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Enciclopedias del carnaval (2026) de Ricardo Sumalavia

Enciclopedias del carnaval de Ricardo Sumalavia

Fondo de Cultura Económica, 2026. 252 pp.

Enciclopedia del carnaval, de Ricardo Sumalavia, reúne tres momentos de una obra dedicada a expandir los límites de la microficción latinoamericana: Enciclopedia mínima, Enciclopedia plástica y Enciclopedia vacía. El gran sueño. En estas páginas, dice la contratapa, ”la brevedad no es un alarde ni (solo) destreza técnica, sino una forma de intensidad. Cada texto, preciso y engañosamente simple, funciona como la radiación o el duelo: lo leemos en segundos, pero su fuerza, su conmoción, se queda dentro de cada lector. A veces con una sonrisa”.

En la Bitácora de El Hablador, ofrecemos el prólogo de Ricardo Sumalavia gracias a la cortesía del autor y el Fondo de Cultura Económica.

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Mínimas de mi carnaval

Por Ricardo Sumalavia

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Los libros, como las personas, tienen familias. Cada género literario, igualmente, tiene su genealogía. A veces, mientras escribimos, somos conscientes de esos lazos familiares; otras no. Un microrrelato, quizás el más breve, podría tener como ascendiente el Quijote o la Biblia. Esa familiaridad podría estar contenida en una sola palabra.

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Conocí al escritor mexicano Sergio Pitol en 1994, en una sala de embarque del aeropuerto de Maiquetía, en Venezuela. Íbamos al mismo evento, en el que él sería maestro y yo discípulo. Se trataba de un taller internacional de narrativa en la ciudad de Barquisimeto. Todos los demás jóvenes escritores que asistíamos a este taller habían tomado otros vuelos o ido desde Caracas en bus. Pero en ese momento, mi momento, nos reunió el azar. Fui el único al que le tocó realizar el vuelo junto a Pitol.

Durante el trayecto él me contó que se encontraba escribiendo El arte de la fuga, libro que se publicaría dos años después, y que marcaría un parteaguas en su escritura. Lo oía maravillado. Solo unos meses antes yo había publicado mi primer libro, Habitaciones (1993). Luego de las presentaciones él me preguntó qué estaba leyendo. Le respondí que los cuentos de Joseph Conrad. Me preguntó por la editorial. Le respondí y él sonrió. «Yo traduje esos cuentos», me dijo. Y me habló de Conrad, y también de otros autores que había traducido. Después me preguntó qué estaba escribiendo en ese momento. Le dije que escribía un cuento sobre una mujer con una protuberancia en el pecho que seducía y espantaba a su amante. Agregué que la idea surgió de una anécdota en la vida de un escritor austríaco. Esa anécdota yo la había leído en un suplemento cultural del diario La República, en Lima. No recordaba al autor del ensayo, le confesé. «Fui yo», me dijo, y lanzó una carcajada. Me sentí avergonzado por mi ignorancia y alegre por la coincidencia.

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La literatura habla con la literatura, así como la vida habla con la vida. Si combinamos «literatura» y «vida» en la frase anterior, en cualquier orden, los sentidos no son ni serán exactamente los mismos, pero la literatura siempre será algo más que literatura, como la vida algo más que vida.

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«El carnaval», me dijo Pitol. Dijo esta palabra para referir-se a un libro de Mijaíl Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: El contexto de François Rabelais (1965). Me dijo que mientras este libro de Bajtín estimulaba a muchos teóricos, a él le había permitido articular sus escritos, y que le provocaba escribir todavía más. Pasamos por una breve turbulencia. En lugar de asustarnos, reímos. Solo puedes reír cuando hablas del carnaval.

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Para Bajtín, el carnaval no es únicamente una celebración, sino un instante suspendido en el que el orden habitual pierde firmeza y las jerarquías dejan de parecer inevitables. En ese tiempo excepcional, el poder puede ser objeto de risa, lo solemne se contamina de lo grotesco y la experiencia colectiva reemplaza cualquier distancia entre actores y espectadores. La risa que emerge allí no busca solo burlarse: degrada lo oficial para devolverlo al movimiento de la vida. Bajtín reconoce que esta lógica no permanece confinada a la plaza pública, sino que atraviesa la literatura, donde los registros se mezclan, las voces se multiplican y los discursos del poder se vuelven materia de parodia. El carnaval surge de esta manera como una segunda vida.

