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Reseña: ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? (2021) de Michel Nieva

Costumbres ciberargentinas

Por Sebastián Uribe

«Porque me da risa».

Aunque pueda sonar como una razón menor, es lo primero que respondería si alguien me pregunta por qué recomiendo la novela ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos? (Colmena Editores, 2021) de Michel Nieva (Buenos Aires, 1988). Y es que más allá de sus escenas de sodomización robótica o la espeluznante descripción anatómica de un expresidente conservado en formol, un aspecto que resalta del libro es cómo posee un ingenio ficcional y un tono paródico que aúna un humor no exento de hondura al explorar los sentimientos de sus personajes, condenados a lidiar con su existencia artificiosa.

Nieva crea un universo en el que contextualiza arquetipos ya clásicos de la ciencia ficción —como lo son los androides y los zombis— dentro de una atmósfera argentina (o de la idea que se tiene de “lo argentino”). Mejor dicho: de los gauchos a las crisis económicas (el corralito del 2001 como epítome[1]), pasando por la hiperlocuacidad de los libreros porteños y la vehemencia con la que estos son capaces de defender una posición ideológica, en la poética de Nieva, existe un sincretismo exhuberante de elementos disímiles. ¿Cómo, entonces, Nieva logra que una mezcla así no se sienta impostada?

En ¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?, el lector conecta con una propuesta de lo que podría ocurrir si efectivamente existiera un mercado de androides basado en idiosincrasias, y estos decidieran asumir una posición bartlebyana («¡Y habría preferido no hacerlo!», exclama constantemente) contraria a las funciones para las que fueron programados. Con el ascenso y la meteórica debacle de un joven inventor que, de la noche a la mañana, saborea el rotundo éxito y la consecuente traición, en una estupenda ridiculización de las cansinas historias de vida que buscan validar al emprendedurismo como dogma: «La verdad, a veces me sorprende que los acontecimientos más importantes de la vida obedezcan a razones tan estúpidas, a azares sumamente vulgares» (p. 29), expresa uno de los personajes en este cuento.

¿Qué ocurriría si el monstruo de Frankenstein deambulara por Buenos Aires? Mi relato favorito de este conjunto es «Sarmiento zombi», donde Nieva recrea la desolación de un chico ninguneado amorosamente: «y ¿cuándo uno está enamorado no es, en el fondo, todo el tiempo, toda experiencia vivida sin esa persona que nos obsesiona, un pretexto, una necesidad de traducirla en anécdota con el único objetivo de poder compartírsela?» (p. 65). Luego, nos sumerge en el delirante deseo de una secta (cuando Emiliano, el protagonista, se une a esta) que busca revivir a Domingo F. Sarmiento, obviando los nefastos efectos que un evento así puede provocar.

Nieva reactualiza el mito de la bestia desprovista de control que arrasa con la naturaleza que le rodea, rechaza la condición que le ha sido impuesta, y que además se ve obligada a combatir los tormentos sobre qué significa albergar sentimientos, como bien lo expresa Bodoque, uno de los artífices del nuevo monstruo:

Y ansí la tosca criatura

Injustamente agraviada

Entendió que el mundo finito

Extenso como el chorizo

No estaba aún preparau pa

Los zombis o muertos vivos

(…)

Todavía corre el pobre monigote

Buscando el resto que aún falta

A su cuerpo pa ser hombre

¿Será ausencia tal vez de alma?

¿O bien este el mismo es

Sentimiento de insipidez

Que a todo hombre corroe? (pp. 84-85)

Empatía que se logra generar también con el llanto desconsolado y adolorido del gauchoide del primer relato, en lo que es una muy buena revitalización del conocido soliloquio de la criatura creada por Mary Shelley:

¡Qué daría yo por tener

un caballo en que montar

y una pampa en que correr!

¡Diga, patrón, si tal vez,

De otro gauchoide gimiente

Deba yo hacerme padre y juez

pa no ser tan contingente!

¡Soledá, patrón, soledá! (p. 13)

Foto: Simbiosis Cultural

Una ruptura de la cuarta pared por parte de los personajes, unas referencias a la propia obra de Nieva, un uso lúdico de distintas tipografías y, sobre todo, un humor ácido que hace que dichos elementos converjan de buena manera son los aspectos que destaco de un volumen muy recomendable. Una lectura como para reírse de las ficciones con posturas nacionalistas, sosas y solemnes, que cunden en buena parte de la narrativa realista actual.

