“Tu hilo de Ariadna es Sóter”
Por C. Briceño A.
El de Molinari pertenece a esa clase de libros que, conforme avanzamos en su lectura, nos van introduciendo a un estado cecuciente. Es una placentera oscuridad, una oscuridad frondosa de imágenes y significados en la que el lector se va perdiendo, se va reencontrando, va acariciando los altorrelieves en las galerías de su laberinto. Me recuerda a un par de libros escritos en lo que va el siglo. Uno es Arquitectura del humo, de Jhonny Pacheco, aunque aquí tenemos la brújula de los títulos, los cuales nos informan de un pormenorizado inventario zoológico que echa luz sobre los textos y nos ayuda a dar con el cabo de un providencial hilo de Ariadna. El otro sería La ironía de la rama negra, de Jorge A. Trujillo, poemario de una sintaxis complejísima y un arduo planteo del poema en el que su autor no nos deja ir con las manos vacías, sino parece entregarnos el rigor de la métrica y, a la par, nos halaga de arcaísmos y neologismos. Molinari, por su parte, abunda en tecnicismos, en cultismos, en fin, en términos que nos obligan a la consulta (tanino, euforbias, floemas, nubifragios, ciático, icnita, vitela). Esta exuberancia léxica es un indicio de su objetivo en cuanto al poema, la necesaria urdimbre con la que, supongo, el autor intenta retar al lector, retrasando cualquier proximidad a un sentido claro de su texto, aunque, por otro lado, capturar un sentido no debería ser el objetivo del lector, ni de esta reseña. Baste decir que el poemario inicia con una imagen femenina a punto de desnudarse (o en un desnudamiento infinito) y el yo poético intentando capturarla con la mirada, y el texto final retoma la imagen femenina, esta vez con nombre propio, pero el sentido de la vista ha sido reemplazado por el olfato, como si el libro fuera una prueba de que el desvelamiento de un cuerpo, una sensibilidad o un mensaje fuera una labor imposible o, en todo caso, redundante; la exuberancia léxica a la que he aludido podría funcionar como los velos en las esculturas de Corradini, envolviendo el sentido del texto con su excesiva técnica, pero perfilándolo. En esto también puede ayudar el título del poemario, Nystagmos, el cual puede aludir a una patología que se manifiesta en el movimiento involuntario de los ojos, con lo cual el objetivo de la visión se hace de difícil aprehensión, aunque también, y entrando en lo especulativo y quizá baladí, podría entenderse como una suerte de anagrama de syntagma, es decir, lo que está a medio camino entre palabra y oración; en ambos casos, permanece latente esa idea de que el poemario en cuestión propone la extremada sugerencia como emblema de su propuesta. Pero vayamos con los poemas.

El libro los va alternando en dos tipos. Unos escritos de manera regular y otros en cursiva. Al principio creí reconocer que los primeros significaban la voz del yo poético a cabalidad, y los del segundo grupo podrían ser una voz alterna, a la manera de un coro griego, dando indicaciones, respondiendo preguntas, sirviendo de contrapunto:
Deberás cumplir estos ritos;
transformaciones iniciáticas
de gluten y cuclillas,
de tanino que se santiguan,
para prolongar así mi vida (p. 37)
La intención de estos poemas, su naturaleza, también queda establecida porque las páginas en las que aparecen no consignan numeración; al igual que los poemas del primer grupo, estos van alternando periodos de lenguaje intrincados con otros de una sencillez coloquial, su solemnidad a veces es contrastada por la limpidez del mensaje:
Mientras que el solista se difumina
entre cotonas de fino pima,
sojuzgado por gritos informes,
tan risueños, czarne oczy,
una blanca dentición temprana
y lenes pasos tambaleantes. (p. 17)
*
Quisiera hablar
de tu palabra, que contiene
a tantos otros nombres,
y que es una alegoría euleriana
