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Reseña: Nystagmos (2021) de Eduardo Molinari Novoa

“Tu hilo de Ariadna es Sóter”

Por C. Briceño A.

El de Molinari pertenece a esa clase de libros que, conforme avanzamos en su lectura, nos van introduciendo a un estado cecuciente. Es una placentera oscuridad, una oscuridad frondosa de imágenes y significados en la que el lector se va perdiendo, se va reencontrando, va acariciando los altorrelieves en las galerías de su laberinto. Me recuerda a un par de libros escritos en lo que va el siglo. Uno es Arquitectura del humo, de Jhonny Pacheco, aunque aquí tenemos la brújula de los títulos, los cuales nos informan de un pormenorizado inventario zoológico que echa luz sobre los textos y nos ayuda a dar con el cabo de un providencial hilo de Ariadna. El otro sería La ironía de la rama negra, de Jorge A. Trujillo, poemario de una sintaxis complejísima y un arduo planteo del poema en el que su autor no nos deja ir con las manos vacías, sino parece entregarnos el rigor de la métrica y, a la par, nos halaga de arcaísmos y neologismos. Molinari, por su parte, abunda en tecnicismos, en cultismos, en fin, en términos que nos obligan a la consulta (tanino, euforbias, floemas, nubifragios, ciático, icnita, vitela). Esta exuberancia léxica es un indicio de su objetivo en cuanto al poema, la necesaria urdimbre con la que, supongo, el autor intenta retar al lector, retrasando cualquier proximidad a un sentido claro de su texto, aunque, por otro lado, capturar un sentido no debería ser el objetivo del lector, ni de esta reseña. Baste decir que el poemario inicia con una imagen femenina a punto de desnudarse (o en un desnudamiento infinito) y el yo poético intentando capturarla con la mirada, y el texto final retoma la imagen femenina, esta vez con nombre propio, pero el sentido de la vista ha sido reemplazado por el olfato, como si el libro fuera una prueba de que el desvelamiento de un cuerpo, una sensibilidad o un mensaje fuera una labor imposible o, en todo caso, redundante; la exuberancia léxica a la que he aludido podría funcionar como los velos en las esculturas de Corradini, envolviendo el sentido del texto con su excesiva técnica, pero perfilándolo. En esto también puede ayudar el título del poemario, Nystagmos, el cual puede aludir a una patología que se manifiesta en el movimiento involuntario de los ojos, con lo cual el objetivo de la visión se hace de difícil aprehensión, aunque también, y entrando en lo especulativo y quizá baladí, podría entenderse como una suerte de anagrama de syntagma, es decir, lo que está a medio camino entre palabra y oración; en ambos casos, permanece latente esa idea de que el poemario en cuestión propone la extremada sugerencia como emblema de su propuesta. Pero vayamos con los poemas.

Foto: El Laboratorio

El libro los va alternando en dos tipos. Unos escritos de manera regular y otros en cursiva. Al principio creí reconocer que los primeros significaban la voz del yo poético a cabalidad, y los del segundo grupo podrían ser una voz alterna, a la manera de un coro griego, dando indicaciones, respondiendo preguntas, sirviendo de contrapunto:

Deberás cumplir estos ritos;

transformaciones iniciáticas

de gluten y cuclillas,

de tanino que se santiguan,

para prolongar así mi vida (p. 37)

La intención de estos poemas, su naturaleza, también queda establecida porque las páginas en las que aparecen no consignan numeración; al igual que los poemas del primer grupo, estos van alternando periodos de lenguaje intrincados con otros de una sencillez coloquial, su solemnidad a veces es contrastada por la limpidez del mensaje:

Mientras que el solista se difumina

entre cotonas de fino pima,

sojuzgado por gritos informes,

tan risueños, czarne oczy,

una blanca dentición temprana

y lenes pasos tambaleantes. (p. 17)

*

Quisiera hablar

de tu palabra, que contiene

a tantos otros nombres,

y que es una alegoría euleriana

tan bajita como es (p. 30)

Ambas secuencias de poemas proponen también un diálogo o su insinuación; la voz de las cursivas parece responder, la elección de versos en arte menor (en su mayoría) para componer estos poemas ayuda a otorgarle una velocidad que combina bien con la densidad del otro conjunto, señala una urgencia, una necesidad por contrarrestar el otro discurso. Cuando señalé, líneas arriba, sobre el inicio y el final del libro, olvidé anotar que el primer poema pertenece al primer grupo, y cierra un poema en cursivas, como si la intención fuera dar una respuesta a la imposibilidad del desvelamiento, es decir, la segunda voz, la del supuesto coro, concluye que la vista es insuficiente y, en su lugar, propone el olfato como sentido triunfante o complementario. La alternancia de estas voces, en todo caso, nos propone también una división del yo poético que genera un conflicto, a la manera de un monólogo y su negativo, donde la exuberancia léxica encuentra un lugar para ratificar su oscuridad:

A quién le robé la vida

quién sufre conmigo

esa diferencia simétrica

entre los óxidos de zinc

y la relajada aridez? (p. 13)

Dentro de este discurso se presentan una serie de referencias a la mitología griega, a la tradición hebrea o egipcia, incluso aparecen abundantes referencias topográficas relacionadas con lo anterior (Hades, Sefarad, Mesina, Peloponeso, etc.). Todo esto, según entiendo, es una estrategia por enrarecer el discurso, enmarañarlo de la misma forma que lo hace el vocabulario y la estructura. Pero Molinari va más allá; dentro de los poemas se inserta una partitura, escritura jeroglífica, ideogramas chinos, una cita bíblica, textos en italiano, alemán, inglés, al punto de volverse los poemas un museo de referencias, un catálogo desbordante, un ser teratológico. Como he anotado antes, no es menester adentrarse en una comprensión profunda del texto en esta breve reseña, sino vadear los poemas, disfrutando de su cadencia y de las imágenes que nos son amables:

Un brazo es ala

cuando te permite volar del cieno

y salir a comer nubes

en vez de alimañas. (p. 24)

¿Qué será de la tierra que permite

que salvajes se lleven sus brotes tiernos

sin retumbar desde el Hades?

