“Emocionalmente, quiero vivir para siempre”
Por Eliana del Campo
¿Cómo se mira de frente la propia muerte cuando se ha pasado la vida intentando aplazar la de otros? Henry Marsh (Oxford, 1950) estudió Filosofía, Política y Economía antes que Medicina, y durante más de tres décadas ejerció como neurocirujano en el hospital St. George’s de Londres. Esa doble formación alimenta una obra muy personal que ha transformado el quirófano en materia literaria: Ante todo no hagas daño (Salamandra, 2016), libro traducido a más de treinta idiomas y ganador del PEN Ackerley Prize; Confesiones (Salamandra, 2018); y Y al final, asuntos de vida o muerte (Salamandra, 2023), donde, ya jubilado, relata su propio diagnóstico de cáncer avanzado.

Conversamos con él en el marco del Hay Festival de Arequipa 2023, tras esta última publicación. Desde ese punto conversamos de la distancia que un médico guarda frente al dolor ajeno y de lo que pasa cuando ese dolor es el propio, de la falibilidad y el peso de los errores, del ocaso del cirujano heroico y de los lazos, siempre tensos, entre la medicina y las humanidades. Asimismo, nos compartió su amor por la literatura rusa que lo marcó de joven y su largo vínculo con Ucrania, país al que viaja desde 1992.
Henry, en uno de los capítulos de Ante todo no hagas daño menciona su relación con la literatura rusa como una etapa que fue clave en su vida. ¿Podría contarnos más sobre esa relación y si alguna de esas lecturas se vincula con la práctica médica que ha ejercido?
De adolescente, Tolstói me impresionó muchísimo. Además, antes de hacerme médico, estudié Filosofía, Política y Economía en la Universidad de Oxford, pero mi principal interés era la política de la Europa del Este soviética. La estudié con un profesor inglés muy célebre, Archie Brown, que es un reconocido politólogo.
Creo que mi interés por Europa del Este, y también por la política totalitaria y las dictaduras, venía en parte de que mi madre era alemana: una refugiada política –no judía, política– de la Alemania nazi. Tuvo que escapar de la Gestapo, la policía secreta, y huyó a Inglaterra porque estaba en peligro. Así que crecí con un profundo interés por los derechos humanos.
Por razones complicadas, una vez terminada mi carrera de Filosofía, Política y Economía, decidí hacerme médico y me convertí en neurocirujano. Y en 1992, justo después de que Ucrania se independizara y de la caída de la Unión Soviética, un empresario británico me pidió, casi por casualidad que fuera a Kiev a dar unas conferencias, porque allí había un gran hospital de neurocirugía. El empresario esperaba que llevar a un neurocirujano inglés a dar charlas generara buena voluntad.

Desde entonces no he dejado de volver a Ucrania. Por culpa de la invasión se ha puesto, me atrevo a decirlo, bastante de moda ir a Ucrania. Y yo puedo decir: bueno, en realidad llevo treinta y un años yendo. Porque desde el principio entendí que Ucrania era un país muy importante, situado entre las libertades relativas de Europa Occidental y la dictadura y la corrupción de Rusia y el Este. Y, evidentemente, los hechos históricos han demostrado que yo tenía razón.
En los años noventa, en lugar de tomarme vacaciones, volvía a Inglaterra y me iba a trabajar a Ucrania, porque trabajaba a tiempo completo como neurocirujano en Londres. Regresaba a Inglaterra y decía: “Miren, Ucrania es un país realmente importante”. Y me respondían: “¿Ucrania? ¿Y eso dónde queda? ¿No es parte de Rusia?”. Y yo decía: “No, no, no, es algo muy distinto”. Pero, claro, es terrible lo que está pasando ahora, completamente trágico.
Y aunque el mundo está ahora obsesionado con la tragedia, igual de terrible, de Israel y Palestina, la guerra continúa. Estuve en Ucrania hace apenas dos semanas. Y es espantoso. Está muriendo muchísima gente, y muchísimos niños sufren traumas psicológicos terribles. Una de las peores cosas de la guerra es lo que les hace a los niños.
