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Crítica teatral

Homo pandemicus y artes escénicas

Por Gabriela L. Javier Caballero y Karlos López Rentería

El impacto del COVID-19 en todas las esferas de nuestra vida es agobiante: en planos más mundanos y privilegiados —por qué no— no podemos salir, ver a familiares, interactuar con amigos y demás; en las esferas más inmediatas, existen familias que no pueden salir a trabajar, que no pueden afrontar los gastos básicos: que se ven privadas de condiciones mínimas de vida, expuestas constantemente al contagio. Frente a estas preocupaciones vitales —porque vaya que lo son—, ¿qué viene pasando con las Artes Escénicas? En primera instancia, dado que toda reunión convocante —aspecto natural al hecho escénico— ha sido cancelada, canceladas también fueron los estrenos, ensayos, funciones, talleres y clases. Esta situación, sin duda, afecta emocional y —sobre todo— económicamente a quienes, con todas las dificultades que significa hacer arte en nuestro país, trabajan en actividades relacionadas: productores, músicos, actrices, actores, directores, directoras, escenógrafos, etc. Son ya varios los encuentros desde distintos espacios, que se han venido gestando para lograr articular voces y solicitar medidas concretas de parte del Estado para este sector. Estos intentos parten de artistas y gestores culturales y están dirigidos a solucionar, al menos de manera provisional, los medios de sobrevivencia económica de los artistas escénicos. Sin embargo, nos preguntamos, ¿existe demanda de creación artística en tiempos de COVID? ¿Dónde hemos quedado los espectadores?

En estos días de coronavirus, cuarentena e infodemia, la imagen de la “palta emocionada” es un simpático ejemplo de cómo la representación ficcional emerge y se produce aun en los escenarios más desoladores. Atravesando el día mundial del teatro, la danza,  día del trabajo y el día de la madre (todas ficciones que nos sirven para la celebración, el encuentro, la memoria histórica) nos toca preguntarnos si la ficción actuada, acumulada en la web, alcanza para el consumo de ahora y después como paliativo a la imposibilidad del encuentro teatral y si en algún momento, el desquicio se organizará en elencos mínimos desde los techos, balcones, patios compartidos, calles, para espectar desde las ventanas hogareñas o de automóviles. Del mismo modo que el “apague su celular” hoy es reformulado, el discurso bélico se renueva, propaga y valida, pasando por la autarquía y economías de guerra que no contemplan el subsidio universal, impuesto a la riqueza mediante. Nunca como en este tiempo, la totalidad emerge con la fuerza de lo inasible. Somos parte de ella y notamos sus consecuencias mano a mano. Este tiempo requiere acciones concretas de parte del Estado,  mientras los laboratorios chinos, suizos o chiclayanos descubren la cura. Eso o, de una vez, nos preparamos a convivir con el virus.

La cuarentena viene sobrestimulando nuestra condición de espectadores múltiples que ya veníamos padeciendo antes del encierro. Quizá lo nuevo es el aumento de productores de entretenimiento desde casa, pero, esta ascendente curva también es preCOVID-19. Las crisis que hoy rajan la delgada mascarilla cotidiana, son anteriores a la pandemia y atentan contra la industria del entretenimiento que, en sintonía con el orden mundial, evidencia las precarias condiciones en que venía funcionando gran parte del sector. En ese sentido, ¿somos los espectadores parte de esta precaria situación? ¿Qué parte del sector somos? Como individuos, hemos venido adaptándonos a lo que el mercado de las Artes Escénicas nos ofrece y respondiendo (precariamente también, eso sí) a la multiplicación de espacios artísticos que han visto la luz durante los últimos años. “Mucha oferta, mucho por ver, imposible verlo todo” son frases que oímos y/o decimos constantemente en las habituales tertulias pre y post función. Pero, ¿qué hay para quienes hicimos de ir a ver teatro cada fin de semana un hábito, para quienes investigamos artes escénicas? ¿Somos un público que demande espectáculos?, ¿qué hay para quienes eran/son consumidores del teatro local? ¿Piensan en nosotros los miembros de la comunidad artística?

Todas las formas del mundo compartido ahora deben ser adecuadas a las plataformas que otorga internet (primera opción para este homo pandemicus) y sobre esto se viene discutiendo mucho, con el pesar de que todo lo dicho será transitorio. Palabras, afortunadamente. Las acciones, en cambio, podrían estar condenadas a ser irremediables. “¡Es mejor quedarse en casa!” rezan las palabras del eslogan de turno. Sin embargo, esto último también es transitorio y dependerá de cuánto se agoten las arcas o cuán afectada esté nuestra producción. Lo pongo más claro: quedarse en casa es un privilegio que además de la voluntad está condicionado por la capacidad de generar riqueza desde el propio hogar, talento que no depende exclusivamente del artista, sino también (quizá fundamentalmente) de sus virtudes tecnológicas y  posesiones entre las que destacan internet, cámara, celular, computadora y, por supuesto, tener luz. De la comida, salud y techo, no hablemos.

Fuente: Archivo de El Comercio

En estas horas oscuras del partido, el complejo gremio cultural, no exclusivo de las artes, dentro de las cuales el rubro “escénico” (desglosado en danza, circo, teatro y un escurridizo etc.), que enfoca en “teatro“ las subdivisiones para lo callejero, objeto, pantomima, narración, impro, stand-up y otro inabarcable etcétera, coincide, este gremio amplio y generoso, en la suspensión/cancelación de los proyectos de funciones, ensayos, giras, festivales que, a la vez, son  atravesados por el rubro “talleres”, pared con la que el sector de las artes ha jugado históricamente ante el desamparo estatal. La problemática se particulariza en ese misterioso etcétera, en el que los trabajadores del sector podrían dividirse en roles visibles (artistas, productores y gestores) y roles invisibles (técnicos, mantenimiento, limpieza, promotores, y administradores de salas independientes). La prueba de emergencia del sector golpea distinto de acuerdo al lugar en el que uno se encuentre (antes de la pandemia, también) y debería considerar lo específico de propuestas, en las que Perú es rico, y que no podrán participar de las soluciones online.

Mientras, como espectadores, nos preguntamos, ¿en qué espacio queda el impulso creador? Si bien la preocupación inmediata de quienes crean es la sobrevivencia, ¿hacia dónde va el movimiento invisible que articula imaginación y arte? ¿Podemos, en tiempos de pandemia, preocuparnos por algo que ya ha sido declarado como no de primera necesidad? Podemos, en efecto. Aquello que nos hace humanos no es solo la convivencia, la interacción con el otro, la emoción del espacio compartido y la risa en simultáneo. Lo que nos termina de humanizar es nuestro natural instinto por contar y por oír historias. La necesidad de narrativizar la vida y de crear ficciones es un mecanismo de sobrevivencia también. Las Artes Escénicas, en ese sentido, con su capacidad intrínseca de convocar y de contar no solo con palabras, sino con espacios, objetos, cuerpos, música, etc, se hacen más que necesarias en estos momentos. Ya iremos hallando las maneras de juntarnos y de virtualizar para seguir contando.

