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Desde los extramuros

El libro objeto y el Mercado. Notas sobre Sueños de un bonzo de Virginia Benavides

Por Basilio Ventura

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No miento al afirmar que ciertas editoriales en nuestro país  suelen regodearse en el formato. Quien se anime un día a ojear buena parte de nuestra narrativa última encontrará en las portadas la misma e invariable fórmula: fotografías de padres e hijos, ya sea jugando con los ojos vendados o como sombras en la playa, o ꟷen otros casosꟷ títulos que insistirán hasta la frivolidad en nuestra aún fresca guerra interna. Esto se debe, entre otras cosas, a que la literatura se ha vuelto una industria, y sus agentes y los libros no pueden escapar de la lógica de la producción serial. Se escribe de acuerdo con lo que propone el Mercado. Y como el Mercado carece de creatividad ꟷsalvo para el marketingꟷ, el grueso de su literatura suele ser tristemente anodina.  

El Mercado, sea grande o sea chico, solo piensa en intereses y utilidades. Y nada más desinteresado y libre de utilidad que el goce que nos produce jugar. No importa si en la performances nos quemados un poco o terminamos de antorchas humanas dispuestas a arrasar con el mundo. Lo más probable es que fracasemos y tengamos que huir  como Guy  Montang en busca de los hombres libro. Estas cosas pasan por mi cabeza cuando abro la caja de fósforos que contiene un pequeñísimo libro de nombre Sueños de un Bonzo, una trabajada diagramación, una página final con huella de ceniza, un cerillo y, en el fondo de la caja, el sello de la editorial Estarcido: sin duda un trabajo artesanal dedicado y contrario al mercantilismo reinante. Su autora, Virginia Benavides, y su editora, Sandra Suazo, corren el peligro de quebrar en esta empresa, pero ellas están dispuestas a correr el riesgo y a jugársela, porque siendo un juego no persiguen nada, salvo el placer de imaginar o editar otros libros objeto que puedan reconectarnos con nuestro goce interior.

Diseño de portada: Fernando Laguna
Foto: Poesía desde el fondo

El libro diseñado por Virginia Benavides tiene el mérito de recuperar para la literatura su dimensión lúdica. Y es que los libros objeto cuando son concebidos creativamente forman parte de la puesta escénica y de la significación de la escritura, no son un ornato como muchos podrían creer o una puerilidad; animan, por el contrario, una constante provocación. Jugar, pintar, crear es luchar contra el formato en que el Mercado está encerrando a la literatura. La apuesta artesanal hace de la palabra un elemento material: el libro ya no es simplemente el recipiente de la escritura, sino que se ha encarnado en ella.  En Sueños de un bonzo, el diseño del libro alude explícitamente al título, la vocación del fuego.

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En un sentido tradicional, Sueños de un bonzo no es un libro de literatura. Difícilmente podríamos inscribirlo en alguno de los géneros canónicos. No me atrevería a definirlo porque seguramente mi delimitación sencillamente no resistiría. Podemos reconocer, sin embargo, su naturaleza, la cual se alimenta de los ya lejanos manifiestos dadaístas. Es literatura en un sentido abierto, aunque no está exento de cierta inclinación hacia lo poético. Sería, por lo tanto, un error valorarlo de la misma manera en que lo hacemos para las modalidades tradicionales.  

Sueños de un bonzo es juego y confesión. Es justamente esta línea confesional la que me parece predomina en sus páginas: «Una onda expansiva como un secreto revelado, alfabeto de alas, ha venido esta noche de noches a intervenir en mi sueño». Esa introspección que empieza en el mundo onírico evoca el hogar, el amor y las expectativas de renacimiento del yo, un yo que se mira y se replantea en su naturaleza estacional, en su necesaria renovación, en la aceptación de que el final es también un punto de partida: «Nuestra lengua ha sido caverna de peces muertos» afirma, por ejemplo, este yo al dirigirse el ser amado.     

El yo no se define en estas páginas como un ser aparte del mundo, propio de una visión romántica, sino como el espacio donde la realidad se almacena, una trinchera desde la cual ese «yo» se alimenta del mundo y se enfrenta a él: «Un día crecí y encontré el hilo para ensartar con el sentido ꟷconfiesaꟷ. Para zurcir palabras como tiendas de campaña para esta guerra de voces». En esa inmersión hacia el fuero interior, el yo logra arribar al lugar de lo inaprehensible:

El viento sumergido en el abandono de los puertos,  la reseca madera de los navíos y el encallamiento como un rasguño en tu alma anclada ¿Qué despierta tu risa empolvada, tu luz cuando anochece y todo parte? ¿Quién susurró que estábamos muertos y le creímos?

Aquello que despierta la risa y la luz cuando el alma está anclada qué es. La muerte ha sido puesta en duda porque lo inaprensible ha sido tocado en estas líneas por la escritora. La pulsación de vida es lo buscado y lo encontrado. Esta, sin embargo, exige al yo un sacrificio. No hay renovación sin muerte, no hay nacimiento sin ceniza. He aquí donde interviene la imagen del bonzo, del cuerpo devorado por el fuego, porque toda vitalidad ꟷnos dice la autoraꟷ procede del sacrificio:  

No sabemos qué ocurrirá con mis cenizas ni si alguien recordará este incendio. No existe historia para esta vida: hace tiempo que vivo fuera del mapa y trazo mi propia cartografía terminal. Tal vez estas ganas de dejar constancia es solo vana pretensión de un recuerdo ido.

La vacilación del yo, el deseo de dejar constancia de su imagen, delata la índole del sacrificio: la renuncia a toda vanidad. Este yo sabe que es inútil el anhelo de perpetuar un estadio de su recorrido y opta por hacer de la existencia una infatigable transformación: 

Incendiaria te he visto recorrer los pasajes del nuevo lenguaje y hacer de la vida un bonzo inextinguible. Incendiaria te he visto tea en el viaje mental hacia la raíz vital. No vayas te dice la voz, pero hay que ir, hay que correr en llamas y enraizarse en la nueva vida.

 Sueños de un bonzo posee el valor de lo confesional. Confesión no en el sentido común dado en nuestros días como revelación de lo íntimo, sino en su acepción religiosa: declarar con fe. Y es precisamente eso lo que se percibe en el libro: la fe de su autora en la palabra y en la escritura como medios catárticos y regenerativos. Hay que precisar que la apuesta de Virginia Benavides para explorar el yo es distinta de la autoficción: su lenguaje de corte onírico y poético, y la ausencia de un argumento, la salvan de esta última modalidad.

Foto: Poesía desde el fondo

La puesta de Virginia Benavides tiene interesantes méritos, pero también limitaciones. No siempre logra el equilibrio entre lo confesional y lo poético; esto sin duda es una tarea bastante ardua. En la disposición confesional, la escritora enfrenta al peligro de que ese yo no haya tomado suficiente distancia de sí y del mundo. Sus mejores aciertos me parece están en el corte de ciertas imágenes oníricas las cuales gozan de un consistente efecto de verosimilitud.     

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Los libros objeto son un interesante estímulo creativo. Si bien aún es un género atípico y bastante marginal, cuenta con importantes antecedentes como 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat y el Noé delirante de Arturo Corcuera. Aunque este último no se preste a esta definición, está muy cerca de su concepción. En la literatura hispanoamericana también aportan al género Último round y La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar. Si en algo coinciden todos estos libros es en su vocación por lo lúdico.

