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El informe. Pequeña novela burocrática (2025) de Ezio Neyra

El epicentro del desastre o la maldición de Zavalita

Por Luis López-Aliaga

  1. ¿Es necesario irse del Perú para convertirse en escritor?

Hace algunas semanas se produjo una suerte de polémica en torno al podcast de dos escritores peruanos que viven en Estados Unidos, Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, quienes plantearon como título y tema del primer capítulo la pregunta: ¿Es necesario irse del país para convertirse en escritor?

El podcast se llama Otras tardes, como el extraordinario libro de relatos del extraordinario Luis Loayza, y allí se mencionó El Informe. Pequeña novela burocrática, de Ezio Neyra, como uno de los detonantes al momento de elegir el tema.

La pregunta tiene un flanco odioso, incluso frívolo, asociado a la lógica de la planificación estratégica de la carrera de un escritor. Un flanco vargasllosiano, sobra decirlo, quien en el primer Contra viento y marea instala esta mirada sobre el asunto, no como pregunta, sino como afirmación: es necesario irse del Perú para convertirse en escritor, esto es, tener éxito, ser cosmopolita y escribir para el mundo; tesis de la cuál él mismo resultaba ser la mejor confirmación.

Es evidente, además, que esta visión caló muy hondo en muchas generaciones de escritores, peruanos y no peruanos, posteriores a él, quienes en busca de la quimera fáustica del “escritor profesional” escaparon del Perú o de cualquier rincón del llamado “subdesarrollo” para rentabilizar la vocación.

Es paradójico, pero revelador, que Vargas Llosa se sirva en su ensayo de la figura de Sebastián Salazar Bondy para establecerla como una anomalía suicida e irrepetible o, más bien, como la representación del fracaso que le espera a quien decide quedarse. Y el contraste fundacional lo encuentra en la figura del Inca Garcilaso, un mestizo que en el siglo XVI se fue a España para escribir sus Comentarios Reales, una crónica autobiográfica sobre el Perú y su pasado incaico. Desde ahí se arma toda una tradición, que pasa por Bryce Echenique, por Ribeyro, por el mismo Loayza, y donde se podría incluir, por supuesto, al propio Ezio Neyra, quien también ha vivido en Estados Unidos, y ahora en Chile, donde presentó esta novela.

2. Formas de volver a casa

Pero más allá de las biografías de los autores, la pregunta refiere también a un tópico narrativo, un tópico clave de la literatura peruana, que es el Perú mismo, o la manera en que se escribe y se describe el Perú. Asunto propio de técnica narrativa, porque tiene que ver con el punto de vista desde dónde se narra esta historia, esto es, la distancia emocional, temporal y física desde donde se cuenta el Perú.

Se puede plantear, entonces, que la literatura del exilio es siempre la literatura del regreso. Sea que se regrese con la memoria y la imaginación, para reconstruir desde la nostalgia un pasado perdido; o que el regreso sea concreto, físico, un hilo argumental que se despliega en la novela.  Es el caso de El informe, de Ezio Neyra, que se inserta en esta tradición con algunas formas propias en las que vale la pena reparar. 

En la novela, el protagonista, Felipe Document, regresa al Perú después de vivir 20 años en los Estados Unidos, para trabajar en el aparato burocrático del país, en un principio en el área de los Museos, luego en el Ministerio de la Producción, a cargo de la repartición de Pesca Artesanal. El periplo comienza con Felipe abordando el avión de regreso al Perú, a Lima, para ser más precisos, con esa sensación de vulnerabilidad que supone siempre volar a 10 mil metros de altura. 

3. La maldición de Vargas Llosa

A esa altura, Felipe comienza a leer las noticias sobre el Perú en un iPad.  Y rápidamente recuerda, deduce o proyecta, que abajo las cosas están tan inestables como siempre.