Así que todo se remonta a Tolstói.
En uno de los casos que menciona en su primer libro se muestra cómo la muerte no es necesariamente el peor destino que puede tener un paciente. ¿Cómo describiría hoy su relación con la idea o el concepto de la muerte?
Bueno, yo mismo tengo un cáncer avanzado. Mi tercer libro, que en inglés se titula And Finally[1], trata sobre cómo me convertí en un paciente con un cáncer que probablemente me matará. Espero que no muy pronto.
He tenido que pensar mucho en ello desde un punto de vista personal, y no solo profesional. Una de las cosas más difíciles de ser médico, sobre todo si haces un trabajo muy peligroso como el mío, en el que muchos pacientes mueren pese a tus mejores esfuerzos.
Es una labor con mucho en juego.
Sí, hay muchísimo en juego. Tienes que encontrar un equilibrio entre ser amable y compasivo y, a la vez, mantener un distanciamiento científico, porque te toca presenciar un sufrimiento terrible. Durante cuarenta años, la muerte, los daños cerebrales graves, la tragedia, fueron para mí un fenómeno cotidiano, los siete días de la semana. Y es muy difícil no volverse un poco demasiado duro, demasiado distante. Cuando yo mismo me convertí en paciente –y al principio parecía que no viviría mucho; de esto hace ya tres años, aunque por ahora estoy bien–, me recordó, en los momentos en que estaba muy angustiado y asustado, la enorme distancia que existe entre médicos y pacientes. Y tiene que existir: no podrías hacer este trabajo si te implicaras demasiado en lo emocional. Pero lograr ese equilibrio es, creo, lo más difícil de ser médico. Si te involucras demasiado, no puedes trabajar; y el problema es que, como les pasa a muchos cirujanos, acabas demasiado distante. Te insensibilizas un poco. Es muy difícil.
Aquí se dice a menudo que los médicos son los peores pacientes.
Eso se dice, pero no fue mi caso. Ser paciente no me deparó ninguna sorpresa. Yo ya sabía que ser paciente es una experiencia humillante, aterradora, que te despoja de poder, te institucionaliza y resulta profundamente desagradable. Ya lo sabía, en parte porque mi hijo tuvo un tumor cerebral cuando era un bebé, y en parte porque mi segunda esposa padece una enfermedad de Crohn grave y epilepsia. Así que la realidad de ser paciente no me sorprendió. Lo que sí me sorprendió fue lo reacio que me mostré. No quería dar problemas. En parte es que soy muy inglés. Pero no quería armar revuelo. Me costaba muchísimo hacer preguntas. Y tuve una relación muy insatisfactoria.
Creo que, en lo personal, preferiría no saber.
Bueno, depende. Tengo casi setenta y cuatro años. Cuando me diagnosticaron un cáncer de próstata muy grave, tuve dos sentimientos contradictorios. Uno era pánico, horror, miedo. Como médico, sabía lo que podía significar morir. Pero el otro era: “Vamos, Marsh, tienes setenta años, has tenido una vida estupenda, no deberías quejarte”. He tenido mucha suerte. Y esa sigue siendo la situación ahora: estoy esperando a que el cáncer vuelva. No sé cuánto tardará. Pero lo cierto es que no hay nada que necesite o quiera hacer dentro de dos años que no pueda hacer ahora, porque he tenido lo que podría llamarse una vida completa. Evidentemente, mi esposa y mis hijos quieren que viva más tiempo. Pero, en lo que a mí respecta, racional y filosóficamente estoy preparado para morir. Emocionalmente, no. Emocionalmente, quiero vivir para siempre. Todos lo queremos. Somos muy incoherentes en nuestras ideas. Pero he tenido muchísima suerte.