Sueños de un bonzo es una invitación a explorar el camino del libro objeto. La reedición actual hecha por Estarcido reivindica este atípico género e invita a los y las artistas a explorar en él. Por su abierta creatividad y su oposición al formato es la actitud más contestataria y certera contra el Mercado. Sueños de un bonzo llega a nosotros como un simpático juguete, casi sin la pretensión de lo literario. Es, creo, una nueva vía para inventar nuevos lectores.    

Lima, 30 de mayo del 2022  

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Reseña: Papeles falsos (2010) de Valeria Luiselli

Mapas, ideas y lugares

Por Omar Guerrero

Papeles falsos (Sexto Piso, 2010) de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es un libro de ensayos que propone una serie de ideas a partir de la experiencia vivida en distintos lugares urbanos o ciudades, tan igual como si se tratasen de paseos, especialmente si se realizan en bicicleta. Por supuesto, la literatura y la historia también son protagonistas o impulsoras de estos pensamientos y aventuras detalladas a lo largo de diez capítulos. En cada uno se encuentra una mirada que ausculta el espacio, tanto para el presente como para el pasado.

En el primer texto, titulado “La habitación y media de Joseph Brodsky”, se realiza una incursión al cementerio San Michele de Venecia donde se encuentra la tumba del poeta en mención. En este mismo cementerio, se hallan las tumbas de otras celebridades, no en el nivel de Père Lachaise o Montparnasse. Aun así, posee nombres que sobresalen, como es el caso de Ezra Pound, Luchino Visconti, Igor Stravinsky y Sergei Diaghilev. Es precisamente la tumba de Brodsky la que cuesta encontrar, lo que obliga a muchas divagaciones y a datos añadidos correspondientes a los difuntos que ahí descansan. Esto es lo que se dice una vez ubicado el objetivo (p. 14):

Imaginé que encontraría al menos un puñado de groupies afanados en dejar un amuleto o un beso sobre la tumba de Brodsky. Pero quizás Brodsky sea menos célebre que Julio Cortázar o que Jim Morrison, y yo simplemente guardaba el mal sabor de boca que me habían dejado tiempo atrás los cementerios franceses.

Pero en el Recinto Evangélico no había nadie. Nadie, salvo una anciana, cargada con todo tipo de bolsas de mercado llenas de bártulos, parada frente a la tumba de Ezra Pound. No presté mucha atención y me encaminé directamente hacia el ruso, como si marcara mi bando: tú con Pound, pues yo con Brodsky.

JOSEPH BRODSKY (1940-1996)

Sobre la tumba de Brodsky, inscrita con fechas 1940-1996 y su nombre en cirílico, había chocolates, plumas y flores. Pero sobre todo, chocolates. No había como suele haber en casi todas las tumbas de los cementerios italianos, un retrato del difunto incrustado en la lápida. Había esperado con ansiedad ver el último rostro de Joseph Brodsky.   

En el capítulo II, titulado “Mancha de agua”, se habla de los ríos en ciudad de México.  Estos se mencionan a modo de apartados. En cada uno, se comenta la historia y función de los mapas en México, especialmente para sus habitantes. Por ejemplo, en Río Churubusco, se deduce que un mapa es como una abstracción espacial, más aún si se observa en una imagen que cobra vida y se mueve, tal como ocurren en los asientos de los aviones donde se muestra el recorrido de los viajes. Se menciona, además, a la mapoteca de ciudad de México, resaltando la sección del Porfiriato (1876-1910), que se presenta como la más ordenada y mejor clasificada como un legado de positivismo. Imposible no considerar aquí las palabras de Borges para referirse al espacio habitado (CDMX): “las ruinas de un mapa desmesurado”. En Río Chico de los Remedios, se determina que escribir sobre la ciudad de México es una empresa destinada al fracaso. Ella, la autora, como observadora, intenta caminar como una petite Baudelaire por lo que fue el centro ceremonial de Copilco. Luego sobresale la libresca calle Donceles, en el centro histórico, donde sugiere algo más que un recuerdo de la primera lectura de Aura de Carlos Fuentes o de algún vagabundeo real visceralista, en referencia a Bolaño y a Los detectives salvajes. En Río de la Piedad (Viaducto) cobra mayor relevancia la presencia necesaria de los mapas, y más aún de los ríos. Para eso se toman en cuenta las palabras de Fabio Morábito que, en su ensayo sobre el río Spree de Berlín, escribe: “Un río tiende a contener la ciudad que atraviesa y a frenar sus ambiciones, recordándole su rostro; sin río, o sea sin rostro, una ciudad está abandonada a sí misma y puede convertirse, como la ciudad de México, en una mancha” (p. 29). Aquí, la autora deduce que quizás Morábito tenga razón con lo expuesto, pues todo se reduce a un problema hidráulico. En Río Santo Desierto-Mixcoac (Loma nueva), es imposible no considerar el pasado líquido de esta ciudad cuyo origen es una laguna. Por último, en Río Tacubaya, se aborda al sentimiento y al acto de llorar justo al momento de aterrizar en ciudad de México.

En el tercer capítulo, titulado “La velocidad à velo”, se desarrolla un paseo en bicicleta dentro de la ciudad de México, no sin antes considerar la función del peatón, precisamente con los caminantes que usan este clásico método como una forma (originaria) de paseo. Así lo considera la autora (p. 33):

PASO PEATONAL

Los apologistas del paseo han enaltecido el acto de caminar al punto de convertirlo en una actividad con tintes literarios. Desde los peripatéticos hasta los flâneurs modernos, se ha concebido la caminata como poética del pensamiento, preámbulo a la escritura, espacio de consulta con las musas. Es verdad que en otros tiempos el mayor riesgo que uno corría al salir a caminar era, acaso, como relataba Rousseau en una de sus Meditaciones, ser arrollado por un perro. Pero lo cierto es que ahora, en lo poco caminable y apenas literaria ciudad de México, el peatón no puede salir a la calle con el mismo buen ánimo que declaraba Robert Walser al inicio de su paseo.

En el capítulo IV, titulado “Dos calles y una banqueta”, se explica el interés por aprender portugués. Para ello se recurre a la lectura de la poesía brasilera. Allí se topa con la definición y uso de la palabra «saudade». Se explica que este término no tiene comparación con su traducción a otros idiomas. Su origen puede deberse a distintas variables geográficas e históricas, o con la melancolía y la depresión, relacionada también con enfermedades como la tiricia y el estrabismo. Mención especial a Fernando Pessoa, a su cotidianeidad y a la posibilidad de conocer a otro heterónimo con saudade. Otro acercamiento son las calles con nombre de nostalgia y la rua Saudade en Lisboa. Aquí ocurre todo un viaje a partir de los libros comprados en una librería. Por supuesto, el regreso se hará en bicicleta.

En el capítulo V, titulado “Cemento”, uno de los más breves, con el subtítulo de “Mérida (en la banqueta)”, se cuenta el asesinato de una persona en la vía pública. Allí queda el registro de su silueta dibujada en el pavimento. Con lo dicho, no se puede eludir a la violencia en un país como México.

