Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Miscelánea Reflexión

Reflexión sobre dos poemas: uno de Bertolt Brecht y otro de Antonio Cisneros

Trepar un árbol

Por Cristhian Briceño Ángeles

Uno trepa a un árbol llevado por diversas motivaciones: Zaqueo, el diminuto jefe de los publicanos en el oasis de Jericó, por ejemplo, trepó a un sicomoro para tentar una mejor vista de un Jesús asediado, como en tantos pasajes de los Evangelios, por la muchedumbre; il barone rampante, Cósimo, se guareció en el ramaje de un frondoso ejemplar tras una pelea con su padre, y ya nunca más volvió a poner un pie sobre la tierra; hizo lo propio Jutito, uno de los personajes de Antonio Gálvez Ronceros en Monólogos desde las tinieblas: subió a la copa de un huarango (supongo), temeroso de recibir el castigo por parte de su padre y de su padrino, a quien, entre pícaro y maleducado, había llamado Mítey Cuca (algo así como Señor Vagina); trepó también ese muchacho anónimo del poema “Abedules” de Robert Frost, quien nos confiesa, conmovido, que en su niñez fue un esmerado columpiador de árboles, y ya mayor, en el presente, cuando su vida empieza a asemejarse demasiado a un bosque sin senderos, anhela volver a antaño, trepar un abedul y doblarlo contra el suelo, y dejar entonces que el envión lo aleje de la tierra por unos instantes para volver luego a ella y comenzar de nuevo. Se trepa un árbol, también, para ponerse a buen resguardo del ataque de una fiera, para rescatar una cometa atascada entre las ramas o, sencillamente, por el mero placer de treparlo. Si nos adentramos en lo especulativo, Hazlitt bien podría haber compuesto un ensayo sensorial abordando la experiencia de trepar un árbol en la beatífica soledad de lo distante; San Juan de la Cruz haría que el alma se encarame en las alturas del árbol interior, desde donde pueda apreciarse, a sus anchas, la circundante vastedad de nuestro ser; Cortázar habría escrito unas instrucciones disforzadas e insufribles sobre cómo debe treparse correctamente un árbol; Apollinaire, un caligrama por el cual, verso a verso, él mismo iría escalando. Bertolt Brecht, sin embargo, sí escribió este poema:

                            El ladrón de cerezas

Una mañana temprano, mucho antes del canto del gallo

me despertó un silbido y me acerqué a la ventana.

En lo alto de mi cerezo (el alba llenaba el jardín)

había sentado un joven con los pantalones remendados

cogiendo alegremente mis cerezas. Al verme

me saludó con la cabeza, sin dejar pasar con las dos manos

las cerezas de las ramas a sus bolsillos.

Todavía un buen rato, de vuelta ya en la cama,

le estuve oyendo silbar su alegre cancioncilla.

En Crónica del niño Jesús de Chilca, del año 1981, Antonio Cisneros incluyó un poema de tema afín que transcribo a continuación:

                            Higos y gorriones

Los gorriones están hambrientos.

Y devoran los higos más maduros

de mi única higuera.

Los contemplo.

Ya no sé si es mejor un dulce de higos

o un bosque de gorriones

que me haga compañía.

