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Regalón (2026) de Cristian Hualacan

La secreta y arbitraria elección de la palabra

Por Luis López-Aliaga

1.

Quizás basta una palabra, una sola, para sopesar, describir y celebrar una novela. Una palabra que, en su fuerza evocativa, su polisemia y musicalidad, construye y reconstruye un mundo, define una modulación y expone las bases del conflicto.  

Autores, editores, académicos, libreros, vivimos de la palabra y, sin embargo, a veces parece que ahí, precisamente, se incuba un desprecio creciente por la palabra. Porque no hay mayor agravio que relegarla a su mero sentido utilitario.

También está el problema de la acumulación. Acumulación de palabras, sobreabundancia. Chacreo. Se puede establecer un correlato entre la geopolítica y el bombardeo de palabras que caen desde los distintos medios, digitales, sobre todo. Un plan de aniquilación perfecto, porque por un lado se pone en marcha el genocidio y, por otro, se marea, se confunde y se anestesia con palabras. Muchas palabras, lanzadas al mismo tiempo y en todas las direcciones y sentidos.

Es entonces cuando uno recuerda que, al menos en el terreno afectivo, una palabra basta. Así en el amor, el amor y su trasfondo sagrado, bíblico:

“Una palabra tuya bastará para sanarme”.

Esa es la gracia. La gracia divina. La gracia de la literatura.

2.

Una sola palabra. Por ejemplo, la palabra “yaya”. Yaya es la abuela del narrador, el nene, el nieto del pibe, “la señora que falleció”, alma y detonante de Regalón, la primera novela de Cristian Hualacan (Santiago,1995).

En esa palabra palpita ya el conflicto central, el conflicto del origen y la herencia, el conflicto de la identidad. Expresión de origen europeo que, como muchas cosas en Chile, asimiló inicialmente la clase alta para llamar de manera cercana y coloquial a la abuela, “yaya” es también una herida en el lenguaje popular chileno (aunque también se utiliza de la misma manera en el Perú y en Colombia), la versión amorosa de un raspón, un corte o un arañazo de la infancia. Agua oxigenada, povidona yodada, metapío, parche curita y la cuota necesaria de mimos y cariños, son los componentes básicos de una yaya.

La genealogía de las palabras que define también la nuestra. Estas dos acepciones son el entramado mestizo sobre el cual se sostiene la novela. Lo consigna el narrador muy al principio, cuando da cuenta de la muerte de la yaya, aquella mujer que lo cuidó con rigor desde niño, y que se nombra con la misma palabra que “usábamos para decir herida cuando chicos”.

Yaya es la rasmilladura en las rodillas que luego se vuelve costra. Pero yaya es también la herida de la orfandad, la herida del silencio, de la incomunicación, de la soledad. La herida de la leche en polvo del consultorio, de las agujas de la quimio.

Ya-ya como reiteración del adverbio de tiempo que impone la urgencia de un pasado que vuelve a ocurrir en la novela.

3.

Yaya es, entonces, una de esas palabras que bastarían para sopesar, describir y celebrar esta novela.

Pero no es la única, hay otras.

—–

La palabra once,

la palabra tetera,

guata

poto

pichí

pichula

dicharachera.

trarilonco

chinchín.

—–

También nombres de árboles y hierbas: boldo, ruda, melisa, poleo, eucalipto. 

Y la palabra “regalón”, por supuesto. El título como un sagrario, la palabra al centro de todo, enaltecida y custodiada por los ángeles de la memoria, una sola palabra instalada sobre el nombre del autor. 

El regalón es un regalo que alguien recibe, cuida y mima, aunque desde fuera el gesto amoroso es recriminado; se sospecha del regalón, se le cuestiona por su privilegio, por ser un consentido. Es raro, es delicado, le regalan los goles al regalón, dicen en el campeonato que se juega en Puerto Saavedra.

“Cachureos” es otra de esas palabras. Esa selección arbitraria de objetos que sentimos que alguna vez volverán a servirnos, que tienen un sentido, pero un sentido intrincado, un sentido que se nos escapa. Es lo que hizo la Yaya, conservar cachureos: la máquina de coser descompuesta, el sillón descuerado donde dormían los gatos, maceteros vacíos, televisores, muchos papeles y documentos. Cosas que —nunca lo supo—, servirían para que su nieto regalón las acomodara en la novela.

Es parte del procedimiento narrativo de Regalón, la paciencia, la atención plena y el pulso firme de la decantación: no es que se parta desde ahí, desde la palabra, ahí se llega, ahí se encuentra su esencia más depurada.

Se busca, se elige, se selecciona. Lo declara el narrador como una suerte de poética desde las primeras líneas: “Trato de diferenciar lo que tiene importancia emocional de lo que hay que olvidar”.

Como en el poema de Watanabe, su ojo tiene un arbitrario criterio de selección. Es un ojo emocional, caprichoso, que, sin embargo, siempre encuentra la imagen y la palabra para llegar al lector. Ocurre al modo de un implante: el narrador introduce con precisión quirúrgica, en la memoria del lector, pedazos de su propia memoria. Una memoria activa, que está ocurriendo en el presente de la novela, en un Santiago agobiante, pesado, que hunde al regalón en el recuerdo.

Porque el recuerdo es a veces como el cuero, ese monstruo acuático con la forma de una piel de vaca que flota bajo la superficie del agua, y que cobra vida para atrapar a las personas que se acercan a la orilla —a la orilla del lago Budi, por ejemplo—, para llevarlas al fondo, ahí donde la memoria bulle como un magma sin forma que salpica para todos lados y quema. Es un poco lo que le ocurre al narrador, a 33 grados a la sombra, solo, atrapado por el recuerdo vivo de la Yaya muerta. 

