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Reseña: Nurerdin-Kan (2020, edición crítica) de Trinidad Manuel Pérez

Nurerdin-Kan y la construcción de la nación desde lo oriental

Por Daisy Saravia

Tengo el agrado de comentar, en esta oportunidad, la novela Nurerdin-Kan que retrata la inmigración china del siglo XIX. Me detengo en unas líneas que dice el protagonista a los chinos que acaban de arribar al Perú:

-No creo que vengáis a encontrar aquí el sufrimiento-decía Nurerdin a los chinos que lo rodeaban […] -No, no es posible; este país que tenemos a nuestra vista dice que es más bello que las praderas de Cachemira y más rico que los bosques de Ceilán (p. 62).

La novela tiene el encanto de conmover y, para quienes somos tusanes, más aún nos conmueve en las fibras más íntimas. Se siente personal porque al leerlo inevitablemente reproduce un tiempo que concierne a nuestros antepasados y se inserta en nuestra historia familiar. La ficción tiene el poder de clarificar aquello que es oscuridad en la memoria. O al menos, nos da esa impresión. Y tal vez, en esa dirección, nos hace conscientes de las peripecias que sufrieron los inmigrantes chinos en su arribo a tierras peruanas. Cierto es que las páginas de los libros de historia señalan cumplidamente la marginalidad de la inmigración china. Sin embargo, hasta antes de Trinidad Manuel Pérez, la literatura peruana no había reservado un lugar protagónico a los chinos y, menos aún, había extendido sus lazos de fraternidad.  En un siglo colmado por el silencio y la pluma fiera de Manuel Ascensio Segura y José Santos Chocano, la publicación de Nurerdin-Kan en 1872 es una mácula, casi una proeza en términos de reivindicación de la presencia china en el Perú. Por esa misma razón, es loable saber del rescate y puesta en valor de Nurerdin-Kan que llega a nosotros gracias a la publicación de Ediciones MYL y a la edición crítica de Johnny Zevallos. Este notable investigador ha venido realizando una rigurosa investigación de la novela desde años atrás; mérito por el cual sus aportes son ineludibles para comprender la presencia de los chinos en la literatura peruana del siglo XIX. El que tenga la oportunidad de leerlo encontrará gratamente una publicación de la más alta calidad, no solo por el valor que representa el rescate literario de una novela, sino por el estudio preliminar que contextualiza la obra y lleva por título “Servidumbre y ciudad letrada: la representación de los culíes en Nurerdin-Kan de Trinidad Manuel Pérez”. Mención aparte son las notas al pie de página que conforman, igualmente, un acierto destacable por toda la información brindada a la lectura. Parto así de la idea de que Nurerdin-Kan es un tesoro para cualquier investigador que quiera estudiar la inmigración china en el Perú. Para el público lector, de igual manera, constituye una forma grandiosa de aproximarse a la historia de la inmigración china en el siglo XIX, con una trama que, además de conmover, se propone denunciar por primera vez en la literatura los abusos a los culíes en las haciendas.

Bien dicen que para conocer a una obra hay que conocer a su autor. Empezaría diciendo que Trinidad Manuel Pérez fue un periodista y dramaturgo literario. Era una figura bastante conocida en las letras no solo de Lima, sino también de Trujillo, su ciudad natal. Fundó el semanario El Correo del Perú (1871-1878), un diario de corte liberal que apostaba por las ideas ilustradas, los derechos de los ciudadanos, la supremacía de la sociedad civil y la modernización a través de la industrialización, entre otras cosas. Esta postura ideológica, precisamente, parece haber sido propicia para dar vida a una obra sobre la inmigración china. Y es que los chinos se situaban en el debate nacional: por un lado, debido al rechazo de la élite criolla y, por otro lado, debido a las acusaciones de maltrato que ponía en tela de juicio la sujeción al derecho liberal por parte de los hacendados. Sea como fuese, la relación con este grupo étnico demostraba la fragilidad de los liberales y de aquellos que, en líneas generales, defendían la modernidad del país. Es así como, en 1872, Trinidad Manuel Pérez se aleja de otros escritores y sus pálidas referencias chinas para traer a escena Nurerdin-Kan. Según la investigación de Johnny Zevallos, esta constó de veintiséis números entre los meses de enero y julio, y algo a destacar de inmediato es la falta de conclusión en la historia y la falta de autoría. En opinión del investigador, el anonimato y el abrupto final pudo deberse a la polémica.  Por ejemplo, no faltaron hacendados que, molestos con la trama, enviaron misivas al diario para lamentarse. Esto nos lleva a pensar en el profundo impacto que pudo haber tenido una obra que, por primera vez, cuestionó abiertamente las condiciones de vida que tenían los chinos en las haciendas.

