. La prosa en la primera parte, el verso de influencia clásica en la segunda, el verso libre y el versículo en la tercera, y el verso de arte menor en la cuarta. El libroposee también un repertorio diferenciado en el registro poético. El autor visita el estilo sensorial y connotativo del simbolismo, la sintaxis de la poesía del Siglo de oro, la lógica figurativa moderna y la sencillez expresiva del verso simple. El eclecticismo es, pues, la característica formal más relevante de Libro de la enfermedad.

MONÓLOGO DE SAÚL 

¿Quién pulsa y tañe el río

que nace de una cuerda yerta, el dulce

almíbar derramado sobre el cuenco

de mis oídos, y la pena oculta

de mi frente? ¿Quién pasma

 la lágrima en su umbral, y da reposo

al negro día y a la blanca noche?

¿Quién hace tanta bulla, tan sublime,

que el bálsamo regala del olvido

y a la madera sabe enamorar

para que diga lo que fue vedado

               desde siempre a los hombres?

¿Quién es el que me engaña y no suelta

las amarras que todavía atan

                la barca a la ribera,

el agua a su orilla? ¿Cuáles manos

                 aprehenden el silencio,

mientras trinan sobre el rumor extraño

 las voces ignorantes del sosiego?

                  ¿Quién eres que si callas

 en piedra y polvo truecas la floresta,

  hiel el vino, cadalso la alborada,

 ahora que mi dios me ha abandonado?

En «Monologo de Saúl» se hermanan la métrica castellana y la sensorialidad aprendida de la poesía decimonónica francesa. La propensión melódica del poema nace de la silva moderna y su fluencia brota de hacer partir las frases, cuyas aguas se derraman en los versos consecutivos. Me parece que el poeta ha jugado a hacer discurrir en el devenir del poema una melodía que insinúe aquella que Saúl dice escuchar.  Podemos afirmar incluso que pocas veces en nuestra lengua las consonantes se suceden con tanta fortuna como en esta línea: “hiel el vino, / cadalso la alborada”.    

Hay, no obstante, otra música en Libro de la enfermedad, una que nace, no de la eufonía de las palabras, sino de experiencias más hondas y humanas.     

El sonido de dos campanas

se expande por la tarde

agonizante. Así

imaginaron

algunos sabios

el final de nuestra vida[2]

Estos versos apelan a una música venida de lejos, una música común a todos, arraigada por el devenir de muchas generaciones. Esa música no está en el poema, sino en cada uno de nosotros. La evocamos interiormente. El repique de las campanas recordándonos nuestra mortalidad. He aquí donde la palabra toca la esencia de la humana realidad.     

Al repasar estos poemas, apreciamos otra vez las actitudes estéticas antes señaladas: sensorial y sugestiva en «Monólogo de Saúl»; reflexiva y contemplativa en «El sonido de dos campanas…». No se trata de un eclecticismo estilístico solamente, sino también de un movimiento pendular entre dos maneras de encarar la poesía, de enfrentarse a ella y de moldearla.

***

Mateo Díaz prosigue y amplia en Libro de la enfermedad su exploración en la fragilidad humana. Si en Av. Palomo aspiró a recrear la  progresiva degradación del cuerpo y su disolución en el olvido, en su segundo libro la mirada se ha complejizado, pues  el cuerpo ha sido casi velado; aparece, no obstante, a través de sus síntomas, la enfermedad y el invierno, o de sus figuraciones, el barro o el río.  

Como el guijarro se hace piedra y la piedra

Se adosa al muro, así el germen hunde sus raíces

En el barro y arrastra el arado sobre mi pecho.

Entonces comienza la carrera de las horas

Y la copa vuelca la leche tibia

Sobre las rendijas del suelo (¿recuerdas la

Primera gota roja sobre el lavabo, antes que la vida

Se precipite igual que una tormenta destemplada?)

Tierra, heme aquí entre tus árboles decrépitos

Y tus ubres devastadas, siguiendo las huellas

Que dejan los peregrinos

En la segunda sección de Libro de la enfermedad, los personajes bíblicos encarnan la crisis del individuo que posee aguda conciencia de su condición feble.  Pero esta consciencia no es plena y se pierde en una urdimbre de argumentos que, a pesar de su audacia, no consiguen asir un sentido. Son personajes que se saben barro precario y que se lamentan por ello ante la divinidad, pero viven ignorando el soplo que los habita y que los anima; su racionalismo y escepticismo les impide trascender su naturaleza precaria.     

¿Pues si, Señor, el hombre, tu reverso,

no puede por más tiempo contemplar

tu llama que el gusano o la serpiente,

cómo poder siquiera imaginarte

si entre el fango vivimos, cómo argüir

más alta torre que aquella que tú

edificaste, cómo del milagro

seguir los pasos en sentido inverso

y desde nuestro barro hacer brotar tu luz?

Es justamente la razón incapaz de comprender. La razón se convierte en una maraña que pierde al hombre en esa búsqueda esencial. Tampoco es capaz de asir la naturaleza del tiempo, pues para entenderla se distancia de ella. Por eso, a diferencia de Jorge Manrique, poeta cristiano, que en sus coplas habla desde el río de la vida, el alter ego[3] -el otro yo, en latín- de Mateo Díaz se lamenta desde la orilla.  