Hace falta que todos se hagan Vesta

y destruyan el Peloponeso

de esta Europa a medio hacer

para ver a sus vástagos restituidos,

aunque sea por temporadas,

en la superficie de la memoria,

nuestra única patria común. (p. 50)

Foto: El Laboratorio

Es en estos versos donde Molinari nos recompensa en nuestra búsqueda de sentido, parece otorgarnos un espacio donde solazarnos con las palabras y dejar atrás las tribulaciones de la oscuridad. Esta precisión hace que el discurso de Nystagmos encuentre un equilibrio entre lo que se dice y lo que encumbre, entre la belleza y su ocultamiento en la maraña léxica y referencial. Incluso podemos aproximarnos a la conjetura que hicimos con el inicio y el final del poemario, aquella de la desnudez que buscamos trasponer y no podemos:

Y vuelan los lienzos

llenos de miradas incomprendidas

alimentadas por prejuicios

cuando grita el pestillo

y se ennegrece el archivo (p. 45)

Aspirante de esclavitud ajena

que recoge anillos textiles

mientras sueña con volver

a una jaula de cabellos negros

y se sumerge en pozos ficticios

de sargazos sensuales. (p. 47)

Nystagmos en un libro retador, que interpela al lector y lo lleva a certificar su fortaleza. Como todo libro difícil, hermético (mencioné el de Pacheco y Trujillo, añado a Morales Saravia y a Forsyth, por poner ejemplos de autores nacionales) indaga en nuestras competencias, demanda tiempo, inflama escepticismos; como todo libro, en general, nos ofrece un cabo personalizado del hilo de Ariadna para hallar la salida.

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Datos del libro reseñado:

Eduardo Molinari Novoa

Nystagmos

El Laboratorio, 2021

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Desde los extramuros

El vía crucis de La caza espiritual

Por Basilio Ventura

Durante cinco años La caza espiritual no figuró entre las publicaciones más importantes de la narrativa peruana; hoy el libro se muestra en la vitrina de las grandes promesas y su autora ha formado parte de la delegación que representó al Perú en la Feria del libro de Guadalajara. Sin embargo, aún poco se dice acerca de este conjunto de relatos que ha alcanzado el reconocimiento internacional. No es exagerado afirmar que la inclusión de Miluska Benavides en la lista de escritores jóvenes más influyentes no ha mejorado su recepción en nuestro medio intelectual.

Con el reconocimiento internacional de la revista Granta, La caza espiritual ha ganado en publicidad, pero no en valoración crítica. La crítica oficial apenas ha hecho eco de la noticia, sin explicarse los motivos de la inclusión y sin indagar por qué el libro ha pasado desapercibido buenos años. Parece que la crítica oficial prefiere eludir su falta de olfato y aún mira de costado a la escritora. Solo los jóvenes críticos han prestado la debida atención al libro[1]. Por motivos de coyuntura mi lectura se centrará en la primera edición de La caza espiritual.[2]     

Como narradora Miluska Benavides no se caracteriza por ser una velocista; su modo de contar es más bien pausado y su ritmo no experimenta variaciones. Ella pertenece al pequeño grupo de narradores preocupados más de la sintaxis y de la riqueza expresiva que de la acción misma. Su propósito es atrapar al lector a partir de la laboriosa descripción de una atmósfera narrativa o de un «estado de las cosas». Por ello, sus relatos no empiezan con el “típico suceso de enganche”, sino con el cuadro de una situación: un hombre asfixiado por la rutina sentado frente al televisor, los niños saliendo de la escuela y las madres esperándolos en un parque, la mujer que empieza los preparativos para un cumpleaños que no llegará.

Miluska Benavides se descoloca de la forma tradicional del relato corto, aquella que despliega su trama alrededor de “un suceso”. Efectivamente, los relatos que conforman La caza espiritual “carecen” de lo que podríamos llamar el evento crucial. Esta estrategia exige mucha pericia para sostener la trama. Desde el punto de vista narrativo, esta técnica alcanza una solvente performance en «Las ceremonias». La omisión del suceso clave deja visualizar mejor los estragos que este ha ocasionado en la vida de la protagonista. La soledad, la rutina y el sinsentido existencial rodean a una mujer que solo espera la muerte. Justamente uno de los méritos literarios del libro es recrear convincentemente ambientes donde se respira crisis, desasosiego, desesperanza y tedio.

Antes que “historias”, Miluska Benavides nos entrega situaciones. En estas los personajes emprenden una carrera contra el tedio y el sinsentido. Son seres que intentan recomponerse y en su huida rozan la locura o se resignan a una muerte lenta.  La autora nos los presenta luego de la crisis, luego del acontecimiento que los ha paralizado. Es justo esa parálisis el suceso principal que los personajes intentan revertir. Esto no ocurre en todos, pero es un ingrediente presente en cada uno de ellos. En «El condenado», por ejemplo, asistimos a la huida de un hombre del hospital para ir en busca del milagro que acabe con su dolencia desconocida. La narradora deja entrever ꟷcon un guiño kafkiano y casi incurriendo en alegorismoꟷ, que su personaje padece de tedio, que la oficina lo ha enfermado y que la búsqueda del remedio lo encamina hacia el fanatismo, la histeria y el autoengaño colectivo.

