Categories
Coyuntura Entrevista Reflexión

Entrevista a Cynthia Rimsky

“Ahora trabajo más con el olvido que con la memoria”

Por Sebastian Uribe

Dice Federico Falco que los libros de Cynthia Rimsky (Santiago de Chile, 1962) son tan extraños como delicados, mientras que María Moreno describe su estilo como el de una epifanía calma. Cuando uno lee El futuro es un lugar extraño o  Ramal corrobora las afirmaciones de ambos escritores argentinos, pues la obra de Rimsky se instala a contracorriente del afán de consumo rápido de muchas obras contemporáneas.

En libros como Yomurí, La revolución a dedo y la más reciente, Clara y confusa, la escritora chilena aborda cuestiones como cuál es el lugar del artista en el presente o qué sucedió con las juventudes revolucionarias de antaño.  Conversamos acerca de ello durante su visita a Lima como invitada de la Feria Internacional del Libro 2025 el pasado julio.

Foto: Maria Aramburu

Cynthia, ¿qué tal esta visita a Perú? ¿Es la tercera me parece?

Bueno, en realidad es mi décima visita, porque mis viajes a Perú empezaron como mochilera. Pasé cuando fui a hacer este viaje hacia la Revolución Sandinista y eran viajes mucho más entretenidos que como escritora, porque tenía la libertad para pasear y meterme por todas partes. Ahora son visitas más cortas, más agotadas.

Justo sobre ello, recordando La revolución a dedo,  en dicho libro escribes sobre este particular peregrinaje hasta Nicaragua. ¿Cómo fue la decisión de revisar tu antiguo cuaderno de anotaciones? ¿cómo fue leerte, o, mejor dicho, leer a la Cynthia del pasado, muchos años después?

Fue muy raro  porque a mí se me había olvidado completamente que tenía este cuaderno de Nicaragua del 87, creo, 86 u 87, cuando tenía 22 años. Me dio un poco de vergüenza, me dio pudor, porque había ahí una ingenuidad muy grande, pero al mismo tiempo había unas preguntas muy auténticas y mucha desesperación por no entender lo que pasaba en el mundo por parte de una chica que era de izquierda creía en la revolución, en la utopía, y de repente llegaba a Nicaragua y no la encontraba en ninguna parte. Entonces se preguntaba si el problema era ella, si el problema era lo de afuera o su mirada. Pasaron cerca de treinta años hasta que escribí este libro porque nunca supe desde qué lugar escribirlo. No quería escribirlo desde alguien de derechas, o desde alguien que cuando es mayor se le olvida la revolución. Ninguna de dichas tonteras.

Lo que más me costó fue encontrar la voz de la mujer que mira a esta niña. Y  lo que quise fue llegar, aunque sea por un segundo, a encontrarme con esa chica, con lo que sentía. Eso me interesaba. Es un libro de indagación y yo conecto mucho ahora con eso que comentas esto de la voz de la chica, encontrarla, como ocurre con los personajes de Yomurí, sobre todo, donde está presente el conflicto que había sobre esta ideología que se ve confrontada también con una mirada un poco más irónica y liviana, por así decirlo. Porque en Yomurí, hay una sátira del compromiso, aquello que supuestamente la lleva al extremo, y también con quienes proponen  la ideología de no tener ideología. Esto deriva, por ejemplo, en el diario de Clara y confusa y  el sindicato que no ayuda a ningún trabajador. Quedó la forma, pero el fondo se fue.

¿Cuál es tu perspectiva sobre el conflicto que se da entre las sensibilidades y las ideologías actuales?

Creo que una cosa que recorre todos mis libros es la idea de la utopía, desde su construcción hasta su derrumbe. Mientras escribía un ensayo me di cuenta de que toda mi juventud fue durante la dictadura de Pinochet. Por ese entonces una de las palabras más usadas era “la causa”. Uno estaba comprometido con una causa, luchaba por una causa, moría por una causa, y ahora la única causa que existe es la causa limeña (risas). Tú trabajas con eso, y la ironía tiene que ver la existencia de un mundo donde hay palabras que desaparecieron y hoy día no se usan.

Lo que quería era ir dando cuenta de esta transformación, pero sin nostalgia, porque creo que esta no lleva a ninguna parte. En esa lucha por no escribir desde la nostalgia, encontré la ironía que yo le llamo ironía amorosa,  ironía cariñosa. Porque no es la típica ironía desdeñosa, sino una que es  compasiva, porque estoy con los personajes, pero hay una risa. Creo que la risa es algo que nos sirve hoy más que la denuncia. Me acuerdo que, mientras en Poste restante la chica joven hace un tremendo viaje para buscar su identidad, en Yomurí me burlo un poco de esta misma chica y  su búsqueda, indígena en este último caso, y cómo no la lleva a ninguna parte. Sobre cómo descubre que tiene un apellido indígena y dice, bueno, ahora voy a ser indígena y sigue siendo la misma de siempre.

Me gusta meterme en esos problemas, contradicciones y  confusiones. Son los lugares donde me gusta estar. No en los lugares de los discursos, sino en donde se produce un choque entre la experiencia y el discurso, y hay algo ahí que no funciona. Ese es el lugar que me interesa, el de los plomeros, el del sindicato que está para ayudar y no ayuda. Me interesa mucho cuando choca el discurso con la experiencia humana, y cómo esta queda opacada por el discurso, y tú aceptas uno a pesar de que sientes una cosa completamente distinta, quedando reprimido.

Una de las partes más destacadas en Clara y confusa, a mi parecer, es cuando el protagonista devela los entresijos del sindicato, de cómo está la corruptela ahí, y una de las víctimas que ha padecido ello sigue defendiendo al sindicato. Prima el “Si alguien lo ha dicho, es así  y  debe haber sido por algo” incluso cuando el conflicto ha supuesto la muerte de una persona querida.

Recientemente hice dos viajes cortos a España y pensaba en esa idea de que en España el la lengua es tan de ellos, tan entera y las palabras dicen lo que dicen. En cambio, creo que en América Latina tenemos un problema inmenso con un lenguaje que se nos impuso. Por lo tanto, ya hay una falsedad, hay algo que nunca nos identifica, que siempre rebasa ese lenguaje y está quebrado. Porque dice lo que se dice en España, cuando se traslada a América Latina, ya no dice eso, se agrieta, se mancha, se borronea. Me  interesa eso, cómo la palabra que nos fue impuesta en América Latina no logra nombrar lo que tendría que nombrar.

Aparte de esta libertad para jugar con con el lenguaje, mencionaste durante la presentación del libro que no sentías un peso  solemne o institucional, porque cuando ibas a tu casa nadie “te pescaba”. Ibas al mercado y nadie te reconocía como escritora.  ¿Eso puede haber permeado de alguna forma tus últimos libros?  Porque en Clara y Confusa y Yomurí, percibo   una mayor soltura para reírte de algunas cosas y tener una mirada un poco más lúdica.

Creo que también me favoreció mucho cambiarme de país, porque creo que cuando  vives en tu país, este te duele al tener ataduras que son más difíciles de romper  y  más difícil reírte.

Por otra parte, a mí me interesa mucho la idea de un escritor walseriano,  un ser minúsculo que está todo el tiempo preguntando, averiguando con mucha curiosidad. Creo que mis libros también tienen eso y están escritos, no desde un escritor que dice “soy escritor” y mira desde arriba las cosas y cree en sus juicios, en sus sentencias; sino que, más bien parten de una escritora que está todo el tiempo balbuceando y sorprendiéndose y descubriendo en la escritura, no desde alguien que sabe.

Sí, ahora que hablas de eso, en Clara y confusa, una de las partes que más me gustó es el retrato de la pintora que no tiene  éxito y  el  protagonista que no sabe si es porque es muy buena o muy mala. En esa línea, quería preguntarte sobre la crítica ¿Cómo percibes su posición actual entre la avalancha de información, proveniente en su mayoría, desde las redes sociales?