Canícula, hemos venido por este camino

Persiguiendo el agua dorada que nos huye,

La vida que se precipita y que no alcanzaremos.

Cuando el alter ego del autor renuncia a la razón y a sus tretas, cuando se deja deslumbrar por el milagro, solo entonces logra asir el sentido buscado. Así se muestra Tomás, quien al ver las llagas del profeta comprende al fin la naturaleza de la muerte; así la mirada que contempla el prodigio secreto de la pintura de Caravaggio; así el hombre anónimo que, al escuchar las campanas, acepta el tañido que nos despide de este mundo. Solo el hombre alcanza la trascendencia cuando ha reintegrado la muerte a su cuerpo.  

Y esto era la muerte

y este, el barro con que nos formaron,

terrible más que lo temido,

amable más que lo imaginado,

la misma forma donde introduje

mis dedos en tus

heridas.

Parece que el título del poemarioha dado pie a que sea interpretado como un tratado sobre la enfermedad, pero su primer vocablo puede leerse en otro sentido: «libro» refiere también al acto de liberarse. Esta liberación consiste en la comprensión de que el tiempo y la muerte forman parte de nuestro barro primordial. El sendero de esta búsqueda ha sido trazado desde Av. Palomo -incipiente aún, pero coherente en su propósito- y ha llegado hasta este segundo libro, que no solo cierra el trayecto, sino que consolida el aprendizaje poético de Mateo Díaz.

II

Un rasgo que caracteriza a Mateo Díaz como poeta es el eruditismo. El eruditismo no es, como muchos podrían creer, una aglomeración de datos. Es principalmente una actitud ante el conocimiento o ante los símbolos de la cultura. Esta actitud consiste en el tratamiento intelectual y razonado del propio universo cultural. Es síntoma, entonces, de distancia.

Buena parte de los personajes bíblicos de Libro de la enfermedad son tratados desde la distancia erudita.  Ellos hablan de la condición feble del hombre y erigen toda una retórica sagaz acerca de ello; funcionan así como instrumentos de acercamiento conceptual a esta dimensión sensible de nuestro ser[4]. En cambio, en su tercer libro, Monólogos desde babel, los símbolos bíblicos aparecen en algunos casos desde esa distancia, pero, en otros, son integrados al periplo existencial y al pasado familiar que el poemario evoca. Por ejemplo, en «Del buen samaritano», la alusión a la parábola bíblica deviene en ironía cuando el paralelo entre el recuerdo del pariente muerto y la historia política del país  (la Reforma agraria y el inicio del conflicto armado interno) van trazando un cuadro que ilustra la continua inadecuación de la vida a los ideales cristianos y el fiasco de los relatos providenciales[5]

 En esos años,

              alguna de tus hijas te preguntó por el marxismo,

palabra que siempre precedía al silencio

& tu

generosidad                              [que, sin embargo, tenía asombrosas concesiones, p. ej. “el negro puro es

honrado, pero el zambo…” etc]

empezó a hacerse

                             proverbial

No siempre la simbología cristiana se entreteje de esta manera con las vivencias evocadas; a veces es solo una relación de cercanía, una tonalidad semántica, para dotar del timbre exacto a la secuencia de los eventos narrados, los cuales  tienen el cariz de un íntimo acontecimiento. Pienso, por ejemplo, en «Poema sobre la natividad».

Algunas personas nacen dos veces. Mi segundo nacimiento fue ante un lavabo blanco donde brotaron gotas de sangre como flores rojas.

Nada sucedió después

porque la muerte se ocultaba en la vida como el cuerpo del iceberg debajo de la línea marítima.  

Mas inédito ante el universo, supe que en adelante recogería los artefactos que fabriquen los iluminados de nuestra tribu

hueso de animal o madera de cuerdas percutidas

y celebraría el regocijo de sus ruidos en los oídos de mis semejantes.

Y habiendo sido esto, salí a la noche lluviosa y sin que me guiara ninguna estrella

me dirigí hacia el pesebre.

[Existen algunos pequeños cambios involuntarios en la estructura de los versos por las limitaciones del diseño web. Por ello, remitimos contrastar con los originales.]

A pesar de la presencia de los familiares, en las páginas de Monólogos desde Babel  no aparece el tema del hogar, tan caro a nuestra tradición poética. Los parientes más bien se perfilan solitarios en sus vía crucis. Este examen de los mayores es también un retorno al pasado para hurgar por una identidad y un origen. El recuerdo o las noticias de ellos traen consigo la imagen de una tierra ligada al mar. Es sintomático, al respecto, un título como «Las arenas del Nilo», cuando pudo haber sido «Las arenas de Pimentel» o «Las arenas de Chan Chan» ¿Por qué un referente exótico para nombrar la tierra propia? El paisaje de la costa trasluce en los versos de Mateo Díaz, pero no viste todavía debidamente sus topónimos. El alter ego del autor no ha sabido aún conciliar las palabras con la tierra que lo rodea. Es un «extranjero» en la medida que no ha logrado resolver su conflicto entre lengua y mundo.   

Los nombres se despegan de las cosas. ¿Qué son las palabras?

Estuches vacíos, piezas fuera del tablero.

