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Desde los extramuros

El vía crucis de La caza espiritual

Por Basilio Ventura

Durante cinco años La caza espiritual no figuró entre las publicaciones más importantes de la narrativa peruana; hoy el libro se muestra en la vitrina de las grandes promesas y su autora ha formado parte de la delegación que representó al Perú en la Feria del libro de Guadalajara. Sin embargo, aún poco se dice acerca de este conjunto de relatos que ha alcanzado el reconocimiento internacional. No es exagerado afirmar que la inclusión de Miluska Benavides en la lista de escritores jóvenes más influyentes no ha mejorado su recepción en nuestro medio intelectual.

Con el reconocimiento internacional de la revista Granta, La caza espiritual ha ganado en publicidad, pero no en valoración crítica. La crítica oficial apenas ha hecho eco de la noticia, sin explicarse los motivos de la inclusión y sin indagar por qué el libro ha pasado desapercibido buenos años. Parece que la crítica oficial prefiere eludir su falta de olfato y aún mira de costado a la escritora. Solo los jóvenes críticos han prestado la debida atención al libro[1]. Por motivos de coyuntura mi lectura se centrará en la primera edición de La caza espiritual.[2]     

Como narradora Miluska Benavides no se caracteriza por ser una velocista; su modo de contar es más bien pausado y su ritmo no experimenta variaciones. Ella pertenece al pequeño grupo de narradores preocupados más de la sintaxis y de la riqueza expresiva que de la acción misma. Su propósito es atrapar al lector a partir de la laboriosa descripción de una atmósfera narrativa o de un «estado de las cosas». Por ello, sus relatos no empiezan con el “típico suceso de enganche”, sino con el cuadro de una situación: un hombre asfixiado por la rutina sentado frente al televisor, los niños saliendo de la escuela y las madres esperándolos en un parque, la mujer que empieza los preparativos para un cumpleaños que no llegará.

Miluska Benavides se descoloca de la forma tradicional del relato corto, aquella que despliega su trama alrededor de “un suceso”. Efectivamente, los relatos que conforman La caza espiritual “carecen” de lo que podríamos llamar el evento crucial. Esta estrategia exige mucha pericia para sostener la trama. Desde el punto de vista narrativo, esta técnica alcanza una solvente performance en «Las ceremonias». La omisión del suceso clave deja visualizar mejor los estragos que este ha ocasionado en la vida de la protagonista. La soledad, la rutina y el sinsentido existencial rodean a una mujer que solo espera la muerte. Justamente uno de los méritos literarios del libro es recrear convincentemente ambientes donde se respira crisis, desasosiego, desesperanza y tedio.

Antes que “historias”, Miluska Benavides nos entrega situaciones. En estas los personajes emprenden una carrera contra el tedio y el sinsentido. Son seres que intentan recomponerse y en su huida rozan la locura o se resignan a una muerte lenta.  La autora nos los presenta luego de la crisis, luego del acontecimiento que los ha paralizado. Es justo esa parálisis el suceso principal que los personajes intentan revertir. Esto no ocurre en todos, pero es un ingrediente presente en cada uno de ellos. En «El condenado», por ejemplo, asistimos a la huida de un hombre del hospital para ir en busca del milagro que acabe con su dolencia desconocida. La narradora deja entrever ꟷcon un guiño kafkiano y casi incurriendo en alegorismoꟷ, que su personaje padece de tedio, que la oficina lo ha enfermado y que la búsqueda del remedio lo encamina hacia el fanatismo, la histeria y el autoengaño colectivo.

Lo interesante de La caza espiritual es observar a sus personajes vivir el tedio. No estamos entonces ante un tópico como suele serlo en la mala literatura. En estos relatos, el tedio es una experiencia humana y no un eco libresco; la autora lo ha extraído de la cotidianidad como un evento recurrente, estacional, inevitable, contra el cual el ser humano debe aprender a lidiar. Sea por la tragedia o por el naufragio de los sueños o por la familia que nos tocó padecer, el tedio es un vía crucis que tarde o temprano vamos a recorrer. Los personajes de «Las soledades», «Los cuerpos celestes» y «El condenado» parecen comunicarnos esta lección.      

