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Reseña: Le dedico mi silencio (2023) de Mario Vargas Llosa

La última novela de Mario Vargas Llosa

Por Omar Guerrero

Le dedico mi silencio (Alfaguara, 2023) de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) es la última novela con la que se cierra una larga y reconocida trayectoria literaria de más de sesenta años. En otras palabras, esta es su despedida como escritor en este género. Así lo anunció el Premio Nobel de Literatura días antes de la fecha de lanzamiento del libro (26 de octubre). (Lo comenta también en el último capítulo del documental Una vida en palabras que se puede ver aquí). (Para la promoción del libro se utilizó parte de este material para hacer un pequeño documental con el mismo nombre de la novela que también se puede ver aquí). Esta misma noticia es confirmada por sus lectores en la última página del libro: “[…] Creo que he finalizado ya esta novela. Ahora, me gustaría escribir un ensayo sobre Sartre, que fue mi maestro de joven. Será lo último que escribiré” (p. 303). Tal vez los más escépticos (y hasta sus enemigos) dirán que se trata de una artimaña para seguir llamando la atención y vender más sus libros, algo que Vargas Llosa no necesita. Lo cierto es que el paso del tiempo y la senectud son ineludibles en la vida del escritor, quizás por eso esta novela se encuentra llena de nostalgia y añoranzas transmitidas a través de su personaje Toño Azpilcueta, quien llega a considerar sus anhelos e ideas como una posibilidad en lugar de una utopía. 

La novela está dividida en 37 capítulos, algunos bastante cortos. En muchos de estos capítulos llama la atención la exploración del discurso en el género ensayo (más adelante indicaremos por qué). El uso del tiempo es casi lineal. No hay saltos temporales entre un capítulo y otro, sobre todo con la historia de Azpilcueta, sólo se manifiestan las elipsis, además de los recuerdos que no se recrean como parte del pasado, sino que quedan como lo que son: recuerdos. Se añade el recabado de información como parte de una investigación correspondiente a ese mismo pasado (también indicaremos por qué).

Su personaje principal se llama Toño Azpilcueta a quien no se le puede definir ni como periodista ni como intelectual, a pesar de que conjuga ambas actividades (esta última es la que desarrollará con mayor ahínco a lo largo de la novela). Su afición es la música criolla, no como músico sino como un estudioso y/o melómano. Se gana la vida escribiendo pequeños artículos en distintos medios sobre este tema. Azpilcueta reconoce en este género musical el encanto de una época pasada, también el origen de una identidad mestiza que bien podría eliminar las diferencias sociales y raciales de su país. Como es de suponer, toda la novela trascurre en el Perú. La mayor parte en Lima, pero también en la costa norte, con mayor precisión, en Puerto Eten, Lambayeque. El tiempo de la novela se ubica en 1992, meses después de la muerte de la lideresa y dirigente María Elena Moyano, asesinada por Sendero Luminoso el 15 de febrero de ese mismo año (mencionado en la página 16). Se confirma este tiempo de narración con la captura de Abimael Guzmán (12.09.1992) (mencionado en la página 175).   

La historia de esta novela empieza desde el momento en que Toño Azpilcueta se pregunta para qué un personaje como José Durand Flores (que bien podría ser el escritor y folclorista José Durand Flórez, fallecido en 1990), miembro de la élite intelectual del Perú, desea comunicarse con él. Es entonces que se logra saber que Azpilcueta vive en Villa El Salvador, un distrito periférico de Lima que surgió a inicio de los años ochenta con la migración masiva de la sierra peruana hacia la capital, más aún con la violencia desencadenada por el terrorismo, lo que originó el conflicto armado interno que duró más de una década. En este nuevo distrito vive Azpilcueta con su esposa Matilde y sus dos hijas. Matilde realiza distintos tipos de trabajos caseros como lavandería o costura de ropa. Ambos sobreviven con los trabajos que realizan. Sin embargo, Azpilcueta tiene muchas carencias. Ni siquiera cuenta con teléfono, por lo que se comunica con el único teléfono de la zona que se encuentra ubicado en la pulpería de su amigo apellidado Collau, cuyo local también sirve de quiosco para la venta de revistas y periódicos. A partir de la comunicación entre Durand Flores y Azpilcueta, se logra saber la existencia de un joven prodigio de la guitarra criolla peruana. Su nombre es Lalo Molfino, un muchacho proveniente de Chiclayo, Lambayeque, que se caracteriza por ser algo esquivo y reservado, además de comportarse con cierta vanidad al saber que toca muy bien la guitarra cuando ejecuta las canciones de música criolla. Este será el móvil para que Toño Azpilcueta empiece una investigación sobre este guitarrista que llegó a formar parte de importantes grupos musicales como Perú Negro o la compañía de la cantante criolla Cecilia Barraza, quien es muy amiga de Toño Azpilcueta.

Como parte de esta investigación, Azpilcueta sostiene su tesis sobre la importancia de la música criolla dentro del concepto de nación, pues ya había realizado en la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos un trabajo sobre el vals peruano para obtener su título de bachillerato, el cual fue asesorado por su maestro Hermógenes A. Morones, quien, al morir, dejó un vacío en lo que corresponde a los estudios sobre el folclore peruano. Azpilcueta aspira a cubrir este vacío, no importa si lo hace fuera de la vida académica. A partir de esta investigación se inserta en la novela capítulos que contienen un discurso dirigido al ensayo en primera persona que toma muchas referencias históricas para crear un contexto que gire en torno al origen de la identidad peruana:

“[…] Y por eso los callejones y la música criolla resultaron inseparables para los cerca de setenta mil limeños (llamémoslos así) que allí residían, aunque la mayoría de los «callejoneros» venían de todos los pueblos del interior del Perú” […] “El gran compositor nacional, Felipe Pinglo Alva, asistió muchas veces a esas fiestas que animaban los callejones de Lima, pero se retiraba temprano -bueno, eso de temprano es un decir- porque tenía que ir al día siguiente a trabajar. Decían de él que llegó a componer más de trescientas piezas antes de morir” […] “Los callejones de Lima fueron la cuna de la música que, tres siglos después de la conquista, se podía llamar genuinamente peruana. Y ni siquiera hay que decir que el orgulloso autor de estas líneas la considera el aporte más sublime del Perú al mundo. En los callejones había ratas, pero también había música, y una cosa compensaba la otra” (pp. 24-25). 

Con respecto a las ratas, estos roedores no sólo se presentan como la principal fobia de Toño Azpilcueta, sino que también se les considera como una figura simbólica referente a todo lo negativo de una sociedad, y cuya presencia, real o imaginada, resultan más que una amenaza, pues si bien Azpilcueta intenta construir una idea de hermandad y unión entre los peruanos a través de la música criolla, la presencia de estas ratas, referidas siempre a la pobreza, a la enfermedad y a la podredumbre (y, por qué no, también a la corrupción), no harán más que ensombrecer y espantar todos estos anhelos.

