Te estoy grabando
Por Marlon Aquino Ramírez
Fue en 2015 que Christian Reto (Callao, 1983) publicó el libro de relatos Jesús el político, un prometedor debut literario en el que el autor presentaba doce historias urbanas (a excepción de la que da título al libro) narradas con irreverencia, ironía y sarcasmo. Siete años después, Reto ha vuelto a la ficción con Matalisuras, novela de atractivo título y portada inquietante en la que el autor explora terreno virgen en nuestra literatura reciente: el periodismo ciudadano.

El autor sitúa su historia en una Lima post-COVID-19 con ciertos elementos futuristas en la que el siempre impredecible Congreso de la República ha elegido a la capital para implementar un ambicioso proyecto llamado “Periodismo Local, Urbano y Regional” (Plural). Con él, se busca alcanzar el tan anhelado objetivo de acabar de una vez por todas con la delincuencia. ¿De qué manera? Motivando a que los ciudadanos de a pie suban videos con denuncias a una plataforma web diseñada por dos ingenieros de sistemas peruanos. Este objetivo declarado es más que loable. Sin embargo, como ocurre con frecuencia, detrás de esta iniciativa congresal hay intereses menos altruistas. Por ejemplo, el uso de este sistema de denuncias como arma para que ciertos políticos se deshagan de sus rivales. Y aquí está el primer acierto del libro, pues Reto es bastante incisivo en develar esta instrumentalización política de un recurso que debía estar al servicio del bien común. Pasa en la ficción, pasa en la vida real. Esta es entonces la primera línea temática de la historia, la que, a mi juicio, es la más interesante y la que debió explotarse más aún.
La otra línea temática, relacionada estrechamente con la anterior, corresponde a los problemas individuales de los personajes. En primer lugar, está, por supuesto, el protagonista, Fabián, un melancólico joven que, luego de haber trabajado en Plural, es convocado para formar parte del equipo de producción de “Matalisuras”, un ambicioso programa político de televisión. Su problema es que, a pesar de ser un tipo talentoso, Fabián está emocionalmente bloqueado a causa de una ruptura amorosa que aún no supera. Esto lo mantiene atado a una rutina de solitario en la que trata de llenar sus vacíos con el consumo de pornografía y drogas musicales. Esto último resulta sumamente interesante, ya que es un aspecto pocas veces tratado en la narrativa peruana. Si bien la música como compañía y alivio para los solitarios está presente en varios cuentos y novelas de nuestra tradición (por ejemplo, en Los ríos profundos de Arguedas), me parece que nunca se había mostrado su lado adictivo, destructor, como en Matalisuras. Porque Fabián es un adicto a escuchar cierto tipo de melodías que, al ingresar a su cerebro, lo elevan tanto como un pinchazo de heroína. De ahí que incluso tenga un dealer que lo provee de las “audosis” necesarias. La narración de las características de esta particular adicción resulta sumamente atractiva (adictiva, casi).
Fabián vive rodeado de hologramas producto de su cabeza estimulada. Alza el volumen de sus audífonos para que una ejecución de violín confundida en sonidos de sintetizador rebote en sus oídos. Y baila sin compañía pero con compás, primero tanteando el piso sin lustrar, pisoteándolo con rabia (p. 18).
Ahora bien, la novela pierde dinamismo, se ralentiza, cuando los lamentos amorosos de Fabián mantienen secuestrado al lector durante páginas que parecen interminables. Y es que, llegado a cierto punto, es inevitable preguntarse: ¿en verdad es para tanto? Es comprensible que para cada individuo sus tragedias amorosas sean eso, tragedias, pero, miradas desde afuera, aquellas pueden resultar de lo más anodinas. Esto ocurre también con otro personaje: Julio Lacalle, apodado El Lobo. En efecto, hay momentos en la novela en los que las acciones del productor de Matalisuras se vuelven más atractivas que las del mismo protagonista. Cabe destacar aquí, como muestra, el obsesivo método de investigación periodística de El Lobo: hurgar en las bolsas de basura de aquellos personajes a quienes está investigando. Ahí, en sus desechos, piensa, están las huellas que conducen directamente a lo más tenebroso del corazón humano. No obstante, la riqueza del personaje se desaprovecha cuando el narrador se enfoca demasiado en detallar sus problemas conyugales y extraconyugales.

El fuerte de Matalisuras es, entonces, la primera línea, la que tiene que ver con la dimensión social de la trama. No solo porque, como señalé anteriormente, aborda el poco explorado tema de los riesgos del periodismo ciudadano, sino porque allí, además, se desarrolla una intriga criminal que mantiene el interés del lector por llegar hasta el final. Es allí también donde Reto, en líneas generales, demuestra su habilidad para construir diálogos ágiles, verosímiles y con gracia.
A pesar de ciertas inconsistencias técnicas, propias de todo debut novelístico, el balance es positivo. Estamos ante una novela de enorme actualidad, cuestionadora, entretenida, faltosa, narrada con gusto por un autor en ascenso.
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Datos del libro reseñado:
Christian Reto
Matalisuras
Colmillo Blanco, 2022, 293 pp.

