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Reseña: Párrafos pirómanos (2022) de Yadir Gómez

Cuentos que queman

Por Marlon Aquino Ramírez

Hace unas semanas, curioseando por Internet, di con unos fragmentos bastante interesantes del libro Párrafos pirómanos (Libre e independiente, 2022) del narrador Yadir Gómez (Lima, 1984). La claridad y contundencia de la prosa, así como el presentimiento de una voz original, me motivaron a comprar el libro. Culminada la lectura de los nueve cuentos que lo integran, debo decir que se trata de una obra que genera muchas expectativas con respecto a futuras publicaciones de este autor. Y es que, si bien hay relatos que no llegan a cuajar, hay otros que sorprenden gratamente por una cuidadosa estructura narrativa que conduce a finales con una enorme carga emocional.

Son cuatro los cuentos que, según mi apreciación, destacan en este libro. Mencionaré en primer lugar a «Circa 1975», un emotivo relato basado en la visita que hiciera Jorge Luis Borges a México en 1973. No obstante, no son las vivencias del hacedor argentino el foco de la narración, sino el mundo interno del protagonista, un fotógrafo mexicano llamado Rogelio, a quien se le ha encargado perseguir al autor de «El Aleph» para obtener tomas exclusivas de su visita. Hasta aquí, nada notable. Sin embargo, poco después, nos enteramos de que Rogelio tiene un hijo ciego, un pequeño por el que él y su esposa se desviven. No hay esfuerzo que no hagan para que aquel sufra lo menos posible en un mundo en el que no puede orientarse. Será precisamente este reconocimiento de la vulnerabilidad humana lo que despertará la empatía de Rogelio cuando involuntariamente consiga registrar una escena impactante: camino a su habitación en el hotel donde se aloja, Borges ha tropezado y caído aparatosamente al suelo junto con su acompañante, María Kodama. ¿Qué es lo que haría cualquier fotógrafo sediento de fama? Pues, sencillamente, entregar esas deshonrosas tomas a su editor y a cobrar se ha dicho. No es lo que hace Rogelio. Piensa en su hijo. Empatiza. Destruye los negativos. Destaca aquí la capacidad de Yadir Gómez para hacernos empatizar, a su vez, con ese padre para quien Borges, antes que una gran celebridad de las letras, es un ser humano cuya dignidad merece respeto. De modo que, contradiciendo el credo contemporáneo de que todo tiene que ser mostrado y visto (Facebook, Instagram, Tik Tok), Rogelio decide no mostrar, no ver, cegarse. Una rebelión contra la «sociedad de la trasparencia» que tan bien ha descrito el filósofo Byung-Chul Han. (Trivia: Rogelio Cuéllar existe y no fue tan discreto como su par de la ficción. Ver en Internet su foto de Borges en un urinario).

El segundo cuento notable de esta colección es «Letra muerta». Y lo primero que debo decir es que, en verdad, es este relato el que debió titularse «Párrafos pirómanos». Porque la escritura y el fuego tienen un papel clave en esta historia de plagio, locura y traición. Desde el más allá, el novelista Felipe Santiago nos cuenta cómo, cuando aún estaba en este mundo y era un fanático de la perfección artística, quemaba diariamente en el patio de su casa los borradores de una obra que no lo satisfacía. Una novela que, de tanto pulir, ya había alcanzado el estatus de obra maestra. Nos habla también de la infausta noche en la que, en medio de una borrachera, un traicionero amigo apellidado Lizárraga le roba el manuscrito trabajado ese día, el cual no había tenido tiempo de quemar. Lizárraga plagia la genial obra y publica una novela que le atraerá fama y dinero. Lo que sigue es el relato del tortuoso camino de Felipe Santiago para demostrar que esa obra es suya. Pero como nadie le cree, se ve forzado a emprender la titánica tarea de escribir una novela que supere a la anterior. Lamentablemente, su descomunal esfuerzo no lo conduce al ansiado éxito, sino al desequilibrio mental y la muerte. Yadir Gómez es implacable y narra con sobrecogedor detalle el lento descenso de su protagonista al infierno de la locura. (Ripio: el perro “Presidente”, fiel mascota de Felipe Santiago cuya funcionalidad en la historia es cuestionable).

«Las ganas que tenía de matarte» es también un cuento notable. La voz del niño narrador consigue transmitir toda la frustración, rabia e inocencia de quien, a tan corta edad, tiene que soportar las dentelladas de una sociedad enferma. Es difícil no sentir que algo aquí en el corazón se nos desacomoda escuchando los infortunios de ese niño maltratado que maquina cada noche aniquilar a su madre. ¿Lo hará? No lo sabemos. En todo caso, ya ha habido una terrible ejecución: la de su propia inocencia. He pensado mucho en la Carta al padre de Kafka leyendo este relato. Aquí identifico también ese tono condenatorio, implacable, hacia un progenitor (la madre prostituta, en este caso) que faltó a su deber más sagrado: el de cuidar el corazón de sus hijos. Es un relato que irradia verdad, la verdad de la literatura, basada no en la correspondencia con lo factual, sino con las realidades más profundas del corazón humano. A diferencia de otros cuentos que señalaré más adelante, en este no hay ningún elemento efectista que busque llamar nuestra atención hacia el aspecto escandaloso de una situación o personaje, no, aquí simplemente se ha construido diestramente una voz desesperada. (Elemento fallido: la mención final al padre, que irrumpe sin haber sido estratégicamente presentido, sospechado).

