Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Nurerdin-Kan (2020, edición crítica) de Trinidad Manuel Pérez

Nurerdin-Kan y la construcción de la nación desde lo oriental

Por Daisy Saravia

Tengo el agrado de comentar, en esta oportunidad, la novela Nurerdin-Kan que retrata la inmigración china del siglo XIX. Me detengo en unas líneas que dice el protagonista a los chinos que acaban de arribar al Perú:

-No creo que vengáis a encontrar aquí el sufrimiento-decía Nurerdin a los chinos que lo rodeaban […] -No, no es posible; este país que tenemos a nuestra vista dice que es más bello que las praderas de Cachemira y más rico que los bosques de Ceilán (p. 62).

La novela tiene el encanto de conmover y, para quienes somos tusanes, más aún nos conmueve en las fibras más íntimas. Se siente personal porque al leerlo inevitablemente reproduce un tiempo que concierne a nuestros antepasados y se inserta en nuestra historia familiar. La ficción tiene el poder de clarificar aquello que es oscuridad en la memoria. O al menos, nos da esa impresión. Y tal vez, en esa dirección, nos hace conscientes de las peripecias que sufrieron los inmigrantes chinos en su arribo a tierras peruanas. Cierto es que las páginas de los libros de historia señalan cumplidamente la marginalidad de la inmigración china. Sin embargo, hasta antes de Trinidad Manuel Pérez, la literatura peruana no había reservado un lugar protagónico a los chinos y, menos aún, había extendido sus lazos de fraternidad.  En un siglo colmado por el silencio y la pluma fiera de Manuel Ascensio Segura y José Santos Chocano, la publicación de Nurerdin-Kan en 1872 es una mácula, casi una proeza en términos de reivindicación de la presencia china en el Perú. Por esa misma razón, es loable saber del rescate y puesta en valor de Nurerdin-Kan que llega a nosotros gracias a la publicación de Ediciones MYL y a la edición crítica de Johnny Zevallos. Este notable investigador ha venido realizando una rigurosa investigación de la novela desde años atrás; mérito por el cual sus aportes son ineludibles para comprender la presencia de los chinos en la literatura peruana del siglo XIX. El que tenga la oportunidad de leerlo encontrará gratamente una publicación de la más alta calidad, no solo por el valor que representa el rescate literario de una novela, sino por el estudio preliminar que contextualiza la obra y lleva por título “Servidumbre y ciudad letrada: la representación de los culíes en Nurerdin-Kan de Trinidad Manuel Pérez”. Mención aparte son las notas al pie de página que conforman, igualmente, un acierto destacable por toda la información brindada a la lectura. Parto así de la idea de que Nurerdin-Kan es un tesoro para cualquier investigador que quiera estudiar la inmigración china en el Perú. Para el público lector, de igual manera, constituye una forma grandiosa de aproximarse a la historia de la inmigración china en el siglo XIX, con una trama que, además de conmover, se propone denunciar por primera vez en la literatura los abusos a los culíes en las haciendas.

Bien dicen que para conocer a una obra hay que conocer a su autor. Empezaría diciendo que Trinidad Manuel Pérez fue un periodista y dramaturgo literario. Era una figura bastante conocida en las letras no solo de Lima, sino también de Trujillo, su ciudad natal. Fundó el semanario El Correo del Perú (1871-1878), un diario de corte liberal que apostaba por las ideas ilustradas, los derechos de los ciudadanos, la supremacía de la sociedad civil y la modernización a través de la industrialización, entre otras cosas. Esta postura ideológica, precisamente, parece haber sido propicia para dar vida a una obra sobre la inmigración china. Y es que los chinos se situaban en el debate nacional: por un lado, debido al rechazo de la élite criolla y, por otro lado, debido a las acusaciones de maltrato que ponía en tela de juicio la sujeción al derecho liberal por parte de los hacendados. Sea como fuese, la relación con este grupo étnico demostraba la fragilidad de los liberales y de aquellos que, en líneas generales, defendían la modernidad del país. Es así como, en 1872, Trinidad Manuel Pérez se aleja de otros escritores y sus pálidas referencias chinas para traer a escena Nurerdin-Kan. Según la investigación de Johnny Zevallos, esta constó de veintiséis números entre los meses de enero y julio, y algo a destacar de inmediato es la falta de conclusión en la historia y la falta de autoría. En opinión del investigador, el anonimato y el abrupto final pudo deberse a la polémica.  Por ejemplo, no faltaron hacendados que, molestos con la trama, enviaron misivas al diario para lamentarse. Esto nos lleva a pensar en el profundo impacto que pudo haber tenido una obra que, por primera vez, cuestionó abiertamente las condiciones de vida que tenían los chinos en las haciendas.