Bueno, por ejemplo en tiempos de la dictadura, que es cuando yo empecé a escribir, los críticos tenían mucho poder y en Chile siempre ha existido el crítico único, que además era sacerdote en general, como el cura Valente, y otro que hubo antes. Había un grupo de críticos que te dejaban pasar o no de acuerdo a lo que les cantaba. Por ejemplo, dejaron pasar a Zurita pero no a Juan Luis Martínez. Dejaban pasar a Neruda pero no a De Rothka; a Diamela Eltit, pero no a Guadalupe Santa Cruz. Entonces siempre hay eso que mientras ponderan a uno, a otro lo sacan de la escena, una costumbre en Chile.  En ese sentido, fue interesante la apertura de las redes sociales porque ya tú podías pasar sin tener el permiso de la crítica, y en ese sentido hay algo positivo.

Por otra parte, de los comentarios en plataformas como Youtube y similares, a mí lo único que me preocupa es que cuentan el argumento. La crítica o la reseña, hoy en día, es contar el argumento, decir si te gustó o no, dedito para arriba.  Lo que se ha perdido es una cosa que me parece maravillosa que es el arte de aprender a leer. Porque aprender a leer, interpretando, como dice Barthes, o sea leyendo, levantando la cabeza e imaginando qué te pasa con el libro, es una valoración subjetiva pero que tiene que ver con todo lo que te mueve, y es muy distinto al “me gusta” o “no me gusta”. Como decía un amigo, los libros te leen, y esa lectura a mí me parece interesante y se ha perdido, se ha frivolizado. Lo que uno termina diciendo es lo que todo el mundo quiere saber. Das una respuesta que deja a la gente contenta, y se se pierde esta cosa interesante de la crítica que era que te dejaba desasosegado, porque te decía, “Uy yo no vi eso en el libro” y volvías al libro, y entonces encontrabas que no habías visto  y te preguntabas “qué otras cosas no vi”. Eso de ver más cosas en segunda o en terceras lecturas es lo que se ha perdido y me parece una pena.

Muchos de tus títulos han sido editados en distintos países, pienso en Poste restante, por ejemplo, que ha sido publicada por distintas editoriales en Argentina, Chile, México y España. Antes de la entrevista, hablamos sobre la edición, sobre cómo ha cambiado, por lo que quería consultarte sobre las nuevas editoriales y su diversidad, sobre cómo viajan los libros viajan.

Sí, es increíble, porque como las distribuciones son tan malas entre Latinoamérica, y muchas veces si no pasas por España no llegas a Perú, por ejemplo. Es interesante también cuando los escritores vienen a las ferias y traen sus libros en las maletas.

Con respecto a la edición, tuve que releer Ramal y El futuro es un lugar extraño, porque uno se reeditó ya y el otro se va a reeditar pronto, y claro, da la sensación de que los libros tuvieran una vida, y cuando los lees de nuevo encuentras otras cosas. Los empiezo a corregir, soy medio obsesiva, espero hacerlo una vez, pero es interesante volver a leerlo. Pasa que escribo sin saber lo que estoy escribiendo, y entiendo lo que escribí muchos años después. Entonces quizás le puedo dar la última pulida.

También soy bastante juguetona, pues con Poste restante se suponía que con Overol hicimos una edición final, canónica, que iba a ser “la” edición, pero a una editorial en Turquía le pasé otra. Entonces Poste restante siempre va a estar con una falla, porque me parece que lo interesante de la edición es que siempre encuentras “errores”.

Respecto a las editoriales independientes, en todas las ferias voy directo a los stands, tanto en Bogotá como en Chile o en Perú. Voy a ese lugar porque me parece que allí están los libros donde los editores y las editoras se arriesgan. Me interesan esas literaturas más de riesgo, las que tú no sabes donde ponerlas, no sabes dónde colocarlas, cómo venderlas, las que se escapan y están en un lugar más confuso. Las editoriales independientes no pueden morir porque son los lugares de riesgo.

En Ramal, hay mucho juego con el uso  de fotos. Es decir, si ya es un reto ver cómo cortar un  texto, me imagino que es el doble de desafío cuando incluyes imágenes, ¿no?

Con Ramal estuvimos meses porque  al cambiar el formato, entonces cambiaron las fotos. Pero fue muy lindo porque entonces con Andrea Goic, quien es la artista visual con la que armé Ramal, nos empezamos a preguntar ¿por qué pusiste la foto aquí y no la pusiste allá? o ¿Por qué la pusiste doble, esta foto y la otra? Y empezamos a recordar cómo se había gestado el libro porque, más que uno ilustrado, es uno donde las fotos son textos también, ¿no? Fue muy interesante volver a descubrir, a partir del cambio de formato, cómo habíamos pensado entonces y cómo lo pensábamos ahora.

¿Has tenido particular interés en practicar las artes plásticas o la fotografía?

No, no, no me atrevería jamás,  pero me interesa mucho la idea del montaje, la idea de cómo tú pones una foto y al lado pone un texto y qué pasa.  Porque hay algo misterioso ahí que a cada uno le pasa algo distinto. Por ejemplo en El futuro en un lugar extraño hay un gran riesgo, porque hay un capítulo en que son puras fotos, ¿no? Incluso en Yomurí hay un sello, o en Clara y confusa pongo una receta. Siempre trato de meter algo gráfico, algo documental, porque además me parece interesante como siempre trabajé la idea de la confusión entre lo ficcional y lo real documental. Todo está hecho en la idea de jugar con la imaginación de los lectores, las lectoras.

Cuando leí Ramal en la anterior edición, las fotos tenían un hálito fantasmagórico, pero también de misterio “Por qué lo ha puesto ahí”, me preguntaba.

Claro, en La vuelta al perro, por ejemplo, son relatos de pueblos. Las fotos son de los que andan en moto caminando ahí donde vive la pampa. Las fotos –decidimos con la fotógrafa, María Aramburú– borronearlas, o sea, que no parecieran realistas.  Entonces son unas fotos muy fantasmagóricas. Están totalmente borrosas. Ella lo hizo intencionalmente. Al principio habíamos probado pixelar y de repente,  ella me propuso esta cosa de borronearlas y quedan bien impactantes porque los relatos parecen tan carnales, corporales y las fotos son como fantasmagóricas, como como un descalce.

Ahora que hablabas del trabajo con las fotos también quería preguntarte por tu trabajo con los materiales. Sergio Chejfec tiene dos libros que hablan sobre cómo es el trabajo del escritor con los materiales. Escribir con un cuaderno, escribir a máquina, o totalmente a computadora, y cómo eso va a cambiar incluso la forma de lo que se está escribiendo. ¿Cómo es, en tu caso, el proceso de escritura? ¿viajas con un cuaderno?¿Vas tomando apuntes o vas de frente a la computadora?

Mira, el otro día me pidieron los materiales de Poste restante para hacer una exposición en Chile. Me tocó abrir unos cajones que no abro nunca, que estaban llenos de cuadernos y yo misma me sorprendí, pues hubo un momento de cuadernos de notas, pero también uno cuando de dejé de tomarlas porque tengo un sistema en el que me gusta que se me olviden las cosas. A diferencia de antes que tenía la ansiedad de anotar para recordar, tengo la idea que eso después no funciona. En cambio, olvidar las cosas y acordarse solo de poquitas cosas me funciona más.

Es así que olvido y muy pocas cosas vienen a mi mente y trabajo a partir de ellas,  porque se me dificulta mucho trabajar con muchas imágenes. Creo que mis libros eran más barrocos en el sentido de tener mucho material, mucha imagen, mucho trabajo documental y trabajo más ahora con el olvido que con la memoria . Será que me estoy acercando a una edad en la que también hay más olvido que memoria.

A mí me ocurre con algunos sueños con los que a veces pienso “esto es una novela”,  pero luego recuerdo de ellos sólo una parte y la mitad del día la paso obsesionado con recordar lo demás y ya luego me tranquilizo con el olvido..

Lo que me pasa es que creo que esas ideas geniales no son tan geniales. Hay algo que es muy lindo que es que una cosa es pensar en la novela y otra la resistencia que ofrece el papel, pues no es una superficie que está a tu servicio, y tienes que seducir a las palabras para que entren a la página. Uno escribe y no funciona igual que como tú lo pensaste o lo soñaste.