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Sergio Pitol publicó en 1999, bajo el sello Anagrama, Tríptico del carnaval, libro que reúne sus novelas El desfile del amor (1984), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991). Este libro fue una segunda vida.

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Hasta aquí estoy seguro de que el posible lector de estas Enciclopedias del carnaval ya tiene bien en claro mis intenciones y mis homenajes. Este libro reúne mis tres libros de microrrelatos: Enciclopedia mínima (2004), Enciclopedia plástica (2017) y Enciclopedia vacía (2024). La idea de la enciclopedia apareció por la ambición de aproximarme creativa y lúdicamente a mis diversas experiencias vitales: crecer en el centro de Lima, leer desenfrenadamente, vivir en Corea del Sur, luego en Francia; en fin, vivir entre la calle y la biblioteca. Me interesaba esa tensión entre el deseo de fijar el mundo y la certeza de que el mundo siempre se escapa. Mientras avanzaba en los textos, comprendí que cada entrada no debía afirmar, sino vacilar; no definir, sino rozar apenas un sentido posible antes de abandonarlo. Así, la escritura empezó a parecerse a un carnaval silencioso: las jerarquías del saber se invertían sin estridencia, lo mínimo desplazaba a lo solemne y aquello que normalmente quedaba al margen encontraba un lugar inesperado en el centro de la página, de una breve página. Y no buscaba burlarme del conocimiento, sino devolverle su fragilidad, su condición humana. Por eso la voz que escribe nunca podía situarse por encima del texto; debía mezclarse con él, confundirse, aceptar la incertidumbre como método (algo que aprendí de Augusto Monterroso). Descubrí entonces que el humor —a veces leve, a veces apenas perceptible, o desde lo grotesco— era una forma de pensamiento, una manera de suspender la autoridad sin necesidad de negarla. Cada microrrelato abría una posibilidad y, al mismo tiempo, la interrumpía, como si el libro res-pirara a través de sus propias interrupciones. El resultado de cada una de las enciclopedias fue un cuerpo textual incompleto, deliberadamente abierto, donde las entradas dialogan entre sí sin aspirar a una totalidad final. Por esta razón, reunir estos libros en un solo tomo fue aceptar que el sentido nunca se estabiliza del todo y que la literatura, cuando se permite esa libertad, se convierte en un espacio donde el mundo puede reorganizarse momentáneamente, como ocurre en todo carnaval: un tiempo breve en el que dejamos de reconocer el orden habitual para imaginar, aunque sea por un instante, otras formas de existir.

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Estas enciclopedias fueron escritas en Lima, Seúl y Burdeos. Escritas a mano, en la computadora o en el celular. Escritas dentro de un tranvía, un autobús o en una biblioteca, un despacho o una habitación. Escritas desde la movilidad y la inmovilidad. Escritas desde el influjo surrealista o budista o el sincretismo que puede suponer a un peruano. Escritas desde la certeza y la duda.

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Este texto lo escribo en la ciudad de Burdeos, en un domingo de carnaval. Estoy sentado en un café, frente a mi hija Andrea, que realiza unos dibujos en su tableta. La comparsa del carnaval pasó por estas calles. Todo fue música, baile y celebración. Ahora prima la calma, pero sé que el carnaval sigue en mí. En mí y en otro lado.

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El vuelo entre Caracas y Barquisimeto duró 50 minutos. Pero el vuelo que emprendí con Sergio Pitol en 1994, medido con otros relojes, aún no aterriza. Sigue en aquel instante suspendido.

