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Desde los extramuros

El libro objeto y el Mercado. Notas sobre Sueños de un bonzo de Virginia Benavides

Por Basilio Ventura

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No miento al afirmar que ciertas editoriales en nuestro país  suelen regodearse en el formato. Quien se anime un día a ojear buena parte de nuestra narrativa última encontrará en las portadas la misma e invariable fórmula: fotografías de padres e hijos, ya sea jugando con los ojos vendados o como sombras en la playa, o ꟷen otros casosꟷ títulos que insistirán hasta la frivolidad en nuestra aún fresca guerra interna. Esto se debe, entre otras cosas, a que la literatura se ha vuelto una industria, y sus agentes y los libros no pueden escapar de la lógica de la producción serial. Se escribe de acuerdo con lo que propone el Mercado. Y como el Mercado carece de creatividad ꟷsalvo para el marketingꟷ, el grueso de su literatura suele ser tristemente anodina.  

El Mercado, sea grande o sea chico, solo piensa en intereses y utilidades. Y nada más desinteresado y libre de utilidad que el goce que nos produce jugar. No importa si en la performances nos quemados un poco o terminamos de antorchas humanas dispuestas a arrasar con el mundo. Lo más probable es que fracasemos y tengamos que huir  como Guy  Montang en busca de los hombres libro. Estas cosas pasan por mi cabeza cuando abro la caja de fósforos que contiene un pequeñísimo libro de nombre Sueños de un Bonzo, una trabajada diagramación, una página final con huella de ceniza, un cerillo y, en el fondo de la caja, el sello de la editorial Estarcido: sin duda un trabajo artesanal dedicado y contrario al mercantilismo reinante. Su autora, Virginia Benavides, y su editora, Sandra Suazo, corren el peligro de quebrar en esta empresa, pero ellas están dispuestas a correr el riesgo y a jugársela, porque siendo un juego no persiguen nada, salvo el placer de imaginar o editar otros libros objeto que puedan reconectarnos con nuestro goce interior.

Diseño de portada: Fernando Laguna
Foto: Poesía desde el fondo

El libro diseñado por Virginia Benavides tiene el mérito de recuperar para la literatura su dimensión lúdica. Y es que los libros objeto cuando son concebidos creativamente forman parte de la puesta escénica y de la significación de la escritura, no son un ornato como muchos podrían creer o una puerilidad; animan, por el contrario, una constante provocación. Jugar, pintar, crear es luchar contra el formato en que el Mercado está encerrando a la literatura. La apuesta artesanal hace de la palabra un elemento material: el libro ya no es simplemente el recipiente de la escritura, sino que se ha encarnado en ella.  En Sueños de un bonzo, el diseño del libro alude explícitamente al título, la vocación del fuego.

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En un sentido tradicional, Sueños de un bonzo no es un libro de literatura. Difícilmente podríamos inscribirlo en alguno de los géneros canónicos. No me atrevería a definirlo porque seguramente mi delimitación sencillamente no resistiría. Podemos reconocer, sin embargo, su naturaleza, la cual se alimenta de los ya lejanos manifiestos dadaístas. Es literatura en un sentido abierto, aunque no está exento de cierta inclinación hacia lo poético. Sería, por lo tanto, un error valorarlo de la misma manera en que lo hacemos para las modalidades tradicionales.  

Sueños de un bonzo es juego y confesión. Es justamente esta línea confesional la que me parece predomina en sus páginas: «Una onda expansiva como un secreto revelado, alfabeto de alas, ha venido esta noche de noches a intervenir en mi sueño». Esa introspección que empieza en el mundo onírico evoca el hogar, el amor y las expectativas de renacimiento del yo, un yo que se mira y se replantea en su naturaleza estacional, en su necesaria renovación, en la aceptación de que el final es también un punto de partida: «Nuestra lengua ha sido caverna de peces muertos» afirma, por ejemplo, este yo al dirigirse el ser amado.     

