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Reflexión

Tres eventos literarios

José B. Adolph en Barranco (foto original de Giancarlo Stagnaro).

Esta semana, uno de los directores de nuestra revista, Giancarlo Stagnaro, se hará presente en tres eventos que vale la pena mencionar:

– Hoy, a las 15.00 horas, será jurado de la siguiente tesis de maestría: “Los hijos de la noche. Indicios de una moderna generación de trovadores. Modernismo y canción popular urbana en México y Perú en la década de 1920”, del licenciado Rodrigo Sarmiento Herencia.

– El día jueves 25, a las 18:40 horas, será presentador de la reedición de la novela Mañana, las ratas, de José B. Adolph, junto a Enrique Planas, encargado de la nueva edición de la misma que ha aparecido bajo el prestigioso sello Minotauro. Dicha presentación forma parte del XI Congreso Nacional de Escritores de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción.

– Como ponente del mismo congreso, Stagnaro participará con una conferencia sobre una de las primeras escritoras de cf latinoamericana, Soledad Acosta de Samper (1833-1913). A las 9:30 horas, el día sábado 27.

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Reflexión

Convocatoria de la revista de literatura El Hablador

Sobre el Bicentenario: 200 años de pasado, presente y futuro  

Fecha límite de envíos30 de junio de 2021 

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Invitamos a todos los estudiosos de la literatura peruana y latinoamericana a presentar sus artículos, ensayos y reseñas para la convocatoria de El Hablador 24. En esta ocasión, el nuevo número de la revista estará dedicado al Bicentenario de la República del Perú.

Los textos que se envíen para la sección pueden plantearse como revisión y evaluación de los procesos literarios relacionados con esta importante fecha de la historia peruana, así como un análisis de su representación —desde el punto de vista artístico, creativo o crítico— en estos doscientos años de existencia del Peru como República.  

Los artículos deben ser enviados en formato APA o MLA y su extensión no debe sobrepasar las 25 páginas; la extensión máxima de las reseñas es de cuatro páginas. 

Del mismo modo, recordamos a los interesados que también pueden enviar sus poemas y cuentos para la sección Creación.  

La fecha límite para los envíos es el 30 de junio del año 2021. Los textos serán evaluados por el comité editorial de la revista El Hablador. Toda comunicación debe llegar a contacto@elhablador.com

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Reseñas de libros

El marxismo gótico de Xavier Abril

Por Alex Hurtado

La vanguardia histórica en el Perú es un campo que se configura desde lo conflictivo. La premisa beligerante está en las bases de su concepción, como respuesta a una ofensiva tanto política como letrada. Intelectuales y líderes como José Carlos Mariátegui señalan que «en el mundo contemporáneo coexisten dos almas, la de la revolución y la decadencia»[1], demostrando el carácter conflictivo del mismo; otros como Víctor Raúl Haya de la Torre añaden que «la unión de los trabajadores manuales e intelectuales para esta lucha, en un gran frente de acción contra el imperialismo y contra las clases dominantes […] es indispensable»[2], estableciendo así en el rol protagónico a los artistas en la lucha revolucionaria. El momento histórico de la vanguardia, por tanto, no es un espacio uniforme, estático, sino que se complejiza de acuerdo a las luchas por el poder que se llevan a cabo allí.

En ese sentido, la crítica literaria que se ocupa de este momento ha sido injusta al considerar a Xavier Abril, continuamente, como un poeta monolítico, como el poeta del Alba y el introductor del surrealismo en el Perú. Estos roles configuran una imagen contraria a la fugacidad y beligerancia estética y política que conlleva situarse en la vanguardia y sobre todo a un poeta e intelectual que en Difícil trabajo escribe: «A cualquier esfuerzo y mito que me sea enemigo, opongo mi palabra, puesto que mi vida exígeme tal lucha»[3]. Este inconformismo rebelde, azuzado por la prédica mariateguiana y reflejado en su constante participación en Amauta y otras revistas de la época, moviliza en su ser social los postulados necesarios para encumbrar una obra irreverente, producto de la confluencia de ideologías y estéticas revolucionarias. Ante la inmovilidad de la academia literaria frente a esto, Christian Elguera escribe y publica El marxismo gótico de Xavier Abril: El proceso disolvente y germinal en El autómata (Ediciones MYL, 2020), el primer libro íntegro acerca del autor.