En el primero se nos presenta a un típico pillo pasoliniano (me gusta imaginarlo con el rostro de Ninetto Davoli), quien, probablemente, ha escogido las primeras horas de la mañana para poder llevar a cabo su propósito sin mayores contratiempos. La alusión a la precariedad de su ropa nos indica que se trata de alguien desamparado, quizá un huérfano fugado de un hospicio o un ladronzuelo sin hogar, siempre buscando la forma de sobrevivir, aun a costa de la propiedad privada. Al verse descubierto, el tránsito del recelo al desembarazo no existe, o bien es instantáneo y no da paso al arrepentimiento ni a la huida: sigue con lo suyo mientras saluda, comedido, al propietario del cerezo. El silbido, acaso, nos revela de entrada a un ladrón desinteresado en la cautela propia de su oficio: es su silbido lo que ha echado a andar el poema, lo que despierta al narrador 1 y lo empuja a relatarnos los hechos; es también lo que queda resonando cuando su narración concluye. Hay, además, una pretensión cómica que podría emparentarlo con varios relatos de los Cuentos de Canterbury o con el Pentamerón de Giambattista Basile (por no mencionar el teatro del propio Brecht), sobre todo por la irreverencia del ladrón, por esa supuesta inocencia, casi edénica, en ausencia de la cual un personaje entrañable pasaría a ser, sin miramientos, un ser abyecto, trapisondista, un villano merecedor de nuestro desprecio, a la altura de Lady Macbeth o Don Juan; este chico tan solo ha trepado un árbol y está apoderándose de algo que no le pertenece, pero la tonada que silba es alegre y seduce como un flautista de Hamelín: la belleza que entrega a cambio parece justificar su accionar. En el segundo poema, el ladrón ha sufrido una notable metamorfosis: se ha multiplicado. Esta vez es un número incierto de aves el que da cuenta ya no de cerezas, sino de higos. Están hambrientas, precisa el narrador 2, avisado, tal vez, por la voracidad con que devoran los frutos, por la velocidad de los picotazos incidiendo en la pulpa fragante y jugosa, algo no especificado en el primer poema, donde el ladronzuelo solo acierta a guardarse las cerezas en los bolsillos y no sabemos si las comerá después o si su objetivo es, quién sabe, alimentar a alguien más. Desde luego, las aves son inocentes de antemano, pues actúan llevadas por una necesidad que quizá ni siquiera alcanzan a explicarse; serían igual de inocentes si, en lugar de sentirse atraídas por los higos prefirieran dar cuenta del narrador 2 y saciaran con él su hambre; son animales silvestres, juzgará el lector, igual a aquellas fieras del poema «Miércoles de ceniza» de T. S. Eliot (Tres leopardos blancos estaban recostados bajo un árbol de enebro/ A la fresca del día, tras haberse saciado hasta el hartazgo/ De mis piernas mi corazón mi hígado). Sin embargo, lo que llama mi atención es la pasividad de los robados. Ni siquiera sería válida la expresión “deponen muy pronto las armas”, ya que ni siquiera han tenido tiempo para ensayar un movimiento defensivo y proteger sus posesiones. Incluso podríamos pensar que tanto el narrador 1 como el narrador 2 adolecen de una respuesta porque se trata de un par de tontos ejemplares a la manera de Bouvard y Pécuchet. En esta supuesta idiotez providencial se encuentra cifrado el origen de su ventura. No se advierte en ambos poemas que el corazón de los narradores altere su ritmo, sino, más bien, este parece sosegarse al vaivén de las melodías que escapan de los ladrones y merecen la total atención, la distracción de quien las escucha y las considera bellas y se considera a sí mismo privilegiado, justificado en ese momento. El prosaísmo de ambos poemas es también un indicio de que el momento, la anécdota, están consignados sin ninguna pretensión de trascendencia: simplemente se deja pasar, no impone nada, solo su fugacidad. En el primer poema, el narrador se da la vuelta sabiéndose vencido, regresa a su cama y se dispone a reanudar el sueño, arrullado, suponemos, por el silbido del joven ladrón, sin preocuparse de la pérdida ni reducir la misma a una cuestión aritmética. El narrador del poema de Cisneros hace algo similar, pero su razonamiento podría interpretarse por mundano, pues considera la ganancia al elegir una de dos opciones: si espantar a las aves para sacar provecho del fruto de su árbol o deleitarse con la música. No obstante, la indeterminación es un indicio de su embeleso y, por el contrario, no echa cuentas de su ganancia, sino, sencillamente, trata de hacer coincidir dos sensaciones, auditiva y gustativa, para acentuar la que con mayor inminencia se le presenta. Ambos narradores parecen coincidir en que el intercambio ha sido, como mínimo, justo, cabal, de una precisión semejante a aquella antigua ecuación del diente por diente; en última instancia, parecen aceptar la buena suerte y no dar lugar a las inquisiciones o argumentos; quizá el narrador 1 lleve al extremo su fascinación entregándose al letargo, sin cuidarse de los males que podría ocasionarle un completo desconocido cuyo único valor es su silbido, siendo este silbido, entiendo, la acreditación para acceder a su confianza, a su entrega total, al punto, quizá, de dejarlo entrar a su casa, ayudándolo él mismo a avanzar por el ramaje hasta hacerlo trasponer su ventana. Este es tal vez el grado sumo de entrega, sobre el que descansa la lectura ideal de un poema, aquella en la que la interpretación sale sobrando, nos llega a resultar algo deleznable, la excrecencia casi material de la misma lectura. Esta transacción perfecta es posible únicamente en el campo de la ficción poética, y prueba de ello son todas las palabras que hasta aquí he escrito, cuando, más bien, la poesía (vaya a saberse si existe o es una ilusión), debería ser ese intercambio que nada tiene que ver con el conocimiento ni con la acumulación, como indica Virginia Woolf en uno de sus ensayos sobre la lectura, una pasión en la que las ganancias menguan y se escurren entre los dedos, algo así como treparse a un árbol sin esperar encontrar nada ahí arriba, solo hacerlo por el placer de hacerlo.

