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Reseña: Infancias (2023) de Bryan Paredes

Crecer y aprender

 Por Omar Guerrero

Infancias (Dendro Ediciones, 2023) del escritor peruano Bryan Paredes (Lima, 1993) es un libro de cuentos conformado por trece historias que giran en torno al crecimiento y al aprendizaje, muchas de ellas dadas en las primeras etapas de la vida, por eso también sobresale la falta de experiencia y el dolor que afrontan sus jóvenes personajes en esos mismos procesos que corresponden a crecer o a madurar, más aún de aprender y afrontar determinadas situaciones que pueden resultar siempre difíciles. Esto mismo se confirma con lo que indica Orlando Mazeyra Guillén en el prólogo: “Este libro da cuenta de esas primeras veces dolorosas e impactantes, intensas y fulgurantes: los primeros amores, los primeros viajes, los primeros adioses, los primeros muertos, los primeros fracasos…” (p. 9).

El dolor que se muestra en estos cuentos es tanto físico como emocional, además de traumatizante. Se evidencia en “La teoría de las reglas”, el primer cuento del libro, donde un joven estudiante escolar es castigado por su profesor delante de sus compañeros en un salón de clases usando una regla de gran grosor que sólo debería ser símbolo de educación o enseñanza, pero, en esta ocasión, también representa la sanción, la violencia y el temor: “La regla más pesada del colegio cayó inclemente entre mis dedos, sin tocar la palma, porque retiré mi mano y, al mismo tiempo, me quejé casi en un susurro. Sánchez tenía la vena del cuello tan hinchada que, me dije, ahora sí me daría con el puño o la palma de su mano pétrea. Se enderezó y dijo: «Montes, estira bien la mano por tu bien». Cuando estaba por decir «pero por qué», la regla esta vez sí se enfundó en toda mi mano, removiendo cada punto eléctrico de mi brazo derecho: el dolor, la vergüenza, la frustración, son marcas difíciles de quitar, sobre todo si tu colegio está a la vuelta de tu casa: no tienes tiempo de asimilar la situación en tres cuadras” (p. 16). 

Otra característica de estos cuentos es que muchas de sus historias ocurren en la costa norte del Perú, con precisión en Trujillo, tal como sucede en “La infancia es una paloma muerta entre tus manos” donde sobresale otro tema real y bastante común en esta parte del Perú y que corresponde a la delincuencia y a la violencia desatada que ya no se puede controlar, más aún si esto afecta a la familia, en especial a un ser querido y cercano. Y al mencionar estas dos características es inevitable el contaste que pueden producir en el relato: “Ese fue un día con buen clima, como suele ocurrir en los veranos de Trujillo. En esta ciudad sí hay un cielo, muy azul, con nubes de algodón de las que salen en las películas. Un paisaje que alguien debería filmar y revelar al mundo. Tal vez podamos entender algo más sobre nuestra existencia con unas buenas tomas. Esos colores te acompañan en todos los momentos de tu vida. Aunque visites cualquier capital del mundo, igual sabrás que puedes quedarte a morir en el norte del Perú por la inmensidad del cielo” (p. 20).  Y la descripción de esta calma se anula con el tema de fondo contado en esta historia: “Lo último que supe fue que lo encontraron entre El Porvenir y Laredo. Algunos campesinos lo sacaron de entre el agua sucia y las cañas de azúcar. De inmediato, se avisó a sus colegas y mi tía denunció a unos choros con los que había peleado días atrás. Ustedes saben, seguro más que yo, que los delincuentes de acá son bien vengativos, muy avezados cuando algo no les sale” (p. 25). La analogía entre una paloma muerta y lo sucedido no hace más que confirmar la tragedia que queda en la memoria del joven personaje narrador.

Otro aprendizaje que se encuentra en el libro corresponde a lo sexual. Aparece en el cuento “Ofrecer” que también transcurre en Trujillo. Coinciden la presencia de otros personajes catalizadores ya recurrentes como las tías o los primos. Aunque el principal personaje catalizador para el narrador en esta historia no es un familiar sino una mujer que marcará una singular experiencia: “La mujer, después de un par de minutos, apareció con un baby doll ancho y casi transparente. No llevaba ropa interior. «Hace mucho calor, ¿di?», me dijo. «Sí, pero tengo frío». Lo dije muy mecánico, inerte” (p. 31). 

Los problemas de dinero y la pobreza también se presentan como características que afectan a los jóvenes personajes. No importa si se intentan eludir u olvidar a través de un juego simple como las canicas o bolitas, tan de moda en determinado momento. Lo cierto es que entre estos mismos personajes jóvenes salen a relucir los problemas económicos de sus familias como una recriminación o como una forma de enrostrar su maldad: “-¿Con qué plata vas?-le preguntó Ricardo, antes de que Jorge saliera-. A las justas tu papá tiene para comer” (p. 41).  