En otro ámbito, la tarea de agremiación, o empadronamiento al menos, es titánica en nuestro país y, lo que es peor, va contra reloj. Al igual que en los laboratorios que persiguen la vacuna, las manos que organizan estos esfuerzos, saben que deben hacerlo antes que los ahorros familiares se agoten, porque cuando eso pase, el peligro de llevarse el coronavirus de yapa, no detendrá a nadie. El sector cultural experimenta en carne propia el horror del capitalismo globalizado, desbordante, sin fronteras. Horror del que pueden dar cuenta los territorios que siguen siendo invadidos por mineras, los hábitats destruidos y el mundo, en pleno, depredado. Estos territorios ya sabían, antes de la pandemia, que la categoría ” todos” siempre margina a muchos. Hoy, que no formamos parte de “las primeras actividades en volver a funcionar”, lo sabemos. Y entre nosotros, sospechamos que no todos podrán “adaptarse” ni “reiventarse”. Unos por muy viejos, otros por exceso de juventud y otros por derecho a exigir que su oficio sea considerado con el mismo respeto que se contempla al turismo, la gastronomía y otras industrias (con mismo nivel de riesgo) atendidas en el regreso a la “normalidad”.

Mientras, las burocracias, científica y gremial, se esmeran en hacer funcionar sus procedimientos. Los que pueden quedarse en casa ensayan mundos posibles a pesar del horror y para después de él. Deberemos considerar la caducidad de algunos tópicos desde la escena. El mundo ya no será el mismo para nosotros, los espectadores. Del mismo modo, el espectador pandémico ha sido sobre estimulado con acceso a contenidos de extensión, estilo y densidad que antes no habría observado por disponibilidad de tiempo. Seguramente sus estándares habrán sido reorientados y aquello que antes rechazaba, ahora le atrae. Seguramente, nuestros estándares cambiarán, y nuestro modo de espectar el arte/de mirar la vida hallará nuevas formas de entendimiento y de valoración. Ojalá así sea.

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Reflexión

Un viejo subversivo

Por Juan Francisco Ugarte

Lo que nos distingue de los animales es que
bebemos sin sentir sed y hacemos el amor a toda hora.
Rubem Fonseca

Rubem Fonseca murió a la hora del almuerzo en medio de una pandemia, pero a sus noventa y cuatro años no lo mató ningún virus, sino el corazón. Vivía recluido en su casa de Rio de Janeiro como un misántropo, un pontífice amoral, un viejo subversivo de la palabra, y en esa soledad de hechicero parecía reírse a carcajadas cada vez que se sentaba a escribir. Para él la literatura no era un territorio edificante ni benévolo, sino más bien el reino de lo indecible, de la desvergüenza y la obscenidad. Pero Fonseca era sobre todo un provocador adorable, el escritor viejo más joven de todos, un anciano punk con alopecia. Parecía que conforme su cuerpo ganaba más arrugas, más vital y musculosa se volvía su escritura. Algunos de sus mejores libros los publicó pasados los sesenta años. A veces, mientras lo leía, sentía que había tanta vida en él que la muerte no sería suficiente para llevárselo.

En más de cincuenta años como autor, Fonseca no concedió casi ninguna entrevista. Su aura mítica de escritor oculto llevó a que los lectores se empecinaran en recolectar detalles de su vida. La vieja fascinación por el artista en tinieblas. Se dice que casi no dormía y que por las mañanas solía hacer veinticinco planchas. Que leía un promedio de cien páginas por hora. Que escuchaba rock a solas en su departamento desbordado de libros. Que era hincha del Vasco da Gama. Que se ponía una gorra de los Yankees para salir a caminar. Que estuvo en Berlín cuando cayó el Muro y en la tribuna del Maracaná en la legendaria final del 50. Que era amante de los árboles y el cine. Que le aburría conversar de sus propios libros. «Rubem habla mucho, pero muy poco de él. Nunca se promueve», dijo hace años su amiga y editora mexicana Lourdes Hernández Fuentes. Le gustaba pasar de incógnito para espiar sutilmente a su alrededor. «¿Qué clase de escritor sería si no pudiera observar a nadie porque los demás me están observando a mí?», solía decir cuando le preguntaban por su tendencia clandestina. En contra de la insoportable vanidad del artista, Fonseca huía de la fama como quien se espanta de una maldición.

Parecía que lo único importante era escribir. Escribir y luego callar. Aceptémoslo: no tiene sentido hablar de lo que uno ha escrito. Caer en el gesto tautológico de comentar la propia obra equivale a una versión sofisticada de explicar un chiste. Ante la ineludible curiosidad por su silencio, Fonseca solía utilizar el manido argumento de la autosuficiencia de los libros: «Todo lo que tengo que decir está ahí». Una de las pocas veces que aceptó una entrevista fue, de hecho, un malentendido. En 1989, en Berlín, un periodista brasileño lo escuchó hablar en portugués por la calle y se acercó sin saber quién era. Buscaba una declaración sobre la caída del Muro y entonces Fonseca, desde ese ilusorio anonimato, habló para su país en televisión nacional. Pero, por lo general, el autor carioca prefería expresarse con los dedos. Durante años, el mito de su naturaleza ermitaña nos delineó una figura engañosa, la de un hombre tímido o arisco o por lo menos serio frente al público. Por eso nadie sabía qué esperar exactamente cuando se presentó en Lima en agosto del 2009. De pronto el enigmático escritor salía de su caverna y viajaba cientos de kilómetros para recibir la medalla de una universidad del Perú. Uno de esos hechos rarísimos que más parecen un milagro en miniatura.

Una foto de otra vida

 Foto: Miguel Bellido / El Comercio

Lo primero que pensé fue que era más bajo y más flaco de lo que había imaginado. Vestía un traje que parecía quedarle una talla más grande. Camisa azul, corbata negra. Sus cejas blancas invadían ligeramente el territorio de los ojos. Tenía la mirada de un cazador veterano en un día sin suerte. Sentado en la Capilla Virgen de Loreto, una de las principales salas de la Casona de San Marcos, Fonseca parecía aburrirse de la solemnidad casi eclesiástica del evento. Había llegado hasta ahí para recibir el doctor honoris causa por su trayectoria, pero todo lo que le rodeaba estaba tan lejos de la irreverencia y la transgresión de su escritura. Mientras los presentadores hablaban en la mesa, yo no dejaba de mirarlo ni un instante, como si examinando cada detalle de sus movimientos podría descubrir lo que pensaba. Fonseca estaba imperturbable, un rostro sereno e inofensivo que no se correspondía con la brutalidad de sus relatos. Entonces tocó su turno y toda mi imagen previa sobre él se vino abajo. «Soy un peripatético —explicó ni bien agarró el micrófono—. Hablo mejor cuando camino». Era una frase que siempre repetía, desde luego, pero a mis veinte años me sorprendió su aparente espontaneidad. De pronto abandonó la mesa y se colocó de pie frente al auditorio, a unos dos metros de donde yo estaba. Es necesario que se entienda algo: pocos lectores de Fonseca realmente han podido ver a Fonseca, ni siquiera de casualidad, mucho menos de cerca. Su ambulante fisionomía en San Marcos significaba un espléndido absurdo, un privilegio casi imposible. El escritor brasileño era un fantasma para su público, pero ese día el espectro se reveló ante los veinte o treinta asistentes con un portuñol tan elegante como feroz.