Si entendemos la vanguardia como proceso es imprescindible también comprender a sus autores del mismo modo: como el producto de un incesante proceso de tomas de posición ante determinados hechos. Es en ese mismo sentido que se explica a Xavier Abril en este libro, como un artista ubicado entre coyunturas impactantes y específicas: «Solo de esta manera podremos comprender a El autómata como parte de un conjunto y como resultado de una evolución ideológica-estética» (p. 32), señala el autor. De esta manera, encuentra que en el poeta sucede una convergencia gradual de ambas posiciones: mientras Difícil trabajo se sitúa en la noche surrealista y en Descubrimiento del alba logra mostrar una voz abrileana plena de alba, Elguera propone que en El autómata existe una ósmosis entre el surrealismo y el socialismo sintetizada en el marxismo gótico. Es decir, el libro sobre el que centra su comentario es un tránsito entre el lúdico surrealista y el poeta puro y esteticista.

El investigador propone al marxismo gótico, en diálogo con los postulados de Margaret Cohen y Michael Löwy, como una categoría que cohesiona «un estilo mortuorio (que resalta el lado oscuro de la modernidad capitalista […]) y un estilo vital (que refleja el proyecto surrealista y socialista de un nuevo tipo de humanidad)» (p. 30). Es decir, por un lado, es una crítica al modelo capitalista y sus implicancias sociales a partir de «los mundos etéreos o fantasmáticos» que ofrece el surrealismo y, por otro lado, una propuesta de superación y germinalidad desde el socialismo y la utopía revolucionaria. El trabajo, por tanto, reparará en aquel principio que destaca en la concepción de las vanguardias históricas peruanas: una revolución integral y no esteticista, en el sentido de ser un tipo de arte desligado de su contexto social. En ese sentido, la investigación de Elguera responde a la finalidad de «terrenalizar la crítica literaria, para abandonar: el análisis formal, el dato exacto de dónde caminó o vivió el autor, la búsqueda esteticista de lo poético en clara distancia con materias coyunturales de raíz socio-política» (p. 23).

El Autómata y otros relatos: Abril, Xavier: 9789972659539: Amazon.com: Books

Por ello, y luego de realizar un estado de la cuestión en el que confronta las lecturas previas de la obra y desarrollar la construcción autorial e intelectual de Xavier Abril desde sus conflictos internos y sociales, propone dos niveles de lectura para la obra: el nivel mortuorio y el nivel vital, que confluyen en estilos narrativos. Estos dos estados, como ya hemos señalado, confluyen en El autómata para sintetizar la propuesta del marxismo gótico. Ambos serán estudiados desde dos perspectivas: por un lado, la sociología de la literatura de Pierre Bourdieu permitirá, desde un punto de vista más amplio, contextualizar la obra en diálogo con la lucha de fuerzas que ocupan el campo literario de inicios del siglo XX. A partir de ella el investigador realizará un análisis de las ideas a nivel estético e ideológico que están en constante confrontación en el imaginario de la época y que posibilitarán la toma de posición de Xavier Abril. Por otro lado, la semiótica tensiva permitirá el análisis específico de la obra en tanto su gradualidad de estilos narrativos. Esta metodología, además, posibilitará establecer cuál de estos dos estilos es el que predominará en el texto y que planteará la propuesta autorial. Asimismo, se vale de determinadas herramientas de la narratología, especialmente del análisis paratextual que, junto a un trabajo de archivo, posibilitará establecer al texto en la categoría de novela poemática con la que se aleja de los postulados novecentistas y entra en consonancia con las propuestas vanguardistas producto de esta crisis epocal.