Burdeos, 1 de marzo de 2026

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Reseña: Croac y el nuevo fin del mundo (2022) de Ricardo Sumalavia

La mejor manera de comprender el mundo es a través de fragmentos

Por Cristhian Briceño

Desde sus inicios, Ricardo Sumalavia ha jugado con la brevedad, y con los años ha ido entregándose a ella. Lo breve, en literatura, consiente una potencial explosión de significados, de la misma forma que un hipotético punto infinitamente denso y caliente supone la creación del universo que habitamos y que se encuentra en decidida expansión. Sumalavia ya daba indicios de estos procedimientos en sus primeros libros. Basta revisar sus colecciones de microrrelatos, en las cuales no se limita a estandarizar las formas de este género, sino también se permite un nivel de experimentación o reinterpretación que resulta valioso y queda impregnado en la memoria del lector; un ejemplo de esto sería la sección Monogatari de su libro Enciclopedia mínima, donde cierra sus relatos, que son casi paisajes emocionales, con haikus, anulando cualquier reparo hacia el género de lo brevísimo, al cual se suele acusar, sin más, de efectista.

En sus más recientes libros, Sumalavia pone a prueba esta brevedad, haciendo encajar los fragmentos de tal manera que formen un pequeño universo en expansión; por tanto, sus últimos trabajos son una suerte de breviarios que acogen diversas manifestaciones de sus inquietudes; tenemos variantes de la novela policial, la novela a modo de itinerario de impresiones, la novela que busca, en partes iguales, el humor y lo entrañable. En Croac y el nuevo fin del mundo, Sumalavia explora algo que podría ser la fantasía con tintes irónicos, aunque esta definición no necesariamente abarca todo lo expuesto en su novela. Y es que la idea de hacer de la prosa una secuencia breve y expansiva se va a manifestar desde el primero de los capítulos de Croac. Digo la prosa breve porque es la estricta materialidad de la escritura, que no va más allá de las dos páginas por capítulo; digo expansiva porque los finales, aunque tienden a lo conclusivo, son abiertos, la elipsis es una de las banderas que Sumalavia agita desde el entramado de esta novela; es expansiva también porque a la brevedad material de la escritura se le suma la brevedad de actores de los que dispone el autor para realizar sus cabriolas discursivas: a simple vista caemos en cuenta que Sumalavia propone tres personajes principales de los que van derivando los personajes episódicos, como si se dispusiera de una paleta cromática o una escala musical (la rana, la abuela, el narrador) cuyas combinaciones establecen el tono de cada uno de los capítulos. Si bien suele imperar el humor irónico, ciertas combinaciones generan derivados emocionales, como cuando la rana hace ingresar a la narración al médico-rana con el cual su esposa le es infiel, y se promueve una nota de disgusto en el relato, o cuando de la abuela se deriva la historia del abuelo del narrador y parece que ingresáramos a un periodo donde la historia se suspende y empieza a regir el tiempo de la muerte y el recuerdo. Y es que esta brevedad expansiva parece confinar a los tres protagonistas de Croac a una representación sin fin de sus papeles; son los actores de una obra de teatro que el autor empuja al inicio de cada capítulo a improvisar sus líneas, cada cual con unos roles que van cambiando de acuerdo al ánimo siempre inconstante de los intérpretes. Esta improvisación puede ser una de las claves para que el narrador, sobre la marcha, vaya fabulando a partir de la onomatopeya de la rana; el simple y primario croac que leemos es una metáfora de la indagación personal que todo escritor hace de los estímulos de la realidad. De este modo, el estímulo sonoro da pie a que el narrador construya su ficción, la provea de un sentido peculiar, íntimo, válido. El croac monódico de la rana es el contrapunto a la voz del narrador, y  entre ambos se va construyendo el pasado, el presente y el porvenir de los personajes; ese croac que parece negarse a ser interpretado encuentra en la voz del narrador un sinnúmero de caminos bifurcados y vueltos a bifurcar, en lo que vendría a ser una vuelta de tuerca a esa antigua historia de dibujos animados en la que una rana canta Hello, my baby frente a un único hombre (su dueño o autor, como quiera llamársele) pero al presentarse ante la multitud (los lectores) permanece en un silencio tedioso, intransigente, en el lugar donde la comunicación o la magia de la ficción no se hace efectiva.