Las peleas entre los jóvenes personajes también se hacen presentes en este universo que ya se caracteriza por su crueldad y violencia, además de definir un estrato social previsto ya desde la carátula del libro, lo que resulta atractivo para el lector al confirmar que se continúa con una tradición que viene de autores como Congrains, Reynoso y Ribeyro. En cuanto a las peleas, estas se describen en determinados escenarios que confirman esta misma condición social, además de la violencia y el dolor que experimentan los protagonistas de un cuento como “El Hueco”: “Escombros, piedras, basura y algunas bolsas de cemento seco. Grafitis en las paredes. Agujas usadas y regadas en los rincones, donde las luces de la calle no ingresaban. Sergio entró primero, empujado por Mario. Sergio dejó la bicicleta apoyada contra la pared, dándoles la espalda. Apenas quiso voltear, recibió un puñetazo en la cara por parte de Mario. Sergio cayó al suelo, quejándose. Sin darle tregua, José lo pateó en el estómago, una y otra vez. Sergio rogaba, una y otra vez. Sergio imploraba, sin pausas…” (p. 53).

La muerte es otro tema ineludible sin importar que se trata de una mascota. Esto ocurre en el cuento breve titulado “Princesa”, cuyo narrador, o narradora, brinda su testimonio una vez que ya ha ocurrido el deceso. En el cuento “Mariela” la muerte también está presente desde el inicio, aunque esta vez se trate de la madre del personaje juvenil femenino, cuyo único deseo antes de morir es ver a su hija casada vestida de blanco sin saber siquiera que sus amistades están más cerca del romance y del deseo: “Quería verse en sus ojos negros y quemarse en el fuego de su presencia hasta convertirse en un puñado de cenizas y hermanada con el viento, ser respirada y emprender una travesía en el interior de su cuerpo: ser la sangre de ella, tomar la forma de sus venas, viajar hasta su pecho, sus manos largas y perderse en el siguiente ombligo, humedecida por el milagro de tocarse” (p. 74). A ellos se suma el cuento “Vive” donde se presenta la muerte como una marca sin importar que se trate de una inútil vida sana.

El amor, o el desamor, no quedan fuera en el argumento de estas historias. Sucede en el cuento “Tinta seca” donde la idealización de la pareja viene de la mano con la literatura debido a que el romance, o lo que queda de ello, arrastra recuerdos de lecturas de autores como Cortázar, Pizarnik y hasta Carlos Oquendo de Amat. Por supuesto que Rayuela es uno de sus epicentros: “Después de una clase electiva de Literatura, a la que había entrado como alumna libre porque nunca pudo estudiar esa carrera, Emilia me comentó que su profesor les dijo que leyera ese libro, el que había recomendado a una amiga cercana antes de morir. «Ella estaba enferma y le pidió un libro, para sus últimos meses. ¡Qué difícil! ¿Te imaginas regalar el último libro que leerá una persona que quieres mucho?». No entendía la magia de Rayuela. «Este libro tiene fragmentos que uno puede leer como quiera». Sólo escuchaba y asentía, mudo. «El mismo Cortázar dice en el inicio, mira acá, que se puede leer de forma lineal o a través de un tablero con un orden establecido por él o como se le dé la gana al lector»” (p. 68).

Incursionar en el género policial no es impedimento para seguir retratando las inexperiencias y los duros aprendizajes de estos jóvenes personajes. Se suma que también se encuentra un trasfondo social en cada una de estas historias donde sobresale el comportamiento, bueno o malo, de cada uno de los miembros del orden. En el cuento “Todos saben” se aborda una historia de frontera donde impera una policía coimera y ratera que se aprovecha de la migración de los peruanos en Argentina, más aún si son jóvenes: “El jefe, seguro, era peor, pensó Facundo. En su barrio había escuchado las historias de los policías cagones, como le decían, que sembraban cuando uno estaba limpio y te podía mandar en cana por varios años. Algunos pacos y ketes valían para esto; más la frontera y viaje por tierra, peor. Enrejada segura. «Yo no le tengo miedo a los choros», le dijo su tío, «porque te roban y si te dejas, no pasa más. Pero si un tombo te quiere joder, ahí sí cagaste, porque tiene la autoridad para cagarte” (p. 94). En cambio, en el cuento “Retamozo”, el joven policía protagonista de esta historia desea hacer las cosas bien, aún tiene ética. Sin embargo, de nada le sirve cada vez que recibe órdenes que debe cumplir como parte de su trabajo. Al mismo tiempo se vuelve espectador del horror con los muertos en las carreteras, peor aún, si se trata de levantar sus cuerpos destrozados y pestilentes. 

Por último, los temas familiares, en especial la relación con los padres, se presentan en cuentos como “All by myself” donde ciertas canciones, como las de Charly García, traen más que un recuerdo. Y en “Entrevista a Paul Auster”, el padre vuelve a ser el punto de atención del hijo sin importar las obligaciones o los deseos profesionales. En este caso, los diálogos muestran la situación de una familia desigual o desintegrada por culpa del alcohol y el rencor. Es inevitable no relacionarla con la novela La invención de la soledad, a propósito de la mención del padre y de Paul Auster. Este, sin duda, es uno de los mejores cuentos de este conjunto.