Categories
Coyuntura Miscelánea Nota de prensa

COLOQUIO INTERNACIONAL JOSÉ SANTOS CHOCANO

[CONVOCATORIA PARA EL  «NUEVO MUNDO, NUEVO ARTE». COLOQUIO INTERNACIONAL JOSÉ SANTOS CHOCANO]

Una tradición literaria se dinamiza gracias a las nuevas miradas que realizamos sobre los autores. Por ello, es necesario retornar a José Santos Chocano desde variopintas perspectivas de análisis que permitan explicar y comprender el amplio horizonte literario y cultural que despliega su obra —que no se limita al género poético— y su persona. 

Figura atractiva, pero también polémica, patriota fervoroso, pero también cosmopolita, el legado del autor de Alma América tiene todavía mucho por decirnos, pues vivió un momento clave de la historia literaria nacional y también continental. 

El presente coloquio es una invitación a abordar su presencia literaria con rigor, objetividad y creatividad, y, al mismo tiempo, una ocasión para difundirlas y presentarlas a la comunidad académica.

Los invitamos a formar parte de este evento organizado por:

– Escuela Académico Profesional de Literatura – UNMSM

– Escuela de Posgrado Antonio Ruíz de Montoya

– Asociación Peruana de Retórica

– Red Literaria Peruana

📆Plazo máximo de recepción de sumillas: 26 de setiembre

💻Plataforma: Zoom y Facebook Live

📌Bases del Coloquio:

Este es el enlace.

📌Correo de recepción de sumillas:

coloquiojosesantoschocano@gmail.com

#Literatura #Chocano #NuevoMundoNuevoArte 

#UNMSM #UARM #ASPERE #REDLIT

Categories
Análisis audiovisual Columna de opinión Miscelánea Reflexión

Reflexión: un documental sobre la vida de Arthur Rimbaud

Arthur Rimbaud: A propósito de un documental realizado en torno al poeta más maldito

Por Manuel Alonso Navazar

Arthur Rimbaud, una biografía es el título de un documental realizado por el suizo Richard Dindo1 en 1991. De poco más de dos horas de duración, gira en torno a la breve y novelesca vida de aquel joven poeta francés del siglo XIX, un personaje que en el mundo de las letras sigue significando un misterio tanto por su precocidad literaria como por su repentino distanciamiento de un arte que supo cultivar con una genialidad tan marcada que aún hoy hace que muchos entendidos en su obra se sigan preguntando de qué modo habría llegado a evolucionar su poesía de no haber decidido abandonar su práctica para irse al África y convertirse en comerciante.

Nacido en la localidad francesa de Charleville en 1854, desde muy niño dio muestras de ser dueño de una inteligencia superior a la de sus coetáneos (una anécdota cuenta cómo, en un día de escuela, resolvió en menos de una hora un examen programado para ser resuelto en tres, sin cometer error alguno), condición que sus profesores del colegio municipal no tardaron en notar. Al respecto, el director de aquella escuela llegó a decir: “Nada ordinario germina de esa cabeza, será un genio del mal o un genio del bien”.

Fue su maestro Georges Izambard quien, cautivado por sus habilidades y por su gran dominio de la lengua, se convertiría en su guía y mentor tras introducirlo en la lectura de los clásicos, así como de escritores connotados de esa época como Víctor Hugo, Jean Rousseau y Charles Baudelaire, a quien llegó a erigir como su máximo ídolo (dijo de él que era “un dios, el rey de los poetas”).

Su actitud rebelde y poco inclinada al acatamiento de reglas lo llevó a fugarse de casa en reiteradas ocasiones, en su afán por llegar a París y hacerse de un nombre en los círculos literarios que allí se organizaban. Era el contexto de la guerra franco–prusiana y de la consecuente Comuna de París, de la cual se hizo partidario y a la que dedicó algunos poemas (una versión no oficial afirma que, en su primera visita a la capital francesa, cuando contaba con dieciséis años de edad, fue abusado sexualmente por soldados de la Guardia Nacional, experiencia que habría llegado a alterarlo psicológicamente). Será su amigo Georges Izambard el que se encargaría de hacerlo volver sobre sus pasos y devolverlo al seno del hogar, el mismo que significaba una realidad de la que el joven Rimbaud se sentía hastiado en extremo.

Un conocido suyo le recomienda, entonces, dirigir una carta al poeta Paul Verlaine, acompañada de algunos de sus poemas (“El barco ebrio” entre ellos). Fascinado, Verlaine le hizo llegar sus elogios junto a una petición de dirigirse prontamente a París, ofreciendo incluso pagarle el boleto del tren y brindarle cobijo en su casa. Sería este el inicio de una de las relaciones más tormentosas que se hayan dado en el ambiente literario, en vista de que no solo hizo que Verlaine abandone a su familia —tenía una esposa y un hijo recién nacido— para irse a vivir a Bélgica con su protegido, sino que también llevó a aquel a disparar contra Rimbaud en un arrebato de celos, como consecuencia de la amenaza del joven poeta de abandonarlo2.