En La caza espiritual, el tedio no afecta solamente las vidas privadas, también ha echado raíces en los pueblos y los ha cubierto de su aliento enervante. En «Corpus Christi Diego», uno de los personajes sentencia: «Este no es un lugar para jóvenes. Maras nació muerto». Los hombres y las mujeres que habitan estos relatos pretenden, a pesar de todo, hacer arrancar la vida. Como si un evento milagroso fuese a irrumpir en sus existencias, en la espera aceptan ser devorados por la monotonía y la grisura. En «Los cuerpos celestes», ese evento finalmente llega. No es un milagro, sino una catástrofe, la cual recuerda al hombre lo incierto que es el futuro[3].

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Por su técnica narrativa, Miluska Benavides está emparentada con Laura Riesco y con el Luis Loayza de Otras tardes. Aunque no ha alcanzado aún la perfección estilística de estos escritores, tiene relatos superlativos a nivel formal, y logrados en su propósito estético. Pienso en «El panteón de los próceres». Este relato consigue recrear con gran verosimilitud la psicología de un púber. Apartándose del canon establecido, la autora no recurre al narrador protagonista ꟷcomo suele darse en los relatos que se proponen reproducir la mirada infantilꟷ, sino que privilegia una perspectiva externa. En lugar de recrear la subjetividad del niño, se enfoca en la relación de este con los objetos y los personajes que lo rodean. Son esas interacciones las que permiten perfilar su personalidad. Esta forma de narrar la experiencia infantil en nuestra literatura tiene su antecedente en Ximena de dos caminos. Miluska Benavides ha hecho suyo un modo de narrar que no es el tradicional en este tipo de relatos.   

Salvo «Las cuatro estaciones» y algún fragmento de «Los cuerpos celestes», el perspectivismo es un recurso ausente en La caza espiritual. La mirada externa es la predominante en los relatos. Esto resta versatilidad al libro y es uno de los pocos reparos que podemos hacerle. No obstante, con la perspectiva externa la escritora consigue composiciones como «Corpus Christi Diego» y «Los animales domésticos», a mi juicio los más ricos del conjunto. Del primero me agrada la concisión narrativa de sus distintas partes. «Corpus Christi Diego» es un relato compuesto de relatos menores y autónomos. Miluska Benavides ha dejado al lector la placentera tarea de hilvanar esas pequeñas historias y ha colocado cuidadosamente las pistas para esa trama invisible.

Interesante también es el microcosmos del relato. Aquí aparecen algunos elementos de la narrativa andina. El hombre bajado a la costa, la mujer del potentado, el opa, la atracción por los rayos emergen aquí bajo una nueva mirada. Recuerdan en cierta manera a los personajes de «Diamantes y pedernales», pero lejos del realismo documentalista del indigenismo[4].  Apreciamos más bien en este relato una manera de escribir que ha sabido reducir a formas arquetípicas los argumentos y los personajes nacidos en la orilla del realismo indigenista. Es una forma de rescatarlos y hacerlos transitar por los nuevos canales de la narrativa actual.    

La mejor composición del libro tal vez sea «Los animales domésticos». No sabría explicar por qué. Puedo decir, no obstante, que es el relato que me ha dejado la impresión más vívida. Su protagonista, un hombre viejo, parece buscar en un árbol la justificación a sus últimos años de existencia. El vínculo afectivo se describe en la historia de manera sobria y sostenida. Lo que más sorprende es la capacidad de observación de Miluska Benavides. No cualquier escritor pone el ojo en la relación entre un hombre y un vegetal; de antemano, muchos lo habrían descartado como el argumento de un relato. Miluska Benavides, en cambio, ha extraído de este suceso menor su mejor potencial poético.