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Datos del libro reseñado:

Bryan Paredes

Infancias (2023)

Dendro Ediciones

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Reseña: La escritura quedó aquí (2023) de Braulio Paz

Un impulso que nos llama desde el futuro.

Sobre La escritura quedó aquí de Braulio Paz

Por Cristhian Briceño

Anécdota. Del griego anékdota. Lo no publicado, lo inédito, aquello que está por contarse ante muchos, ante pocos, incluso ante un solo individuo. Podría ser el mensaje en una botella que se lanza a aguas inciertas o la inspección cotidiana escrita en las páginas de un diario íntimo. Hay mucho de confesión en esta idea de revelar lo nunca antes dicho. Si la ocasión es feliz, probablemente la anécdota también lo sea; si es desafortunada, etc. Braulio Paz ha decidido emplear el recurso de la anécdota para abrir su nuevo libro. En este primer ciclo de poemas se nos descubre a un yo poético con la mirada puesta en el pasado, haciendo recuento de lo visto, de lo sentido, de lo aprendido. Como el narrador de En busca del tiempo perdido, el yo poético de La escritura quedó aquí comprende que su estado de gracia se encuentra en la infancia, ese tiempo idílico donde el individuo moldea su ser y construye sus pasiones, sus fobias, sus futuras habilidades. En estos poemas iniciales se advierte la ansiedad por recuperar paraísos perdidos, por traer al presente el verdor del recuerdo y la luz de lo ya extinto, con una nostalgia que es propia de quien inicia un viaje inmediato al presente y se encuentra, de pronto, en el centro de lo desapacible. Por ello, los versos parecen desplegarse en el curso de un interminable paseo donde el yo poético nos entrega imágenes casi bucólicas:

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Reseña: Jardín zen (2022) de Miguel Sanz Chung

Las palabras beben del mismo manantial. Sobre Jardín zen de Miguel Sanz Chung

Por Cristhian Briceño

Los poemas de este libro se ubican entre el observar y el decir, en ese instante donde la contemplación diseña su estrategia, revela su potencial y anticipa su efecto, pero sin desatar el artificio de la enunciación cuantiosa; sucede como en ese famoso haiku de Yosa Buson: «Ante el crisantemo blanco, las tijeras dudan un instante». A lo largo de la obra de Sanz Chung encontramos algunos precedentes. En Quién las hojas, el elemento poético presente ya en el título duda de su naturaleza: es la hoja de un árbol, pero también el papel en blanco o el afilado acero que acaricia una barbilla; en su Diccionario elemental, las palabras dudan también de su valor semántico, de sus etimologías, y terminan revelando significados surgidos de la ironía y de la imaginación. Si bien esta estrategia podría asumirse, sin más, como metáfora o símil, yo diría que el autor toma otro camino: muchos de sus personajes inician una lenta trasformación que se interrumpe cuando empieza a atisbarse un destino. En Jardín zen, la evolución de los personajes y de las emociones es cuestión de una decena de versos depurados con una técnica excelente: «Ahora el dolor no necesita de tantos versos» (p. 23); al final, el tiempo parece ralentizarse hasta adquirir una dureza sentenciosa. Sin embargo, en este arco evolutivo siempre es posible reconocer cómo el yo lírico se inserta a sí mismo dentro la naturaleza y él mismo se vuelve naturaleza viva, o, en todo caso, asume las características de lo vegetal:

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El Hablador N° 24

  • En su edición N° 24, sale a la luz un homenaje al Bicentenario del Perú
  • Lo acompañan artículos académicos, reseñas, cuentos, poesía y fragmento de novela

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La revista de literatura El Hablador sale con una nueva edición, que refresca en amplitud el debate sobre el panorama literario en el país. Sale a tiempo, además, para aunarse a las celebraciones del Bicentenario y todo lo que motivó la reflexión cultural y literaria en torno a la COVID-19. En ese sentido, El Hablador aborda tópicos como la Independencia, el valor de uso de la enfermedad a lo largo de nuestra historia republicana, las generaciones literarias de 1950 en adelante, la violencia política y la reflexión académica contemporánea en general.

En ese sentido, destacan los artículos de Henrique Júdice Magalhães en relación con «La literatura peruana entre la historia oficial y el contrarrelato» y otro de Ulises Juan Zevallos Aguilar titulado «Oswaldo Reynoso, teoría de los afectos y guerra interna». Le siguen un texto de Omar Guerrero, «Lujuria y muerte de Bernardo de Monteagudo. Dos hechos en la tradición “María Abascal” de Ricardo Palma», otro de Basilio Ventura, «El realismo popular de Antonio Gálvez Ronceros» y finalmente otro de Grober Jara, «Muerte de la infancia y mudez de la locura. Análisis de Los niños muertos de Richard Parra».  Lo complementan un apunte de Louis-Ferdinand Bats en francés: «La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes: quel roman historique?», así como dos textos de crítica cultural: «Ecología, neofeminismo… ¿son las nuevas ideologías del presente?» de Mari Paz Rodríguez Diéguez y «El futuro de la vivienda: ¿cuáles son los desafíos del estándar Passivhaus?» de Mauricio Ugarte Izquierdo.