Con «La leyenda de Mandrágora Pinto» ocurre algo curioso. Aunque abunda en personajes y escenas escandalosas (Mandrágora Pinto es una artista plástica dedicada a la modelación de vaginas, el Artista Fálico expone penes y testículos reales), esto es coherente con el mundo representado. Quiero decir que, en esa realidad ficticia, el escándalo es la regla, lo normal, por lo tanto, su presencia no suena a impostación (como sí ocurre, me parece, con el malditismo de los personajes de «El peso de Frank» y «Esther, un impulso»). Aquí llama positivamente la atención la agilidad de la prosa de Yadir Gómez. De todos los cuentos, es este el que posee un mayor dinamismo, el que conduce con mayor ligereza al lector hacia su desenlace. No son pocas las historias que se han escrito acerca de los límites entre el arte y la criminalidad, pero tampoco son pocas las que se han terminado ahogando en el mar de la abstracción. Felizmente, esta no es una de ellas. Hay algo más que apuntar aquí. Este es el único cuento en el que Yadir Gómez prueba el final sorpresivo. No parece ser un recurso que le llame mucho la atención, ya que suele concentrarse más en narrar procesos (de deterioro principalmente). No obstante, el resultado es positivo, por lo que no estaría de más que lo considerara en futuras obras. (Sospecha: un par de páginas extras hubieran permitido profundizar más aún en la mente retorcida del Artista Fálico).

Foto: Facebook de Yadir Gómez

¿Y qué ocurre con los cinco cuentos restantes? Son interesantes, se disfrutan, se pueden releer con gusto. Sin embargo, tienen falencias que los colocan escalones debajo de los comentados hasta ahora. En «Párrafos pirómanos», la abundancia de personajes no aportan sólidamente a la trama (Mónica, La Araña Feijoo, el taxista novelista) y cuya presencia dilata innecesariamente el relato. En «El peso de Frank», la banalidad de una anécdota se trata de salvar con la alusión constante a los atractivos senos de la protagonista. Ocurre algo parecido con «Esther, un impulso» y su erotismo tóxico. «Veneno» y «Sesión de maquillaje» abordan el tópico de la infidelidad sin salirse de lo esperado.

Con todo, el balance es claramente positivo. Párrafos pirómanos es un libro recomendable que revela a un autor que entrega lo mejor de sí en cada historia, que está dispuesto a mirar los abismos, que no teme internarse en los túneles del corazón humano y que, sobre todo, cuenta con los recursos narrativos necesarios para continuar desarrollando todo su talento.

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Datos del libro reseñado:

Yadir Gómez

Párrafos pirómanos

Libre e independiente, 2022, 120 pp.

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Notas de lectura: Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima (2022) del Colectivo Río Hablador

Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima

Notas de lectura

Por Lisandro Solís Gómez

Javier Arnao Pastor, Paulo César Peña y Tania Reyes Arcos, miembros del Colectivo Cultural Río Hablador, acaban de publicar el singular volumen Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima. Esta obra reúne un conjunto de textos de naturaleza híbrida que se caracterizan por proponer un acercamiento a la ciudad desde la perspectiva de los ciudadanos que la habitan. La pluralidad de registros textuales que se vinculan en cada texto, así como la diversidad de escenarios y dinámicas sociales que ponen en escena se conjugan de una forma única y brindan una mirada atípica del paisaje urbano. Sin duda, esta obra es la culminación de una serie de escritos que, a través de sus redes sociales, este colectivo ha venido difundiendo desde hace unos años.

Foto: Facebook Río Hablador

No obstante, tal vez, el principal promotor de este proyecto sea Paulo Peña, quien desde la publicación de su primer libro, Cada ventana tiene su propio cielo (2013), ha mostrado interés por conjugar en sus textos lo reflexivo, lo íntimo y el espacio de la ciudad, así como su memoria. De hecho, Peña ha continuado en esta senda con 1945: Jorge Eduardo Eielson, vida y canción en Lima (2015) y Peregrinación a Santa Beatriz (2016), libro que es el origen de unos recorridos urbanos que cada cierto tiempo emprende el autor con un conjunto de interesados.

Andanzas y reescrituras, desde su edición, acepta variedad de formatos como maneras válidas de acercarse a la ciudad. La asociación de imagen y palabra dentro del libro es uno de los primeros detalles que llama la atención. Esta asociación se expresa a través de una secuencia intercalada y casi rítmica de fotografías, collages y textos. El libro, en general, propone acercarse a partir de la experiencia cotidiana de quien habita y circula la ciudad. Se trata de mirar, escuchar y sentir el espacio que nunca es únicamente físico, sino que, en varios pasajes, parece ser también espiritual, al punto de resonar en lo más íntimo de quien escribe.  

La colección reúne catorce textos que oscilan entre la narración, la crónica, el apunte reflexivo, el poema en prosa, el ensayo sociológico y la bitácora personal, a veces incluso en la misma página. Otro rasgo destacable es la recuperación del punto de vista personal para aproximarse a la urbe. La voz de los habitantes de los distintos rincones de Lima invade los textos, y, en ese sentido, el libro brinda una visión panorámica y relativamente extensa de la capital. De allí surge el carácter coral del conjunto: son múltiples miradas e interpretaciones de la ciudad que surgen de la experiencia íntima de los redactores que encuentran en la escritura un medio para explorar(se). Este último aspecto encaja con el carácter maleable que posee la escritura de la mayoría de los textos del conjunto. No obstante, esta apuesta por la heterogeneidad formal resulta realmente efectiva cuando se combina con la percepción y el análisis de la vida urbana. Esta ecuación lamentablemente no siempre se consigue, razón por la que no todos los textos alcanzan el mismo nivel de compromiso, desarrollo y profundidad.   