Trinidad Manuel Pérez

Nurerdin-Kan es en primer plano una historia orientalista de tintes románticos. La historia gira en torno al príncipe hindú Nurerdin-Kan que, ante la muerte de su amada, decide escapar a China para luego subirse a uno de los barcos chineros con destino a Perú. La magia, belleza y fantasía de Oriente se encuentran finamente representados en este personaje, un personaje que, por si fuera poco, abandona su fortuna, riquezas y estilo de vida para alejarse de su amada muerta. Así pues, mientras personajes como los italianos, ingleses o españoles son la viva representación de la crueldad, la tiranía y la mediocridad, el príncipe hindú es paradójicamente la figura ilustrada, humana y sensible. Trinidad Manuel Pérez pone en jaque la racionalidad occidental, la desmantela hasta el punto de contrastarla con la oriental. Este contraste entre occidente y oriente, por otra parte, permite destacar la falta de adhesión al modelo republicano y al sistema liberal. En un ambiente arcaico donde las haciendas perviven su orden colonial con chinos y afroperuanos, la postura de Trinidad Manuel Pérez, tal como señala Johnny Zevallos, es la de “consolidar la presencia criolla nacional” (LIV). El rechazo absoluto parece centrarse así en la figura peninsular en Regimio Trueba, hacendado de Las Palmas. A decir del investigador, la representación de chinos y negros en la hacienda no solo pasa por denunciar el maltrato sino por cuestionar el liderazgo peninsular, es decir, la tradición española que perdura en la república. Esto, sin duda, es una observación interesante que sintoniza con un periodo en el que, en efecto, se quiere construir una nación soberana. Por otro lado, esto mismo sí cierra consigo posibles aspiraciones a una integración o reconocimiento de los inmigrantes chinos. La idea de que los chinos sean un medio más que un fin en sí mismo tal vez no sitúe a Trinidad Manuel Pérez en una posición subversiva como se quisiera, sin embargo, no deja de ser disruptiva para la época. Las descripciones de los innumerables abusos a los chinos tocan el corazón y hacen pensar en su humanidad, una humanidad fuertemente evadida en los discursos intelectuales en los que el chino es solo una raza inferior, sin sentimiento ni emociones. En el sombrío ambiente de las haciendas, asistimos a escenas crueles en las que los chinos muestran su indignación. Incluso aquellos rebeldes poseídos por el odio gozan de inteligencia, un sentido de la justicia y la fraternidad entre los suyos dignos de admirar. En la voz de Aloe, por ejemplo, se percibe la nostalgia por la patria. Él cuenta a sus compatriotas los maltratos que recibe y tilda de “ideas mezquinas” la percepción que los peruanos tienen de los chinos. Sin lugar a duda, una reflexión sabia:

  -¡Cuánto he sufrido!… Yo que estaba acostumbrado a la tierna solicitud de mi madre y mis hermanas… Siempre me acuerdo como una mañana que salíamos de nuestra humilde choza de bambú y arroz para ir a labrar la tierra de Fing-ú… Ideas muy mezquinas de nuestra patria debe tenerse en este pueblo porque los hijos del imperio de la luz somos despreciados, perseguidos y maltratados por todas partes… (pp. 111-112)

Investigador Johnny Zevallos (Foto: Lima Gris)

La humanidad palpita en las voces de Asen o Aloe, personajes que tienen un liderazgo entre los chinos. No deja de ser curioso, sin embargo, que sea Nurerdin-Kan, y no los chinos quienes logren colmar las expectativas de oriente. La respuesta parece encontrarse en la mesura del príncipe hindú frente a la impulsividad de los culíes. Y es que, si hay algo que se rechaza en los chinos, no es solo la falta de educación, sino el peligro que pueden representar sus sentimientos de odio o venganza. Tan igual como el abuso de los hacendados, la respuesta de los chinos parece ser un obstáculo para la nación moderna de Trinidad Manuel Pérez. En todo caso, la alternativa de una floreciente esperanza oriental siempre es Nurerdin-Kan, quien además encuentra su paragón en Rosa, la hija del hacendado español Remigio Trueba. Esta mujer criolla funge de intermediaria entre los bandos violentos de hacendados y culíes. Su amor por todos los que rodean la hace comprender sin miramientos las relaciones asimétricas y la injusticia de la hacienda. Como dijimos antes, el autor apuesta por el liderazgo del hombre criollo para encaminar una nación moderna. No obstante, consciente de la ausencia, la falta de preparación y la virtud de este, apuesta por la mujer criolla como modelo. Y Rosa, en un mundo de hombres réprobos, es la representación misma de la virtud: “Un poeta habría llamado a la hija de don Remigio celestial, aérea, encantadora; un hombre positivista simplemente la hubiera llamado inútil” (p. 74). Al ser la única mujer capaz de comprender el sufrimiento de los más desvalidos, se convierte en el paradigma del futuro, la esperanza de un cambio no solo en la hacienda sino en la nación misma. Con cierto encanto, Trinidad Manuel Pérez ha construido una historia de subalternos, que, desde la etnicidad o desde los roles de género alzan su voz para expresar su desarraigo a esta patria. Se confía en el liderazgo criollo, pero también en la idea de que la fraternidad será el éxito para un país tan diverso como el nuestro. Una fraternidad como la retratada cuando Nurerdin-Kan y Rosa se inclinan a rezar ante un chino fallecido: “Había una sublime poesía en el cuadro que formaban estos dos jóvenes, de distintas creencias religiosas, de distintos climas y costumbres, únicos sin embargo en un mismo sentimiento, orando junto al cadáver de un asiático…” (p. 137).

*****

Datos del libro reseñado:

Trinidad Manuel Pérez

Nurerdin-Kan

Johnny Zevallos (Ed.), Ediciones MYL, 2020

Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Notas de lectura Reflexión Reseñas de libros

Notas de lectura: La invención novelesca (2008) de Miguel Gutiérrez

A destiempo: La secreta comunión. Sobre La invención novelesca (2008) de Miguel Gutiérrez

Por Lisandro Solís Gómez

La invención novelesca de Miguel Gutiérrez fue publicada el 2008. Como el propio autor indica, esta obra “es el resultado de la reestructuración del libro Celebración de la novela (Peisa, 1996) y La novela en dos textos (Derrama Magisterial, 2002)” (14) más dos ensayos inéditos. Los tres primeros textos exponen la relación entre el autor y el género novelístico. De esa forma, indagan en el origen de su vocación literaria, su concepción de la novela en tanto distinta a la épica y su proceso de formación, al mismo tiempo que Gutiérrez se confiesa un lector empedernido de novelas en varios pasajes. Por otro lado, los tres últimos incursionan en el proceso de producción de tres de las obras más representativas del escritor piurano: La violencia del tiempo (1991); Babel, el paraíso (1993); y El mundo sin Xóchitl (2001).