La mejor parte de la novela es cuando Azpilcueta viaja a Puerto Eten para investigar sobre la vida de Lalo Molfino con el único fin de hacer un libro. Ahí llega a saber sobre su origen relacionado a la basura y a las ratas. También conocerá parte de su infancia, juventud y amores. Uno de estos amores es una muchacha que brindará una mayor información sobre este joven cuya vida se vio afectada por la enfermedad y la tragedia, tal como sucedió con otros grandes exponentes del género como Felipe Pinglo o Lucha Reyes, también mencionados en la novela.

Otro tema que surge en las investigaciones de Azpilcueta es la huachafería peruana, considerada como una característica singular entre sus compatriotas. Es más, hasta él mismo se reconoce como tal, en especial cuando confiesa su gusto por las letras de ciertas canciones del criollismo peruano. Esta misma huachafería se muestra en su comportamiento que varía a partir de su emoción, admiración y sentimientos hacia la cantante Cecilia Barraza, también presente en varios capítulos. Esta huachafería sirve para definir a la sociedad peruana como mestiza a todo nivel y en todas sus clases sociales, por lo que se considera un punto en común entre todos los peruanos:

“Había una huachafería humilde, de los peruanos indios, una huachafería de los cholos, es decir, de las clases medias, y hasta los ricos tenían su propia huachafería cuando se hacían pasar por nobles o descendientes de nobles, retándose a duelo entre ellos según el código del marqués de Cabriñana, como si eso fuera a blanquearlos un poquito, haciéndoles perder su condición de mestizos” (p. 69).    

Según Azpilcueta, esta huachafería llega a manifestarse hasta en la propia literatura. Para confirmar esta teoría, cita a ciertos autores emblemáticos que reúnen las siguientes características:

“Acaso donde mejor se pueden apreciar las infinitas variantes de la huachafería es en la literatura, porque, de manera natural, ella está sobre todo presente en el hablar y el escribir. Hay poetas que son huachafos a ratos, como César Vallejo, y otros que lo son siempre, como José Santos Chocano, y poetas que no son huachafos sólo cuando escriben en verso, como Martín Adán. En cambio, en sus ensayos se muestran excesivamente huachafo. Es insólito el caso de Julio Ramón Ribeyro, que no es huachafo jamás, lo que tratándose de un escritor peruano resulta una extravagancia. Más frecuente es el caso de aquéllos como Bryce y como Salazar Bondy en los que, pese a sus prejuicios y cobardías contra ella, la huachafería irrumpe siempre en algún momento en lo que escriben, como un incurable vicio secreto. Ejemplo notable es el de Manuel Scorza, en el que hasta las comas y los acentos parecen huachafos” (p. 210).

Y entre todas estas ideas, hipótesis y teorías, Toño Azpilcueta logra terminar de escribir su libro al que titula Lalo Molfino y la revolución silenciosa, cuyo lanzamiento no llama la atención de la prensa cultural limeña ni de la lectoría peruana. Sin embargo, algo ocurre que de pronto se revierte esta situación. Azpilcueta sale del anonimato y se convierte en un protagonista a niveles que ni el mismo se esperaba. Hasta llega a tener una cátedra en San Marcos. Y todo en base a su esperanza de vencer las utopías a partir de sus ideas:

“Si el Perú abandonara su mentalidad de pura supervivencia y se convirtiera en una nación próspera gracias a su música, acaso iría cambiando también su situación dentro del panorama mundial, logrando infiltrarse dentro de ese grupito de países donde todo se decide, la paz y la guerra, las grandes catástrofes o las alegrías que de tanto en tanto vienen a hacer feliz a la gente. Es seguro que yo no lo veré, pero la vida y obra de Lalo Molfino, acompañada de las ideas que aquí han sido consignadas, contribuirán a que así sea. Como los Siete ensayos de Mariátegui, o la poesía de César Vallejo, o las tradiciones de Ricardo Palma, este libro que sujetas, lector, en tus manos de peruano amigo, será el punto de arranque de una verdadera revolución que sacará a nuestra patria de su pobreza y tristeza y la convertirá de nuevo en un país pujante, creativo y verdaderamente igualitario, sin las enormes diferencias que hoy día lo agobian y hunden. Que así sea” (p. 241).    

Otros temas que Azpilcueta da a conocer en sus escritos son el cajón peruano, la tauromaquia, la brujería, el racismo (eliminada con la historia de sus amigos Toni y Lala cuyo erotismo se mantiene hasta la vejez), además de mencionar a otros exponentes de la música criolla peruana como Chabuca Granda, Jesús Vásquez y Óscar Avilés. A través del narrador también se conoce la postura de Azpilcueta en cuanto a la religión católica a pesar de haber estudiado en un colegio religioso cuyo nombre se menciona hasta en cinco ocasiones (Se trata del colegio La Salle ubicado en el distrito de Breña donde el mismo Vargas Llosa estudió un par de años y donde tuvo en desencuentro con uno de los hermanos de esta congregación que le hizo desistir de su condición de creyente y cuyo episodio ya ha sido contado en El pez en el agua).   

Si bien no hay momentos de grandes destellos narrativos en la novela, como las técnicas a las que ya nos tenía acostumbrados nuestro Premio Nobel, no se puede dejar de considerar la nostalgia que se percibe en el personaje de Toño Azpilcueta y en el narrador con cada hecho que se cuenta o se rememora, pues aquí se toman muchos referentes culturales e históricos para dar contexto a una ficción cuyo reflejo sigue siendo muy similar a la realidad. La visión de los personajes en los capítulos finales da a entender que la esperanza se puede mantener, por más pequeña que sea, incluso hasta huachafa, sin importar las contantes utopías que son más cercanas a lo real.

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Datos del libro reseñado:

Mario Vargas Llosa

Le dedico mi silencio

Alfaguara, 2023

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Reseña: Miseria (2023) de Dolores Reyes

Madres y familiares desaparecidos 

Por Omar Guerrero 

Miseria (Alfaguara, 2023) de la escritora argentina Dolores Reyes (Buenos Aires, 1978) es la continuación de su primera novela Cometierra (Sigilio, 2019) cuyo éxito ha cruzado las fronteras de su país, además de ya haber sido confirmada su producción como serie para una conocida plataforma streaming. En esta segunda parte el lector encontrará una novela compuesta por dos voces narrativas: una correspondiente a Miseria, el personaje juvenil femenino que aparece en la última parte de Cometierra, y Cometierra, la protagonista del primer libro, cuyo verdadero nombre se llega a saber en esta nueva entrega a través de los diálogos que sostiene con gente querida para ella, pero que ya no está con vida. Cada una de estas voces, de Miseria y Cometierra, se apropia de cada capítulo contado en primera persona y de manera intercalada. Muchos de estos capítulos son bastante breves.  