Para terminar, siempre preguntamos por alguna película o disco que nos quisieras recomendar

Hay unas películas chilenas que están re buenas y una argentina. Historia y Geografía de Bernardo Quesney, Denominación de Origen de Tomás Alzamora, que es genial y La práctica de Martín Rejtman. Están re buenas las tres , tienen mucho humor. También hay un corto excelente de Martín Seeger, El canon, que pueden buscar en Youtube.

Categories
Coyuntura Entrevista Miscelánea Reflexión

Entrevista a Vincenzo Latronico

Pertenecer a algo de lo que no es fácil entrar o salir es crucial para formar comunidad”.

Por Eliana Del Campo y Sebastian Uribe


¿Cómo anda hoy nuestra capacidad de imaginar un futuro? En los últimos años se ha instalado una ola de nostalgia por la década de los noventa. Entre numerosos giros geopolíticos simultáneos, avances tecnológicos vertiginosos y el regreso de bandas icónicas de aquella época, la década actual se percibe como un periodo de transición. La pregunta, sin embargo, es hacia dónde. De la mirada optimista que, por esos años, acompañó tantos relatos de progreso queda poco, o casi nada.

En el marco del Festival del libro de Edimburgo 2025, conversamos con Vincenzo Latronico (Roma, 1984) a propósito de Las perfecciones, una novela mordaz sobre el modo en que, en el presente, las promesas de libertad y belleza conviven con vínculos afectivos precarizados y una estandarización estética cada vez más extendida a escala global. Publicada en español por Anagrama, con traducción de Carmen García-Beamud, Las perfecciones confirmó a Latronico como una de las voces más incisivas de su generación: fue finalista del International Booker Prize 2025, integró la selección del Premio Strega 2023 y recibió atención destacada en medios como The New York Times y The New Yorker, que la incluyeron entre sus mejores libros del año.

Foto: Marcus Lieder

SU: Vincenzo, tu novela se puede leer como un homenaje a Las cosas de Georges Perec, una obra clave para explorar los conflictos emocionales de  las generaciones pasadas y de la cual yo también soy un gran fan ¿Cómo fue tu primer acercamiento a dicho título? ¿Hubo alguna relectura de Las cosas durante la escritura de Las perfecciones o trabajaste con lo que tenías en la memoria?

Vincenzo Latronico (VL): Intenté leerla y me pareció demasiado abstracta y rígida, así que nunca la terminé. Luego, muchos años después, estaba intentando escribir una historia sobre, digamos, nuestras vidas digitales, y no lograba encontrar un formato para escribirla. Y entonces un amigo me recomendó Las cosas, y empecé a leerla, y fue como: ¡Dios mío! Y empecé a tomar notas con lápiz en los márgenes de mi libro diciendo: bueno, esto podría ser cerveza artesanal, esto podría ser Airbnb. Y el libro empezó a suceder así. Luego, cuando lo escribí, sí, en realidad, lo releía constantemente. Quiero decir, hay una analogía muy cercana entre mi libro y el de Perec, y es una analogía que yo mantengo. Todos los días, antes de ponerme a escribir, volvía a leer el capítulo al que mi capítulo era paralelo.

SU: ¿Como un espejo?

VL: Sí. Claro que hay frecuentes invenciones sutiles  , pero sí: es posible leer el libro de Perec a través del mío.

SU: El cosmopolitismo de Berlín —y el de las grandes ciudades en general— parece implicar en la novela que, en la creatividad de los artistas, existe un mandato de destacar, pero al mismo tiempo dicha ideología estandariza y homogeneiza tendencias e impulsos. Es como una paradoja ¿Cómo encaja la literatura ese dilema entre el mandato social de ser muy creativo pero, al mismo tiempo, aceptar la preferencia por ciertas tendencias y temas?

VL: Esta es una muy buena pregunta y no creo que tenga respuesta. Creo que es una paradoja de nuestro tiempo, ¿no? Piénsalo con un ejemplo muy simple. Cuando yo crecí, protestábamos contra la globalización. Y el símbolo de la globalización era McDonald’s. En McDonald’s hay una oficina en algún lugar de Estados Unidos que decide el color del menú. Y todos los menús en París, en Moscú y en Lima tienen que ser de ese color. Hoy, si vas a París, o a Moscú, o a Lima, entras a una cafetería y hay plantas monstera, el menú está escrito en una pizarra con azulejos blancos detrás, y hay café orgánico y flat white. Pero no hubo una oficina central., No sé sobre Lima, nunca he estado, pero he visto que los hay en Montevideo y en Buenos Aires, y no son grandes cadenas. Es una pareja que decidió: hagamos una cafetería linda y pequeña que se vea individual, igual que nosotros. Y resulta que todas son idénticas. Creo que ese es un rasgo distintivo de nuestro tiempo y es una paradoja. Y recuerdo la primera vez que lo noté… y cómo la literatura puede resolverlo, no lo sé. Hay muchas maneras.

Creo que la primera vez que lo noté fue cuando leí Conversaciones entre amigos de Sally Rooney, que, ya sabes, es una novela de iniciación. Recuerdo la novela de iniciación que, cuando era un adolescente, leí y amé: se llamaba Jack Frusciante ha dejado el grupo de Enrico Brizzi, y estaba ambientada en la Bolonia de los años 90. En esa época, las novelas tenían que ser tan específicas con referencias musicales, con la ropa, con conciertos, que incluso si movías esa historia cien kilómetros, resultaban completamente distintas. En cambio, cuando leí Conversaciones entre amigos , mi primera impresión fue: esto es tan plano. Ya sabes, puedes tomar el documento de Word, hacer un “reemplazar todo” y cambiar Dublín por Estocolmo y el libro sería el mismo, tan genérico. Luego me di cuenta de que no era un error: era una característica. Sally Rooney se había dado cuenta de que esto le estaba pasando al mundo entonces escribió una historia igual de genérica. Y es algo para lo que creo que los escritores todavía están tratando de encontrar una solución.

La mía es una solución. Yo elegí escribir sobre Berlín, pero escribir sobre Berlín solo poniendo las cosas que encuentras en todas partes, como las monsteras y el café orgánico. Otra solución —es un libro increíble; cuando lo leí, pensé: “¡Dios mío, ella hizo lo que yo quería hacer!”— es Aysegül Savas, Los Antropólogos. Su libro también está ambientado en una metrópolis genérica. Lo único que sabes es que es una ciudad occidental rica y que dos personajes llegan allí desde un país más pobre, pero no sabes nada más y su libro fue recibido internacionalmente, de manera similar al mío. Creo que hay una necesidad de escribir este tipo de historias. Otro que lo hizo de una forma completamente distinta fue Federico Falco con Los llanos. Quiero decir, ese libro es igual de genérico pero situado en el campo. Pero, ya sabes, se lo di a mi madre, que vive en el campo del sur de Italia, y ella dijo: “Sí, es lo mismo”.

Eliana De Campo (ED): Es muy interesante porque hay una estética homogénea. En América Latina hubo una respuesta parecida a lo que mencionas de McDonald’s, con el Manifiesto de McOndo. Después de que Gabriel García Márquez escribiera Cien años de soledad, hubo cuestionamientos sobre  la mirada que se tenía sobre ‘lo latinoamericano’ a partir de dicha novela y sus epígonos.

VL: Sí, me lo imagino. Hay algo similar, creo —por supuesto en otra medida—, que está pasando con Italia: ya sabes, después de Elena Ferrante, todas las historias italianas son sobre Nápoles y pizza y vírgenes que lloran sangre y góndolas y Chianti. Y en cierto modo es parecido. Pero también recuerdo que el primer escritor latinoamericano que leí fue García Márquez, con Cien años de soledad, cuando  tenía 17 años. Estaba completamente fascinado y encantado. Ya sabes, ¿qué sabes a los 17? No sabes más, supongo.