Trinidad Manuel Pérez

Nurerdin-Kan es en primer plano una historia orientalista de tintes románticos. La historia gira en torno al príncipe hindú Nurerdin-Kan que, ante la muerte de su amada, decide escapar a China para luego subirse a uno de los barcos chineros con destino a Perú. La magia, belleza y fantasía de Oriente se encuentran finamente representados en este personaje, un personaje que, por si fuera poco, abandona su fortuna, riquezas y estilo de vida para alejarse de su amada muerta. Así pues, mientras personajes como los italianos, ingleses o españoles son la viva representación de la crueldad, la tiranía y la mediocridad, el príncipe hindú es paradójicamente la figura ilustrada, humana y sensible. Trinidad Manuel Pérez pone en jaque la racionalidad occidental, la desmantela hasta el punto de contrastarla con la oriental. Este contraste entre occidente y oriente, por otra parte, permite destacar la falta de adhesión al modelo republicano y al sistema liberal. En un ambiente arcaico donde las haciendas perviven su orden colonial con chinos y afroperuanos, la postura de Trinidad Manuel Pérez, tal como señala Johnny Zevallos, es la de “consolidar la presencia criolla nacional” (LIV). El rechazo absoluto parece centrarse así en la figura peninsular en Regimio Trueba, hacendado de Las Palmas. A decir del investigador, la representación de chinos y negros en la hacienda no solo pasa por denunciar el maltrato sino por cuestionar el liderazgo peninsular, es decir, la tradición española que perdura en la república. Esto, sin duda, es una observación interesante que sintoniza con un periodo en el que, en efecto, se quiere construir una nación soberana. Por otro lado, esto mismo sí cierra consigo posibles aspiraciones a una integración o reconocimiento de los inmigrantes chinos. La idea de que los chinos sean un medio más que un fin en sí mismo tal vez no sitúe a Trinidad Manuel Pérez en una posición subversiva como se quisiera, sin embargo, no deja de ser disruptiva para la época. Las descripciones de los innumerables abusos a los chinos tocan el corazón y hacen pensar en su humanidad, una humanidad fuertemente evadida en los discursos intelectuales en los que el chino es solo una raza inferior, sin sentimiento ni emociones. En el sombrío ambiente de las haciendas, asistimos a escenas crueles en las que los chinos muestran su indignación. Incluso aquellos rebeldes poseídos por el odio gozan de inteligencia, un sentido de la justicia y la fraternidad entre los suyos dignos de admirar. En la voz de Aloe, por ejemplo, se percibe la nostalgia por la patria. Él cuenta a sus compatriotas los maltratos que recibe y tilda de “ideas mezquinas” la percepción que los peruanos tienen de los chinos. Sin lugar a duda, una reflexión sabia:

  -¡Cuánto he sufrido!… Yo que estaba acostumbrado a la tierna solicitud de mi madre y mis hermanas… Siempre me acuerdo como una mañana que salíamos de nuestra humilde choza de bambú y arroz para ir a labrar la tierra de Fing-ú… Ideas muy mezquinas de nuestra patria debe tenerse en este pueblo porque los hijos del imperio de la luz somos despreciados, perseguidos y maltratados por todas partes… (pp. 111-112)

Investigador Johnny Zevallos (Foto: Lima Gris)

