Desilusión y soledad millennial
Por Omar Guerrero
El año del fantasma (Colmillo Blanco, 2022) del escritor peruano José de la Peña (Chimbote, 1993) es una novela que aborda las vivencias en la actualidad de un joven que vive en la ciudad de Lima. Lo curioso de estas vivencias es que se ven ensombrecidas por la desilusión. A partir de esta característica se pueden establecer paralelos con otros personajes literarios peruanos que llegaron a encontrarse en una situación similar, pero en otro tiempo. Sucede con Santiago Zavala en Conversación en La Catedral (Mario Vargas Llosa), con “Cara de Ángel” y los demás protagonistas de Los inocentes (Oswaldo Reynoso), con M de Ciudad de M (Óscar Malca) y hasta con los personajes juveniles de las primeras novelas de Jaime Bayly. La confrontación de todos ellos, jóvenes y varones, frente a la ciudad de Lima, con sus diversas mutaciones urbanas a través del tiempo, incluida su sociedad adversa y hostil, establece una dualidad llena de tensiones donde el sujeto en conflicto siempre lleva todas las de perder.

Aquí conoceremos a Tadeo, un joven que ya dejó de ser un adolescente y que intenta ingresar al mundo adulto. Él ha decidido dejar de vivir con sus padres en el barrio de La Molina y alquilar, según su presupuesto, una habitación llena de cucarachas en San Isidro, uno de los distritos más pudientes de la capital, cuya imagen difiere considerablemente con el nuevo espacio donde ha elegido vivir. Incluso tiene que compartir el baño con otros inquilinos, por lo que siempre termina encontrando cabellos, preservativos usados y otra serie de cosas desagradables a las que se debe acostumbrar. A fin de cuentas, ese es el precio por su independencia.
Tadeo trabaja como practicante en una revista masculina de cierto prestigio. Allí debe hacer entrevistas, escribir artículos y algunas reseñas de uno que otro libro que nadie quiere reseñar. De alguna manera, él se siente a gusto, pues su labor es afín a las letras. Él estudió en una universidad particular de clase media-alta y escribe poesía. También la lee, sobre todo poesía peruana (Heraud, Verástegui, Eielson y Lucho Hernández), aunque no de manera tan continua. Parte de su tiempo libre lo dedica a buscar a sus amigos para sentirse acompañado y a la vez tener todo tipo de vivencias y experiencias. Con estos amigos se emborracha y fuma marihuana, además de consumir otro tipo de drogas mucho más actuales. Pero es la marihuana, especialmente, la que se vuelve una recurrente a lo largo de toda la novela, pues su consumo no solo obedece a la diversión y al desenfreno juvenil. Este también corresponde a un fin terapéutico no prescripto. Y es que la desilusión trae consigo la depresión y a su vez la soledad. Esta última siempre acecha a Tadeo y lo sucumbe, sobre todo cuando se encuentra dentro de su habitación llena de cucarachas. No importa haber sobrevivido a una noche llena de bailes y excesos. Tampoco sirve estar en comunicación con sus padres, en especial con su madre. Tadeo no se siente plenamente realizado en lo laboral. Es más, hasta está convencido de haber sido estafado en el plano educativo o académico, sobre todo con lo que supuestamente ha aprendido en la universidad. Por más que lo ha intentado, no logra ascender ni alcanzar la estabilidad laboral, y con ello obtener todo lo que cualquier joven desea tener: éxito. Se suma el recuerdo de una ex enamorada que lo deprime mucho más. Intenta superarlo a través de las redes sociales y los aplicativos de citas. Hasta llega a tener encuentros esporádicos con algunos chicos, pues Tadeo se define como bisexual. Lo curioso es que estos encuentros no pasan a otro nivel.
Se suma un problema de salud. Tadeo sufre de epilepsia. Ya ha tenido algunas crisis en plena calle y en el transporte público. Ha visitado un especialista, pero su magro sueldo de practicante lo obliga a recurrir al sistema nacional de salud, que no solo es defectuoso sino hasta inútil. (El episodio de Tadeo tratando de conseguir una cita por teléfono es más que evidente). Quien lo ayuda con este problema es su madre. Aun así, se siente en la obligación de devolver lo que se ha gastado en su tratamiento. Para cumplir busca otros trabajos, pero no los encuentra. De esta manera se expone el dilema de la demanda laboral en un país como el Perú, pues normalmente no se aceptan jóvenes por su falta de experiencia. Por eso se siente contrariado. También se siente solo. Su único consuelo aparece después. Se trata de una perrita de raza cruzada que ha sido abandonada en la calle y que él adopta sin dudarlo. Le pone el nombre de Aria, en homenaje a uno de los personajes de su serie favorita, con la diferencia de cambiarle la “i”. Con ella ahora se siente acompañado. Se siente como un adulto. A la vez se asume como un padre que debe conseguir dinero como sea para alimentar y atender a su mascota que es tratada como una hija. Su preocupación por ella es tan similar como si fuera una persona indefensa e inocente. (La escena donde la pierde de vista en un parque es tan similar al de un padre o una madre buscando a su hijo).