Pero también es una puerta que te lleva a involucrarte más profundamente. Quiero decir, ahora yo no pondría a García Márquez entre mis escritores favoritos. Pero no habría leído El obsceno pájaro de la noche sin él. No habría leído Sobre héroes y tumbas sin él. O El siglo de las luces. Mis tres grandes libros latinoamericanos. Así que es como un peldaño. Del mismo modo, supongo, que las historias de Nápoles y las pizzas y las góndolas pueden ser una forma de llevarlos a una literatura italiana más complicada. Creo que eso pasa. Por ejemplo, Claudia Durastanti —quien, diría yo, es la mejor escritora italiana de mi generación— tuvo mucho éxito internacional también porque ocurrió después de la fiebre Ferrante. Entonces los lectores internacionales estaban buscando escritores italianos para leer. Y creo que mi libro también tuvo lectores gracias a Claudia Durastanti. Así que creo que hay un lado bueno y uno malo, para simplificar.

ED: Sí, es un signo de nuestro tiempo como también refleja tu libro. Cuando fui a Italia, noté que Isabel Allende era algo enorme allí. Y recuerdo hablar con Sebastian y pensar: bueno, quizá es el catolicismo, ya sabes: Irlanda, Italia, Perú, América Latina, en general, tenemos eso. No creo que hoy en día se puedan rastrear esas emociones. Lo que me lleva a mi siguiente pregunta: ¿cómo crees que el sentir —en el sentido más genérico— ha cambiado a través de la globalización y las redes sociales? ¿Crees que hay una tendencia no solo a sentir, sino a pensar en cómo se vería ese sentimiento, como un sentimiento performativo? ¿Y cómo puede la literatura —no sé si resolverlo— pero jugar con eso?

VL: Mmm. No lo sé. Más que sentir, creo que, sobre todo en los noventa que es cuando Isabel Allende tuvo tanto éxito pero también Paulo Coelho y Banana Yoshimoto, cierto tipo de literatura. Es decir, en mi cabeza, son libros, en cierto modo, similares porque son libros de “sentirse bien”, ¿no? Lo cual está bien. O sea, sentirse bien es importante, especialmente en este mundo. Pero también creo que, durante un tiempo, eso hizo más difícil involucrarse con cosas más oscuras y más matizadas, porque si estás acostumbrado a leer literatura para sentirte bien, es difícil dejar de sentirse bien, ¿no?  También, tener protagonistas que no están presentados como blancos de empatía, que no están hechos para que uno se identifique. Creo que esa “identificabilidad” es un gran problema con el que la gente está tratando ahora mismo y es en parte por eso que hay tanto interés en la autoficción o en las memorias ahora: porque es una forma que te permite escribir un personaje “no identificable” porque eres tú, el autor. Entonces, eso se considera aceptable. Por ejemplo, Rachel Cusk es eminentemente “no identificable”, ¿no? Y lo mismo Emmanuel Carrère, Karl Ove Knausgård. Y creo que incluso Deborah Levy —quiero decir, ella es más “identificable”, pero igual es bastante intensa—. Tiene que ver  con esta manera de manejar sentimientos más oscuros o más complejos, de incomodar al lector.

SU: En un punto de la novela, sentí que los personajes estaban como perdidos anhelando algún tipo de espiritualidad, lo cual me recordó mucho a Bolaño. Y luego hubo una entrevista tuya en la que dijiste que tu lectura venía de 2666. Así que me da curiosidad: ¿cómo llegaste a Bolaño? ¿Qué representó para ti como lector en ese momento, y qué representa ahora?

VL: Esa es una… No lo sé, porque en realidad no soy en absoluto consciente de que haya alguna influencia de Bolaño en este libro. Pero claro que debería haberla, porque ha significado mucho para mí. Estoy tratando de entender dónde… (risas)

SU: ¿Te han hecho esa pregunta antes?

VL: No, nunca. Por eso no lo sé. Es una muy buena pregunta. Debe haber influencia de Bolaño allí, pero no sabría decir dónde. Lo que sí sé es que llegué a Bolaño por completo azar. Lo recuerdo muy bien: era 2005 y tenía que tomar un tren de Roma a Milán, que dura cuatro horas. Hay una librería muy bonita en la estación de tren de Roma, así que siempre camino por ahí y compro algo para leer. Y compré 2666. El título era muy misterioso. No sabía nada del autor. La portada era muy bonita también muy misteriosa. Yo estaba como: “¿qué diablos estoy leyendo?”. Así entré en la bolañomanía, claro.

Creo que, si lees mi segunda novela —que salió después—, es evidente que estoy tratando de copiar mucho. Hoy no lo sé. Creo que quizá es normal al hacerse mayor: las cosas que más me gustaban entonces ahora me parecen superficiales. Como: sí, ok, hizo estas metáforas completamente locas, pero eso es más superficial que las cosas que me interesan ahora. Por ejemplo, hace poco releí La literatura nazi en América y la estructura, la manera en que la persona que dice “yo” va entrando poco a poco en foco: primero solo con intermedios raros y luego cada vez más. Me pareció realmente magistral.

SU: Las perfecciones me pareció bastante similar a Bolaño pero más en un sentido espiritual. En tu novela, para Ana y Tom, no hay religión; o , mejor dicho, no se adhieren a una religión en específico, y después de la caída del Muro de Berlín, tampoco a una ideología política, porque aunque había protestas y ellos participaban, no era un “nos unimos a ir al Partido Comunista” o al Partido Socialista: solo están tratando de dar una buena imagen. ¿A qué fe se adherirían entonces estos protagonistas? ¿Qué es lo más real en lo que pueden apoyarse para depositar su fe?

VL: Ese es exactamente el problema. El problema es —tú mencionaste religión y política, y creo que es legítimo—, que lo que les falta es cualquier tipo de estructura comunitaria. En última instancia, la religión, la política o incluso el deporte, son una manera de sentir que perteneces a algo de lo que no es fácil entrar o salir, y creo que eso es crucial para formar comunidad. No puedes decidir de un día para otro que ya no eres del AC Milan o que ya no eres budista, sino que ahora eres del Inter o eres católico. Simplemente no lo haces. Creo que eso es importante porque el hecho de que sea difícil salir hace que vivas con las dificultades, hace que quieras cambiar las cosas o cambiarte a ti mismo.

Creo que la vida que ellos viven en este individualismo total está marcada por el hecho de que es muy fácil irse. Sí, viven en Berlín durante años, pero nada los ata allí. Pueden simplemente tomar un avión y estar fuera. Eso hace que la vida sea paradójicamente muy superficial, porque en teoría eres libre si es fácil irte, pero en algún punto también es muy superficial. Y claro, les falta el lenguaje para siquiera abordar esto, porque su lenguaje intelectual está hecho enteramente de individualismo, y entonces ellos saben, sienten que algo está mal, pero no tienen las palabras para nombrar qué es lo que está mal.

ED: De alguna manera, ¿dirías que el lenguaje puede enraizar a alguien? ¿O que el lenguaje puede ser eso para alguien?

VL: Sí. Y, por supuesto, ellos viven en un país en el que no hablan su idioma. Hablan este tipo de inglés vago que comparten con otras personas que también hablan un inglés vago, y eso es parte del problema. Piensan que el inglés es el idioma de todos, pero en realidad el inglés es el idioma de alguien, y no es el de ellos.

ED: ¿No es paradójico, históricamente hablando, que tú seas italiano y nosotros seamos de Perú, un país que habla español por la colonización española, y que terminemos hablando inglés porque es más accesible? ¿No es algo triste para los antiguos romanos? (risas)

VL: [Ríe] ¿Qué quieres decir? ¿Estás triste por César? Yo siempre estoy triste por César. Quiero decir, esto es cierto y, por supuesto, podríamos haber hecho esto quizá un poco más confuso en italiano y español. Aunque creo que esto es un muy buen ejemplo porque, por un lado, el inglés nos da poder: si el inglés es el imperio, nosotros venimos de la periferia del imperio y el inglés nos permite hablar entre nosotros y comunicarnos y leer la escritura del otro, etcétera. Por otro lado, claro, nos estamos encontrando aquí, en el imperio. Todos estamos dándole dinero a Escocia y a American Airlines para estar aquí. Y creo que hay dos lados en esto.