Entre nuestros entrevistados, comparten la marquesina dos invitados de lujo: el académico sanmarquino Marcel Velázquez Castro, autor de Hijos de la peste, libro aparecido en pleno auge de la pandemia (2020) y que ocasionó un revuelo en el medio por lo apropiado de su aparición; y el escritor argentino Sergio Chejfec, en una conversación con Erick Abanto ocurrida antes de su deceso, en abril de 2022. 

En esta ocasión, las reseñas se realizan sobre diversos libros, entre ellos, textos académicos, poemarios y novelas: La república agrietada, de Carmen McEvoy, por Rómulo Torre Toro; Miguel Gutiérrez (1940-2016). Libro de homenaje, editado por Aníbal Meza, por Basilio Ventura; Identidades del español andino. Estudio sociológico en Huancayo de Eunice Cortez, por Álex Hurtado. Su seguro servidor, de Christian Briceño, por Manuel Navazar; El sonido de las olas (tres novelas cortas), de Margarita García Robayo, por Eliana del Campo; Un verdor terrible, del chileno Benjamín Labatut, por Omar Guerrero; Fiesta, de Denise Vega Farfán, por Lisandro Solís; y No hay más ciudad, de Francisco Izquierdo Quea, por Sebastián Uribe.

Finalizan el número relatos de Lenin Lozano Guzmán y del propio Francisco Izquierdo Quea; poesía de Ana Carolina Quiñónez Salpietro, Pablo Salazar Calderón y Marco Gonzales; y un adelanto de la última novela de Carlos Germán Amézaga.

En las próximas semanas, compartiremos la convocatoria de las colaboraciones para el siguiente número de El Hablador (N° 25), el cual se publicará en el último trimestre del 2023.

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Entrevista a Carlos López Degregori

Una visita al futuro. Una charla con Carlos López Degregori

Por Lisandro Solís Gómez

Con más de una docena de títulos publicados, Carlos López Degregori, junto a otros nombres claves, constituye uno de los pilares de la tradición poética peruana contemporánea. El poeta se ha mantenido en actividad efervescente desde la publicación de su primer libro, Un buen día (1978), trazando siempre una ruta de escritura discernible por su complejidad y su marcado tono personal. En su obra, se percibe la asimilación inteligente y original de la poesía gestada por las vanguardias a inicios del siglo XX, no tanto por su carácter rupturista, sino por su conciencia del objeto poético, su diestro manejo de la forma y su continua reflexión sobre la escritura.

Carlos López Degregori – Foto: El Comercio

La suya es una poesía que difícilmente puede confundirse: se halla tejida por una serie de símbolos, atmósferas y motivos que, sin ser redundantes, conforman una estética que se ha consolidado con el paso de los años. Pese a ello, su apuesta por el poema en prosa, y su inquietud por las relaciones entre lo visual y lo escrito constituyen características que, en los últimos años, se han afianzado en su obra.

El martes 20 de septiembre nos reunimos con López Degregori para charlar sobre su nuevo libro Variaciones Victoria, editado este año por Máquina Purísima de Cecilia Podestá, así como sobre sus nuevos proyectos y lo que parece ser el inicio de un periodo diferente de su escritura poética.

¿Cómo surgió la iniciativa de publicar Variaciones Victoria? ¿Desde un principio tenías en mente publicar un poemario con estas características, es decir, visualmente experimental, casi un libro objeto? ¿O el formato surgió a partir de la decisión de publicar con Máquina Purísima? Podrías comentar brevemente la génesis del libro.

Yo tengo en mi casa un cráneo (“Victoria”) que me alcanzó un amigo hace más o menos treinta años como un recuerdo de mi antigua vocación por la medicina. Cuando estaba trabajando A mano umbría (2019), surgieron algunos apuntes sobre este cráneo. Al comienzo, pensé incorporarlos en tal libro, pero me di cuenta de que en realidad esos fragmentos pertenecían a un proyecto que necesitaba un desarrollo mayor. Por ello, guardé esos textos y los retomé recién el 2020. Ese año, con el tiempo que dejaba la pandemia, incluso, con el temor que suponían el encierro y el desasosiego permanentes, ese pequeño apocalipsis que la enfermedad había provocado en la vida de todos, reaparecieron esos textos en dos momentos y, así, se fue perfilando Variaciones Victoria.