*****

Datos del libro reseñado:

Michel Nieva

¿Sueñan los gauchoides con ñandúes eléctricos?

Colmena Editores, 2021, 100 pp.


[1] Para mayor referencia, sugiero escuchar este episodio de «El hilo»: «Argentina, 20 años del corralito y la crisis interminable».

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Reseña: La vía del futuro (2021) de Edmundo Paz Soldán

Inventando de nuevo a Dios

“La tragedia moderna es el intento vano de la adaptación del hombre al estado de cosas que él creó”.

-Clarice Lispector en ‘Cerca del corazón salvaje”

Por Sebastián Uribe

Mientras más nos adentramos en los misterios del universo, más insignificantes nos sentimos dentro de este. ¿Cómo lidiar con esta sensación de desamparo, de soledad y prescindibilidad? ¿Cómo permanecer con los pies en la tierra en tiempos más vertiginosos? Ya no solo son descubrimientos científicos o avances tecnológicos los que asombran y causan estupor, sino las herramientas que una élite va diseñando y arrojando al mundo. ¿De qué sirve tanto progreso técnico, entonces? ¿De dónde viene esa obstinación?

Ya en 1925[1], César Vallejo distinguía instrumentos de progreso «que no se dejan sentir (…) que no nos angustian, ni nos dan de trompicones, ni nos dominan, ni obstruyen el libre y desinteresado juego de nuestros instintos de señorío sobre las cosas; en una palabra, que no nos hacen desgraciados» (p. 24). Casi cien años después, Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967) nos entrega La vía del futuro (Páginas de Espuma, 2021), un libro de cuentos conformado por ocho historias en donde ese discernimiento es más complejo, y en donde el futuro se lee desde una situación de zozobra constante. En estos relatos, la relación del ser humano con sus creaciones coexiste con una sensación de desgracia que se extiende aceleradamente en la sensibilidad de sus personajes: en sus líneas –cada vez más apesadumbradas–, se hace evidente la imperiosa necesidad de evadirse, acompañada por la menguante esperanza de una realidad mejor. Deseando que ese progreso que tanto se pregona en los medios masivos llegue, por fin, a sus vidas.

«La vía del futuro», el relato que abre el volumen, a través de distintas voces (periodistas, estudiantes, niñeras, CEOs), nos muestra las consecuencias de un sistema de Inteligencia Artificial, el cual, así como a un culto adherido a este sistema, funge de secta. Ante la complejidad para entender el funcionamiento de dicha creación, se forma una fe inquebrantable hacia esta (la fe no exige explicaciones). Se entrega el control de uno mismo ante el desconocimiento. La sensación de misterio que guarda toda religión, ahora configurada para adorar a una máquina, es alimentada por el miedo de lo que esta pueda hacer en el futuro con la Humanidad. Dado que el hombre no está siendo capaz de sobrevivir a su entorno, ¿por qué no entregarle el control de las máquinas?[2]. Como dice uno de los personajes:

«Coincidían el hombre y la máquina en el tiempo y el espacio, mientras el universo giraba hacia su desintegración. Me sentí triste por nuestra especie finita, por esos chicos tan jóvenes que algún día no estarían más ahí, por ese yo que algún día desaparecería. Nos iríamos pero esas máquinas con las que nos fusionábamos día a día se quedarían. Entendía que debíamos cuidarlas, quererlas y respetarlas para que ellas nos permitieran subsistir». (p. 27)

Tras este inquietante inicio, «El señor de la palma» y «Mi querido resplandor» siguen explorando esas búsqueda de amparo en alguna fe para lidiar con la precariedad. En el primero, mediante el dominio usurero de una comunidad de agricultores a través de un aplicativo móvil; y en el segundo, jugando con la posibilidad de realizar avistamiento de ovnis. Aunque parezcan disímiles, la devoción –en ambas piezas– juega un rol fundamental como vía de escape a esa precariedad que asfixia y no permite imaginar otra vía, abrirle la puerta a otro universo.