La humanidad palpita en las voces de Asen o Aloe, personajes que tienen un liderazgo entre los chinos. No deja de ser curioso, sin embargo, que sea Nurerdin-Kan, y no los chinos quienes logren colmar las expectativas de oriente. La respuesta parece encontrarse en la mesura del príncipe hindú frente a la impulsividad de los culíes. Y es que, si hay algo que se rechaza en los chinos, no es solo la falta de educación, sino el peligro que pueden representar sus sentimientos de odio o venganza. Tan igual como el abuso de los hacendados, la respuesta de los chinos parece ser un obstáculo para la nación moderna de Trinidad Manuel Pérez. En todo caso, la alternativa de una floreciente esperanza oriental siempre es Nurerdin-Kan, quien además encuentra su paragón en Rosa, la hija del hacendado español Remigio Trueba. Esta mujer criolla funge de intermediaria entre los bandos violentos de hacendados y culíes. Su amor por todos los que rodean la hace comprender sin miramientos las relaciones asimétricas y la injusticia de la hacienda. Como dijimos antes, el autor apuesta por el liderazgo del hombre criollo para encaminar una nación moderna. No obstante, consciente de la ausencia, la falta de preparación y la virtud de este, apuesta por la mujer criolla como modelo. Y Rosa, en un mundo de hombres réprobos, es la representación misma de la virtud: “Un poeta habría llamado a la hija de don Remigio celestial, aérea, encantadora; un hombre positivista simplemente la hubiera llamado inútil” (p. 74). Al ser la única mujer capaz de comprender el sufrimiento de los más desvalidos, se convierte en el paradigma del futuro, la esperanza de un cambio no solo en la hacienda sino en la nación misma. Con cierto encanto, Trinidad Manuel Pérez ha construido una historia de subalternos, que, desde la etnicidad o desde los roles de género alzan su voz para expresar su desarraigo a esta patria. Se confía en el liderazgo criollo, pero también en la idea de que la fraternidad será el éxito para un país tan diverso como el nuestro. Una fraternidad como la retratada cuando Nurerdin-Kan y Rosa se inclinan a rezar ante un chino fallecido: “Había una sublime poesía en el cuadro que formaban estos dos jóvenes, de distintas creencias religiosas, de distintos climas y costumbres, únicos sin embargo en un mismo sentimiento, orando junto al cadáver de un asiático…” (p. 137).

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Datos del libro reseñado:

Trinidad Manuel Pérez

Nurerdin-Kan

Johnny Zevallos (Ed.), Ediciones MYL, 2020

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Reflexión

La subalternidad china: una presentación a «Migración china y orientalismo modernista»*

Por Daisy Saravia

Desde su llegada en 1849, la migración china fue rechazada por ser una migración no deseada y así lo manifestaron tempranamente los discursos políticos, intelectuales y periodísticos. En la única investigación literaria sobre la migración china del siglo XIX, Jhonny Zevallos concluye que la doctrina positivista configuró una representación racial del chino, tal como figuró en algunos pocos relatos y poemas que personificaron la migración china. En su tesis realizó un recorrido literario de lo chino en dicho período y sostuvo su escasa presencia, reducida a cuadros costumbristas y realistas, en los que este ocupaba un lugar secundario respecto a otros grupos como los afrodescendientes e indígenas (2012). De ejemplos se tienen algunos poemas de corte satírico en el Murciélago, el drama El santo de Panchita (1858) de Manuel Ascencio Segura, la antes mencionada novela Nurerdín-Kan (1872) atribuida a Trinidad Manuel Pérez, los poemas de Juan de Arona y el poema «Negro y amarillo» (1895) de José Santos Chocano. Las representaciones literarias de este período influyeron en la manera en cómo se entendió la relación con los otros orientales, además del papel que estos ocuparon en la construcción de la nación (Zevallos, 2012). Sin embargo, si el siglo XIX había dado apertura discreta a la representación de lo chino; el siglo XX sería el punto de expansión. En los albores de esos años, la literatura desempeñó un papel más significativo, pues se abandonó lo lírico y teatral para enfocarse en la narrativa. Si bien no siempre fue una referencia al inmigrante, sino a lo oriental, como la producción de Valdelomar en sus cuentos satíricos «El pozo siniestro», «Los Chino-Fu-Ton» o «La Win-Fan-Sang», el migrante chino no fue la esencia fundamental, sino parte de un ambiente social imaginario para referirse a la política. En todo caso, estas apariciones fueron asociadas como consecuencia del Modernismo. Algo que coincidió además con la modernización de la prensa, la aparición de la crónica y la difusión del Lejano Oriente.