Como estaba encerrado, lo que hacía en ese entonces —todavía no tenía el nombre del libro exactamente—, era leer, escribir, escuchar música y en ese momento estaba cautivado por las composiciones de Johann Sebastian Bach y, especialmente, sus “Variaciones Goldberg”, que constituyen una de sus piezas más conocidas e importantes —sublimes incluso dicen algunos. Las “Variaciones Goldberg” son treinta y dos. Es un aria-canon, que es el motivo principal, y treinta variaciones, que en realidad van desarrollando modulaciones y modificaciones de ese canon, que se repite de nuevo al final en un ritmo distinto. Treinta y dos piezas exactamente. Variaciones Victoria es un libro que, de alguna manera, sigue la estructura de las “Variaciones Goldberg”. El canon, la piedra que sostiene todo este edificio, esta catedral —porque creo firmemente que es casi una catedral—, es el cráneo y sobre este surgen las modulaciones que, al final, configuran el libro en su totalidad. Por eso, este volumen se llama Variaciones Victoria.

Por otro lado, yo siempre he tenido una especie de cábala, de superstición, con los números. A mí siempre me ha gustado que mis libros estén conformados por un número impar de poemas. Con excepción del primero, Un buen día (1978), que está integrado solamente por doce, siempre he buscado una cantidad impar de poemas. Quería eso mismo para este poemario, pero solo contaba con treinta y dos variaciones. Por esa razón, tuve que añadir al final una adicional, que funciona como una suerte de coda. De esa forma, conseguí los treinta y tres fragmentos que forman el libro.

¿Y Victoria por qué exactamente?

Cuando llegó el cráneo a mi poder, indudablemente carecía de nombre. Yo en realidad no sé si es hombre o mujer. Sin embargo, después de algunos meses, Victoria fue un nombre que prácticamente se impuso, tal vez porque posee la fuerza simbólica del significado de la palabra. Como sabes, el vocablo “victoria” significa vencer. Es la muerte que vence. Es su triunfo o, si es que quieres verlo como el reverso, es la vida que se impone de todas maneras sobre la muerte, ya que al final nos vamos a integrar al universo, que es un poco lo que el libro está sugiriendo. Creo que esto último también es importante en el poemario. Variaciones Victoria es un libro que posee un hilo místico y casi religioso.

Existe en tu obra una preocupación por las artes plásticas en su conjunción con la poesía que se ha expresado, ya sea por el contacto entre palabra e imagen, por ejemplo, en Retratos de un caído resplandor (2002), o por la construcción del libro como un “objeto”, como en Aquí descansa nadie (1998). Incluso, en A mano umbría (2019), existen algunos momentos en los que se evidencia esta línea de indagación, por ejemplo, cuando colocas esa página transparente con el boceto de una mano al inicio del libro. De alguna forma, ¿consideras que Variaciones Victoria (2022) es una suerte de culminación de esta línea maestra de tu poesía?

Efectivamente, existe en mi poesía una preocupación por las imágenes y lo visual, por otros códigos que no sean estrictamente lingüísticos. El primer libro en que exploré estas posibilidades fue Retratos de un caído resplandor. Allí recuperé una serie de fotografías —algunas familiares incluso— y postales antiguas, y las manipulé a fin de transformarlas. Formaron parte del libro no como ilustraciones, sino fundamentalmente como el soporte o el eje que, de alguna manera, lo sostiene. Allí los retratos son los que sostienen los poemas, no meramente imágenes que los acompañan. En A mano umbría, existen también imágenes, incluso algunas personales. De hecho, como mencionas, está mi mano, por ejemplo, que es la que abre el libro en un papel transparente. No obstante, también aparecen algunos collages que yo mismo trabajé en ese momento y que fueron mis primeros experimentos en esa dirección.

Para Variaciones Victoria, debido al confinamiento por la pandemia, disponía de tiempo. Por ello, empecé a trabajar y a experimentar más con las imágenes. Carezco de la facultad o el don para dibujar. Puedo realizar garabatos —me gusta hacerlos— pero no soy capaz, por ejemplo, de dibujar imágenes figurativas. Por ello, empecé a trabajar con el collage, recortando imágenes y escribiendo sobre ellas, fusionando escritura e imagen. Por medio de ese procedimiento, he conseguido crear algunas ilustraciones y las mejores son las que conforman la “galería” que acompaña al libro. Si abres la caja en la que viene Variaciones Victoria, notarás que se trata de un díptico: por un lado, está el libro de color negro, con tapa dura y hojas muy blancas, y, por otro, la “galería” como una unidad autónoma que vincula letra e imagen. Juntos conforman un díptico que es, en realidad, una unidad de dos rostros.

Según te entiendo, tú ya tenías concebida más o menos la idea del formato del libro, la forma en que querías presentar los poemas, y surgió una coincidencia feliz con Máquina Purísima para publicarlo.   