En el capítulo VI, titulado “Paraíso en obras”, se aborda la intención de aprender idiomas (tal como ocurrió con el portugués). Aquí se toma en cuenta la lectura de À la recherche du temps perdu. Esto se considera como una obstinación. Mención aparte es la historia del poeta rumano Gherasim Luca, que saltó al río Sena el 9 de febrero de 1994 desde el Pont Marie, no sin antes dejar del lado el idioma rumano para situarse en el francés por todos los años que vivió en París, muy a pesar de no sentir al idioma y a la ciudad como propios. A propósito de esto, vale la siguiente cita que toma la autora (p. 65):

Wittgenstein imaginaba el lenguaje como una gran ciudad en perpetua construcción. Como las ciudades, el lenguaje tenía barrios modernos, espacios en remodelación, zonas viejas. Había puentes, pasajes subterráneos, rascacielos, avenidas, calles estrechas y silenciosas. La metáfora de Wittgenstein es tentadora; pero desde aquí las cosas parecen muy distintas; aquí, el lenguaje y la ciudad son el eco perpetuo de un temblor.

En el capítulo VII, titulado “Relingos”, se toman los espacios urbanos vacíos. Muchos de estos espacios pueden destinarse para ciertas cosas o también para relacionarse con autores, con libros o con la escritura misma. Ante ello, surge la siguiente pregunta: ¿qué puede significar escribir? La autora intenta esclarecerlo así (pp. 73-74):

Restaurar: maquillar espacios que deja en cualquier superficie el taladro del tiempo. Escribir es un proceso de restauración a la inversa. Un restaurador rellena huecos en una superficie donde ya existe una imagen más o menos acabada; el escritor, en cambio, trabaja a partir de las fisuras y los huecos. En esto se parecen el arquitecto y el escribir. Escribir: rellenar relingos.

No, escribir no es rellenar huecos (construir una casa, un edificio, en un espacio vacío, tampoco lo es necesariamente). Quizás sea más acertada la imagen de los bonsáis de Alejandro Zambra: «Escritor es el que borra… Cortar, podar: encontrar una forma que ya estaba ahí».

[…]

Escritor es el que distribuye silencios y vacíos.

Escribir: hacerle hueco a la lectura.

Escribir: hacer relingos.

En el capítulo VIII, titulado “Mudanzas: volver a los libros”, se visitan espacios vacíos que se alquilan para luego imaginar colmar estos mismos vacíos. Quizás, aquí se puede encontrar un guiño con lo que desarrollaría después la autora con su primera novela Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011). Aquí también se toman en cuenta ciertas apreciaciones sobre el libro (p. 80):

Un libro sobre la cama es un compañero discreto, un amante de paso; otro, en la mesa de noche, un interlocutor; el que está sobre el sillón, una almohada para la siesta; el que lleva una semana en el asiento del copiloto, un fiel compañero de viaje.

En el capítulo IX, titulado “Otros cuartos”, se cuestiona la verdadera función de las ventanas y sus consecuencias con la privacidad. Ver hacia dentro o hacia afuera, además de dormir en otras habitaciones (como sucede con sus personajes en Los ingrávidos). Se suman las funciones de un recepcionista de un edificio o portero. Aquí una deducción (p. 88):

Un elemento desestabiliza este sistema en perfecta armonía: los viejos porteros del turno de la noche. Estos seres ejercen sobre mí una curiosidad compulsiva y unas ganas de contacto humano que no logro contener. Dice W.G Sebald que el emigrado es aquel que busca a los suyos, por donde quiera que vaya. Los porteros —sobre todo los nocturnos, los más raros, los impresentables bajo la luz del sol— suelen ser emigrados de algún tipo.

Por último, en el capítulo X, titulado “Papeles falsos”, se aborda el tema de la enfermedad. Aunque aquí se visita primero el cementerio de San Fernando en CDMX donde reposan los restos de los héroes nacionales mexicanos donde la autora deja una nota a los muertos. Con este acto, ella acepta la identidad mexicana a pesar de los ancestros extranjeros: un abuelo italiano lombardo. Luego se vuelve a mencionar el viaje a Venecia por un interés en Joseph Brodksy. Se completa lo dicho en el primer capítulo al contar que la habitación de su hotel en Venecia más parece una cárcel. Luego suceden sus caminatas y extravíos en la isla a la par que una posible hipocondría. Igual ella se siente enferma. Se hace ver y le encuentran una enfermedad en la vejiga que ella misma califica de innoble: cistitis bacteriana. Surge la remota posibilidad de morir en Venecia y ser enterrada en el cementerio de San Michel, tal vez muy cerca de la tumba del poeta que tanto estuvo buscando.

Foto: Twitter de Valeria Luiselli

A partir de este recuento, cada capítulo confirma la percepción de una autora que mantiene un legado cultural-histórico junto a una serie de lecturas literarias y filosóficas que la avalan, lo que, a su vez, le otorgan un discurso atractivo para cualquier tipo de lector sin caer necesariamente en academicismo ni mucho menos en tecnicismos. Realmente vale la pena su lectura.

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Datos del libro reseñado:

Valeria Luiselli

Papeles falsos

Editorial Sexto Piso, 2010

Puntuación: 4.5/5

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Reseña: Cierre de edición (2022) de Juan Carlos Méndez

Periodismo y bohemia

Por Omar Guerrero

Cierre de edición (Literatura Random House, 2022) de Juan Carlos Méndez (Lima, 1976) es una novela que recrea el mundo del periodismo escrito, precisamente en una revista-semanario que sale cada jueves y que es considerada como una de las más importantes del Perú. Ocurre durante los diez días previos al retiro de su personaje principal, el señor poeta, antes de viajar a Alemania por decisión propia. Cada uno de estos días es un capítulo del libro, compuesto, a su vez, de otros subcapítulos. Empieza un martes y termina el jueves de la semana siguiente, siempre teniendo como referencia a la noticia, además de las peripecias para cumplir este sacrificado oficio, dos elementos preponderantes para lograr cada cierre de edición. Así se describe textualmente (p. 32):

—Estamos en cierre, carajo. En el cierre nadie come, nadie cacha, nadie chupa, nadie respira. Solo se cierra. De cuando acá tantos engreimientos.

Junto al señor poeta se encuentran otros periodistas y fotógrafos, hombres y mujeres, trabajadores de la misma revista que presentan una serie de características y manías que los hace bastante peculiares, sin necesidad de caer en lo caricaturesco. Es una fauna periodística, sin duda. Desde el portero de la revista hasta la responsable del archivo en el último piso, incluyendo al dueño y gerente de la revista. Todos presentan una serie de particularidades que se asientan, sobre todo, con el uso de sus apelativos. Es por eso que no resulta necesario conocer el verdadero nombre del señor poeta. Se suman los lugares que frecuentan, especialmente los bares, correspondientes a una tradicional bohemia periodística. El preferido de todos ellos, por cercanía a la revista, ubicado en el mismo centro de Lima, es uno al que todos llaman Kosovo, donde se celebra y también se ahoga la frustración y la tristeza.

Otro punto favorable de la novela es el manejo del lenguaje cotidiano. Este se intercala con diálogos trepidantes que, de pronto, cambian de tiempo y espacio con gran efectividad. No solo se retrata la forma de hablar tan común de los periodistas, que muchas veces colindan con la exaltación, la histeria y lo burdo, sino también se incluyen datos o “pepas” que sirven para llegar a nuevas noticias. Se trata de información de primera mano que se incluye en la historia de la novela para despertar mayor interés en el lector, sobre todo si corresponden a hechos históricos y/o policiales. Aquí un ejemplo (pp. 44-45):

—Una pregunta —interrumpió Félix—. ¿Cómo llegaron los nazis al Perú?