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De vuelta al tedio. Este es una experiencia recogida por primera vez en la literatura burguesa del siglo XIX. Baudelaire, crítico de la burguesía, era también un burgués y el tedio fue una de sus constantes preocupaciones. Ideológicamente, La caza espiritual reproduce este conflicto existencial propio de la sociedad burguesa. Sus personajes son de clase media o se mueven dentro de una comodidad sin lujo. Se caracterizan también por su marcado individualismo ꟷincluso los personajes que habitan los ambientes ruralesꟷ. Miluska Benavides ha registrado la ampliación del radio del tedio (este vía crucis espiritual que la modernidad ha inventado y que la posmodernidad sigue perpetuando). Aunque literariamente interesante, es legítimo acusar en estos personajes la falta de rebeldía. Ellos están bastante ajados y en su mayor acto de desacato ꟷen «Los cuerpos celestes», por ejemploꟷ rehúyen de enfrentarse frontalmente al sistema que los oprime; ciertamente, son personajes que terminan aplastados.

Foto: Hipatia Ediciones

El tedio expresa la crisis de la exacerbación individualista del proyecto burgués. Los personajes de La caza espiritual testimonian este fracaso existencial, pero también la búsqueda de caminos para salir del hoyo. Solo Martín, el púber de «El panteón de los próceres», parece encarnar una posible subversión contra los valores del mundo burgués. A pesar de su individualismo, el temperamento obstinado de este adolescente lo lleva a desenmascarar las verdades de convención que rigen a su entorno social. Esperamos que Miluska Benavides siga el camino de este personaje y explore en su posterior narrativa experiencias que trasciendan la crisis espiritual del tedio.

                                                                                                                      Lima, 03 de febrero de 2022


[1] Dos son las reseñas a la reedición de La caza espiritual (Hipatía Ediciones, 2021). La primera publicada por Aarón Alva en el portal Cuenta Artes y la segunda por Omar Guerrero en la Bitácora de El Hablador.

[2] Para esta reseña utilizo la edición de Celacanto (2015) la cual contiene ocho relatos. Esta elección no es arbitraria; antes pretende dialogar con la coyuntura del reconocimiento internacional y con la casi nula acogida que el libro tuvo en nuestra ciudad. En esencia, ambas ediciones son lo mismo, salvo el cuento adicionado y las correcciones de erratas de la primera edición.   

[3] Definitivamente, «Los cuerpos celestes» adquiere un brillo especial en este contexto de pandemia.  La autora ha fantaseado acerca de una tragedia colectiva e inesperada. La realidad en estos dos últimos años nos ha colocado frente a esa misma situación. La ficción y la realidad establecen así una relación especular que posibilita una reflexión existencial acerca de nuestro modo de vida actual.   

[4] El término en mención está exento de sentido peyorativo. Me limito a realizar una descripción objetiva.

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Reseña: La caza espiritual (2021, reedición) de Miluska Benavides

El arte de la fragmentación y lo cotidiano

Por Omar Guerrero

La caza espiritual (Hipatia Ediciones, 2021) es la reedición del primer libro de cuentos de Miluska Benavides (Lima, 1986), autora peruana seleccionada en el 2021 por la revista británica Granta entre los 25 escritores en español menores de 35 años con mayor proyección literaria. Cabe resaltar que Miluska Benavides entró a esta prestigiosa lista con esta única publicación, cuya reedición incluye un cuento inédito titulado “Llamadas” para diferenciarla de su primera edición no venal (Celacanto, 2015).