Miseria es la cuñada de Cometierra. Ella está embaraza. Espera un hijo de Walter, hermano mayor de Cometierra, quien trabaja casi todo el día por lo que es evidente gran parte de su ausencia. Entre los tres han formado una nueva familia en un nuevo barrio lejos del conurbano donde pertenecen. Y mientras se desarrolla la gestación de este bebé, Miseria va asimilando su rol de futura madre y de las necesidades que tienen como mujer junto a su nueva familia. Miseria sabe que estas mismas necesidades también las tendrá su pequeño, lo que demuestra los constantes problemas económicos y sociales de un país como Argentina, además de la pobreza, cada vez más creciente. Por eso Miseria sale a trabajar en lo que puede con ayuda de un nuevo personaje femenino llamada Tina, su amiga, a la que llama “la Tina”. Y al conseguir algunos pocos recursos, Miseria no se cansa de repetir lo siguiente: “Cometierra, acá desaparece gente todo el tiempo, acá, tu don es oro”. Y es que Cometierra se niega ahora a comer tierra. Ya no quiere saber nada de mujeres desaparecidas ni mucho menos ser testigo del sufrimiento ajeno, para eso intenta llevar una vida normal como cualquier muchacha. Aun así, Cometierra no puede evitar ver y coleccionar carteles, anuncios y volantes con fotos y nombres de muchachas desaparecidas. Y es que, para ella, la tierra nunca deja de llamarla.  

Por su parte, Miseria intenta ser una buena madre desde el momento de su gestación. Acude a citas de control prenatal, pero lo único que encuentra es maltrato y desconfianza por parte del personal de salud. Es evidente el sentido de denuncia a estos servicios y al sistema de salud pública. (En estas interminables colas y solicitudes de atención, Miseria se convertirá en testigo de dos chicas que no tienen reparos en mostrar su amor, más aún al saber que se convertirán madres, pues una de ellas está embarazada). En una de estas tantas visitas al hospital, Cometierra intenta darle el alcance a Miseria, quien ya está a punto de dar a luz, pero hay tanta gente y todo es un desorden que lo único que encuentra es una perrita a la que luego le pone el nombre de Polenta, además de conocer a Lucas, un enfermero que trabaja en una clínica y con el que llega a tener más que una amistad. Aquí lo sexual sigue siendo explícito en la narración, tal como sucede en Cometierra: 

“Las manos de Lucas van por mi espalda hasta llegar a la bombacha, me la baja de un tirón y cuando me llega a los tobillos, muevo las piernas para ayudar a sacármela y me subo sobre él. Parece que hubiera sido hecha exactamente para encajarme en las caderas de Lucas con las piernas abiertas. Su pija me entra de una, como si hubiera estado esperándola y lo abrazo con todo el cuerpo. Lucas me da un beso mientras hace fuerza por tumbarme de espaldas. Trata de que no nos despeguemos pero algo falla, porque cuando me dejo empujar hasta sentir el piso del balcón en mi espalda desnuda, su pija sale de adentro mío el tiempo suficiente para que suba un olor animal. A Lucas le gusta mucho más que cualquier perfume, porque me besa de nuevo mientras pone sus dos manos en mi cadera para arrastrarme hacia él. Creo que no podríamos estar más pegados, pero igual trato de apretar su cuerpo desde el nacimiento de mis piernas, mientras él empuja como si quisiera meterse todavía más. Arriba suyo, tan cerca que marea, todo ese cielo que acabo de descubrir” (pp.110-111, en su versión electrónica).    

 Muy aparte de estos hechos, hay cosas que Cometierra no puede olvidar, a pesar de las nuevas experiencias a las que se somete y que disfruta. Estos recuerdos corresponden a su madre, a la seño Ana (su profesora) y la Florensia (su amiga desaparecida). Por otro lado, Miseria está dispuesta a dar a luz a su bebé, pero ya no en un hospital. Es entonces que se da de un parto asistido de forma casera, considerado como uno de los pasajes más interesantes de esta segunda entrega:   

“Pienso que no voy a poder soportarlo. Sáquenme al bebé de una y escucho la voz de Tina como si fuera la de mi mamá: Vamos, Miseria… ¡Poné la fuerza acá abajo que nace ahora! Con lo que me queda de aire, espero a que las puntadas vuelvan a endurecerme la panza para empezar a empujar. Solo pienso en la fuerza llegando a mis músculos, como si estuviera trayendo toda mi sangre. Siento un calambre que empuja sacando no solo al cuerpo de mi hijo, sino hasta la última burbuja de aire de mis pulmones, pero en vez de echarlo por la nariz, me sale en pujos desde la panza. Ahí está la cabeza, anuncia la Tina. ¡Ahí salen los hombros! (p.121, en su versión electrónica).  

Después del nacimiento del bebé de Miseria, a quien llaman El Pendejo, la historia cobra un mayor realce cuando llega el momento de volver a comer tierra, más aún con el apoyo de Miseria y de la Tina, incluido el uso de las redes sociales para dar a conocer este don. Cometierra usa de nuevo sus poderes porque sabe que la gente necesita su ayuda. Y ante sus ojos, o lo que ella logra ver en la oscuridad, o la información que le proporciona la tierra, logra descubrir el paradero o lo sucedido con las chicas que son buscadas, muchas de ellas sometidas, esclavizadas o víctimas de inacabables feminicidios: Melody, Yazmín, Lucía, Martina, y muchas otras más; incluso hasta una perra, que es considerada como el único pariente de una persona, su dueña, que la busca con insistencia. La mayoría de estas personas son mujeres, sobre todo madres, aunque también hay padres que, a pesar de su condición de varones, no pueden ocultar su temor y dolor al conocer lo sucedido con sus seres queridos. El llanto es irreprimible.   

Es a partir de esta nueva incursión de Cometierra como médium que surgen otros hechos que seguirán interesando al lector, como el regreso de la tía de ambos, la hermana de su padre, quien abandonó a sus sobrinos cuando eran unos niños apenas quedaron huérfanos (su presencia fue muy breve en la primera parte de Cometierra). Lo mismo pasa con la noticia que trae esta tía con respecto a la salud del padre, de quien Walter intenta mantener lejos para proteger a su hermana (Cometierra), a su pareja (Miseria) y a su hijo (El Pendejo), de quien la tía ya tiene conocimiento de su existencia (sus saludos más parecen amenazas). O también el hecho de descubrir que el bebé de ellos, El Pendejo, también gusta de comer tierra, al punto que llega a contar lo que ve a través de sus primeras palabras. Otro regreso en esta segunda entrega es Ezequiel, el policía, para realizar más búsquedas o pesquisas en medio de ferias o lugares nocturnos llenos de cumbia y bailanta. Pero lo más interesante es la presencia de otro personaje femenino con los mismos poderes que tiene Cometierra. Hasta se podría decir que es mucho más poderosa. Ella es Madame, la reina de la noche, quien advierte y reta a Cometierra a no meterse en su territorio. Es, sin duda, su antagonista, pues se presenta como un ser maligno, razón suficiente para que Cometierra tome una decisión trascendental mientras la madre de Florensia, su amiga de la infancia, le insiste para que le diga la verdad sobre el paradero de su hija desaparecida. Se suma la voz de la seño Ana, su profesora, quien no se cansa de aconsejarla para prevenirla del daño. Y con ello también llega la presencia de un grupo de mujeres que se van organizando para reclamar una serie de derechos a través de manifestaciones que ya no podrán ser reprimidas. Y todo esto queda en suspenso mientras se espera una siguiente entrega que consolidará una trilogía que seguirá dando mucho que hablar, tanto de sus personajes como de su autora, quien ya es toda una celebridad en las leras latinoamericanas e internacionales, pues sigue siendo traducida e invitada a distintos eventos culturales y literarios. Y es que Dolores Reyes es la estrella del momento.     

