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Reseña de “Rirpu” (2026) de Alonso Mesía Macher

“La memoria es un puente”

Por Cristian Briceño Ángeles

Parece que el viaje sentimental que emprende el narrador de esta nouvelle —la requisa y el desmontaje que hace del pasado— escapa de cualquier naturaleza euclidiana: el desplazamiento hacia su interior, tan revelador como despojado de axiomas, se superpone (y se impone) al limpio desplazamiento geográfico de un vuelo comercial entre dos ciudades que es el armatoste discursivo de este relato, y del punto de partida al de llegada se nos presenta un espacio donde los recuerdos acuden no por pertinencia, sino por una anarquía que, si bien literariamente puede ser calculada, en el plano ficcional, el de los personajes asediados por sus demonios, es ingobernable. En otras palabras, cuando se ausculta el corazón de la memoria, nuestro oído reconoce la arritmia de lo impredecible: aquello ya examinado muchas veces, en el momento oportuno, en la circunstancia propicia, deviene revelación, genera preguntas, hace florecer heridas donde había cicatrices ya consolidadas. En este sentido, la brevedad de Rirpu es providencial: permite acelerar el manotazo de la ficción.

Su argumento es elemental, casi arquetípico. El protagonista (enfermo, suponemos que gravemente), tras varios años de vivir en el extranjero, vuelve a su ciudad natal para someterse a tratamientos médicos invasivos y que merman su aspecto físico; entretanto, ha decidido viajar a reencontrarse con su padre y su hermano, quienes viven en el norte del país, en un idílico pueblo costero, suerte de caleta, bellamente descrito en las páginas finales. Este viaje es un retorno a su origen y nos presenta un símbolo poderoso: la casa que el padre construyó con sus propias manos, un refugio intemporal que el protagonista presiente como un albergue ante las inminencias. La estrategia narrativa del autor propone, entonces, lo siguiente: unir estos dos puntos, el de partida y el de llegada, con una serie de recuerdos que surgen a la manera de descargas, como si fueran un símil de las turbulencias que alteran el vuelo rutinario de los aviones, el decurso ordinario de una vida ordinaria, como si el vuelo de la memoria presentara, también, fuertes sacudones que aceleran nuestro pulso y nos hacen cuestionarnos el sentido de la vida y de nuestras convicciones. La memoria es un puente, entonces, pero los tablones que la componen no siempre son sucesivos, a veces faltan, muchas veces quien recorre ese camino evocativo decide saltarse algunos, hace equilibrio, se aferra a las sogas laterales para no caer. El protagonista revisita episodios de su vida. Esos fragmentos que el lector recoge deberían bastarle para hacerse una idea del meollo.

En verdad, la vida del protagonista es bastante común, demasiado, ostenta la llaneza de una pista de hielo, del permafrost. La penuria, acaso, es de un orden decorativo; los conflictos son, también, retóricos, podría decirse que se trata de recrear el conflicto para darle algún sabor a una vida que se pierde en el océano de otras vidas de idéntica hechura. La muerte de la madre es, cómo no, esa pausa a la medianía. Y es en esta secuencia de recuerdos donde el narrador deja caer el artefacto que da nombre a la nouvelle. Se trata de un relato escrito por la madre (quien, por cierto, tenía ciertas aspiraciones literarias a la manera de una heroína decimonónica); el relato en cuestión, una supuesta historia para niños que contiene una profundidad cuasi existencialista y que difícilmente se dejaría roer por un lector infantil para arrancarle el sentido que la madre habría querido que le arrancasen. Este relato es un espejo donde el protagonista se observa, por donde cae, una mise en abyme que parece duplicar la realidad, explicarla y, por qué no, perturbarla y calmarla secuencialmente.