Sería este el punto de inflexión que llevaría a Rimbaud a seguir un nuevo derrotero de vida. Hastiado de la poesía y decidido a renunciar a una actividad que solo le había generado contratiempos, optó por centrar toda su atención y encauzar su energía en el comercio. De este modo enrumbó a África, abandonando para siempre la vida literaria. Es así que Rimbaud terminará sus días envuelto en una seguidilla de fracasos comerciales y sufriendo un progresivo deterioro de su salud, que le traerá como resultado la amputación de una pierna a raíz de un cáncer de huesos que terminará por llevarlo a la muerte en 1891, a sus cortos 37 años.

El documental realizado por Dindo ahonda, con relativo éxito, en la psicología del que es, para muchos, el poeta más grande de la historia literaria francesa. Hace ello recurriendo a una técnica narrativa muy peculiar, consistente en tomar como puntos de vista diversos comentarios y juicios —entre reales y ficticios— emitidos por personas allegadas a Rimbaud. De este modo, puede uno escuchar opiniones de su maestro George Izambard, del también escritor Ernest Delahaye (amigo íntimo de Rimbaud), de Paul Verlaine, e, incluso, de su madre y su hermana, quienes lo atendieron y estuvieron a su lado en sus últimos días de vida. Todos estos personajes son interpretados por actores en cuyas voces va tomando cuerpo la biografía de aquel poeta enigmático, irreverente y poseedor de un talento que solo después de su muerte llegaría a ser reconocido como un hontanar de genialidad poco habitual.

Su decisión de abandonar para siempre el cultivo de un arte que en un principio llegó a significar para él una razón de existencia (a los diecisiete años, en una carta dirigida al poeta Théodore de Banville, confesó que su única meta era convertirse en poeta, sin aceptar alguna otra opción) sigue siendo un misterio. Algunos de sus biografistas sostienen que su deseo de convertirse en comerciante habría obedecido únicamente a su afán de recaudar una cuantiosa fortuna que le permitiera dedicarse a la escritura con más comodidad, libre ya de los apuros económicos que lo habían atosigado en su etapa adolescente. No obstante, todo parece indicar que dicho abandono se habría debido realmente a un auténtico sentimiento de rechazo respecto a un estilo de vida que estuvo decidido a dejar atrás, pues, en palabras del comerciante Alfred Bardey —el hombre para quien trabajó en el tiempo que permaneció en suelo africano—, Rimbaud, quien se mostraba siempre como un tipo amargado y taciturno, tomaba una actitud mucho menos amistosa cada vez que alguien pretendía sonsacarle algún dato de su pasado (cuando Bardey le dijo que se había enterado de que el poeta Paul Verlaine era un gran amigo suyo, Rimbaud solo atinó a responder, con notorio fastidio: “absurdo, ridículo, repugnante”). Es sabido también que entre las cosas que le pedía a su madre enviarle desde Francia figuraban libros vinculados a temáticas propias del comercio. Ninguno estaba relacionado a un contenido literario. Es esta otra muestra clara de su irrevocable decisión por desentenderse en absoluto de la poesía y de todo aquello que le hiciera recordarla.

Su obra poética, producida en su totalidad en un periodo de cuatro años (abandonó la literatura a los diecinueve), tiene como base su famosa “teoría del vidente”, planteada y desarrollada en dos cartas escritas en 1871, dirigida una a su maestro George Izambard (en la que adjuntó el poema “El corazón robado” en el que, según se cree, alude a la violación de la cual fuera víctima) y la otra a su amigo, el también poeta Paul Demeny. Aquella se constituye como una teoría que, a decir de Rimbaud, exige del poeta un desarreglo total de los sentidos y el sometimiento a toda clase de experiencias, ello con el objetivo de aguzar la sensibilidad, requisito necesario para alcanzar la profundidad a través de la palabra. Una temporada en el infierno es, tal vez, el poemario que mejor ejemplifica esa teoría debido a que fue escrito bajo los efectos del hachís y del opio, los dos estupefacientes más requeridos de su época. En aquel libro nos encontramos con líneas como estas:

Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos fluían. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas —y la encontré amarga— y la injurié. Me armé contra la justicia. Y hui. ¡Oh brujas, oh miseria, oh aversión; solo a vosotras os fue confiado mi tesoro! Logré desvanecer de mi espíritu toda humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el sordo ataque de la bestia salvaje. Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas para asfixiarme con la arena, con la sangre. La desdicha fue mi dios. Me lancé contra el fango. El aire del crimen me secó. Le jugué malas pasadas a la locura. Y la primavera me dio la espantosa risa del idiota.