Felipe se prepara para lo peor desde el principio; no asistimos a ningún momento de entusiasmo o de expectación alegre y festiva por el reencuentro. En este sentido, la progresión de la novela es la de la caída constante y hasta predecible. Felipe llega derrotado al Perú (“el epicentro del desastre”, dictamina en las primeras páginas), y se revela, así, como un personaje asustadizo, agringado, aplastado por sus condicionamientos de clase, de los que parece no tener demasiada conciencia.  

Cuando ya está por aterrizar, al atardecer, en una de esas “otras tardes” de Loayza, contempla por la ventana una imagen que podría ser hermosa, esperanzadora, incluso, estimulante: el horizonte bañado de un rojo profundo. Pero lo que ve Felipe es una amenaza que le recuerda “los incendios de las protestas que había visto en las noticias”.

Vuelve con una marca, Felipe, una marca que trae quizás desde mucho antes de ese viaje de regreso, quizás si antes de la partida incluso, cuando decidió aceptar una beca deportiva para estudiar Gestión Pública en Estados Unidos. Felipe lleva la marca de lo que, a estas alturas, podríamos llamar “la maldición de Vargas Llosa”, expresada tan hábilmente en esa pregunta retórica de Zavalita, que todos repetimos tantas veces, y que los escritores peruanos y muchos peruanos también, usan casi como eslogan o coartada: ¿En qué momento se jodió el Perú?

Es una trampa retórica, porque parte de un supuesto que no está sometido a discusión, y es que el Perú se jodió y para siempre. Una maldición que conduce a una especie de pesimismo adquirido en el caso de algunos escritores, políticos e intelectuales peruanos. Pesimismo de la razón y pesimismo de la voluntad.

4. La espesa niebla de la burocracia

Un dato que no se puede obviar es que Felipe desembarca en Lima, o sea, lo recibe esa niebla constante que lo impregna todo, símbolo y marca país, que parece puesta ahí para confirmar todas sus aprensiones. No se trata solo de un fenómeno climático, sino también de un estado del alma, un velo que cubre el paisaje físico y moral y que impide ver más allá de Lima, el peso centralista que no deja transformar la realidad.

La niebla como la definición misma de la burocracia, en su particular versión peruana. El informe dialoga también con esta otra tradición literaria que surge con el Estado moderno y la complejización creciente de la administración pública, cuyo eje fundacional es, por supuesto, Kafka.

Aunque se desarrolla, sobre todo, en Europa Central, vale la pena mencionar dos ejemplos notables de esa parte del mundo. Bartleby, el escribiente, la pequeña novela de Melville, muestra el lado privado de la burocracia, ahí en un estudio de abogados en Nueva York, y marca la necesaria rebeldía del funcionario con un simple y perfecto: “Preferiría no hacerlo”. Y Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, en la que Diego de Zama espera un papel oficial que debe emitir el poder central para que él pueda partir de esa remota y marginal gobernación colonial a la que ha sido relegado.

En cuanto a la literatura peruana, cabe mencionar un hito instaurador en el siglo XVII, con la Nueva crónica y buen gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, donde, en el formato de una extensa carta al rey, Guamán Poma narra su lucha interminable contra el aparato colonial, la administración y los funcionarios, exponiendo la frustración por el sistema implementado desde España. Acá también el centralismo parece ser el Gran Mal, símbolo de opresión, de absurdo, de alienación.

Como la niebla limeña, esa niebla que Felipe lleva metida adentro, y que en la novela de Ezio Neyra aparece perfectamente representada como problemática. La niebla horrible a la que refiere Salazar Bondy, cuando escribe que en Lima “no ocurren revoluciones, sino opacos pronunciamientos, no permanece el inconformismo, sino que el espíritu rebelde involuciona hasta el conservadurismo promedio. La juventud imaginativa, iconoclasta y desordenada termina por sentar la cabeza. Los racistas suelen atribuir esta plana uniformidad incolora al ingrediente indígena, pero da la casualidad que es el indio el que, como lo enseña la historia, ha llevado su descontento a la acción —reprimida ferozmente por la autoridad limeña—, y el que constituye el elemento dionisíaco de nuestra composición nacional. En tanto, el limeño sigue siendo quien acepta, con apenas una ironía en los labios o un chascarrillo contingente, los abusos de los poderosos, la impúdica corrupción de los políticos, la absolutista voluntad de la minoría voraz”.