Sí. Yo me pregunté qué editorial podría estar interesada en un libro de esta naturaleza. Entonces, me dije “Cecilia Podestá”, quien además es una amiga que aprecia mi poesía. Ella, inmediatamente, con gran generosidad, acogió el proyecto. Yo al comienzo pensaba simplemente incluir las imágenes al final o intercalarlas dentro del libro, pero fue Cecilia la que me propuso “¿por qué no hacemos un díptico?”. Indudablemente, la idea me entusiasmó. No obstante, en el nacimiento de estas variaciones, sí noté que las imágenes eran un elemento fundamental.

Desde tu punto de vista, con el tiempo, ¿cómo ha ido evolucionando esa perspectiva tuya que prioriza la conexión entre palabra e imagen? ¿Crees que aún es posible explotar esta línea de indagación estética? ¿Existe algún otro proyecto en esta dirección?

Mi preocupación por las imágenes es cada vez mayor y en este momento estoy trabajando en esa dirección. Por ejemplo, en Lienzo, la revista de la Universidad de Lima, apareció un texto que se llama “Una tiranía personal” (2021). Es un poema en prosa, una mezcla casi de poema y ensayo sobre la escritura —entendida como los trazos a mano—, la firma y la caligrafía. Para ese libro en progreso, estoy trabajando también una serie de ejercicios (cali)gráficos y también algunos collages. En el texto que apareció en la revista Lienzo, solo dispuse de espacio para dos de esas imágenes, pero van a ser muchas más. Sin embargo, otros textos míos que todavía están en proceso van por otros caminos.

La mayoría de los lectores de poesía peruana reconocen como un rasgo esencial de tu escritura la inquietud por construir una obra cohesionada, que brinde en cada libro una suerte de capítulo o incursión en una serie de preocupaciones u obsesiones comunes, las cuales redirigen al final a la que es, tal vez, tu obra mayor, Lejos de todas partes, reeditada hace poco. ¿De qué forma este nuevo libro se articula en ese proyecto? ¿O acaso inaugura una entrada diferente como A mano umbría, que, desde mi perspectiva, supone un proyecto complementario, pero ligeramente diferente al de tu poesía en general? ¿Consideras que Variaciones Victoria añade un ingrediente novedoso a tu proyecto?

Lejos de todas partes (1978-2018) apareció el 2018. Este volumen reúne todos mis libros escritos hasta ese momento y, con esa nueva edición, cierro definitivamente aquel ciclo. Incluso, el poema “Siempre es al sur”, que aparecía al final de la primera edición, aparece nuevamente y cierra la versión definitiva del libro. Siento que Lejos de todas partes es un libro que ya ha terminado. Creo que durante cuarenta años he escrito un solo libro. Indudablemente, son los lectores los que tienen la última palabra. No obstante, desde que publiqué Las conversiones (1983), me di cuenta de que cada nuevo libro se alimentaba de los poemas y motivos previos; los devoraba prácticamente. De alguna forma, se apoyaba en ellos para continuar el proceso de escritura. Existe ahí un proyecto de libro-vida. Es este un libro que ha crecido conmigo, uno que de alguna manera ha estado fijando y cartografiando mi existencia. Si observas tanto la primera como la segunda edición, el paso del tiempo y, de modo más específico, la edad de la escritura de los poemas aparecen continuamente como una marca importante que sigue la existencia, la vida del hablante, de ese personaje o de la pluralidad de ellos que habitan mis textos. No olvides que uno de los ejes de Lejos de todas partes es casualmente la identidad, así como el tiempo, el vacío, la lejanía, el estar lejos de todo, incluyendo esa lejanía de uno mismo.

Entonces, ¿qué relación existe entre A mano umbría, un libro atípico en tu producción, debido fundamentalmente a todos los riesgos que asume, así como por su envergadura, con ese proyecto de libro-vida que es Lejos de todas partes?

Siento que A mano umbría es el complemento de Lejos de todas partes. Es un libro que, en realidad, es una poética. Recoge algunas escenas testimoniales, personales, fundamentalmente de mi infancia, pero incluye también una serie de textos que reflexionan sobre mi quehacer poético. Es casi una autopoética. Creo que A mano umbría es un libro bisagra, un enlace con mis siguientes proyectos. Creo, asimismo, que Variaciones Victoria forma parte del nuevo libro que probablemente va a ocupar mi trabajo durante los próximos años, si es que tengo tiempo para terminarlo, y conservo mi lucidez y mi capacidad de escribir.

O sea, ¿sientes que estás iniciando una nueva etapa de escritura?

Sí, estoy iniciando una nueva etapa, un nuevo libro, que hasta cuenta con una brújula que juega con Lejos de todas partes: “Nunca tan cerca”. ¿Tan cerca de qué? No lo sé.         

Finalmente, ¿qué debe esperar el lector de Variaciones Victoria? ¿Podrías invitar brevemente a los lectores a leer tu nuevo poemario?

Es un poema en prosa. Siento cada vez más que el formato del poema en prosa es el que mejor se acomoda a mi trabajo, porque me permite incorporar una serie de elementos distintos. Se pueden insertar en el poema en prosa elementos narrativos, reflexivos o testimoniales. Variaciones Victoria es un solo poema dividido en treinta y dos partes, y una coda.