La poesía de Mateo Díaz se interroga muchas veces por su materia elemental. En ocasiones, esta indagación se expresa como una crisis y se articula en una sensibilidad; en otras, aparece como una certeza intelectual, casi como una premisa. «La Pasión según Caravaggio» corre por esta segunda vía:   

¿Qué es la Tierra                             sino un inmenso

                                palimpsesto donde se                     escribe tacha corrige

            la aventura de la especie,

qué el primate humano

            sino un molusco                             arrojado de su concha

                                      cuyo rastro            es la baba de la escritura

                                                                  impresa sobre un mundo

que nunca estuvo vacío?

El lenguaje, signo abstracto; la palabra, ente que adquiere autonomía: ideas que se desprenden de la praxis de la escritura. Junto a esta noción, habita otra, heredera de la oralidad, para la cual la palabra trasmite el regocijo del cuerpo. En «Monólogo del Iscariote», se tematiza la naturaleza ambigua de la palabra y la desconfianza del hombre en ella, mas ese no es el asunto del poema; lo es sí la jocosidad con que esta verdad es asumida, donde el goce emerge de saber que la palabra posee fisuras y que el hombre se arriesga en recrearse y delatarse en ella. «Monólogo del Iscariote» despliega un juego verbal cuya principal consecuencia es la gran resonancia oral de la palabra escrita; así, las hormigas que engañaron a Atahualpa en Cajamarca ingresan al oído del lector y cosquillean el cuerpo, haciéndolo sonreír ante tanta rima punzante y retozona, ante el tono paródico que brilla en ¿quién hace tanta ruido?, alusión sagaz al famoso verso de Vallejo. La escritura así ha sido invertida y renovada, y la palabra integrada otra vez al cuerpo.    

Es tal vez la integración a una dimensión esencial de la palabra lo buscado en el babel. En el mito, la multiplicidad de lenguas dispersa a los hombres, los incomunica y separa. En «Prefiguración del babel», la voz que refiere el coloquio extranjero y el graznido de las aves, habita aún ese estadio anterior cuando el hombre se guía solo de la intuición para comunicarse; aquí la multiplicidad no es aún obstáculo. La comunicación toda no discurre solo por la vía racional, sino que es, principalmente, un acto de fe.     

***

En Monólogos desde Babel Mateo Díaz ha expandido por tercera vez los recursos estilísticos. Fiel a su eclecticismo deja sentir las lecturas de la poesía modernista inglesa, el neobarroco y la disposición espacial del verso de vanguardia. Incursiona asimismo en la prosa. La suya no es el poema en prosa, ni la prosa poética; es una reelaboración del sermón bíblico (solo «Bajo continuo» y «Monólogo de Mateo» escapan a esta retórica). Estos “sermones” pretenden ser una lección desencantada acerca del arte, de la palabra poética y del quehacer creativo. Este predicador desmitifica así al poeta, al arte como medio de salvación y la credibilidad de los rectores de conocimientos elevados. No obstante, en estas prosas no se respira desencanto; se escucha sí un tono seguro y docente, propio de quien parece hablar desde premisas seguras.  

En Monólogos desde babel,Mateo Díaz ha fundido en algunos casos el lenguaje en materia transparente como suele suceder con la más perdurable poesía. Pienso en «Monólogo del extranjero», «Monólogo del Iscariote», «Prefiguración del babel», «Bajo continuo» y, principalmente, «Anunciación de Catalina». Valoro de estos poemas la sensibilidad sabiamente articulada por la técnica. De todos ellos, «Anunciación de Catalina» goza de una riqueza atípica, una riqueza poco vista en la poesía peruana de hoy. Impresiona cómo la mano del poeta ha instalado a su personaje, el perfil de la muchacha en la popa del barco, la capacidad evocativa del cuadro marino trazado sin menoscabo de su poder de sugerencia (en el poema, mar y montaña no son solamente paisaje, aluden de alguna manera a Catalina: abismo y altura, travesía y soledad, anhelo de transparencia). Esa oscuridad del porvenir de la muchacha es también, de otra manera, la luz del paisaje, filamentos de sentido que rodean a la protagonista, la señalan y la prefiguran.      

Anunciación de Catalina

así la trayectoria que dibuja la quilla a lo largo de las aguas oceánicas & así púa del arado aguja del compás la trayectoria en los ojos de

una muchacha sentada en la popa los pies descalzos la fiebre en el cuerpo acariciado por el viento de la corriente de humboldt

mirando las costuras del océano desde antes que los marinos inicien sus labores un espejo dirías el mar que nadie ve salvo el abismo

de tus pupilas un tren atravesando los rieles congelados de la cordillera en tu retina un pasadizo sombrío en el que escuchas las voces familiares de los italianos

desde el cuenco del oído mientras oyes valparaíso coquimbo nombres nuevos que nada te dicen y te preguntas cuándo acabará este mecerse sobre las olas algún día

habrás de comprender lo que esconde esa línea en el océano pero ahora el sol matinal entibia tu cuerpo la fauna marina se incorpora y nada hay que anuncie tu oscura progenie

ningún vaticinio en las aguas ni en el cielo despejado donde cunden las gaviotas

[Existen algunos pequeños cambios involuntarios en la estructura de los versos por las limitaciones del diseño web. Por ello, remitimos contrastar con los originales.]