Lo interesante de La caza espiritual es observar a sus personajes vivir el tedio. No estamos entonces ante un tópico como suele serlo en la mala literatura. En estos relatos, el tedio es una experiencia humana y no un eco libresco; la autora lo ha extraído de la cotidianidad como un evento recurrente, estacional, inevitable, contra el cual el ser humano debe aprender a lidiar. Sea por la tragedia o por el naufragio de los sueños o por la familia que nos tocó padecer, el tedio es un vía crucis que tarde o temprano vamos a recorrer. Los personajes de «Las soledades», «Los cuerpos celestes» y «El condenado» parecen comunicarnos esta lección.      

En La caza espiritual, el tedio no afecta solamente las vidas privadas, también ha echado raíces en los pueblos y los ha cubierto de su aliento enervante. En «Corpus Christi Diego», uno de los personajes sentencia: «Este no es un lugar para jóvenes. Maras nació muerto». Los hombres y las mujeres que habitan estos relatos pretenden, a pesar de todo, hacer arrancar la vida. Como si un evento milagroso fuese a irrumpir en sus existencias, en la espera aceptan ser devorados por la monotonía y la grisura. En «Los cuerpos celestes», ese evento finalmente llega. No es un milagro, sino una catástrofe, la cual recuerda al hombre lo incierto que es el futuro[3].

***

Por su técnica narrativa, Miluska Benavides está emparentada con Laura Riesco y con el Luis Loayza de Otras tardes. Aunque no ha alcanzado aún la perfección estilística de estos escritores, tiene relatos superlativos a nivel formal, y logrados en su propósito estético. Pienso en «El panteón de los próceres». Este relato consigue recrear con gran verosimilitud la psicología de un púber. Apartándose del canon establecido, la autora no recurre al narrador protagonista ꟷcomo suele darse en los relatos que se proponen reproducir la mirada infantilꟷ, sino que privilegia una perspectiva externa. En lugar de recrear la subjetividad del niño, se enfoca en la relación de este con los objetos y los personajes que lo rodean. Son esas interacciones las que permiten perfilar su personalidad. Esta forma de narrar la experiencia infantil en nuestra literatura tiene su antecedente en Ximena de dos caminos. Miluska Benavides ha hecho suyo un modo de narrar que no es el tradicional en este tipo de relatos.   

Salvo «Las cuatro estaciones» y algún fragmento de «Los cuerpos celestes», el perspectivismo es un recurso ausente en La caza espiritual. La mirada externa es la predominante en los relatos. Esto resta versatilidad al libro y es uno de los pocos reparos que podemos hacerle. No obstante, con la perspectiva externa la escritora consigue composiciones como «Corpus Christi Diego» y «Los animales domésticos», a mi juicio los más ricos del conjunto. Del primero me agrada la concisión narrativa de sus distintas partes. «Corpus Christi Diego» es un relato compuesto de relatos menores y autónomos. Miluska Benavides ha dejado al lector la placentera tarea de hilvanar esas pequeñas historias y ha colocado cuidadosamente las pistas para esa trama invisible.

Interesante también es el microcosmos del relato. Aquí aparecen algunos elementos de la narrativa andina. El hombre bajado a la costa, la mujer del potentado, el opa, la atracción por los rayos emergen aquí bajo una nueva mirada. Recuerdan en cierta manera a los personajes de «Diamantes y pedernales», pero lejos del realismo documentalista del indigenismo[4].  Apreciamos más bien en este relato una manera de escribir que ha sabido reducir a formas arquetípicas los argumentos y los personajes nacidos en la orilla del realismo indigenista. Es una forma de rescatarlos y hacerlos transitar por los nuevos canales de la narrativa actual.    

La mejor composición del libro tal vez sea «Los animales domésticos». No sabría explicar por qué. Puedo decir, no obstante, que es el relato que me ha dejado la impresión más vívida. Su protagonista, un hombre viejo, parece buscar en un árbol la justificación a sus últimos años de existencia. El vínculo afectivo se describe en la historia de manera sobria y sostenida. Lo que más sorprende es la capacidad de observación de Miluska Benavides. No cualquier escritor pone el ojo en la relación entre un hombre y un vegetal; de antemano, muchos lo habrían descartado como el argumento de un relato. Miluska Benavides, en cambio, ha extraído de este suceso menor su mejor potencial poético.

***

De vuelta al tedio. Este es una experiencia recogida por primera vez en la literatura burguesa del siglo XIX. Baudelaire, crítico de la burguesía, era también un burgués y el tedio fue una de sus constantes preocupaciones. Ideológicamente, La caza espiritual reproduce este conflicto existencial propio de la sociedad burguesa. Sus personajes son de clase media o se mueven dentro de una comodidad sin lujo. Se caracterizan también por su marcado individualismo ꟷincluso los personajes que habitan los ambientes ruralesꟷ. Miluska Benavides ha registrado la ampliación del radio del tedio (este vía crucis espiritual que la modernidad ha inventado y que la posmodernidad sigue perpetuando). Aunque literariamente interesante, es legítimo acusar en estos personajes la falta de rebeldía. Ellos están bastante ajados y en su mayor acto de desacato ꟷen «Los cuerpos celestes», por ejemploꟷ rehúyen de enfrentarse frontalmente al sistema que los oprime; ciertamente, son personajes que terminan aplastados.

Foto: Hipatia Ediciones

El tedio expresa la crisis de la exacerbación individualista del proyecto burgués. Los personajes de La caza espiritual testimonian este fracaso existencial, pero también la búsqueda de caminos para salir del hoyo. Solo Martín, el púber de «El panteón de los próceres», parece encarnar una posible subversión contra los valores del mundo burgués. A pesar de su individualismo, el temperamento obstinado de este adolescente lo lleva a desenmascarar las verdades de convención que rigen a su entorno social. Esperamos que Miluska Benavides siga el camino de este personaje y explore en su posterior narrativa experiencias que trasciendan la crisis espiritual del tedio.