El estilo mortuorio refiere al predominio de lo gótico entendido, en relación con la tendencia surrealista, como «las descripciones de la enfermedad y la muerte, la construcción de espacios opresivos» (p. 136) sumados a «las isotopías de muerte, oscuridad, cerrazón que ululan esta novela poemática» (p. 135). Todo ello interviene en la construcción de un «autómata abrileano», propuesta alejada del paradigma fantástico pues este «es producto de un contexto socio-político, un símbolo de la deshumanización en el régimen burgués-capitalista» (p. 158). Aquí, Elguera identifica, desde las posibilidades ofrecidas por su metodología, cuál es la toma de posición de Abril en este libro: la configuración de estos espacios opresivos a través de una estética determinada, en este caso la gótica, y de un autómata que se distingue de las creaciones de sus contemporáneos son estructurados de tal manera que incentiven «la acción y la solidaridad revolucionaria de los lectores» (p. 154). Es decir, el libro no se detiene en el goce estético, sino que advierte un problema en la realidad sobre el que es necesario actuar.

De esta manera, Abril postula además un estilo vital construido sobre los preceptos del mito mariateguiano, «a partir de metáforas orientacionales superiores, pero excluyendo la significación religiosa» (p. 247). Así, mientras el estilo mortuorio presenta un esquema decadente, el estilo vital «se caracteriza por la tonicidad de esquemas ascendentes, vinculados con la obtención de valores trascendentales: vida, voz, novedad, etc.» (p. 199). Este segundo estilo se construye como un proceso, un tránsito hacia la posibilidad de la construcción de la utopía socialista que guía los principios ideológicos del autor: El autómata es un germen para la revolución, una posibilidad. Esto se entiende por la cualidad de final abierto que posee la obra, pues el autor e intelectual vanguardista «nos invita a mantener la resistencia frente a los poderes del capitalismo, recordándonos nunca cejar nuestra lucha creativa y política contra la muerte» (p. 258).

Entre los méritos del libro de Elguera destaca la construcción de un marco metodológico que no abandona el texto a analizar ni el espacio contextual en el que se sitúa el autor como figura intelectual. Además, es un trabajo que reconstruye el campo literario de la época y las fuerzas que participan de él. Así, el análisis no se detiene en El autómata, sino que considera las otras obras del autor y las de sus contemporáneos que influyen en la estructura estética e ideológica. Destacamos, también, el significativo aporte que realiza en criterios bibliográficos, pues es el primer trabajo orgánico acerca de la obra de Abril. En ese sentido, celebramos el acierto de Ediciones MYL que, junto a otros proyectos editoriales, amplía el corpus crítico de nuestra literatura con la inclusión de jóvenes investigadores y lecturas novedosas.


[1] Mariátegui, José Carlos (1986). El artista y la época, p. 16.
[2] Bergel, Martín (2019). La desmesura revolucionaria. Cultura y política en los orígenes del APRA, p. 80.
[3] Abril, Xavier (1935). Difícil trabajo. Antología, p. 60.

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Reseñas de libros

La literatura es azul

Por Jhonny Pacheco Quispe

La poesía es la perfección de la materia trabajada en el mármol de la impotencia; la novela, su estilo. ¿Quién podría negar la catarsis al leer una prosa lírica? Cuando tallas con ritmo, precisión y goce, solo resta decir: el autor es su carácter; la poiesis, su alma. No hay otras palabras o razón para describir cada sensación, placer intenso, al leer el libro póstumo de Oswaldo Reynoso, Capricho en azul, una oda hacia la transgresión, la literatura, la mirada fina de la escritura, la poética de la piel y ese deleite inigualable del eros.

Al principiar el texto, nos hallamos ante el cuestionamiento de las formas, es decir, la transgresión del género. En la impronta de Reynoso, la vulneración de lo canónico no es un azar, sino su tópico, como se observa en su tratamiento sobre la marginalidad, el deseo y lo político. Entonces, ¿la libertad creadora de los géneros es solo una mescolanza sin mayor fin que la conjugación de una publicación? No, por ello, apostar por una etiqueta al libro en cuestión como una miscelánea es desmerecerlo, pues solo enunciaríamos el texto a la sazón de una serie de escritos sin mayor conexión y puestos de forma aleatoria. ¿Acaso los poemas y prosas no se han colocado con algún propósito? Si se sabe que el autor cuidaba la exactitud de la palabra para conjugar la armonía imposible del placer, ¿por qué juzgamos de misceláneo una obra que invita a regocijarnos con la literatura y su delirante invocación a mirar?