Si bien es presentado como un conjunto de reflexiones sobre la praxis novelística y como un ejercicio de disección sobre el propio proceso de creación, me llama la atención la forma en la que Gutiérrez sugiere una poética de la escritura novelística que se desmarca de la imagen del genio creador. En su versión, la obra literaria deja de ser el resultado de las decisiones y actos de un “héroe” que, contra la adversidad, despliega los misteriosos poderes de su creatividad y le entrega al mundo una obra maestra. Por el contrario, sus ensayos sugieren que la escritura novelística parece ser la acción de un conjunto de individuos unidos para poner en marcha el proceso creativo. Así, el escritor, que nunca deja de ser un personaje importante, revela la condición precaria que caracteriza a todos los seres humanos y, justamente por ello, requiere del auxilio de los demás para conseguir su ansiado objetivo. Al leer estos ensayos, me quedo con la sensación de que la literatura supone —ha supuesto siempre— una serie de procedimientos que solo pueden realizarse por la conjunción de distintas voluntades, algo así como un milagro que solo puede invocarse por el abrazo cariñoso de quienes nos aman.    

En esta dirección, aunque parece un detalle banal, la reiterada (y a veces cansina) mención a sus amigos es una pieza importante de la propuesta de Gutiérrez. En efecto, en las primeras páginas del libro, el escritor piurano señala que ha sido bendecido con la amistad de “dos o tres amigos, hombres cultos y refinados que sin ser escritores son felices lectores de novelas de toda la vida” (17), a quienes ha llamado “en las horas más inapropiadas” (17) para compartirles el hallazgo de una novela admirable que lo ha fascinado. Los amigos a los que alude Gutiérrez comparten sus lecturas, pero también velan por su bienestar y el desarrollo de su oficio: “Un amigo muy solidario, también escritor, me ofreció su casa de Canta para que continuara con mi trabajo” (160). En consecuencia, esas personas son aquellas que de manera directa o indirecta rodean y conforman también el proceso de creación.

Aunque resulta una obviedad, Gutiérrez posee una concepción “materialista” de la producción novelística. Entiende, así, el proceso creativo como una tarea que involucra al escritor de forma absoluta, pero que solo es posible a partir de la solidaridad y la colaboración de quienes están a su alrededor. En efecto, lejos de presentar al novelista como un titán enfrentado contra el mundo —una imagen empleada por Mario Vargas Llosa hasta el hastío—, Gutiérrez parece recordar que, finalmente, el escritor es solo un hombre más sobre la Tierra, que ignora varios temas y que a veces ni siquiera es capaz de resolver solo los aspectos más triviales de su vida cotidiana, como buscar cobijo (Cfr. 109). Es más los amigos de Gutiérrez intervienen en el mismo proceso de escritura, a veces brindando pistas sobre las rutas que sigue una obra en desarrollo: “¿De qué trata mi novela? Un buen amigo, inteligente y sensible, a quien le di a leer el manuscrito recién concluido, me hizo este resumen espléndido: «Es la historia de un agravio que es familiar y nacional»” (155).

En otras ocasiones, su participación es oportuna al brindar información valiosa para construir la trama. Por ejemplo, Gutiérrez revela que mientras realizaba los preparativos iniciales para comenzar a escribir El mundo sin Xóchitl descubrió que su historia se encontraba estrechamente vinculada a la ópera, expresión artística desconocida para él. Además de buscar fuentes por sí mismo, el escritor piurano confiesa que “molesté a mucha gente, menos mal que tengo buenos y pacientes, casi estoicos, amigos. Un amigo profesor del Conservatorio Nacional, excelente fagotista, que me inició en el conocimiento del piano como instrumento […], pero que sobre todo me puso en contacto con un antiguo comentarista de óperas y zarzuelas, ya anciano y retirado” (304). De esa manera, se afirma una poética que concibe el proceso creativo como un esfuerzo comunitario que desmonta el mito del genio creador.

Esta concepción me parece que es una reinterpretación o realización alternativa de aquel anhelo vallejiano que demandaba traspasar la barrera que separa el arte de la vida. En los ensayos de este volumen, el escritor nunca está solo. No solamente lo acompañan su familia y sus amigos, sino que los lugares que lo resguardan e incluso algunos animales (Cfr. 167) tienen algo que decirle, un consejo, una palabra de aliento o una señal de esperanza. La novela surge de ese diálogo que supone una apertura total y la necesidad de apoyarse en los hombros de alguien más.  

*****

Datos del libro comentado:

Miguel Gutiérrez

La invención novelesca

Universidad de Ciencias y Humanidades, 2008, 357 pp.

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Constitución Política del Perú (2021) de Santiago Vera

Un breve comentario a Constitución Política del Perú de Santiago Vera

Por C. Briceño A.