Fonseca habló sobre cómo se convirtió en escritor. Dijo que para serlo no era necesario ser un tipo inteligente, ni siquiera una buena persona. «He conocido a muchos escritores y la mayoría de ellos eran tontos e infames», señaló con gesto provocador. El viejo subversivo disfrutaba de alborotar a la gente. «Lo único que se necesita son cinco cosas: leer mucho, conservar la motivación, tener paciencia, ser imaginativo y poseer mucho coraje. Coraje para decir lo que nadie quiere escuchar», sentenció el autor cuyo uno de sus libros llegó a prohibirse en Brasil. Su inesperado vigor tenía hechizados a todos. A sus ochenta y cuatro años, Fonseca exhibía un travieso sentido del humor y una energía entrañable. Era alguien que se resistía a la desidia y al tedio como una forma de sobrevivir a la vida. Escribir representaba para él esa vitalidad, esa manera obsesiva de no rendirse. Al verlo, uno entendía por qué seguía escribiendo con la potencia de un veinteañero y el lúcido salvajismo de un vándalo. El volcán de esos años anárquicos continuaba igual de activo dentro de él.    

Cuando terminó de hablar y la gente empezó a marcharse de la sala, saqué de mi mochila El enfermo Moliere, el primer libro que leí de él, una novela menor en el marco de su obra pero por la cual sentía, y sigo sintiendo, un cariño especial: una suerte de primogénito en mi universo personal fonsequiano. Me acerqué para que lo firmara, pero de pronto un camarógrafo se lo llevó a la pileta del patio y lo hizo caminar mirando al cielo y con las manos atrás, en una pose ridículamente pensativa, mientras lo filmaba desde una esquina. Recuerdo que Fonseca aceptaba todas las indicaciones con una sonrisa de novato. Como un joven escritor que acaba de publicar su primer libro y se somete alegremente a los caprichos de la prensa. Me apoyé entonces en una columna y miré toda la escena: de un lado los representantes de la editorial junto con algunos profesores y el rector, y al otro extremo tres o cuatro alumnos de Literatura que reconocía de vista. Cuando al fin el camarógrafo lo soltó, una señora se acercó para pedirle una foto y él entonces dijo algo, la agarró de las manos y la abrazó muy fuerte como si la conociera de años. Estaba coqueteando, por supuesto. Fonseca era un seductor innato: no por nada en esa época tenía una novia de veintitrés años. Al terminar de sacarse la imagen, siempre sonriente, genuinamente emocionado, decidí abordarlo con mi libro y mi timidez de niño. «Disculpe, Fonseca, ¿me podría firmar este ejemplar?» El narrador cogió la novela abierta, preguntó mi nombre y escribió un garabato que tardaría días en descifrar. Pensé entonces que todo acabaría ahí, que pronto se lo llevarían a algún lugar y yo tendría que resignarme a la firma ilegible de mi libro. Pero finalmente decidí quedarme un rato más y merodear, o más bien acechar, sus conversaciones en medio del brindis.  

Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Empezaba a sentirme como un intruso en un cóctel de señores. De pronto, hubo un instante en el que Fonseca se quedó solo. O mejor dicho: solo en medio de tres tipos que no sabían qué decir. Para animar el ambiente, el escritor carioca empezó a contar anécdotas de su vida. Mencionó por ejemplo el libro que le censuraron hace años en su país. ¿Cuál?, preguntó uno de ellos. Feliz año nuevo, respondí colándome en el grupo. «¿Puedes creer que lo prohibieron por doce años?», me dijo Fonseca con sus ojos encendidos. «Decían que atentaba contra la moral y las buenas costumbres». Yo conocía la historia, pero aún no había leído el volumen de cuentos. En 1976, por orden del gobierno brasileño, la policía confiscó todos los ejemplares y prohibió su lectura. «Lo que leí me espantó, me puso los pelos de punta. Es pornografía del más bajo nivel, no hay página en que no se vean los rincones más oscuros del país. Además de ser censurado, el autor debería ir preso», dijo entonces el senador Dinarte Mariz. Pero el efecto fue exactamente el contrario. La censura despertó la curiosidad de los brasileños y de inmediato empezaron a circular muchísimas ediciones piratas. Todos querían saber qué había molestado tanto a las autoridades. «Rubem le puso una demanda al Estado que terminó ganando, consiguió que le pagaran por los daños, y luego en vez de quedarse callado, escribió El cobrador. Es decir, su respuesta a la censura fue publicar un libro todavía más corrosivo. El propio título lo dice todo: les cobró», cuenta su amiga Hernández Fuentes en una entrevista de Excelsior

Hace unos meses pude leer el libro. El relato principal, «Feliz años nuevo», es macabramente perturbador, de una violencia despiadada, sin filtros, intimidante incluso en esta época de horrores cotidianos. Tres hombres deciden robar una casa de ricos durante la fiesta de Año Nuevo. Tienen armas de todos los calibres y quieren usarlas por el simple placer de sentir los disparos. Fulminan a dos invitados contra la pared solo como un experimento: quieren saber si los cadáveres se quedan pegados en el muro. Violan a una mujer y a otra le cercenan el dedo de una mordida para poder quedarse con el anillo. Y luego huyen con toallas repletas de comida, dinero y joyas. A pesar de su excesiva crueldad, el relato resulta tan sórdido como posible, y eso es quizá lo más espantoso de todo: que uno puede imaginarse cada detalle como si realmente hubiera pasado. Con un lenguaje vigoroso y austero, Fonseca nos traslada al epicentro del crimen con una verosimilitud aterradora y, al mismo tiempo, nos empuja a ponernos del lado de los delincuentes, consigue que los entendamos y a veces, incluso, que nos riamos en voz baja de sus infamias. 

