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Derroteros de la narrativa peruana

¿Cuáles son los derroteros de la narrativa peruana?: una mirada a partir de cuatro obras recientes

Por Lenin Lozano

Recorrer los últimos años de la narrativa peruana supone indagar sobre posibles horizontes literarios para un conjunto de escritores que aparecen en la escena cultural tras la caída de la dictadura fujimorista y la consolidación de una sociedad neoliberal. A su vez, la narrativa peruana se encuentra al inicio del nuevo siglo en un momento donde finalmente se diluye la figura totémica de Vargas Llosa, quien hasta la década de los noventa aún dejaba una fuerte impronta en varias generaciones. Entonces, ¿qué sucede con las nuevas tendencias narrativas en la literatura peruana? ¿Se pude hablar de la persistencia de los viejos modelos del Boom o post-boom?

Es cierto que gran parte de la narrativa peruana parece haberse quedado atrapada por largo tiempo en la labor documental y representativa del Conflicto Armado Interno. Este hecho no debería resultar nuevo, pues la literatura siempre ha evidenciado vínculos con diferentes realidades, sobre todo en el caso de un país fracturado como el Perú. Basta pensar en la larga tradición de la novela realista decimonónica, la novela regionalista e indigenista, hasta llegar al modelo de la «nueva novela hispanoamericana». Es claro, también, que una masacre como la ocurrida en los años ochenta puso a la literatura en un lugar de mayor tensión por la necesidad de exorcizar los fantasmas de la violencia y de denunciar innumerables abusos que hasta el día de hoy oscilan entre la impunidad y la implementación de políticas de reparación, generalmente dentro del marco de los derechos humanos. Si queremos establecer un marco cronológico para este conjunto de obras, solo habría que ubicarnos en la inmediatez de los años ochenta, momento en que surge Sendero Luminoso, hasta los inicios del siglo XXI, correspondiente a la etapa del llamado postconflicto. Queda la sensación, en el ambiente cultural y artístico, de que el tema de la violencia política parece no agotarse nunca, pero es hacia inicios de la segunda década de este siglo cuando aparecen una serie de obras que marcan un paulatino abandono de la mirada más representativa y apelan a otras perspectivas o, más aún, simplemente abandonan el tópico del Conflicto. Para muestra de lo que señalo, tomaré en cuenta cuatro obras narrativas de los inicios del siglo XXI[1] que fueron valoradas positivamente por la crítica literaria -o lo que podríamos llamar crítica literaria, teniendo en cuenta la inconstancia y falta de forma de esta institución, razón por la cual en otro lugar realicé un “diagnóstico” al respecto[2]. A lo largo de este ensayo, se observarán dos puntos que, considero, conducen los derroteros de la literatura peruana: el referente del Conflicto como un recurso atractivo, pero no el central dentro de los mundos ficcionales construidos, y la fuerte tensión entre el relato y la descripción como recursos formales de la narrativa.

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Decir que la narrativa última ofrece una perspectiva novedosa sobre la violencia política implica una reflexión sobre el vínculo entre la ética y la estética. Un ejemplo emblemático de esta interrogante es La voluntad del molle (2006) de Karina Pacheco, novela considerada por la crítica como una de las mejores obras de los últimos años, aunque solo con su reedición, en el 2016, amplió su radar de recepción. Escrita bajo un modelo literario tradicional, sin mayores innovaciones técnicas, la novela parece actualizar la tradición de la novela indigenista (Alegría o Arguedas en sus versiones más canónicas) o realista (pienso en Miguel Gutiérrez) para retratar los viejos problemas de discriminación que afectan a la sociedad peruana, especialmente en el espacio andino. Pensando en la simetría entre forma y fondo, queda claro que la novela de Pacheco apela a recursos convencionales de manera exitosa, siendo el más resaltante el suspenso que se sostiene a través del dato escondido sobre un extraño hombre que aparece en las fotografías encontradas por dos hermanas en el baúl de su madre fallecida.

Foto: El Morrocotudo

La novela acierta en atrapar al lector con la historia del drama familiar y construye un ambiente cusqueño de clase alta, para darle un tono de frescura a la tan visitada imagen de la ciudad urbana limeña en la literatura peruana. A medida que las jóvenes protagonistas van descubriendo información sobre aquel extraño hombre, se van revelando más conflictos familiares y las tensiones sociales que afloraron en el país en las últimas décadas. Inevitablemente, esto se relaciona con la violencia instaurada durante el Conflicto Armado Interno. Sin embargo, con el avance de la historia principal, el tema de la violencia va quedando en segundo plano, mientras que el único conflicto social que se sigue manteniendo constantemente es el clasismo y racismo por parte de la familia de la madre hacia el joven del cual ella se enamora y genera, posteriormente, el nacimiento de un hijo. Bajo los códigos del melodrama, la novela apela al recurso del encuentro/desencuentro de dos amantes que pertenecen a dos clases diferentes. Se trata, entonces, de una historia de amor que utiliza como telón de fondo el conflicto político que atravesaba el Perú durante décadas pasadas. Por esta razón, cabe preguntarse hasta qué punto es relevante la violencia política en la construcción del mundo ficcional. No pretendo simplificar el debate en torno a si este tema es o no debe ser el nudo principal de la narración, sino intento entender cómo los personajes se ven afectados en sus decisiones y acciones por el conflicto político, y no solo por el hecho inmediato de la violencia física y la muerte. A través de cada capítulo, las protagonistas van llegando a la verdad sobre el pasado de su madre y su familia, pero en ningún momento logran adquirir conciencia histórica. La violencia política se ve reducida, simplemente, a una serie de actos abominables, muy en la línea de los reclamos desde los derechos humanos.

En la novela, las jóvenes protagonistas demuestran la importancia del sujeto femenino para superar las relaciones de poder en el espacio familiar. Claramente, este es uno de los temas más importantes para Pacheco en su propuesta poética.[3] Esto va de la mano de la capacidad de los personajes para atravesar prejuicios raciales, pero una vez que conocen la historia secreta de su madre, no hay mayores transformaciones en sus acciones o personalidades; incluso, llegan a ser alegóricos o ejemplares. Por ello, resulta problemática tanto la verosimilitud desde el plano realista como la complejidad social peruana representada. Por todo lo expuesto, es necesario señalar que el factor histórico en la novela se va diluyendo hasta el punto en que queda la sensación de que la novela pudo ambientarse en cualquier momento histórico que tenga como telón de fondo una violencia que pone en peligro la vida de los familiares. Entonces, ¿dónde radica concretamente el valor de “actualidad” de la novela? ¿En el hecho de volver a presentarnos los viejos problemas de diferencia de clase y raza? Considero que la actualidad de una obra requiere de elementos sólidos que marquen su anclaje espacial y temporal, más allá de las referencias superficiales a la violencia desenfrenada del conflicto. He aquí el aspecto medular del realismo y del indigenismo literario, escuelas que han marcado la pauta al momento de abordar los Andes peruanos. En cambio, el tono fresco del presente parece diluirse en la novela de Pacheco para dejar paso al melodrama.

No cabe duda de que, gracias al descubrimiento del familiar desconocido y su ansiado reencuentro, la novela de Pacheco resalta la importancia del vínculo filial, el cual traspasa el núcleo familiar inmediato para dejarnos la gran lección de que el otro también puede ser parte de nuestra familia, un otro que puede tomar el rostro de un senderista o un ser totalmente marginalizado. Si bien la lección ética es muy potente, al mismo tiempo es limitada, porque ubica nuestro encuentro con el otro, con el diferente, solo en el ámbito de la empatía y de los afectos, pero nunca en relación con su formación ideológica. Apelando a la gran imagen poética del título, no dejo de pensar que quizá el molle merezca ser visto más allá de la mera voluntad para mirarlo y abrazarlo.