En efecto, el Lejano Oriente que incluía a China, Japón y Corea, empezó a ser noticia gracias a las revistas ilustradas, ya que en las principales capitales de Europa estas habían sido un importante medio para el conocimiento en todos sus aspectos. En el Perú, esto fue posible gracias a las revistas ilustradas que circularon un crisol de contenidos sobre el Lejano Oriente: noticias, caricaturas, ilustraciones, crónicas de viajes, ensayos, cuentos y otros.  Sin embargo, la China descubierta por los lectores peruanos en sincronía con la otra China cercana como la migración causaban rechazo. En tiempos en que la difusión cultural de Oriente era un éxito y en tiempos en que el Modernismo encontraba en lo oriental motivos de evocación, la percepción de China y, aún más, la de su grupo migratorio fueron la excepción a la regla. Siendo el punto central el exotismo (en el sentido de ser algo lejano y distinto de lo propio), lejos de ofrecer imágenes preciosistas, se optó por imágenes reduccionistas, extravagantes o incluso grotescas. Esto resulta cercano a lo estipulado por Edward Said pues constituye un orientalismo que evidencia otredad y en el que palidece el interés estético. Por ende, el discurso modernista, tal como postulamos para el caso de China y su migración, sería un discurso en el que se inmiscuye lo político, pues sin bien puede decirse que existió “cierta voluntad de comprender un mundo diferente (alternativo o nuevo)”, se produjo “un intercambio desigual con varios tipos de poder” (1990 [1978]).

Ahora bien, dicha visión política estuvo signada por la modernidad y esto explica su relación con el Modernismo. En términos generales, sabemos que la corriente del Modernismo fue un gran propulsor de los contenidos gracias a la valoración estética de las culturas orientales. Aún así, la excepción para el caso chino, más que contradicción, obedece en cierta medida a las características de su propia concepción. En efecto, debemos comprender que el Modernismo se vincula a la modernidad en la medida que va en su búsqueda y se muestra como una subversión ideológica frente a lo anterior (Onís, 1968). Esta certera afirmación nos hace interpretar dicho período como un fenómeno no solo estético, sino social y vinculado al contexto en el cual Latinoamérica ponía en práctica su proyecto de modernidad y la consolidación del Estado-nación.

Fuente: Crónica «Huyendo del humo de Asia»

Dicho lo anterior, se puede entrever la dificultad que tuvo China para una representación más cautivante como la tuvo Japón. El también denominado “País del centro del mundo” había llegado al siglo XX en medio del caos. Las múltiples derrotas ante otras potencias en las guerras del Opio (1839-1842 y 1856–1860 respectivamente) y la guerra sino-japonesa (1894-1895) así como los conflictos internos en la Rebelión Taiping (1850–1864) y la Rebelión Bóxer en 1900, terminaron por hacer añicos su poderío. Reducida en valor al pasado de su civilización milenaria, China no tardó en convertirse en la antípoda de la modernidad. La situación, en cambio, es más compleja para la migración china.  A diferencia de China y sus habitantes, la cercanía cultural, temporal y geográfica del migrante chino fue un problema mayor para las sociedades latinoamericanas que buscaban verse homogéneas y modernas. Por eso, en los países en que su presencia era mayor, los conflictos no se hicieron esperar. Lejos del verdadero contexto oriental y como parte de una crítica racial, política y social, el otro migrante chino fue considerado inferior, vicioso, bárbaro desde occidente: “un extraño elemento de una cultura incompresible e impenetrable” (Nagy-Zekmi, 2005). Francisco Morán denomina aquello como anti-orientalismo, en el sentido de que, paralelo al deseo orientalista que caracterizó al Modernismo, se desarrolló también en las élites ilustradas de América Latina una lectura del sujeto oriental como un cuerpo extraño a la Nación y como decadente a nivel físico y moral (2005).

El Perú fue un paradigma claro de cómo el migrante chino se vio afectado por esta lectura como un sujeto extraño a la nación. En el período de la República Aristocrática (1895-1919), la élite criolla gobernaba y hacía de la modernidad su máximo credo. Podría decirse que existía un interés por cambiar; sin embargo, a entender de Trazegnies, persistía todavía una “modernización tradicionalista”, incapaz de romper con el orden social o de reconocer a otros grupos dentro de la nación (1992). Es por esa razón que la percepción de la migración china mantuvo el carácter negativo y acumuló esta otredad definida por el positivismo. Como se dijo, el nuevo siglo trajo el Modernismo y consigo también la prensa. Indesligable de la modernidad, la prensa se convirtió en el facilitador de las proyecciones públicas y confirmaciones identitarias del grupo inmigrante chino. En ese sentido, la revista Variedades ocupa un lugar central dada su participación en el proyecto modernizador. Y es que, a pesar de mantener una postura intermedia respecto al Partido Civil y dirigirse a las capas medias, Variedades hizo suya las aspiraciones de la élite criolla. La relevancia de sus publicaciones reside así en difundir a la opinión pública aquello considerado moderno, siendo así un importante referente que nos permite dilucidar acerca de los fundamentos que condicionan la otredad social en la República Aristocrática. Dentro de su contenido informativo, las crónicas literarias son significativas porque en el ínterin de recorrer la ciudad se acercó a la comunidad china. Y en esa situación de encontrar una nación heterogénea, se ponía en jaque las ideas modernas (Espinoza Portocarrero, 2013).