El hombre al que le encantaba someternos a una realidad horrenda solía reírse como un niño. Verlo hablar de cerca provocaba una ternura imprevista. Alguna vez leí, ya no sé dónde, que los escritores que narran historias repulsivas suelen ser en persona los más benévolos y mansos, mientras que aquellos que escriben relatos inspiradores o estimulantes son casi siempre unos canallas. Esa mañana en San Marcos, Fonseca parecía el más bondadoso de todos, el más joven, el más entusiasta. Te agarraba del brazo cuando le pedías una firma, abrazaba y cortejaba sutilmente a las mujeres, se movía de un lado a otro como si temiera perderse de algo. Recuerdo que, en algún momento, vi a una estudiante de rulos con una cámara en las manos. Le pregunté si pensaba sacarse una foto con él. La chica estaba indecisa, pero logré convencerla. Luego de abordarlo y conseguir la imagen, me miró de lejos y me propuso: «Ven, te hago una foto». Entonces me acerqué con mi cara de idiota y, como si se me fuera a escapar, abracé a Fonseca de costado. Él nos preguntó un tanto confundido: «¿Ustedes son hermanos?» Ella dijo que no, que para nada, pero al mismo tiempo yo respondí, torpemente, que éramos primos. Y entonces me reí y él también se rio y ella me miró como a un estúpido. Sin decir nada, la chica de rulos encuadró la cámara y tomó la foto. Ninguno de los tres se volvió a ver nunca más. Fonseca se despidió de nosotros y al poco rato se lo llevaron. Lo último que vi fue sus manos agitándose en el aire mientras contaba algo y se perdía poco a poco en la temprana oscuridad de los pasillos.

Once años después, observo la fotografía como si hubiera ocurrido en otra vida. A pesar del lugar común, las viejas imágenes no nos devuelven al pasado, sino que nos restriegan con lucidez y crueldad todo lo ocurrido desde entonces: la larga y confusa historia entre ambos instantes. Evocan lo que no está ahí, lo que se esconde tras las siluetas y los gestos, y nos construyen en secreto una nueva geografía del recuerdo. Yo no había prestado atención a la foto con Fonseca desde hace muchísimo tiempo y hoy, frente a ella, es como si la contemplara por primera vez. Pero ahora todo lo que está ahí se ha marchado. Él ha muerto y el mundo parece que se cae a pedazos. En medio de esta realidad de terror, solo me queda la honda certeza de que, de algún modo, Fonseca se salió con la suya incluso en su propia muerte: la pandemia no permitió que se realizara un entierro convencional, en el que probablemente habría periodistas acechando el ataúd y lectores queriendo decir adiós al cadáver. Es posible que solo lo hayan despedido tres o cinco personas. Sin homenajes de cuerpo presente, el autor oculto acabó yéndose con el mismo misterio que envolvió toda su vida: a solas y en silencio. Como un ilusionista que se hace humo de la nada. O más bien: como si él mismo hubiera fraguado secretamente ese final perfecto.

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Coyuntura

Suspensiones

Por Cesar López

El planeta entero piensa el problema. Pensar siempre ha sido una consecuencia y no una causa; sobre todo ahora que el ataque es a la vida en varias de sus esferas. No cabría la posibilidad del pensamiento, el más mínimo siquiera, sin que haya cierta necesidad de preservar o insistir en lo vivo, en el sí mismo. Toda solución o catástrofe que conocemos se ha confeccionado a partir de ese imperativo. Así, la relación entre lo que hacemos y meditamos ha sido asaltada por un agente que se traduce muy bien en la experiencia cotidiana del mundo, ya que esta, tal como se entendía hasta este momento, ha desaparecido. No tengo un juicio de valor exacto sobre esta paralización, no creo que lo haya tampoco, pero es mejor dejar que ciertas realidades de la misma se expresen, de alguna manera, desde su propia razón. 

Los virus llegaron mucho antes que las plantas, los insectos y los animales (entre los que nos encontramos, por supuesto). Han resistido una buena cantidad de eventos catastróficos y se han adaptado a una gran diversidad de escenarios. En algunos casos se afirma que han conseguido tecnificarse, dada nuestra costumbre de calificar las proezas de los otros a través de las nuestras. Es importante aclarar, en este punto, que ellos no son el enemigo, no forman parte de ningún bando, así de simple; se despliegan y desplegarán en el ecosistema como siempre lo han hecho. Los virus forman parte del infinito ciclo de la creación y la destrucción. Tal vez sean tan indiferentes a nuestra existencia como nosotros lo éramos a la suya. 

Todo hasta aquí aparece en un correcto orden. Los virus, como otros seres que pueblan el planeta, procuran preservarse, multiplicarse e inundar con sus réplicas cada rincón de la tierra. Obedecen a la vocación erótica dada por Dios en el mito del Génesis. Vida, reproducción y pensamiento; pasos justos sobre el agua, la tierra y el aire. No obstante, hay algo no tan cierto en lo que escribimos y que ha conseguido, o debería, desenmascarar nuestra forma de entendimiento. Los virus no están vivos, no pueden considerarse como entes vivientes, ya que no cumplen con las características generales del mundo de la vida como la reproducción y la motilidad, por ejemplo. La cuestión se complica más, porque tampoco se puede afirmar que estén muertos. Estos tienen la capacidad de manipular la maquinaria de su hospedero de modo que este termina reproduciéndolos por miles, algo que jamás podrían por sí solos.

Ni vida ni muerte o entre la vida y la muerte, el Coronavirus ha conseguido trasladar su plenitud intermedia a las certezas humanas hasta romperlas. Los restos de estas han sido conducidos por diversos tipos de planes; todos ellos trazados por la desesperación o la estupidez. Desde una paralización general, técnica del medioevo en pleno siglo XXI, hasta la inyección de desinfectantes en la sangre, “técnica” extremadamente moderna, este virus ha conseguido suspender las prácticas humanas de forma inaudita. Ha devuelto al homínido entronizado nuevamente a sus cuevas y le ha mostrado el miedo que nunca había perdido. También le ha devuelto al estallido de las ficciones. Todos ahora tienen una historia que contar; todos han alcanzado, en tiempo record, la capacidad de comprender lo que pasa. Sí, esto no es verdad, pero es lo que se gesta en Internet.

Los aviones ya no inundan el cielo, los autos han dejado de invadir las calles al igual que la gente. Las ferias de libro o los conciertos han sido cancelados. No hay cine ni discotecas ni bares. Tampoco los restaurantes o los cafés han podido resistir a los poderes de la COVID-19. Los templos de toda profesión ya no reciben a sus fieles. Los teatros, las universidades y los hoteles han cerrado sus puertas. Innumerables fábricas de todo tipo, minas y oficinas le han dado la espalda a su trote diario. Tal parece que fuimos expulsados de todos los paraísos conocidos. Vivimos en el mundo de la suspensión, porque quien nos ha guiado a este momento histórico es un microscópico ser que solo conoce el punto medio y ha actuado siempre, desde su origen incierto, de ese modo. 