Ha quedado para la posteridad la fotografía que le tomó Étienne Carjat en octubre de 1871, cuando Rimbaud tenía diecisiete años. Es una de las pocas fotografías que Carjat conservó de él luego de destruir la mayoría de aquellas que llegó a tomarle, debido a la enemistad que se produjo entre ambos luego de que el joven poeta hirió a Carjat con una vara de metal a raíz de una discusión. En aquel retrato, Rimbaud aparece con el cabello revuelto y la mirada perdida, dando la imagen de un “enfant terrible” (una especie de James Dean decimonónico). Para algunos, no obstante, esta fotografía puede ser interpretada como la imagen de un ángel que se siente perdido en el infierno que ha hallado en la tierra.

El documental realizado por Dindo resulta enriquecedor debido a que nos permite apreciar de un modo completo la vida de Rimbaud, profundizando en cada detalle. Se suma a ello que lo haga tomando en consideración el contexto en el cual vivió aquel genio literario, constituido por una Francia mojigata, ortodoxa y, por ende, incapaz de entender la cosmovisión y actitudes de un personaje excéntrico y poco convencional como lo fue Rimbaud, quien quizá haya sido, por todo lo que le tocó vivir y padecer, el más maldito de todos los poetas.

Notas:

1. Nacido en Zürich, en 1944, Dindo es conocido también por haber realizado documentales en torno a personalidades como Franz Kafka y el “Che” Guevara.

2. La cineasta Agnieska Holland, inspirándose en esta tormentosa relación, filmó en 1995 la película Total eclipse, protagonizada por un joven Leonardo DiCaprio en el papel de Rimbaud.

Categories
Comentario sobre textos Coyuntura Miscelánea Reflexión Reseñas de libros

Reseña: “Chicas muertas” de Selva Almada

El pantano de lo siniestro

Por Eliana Del Campo

¿Cuál es el camino fácil para narrar la violencia? ¿Existe? Quizás el más transitado tenga recursos comunes que provoquen la conmoción instantánea: un panegírico de la víctima, el recuento de los actos que la conducen a las fauces del asesino, relatar el remedo de vida de los padres luego de la tragedia, describir cómo aún se le llora, entre otras maneras. Selva Almada (Argentina, 1973), en su libro Chicas muertas (Random House, 2015), rechaza de forma tajante esta vía. Huye de todo lugar común y convencionalismo sobre el horror para abrirse paso entre las espesuras de la Argentina rural. Siega, de forma sensible y precisa, los matorrales entre los cuales se esconden los detalles del asesinato de tres muchachas de provincia, durante los años ochenta, y recobra estas historias para sacar a la luz una verdad tan incómoda como universal: no hay lugar seguro para una mujer.

En Chicas muertas, no hay morbo de la desgracia ni superioridad moral. En cambio, hay tres hechos trágicos y un vaho pestilente de misterio e indiferencia. Si bien este libro es escrito muchos años después de los crímenes, Almada no adopta la clásica fórmula detectivesca. La forma en la que su prosa va hilvanando los hechos cautiva al lector por la ausencia de supuestos o juicios de antemano. Su mirada acompaña, mas no pontifica. Sus descubrimientos son, a menudo, atravesados por reflexiones de su dolorosa subjetividad. Se evidencia la pérdida de la inocencia al vislumbrar ese mundo que apenas comienza a conocer y ya se vuelca cruel con las mujeres: “Yo tenía trece años y esa mañana, la noticia de la chica muerta me llegó como una revelación. Mi casa, la casa de cualquier adolescente, no era el lugar más seguro del mundo. Adentro de tu casa podían matarte. El horror podía vivir bajo el mismo techo que vos” (p. 17).

Almada se convierte en la persona que ensambla un coro trágico de voces disonantes. Como periodista, recoge los testimonios de los familiares afectados, forenses, vecinos y testigos. Con ellos teje un relato que no pretende ser, de ninguna forma, algo terminado: el grado de atrocidad y la ausencia de justicia no lo permiten. En vez de ello, la autora reproduce la cotidianeidad de los discursos entre los que la violencia discurre. Recuerda a un mirón del barrio de su infancia: “Era inofensivo. Sólo le gustaba engordar la mirada con esos cuerpos jóvenes y hermosos que se movían en los dormitorios, preparándose para ir a dormir” (p. 139). Reconstruye el habla de chicos que justifican una violación grupal: “A esas calientabraguetas habría que enseñarles” (p. 20). Narra su experiencia con una vidente a quien consulta por los casos: “Cuando la llamo para pedirle una cita, le explico que mi pedido tal vez le resulte inusual: no es por mí por quien quiero verla, sino por tres mujeres que están muertas. Me dice que es más habitual de lo que pienso y arreglamos día y hora” (p. 46). Almada convoca, enfrenta y ofrece estas voces sin adornos: no las exhibe exóticas, no es indulgente. No muestra condescendencia. Lo que muestra es la violencia, tan ubicua como el aire que se respira. Tan áspera como el viento norte que arrasa y, de vez en cuando, descubre una pista esperanzadora: una mandíbula, un testigo clave.