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Datos del libro reseñado: 

Dolores Reyes 

Miseria 

Alfaguara, 2023 

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Reseña: Las cartas del Boom (2023)

El Boom en primera persona (del plural)

Por Omar Guerrero

Las cartas de Boom (Alfaguara, 2023) es un verdadero acontecimiento editorial digno de toda celebración. Esta publicación, tan inusual y titánica, contiene 207 cartas, faxes, telegramas y postales escritas entre 1955 al 2012 que intercambiaron los principales miembros del Boom Latinoamericano: Carlos Fuentes (CF), Julio Cortázar (JC), Mario Vargas Llosa (MVLL) y Gabriel García Márquez (GGM). La edición ha estado a cargo de los peruanos Carlos Aguirre y Augusto Wong Campos, el mexicano Javier Munguía y el británico Gerald Martin, quien ya había publicado Gabriel García Márquez: Una vida, un extenso y completo trabajo que piensa repetir con la biografía que viene trabajando sobre Mario Vargas Llosa.

En estas correspondencias el lector encontrará muestras de verdadero afecto y amistad entre estos cuatro grandes escritores que cambiaron el rumbo de la literatura latinoamericana y universal. También queda en evidencia la admiración que se tienen al leerse y al reconocer el valor de cada uno de sus trabajos, muchos de ellos aún en proyectos o en vías de publicación, pues son presentadas en cuartillas, manuscritos o copias. Y a partir de estas entregas se manifiestan los consejos, recomendaciones y el surgimiento de otras ideas que no llegaron a concretarse como la novela en cuatro manos que le propone GGM a MVLL sobre el conflicto bélico entre Colombia y Perú en los años treinta.

Cito a sus editores para definir este libro y una de los capítulos que lo componen, además de mostrar a sus protagonistas en su propia esencia. Se considera la importancia que ellos tienen hasta ahora junto a su enorme obra: “Las cartas del Boom es una pieza integral en esa secuencia. La parte central de este libro, las cartas sobre el camino hacia el Boom y su manifestación misma (1955-1975), se llama «Pachanga de compadres» a propósito de una frase de García Márquez dirigida a Fuentes en que celebra por anticipado el Premio Rómulo Gallegos a su compadre Vargas Llosa, nada sorprendente viniendo del autor que aseguraba que Cien años de soledad era un vallenato y El amor en los tiempos del cólera un bolero” (p. 16) […] “Aun así, la novela del Boom representa una continuidad literaria que asimiló la novela decimonónica de Balzac, Dickens, Tolstói y Twain; la vanguardia de Joyce, Proust, Kafka, Woolf y Faulkner; la novela regionalista de Ricardo Güiraldes, José Eustasio Rivera y Rómulo Gallegos; y la obra de sus grandes precursores latinoamericanos: Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier y Mario de Andrade” (p. 18).

Y entre estas deducciones es imposible dejar de lado las cuatro reglas que definen los cuatro editores sobre estos escritores y el gran fenómeno que crearon: “1) escribieron novelas totalizantes, 2) forjaron una sólida amistad entre ellos, 3) compartieron una vocación política, y 4) sus libros tuvieron una gran difusión e impacto a nivel internacional” (p. 17). En la nota de edición vale mencionar la sinceridad de los editores con respecto al trabajo realizado (y que termina siendo un deleite para cualquier lector, más aún para cualquiera que admire el trabajo de estos cuatro grandes a los que se les llega a comparar con los Beatles por su genialidad y por empezar a desarrollar su trabajo a inicios de los años sesenta con un rotundo éxito, e incluso mucho antes, como es el caso de JC y CF): “Creemos que nunca se ha organizado un epistolario con cuatro grandes voces de la literatura comunicándose de este modo, y la consecuencia es que este libro es menos una recopilación de cartas que una gran narración en primera persona que pasa pronto del singular al plural” (p. 37).   

Una vez que el lector empieza a leer estas misivas, confirmará de primera mano el gran entusiasmo que desborda CF al dar a conocer sus primeros proyectos literarios (él empieza con estas cartas pidiéndole a JC colaborar con textos para la Revista Mexicana de Literatura) (16.11.55). Este mismo ánimo de CF quedó registrado al guardar las copias de las cartas que recibía y también las que enviaba, y que sirvió de mucho para la elaboración de este libro. Aquí un ejemplo de mención sobre sus primeros escritos: “Gracias, también por su crítica de Los días enmascarados. Ya tengo listo un segundo volumen de cuentos, y, para fin de año, una novela: «La región más transparente del aire»” (01.02.56) (p. 51). Lo mejor es que siempre recibe una respuesta de su destinatario (JC) sin importar el retraso que concernía el antiguo sistema de cartas. Esto permite deducir la calidad como persona de JC, más aún como escritor, pues ya había publicado Bestiario (en marzo de 1951) y Final del juego (en julio de 1956). Estas líneas corresponden después de realizar la lectura de la novela La región más transparente (título definitivo) con más de un apunte: “Puedo leer el libro como si leyera una novela de, digamos, Joyce Cary o Boris Pasternak;” […] “Usted ha incurrido en el magnífico pecado del hombre talentoso que escribe su primera novela: ha echado el resto, ha metido un mundo en 500 páginas, se ha dado el gusto de combinar el ataque con el goce, la elegía con el panfleto, lo satírico con la narrativa pura” (pp. 55-56) (07.09.58). Con la lectura de las siguientes cartas es evidente el paso del ceremonioso trato de “usted” al “tú”, lo que resulta más cercano y amical; más aún si se suma el hecho de encontrar un incuestionable valor en cada uno de estos escritos. Le sucede otra vez a JC con MVLL después de conocerse en París a fines de 1958 y de haber intercambiado las primeras cartas sobre Los impostores antes de llamarse La ciudad y los perros. La estima y admiración son evidentes: “Querido Mario: Anoche acabé de leer tu novela, que me ha conmovido profundamente. Tengo mucho que decirte sobre ella y quisiera verte pronto para charlar. ¿Me llamas a casa para combinar un encuentro?” (13.06.62) (p. 60). Esto mismo se confirma cuando JC se entera de que MVLL ha ganado el Premio Seix Barral. “Querido Mario: Julia acaba de darme la gran noticia. Te imaginas mi alegría, yo que tanto admiré “Los impostores” […]” (p. 67) (20.12.62). Otro punto para resaltar es la complicidad entre CF y JC cuando el primero empieza a interceder para que la obra del segundo pase al plano cinematográfico, territorio que conocía bien CF por su labor como guionista de cine y teatro: “Lo que me cuentas de Buñuel me parece casi increíble, y sobre todo la posibilidad de que un cuento mío y otro tuyo -nada menos Aura– entren juntos en la terrible y fabulosa máquina surrealista de Buñuel” (29.10.62) (p. 66). Este anhelo se concreta tiempo después con la versión de Antonioni con la película Blow-Up basada en el cuento “Las babas del diablo” de JC (1966). Por otro lado, MVLL también muestra entusiasmo al comentarle a CF sobre su nueva novela (La casa verde), aunque esta se mezcla con su indignación y espanto sobre las cosas que suceden en el Perú, como lo ocurrido con Jum, el cacique aguaruna que conoció en su viaje a la selva, y a las torturas que fue sometido por parte de los militares a quienes califica como unos verdaderos salvajes. Esta rabia se convierte en una ineludible fuente de inspiración: “La realidad peruana es demagógica, irreal, hay que buscar formas sumamente complejas (barrocas, como dices tú) para trasladarlas a una narración sin caer en el esquematismo o el panfleto” (07.04.64) (p. 85). Esta misma indignación se repite en MVLL otra vez con el Perú, sobre todo cada vez que regresa de viaje, pues se convierte en testigo de los cambios sociales que no son siempre favorables, más aún cuando aflora la corrupción y la inseguridad en su propio país: “Estuve en “Lima la horrible” solo diez días pues el viaje a la selva que debía durar una semana duró tres debido al mal tiempo. En el Perú todo anda mal. Lima ha sido invadida por indios sin trabajo, los mendigos atestan en las calles. Todo está corrompido: la política, la gente, el aire. La solución, chez nous, para por el apocalipsis. Hoy apareció una noticia en Le Monde. Para combatir la delincuencia, el gobierno peruano ha apresado a 1,600 prostitutas y homosexuales (la mayoría menores de edad) y los han enviado al Sepa, una cárcel dantesca situada en medio de la selva. El Perú es el horror, un día va a llover fuego, pero de la tierra hacia el cielo” (p. 94) (17.08.64). Con estas problemáticas en la realidad peruana, MVLL pone en el papel historias que se asemejan y que convencen y, a la vez, estremecen a cualquier lector. Le sucedió a JC con la lectura de La casa verde, quien le dedica las siguientes palabras: “A la altura de los primeros diálogos de Bonifacia con las monjitas ya estaba totalmente dominado por tu enorme capacidad narrativa, por eso que tenés y que te hace diferente y mejor que todos los otros novelistas latinoamericanos vivientes, por esa fuerza y ese lujo novelesco y ese dominio de la materia que inmediatamente pone a cualquier lector sensible en un estado muy próximo a la hipnosis (y eso no significa pérdida de lucidez, sino paso a otra forma de lucidez, que es el milagro de toda gran novela, de un Lowry o de un Joyce Cary o un Dostoievski, y no te pongas colorado, peruanito, que yo no elogio así nomás a nadie, aunque sea un amigo muy querido)” (p. 105) (18.08.65). 

