Todo esto va a romperse
Por Cristhian Briceño
Hacia el final de “La biblioteca de Babel”, el narrador nos interpela con el siguiente enunciado: “Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición: ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales; pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?”. Este mismo escepticismo respecto a la comunicación parece marcar la pauta conceptual de Lapo tencia. En este caso el autor, Guillermo Valdizán, emplea como procedimiento específico algo que podría denominarse como un cuestionamiento o entredicho respecto a la etimología de ciertas palabras, a las cuales fisiona, es decir, las divide para extraer de ellas significados no previstos ni consignados en los diccionarios; es un proceso que, en parte, le debe algo a ciertas pulsiones lúdicas que es posible reconocer en el texto, pero sobre todo tiene que ver con la insubordinación que el yo poético declara en los poemas, ya que es innegable el carácter político de los mismos. Por ejemplo, en uno de ellos se declara: “He de civil izarme” (p. 30). Con ello, no solo se busca enunciar su deseo ciudadano o de ser humano adscrito a un espacio temporal, región, credo, cultura y demás, sino que, luego de negar la conjunción del infinitivo y el pronombre enclítico, nos ofrece su propia interpretación de la palabra a partir de su ruptura; con esto, el yo poético parece arreciar la carga política de su discurso, tanto que podría dilucidarse un ánimo de rebeldía (izarme), como si se marcara distancia con aquello que no ostenta la categoría de civil, la policía, por ejemplo, o alguna otra fuerza represiva. El mismo título, ya desde el inicio, nos da aviso de este examen de las palabras y sus significados alternos, escondidos; Lapo tencia, de esta manera, no solo nos invita a pensar en el poder, la fuerza, incluso la violencia que nos paraliza por su repentina aparición, sino que, a su vez, la imagen del golpe queda manifiesta en la imagen explícita de una bofetada. Y es que en el libro hay una intensidad que se va gestando conforme los poemas se suceden, un voltaje en magnitud, exaltación, apasionamiento. Para ello, Valdizán inicia el libro con una serie de referencias religiosas que, si bien no son apacibles, funcionan como la contraparte espiritual respecto al materialismo de la sección final, como una preparación del espíritu en vista del próximo suplicio de la carne; en estos poemas hay un vuelo discursivo que hace contraste con el lenguaje casi telegráfico de los poemas finales:


Muchos de estos textos parecen interpelar a un orden superior, celestial, en oposición al orden social, humano, de la última sección. Este nexo entre lo humano y lo divino aparece quebrado, no da ninguna garantía para su funcionalidad ni su beneficio tangible, terreno, por el contrario, es rebajado al punto de ser algo comercial, intercambiable, sin otro valor que el material con el que está hecho: “Y una placa conmemorativa en pan de oro / para vender crucifijos a puertas del templo”. Así, sencillamente se vuelve una superstición que funciona como freno ante el desbordamiento de las pasiones:

El repaso a estas figuras divinas también es abordado con un humor particular que termina siendo suprimido por la ironía a partir de imágenes desmitificadoras, las cuales intentan generar una síntesis con lo humano; nuevamente, las referencias al consumismo que consume a lo divino es relevante al momento de generar imágenes elocuentes:

Este mismo humor, vencido de antemano por la ironía, se va inclinando por un tono paródico (algo que se reconoce en los siguientes poemas) y, al igual que en el ejemplo anterior, sigue construyendo imágenes que operan como un reclamo, sin dejar de ser ingeniosas puestas en escena sobre temas que no resultan familiares:

Este ejemplo pertenece a la parte final de la primera sección, y ya es posible advertir cómo la indagación de lo divino cede su lugar a lo material. Esto se ve acentuado en los siguientes poemas, donde nuestros referentes serán netamente los actos humanos, la ciudad, los procesos que en ella se dan. Una forma de configurar estos espacios es hacer un inventario de la señalética o de las agrupaciones que inciden en nuestra experiencia ciudadana, en ese espacio público del cual formamos parte y que incide en nuestra conducta y en nuestra manera de entendernos dentro de una comunidad:

Aquí encontramos que el discurso toma forma de pregón, se vuelve urbano, colectivo y, por ende, convoca a la comunidad, se vuelve maleable a las circunstancias, a la coyuntura, al reclamo universal, a sus intereses:

Entretanto, nos topamos con otro conjunto de poemas, esta vez en prosa. Es en estos donde la tensión política alcanza su tope, y es también aquí donde el procedimiento de dividir arbitrariamente las palabras encuentra una metáfora en la idea de trascender lo normal, la autoridad, y hallar un nuevo orden de recientes y prometedores resultados. Es curioso cómo están construidos estos poemas en prosa, con oraciones breves, casi telegráficas, como si fuesen los ladrillos de un repentino muro de contención. El resultado es una prosa ágil, propicia para ser recitada y con intenciones de manifiesto:

Incluso se retoman tópicos de la primera sección, aunque esta vez las intenciones son referir una corporalidad proclive al suplicio, a la lucha:

Como ya dije, el tono de esta sección mueve a la confrontación, a la réplica; es un discurso que suele dirigirse a otro a quien se interroga o a quien se hace cómplice de los eventos, de las vicisitudes del yo poético como ser político y perteneciente a una sociedad que constantemente es motivo de sus reflexiones, de sus reparos y, por supuesto, de sus licencias poéticas, de su visión del mundo a través del arte. En algunos casos, ese otro es un motivo de enardecimiento, de sospecha, aunque lo cierto es que el yo poético emplea este recurso para ejemplificar la intransigencia de la sociedad y sus miembros:


Valdizán nos entrega el retrato de la sociedad que podría representar, sin problemas, cualquier etapa de nuestra historia como república, esa vieja tensión entre orden y desgobierno, entre arenga y opresión. Su propuesta, la de fracturar las palabras para conseguir significados disímiles y luminosos, no es sino una metáfora de los procesos que operan en la sociedad como fuente de cambio; por ellos, el lenguaje reexaminado desde una perspectiva diferente se transforma en esa energía necesaria para que los mecanismos de la sociedad no detengan su marcha.
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Datos del libro reseñado:
Guillermo Valdizán
Lapo tencia
Vallejo & Co., 2021, 53 pp.