Sostiene Eliot, en uno de sus ensayos sobre el verso libre, que no existe una división entre el verso conservador y el verso libertino, porque solo hay “versos buenos, versos malos y el caos”. La conclusión nos parece lógica y de una justicia inapelable, si consideramos que el caos significa una imposibilidad en la reiteración de patrones. Hallar un heptasílabo y un endecasílabo en medio de la más completa anarquía halaga ciertos corazones y hace pensar en los escombros de una silva, pero seguimos inmersos en el desorden. Sea como fuere, no podría hablarse de un verso libre, sino de una versificación libre, considerando que es el análisis global del poema lo que nos da las pautas para entender la propuesta del poeta, su estrategia o su intuición métrica y rítmica. Es esta intuición formal la que nos conduce a una reflexión sobre la importancia que puede tener en poetas actuales, en particular por la pérdida de estas nociones, algo que, en la tradición peruana, parece llegar a su fin con los poetas de los años sesenta —persiste en contadas ocasiones, como en José Pancorvo, Jorge Wiesse, Alonso Ruiz Rosas, Lorenzo Helguero, y más recientemente en José Miguel Herbozo o Elio Vélez—, aunque quizá pueda hablarse de poetas que intuyen el ritmo o que tienen buen oído; tal parece que en muchos poetas sigue operando en el ritmo una cierta estructura clásica encubierta por las combinaciones con que se trabajan los poemas; incluso a partir de esto sería factible reconocer los indicios de su manejo técnico, algo que podría ser instintivo, derivado de sus lecturas de nuestra tradición poética. En cuanto a Constitución Política del Perú de Santiago Vera (Lima, 1987), la libertad en el verso siempre va de la mano con una interesante determinación rítmica; sin embargo antes es necesario conocer su método de composición. Vera toma la Constitución Peruana de 1993 y reacomoda el documento, combina fragmentos, edita, adiciona el vocablo Tiempo, a manera de licencia poética, como elemento dinamizante, propone una versificación, un encabalgamiento arriesgado, una disposición del verso dentro de la página. Los hallazgos métricos, según sospecho, son una consecuencia del ordenamiento, y quizá no pueda hablarse de una intención propiamente dicha, sino más bien de una inercia rítmica y métrica que, por momentos, consigue escapar de la voz protocolar, legal, hierática del texto base, aunque, en general, el poemario absorba ese tono y lo haga inherente a su propuesta. No podría hablarse de una inercia métrica en Trilce, por poner un ejemplo, ya que tenemos antecedentes de la regularidad formal de Vallejo en sus poemas precedentes influenciados por el Modernismo, e incluso es posible advertir, en las versiones preliminares del propio Trilce cómo muchos de los textos fueron diseñados como sonetos. Incluso es posible advertir el procedimiento de Vallejo para desmontar los versos, recortar su extensión, suprimir nombres propios o replantear su lugar en el poema hasta hacerlos trascender el registro modernista (algo que ya se puede advertir en la sección final de Los heraldos negros), por lo que una lectura atenta del libro nos revelará el vestigio endecasilábico y alejandrino como si fuese una estructura antigua amalgamada en una reciente arquitectura:

En la línea mortal del equilibrio (Trilce I)

Gallos cancionan escarbando en vano (II)

En el rincón aquel, donde dormimos juntos (XV)

Destílase este 2 en una sola tanda (XVII)

Mi mayoría en el dolor sin fin (XXXIV)

La tarde cocinera te suplica (XLVI)

Fósforo y fósforo en la oscuridad (LVI)

Ya no reiré cuando mi madre rece (LVIII), (et al.)

*****

Se puede descargar la reseña completa desde el siguiente enlace:

https://elhablador.com/blog/wp-content/uploads/2022/02/Resena-en-texto-completo.pdf

*****

Datos del libro reseñado:

Santiago Vera

Constitución Política del Perú

Taller Editorial La Balanza, 2021, 120 p.

Categories
Comentario sobre textos Coyuntura Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático (2019) de Sara Mesa

Una historia de horror

Por Sebastián Uribe

Toda historia de pobreza es una historia de horror. Una caracterizada por la incertidumbre persistente de si se logrará llegar al final del día con al menos un plato de comida, un sorbo de agua limpia o un lugar para el aseo. En la olla del pobre todo es condimento, como dijo João Guimarães Rosa. Un infierno sin escape que se habita a diario y por la cual, quien lo padece se convierte en objeto de juicio. Conlleva la condena social, el rechazo y la fobia. Una conjunción de miedos (¿a ser uno de ellos?) en su contra que se aúnan en actitudes agresivas (insultos, pedidos de expulsión, violencia física), o pasivas y silenciosas, igual o más peligrosas al tomar como único rumbo la indiferencia, disfrazada bajo caridad. Las personas pobres reciben una negación de la justicia por ser consideradas responsables de su propia situación. La deshumanización se convierte en la única vía para evitar la incomodidad que supone tomar conciencia de que, en efecto, la pobreza existe.

Sara Mesa (Madrid, 1976) escribe la historia de Carmen y su relación con Beatriz, con quien, tras cruzarse varias veces, realiza un acto extraordinario para la sociedad en la que vive: se fija en ella. Ya no es solo un escollo a evitar en la calle, o la causa para acelerar el paso tras darle unas monedas. Es una persona: con historias, con emociones, con necesidades. Tiene un nombre. Es alguien que requiere ayuda y espera. Espera y espera. ¿Qué espera? ¿En qué nivel y condiciones? Beatriz empieza a actuar. Se involucra en la desesperante situación de Carmen, la escucha y la acompaña. No como una salvadora ni para aliviar su propia culpa, sino para intentar que Carmen salga del pozo al que la han empujado una serie de trabas y la desidia social. Un pozo cuya profundidad aumenta con la infinita burocracia de los programas sociales destinados a ayudarla. Un pozo del que la misma Beatriz no está libre.

Si hay un elemento que vertebra el laberinto burocrático al cual se refiere la autora en el subtítulo es la desconfianza. La presunción inicial es de culpabilidad y la solución institucionalizada para ello es la demostración constante de lo contrario. Validar que alguien es confiable mediante papeleo: documentos, constancias, autorizaciones, recibos, avales. Una constante búsqueda de que la palabra de uno sea considerada cierta por los demás. Pero, ¿cuáles son los límites de esta exigencia? ¿Qué efectos puede causar?

