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Reseña: Papeles falsos (2010) de Valeria Luiselli

Mapas, ideas y lugares

Por Omar Guerrero

Papeles falsos (Sexto Piso, 2010) de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es un libro de ensayos que propone una serie de ideas a partir de la experiencia vivida en distintos lugares urbanos o ciudades, tan igual como si se tratasen de paseos, especialmente si se realizan en bicicleta. Por supuesto, la literatura y la historia también son protagonistas o impulsoras de estos pensamientos y aventuras detalladas a lo largo de diez capítulos. En cada uno se encuentra una mirada que ausculta el espacio, tanto para el presente como para el pasado.

En el primer texto, titulado “La habitación y media de Joseph Brodsky”, se realiza una incursión al cementerio San Michele de Venecia donde se encuentra la tumba del poeta en mención. En este mismo cementerio, se hallan las tumbas de otras celebridades, no en el nivel de Père Lachaise o Montparnasse. Aun así, posee nombres que sobresalen, como es el caso de Ezra Pound, Luchino Visconti, Igor Stravinsky y Sergei Diaghilev. Es precisamente la tumba de Brodsky la que cuesta encontrar, lo que obliga a muchas divagaciones y a datos añadidos correspondientes a los difuntos que ahí descansan. Esto es lo que se dice una vez ubicado el objetivo (p. 14):

Imaginé que encontraría al menos un puñado de groupies afanados en dejar un amuleto o un beso sobre la tumba de Brodsky. Pero quizás Brodsky sea menos célebre que Julio Cortázar o que Jim Morrison, y yo simplemente guardaba el mal sabor de boca que me habían dejado tiempo atrás los cementerios franceses.

Pero en el Recinto Evangélico no había nadie. Nadie, salvo una anciana, cargada con todo tipo de bolsas de mercado llenas de bártulos, parada frente a la tumba de Ezra Pound. No presté mucha atención y me encaminé directamente hacia el ruso, como si marcara mi bando: tú con Pound, pues yo con Brodsky.

JOSEPH BRODSKY (1940-1996)

Sobre la tumba de Brodsky, inscrita con fechas 1940-1996 y su nombre en cirílico, había chocolates, plumas y flores. Pero sobre todo, chocolates. No había como suele haber en casi todas las tumbas de los cementerios italianos, un retrato del difunto incrustado en la lápida. Había esperado con ansiedad ver el último rostro de Joseph Brodsky.   

En el capítulo II, titulado “Mancha de agua”, se habla de los ríos en ciudad de México.  Estos se mencionan a modo de apartados. En cada uno, se comenta la historia y función de los mapas en México, especialmente para sus habitantes. Por ejemplo, en Río Churubusco, se deduce que un mapa es como una abstracción espacial, más aún si se observa en una imagen que cobra vida y se mueve, tal como ocurren en los asientos de los aviones donde se muestra el recorrido de los viajes. Se menciona, además, a la mapoteca de ciudad de México, resaltando la sección del Porfiriato (1876-1910), que se presenta como la más ordenada y mejor clasificada como un legado de positivismo. Imposible no considerar aquí las palabras de Borges para referirse al espacio habitado (CDMX): “las ruinas de un mapa desmesurado”. En Río Chico de los Remedios, se determina que escribir sobre la ciudad de México es una empresa destinada al fracaso. Ella, la autora, como observadora, intenta caminar como una petite Baudelaire por lo que fue el centro ceremonial de Copilco. Luego sobresale la libresca calle Donceles, en el centro histórico, donde sugiere algo más que un recuerdo de la primera lectura de Aura de Carlos Fuentes o de algún vagabundeo real visceralista, en referencia a Bolaño y a Los detectives salvajes. En Río de la Piedad (Viaducto) cobra mayor relevancia la presencia necesaria de los mapas, y más aún de los ríos. Para eso se toman en cuenta las palabras de Fabio Morábito que, en su ensayo sobre el río Spree de Berlín, escribe: “Un río tiende a contener la ciudad que atraviesa y a frenar sus ambiciones, recordándole su rostro; sin río, o sea sin rostro, una ciudad está abandonada a sí misma y puede convertirse, como la ciudad de México, en una mancha” (p. 29). Aquí, la autora deduce que quizás Morábito tenga razón con lo expuesto, pues todo se reduce a un problema hidráulico. En Río Santo Desierto-Mixcoac (Loma nueva), es imposible no considerar el pasado líquido de esta ciudad cuyo origen es una laguna. Por último, en Río Tacubaya, se aborda al sentimiento y al acto de llorar justo al momento de aterrizar en ciudad de México.