La potencia de esta enfermedad no solo ha intervenido en los cuerpos humanos, sino también en los cuerpos estatales, económicos o culturales. No solo ha invadido de cabo a rabo lo que el hombre daba por organizado y sólido, sino que ha asestado un duro golpe a la narración del progreso. ¿Es posible creer en esta historia o tipo de fe cuando aún no hemos aprendido a lavarnos las manos de manera correcta? ¿Es posible defender los poderes de la humanidad cuando los hospitales colapsan, a pesar de haber creído que en materia de salud se había llegado lejos? ¿Vivimos el progreso? O mejor, ¿de qué progreso se nos ha hablado? ¿Quiénes están dentro de él o viven en su lógica? Considero difícil defender esta mítica, ya que los países más poderosos y civilizados del planeta, según esa misma narración, han tenido y tienen serias dificultades para hacerle frente a un diminuto ser que flota en el limbo y que ha conseguido dejar en el mismo estado a todo el planeta. Si pensamos en la globalización como la máxima capacidad de relación social que jamás haya existido, también es posible indicar que como organismo esta ha manifestado, por fin, su grave estado de salud. La aparición del Coronavirus tiene el perfil de una consecuencia y no de una causa. La desnudez a la que ha sometido al hombre, en primer lugar, ha hecho patente su impotencia. 

Fuente: National Geographic

No existe, sin embargo, un solo modo de vivir. Justo ahora se revelan otras realidades gracias a este giro. Mientras el hombre se ha ocultado, muchos animales han vuelto a escena. Parece que el planeta descansa; parece que este tiempo es un tiempo de jubileo para otras existencias. Es decir, el derrumbamiento del monopolio de la experiencia ha dado paso a cierta liberación de lo heterogéneo y, por ende, a la necesidad de reconocer que lo pausado es tan solo una manera de conocer. Y no solo nos referimos a esa innumerable cantidad de vida a la que el Coronavirus ha liberado, sino a esas formas desplazadas de humanidad que han entrado en juego hasta alcanzar un extraño protagonismo. Ahora las parejas deben estar juntas todo el día, ahora las familias deben reconocerse a diario, mirarse, entenderse. El hogar se ha relanzado. La capacidad de extrañar se ha vuelto un poco más sincera y la responsabilidad ha dejado de lado la representatividad para convertirse en una tarea personalísima. El valor de la ancianidad también movió a los gobiernos a detenerse. No éramos tan fascistas al fin y al cabo. Pero de todas estas renovadas cosas antiguas, muchos han hecho hincapié en la solidaridad como herramienta de acción idónea frente al problema. 

De cierta manera, toda situación límite contiene en sí las claves para su resolución. Es posible que la COVID-19, nos esté permitiendo ver el real anverso del mapa. El siguiente movimiento sería optar por una experimentación intermedia en la que se restituya el valor de la vida en todas sus formas y no solo la humana. Otra restitución tendría que ver con el valor comunitario para la supervivencia, pero, aún más, se podría optar por la recuperación de la soberanía del ciudadano, la cual ha sido minimizada, durante años, bajo la impronta de que los hombres son piezas sustituibles. ¿Acaso la protección de la vida frágil de los ancianos no pueda completarse con la reconquista de su papel en el cuerpo colectivo?

Ahora podemos decir que nuestras primeras afirmaciones son imprecisas. El planeta no piensa, actúa y el hombre no tiene, aunque lo crea, el dominio total. Solo una parcela del pensamiento está siendo ocupada en estos precisos instantes. La pandemia no es un ataque, porque el virus no nos tiene por enemigos: solo nos empuja a entendernos en el contexto amplio de su presencia, que nos supera. Es por este motivo que la suspensión a la que nos tiene sujeto el Coronavirus es un momento tenso e intenso de creación, en el cual se debería optar por la respuesta más coherente: la práctica de una política que se caracterice por lo microscópico.

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Coyuntura

Un martillazo a la desigualdad: Lima y la pandemia

Fuente: Lima Cómo Vamos

Por Marité Bustamante

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La pandemia del COVID-19 agarró al mundo entero desprevenido, no tanto porque no hubiera avisos de que una situación sanitaria de esta magnitud pudiera suscitarse como porque los líderes mundiales y sus respectivos gobiernos se resistieran a estar preparados[1]. Uno de los factores que puede explicar dicha resistencia es la hegemonía global del “Estado mínimo” y el mercado como mejor espacio de resolución de las necesidades humanas, aunque estas sean esenciales y las amplias mayorías no puedan pagar el precio que el mercado exige por ellas.

Como hemos visto, en diferentes ciudades del mundo y de nuestro propio país, enfrentar la pandemia requiere de una fuerte y extendida capacidad estatal que se traduzca en servicios públicos sanitarios, como hospitales y acceso al agua potable; y en protección social ante las inevitables consecuencias económicas de una parálisis global: seguros de desempleo e, incluso, rentas básicas universales.

Esta ausencia de preparación es más palpable a nivel urbano, no solo porque la densidad y las aglomeraciones, características de los procesos urbanizadores, son factores que contribuyen a la propagación del virus, sino por las condiciones de desigualdad y precariedad en la que miles de millones de personas viven en ellas.

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El planeta es, por primera vez en su historia, predominantemente urbano. Al 2015, el 54% de la población mundial vivía en ciudades y ONU Hábitat proyectaba que, al 2025, ese porcentaje subiría al 58.2 %[2].  Este ritmo acelerado del proceso de urbanización a nivel mundial tiene su principal impacto en los denominados países en desarrollo[3] donde aparecen vertiginosamente grandes ciudades y megaciudades[4] en las que conviven, por un lado, espacios que están insertados a la globalización –aunque subordinadamente–, reciben capital foráneo, gozan de buenos servicios públicos y calidad de vida; y, por otro, barrios pobres y segregados, sin servicios públicos, ni vivienda digna, usualmente violentos y donde habitan ciudadanos condenados al empleo precario, sin derechos laborales, ni protección social.

Ante este escenario, los preparativos a la Conferencia Hábitat III definieron a la desigualdad como “el mayor problema urbano emergente, ya que la brecha entre ricos y pobres en la mayoría de los países está a sus niveles más altos desde hace 30 años”[5].

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Lima, a punto de convertirse en una megaciudad, no está exenta de esta tendencia global, menos aún siendo parte del continente más desigual del mundo. Según el último censo de Barrios Urbanos Marginales (BUM) el 48.5% de la población de Lima Metropolitana vive en un “núcleo urbano caracterizado, por presentar altos niveles de pobreza monetaria y no monetaria y carecer, total o parcialmente, de servicios de infraestructura y equipamiento[6]

A esta situación de los barrios pobres, habría que sumarle la segregación espacial que padecen, los niveles de hacinamiento, los altos niveles de informalidad laboral[7], el abandono y la pésima calidad del transporte público y la alta percepción de inseguridad ciudadana.

Frente a ese escenario, ¿cuáles son las condiciones que Lima debe transformar para enfrentar la pandemia y sus consecuencias?

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La ciudad enfrenta diversos problemas. Esta vez nos detendremos solo en uno de ellos, tanto por su especial importancia para garantizar condiciones de vida digna para sus habitantes como por la persistencia de su precariedad y abandono estatal: el transporte público.