Por su parte, GGM también cae en la sinceridad al adelantarle noticias a su amigo CF sobre su vida personal, sus viajes y más aún sobre la evolución de su trabajo: “Empiezo a decir que eres un malvado por encontrarte en Roma en este sábado sombrío, pero con un poco de egoísmo te lo agradezco, porque ya no tengo a quien visitar y el té dominical lo dedico a escribir. Hasta encontré el título de la novela: Cien años de soledad. ¿Cómo te suena?” (p. 112) (30.10.65). Lo más interesante (y gracioso) de las cartas de GGM es su inicio al dirigirse a sus destinatarios usando excelsos calificativos como Magíster o Máster. Estos mismos calificativos los repite CF porque no puede controlar su entusiasmo, más aún al ser uno de los primeros privilegiados al leer las primeras cuartillas de la novela de GGM: “Magíster magnífico! Tus primeras 70 cuartillas de Cien años de soledad son magistrales, y el que diga o insinúe lo contrario es un hijo de la chingada que deberá responder a los sangrientos puñales de largo alcance del joven escritor gótico C. Fuentes. Kafka, Faulkner, Borges, Mark Twain: con estas páginas, querido Gabriel, ingresas al no-man´s land de esas grandezas y esas compañías. Tu mentor G. Greene, desde ahora, es tu mozo de estoques” (p. 129) (15.04.66).

Esta amistad, efusividad y enorme estima son corroboradas en cada una de estas misivas que sirven para registrar no sólo grandes sucesos literarios como el Premio Rómulo Gallegos a MVLL, el Biblioteca Breve a CF o la publicación final de Cien años de soledad (todo ello ocurrido en 1967), sino también de otros hechos sociales y políticos como la ocupación de Praga (marzo de 1968), las revueltas en París (mayo de 1968) (en las que participan de manera directa CF y JC), la masacre de Tlatelolco o el golpe militar en Perú (ambas en octubre de 1968), primeras críticas a Cuba o las diferencias entre JC y Arguedas, incluido el suicidio de este último (1969), el caso Padilla (marzo de 1971), el golpe militar en Chile y muerte de Salvador Allende (septiembre de 1973) y el golpe militar en Argentina (1976). Todos estos hechos marcan las percepciones e ideas de los cuatro amigos escritores, además de sus discrepancias, lo que hace que estas correspondencias empiecen a ser cada vez menos frecuentes. Se suman otros temas personales como el rechazo de MVLL al género epistolar o el uso privilegiado del teléfono de GGM para comunicarse mejor (y más rápido). Un caso contrario es JC, quien confiesa su aversión al teléfono.

Tampoco se puede dejar de mencionar temas más íntimos como las separaciones con sus parejas, las mismas que quedan en evidencia con los saludos a modo de despedida y cuyos nombres dejan de ser mencionados para suplantarlos por otros. Sucede con Julia Urquidi (MVLL). También con Aurora Bernárdez y después con Ugné Karvelis (JC). Pasa lo mismo con Rita Macedo (CF). Queda también la mención a los problemas de salud como el hígado inflamado de GGM o las transfusiones de sangre a que tuvo que someterse JC ante un problema gástrico bastante serio. Y cómo no, otras ocurrencias como el día en que CF y GGM se fueron a una sauna en Praga para conversar con Milan Kundera y evitar el peligro de ser espiados sin importar encontrarse “en pelotas” (sic) en medio de un ambiente gélido en extremo; o la noche imposible de conciliar el sueño para JC y su pareja debido al frío en el departamento de Londres de MVLL que, a la vez, estaba poblado de roedores. O la sorpresa y el enorme gusto de GGM al probar el ceviche y el pisco peruano. Y cómo no emocionarse como lector con la última carta que le envía CF a GGM por las celebraciones de sus 85 años (esta carta es enviada dos meses antes del fallecimiento de CF el 15.05.12): “Nuestras vidas son inseparables. Te agradezco tus grandes libros” (p. 442) (14.03.12). Y esta última frase se podría repetir a cada uno de los firmantes de estas cartas, incluso después de su muerte: ¡Gracias por sus grandes libros, que se van a seguir leyendo por siempre! ¡Gracias por su correspondencia, que también se va a seguir leyendo por siempre!   

Este libro se lleva todos los aplausos.    

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Datos del libro reseñado:

Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa

Las cartas de Boom

Alfaguara, 2023, 568 pp.