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El género de la novela policial ha sido un recurso fructífero en la narrativa latinoamericana, y no tanto en el caso peruano.[4] En esta tradición del género policial, aparece Bioy (2012) de Diego Trelles. Si la novela de Pacheco se caracterizaba por emplear elementos tradicionales de la narración, la obra de Trelles es una interesante apuesta por múltiples narradores, saltos temporales, diversas modalidades de escritura (testimonios, entradas de blog), etc. La novela cuenta la historia del militar Bioy Cáceres, quien en los ochenta se ve obligado a torturar a una militante senderista, y posteriormente se convierte en líder de una organización criminal. A través del entorno de Bioy la novela realiza una acertada incursión en el aparato policial y militar peruanos para revelar su inherente violencia, casi como un paralelismo de la propia violencia senderista que rodea la novela a través de ciertos personajes. Sin embargo, el detenimiento en descripciones de agresiones físicas, asesinatos y violaciones suele lindar con una inoportuna morbosidad. Las escenas grotescas se vuelven excesivas e innecesarias si lo que se pretende en la historia es que el lector tome conciencia del horror. Claramente, el problema no es recurrir al tópico de la violencia, sino cómo esta se articula dentro del conjunto de la historia novelesca. En esta obra, una vez más, la violencia política acaba siendo reducida a una forma de violencia más, similar al de las bandas criminales, como si se tratara de una especie de continuidad histórica que, al margen de las interpretaciones históricas, acaba dándonos una mirada plana sobre lo sucedido durante el Conflicto. Resulta fácil pensar que la violencia de los sicarios y narcotraficantes es una especie de herencia de la violencia despiadada de los senderistas y las fuerzas represivas y paramilitares, lo cual, una vez más, aleja el problema del pasado de su ámbito político ideológico.[5] En su lugar, el mal y la perversión acaban llevándose todo el protagonismo. Esto es perfectamente visible en el caso del protagonista, Bioy, quien, luego de haber vivido un trauma durante los ochenta, empieza a adaptarse a un entorno de violencia, para desembocar en su propia perdición.

Foto: Punto Edu

Si la primera parte de la novela mantiene una adecuada estructura y ritmo narrativo a partir de los cambios temporales que indican las alternancias de capítulos, sucede lo contrario en la segunda parte. Aquí se introduce la historia del Macarra (Humberto Hernández, agente policial encubierto que se infiltra en la banda de Bioy para atrapar a un narcotraficante) y la de Marcos, pero sin mayores variaciones en los registros de habla. Bioy privilegia una mirada masculina sobre la realidad, donde las tensiones se sostienen eminentemente entre hombres agresivos que intentan demostrar su virilidad y, por ende, su posición de poder. No obstante, como la narración no realiza grandes modificaciones en los registros de varios de estos personajes, predomina una mirada no solo masculina, sino plenamente homogénea.

Queda claro que Trelles sabe moverse dentro del terreno del género policial, pero hay momentos en la novela donde cae en una intención forzada de establecer referencias literarias como parte de la cotidianidad de los personajes. La propia trama se enfoca en mundos marginales, desvinculados de la esfera intelectual o literaria, pero sorprendentemente descubrimos que tanto Macarra como Marcos poseen una exacerbada pasión por la literatura. Esto es lo que conduce a que el segundo administre un blog de contenido literario, cuyas entradas son escritas por diferentes personajes que parecen aflorar de la siniestra mente de Marcos. Salta a la vista la intención del autor de emplear diferentes recursos literarios para darle mayor complejidad a su obra; sin embargo, es sabido que la abundancia no necesariamente implica acierto.

Trelles demuestra un amplio manejo del elemento grotesco para trazar imágenes bastante crudas sobre el pasado y presente de la violencia en el Perú, así como un regular dominio del humor, elemento indesligable del propio ambiente de violencia que rodea a los personajes. Desafortunadamente, el acertado empleo del lenguaje no logra evidenciar una sólida relación entre el género policial y la violencia política. La mezcla entre el mundo criminal y el contexto del Conflicto resulta problemática, porque son ámbitos que, más allá de ciertas coincidencias, responden a lógicas diferentes. Bioy confirma la curiosa insistencia de los novelistas por abordar un tema tan trascendente para la sociedad peruana, pero sin la problematización histórica que ello merece. Se pueden ensayar algunas ideas como respuesta, pero, más allá de la aceptación o rechazo a esta posición ética, basta decir que a nivel estético tal objetivo acaba planteando novelas irregulares y con problemas en su propia estructura.

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Si con Trelles asistimos a una incursión en lo grotesco, Los niños muertos (2015) de Richard Parra nos sumerge en el terror y la violencia de una forma directa, sin la necesidad de mayores recursos que la simple narración y evocación de escenarios absolutamente marginales y precarios en la Lima de los años ochenta. No se trata solo de historias aisladas o anecdóticas, sino del registro de un grupo social marcado por una larga historia de violencia, tanto en el campo como en la ciudad. Daniel es el protagonista de esta novela, pero, así como él, la narración nos muestra otros muchos niños que aprenden a normalizar la violencia del entorno de miseria en el que viven. Además, el autor utiliza un ingenioso recurso para agrupar cada parte de la novela: una secuencia numérica dispuesta de manera desordenada. De esta manera, cada número funciona como un rompecabezas que permite armar la secuencia cronológica o trama, pero la fábula en sí revela, de modo inmediato, los sucesos más sobresalientes y violentos.

Foto: El País

La novela de Parra vuelve a la vieja tradición de la novela peruana: el espacio rural y andino. El autor demuestra su conocimiento tanto del ámbito urbano marginal como del campo. De esta manera, mientras vamos conociendo la historia de Daniel, paralelamente, los cambios de espacio nos trasladan a la sierra cajamarquina para adentrarnos en la historia de sus padres, Micaela y Simón, y su difícil proceso de migración y adaptación a la caótica urbe limeña. En este espacio, convergen figuras representativas de las instituciones sociales: el cura y el maestro de escuela. Como no podía ser de otro modo, cada cual ejerce violencia física y simbólica de acuerdo con sus propias experiencias. En medio de esta violencia social producto de la precariedad, no deja de aparecer el factor político a través de las referencias a las acciones senderistas, pero, a diferencia de las novelas anteriores, donde este hecho se mostraba como causa o génesis del conflicto individual -a pesar de que realmente no tenía mayor trascendencia en el desarrollo de la historia narrada-, en Los niños muertos, las referencias a Sendero Luminoso se mantienen totalmente en el plano secundario. Es decir, este hecho se vuelve otra modalidad de violencia que acecha a los personajes en medio de tanta marginalidad y, por ello, la novela no depende de esta referencia.

Parra demuestra que no es necesario construir una narración enfocada completamente en el Conflicto para abordar los profundos problemas de desigualdad social, discriminación y violencia que siempre han azotado a nuestra sociedad. A través del uso constante del tiempo presente en la narración, se produce la sensación de que los sucesos violentos ocurren en todo momento, como si la violencia se hubiese encargado de marcar un sello intemporal o eterno a las acciones. Pero fuera de este efecto literario, las referencias históricas siempre están presentes. En realidad, la superposición de hechos históricos en la fábula permite hacer coexistir diferentes contextos de violencia, lo cual demuestra las profundas raíces históricas que posee la novela, siguiendo la tradición de la novela indigenista. Sin embargo, lejos de tratarse de una típica novela de denuncia social, el narrador es objetivo. Esto va de la mano del empleo de humor, y un acertado uso de sociolectos de acuerdo con el ámbito geográfico y cultural de los personajes.[6]

Del mismo modo que la novela aborda la violencia en el ámbito infantil, lo hace también para el caso de la violencia de género a través de la compleja historia familiar de Micaela, la madre de Daniel. Una vez más, el tono de la narración no busca necesariamente empatizar con el lector, como podría imaginarse con una indudablemente justificada búsqueda de respeto hacia la mujer. En su lugar, Parra retrata mujeres que, si bien sufren constantemente situaciones de violencia, no se asumen solo como víctimas, sino que acaban reproduciendo, también, violencia hacia los demás y, por ello, son juzgadas severamente por la sociedad patriarcal.