Lima ostenta el título de la cuarta ciudad con peor tráfico en el mundo. Este problema, aunque común, no es padecido por igual. De acuerdo con la estructura urbana de la ciudad, sus principales centralidades[8] están ubicadas en la zona centro de la ciudad, lo que obliga a los habitantes de Lima Norte, Lima Sur y Lima Este a desplazamiento extensos, principalmente por razones laborales y en unidades de transporte público[9]. Así, según la fundación Transitemos, en Lima existe una tasa promedio de 2.8 viajes diarios por persona y, según la organización Moovit, la duración promedio de un viaje en Lima es de 62 minutos. Es decir, un habitante de Lima puede pasar, en promedio, casi 3 horas diarias en el transporte, aunque hay quienes reportan pasar hasta cinco horas al día.

Por otro lado, la precariedad del transporte público también se expresa en las condiciones laborales de los trabajadores del transporte. En ese ámbito, existe un sistema legal que permite, por un lado, que una empresa sea titular de la ruta sin que sea dueña de las unidades que transitan por ella; y, por otro, que exista un régimen laboral que exige que los choferes y cobradores obtengan su sueldo por pasajero recogido y no por kilómetro recorrido.

Fuente: Andina

Ante esta situación previa a la pandemia, resulta preocupante que el Ministro de Transportes solo haya anunciado medidas como la promoción de la bicicleta para viajes cortos (que son los menos y se concentran dentro de la zona central de Lima), cambios en la jornada laboral de los funcionarios públicos para descongestionar las horas punta y medidas higiénicas y de control del número de pasajeros en el Metropolitano, el Tren Eléctrico y los corredores[10]. Aunque son medidas importantes, estas siguen dirigiéndose a las minorías y dejan sin resolver los problemas de las amplias mayorías pobres o de clase media vulnerable.

¿Qué hacer? La pandemia pone a la orden del día tareas postergadas e, incluso, desdeñadas. Al largo y mediano plazo, se debe utilizar la inversión pública, parte del plan Reactiva Perú, para potenciar las centralidades de Lima por fuera de la zona central, a fin de generar polos de empleo, comercio y educación en las otras Limas y que sus habitantes puedan acceder a dichos trabajos o servicios sin realizar largos desplazamiento. Esto permitiría extender el uso del transporte no motorizado. Además, debe iniciarse de una vez por todas la reforma del transporte, la misma que tiene como principal objetivo devolver el carácter de servicio público al transporte urbano y que permita tanto la renovación de la flota como la garantía de derechos laborales.

Al corto plazo, sumado a las medidas anunciadas, el Estado debería asignar una renta básica a cada uno de los trabajadores del transporte a fin de hacer viable una estrategia de control del número de pasajeros por unidad sin poner en riesgo sus ingresos mensuales. En los casos en que las unidades no puedan cumplir las condiciones necesarias, podría implementarse tanto una renta básica como un bono al chatarreo a fin de no dejar sin ingresos a aquellos que no podrán seguir operando.

El presidente Vizcarra, los medios de comunicación y hasta nuestras propias familias comienzan a hablar de la “nueva normalidad”. Todos somos conscientes de que el mundo no volverá a ser igual, pero, esa nueva normalidad, no puede volver a ser desigual. Es una deuda con los millones de personas para las cuales la precariedad era la más dramática de las normalidades. 


[1] Revise en el enlace la sección “Una pandemia muy anunciada”.

[2] ONU Hábitat. (2016). Reporte Ciudades del Mundo. En relación con el proceso de urbanización mundial indica: “En 1990, 43 por ciento (2.3 miles de millones) de la población mundial vivía en áreas urbanas; para 2015 esta situación subió a 54 por ciento (4 miles de millones)” (p. 6).

[3] Davis, M. (2007). Planeta de ciudades miseria. Madrid: Foca. En relación con el impacto del proceso de urbanización mundial en los países en desarrollo señala: “El 95 por 100 de esta última explosión demográfica [10.000 millones de personas al 2050] se producirá en las áreas urbanas de los países en vías de desarrollo, cuyas poblaciones se duplicarán alcanzando 4.000 millones en la próxima generación” (p. 14).

[4] Según ONU Hábitat, las grandes ciudades son aquellas que tienen hasta 10 millones de habitantes, mientras que las megaciudades son aquellas que tienen más de 10 millones.

[5] ONU Hábitat (2016). Reporte Ciudades del Mundo. p. 17.

[6] Revise en el enlace las páginas 6 y 30 (cuadro 9).

[7] Revise en el enlace la página 12 (cuadro 1).

[8] Por centralidades me refiero a porciones del territorio dentro de las ciudades que tienen gran capacidad de atracción de desplazamientos a propósito de concentrar las oportunidades de trabajo, el comercio, los servicios educativos, entre otros.

[9] Según la fundación Transitemos, Lima y Callao presentan un total de 26 millones 709 mil viajes diarios, de los cuales 19 millones 709 mil viajes son motorizados. De estos, además, 15 millones 990 mil viajes diarios son en transporte público, incluyendo taxis (formales e informales) y colectivos. Puede revisar el informe en el enlace.

[10] Según el informe al 2018 de la fundación Transitemos, solo el 10.1 % de los viajes en transporte público se realizan en la Línea 1, Metropolitano y Corredores, mientras que el 58.71% de los viajes se realiza en el transporte regular (bus, combi, coaster y mototaxi). Finalmente, el 31.27% de los viajes se realiza en taxis y colectivos.

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Las pandemias históricas y las oportunidades para la civilización: De la peste negra al Renacimiento

Por Carlos Carcelén Reluz

La actual pandemia no tiene comparación con las más grandes olas epidémicas sucedidas a lo largo de la Historia, como las de peste en los siglos XIV y XVII o la de gripe española de 1920. La rapidez de los sistemas de transporte a nivel internacional, la interdependencia comercial, la alta concentración demográfica en zonas urbanas, la costumbre de participar en eventos masivos, entre otras, son las características de la globalización contemporánea que propician la rápida expansión de una enfermedad originada en una lejana provincia china, cuya etiología era –y es– desconocida y para la cual no hay tratamiento prescrito y menos vacuna.

La primera pandemia que fue objeto de estudio por su importancia en la reconfiguración de la economía, sociedad y cultura europea fue la “peste negra” que, a mediados del siglo XIV, significó el punto de quiebre de una Edad Media caracterizada por el dogmatismo, la ignorancia y la teología a una Edad Moderna que empezó con una renovación intelectual sin precedente, y una expansión económica y social que dieron sustento al capitalismo hasta nuestros días.

Según Ole Benedictow (2011), la peste negra se expandió desde Asia central por las rutas de comercio que llegaban a la cuenca del Mediterráneo y se extendían por toda África y Europa desde el año 1346 hasta el 1353. La epidemia mató a un tercio de la población del Viejo Mundo (Asia, África y Europa), con un aproximado de 200 millones de víctimas. Solo en Europa se calcula la muerte de unos 50 millones de un total de 80, razón por la que constituye la peor tragedia demográfica de la historia.