Y es en esa capacidad de imaginar un futuro mejor (¿o quizás un presente?), que se ha visto menoscabada en los últimos años, donde Paz Soldán encuentra una oportunidad: a través del desmoronamiento de una relación amorosa debido a la irrupción de una androide  paraguaya, copia pirata a su vez de una japonesa, y la obsesión que esta causa en el protagonista («La muñeca japonesa»); las confusiones entre lo virtual lo físico («Las calaveras»); o la drogadicción y la violencia como virus («En la hora de nuestra muerte»). Aquí encontramos ficciones que avizoran un camino donde las sociedades parecen haber priorizado su ambición digital por encima de la resolución de sus males sociales, al punto de heredar los horrores de las anteriores generaciones y nacer «con la droga en el cuerpo» (p. 130).

Foto: Páginas de Espuma

El último relato, «Bienvenidos al nuevo mundo», es un buen cierre para este volumen, con una historia de campus, que muestra el lado b del culto mencionado en el primer relato (‘El Profundo’). Aquí se imagina: ¿cuál es una alternativa a la felicidad cuando esta no es una posibilidad ni una vía? Ante el constante estado de paranoia en el que se vive, se expande el deseo por desvanecerse del sentido de conciencia. Se opta por entregarse a esos nuevos Prometeos que representan algunos avances tecnológicos:

«Para mí Dios es el GPS (…) Una máquina que te dice cuál es el mejor camino a seguir, nunca te falla y está encendida las veinticuatro horas. ¿Qué otro Dios quieres?» (p. 133)

 En La vías del futuro, Paz Soldán plasma, con un estilo particular y una habilidad notable, la angustia de una sociedad que se encuentra varada entre el artificio y la fatalidad que este provoca. En estas historias, existen situaciones imaginarias, pero que no se sienten, en absoluto, imposibles. Son retratos sobre cómo se va quebrando el mundo interior de cada uno de sus personajes debido al miedo provocado por estos nuevos dioses inventados, unos que, como toda invención humana, no están tardando mucho en ponerse en contra nuestra.

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Datos del libro reseñado:

Edmundo Paz Soldán

La vía del futuro

Páginas de Espuma, 2021, 176 pp.


[1] En ‘Wilson y la vida ideal en la ciudad’, crónica de diciembre de 1925 recogida en Del siglo al minuto. Crónicas sobre máquinas y ciencias (Casa de la Literatura, 2021)

[2] La sensación de temor sobre las posibilidades de replicarse en la vida real la trama de este relato se vio catalizada por la siguiente noticia de hace unas semanas: «El ingeniero de Google que asegura que un programa de inteligencia artificial ha cobrado conciencia propia y siente» (https://www.bbc.com/mundo/noticias-61787944).

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Sergio Chejfec: un recuerdo a través de un libro

En el 2015, luego de acompañar a Sergio Chejfec en sus intervenciones en la Feria Internacional del Libro de Lima, me obsequió su novela Moral. Esta crónica es el resultado de mi lectura y mi enfrentamiento al estilo de Chejfec, un escritor no solo con una mirada singular de la realidad, sino también con una búsqueda estética autónoma, compleja y ambiciosa.

Ahora que ya no se encuentra con nosotros, sin duda, la mejor manera de recordarlo es leyendo sus obras. Esta crónica revela el entusiasmo que generó en mí el proceso de lectura de Moral.

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La expansión de los sentidos: Moral de Sergio Chejfec

Por Sebastián Uribe

De lunes a viernes, tomo el Metropolitano para ir a trabajar. Dos veces al día, de ida y de vuelta, soy un cuerpo más en medio de la marea humana que espera la llegada del bus que lo llevará a su destino. Por lo general, aprovecho para leer un libro. Alguna historia que me permita romper con la rutina. La semana pasada, cargaba Moral (1990) de Sergio Chefjec. Abrí el libro y me encontré con estas líneas: “El tren arriba y pareciera que todo sucede, que el objeto mismo de las construcciones, utensilios y herramientas que integran lo que se denomina “Estación”, el sentido último de aquella escenografía aislada y particular, ignorada y casi artificial, se materializa momentáneamente”.

Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguna de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme. Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la única novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la Feria del Libro de Lima en 2015. Así que, durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro específicamente. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida. Es una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo, aparentemente anodino en el que se mueve, es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.

Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante todo el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.

La literatura de Chejfec no es para aquellos que solo quieren leer de la manera más rápida posible, como quien acumula lecturas buscando incrementar una estadística. A sus libros hay que dedicarles tiempo y, sobre todo, entrega. Ingresar a su mundo narrativo es como introducirse a un paréntesis, hacer una pausa completa y absoluta de nuestras ocupaciones, lo que resulta tan necesaria en la actualidad. Dejar la acción y, por un momento, mirar desde una perspectiva tan personal como la de Chejfec aquellos hechos minúsculos que son parte de nuestra vida.