“Sucedieron cosas como estas” es, según Susan Sontag, la clave o el objetivo de Goya al retratar lo macabro en Los desastres de la guerra. “Cosas así suceden” nos susurra Almada en cada página. En Ante el dolor de los demás, Sontag ya advertía sobre los peligros de la sobreexposición de la violencia: la desaparición de la conmoción. O peor incluso: la apetencia por contemplar la degradación. Almada parece plenamente consciente de ello, pues no compromete los principios del buen periodismo, la decencia ni la buena literatura. Muestra sin tapujos el horror que se inscribe en los cuerpos en los momentos en que la historia exige una fotografía: “Estaba semidesnuda y en avanzado estado de descomposición, le habían cortado los pezones y extirpado la vagina y el útero, y la yema de la mayoría de los dedos” (p. 67). Y cuando no, le otorga un silencio. Un paisaje. Una conversación: “No, le pregunto por otra chica: María Luisa Quevedo. ¿También arrojaron su cuerpo acá? –Ah no. A la Quevedo la dejaron por allá” (p.174). Las historias se hacen parte de la misma narradora mientras va recogiendo los huesos de las víctimas, pero también sus sospechas y las ambigüedades que, por siempre, guardarán la incógnita de sus últimos momentos.

Hay instantes en la vida de uno que cambian de forma radical la manera de ver las cosas. Acaso Selva Almada de chica escuchó por la radio la noticia de una joven asesinada en su cama y, sin saberlo, comenzó a escribir este libro. Acaso la lectura de Chicas muertas le proporcione a cada lector una turbación similar, ya sea aquella del reconocimiento de la violencia en uno mismo o la conmoción ante las historias y la frecuencia con que esto sucede. De forma personal, debo aceptar que me produce la admiración por una autora que no solo se aleja del camino fácil, sino que se zambulle en el pantano de lo siniestro y emerge con un libro inolvidable.

……….

Datos de la publicación:

Selva Almada

Chicas muertas

Literatura Random House, 2015, 187 pp.

……….

Eliana Del Campo (Trujillo, 1993) es escritora e investigadora social. Estudió la Maestría en Estudios de Género en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es licenciada en Turismo y bachiller en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Trujillo. Ha publicado artículos en diversos medios culturales de La Libertad como el Diario La Industria y la Revista Livin. Aparece en Relatos selectos, escritores y escritoras de La Libertad (Revuelta, 2020), en la antología Cómo Narrarnos (Biblioteca Bicentenario, 2021) y, próximamente, en la antología Ellas cuentan (Orem, 2021).

Categories
Columna de opinión Coyuntura Miscelánea Reflexión

Junto al Sena

Play it again, Chick

Por Carlos Germán Amézaga

A mediados de los años 70 nos reuníamos en casa de Moshé, en San Isidro, con Lucho, Miguel, Andrés, Liana, Roberto y otros amigos más, todos amantes de la música. En aquella casa que todos seguimos recordando, en la pieza donde estaba el piano de media cola, encontrábamos casi siempre los mejores y los últimos discos de moda, que en esa época había que buscarlos fuera de nuestras fronteras, pues el gobierno de la época impedía esa clase de importaciones.

Escuchábamos un poco de todo: rock progresivo (Yes, Genesis, Emerson-Lake-Palmer, Pink Floyd); rock (David Bowie, Led Zeppelin, Sui Generis, Jethro Tull, Rolling Stones, Beatles,  Santana, The Who, Deep Purple,…); jazz latino (Irakere, Gato Barbieri, Mongo Santamaría); Jazz Fusión (Miles Davis, Return to Forever, Mahavishnu Orchestra, Weather Report, Pat Metheny) y  por ahí también algo de la buena salsa que ya hacía sus pininos en Nueva York.

Todos teníamos nuestros preferidos: a mi me gustaba Yes; a Miguel, Emerson-Lake-Palmer; a Lucho, Led Zeppelin; a Andrés, David Bowie; a Moshé, Sui Generis; aunque todos disfrutábamos de todo. Pero había algunos músicos en los que había consenso, uno de ellos era Chick Corea. En esa época escuchábamos Return to Forevercon fervor: “Fiesta”, “Spain” y “Romantic Warrior” eran algunas de esas canciones que con el paso de las décadas se convertirían en standards, es decir, piezas que el tiempo recompensa otorgándoles ese estatus.