El libro fundamentalmente supone una exploración sobre la muerte, el tiempo y la memoria, así como sobre nuestro lugar en la realidad, el sentido de nuestro estar en el mundo y el lugar hacia el cual nos dirigimos. ¿Podemos aspirar a alguna trascendencia? No lo sé. Este es un libro que gira en torno a estas preocupaciones.

Siento también que es un libro que solo podía ser escrito en un momento de mi vida. No lo hubiera podido escribir a los cincuenta ni a los cuarenta años, sino que ha exigido un tiempo de vida preciso. Yo en este momento tengo 69 años y me acerco ya a los setenta. Considero que esta obra revisa mi existencia y al mismo tiempo es un umbral para lo que viene después. Por ahí va la aventura de este libro.       

(Lima, martes 20 de septiembre de 2022)

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Reseña: Croac y el nuevo fin del mundo (2022) de Ricardo Sumalavia

La mejor manera de comprender el mundo es a través de fragmentos

Por Cristhian Briceño

Desde sus inicios, Ricardo Sumalavia ha jugado con la brevedad, y con los años ha ido entregándose a ella. Lo breve, en literatura, consiente una potencial explosión de significados, de la misma forma que un hipotético punto infinitamente denso y caliente supone la creación del universo que habitamos y que se encuentra en decidida expansión. Sumalavia ya daba indicios de estos procedimientos en sus primeros libros. Basta revisar sus colecciones de microrrelatos, en las cuales no se limita a estandarizar las formas de este género, sino también se permite un nivel de experimentación o reinterpretación que resulta valioso y queda impregnado en la memoria del lector; un ejemplo de esto sería la sección Monogatari de su libro Enciclopedia mínima, donde cierra sus relatos, que son casi paisajes emocionales, con haikus, anulando cualquier reparo hacia el género de lo brevísimo, al cual se suele acusar, sin más, de efectista.

En sus más recientes libros, Sumalavia pone a prueba esta brevedad, haciendo encajar los fragmentos de tal manera que formen un pequeño universo en expansión; por tanto, sus últimos trabajos son una suerte de breviarios que acogen diversas manifestaciones de sus inquietudes; tenemos variantes de la novela policial, la novela a modo de itinerario de impresiones, la novela que busca, en partes iguales, el humor y lo entrañable. En Croac y el nuevo fin del mundo, Sumalavia explora algo que podría ser la fantasía con tintes irónicos, aunque esta definición no necesariamente abarca todo lo expuesto en su novela. Y es que la idea de hacer de la prosa una secuencia breve y expansiva se va a manifestar desde el primero de los capítulos de Croac. Digo la prosa breve porque es la estricta materialidad de la escritura, que no va más allá de las dos páginas por capítulo; digo expansiva porque los finales, aunque tienden a lo conclusivo, son abiertos, la elipsis es una de las banderas que Sumalavia agita desde el entramado de esta novela; es expansiva también porque a la brevedad material de la escritura se le suma la brevedad de actores de los que dispone el autor para realizar sus cabriolas discursivas: a simple vista caemos en cuenta que Sumalavia propone tres personajes principales de los que van derivando los personajes episódicos, como si se dispusiera de una paleta cromática o una escala musical (la rana, la abuela, el narrador) cuyas combinaciones establecen el tono de cada uno de los capítulos. Si bien suele imperar el humor irónico, ciertas combinaciones generan derivados emocionales, como cuando la rana hace ingresar a la narración al médico-rana con el cual su esposa le es infiel, y se promueve una nota de disgusto en el relato, o cuando de la abuela se deriva la historia del abuelo del narrador y parece que ingresáramos a un periodo donde la historia se suspende y empieza a regir el tiempo de la muerte y el recuerdo. Y es que esta brevedad expansiva parece confinar a los tres protagonistas de Croac a una representación sin fin de sus papeles; son los actores de una obra de teatro que el autor empuja al inicio de cada capítulo a improvisar sus líneas, cada cual con unos roles que van cambiando de acuerdo al ánimo siempre inconstante de los intérpretes. Esta improvisación puede ser una de las claves para que el narrador, sobre la marcha, vaya fabulando a partir de la onomatopeya de la rana; el simple y primario croac que leemos es una metáfora de la indagación personal que todo escritor hace de los estímulos de la realidad. De este modo, el estímulo sonoro da pie a que el narrador construya su ficción, la provea de un sentido peculiar, íntimo, válido. El croac monódico de la rana es el contrapunto a la voz del narrador, y  entre ambos se va construyendo el pasado, el presente y el porvenir de los personajes; ese croac que parece negarse a ser interpretado encuentra en la voz del narrador un sinnúmero de caminos bifurcados y vueltos a bifurcar, en lo que vendría a ser una vuelta de tuerca a esa antigua historia de dibujos animados en la que una rana canta Hello, my baby frente a un único hombre (su dueño o autor, como quiera llamársele) pero al presentarse ante la multitud (los lectores) permanece en un silencio tedioso, intransigente, en el lugar donde la comunicación o la magia de la ficción no se hace efectiva.