Por todo esto, es una grata noticia que los libros de Chejfec hayan llegado a Perú. Ya comentaré de manera más extensa sobre otros títulos. Por mi parte, seguiré tomando el Metropolitano todos los días. Mientras siga leyendo a Chejfec, la transición de los viajes será diferente.

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Reseña: Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático (2019) de Sara Mesa

Una historia de horror

Por Sebastián Uribe

Toda historia de pobreza es una historia de horror. Una caracterizada por la incertidumbre persistente de si se logrará llegar al final del día con al menos un plato de comida, un sorbo de agua limpia o un lugar para el aseo. En la olla del pobre todo es condimento, como dijo João Guimarães Rosa. Un infierno sin escape que se habita a diario y por la cual, quien lo padece se convierte en objeto de juicio. Conlleva la condena social, el rechazo y la fobia. Una conjunción de miedos (¿a ser uno de ellos?) en su contra que se aúnan en actitudes agresivas (insultos, pedidos de expulsión, violencia física), o pasivas y silenciosas, igual o más peligrosas al tomar como único rumbo la indiferencia, disfrazada bajo caridad. Las personas pobres reciben una negación de la justicia por ser consideradas responsables de su propia situación. La deshumanización se convierte en la única vía para evitar la incomodidad que supone tomar conciencia de que, en efecto, la pobreza existe.

Sara Mesa (Madrid, 1976) escribe la historia de Carmen y su relación con Beatriz, con quien, tras cruzarse varias veces, realiza un acto extraordinario para la sociedad en la que vive: se fija en ella. Ya no es solo un escollo a evitar en la calle, o la causa para acelerar el paso tras darle unas monedas. Es una persona: con historias, con emociones, con necesidades. Tiene un nombre. Es alguien que requiere ayuda y espera. Espera y espera. ¿Qué espera? ¿En qué nivel y condiciones? Beatriz empieza a actuar. Se involucra en la desesperante situación de Carmen, la escucha y la acompaña. No como una salvadora ni para aliviar su propia culpa, sino para intentar que Carmen salga del pozo al que la han empujado una serie de trabas y la desidia social. Un pozo cuya profundidad aumenta con la infinita burocracia de los programas sociales destinados a ayudarla. Un pozo del que la misma Beatriz no está libre.

Si hay un elemento que vertebra el laberinto burocrático al cual se refiere la autora en el subtítulo es la desconfianza. La presunción inicial es de culpabilidad y la solución institucionalizada para ello es la demostración constante de lo contrario. Validar que alguien es confiable mediante papeleo: documentos, constancias, autorizaciones, recibos, avales. Una constante búsqueda de que la palabra de uno sea considerada cierta por los demás. Pero, ¿cuáles son los límites de esta exigencia? ¿Qué efectos puede causar?

“(…) ¿cómo es posible exigir a quien vive en la calle, sin recursos de comunicación -teléfono, internet- ni de transporte, que haga su peregrinaje a través de oficinas, ventanillas y colas como si nada”. (p. 50)

Como bien se señala, un problema neurálgico es la indefensión de las personas empobrecidas ante la exigencia de precisión documentaria sin un acceso adecuado a la información. A estas personas –sumidas en su propios laberintos­– se les exige recorrer otro más, para chocar con la indiferencia de funcionarios con una agotada capacidad para la empatía. Además, son personas que, en la mayoría de casos, están formadas en un sistema diseñado para rechazar al solicitante, proteger el estatus quo y evitar que quienes conforman el sector más precario de la sociedad adquieran un rostro o una voz propia.  

La autora, asimismo, le da énfasis a cómo el género resulta ser un factor determinante para la experiencia de la pobreza. La misma estructura socioeconómica es la que que lleva a muchas mujeres a ocuparse en exclusiva de la familia y el hogar o a trabajar en puestos escasamente remunerados y/o sin contratos. Esto deviene en su incapacidad para generar ingresos considerables por cuenta propia y en la dependencia económica plena de su cónyuge.