Las historias que encontramos en Los niños muertos nos producen la aberrante sensación de que es imposible escapar de la violencia, y el final de la novela confirma este tono ciertamente pesimista. En su búsqueda de verosimilitud, la novela elimina efectos edulcorantes y cualquier posible redención para sus personajes. Esto confirma la apuesta por un grotesco bildungsroman, donde la inocencia da paso a un ácido y doloroso aprendizaje para sobrevivir en la asfixiante urbe limeña, como tan bien lo graficaron los narradores de la Generación del 50. Parra se vuelve, por ende, un digno y necesario sucesor de una tradición literaria que parece haber sido abandonada por la mayoría de escritores que recrean una Lima desde los sectores más privilegiados, y donde las periferias sirvieran solo como exotismo o decoración superflua.

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El libro de narrativa más celebrado por la crítica de los últimos años es Aquí hay icebergs (2017) de Katya Adaui. A diferencia de las novelas anteriores, este es un libro de cuentos que rompe los parámetros tradicionales de la narración y opta por el estilo de la fragmentariedad. Desde luego, este recurso no es sui generis en la narrativa peruana,[7] pero, a diferencia de otros casos actuales que no han merecido mayor atracción para el público, el texto de Adaui ha generado gran aceptación. Una posible razón es el entorno íntimo y familiar que evoca la autora y que genera identificación en el lector.

Foto: Perú 21

La psicología de los personajes de cada relato es un gran acierto por parte de Adaui, aunque, a decir verdad, lo que vemos es una exploración en un tipo de mentalidad constante a lo largo de cada historia: traumas familiares propios de un entorno limeño burgués donde reina un conservadurismo asfixiante, sobre todo, para algunos personajes femeninos. Como resultado, se produce la incomunicación entre padres e hijos o la necesidad de las familias por aparentar un falso orden y armonía que se va delatando en los silencios y en pequeños actos involuntarios. Esto se ve reforzado notablemente por los rasgos formales de los cuentos: brevedad, saltos temporales (incluso episodios narrados en cuenta regresiva), oraciones y párrafos cortos, múltiples puntos de vista, etc.[8]

A través de recursos experimentales, los cuentos llegan a plantear muchas descripciones y anécdotas antes que una historia convencional, con un nudo y desenlace. Además, el efecto innovador se va perdiendo a medida que se repite en varios de los cuentos, y el yo protagonista no ofrece mayores variaciones entre cada historia. Predomina una visión del mundo desde la femineidad, pero que no por eso deja de ser homogénea. Surge así una interrogante necesaria en torno al estilo de Adaui y su lugar en la narrativa peruana: ¿por qué la autora prescinde del sentido más clásico de la narración? Indagar sobre esta materia supone aproximarnos al debate intelectual sobre el sentido del relato en una época donde la literatura parece abandonar este objetivo, especialmente si pensamos en la influencia de otros géneros, como la no ficción. No es casual que una obra que no aborda el tema tantas veces visitado del Conflicto Armado Interno apueste por la descripción de la intimidad y los ambientes microscópicos, pues sugiere la siguiente idea: después de la violencia política, el sentido de la historia parece haber sido abandonado y, en su lugar, vivimos una situación de total presentismo, sin una mirada temporal que nos hable de un futuro diferente.

«Todo lo que tengo me lo llevo conmigo» es considerado uno de los mejores cuentos del libro. Frases y párrafos cortos van formando imágenes sugerentes de la vida de una mujer marcada por conflictos familiares, desde su niñez hasta la adultez, donde debe sobrellevar la difícil relación con sus padres separados. De hecho, el cuento está organizado, cronológicamente, de forma regresiva, pero el inicio como el final dan cuenta de la importancia de la infancia, sea por la propia protagonista o por su hija que acaba de nacer. De forma inquietante, vamos conociendo episodios de una infancia nada agradable, afectada por situaciones adversas, acaso con cierta dosis de violencia. Si bien, a nivel formal, el cuento utiliza con acierto los recursos de la brevedad y lo fragmentario, a nivel de la historia en sí, surgen preguntas en torno a la posible identificación del lector con la experiencia narrada, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de un ambiente infantil contado desde la primera persona.[9]

Adaui logra representar las tensas relaciones madre-hija como parte de una larga tradición en la literatura peruana, que se vuelve particularmente llamativa teniendo en cuenta su contraparte en el protagonismo que adquirió la paternidad a través de una serie de obras de autoficción que aparecieron en la narrativa peruana a inicios de este siglo. Sin embargo, como ya he señalado, resulta también curioso que aparezca el tema familiar como elemento deshistorizado o desprovisto del contexto particular que adquiere en la literatura peruana[10]. Por otra parte, la violencia aparece en los cuentos encarnada intensamente en el cuerpo, especialmente el femenino, el cual atraviesa diferentes traumas y dolores. La violencia que sufren los personajes se muestra también sin concesiones; el lenguaje breve y fracturado ahonda en la incertidumbre de la violencia. Finalmente, no es menor que todo ello parece acontecer bajo las propias dinámicas del entorno burgués de los personajes, y nunca por interferencia de los otros seres que pululan la sociedad limeña, pero que en el universo de Adaui no parecen existir o ser esa parte del iceberg que es latente e impenetrable.

Posdata

Como se desprende de este ensayo, la narrativa peruana demuestra un agotamiento estilístico ante el tema de la violencia política, lo cual se ve reflejado en la irregularidad que presentan varias obras. No es gratuito el hecho de que sea Adaui y sobre todo Parra, escritores que abordan tangencialmente el Conflicto o que simplemente no lo toman en cuenta, los que en verdad demuestran una renovación. Desde lugares opuestos, ambos narradores dan cuenta de una tensión entre el retorno al peso de la historia y a los conflictos sociales, y el encierro en el ensimismamiento y la intimidad de un espacio clasemediero. Es difícil no leer estos dos polos como la vieja disputa entre un arte que busca generar concientización y reflexión social en el público, y otro arte que apela a cierto virtuosismo vaciado de un horizonte político, muy consecuente con la cultura neoliberal donde los grupos humanos se constituyen en islas incomunicadas, fracturadas y donde el sentido de lo social parece no existir. Esto no significa que la obra de Parra nos hable de mundos utópicos, pues claramente el pesimismo y la precariedad son totalmente abrumantes, pero sí se trata de una historia que evidencia una realidad que pocos escritores están dispuestos a abordar, además de ser muy pocos los capaces de poder evocar una imagen de la realidad social en medio de un mundo donde cada vez más se insiste en la atomización. Si Adaui parece decirnos que no hay coartada ante la crisis actual y, por eso, el abandono del relato supone un inevitable presentismo, Parra logra presentarse como un artista que, ahondando en profundos problemas sociales, sugiere que algún otro mundo debe ser posible.

El triunfo o fracaso de la narración no solo es un debate estilístico, sino sobre todo un punto de inflexión para el devenir de las tradiciones literarias peruanas si pensamos en los sentidos que adquiere el relato y cómo estos se traducen al abordar un fenómeno tan complejo como la violencia (política o no). Son finalmente los escritores actuales y los que están por venir quienes deben reconocer uno de los caminos señalados; y queda en manos de la crítica y el público aceptar tácitamente esta concepción de la literatura o expresar oportunamente su rechazo. En el rechazo es posible reescribir la historia, y con historia, la narración todavía tiene batallas que luchar.