                                                                                                                      Lima, 03 de febrero de 2022


[1] Dos son las reseñas a la reedición de La caza espiritual (Hipatía Ediciones, 2021). La primera publicada por Aarón Alva en el portal Cuenta Artes y la segunda por Omar Guerrero en la Bitácora de El Hablador.

[2] Para esta reseña utilizo la edición de Celacanto (2015) la cual contiene ocho relatos. Esta elección no es arbitraria; antes pretende dialogar con la coyuntura del reconocimiento internacional y con la casi nula acogida que el libro tuvo en nuestra ciudad. En esencia, ambas ediciones son lo mismo, salvo el cuento adicionado y las correcciones de erratas de la primera edición.   

[3] Definitivamente, «Los cuerpos celestes» adquiere un brillo especial en este contexto de pandemia.  La autora ha fantaseado acerca de una tragedia colectiva e inesperada. La realidad en estos dos últimos años nos ha colocado frente a esa misma situación. La ficción y la realidad establecen así una relación especular que posibilita una reflexión existencial acerca de nuestro modo de vida actual.   

[4] El término en mención está exento de sentido peyorativo. Me limito a realizar una descripción objetiva.

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Reseña: Pelea de gallos (2018) de María Fernanda Ampuero

Una brutalidad que perturba

Por Omar Guerrero

Pelea de gallos (Páginas de espuma, 2018) es el primer libro de cuentos de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), texto que la colocó como una de las principales voces femeninas de Latinoamérica. Los trece cuentos que componen el libro tienen en común el hecho de presentar el horror humano. Se trata de una brutalidad que perturba, porque los actos que se cometen son cotidianos, son habituales, son como “el pan de cada día”. Aquí lo abyecto se ha normalizado. No debería sorprender, pero lo hace por la intensidad con la que se presenta, más aún por reiterar la violencia, la podredumbre y la denigración junto a otros hechos como el incesto, el machismo y el racismo (por citar algunos). Al mismo tiempo, podría entenderse como una denuncia, pero también como una forma de presentar a las víctimas y a sus victimarios, ambos conviviendo dentro de la misma casa o el mismo pueblo. Y en esta convivencia se intenta sobrevivir y a la vez resignarse con los acontecimientos que siempre son los mismos o que se repiten, pues no existe salida o solución. Se trata de la representación de un territorio, sus habitantes y su salvajismo. No es exotismo sino una manera de mostrar la atrocidad. Esto se percibe en el primer cuento que lleva por título «Subasta» donde una mujer es víctima de un rapto y atraco múltiple. Ella siente miedo al igual que las otras personas que le piden que se calme. Su pánico es mayor por ser mujer. Mientras tanto, no deja de escuchar las palabras soeces y las amenazas de los asaltantes. Este temor femenino también se manifiesta en el cuento “Luto”, sobre todo cuando el personaje principal femenino se convierte en testigo del horror que sufre su hermana por parte de un hermano mayor, presentado como un fanático religioso sancionador que le gusta diferenciarlas. Para él una es buena y la otra es mala. Una es correcta y la otra es puta. A esta última la denigra y hasta la ultraja ante los ojos de quien demuestra solo bondad. Por eso ella intenta remediar lo cometido hasta que surge la enfermedad y lo pútrido. Solo así decide vengarse de ese fanatismo prolongando el sufrimiento. Es una manera de acabar con el hermano que siempre las ha atemorizado y subyugado. La muerte parece inminente. Aun así, el peligro y el horror continúan en un hecho que no deja de ser sobrenatural.

La violencia sexual y el machismo otra vez se presentan en el cuento “Monstruos”. Dos hermanas gemelas miran películas de terror. A una le gusta este tipo de películas y a la otra no. Para calmar su miedo recurren a Narcisa, la muchacha del servicio, quien siempre les dice que hay que tener más miedo a los vivos que a los muertos. Cuando las gemelas tienen su primera menstruación, vuelven a recurrir a Narcisa que les advierte que ya son unas mujeres. Mientras tanto, los padres casi nunca están, sobre todo la madre. Un día ocurre lo inesperado. Lo sexual se vuelve terrorífico para Narcisa. Es una desgracia y al mismo tiempo una condena. Las gemelas así lo entienden.

La inocencia vuelve a confrontarse con “la mala vida”. Sucede en los cuentos “Griselda”, “Pasión” y “Cristo”. En el primero, una vecina llamada Griselda hace tortas espectaculares. Todos en el barrio le piden distintos modelos que ella cumple con mucho arte, aunque ese no es su principal medio de ingresos. Ella vive gracias al dinero que le da su hija Griseldita, de quien dicen que anda en malos pasos. La relación entre madre e hija se va deteriorando. Algo pasa después con Griselda, por lo que muchos extrañarán sus tortas. Así lo indica la niña narradora que siempre gustaba de la repostería de esta vecina. En “Pasión”, una madre abandona a su niña que luego irá creciendo bajo el cuidado de sus abuelos. La gente del pueblo le dice que su madre se fue a buscar hombres. La niña crece y toma una decisión hacia sus abuelos. Ella se vuelve un ser vil hasta que conoce un hombre que será su mayor perdición. En “Cristo” una niña cuenta cómo es su vida de pobres con un hermanito enfermo y deforme al que le dice “ñañito”. A la madre se le acusa que por andar en “malos pasos” le salió deforme el hijo. La niña cuida de su hermanito, pero un día se olvida de darle las medicinas. El ñañito se enferma. Como consuelo y esperanza acuden a un Cristo para rezarle y dejarle como prenda una representación de lo que las une como madre e hija.