En el tercer capítulo, titulado “La velocidad à velo”, se desarrolla un paseo en bicicleta dentro de la ciudad de México, no sin antes considerar la función del peatón, precisamente con los caminantes que usan este clásico método como una forma (originaria) de paseo. Así lo considera la autora (p. 33):

PASO PEATONAL

Los apologistas del paseo han enaltecido el acto de caminar al punto de convertirlo en una actividad con tintes literarios. Desde los peripatéticos hasta los flâneurs modernos, se ha concebido la caminata como poética del pensamiento, preámbulo a la escritura, espacio de consulta con las musas. Es verdad que en otros tiempos el mayor riesgo que uno corría al salir a caminar era, acaso, como relataba Rousseau en una de sus Meditaciones, ser arrollado por un perro. Pero lo cierto es que ahora, en lo poco caminable y apenas literaria ciudad de México, el peatón no puede salir a la calle con el mismo buen ánimo que declaraba Robert Walser al inicio de su paseo.

En el capítulo IV, titulado “Dos calles y una banqueta”, se explica el interés por aprender portugués. Para ello se recurre a la lectura de la poesía brasilera. Allí se topa con la definición y uso de la palabra “saudade”. Se explica que este término no tiene comparación con su traducción a otros idiomas. Su origen puede deberse a distintas variables geográficas e históricas, o con la melancolía y la depresión, relacionada también con enfermedades como la tiricia y el estrabismo. Mención especial a Fernando Pessoa, a su cotidianeidad y a la posibilidad de conocer a otro heterónimo con saudade. Otro acercamiento son las calles con nombre de nostalgia y la rua Saudade en Lisboa. Aquí ocurre todo un viaje a partir de los libros comprados en una librería. Por supuesto, el regreso se hará en bicicleta.

En el capítulo V, titulado “Cemento”, uno de los más breves, con el subtítulo de “Mérida (en la banqueta)”, se cuenta el asesinato de una persona en la vía pública. Allí queda el registro de su silueta dibujada en el pavimento. Con lo dicho, no se puede eludir a la violencia en un país como México.

En el capítulo VI, titulado “Paraíso en obras”, se aborda la intención de aprender idiomas (tal como ocurrió con el portugués). Aquí se toma en cuenta la lectura de À la recherche du temps perdu. Esto se considera como una obstinación. Mención aparte es la historia del poeta rumano Gherasim Luca, que saltó al río Sena el 9 de febrero de 1994 desde el Pont Marie, no sin antes dejar del lado el idioma rumano para situarse en el francés por todos los años que vivió en París, muy a pesar de no sentir al idioma y a la ciudad como propios. A propósito de esto, vale la siguiente cita que toma la autora (p. 65):

Wittgenstein imaginaba el lenguaje como una gran ciudad en perpetua construcción. Como las ciudades, el lenguaje tenía barrios modernos, espacios en remodelación, zonas viejas. Había puentes, pasajes subterráneos, rascacielos, avenidas, calles estrechas y silenciosas. La metáfora de Wittgenstein es tentadora; pero desde aquí las cosas parecen muy distintas; aquí, el lenguaje y la ciudad son el eco perpetuo de un temblor.