Las causantes de la mortandad fueron la peste bubónica y sus variantes como la septicémica y la neumónica que lograron expandirse gracias al panorama general del inicio de una crisis estructural de origen climático denominada Pequeña Edad Glaciar. Esta se manifestó a través de una caída del promedio de las temperaturas a nivel global. De acuerdo con Brian Fagan (2009), en Europa, provocó sucesivas sequías y escasez de alimentos, como la “gran hambruna” (1315-1321). Asimismo, generó una serie de conflictos sociales de origen tributario, como las revueltas campesinas en Francia, Inglaterra, Cataluña, Galicia, entre las más importantes, pero que de manera irreversible debilitaron la legitimidad de los señores feudales europeos. 

Fuente: El Confidencial

A ello se sumaron varios conflictos políticos y territoriales debido a reclamos de viejos derechos hereditarios entre los monarcas europeos, de los que se destaca la Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre Inglaterra y Francia. También tuvieron lugar diversos conflictos al interior de la Iglesia católica que desencadenaron el Cisma de Occidente con la existencia en paralelo de dos pontífices, uno en Roma y otro en Aviñón, lo que produjo la peor época de desgobierno y corrupción al interior de esa institución. 

Pero como todo en el devenir histórico no es bueno ni malo, las terribles escenas de muerte y destrucción que nos dejó la crisis del siglo XIV dieron paso a una nueva era en la que aparece el “hombre nuevo”: el humanista que decepcionado de la teología y los dogmas se dirige a la revalorización del espíritu humano a partir de la unión de la cultura de esa época con la clásica (greco-romana), que permite inaugurar un periodo de rica producción filosófica y literaria. El humanista fue el escritor, el pensador, el intelectual, que no se limitó al estudio de la teología y las sagradas escrituras, como en los siglos pasados, sino que le dio mayor importancia al estudio de las ciencias humanas y a las lenguas clásicas como el latín y el griego clásico.

Como corriente filosófica, el Humanismo se opuso al teocentrismo de la escolástica medieval y propuso el antropocentrismo y las humanidades para generar una formación integral del hombre basada en las fuentes clásicas. Con estos fundamentos, los humanistas comenzaron a sacar a la luz numerosas obras escritas en la antigüedad que estaban escondidas en las bibliotecas monacales, para leerlas con los nuevos puntos de vista producidos por el capitalismo inicial y el mundo urbano burgués. Estos afanes lingüísticos y filológicos les permitieron fundamentar su confianza en la inteligencia humana y su amor por la naturaleza. 

El Humanismo debía restaurar todas las disciplinas, ciencias y artes que ayudaran a un mejor conocimiento y comprensión de los autores clásicos, considerados modelo de una humanidad no contaminada por la teología. Las humanidades que resurgen fueron la gramática, la retórica, la literatura, la filosofía moral y la historia, que son difundidas desde múltiples perspectivas y debates. De este modo, el diálogo y la epístola se convirtieron en los principales géneros literarios humanistas. A esto se unieron las biografías de héroes y personajes célebres en oposición a las hagiografías, y la recopilación de mitología y relatos populares en contra de los esquemáticos y moralistas cantares de gesta. Según Said (2006), de este modo los intelectuales humanistas asumen la responsabilidad política de criticar lo existente.

La expansión de estos fundamentos permitió el surgimiento del Renacimiento como una etapa de renovación cultural caracterizada por la exaltación estética del mundo y del hombre. En la pintura aparecerán paisajes con profundidad, próximos a la realidad, que contrastan con los fondos dorados y simbólicos de los cuadros medievales. Se descubre la belleza del ser humano y se promueve el desnudo –en búsqueda de representar correctamente el cuerpo humano–, lo que fue casi inexistente en la Edad Media. A nivel de las técnicas, el arte renacentista encontró el sentido de la proporción y el equilibrio, así como la perfección de la perspectiva. Como señaló Peter Burke (2015), la producción artística también se convirtió en un factor de importancia para las ciudades burguesas, sobre todo en el norte de Italia. Cuantas más bellas obras de arte poseyeran, cuantos más artistas trabajasen en ellas, mayor era su prestigio y la cantidad de los visitantes dispuestos a comprar los productos que se vendían en sus mercados.

Fuente: Armas y letras

Este desarrollo cultural a lo largo del siglo XV acompañó la recuperación demográfica después de los desastres del siglo anterior y fueron las bases de la expansión económica y territorial que buscaba materias primas para la manufactura europea, al igual que nuevos mercados para los productos de dicha actividad. Eric Wolf, en su libro Europa y la gente sin historia (2005), resaltó que la expansión territorial se benefició del nuevo espíritu individualista liberado de las ataduras dogmáticas medievales y por los adelantos científicos renacentistas aplicados a la tecnología marítima, que sentaron las bases de los nuevos imperios coloniales.

Este proceso de desarrollo cultural, científico y tecnológico, unido a la expansión económica y territorial, se convirtió en el fundamento de la Edad Moderna. Esto nos demuestra que, a pesar de las duras circunstancias por las que atravesaron los países europeos en el siglo XIV, la lenta recuperación dio lugar a una época caracterizada por el redescubrimiento del valor del hombre por encima de sus miedos y dogmas, y una apertura a la libertad de pensamiento y la secularización de la sociedad.

Por estas consideraciones históricas y a pesar de los terribles resultados que nos traerá la pandemia de COVID19, que se manifestaría en el alto número de muertos, el aislacionismo político, el colapso del comercio y el turismo internacional, el fin de los espectáculos públicos masivos, entre otras, que nos perfilaban como una cultura globalizada, la humanidad tiene las bases para poder salir adelante mirando lo mejor de nosotros mismos y revalorar lo que fuimos y podemos ser como especie.

Referencias

Benedictow, O. J. (2011). La Peste Negra (1346-1353), la historia completa. Madrid: Editorial Akal. 

Burke, P. (2015). El Renacimiento italiano. Cultura y sociedad en Italia. Madrid: Alianza editorial.

Fagan, B. (2009). La pequeña edad de hielo. Cómo el clima afectó a la historia de Europa (1330-1850). Barcelona: Gedisa.

Said, E. (2006). Humanismo y crítica democrática. Barcelona: Debate. 

Wolf, E. (2005). Europa y la gente sin historia. México: Fondo de Cultura Económica.