—Ya te quieres tumbar la nota —dijo Fernando y todos se rieron.

—Manrique me ha dicho —respondió el señor poeta —que luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzó la Guerra Fría, los estadounidenses necesitaban información sobre los rusos y quienes la tenían mejor procesada era los alemanes. Así que los usaron como informantes y, cuando comenzaron los juicios contra los nazis en Europa, crearon la ruta de las ratas a través del Vaticano. Los trajeron a Argentina, Chile, Bolivia y Perú para tenerlos a salvo pero controlados.

[…]

—Señores, esto no es una clase de historia. Estamos en cierre —dijo Fernando—. Última pregunta y nos vamos.

—La red nazi en Sudamérica tuvo varios negocios. Todos ilegales —explicó el señor poeta—. Uno de ellos era extorsionar empresarios. Y el que tenía más plata en ese momento era Banchero Rossi, quien incluso patrocinaba un equipo de fútbol, el Defensor Lima.

Por su temática, personajes y ambientes, Cierre de edición pasa a formar parte de la lista de otros títulos que ya han tomado el periodismo como su principal fuente y desarrollo, como es el caso de Conversación en La Catedral, Sostiene Pereira, Los últimos días de la prensa, Tinta roja y Cinco esquinas. Para el caso de Cierre de edición, el punto más relevante de su argumento periodístico es cuando al señor poeta se le asigna el caso de un joven hincha asesinado en el estadio del equipo contrario durante un partido de fútbol denominado “clásico”. La noticia remece a la opinión pública, sobre todo por el comportamiento y el salvajismo con los que se cometió el crimen aventando a este joven hincha desde lo alto de un palco de dicho estadio. En este caso, el periodismo aborda el homicidio y hasta el policial para investigar sobre los posibles culpables de este asesinato, pues no solo se trata de cubrir la nota roja sino de dar con el perfil y el paradero de los sospechosos, que curiosamente pertenecen a dos estratos sociales distintos y que solo se emparentan por la vehemencia con la que, supuestamente, representan y defienden los colores de su equipo. Para ello, el señor poeta recurre a una serie de contactos y, más aún, a su destreza como periodista y como “hombre de calle”, al punto que llega a parecerse a esos personajes policiales que saben cómo resolver los casos a los que se les encomienda. Esto se confirma cuando llega a entrevistar a ciertos testigos o en el momento cuando logra ingresar al velorio de la víctima que era resguardado por miembros de seguridad que no permitían el ingreso de ningún periodista. Pero el señor poeta sí logra ingresar. Hasta llega a obtener información privilegiada con el que no solo se le otorgará la nota central de la edición en su última semana de trabajo, sino también se le considerará como portada de la revista. Doble triunfo para el señor poeta si no fuera porque su misión periodística de pronto se ve a amenazada por los intereses de sus superiores al relacionarse este caso con gente muy importante.      

Y mientras el señor poeta intenta cumplir con su último trabajo, más personajes se cruzan en su vida personal y profesional. Uno de estos es una colega a la que se le conoce con el apelativo de “La teutona”, cuya relación sentimental se presenta como una opción para terminar de migrar al primer mundo. La peculiaridad de este personaje, según palabras del protagonista, es que se comporta de manera diferente (p. 76):

 —¿Y la Teutona? —preguntó Fernando.

—En diciembre debe terminar de escribir su tesis. En enero viaja a la selva y después cruza a Brasil, sigue por Bolivia y Argentina y a fin de mes regresa por Chile.

—¿Sola?

—Parte de Lima sola pero en el camino se encontrará con otros teutones. Algunos tramos los harán caminando y otros en bicicleta.

—Chucha, es guerrera

—Es muy diferente a las limeñas. Nunca se engríe, siempre sabe lo que quiere, se organiza sola y no acepta que le cedan el asiento ni que le carguen las bolsas del supermercado.   

 Un personaje real que aparece es el mítico librero Veguita con quien el señor poeta tiene una breve, pero ilustradora conversación. Sucede en las inmediaciones de la revista entre las notas de redacción (p. 81):

 —Tú no eres un vago, Veguita. Eres un sobaco ilustrado.

—Hablando de eso, acabo de encontrar en Tacora un libro que te puede interesar.

—Pero todavía no depositan, Veguita.

—Me pagas la próxima semana. Mira, saborea este libro: El arte de no hacer nada. Es una de las cimas del humor en español. Lo debo haber leído cinco o seis veces. Siempre me ha divertido mucho y además es muy sabio.

—¿Cuánto, maese?

—Una minucia. Te lo puedes llevar junto a este otro que también te va a interesar: Middlemarch. La mejor novela en lengua inglesa de todos los tiempos la escribió una hembra, Mary Ann Evans. No olvides ese nombre, porque tuvo que publicar bajo el cojudo alias de George Eliot para ser tomada en serio, no me jodas.

—¿La mejor novela en lengua inglesa, maese?

—Coinciden conmigo Henry James, Virginia Woolf, Martin Amis y Julian Barnes. Pero lo sorprendente es que todavía nadie ha usado la vida de George Eliot para escribir sobre los grandes beneficios de ser fea e inmortal.

Más personajes emblemáticos se hacen presentes en sus páginas como es el caso del reconocido y desaparecido poeta peruano Enrique Verástegui, quien también llega a tener comunicación con el señor poeta bajo un interés poético, cultural y literario (p. 109):

—Con la sección cultural, por favor.

—No hay nadie de culturales en este momento. Todos están meditando.

—Ah, disculpe.

—¿Con quién hablo?

—Con Enrique Verástegui. Escritor total.

—Ah, señor Verástegui, cómo está. Lo he entrevistado un par de veces para la revista.

—Ah, caramba, claro, contigo quería hablar. He intentado ubicarte desde hace varios días.

—Ya sabe que la redacción es una locura.

—Sí, mira, te llamaba porque quizás te interese saber que estamos preparando una edición extraordinaria de Los extramuros del mundo.

—Vaya, entonces necesitamos hacerle una entrevista.

—Sí, por eso te llamaba. No sé por qué razón mi editor ha acordado una exclusiva con esa revista para adolescente de los sábados.   

A lo largo de la novela se puede percibir la ironía y el humor del autor, sore todo al otorgarle la palabra a sus personajes. No importa si es para hablar de temas intrascendentales, culturales o periodísticos. Esto hace que se considere al señor poeta no solo como “un hombre de calle” sino también como un lector y un conocedor que puede sorprender no solo por lo que dice sino también por cómo lo dice. Aquí otro ejemplo donde se toma como referencia a Alemania (p. 177):

—Así, de casualidad, fue como descubrí a la Berliner Schule. ¿La manyas?

—No.

—Los franceses la llaman la Nouvelle Vague alemana. Son unos causas formados en la escuela de cine de Berlín que la están rompiendo. En el festival se estrenaba la última de Christian Petzold, uno que nació en Alemania del este y que, claro, tiene otra mirada.

—Me has hecho acordar de esos personajes alemanes rubios pero oscuros, que pueblan las novelas de Bolaño.

—No lo he leído.

—Busca La literatura nazi en América. Es una antología fake de poetas fachos. Entre ellos hay un peruano, ¿cómo se llama?, ¿cómo se llama? Ah, sí, mira qué casualidad, se apellida igual que tú, Cepeda.