Situados en la misma diégesis, asistimos al horizonte cultural del escritor con citas a modo de epígrafe y parte de la argamasa textual con el objetivo de delinear su argumento, las estrategias de abordar el tópico, y el título de su libro. Con la advertencia literaria, el zaguán hacia la provocación y el éxtasis se muestra en «Sin nombre», donde el narratario recorre con su voz la antesala de la mirada, el contexto que impulsa el deseo y los escritores que representan, también, la desobediencia hacia el decoro, por ello, ese título sin título, pues ese capricho no tiene una significación, una nominación en la Ley. Sin embargo, el recorrido por asir el anhelo deja su huella en el presente cultural con la prosa lírica «Amor de chibolo», pleitesía lírica a lo Martín Adán.

Luego de ello, nos trasladamos a los orígenes del narrador, Arequipa, donde se configura el color azul, imponente, bello e imposible, a semejanza del cielo del Misti. Asistimos al génesis de la mirada y a la incomprensión por la contemplación de lo hermoso. Empero, la inmanencia etérea del azur, es la esperanza de la vida en medio del rechazo cotidiano. Esta historia se correlaciona con el relato «Malte», en el que la historia del muchacho de nombre homónimo lo lleva a acentuar el deseo por el cuerpo joven en una tierra milenaria, China. La naturaleza, los frutos, los colores, el susurro y el proceso de transferencia amorosa, que nos recuerdan a escenas griegas del maestro-discípulo, son los elementos que enmarcan este cuadro de sugerencia imposible. A manera de colofón, «Poema», sutura este ciclo de experiencia mundana que permitirá «engendrar la claridad auténtica» (p. 41), donde «se reconozcan las eternas historias del mundo / entonces de una sola, secreta palabra, / huirá todo ser pervertido» (p. 41). Con ello, Reynoso posiciona su literatura: experiencia e inocencia, derroteros que delinean de forma gravitante su numen narrativo.

Fuente: UCH

Los siguientes textos «Paisajes interiores» y «Sin palabras» representan el camino de lo acontecido. En ambos casos, nos expresa su quehacer escritural: la realidad que nutre a la creación, no obstante, con el tamiz de lo sublime. En el primer caso, el autor expone parte de su poética y su forma de construir sus escenarios ficcionales: «El paisaje interior de una ciudad es el que despierta en la profundidad de tu existencia la ciudad que siempre te seguirá» (p. 43). La historia empieza en la Habana y culmina en la Plaza San Martín con reflexiones sobre la soledad. En el segundo caso, la voz se sitúa en París y luego en Piura; después Arequipa y China. En este devenir, aparece el aprecio de lo bello en el cuerpo joven con su vitalidad y armonía. A partir de dicho encuentro, el autor comprende que la estética de sus textos proviene a partir de esa vivencia idílica.

Con «El arte es azul», Reynoso arriba al puerto de la nostalgia y la conceptualización del color en cuestión. Así, «el azul es misterioso, múltiple y arcano. Divino y demoniaco» (p. 53). También, cómo se concibe el azul en diferentes lugares, por ejemplo, «en China, [donde] el azul es lo prohibido, lo mórbido, lo sexual» (p. 54). Con relación a lo literario, cimenta su idea al referenciar al poeta de Una temporada en el infierno: «Para Rimbaud la vocal O es azul. O: sin comienzo ni término. La eternidad» (p. 54). Luego, se menciona el azul en Picasso, el rey Salomón y Vallejo para aproximarnos a su concepto. Con ello, se propicia la entrada al recuerdo en «Epístola inconclusa», en el que la madre se posiciona como la lectora de sus textos. Y en la línea discursiva de la rememoración y la reflexión, se halla «Un pescador inglés en Beijing», «Camino correcto en La Habana» y «Una tarde de verano cualquiera».