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Reseña: El camarada Jorge y el Dragón (2023) de Rafael Dumett

Un evangelio personal

Por Sebastián Uribe

Hace unas semanas se volvió viral el video de una chica cristiana que instaba a sus seguidores a preguntarse cómo reaccionaría Jesús ante una serie de situaciones que se desenvuelven en la cotidianidad. La masiva repercusión del video se debió, principalmente, a las respuestas divertidas que generó, en las que numerosos usuarios imaginaron reacciones inverosímiles –al menos, desde una perspectiva conservadora– a lo que el Hijo de Dios realizaría frente a diversas situaciones. La situación no pasaría de lo anecdótico y transitorio de no ser por lo que se escondía en cada respuesta: la reformulación de una figura mítica, una apropiación del personaje para insuflarle una narrativa propia alejada del dogma. ¿Qué Jesús ve cada uno? ¿Qué permanece y qué es capaz de ser re imaginado?

La mayoría de los comentarios que leí en redes sobre El camarada Jorge y el Dragón de Rafael Dumett (Lima, 1963) se han centrado en la biografía de Eudocio Ravines, en repetir datos que circulan por la internet. Esto parece un despropósito al momento de valorar una novela que se construye más bien en la tensión entre lo histórico y lo mítico alrededor de este personaje, clave de lectura que se puede atisbar desde el epígrafe de Hilary Mantel: ‘No importa lo que recuerdas, / sino lo que piensas que recuerdas’. 

“Pensar lo que se recuerda”, un laberinto donde la posibilidad de perderse puede ser fatal. El alimento de una paranoia como la del primer capítulo, donde el autor presenta a un Ravines mayor perdido en la capital mexicana, acechado por fantasmas, lecturas y prejuicios. ¿Cómo se llega a un estado de desconfianza en la realidad misma? Dumett elige hurgar en la raíz de todos los miedos: la infancia.

“Shitoh no se ha atrevido. No se atreve. No se atreverá. Es sólo un niño indefenso al que el destino ha apartado cruelmente de su padre y conducido a las puertas del infierno. Solo le queda salir de ahí cuanto antes y sin hacer ruido, y tratar de encontrar solo el camino a casa”. (p. 47)

Dumett retrata las configuraciones sociales de los albores del siglo XX en una Cajamarca alejada del centro político y económico de un país aún herido por la guerra perdida contra Chile, situación aprovechada por políticos y militares para imponer su propia ley. En ese contexto, dibuja a un Ravines que añora la vuelta a casa. En la melancolía, el recuerdo del padre ausente por una decisión apresurada es lo que producirá que su conducta errática sea más bien una forma de nostalgia ‘infantil’. Un resguardo frente a todo aquello que pudiera indicar debilidad frente a los demás, en una situación donde cualquier síntoma de flaqueza podría derrotarlo.

La narración describe las experiencias juveniles del protagonista, con un lenguaje que busca reproducir los dichos de la época y las turbaciones del tránsito de la infancia hasta la adultez, pero que, por largos tramos, se excede en la solemnidad, lo cual menoscaba la caracterización de las experiencias de los personajes. Dicha monotonía, no obstante, se ve interrumpida cuando Ravines, renegado del catolicismo de sus años tempranos, lee un ejemplar de Vida de Jesús, una reconstitución de la vida de Cristo elaborada a partir de los evangelios apócrifos y en la que encuentra una imagen con la cual emparentarse, aun cuando esta no calce necesariamente con los valores cristianos inculcados por la religión de su niñez.

“Igual tengo que defenderme de sus acciones, como Jesús. Está en mis manos no dejarme arrastrar por ella en sus desgracias. Si la dejo, si los dejo (también están mis hermanitos), serán mi lastre. Me quedaré anclado al pueblucho atrasado en que malviven y vegetan y del que no podré salir jamás”. (p. 119)

En esta escena de revelación la novela brinda una clave de lo que se está contando: no hay Historia sin lo apócrifo, sin esa ficción que se encuentra en orilla de lo canónico y establecido. Es la propia historia de Ravines la que se narra a través de los recursos de la ficción –de lo que pudo o no pudo haber pasado– como una forma de aproximarse a la sensibilidad de la figura histórica y de quienes lo rodean. Entre esos personajes secundarios destaca, por lejos, el personaje de Belisario Ravines, el prefecto vilipendiado por el pueblo cuyos soliloquios llenos de delirio, miedo y culpa quiebran el relato a la vez que lo dotan de vitalidad. Es un momento clave cuando este declara ante Ravines que no cree en Dios, a lo que este responde: “Yo tampoco. Pero creo en los pecados. Los que empozan el alma y la ensucian para siempre”.  (p. 238)

Rafael Dumett

Es el pecado y la culpa que acarrea lo que gangrena a los personajes. Ante ello, el protagonista opta por la libertad como la única manera de no acatar órdenes de nadie, como el principal motor para desenvolverse en el mundo. Esta consigna marcará sus decisiones y determinará su futuro. Será el matiz con el que forjará una moral y una conciencia: su propio evangelio. Dummet, en esta novela, apenas ha empezado a mostrar el camino que ha trazado para contar la vida de Eudocio Ravines (este es el primer tomo de una trilogía anunciada). Se trata de un camino que, tras esta lectura, anticipo con buen augurio.

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Datos del libro reseñado:

Rafael Dumett

El camarada Jorge y el Dragón

Alfaguara, 2023. 272 pp.

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Reseña: Por favor, rebobinar (2014/2022) de Alberto Fuguet

Vértigo y futuro

Por Sebastián Uribe

La edición sobre la que escribo es la definitiva. Veinte años después de haber sido lanzada, Fuguet decidió saldar deudas en el 2014 con su segunda novela y publicarla tal como la concibió, sin cortes[1]. Como libro adelantado a su tiempo, Por favor, rebobinar interpela a quien lo lee debido a la contemporaneidad de los temas. Aborda problemas de la década de los noventa, es cierto. Sin embargo, estos no se han ido y más bien han mutado. Algunos de estos son la sobreexposición, la inmediatez y la falta de vínculos reales. El enemigo ya no es el Estado, sino uno más peligroso, poderoso e invisible. Cada ser humano es visto como un elemento que puede ser eliminado sin consecuencias fatales. Existen jóvenes que le temen a la soledad, pero no saben cómo escapar de ella. Hay gente incompleta y dañada buscando un refugio, algo a lo cual aferrarse antes de ahogarse.

Los personajes de la novela entran y salen de la misma con aparente facilidad. Entre ellos, están los que se salvan y los que no lo podrán lograr. Quienes caen y se hunden, porque no encuentran la manera o las armas para combatir. Los personajes principales son ocho. La novela se puede concebir como un reparto con muchos extras, quienes relatan el proceso de su hundimiento. Allí está Lucas García, el cinéfilo compulsivo que busca en el celuloide lo que la vida real se empeña en negarle; Andoni Llovet, una especie de narciso incapaz de superar sus miedos y dudas. También Damián Walker, un dealer siempre a la deriva. Finalmente, Pascal Barros, estrella de rock, ídolo y símbolo: el futuro ángel caído de su generación. Todos ellos intentan conectar de manera verdadera con alguien y fallan en el intento. Forman amistades en base a mentiras y deslealtades en la mayoría de los casos. Para Fuguet lo principal es construir personajes. Entenderlos y acompañarlos. Observar cómo evolucionan o caen sin remedio. Analizar cuáles son sus mecanismos de protección. Fuguet muestra a una generación agobiada por la cultura del éxito, aquella que te expulsa sin perdón si no logras sobresalir a tiempo. Una eterna competencia donde todo está permitido, menos escapar.