A esa patria regresa Felipe. La patria asimilada o cooptada por la burocracia centralista.

5. El factor Roncagliolo

Antes de seguir, un breve desvío que, en rigor, no lo es tanto. A propósito del podcast de Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, en el que se plantean la pregunta aquella de si es necesario irse del país para convertirse en escritor(pregunta, ahora que lo pienso, tan retórica e intencionada como aquella otra de Zavalita), otro escritor, más joven, más “imaginativo, iconoclasta y desordenado”, para usar las palabras de Salazar Bondy, respondió con un lúcido y reconfortante artículo titulado “Escritores que se alejan”1. Ahí, Giacomo Roncagliolo, el autor del texto (también autor de Pesopluma)2, desarticula la idea de estos padres literarios, nombres y hombres que dejaron el Perú para escribir y hacer carrera. Roncagliolo hace ver cómo esa idea evidencia una antigua complacencia frente a Europa y Estados Unidos, sus academias, sus mercados editoriales, sus gustos, intereses y exigencias; e invita a no plegarse ni someterse a la idea de que el Perú “es un hoyo literario del cual hay que escapar cuanto antes”.

6. El regreso a la matria

Más allá del argumento burocrático —o adherido a este argumento central— hay en El informe una dimensión particular que le otorga a la trama un sutil interrogante activo que la sostiene, y desde donde emerge un flanco conmovedor que termina por imponerse. 

Felipe Document vuelve al Perú donde está la madre, enferma y sin memoria, y su regreso a ella es también un trámite que con los días se vuelve absurdo en su postergación, una sombra opresiva a la que Felipe parece entregarse con la resignación vital que lo caracteriza. “¿De verdad quiero verla?”, se pregunta una y otra vez, rendido a una culpa que lo paraliza.

El ingreso a la burocracia y el eterno aplazamiento de la madre, como un “pendiente” al que inconscientemente se le teme, se instala  así como una  clave inquietante en la novela. Es, de alguna manera, la impugnación del regreso a la patria-patriarcal, el tópico clásico que no le deja sacar la voz y expresarse. El padre no se menciona nunca en la novela, o solo a la pasada, cuando se describe que Felipe es “hijo único de papá fallecido”.

Se trata de una variante del regreso, que Watanabe representa con particular belleza en su poema “Regresando al Perú en barco”

“Y otra vez voceo:

Yo soy el que voy, y salto

para que las inmensidades me vean. Mírenme

trayendo mis brazos mi propio cuerpo

para entregarlo a sus dueñas, mi madre

y mi esposa

                     que me esperan

sabiendo

que nada puede cambiar: ir y volver, un giro

dentro de la misma fuente de salmuera”

Felipe le teme al deterioro, al olvido, y está atrapado en la niebla de su propia biografía.  “¿Existe el hijo sin una madre que lo recuerde?”, se pregunta, y esta sí podría ser una pregunta relevante para un podcast sobre literatura y escritores.  Porque Felipe fue como esos escritores que se alejan, a los que refiere Roncagliolo, y pierden contacto con aquello esencial que puede convertir lo que hacemos —trabajar en el Estado o escribir un libro— en algo realmente importante.

El encuentro con la madre ocurre solo en la dimensión del sueño, esa otra realidad en la que Felipe parece escapar del agobio de la niebla limeña, la marca de Zavalita, el peso oscuro de Vargas Llosa.  Un presente en la novela que, hacia el final, se vuelve primera persona, la voz de Felipe que aparece y se desborda. Y escribe. Escribe. Escribe. Escribe. Escribe disparates.