Después del viaje por la memoria configuradora de la ficción y la palabra, el narrador traslada al lector nuevamente al presente, a la urbe, a lo real, en «Plaza San Martín». En este lugar público, de tránsito y bullicio, las personas convergen y se reúnen en fastuosa alegría o con una actitud de protesta y crítica social. Así, en dicho recinto convulsiona el lenguaje, por ello, observamos el inicio del relato «Giragiragiragira», así como la ruptura de las diferencias sociales y mezcla de los múltiples estratos, lo popular y lo letrado. De este modo, se recorre los bares emblemáticos del Centro de Lima, el Jr. Quilca donde habita el saber, en el que se recuerda a uno de sus deambuladores: Martín Adán. Aparecen, también, retazos de Los inocentes y Los eunucos inmortales para culminar en Lima, la horrible, del poeta César Moro. Esta última mención permite enlazarlo con los siguientes escritos «Lima no es horrible» y «Ribeyro en la Ciudad Perdida». En el primero, se aúna de forma intertextual al autor de La tortuga ecuestre, interpretando y contrastando la frase moreana con la decisión del vate de retornar al Perú en los últimos años de su vida. En el segundo, Ribeyro es la metáfora de la ciudad y el tópico del mundo marginal y el desasosiego, así como la devoción a la escritura misma. Sobre estas dos perspectivas, el caos creador y la admiración por el quehacer sobre la palabra, se engarza la poética de Reynoso.

Fuente: El Comercio

Los tres últimos textos se conjugan en torno a la idea de escribir y qué concibe el autor de acuerdo a su perspectiva cuestionadora. En el caso de «Ficción y realidad», se expone brevemente lo que considera la expresión de lo literario. Para ello, inicia con la teorización de la literatura, luego las cuestiones filosóficas y la enunciación científica. De estas posturas, Reynoso enuncia su idea con la siguiente sentencia: «La ficción y la realidad son, pues dos mundos diferentes. La creación de un mundo ficcional, a través de la palabra, en su sentido poético, y de adecuadas estructuras, es la expresión de la ideología del autor» (p. 80). Se complementa su ideario con «Dimensión del significado subjetivo», en el que se afirma que Cien años de soledad es una gran novela por su riqueza verbal, además de su «sentido subjetivo y poético de su prosa» (p. 84). Por último, su poética llega al culmen con la transgresión en «Gloria in excelsis», en el que la escena de la masturbación del narrador en la sacristía, pensando en el éxtasis que le propicia la imagen del personaje Malte, forja la energía creadora. Con ello, se implica que la escritura es belleza y vulneración de lo canónico, un reto constante a la Ley represora.

Luego de este recorrido por Capricho en azul, concluimos que el libro póstumo de Reynoso no es una miscelánea textual, sino una conjugación textual mediante secciones no señaladas, situadas como un devenir no aleatorio, donde se engarzan, a manera de una cadena, los temas de la transgresión, la exaltación de la belleza, y la poética en torno al arte de escribir, en el que el capricho, el deseo, es el primer motor del recuerdo para ficcionalizar el mundo mediante una armonía que solo se consigue mediante la lírica, única fuerza capaz de asir el cielo azul de Reynoso, ese elemento etéreo e imponente difícil de enunciar.

Reynoso, O. (2020). Capricho en azul. Lima: Alfaguara.

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Reseñas de libros

Honestidad brutal

Por Diana Hidalgo Delgado

Degenerado (Anagrama, 2019) no da tregua alguna al lector. Es una sucesión imparable de prosa e imágenes abyectas que hipnotizan hasta el final. No hay subidas ni bajadas ni paradas. Todo está en el más alto de los tonos. Si fuera música, sería death metal. Son las palabras y las ideas vomitadas que la mayoría no se atreve a decir escritas de una manera descarnada y sincera. Por ratos uno cierra el libro para respirar, pero realmente es imposible dejarlo por mucho tiempo. La honestidad puede ser adictiva.

La novela de la argentina Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), que gira en torno a un proceso judicial, no tiene de por sí una gran trama que avance de una manera convencional. Lo que lleva al lector a algún lugar o a varios es la mente siniestra del hombre que comete el delito y está siendo juzgado. Al exponer sus alegatos de defensa dentro del juicio, de él salen las ideas más crudas y repulsivas sobre la sociedad contemporánea, la humanidad, la paternidad, la maternidad, el consumismo, el antisemitismo, la pedofilia, el amor, el capitalismo, la ley, la religión. Este hombre parece sentir desprecio por todo y por todos. Un desprecio, argumenta, producto de la discriminación que ha vivido de parte de la sociedad por ser judío, pero también abusos e incomprensión de parte de sus propios padres. 