Es así que se producen las adicciones: surgen como una alternativa para lidiar con dicho sistema. Están las drogas, pero también el cine, los libros, la música, la televisión o el sexo. En la novela, todo pasa demasiado rápido, deslizando sutilmente la noción de poder en las relaciones afectivas. El verdadero anhelo no es la conexión, sino consumir y desechar mientras se sobrevive como se puede. Rebelarse puede ser un ejercicio inútil frente a un engranaje que te puede destrozar sólo por intentarlo.

Los años han pasado y le han dado la razón a la novela. No envejeció, más bien se enriqueció con estos. En tiempos de redes sociales donde los lazos se diluyen en la inmediatez, Por favor, rebobinar se erige como un libro que avizoró este mundo “hiperconectado” en apariencia. El miedo a crecer y asumir responsabilidades como forma de protegerse de un eventual dolor sigue vigente. La novela muestra cómo se busca disfrutar y gozar sin correr riesgos, sin nada significativo. Fuguet advirtió la sensibilidad de nuestros tiempos y la volvió novela, con personajes con los que uno puede empatizar porque reconoce en ellos ciertos defectos de sí mismo o de su círculo de amistades. Fuguet captó el zeitgeist del nuevo milenio, lo retrató y hoy podemos leerla de mejor manera. Por favor, rebobinar es una novela cuya radiación alcanza toda la obra posterior de su autor y que sus lectores, por supuesto, agradecemos.

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Datos del libro reseñado:

Alberto Fuguet

Por favor, rebobinar

Alfaguara, 2014, 396 pp. / Random House, 2022, 430 pp.


[1] En noviembre del 2022, se reeditó, con una nueva portada, en el sello Random House

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Reseña: El tiempo de las moscas (2022) de Claudia Piñeiro

Moscas, mujeres y muerte

Por Omar Guerrero

El tiempo de las moscas (Alfaguara, 2022) es la nueva novela de la escritora argentina Claudia Piñeiro (Buenos Aires, 1960), autora reconocida por sus libros de novela negradonde siempre (o casi siempre) ocurre un asesinato (o varios), dando paso a una verdad que queda por descubrir. Buena parte de su obra ha sido merecedora de innumerables premios, además de ser adaptadas al cine o a la televisión. Esta nueva entrega es la continuación de la novela Tuya (Alfaguara, 2005). Su personaje principal es Inés Pereyra, quien ahora ha decidido cambiar su apellido de casada a Experey. Con esta decisión desea enterrar todo lo que significó su matrimonio, aunque no lo que fue su familia, sobre todo, su condición de madre, o lo que queda de ello.

Inés estuvo quince años en prisión por haber cometido un asesinato después de descubrir la infidelidad de su marido. Una vez en libertad, ella ha logrado reformular muchas cosas en su vida. Hasta ha logrado asumir con ironía ciertos hechos que le sucedieron, como adquirir para ella misma el término “tuya”. También ha logrado entablar una sincera amistad con otra expresidiaria que se hace llamar la Manca. Al mismo tiempo, ha creado una empresa de fumigación llamada MMM Control inofensivo de plagas. Tres emes. La primera, relacionada a las moscas (su insecto preferido). La segunda, vinculada a las mujeres (porque ella es su propia jefa y espera tener solo clientas). Y la tercera, en relación con la muerte (esta última con respecto al acto de fumigar). De esta manera, Inés se convierte en una especialista en venenos: mata todo tipo de insectos o plagas, menos moscas, porque, como ya se ha dicho, es su insecto favorito. Tanto le atraen las moscas que desde que estuvo en la cárcel ha leído muchos libros relacionados a este tema (de ahí el título de esta novela). Por su parte, la Manca también desarrollará trabajos de investigación privada, como si fuese una detective. La mayoría de los casos que investiga tienen que ver con temas de infidelidad en varones, sean esposos o novios, lo cual detesta, pero tiene que aceptarlos por ser rentables. Con estas nuevas ocupaciones, ambas se convertirán en una especie de Thelma y Louise que intentarán remediar más de un problema personal, siempre con un sentido de justicia, sobre todo si atañe a lo femenino.   

Otro personaje que proviene de Tuya es Laly, la hija de Inés, quien ahora se hace llamar con su verdadero nombre: Laura. Ella es madre de Guillermina, una adolescente como cualquiera, solo que le gusta mucho montar skate. Laura también es mamá de un pequeño bebé llamado Dante, producto de su nuevo compromiso. Junto con Javier, la nueva pareja de Laura, padre biológico de Dante y, a la vez, padre adoptivo de Guillermina, forman una familia ideal, tan igual como lo deseaba Inés en Tuya. La única diferencia es que en esta vida de familia tan perfecta no existen infidelidades. Tampoco existe Inés. Ella ni siquiera es mencionada. 

Ambos personajes han decidido enterrar su pasado, aunque la trama de El tiempo de las moscas hará que vuelva a surgir esta relación entre madre e hija que ambas creían finiquitada. Cabe aclarar que esta relación en Tuya era totalmente desastrosa. Inés, en su afán de salvar su matrimonio, pensando siempre en el qué dirán, se dedicaba a saber todo sobre la infidelidad de su marido. Es entonces que se olvida de prestar atención a su hija Laly (ahora Laura), a quien consideraba una adolescente conflictiva con la que no podía ni siquiera conversar, mucho menos entenderla, al punto de llegar a confundir su temprano embarazo con una gordura. Es más, ni siquiera se llegó a enterar de que su hija de diecisiete años estaba por dar a luz, no sin antes pasar por la tentativa de un aborto. Producto de este embarazo nace Guillermina, quien ha crecido sin la presencia de su abuela, tampoco de su abuelo. Este lugar fue reemplazado por Blanca, la madre de Inés, cuya memoria sí persiste en Laura y en Guillermina. (Blanca murió antes de ver a su hija Inés de nuevo en libertad).   