Javier Arnao Pastor

De los catorce textos, sin duda, destacan los dos de Javier Arnao, «Cuando viajar es un deporte de contacto» y «Al final del arcoíris». De ellos, resulta de mayor interés el primero que propone una caracterización sucinta del código moral del limeño promedio a partir de la experiencia de viajar en el sistema de transporte del Metropolitano. Este texto de Arnao es una exhibición de destreza técnica, como se puede apreciar desde el inicio: «Seis de la mañana. La ciudad pega un salto de la cama. Se quita de golpe el traje y el fotocheck. Va a la cocina y se mete a la ducha fría. Coge la toalla y se lava. Coge el peine y se seca la cabeza. Coge el cepillo de dientes y se despeina la melena» (p. 49). No obstante, este despliegue de recursos no resulta banal ni impertinente. Por el contrario, se propone una indagación específica, casi científica: «Las calles, los servicios públicos son excelentes laboratorios para analizar nuestra idiosincrasia» (p. 50).

Arnao consigue reflexionar de forma aguda sobre lo que un simple viaje puede revelar sobre la naturaleza de los pasajeros, casi como si de la fricción de la carne se pudiera deducir el tenor y la densidad de un alma. Así, la predilección, por lo inmediato, el egoísmo o la falta de empatía resultan los rasgos que caracterizan a los viajeros de una de las líneas de transporte más usadas por los limeños. De esta forma, concluye Arnao, el bus se convierte en «casi una metáfora del Perú (cuerpos próximos, almas distantes)» (p. 54).

Otro texto que resalta es el de Lucía Egas, «La melodía de Lima». En él se narra el recorrido de la autora, quien presenta autismo, hacia la Casa de la Literatura. La mirada de Egas consigue problematizar el carácter inhóspito de la ciudad hacia aquellas minorías que también la conforman. De hecho, el texto constituye una revelación, porque permite comprender que transitar por la ciudad puede constituir una verdadera hazaña para una persona con autismo. Lima es caracterizada por Egas como una «ciudad hostil» (p. 64) para quien escapa a cierto espectro psicológico. Este diagnóstico parece resonar con otros textos, como el de Tania Reyes, «Por la noche, las bicicletas»: «Lima es una ciudad cruel para nosotras y de ser atacadas, lo mejor que nos podría pasar es ser asaltadas» (pp. 135-136). Pertenecer a una minoría o ser mujer, entonces, supone vivir en una condición de mayor riesgo. El diseño de la ciudad parece rechazar lo diferente.

Tania Reyes Arcos

No obstante, el recorrido que propone Egas posee el mérito de presentar una imagen del espacio urbano desde la mirada de quien padece autismo. Ver la ciudad desde esa perspectiva es una manera diferente de aprender a mirar al prójimo y, tal vez, de interesarse por él. Además, Egas, pese a la adversidad, concluye que su recorrido es también una forma de capturar la ciudad y volverla amable (y acaso bella): «Los sonidos tienen formas, y si veo una forma la relaciono con su respectivo sonido. Empecé a reconstruir sonidos de mi paso por las calles de Lima. Y ese fue mi primer recuerdo con ella: la melodía de mi paso por sus calles» (p. 66).

Finalmente, el texto de Tanús Simons, «Más allá de nuestros muros», consigue articular lo social y lo étnico de manera efectiva en una indagación sobre la identidad, el espacio y el sentimiento de pertenencia que tienen como símbolo principal el cerro Casuarinas y el famoso Muro de la Vergüenza que lo divide. La narración de Simons transcurre entre Chacarilla del Estanque (Surco), San Juan de Miraflores y Moyobamba, y problematiza la forma en que los prejuicios y los estereotipos determinan nuestra forma de interactuar con los demás. Unas de las principales virtudes de esta lectura es su capacidad para esclarecer el trasfondo de lo que parece obvio en la vida cotidiana.

Por ejemplo, la clásica pregunta por el lugar de residencia se revela como un dispositivo para clasificar a las personas e insertarlas dentro de un mapa social que determina de forma anticipada qué se puede esperar de ellas. Al respecto, Simons señala lo siguiente: «¿Dónde vives? Esa frase, en Lima, es más compleja de lo que aparenta. En una sociedad clasista, la pregunta esconde la intención de etiquetarte, juzgarte y creer que ya te conocen los suficiente. La dirección de la residencia puede ser más importante que el nombre o, incluso, más representativo que el número de DNI» (p. 155). De esa manera, esa pregunta es la arista de un mecanismo que opera casi de forma inconsciente, y permite a las personas desenvolverse y sobrevivir en la ciudad. 

Paulo César Peña

En síntesis, considero que Andanzas y reescrituras es un libro valioso, que escapa a las aproximaciones, a veces desgastadas, que ofrecen la ficción o el peor periodismo. En un medio editorial aún en desarrollo, una propuesta como esta resulta sumamente refrescante. No obstante, no se debe olvidar que esta colección es —repito— el resultado de un proyecto que, gestado desde hace cuatro años, se ha consolidado gracias al trabajo constante y paciente de los integrantes del Colectivo Cultural Río Hablador. Considero que el principal mérito de esta colección radica en brindarle al lector nuevos ángulos de una ciudad que nunca deja de sorprender, que, arisca y huraña y a veces violenta, todavía puede ser un terreno fecundo para la esperanza y, tal vez, para la reconciliación.  