Por ejemplo, creo que esto está cambiando ahora. Creo que hace 20 años, al menos en Italia, la gente leía mucha literatura norteamericana y no mucho más, salvo Isabel Allende y Paulo Coelho. Y ahora creo que el canon de los jóvenes escritores es mucho más variado. Todo el mundo lee a Mariana Enríquez, todo el mundo lee a Tove Ditlevsen y Karl Ove Knausgård y Han Kang, pero aun así esa literatura llega a través del inglés. A Han Kang la tradujeron al italiano después de su éxito en inglés. Mi libro se tradujo —no al español— pero, por ejemplo, se traducirá a muchos idiomas después de la traducción al inglés. Entonces, ¿dónde quedamos? No lo sé. Creo que va de ambos lados.

ED: Es curioso porque, por ejemplo, muchos consideran que para “lograr el éxito” como escritor latinoamericano, necesitas una aprobación del mercado español. Es decir, para “lograrlo” como escritor latinoamericano, necesitas ser “aprobado” por España. Y una vez que lo logras allí, siguiendo esa lógica, quizá el segundo paso es volverte global a través del inglés.

VL: Por otro lado, diría que esto, por supuesto, es extraño porque el italiano solo se habla en Italia, así que me fascina mucho la política de la literatura en lengua española, porque es global pero de una manera distinta a Estados Unidos y Reino Unido. Me fascina. Lo que puedo decir, viéndolo desde Italia, es que todos los escritores jóvenes interesantes en español no son de España. O sea, Mariana Enríquez, Federico Falco, Samantha Schweblin —de quien soy muy fan—… no sé qué hacer con esto. ¿Por qué se está escribiendo mejor literatura por escritores latinoamericanos que por escritores españoles? No lo sé.

SU: Para cerrar, ¿te gustaría recomendarnos un disco, una banda, una película, una serie que te haya impactado recientemente?

VL: Un disco. Es de esta música electrónica noruega que se llama Vilde Tuv, que significa “zorro salvaje”. Pasó años enseñándose a sí misma la flauta solo porque quería hacer un álbum que fuera música electrónica pero con flauta. El álbum se llama Melting Songs y es increíble. Lo he estado escuchando obsesivamente.

Categories
Comentario sobre textos Coyuntura Entrevista Presentación de libro Reflexión

Entrevista: Ezio Neyra

“En el Estado, aquello que no está escrito no existe”

Por Sebastian Uribe

Ezio Neyra (Lima, 1980) es autor de los libros Habrá que hacer algo mientras tanto (2007), Todas mis muertes (2006), Tsunami (2012) y Pasajero en La Habana (2017). Ha sido profesor de Literatura y Escritura Creativa en Cuba, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, además de jefe institucional de la Biblioteca Nacional del Perú y director de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura peruano. Este año volvió al campo de la ficción, tras casi una década, con la novela El informe. Pequeña novela burocrática (2025), publicada por la editorial peruana Pesopluma. Aprovechamos su presencia en la Feria Ricardo Palma, en Lima, para conversar con él sobre este último libro.

  • Tu más reciente novela narra los avatares de Felipe Document en el laberinto burocrático del Estado peruano tras su retorno al país como un profesional de éxito. ¿Esta historia surgió durante tu etapa como funcionario público o posterior a ella? ¿Hubo algún hecho en concreto que motivó la escritura?

Surge cuando dejé de trabajar en el Estado peruano por primera vez, en julio de 2018. Cuando entonces me mudé a Chile por trabajo, estaba en medio de un proyecto de escritura en el que me sentía trabado. Entonces me surgió la idea de empezar a tomar notas sobre recuerdos de esos años vividos en el Ministerio de Cultura. No tenía aun mucha claridad al respecto, más que el deseo de dejar constancia, a través de la ficción, de esa zona de experiencia particular que fue trabajar en el sector público.

  • A diferencia de libros anteriores, aquí predomina la tercera persona. ¿Qué te permitió explorar esa perspectiva y qué riesgos asumiste al elegirla?

La intención era poder acceder de mejor manera, a través de la tercera persona, al mundo interno del protagonista. De alguna forma, pensé que la tercera persona permitía una mayor instrumentalización del personaje. Pero, a la vez, la intención fue quitarle el peso completo de la narración al protagonista, pues podía resultar agotador. De ahí el cambio a la tercera persona, pero también el interés de sumar otros puntos de vista: el grupo de WhatsApp, las noticias periodísticas, los reportes de vigilancia, o los sueños del protagonista.

  • Unos de los rasgos de la despersonalización progresiva de los empleados es la importancia que se le da la documentación oficial, desde resoluciones ministeriales hasta memorandos y correos electrónicos. ¿Lees ese énfasis como síntoma de una desconfianza creciente en el aparato estatal?

De alguna manera, sí. En el Estado, aquello que no está escrito no existe. Aquello que no aparece en un informe o en un memorando carece de existencia. Muchas veces también hay funcionarios que, aprovechándose de esta situación, evitan encontrar soluciones a los problemas que puedan surgir. A propósito de la desconfianza, una anécdota. Hace poco me tocó legalizar ante una notaría un documento que solicité a mi AFP. Mi sorpresa fue grande cuando después de legalizado el documento me informaron que debía legalizar la legalización de la notaría en el Colegio de Notarios de Lima. Me pregunto qué sigue. ¿La legalización de la legalización de la legalización y así ad nauseam?

  • En un punto, el informe asignado a Felipe deja de ser un medio y se vuelve un fin en sí mismo, desplazando su vida fuera del trabajo. ¿El trabajo se está posicionando como el centro de nuestras vidas? ¿Qué efectos perniciosos observas en esa deriva?

Sin ninguna duda. Es como si lo que nos definiera es el trabajo. A propósito, me gusta mucho esa idea del filósofo surcoreano Byung-Chul Han de que hoy en día ya no existe el otro como explotador que me fuerza a trabajar, un poco como era durante la revolución industrial, sino que somos nosotros mismos quienes nos explotamos voluntariamente, creyendo, errónamente, que de esa manera nos estamos realizando. Suena como si nos estuviéramos autoalienando, ¿no? Quizá, como él mismo sugiere, en lugar de trabajar tanto, nos haga falta más fiesta y más siesta.

  • La desfachatez de Roberto y su habilidad para surfear entre los vaivenes políticos contrastan con la formalidad y los ideales de Felipe ¿Esa flexibilidad es la única estrategia de supervivencia en un sector público donde la crisis es la normalidad? ¿Cómo afecta al compromiso con la finalidad de cada cargo?

Me da la impresión de que hay varias maneras de lidiar con la crisis. Por un lado, está la actitud de Roberto, que sería la del funcionario todoterreno, cuyo valor radica en su conocimiento profundo del estado, y lo mismo le da trabajar en Educación que en Energía o Ambiente. Por otro lado, está también un personaje como el de Esperanza, cuyas lealtades son tan cambiantes como el clima, y que se va acomodando de acuerdo a la dirección en la que van las distintas corrientes.

  • Los grados académicos en el extranjero de Felipe despiertan recelos y rechazos incluso cuando él no hace alarde de ello ¿obedece a una desconexión entre el aparato estatal y la academia o como un rechazo a lo foráneo en sí? ¿Cómo ves la brecha entre lo teórico y lo práctico en las políticas públicas en Perú?

Creo que en la novela hay una reacción ante lo foráneo. Un poco con la lógica de “¿Y este gringo que nos va a venir a enseñar?”. Como una reacción a un posible escueleo por parte de alguien que consideran más estadounidense que peruano. En cuanto a las brechas entre la teoría y la práctica en las políticas públicas, es un tema que veo como un desafío significativo causado por factores como la inadecuación de las teorías para contextos reales, la dificultad para traducir diagnósticos en acciones efectivas y la influencia de intereses políticos y económicos externos. Otro gran problema es la falta de información de calidad, o, simplemente, la falta de información en general.