“(…) ¿cómo es posible exigir a quien vive en la calle, sin recursos de comunicación -teléfono, internet- ni de transporte, que haga su peregrinaje a través de oficinas, ventanillas y colas como si nada”. (p. 50)

Como bien se señala, un problema neurálgico es la indefensión de las personas empobrecidas ante la exigencia de precisión documentaria sin un acceso adecuado a la información. A estas personas –sumidas en su propios laberintos­– se les exige recorrer otro más, para chocar con la indiferencia de funcionarios con una agotada capacidad para la empatía. Además, son personas que, en la mayoría de casos, están formadas en un sistema diseñado para rechazar al solicitante, proteger el estatus quo y evitar que quienes conforman el sector más precario de la sociedad adquieran un rostro o una voz propia.  

La autora, asimismo, le da énfasis a cómo el género resulta ser un factor determinante para la experiencia de la pobreza. La misma estructura socioeconómica es la que que lleva a muchas mujeres a ocuparse en exclusiva de la familia y el hogar o a trabajar en puestos escasamente remunerados y/o sin contratos. Esto deviene en su incapacidad para generar ingresos considerables por cuenta propia y en la dependencia económica plena de su cónyuge.

Una ruptura sentimental o la muerte de los padres, por ejemplo, puede conducir a una mujer joven directamente a la pobreza más absoluta. Muchas se agarran a la supuesta protección que le ofrecen otros hombres, se prostituyen o son extorsionadas. (p. 46)

A ello se suman las situaciones de acoso –como las que sufre Carmen– que se presentan a diario en las residencias de personas indigentes. Mesa trasciende la frialdad de las cifras y recoge los testimonios que reflejan esta vulnerabilidad y su influencia en la historia de vida de cada persona. Con cada testimonio, Mesa elude el paternalismo habitual en este tipo de textos, así como su condescendencia deshumanizante. Ella emprende, ante todo, una batalla por la dignidad, reflejada en el acto de escritura. Y es que la elección del lenguaje es otro elemento clave en esta historia. Con este texto, Mesa denuncia la impenetrabilidad de la documentación de asistencia social, escrita en forma críptica e inaccesible. A ello, Mesa contrapone la estructura y el tono del libro, con el fin de demoler la concepción de la pobreza como una serie de números que suben y bajan. A través de una mirada profundamente humanizante, el texto nos muestra un retrato de Carmen que dista del melodrama periodístico:

“Carmen muestra una gran dignidad cuando relata su vida, no cae jamás en el victimismo, es capaz incluso de reírse, con un oscuro y franco sentido del humor. Es agradecida, pero nunca carga las tintas. Frases como “qué buena eres” o “¿qué haría yo si ti?”  jamás salen de su boca. Da las gracias porque es educada, pero lo hace siempre con discreción, en términos de igualdad”. (p.  41)

¿Qué queda cuando se ha perdido, aparentemente, todo? ¿Acaso no es la historia propia aquello que no nos puede ser arrebatado? Sara Mesa denuncia la aporofobia de las instituciones llamadas a resolver la pobreza. En la recuperación de la historia de Carmen, Mesa escribe lo ilegible para las estadísticas oficiales. Recoge lo que conforma a una persona cuando todo lo demás se ha socavado, que no es –ni jamás podría remitirse a– una cifra. Allí están los gestos, sus aficiones y vicios, tan reales como los de las personas que conforman ese elefantiásico laberinto que Carmen y otros tantos tienen que recorrer a diario.

Ese laberinto que, como Mesa advierte, no es anónimo. Tiene nombres y apellidos al frente: autoridades y funcionarios que alimentan el infierno de la pobreza con lo que hacen o dejan de hacer cuando se olvidan de su vocación de servicio.  Que mueven los engranajes de una maquinaria orientada a señalar el error, maximizar la falla y encontrar aquel detalle que le dé la razón de desconfiar de las personas que requieren la ayuda. De lograr que la desesperanza prevalezca entre estas como sentido común. Si bien la historia de Carmen se sitúa en Andalucía, España, es posible extrapolar y maximizar lo que el libro denuncia, pues aplica a cualquier región latinoamericana, con instituciones más endebles y Estados con menor presencia. Con oligopolios obsesionados con precarizar más a sus trabajadores, una distribución económica cada vez más desigual y demandas de justicia social que no hacen más que crecer año tras año, por más que el culto a las cifras deseen minimizarlas. En este contexto de precarización normalizada, cualquier escenario alternativo se vuelve utópico, y cualquier intento de solución cae en una postergación indefinida:  ¿Renta básica universal? ¿Impuestos a quienes más ganan? “No, para después” se suele decir. Que va a tomar años. Muchos años con muchos días en los que mucha gente como Carmen se despertarán con un mismo fin: sobrevivir.

Foto: Sonia Fraga

La lectura de este libro confirma el logro de su propósito: estamos frente a una crónica cuya perspectiva, no exenta de subjetividad, aborda una realidad social que casi nunca es el centro del debate político. Una crónica que fastidia e interpela, sobre todo si uno se dedica a la gestión pública –como quien escribe–, y se encuentra, en teoría, llamado a contrarrestar esta realidad. Una realidad insoslayable que no se resolverá invisibilizándola mediante juicios preconcebidos o la sola atención a sus síntomas a distancia, en silencio cómplice. En un perverso y diabólico silencio administrativo que, con su libro, Mesa quiebra. Y, como lectores, nos encontramos llamados a oír.

*****

Datos del libro reseñado:

Sara Mesa

Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático

Anagrama, 2019, 122 pp.