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Obras consultadas:

Adaui, Katya. Aquí hay icebergs. Lima: Penguin Random House, 2017

_______. “La memoria del hielo. Katya Adaui y Aquí hay icebergs. Entrevista. Perú 21, 18-01-2018, https://peru21.pe/cultura/memoria-hielo-katya-adaui-hay-icebergs-392308-noticia/  

Pacheco, Karina. La voluntad del molle. Lima: Fondo de Cultura Económica, 2016 (2006)

_______. “Lo doméstico y los sentimientos están menos valorados”. Entrevista. El Peruano, 27-04-2021, https://elperuano.pe/noticia/119623-karina-pacheco-lo-domestico-y-los-sentimientos-estan-menos-valorados

Parra, Richard. Los niños muertos. Madrid: Demipage, 2015

_______. “No me veo como un escritor oficial”. Entrevista. RPP, 13-09-2021, https://rpp.pe/cultura/literatura/richard-parra-conversamos-con-el-ganador-del-premio-nacional-de-literatura-2021-noticia-1357604

Ramírez Carrillo, María Eugenia. «Entrevista a Diego Trelles Paz», La Clé des Langues [en ligne], Lyon, ENS de LYON/DGESCO (ISSN 2107-7029), avril 2018. Consultado el 31/03/2022, http://cle.ens-lyon.fr/espagnol/litterature/entretiens-et-textes-inedits/entretiens/entrevista-a-diego-trelles-paz 

Trelles, Diego. Bioy. Lima: Destino, 2012


[1] Es necesario aclarar que excluyo de esta lista un importantísimo libro, El espía del inca (2018) de Rafael Dumett, porque se trata de una novela histórica ambientada en la época de la Conquista. En cambio, el resto de obras se ubican en un contexto inmediato o en el pasado cercano (años ochenta del siglo XX). Considero que el debate planteado por estos textos difiere de los importantes temas presentes en la obra de Dumett, pero no quería dejar de mencionar la relevancia que ha adquirido esta novela en la producción literaria última.

[2] Cf. “Diagnóstico de la crítica literaria peruana”, https://relampagosenlosojos.com/2020/05/29/diagnostico-de-la-critica-literaria-peruana-el-caso-de-la-novela-de-las-ultimas-decadas-i/

[3] Pacheco ha sido firme en denunciar la desigualdad de género en la literatura peruana. Al respecto, esta reciente entrevista lo deja muy claro: https://elperuano.pe/noticia/119623-karina-pacheco-lo-domestico-y-los-sentimientos-estan-menos-valorados

[4] Es cierto que una novela como Abril rojo (2006), de Santiago Roncagliolo, es uno de los ejemplos del éxito comercial de la novela policial peruana, pero adolece de mayores virtudes narrativas en comparación con la expansión del género en Chile o Argentina, solo por mencionar los ejemplos más canónicos.

[5] Sobre el rol de la violencia en su literatura, Trelles ha indicado que para él «la violencia continúa en espiral (…) En Bioy hay casi una resignación y mi propuesta a la hora de presentar esta novela es “hay que estar alertas, esto no se acabó, en realidad nada se ha cerrado”. Para mí esa violencia, si bien no exacerbada como antes, sigue presente. Por eso, Bioy muestra a los hijos de la violencia». Puede consultarse esto en http://cle.enslyon.fr/espagnol/litterature/entretiens-et-textes-inedits/entretiens/entrevista-a-diego-trelles-paz. Como indico en mi lectura, el novelista ve solamente continuidades y no profundiza en las diferencias.

[6] Parra es bastante sugerente al opinar sobre su proceso de escritura, pues se sitúa a sí mismo en diálogo (y contraste) con otros escritores de su generación: «Cuando hablo de crudeza, lo saco de las propias historias. Si voy a contar la masacre de los penales, no lo voy a contar en el lenguaje de [José María] Eguren o las baladas de González Prada o cierta prosa policial… se tiene que contar desde otras estrategias y hay que buscarlas. Para mí, ese es el principal problema de la narrativa: cuando corres unas páginas, y los personajes se abren camino, y uno se vuelve una suerte de acomodador». Véase https://rpp.pe/cultura/literatura/richard-parra-conversamos-con-el-ganador-del-premio-nacional-de-literatura-2021-noticia-1357604?ref=rpp

[7] Sin duda, el mayor referente en esta propuesta estética es Mario Bellatin, cuya obra más canónica es Salón de Belleza (1994). A pesar de poseer un estilo similar, las obras de Bellatin suelen evitar las referencias biográficas. No sucede lo mismo con Adaui.

[8] Sobre el estilo fragmentario en su escritura, Adaui indica que «Trato de escribir como viene a la memoria, que es maleable, dispar, desprolija y justamente inquieta y caprichosa» (https://peru21.pe/cultura/memoria-hielo-katya-adaui-hay-icebergs-392308-noticia/). De aquí se desprende que el rol de la memoria se opone a la idea de la Historia en su sentido más convencional, pero vale recordar que la memoria en sí misma puede entenderse también como otro relato histórico.

[9] No es gratuito el tópico infantil en la literatura actual. Se trata de individuos que pasan por procesos de formación, desencanto ante el mundo y el reconocimiento de la difícil vida adulta, pero basta comparar los lamentables problemas familiares que rodean al personaje de Adaui con la crueldad y la cercanía de la muerte que acechan a los personajes de Parra para comprender que se tratan de dos imágenes radicalmente opuestas sobre la infancia convencional de un niño peruano y, a su vez, sobre cómo se pueden construir universos tan heterogéneos sobre un país azotado por graves problemas de desigualdad económica.

[10] Basta pensar en cómo, desde la Modernidad, los escritores han pensado en las figuras familiares como representaciones de la nación o del devenir de una cultura.

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Sergio Chejfec: un recuerdo a través de un libro

En el 2015, luego de acompañar a Sergio Chejfec en sus intervenciones en la Feria Internacional del Libro de Lima, me obsequió su novela Moral. Esta crónica es el resultado de mi lectura y mi enfrentamiento al estilo de Chejfec, un escritor no solo con una mirada singular de la realidad, sino también con una búsqueda estética autónoma, compleja y ambiciosa.

Ahora que ya no se encuentra con nosotros, sin duda, la mejor manera de recordarlo es leyendo sus obras. Esta crónica revela el entusiasmo que generó en mí el proceso de lectura de Moral.

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La expansión de los sentidos: Moral de Sergio Chejfec

Por Sebastián Uribe

De lunes a viernes, tomo el Metropolitano para ir a trabajar. Dos veces al día, de ida y de vuelta, soy un cuerpo más en medio de la marea humana que espera la llegada del bus que lo llevará a su destino. Por lo general, aprovecho para leer un libro. Alguna historia que me permita romper con la rutina. La semana pasada, cargaba Moral (1990) de Sergio Chefjec. Abrí el libro y me encontré con estas líneas: “El tren arriba y pareciera que todo sucede, que el objeto mismo de las construcciones, utensilios y herramientas que integran lo que se denomina “Estación”, el sentido último de aquella escenografía aislada y particular, ignorada y casi artificial, se materializa momentáneamente”.

Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguna de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme. Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la única novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la Feria del Libro de Lima en 2015. Así que, durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro específicamente. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida. Es una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo, aparentemente anodino en el que se mueve, es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.

Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante todo el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.

La literatura de Chejfec no es para aquellos que solo quieren leer de la manera más rápida posible, como quien acumula lecturas buscando incrementar una estadística. A sus libros hay que dedicarles tiempo y, sobre todo, entrega. Ingresar a su mundo narrativo es como introducirse a un paréntesis, hacer una pausa completa y absoluta de nuestras ocupaciones, lo que resulta tan necesaria en la actualidad. Dejar la acción y, por un momento, mirar desde una perspectiva tan personal como la de Chejfec aquellos hechos minúsculos que son parte de nuestra vida.

Por todo esto, es una grata noticia que los libros de Chejfec hayan llegado a Perú. Ya comentaré de manera más extensa sobre otros títulos. Por mi parte, seguiré tomando el Metropolitano todos los días. Mientras siga leyendo a Chejfec, la transición de los viajes será diferente.