  • La mancha gigante y cada vez más extendida en el techo de la oficina de Felipe causa asombro, no tanto por el peligro que representa sino por la indiferencia y la naturalización de la precariedad ¿Consideras que la insensibilización es una forma de evadir la realidad peruana?

Pienso que más bien la mancha está ahí como evidencia de la dejadez y descuido del Estado peruano. Por más que mandaron varios informes alertando de la situación, nunca nadie solucionó el asunto de la filtración en el techo, a pesar del creciente riesgo de que el techo se abriera y llenara de mierda la oficina. De alguna forma es como si en la novela el estado les confirmara una y otra vez que las personas no le importan en lo más mínimo.

  • ¿Qué otras ficciones acompañaron tu proceso de escritura y podrías compartir con los lectores de El Hablador?

No fueron propiamente novelas burocráticas. Más bien, fueron libros de diversos géneros. Van unos cuantos: Autor inmaterial, de Matías Celedón; Ricardo Piglia a la intemperie, de Mauro Libertella; Imposible decir adiós, de Han Kang; El atuendo de los libros, de Jhumpa Lahiri; Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar; Extranjero en todas partes, de Mercedes Halfon.

+++++

Datos del libro referenciado:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.

Categories
Comentario sobre textos Coyuntura Entrevista Reflexión Reseñas de libros

Entrevista: Amaury Colmenares

Amaury Colmenares: “Me interesaba explorar algunas de las posibilidades de la mentira”

Por Sebastian Uribe y Eliana Del Campo

Amaury Colmenares (Ciudad de México, 1986) fue uno de los escritores invitados de Feria Internacional del Libro de Lima 2025. Radicado en Cuernavaca, se ha dicho que su obra explora la relación entre la magia, el humor, la ciudad y la literatura. Es co-director del colectivo cultural Ruina Tropical, con el que ha organizado eventos como bailes multitudinarios de sonidero, exposiciones efímeras en edificios abandonados y proyecciones de cine en balnearios. En el 2024 obtuvo el Premio de Narrativa Las Yubartas en su primera edición por su novela Acequia, la misma que fue publicada por distintas editoriales independientes de Latinoamérica y España. La edición peruana estuvo a cargo de Pesopluma. A propósito de esta publicación, fue que tuvimos la siguiente entrevista:

En Acequia la risa se percibe como un medio para desconcertar al lector de la solemnidad cotidiana, no como una negación del tedio sino como un propósito que va más allá de ello ¿Podemos considerar el humor como una experiencia de celebración dentro de tu narrativa?

Más bien considero que es una dimensión de la realidad que uno elige ver o ignorar. Todo tiene algo de sublime, algo de horrible, algo de muy gracioso, y cada quien decide si le va a poner atención a ese aspecto o no.

En mi novela he procurado destacar muchos de los aspectos absurdos o graciosos de la realidad de cada personaje y ocurren eventos que normalmente tendrían un signo grave, sublime o incluso erótico, pero en la narración están recreados en clave humorística. Pero no pienso al humor como un consuelo o una burla, sino simplemente como una posibilidad.

Las descripciones de la geografía de Cuernavaca y sus derivas históricas y políticas son como “lados-b” de la historia oficial que a menudo se impone ¿Cómo fue esta exploración desde la literatura?

Estudié historia como carrera profesional y desde la academia me enteré de ese pasado de mi ciudad. Si se pone en perspectiva, realmente se aprecia la tendencia muy clara de esta urbe de ser una especie de escenario paralelo y discreto de la historia del país. Conforme pasaron los años, me fue posible dar cuenta de ese proceso en la novela, fui imbricando en el tejido narrativo los eventos que me parecen interesantes del pasado ilustre de Cuernavaca. Quería entregar una ciudad en alto contraste, seleccionando sus rasgos más interesantes y exagerarlos hasta borrar todo lo que tiene de soporífera y anodina (como cualquier otro lugar del mundo) para que pareciera un jardín exótico del que digamos que suprimí los elementos más simples, como el césped bien cortado o los geranios, para crear un lugar estrambótico.

En la historia, las mentiras diseñadas por parte de la editorial El Helecho son una vuelta de tuerca al tema de los bulos, al mostrarlo con un matiz creativo distinto, incluso como un guiño a la docilidad de las sociedades para no cuestionar la información que se recibe. ¿Cuál es tu perspectiva sobre este tema? ¿Hay una exageración con los efectos de un de un fenómeno que existe desde la época de la Conquista?

Vivimos en una civilización fundamentada en la objetividad y la verdad científica, pero nuestra realidad se basa en nuestra percepción, lo que elimina de hecho cualquier posibilidad de conocer el mundo tal cual es. Sólo podemos observarlo y medirlo, pero siempre desde nuestra perspectiva y percepción humana, que es limitada. Siempre me ha parecido muy interesante cómo de un mismo hecho pueden crearse numerosos relatos, y cómo el discurso genera realidades diferentes. En Acequia me interesaba explorar algunas de las posibilidades de la mentira. Creo que la gente tiene mucha maña para moldear la realidad a su conveniencia y en la novela presento algunos ejemplos.

La leyenda del “Ronald McDonald” que cobra vida es uno de los momentos más significativos de la novela, sobre todo al indagar sobre su ocurrencia “real”. ¿Cómo crees que se tejen las relaciones sociales alrededor de rumores y leyendas como esas? ¿Qué identidad social se puede conformar a partir de ficciones así?

Durante varios días, el evento del “Payaso diabólico”, como se le conoció en los medios, fue real. Cuernavaca se paralizó. La gente estaba en shock. Según he podido averiguar, el origen de este evento fue el espionaje entre medios. Un empleado de un periódico le vendía las noticias importantes de su medio, las exclusivas, a su competencia, y así fue como una portada ya hecha para imprimirse el día de los santos inocentes fue pasada como verdadera y otro periódico la imprimió antes de tiempo sin saber que se trataba de una broma. No importa. Lo importante es que, durante una semana, mi ciudad vivió una realidad en la que un payaso de fibra de vidrio cobró vida y asustó de muerte a dos hombres. Esto ocurrió en verdad y es un claro ejemplo de la débil frontera entre realidad y ficción.

Y creo que ahora, con los medios digitales entrando en la era de la inteligencia artificial, vamos a volver al empirismo, porque no habrá manera de saber si algo es cierto o no a menos de que vayas y lo veas. Y ni eso. Una fantasía absoluta es lo que nos espera así que consumir arte es la mejor manera de ir entrenando capacidades importantes para el carnaval que nos espera.

Los libros de la editorial El Helecho nacen a partir de un juego borgiano de trastocar una obra y alterar, de forma extrema, su autoría, forma y fondo. ¿Cómo surgió esta idea en la novela? ¿Qué representa Borges en tu modo de leer y escribir?

Me pasa todo el tiempo que leo mal cosas en la calle y durante un momento las cosas más extrañas están ahí, en un anuncio del gobierno o en el nombre de un negocio. Luego del estupor o la maravilla inicial, leo de nuevo y me doy cuenta de que soy idiota y simplemente leí, una vez más, mal. Pero durante unos segundos, así como durante unos días Cuernavaca vivió la psicosis de que había un payaso asesino diabólico suelto, durante unos segundos mi realidad es otra. Y ese interregno es el que me apasiona y el que busco recrear en mi literatura. Me parece muy borgiano y también muy cortazariano. Momentos en los que queda patente que la realidad es muy endeble. Y esto pasa todo el tiempo. Quizás a mí con mayor frecuencia de la debida para un adulto.

Es inevitable pensar en Perec durante la lectura de Acequia, por ello queríamos consultarte por el desafío de escribir una novela donde fluyen tantas historias a la vez. ¿Cómo fue el ejercicio de ordenarlos y dotar de un ritmo propio a cada una?

Me tomó mucho tiempo porque fue un proceso más de imaginación que de estrategia racional. Me interesaba mucho que las historias se retroalimentaran con la naturalidad en la que en nuestra realidad ordinaria todo está conectado. No quería forzar nada en el mundo de la novela. Entonces fue necesario dejarlo fluir en mi imaginación durante muchos años para que las historias fueran creciendo a su ritmo y se fueran mostrando los puntos de contacto.