Foto: Javier Zapata

Otras referencias reales son el verdadero nombre de la revista donde está a punto de irse el señor poeta, cuya ubicación detallada en la novela corresponde específicamente a la revista Caretas, desde cuyas oficinas o ventanales se puede ver la Plaza Mayor, La Municipalidad, El Palacio de Gobierno y La Catedral de Lima. También hay una referencia a la bohemia desmedida en esta parte de la ciudad con la mención al poeta Martín Adán que aún ebrio era respetado por el lumpen limeño. Por otro lado, existe un guiño adicional a Conversación en La Catedral y al oficio de la prensa con la mención del periodista Carlos Ney Barrionuevo, quien compartió experiencias con un joven Mario Vargas Llosa en La Crónica y cuyo nombre aparece en El pez en el agua. El señor poeta llega a tener en sus manos el legendario poemario de Barrionuevo gracias al librero Veguita, quien se presenta una vez más para dar a conocer su erudición, y cuya conversación con el protagonista parece una premonición para la decisión final que él tomará en su vida profesional (p. 223):

—¿Qué le pasa? —dijo Veguita.

—Nada. La situación es complicada —dijo el señor poeta, revisando el único libro de poemas que publicó Carlos Ney Barrionuevo—. Pensé que este libro no existía.

—Lo fui a buscar a Ney con los datos que me diste. No tenía un puto cobre para pagarme la deuda. Está peor que yo. Me ofreció el último ejemplar del poemario que publicó. Tiene un prólogo de Varguitas.

—Ya veo, ya veo.

—¿Sabes lo que me dijo cuando me iba?

—No.

—Debí dejar el periodismo antes de que me dejara a mí.

De esta manera se concluye que Cierre de edición es una novela que entretiene, instruye y que, a la vez, pone en tela de juicio el tema de la ética, en especial la ética periodística, tan venida a menos últimamente. Por eso mismo, se recomienda su lectura. Ojalá no pase más tiempo para tener otra entrega de su autor.

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Datos del libro reseñado:

Juan Carlos Méndez

Cierre de edición

Literatura Random House, 2022

Puntuación: 4/5

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Junto al Sena

Haruki Murakami: Primera persona del singular

Por Carlos Germán Amézaga

La primera vez que leí a Haruki Murakami, hace ya algunos años, me dio la impresión de que ya lo había leído antes; pero no, nunca lo había hecho. Lo que pasaba era que sus historias, en las que hombres comunes y corrientes se ven envueltos en situaciones -precisamente- poco comunes, me hacían dudar si es que realmente no serían otros autores que ya habían tratado temas similares, pues hay algo de realismo mágico en sus cuentos y novelas que nos llevan a tener esa impresión.

Foto:  K. Kurigami

Creo que fue leyendo Tokio Blues (Norwegian Wood) cuando tuve esa primera sensación, arrebatado por las aventuras de Toru Watanabe, estudiante de primer año de la Universidad de Tokyo. Pero había algo especial, esa novela y las que siguieron después, todas, suelen estar marcadas por una cadencia especial, aquella que les ofrece la música en todos sus estándares, pero especialmente la música clásica y el jazz, omnipresente en todas sus obras.

Después, me parece que leí Kafka en la orilla, donde el protagonista, un joven de 15 años, encuentra a un viejo que es capaz de hablar con los gatos. Siguió Al sur de la frontera, al este del sol, cuyo personaje principal es justamente el dueño de un club de jazz y por esa razón el autor empezó a gustarme cada vez más. Llegué luego a la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y allí sí me quedé totalmente pasmado por la maestría y la audacia de Murakami para mezclar la realidad con los sueños y la ficción, en medio de la vida de un hombre, Tooru Okada, que resuelve sus problemas buscando al gato perdido de su esposa.

Las novelas continuaron, como lector obseso que soy con algunos autores, con El elefante desaparece, La caza del carnero salvaje, y alguna más, hasta llegar a 1Q84. Aquí me detuve. La empecé a leer pero no pude terminarla, mil páginas se hacen difíciles de asumir, la dejé como en la página 100. Se me fue pasando el tiempo, aparecieron otros autores para recorrer y no volví a recomenzarla. Y así, poco a poco, Murakami fue pasando un poco al olvido circunstancial. Hasta ahora.

Hace unas semanas visitando una librería, encontré el libro Primera persona del singular y decidí darle una nueva oportunidad a Haruki Murakami. Huelga decir que no me he arrepentido. Es que las historias -esta vez es un libro de cuentos- narradas por el autor nos vuelven a encerrar en su propio mundo de realidad y fantasía, mezcladas de tal forma en que lo imposible aparece como posible, en las que el pasado -de alguna manera- se convierte en presente, en las que la música acompaña a la acción pero es también la misma acción.

Por ejemplo, en la historia que da título al libro, un hombre muy bien vestido se sienta en la barra de un bar para tomar un Vodka gimlet, está solo y tiene en la mano un libro para leer. De pronto, una mujer se sienta a su lado y empiezan a intercambiar algunas frases. Al final ella le hace saber que es la amiga de una amiga de él, a quien aparentemente él le habría hecho algo horrible hacía tres años, cerca de algún río o del mar. El hombre no lo soporta y se va del bar, pero le quedará dando vueltas aquello que le ha dicho la mujer, algo de su pasado que prefiere no recordar pero que ha vuelto a él en una forma que no esperaba y que lo seguirá atormentando.

En “Confesión del mono de Shinagawa”, un hombre se aloja en un pequeño hotel de una estación termal y mientras está tomando un baño, se le acerca un mono y comienza a hablar con él. Si bien el hombre se sorprende, sigue conversando con el mono e incluso lo invita a tomar unas cervezas en su cuarto, donde el mono le cuenta parte de su vida. Una vez más, aquello que parece imposible aparece como perfectamente factible en la historia que nos cuenta Murakami.

Por supuesto la música, siempre la música, es un leit motiv en varios de sus cuentos. En “Carnaval”, los protagonistas, un hombre y una mujer “poco atractiva”, amantes de la música clásica, descubren que ambos son fanáticos de la sonata “Carnaval” de Schumann y, a partir de allí, iniciarán una larga amistad que los llevará a asistir a todos los conciertos en los que se ejecute dicha pieza magistral. En “With The Beatles”, un hombre (de quien podemos pensar es el mismo Murakami) hace un recuerdo de su adolescencia, de cuando se fijó en una muchacha que llevaba cargado junto a su pecho ese conocido disco de los Beatles; el autor aprovecha para contar el fenómeno de la beatlemanía en Japón y cuenta también su historia con otras mujeres que conoció, en especial a una que murió poco después que él la dejara; aunque nunca pudo volver a encontrar a la muchacha que llevaba el disco.

Y, bueno, el Jazz. En “Charlie Parker plays bossa-nova”, Murakami nos cuenta que siendo muy joven escribió un artículo describiendo la aparición de un nuevo disco de Charlie Parker, en el cual, acompañado de otros famosos músicos de jazz, tocaba canciones de Antonio Carlos Jobim, en ritmo de bossa-nova. El artículo fue mal recibido por la crítica pues era algo que resultaba imposible por la época (1955) en la que murió Parker. No obstante, años después, el personaje descubre, o cree descubrir, que ese disco estaba en venta en una discotienda de New York; si bien no lo compra por su alto precio, al volver decidido a la tienda al día siguiente, otro vendedor le dice que el disco no está en venta porque nunca ha existido. La historia termina con un sueño en el que Charlie Parker se le aparece y le da las gracias por haberlo hecho grabar un nuevo disco y le toca Corcovado solo para él.