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Mandíbula (2018) de Mónica Ojeda

Lo femenino y lo siniestro

Por Omar Guerrero

Mandíbula (Candaya, 2018) de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es una novela donde predomina lo femenino y lo siniestro. Sus personajes son mujeres de distintas edades. Y a pesar de que se advierte la presencia de personajes masculinos, estos se mantienen al margen o en silencio como es el caso de un psicoanalista que trata clínicamente a una de las protagonistas. A lo largo de la novela, ellas pasan de convertirse de víctimas a victimarios, y viceversa. La agresividad de una cambia para volverse completamente vulnerable. Mientras tanto, el miedo de la otra se torna en algo cruel e incisivo. Es como un juego de dualidades o roles donde solo debe sobrevivir una. Todo empieza cuando la alumna del colegio Bilingüe Delta, High School for girls (colegio de élite del Opus Dei), Fernanda Montero Oliva, hija de un ministro y de una reconocida abogada provida, despierta maniatada y sujeta a una silla dentro de una cabaña. Ella se encuentra secuestrada por parte de su profesora de Lengua y Literatura llamada Miss Clara López Valverde. Fernanda logra reconocerla por su forma de caminar y de vestir, lo que siempre fue motivo de burlas por parte de sus alumnas. Fernanda exige que la libere. Insulta y maldice, pero Miss Clara impone su voluntad amenazando a su víctima. Le da a entender que ahora las cosas han cambiado. El fin de este propósito es sancionar y al mismo tiempo dar una lección: “Tú y yo vamos a tener que hablar sobre lo que hiciste”. Con esta línea termina el primer capítulo. Y a continuación la novela empieza a desarrollarse de manera trepidante en distintos saltos de tiempo solo para poder entender por qué Fernanda ha terminado secuestrada y por qué su profesora de Lengua y Literatura ha decidido proceder de esta manera.

La mejor amiga de Fernanda Montero es Annelise Van Isschot. Junto a ellas se suman otro grupo de chicas del mismo colegio. Fernanda y Annelise son las líderes de este grupo de alumnas rebeldes. A ellas les gusta las historias de terror, sobre todo aquellas que llevan por nombre creepypastas que se pueden encontrar en internet. También le gusta hablar en argot y adoran al Dios Blanco, un ente sobrenatural que puede subvertir cualquier circunstancia normal, según su creencia. Estas alumnas también van a fiestas y retan a los chicos guapos que les gustan haciéndolos quedar en ridículo. Incluso hasta ponen en riesgo sus vidas con tal de imponer con éxito su imagen de muchachas radicales. No solo eso. También son capaces de mostrar lo que hacen en la intimidad, produciendo asombro y también mucho horror.

Esta amistad tan cercana entre Fernanda y Annelise colinda con el erotismo y lo lésbico sin caer precisamente en ello. Ambas mencionan que se han visto desnudas, se bañan juntas y que comparten muchas cosas ocultas. Comparten también otros intereses que van desde la travesura hasta la crueldad como el hecho de hacer sufrir y provocarles miedo a sus profesoras. Las dos alumnas, además, se consideran como hermanas de distintas madres, pues sus progenitoras también han mantenido una cercanía similar que sí queda en evidencia a partir de los recuerdos de una de sus hijas. Es entonces que aquí se toma en consideración la relación entre madres e hijas. El supuesto amor y comprensión que debe haber puede cambiar de pronto en el desinterés y el aburrimiento. Esto último puede convertirse inclusive en insulto y desprecio. Y este tipo de relación tortuosa se conecta con la vida de Miss Clara, quien desde muy joven sufrió en manos de su difunta madre, cuya voz se mantiene en el presente de la novela solo para extender sus traumas. Se entiende que no es una manera de corregir sino de subvertir.

El comportamiento retraído de Miss Clara en el colegio es motivo suficiente para que se convierta en blanco de las burlas de sus alumnas. Esto mismo vivió cuando era niña. Ella nunca fue una estudiante popular como Fernanda Montero o de una belleza sobresaliente como Annelise Van Isschot. Es precisamente ella quien se percata de este temor que sufre su maestra de Lengua y Literatura. Busca una cercanía solo para hacerle una serie de preguntas que terminan poniéndola más nerviosa. Annelise le habla de asesinos jóvenes y de actos siniestros. También le menciona hechos truculentos y llenos de abyecciones. El punto más alto y sincero de este intento de cercanía sucede cuando le escribe un trabajo que lleva por consigna: “Escriba un breve ensayo en el que comente alguno de los cuentos de Edgar Allan Poe”. En este ensayo, Annelise no aborda precisamente la obra de Poe sino a su experiencia con el miedo. Se ciñe más en un capítulo de Moby Dick con respecto al horror blanco. También hace mención, entre otras cosas, al gusto que tiene por la obra de Lovecraft y de Stephen King. Aunque su experiencia con el miedo traspasa lo literario. Ella cuenta de manera personal lo vivido con Fernanda, quien para ese momento ya ha dejado de ser su amiga. Tampoco puede dejar de mencionar su percepción del miedo en Miss Clara. Se lo describe detalladamente para que no haya excusas de que no inventa nada. Le cuenta episodios vividos en clase. Sabe que Miss Clara los recordará con exactitud, pues le conciernen como víctima. Y con esto señala a una sola persona como culpable y que debe ser sancionada. Ese es su objetivo, pues no solo es culpable, sino que sigue siendo un peligro. Annelise hace uso de su intelecto y su malicia para persuadir a su maestra a que debe obrar de otra manera, tal como lo hace una maestra y también una verdadera madre.