Una ruptura sentimental o la muerte de los padres, por ejemplo, puede conducir a una mujer joven directamente a la pobreza más absoluta. Muchas se agarran a la supuesta protección que le ofrecen otros hombres, se prostituyen o son extorsionadas. (p. 46)

A ello se suman las situaciones de acoso –como las que sufre Carmen– que se presentan a diario en las residencias de personas indigentes. Mesa trasciende la frialdad de las cifras y recoge los testimonios que reflejan esta vulnerabilidad y su influencia en la historia de vida de cada persona. Con cada testimonio, Mesa elude el paternalismo habitual en este tipo de textos, así como su condescendencia deshumanizante. Ella emprende, ante todo, una batalla por la dignidad, reflejada en el acto de escritura. Y es que la elección del lenguaje es otro elemento clave en esta historia. Con este texto, Mesa denuncia la impenetrabilidad de la documentación de asistencia social, escrita en forma críptica e inaccesible. A ello, Mesa contrapone la estructura y el tono del libro, con el fin de demoler la concepción de la pobreza como una serie de números que suben y bajan. A través de una mirada profundamente humanizante, el texto nos muestra un retrato de Carmen que dista del melodrama periodístico:

“Carmen muestra una gran dignidad cuando relata su vida, no cae jamás en el victimismo, es capaz incluso de reírse, con un oscuro y franco sentido del humor. Es agradecida, pero nunca carga las tintas. Frases como “qué buena eres” o “¿qué haría yo si ti?”  jamás salen de su boca. Da las gracias porque es educada, pero lo hace siempre con discreción, en términos de igualdad”. (p.  41)

¿Qué queda cuando se ha perdido, aparentemente, todo? ¿Acaso no es la historia propia aquello que no nos puede ser arrebatado? Sara Mesa denuncia la aporofobia de las instituciones llamadas a resolver la pobreza. En la recuperación de la historia de Carmen, Mesa escribe lo ilegible para las estadísticas oficiales. Recoge lo que conforma a una persona cuando todo lo demás se ha socavado, que no es –ni jamás podría remitirse a– una cifra. Allí están los gestos, sus aficiones y vicios, tan reales como los de las personas que conforman ese elefantiásico laberinto que Carmen y otros tantos tienen que recorrer a diario.

Ese laberinto que, como Mesa advierte, no es anónimo. Tiene nombres y apellidos al frente: autoridades y funcionarios que alimentan el infierno de la pobreza con lo que hacen o dejan de hacer cuando se olvidan de su vocación de servicio.  Que mueven los engranajes de una maquinaria orientada a señalar el error, maximizar la falla y encontrar aquel detalle que le dé la razón de desconfiar de las personas que requieren la ayuda. De lograr que la desesperanza prevalezca entre estas como sentido común. Si bien la historia de Carmen se sitúa en Andalucía, España, es posible extrapolar y maximizar lo que el libro denuncia, pues aplica a cualquier región latinoamericana, con instituciones más endebles y Estados con menor presencia. Con oligopolios obsesionados con precarizar más a sus trabajadores, una distribución económica cada vez más desigual y demandas de justicia social que no hacen más que crecer año tras año, por más que el culto a las cifras deseen minimizarlas. En este contexto de precarización normalizada, cualquier escenario alternativo se vuelve utópico, y cualquier intento de solución cae en una postergación indefinida:  ¿Renta básica universal? ¿Impuestos a quienes más ganan? “No, para después” se suele decir. Que va a tomar años. Muchos años con muchos días en los que mucha gente como Carmen se despertarán con un mismo fin: sobrevivir.

Foto: Sonia Fraga

La lectura de este libro confirma el logro de su propósito: estamos frente a una crónica cuya perspectiva, no exenta de subjetividad, aborda una realidad social que casi nunca es el centro del debate político. Una crónica que fastidia e interpela, sobre todo si uno se dedica a la gestión pública –como quien escribe–, y se encuentra, en teoría, llamado a contrarrestar esta realidad. Una realidad insoslayable que no se resolverá invisibilizándola mediante juicios preconcebidos o la sola atención a sus síntomas a distancia, en silencio cómplice. En un perverso y diabólico silencio administrativo que, con su libro, Mesa quiebra. Y, como lectores, nos encontramos llamados a oír.

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Datos del libro reseñado:

Sara Mesa

Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático

Anagrama, 2019, 122 pp.

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Reseña: Troyano de Alex Vella Gera

Disección del pecado

Por Sebastián Uribe

¿A qué velocidad se erosiona un mundo? En Troyano, la novela de Alex Vella Gera (Malta, 1973), se esbozan respuestas a dicha interrogante producidas por el miedo a los cambios sociales y familiares, y los distintos efectos perniciosos. Entre estos, una inmediata sensación de desilusión por no poder detenerlos hasta un estilo de vida conservador que el fanatismo clerical exacerba y sustenta en una de las armas más poderosas del hombre: la idea del pecado.