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Datos del libro comentado:

Javier Arnao Pastor, Paulo César Peña y Tania Reyes Arcos (eds.)

Andanzas y reescrituras: apuntes para perderse en Lima

Editorial Río Hablador, 2022

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Presentación: 15 minutos de receso (2022) de Cayre Alfaro Fonseca

Texto leído en la presentación del libro

Por Cristhian Briceño

Decir que la poesía cuestiona al lenguaje es de mal gusto, un lugar común, el más obvio de los pleonasmos, una aseveración ya depreciada; sería más acertado plantear que cada poeta va graduando la evidencia de este cuestionamiento. Es distinta la forma en que lo hace Trilce a la manera en que Montalbetti interpela al lenguaje o hace comparecer a su vocabulario, llamándolo por su nombre y apuntándolo con el índice acusador. En este sentido, el nuevo libro de Cayre Alfaro busca también ubicarse en ese lugar desde el que se cuestiona y, como todo poeta joven, intenta sintonizar su sensibilidad para que sus palabras arañen la superficie de la poesía y consigan desprender alguna viruta dorada.

Pueden ser muchas las cualidades que el hipotético lector encontrará en 15 minutos de receso; algunos apuntarán a su lenguaje fresco, osado en ciertos momentos, a su sentido del humor, al non-sense, a su carácter decididamente lúdico, a la estrategia compositiva a partir de un planteamiento anafórico (“el poema es”), al trabajo reflexivo en cuanto al poema y su permeabilidad con todos los géneros literarios. Sin embargo, quiero anotar tres puntos sobre las que he reflexionado y tienen que ver con la idea que el libro de Cayre proyecta sobre el poema y su naturaleza.

La primera es la siguiente: el poema no está escrito. Aquí es posible ver el esceptismo del poeta frente a la escritura y sus posibilidades. Si bien algo se va escribiendo en el libro, esto resulta ser una suerte de instrucciones para escribir algo a futuro, un futuro que bien puede prolongarse hasta el infinito, como para dejar en claro que el poema está más allá, en nuestra expectativa, en el lugar de la especulación y las buenas intenciones. Por ello, el poema es lo ininteligible y lo escrito es su prefiguración, su sombra, una sombra robustecida por la luz de la misma escritura. Cayre, en consecuencia, nos plantea un texto que suele edificarse en base a premisas que no encuentran una conclusión, tan solo sugieren imágenes, acciones o sentidos que podrían o no componer aquello llamado poema. En “Poema lírico”, por ejemplo, encontramos claramente los ejes de su propuesta y los logros estéticos que alcanza:

Este poema es bello.

La palabra bello aparece dos veces.

Hay un intento de rima interna.

Hay un intento de musicalidad.

También hay una ventana.

La ventana da a una avenida.

Esta va a ser una constante en 15 minutos de receso, la autorreferencialidad del poema, su descripción, sus límites, la aglomeración de los elementos que lo componen, como si fuera un mapa en escala de 1 a 1 o una fórmula que nos permite llegar hasta el mismo poema. Lo mismo se nos presenta en “Poema foro”: “Este poema es un foro/ en formato virtual/ para la universidad. / Debe llegar a las 100 palabras/ para ser calificado”. Lo mismo ocurre en “Poema de muerte”: “Este poema debe ser un soneto para la reina, / de lo contrario, muerte”. El autor nos dice lo que el poema debe ser, con un lenguaje matemático en cuanto no deja lugar a la especulación en cuanto a la formalidad del presunto poema no escrito, a su extensión, a su tono, incluso a su repercusión en la realidad. Este ánimo reflexivo/determinista del poema me recuerda en algo a ciertos planteamientos de Jack Spicer en su propia obra poética y a cómo el autor hace del poema algo que por poco escapa de la metáfora y se vuelve un espacio dentro de nuestras tres dimensiones donde la vida parece tener lugar:

Cuando cae la casa te preguntas

Si alguna vez habrá poesía

Y tiemblas entre maderos preguntándote

Si alguna vez habrá poesía

Cuando cae la casa tiemblas

En el aserrín trivial de tu poesía.

El segundo punto tiene que ver con el primero y es el siguiente: el poema es su posibilidad. Como escribe Cayre en “Canción escrita durante una exposición que no escuché”, el poema podría ser eso que no está en condiciones de escribir, algo que siempre es más grande que sí mismo mientras se anticipa con sentencias aún no del todo perfeccionadas. En este sentido, el poema se acaricia en esos momentos breves de inspiración o delirio, antes de que la materialidad haga de él un ser todavía inacabado, aunque de una extraña belleza. Esta posibilidad del poema da paso a una especulación de las formas, incluso a una aberración de la sintaxis (es notable el desorden de las palabras en “Escrito en la playa”, cuando se pasa de la estructura lógica “¿Cuánta gente nada?” a “¿Nada gente cuánta?”) o, para ser más precisos, tenemos el ejemplo del último poema de la primera sección, donde el autor ha suprimido de cuajo el poema como si hubiera ido tarjando versos una y otra vez hasta que quedara la nada o, en todo caso, la posibilidad de lo que alguna vez fue o será. La no presencia del poema como una evidencia de su potencial o su posibilidad también se advierte en las elipsis que muchos de los textos poseen, como en “Diálogo (obra teatral breve)” o en “Poema publicitario”. En resumen, se hace visible esto que reemplaza al poema para deducir su presencia, aunque esta pertenezca a otro plano, siendo esta presunción el logro artístico, la contraparte materializada que supone una pista, algo así como un significante sin significado. Esto me resuena a unos versos de Hans Faverey: “Primero no había nada. / Después hubo más que algo. / Entonces resultó sobrar demasiado.”