En el capítulo VII, titulado “Relingos”, se toman los espacios urbanos vacíos. Muchos de estos espacios pueden destinarse para ciertas cosas o también para relacionarse con autores, con libros o con la escritura misma. Ante ello, surge la siguiente pregunta: ¿qué puede significar escribir? La autora intenta esclarecerlo así (pp. 73-74):

Restaurar: maquillar espacios que deja en cualquier superficie el taladro del tiempo. Escribir es un proceso de restauración a la inversa. Un restaurador rellena huecos en una superficie donde ya existe una imagen más o menos acabada; el escritor, en cambio, trabaja a partir de las fisuras y los huecos. En esto se parecen el arquitecto y el escribir. Escribir: rellenar relingos.

No, escribir no es rellenar huecos (construir una casa, un edificio, en un espacio vacío, tampoco lo es necesariamente). Quizás sea más acertada la imagen de los bonsáis de Alejandro Zambra: «Escritor es el que borra… Cortar, podar: encontrar una forma que ya estaba ahí».

[…]

Escritor es el que distribuye silencios y vacíos.

Escribir: hacerle hueco a la lectura.

Escribir: hacer relingos.

En el capítulo VIII, titulado “Mudanzas: volver a los libros”, se visitan espacios vacíos que se alquilan para luego imaginar colmar estos mismos vacíos. Quizás, aquí se puede encontrar un guiño con lo que desarrollaría después la autora con su primera novela Los ingrávidos (Sexto Piso, 2011). Aquí también se toman en cuenta ciertas apreciaciones sobre el libro (p. 80):

Un libro sobre la cama es un compañero discreto, un amante de paso; otro, en la mesa de noche, un interlocutor; el que está sobre el sillón, una almohada para la siesta; el que lleva una semana en el asiento del copiloto, un fiel compañero de viaje.

En el capítulo IX, titulado “Otros cuartos”, se cuestiona la verdadera función de las ventanas y sus consecuencias con la privacidad. Ver hacia dentro o hacia afuera, además de dormir en otras habitaciones (como sucede con sus personajes en Los ingrávidos). Se suman las funciones de un recepcionista de un edificio o portero. Aquí una deducción (p. 88):

Un elemento desestabiliza este sistema en perfecta armonía: los viejos porteros del turno de la noche. Estos seres ejercen sobre mí una curiosidad compulsiva y unas ganas de contacto humano que no logro contener. Dice W.G Sebald que el emigrado es aquel que busca a los suyos, por donde quiera que vaya. Los porteros —sobre todo los nocturnos, los más raros, los impresentables bajo la luz del sol— suelen ser emigrados de algún tipo.

Por último, en el capítulo X, titulado “Papeles falsos”, se aborda el tema de la enfermedad. Aunque aquí se visita primero el cementerio de San Fernando en CDMX donde reposan los restos de los héroes nacionales mexicanos donde la autora deja una nota a los muertos. Con este acto, ella acepta la identidad mexicana a pesar de los ancestros extranjeros: un abuelo italiano lombardo. Luego se vuelve a mencionar el viaje a Venecia por un interés en Joseph Brodksy. Se completa lo dicho en el primer capítulo al contar que la habitación de su hotel en Venecia más parece una cárcel. Luego suceden sus caminatas y extravíos en la isla a la par que una posible hipocondría. Igual ella se siente enferma. Se hace ver y le encuentran una enfermedad en la vejiga que ella misma califica de innoble: cistitis bacteriana. Surge la remota posibilidad de morir en Venecia y ser enterrada en el cementerio de San Michel, tal vez muy cerca de la tumba del poeta que tanto estuvo buscando.

Foto: Twitter de Valeria Luiselli

A partir de este recuento, cada capítulo confirma la percepción de una autora que mantiene un legado cultural-histórico junto a una serie de lecturas literarias y filosóficas que la avalan, lo que, a su vez, le otorgan un discurso atractivo para cualquier tipo de lector sin caer necesariamente en academicismo ni mucho menos en tecnicismos. Realmente vale la pena su lectura.

*****

Datos del libro reseñado:

Valeria Luiselli

Papeles falsos

Editorial Sexto Piso, 2010

Puntuación: 4.5/5

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