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Sergio Chejfec: un recuerdo a través de un libro

En el 2015, luego de acompañar a Sergio Chejfec en sus intervenciones en la Feria Internacional del Libro de Lima, me obsequió su novela Moral. Esta crónica es el resultado de mi lectura y mi enfrentamiento al estilo de Chejfec, un escritor no solo con una mirada singular de la realidad, sino también con una búsqueda estética autónoma, compleja y ambiciosa.

Ahora que ya no se encuentra con nosotros, sin duda, la mejor manera de recordarlo es leyendo sus obras. Esta crónica revela el entusiasmo que generó en mí el proceso de lectura de Moral.

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La expansión de los sentidos: Moral de Sergio Chejfec

Por Sebastián Uribe

De lunes a viernes, tomo el Metropolitano para ir a trabajar. Dos veces al día, de ida y de vuelta, soy un cuerpo más en medio de la marea humana que espera la llegada del bus que lo llevará a su destino. Por lo general, aprovecho para leer un libro. Alguna historia que me permita romper con la rutina. La semana pasada, cargaba Moral (1990) de Sergio Chefjec. Abrí el libro y me encontré con estas líneas: “El tren arriba y pareciera que todo sucede, que el objeto mismo de las construcciones, utensilios y herramientas que integran lo que se denomina “Estación”, el sentido último de aquella escenografía aislada y particular, ignorada y casi artificial, se materializa momentáneamente”.

Subrayo esas líneas justo cuando se acerca a la estación un bus repleto, en el que apenas se podría respirar. No tenía alternativa: subía en ese momento o tendría que seguir esperando un rato más. Y allí estaba, apretado, sin posibilidad de moverme más de unos pocos centímetros. Miraba los rostros a mí alrededor: cansancio, molestia, fastidio, indiferencia. No iba a recordar a ninguna de las personas que viajaban cuando bajara. Siempre es así de fugaz el contacto humano cuando uno se moviliza por la ciudad. Luego de seis estaciones, consigo un lugar para sentarme. Sigo leyendo a Chejfec. Y de pronto su lectura transforma el viaje.

Moral es un libro imposible de conseguir para cualquier lector limeño. Quizá pase lo mismo en cualquier otra ciudad: es la única novela que su autor nunca ha reeditado. Publicada en una pequeña editorial argentina en 1990, la segunda novela de Sergio Chejfec llegó a mis manos gracias al mismo autor, quien tuvo el generoso gesto de obsequiármela a su paso por la Feria del Libro de Lima en 2015. Así que, durante su lectura, proyectaba escribir sobre ella no pensando en un potencial lector que buscara de forma ardua esta novela (aunque sería grato que pudiera hacerlo), sino a uno que apostara por una literatura muy distinta, un lector que busque una voz que destaque sobre sus contemporáneos, aunque no pudiera leer este libro específicamente. Leer un libro de Chejfec no es simplemente transitar por una historia entretenida. Es una intensa experiencia sensorial que termina potenciando todos nuestros sentidos. La capacidad del autor para adentrarse en los detalles de la cotidianidad es única e inimitable. Reflexionar sobre los espacios y acciones cotidianas en las que nuestra atención se diluye día a día es una tarea de la que cualquiera podría salir frustrado. Pero si quien registra dichas acciones rutinarias es un escritor como Chejfec, el lector empieza a tomar consciencia de que ese universo, aparentemente anodino en el que se mueve, es en realidad fascinante. Empieza a percibir ideas. Se cuestiona. Piensa si está de acuerdo con ellas.

Un solo personaje, en este caso el poeta Samich, le basta a Chefjec para trabajar una obra donde se tocan temas como la territorialidad, la ética y la inacabable búsqueda de un artista que persigue una poética única. Prevalece la mirada sobre la realidad del protagonista, pero también es muy importante todo el contexto que lo rodea. Y no por un ejercicio de erudición inútil o de “lucimiento” en el uso del lenguaje (como muchos autores intentan, sin mayor fortuna, hoy en día), sino con una voluntad exploratoria que siempre se acerca a descubrimientos, revelaciones y epifanías. Samich intenta alejarse del caos urbano, como los antiguos filósofos griegos, con un afán contemplativo. Quiere alejarse mientras lidia desde su condición de “extranjero” en Buenos Aires. Ese sentimiento de no-pertenencia se manifiesta en otros campos, como en el mundillo intelectual o en la relación con sus llamados Acólitos, cuyas teorías acerca de la enigmática personalidad de Samich no hacen más que enriquecer el texto.

La literatura de Chejfec no es para aquellos que solo quieren leer de la manera más rápida posible, como quien acumula lecturas buscando incrementar una estadística. A sus libros hay que dedicarles tiempo y, sobre todo, entrega. Ingresar a su mundo narrativo es como introducirse a un paréntesis, hacer una pausa completa y absoluta de nuestras ocupaciones, lo que resulta tan necesaria en la actualidad. Dejar la acción y, por un momento, mirar desde una perspectiva tan personal como la de Chejfec aquellos hechos minúsculos que son parte de nuestra vida.

Por todo esto, es una grata noticia que los libros de Chejfec hayan llegado a Perú. Ya comentaré de manera más extensa sobre otros títulos. Por mi parte, seguiré tomando el Metropolitano todos los días. Mientras siga leyendo a Chejfec, la transición de los viajes será diferente.

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