Hay varios otros cuentos más, pero podemos decir que en ellos encontraremos todas aquellos lugares y situaciones a las que Murakami nos tiene bien acostumbrados y que, por lo menos a mí, me han hecho conocerlo y quererlo como a pocos otros escritores. Es por esa razón que recomiendo vivamente Primera persona del singular, no solo a los hinchas, sino también a los que quieran empezar a disfrutarlo como se merece.

París, abril de 2022

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Reseña: El nervio óptico (2014 y 2017) de María Gainza

El arte y la vida íntima

Por Omar Guerrero

El nervio óptico (Mansalva, 2014 [Argentina]; Anagrama, 2017 [España]) de la escritora argentina María Gainza (Buenos Aires, 1975) es un libro singular que no se puede clasificar precisamente como novela, pero tampoco como un libro de cuentos, a pesar de estar compuesto por once textos o capítulos que abordan la vida de distintos artistas y sus obras, en especial con determinados cuadros o pinturas que, en su mayoría, guardan relación con las vivencias de la narradora y su círculo íntimo. Aquí se intercalan los textos de manera independiente para exigir al lector una atención doble. El resultado: un conglomerado de mini biografías de artistas, anécdotas y recuerdos familiares, diario personal, guía de obras de arte y museos, además del ensayo y crítica de arte.

En el primer texto titulado “El ciervo de Dreux”, se describe el cuadro “El ciervo” del pintor francés Alfred de Dreux. En esta imagen, aparece un ciervo que es atacado por unos perros de caza. A la par, la narradora cuenta cómo es que llega empapada a una galería de arte por culpa de la lluvia que ha inundado las calles de Belgrano en Buenos Aires. Se trata de una exposición que ella debe dirigir. Su imagen es caótica y puede repercutir en su vida profesional. Este mismo cuadro lo ve cinco años después, lo que da paso a contar la historia del pintor, quien muere de un mal hepático. Esta historia se enlaza con la muerte trágica e inusual de una amiga que viaja a Francia invitada por su hermana. El espacio de su muerte es en medio de la naturaleza, tal como le sucede al ciervo del cuadro. 

En “Gracias, Charly”, la narradora se encuentra casada y embarazada. Viaja con su marido al interior donde siempre prevalece el paisaje rural. Se hace mención del cuadro “Batalla de Yataytí Corá” que se caracteriza por ser una imagen oscura que retrata el campo paraguayo arrasado por un fuego nocturno. Este cuadro pertenece al pintor argentino Cándido López, conocido también como el manco de Curupaytí, pues participó en la guerra contra Paraguay como parte de las tropas de la triple alianza: Argentina, Uruguay y Brasil. Cabe resaltar que los cuadros de este pintor terminaron en el depósito del Museo Histórico Nacional de Argentina. Aquí también se conoce la historia de un viaje hecho por su esposo, su primera mujer, Cecilia, y su cuñado Charly, quienes de muy jóvenes se fueron a vivir a Paso Curuzú, en un campo llamado La Serena. Allí tocaban guitarra y fumaban marihuana. Su vida era como la de unos hippies. También está Franio, un paraguayo que habla guaraní y que es dueño de la casa de Paso Curuzú, padre de Cecilia y de Charly, exsuegro de su esposo. Charly se queda a vivir en La Serena. En este viaje, la pareja lo visita. Con él conversan, beben y escuchan música de Serú Girán. Tiempo después, Charly es internado por una serie de problemas personales, pero vuelve a La Serena. Él siempre llama a su amigo de juventud (al esposo de la narradora). Quien atiende ahora sus llamadas es la narradora. Charly le da consejos sobre la vida a partir de las dudas que tiene ella con la maternidad.

En “El encanto de las ruinas”, se toma en cuenta una patología que corresponde a la tristeza de una niña rica. Esto corresponde a una historia personal contada en segunda persona sin dejar de tomar en cuenta la vida del mismo personaje femenino. Se incluye a la madre, quien se muestra y a la vez da a entender mucho más de lo que ocurre en su familia al aparecer en medio de la calle con ropa interior justo después de un incendio en su casa. Al mismo tiempo, se menciona un cuadro de Hubert Robert en el Museo Decorativo, al igual que su maestro René Slodtz, quien le contagió el gusto por las folies: el uso de las columnas, pagodas y obeliscos para la decoración de jardines. Se hace hincapié de que Hubert Robert tuvo una vida llena de sufrimientos.   

En “El buen retiro”, la atención gira en torno al autorretrato del pintor Tsuguharu Fujita y a su vida, quien originalmente era Foujita, pero que al llegar a París quita la “o” de su apellido y todo cambió. A su vez, la narradora cuenta sus experiencias con su amiga Alexia, quien le hizo ver por primera vez La Naranja mecánica, leer los 9 cuentos de Salinger y escuchar en casete la música de Sumo. Este aprendizaje va a la par con la obra del artista japonés. Mención especial al cuadro “Última batalla en Attu” de 1943 y a una afección ocular que sufre la narradora llamada clínicamente como diplopía.

En “Refucilos sobre el agua”, se da un viaje a Mar del Plata. En el camino se escucha The Doors y se fuman porros finos como agujas, además de leer mucho, por lo que surgen citas de escritoras sobre el mar. Se suma el cuadro “Mar borrascoso” que se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Mención al “Mer Orange” de Courbet, un cuadro poseedor de luminosidad y fosforescencia, propio de lo que se denomina fiebre pictórica en cuanto a realismo. Después surge la historia de una prima que huyó de Buenos Aires para refugiarse en este balneario. Ella ha formado un collage en su cuarto donde predomina la imagen del mar. La protagonista visita a esta prima y la casa de la familia. Aquí ocurre una doble pérdida.  

“En las gateras” es, sin duda, uno de los mejores textos. Aquí el artista en referencia es Tolouse Lautrec, aristócrata pequeño y deforme que prefiere establecer su vida en París, precisamente en Montmarte, donde desarrolla su arte sin dejar de visitar los burdeles. Aquí una muestra (p. 77):

El joven Henri se siente morir en su asfixiante ambiente aristocrático. El único con quien se entiende es René Princetau, un pintor sordomudo que le enseña los rudimentos técnicos y lo insta a irse a París. Como a todo escapado de su clase, Montmartre lo recibe como a un hijo. Para el príncipe del bosque de Albi, las mujeres sustituyen a los caballos, en gracia, en brío. Es tan pequeño que las prostitutas se marean al mirarlo, pero, cuando las toca, el hombrecito encuentra lugares secretos en sus cuerpos, lugares tan suaves como los labios. Tolouse se mira al espejo, ve su nariz protuberante sobre la que cabalga un binóculo de hierro, sus labios hinchados, sus piernas zambas. Su desarrollo sexual es alarmante: en el burdel lo llaman «tres patas» o «cafetera». Usa un bastón para caminar que también le sirve para merodear entre las piernas de las chicas, le gusta que las polleras se alboroten.   

A su vez, surgen recuerdos diversos: una amiga llamada Amalia, a quien husmea su biblioteca, una bola de bronce, una traductora japonesa de nombre Miuki que camina de manera renga, los años 80s, un viaje a NY de niña, las visitas con su madre al Metropolitan Museum y las pinturas de Monet.  