Gana al oído el uso del encabalgamiento, la voz que al sumirse en los pensamientos de Catalina dice “un espejo dirías el mar que nadie ve salvo el abismo”, y –por un instante- aflora en la mente el agua oceánica, mirada desde las profundidades, oscuridad ascendiendo a la luz de la superficie, para reparar luego que tal abismo proviene, Catalina, «de tus pupilas / un tren atravesando los rieles congelados de la cordillera…», y ya la nueva tierra que acoge a la muchacha es descrita en sus dos trazos esenciales: el mar y la montaña sucediéndose en la retina (destreza sintética en el manejo de las imágenes; acierto pleno en el uso del silencio).     

En «Anunciación de Catalina», se produce un fenómeno arto interesante: el ritmo entrecortado del primer versículo delata el impulso del bisílabo, la cadencia regulada del dodecasílabo, el marcado compás del hexasílabo y del decasílabo:

…oó-oooóoooóooóo-ooóoooóooóoo / oó-óoooóo-oóoooó-

oooóoooóoó //

Mateo Díaz ha logrado un feliz encuentro entre el verso libre y la métrica clásica. Lo más probable es que la labor no haya sido consciente pero sí intuida. El constante comercio con la métrica ha generado esta interesante composición del ritmo.

En otros poemas, la técnica reluce soberbiamente y parece ser más una vía de apropiación de un estilo que aún no ha sido interiorizado. «La pasión según Caravaggio», «Una temporada en el desierto» o «Cinta de Moebius», creo, ilustran mejor esta vía. El juego polifónico, la composición poética alternando idiomas, la escritura continua y que prescinde de la puntuación, el equilibrio entre la disposición espacial y la disposición auditiva de los versos son formalmente asombrosos -tal vez mejor apreciados en su audacia por otro poeta en la medida que puede extraer lecciones para el quehacer de la escritura-. Estos elementos enunciados solo reparan en el arriesgo del escritor al emprender su tercer libro, el explorar líneas que lo alejan del registro de su anterior producción. Monólogos desde babel es entonces para su autor un camino de llegada, pero también uno de partida.                        

Lima, 09 de noviembre de 2021

………

[Existen algunos pequeños cambios involuntarios en la estructura de los versos por las limitaciones del diseño web. Por ello, remitimos contrastar con los originales.]

Prefiguración de Babel

Desde aquí 

alcanzo a ver una franja del océano calcinada por el sol.

A cuatro pasos del barranco, me he recostado sobre el césped caliente antes de retomar la jornada.

Desde este lugar, escucho conversar a una joven pareja cuya lengua no comprendo,

en nada distinta al coloquio que las gaviotas reanudan cada mañana.

Ignoro el significado de tanta música

aunque intuyo que han nombrado el cielo, este mar, otras ciudades

el mundo todo invocado en un ruido infinito.

Cuál la fuente —digo, cuando ya han callado— el surtidor de nuestras voces,

de dónde nuestros distintos grados de medir el silencio.

Nada responde: mediodía: graznidos de pájaros.

……….

Monólogo del Iscariote

la ruta negra de las hormigas desde mis ojos la ruta ruido de las hormigas desde mi oído la ruta que acosa mi fosa losa rosa la palabra toro que sobre el papel admiro y el gesto del tiro que encajo en mi lengua mengua entre algo

dones las palabras & las hormigas me guían galgo las gramáticas las diacríticas arrastran su cauda negra por el suelo empapelado y abandonan el retiro de mi boca me halan me jalan hacia el ruido por fuera del casco uterino me siento moro me siento toro bramando en un campo de tinta columna de cosa

coz remontando la nieve de la página en blanco santo seña umbral batiente sin entro ni salgo puerta coma puerta punto puerta mundo que separa al toro de la yegua al macho de su cacho al negro de la bombilla que amarilla mientras cagas ¿quién hace tanto ruido? hermano padre hijo acá empieza el tiro

teo de mi arpón de mi tirabuzón tiro a quemarropa lluvia de mi sustancia sosa y viscosa ah que no sepas de las voces que me rozan del ruido que en mi nido pío río ah que te diga este algo hay una fiesta en la azotea donde la luz oscurece el negro a los goces a los roces a las coces a la zanja del toro

allí donde hundo mi espolón mojo mi espigón & toro la sostengo del cacho y desde el retiro la tiro cómo fraterno no compartir el animal negro cómo la misma concha nuestra aguja no ose y cosa flecos crenchas ecos de trenzas lo que queda siempre es algo nunca todo hormigas diligentes voces ruido

zas! alguna herida palabras que enuncian cierto ruido balbuceo  que anuncia este atoro coro que corona el sinsentido algo del valgo risco del bizco tara del tiro aquí fonemo el verbo aquí sintaxo la cosa al pie de este peldaño escalero hacia lo negro

cima del ruido abismo de la cosa

do pradera en cabalgo negro toro

tras tiro en bis & triz del hijo de algo

……….

Monólogo del extranjero

1

Lo que está más cerca de mí es lo que menos conozco de mí.

Este río, este árbol, esta luz, son agua de otro cielo.

2

He llegado a la ciudad sin nombre y he levantado una casa

Allí donde corre el pececillo y nada permanece.

3

Lo que está más lejos de mí tampoco forma parte de mí.

Ya no la arena en la resaca, ya no la sal en el oleaje.