 El relato, titulado Rirpu, tiene el encanto de la improbabilidad. Se trata de un niño de la sierra peruana que quiere ser un nadador soviético. Cómo, debido a qué influencia, no se explica. Entenderá el lector que el resumen de un relato inserto en otro relato no prescinde de hondas elipsis. La historia de este niño, o más bien su sinopsis, está cargada de sentidos, no obstante, de metáforas, las cuales la hacen atendible. Pero más allá de los logros estéticos o simbólicos de este relato indirecto, lo cierto es que se nos presenta como el eje donde el protagonista gravita. Y es que la historia de Rirpu, el niño del relato, ya adulto (antes hay una transición que recuerda vagamente a algunas progresiones de Cărtărescu), concluye con un desencanto: se ha transformado en un agente más de la intrascendencia. Sentado en el sofá de su sala, acompañado de una esposa genérica, convertido en un gris empleado, descansa de su jornada, y aunque dentro de sí aun late el sueño de ser un nadador soviético, ya no sabe por qué ni para quién. Esta intrascendencia genealógica, intemporal también como el mar que asoma hacia el final con su metáfora manriquesca, intenta suprimirse precisamente con la idea de la literatura como acto trascendente, como resistencia al statu quo.

Alonso Mesía Macher – ©Andrea Gianella

El hecho de haber escrito y de que lo escrito haya sobrevivido, dota a la madre de un aura favorable que funciona como un antídoto al desánimo existencial, a la certeza de irrelevancia. Pero aquí es donde entra el otro símbolo de esta nouvelle. Si bien el relato de la madre, recordado y hallado, es un bien inmaterial, la casa que construyó el padre es la contraparte tangible. Es claro este juego de oposiciones, el imposible machihembrado de dos entidades que pertenecen a planos disímiles pero que, contra todo pronóstico, terminan por articularse. Por un lado, la imagen de la madre, tratando de remontar su medianía a través del trabajo intelectivo, y el padre, en el otro flanco, con el mismo objetivo, pero acercándose a él a través del esfuerzo físico. Ambos símbolos son, en consecuencia, el refugio del protagonista, en los cuales, tras verse en la encrucijada de una salud vidriosa, busca el descanso, alguna respuesta siquiera provisional, tentativa, a su existencia. No está demás decir que la ejecución de esta nouvelle, en su sencillez, en su contenida ambición, en su naturaleza de fábula trunca, nos deja una trémula sensación de desamparo y redención que encuentra guarida en cada uno de sus lectores.

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Datos del libro:

Alonso Mesía Macher

Rirpu

NARRAR, 2026. 86 pp.

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Reseña: Este frágil tiempo presente (2021) de Adán Calatayud

El claroscuro del presente

Por C. Briceño A.

Hasta hace quince años podía revisarse alguno de los volúmenes compilatorios del premio Copé de cuento publicados por entonces y advertir que el tema hegemónico era el conflicto interno en el Perú de finales de siglo XX; el tiempo ha pasado, y ahora solo ocasionalmente nos encontramos con estos relatos. El tema de la violencia interna, sin embargo, persiste en varios narradores, actualizado, llevado a otros escenarios; se muestran las secuelas directas e indirectas, la tensión de épocas oscuras persistiendo en la vida de los ciudadanos: en resumen, la inspección de ese evento crucial en nuestra historia republicana sigue derivando en ficciones. Tenemos a Hijos de la guerra (Emmanuel Grau), Cuentos del Vraem (Francois Villanueva), Mañana nunca llega (Tadeo Palacios) o Quien golpea primero golpea dos veces (J.J. Maldonado), por nombrar algunos ejemplos. Adán Calatayud (Lima, 1983) explora en su más reciente conjunto de relatos la voz de los sobrevivientes, las huellas del conflicto y la búsqueda de un discurso que dé cuenta de los daños y del intento por repararlos. Este frágil tiempo presente nos presenta tres historias que comparten un tono gris, de decepción con respecto al porvenir; los personajes intentan reparar el pasado, buscan pistas de su propia vida hurgando en sus recuerdos, aunque, al final, deben aceptar que ésta es una tarea que los sobrepasa. En esta puesta en escena, la prosa de Calatayud es funcional, va tejiendo las tramas con una voz descriptiva, la cual intenta una reconstrucción objetiva de los hechos, sin que las emociones desborden el propósito. A esto hay que añadir la estructura de los relatos; los tres van alternando los tiempos para que el lector comprenda la importancia de los eventos en la conformación de la personalidad de sus personajes. Con esto, el autor propone al tiempo como uno de los personajes principales de sus historias, por el que se avanza a tientas, intentando reconocer los vestigios de presencias del pasado, como si fueran fantasmas que ya no esperan encontrar pero que persisten siempre un paso más allá, a una distancia cercana pero inalcanzable. Para esto, Calatayud nos ofrece una prosa de variados matices; no es inusual encontrarnos con símiles de gran calidad y que generan un contraste con la naturaleza de lo narrado, como cuando describe la ludopatía de un ex militante de izquierda caído en desgracia por sus decepciones políticas:

Al cabo de varios intentos empezará a ganar, luego vendrá la parte más importante: una segunda racha negativa que lo pondrá contra las cuerdas. Él debe resistir sin espantarse. Ahí está la clave, es la gota fría que hay que sudar. Luego,  los mecanismos internos del aparato se alinearán como si fueran cuerpos celestes y las figuras volverán a coincidir. (p. 81, “Nocturno”)

En otra parte del libro, su estrategia es un discurso fracturado, de oraciones cortantes que apelan a un ritmo vertiginoso y a una descripción incesante de los hechos, de modo que el lector se sienta transportado a la prisa del mensaje, a su inminente caducidad, a una precariedad de las relaciones, las cuales parecen sostenerse en el delgado límite de lo contingente:

Por primera vez Joane llegó temprano. Se acerca, no sonríe. Hola. Beso en la mejilla. Hola. Mentón alzado, la mirada fija, brazos cruzados, pechitos alzados. Necesitamos hablar. Era tan linda. Claro, sentémonos. Banca roja, fría, semáforo en verde, se sienta, se coge la trenza, la mira antes de hablar, era tan linda. Debo hacer un viaje. A dónde, por qué. Se coge la trenza. Será por un largo tiempo. Cuándo. No puedo pedirte que me esperes. ¿Me estás terminando? Suelta el lazo. Me gustas, tenemos muchas cosas en común, pero… Yo te quiero. Lo mira a los ojos, la trenza se deshace, su cabello se hace ondas, brilla, es hermoso, se moría de ganas por acariciarle el cabello. (pp. 99-100, “Nocturno”)

Tal vez aislar algunas líneas de esta propuesta discursiva no hagan sino mermar el alcance de la misma, pero dentro del corpus del relato se consigue el efecto antes mencionado. A esto, es debe añadir un afán del autor por insertar la nostalgia dentro de sus relatos; la época a la que se alude son los años 80, y el eje de los relatos, o por lo menos el punto de partida o de llegada, es la música. Si bien un par de epígrafes tienen que ver con letras de canciones, dentro del texto encontramos menciones a referentes musicales de la época, como Charly García, Spinetta, Los prisioneros o Soda Stereo. La música, por ello, es el lugar desde el que se origina la evocación de una espacio que ha sido usurpado por el presente, y este contraste crea conflictos en los protagonistas, no necesariamente porque el anterior haya sido mejor o más apacible, sino porque aquel lugar de la juventud y las promesas por cumplir fue el escenario de un aprendizaje que se evoca con emotividad, con una carga idílica que suele lastimar por las expectativas con respecto al futuro en el cual se encuentran y que se debe asumir como un presente estéril, de dudas, donde lo único que permanece es la búsqueda de algo inalcanzable. Por ellos, los personajes siempre están percibiendo los cambios en el paisaje; tanto el deterioro como el progreso son motivos de inquietud, por resultar extraños:

Leo se empecina en recorrer el hexágono de manzanas atrapadas entre la avenida Túpac Amaru y el cerco de ceros azules que rodea el barrio. Esto ha cambiado mucho, dice. Llevamos media hora caminando de un lado a otro buscando enredaderas, geranios, contando cuántos sauces, cuántas higuerillas y poncianas quedan. (p. 20, “Leonor y los dinosaurios”)