El yo no se define en estas páginas como un ser aparte del mundo, propio de una visión romántica, sino como el espacio donde la realidad se almacena, una trinchera desde la cual ese «yo» se alimenta del mundo y se enfrenta a él: «Un día crecí y encontré el hilo para ensartar con el sentido ꟷconfiesaꟷ. Para zurcir palabras como tiendas de campaña para esta guerra de voces». En esa inmersión hacia el fuero interior, el yo logra arribar al lugar de lo inaprehensible:

El viento sumergido en el abandono de los puertos,  la reseca madera de los navíos y el encallamiento como un rasguño en tu alma anclada ¿Qué despierta tu risa empolvada, tu luz cuando anochece y todo parte? ¿Quién susurró que estábamos muertos y le creímos?

Aquello que despierta la risa y la luz cuando el alma está anclada qué es. La muerte ha sido puesta en duda porque lo inaprensible ha sido tocado en estas líneas por la escritora. La pulsación de vida es lo buscado y lo encontrado. Esta, sin embargo, exige al yo un sacrificio. No hay renovación sin muerte, no hay nacimiento sin ceniza. He aquí donde interviene la imagen del bonzo, del cuerpo devorado por el fuego, porque toda vitalidad ꟷnos dice la autoraꟷ procede del sacrificio:  

No sabemos qué ocurrirá con mis cenizas ni si alguien recordará este incendio. No existe historia para esta vida: hace tiempo que vivo fuera del mapa y trazo mi propia cartografía terminal. Tal vez estas ganas de dejar constancia es solo vana pretensión de un recuerdo ido.

La vacilación del yo, el deseo de dejar constancia de su imagen, delata la índole del sacrificio: la renuncia a toda vanidad. Este yo sabe que es inútil el anhelo de perpetuar un estadio de su recorrido y opta por hacer de la existencia una infatigable transformación: 

Incendiaria te he visto recorrer los pasajes del nuevo lenguaje y hacer de la vida un bonzo inextinguible. Incendiaria te he visto tea en el viaje mental hacia la raíz vital. No vayas te dice la voz, pero hay que ir, hay que correr en llamas y enraizarse en la nueva vida.

 Sueños de un bonzo posee el valor de lo confesional. Confesión no en el sentido común dado en nuestros días como revelación de lo íntimo, sino en su acepción religiosa: declarar con fe. Y es precisamente eso lo que se percibe en el libro: la fe de su autora en la palabra y en la escritura como medios catárticos y regenerativos. Hay que precisar que la apuesta de Virginia Benavides para explorar el yo es distinta de la autoficción: su lenguaje de corte onírico y poético, y la ausencia de un argumento, la salvan de esta última modalidad.

Foto: Poesía desde el fondo

La puesta de Virginia Benavides tiene interesantes méritos, pero también limitaciones. No siempre logra el equilibrio entre lo confesional y lo poético; esto sin duda es una tarea bastante ardua. En la disposición confesional, la escritora enfrenta al peligro de que ese yo no haya tomado suficiente distancia de sí y del mundo. Sus mejores aciertos me parece están en el corte de ciertas imágenes oníricas las cuales gozan de un consistente efecto de verosimilitud.     

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Los libros objeto son un interesante estímulo creativo. Si bien aún es un género atípico y bastante marginal, cuenta con importantes antecedentes como 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat y el Noé delirante de Arturo Corcuera. Aunque este último no se preste a esta definición, está muy cerca de su concepción. En la literatura hispanoamericana también aportan al género Último round y La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar. Si en algo coinciden todos estos libros es en su vocación por lo lúdico.

Sueños de un bonzo es una invitación a explorar el camino del libro objeto. La reedición actual hecha por Estarcido reivindica este atípico género e invita a los y las artistas a explorar en él. Por su abierta creatividad y su oposición al formato es la actitud más contestataria y certera contra el Mercado. Sueños de un bonzo llega a nosotros como un simpático juguete, casi sin la pretensión de lo literario. Es, creo, una nueva vía para inventar nuevos lectores.    

Lima, 30 de mayo del 2022  

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