El tercer y último punto sería el siguiente: el poema es personaje. Esto tiene dos movimientos. Uno es el poema como metáfora inestable. Esta vendría a ser una de las estrategias más logradas del libro de Cayre; el poema siempre es algo que va mutando; es consigna, es el mar de Villa, es algo escrito antes de Cristo, es un examen para la universidad, es un homenaje, es algo que va entre signos de interrogación, es una mala traducción, etc. Cada una de estas metamorfosis incrementan el arraigo que el poema tiene como posibilidad, lo vuelven un personaje de una plasticidad ideal, de un registro inacabable. Al ser un personaje, suponemos que el mismo poema va siendo escrito a lo largo del libro y su naturaleza depende del ánimo cambiante de su autor, de su punto de vista según va escribiendo, de cada gramo de experiencia que va adicionándose a su existencia. Esta idea nos acerca también al momento en que el poema se fusiona con el autor y consigue una metáfora quizá ideal en la que autor y obra son una sola entidad. El segundo movimiento y el leitmotiv del libro es presentar al poema como personaje que va intercambiando las máscaras de los géneros literarios y demás expresiones artísticas o comunicativas; el poema es una novela, un anuncio publicitario, un video porno, un ensayo académico, una fotografía, un decálogo, y, por supuesto, el poema es un poema. Los registros que abarca el libro de Cayre lo hacen un texto de lectura interesante, aunque lo más atractivo es que el decurso de estas lecturas nos lleva a varias interpretaciones, a varios estados de ánimo, a soñar con la posibilidad del poema, con su temperamento cambiante, lo cual es una metáfora bastante lograda de nosotros como seres humanos.

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Datos del libro reseñado:

Cayre Alfaro Fonseca

15 minutos de receso

Editorial Cayre Alfaro Fonseca, 2022, 72 pp.

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Reseña: El nervio óptico (2014) de María Gainza

Un museo de la mirada

Por Eliana Del Campo

Cuando Joan Didion evoca lo que la llevó a escribir, recuerda sus ensoñaciones universitarias y cómo estas flotaban de forma inevitable hacia las imágenes. Desde un árbol de pera en flor, hasta un acelerador de partículas en el campus de Berkeley, Didion reconoce, en la nitidez de estos objetos, un instinto primigenio de plasmar en palabras la belleza física del mundo y su «reverberación», de descubrir la razón por la que algunos fotogramas se mostraban de forma más incandescente que otros. Se pregunta: «¿Qué está sucediendo en esas imágenes que tengo en la mente?».1 

Esto es lo que parece pensar la protagonista de El nervio óptico, una curadora de arte, cada vez que ve enfrentados el recuerdo de un lienzo y un recuerdo suyo. ¿Qué está sucediendo? ¿Qué ha sucedido? Una clave de lectura nos es ofrecida cuando, a las pocas páginas, escuchamos: «Y no sé qué hacer con esa muerte tan tonta, tan gratuita, tan hipnótica, y tampoco sé por qué lo estoy contando ahora, pero supongo que siempre es así: uno escribe algo para contar otra cosa» (p. 20). Para María Gainza, en este libro, esa «otra cosa» viene incrustada de imágenes, un lenguaje tan fresco como estético, y una reflexión sobre el lugar de la escritura luego de la pérdida de la inocencia del narrar.

El origen de la escritura a menudo se sitúa entre un destello de luz y lo que esta ilumina, sea un objeto, una persona o un recuerdo. Se llega a la raíz del recuerdo a través de la narración, esa disposición de hechos que nos permite ubicar los elementos en un marco temporal. Todas las historias crean imágenes que se van adhiriendo a nuestros imaginarios con la misma naturalidad que nuestra propia mirada. Sin embargo, «la mirada» como sentido unívoco ha sido cuestionada a lo largo de los años, tanto desde las ciencias como desde el arte, y la literatura no ha sido la excepción. Cada vez es menos común que se hable de la mirada «…como mecanismo de precisión, como una especie de ojo técnico que todo lo controla, al que nada se le escapa, hasta el más nimio detalle».2 ¿Qué tanto mi visión del mundo está mediada por mi «yo»? ¿Podemos ver las cosas conforme son? Si la mirada fue «el sentido dominante de la era moderna», su lugar se desmoronó a medida que la modernidad llegó a su fin.

Las vanguardias, sin duda, conformaron la banda sonora de esta destitución. En este escenario, Gainza entra con pasos quietos pero firmes y truena la batuta como un mondadientes. Escribe no solo un libro sobre la mirada, sino «el» libro sobre la mirada. En El nervio óptico, a través de su protagonista, Gainza admite la derrota de la mirada como sentido primordial de captación y representación del mundo que habitamos. El punto de vista ya no funciona como una cámara flotante. Exhibe cómo aquella mirada elige de forma arbitraria y sumamente subjetiva. La mirada descarta y visibiliza sus exclusiones en las imágenes evocadas a través del deseo. La imagen, en cambio, es simultánea; es la mirada la que genera el discurso.