A él, la humanidad entera y la sociedad en la que vive le parece hipócrita y asquerosa. Y ese mundo de hipocresía se vuelve un animal que actúa y habla por instinto. Basándose en ello, puede cometer las más terribles atrocidades, como violar y matar a una niña y enterrarla en un bosque o justificar la pedofilia o la zoofilia, a las que equipara con el amor. El acusado es un violador y un pedófilo.

Así, conforme avanza el libro, la autora presenta imágenes perturbadoras, a través de la mirada del enjuiciado, de una sociedad ilustrada a la que le cae un balde con excreción, burgueses agonizantes, cuerpos que llueven en forma de diablos, murciélagos que se muerden las pestañas, una cena familiar en la que el padre le pregunta a la madre delante de los hijos dónde está el clítoris y la hace buscarlo, o un vecino teniendo sexo anal en una granja con su cerda y a la vez con su esposa, el mundo como una sucesión de roedores con cola retorciéndose, chicos que nacen sin querer vivir, un ano manchado y con puntos de sutura por tanta violación. «Los que están fuera del mundo son personas afortunadas», dice el violador en la página 40 del libro.

Uno de los tópicos a los que vuelve constantemente el violador durante el relato es al de una infancia atormentada por sus progenitores. Pero también a un concepto escabroso sobre lo que significa nacer, procrear, ser hijo o ser padre. Lo dice claramente en varios pasajes del libro:

«Nadie merece ser abandonado, yo no siento nada por mi familia, mis padres la destruyeron cambiando de identidad. Yo también tengo lesiones en distintas zonas del cuerpo y también tengo constantes pesadillas y secreciones que no son normales en mis órganos genitales» (p. 114).

O:

«Amar se aman todos, cualquiera puede amar a un padre, yo diría que todos aman al padre, todos de una manera u otra se aman, el hombre es un chiquero de amor un pelotero sucio de amor. No voy a cambiar mi declaración, no hice duelo de infancia, sigo gateando, sigo babeando, sigo en la silla con babero» (p. 104).

Y también:

«La pederastia, el asesinato, es otra versión del amor o es lo mismo que el amor que me proponen. (…). Haber sido hijo de los que me llevaban para cometer atrocidades me volvió este que ven, haber salido de los que no tuvieron empatía» (p. 122).

Fuente: WMagazin

Después está la crítica que hace a la sociedad y a la política desde el punto de vista de un hombre que no tiene nada que ganar o perder; un hombre que se siente al margen de toda ley y toda humanidad y que no está de acuerdo con la moral impuesta por esa misma sociedad. De hecho, la considera como un fenómeno de los otros, que son quienes tienen que hacerse cargo. Ni qué decir del consumismo y de las leyes del mercado: «Ustedes son los pacientes oncológicos no los tratan así, más bien les decoran la pieza y les ponen música, vienen los actores célebres de Hollywood disfrazados de piratas, el cáncer es la sociedad elegida por el mercado» (p. 25).

Y, sobre el amor, el procesado da cátedra de su concepto, que involucra pensamientos tenebrosos y que va más allá de enamorarse y tener sexo con una niña, como en Lolita de Nabokov, sino que se concibe junto a la tortura, la violación, el asesinato al objeto del deseo. Además, el enjuiciado defiende la pederastia como un amor legítimo. «Todo amor es un crimen pero cómo podría vivir sin eso», dice el violador. Y sobre su experiencia con el amor, agrega:

«Amé tanto que me quedé sin horizonte, amé tanto que ahora ya no hay nada más que abrir el ano y recibir los desechos fecales, amé tanto una vez que incluso a los que dije querer, incluso cuando sonreí, cuando besé, después, cuando junté las manos en oración, todo ese invento del placer humano al lado del fuego, todo fue infamia» (p. 112).