tan bajita como es (p. 30)
Ambas secuencias de poemas proponen también un diálogo o su insinuación; la voz de las cursivas parece responder, la elección de versos en arte menor (en su mayoría) para componer estos poemas ayuda a otorgarle una velocidad que combina bien con la densidad del otro conjunto, señala una urgencia, una necesidad por contrarrestar el otro discurso. Cuando señalé, líneas arriba, sobre el inicio y el final del libro, olvidé anotar que el primer poema pertenece al primer grupo, y cierra un poema en cursivas, como si la intención fuera dar una respuesta a la imposibilidad del desvelamiento, es decir, la segunda voz, la del supuesto coro, concluye que la vista es insuficiente y, en su lugar, propone el olfato como sentido triunfante o complementario. La alternancia de estas voces, en todo caso, nos propone también una división del yo poético que genera un conflicto, a la manera de un monólogo y su negativo, donde la exuberancia léxica encuentra un lugar para ratificar su oscuridad:
A quién le robé la vida
quién sufre conmigo
esa diferencia simétrica
entre los óxidos de zinc
y la relajada aridez? (p. 13)
Dentro de este discurso se presentan una serie de referencias a la mitología griega, a la tradición hebrea o egipcia, incluso aparecen abundantes referencias topográficas relacionadas con lo anterior (Hades, Sefarad, Mesina, Peloponeso, etc.). Todo esto, según entiendo, es una estrategia por enrarecer el discurso, enmarañarlo de la misma forma que lo hace el vocabulario y la estructura. Pero Molinari va más allá; dentro de los poemas se inserta una partitura, escritura jeroglífica, ideogramas chinos, una cita bíblica, textos en italiano, alemán, inglés, al punto de volverse los poemas un museo de referencias, un catálogo desbordante, un ser teratológico. Como he anotado antes, no es menester adentrarse en una comprensión profunda del texto en esta breve reseña, sino vadear los poemas, disfrutando de su cadencia y de las imágenes que nos son amables:
Un brazo es ala
cuando te permite volar del cieno
y salir a comer nubes
en vez de alimañas. (p. 24)
¿Qué será de la tierra que permite
que salvajes se lleven sus brotes tiernos
sin retumbar desde el Hades?
Hace falta que todos se hagan Vesta
y destruyan el Peloponeso
de esta Europa a medio hacer
para ver a sus vástagos restituidos,
aunque sea por temporadas,
en la superficie de la memoria,
nuestra única patria común. (p. 50)

Es en estos versos donde Molinari nos recompensa en nuestra búsqueda de sentido, parece otorgarnos un espacio donde solazarnos con las palabras y dejar atrás las tribulaciones de la oscuridad. Esta precisión hace que el discurso de Nystagmos encuentre un equilibrio entre lo que se dice y lo que encumbre, entre la belleza y su ocultamiento en la maraña léxica y referencial. Incluso podemos aproximarnos a la conjetura que hicimos con el inicio y el final del poemario, aquella de la desnudez que buscamos trasponer y no podemos:
Y vuelan los lienzos
llenos de miradas incomprendidas
alimentadas por prejuicios
cuando grita el pestillo
y se ennegrece el archivo (p. 45)
Aspirante de esclavitud ajena
que recoge anillos textiles
mientras sueña con volver
a una jaula de cabellos negros
y se sumerge en pozos ficticios
de sargazos sensuales. (p. 47)
Nystagmos en un libro retador, que interpela al lector y lo lleva a certificar su fortaleza. Como todo libro difícil, hermético (mencioné el de Pacheco y Trujillo, añado a Morales Saravia y a Forsyth, por poner ejemplos de autores nacionales) indaga en nuestras competencias, demanda tiempo, inflama escepticismos; como todo libro, en general, nos ofrece un cabo personalizado del hilo de Ariadna para hallar la salida.
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Datos del libro reseñado:
Eduardo Molinari Novoa
Nystagmos
El Laboratorio, 2021