«Las cenizas caen con pereza, restándole nitidez a la realidad» (p. 24) describe la narradora en un momento. Como lectores, son detalles así los que nos sumergen en el paraje invernal de Buenos Aires a través de la voz de una crítica de arte de mediana edad («Soy una mujer parada en el ecuador de su vida…», p. 132). La voz que nos habla es –por decir lo menos– pulida, por momentos, hipereducada. La voz nos lleva a través de saltos temporales entre la vida propia y las biografías de gigantes de la historia del arte como El Greco, Rothko, Toulouse-Lautrec, Courbet y otros nombres no tan vistosos. Pese a eso, todo lo que cuenta dista de sonar enciclopédico. ¿Qué fibras humanas toca esa voz, cuyo esnobismo no es tan fácil de rechazar a priori?

Quizás la empatía surge en el momento en el que la voz camufla sus marcas de clase con el mismo pudor que una malformación hereditaria. En los momentos en que la primera persona cambia a una segunda, lo hace en el tono de reclamo de quien se observa en soledad frente al espejo para decirse algo que nunca llegará de nadie más:

Pertenecés a una clase que durante generaciones ha dado por sentado que todas las noches tendría un plato de comida caliente sobre la mesa. Hay mucho de bendición en eso, y algo de maldición también: la falta de hambre te vuelve haragana. (p. 41)

O, con respecto a su matrimonio: «Diez años después, él sigue siendo la persona más maravillosa que conocés, pero vos sos una inmadura que cree que sin intensidad la cosa no sirve. Incluso en el corazón del amor, no pensás más que en vos misma» (p. 113). La curiosidad despierta en nosotros como lectores cuando intentamos ubicar en qué mirada escudriñó a esta persona en la infancia para que, en su madurez, se contemple sin conmiseración. O para que se sienta más como en casa en un museo, al pie de un lienzo, que en la casa propia.

Y es que El nervio óptico es, también, desde cierta perspectiva, una novela familiar. La protagonista es el punto focal alrededor del cual las sombras familiares realizan su danza macabra. Casi un siglo antes, Freud define a la novela familiar como aquella historia que nos contamos sobre la realidad social y psicológica de la familia en la que nacemos.3 Gainza, a través de su narradora, revive la noción a través de los pasadizos fantasmales de la mansión de la infancia:

Nada más subterráneamente opresivo que una leyenda familiar. Es la piedra basal sobre la que se levanta una familia, lo que le da a la relación entre padres e hijos esa sensación de clan cerrado a expensas de ignorarlo casi todo los unos de los otros. (p. 148)

Una vez más, la mirada es expuesta como fatua. En este caso, la mirada familiar que, en la contemplación de sus tesoros, perdió de perspectiva del futuro y se relame las cenizas del pasado glorioso. La narradora, versada en arte, nombra a su estética familiar y, de paso, a su estilo narrativo: «la poética de la ruina» (p. 43). La escritura de Gainza se convierte así en una esquela de melancolía, una arqueología de linajes perdidos.

Porque ahí donde los jardines esconden mármoles cercenados para darle una apariencia de ciudad perdida, los nombres propios encierran su razón de estar en esas páginas, tan grandilocuentemente citados. En Gainza, las historias de los pintores son las excusas para narrar las historias que realmente nos interesan: la humanidad que nos hermana. «Nos contamos historias para poder vivir», también escribía Didion en uno de sus ensayos más famosos.4 Hacemos esas extrapolaciones con gente célebre e historias aparentemente únicas para encontrarle un hilo conductor a la vida propia. Que se presenta de la nada, con sus matices y tragedias. Como si la genialidad fuese el antídoto, la excusa para las compulsiones. Como si hilvanar ayudara a ponerle orden al caos, cuando, en realidad, lo humano no distingue de lo genio. Ninguna anécdota artística en El nervio óptico es inocente, pues todas guardan la preciosidad del instante en el que el alma humana mira directo al abismo de la incertidumbre. Bien acierta Gainza en citar a Cyril Connolly cuando la narradora menciona: «A quien los dioses desean destruir al inicio llaman promesa» (p. 150). La autora reconoce lo autobiográfico en una crítica de arte (o, por qué no, en una crítica literaria) y lo expone en forma de otra obra de arte.

Foto: Rosana Schoijett

Es difícil descifrar lo que un solo cuadro puede encerrar para distintas personas. Aún más difícil es imaginar cuáles son las historias que generan esas reacciones. En un museo de arte, ¿cómo interpretamos aquellos gestos que surgen casi como por acto reflejo? El suspiro ahogado del caminante distraído que se detiene en seco, la mano que cubre la boca del turista ansioso. La pareja que camina entrelazada y de pronto se suelta en tácito acuerdo. ¿Qué vieron? ¿Qué es aquello que el arte genera en uno que es tan difícil de traducir en palabras no sin valerse primero de algunas historias? Para Siri Hustvedt, el arte se adentra en la experiencia.5 Para Gainza, uno narra algo siempre para contar otra cosa. Atrás ha quedado la noción ilustrada que descarta la subjetividad propia como parte del conocimiento, a la mirada como una cámara flotante carente de cuerpo. Gainza narra desde esta crisis, haciendo la genealogía de quien reconoce la humanidad de tanto genios como gentiles. Recorre, con su narración rebosante en símiles, la galería personal de una mujer que maldice su educación al mismo tiempo que le agradece la belleza. Que, en ese instante de tragedia, como solo el verdadero arte puede, cobra vida.

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Datos del libro reseñado:

María Gainza

El nervio óptico

Laurel Editores, 2016, cuarta reimpresión, 2021

159 pp.