Lo primero que llama la atención en La caza espiritual es la estructura presentada en algunos cuentos bajo una fragmentación que divide espacios, tiempos, situaciones y personajes, y cuya relación entre sí se intensifica a través de los sentidos o estados de cada protagonista, provistos siempre de una posible expectativa o resignación que causan una mayor intriga. Esto se evidencia en los cuentos “Los cuerpos celestes”, “Corpus Christi Diego” y “Llamadas”. Otro punto que sobresale es el ambiente rural donde se desarrollan algunas de sus historias, pues se menciona un pueblo llamado Santa Lucía donde los hechos cotidianos pueden resultar hasta inusuales, tal como sucede en los cuentos “Los animales domésticos” y “Corpus Christi Diego”. Se suma también la opción narrativa de dejar en suspenso ciertos propósitos u objetivos. Para ello se recurre a la elipsis diegética, pues las acciones no llegan a un determinado fin, o no se cuentan, lo que resulta válido. Esto permite darle un mayor potencial al transcurso de la narración, muy a pesar de que lo inconcluso o lo suspendido quede como un vacío imprevisto que obliga a varios supuestos. Esto pasa en los cuentos “El panteón de los próceres”, “El condenado” y “Las cuatro estaciones”. Finalmente, las vicisitudes y la fatalidad se imponen para estremecer y cambiar el rumbo en la vida de sus personajes, sometiéndolos a lo cotidiano, tal como ocurre en “Las soledades”, “Las ceremonias” y “Llamadas”.   

El primer cuento “Los cuerpos celestes” gira en torno a la presencia del cometa Halley, visto por última vez a mediados de la década de los ochenta. El primer fragmento del cuento corresponde a un periodista soltero que desea darle un mayor sentido a su vida, aunque antes debe realizar un trabajo concerniente al cometa. Él recopila información dada en esos años. Encuentra el nombre de un astrónomo norteamericano que llegó a esta parte del mundo para hacer un riguroso estudio meses antes de la presencia del cometa. En estas pesquisas, el periodista también encuentra información de una mujer llamada Mary Ann Weller, hija de este astrónomo. Se le ocurre hacer una nota biográfica del científico tomando el testimonio de la hija, quien vive en su misma ciudad y que se presenta ya como una anciana que lo recibe en medio de la precariedad en la que vive. Después de realizar este trabajo, la vida tan común de este periodista pasa por un repentino sobresalto que guarda relación precisamente con los cuerpos celestes y el gran cometa. (En este punto el factor tiempo resulta ser un curioso indicio). El siguiente fragmento corresponde a los apuntes de un científico que es invitado por la Liga Astronómica a viajar al Perú en 1985 para investigar sobre la próxima presencia del cometa. Lo que más resalta de estos apuntes es la geografía de los andes y el comportamiento de sus habitantes. Le sigue otro fragmento que se titula “Dos sabios conversan” y que se presenta como un paratexto que aborda lo histórico y lo científico con relación a lo colonial, a la naturaleza y a la religión, e incluso con lo funesto. El último fragmento del cuento se titula “La mujer que allí estuvo”. Aquí se desarrolla el testimonio de Mary Ann Weller donde trae consigo el recuerdo de su padre travestido mientras vivían en Perú. Su relato se extiende luego a los viajes de ella, incluido un episodio traumático en Nueva York, cuando en medio de una manifestación se produce un hecho de horror y de absoluta consternación.   

En “Los animales domésticos” un hombre de avanzada edad decide darle toda su atención a un árbol de molle que ha crecido en su huerto. Es algo inaudito, pues la tierra de su pueblo Santa Lucía no es propicia para este tipo de árboles. Sin embargo, el árbol crece al punto de producir una serie de problemas, no solo en el huerto, sino también dentro de la casa. Esto trae consigo la molestia de su familia. Todo empeora cuando se encuentran rastros de un posible animal que se aprovecha de las raíces profundas del árbol para ingresar, invadir y dañar las flores del huerto. Junto a esta presencia surge un mal olor que se vuelve latente como si fuese parte de una amenaza. Aun así, el anciano decide hacerle frente. Quiere cazar al invasor para acabar con todos sus problemas. Y en este trajín, ocurre lo inesperado, lo que motiva a una inevitable resignación.   