4

Los nombres se despegan de las cosas. ¿Qué son las palabras?

Estuches vacíos, piezas fuera del tablero.

5

Para desatar la madeja, para encontrar el sendero,

—te digo—, ¡tramas a las agujas!, ¡olvido a las pisadas!

6

Esta mañana he afilado el hemistiquio, embridado el punto y coma.

Esta mañana he soltado los lebreles para la caza espiritual.

7

Si el cazador es uno con la presa y presea consiente el anzuelo,

¡Dulcísimas espinas!, ¡tarda anacrusa!, ¡agitado silencio!

8

Lo que quería conocer es en lo que he venido;

Sapiente, mensurable intelecto en luz, arbusto, río convertido.

9

Lo que está más cerca de mí es lo que no puedo ver de mí.

Entre las hojas de eucalipto, el agua refleja una silueta oscura:

10

Mar rodeado de islas. Gorjeo sin paladar.

Lengua que se trenza. Punto sobre circunferencia.


[1] No siempre el poeta alcanza este equilibrio. Por ejemplo, en el poema «El sonido de dos campanas…»  cuando dice «un sol bermejo / sumergiéndose / en el mar oscuro / como una moneda de bronce», el símil hace del ocaso una imagen demasiado plástica. El elemento escogido para la comparación pone en relieve cualidades pictóricas y táctiles que interrumpen el efecto sugerente con que inicia el poema.

[2] El tono grave en los versos  nace de la precisa ordenación de las pausas; son los silencios los que dan un peso a las palabras.

[3] Entiendo y utilizo el concepto de alter ego como un verdadero  «otro yo» del autor. Ese «otro» es un yo subconsciente, emanado de la intuición, un poco del azar, de lo imprevisto y que conduce al autor en la oscuridad del acto creativo, ayudado de los recursos técnicos y de las formas artísticas aprendidos. Ese «otro yo» es autor y creatura al mismo tiempo, la obra es evidencia de su existencia. Ese «Yo» se plasma en la obra como una imagen alterna del poeta. Lejos estoy del concepto de alter ego como una proyección de la personalidad del autor, un doble idéntico, como suele usarse comúnmente.     

[4] «MONÓLOGO DE SAÚL» y «CANTOS GOLIARDOS» están exentos de esta afirmación; su estética transcurre por otras vías, más cercanas a la sensorialidad y al erotismo, respectivamente.

[5] No comparto, sin embargo, la visión demasiado unánime que se desprende acerca del gobierno revolucionario de las Fuerzas Armadas.

Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Miscelánea Reflexión

Los anteojos de azufre

El radicalismo de Manuel González Prada: un camino hacia la diferencia

El llamado del autor de Pájinas libres no fue el de alentar la confrontación política ciega o intolerante, sino la de concebir partidos que sean consecuentes con sus ideales y que salgan a defenderlos en el debate público.

Por Mario Granda Rangel

Ser radical o ser partidario de un algún partido político que profesa determinado tipo de radicalismo no es algo que sea bienvenido en nuestro país. En un comentario sobre Víctor Raúl Haya de la Torre, Enrique Chirinos Soto señala que uno de los errores del líder aprista en su relación con el poder –que siempre le fue huidizo— consistió en no entender “la espontaneidad conservadora” de los peruanos, que, a la hora de la hora, prefieren las actitudes pacifistas y moderadas de sus líderes y le “disgustan las actitudes y los métodos excesivamente radicales” (“Actores en el drama del Perú y el mundo”, 1961, p. 121). Es cierto que Chirinos Soto hace referencia a un tipo de temperamento antes que al radicalismo político propiamente dicho, pero en su opinión ya se destaca esa casi natural resistencia del público peruano a todo lo que signifique un cambio. Si a algún político, intelectual o aventurero se le ocurre concebir un pensamiento radical, es probable que este no sea del todo comprendido por sus seguidores o que muy pronto el mismo autor abandone tamaño atrevimiento.

El 11 de abril de 1902, el escritor Manuel González Prada renunció a la Unión Nacional, agrupación política que él mismo había fundado once años atrás con el propósito de conformar el primer partido peruano con un programa radical. Decepcionado por el modo en que sus correligionarios se habían aliado con representantes del Partido Civil (el partido conservador de entonces) para formar la Junta Electoral, optó por abandonar lo que en su momento fue el primer partido político radical del Perú. Para él, no era posible que la agrupación que se había formado para iniciar la reforma social, combatir el clericalismo y defender la libertad de prensa terminara por compartir intereses con la clase política que buscaba el poder solo para proteger sus beneficios económicos, mantener las diferencias sociales y permitir la influencia de la Iglesia en la educación y en la vida cotidiana.

Fuente: Universidad Antonio Ruiz de Montoya

Las opiniones de Chirinos Soto –realizadas hace más de cincuenta años— y la decisión de González Prada –tomada hace más de cien— nos pueden llevar a pensar que tanto la acción radical como el radicalismo no han cosechado mucho en nuestra vida política, social o cultural. No obstante, nunca dejan de ser significativos los aportes de quienes intentaron tomar una actitud un poco más firme en los asuntos públicos. Si bien sus mejores representantes nunca llegaron al poder o duraron muy poco tiempo en la arena política, nos dejaron muchas lecciones en lo que a política partidaria se refiere. Algo muy lejano al extremismo o a la revolución por la revolución, como se podría pensar primero.