Si bien se puede hablar del carácter humorístico o el non-sense con logros farsescos, quisiera detenerme brevemente en tres autores que, consciente o inconsciente, Sumalavia ha dejado entrar en su novela, teniendo en cuenta que en mi lectura advierto una atmósfera parecida a las fábulas de Monterroso o a los cuentos en los que se da voz a los animales o se les humaniza, como el Bucéfalo de Kafka. El primero es Giambattista Basile y su Pentamerón, un libro de relatos de 1634 escrito a la manera de los cuentos tradicionales pero que están construidos en base a imágenes violentas, al gesto escatológico y grotesco, y a alusiones sexuales nada veladas. Estas características están presentes en Croac, así como también la reducción del universo de personajes o su tipificación. Si en los relatos de Basile se suele encontrar la estructura de la doncella de belleza sobrenatural salvada por un príncipe luego de sufrir una serie de desventuras, en la novela de Sumalavia hallamos también la estructura del personaje de la rana transmitiendo un mensaje al narrador para prevenirlo o confiarle un dato de relevancia para ponerle a resguardo de su abuela. En cuanto a las imágenes violentas, estas se encuentran en varias partes de la novela:

A mi padre, en la época de la guerra de las ranas del Sur y del Norte, una vez, en un camino solitario a las afueras, dos ranas fugitivas le reventaron la cabeza a tiros.

O lo escatológico:

El baño de tu abuela es una máquina del tiempo. Solo te sientas, cagas, te limpias el culo, piensas en un año y jalas la cadena.

El segundo es Lewis Carroll, en cuanto la novela muchas veces rompe con la lógica, es decir, desde el punto en que a la rana se le atribuyen características humanas y esta, según la voz/interpretación del narrador, revela una serie de hechos que son relatados con normalidad por más de que contravengan el sentido común, como en el capítulo 37, donde asistimos a un pasaje donde el tiempo sufre una regresión, una inversión de su flujo natural, e incluso el discurso de la rana se ve modificado por este juego del narrador. Otro ejemplo es el capítulo 7, donde nuevamente se presenta un juego con el lenguaje y una alteración de los significantes, aunque el sentido vuelve a enriquecerse por las interpretaciones que suscita:

Ella me cuarenteaba mis cincopias sin nueverse ante tal ochemo.

Ante esto, podemos usar como ejemplo un poema de Carroll; aunque la traducción no ayude mucho, queda un indicio de las afinidades:

Era el bullir, los tersos lagartejos

se arrizomaban en la verdiloma,

los bogrios suspiraban a lo lejos

y hasta ululaba el tortuguín de goma.

El tercero es Gianni Rodari y la ironía que desbordan sus relatos cortos. Rodari es excepcional para hacer decir a sus personajes lo que no están preparados para decir, para trastocar el sentido de los referentes y proponer lo lúdico a partir de un simple diálogo o una descripción. En uno de sus cuentos nos presenta a un Pinocho particular, y empieza con lo que sigue:

Érase una vez Pinocho. Pero no el del libro, sino otro (…) cuando le crecía la nariz, en vez de asustarse, llorar o pedir ayuda al Hada, tomaba un cuchillo o sierra y se cortaba un buen trozo de nariz.

El narrador de Croac realiza una maniobra que podría resultar similar, por ejemplo, en el capítulo 31, cuando la rana, luego de contar una disparatada historia entre la abuela del narrador y los fantasmas de sus amantes, da un salto a su pileta y desaparece de escena, dejando únicamente, de manera irónica el sonido de su salto; ruido de agua, dice el narrador, aludiendo, cómicamente, a una de las traducciones más famosas del venerable poema de Basho. También  tenemos el capítulo 38, donde se utiliza, con el mismo objetivo, el pasaje bíblico de Abraham e Isaac, aquel del sacrificio del hijo ordenado por el dios hebreo.

Ricardo Sumalavia – Foto: Punto Edu

En fin, más allá de todo lo dicho hasta aquí, esta novela de Sumalavia nos ofrece a un narrador seguro de su estrategia para crear historias. En una entrevista de hace algunos años Sumalavia declaró que la mejor manera de entender el mundo es a través de fragmentos. Los fragmentos de Croac son muestra de lo anterior. En las grietas de cada uno de ellos se encuentra la potencia de su escritura. Es similar al fragmento de una urna griega del que se vale el mitógrafo para completar o enriquecer su historia con otras interpretaciones y aportes de la comunidad. Así, Sumalavia va estableciendo en sus lectores y lectoras el potencial de sus ficciones.

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Datos del libro reseñado:

Ricardo Sumalavia

Croac y el nuevo fin del mundo

Seix Barral, 2022, 114 pp.