A Ġanni Muscat, el protagonista,  la vejez lo halla en circunstancias relativamente estables: escribiendo quejas al diario local, una esposa y la seguridad de una fidelidad inamovible, el interés de universitarios por la única novela que publicó hace décadas y un hijo que parece restablecido por las drogas. Sin embargo, el atropello de un gato y los sucesos extraños que seguirán a este hecho revivirán una serie de emociones que parecían ya oxidadas. Esto, no solo desestabilizará su conciencia sino que permitirá revelar circunstancias del pasado que permiten  hurgar en la formación de las culpas en el microcosmos de Muscat sin que alguna se explique.

“Sus ideas eran anticuadas, ideas de alguien que no supo andar con los tiempos, de quien se oxidó, reaccionario, con un aire patético, pasado de moda. Pero el hecho era que cuánta más la gente lo veía así, o cuanto más imaginaba que lo veían así, más sentía que se fortalecía, como una voz en el desierto ante la aproximación del día postrero”  (p. 11).

El cómo se llega a una postura conservadora es un proceso que ha causado interés en los últimos tiempos debido a la creciente existencia de agrupaciones sociales con esta ideología. La mayoría surgen amparadas en circunstancias de precariedad socioeconómica que generan en sus miembros adhesiones recalcitrantes. ¿Qué le queda al hombre más que su fe y su patria?, parece preguntarse Ġanni. ¿No son acaso lugares seguros frente a los proyectos no concluidos, los anhelos no logrados, a la sensación de incomprensión por parte del resto de la sociedad? Desde su visión, es mucho más digerible vivir anclado en un pasado idealizado que enfrentarse a la modernidad de los tiempos que corren y le son más inciertos.

“Estaba rodeado de esta infección que contagiaba a todos. Una sociedad enferma. Una epidemia. Todos infectados. Se olía en el aire, al salir, al encender la tele; ese olor a putrefacción espiritual, a fe mutilada” (p. 13).

Vella Gera funde esta frustración en el miedo de Muscat por la revelación de aquello que puede contradecir lo que pregona, la debilidad de su lugar en el ideario de quienes lo rodean y revivir esa sensación de abandono, de desierto que tanto lo ha agobiado en el pasado:

“El miedo al futuro lo había llevado a cometer el pecado del hombre débil. Nada malo, al fin y al cabo el hombre no es más que un hombre, nada más” (p. 177).

Otro de los logros de la novela es el retrato de aquellos personajes que conocen o han conocido de cerca a Muscat y permiten ahondar en los temores de este mediante el contraste de personalidades, con diálogos que revelan un hastío por estas posturas conservadoras con una visión arcaica de la nacionalidad, como el siguiente:

“¿Y tú te crees que la pornografía es el mayor problema que tenemos? El problema de la gente como tú es que se lo toman todo tan en serio y ven tanto peligro por doquier que acaban fijándose más en las cosas que en las personas que condenan. Y luego una amenaza de verdad ni la ven, como la contaminación del medioambiente, la caza, el neoliberalismo desenfrenado…” (p. 94).

Es en la frase anterior donde se encuentra una de las claves de la novela y la historia de Muscat: el fijarse en sí mismo. Es la gravedad del pecado percibido lo que acelera su frustración, su inutilidad, su culpa. Es la sensación de traicionarse a sí mismo y a sus creencias lo que determina las decisiones de los personajes en la novela. Esto se manifiesta, sobre todo, en la esposa del protagonista, quien es sometida a una vida condenada a la justificación continua de purga y castigo, con concesiones inexplicables para quienes la rodean. Ellos, también hombres de letras, en apariencia son más sensibles a las emociones humanas, pero cargan también con los vicios más terrenales:

“(…) ¿para qué sirve leer libros, quedarse tan tranquilo leyendo en la cama hasta que te lleve el sueño, heredero del espejismo de que leer tenga alguna ventaja, cuando nunca en la vida has hecho algo realmente útil para la humanidad?” (p. 28).

“(…) la vida de un escritor es mísera. Escribes para sacar lo que llevas dentro pero, una vez terminado, descubres que sigues igual. Lo que llevas dentro sigue allí y la escritura no es sino un reflejo mediocre de todo esto” (p. 52).