“Una vida entre pinturas” es otro de los textos que también sobresalen. Aquí es el turno de Rothko. Para la narradora el acto de pararse frente a una tela de Rothko “es como estar frente a un amanecer” (p. 85). Ella sufre de un latido constante en el ojo. También tiene a su esposo enfermo internado en el hospital. En su habitación coloca un afiche de Rothko. Surge la imagen de una prostituta con vestido rojo. Inevitable no relacionar este color sobre el color negro, tal como ocurre en uno de los cuadros del pintor.

En “Las artes de la respiración”, cuenta sobre un tío de nombre Marión y una herencia. Mención aparte a una tumba en el cementerio de La Recoleta y a los cuadros del pintor catalán Josep María Sert que en París lo llamaban Tiépolo de Ritz por sus murales.

En “El cerro desde mi ventana”, se tiene programado un viaje a Ginebra como parte de una curadoría de una beca de arte, a pesar del miedo a volar en avión. Se establece un paralelo con la obra de Henri Rousseau.

En “Ser rapper”, el personaje femenino conversa con su amigo Fabiolo. Se menciona el cuadro “La niña sentada” de Augusto Schiavoni. Se piensa que el personaje del cuadro es igual a la narradora en la niñez. Entonces surge la posibilidad de cierta genética o de una transmigración de almas. A la par, se cuenta la historia de Naná: la médium más famosa de Florencia. Ella tenía una cicatriz en el pecho producto de un hachazo recibido. Usaba un deshabillé de plumas con el que mostraba una cicatriz queloide de quince centímetros de largo. Los pintores argentinos Schiavoni y Musto conocieron a Naná en Florencia en una sesión espiritista donde se toma el recuerdo del hermano de Musto muerto de pulmonía a los doce años. Su vida es otra historia triste dentro de la pintura argentina. El cuadro en mención se encuentra en Bellas Artes. Ella no puede evitar reconocer que “era una adolescente cínica a la que le gustaba decir que la vida no era más que una buena excusa para escribir cuentos” (p.127). La idea de los rappers, según los ingleses, es que son espíritus que asustan a los inquilinos en los departamentos viejos. A la protagonista le gustaría ser un rapper y hostigar a su amigo Fabiolo. Por otro lado, dejar de pensar tanto, para ella, sería la gloria.  

En “Los pitucones”, se aborda la vida de El Greco. Aquí sobresale, a parte de su obra, la anécdota de su nombre original: Domenikos Theotokópoulos, y que, además, se asumía como rival de Miguel Angel. En paralelo, se cuenta un viaje a San Francisco hecho por la narradora. En esta ciudad vive su hermano mayor cuya diferencia de edad es de trece años. Surge la denominación del término “pitucón”: joven elegante, delicado, o promisorio. Su otra denominación es el parche de gamuza que se cose a la altura del codo. Al hermano de la protagonista no le gusta El Greco porque siempre aparece la religión en sus pinturas. Después de esta visita, sucede otra vez la distancia y luego la muerte del hermano. Mientras se asume este luto, se recuerda una serie de hechos a modo de intertextualidad entre los textos previos, como la pérdida de unos certificados de sucesión de una casa de Mar del Plata, en relación “Refucilos sobre el agua”, una enfermedad de cáncer, “Una vida entre pinturas” y una cicatriz en el tórax, “Ser rapper”.

Foto: Rosana Schoijett

A partir de lo expuesto, no hay duda de que El nervio óptico establece un perfecto equilibrio entre lo no ficticio, relacionado siempre al arte, junto con la subjetividad femenina más la experiencia personal. Motivo para que este libro, aún inclasificable, pero tan elogiado, ya tenga varias traducciones y muchos lectores en su haber, sobre todo, por mezclar los hechos más sobresalientes en la historia del arte, especialmente con determinados artistas, y las vivencias cotidianas de una mujer que nunca deja de lado su fascinación por la vida y por el arte mismo.   

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Datos del libro reseñado:

María Gainza

El nervio óptico

Mansalva, 2014 (Argentina); Anagrama, 2017 (España)

Puntaje: 5/5

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Reseña: El año del fantasma (2022) de José de la Peña

Desilusión y soledad millennial

Por Omar Guerrero

El año del fantasma (Colmillo Blanco, 2022) del escritor peruano José de la Peña (Chimbote, 1993) es una novela que aborda las vivencias en la actualidad de un joven que vive en la ciudad de Lima. Lo curioso de estas vivencias es que se ven ensombrecidas por la desilusión. A partir de esta característica se pueden establecer paralelos con otros personajes literarios peruanos que llegaron a encontrarse en una situación similar, pero en otro tiempo. Sucede con Santiago Zavala en Conversación en La Catedral (Mario Vargas Llosa), con “Cara de Ángel” y los demás protagonistas de Los inocentes (Oswaldo Reynoso), con M de Ciudad de M (Óscar Malca) y hasta con los personajes juveniles de las primeras novelas de Jaime Bayly. La confrontación de todos ellos, jóvenes y varones, frente a la ciudad de Lima, con sus diversas mutaciones urbanas a través del tiempo, incluida su sociedad adversa y hostil, establece una dualidad llena de tensiones donde el sujeto en conflicto siempre lleva todas las de perder.  

Aquí conoceremos a Tadeo, un joven que ya dejó de ser un adolescente y que intenta ingresar al mundo adulto. Él ha decidido dejar de vivir con sus padres en el barrio de La Molina y alquilar, según su presupuesto, una habitación llena de cucarachas en San Isidro, uno de los distritos más pudientes de la capital, cuya imagen difiere considerablemente con el nuevo espacio donde ha elegido vivir. Incluso tiene que compartir el baño con otros inquilinos, por lo que siempre termina encontrando cabellos, preservativos usados y otra serie de cosas desagradables a las que se debe acostumbrar. A fin de cuentas, ese es el precio por su independencia.

Tadeo trabaja como practicante en una revista masculina de cierto prestigio. Allí debe hacer entrevistas, escribir artículos y algunas reseñas de uno que otro libro que nadie quiere reseñar. De alguna manera, él se siente a gusto, pues su labor es afín a las letras. Él estudió en una universidad particular de clase media-alta y escribe poesía. También la lee, sobre todo poesía peruana (Heraud, Verástegui, Eielson y Lucho Hernández), aunque no de manera tan continua. Parte de su tiempo libre lo dedica a buscar a sus amigos para sentirse acompañado y a la vez tener todo tipo de vivencias y experiencias. Con estos amigos se emborracha y fuma marihuana, además de consumir otro tipo de drogas mucho más actuales. Pero es la marihuana, especialmente, la que se vuelve una recurrente a lo largo de toda la novela, pues su consumo no solo obedece a la diversión y al desenfreno juvenil. Este también corresponde a un fin terapéutico no prescripto. Y es que la desilusión trae consigo la depresión y a su vez la soledad. Esta última siempre acecha a Tadeo y lo sucumbe, sobre todo cuando se encuentra dentro de su habitación llena de cucarachas. No importa haber sobrevivido a una noche llena de bailes y excesos. Tampoco sirve estar en comunicación con sus padres, en especial con su madre. Tadeo no se siente plenamente realizado en lo laboral. Es más, hasta está convencido de haber sido estafado en el plano educativo o académico, sobre todo con lo que supuestamente ha aprendido en la universidad. Por más que lo ha intentado, no logra ascender ni alcanzar la estabilidad laboral, y con ello obtener todo lo que cualquier joven desea tener: éxito. Se suma el recuerdo de una ex enamorada que lo deprime mucho más. Intenta superarlo a través de las redes sociales y los aplicativos de citas. Hasta llega a tener encuentros esporádicos con algunos chicos, pues Tadeo se define como bisexual. Lo curioso es que estos encuentros no pasan a otro nivel.