Si bien se puede hablar del carácter humorístico o el non-sense con logros farsescos, quisiera detenerme brevemente en tres autores que, consciente o inconsciente, Sumalavia ha dejado entrar en su novela, teniendo en cuenta que en mi lectura advierto una atmósfera parecida a las fábulas de Monterroso o a los cuentos en los que se da voz a los animales o se les humaniza, como el Bucéfalo de Kafka. El primero es Giambattista Basile y su Pentamerón, un libro de relatos de 1634 escrito a la manera de los cuentos tradicionales pero que están construidos en base a imágenes violentas, al gesto escatológico y grotesco, y a alusiones sexuales nada veladas. Estas características están presentes en Croac, así como también la reducción del universo de personajes o su tipificación. Si en los relatos de Basile se suele encontrar la estructura de la doncella de belleza sobrenatural salvada por un príncipe luego de sufrir una serie de desventuras, en la novela de Sumalavia hallamos también la estructura del personaje de la rana transmitiendo un mensaje al narrador para prevenirlo o confiarle un dato de relevancia para ponerle a resguardo de su abuela. En cuanto a las imágenes violentas, estas se encuentran en varias partes de la novela:

A mi padre, en la época de la guerra de las ranas del Sur y del Norte, una vez, en un camino solitario a las afueras, dos ranas fugitivas le reventaron la cabeza a tiros.

O lo escatológico:

El baño de tu abuela es una máquina del tiempo. Solo te sientas, cagas, te limpias el culo, piensas en un año y jalas la cadena.

El segundo es Lewis Carroll, en cuanto la novela muchas veces rompe con la lógica, es decir, desde el punto en que a la rana se le atribuyen características humanas y esta, según la voz/interpretación del narrador, revela una serie de hechos que son relatados con normalidad por más de que contravengan el sentido común, como en el capítulo 37, donde asistimos a un pasaje donde el tiempo sufre una regresión, una inversión de su flujo natural, e incluso el discurso de la rana se ve modificado por este juego del narrador. Otro ejemplo es el capítulo 7, donde nuevamente se presenta un juego con el lenguaje y una alteración de los significantes, aunque el sentido vuelve a enriquecerse por las interpretaciones que suscita:

Ella me cuarenteaba mis cincopias sin nueverse ante tal ochemo.

Ante esto, podemos usar como ejemplo un poema de Carroll; aunque la traducción no ayude mucho, queda un indicio de las afinidades:

Era el bullir, los tersos lagartejos

se arrizomaban en la verdiloma,

los bogrios suspiraban a lo lejos

y hasta ululaba el tortuguín de goma.

El tercero es Gianni Rodari y la ironía que desbordan sus relatos cortos. Rodari es excepcional para hacer decir a sus personajes lo que no están preparados para decir, para trastocar el sentido de los referentes y proponer lo lúdico a partir de un simple diálogo o una descripción. En uno de sus cuentos nos presenta a un Pinocho particular, y empieza con lo que sigue:

Érase una vez Pinocho. Pero no el del libro, sino otro (…) cuando le crecía la nariz, en vez de asustarse, llorar o pedir ayuda al Hada, tomaba un cuchillo o sierra y se cortaba un buen trozo de nariz.

El narrador de Croac realiza una maniobra que podría resultar similar, por ejemplo, en el capítulo 31, cuando la rana, luego de contar una disparatada historia entre la abuela del narrador y los fantasmas de sus amantes, da un salto a su pileta y desaparece de escena, dejando únicamente, de manera irónica el sonido de su salto; ruido de agua, dice el narrador, aludiendo, cómicamente, a una de las traducciones más famosas del venerable poema de Basho. También  tenemos el capítulo 38, donde se utiliza, con el mismo objetivo, el pasaje bíblico de Abraham e Isaac, aquel del sacrificio del hijo ordenado por el dios hebreo.

Ricardo Sumalavia – Foto: Punto Edu

En fin, más allá de todo lo dicho hasta aquí, esta novela de Sumalavia nos ofrece a un narrador seguro de su estrategia para crear historias. En una entrevista de hace algunos años Sumalavia declaró que la mejor manera de entender el mundo es a través de fragmentos. Los fragmentos de Croac son muestra de lo anterior. En las grietas de cada uno de ellos se encuentra la potencia de su escritura. Es similar al fragmento de una urna griega del que se vale el mitógrafo para completar o enriquecer su historia con otras interpretaciones y aportes de la comunidad. Así, Sumalavia va estableciendo en sus lectores y lectoras el potencial de sus ficciones.

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Datos del libro reseñado:

Ricardo Sumalavia

Croac y el nuevo fin del mundo

Seix Barral, 2022, 114 pp.