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Reseña: Lapo tencia (2021) de Guillermo Valdizán

Todo esto va a romperse

Por Cristhian Briceño

Hacia el final de “La biblioteca de Babel”, el narrador nos interpela con el siguiente enunciado: “Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición: ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales; pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?”. Este mismo escepticismo respecto a la comunicación parece marcar la pauta conceptual de Lapo tencia. En este caso el autor, Guillermo Valdizán, emplea como procedimiento específico algo que podría denominarse como un cuestionamiento o entredicho respecto a la etimología de ciertas palabras, a las cuales fisiona, es decir, las divide para extraer de ellas significados no previstos ni consignados en los diccionarios; es un proceso que, en parte, le debe algo a ciertas pulsiones lúdicas que es posible reconocer en el texto, pero sobre todo tiene que ver con la insubordinación que el yo poético declara en los poemas, ya que es innegable el carácter político de los mismos. Por ejemplo, en uno de ellos se declara: “He de civil izarme” (p. 30). Con ello, no solo se busca enunciar su deseo ciudadano o de ser humano adscrito a un espacio temporal, región, credo, cultura y demás, sino que, luego de negar la conjunción del infinitivo y el pronombre enclítico, nos ofrece su propia interpretación de la palabra a partir de su ruptura; con esto, el yo poético parece arreciar la carga política de su discurso, tanto que podría dilucidarse un ánimo de rebeldía (izarme), como si se marcara distancia con aquello que no ostenta la categoría de civil, la policía, por ejemplo, o alguna otra fuerza represiva. El mismo título, ya desde el inicio, nos da aviso de este examen de las palabras y sus significados alternos, escondidos; Lapo tencia, de esta manera, no solo nos invita a pensar en el poder, la fuerza, incluso la violencia que nos paraliza por su repentina aparición, sino que, a su vez, la imagen del golpe queda manifiesta en la imagen explícita de una bofetada. Y es que en el libro hay una intensidad que se va gestando conforme los poemas se suceden, un voltaje en magnitud, exaltación, apasionamiento. Para ello, Valdizán inicia el libro con una serie de referencias religiosas que, si bien no son apacibles, funcionan como la contraparte espiritual respecto al materialismo de la sección final, como una preparación del espíritu en vista del próximo suplicio de la carne; en estos poemas hay un vuelo discursivo que hace contraste con el lenguaje casi telegráfico de los poemas finales:

Muchos de estos textos parecen interpelar a un orden superior, celestial, en oposición al orden social, humano, de la última sección. Este nexo entre lo humano y lo divino aparece quebrado, no da ninguna garantía para su funcionalidad ni su beneficio tangible, terreno, por el contrario, es rebajado al punto de ser algo comercial, intercambiable, sin otro valor que el material con el que está hecho: “Y una placa conmemorativa en pan de oro / para vender crucifijos a puertas del templo”. Así,  sencillamente se vuelve una superstición que funciona como freno ante el desbordamiento de las pasiones:

El repaso a estas figuras divinas también es abordado con un humor particular que termina siendo suprimido por la ironía a partir de imágenes desmitificadoras, las cuales intentan generar una síntesis con lo humano; nuevamente, las referencias al consumismo que consume a lo divino es relevante al momento de generar imágenes elocuentes:

Este mismo humor, vencido de antemano por la ironía, se va inclinando por un tono paródico (algo que se reconoce en los siguientes poemas) y, al igual que en el ejemplo anterior, sigue construyendo imágenes que operan como un reclamo, sin dejar de ser ingeniosas puestas en escena sobre temas que no resultan familiares:

Este ejemplo pertenece a la parte final de la primera sección, y ya es posible advertir cómo la indagación de lo divino cede su lugar a lo material. Esto se ve acentuado en los siguientes poemas, donde nuestros referentes serán netamente los actos humanos, la ciudad, los procesos que en ella se dan.  Una forma de configurar estos espacios es hacer un inventario de la señalética o de las agrupaciones que inciden en nuestra experiencia ciudadana, en ese espacio público del cual formamos parte y que incide en nuestra conducta y en nuestra manera de entendernos dentro de una comunidad:

Aquí encontramos que el discurso toma forma de pregón, se vuelve urbano, colectivo y, por ende, convoca a la comunidad, se vuelve maleable a las circunstancias, a la coyuntura, al reclamo universal, a sus intereses:

Entretanto, nos topamos con otro conjunto de poemas, esta vez en prosa.  Es en estos donde la tensión política alcanza su tope, y es también aquí donde el procedimiento de dividir arbitrariamente las palabras encuentra una metáfora en la idea de trascender lo normal, la autoridad, y hallar un nuevo orden de recientes y prometedores resultados. Es curioso cómo están construidos estos poemas en prosa, con oraciones breves, casi telegráficas, como si fuesen los ladrillos de un repentino muro de contención. El resultado es una prosa ágil, propicia para ser recitada y con intenciones de manifiesto:

Incluso se retoman tópicos de la primera sección, aunque esta vez las intenciones son referir una corporalidad proclive al suplicio, a la lucha:

Como ya dije, el tono de esta sección mueve a la confrontación, a la réplica; es un discurso que suele dirigirse a otro a quien se interroga o a quien se hace cómplice de los eventos, de las vicisitudes del yo poético como ser político y perteneciente a una sociedad que constantemente es motivo de sus reflexiones, de sus reparos y, por supuesto, de sus licencias poéticas, de su visión del mundo a través del arte. En algunos casos, ese otro es un motivo de enardecimiento, de sospecha, aunque lo cierto es que el yo poético emplea este recurso para ejemplificar la intransigencia de la sociedad y sus miembros:

Valdizán nos entrega el retrato de la sociedad que podría representar, sin problemas, cualquier etapa de nuestra historia como república, esa vieja tensión entre orden y desgobierno, entre arenga y opresión. Su propuesta, la de fracturar las palabras para conseguir significados disímiles y luminosos, no es sino una metáfora de los procesos que operan en la sociedad como fuente de cambio; por ellos, el lenguaje reexaminado desde una perspectiva diferente se transforma en esa energía necesaria para que los mecanismos de la sociedad no detengan su marcha.

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Datos del libro reseñado:

Guillermo Valdizán

Lapo tencia 

Vallejo & Co., 2021, 53 pp.

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Reseña: Terriers (2017) de Constanza Gutiérrez

Aprendizaje de lo cotidiano

Por Omar Guerrero

Terriers (Hueders/Montacerdos, 2017 [coedición]) de la escritora chilena Constanza Gutiérrez (Castro, 1990) es un libro compuesto por siete cuentos que en el 2018 ganó el Premio Municipal de Santiago y en el mismo año también fue finalista de la quinta edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Además, uno de los cuentos que componen este libro, titulado «Arizona», ganó el Premio Roberto Bolaño en el 2011. Cabe mencionar que existe una nueva edición de este libro con el título La educación básica (Pesopluma, 2019 [Perú]) que se diferencia por incluir dos cuentos inéditos: «Listado de humillaciones» e «Historia del desocupado y la cautiva» junto con la novela breve Incompetentes (2014), primera publicación de la autora con gran aceptación de la crítica. 

Cada cuento de esta coedición (Hueders/Montacerdos) tiene la peculiaridad de tener como protagonista a un personaje en edad infantil, púber o adolescente, a excepción del cuento «Mowgli», con el que se cierra el libro, aunque aquí el personaje femenino adulto no se impide de contar una parte importante de su infancia. Otro punto en común en todos los cuentos es que no transcurren en grandes urbes como podría ser la ciudad de Santiago. Todos los hechos ocurren en ambientes rurales y pueblerinos, propios de las provincias de Chile, donde también se distingue su forma peculiar de hablar. Otros tópicos para considerar son la temática homosexual, una de manera evidente como sucede en el cuento «No te vayas dentro», y otra de manera imprecisa (a modo de “comentario malicioso”) dentro del cuento «Arizona». La inocencia también se manifiesta como algo propio en sus personajes centrales. Se muestra en los cuentos «Chiquita linda» y «Marrón glacé». Por otra parte, la malicia se presenta como una alternativa sin un ápice de remordimiento. Sucede en los cuentos «Descubre tus poderes» y en «Mowgli». Por último, la amenaza y el dolor se mencionan con sutileza en el cuento «Caza de conejos».