En una carta dirigida a Francisco Gómez de la Torre para explicar las razones de su renuncia a la Unión Nacional, el autor de “Pájinas libres” critica duramente el modo en que los partidos políticos traicionan sus propios ideales. Si las agrupaciones partidarias opuestas terminan asociándose para aprovecharse de las circunstancias políticas, no habría por qué hacer mayor diferencia entre conservadores y liberales. “¿Para qué las luchas de Torys y Whigs, de socialistas y oportunistas en Francia, de carlistas y liberales en España, de papistas y garibaldinos en Italia, de republicanos y demócratas en Estados Unidos?”, se pregunta el escritor. El efecto que esto produce no hace sino despertar la desconfianza en el electorado, que termina por sentirse traicionado por los representantes que eligió mediante el voto. En este sentido, el llamado de González Prada no es el de alentar la confrontación ciega o intolerante, como a veces se ha querido entender, sino la de concebir partidos políticos que sean consecuentes con sus ideales y que salgan a defenderlos en el debate público. Para ello, sin embargo, antes es necesario asumir los ideales partidarios y no utilizarlos solo como un gorro o un adorno, según el momento más oportuno.

Hoy podemos decir que ya existe un poco más de tolerancia cuando se habla de la necesidad de hacer cambios importantes en el país, y es por ello que podemos retomar las ideas de González Prada bajo nuevos ojos. Entre la posición intransigente y el oportunismo, que muchas veces se presentan como las opciones más inmediatas y sencillas, él planteó un camino más desafiante, pero, a la larga, más fructífero: el de construir una democracia que se distinga por tener partidos que defiendan sus propios programas, y, a la vez, que respeten las ideas contrarias, pues la realidad nunca es una sola ¿Cómo es posible estar siempre de acuerdo? El radicalismo de González Prada solo consistió en querer ser diferente.

NOTA: “Ni GRUPORPP ni sus directores, accionistas, representantes legales, gerentes y/o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma”.

Categories
Columna de opinión Coyuntura Miscelánea Reflexión

Junto al Sena

Crónica de Biarritz

Por Carlos Germán Amézaga

Biarritz es una ciudad de unos 25 000 habitantes. En los meses de verano, sin embargo, llega a cuadruplicar su población, con lo que supera los 100 000 habitantes, debido a la afluencia del turismo, atraído por sus apacibles playas y por el famoso casino local. Por esto, me decía Joseph, un chofer de taxi local, que él se va de la ciudad todos los meses de agosto, porque no soporta el bullicio y el tráfico intenso que la influencia de turistas implica. No obstante, a finales de septiembre y principios de octubre, la ciudad está en su momento perfecto: ya se fueron los turistas que la invadían, la temperatura oscila entre los 15 y 25 grados, y todo vuelve a un estado de normalidad que los biarrotas agradecen. Es en ese momento, desde hace 30 años, cuando se desarrolla el Festival Latinoamericano de Biarritz, de cine y cultura, el cual tuvo como invitado de honor al Perú este año, entre el 27 de septiembre y el 3 de octubre.

El camino hacia Biarritz no fue sencillo. Hace más de tres años se iniciaron las negociaciones con los directores del Festival, Serge Fohr y Antoine Sebire, siempre atentos, siempre simpáticos. Ellos querían tener al Perú como invitado y estaban buscando un año especial; les dijimos que el mejor momento sería el 2021, año de nuestro bicentenario. Lamentablemente la pandemia intervino y la ocasión estuvo a punto de caer, pero, gracias precisamente a los organizadores y a la voluntad de las autoridades culturales del Perú, se pudo salvar nuestra presentación y dejarla como una de las principales celebraciones del bicentenario en Francia.

El Festival de Biarritz es principalmente un festival de cine latinoamericano. Por allí han pasado y ganado premios las más prestigiosas películas de nuestro subcontinente. Pero no es solo eso. En esa semana, se presentan conferencias y talleres literarios, todas las noches hay música de los países de Latinoamérica, hay muestras y exhibiciones fotográficas y de artes plásticas, muestras gastronómicas de nuestros países y un salón entero repleto de objetos de fina artesanía. Es una completa exhibición cultural de lo que Latinoamérica puede ofrecer al mundo.

Este año, además de las películas en competición, se produjo el Focus Perú, es decir, una selección de diez películas y documentales peruanos que se presentaron a lo largo de la semana. Entre ellas tuve la ocasión de ver dos: Casos complejos y Manco Cápac. La primera cuenta la historia de un fiscal insobornable en Trujillo, pero que ve su impecable trabajo trabado y limitado por jueces venales y una delincuencia extendida a casi toda la ciudad; extorsionadores y sicarios hacen de las suyas con el favor y hasta la simpatía de los jueces. La segunda es un homenaje a la ciudad de Puno, a través de sus danzas y festejos callejeros. Todo esto es visto a través de los ojos de un muchacho que llega a la ciudad para buscar trabajo y quien, poco a poco, irá encontrando un lugar para quedarse. Ambas son reflejo de un país que busca por todos los medios salir adelante, y de un cine que empieza a encontrar, en esa búsqueda, un espacio para manifestarse. Uno de los directores me comentó en algún momento que la selección efectuada para el Focus Perú, con las películas y documentales peruanos, había resultado un éxito y ello se notaba en las largas colas de espectadores que había antes de las presentaciones, y en el hecho de que en las segundas fechas de cada película había incluso más gente que en la primera.