La inocencia se reitera esta vez para convertirse en víctima del horror inesperado. Esto ocurre en los cuentos “Nam” y “Persianas”. En el primero una chica se hace amiga de una muchacha extranjera que ha llegado a la misma escuela. Estudian juntas y comparten muchas cosas. También escuchan discos de rock americano que remiten a la época de la guerra de Vietnam. Estos discos están en la casa de la muchacha extranjera porque su padre fue un héroe de guerra. El personaje principal ignora que dentro de la casa de su amiga se esconde un secreto con el padre y con lo sucedido en la guerra. Lo descubre mientras ella no puede controlar sus ganas de ir al baño. Aquí el horror se mezcla con lo escatológico. En “Persianas” un niño va descubriendo que los hombres de la casa se alejan o desaparecen. El verano es insoportable. Su único consuelo son sus primos, con quienes juegan y se juran estar siempre juntos, pues se quieren y se estiman. Y en este cariño se van descubriendo otras cosas como los primeros atisbos de una sexualidad compartida entre tres. De pronto, sus besos y caricias son descubiertos. Sus primos se distancian. Al niño no le queda más que ampararse en el cariño de su madre. Entonces lo tierno se transforma de pronto en lo grotesco con tintes de incesto. La ternura se convierte en horror.   

Otra temática que se encuentra es la relación de mujeres domésticas con sus empleadoras. Allí se evidencia la diferencia de clases y el comportamiento de ambos grupos donde se conjuga la estima y la pena. Esto se encuentra en “Ali”, un cuento narrado por unas mujeres de servicio. Cuentan la historia de la niña Ali, una mujer que sufre de sobrepeso y toda una serie de flagelos provocados por sí misma. Aunque estos flagelos son como una forma de escape por lo que sucede en su vida, en su matrimonio y en su familia. Las domésticas saben que se debe guardar el secreto. Lo que no podrán evitar será la decisión que tome la niña Ali. En “Coro” una empleadora le cambia de nombre a su doméstica. Ella se llama Natividad Corozo, pero la llama Coro, porque no le gusta su nombre y porque la considera de su propiedad. También hay un racismo encubierto de exotismo. Las otras empleadoras celebran tener a empleadas como Coro. Ellas celebran, brindan y exageran en sus comentarios (en estos comentarios hay una mención a la tragedia del cuento anterior). De pronto, algo pasa en la parte de afuera, en el jardín, cerca de la piscina. Las señoras van a ver qué es. La dueña de la casa está decidida a acabar con cualquier invasor. En el trajín, las señoras invaden el cuarto de servicio. Se ponen la ropa de Coro, la imitan de forma burda reincidiendo en su racismo. Les parece divertido. Solo una de ellas se mantiene el margen. Esto le costará caro. Quedará demostrado que sus amigas no son sus amigas.

Un último tópico es el placer de las mujeres mezclado con lo incómodo. Esto último relacionado al asco o al dolor. Ellas conviven o se acercan a la mugre. Soportan malos olores y hasta el maltrato. Se resignan porque es lo que les ha tocado vivir. Todo indica que no hay manera de revertirlo. En “Crías” una muchacha es amiga de dos gemelas. Estas gemelas tienen un hermano raro que cría hámsteres. Estos animales se comen a sus crías para evitar que sufran lo que ellas viven (se puede entender como un paralelo). Al mismo tiempo, la muchacha siente una atracción hacia este hermano raro a pesar de su repugnancia. Se mezclan los malos olores y cosas desagradables con placer. Se confunde la felación con amor. Pasa el tiempo y las gemelas viajan y se llevan a toda su familia al extranjero. El único que se queda es el hermano raro. La muchacha crece y regresa a la casa de las gemelas para saber del hermano raro que sigue viviendo en medio de la mugre, pero no importa. Ella no deja de sentir placer al visitarlo. En “Cloro” tres hombres limpian una piscina. La dueña de la casa los observa sin dejar de pensar en todo lo malo que ha vivido. También piensa en lo que desea. Y en “Otra” (cuento que cierra el libro) una mujer compra en un supermercado. Mientras va escogiendo las cosas que va a llevar se le vienen a la mente lo que sucede con su marido cuando no encuentra o faltan cosas en la casa. Es una mujer subyugada que por un momento decide liberarse. Se percibe una ligera esperanza sin conocer el costo.

De esta manera queda confirmado el horror vivido en cada uno de sus personajes. La brutalidad que se cuenta y que se percibe sacude al lector (advertencia para los lectores susceptibles). Y frente a este mundo ficticio-grotesco se reconoce a una autora que sobresale por mostrar lo atroz sin ninguna contemplación.     

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Datos del libro reseñado:

María Fernanda Ampuero

Pelea de gallos

Páginas de espuma, 2018

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Reseña: La vida de las marionetas (2021) de Fiorella Moreno

La intimidad y los afectos

Por Omar Guerrero

La vida de las marionetas (Alastor Editores, 2021) de la escritora peruana Fiorella Moreno (Lima, 1990) es un libro de cuentos compuesto de tres partes tituladas: I. El huevo de la serpiente, II. ¿A dónde vamos desde aquí? y III. Susurros. Son en total siete cuentos contenidos en cada una de estas tres partes. El punto en común es la intimidad de los personajes y su entorno donde sobresale siempre el nombre de Anna, aunque no siempre como protagonista. La familia, los padres, la amistad y las relaciones de pareja son el telón de fondo de cada uno de estos cuentos. Allí ocurren tensiones, secretos y dilemas que se intentan resolver o que se plantean a través del pensamiento y la memoria presentadas siempre en cursivas como si se tratase de un monólogo lleno de imágenes. Este recorrido de la conciencia surge a modo de falshbacks o saltos de tiempo. Sobresale, además, el uso del lenguaje por su completo lirismo, lo que se reconoce como el mayor mérito del libro y de la autora.