Ahora vayamos a las historias:

En «Chiquita linda», una niña cuenta el viaje que hace en bus con su mamá hacia el norte de Chile. Hay una epidemia de influenza. Se menciona el uso de mascarillas y alcohol en gel. Aunque el mayor peligro es el hecho de que raptan niñas en el pueblo donde van a llegar. La niña es rubia y es bonita. La mamá siempre está pendiente de ella hasta que llegan a su destino. Allí conocen a unos hombres con los que entablarán una amistad de inmediato. Estos hombres también viajan con una niña. Con ellos pasarán la noche comiendo fritangas. A determinada hora, los adultos mandarán a las niñas a dormir. Aun así, la niña protagonista escucha todo lo que ocurre afuera. Su mamá comenta la relación con su expareja, el padre de la niña, a quien trata de manera despectiva. En la misma noche, la madre tiene una cercanía con uno de los hombres. La niña sigue oyendo todo. Al día siguiente, la protagonista infantil se despierta temprano. Los dos hombres la invitan a ir a comprar mientras su madre duerme. Ella irá en la camioneta junto con la otra niña con la que ha dormido. Su desenlace no especifica un posible peligro o un acto inofensivo. 

En «Arizona», un niño llamado Pedrito cuenta cómo ha cambiado su pueblo ahora habitado por gente desplazada. Dentro del pueblo, hay un terreno deshabitado, un erial, al que llaman “Arizona”, donde él juega con otros niños. Este lugar también es habitado por los Jopis, unos niños de la calle que siempre están sucios y con la misma ropa. Los Jopis no van a la escuela y hablan groserías. De pronto, Arizona es ocupada por unos gitanos. Dentro de este grupo, Pedrito conoce a Miroslav, un niño gitano con quien hace amistad. Pedrito aprende arreglar autos gracias a Miroslav. También deja de ir a la escuela, solo los lunes y martes porque toca Biología. Miroslav tampoco va a la escuela. Ellos se hacen tan amigos que los otros niños empiezan a decir que los dos son pololos (novios). En la escuela, en los días que Pedrito sí va, los alumnos lo molestan. No solo eso, hasta le llegan a insultar. Pedrito se pelea con un compañero que le grita “maricón”. La abuela de Pedrito piensa que su nieto es un caso perdido, sobre todo desde que anda con los gitanos. Un día lo busca el Chichi, el líder de los Jopis. Le pregunta sobre las costumbres de los gitanos y si comen de una misma olla. Pedrito solo le cuenta lo que ha visto. Días después, Pedrito es despertado por unos carabineros y su abuela. Se entera que los gitanos están en el hospital, envenenados, incluido Miroslav. Todo indica que el Chichi, ahora prófugo, les puso veneno en la olla de su comida. Pedrito va a Arizona para confirmar lo sucedido. Allí encuentra a los Jopis celebrando su victoria. Han robado buena parte de las pertenencias de los gitanos. Mientras lo invitan a comer papas fritas y una masa extraña llamada “chapatí”, uno de los Jopis le pregunta a Pedrito con sorna si todo era verdad. Y al decirlo, los Jopis estallan en risas. Sin embargo, los rumores siguen siendo inciertos.

En «Marrón glacé», una niña de nueve años cuenta su percepción sobre los matrimonios. Ya ha jugado a tener enamorado en la escuela. Es verano y ha viajado al sur para estar en el matrimonio de su prima que se casa con un español. La niña menciona cómo se desarrolla la fiesta sin dejar de considerar aquello que dicen que los mejores matrimonios son donde ponen cumbia. La niña come y bebe Coca Cola mientras ve a su madre y a su hermano bailar con familiares. Bailan de todo menos cumbia. La niña también disfruta de su postre hasta que suena una cumbia conocida, pero ya es tarde. Su hermano debe llevársela a dormir. De pronto, y guiado por la música, decide bailar con ella, a pesar de que él baila muy mal. Todos la observan. La niña se avergüenza. Ha bebido tanta Coca Cola que siente que se orina en medio de la pista de baile. Aun así, empieza a moverse y siente que todo se libera. Sus familiares también bailan la misma canción. También lo hacen mal. Se ven ridículos, pero no importa.

En «No te vayas dentro», un muchacho gay cuenta que se está preparando la fiesta familiar de la abuela. Mientras que se dan los preparativos, él asiste a otras fiestas de chicos de su edad. En una de estas fiestas, se besa con Tomás, quien tiene como polola (enamorada) a Daniela, prima del personaje narrador. Él sabe que es un juego, pero le afecta, le duele. Al mismo tiempo, recibe otro tipo de violencia por ser como es y por la forma como se comporta. En la fiesta de la abuela, el muchacho gay se embriaga y conversa con su prima Daniela sobre Tomás. Los dos terminan teniendo intimidad. Su familia los descubre, pero todo se asume como una travesura. La vergüenza solo es pasajera.  

En «Caza de conejos», una muchacha va con su familia a su casa de campo, pero esta se encuentra invadida de conejos. Empieza su cacería y su convivencia con estos roedores que pueden parecer tiernos, pero no cuando se trata de una plaga. La muchacha llega hasta bañarse en la piscina con varios conejos que nadan como si no pasara nada. La familia tiene una perra llamada Manola. De pronto, Manola se ha perdido. No responde a sus llamados. Su hallazgo tiene relación con los conejos y las trampas que la muchacha y su familia han dejado para aminorar la presencia de los roedores.

 En «Descubre tus poderes», el mejor cuento de todos, una muchacha llamada Florencia no soporta a su hermana Irene. Ella es más bonita y tiene mejor ropa, solo que no le gustan las matemáticas. A Florencia le dicen gorda. Además, le gusta la magia. Ella dice que es bruja (o aprendiz de bruja). Florencia se hace muy amiga de Nicole, su nana, quien le cuenta haber tenido un romance con Manuel, el hijo de sus anteriores patrones de apellido Balbontín, quienes, a su vez, son muy amigos de los padres de Florencia e Irene. Florencia decide ayudar a Nicole con su brujería. Roba un polo de Manuel, lo corta y lo convierte en un muñeco vudú que termina en el congelador tal como indica su manual de brujería sacado de internet. En una cena en casa de Florencia, llegan los Balbontín junto con su hijo Manuel. Todo se estropea cuando la madre de Florencia encuentra el muñeco vudú en la refrigeradora. Interroga a sus hijas delante de los invitados. Los Balbontín están horrorizados. Manuel se muestra lleno de vergüenza. Todos indican como culpable a Nicole. Entonces a Irene no se le ocurre mejor idea que salvar a la nana y, a la vez, deshacerse de su hermana.

En «Mowgli», la narradora cuenta primero su infancia en un hogar-internado. No tiene padres, solo una tía que la invitaba a su casa. Allí conoció a Ricardo, quien ahora es su esposo. Ella se casó a los diecisiete años. Su matrimonio es como cualquier matrimonio hasta que ella encuentra un gatito al que le pone de nombre “Mowgli”. En la panadería donde ella va, se entera de que una vecina está buscando su gatito desaparecido. Esta vecina es Bárbara, la ex enamorada de Ricardo. Cuando intenta devolver el gatito, ella se da con la sorpresa de encontrar a su esposo saliendo de la casa de su ex. Piensa de inmediato que él la engaña. Es entonces que ella también decide engañarlo con el hijo del panadero. Busca tener un encuentro casual con él. Y así sucede. Ellos van a una fuente de soda y beben cerveza. Hablan de los vecinos y del barrio. Luego caminan hacia la casa de la protagonista. Todo se concreta con un pequeño y torpe beso. Una vez dentro, su esposo Ricardo no le pregunta nada. Ella solo menciona que ya encontró al dueño del gato. Todo parecer normal.