Las mejores páginas se dan hacia la segunda mitad del libro, cuando los personajes, contrariados por las circunstancias y los refugios internos que han erigido para protegerse, vacilan entre seguir obcecados o revelar sus secretos. Ellos se tornan cada vez más claustrofóbicos en la sociedad insular de Malta, donde se desenvuelven. Sobre todo Muscat, que si bien resultaría insoportable en la vida real, no irrita al lector. Este, al verse inmerso en un mundo de agobio, siente compasión, por tramos, sobre todo cuando uno se topa con la sensación de no estar libre de un juicio a sí mismo.

“Ganni llevaba mucho tiempo luchando para sobrevivir, de ahí el fundamentalismo, de ahí su cabeza dura que juzgaba y condenaba a todos. Porque, a fin de cuentas, lo que Ganni tenía en la cabeza era la condena de sí mismo, el juicio de sí mismo, algo que no pudo revelar porque tuvo miedo, porque admitirlo lo habría hecho pedazos tras todos estos años, sobre todo porque sabía que su mundo estaba construido en el barro y que todo se iba a derrumbar apenas admitiera que había vivido una mentira” (p. 189).

Troyano es una novela donde la esperanza ha sido erosionada y solo queda el consuelo de restablecer los instantes previos a esa destrucción. De reanimar, como en la primera escena, los años de gloria y esplendor mediante el recuerdo y su barniz nostálgico. Es el alivio del recuerdo, frente a un presente de desolación, un pasado idealizado, un paliativo para sobrevivir al derrumbe.

Alex Vella Gera

Troyano

Colmillo Blanco, 2021, 256 pp.

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Reseñas de libros

Un modo de resistir en el mundo

Por Sebastián Uribe

Verfremdungseffekt. Este término alemán acuñado por Bertolt Brecht al que se alude en la página 248 de la novela de Camille Bordas (Lyon, 1987), es una manera de expresar el distanciamiento entre una obra y el público. El también llamado efecto V sería el mecanismo por el cual una expresión artística exige una implicación distinta de la empatía emocional, requiriendo que el público se acerque con ojo indagador, no pasivamente. Féretro, el profesor de alemán que menciona dicho vocablo afirma, ante el cuestionamiento de una alumna, la imposibilidad derivada de este tipo de obras de conjugar la interpretación crítica y la “mágica”, entendida esta última como la hipnotización del espectador por un deseo de evadirse del mundo real; en otras palabras, el entretenimiento como escape. Cómo comportarse en la multitud (2017) es la respuesta de Bordas a dicha disociación logrando un libro capaz de cuestionar desde la ficción concepciones actuales sobre temas tabú como el duelo, la vejez, la depresión o el suicidio, a la vez que nos cautiva la voz de su inolvidable protagonista.

La novela de Bordas podría clasificarse, si cabe dicha taxonomía, como un anti bildungsroman. Isidore Mazal se encuentra en esa zona gris de tránsito entre la infancia y la adolescencia. Su mayor particularidad al inicio de la novela es ser el último hijo de una prolífica familia de genios misántropos en la cual él y su madre son los únicos que no están obsesionados con evadirse de la cotidianeidad, preocupados por dejar una obra para la posteridad siempre escribiendo tesis, o preparándose para escalar posiciones a pasos agigantados en el mundo académico. Isidore, o Dory como le dicen sus hermanas, por el contrario, se cuestiona en todo momento el presente, lo que ocurre mientras la tragedia empieza a rondar su hogar y se pregunta si el futuro le depara algo a él, y opta sin tanta convicción por prácticas como la escritura de la biografía de su hermana Simone o el aprendizaje del idioma alemán. Este último interés constituye una vía para construir puentes más sólidos que los que mantiene con aquellos con los que convive, basadas de manera tácita en un monótono silencio:

              «Como teníamos el jardín más pelado del vecindario, salvo por el cerezo, que se las apañaba él solo sin ayuda humana, aquel repaso semanal se llevaba poco con el aburrimiento del que huía cuando salía afuera. De hecho, era igual de aburrido, solo que el silencio del jardín era menos opresivo que el que había dentro de casa. Flotaba en él cierta esperanza en que algo pudiera venir a romperlo.» (p. 178)

Esta opresión se muestra desde la misma elección del epígrafe de Stanley Cavell: «Si hablar por otro parece una operación misteriosa, ¿no será porque hablar con alguien no parece suficientemente misterioso?»