Cinco escritores fueron invitados a Biarritz para ser entrevistados por Jacques Aubergy. Difícil encontrar un número equivalente de escritores en los que se junte tanto el conocimiento de su labor literaria como la simpatía natural de cada uno de ellos. Karina Pacheco, escritora y antropóloga, entretuvo a la audiencia con sus referencias a la ciudad del Cusco y a sus novelas repletas de momentos hermosos y sugerentes, pero también de historias donde la tragedia a veces se asoma y se confunde con la trama. Grecia Cáceres, quien vive ahora en Francia, nos mostró un breve relato de su vida y sus influencias literarias y no dejó de leernos algún poema de su autoría, como magnífica poeta que es. Santiago Roncagliolo, ya desde hace tiempo consagrado como gran escritor, nos contó algunos detalles de sus últimas novelas, en especial Y líbranos del mal, donde toca el tema de la pedofilia, ligada a ciertos estamentos de la iglesia católica. Alonso Cueto, grande Alonso, tuvo como protagonistas de su entrevista a la Perricholi y a los valses peruanos, distinguidos personajes de sus últimas novelas. Finalmente, Renato Cisneros, domiciliado por ahora en Madrid, hizo gala de su simpatía contando la historia de sus abuelos y bisabuelos, además de la de su padre, las mismas que le han dado su ingreso a la literatura por la puerta grande. Al final, los cinco, en una misma sesión, nos contaron anécdotas, a veces divertidas, a veces no, de otros escritores que vivieron en Francia como Vallejo, Ribeyro, Vargas Llosa o Bryce Echenique.

La parte literaria no hubiera estado completa sin la presencia, casi imprescindible, de un personaje inefable: Daniel Mordzinsky estuvo en Biarritz para presentar una exposición suya, dedicada a distintos escritores latinoamericanos, pero también para hacer fotografías. Conversamos largo en un almuerzo y me dijo que quería fotografiar a la chef peruana Lourdes Pluvinage que lo había maravillado con una fastuosa comida en la semana gastronómica peruana en el hotel Sofitel la noche anterior. Tuve la suerte de poder ayudarlo a conseguir la cita para fotografiarla y así lo hizo, y salió muy bien, porque él no es solo el fotógrafo de los escritores, sino también de los chefs, de los artistas plásticos, y de todos aquellos vinculados a la cultura. Realmente es un crack. ¡Gracias, Daniel!

El festival contó también con un conversatorio de tipo económico sobre el tema del agua. Varios especialistas de la CAF, la OCDE, la Agencia Francesa para el Desarrollo, universidades francesas y empresarios discutieron y presentaron propuestas para un mejor tratamiento del líquido elemento en América Latina, desde el punto de vista de la ecología, el medio ambiente, el saneamiento y las cuencas hidrológicas. Hubo también presentaciones musicales todas las noches, hasta altas horas, acompañadas de las tradicionales carpas con tragos y delicias gastronómicas de nuestra América Latina, lo cual no dejó a ningún visitante decepcionado.

No pude quedarme a presenciar la clausura y la entrega de premios a los vencedores en las distintas categorías. Supe después que ganaron premios a mejores filmes uno de Argentina y otro de República Dominicana y los documentales se repartieron entre Brasil, Chile y Argentina. Bueno, ya lo principal había pasado y los mejores momentos no habían sido solo en los escenarios o en las pantallas, sino también en los pasillos del festival, en los alrededores del Casino, en los cafés y los restaurantes, donde todos los amantes del cine y de la cultura se dieron cita una vez más en Biarritz e hicieron de este festival, como siempre, uno de los mejores de su género en Francia. Ojalá nos veamos de nuevo el próximo año.

Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Reflexión

Comentario: Los pobres de W. T. Vollman

Brevísimo comentario a un fragmento de Los pobres de W. T. Vollmann

Por Cristhian Briceño

Probablemente, una de las descripciones de pobreza más logradas la haya conseguido Victor Hugo en unas cuantas líneas, cuando en la primera parte de Los miserables nos presenta a una Fantine en pleno descensus averno, quien debe poner en funcionamiento su ingenio para hacerle frente a la escasez de todo: “Aprendió cómo se vive sin fuego en el invierno, cómo se ahorra la vela comiendo a la luz de la ventana de enfrente”. También recuerdo a otros pobres memorables, como Tom King en Un buen bistec de Jack London, Nelly, la hija del príncipe Valkovski, en Humillados y ofendidos de Dostoievski, e incluso Charlotte, el célebre vagabundo de Chaplin, especialmente en esa belleza que es Luces de la ciudad. Pobrezas distintas y distintas maneras de afrontarlas; la fascinación del ser humano por ver hasta dónde puede caer el prójimo es un deporte casi congénito. Sentirnos salvaguardados por ese muro que construye la ficción y en donde podemos ver sin el temor de caer también nosotros mismos es altamente tentador. Sin embargo, Vollmann va al lugar de los hechos. Provisto con una grabadora de voz, ingresa a lugares impensables y hace la pregunta de rigor: ¿Por qué eres pobre? La pregunta no es fácil, aunque sí es de fácil respuesta, porque enfrenta al entrevistado/pobre con sus temores, sus traumas, sus resentimientos, etc., y automáticamente, casi por reflejo, sale todo lo que una persona relegada de la sociedad lleva en su interior. Las respuestas, si bien son siempre elementales, son también reveladoras para todos, porque todos carecemos de algo, todos somos pobres de algo, aunque nuestra pobreza no comprometa nuestra supervivencia diaria. Montaña Grande y Montaña Pequeña no son los típicos personajes de crónica cuya función es caernos bien, escupir alguna epifanía barata o tocarnos, sino que parecen inventados por la imaginación de Vollmann para poblar un espacio real y hacerlos existir sin motivo, hasta que el olvido los borre apaciblemente y vuelvan a ser aquello que no queremos ser. “Tú y yo somos ricos”, le dice Vollmann al lector hacia el final de Los pobres. He aquí un fragmento del libro.