Quizás un poco como los esquejes, que hay que dejarlos crecer hasta que ya es posible cortarlos sin que mueran. Son la misma planta y sólo se convierten en dos plantas en el momento en el que se corta la unión original. Pasas de una sola planta a dos plantas en el instante de un corte, pero esto es posible porque durante un tiempo dejaste que el esqueje creciera. Así pasó con la novela, pero a la inversa.

+++++

Datos del libro publicado:

Amaury Colmenares

Acequia

Pesopluma, 2024. 278 pp.

Categories
Coyuntura Entrevista Reflexión Reseñas de libros

Entrevista: Mario Calabresi

Mario Calabresi: «Lo más importante fue recordar y mostrar a todos que mi padre era una persona íntegra»

Por Alessandro Campos

Periodista y escritor italiano, Mario Calabresi empezó como cronista en la ANSA y dirigió los diarios la Repubblica y La Stampa. Ha publicado: Spingendo la notte più in là (2007) Non temete per noi, la nostra vita sarà meravigliosa (2015), La mattina dopo (2019), Quello che non ti dicono (2020), Una volta sola (2022), Sarò la tua memoria (2023) y Alzarsi all’alba (2025). Estuvo de paso por Lima como uno de los autores invitados de la delegación italiana la FIL LIMA 2025 y hablar sobre Salir de la noche, títulopublicado en España por Libros del Asteroide, que también comentamos en nuestra web.

Mario Calabresi / ©Anna Casellato

¿Cómo fue para ti crecer en un país, en una sociedad que ya había dado por derrotadas las ideas? Pensamos en la imagen de Giuseppe Memeo que aparece en el libro y a la que Umberto Eco señaló como símbolo de la desesperanza.

Para mí no fue fácil entender la violencia política que había cuando era niño. Cuando ya estaba en la escuela superior, muchos días no iba a clases, sino que iba a una librería o a una biblioteca a leer los periódicos de los años 70, tratando de entender lo que había pasado en Italia. Durante muchos años, en esa librería, solo encontraba libros que daban respuestas, pero todos estaban escritos por ex terroristas. Entonces sentí que había una necesidad de contar esa historia desde otro punto de vista: el de las víctimas. Esperé mucho tiempo por ese libro, pero nunca llegaba. Al final, decidí escribirlo yo mismo.

Salir de la noche es una crónica, una biografía, también parece un diario, y además contiene historia real italiana y de tu familia. ¿Cómo se fue formando ese estilo? ¿Cómo definiste la estructura?

Creo que se puede decir que este libro es una memoria, un memoir familiar. Es un libro de investigación histórica, pero también de memorias personales y familiares. Intenté hacer un libro muy asciutto, esencial, sin adornos. Al inicio era más largo, tenía entre 40 y 50 páginas más, pero lo fui reduciendo porque pensaba que tenía que ser un libro indispensable, no un libro demasiado grande y en el que estén las cosas más importantes. Todo está resumido. No solo está lo esencial, sino también está condensado.

El libro fue publicado en el año 2007 ¿Hubo algún descubrimiento o dato nuevo en estos dieciocho años que te hubiera gustado incluir en el libro y que tal vez cambia alguna percepción que ya está plasmada?

Esta edición española tiene un texto adicional al de la versión italiana, y algunas historias están actualizadas. Este libro sigue vendiendo muchas copias cada año en Italia porque se lee mucho en las escuelas, superando el medio millón de ejemplares vendidos. Cuando salió en Italia, en 2007, hubo un gran debate sobre la necesidad de una pacificación después del terrorismo, de pasar la página. Y cuando se publicó en España, hace un par de años, ocurrió el mismo debate. Por eso creo que también tuvo éxito, porque reflejaba ese tipo de discusión acerca de problemas similares.

Cuando eras niño hubo una especie de desacreditación hacia tu familia, hacia su memoria y el nombre de tu padre ¿Cómo se defendieron de dichos ataques?

Mi madre nos enseñó a mí y a mis hermanos a no cultivar la rabia y el odio, sino a buscar la verdad y la justicia, y a mantener viva la memoria. Nosotros hemos hecho esto, y lo más importante fue recordar y mostrar a todos que mi padre era una persona íntegra, un hombre vertical, que no tenía culpa y que fue injustamente asesinado.

Profundizando un poco en ese aspecto de no tener rabia u odio, en el libro, cuando recoges los testimonios mencionas que algunas víctimas se llegaron a reunir con los terroristas. ¿Cómo se permite ese tipo de encuentro? ¿Existen condiciones para el perdón?

Mi madre ha hecho un largo camino de reconciliación y ha perdonado a los asesinos de mi padre. Es un proceso que ha durado 50 años, un camino muy largo. Yo y mis hermanos hemos hecho un camino distinto, no uno de perdón, sino uno centrado en la memoria, en la importancia de la memoria y en la capacidad de pasar la página y mirar hacia adelante. Y no, no hemos tenido una relación con los exterroristas.

¿Cuánta participación tuvo tu mamá en la creación del libro?

No, para mi madre hablar de mi padre siempre fue un problema. Si empezaba a hablar de él, empezaba a llorar como si fuera ayer. Entonces, durante años traté de entrevistar a muchas personas, pero no a ella. Usé la memoria de mi abuela, de los amigos de la familia, leí diarios, cartas, pero mi madre leyó el libro por primera vez cuando ya estaba impreso.

Categories
Columna de opinión Comentario sobre textos Coyuntura Entrevista Miscelánea Reflexión

Entrevista: Dany Salvatierra

Dany Salvatierra: “Somos el Tercer Mundo del Tercer Mundo”

Por Eliana Del Campo y Sebastian Uribe

+++++

Libro publicado:

Criaturas virales. Random House, 2025. 265 pp.

+++++

Seis años después, Dany Salvatierra (Lima, 1980) regresa a la narrativa con un conjunto de historias de aire apocalíptico. Autor de las novelas El síndrome de Berlín (Premio Luces 2012), Eléctrico ardor (2014) y La mujer soviética (2019), así como del libro de cuentos Terapia de grupo (2010), Salvatierra imagina, en relatos como Estrategia militar, Estación Puericultorio y El alma de las fiestas, una Lima en ruinas, atravesada por el caos, el miedo y la violencia: ficciones que cada día parecen menos ficticias. Sobre ello conversamos por correo electrónico.

Aunque tus obras previas abarcan temáticas diferentes a ‘Criaturas virales’, podemos encontrar en este último título alusiones intertextuales a personajes y eventos de ‘La mujer soviética’ y ‘Eléctrico ardor’, por ejemplo. ¿Fue premeditado o se fue dando durante la escritura de este último libro? ¿Es el inicio de un ‘multiverso Salvatierra’?

Fue completamente premeditado. Al momento de escribir La mujer soviética, ambientada en la casa donde ocurre Eléctrico ardor, empecé a contemplar una suerte de trilogía de revisionismo especulativo / histórico que recientemente Alberto de Belaúnde calificó como Danyverse. La última parte de esta trilogía, claro está, es Criaturas virales. De hecho, el personaje de la Sherezade, del capítulo Glosolalia, inicialmente revelaba haber sido víctima de El síndrome de Berlín durante su juventud. Pero terminé quitando esta referencia, pues dicho libro no forma parte de la trilogía. Aunque también he estado tentado a relanzar dicha novela, con ligeros ajustes, para adaptarla a la trilogía. Es una idea que me está dando vueltas en la cabeza desde hace años, sobre todo porque El síndrome de Berlín tuvo una sola edición en el Perú que se encuentra agotada, y los lectores siempre me preguntan por ella.

Hace poco, durante mi última mudanza, descubrí un ejemplar que conservo, y al releerla caí en cuenta que el libro ha aguantado bastante bien el paso del tiempo. Sin embargo, sería una publicación controversial, o quizá improbable para los estándares contemporáneos, porque la tesis ‘genitalista’ que sustenta la trama hacia el final resulta problemática para las miradas progresistas que gobiernan el panteón de la cultura universal en la actualidad. 