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Referencias bibliográficas

1 Didion, J. (2021). Por qué escribo. En Lo que quiero decir (pp. 53-61). Literatura Random House.

2 Tabarosvky, D. (2018). Literatura de izquierda (p. 57). Ediciones Godot.

3 Hirsch, M. (1989). The Mother/Daughter plot. Narrative, psychoanalysis, feminism (p. 9). Indiana University Press.

4 Didion, J. (2012). El álbum blanco. En Los que sueñan el sueño dorado (pp. 131-164). Literatura Mondadori.

5 Hustvedt, S. (2022). Algo vivo. En Madres, padres y demás. Apuntes sobre mi familia real y literaria (pp. 267-271). Seix Barral.

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Junto al Sena

Notas en un pasaporte, relatos de Félix Terrones

Por Carlos Germán Amézaga

La feria del libro de Lima, en su versión de 2022, nos ha traído muchas sorpresas. Más allá del reencuentro con antiguas amistades, casi todos hombres y mujeres de letras o vinculados a la escritura o la edición, hemos asistido a la presentación de libros muy variados. Uno de ellos nos ha llamado la atención, precisamente porque su autor es un viejo amigo, conocido en París, y porque su presentación se ha hecho de manera virtual, a la una de la mañana hora local de Francia, aunque a las 6 de la tarde hora local limeña. Se trata del conjunto de relatos Notas en un pasaporte, de Félix Terrones, quien vive actualmente en la ciudad de Tours y es profesor asociado de la Universidad de Berna, en Suiza.  

Foto: Ulises Gutiérrez Llantoy

Conocí a Félix hace unos cuantos años cuando aún era profesor en una universidad de París. Recuerdo que almorzamos juntos una o dos veces y descubrimos que compartíamos muchas inquietudes literarias como, por ejemplo, nuestro gusto por la micro ficción, pues ambos habíamos publicado obras en ese género. Posteriormente, nos seguimos viendo en presentaciones de libros y actividades literarias e, incluso, Félix fue uno de los presentadores de mi libro de relatos Itinerario en la Casa de América Latina en París. El periodo de la pandemia, como a todos, nos distanció un poco, pero, aun así, Félix organizó en noviembre de 2021 el Tercer Encuentro de Escritores Peruanos en París, en el marco de la Quincena Cultural organizada por la Embajada del Perú en Francia. Precisamente, el título de ese encuentro era «Las literaturas, los exilios, las migraciones».

No cabe duda de que estos temas son realmente muy cercanos al sentimiento interior de Félix. El libro que comentamos va dirigido precisamente hacia la condición del exilio y la migración de los diversos personajes que van construyendo los relatos que forman parte del volumen, y, en conjunto, expresan el sentimiento de desarraigo y, en ciertos casos, la marginación que sufre el extranjero en tierras ajenas; los recuerdos y las añoranzas del país que se dejó atrás serán en ciertos casos un aliciente para los que insisten en volver, pero los sueños sobre aquello que alguna vez fue en el pasado, difícilmente, podrán ser verificados en la realidad del presente.

Por ejemplo, en «Valientes muchachos», un grupo de jóvenes compiten en un certamen literario para ganarse un viaje a París; el ganador, Antonio Carneiro, es despedido con todos los honores antes de su partida. El narrador, quien recibió la mención honrosa, decide no participar en la publicación junto con el cuento de Carneiro. Luego se sabe que precisamente el ganador lo detesta pues este le había quitado a la mujer de sus sueños. Después de la partida de Antonio el grupo se desintegra y solo se reúnen muy de vez en cuando para rememorar historias de sus tiempos universitarios. Años después Carneiro regresa y todos van a recibirlo, pero encuentran a un hombre totalmente distinto, gordo y desgarbado, pidiendo que le inviten cerveza y cigarrillos, claramente un perdedor, no el hombre exitoso que pensaban todos cuando viajó a París, fruto quizás del desarraigo.

Presentación en la FIL Lima 2022 – Foto: Carlos Germán Amézaga

En «Todos vuelven», una mujer regresa al Perú después de 30 años luego de que su padre, quien nunca la visitó ni respondió sus mensajes, ha fallecido. La recibe Leandro, su medio hermano, con quien no ha tenido mayor acercamiento. Estando en Lima recuerda los últimos momentos que pasó con su padre, poco después que su madre viajara para siempre a Francia. Entre esos recuerdos está el momento en que su padre la llevó a conocer la casa de sus abuelos en los cerros cercanos a la capital; luego ella también viajaría para encontrarse con su madre. Leandro le cuenta que ha tenido que vender la casa de los abuelos para pagar las deudas de su padre y le pide una foto que se tomaron juntos con él hace treinta años en una cabina y ella se la da.  Al regresar a su hotel la mujer se da cuenta que, al haber perdido a su padre, sin tener la casa de los abuelos y ya ni siquiera contar con la foto, no tiene ningún sentido permanecer en el país, ya no hay nada que lo una a él, puede regresar de nuevo a Francia, sin remordimientos, siguiendo el ejemplo de Flora Tristán, cuya vida estuvo leyendo en el avión.

Luego, en «Castillos de humo ascienden en el aire», sucede algo que suele ocurrir en nuestros viajes: se pierde o, más bien, nos roban una maleta. El narrador, después de ser abandonado por su novia, viaja al Perú y comete el error de dejar cuidando su maleta a una persona mientras entra al baño en el aeropuerto de París, y esta desaparece. La maleta contenía unos platos para la colección de su madre, así como unas salchichas de las que «se venden por allí». En el Perú, siente el agobio de los «carnavales familiares», entre otros el de su hermano gemelo, por lo que intentan verlo como al personaje exitoso que no es necesariamente. Por no comentar su error, compra en Lima unos platos y unas salchichas que se las ofrece a su mamá y a los parientes reunidos en una gran fiesta en su honor. Tiempo después, al regresar a París, descubre que su superchería no había pasado desapercibida por su familia.