Los viejos edificios de siempre albergan cafés y restaurantes que no estaban hace  veinte años. La tarde está por morir y se encienden coquetos faroles que tiñen todo de amarillo. … En puente Trujillo, en Nicolás de Piérola, en Lampa, en el Mercado Central, en Comas, ha reconocido el mismo caos, la suciedad, la sensación de inseguridad de sus tiempos de estudiante, y ahora esta visión de la plaza Mayor sin vendedores ambulantes, sin saltimbanquis ni lustrabotas, como una postal para turistas, le desagrada. (p. 65, “El regreso”)

Esta vendría a ser la dinámica de los relatos, la de un extravío incesante en el cual todo lo familiar, lo cercano, se vuelve contra uno mismo; así, el enemigo no es solamente el miedo originado por agentes externos e implícitos, como los grupos subversivos o la represión militar, sino la gente cercana, familiares, vecinos, amigos que en algún momento fueron incondicionales, pero las circunstancias desdibujaron todo vínculo hasta conseguir que la guerra también se convierta en un conflicto de los afectos:

En una ocasión le di una cachetada a un muchacho de la cuadra por acusarnos de narcos. Vinieron sus padres, hubo lío, pero todo se arregló. Los papás del muchacho comprendieron que todas esas habladurías, tardeo o temprano, nos meterían en líos con la policía. Y así fue. (p. 37, “Leonor y los dinosaurios”)

La situación en la fábrica estaba movida, primero lo acusaron de saboteador, de senderista, pero no le comprobaron nada; luego sus jefes dijeron que la fábrica estaba al borde de la quiebra, que debían reestructurar y con ese pretexto lo despidieron junto a otros trabajadores que también exigían mejoras. (p. 85, “Nocturno”)

No existe lugar para redención en los relatos de Calatayud, los vínculos perdidos ya no vuelven a reestablecerse. Por ejemplo, en el primer relato, Leonor, una nikkei regresa del Japón a buscar a su hermano perdido, supuesto integrante de alguna facción terrorista; el narrador la acompaña en sus averiguaciones, incluso intenta establecer una relación que va más allá de la amistad, pero el costo de las pérdidas es demasiado significativo como para volver a un tiempo feliz donde cualquier posibilidad estaba intacta; “la cotidianeidad está rota”, reflexiona el narrador hacia el final, luego de que Leonor se marche del país definitivamente. Y es que es imposible que la relación con el narrador se establezca si es que falta el eslabón que significa el hermano perdido. El tercer relato “Nocturno”, vuelve a explorar el mismo tema; esta vez se trata de dos jóvenes universitarios durante los años más duros del azote terrorista. Ambos tienen sus convicciones, y es esta tensión la que termina alejándolos. Es en el segundo relato, “El regreso”, donde se explora un tema distinto, el de la reinserción de un ex terrorista en la sociedad. Este planteamiento ya ha sido abordado muchas veces. Por ejemplo en el largometraje peruano Días de Santiago (2004), de Josué Méndez, donde asistimos al descenso a la locura de un ex militar que regresa a la capital luego de haber combativo contra el narcotráfico y el terrorismo. En “El regreso”, el protagonista vuelve a la casa familiar y se pone en contacto con viejos amigos para formar un grupo que combata contra la delincuencia del vecindario y las zonas aledañas, pero pronto las intenciones se distorsionan hasta cometer acciones reprochables que significan un retorno al pasado, una irrupción de ese pasado en el presente, como una fuerza impostergable. Así, los personajes se ven expulsados del tiempo presente y la única opción, quizá incierta, de alcanzar su salvación es el futuro, un futuro visto como una tierra prometida y al que se dirigen con una esperanza que es también una forma de automatismo.

Este frágil tiempo presente es un intento por inspeccionar las heridas de nuestra historia reciente. La prosa de Calatayud es sencilla, expositiva, de una claridad que intenta abrirse paso en la oscuridad los hechos. Si bien la resolución de los relatos a veces cae en lo manido, este no es un obstáculo para disfrutar del libro y advertir cómo la temática del conflicto armado interno todavía genera interrogantes en los narradores, y en cómo estos narradores se las arreglan para otorgarle nuevos aires a ciertos temas de los que, quizá, ya bastante se escribió en el pasado.

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Datos del libro reseñado:

Adán Calatayud

Este frágil tiempo presente

Narrar, 2021