Si bien una primera lectura podría aducir que hay una crítica al aislamiento por las pocas charlas fraternales que se dan entre los Malzer, sobre todo desde la pérdida de su figura paterna, la distancia alcanza otros grados, primero intelectual y, más importante, emocional, además de la representación de dicha brecha a través de otros eventos simbólicos como la negativa a responder una carta o la pérdida del idioma materno. Isidore se ve perdido entre las grandes mentes dotadas de sus hermanos, en los que no se ve reflejado por el sistema cerrado en el que estos transitan, no porque lo consideren menos, sino porque simplemente lo consideran solo en la medida en que este pueda servir de apoyo para sus intereses individuales, como la redacción de una biografía o de un trabajo académico sobre, vaya ironía, las relaciones familiares. De ahí que les sea imposible alcanzar un grado de empatía salvo cuando estos entran también en crisis y sus ideales se ven amenazados.

En esos momentos, cuando sus dogmas son puestos en duda, se logran los mejores diálogos de la novela, rebosantes de vulnerabilidad. Dory se da cuenta de que, si bien ha hallado pares en personas de círculos distintos como su vecina centenaria, la compañera por correspondencia de Simone o una amiga de la escuela también con dificultades para encajar en el grupo, es en los pocos pero intensos momentos con sus hermanos que alcanza a iluminar cuestiones vitales que le angustian. Esto le revela otras vías para sobrellevar el peso de las emociones que le embargan y los moldes sociales que debería asumir como referencia. Denise, su amiga de la escuela, le espeta la siguiente afirmación, toda una declaración de principios: «Dicen cosas como que no estés triste, que seas fuerte; dicen que es fácil abandonarse, que lo que de verdad cuesta coraje y valor es ser feliz y aferrarse a los pequeños placeres del presente… como si la gente que sufre fuera más débil, ¿sabes? Yo eso no lo pillo». (p. 171)

La anhelada libertad del conocimiento a la que se aferran sus hermanos termina siendo una prisión erigida por ellos mismos, una coraza de protección a lo expresado por Denise, tal como le explica Simone a través de su teoría del embudo:

              ‪«Cuando naces, tienes un número prácticamente ilimitado de opciones, estás nadando en lo alto del embudo y las vas analizando, aunque no pienses en el futuro o, al menos, aunque no veas el futuro como un nudo corredizo que se va cerrando sobre ti (…) Al principio ni te das cuenta, empieza con las optativas en el instituto: ¿más literatura, o más física?, ¿te pones a estudiar un tercer idioma o te tomas en serio la música? Y entonces van desapareciendo sin que te des cuenta algunas de esas oportunidades que entrevías para el futuro y te va succionando cada vez más en el fondo, te mete en un remolino de decisiones precipitadas, hasta que haces una tesis doctoral tan específica que solo hay veinticinco personas en el mundo aparte de ti que la entienden, veinticinco personas a las que les interesa». (pp. 155-156)

La idea de no poder salvarse del destino de los hombres comunes es lo que desencadena la tormenta sobre sus hermanas Berenice, Aurore y pronto Simone, quienes se topan con la frustración de no hallarle sentido a sus vidas a pesar de tener mayores habilidades que el resto, no solo en términos cognitivos sino también económicos, de lo cual son conscientes. De ahí que se aferren a la melancolía (que no es equivalente a la tristeza) de operar sobre sus recuerdos, en los que tienen más capacidad de control que en su presente y así no intentar relacionarse con más personas ante el temor de cargar con problemas ajenos a los suyos o descubrir verdades incómodas con los que más temprano que tarde tendrán que convivir: «Nunca sabes lo que le pasa a la gente por la cabeza, pero cuando te enteras, cuando una pequeña parte de ello sale a la luz, pues lo más probable es que te haga daño, que haga que te sientas fatal». (p. 263)

Ahora que nos encontramos en un período donde convivir de manera distante se ha convertido en el modo de vida imperante, se agradecen novelas como la de Camille Bordas capaces de brindarnos una literatura capaz de subvertir los lugares comunes en los que se incurre al reflexionar sobre la manera actual de relacionarnos y donde la soledad, la culpa o el sufrimiento no son presentados como males a temer, sino como sentimientos en los cuales se puede hallar resquicios de esperanza y consuelo. En suma, una forma de resistir en el mundo.