Entonces estalla el epígrafe de Salazar Bondy que precede la novela: “Hay algo raudo y felino en todo esto: sombras, bultos, ecos, resonancias. Las figuras se agrandan y los ruidos perduran más. Como en el sueño. Es cierto, el sueño sale de casa, toma la calle, asalta a los desvelados, y da a las realidades una dimensión que solo su ámbito misterioso admite”.

Se puede decir o deducir entonces que, luego de toda esta experiencia burocrática, Felipe ha comenzado a ser, sin saberlo, un escritor peruano en el Perú, un escritor que se asoma al abismo de una verdad que lo supera y, por lo mismo, se vuelve urgente y, como una madre, demanda su presencia.

Referencias:

1 Roncagliolo, G. (2025, 21 de noviembre). Escritores que se alejan. Jugo.pe. https://jugo.pe/migracion-literaria-identidad-escritor/

2 Giacomo Roncagliolo publicó en Editorial Pesopluma la novela Ámok (1.ª ed., 2018).

Datos del libro:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.

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Entrevista: Ezio Neyra

“En el Estado, aquello que no está escrito no existe”

Por Sebastian Uribe

Ezio Neyra (Lima, 1980) es autor de los libros Habrá que hacer algo mientras tanto (2007), Todas mis muertes (2006), Tsunami (2012) y Pasajero en La Habana (2017). Ha sido profesor de Literatura y Escritura Creativa en Cuba, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, además de jefe institucional de la Biblioteca Nacional del Perú y director de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura peruano. Este año volvió al campo de la ficción, tras casi una década, con la novela El informe. Pequeña novela burocrática (2025), publicada por la editorial peruana Pesopluma. Aprovechamos su presencia en la Feria Ricardo Palma, en Lima, para conversar con él sobre este último libro.

  • Tu más reciente novela narra los avatares de Felipe Document en el laberinto burocrático del Estado peruano tras su retorno al país como un profesional de éxito. ¿Esta historia surgió durante tu etapa como funcionario público o posterior a ella? ¿Hubo algún hecho en concreto que motivó la escritura?

Surge cuando dejé de trabajar en el Estado peruano por primera vez, en julio de 2018. Cuando entonces me mudé a Chile por trabajo, estaba en medio de un proyecto de escritura en el que me sentía trabado. Entonces me surgió la idea de empezar a tomar notas sobre recuerdos de esos años vividos en el Ministerio de Cultura. No tenía aun mucha claridad al respecto, más que el deseo de dejar constancia, a través de la ficción, de esa zona de experiencia particular que fue trabajar en el sector público.

  • A diferencia de libros anteriores, aquí predomina la tercera persona. ¿Qué te permitió explorar esa perspectiva y qué riesgos asumiste al elegirla?

La intención era poder acceder de mejor manera, a través de la tercera persona, al mundo interno del protagonista. De alguna forma, pensé que la tercera persona permitía una mayor instrumentalización del personaje. Pero, a la vez, la intención fue quitarle el peso completo de la narración al protagonista, pues podía resultar agotador. De ahí el cambio a la tercera persona, pero también el interés de sumar otros puntos de vista: el grupo de WhatsApp, las noticias periodísticas, los reportes de vigilancia, o los sueños del protagonista.

  • Unos de los rasgos de la despersonalización progresiva de los empleados es la importancia que se le da la documentación oficial, desde resoluciones ministeriales hasta memorandos y correos electrónicos. ¿Lees ese énfasis como síntoma de una desconfianza creciente en el aparato estatal?

De alguna manera, sí. En el Estado, aquello que no está escrito no existe. Aquello que no aparece en un informe o en un memorando carece de existencia. Muchas veces también hay funcionarios que, aprovechándose de esta situación, evitan encontrar soluciones a los problemas que puedan surgir. A propósito de la desconfianza, una anécdota. Hace poco me tocó legalizar ante una notaría un documento que solicité a mi AFP. Mi sorpresa fue grande cuando después de legalizado el documento me informaron que debía legalizar la legalización de la notaría en el Colegio de Notarios de Lima. Me pregunto qué sigue. ¿La legalización de la legalización de la legalización y así ad nauseam?