Foto: Lee Poesía

A través de estas historias se determina lo cotidiano y lo común. También se determina un aprendizaje en medio de la familia y las amistades. Describirlo con detalles eleva la propuesta de la autora. Al mismo tiempo, produce en los lectores una serie de sensaciones con respecto al destino de cada uno de los protagonistas. Mucho mejor si con ello llega lo risible, la incertidumbre o el asombro. Todo ello se asume como el mayor acierto de una escritora que realmente gusta y promete. Eso sí, el título del libro, Terriers, no guarda relación con nada de lo mencionado.

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Datos del libro reseñado:

Constanza Gutiérrez

Terriers

Hueders/Montacerdos, 2017 [coedición])

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Reseña: Víscera Beltrán (2022) de Ana Carolina Zegarra

Sobre Víscera Beltrán

Por Cristhian Briceño

De la frase “su obra se hace más grande con cada libro que no escribe” pasamos a “su poema crece con cada verso que no entendemos”. Y es que cabría pensar que en la poesía un cierto porcentaje del texto se ve arrastrado al territorio de nuestra comprensión, en mayor o en menor medida, y otro queda atrapado en el de la especulación, pero la propuesta de Ana Carolina Zegarra (Arequipa, 1990) parece restringirnos de ciertos accesos vitales, debido a que su lenguaje pasa muy pronto de la metáfora aislada a la alegoría, de los referentes comunes a una jerga intransferible, personalizada, que, sin embargo, ilumina con su promesa y su pulsación. Podría decirse que Zegarra es una poeta de un hermetismo ingénito, aunque este hermetismo se basa en un coloquialismo apabullante que no tiene que ver con improbables antecedentes como Hernández, Pimentel o Cruzado ni menos con hermetismos conceptuales que, en estos momentos, serían un indicio de eterno retorno. Lo suyo es construir una trama verbal donde resaltan las transiciones, un discurso que se va hilvanando casi en un non sequitur en el cual, conforme nos vamos aclimatando a él, empezamos a reconocer un logrado montaje, a la manera del que puede preciarse en las películas de Edgar Wright, quien, a su vez, está influenciado por Eisenstein; aquí, Zegarra inserta ciertas peculiaridades de su propuesta; en un poema de Víscera Beltrán, su más reciente libro, escribe: “en la mañana me desnutro con un arroz con perlas” (p. 55); cabría un análisis más prolongado, pero de un vistazo es posible apreciar el contraste de los elementos que componen su discurso, como si la sola palabra perlas alterara un organismo con su nula capacidad de ser absorbida, por su belleza inútil para la sobrevivencia, etcétera. Este vendría a ser un ejemplo de verso al que podemos aferrarnos por algo de sentido y encontrar un sentido para los demás componentes. Ya lo dice Watanabe: Sólo se busca una palabra, una sola, la que hace sonar/ a las otras. Si bien es una marca de Zegarra, este procedimiento parece haberse radicalizado en su última entrega. En La vida después de la supervida, su anterior poemario, el discurso fluía con relativa normalidad, las imágenes se iban deslizando por un cauce natural hasta converger en un final del poema donde era posible contemplar una belleza convencional, aunque la verdadera sorpresa se haya gestado en las instancias precedentes; tal es el caso de “El mal zodiaco”:

Zegarra es una poeta de imágenes inesperadas (“mañana agarraré tus kilos”, “grita la danza en pocas camas”, “estoy partido y deforme como el Pi”, etc.) y La vida después de la supervida era un poemario de innegables hallazgos  expresivos, de una ternura irónica que parece dejar en entredicho cualquier nexo probable con los lectores; esta última característica no se produce necesariamente a partir de una oposición básica entre lo sentimental y lo cínico, sino, como ya dije antes, nace en función al lenguaje con que Zegarra va estableciendo su discurso. Estas cualidades también se encuentran presentes en Víscera Beltrán, aunque en el poemario anterior se notaba un tono deliberadamente fresco, en cuanto el yo poético parecía empezar a establecer sus relaciones interpersonales donde la lógica de los encuentros y los desencuentros nos indicaba una necesidad por establecer su individualidad, su separación del resto del mundo. En Víscera Beltrán, por otra parte, el tema familiar cobra fuerza y es uno de los temas en los cuales el libro se asienta; es una suerte de retorno, una necesidad por realizar una pesquisa  que incluye el empleo de ciertas marcas léxicas, de jerga regional, de referentes al hogar y lo que se reencuentra en él:

La imagen de la víscera es importante en la postura del yo poético. Al atribuírsele un nombre propio, se podría entender como una personificación de uno de los componentes de un organismo, la parte de un todo que ha desarrollado una personalidad y ha escapado del conjunto. No obstante, la víscera es también algo por completo ligado a ese todo y que retorna, simbólicamente, a cumplir su función dentro de un mecanismo. A lo largo de los poemas podemos ver presente una impronta anatómica, la insinuación a nombrar las partes de un organismo que busca su funcionalidad a partir de su completitud (arterias, rodillazo, pie, corazón, hígado, ombligo, espalda, piel, etc.). Esta alegorización anatómica, por así decirlo, se torna desaforada en ciertos momentos, hay un resabio violento, desaforado, urgente, como si el acto de desmantelar un cuerpo para buscar dentro de él alguna respuesta no hiciera otra cosa que desordenar las partes, haciendo que al desmembramiento y el montaje de las oraciones, los enunciados o los sintagmas se correspondan con esta imagen:

Y por debajo de esta alegoría integral dentro del poema están las pequeñas metáforas a partir de las cuales el yo poético construye y comprende su entorno y así mismo. Se tratan de metáforas comunes, en las que A es B, algo que se podía advertir en el libro anterior de Zegarra, pero aquí las asociaciones entre elementos se vuelven más osadas, al punto de que cualquier cosa puede ser otra:

Si bien esto pertenece a la parte compositiva de los poemas, lo más relevante, lo que en verdad le da originalidad a la poética de Zegarra es la forma en la que construye un yo poético que parece hablarle a alguien conocido, pero sus palabras van más allá del mensaje que comparte el emisor con el receptor, el mensaje está cifrado y aunque no comprendamos a cabalidad hay un indicio, una fisura por donde la poesía se filtra:

Foto: Ximena López Bustamante

Víscera Beltrán es la confirmación de una apuesta expresiva que ya se había hecho manifiesta en La vida después de la supervida. Así, es grato apreciar a una autora que imagina un lenguaje intransferible, que no suele estar en ningún lugar o, por lo menos, que ha borrado las equis que marcan su ubicación exacta y lo vuelve, en consecuencia, valioso por singular. Si bien la presente reseña intenta ser únicamente descriptiva, creo que la poesía de Ana Carolina Zegarra no requiere de estos intermediarios.

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Datos del libro reseñado:

Ana Carolina Zegarra

Víscera Beltrán

Taller Editorial La Balanza, 2022, 59 pp.

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Reseña: Nefando (2016) de Mónica Ojeda

Videojuegos y pornografía

Por Omar Guerrero

Nefando (Candaya, 2016 [España]; Dum Dum, 2018 [Bolivia]; Almadía, 2020 [México]) de Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es una novela polifónica o coral donde cada personaje revela una serie de hechos a través de entrevistas o testimonios dadas en distintas ciudades, ya sea en Ciudad de México o en Barcelona. La trama gira en torno a un videojuego que fue retirado de la Deep Web, porque su contenido era inmoral y/o bastante subido de tono. Las indagaciones sobre este videojuego llamado “Nefando” recaen en tres personajes jóvenes: Iván Herrera, Kiki Ortega y Cuco Martínez. Iván y Kiki son mexicanos becarios que han ido a estudiar un Máster de Creación Literaria en Barcelona. Cuco es un haker español que convive con ellos a pesar de tener la peculiaridad de que nunca ha convivido con latinoamericanos. A través de ellos se conoce a los hermanos Terán, provenientes de Ecuador, que también viven en Barcelona en el mismo piso (o apartamento). Ellos son Irene, Emilio y Cecilia, creadores de este polémico videojuego, a quienes, por una razón, no se les entrevista.