Pienso en todos mis pacientes, la mayoría más jóvenes que yo. Eran padres y madres jóvenes, tenían hijos. Estaban desesperados por vivir, y no lo lograron. Murieron porque yo me especializaba sobre todo en operar tumores cerebrales difíciles. Es muy distinto que te diagnostiquen una enfermedad mortal siendo joven a que ocurra cuando ya eres mayor. Pero lo que no cambia es ese miedo profundo a la muerte y al morir, ese deseo profundo de vivir para siempre, que es una gran estupidez. Pero nuestro cerebro está programado así. Querer vivir para siempre no es más que un fastidio cuando ya eres viejo. Es absurdo. Las cosas solo pueden ir a peor a medida que envejeces.
Uno de los aspectos más humanizadores que muestra en sus libros son esos encuentros informales entre médicos y cómo bromean. Pero también menciona la rivalidad que existe, sobre todo entre colegas o al competir por un puesto. ¿Cómo cree que esa competencia profesional afecta hoy en día a las relaciones fraternales entre médicos?
La medicina y la cirugía modernas tienen que ver por completo con el trabajo en equipo, con ser un buen colega y tener buenos colegas. La idea del gran cirujano individual y heroico es cosa del pasado; de eso debemos deshacernos. Es una analogía, pero, igual que hace cien años los pilotos volaban los aviones solos –el piloto heroico–, ahora hay un piloto y un copiloto. En cierto sentido, en cirugía hace falta esa misma mentalidad.
Porque la lección que aprendí en mi carrera no tenía que ver con cómo funciona el cerebro. Eso fue lo que aprendí: no entendemos cómo funciona el cerebro. Aprendí cómo cometía errores; la palabra en inglés es “fallibility”, falibilidad. Y entre las personas ajenas a la medicina hay un malentendido común: creen que la cirugía es cuestión de pulso firme y de una tremenda destreza manual. Pero eso es una tontería, no es verdad. Operar es fácil una vez que has aprendido a hacerlo. Cuando pienso en todos los pacientes que sufrieron porque cometí un error —a veces pequeños, a veces grandes—, casi siempre fue en la toma de decisiones: si operar, cuándo operar, cómo operar.
Esto es la naturaleza humana. Hay accidentes aéreos famosos en los que pilotos sumamente inteligentes, formados y hábiles cometieron errores terribles. Porque todos los seres humanos cometemos errores, sobre todo bajo presión. Todos tenemos lo que los psicólogos llaman sesgos cognitivos. Todos tenemos el sesgo del optimismo: creemos que somos mejores de lo que en realidad somos. Esta es la verdad humana universal, y se aplica también al periodismo: los demás ven mis errores mejor que yo, y yo veo los suyos mejor que ellos. Cuando trabajas en algo como la neurocirugía, donde los riesgos son tan altos, si hay buenas relaciones de trabajo entre colegas –puede haber algo de competencia, pero competencia positiva, no negativa–, te beneficias enormemente, y es mejor para los pacientes.
Yo entré en la neurocirugía siendo un hombre ambicioso y egocéntrico. Un gorila de lomo plateado, un macho alfa, como diría mi esposa antropóloga, y salí siendo una persona mucho más humilde, consciente de que la buena medicina consiste en tener buenos colegas y trabajar bien juntos. Se trata de alejarse de ese modelo de la medicina como una hazaña individual, de alpinista o de artificiero que desactiva bombas.
Todo se basa en la cooperación.
Sí, exactamente. Cooperación positiva.
¿Cómo es su relación con los aprendices y con quienes recién empiezan a ejercer la medicina? ¿Qué es lo más importante que cree haber enseñado a los nuevos médicos con los que ha tenido la oportunidad de trabajar y de formar?
Como muchos cirujanos, siempre he considerado que formar a otros es tan importante como la propia práctica. La cirugía es un oficio práctico. Es como la relación entre un maestro y un aprendiz. Mi deber era para con mi paciente, pero también para con los futuros pacientes de quienes formaba. De todos modos, siempre me encantó enseñar. Así que espero que mis muchísimos alumnos a lo largo de cuarenta años guarden un buen recuerdo de haber trabajado conmigo. Pero, como decía, todos sufrimos el sesgo del optimismo, así que quizá no fui tan bueno como me gustaría creer. En todo caso, sin duda consideré la enseñanza una parte importantísima de mi vida como cirujano.