Si se remite al análisis de las crónicas, los rasgos del modernismo en este discurso orientalista son evidentes y nos permite establecer algunos vínculos. Se tiene así que el orientalismo responde, en principio, al exotismo modernista, abocado a la sugestión estética de los ambientes artísticos y culturales. La exploración por los ambientes chinos se acompaña de descripciones preciosistas donde priman la sensibilidad cromática y musical.  En ese sentido, lo exótico ofrece interesantes puntos de contacto con el grupo inmigrante chino de la época, aunque esto de manera ambigua, pues a lo exótico de la belleza, placentero y exornado, se opone con mayor frecuencia lo exótico de la fealdad, grotesco y escueto. De esta manera, por citar un ejemplo, en la crónica «Las fiestas chinas en Pisco», lo primordial es lo subjetivo, razón por la que se elogia la decoración exótica que atrae los sentidos: “Desde la mañana la cuadra en donde está la Agencia Consular China, se presentaba un pintoresco aspecto, con banderas y faroles”. Sin embargo, pronto los sucesos desplazan lo exótico, formulándose una crítica a la pintura china de los dragones, asociada esta a la cultura milenaria y a la dinastía Qing: “Se veló un cuadro que representaba el simbólico dragón de los manchúes, atravesado por la tajante espada de los republicanos” (Anónimo, 14 de octubre de 1916).  La idea de la modernidad está tan presente que termina siendo un asunto primordial el hecho que se instaure la república china.

Fuente: Crónica «La lucha china»

Por momentos se critica el arte calificándolo de vulgar y de poseer pobreza; por momentos, se elogia lo exótico: aquello colorido, ornamental y diferente. En dicha ambigüedad se tiene la crónica «Las aventuras de Gay Sin» en la que se admira al artista y su performance calificada de “ciencia ágil y musical de sus malabarismos” (PROAMA, 24 de abril de 1915). La sonoridad es vital porque expresa una particularidad nunca experimentada y definida como “rítmicos movimientos con un aire musical extraño y agudo”. Sin embargo, el encantamiento por la música se pierde cuando el aspecto étnico del artista sobresale. No solo queda determinado por su raza asiática sino por su tristeza: “Sus ojillos rasgados y pequeños miran inteligentemente, pero aparecen impenetrables. No dejan sospechar si el alma que reflejan es triste” (Ibid.). El artista Gay Sin adquiere la representación del sujeto asiático. Una mirada sobre lo chino que está mediatizada por la decadencia, pues la melancolía forma parte de las particularidades definitorias de una persona decadente. Incluso en «La prensa limeña en 1915», basta solo confirmar la existencia de la prensa china para calificarla de exótica y por tanto de inferior. A diferencia de los diarios italianos como L’ italiano o La voce d’italia, que son valorados de manera positiva e incluidos dentro de las publicaciones capitalinas; los diarios chino y japonés son percibidos con exotismo, pero de carácter peyorativo: “Para no ser menos que otros países más adelantados tenemos también lo que podríamos llamar prensa exótica. Ha habido un periódico chino y otro japonés sumamente pintorescos, como puede verse en los grabados que ofrecemos” (P.P. y W., 1 de enero de 1915). A pesar de la producción y diversificación de los productos culturales asiáticos; se rechaza la idea de que es cosmopolita, abierta e integrada a los flujos culturales.  Por ende, las publicaciones de este grupo, como Andes Jiho y Ma Chin Po, suscitan una serie de sarcasmos sobre el cual se intenta negar sus valores culturales y artísticos.