Los tres personajes que toman la palabra brindan información de sus vidas, de su pasado y sus anhelos, además de relatar su relación con los hermanos Terán. Ellos cuentan sus inquietudes y sus ocupaciones diarias, incluida su relación con “Nefando” y el mundo oscuro de la web. Como son jóvenes queda en evidencia su aprendizaje intelectual y académico, aunque también su aprendizaje como personas o como adultos principiantes e inexpertos. Mientras tanto, ellos exploran, descubren y sienten toda una serie de cosas y hechos que los marca o que los ha marcado como si se tratasen de traumas. Así lo cuenta Iván en la Habitación #2:

Entraste al aula diez minutos después de que la clase empezara y te sentaste, como siempre, en la última fila. El profesor hablaba de Montaigne, el ensayo literario, Rafael Sánchez Ferlosio, Octavio Paz, la hibridación de géneros, el cine, Manuel Puig, pero tú mirabas las espaldas de tus compañeros y te dabas cuenta de que sólo podrías reconocerlos así, de espaldas, porque sus rostros eran volutas de humo, indefinibles, y sus nucas y hombros, en cambio, tenían nombres y apellidos. Recordaste la primera vez que te sentiste atraído hacia alguien: tenías 12 años y él estudiaba contigo. Nunca lo habías visto realmente. (p. 25)

Por otro parte, Kiki está empecinada en escribir una novela pornográfica. Se encierra en su habitación para buscar las palabras adecuadas. Su intención es estremecer y perturbar al lector con lo que cuenta. No pone límites para conseguirlo. Sabe que puede herir susceptibilidades. Para eso crea a dos personajes siniestros que son muy jóvenes: Diego y Eduardo. Ellos empiezan su vida sexual desde su infancia. Su iniciación es netamente homosexual. La descripción de su primer contacto no se priva de nada, porque el fin de esta escritura como acto creativo (y como metaficción) es solo pornográfico. Corresponde a este discurso mostrar lo más íntimo sin ningún límite, al punto de conmocionar o producir espanto en sus receptores, inclusive asco o repulsión, pues el objetivo es manifestar una total perversión. Aquí el cuerpo, o los cuerpos, en su completa anatomía y resquicios, cobran protagonismo:

Eduardo y Diego tenían once años cuando se abrieron los culos por primera vez. Ocurrió en el velatorio del padre de Diego. Los dos habían permanecido juntos, mirándole los pies a la única señora que había asistido al funeral con calzado abierto y tacones altos […] Diego le contó a Eduardo que había visto el pene erecto, rígido, del cadáver de su padre mientras lo vestían. Eduardo le contó a Diego que había visto la vulva de su madre cuando se sentaba sin cruzar las piernas y que, desde entonces, siempre intentaba ver esa entrada porque le hacían sentir cosquillas en el vientre y un líquido pegajoso mojaba sus calzoncillos, un líquido que esparcía en sus manos como si fuera un jabón para tocar la ropa materna […] Diego cerró los ojos e imaginó cómo sería besar los labios ocultos de la madre de Eduardo, besarlos de la misma manera en que las parejas unían sus bocas y juntaban sus lenguas, solo que allí abajo, decía Eduardo, las mujeres no tenían lengua. Entonces, igual que otras veces, se besaron junto a un árbol de ramas secas […] Afrontaron con verdadero hedonismo el dolor de la penetración; el sexo fue para ellos, como lo es todo en la infancia, una prueba de resistencia. Después, cuando la sangre y la caca los manchó por dentro y por fuera, abrazaron sus miembros erectos con las manos y jugaron a las espadas. (pp. 54-56)

Esta exploración inicial no queda solo entre ellos dos. Luego se expande a cualquier persona, sea hombre o mujer. Aquí el placer se complementa con el daño y la humillación. Lo sexual se convierte en agresión. Son ellos quienes lo provocan. Al mismo tiempo lo disfrutan sin mostrar ningún tipo de arrepentimiento. Tampoco muestran piedad hacia sus víctimas denigradas. Aquí un ejemplo:

Cuando estaban en segundo curso llevaron, por primera vez, a una chica a su habitación compartida. Ella tenía doce años y ellos trece. En el internado nadie se dio cuenta. La penetraron de uno en uno. Primero Eduardo, que era más delicado, y luego Diego, que le gustaba meter su pene con fuerza y rapidez, poseído por un frenesí que lo llevaba a pellizcar y a golpear los cuerpos que tomaba. La chica acabó magullada, cubierta de esperma, con marcas de mordidas y círculos de saliva -a Eduardo le gustaba escupir sobre la piel de sus amantes-. Ella, después de verse en el espejo, lloró. (pp. 56-57)

Su actuar deriva en lo execrable. Cada acto que realizan se nombra y se describe con todas sus letras sin importar una posible condena, pues, como ya se ha dicho -y se entiende-, la idea es estremecer a partir de la creación guiada por lo pornográfico. Esta luego se deriva, indefectiblemente, en violencia y sadismo. Y al cumplirlo, acaban con cualquier forma de ternura o inocencia, pues solo corrompen, dañan y hasta destruyen vidas. No importa si recurren a posibles cómplices para aplacar sus deseos. Todo se pervierte sin ninguna medida. Aquí otro ejemplo:

[…] Unos minutos más tarde, después de escupir y untar de saliva el ojo ciego de su amante, el profesor lo hizo ponerse en cuatro patas y, antes de penetrarlo de una sola embestida, tomó un puñado de tierra con su mano Kingman y la estrelló contra la cara húmeda del chico. Diego y Eduardo se masturbaron al ritmo de las embestidas ajenas, recordando toda esa literatura que los hacía entenderse y sentirse más seguros de lo que hacían y de lo que querían hacer (querían encontrar a una Emmanuelle o a una Wanda o a una Simone o a una Juliette; querían ser un triángulo, una trinidad). Cuando el profesor acabó con un gruñido bestial contra las nalgas abiertas del chico de primer año, Diego y Eduardo emergieron de entre el follaje y le preguntaron a su Maestro si podían jugar con el muchacho de cara terrosa. Él les sonrío, bañado en sudor, y les dijo: “Adelante”. Diego forzó al chico asustado a llenarse la boca de hojas caídas y a chuparle el pene mientras Eduardo le metía los dedos por el culo […]. (p. 58)

La búsqueda de esta tercera persona a modo de triángulo o trinidad se concreta con la llegada de Nella, una joven cuyas acciones serán una forma de confrontar el comportamiento abyecto de sus coprotagonistas en la metaficción. Con ellos no solo se leerán poemas de Vallejo y Pizarnik bajo una interpretación erótica. Ellos tres irán más allá.

Foto: Inma Flores (El País)

La mención de esta novela (“pornovela”) dentro de la novela cumple la función de representar el mundo sórdido que han sufrido los personajes centrales (no diremos cuáles). Entonces el abuso infantil, la pedofilia y la pederastia son los temas que surgen como una realidad vetada y tenebrosa que existe, persiste y no se detiene. Se comete no solo a través sujetos extraños o personas ajenas que no se detienen ante la culpa ni la compasión, porque simplemente no la tienen, sino que también se perpetra dentro de la propia familia por parte de los padres:

[…] Veo el pis de papá cayendo dentro de mi boca abierta. La luz roja de la cámara brilla y me veo. Tengo siete años. (p. 128)

En la diégesis se suman otros discursos propios de la web como foros o intercambios de mensajes digitales encubiertos bajo nicknames. También se incluyen imágenes que corresponden al mundo de los jóvenes a modo de grafitis:

Se deduce, entonces, que se trata de una novela donde impera el morbo, pues sus temas así lo obligan. Quizás este sea un freno o un veto para posibles lectores. Su punto a favor es el ritmo vertiginoso de la narración y el uso de un lenguaje directo (u obsceno), en algunas partes, y poético, en otras. Su elección queda al libre albedrío.

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Datos del libro reseñado:

Mónica Ojeda

Nefando

Candaya, 2016 (España); Dum Dum, 2018 (Bolivia); Almadía, 2020 (México)