La primera parte, titulada “El huevo de la serpiente”, contiene los cuentos “Águila negra” y “La ratonera”. En ambos se evidencia el conflicto entre padres e hijos. En el primero, “Águila negra”, se cuentan los hechos en segunda persona y en forma de complicidad. Es como una confesión con respecto al personaje al que va dirigido el discurso. Allí se aborda las problemáticas de la madre, específicamente de una abuela y su relación con los hijos y la nieta. El espacio es la casa donde también surge el peligro o la amenaza. Y es que la figura varonil no siempre representa protección, mucho menos si también es parte de la familia. Solo quedan los cuidados hasta donde sea posible y se permita. La salud y la avanzada edad junto a los recuerdos no pueden ser eludidos.

En el segundo cuento, “La ratonera”, el predominio se dirige hacia el personaje masculino: un futuro padre. Aquí la familia es otro tópico constante, tanto para la que se tuvo, como la que se va a tener. Todo transcurre en la sala de espera de un hospital. Un hombre espera la llegada de su bebe, pero hay complicaciones de por medio. Tanto la madre como la criatura están en peligro. Ante tanta espera, llega la futura abuela, la madre de él, solo para brindarle su apoyo. En esos minutos surge el recuerdo de lo vivido en la infancia. Los conflictos con el padre, que ya no está físicamente, pero sí en la memoria a modo de traumas. Él no quiere que se repita lo mismo para su criatura, a pesar de que ya sabe que no es un varón sino una mujer. De pronto, surge otro tipo de recuerdos. Un antiguo romance, un amor derruido. Debería olvidarse, sobre todo su nombre, pero es imposible.

En la segunda parte se presentan los cuentos que abordan las relaciones de pareja. Aunque en el primero, que lleva por título “El silencio”, se inicia a través de la relación entre madre e hija solo para conocer lo sucedido en sus vidas sentimentales. La mayor parte de la acción transcurre en un viaje en auto dentro de la ciudad de Lima. La mención de avenidas y lugares son fáciles de identificar. También se menciona el litoral y el paisaje común de la capital. No es un paseo cualquiera. Se trata de un trayecto hacia lo que representa el pasado de ambas, sobre todo de la madre, y que de alguna manera repercute en la hija, que también es madre y ha sido esposa. Todo se acaba o se extingue. Solo quedan restos de un matrimonio. Aun así, se debe continuar. Esa es la lección de la madre que termina protegiendo a su hija adulta en medio del velorio de quien fue parte de sus vidas.

El cuento “Sumersión” se ubica en un espacio de playa. Hay una piscina y toda una serie de comodidades. Se percibe el estío y lo que esto involucra, sobre todo cuando se junta la familia. En este grupo se encuentra Anna, a pesar de que no pertenece a esta familia. Ella llega invitada por su novio. A pesar de la cordialidad y las apariencias, ella no se siente cómoda. La mención del tipo de vino que lleva es un ejemplo fehaciente de las diferencias. Igual ella intenta disfrutar el momento, pero no puede. Muchos elementos y muchas actitudes la indisponen. Se añade un hecho crucial. Una perra preñada empieza a parir a sus crías en medio de la madrugada. Anna la oye, la encuentra y se identifica con el animal. Despierta a su novio para que le ayude. En esta labor, ella le confiesa algo que contiene mucha sinceridad.

“¿Quieres venir a ver esto?” es uno de los cuentos más extensos. Aquí Anna es la principal protagonista, a pesar de formar un triángulo de convivencia casi familiar. Ella pasa un fin de semana con su pareja y con la pequeña hija de él. Se trata de una niña que muchas veces tiene un comportamiento singular. Anna intenta sobrellevarlo, pero una vez más los pensamientos y los deseos ocultos se apoderan de ella. De pronto, sucede un hecho inesperado con la niña. Anna no sabe que es su culpa. Esto traerá más conflictos entre ambos adultos. La relación de pareja se vuelve vulnerable. Esto le afecta a ella. Hace creer que lo supera, pero solo lo oculta. Para olvidar lo sucedido se propone un paseo. Allí surgirá el descubrimiento de algo inesperado que producirá espanto. Anna podría ser cruel, aunque tampoco no deja de ser una mujer frágil.

La tercera parte, titulada “Susurros”, corresponde a los cuentos donde las protagonistas son adolescentes. Se trata del aprendizaje de cada una de ellas. En “Al principio era el fuego” una muchacha de trece años con gusto al teatro de marionetas cuenta cómo surge su primer vicio en relación con lo sentimental. Se trata del hijo de su vecino, un adolescente de dieciséis años. También se menciona a un pequeño hermano que gusta prender fuego a las cosas. Es entonces que surge lo trágico que queda como un recuerdo.

En el cuento “Zenda”, uno de los mejores, se aborda el tema de la amistad entre dos alumnas de cuarto de secundaria. Ambas tienen quince años y comparten ciertas similitudes en cuanto a las relaciones con su familia y en la escuela. En este último espacio se incluyen las rencillas y la envidia entre alumnas. En lo que corresponde a la familia, el personaje de la abuela vuelve a marcar la vida de una de ellas. También está la presencia de un tío como algo oscuro que remite al peligro y que termina estropeando la amistad de ambas muchachas. Esta misma oscuridad se refleja luego en una de ellas, cuyo temperamento deriva en ciertas consecuencias. Surge la presencia de lo policial, con pesquisas e interrogatorios. Algo malo ha sucedido. La variedad de discursos cruzados da a entender cuál es el resultado de lo ocurrido.