Esto indica que la percepción sobre la cultura, el arte y su civilización sobre la migración china no refleja un acercamiento real, pues está cargada en su significación de un conocimiento preestablecido, fuertes estereotipos y prejuicios sobre lo otro; la atracción de lo desconocido, de la supuesta diferencia radical es el motor del exotismo. En consecuencia, el exotismo, en tanto manifestación del orientalismo, se construye en base a proyecciones sobre cómo son o deberían ser los otros, siempre identificados como diferentes, sin apenas rastro de posibles lugares comunes, de prácticas semejantes, de representaciones equivalentes. En esa línea, los elementos del decadentismo entran en conexión con el discurso positivista y sirven para marcar la diferencia del criollo respecto al otro oriental. Y es que, dentro del decadentismo, una cuestión a remarcar es la existencia de toda clase de determinismo, sobre todo el de la decadencia de la raza (Litvak, 1975). La migración china se vuelve también censurable por transgredir la moralidad. Mientras en la crónica «Huyendo del humo del Asia» el opiómano chino muestra un rostro de pecado y sufrimiento: “A ella van en peregrinación redentora, los chinos víctimas de la oscura pasión por la ‘Droga’ […]” (Anónimo, 18 de noviembre de 1916); en la crónica «La lucha china», el jugador de azar es el corruptor de la sociedad: “Varios siglos de experiencia han enseñado a los chinos una multitud de golpes, de combinaciones y de paradas que hacen de ellos adversarios sumamente temibles […] No se andan con caballerosidades y cortesías, sino que van directo a su objetivo, que es poner fuera de combate lo más pronto posible a su adversario” (Anónimo, 15 de julio de 1916). Como vemos, en el propio cuerpo se encuentra también los signos de lo patológico, sea para connotar su convalecencia   —caso del chino opiómano — o, por el contrario, su fortaleza física —caso del luchador chino —, siendo estos rasgos propios de su raza. Pero las crónicas van más allá y nos dicen que el revés del cuerpo criollo, en perfección física y moral, es un cuerpo chino amenazante y acechante; que en el sentido positivo solo se sirve como un cuerpo artificial de progreso, útil como fuerza laboral.

A modo de conclusión, podemos sostener que la revista Variedades se mostró preocupada por la influencia perniciosa del grupo migrante chino, motivo por el cual lo desacreditó a nivel social y cultural. La subalternidad de la inmigración china supera así el hecho de ser una visión orientalista, pues es además parte de una visión colonial arraigada en el país. Desde la sincronía de la experiencia de la modernidad y desde la diacronía del colonialismo, nociones tales como patria, nación, identidad o ciudadanía fueron puestas en cuestión para incluir al sujeto criollo y excluir a los grupos sociales, entre ellos, los chinos. Gracias a las crónicas y a la estética modernista, observamos cómo el horizonte de la modernidad y la confianza en el progreso civilizatorio no solo contenían promesas de autonomía, sino también formas de exclusión y dominación amparadas en esta.

*Este ensayo constituye una presentación resumida y sintética del libro Migración china y orientalismo modernista, de la misma autora, que pueden descargar a través del siguiente enlace: https://url2.cl/eyayZ

Referencias

Primarias

Revista Variedades

Anónimo (1915, octubre 8): «Las fiestas chinas en Pisco», en Variedades: 1338.

________(1916, julio 15): «La lucha china», en Variedades: 922.

________(1916, noviembre 18): «Huyendo del humo de Asia», en Variedades: 1525- 1526.

P.P. y W. (1916, enero 1): «La prensa limeña en 1915», en Variedades: 39-42.

PROAMA (1915, abril 24): «Las aventuras de Gay Sin», en Variedades: 2043-2045.

Complementarias

Espinoza Portocarrero, M. A. (2013). Estereotipos de género y proyecto modernizador en la república aristocrática: el caso de la revista Variedades (Lima, 1908-1919). Tesis de Licenciatura. Pontificia Universidad Católica del Perú.

Litvak, L. (1975). El modernismo. Taurus, Madrid.

Morán, F. (2005). “Volutas del deseo: hacia una lectura del orientalismo en el modernismo Hispanoamericano”, en MLN 120 (2005): 383-407.

Nagy-Zekmi, S. (2008). Moros en la costa. Orientalismo en Latinoamérica. Iberoamericana, Madrid: Vervuert.

Onís, F. (1968) Sobre el concepto del modernismo. España en América. Estudios, ensayos y discursos sobre temas españoles e hispanoamericanos. Editorial Universitaria, Puerto Rico.

Said, E. (1990 [1978]). Orientalismo. Madrid: Editorial Libertarias

Trazegnies, F. (1992). La idea de derecho en el Perú republicano del siglo XIX. Lima: PUCP.

Zevallos, J. «Nurerdín-Kan (1872), primera novela sobre la inmigración china al Perú», El hablador, 20 (2012): 1-22. web. 10 de julio de 2020.