En “El panteón de los próceres” el personaje es un niño que sufre las burlas y ataques de sus compañeros. Él es un alumno aplicado. También es sobreprotegido por sus padres. Su disciplina se ve perturbada en un paseo escolar al conocer el final trágico de algunos héroes de la patria. Su forma de pensar lo obliga a ir más allá de lo correcto sin importar las consecuencias.

“El condenado” es otro de los cuentos donde se impone un final suspendido. Sin embargo, su mayor atención radica en las peripecias del personaje. Se trata de un paciente con una extraña enfermedad que no ha podido ser curado. Los doctores y las medicinas no han conseguido aliviar su mal. La única opción para alcanzar la cura surge a través de la fe y la religión. Llegar a ella, o al espacio donde se desarrolla y se manifiesta, captura la atención del lector.   

“Las cuatro estaciones” es un cuento donde se vuelve hacer uso de la fragmentación en la estructura para contar una relación sentimental en dos versiones: de ella y de él. Aquí el romance no perdura, se acaba. Esto da paso a otras vivencias y relaciones. De pronto, uno de ellos decide revivir el pasado invadiendo una propiedad que ya no le pertenece. Allí se ausculta la nueva vida de su expareja sin importar que se descubra la intromisión. Y en ese preciso momento, la elipsis deja todo en suspenso, yendo mucho más allá de la sorpresa.  

En “Las soledades” se presentan las vicisitudes y los enfrentamientos entre un hombre jubilado y sus hijos. Apenas si existe la idea de una familia, pues aún hay muchas heridas ocultas del pasado. Aun así, se intenta establecer una nueva relación con una mujer contemporánea a él, pues este jubilado no desea sentirse tan solo. En este intento, ella se convertirá en testigo de estos enfrentamientos con cierto asombro. Él, a pesar de todos sus problemas, espera tener “una próxima vez” o un “próximo encuentro” con ella.    

“Las ceremonias” gira en torno a lo femenino y a la tragedia. Esta última no se exhibe, aunque sí se menciona y hasta se mantiene, pues se arrastra como una carga o un trauma. Se ubica en lo cotidiano, al punto que se puede pensar que el pasado podría llegar a repetirse.

En el cuento “Corpus Christi Diego” suceden una serie de vicisitudes para distintos personajes como un niño especial que se pierde al salir de su casa, ubicado luego en un espacio nada propicio para su edad. O el caso de una mujer que más parece un espectro y que los niños del pueblo le gritan “loca”. Es un cuento fragmentado. Allí se cuenta el origen del pueblo ficticio de Santa Lucía. También se menciona otro pueblo llamado Maras donde el mar está muy cerca, pues hay un puerto y un muelle. Allí, la fatalidad siempre se asoma.

“Llamadas” son dos cuentos en uno. Una muchacha dice comunicarse con su abuela fallecida. Al mismo tiempo conoce a un tipo que tiene un extraño antecedente y con quien forma una familia que finalmente queda separada. Aquí otra vez la fatalidad se hace presente. Lo mismo pasa con el segundo cuento, cuyas partes se presentan intercaladas. Se trata de un sitio recóndito y gélido donde las supersticiones y hasta lo mítico son el común en la vida de las personas que lo habitan. 

Foto: Taiko Haessler

Ante lo expuesto, se confirma que la invención total prevalece en los cuentos de La caza espiritual. Los recursos narrativos como la fragmentación y la elipsis se suman a lo cotidiano, a lo femenino, a lo trágico, a lo histórico y hasta lo científico. La confrontación de lo común junto a lo imprevisto causa un completo extrañamiento que puede llegar a estremecer y a la vez maravillar.

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Datos del libro reseñado:

Miluska Benavides

La caza espiritual

Hipatia Ediciones, 2021 (reedición)