Mientras Fernanda permanece secuestrada se menciona que descarga su vejiga en la misma silla donde permanece atada, pues no tiene chances ni siquiera de ir al baño. También se menciona que llora, babea y que sus mocos corren alrededor de su boca. Se convierte en una persona que solo produce asco y que aun así no es compadecida ni perdonada. Miss Clara, por su parte, no puede dejar de tener presente un ataque previo cometido por dos alumnas totalmente díscolas y crueles que le hacen recordar mucho a Fernanda. Tampoco puede dejar de recordar a su madre. Sabe que debe sancionar y a la vez enseñar. Por otra parte, la mención a la “mandíbula” es reiterativa. Esta mastica y tritura. Acaba con su presa. Es la entrada a otra dimensión que se desconoce. Lo que sucederá será irreversible.

Foto: Gatopardo

De esta manera se estructura una historia que logra mantener el suspenso hasta el final. Se añade que los diálogos son precisos. Sobresale también el discurso de cada personaje, trayendo consigo lo vivido y lo que se debe tomar por resolución. Esto asombra al igual que el uso de un lenguaje lleno de imágenes. Solo el uso reiterativo de anglicismos, propio del lenguaje juvenil de ese tipo, podría excederse, más no incomodar. Esto no impide que se asuma a Mandíbula como una novela lograda y a su autora como un verdadero suceso.  

*****

Datos del libro reseñado:

Mónica Ojeda

Mandíbula

Candaya, 2018

Categories
Comentario sobre textos Reflexión Reseñas de libros

Reseña: Este frágil tiempo presente (2021) de Adán Calatayud

El claroscuro del presente

Por C. Briceño A.

Hasta hace quince años podía revisarse alguno de los volúmenes compilatorios del premio Copé de cuento publicados por entonces y advertir que el tema hegemónico era el conflicto interno en el Perú de finales de siglo XX; el tiempo ha pasado, y ahora solo ocasionalmente nos encontramos con estos relatos. El tema de la violencia interna, sin embargo, persiste en varios narradores, actualizado, llevado a otros escenarios; se muestran las secuelas directas e indirectas, la tensión de épocas oscuras persistiendo en la vida de los ciudadanos: en resumen, la inspección de ese evento crucial en nuestra historia republicana sigue derivando en ficciones. Tenemos a Hijos de la guerra (Emmanuel Grau), Cuentos del Vraem (Francois Villanueva), Mañana nunca llega (Tadeo Palacios) o Quien golpea primero golpea dos veces (J.J. Maldonado), por nombrar algunos ejemplos. Adán Calatayud (Lima, 1983) explora en su más reciente conjunto de relatos la voz de los sobrevivientes, las huellas del conflicto y la búsqueda de un discurso que dé cuenta de los daños y del intento por repararlos. Este frágil tiempo presente nos presenta tres historias que comparten un tono gris, de decepción con respecto al porvenir; los personajes intentan reparar el pasado, buscan pistas de su propia vida hurgando en sus recuerdos, aunque, al final, deben aceptar que ésta es una tarea que los sobrepasa. En esta puesta en escena, la prosa de Calatayud es funcional, va tejiendo las tramas con una voz descriptiva, la cual intenta una reconstrucción objetiva de los hechos, sin que las emociones desborden el propósito. A esto hay que añadir la estructura de los relatos; los tres van alternando los tiempos para que el lector comprenda la importancia de los eventos en la conformación de la personalidad de sus personajes. Con esto, el autor propone al tiempo como uno de los personajes principales de sus historias, por el que se avanza a tientas, intentando reconocer los vestigios de presencias del pasado, como si fueran fantasmas que ya no esperan encontrar pero que persisten siempre un paso más allá, a una distancia cercana pero inalcanzable. Para esto, Calatayud nos ofrece una prosa de variados matices; no es inusual encontrarnos con símiles de gran calidad y que generan un contraste con la naturaleza de lo narrado, como cuando describe la ludopatía de un ex militante de izquierda caído en desgracia por sus decepciones políticas:

Al cabo de varios intentos empezará a ganar, luego vendrá la parte más importante: una segunda racha negativa que lo pondrá contra las cuerdas. Él debe resistir sin espantarse. Ahí está la clave, es la gota fría que hay que sudar. Luego,  los mecanismos internos del aparato se alinearán como si fueran cuerpos celestes y las figuras volverán a coincidir. (p. 81, “Nocturno”)

En otra parte del libro, su estrategia es un discurso fracturado, de oraciones cortantes que apelan a un ritmo vertiginoso y a una descripción incesante de los hechos, de modo que el lector se sienta transportado a la prisa del mensaje, a su inminente caducidad, a una precariedad de las relaciones, las cuales parecen sostenerse en el delgado límite de lo contingente:

Por primera vez Joane llegó temprano. Se acerca, no sonríe. Hola. Beso en la mejilla. Hola. Mentón alzado, la mirada fija, brazos cruzados, pechitos alzados. Necesitamos hablar. Era tan linda. Claro, sentémonos. Banca roja, fría, semáforo en verde, se sienta, se coge la trenza, la mira antes de hablar, era tan linda. Debo hacer un viaje. A dónde, por qué. Se coge la trenza. Será por un largo tiempo. Cuándo. No puedo pedirte que me esperes. ¿Me estás terminando? Suelta el lazo. Me gustas, tenemos muchas cosas en común, pero… Yo te quiero. Lo mira a los ojos, la trenza se deshace, su cabello se hace ondas, brilla, es hermoso, se moría de ganas por acariciarle el cabello. (pp. 99-100, “Nocturno”)