Es que, además de sus melodías, Chick Corea era simpático y nos caía bien. Claro, no lo conocíamos personalmente, pero sus fotos y las carátulas de sus discos nos mostraban a un tipo alegre, jovial, amante de la vida y vestido siempre de una elegancia muy cool, sin poses ni ademanes desmesurados.  Y eso era un reflejo de su música, siempre diáfana y colorida, cargada de sentido musical y abierta a distintas tendencias a lo largo de su dilatada carrera.

Chick tocó siempre rodeado de músicos magníficos. Empezó con Mongo Santamaría, muy ligado al latin jazz; siguió con el gran Miles Davis, con quien participó en su mejor época de fusión. Luego vendría Return to Forever, con Stanley Clarke y Airto Moreira. Seguiría esa magnífica asociación con Gary Burton, con quien grabó el maravilloso Crystal Silence, y luego con otro grande del piano como Herbie Hancock. También grabó My Spanish Heart con el violinista eléctrico Jean-Luc Ponty.

Más adelante, realizó giras por todo el mundo con sus bandas Acústica y Eléctrica. Entonces, ya hacia el final de los ochentas y en los noventas, fueron las ocasiones en que pude verlo por fin en concierto, con ambas bandas, en Bruselas, La Haya y en Viena. La última vez que lo escuché en vivo fue en Lima, el 2014, acompañado nada menos que por Eddie Gómez en el contrabajo. Esas presentaciones fueron un deleite para mis oídos, en los que se mezclaron su maestría en la ejecución con mis recuerdos indelebles de las horas que habíamos pasado escuchándolo.

Por eso, hoy, cuando los diarios nos han traído la noticia de su fallecimiento, solo he podido dolerme en silencio, escuchar su música y hacer remembranza de los amigos de entonces, quienes seguro me acompañarán en el sentimiento. ¡Gracias, Chick! Tu música y sus sensaciones nos acompañarán por siempre.

París, 12 de febrero de 2021

Categories
Comentario sobre textos Miscelánea Reflexión

Crónica sobre Charles Bukowski

El legado de un viejo indecente

Por Manuel Alonso Navazar

Descubrí a Charles Bukowski (1920-1994) cuando tenía alrededor de 20 años de edad. En una de esas circunstancias maravillosas e imprevistas con que la vida nos suele sorprender, quiso el azar que aquella tarde la mujer que me vendía una edición de los cuentos completos de Faulkner arrojara al suelo, en un descuido, un libro que llevaba por título La senda del perdedor. La portada llamó de inmediato mi atención. En ella, aparecía un hombre con sombrero delante de un extenso camino (de esos que parecen que conducen a la nada o, en todo caso, a un destino siempre incierto). Le pregunté a la mujer sobre el libro. Me dijo que no lo había leído, pero que muchos jóvenes, universitarios bohemios en su mayoría, solían visitar su puesto —ubicado en el desaparecido boulevard de Quilca— para preguntar por libros de ese autor. No lo pensé dos veces y llevé el ejemplar conmigo.

Ese mismo día, ya en casa, terminé de leer el libro de un tirón. No es habitual que eso llegue a ocurrirme con un libro. Casi siempre me detengo en alguna parte para continuar con su lectura al día siguiente o cuando encuentro algún tiempo disponible, pero con Bukowski el asunto fue distinto. Su lenguaje directo, crudo y, por momentos, procaz capturó por completo mi atención, y fue así que inicié mi relación con aquel “Viejo indecente” de quien poseo ya una nutrida colección que preservo en mi biblioteca personal como si se trataran de piezas invaluables. Fue así, también, que descubrí el germen de esa personalidad irreverente y autodestructiva que lo caracterizó siempre, hasta el día en que su luz se apagó en el año 94 a raíz de una leucemia cuando contaba con 73 años de edad.