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Coyuntura

Sopa de letras: la academia en tiempos del coronavirus

Por Mateo Díaz

1

En las redes sociales viene circulando una selección de textos en torno al Covid-19 titulada Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. Uno de los autores incluidos, Slavoj Žižek, incluso ya tiene un libro acerca del tema que se puede adquirir por internet. De la selección he revisado los títulos, algunas páginas al azar, pero aún no la he leído. Probablemente no lo haga, no en este momento. Constato que para algunos lectores estas publicaciones generan entusiasmo; como si vinieran de consultar a algún oráculo, anuncian con timidez o euforia que la pandemia acelerará el fin del capitalismo

Todo esto, de hecho, me hace acordar lo que unos amigos chilenos me contaban hace un tiempo. Un sociólogo, Alberto Mayol, acababa de sacar un libro, Big Bang, para analizar el estallido social en Chile. Entre risas me decían, el estallido empezó en octubre y a los dos meses el hombre ya había publicado un libro. Y eso es lo que el texto francamente les generaba: risas. En ambos casos, propongo tomar la precipitación como un síntoma.

(Vale la pena recordarlo: en Edipo Rey los griegos consultan el oráculo de Delfos justamente porque una peste asolaba la ciudad de Tebas.)

2

Se trata de un chiste, un meme. Me lo envió una amiga cuando se cancelaron las clases presenciales y se empezó a insistir en el distanciamiento social. Dice: “cuando descubres que tu estilo de vida es llamado cuarentena”; la imagen es la de un monito que mira de reojo a la pantalla, como descubierto in fraganti. Iba acompañado de un mensaje de mi amiga que decía “mira, me acordé de ti”. Me reí. Por supuesto, los chistes que dan más risa son los que dicen la verdad. 

No es ninguna novedad que la vida cotidiana de un académico o un estudiante doctoral se asemeja a una cuarentena. El chiste es que nada cambia, que nosotros (cito otro meme) ya practicábamos el distanciamiento social antes de que se pusiera de moda. En todo caso, el “todo sigue igual” ha sido la reacción de las universidades de los Estados Unidos y de buena parte del mundo. Las clases, los proyectos de investigación, las reuniones y hasta algunas conferencias deben continuar a larga distancia utilizando aplicativos como el Zoom, diseñados para hacer videollamadas con varios participantes. Las bibliotecas, nos dicen, ofrecerán servicios de digitalización. Todo será igual que antes, pero diferente.

(Los correos electrónicos, las comunicaciones burocráticas, reflejan esas diferencias. Abundan frases como “cuando todo vuelva a la normalidad”, “cuando todo pase”; la pandemia se concibe aquí como un paréntesis, una interrupción del orden. Cuesta mucho conciliar esa actitud nostálgica con las profecías de la caída del sistema.)

3

¿De qué es síntoma la precipitación? Hay un dicho que todos los estudiantes doctorales conocemos: publish or perish (publica o perece). Desde que vivo en los EEUU la palabra que más escucho en la academia, pronunciada con reverencia o miedo, es “mercado”. Casi podría decirse que hay una exigencia compulsiva, a veces (solo a veces) tácita, de ser productivos. Para los que nos dedicamos a las Humanidades se trata de eso: escribir, publicar, repetir. Aunque la gran mayoría de artículos que se escriben en estos departamentos desmontan y deconstruyen los mecanismos del capitalismo tardío, sus condiciones de producción y circulación reproducen las dinámicas del sistema tan criticado. Los valores, afuera y adentro, son los mismos.

Las preguntas que siguen son obvias: ¿cómo imaginar una realidad distinta desde una praxis que refuerza el presente que se desea cambiar? ¿Hasta qué punto puede sostenerse la separación artificial entre el sujeto que analiza y su objeto de estudio, la realidad? Y claro, ¿qué sentido tiene mantener esta productividad frenética, más aún en una situación en que el mundo cambia a cada momento y opiniones que hace unas semanas sonaban –eran– lógicas (“el virus no es tan letal”, “es una exageración”, “es una creación de los medios”) rápidamente devienen obsoletas?

(La segunda palabra que más escucho en los salones de clase, en los talleres, en las charlas, es “crisis”. La tercera, “circulación”. En el contexto global de la pandemia, los vuelos cancelados, las calles vacías, el chiste se cuenta solo.)

4

Los efectos del Covid-19 aún no son dramáticamente visibles en Providence. Se trata de la capital del estado más pequeño de los Estados Unidos, Rhode Island, ubicada a tres horas y media de la ciudad de Nueva York, hoy el epicentro mundial de la pandemia. College Hill, la zona cercana a la Universidad de Brown, luce más vacía sin los estudiantes de pregrado, pero el contraste con el día a día no es muy marcado. Quienes venimos de ciudades grandes y caóticas nos hemos conformado con pensar que Providence es un lugar apacible.

La presencia del coronavirus se vuelve real, sin embargo, a partir de la relación con las personas que nos rodean. En estos días ayudo a algunos amigos que deciden mudarse y regresar a sus países de origen; luego, incluso eso parece insensato cuando el contacto interpersonal se vuelve más riesgoso. El sindicato de estudiantes de posgrado y otras entidades estudiantiles presionan a las autoridades universitarias para resguardar nuestras condiciones de trabajo y protegernos del virus en el contexto del terrorífico sistema de salud estadounidense, que a la enfermedad añade la amenaza de la bancarrota. A veces alguien me escribe y me pregunta si necesito algo, a veces lo hago yo. Hace una semana un amigo me cuenta que su madre ha contraído el virus y acaba de ser hospitalizada: me doy cuenta de que es la primera persona contagiada que conozco.

Por otro lado, el aislamiento distorsiona las distancias y los horarios. Paso más tiempo del habitual hablando con personas que están en otro hemisferio. Sigo las noticias: advierto que mi reclusión voluntaria coincide con el inicio de la cuarentena en el Perú, que empiezo a utilizar mascarilla fuera de casa cuando el presidente Vizcarra la declara obligatoria. Hablo con mis padres, con mis amigos. Hay una generalizada aprobación de las medidas que el gobierno está llevando a cabo, pero también hay miedo: una amiga, diabética, me cuenta sus dificultades para conseguir alimentos y medicinas en este periodo de libertad restringida; un amigo médico, que hace su SERUMS cerca de Rioja, me manda largos audios explicándome lo complicado, y a veces riesgoso, que es llegar a su lugar de trabajo. 

El pdf de Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias sigue abierto en mi laptop, detenido invariablemente en el índice.

(En Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias hay 15 colaboradores. 17 artículos. Para el día de hoy, domingo 12 de abril, hay 6848 casos confirmados de coronavirus en Perú. 1727 en Rhode Island. 549 131 en Estados Unidos, que ya sextuplica los de China. En la provincia de Hubei, cuya capital es Wuhan, hay 67 803.)   

5

En los Estados Unidos no se ha aplicado una cuarentena a nivel nacional. Es muy poco probable que suceda. Como si fuera necesario argumentar, por ahí alguien me dice: tú sabes, el país de la libertad. 

La amiga del meme me pregunta si estoy saliendo a caminar. Que sería una buena idea, tomando las precauciones del caso y manteniendo los dos metros de distancia con las demás personas claro. Respondo que no, pero prometo hacerlo pronto. Mejor espérate, me dice, en estos días está lloviendo mucho. Siempre llueve en Providence. Esta es, por algo, la ciudad de Lovecraft.