……

Las dos montañas

(Japón, 2004-2005)

1

Este último retrato debe ser más fidedigno que los tres anteriores, porque transmite y afirma menos; al fin y al cabo, si alguna vez coincidiera con Montaña Grande o Montaña Pequeña lejos de su puente quizá no los reconocería; tampoco ellos se acordarían de mí. ¿Acaso no es eso fundamental para la situación? Si eso me divirtiese, yo, un hombre rico, podría escoger a unos pocos pobres para que me hicieran de mascotas, y luego podría alimentarlos del modo más gozosamente autogratificante; pero sigue incumbiéndome  evitar entrecruzamientos con los millones de otros que viven bajo la lluvia.

2

Vivían, como he dicho, bajo el puente Shijo-dori del río Kamogawa, en Kioto, en una casa de cajas con lona azul. Montaña Grande era bajo y Montaña Pequeña era alto. En su patio de entrada tenían sillas en torno a una mesita. Una tetera hervía sobre un fuego en un cubo ennegrecido en el río.

¿Cuánto hace que vivís al aire libre?, les pregunté.

Un año, dijo el hombre con la mascarilla. Era Montaña Pequeña. Perdí mi empleo. Era ejecutivo. La compañía hizo una reestructuración.

Ahora que llevas tanto tiempo aquí, ¿será difícil volver a ser ejecutivo?

Claro que quiero, pero por las restricciones de edad no me aceptan. Hay mucha gente viviendo así.

Ni siquiera los más jóvenes pueden conseguir trabajo, dijo el otro hombre, conque no hay nada que hacer.

Es la primera vez que me veo en la calle, observó Montaña Pequeña.

¿Qué hiciste cuando pasó?

El primer día no había plan, pero al menos teníamos que procurarnos algo de comer. Conseguimos cartones y sábanas. Ese primer sitio fue aquí.

Él es de Kioto, dijo su amigo. Yo soy de Hokkaido. Nos conocimos sin más.

Él también había sido ejecutivo. Yo trabajaba para una gran farmacéutica, dijo con orgullo, y luego ¡lo dejé! Llevaba trece años en la compañía. Ahora llevo tres aquí.

¿Por qué sois pobres?

Montaña Grande echó el cuerpo hacia atrás y dijo: Yo no nos veo como pobres. Si tenemos un sitio donde vivir, vamos allí; si tenemos un trabajo que hacer, lo hacemos.

Pronunció esas palabras con ese mismo tono de orgullosa insistencia, y el otro se rió, avergonzado, me pareció.

¿Cómo conseguís comida ahora?

Recogemos latas vacías y las vendemos para reciclar. En un día nos sacamos tres mil yenes. Después vamos al supermercado. La mejor comida en relación con el precio es el ramen, el arroz, las verduras.

Cuando la gente se cruza con vosotros, ¿es amable?

Asintieron.

¿Cómo os mantenéis calientes?

Bueno, antes tenía novia, dijo Montaña Grande con una triste sonrisa. Echo de menos a las chicas.

¿Qué sueño tenías para el futuro?

¡Presidente de una corporación!, exclamó Montaña Grande.

Montaña Pequeña dijo: Me gustaría trabajar.

¿Cuál sería el mejor modo de ayudar a las personas como vosotros?

Montaña Pequeña me sonrió con tristeza, con la cabeza inclinada hacia un lado y su gorra de poliéster oscuro torcida hacia el otro, y dijo: Construir una sociedad en la que sea más fácil vivir.

Compartían un acuario con treinta peces de colores, -por pura diversión-, dijeron. Ocupaba un pedestal en mitad del agua. Los pájaros se comían a sus mascotas, de modo que pusieron una tapa.

[…]

5

Aquella primera vez, cuando les di dinero, Montaña Grande, arrugando la frente, había querido rechazarlo, pero le imploré hasta que por fin accedió a aceptarlo. Era orgulloso, que es lo mismo que estar avergonzado.

La segunda vez yo estaba cansado y Montaña Pequeña, ocupado, de modo que lo dejé a solas bajo el puente porque era alguien a quien apenas conocíamos y él nos había olvidado; nosotros éramos ricos y él era pobre…

William T. Vollmann

Los pobres

Debate, 2011, tapa blanda, 464 pp.