Entre el bien y el mal, el violador también se siente al margen. Siente que los que los juzgan pueden estar igual de mal o igual de bien que él. Pero qué le importa. Está fuera y espera con tranquilidad su sentencia de muerte, sin ningún atisbo de arrepentimiento. Sin embargo, sostiene: «El bien puede ser terrorífico, y el mar, redentor. El bien puede ser nocivo, culpable, y el mal ayudarnos a sobrevivir» (p. 84).  Y en ese mal, se regodea, se baña y se empacha.

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Reseñas de libros

Realmente, mejor el fuego

Por Giancarla Di Laura

En 2015 editorial Planeta publicó Pequeña novela con cenizas, la primera obra narrativa de José Carlos Yrigoyen (Lima, 1976). Al año siguiente, Random House editó su segunda novela, Orgullosamente solos, y ahora este mismo sello lanza su tercera novela, Mejor el fuego, dedicada a la esposa del autor, Greta, así como a dos amigas suyas, las autoras María José Caro y Mayte Mujica (esta última esposa del director de la editorial), quienes no se demoraron en publicar elogiosos comentarios sobre el libro, utilizando criterios y vocablos como «belleza» para resaltarla. «Dolorosa y bella», dice Caro; «la única belleza posible proviene de la palabra», expresa Mujica. «Negro y amarillo»

Mejor el fuego es la historia de un estudiante de Derecho de la Universidad San Martín de Porres, espacio que ya ha sido abordado con anterioridad por Sylvia Miranda en Memorias de Manú (1997, Premio BCR de Novela). Si Miranda retrataba un Perú de mediados de los ochenta e inicios de los noventa con personajes como Manú desde el activismo estudiantil y la militancia política en la Izquierda Unida, Yrigoyen se concentra en el Perú de las dos reelecciones fujimoristas, con apenas una involuntaria y moralmente obligada asistencia a una marcha contra la dictadura en el 2000.

Dividida en diez capítulos de entre tres y quince páginas de extensión, Mejor el fuego es un relato relativamente breve contado desde la memoria personal, lo que se explica claramente: «El recuento de los hechos públicos ya los sabemos con detalle, por lo que este capítulo aborda otras cuestiones y sucesos». El narrador-protagonista, ya mayor, disemina así sus recuerdos a modo de «un montón de esquirlas», según los llama. Esta memoria va entre la primaria ochentera y el año 2000, desde una exploración exclusivamente individual relacionada con su orientación homosexual. «¿Pero qué historia? ¿Y quién era yo en ella, entonces? ¿Y cuál era la mía?», se pregunta el narrador a mitad de su relato. «Comprendí que ya no habría ninguna historia dentro de nuestra historia. De ahora en adelante me reconfortaba con tu sonrisa, un ramo de flores audaces», concluye al terminar la novela dirigiéndose a su pareja Samuel. Cabe resaltar que este es un judío practicante, mientras que el narrador es un enterado lector de libros sobre Hitler. Interesante y sintomática dupla gay dentro de una generación donde los horizontes políticos ya no funcionan como catalizadores de la trama, desdeñando lo que ha sido tradición en la mejor narrativa peruana. El trasfondo ideológico neoliberal transpira entre las líneas.

El narrador, hijo único y solitario, ha crecido sin amigos en una casa familiar ubicada en una zona distante de la ciudad (La Molina). En tercero de primaria, durante el recreo, dos compañeritos le dan latigazos hasta hacerlo sangrar. La directora pide a sus padres que lo cambien de colegio, a lo que estos acceden. Después, a los catorce, conoce a Gino, chico que atiende en una disquera, quien lo viola. A los veinte, el narrador mantiene relaciones con diferentes muchachos, con los que liga a través de salas de chat como Latinmail. A los veintitrés, sus padres se separan (la madre engaña al padre con un vecino de auto rojo) y la casa es vendida. Es por entonces que en la marcha a la que asiste el narrador conoce a Samuel, estudiante de Historia en la Universidad Católica, a cuya casa parental se va a vivir. Con ellos comparte el Janucá, la fiesta judía de las Luminarias. Se dedican a tomar y fumar, y aburridos deciden salir en auto de Lima, hacia Ica y Arequipa, en lejana reminiscencia del famoso cuento “Con Jimmy, en Paracas”, de Alfredo Bryce, pero sin su economía ni brillo de lenguaje.