No hay duda de que abordar la intimidad de cada uno de estos personajes y sus espacios es un acierto. Mucho más si la narración está provista de un lenguaje que remite a lo poético. En este caso funciona, sobre todo si se trata de un primer libro. Esto confirma que la autora aún tiene mucho que ofrecer y sorprender. Lamentablemente no se puede decir lo mismo del uso de los diálogos y la inserción de otros elementos como ciertas letras de canciones que no logran articularse en la acción de cada diégesis. Algo para corregir y mejorar.

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Datos del libro reseñado:

Fiorella Moreno

La vida de las marionetas

Alastor Editores, 2021

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Los anteojos de azufre

Un periodista, un editor y un lector honorable

Por Mario Granda Rangel

Uno de los aspectos que más llama la atención de la sentencia del juez Raúl Jesús Vega es que no solo implica al autor de “Plata como cancha” (Penguin Random House, 2021), el periodista Christopher Acosta, sino también a Jerónimo Pimentel, el director de la casa editora que publicó el libro. En casos anteriores, la acusación (pública o judicial) por difamación casi siempre era dirigida contra el escritor o el periodista, lo que luego se convertía así en un duelo personal que podía durar varios meses o años. En esta ocasión, sin embargo, el fallo involucra al editor, lo cual significa que no solo se trata de un golpe contra la libertad de expresión, sino contra la libertad de imprenta. Un tema sobre el que se ha escrito e investigado poco en la historia de nuestro país y que ahora ha vuelto a las primeras páginas.

En otros tiempos, quienes enfrentaban los problemas que podían surgir tras la publicación de un libro no eran los autores, sino los editores, ya que eran ellos quienes eran culpados por difundir la información que era considerada falsa o calumniosa. Fue recién después, con el posicionamiento de la figura del autor ante los medios, que el escritor empezó a ser perseguido con mayor vehemencia. Al atacarlo, el interesado gozaba de mayor exposición y tal vez podía despertar algunas adhesiones. Lo que ha sucedido ahora pareciera un regreso a las épocas en que los gobiernos de turno no tocaban al periodista, pero sí iban a los talleres para destruir la imprenta. Si César Acuña fuera presidente, ¿qué es lo que habría hecho? Por lo visto, no parece haberse dado cuenta de la dimensión de su acusación, pues destruir una imprenta significa hoy echar abajo una larga cadena de personas e instituciones que ya no son indolentes ante actos como estos. El contexto ha cambiado.

Quienes no han cambiado todavía son los lectores honorables, que no pueden soportar una imagen distinta a la que ellos tienen de sí mismos y castigan a quienes se atreven a dar una opinión sobre ellos. A Acuña debe serle difícil leer un libro, cualquier libro, pues en el paisaje peruano solo puede encontrarse él mismo. Una perspectiva y una idea de la sociedad, de la cultura y la política muy aburridas, pues la gracia de los libros se encuentra en la posibilidad de ofrecernos algo diferente y no más de lo que ya conocemos.

Foto: Christopher Acosta

Esperemos que una situación como esta no ahuyente a los periodistas y escritores cuyo trabajo se basa en la investigación y no en la repetición de lugares comunes. El amedrentamiento no es un lenguaje, sino un signo de intolerancia. Por otro lado, también esperamos que las rotativas tampoco dejen de funcionar.

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NOTA: “Ni GRUPO RPP ni sus directores, accionistas, representantes legales, gerentes y/o empleados serán responsables bajo ninguna circunstancia por las declaraciones, comentarios u opiniones vertidas en la presente columna, siendo el único responsable el autor de la misma”.

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Difícil trabajo

Margarita Saona y las zonas intempestivas

Por Christian Elguera

Las narraciones de Margarita Saona en La ciudad en que no estás nos adentran en un mundo de acontecimientos intempestivos. El primer punto a destacar es esa mirada minuciosa que traza una atmósfera absurda, pero de forma sutil. Con absurdo me refiero aquí a las apariciones de escenas y momentos imposibles que, sin ser fantásticos propiamente, terminan enrareciendo el espacio y la vida de sus personajes. Esto sucede, por ejemplo, en ese cuento donde una niña come relojes (“Comehoras”) o en aquel otro texto donde una pareja aprende a convivir con ranas y un cocodrilo (“Pruebas”). Mencionemos también esa historia donde comienzan a caer del cielo miles de aves, desmembradas, en el invierno (“Los pájaros”). En dichas páginas, se aprecia un control narrativo para jugar con el suspenso, retener información y dejar al lector con una sensación de misterio.

Se percibe también una minuciosidad en la forma de mirar: los personajes y las voces narrativas se centran en lo imperceptible. Esta atención se vuelve en muchos casos ominosa o perturba una presunta tranquilidad. Allí están los peces inquietando a la protagonista de “Acuario”. Allí están los conejos que se multiplican en una casa y, en claro guiño a Julio Cortázar, se vuelven un símbolo de lo perecedero. Vale detenerse en la intertextualidad con el famoso cuento cortazariano “Carta a una señorita en París”. Mientras el escritor argentino nos sumerge en un aire lúdico, donde la amenaza nunca se materializa debido a dosis de humor o exageración, vemos que en “Cartas con conejos” estos animales se convierten en símbolo de la muerte: no son alegorías sino cuerpos que revientan en el granizo del invierno recordando la proximidad de la hora final.