Tal vez aislar algunas líneas de esta propuesta discursiva no hagan sino mermar el alcance de la misma, pero dentro del corpus del relato se consigue el efecto antes mencionado. A esto, es debe añadir un afán del autor por insertar la nostalgia dentro de sus relatos; la época a la que se alude son los años 80, y el eje de los relatos, o por lo menos el punto de partida o de llegada, es la música. Si bien un par de epígrafes tienen que ver con letras de canciones, dentro del texto encontramos menciones a referentes musicales de la época, como Charly García, Spinetta, Los prisioneros o Soda Stereo. La música, por ello, es el lugar desde el que se origina la evocación de una espacio que ha sido usurpado por el presente, y este contraste crea conflictos en los protagonistas, no necesariamente porque el anterior haya sido mejor o más apacible, sino porque aquel lugar de la juventud y las promesas por cumplir fue el escenario de un aprendizaje que se evoca con emotividad, con una carga idílica que suele lastimar por las expectativas con respecto al futuro en el cual se encuentran y que se debe asumir como un presente estéril, de dudas, donde lo único que permanece es la búsqueda de algo inalcanzable. Por ellos, los personajes siempre están percibiendo los cambios en el paisaje; tanto el deterioro como el progreso son motivos de inquietud, por resultar extraños:

Leo se empecina en recorrer el hexágono de manzanas atrapadas entre la avenida Túpac Amaru y el cerco de ceros azules que rodea el barrio. Esto ha cambiado mucho, dice. Llevamos media hora caminando de un lado a otro buscando enredaderas, geranios, contando cuántos sauces, cuántas higuerillas y poncianas quedan. (p. 20, “Leonor y los dinosaurios”)

Los viejos edificios de siempre albergan cafés y restaurantes que no estaban hace  veinte años. La tarde está por morir y se encienden coquetos faroles que tiñen todo de amarillo. … En puente Trujillo, en Nicolás de Piérola, en Lampa, en el Mercado Central, en Comas, ha reconocido el mismo caos, la suciedad, la sensación de inseguridad de sus tiempos de estudiante, y ahora esta visión de la plaza Mayor sin vendedores ambulantes, sin saltimbanquis ni lustrabotas, como una postal para turistas, le desagrada. (p. 65, “El regreso”)

Esta vendría a ser la dinámica de los relatos, la de un extravío incesante en el cual todo lo familiar, lo cercano, se vuelve contra uno mismo; así, el enemigo no es solamente el miedo originado por agentes externos e implícitos, como los grupos subversivos o la represión militar, sino la gente cercana, familiares, vecinos, amigos que en algún momento fueron incondicionales, pero las circunstancias desdibujaron todo vínculo hasta conseguir que la guerra también se convierta en un conflicto de los afectos:

En una ocasión le di una cachetada a un muchacho de la cuadra por acusarnos de narcos. Vinieron sus padres, hubo lío, pero todo se arregló. Los papás del muchacho comprendieron que todas esas habladurías, tardeo o temprano, nos meterían en líos con la policía. Y así fue. (p. 37, “Leonor y los dinosaurios”)

La situación en la fábrica estaba movida, primero lo acusaron de saboteador, de senderista, pero no le comprobaron nada; luego sus jefes dijeron que la fábrica estaba al borde de la quiebra, que debían reestructurar y con ese pretexto lo despidieron junto a otros trabajadores que también exigían mejoras. (p. 85, “Nocturno”)

No existe lugar para redención en los relatos de Calatayud, los vínculos perdidos ya no vuelven a reestablecerse. Por ejemplo, en el primer relato, Leonor, una nikkei regresa del Japón a buscar a su hermano perdido, supuesto integrante de alguna facción terrorista; el narrador la acompaña en sus averiguaciones, incluso intenta establecer una relación que va más allá de la amistad, pero el costo de las pérdidas es demasiado significativo como para volver a un tiempo feliz donde cualquier posibilidad estaba intacta; “la cotidianeidad está rota”, reflexiona el narrador hacia el final, luego de que Leonor se marche del país definitivamente. Y es que es imposible que la relación con el narrador se establezca si es que falta el eslabón que significa el hermano perdido. El tercer relato “Nocturno”, vuelve a explorar el mismo tema; esta vez se trata de dos jóvenes universitarios durante los años más duros del azote terrorista. Ambos tienen sus convicciones, y es esta tensión la que termina alejándolos. Es en el segundo relato, “El regreso”, donde se explora un tema distinto, el de la reinserción de un ex terrorista en la sociedad. Este planteamiento ya ha sido abordado muchas veces. Por ejemplo en el largometraje peruano Días de Santiago (2004), de Josué Méndez, donde asistimos al descenso a la locura de un ex militar que regresa a la capital luego de haber combativo contra el narcotráfico y el terrorismo. En “El regreso”, el protagonista vuelve a la casa familiar y se pone en contacto con viejos amigos para formar un grupo que combata contra la delincuencia del vecindario y las zonas aledañas, pero pronto las intenciones se distorsionan hasta cometer acciones reprochables que significan un retorno al pasado, una irrupción de ese pasado en el presente, como una fuerza impostergable. Así, los personajes se ven expulsados del tiempo presente y la única opción, quizá incierta, de alcanzar su salvación es el futuro, un futuro visto como una tierra prometida y al que se dirigen con una esperanza que es también una forma de automatismo.

Este frágil tiempo presente es un intento por inspeccionar las heridas de nuestra historia reciente. La prosa de Calatayud es sencilla, expositiva, de una claridad que intenta abrirse paso en la oscuridad los hechos. Si bien la resolución de los relatos a veces cae en lo manido, este no es un obstáculo para disfrutar del libro y advertir cómo la temática del conflicto armado interno todavía genera interrogantes en los narradores, y en cómo estos narradores se las arreglan para otorgarle nuevos aires a ciertos temas de los que, quizá, ya bastante se escribió en el pasado.

*****

Datos del libro reseñado:

Adán Calatayud

Este frágil tiempo presente

Narrar, 2021