¿Existe la satisfacción de haber hecho lo mejor que podía?
Bueno, creo que, como muchos otros cirujanos veteranos que conozco, solo recuerdo mis errores y mis desastres. Sencillamente olvido las operaciones que salieron a la perfección. Así que, incluso ahora, ya jubilado —aunque sigo dando muchas conferencias de medicina—, me persiguen. Cada día recuerdo a algún paciente con el que siento que hice las cosas mal. Nunca desaparecen.
Al principio de mi primer libro cito unas palabras maravillosas de un cirujano francés, René Leriche, que dice que todos los cirujanos llevan dentro de sí un cementerio interior. Es un lugar al que de vez en cuando tienes que ir para contemplar qué salió mal y por qué. E incluso hoy en día, cuando la cirugía es mucho más segura que antes, sigue siendo peligrosa. Y por eso disfrutamos haciéndola: porque nos atrae el riesgo.
¿Cómo percibe la relación entre la medicina y las humanidades, y en especial si se han distanciado o acercado, incluso después de la pandemia?
Es una pregunta difícil. Tuve mucha suerte, porque me hice médico siendo ya mayor: tenía casi treinta años. Antes había cursado otra carrera en la Universidad de Oxford. De modo que tuve dos formaciones universitarias completas, una científica y otra en humanidades. Y esa es una de las razones que me ayudaron a escribir.
En un mundo ideal, todos los médicos harían algo así y tendrían cierta experiencia del mundo y de la vida antes de hacerse médicos. Pero, claro, eso sería muy caro. En Estados Unidos, la medicina es una carrera de posgrado. Por diversas razones, formé a muchos estadounidenses que vinieron a trabajar conmigo a Londres. Todos eran mayores, más maduros, académicamente más sólidos, y disfruté muchísimo de tenerlos como alumnos. Pero tener dos carreras es muy caro.
Ahora está de moda, sobre todo en Estados Unidos y hasta cierto punto también en Gran Bretaña, una asignatura llamada humanidades médicas, en la que se hace leer novelas y otros libros a los estudiantes de medicina para tratar de volverlos seres humanos más empáticos. No sé si funciona o no. Pero no hay sustituto para la experiencia personal.
Trabajé como auxiliar de enfermería en una unidad psicogeriátrica durante cuatro meses, como camillero de quirófano durante seis meses, como maestro en África durante un año. Así que había hecho muchas cosas distintas antes de hacerme médico.
Creo que probablemente la mayor influencia en mí fue el tumor cerebral de mi hijo, que me hizo conocer en carne propia lo que es estar enloquecido de angustia. No sé qué clase de médico habría sido de no haber tenido esa experiencia, pero es probable que me hiciera más empático y comprensivo. Es muy triste, pero, si no has vivido algo en carne propia, resulta bastante difícil entender de verdad lo que sienten los demás.

Incluso a través de la lectura, no es lo mismo.
Leer no es lo mismo. Tengo el prejuicio de que las mujeres son mejores en esto que los hombres. Cada vez más, en Inglaterra, más y más mujeres se hacen médicas y cirujanas. Algunas de mis mejores residentes de neurocirugía en los últimos años han sido mujeres. Y hay médicas terribles, y hay médicos muy buenos. Pero esta cuestión de la empatía y la comprensión es difícil. La mayor parte de la atención sanitaria está en manos de gente joven y sana que sencillamente no entiende lo que es estar tumbado en una camilla que empujan por un pasillo.
O sufrir dolor las veinticuatro horas del día.
Sufrir dolor, la vejez, las articulaciones que empiezan a fallar, cosas así. Muy difícil de entender. Me gustaría que, como parte de la formación médica, vinieran pacientes a hablar con los estudiantes y trataran de contarles cómo es estar del otro lado. Los médicos tienen muchísimo poder sobre los pacientes. Y ya se sabe lo que dicen: el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Es algo contra lo que tienes que luchar todo el tiempo como médico.
Gracias, Henry, por esta entrevista tan grata.
Muy bien. Buena suerte.
[1] Y al final, asuntos de vida o muerte (Salamandra, 2023)