Antes, en abril de 1995, cuando el narrador ingresa a la universidad, conoce a Javier Urrutia Arancibia, «un tipo que estaba a punto de llegar a los cuarenta», de madre chilena y cuyo padre «nació en una familia de terratenientes que lo perdieron todo con la Reforma Agraria». Con él se acuesta y acaba peleándose. Y luego, en el verano de 1998, conoce a María Paz Melero, «entre las chicas más bonitas de la facultad», en cuya casa, ubicada en el malecón Paul Harris de Barranco, conoce a su hermano menor David, estudiante de quince años. «Le sostuve la mirada mientras sacudía su mano y pensaba que era muy guapo y que ese uniforme escolar le quedaba increíblemente bien», proclama. Al poco tiempo, la madre lo confronta y lo acusa de violación y de corromper a un menor de edad. En otras palabras, el narrador se convierte en pedófilo.

Fuente: Perú 21

Estas memorias personales, concentradas en su identidad sexual, me recordaron un comentario antiguo de Mirko Lauer sobre No se lo digas a nadie (frase que aparece en boca de un personaje de Yrigoyen), la famosa novela de temática gay de Jaime Bayly: «La prosa me parece más escabrosa que el contenido». Recordé esta opinión ahora que leía Mejor el fuego y tengo que decir que en este caso prosa y contenido resultan ser igual de escabrosas, porque lamentablemente apenas llegan a encender algún interés por su discurso básico, de coloquialismo demasiado obvio, entre el mercado e inmediatas librerías, absolutamente referencial, anecdótico y chismero, con un anecdotario que a estas alturas a nadie escandaliza, al menos literariamente. Bayly siquiera aportaba cinismo y vivacidad a sus escenas. No resulta un azar que Yrigoyen decida comenzar su novela de esta forma: «Días que no se deciden entre el calor y el frío. Iguales a mí». Y es ese yo narrativo cuarentón y poco carismático el que repasa su vida, castigando al lector a lo largo de las ciento sesenta páginas de la novela (las que, debo confesar, solo terminé a fin de escribir esta reseña).

En esa narración los eventos van y vienen. Y conforme leemos, vemos primero sus acercamientos adolescentes que nos permiten vislumbrar la ciudad de Lima en los encuentros furtivos que mantiene con distintos jóvenes. Sin embargo, el paisaje urbano es de tan escaso espesor como la llaneza verbal con que lo presenta. Aquí algunos ejemplos: «casas chatas y disímiles», «basura acumulada en las esquinas de las vías principales», «construcciones incompletas y arbitrarias», «pasillos alfombrados de rojo, puertas de falsa caoba», «desayunamos jamón, tocino, huevos, pan francés, un café muy negro y jugo de piña: doce soles la porción», «balcones, cafés con las sillas y mesas ocupando la vereda, taxis y transeúntes entremezclados» (esta última es una descripción del centro de Arequipa) y demás generalidades sin calor ni frío ni humedad ni garúa ni nevada ni mayor inventiva. En pocas palabras, un estilo repetidamente simple dentro de lo que alguien ha llamado «querer ser honesto».

Y así las experiencias homosexuales de este narrador se suceden una tras otra, sin variación de tonalidad ni tensión dramática. Porque, aunque estén nominalmente sobre fuego (por el título, digo) aquí en verdad no hay fuego, sino una página tras otra y otra más, quizá reclamándolo, literalmente.

Muy lejos este libro de los versos de Luis Cernuda de los que toma el título: «Su vida ya puede excusarse,/ porque ha muerto del todo;/ su trabajo ahora cuenta,/ domesticado para el mundo de ellos,/ como otro objeto vano,/ otro ornamento inútil;/ y tú cobarde, mudo/ te despediste ahí, como el que asiente,/ más allá de la muerte, a la injusticia.// Mejor la destrucción, el fuego».

No dudamos que los actuales editores de Random House seguirán publicando las historias de José Carlos Yrigoyen, ya que algún público tendrán por su facilismo y su «mudez» literaria, para parafrasear a Cernuda. Y es que los churros embolsados siempre tendrán su demanda.