Aunque situados en un futuro con tintes apocalípticos, mucha de las situaciones que ocurren en tus relatos, como en Estación Puericoltorio, se perciben como reversiones de algunas ficciones de Ribeyro, Congrains o Adolph ¿Hay algunas otras narrativas que sentiste presentes en Criaturas virales? ¿Hubo alguna tradición en la que te interesó ahondar en particular?

Precisamente, los tres autores que mencionas están presentes en el libro a modo de influencia, en especial Ribeyro. Durante la pandemia, época en la cual escribí Criaturas virales, fui invitado por la editorial Planeta a dictar un taller de lectura sobre La palabra del mudo, y así fue que leí de porrazo todos los cuentos de Ribeyro. Al hacerlo, recordé que en la adolescencia le guardaba un especial cariño a Al pie del acantilado, sobre todo porque mi madre me confesó que había llorado la primera vez que lo leyó. Por eso, en Estación Puericultorio se menciona a Ribeyro y a otros aspectos de dicho cuento, como la sopa de muy muy y las barriadas hacinadas en los andenes de la estación, que fueron inspiradas por la barriada al margen de la playa en la cual habitan los protagonistas de Al pie del acantilado.

Siguiendo con la pregunta, a la hora de redactar el libro investigué sobre narrativas post apocalípticas que también me ayudaron a redondear el panorama narrativo que intentaba proponer, como fue el caso de La carretera de Cormac McCarthy y sobre todo The stand, de Stephen King. En uno de los muchos pasajes de esa novela, recuerdo un capítulo en el que un par de personajes regresan a un Manhattan deshabitado e irrumpen en un departamento de un edificio lujoso y vacío para pasar la noche. Aquello está presente en 0-800-FINDELMUNDO, y de igual manera, el asunto de los locos de No una, sino muchas muertes de Enrique Congrains. Además de Ribeyro, podría citar a los cuentos completos de Flannery O’Connor, principalmente A good man is hard to find, en el cual se relata también los actos de violencia que sufre una familia a bordo de un automóvil. Por último, podría mencionar las tramas de las películas de desastres de los años setenta, como Terremoto, Infierno en la torre y La aventura del Poseidón.

En una escena de Estrategia militar uno de los personajes describe el devenir social después de una pandemia, llena de suicidios, higiene extrema y estrés incontrolable. De ‘miedo al miedo’. ¿Sientes que estos efectos se han vuelto tabú en las conversaciones actuales? ¿Se ha vuelto algo utópico –o distópico– el deseo de un “borrón y cuenta nueva”?

Por supuesto, y no solo por el tema de la pandemia, sino también por los conflictos sociales que atraviesa el mundo, las guerras del Medio Oriente, la crisis medioambiental, el calentamiento global y otras tragedias que han enriquecido la visión pesimista del panorama. El caso del reset se menciona, asimismo, en la novela State of Paradise de Laura Van Den Berg, que espero sea traducida pronto al español, y que además del furor norteamericano por el neo género de eco-thrillers, resalta muy bien la teoría de la simulación que, quizá, ya empezó y no nos hemos dado cuenta, como lo confirman los rumores del “dead internet”, otra de las conspiranoias que se han puesto actualmente muy de moda.

En El alma de las fiestas se relata que el miedo de los victimarios de la Carmencita obedece a la posibilidad de que la otrora víctima de bullying de la niñez y la adolescencia pueda cobrar venganza, incluso desde el más allá. ¿Cuáles son las consecuencias más perniciosas de ir por la vida con ese temor?

Es curioso que el asunto del bullying durante la época escolar, el mismo que echa raíces en el carácter de las personas hasta arruinarles la adultez, haya sido retratado justamente en la última temporada de Black mirror. Me gustaría pensar que los guionistas de dicha serie y yo hemos acabado por coincidir en la idea de una venganza ‘tecnológica’ a futuro. Aunque, en el caso de El alma de las fiestas, se trata de una venganza que linda en lo sobrenatural. En la vida real, las consecuencias de esa venganza han visto la luz a través de los tiroteos masivos en los colegios de EEUU, esas juventudes agitadas por el estigma de la violencia que han padecido en carne propia y que no han encontrado ni paz ni descanso, por lo cual se decantan por el exterminio, y que, si me apuras, podría ser también la tesis de la sedición de los niños de Estrategia militar, que no revelaré aquí para evitar spoilers.

El avance tecnológico en Lima se describe en tus relatos como rezagado frente a otras locaciones geográficos, siendo las estaciones del medio abandonadas a medio hacer los más claros ejemplos. ¿Qué de particular tienen las ficciones situadas en el Tercer Mundo frente a las norteamericanas u europeas?

Creo que ello es extremadamente particular porque, quizá, en el Tercer Mundo la corrupción de las autoridades gubernamentales haya sido normalizada al punto que uno espera que las obras de mejoramiento de la urbe nunca vayan a ser concluidas, y por el contrario, son aplaudidas por extremistas partidarios, y magnificadas a base de falacias con mero afán demagógico, y también por populismo traducido en proselitismo electoral, como el caso de los trenes chatarra sin planeamiento o visión macro, o los puentes peatonales con luces enceguecedoras que terminan siendo una barbaridad.

En nuestro caso, me atrevería a decir que somos el Tercer Mundo del Tercer Mundo, es decir, el eslabón más bajo a comparación de otros países del continente, por lo menos a nivel de transporte, salud y educación, y aquello se refleja en visiones pesimistas como la que propongo, o más contestarias a manera de denuncia, como proponen otros colegas autores. Esta rabia constante del usuario promedio no se manifiesta, creo yo, en ficciones estadounidenses, y cuando se evidencian, lo hacen desde perspectivas más raciales o de desigualdad sistémica, por ejemplo, en autores como Ocean Vuong o Alana S. Portero, por nombrar algunos de popularidad reciente.

El Edificio Diodati en Miraflores es la locación venida a menos que sirve como eje a todas las situaciones relatadas en Criaturas virales, incluso como punto de encuentro entre distintas clases sociales, pero también la casa abandonada de Jacqueline Metalius, la protagonista de tu anterior novela. ¿Qué es lo que te atrae en particular de la metáfora de la urbanidad en la literatura?

La urbanidad me atrae en el sentido de reciclaje y transformación, a lo largo de los años, de los espacios públicos, algo que descubrí al releer los cuentos de Ribeyro durante la pandemia, sobre todo porque me obsesioné por encontrar los lugares exactos en donde se llevaban a cabo sus ficciones. Ribeyro vivió, en su juventud, en una casa que se encontraba casi en el cruce de Comandante Espinar y Enrique Palacios, si mal no recuerdo. La casa ya no existe, pero el barrio al que se circunscribe esa ubicación fue escenario para la mayoría de sus cuentos, como es el caso de la Huaca Pucllana, la caleta de pescadores de Al pie del acantilado que ahora es la playa Waikiki, el cuartel que se hallaba en la avenida del Ejército y que años después fue demolido, y muchos lugares que podrían inspirar un peregrinaje literario que las empresas de turismo local están dejando pasar.

De igual forma, estos lugares miraflorinos coincidieron con el hecho que Criaturas virales también ocurre en Miraflores. Así como en su momento me impresionó que la casa de Ribeyro sea, tal vez, una pizzería o una pollería, me puse a pensar en qué dirían los personajes si llegaran a habitar un espacio determinado y descubrieran que antes había sido la casa de un terrorista, como el chalet de La Molina que se menciona en Eléctrico ardor y que luego pasa a ser un estudio de televisión donde se graba La mujer soviética. Quizá en unos trescientos años, los miraflorinos de esa ficción o ese multiverso que lleguen a vivir a la Bajada Balta caigan en cuenta de que ahí, en la esquina de la calle San Martín y Malecón 28 de Julio, había un edificio llamado Villa Diodati, y que quizá, en el futuro, haya sido demolido para ser una estación de carga de los automóviles sin piloto, o un garaje abandonado, como reza la canción de Mecano que cito en la apertura del libro.