Se suma un problema de salud. Tadeo sufre de epilepsia. Ya ha tenido algunas crisis en plena calle y en el transporte público. Ha visitado un especialista, pero su magro sueldo de practicante lo obliga a recurrir al sistema nacional de salud, que no solo es defectuoso sino hasta inútil. (El episodio de Tadeo tratando de conseguir una cita por teléfono es más que evidente). Quien lo ayuda con este problema es su madre. Aun así, se siente en la obligación de devolver lo que se ha gastado en su tratamiento. Para cumplir busca otros trabajos, pero no los encuentra. De esta manera se expone el dilema de la demanda laboral en un país como el Perú, pues normalmente no se aceptan jóvenes por su falta de experiencia. Por eso se siente contrariado. También se siente solo. Su único consuelo aparece después. Se trata de una perrita de raza cruzada que ha sido abandonada en la calle y que él adopta sin dudarlo. Le pone el nombre de Aria, en homenaje a uno de los personajes de su serie favorita, con la diferencia de cambiarle la “i”. Con ella ahora se siente acompañado. Se siente como un adulto. A la vez se asume como un padre que debe conseguir dinero como sea para alimentar y atender a su mascota que es tratada como una hija. Su preocupación por ella es tan similar como si fuera una persona indefensa e inocente. (La escena donde la pierde de vista en un parque es tan similar al de un padre o una madre buscando a su hijo).   

La novela está dividida en cuatro partes y un epílogo. Todo ello en 36 capítulos cortos más la parte final. Su lenguaje es bastante cotidiano con uso recurrente de replanas y vocablos propios del habla juvenil limeño, incluido términos específicos para señalar determinadas drogas y situaciones. Aunque también hay incursión para lo poético. Es más, hasta se incluyen versos de autoría de Tadeo para intentar contextualizar lo que se vive y se siente en ese momento. Aquí un ejemplo (p.50):

LOS CIGARRILLOS SON UNA MÁQUINA DEL TIEMPO

Como un lápiz

así se ve mi cigarrillo

cuando las palabras no me llegan a la boca

y el hábito

es como juguetear con el gatillo de una pistola

sin apretarlo.

Si te absorbiera esta voluta de recuerdos  

¿en qué pensarías?

¿Nos verías tirados en el césped del Olivar?

¿Después de tanta cháchara florida

luego del refresco de membrillo y mango

del glorioso chit-chat

y meterte mano

enfrente de perros y ancianas?

¿Te daría nostalgia siquiera?

Mira cómo me has dejado.

[…]

También se añade muchas referencias a la cultura popular juvenil o de estos tiempos como series de televisión y el mundo digital, incluida la tecnología. (Por ejemplo, Tadeo escribe poesía en su celular). Por otro lado, la música o canciones que se citan van desde lo electrónico hasta llegar a grupos de rock consolidados de décadas anteriores como The Smiths o Mötley Crue. No se puede dejar de considerar las fiestas rave que de por sí establecen un tipo de comportamiento bastante peculiar en los jóvenes que acuden a estos eventos. Las luces, los movimientos, las sustancias ilícitas y el agua para rehidratarse después de haber experimentado cualquier trance quedarán siempre en lo anecdótico (p.94):

Las luces pasan como disparos por debajo de mis brazos, las cervezas corren, salpican, rebotan, vasos caen (menos mal son de plástico), la gente me roza, una chica se resbala, la agarro del brazo, la ayudo a pararse, nos besamos, se va corriendo cuando se acuerda de que ha llegado con su flaco, sigo bailando…

Los encuentros sexuales o la intimidad se consiguen también por lo que brinda la tecnología, tan común en los jóvenes de hoy en día. Así es como Tadeo busca eliminar la soledad y aplacar las ansias de una compañía que vaya a la par con lo hormonal. No importa si la excitación se logra por el lado femenino o el masculino (p.108):

[…] me bajo una app para buscar sexo. Probaré con chicas un rato y, si no me liga nada —que en mi condición, es lo más probable—, buscaré a algún tipo que quiera jugar un poco aprovechando lo que Baudelaire llamaba «la embriaguez que produce el cáñamo».

En estas nuevas formas de obtener citas llega a suceder un encuentro con un chico venezolano. Con ello se aborda el tema de la migración masiva de los ciudadanos de este país dentro del Perú como un fenómeno social junto a las razones de su necesario desplazamiento (p.110, p.113):

El rostro del chico luce mejor bajo la luz amarilla: es bronceado y de cara bonita, un poco angulosa, masculino; lo escucho responder con un acento de alguna provincia de Venezuela. No es que tenga algo en contra, la verdad, pero el dejo se me hace insoportable al saber que por las calles se escucha ahora más que el cantar ocioso del limeño, que no por ser menos memorable deja de parecerme bello.  

—…Claro que dejé mucho más allá. Dejé a mi familia, a mis amigos. Pero es que no hay otra cosa que hacer cuando se está tan apretado, marico. No hay nada que hacer más que sacar la vuelta, como dicen aquí. Al menos desde Lima uno puede ayudar, hacer algo de plata para mandarla a su tierra, a los que se quedaron por allá.

—Eso debe valer mucho para tus papás.

—Para mi mamá. A mi papá lo mataron cuando yo era más chico. Lo asesinaron durante el gobierno de Chávez, ¡dese hijue´puta malparido!

Como todo joven que escribe poesía, y que aspira a tener una vida relacionada a la literatura, Tadeo visita librerías, aunque no siempre compra libros debido a su falta de dinero. Visita una librería que queda ubicada en la calle Schell en Miraflores que se caracteriza por tener una escalera caracol (La Familia) donde termina comprando un libro de cine con el fin de impresionar a una chica que lo deslumbra. O también El Virrey, donde se vuelve a encontrar con su ex enamorada que le cuenta brevemente que ella ahora tiene una vida en el extranjero muy distinta a la de Tadeo. Es entonces que vuelve a cuestionarse lo que significa el éxito para un millennial, sobre todo si se exhibe en las redes sociales.

Finalmente, la mención a un fantasma dentro de la habitación y en la vida del protagonista puede considerarse como una de esas metáforas que Tadeo intenta construir en su poesía que aparece intercaladamente en algunos capítulos. No solo se trata de lo que ya no tiene (de lo que ha perdido), sino también de lo que está presente, que aún existe, pero que no ha sido contemplado ni considerado en su mayor magnitud. Su familia es un claro ejemplo de ello.

Foto: La república

Concluyo que estamos ante un autor bastante joven que aún tiene mucho que explorar y ofrecer. Sus temas y tópicos recurrentes, sobre todo la marihuana, debería ser medida para evitar asumirla como un vicio o muletilla. Dar un giro, sí que sería bueno. Esperemos que sí.

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Datos del libro reseñado:

José de la Peña

El año del fantasma

Colmillo Blanco, 2022

NOTA: 3/5