  • En un punto, el informe asignado a Felipe deja de ser un medio y se vuelve un fin en sí mismo, desplazando su vida fuera del trabajo. ¿El trabajo se está posicionando como el centro de nuestras vidas? ¿Qué efectos perniciosos observas en esa deriva?

Sin ninguna duda. Es como si lo que nos definiera es el trabajo. A propósito, me gusta mucho esa idea del filósofo surcoreano Byung-Chul Han de que hoy en día ya no existe el otro como explotador que me fuerza a trabajar, un poco como era durante la revolución industrial, sino que somos nosotros mismos quienes nos explotamos voluntariamente, creyendo, errónamente, que de esa manera nos estamos realizando. Suena como si nos estuviéramos autoalienando, ¿no? Quizá, como él mismo sugiere, en lugar de trabajar tanto, nos haga falta más fiesta y más siesta.

  • La desfachatez de Roberto y su habilidad para surfear entre los vaivenes políticos contrastan con la formalidad y los ideales de Felipe ¿Esa flexibilidad es la única estrategia de supervivencia en un sector público donde la crisis es la normalidad? ¿Cómo afecta al compromiso con la finalidad de cada cargo?

Me da la impresión de que hay varias maneras de lidiar con la crisis. Por un lado, está la actitud de Roberto, que sería la del funcionario todoterreno, cuyo valor radica en su conocimiento profundo del estado, y lo mismo le da trabajar en Educación que en Energía o Ambiente. Por otro lado, está también un personaje como el de Esperanza, cuyas lealtades son tan cambiantes como el clima, y que se va acomodando de acuerdo a la dirección en la que van las distintas corrientes.

  • Los grados académicos en el extranjero de Felipe despiertan recelos y rechazos incluso cuando él no hace alarde de ello ¿obedece a una desconexión entre el aparato estatal y la academia o como un rechazo a lo foráneo en sí? ¿Cómo ves la brecha entre lo teórico y lo práctico en las políticas públicas en Perú?

Creo que en la novela hay una reacción ante lo foráneo. Un poco con la lógica de “¿Y este gringo que nos va a venir a enseñar?”. Como una reacción a un posible escueleo por parte de alguien que consideran más estadounidense que peruano. En cuanto a las brechas entre la teoría y la práctica en las políticas públicas, es un tema que veo como un desafío significativo causado por factores como la inadecuación de las teorías para contextos reales, la dificultad para traducir diagnósticos en acciones efectivas y la influencia de intereses políticos y económicos externos. Otro gran problema es la falta de información de calidad, o, simplemente, la falta de información en general.

  • La mancha gigante y cada vez más extendida en el techo de la oficina de Felipe causa asombro, no tanto por el peligro que representa sino por la indiferencia y la naturalización de la precariedad ¿Consideras que la insensibilización es una forma de evadir la realidad peruana?

Pienso que más bien la mancha está ahí como evidencia de la dejadez y descuido del Estado peruano. Por más que mandaron varios informes alertando de la situación, nunca nadie solucionó el asunto de la filtración en el techo, a pesar del creciente riesgo de que el techo se abriera y llenara de mierda la oficina. De alguna forma es como si en la novela el estado les confirmara una y otra vez que las personas no le importan en lo más mínimo.

  • ¿Qué otras ficciones acompañaron tu proceso de escritura y podrías compartir con los lectores de El Hablador?

No fueron propiamente novelas burocráticas. Más bien, fueron libros de diversos géneros. Van unos cuantos: Autor inmaterial, de Matías Celedón; Ricardo Piglia a la intemperie, de Mauro Libertella; Imposible decir adiós, de Han Kang; El atuendo de los libros, de Jhumpa Lahiri; Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar; Extranjero en todas partes, de Mercedes Halfon.

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Datos del libro referenciado:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.