Hijo único de una pareja de inmigrantes alemanes, su niñez estuvo marcada por un autoritarismo extremo y recalcitrante por parte del padre, quien solía golpearlo diariamente con una badana de cuero, casi siempre sin alguna justificación razonable de por medio. Su madre, siempre indiferente y fría (nunca se preocupó por profesarle al hijo la más mínima muestra de afecto), solo atinaba a decirle que su padre tenía siempre la razón. En Born into this, un documental realizado en el 2003 en torno a la vida de este escritor nacido en Norteamérica —y que puede uno encontrar íntegro en YouTube—, se hacen ostensibles las palabras que el viejo Charles llegó a decir con respecto a su progenitor: “Era tan gilipollas como cobarde […] y su sangre corre por la mía. A veces siento la sangre de mi padre en mis venas, su puta sangre de gallina que llevo dentro”. Aparte de esa difícil y distante relación que llegó a tener con el padre, le tocó, asimismo, padecer las secuelas de un acné severo, experiencia que lo llevó a auto marginarse de los círculos sociales que los chicos de su edad tenían por costumbre forjar y frecuentar. Fue así que hastiado de esa realidad que poco o nada le ofrecía decidió buscar refugio en la lectura. Sinclair Lewis, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, John Dos Passos, Sherwood Anderson, entre otros, fueron sus primeras influencias literarias (descubiertos en libros que, a falta de dinero, tenía que pedir prestados de la biblioteca pública) y, especialmente, Hemingway, quien no tardó en convertirse en su máximo ídolo: “Y entonces vino Hemingway. ¡Qué subyugante! Sabía cómo escribir una línea. Era puro gozo. Las palabras no eran abstrusas sino cosas que hacían vibrar tu mente. Si las leías y permitías que su hechizo te embargara, podías vivir sin dolor, con esperanza, sin importarte lo que pudiera sucederte”.

Hace unos días me hice con una edición de Cartero, su primera novela. La escribió en un mes, a instancias de John Martin, su editor, quien le ofreció darle cien dólares mensuales con la condición de que abandone su agobiante trabajo en la central de correos y se pusiera a escribir a tiempo completo. Hasta el momento en que la concibió, solo había publicado algunos relatos y poemas en diversos periódicos y revistas (su columna “Escritos de un viejo indecente”, publicada semanalmente en un diario de Los Ángeles, se convirtió en la más leída y así empezó a tomar cuerpo una fama que llegaría a cimentar poco tiempo después).

En esta novela, el narrador (identificable con el autor del libro) nos cuenta las vicisitudes que le tocó vivir en todo ese tiempo (nada más y nada menos que once años) que trabajó como empleado en el Servicio Postal de los Estados Unidos, un trabajo que, cual novela kafkiana, no hacía otra cosa que deshumanizarlo. Al respecto, llegaría a decir: “Mis mareos se fueron haciendo más continuos. Los sentía llegar. La caja del correo empezaba a dar vueltas. Duraban alrededor de un minuto. No podía entenderlo. Las cartas se iban haciendo cada vez más y más pesadas. Los empleados comenzaban a adquirir aquel aspecto gris mortecino. Empezaba a deslizarme por mi taburete. Mis piernas apenas podían sostenerme. El trabajo me estaba matando”. Asimismo, hace referencia al nacimiento de Marina Louise, su única hija, fruto de su unión con Fay Smith, una hippie que terminó dejándolo para irse con un camionero. Tal vez, fue aquella circunstancia la que llegó a rescatarlo del vacío absoluto. Al respecto, casi al final de la novela y en una de sus partes más emotivas, dice: “Empecé a notar la falta de descompresión. Me emborrachaba y me quedaba más borracho que una mierda podrida en el purgatorio. Incluso una noche estaba con un cuchillo de carnicero puesto en la garganta cuando pensé, tranquilo viejo, a tu niñita le gustaría que la llevaras al zoo. Helados, chimpancés, tigres, aves verdes y rojas y el sol descendiendo sobre la cabeza de ella y colándose entre los pelos de tus brazos. Tranquilo viejo”.

Me gusta pensar que, a pesar de esa dureza, rebeldía y actitud orientada casi siempre al constante flagelo de sí mismo, el viejo Charles poseía una sensibilidad capaz de emanar cierta ternura y simpatía, nada fácil para un hombre que rehusaba el tener que mostrarse con alguna careta. De este modo, me quedo con aquellas palabras que llegó a decir en torno a la esperanza, la cual nunca desterró de sí mismo a pesar del tortuoso camino que le tocó recorrer: “No la abandones […] debes quedarte con una pequeña ascua, una chispa y nunca se la des a nadie, porque mientras conserves esa chispa podrás encender siempre el fuego más grande”.

Sobre el autor:

Manuel Alonso Navazar (Lima, Perú). Es bachiller en Literatura, y magíster en Lengua y Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus relatos han sido publicados en diversas revistas, como Ibidem (México), El Narratorio (Argentina), Ibis (Colombia), Pluma (Argentina), Espejo Humeante y Molok (Perú). Asimismo, ha formado parte de antologías como Ecofuturismo. Cuentos Sci – Fi (Speedwagon Media Works, Lima, 2020) y Desde mi ventana (Fundación Amares, Chile, 2020). Ha publicado el libro Para leer en invierno (Mesa Redonda, Lima, 2020).