Así, en los demás relatos, encontraremos a un protagonista, a su familia y amigos, tanto en el país de origen como en el país de acogida, enfrentando a los problemas del desencuentro o de quiebre, motivado por la partida a un nuevo destino que no en todos los casos es lo esperado. Habrá siempre la expectativa de volver, pero definitivamente eso no resolverá los principales problemas, porque estos se mantienen con uno a donde uno vaya, y las complicaciones que uno dejó no resueltas en el pasado no se resolverán en un nuevo país, ni tampoco al revés.

Foto: Javier Calvete

La lectura de Félix Terrones es siempre estimulante, porque, con un lenguaje sencillo, pero muy eficaz, permite al lector compenetrarse completamente con los personajes y sus tribulaciones, permitiéndonos, además, extraer conclusiones que pueden ser válidas para nuestra propia existencia. Para todos aquellos que hemos dejado alguna vez nuestra tierra en busca de nuevos horizontes, una ojeada a Notas en un pasaporte resulta casi indispensable.

Agosto de 2022

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Reseña: Quiénes somos ahora (2022) de Katya Adaui

El mundo abisal de Quiénes somos ahora

Por Fiorella Moreno

En Quiénes somos ahora (Literatura Random House, 2022) de la escritora Katya Adaui, la muerte, el gran tema de la novela, apela a los símbolos de la tierra y el océano. La madre, de nombre Luisa, tiene los ojos del mar; el padre, Alberto, los ojos de la tierra. Y es precisamente aquí donde la narradora, como Shiva, el dios del panteón hindú, con la benevolencia que, a veces lo caracterizaba, transforma a los seres, a sus padres, incluso a la propia Mara, el pequeño animal de alas transparentes y longevidad inaudita; es decir, los destruye narrativamente en su materialidad sin abolir su fundamento: la esencia. ¿Y a qué fundamento nos referimos? A los actos, los vicios, las manías o las pulsaciones, los rencores y los brotes de ternura que nunca se olvidan y flotan en el espacio, en todos los espacios, aún cuando las ausencias de estos no sean más una prórroga.

Foto: Cuenta de Twitter de Katya Adaui

La muerte, nos dice la autora, es natalicia. Es decir, nace con nosotros desde que somos embrión encarnado. Por ello es uterina. Por ello es oceánica. Por ello es memoriosa, de allí nuestra tendencia a volver al mar desde niños, otro gran tópico de la novela. Los episodios más esplendorosos de esta historia acontecen entre la arena, el sol, las playas de La Herradura, de Máncora, de Pucusana, de La Punta. Pinceladas, trazos tornasolados, del cuadro de la vida de una familia.

Sin embargo, en esa escritura evocativa y resignificativa, encontramos otro gran recurso, otro gran símbolo, que justamente apela a esa benevolencia de la narradora, el Escarabajo del padre, un auto-cuerpo como un cómplice más que, de acuerdo con la mitología egipcia, esta criatura, y todas sus formas que la repliquen, encarna la vida eterna, el renacer a través de la gramática del amor, del mundo, que emplea Adaui.

Esta novela también es una oda a la reconciliación. Una reconciliación que solo es posible a través de la justicia del ojo narrativo, aquel que dibuja un personaje transparente y opaco a la vez, la madre, la madre como sinónimo de imperfección, de violencia en la sangre, de arrebato, de irreflexión. Ella, como la gran creadora de almas, se convierte también en la Medea de su reino, en la bruja del cuento de hadas. Transforma el primer mundo que habitan sus crías, su infancia, luego su adolescencia, incluso su juventud, en una suerte de caos emocional, de vorágine, donde la luz insoportable de sus ojos azules, índigo sin clemencia, provoca la caída de la casa-maqueta donde los muñecos, sus hijos, su marido, huyen o son desterrados sin consuelo. Es, por lo tanto, un perfil humano de la madre de todos los tiempos. Una maternidad socavada, a través del rastrillo imaginario de la narradora. La madre ludópata, cleptómana, agresiva, la Hestia que utiliza el fuego para hacer arder la casa.

Foto: Alejandra López

Pero también este libro, con sus artificios, su claroscuro, da paso a la reflexión sobre la dimensión del arte poético. El lenguaje que se sirve de la memoria para entregarnos una historia tan bella como funesta. O, mejor dicho, la memoria que se sirve del lenguaje y del océano, y de los primeros dioses en la vida que cualquier individuo, los padres, para conjurar una penumbra rutinaria, donde el deslumbramiento, la revelación, la conciencia metafórica, como astros en el universo de un espacio familiar, gravitan, chocan, colapsan, hasta transformarse en una amalgama, una dispersión de hechos, de partículas vivientes sin calor, salvo el que otorga el recuerdo. Dicen que uno nunca muere hasta que lo olvidan. Los personajes de esta galería indescifrable no mueren; pese a la Gran Implosión, están allí, en La Punta, como pequeñas cajitas náufragas, buceando entre algas, arrecifes de coral y primitivos ojos de peces abisales. No obstante, la luz negada de su nuevo hogar es contravenida con la luz iridiscente de una pluma, por demás, clarividente.

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Datos del libro reseñado:

Katya Adaui

Quiénes somos ahora

Literatura Random House, 2022