Saona traza su propio bestiario. En cada cuento, el animal no es un adorno, sino que se torna signo de una realidad aciaga. No se llega a una descripción de lo animal en sí, pero las referencias a cocodrilos, pájaros y conejos son avatares de lo desconocido. Su presencia en los cuentos tiene más de extrañamiento poético antes que una lógica narrativa. Los animales se vuelven una especie de borde entre el trasiego cotidiano y el recuerdo de una amenaza siempre presente. Pero, en La ciudad en que no estás, lo amenazante se presiente también dentro de la propia carne. No son pocas las escenas en hospitales, las referencias a cuerpos enfermos, presas de ansiedades y temores en cada resquicio. Y en esa angustia hay un modo de vida que organiza una propia rutina, sin la cual el propio ser podría desaparecer. En “Miedos, III”, la protagonista muere en el momento preciso en que logra liberarse de sus temores.

Y también las mismas palabras pueden volverse en contra de quien escribe. Tenemos ese castillo de palabras que producen laberintos y solo conducen a los abismos. En el relato “En morir del cuento”, las palabras se tornan heridas y desgarros insoportables. Posiblemente, debido a esta concepción de lo escrito, la autora ha buscado experimentar con diversas piezas cortas. La brevedad narrativa significa siempre un riesgo. Aquí solo hay dos alternativas: el cuento breve, aforismo o microrrelato, deja un impacto en la lectoría o queda como una anécdota que luego se olvida. Saona reconoce este riesgo y salpica el libro con narraciones brevísimas que no siempre logran impactar. Sin embargo, en ese trajín, también aparecen textos notables como “La llave”, “Telepatía”, “Insomnio I” y “Otro tren”. Estas piezas breves nos ayudan a percibir el sentido del título de esta colección. Como demuestra Gérard Genette, hay toda una poética en el arte de escoger un título. Elegir un paratexto es una decisión que abre o cierra mundos. La ciudad en que no estás nos permite atisbar el ritmo de los desencuentros. Por un lado, puede percibirse que la autora ha buscado entender el desencuentro a partir de amores distantes o imposibles. Por otro lado, como lector, he percibido el desencuentro en esa retahíla de chascos, frustraciones e impotencias que van surgiendo. Nunca estamos “donde” y “cuando” debemos estar. El cuerpo se pierde a sí mismo, nunca llega a ningún encuentro, se desfragmenta y contradice como sucede en “Recuerda”. Las piezas breves que he indicado nos permiten una posible lectura de este desencontrarse. En “La llave” leemos:

¡Encontré la llave!

El problema es que ahora no puedo encontrar la puerta.

Por su parte, “Insomnio I” nos presenta estas líneas:

– Haga lo que haga no consigo dormir.

– No es cierto –contestó la lechuza. Si lo fuera, no estarías hablando conmigo.

La ambigüedad de no encontrar salidas a pesar de superar un obstáculo; la incerteza de estar durmiendo o despierto. Estas contradicciones se hacen aún más tangibles en “Distopía I”. Ante una plaga de palomas, los habitantes de una ciudad consideran que la mejor solución es usar halcones para eliminar dicha peste. En adelante, se logra eliminar el problema, pero cada día se vuelve una visión grotesca de palomas desparramadas en las aceras, tanto es así que leemos: “Hay que andar con cuidado para no embarrarse los zapatos o resbalarse, y acostumbrarse a sentir los restos de palomas bajo nuestros pies”.

No siempre el tono romántico es el mejor logrado del libro. No obstante, en “Desequilibrios”, encontramos un ejemplo claro de los desencuentros. En este texto, se entrecruzan ese estilo absurdo que comenté al inicio y un halo de ternura que acrecienta el chasco final. La protagonista se enamora de un equilibrista que vive trajinando entre los edificios, sin nunca tocar el suelo. Cuando ella decide imitar la vida del equilibrista, con tal de seguirlo, este simplemente desaparece. Asimismo, “no estar” es una desazón que también tiene matices violentos, tal como percibimos en “Aprendiz de bruja”. Una mujer ha invocado a un viento que, en un comienzo, es fascinante en su belleza y energía, pero que luego se convierte en una vorágine. En contraste con el texto “Dijo basta”, apreciamos que “Aprendiz de bruja” describe las agonías de la violencia de género mediante alegorías de la naturaleza. Así, en la parte final, leemos: “ He invocado al viento y ahora vive en mi casa. Pero una tormenta espera agazapada en las esquinas”.

Finalmente, no estar en algún lugar es también extraviarse. Al respecto, valga mencionar el cuento “Objetos perdidos”. La protagonista nos confiesa que tiene una colección de utensilios perdidos de toda raigambre: medias, aretes, fotografías. Su labor cotidiana es ordenar ese cúmulo de cosas que a nadie interesa. En el momento final, ella se reconoce a sí misma como alguien que ha perdido su ser o una parte de su cuerpo. Perderse o perder algo es otra forma de no estar en una ciudad. Atendamos así esta declaración: “Solo, de vez en cuando, me pregunto si esa que fui anda tan tranquila con ese vacío en el pecho o si, por lo menos, de vez en cuando, echa de menos su corazón”.

Foto: archivo de la autora

Los desencuentros, los extravíos, las pérdidas no acontecen de manera abrupta. No se trata de un desorden que remece o destruye, pero sí delinea zonas intempestivas que dejan huellas, cicatrices encarnadas en muchos de los personajes. Una mirada, un detalle minúsculo, presencias aparentemente imperceptibles se convierten en fuerzas que aturden, despersonalizan, descolocan a los protagonistas que atraviesan estas páginas. Más allá del espacio familiar, del amor hacia otros amantes, lo intempestivo siempre surge en la propia carne y así dejamos de ser el mismo ser, el mismo cuerpo.

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Datos del libro analizado:

Margarita Saona

La ciudad en que no estás. Cuentos reunidos

Cocodrilo Ediciones, 2021