La novela está dividida en cuatro partes y un epílogo. Todo ello en 36 capítulos cortos más la parte final. Su lenguaje es bastante cotidiano con uso recurrente de replanas y vocablos propios del habla juvenil limeño, incluido términos específicos para señalar determinadas drogas y situaciones. Aunque también hay incursión para lo poético. Es más, hasta se incluyen versos de autoría de Tadeo para intentar contextualizar lo que se vive y se siente en ese momento. Aquí un ejemplo (p.50):
LOS CIGARRILLOS SON UNA MÁQUINA DEL TIEMPO
Como un lápiz
así se ve mi cigarrillo
cuando las palabras no me llegan a la boca
y el hábito
es como juguetear con el gatillo de una pistola
sin apretarlo.
Si te absorbiera esta voluta de recuerdos
¿en qué pensarías?
¿Nos verías tirados en el césped del Olivar?
¿Después de tanta cháchara florida
luego del refresco de membrillo y mango
del glorioso chit-chat
y meterte mano
enfrente de perros y ancianas?
¿Te daría nostalgia siquiera?
Mira cómo me has dejado.
[…]
También se añade muchas referencias a la cultura popular juvenil o de estos tiempos como series de televisión y el mundo digital, incluida la tecnología. (Por ejemplo, Tadeo escribe poesía en su celular). Por otro lado, la música o canciones que se citan van desde lo electrónico hasta llegar a grupos de rock consolidados de décadas anteriores como The Smiths o Mötley Crue. No se puede dejar de considerar las fiestas rave que de por sí establecen un tipo de comportamiento bastante peculiar en los jóvenes que acuden a estos eventos. Las luces, los movimientos, las sustancias ilícitas y el agua para rehidratarse después de haber experimentado cualquier trance quedarán siempre en lo anecdótico (p.94):
Las luces pasan como disparos por debajo de mis brazos, las cervezas corren, salpican, rebotan, vasos caen (menos mal son de plástico), la gente me roza, una chica se resbala, la agarro del brazo, la ayudo a pararse, nos besamos, se va corriendo cuando se acuerda de que ha llegado con su flaco, sigo bailando…
Los encuentros sexuales o la intimidad se consiguen también por lo que brinda la tecnología, tan común en los jóvenes de hoy en día. Así es como Tadeo busca eliminar la soledad y aplacar las ansias de una compañía que vaya a la par con lo hormonal. No importa si la excitación se logra por el lado femenino o el masculino (p.108):
[…] me bajo una app para buscar sexo. Probaré con chicas un rato y, si no me liga nada —que en mi condición, es lo más probable—, buscaré a algún tipo que quiera jugar un poco aprovechando lo que Baudelaire llamaba «la embriaguez que produce el cáñamo».
En estas nuevas formas de obtener citas llega a suceder un encuentro con un chico venezolano. Con ello se aborda el tema de la migración masiva de los ciudadanos de este país dentro del Perú como un fenómeno social junto a las razones de su necesario desplazamiento (p.110, p.113):
El rostro del chico luce mejor bajo la luz amarilla: es bronceado y de cara bonita, un poco angulosa, masculino; lo escucho responder con un acento de alguna provincia de Venezuela. No es que tenga algo en contra, la verdad, pero el dejo se me hace insoportable al saber que por las calles se escucha ahora más que el cantar ocioso del limeño, que no por ser menos memorable deja de parecerme bello.
—…Claro que dejé mucho más allá. Dejé a mi familia, a mis amigos. Pero es que no hay otra cosa que hacer cuando se está tan apretado, marico. No hay nada que hacer más que sacar la vuelta, como dicen aquí. Al menos desde Lima uno puede ayudar, hacer algo de plata para mandarla a su tierra, a los que se quedaron por allá.
—Eso debe valer mucho para tus papás.
—Para mi mamá. A mi papá lo mataron cuando yo era más chico. Lo asesinaron durante el gobierno de Chávez, ¡dese hijue´puta malparido!
Como todo joven que escribe poesía, y que aspira a tener una vida relacionada a la literatura, Tadeo visita librerías, aunque no siempre compra libros debido a su falta de dinero. Visita una librería que queda ubicada en la calle Schell en Miraflores que se caracteriza por tener una escalera caracol (La Familia) donde termina comprando un libro de cine con el fin de impresionar a una chica que lo deslumbra. O también El Virrey, donde se vuelve a encontrar con su ex enamorada que le cuenta brevemente que ella ahora tiene una vida en el extranjero muy distinta a la de Tadeo. Es entonces que vuelve a cuestionarse lo que significa el éxito para un millennial, sobre todo si se exhibe en las redes sociales.
Finalmente, la mención a un fantasma dentro de la habitación y en la vida del protagonista puede considerarse como una de esas metáforas que Tadeo intenta construir en su poesía que aparece intercaladamente en algunos capítulos. No solo se trata de lo que ya no tiene (de lo que ha perdido), sino también de lo que está presente, que aún existe, pero que no ha sido contemplado ni considerado en su mayor magnitud. Su familia es un claro ejemplo de ello.

Concluyo que estamos ante un autor bastante joven que aún tiene mucho que explorar y ofrecer. Sus temas y tópicos recurrentes, sobre todo la marihuana, debería ser medida para evitar asumirla como un vicio o muletilla. Dar un giro, sí que sería bueno. Esperemos que sí.
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Datos del libro reseñado:
José de la Peña
El año del fantasma
Colmillo Blanco, 2022
NOTA: 3/5