El reencuentro entre madre e hija se dará a partir de la presencia de otro personaje femenino. Su nombre es Susana Bonar, también llamada Petra (mencionada de esta manera por sus colegas de televisión por la dureza y frialdad que la caracteriza). Se trata de una mujer siniestra de mucho poder y dinero que contratará los servicios de Inés no solo para que fumigue su casa, sino para que le venda, a cualquier precio, un poderoso y efectivo veneno para acabar con la vida de alguien cuya identidad se desconoce. Inés se niega en un primer momento. No desea saber ni siquiera quién será la víctima. Piensa que puede ser una venganza ante una infidelidad, tan igual como lo hizo ella en el pasado y que la obligó a ir a prisión. Tanta es la insistencia de Susana Bonar y la oferta de pagar lo que sea, que Inés duda en aceptar su propuesta a pesar de recibir un adelanto. No quiere verse comprometida en otro asesinato. No desea volver a la cárcel. Se lo comenta a la Manca, que no puede ocultar su asombro ante la oferta que ha recibido su amiga Inés. Lo que sí llega a ocultar la Manca (de manera momentánea) es un diagnóstico que compromete seriamente su salud. Este secreto queda descubierto por Inés, quien obliga a su amiga a llevar un tratamiento para salvar su vida. ¿Pero cómo? Si el sistema nacional de salud argentino pospone cualquier atención por los siguientes meses, largos meses, la única manera viable de tratar el problema de salud de la Manca es a través de un médico particular, pero cuesta muy caro. Inés no quiere perder a la única amiga que ha tenido en su vida. Por eso, acepta la propuesta de Susana Bonar de venderle el veneno que necesita para acabar con la vida de alguien. Por su parte, la Manca no puede rechazar la ayuda de su amiga Inés, a pesar del riesgo que esto significa, no sin antes poner la condición de investigar a fondo para saber a quién será derivado el veneno que desea comprar esta mujer llamada Susana Bonar. Es a partir de este punto que sucede lo mejor de la novela, sobre todo por desarrollarse el descubrimiento de una verdad aún oculta.

El tiempo de las moscas empieza con tres epígrafes. Uno de Marguerite Duras de su texto Escribir. Otro de una canción de Chico Buarque titulada “Uma cançao desnaturada”, y el tercero del libro Movimiento perpetuo de Augusto Monterroso. Los tres epígrafes son bastante explícitos con lo que se desarrolla en la novela de Claudia Piñeiro, sobre todo los textos de Duras y Monterroso. Cito el primero: “La muerte de una mosca: es la muerte (…). Vemos morir a un perro, vemos morir a un caballo, y decimos algo, por ejemplo, pobre animal… Pero por el hecho de que muera una mosca, no decimos nada, no damos constancia, nada”. Cito el tercero: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres”.

Ya se ha mencionado la amistad entre Inés y la Manca. Es precisamente la segunda quien cobra relevancia en esta historia no solo por las acciones que realiza sino también por sus deducciones, incluso hasta por lo que piensa, sobre todo si es para cuestionar cualquier sistema impuesto, más aún si este afecta a lo femenino. Aquí un ejemplo: “-Inés, vos mataste, pero con motivo. Tuyo, propio, equivocado o no, pero con un motivo. Se ve la diferencia, ¿no? Y el daño que te hicieron y la emoción violenta y etcétera, etcétera. Además, pagaste lo que hiciste. Éste mata porque chupó de más, porque se quiso hacer el loquito, porque corría una picada, porque se sentía poronga, o andá a saber. Pero sin motivo que lo justifique, y seguro no paga ni la mitad de lo que hizo. (…) Inés intenta convencerse a sí misma de la diferencia entre ella y el hombre que, según el noticiero de la TV, está prófugo después de matar a tres personas en un accidente de tránsito. En el informe no lo llaman asesino. Sospecha que si a ese hombre lo compararan con ella se sentiría ofendido. En la mesa, por debajo de la caja de la pizza y las latas de cerveza, se asoma el sobre con los mil dólares que le dio la señora Bonar, unas horas atrás. Inés deja la vista perdida allí, sin ver. La Manca sigue la dirección de su mirada y decide reconducirla a ese asunto tan descabellado y a la vez tan concreto -una cliente quiere que le venda veneno para matar a alguien-”.   

En la novela también se inserta un coro femenino (o de feministas) como si fuese un coro griego. Ellas también cuestionan, preguntan, responden, deducen, deciden y votan. El lector, en esta ocasión, tendrá que descubrir si estas decisiones o votos interfieren en los hechos de la novela. Aquí un ejemplo: “Me parece que Medea no tenía red de amigas. Nadie que la parara, pobre mujer. ¿Pobre mujer? Andá a saber cómo era la amistad entre mujeres por aquel entonces. “Desterrada y sin honra”, le cantó el coro, porque el marido no se acostaba más en su cama. Mi marido y yo dormimos en camas separadas. Nosotros dormimos bajo distinto techo. Nosotros juntos, pero no cogemos. ¿Cojemos o cogemos? Depende. Yo tuve un bulto en una teta y cada vez que me hago una mamografía espero lo peor. A mí no me da miedo, pero me duelen en ese aparato que te toma las imágenes. El dolor de Medea, ése sí que es dolor. ¿Te referís al dolor después de matar a sus hijos, o antes, cuando Jasón la deja por Creúsa? No la deja por Creúsa, la deja por un reino. Típico. Ningún dolor justifica lo que hizo. Nadie intenta justificar, pero nos merecemos, a esta altura, comprender. Yo con dolor de tetas te mato a alguien. ¿Tanto puede doler ser dejada por un hombre? Ser dejada, punto, que si te deja una mujer tampoco debe ser agradable. Debería ser lo mismo. Ni idea, yo no me atrevo, como Inés. El verdadero problema es el desgarro porque no te quieran más. Si mi marido me deja o se muere hoy, yo sigo sola con el resto del camino. Coincido, con mano o sin mano, yo me arreglaría muy bien. A mí me dejó y me arreglo más o menos. Yo lo dejé a él. Busco y no encuentro ningún hombre que me atraiga. Yo tampoco. Vos tenés marido. Mi marido es mi marido, pero busco. Miro a mi alrededor y nada. Miro al ras del piso. Yo me río mucho más con mis amigas que en una cita con un hombre. Pero es que no salís con un hombre para reírte. ¿Y para qué? ¡Para coger! Cojer. Coger. Votemos”.   

Cabe aclarar que en estos capítulos correspondientes al coro femenino se introducen textos en cursivas correspondientes a discursos feministas de autoras y activistas como Rebeca Solnit, Toni Morrison, Sara Ahmed, Marta Lamas, Rita Segato, Esther Perel, Francesca Izzo, Florencia Angiletta, Lina Meruane, Marguerite Duras, Vivian Gornick, Natalia Ginzburg, Chimamanda Ngozi Adichie, Angela Davis, María Mies, Judith Butler y Rosa Montero. Sus nombres aparecen al final de cada uno de estos capítulos a partir de notas donde también se colocan sus libros o discursos citados.

Otros temas que se desarrollan en El tiempo de las moscas son la maternidad, la salud, la relación entre madre e hija, los hijos, la familia, la identidad sexual, lo transexual, el machismo, el feminismo, la muerte, la amistad y el duelo. Incluso hasta se podría considerar la venganza. Aunque esta última se puede concretar o no. Todo depende de la decisión final de Inés, y también de las investigaciones de la Manca, su fiel amiga. Como ya se ha dicho, ambas son como Thelma y Louise, solo que tendrán que decidir y actuar a tiempo para que el final, esta vez, sea diferente, sea mejor, menos trágico, más alegre, sobre todo en sus vidas.

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Datos del libro reseñado:

Claudia Piñeiro

El tiempo de las moscas

Alfaguara, 2022

Puntaje: 4/5