4.

Al final, lo único que quiero decir es que no es el tema el eje de esta novela, ni el argumento, ni la trama, ni el género. Es la palabra. La secreta y arbitraria elección de la palabra.

Aunque el tema está siempre, por supuesto, y el narrador lo resume de manera incidental cuando se refiere a sus tías: “Entendían que todo tema finaliza con la plata”. Porque el mundo de estos personajes se despliega en esa franja hostil donde día a día hay que “ganarse la vida”, ahí donde la precariedad hace que el amor (o la ternura) —más que un ensayo que activa nuestra propia complacencia y nos tranquiliza—, sea el combustible real para la sobrevivencia. En Regalón la plata importa y la gente trabaja.  

La Yaya, sin ir más lejos, trabajó como vendedora de Avon, vendiendo los productos entre sus vecinas, y “trabajó vendiendo ensaladas, cuidando niños, recibía una pequeña pensión mientras hacía empanadas y las dejaba junto a las ensaladas en la feria”. Por eso, explica el narrador, “la asistente social me dijo que ella era una emprendedora”.

5.

A propósito. Sabemos que hoy el campo literario está lleno de pequeños emprendedores del YO que se exaltan a sí mismos y enfatizan sin pudor su condición o identidad como parte del CV o del perfil autoral que empuja y proyecta la “carrera literaria”.  

La marginalidad o la pobreza cooptada así a bajo precio económico, institucional y simbólico, para despojarla del conflicto de base y de su potencial de incendio, gracias al colaboracionismo oportunista del yo que manipula y chantajea emocionalmente al lector desde la insistencia majadera, la literalidad y el victimismo disfrazado de orgullo y autoestima.   

Llamémoslo, para que nos entendernos, acumulación originaria de la palabra. Saqueo.

6.

Regalón, en cambio, es una novela contenida, de pocas palabras, una novela de silencios y sobre el silencio, y es justo eso, la falta de énfasis, el cortafuego político que evita la impostura y el autobombo.

Cuando el regalón postula a una beca para la escuela en la que pedían como requisito dos cosas: un mínimo de notas y ser parte de los quintiles más pobres, el narrador registra con concisión o recato: “Mi problema eran las notas”. Nada más. El resto, como se sabe, es literatura.  

Si todo buen relato exuda una verdad que rehúye a los procedimientos críticos y, entre otras cosas, vuelve trivial la separación entre forma y fondo, Regalón se sitúa en este espacio siempre propicio a los malos entendidos. La forma seca y a veces áspera de su prosa se asimila al fondo ético de sus personajes, cierto rigor pétreo, de campo, de acantilado, donde priman los gestos, las muecas, marcas de una imposibilidad lejana, ancestral. 

Tacere e la nostra virtú, dice el poema de Pavese. El poeta de la Langhe, en el Piamonte italiano, también cantó al campo y la familia, y supo de ese silencio que impone el paisaje y la lucha por la supervivencia. Lo describe así en “Los mares del sur”:

—–

“Alguno de nuestros antepasados debió sentirse muy solo

—un gran hombre entre idiotas o un pobre loco—

para enseñar a los suyos tanto silencio”.

—–

Ahí, en la tierra de los antepasados, toman forma los mitos personales del arraigo y el desarraigo, y se ensaya la fascinación y el desencanto que nos acompañarán para el resto de la vida. Es algo que se transmite de generación en generación, que se enseña con rigor y método. La Yaya —que al final ya no quería ni hablar—, tenía el suyo: “poco me enseñó con palabras”, reconoce el narrador, “su método era hacer y tenerme al lado mirando”.

Los veranos en Carahue, entre la lluvia y la siembra de papa, son el escenario de la educación sentimental de nuestro regalón; los ciclos sagrados e inmutables de la vida que fraguan desde lo mapuche una identidad que la ciudad es incapaz de modificar.

En Regalón todo lo importante se dice entre líneas, la parquedad es una estética y una ética que nos lleva a intuir que lo bueno y lo bello está, precisamente, en lo que no se dice.  De paso estoy cuestionando cierta lectura predecible de la novela, asociada equívocamente a la transparencia, a una literalidad obvia y complaciente.

Tacere e la nostra virtú, pero también nuestra condena. Expertos en hacernos los locos, en mirar para otro lado, en murmurar y en hablar entre dientes, el silencio también va dejando huella por dentro.

En el presente, el narrador se encuentra con Javiera y, en ese momento, la herida basal, la yaya de origen, se vuelve una rémora dolorosa. “Yo soy incapaz de pronunciar una palabra”, dice, ante esa pulsión que lo empuja a dejar la casa familiar. Javiera, por su parte, sabe de piedras, sabe que esconden años, movimientos, roturas, para llegar a ser lo que son, y le fascinan, además, las piedras rotas. El quiebre de la relación se expresa como paradoja en una despedida que, por lo demás, es muy común en Chile: “Hablamos”, se dicen Javiera y el narrador en la puerta del metro, y cualquier lector atento sabe, sobre todo si es chileno, lo que está decretando esa palabra.

El regalón arribará así a la adultez con la sabiduría de un aprendizaje agrio y también agrario: “primero hay que endurecer la tierra”.

Cristian Hualacan – ©Nico Montenegro

7.

Es una herencia y la herencia, de alguna manera, siempre es un problema. “¿Qué más quieres?”, le recriminan las tías y lo conminan a renunciar a aquello que dejó la abuela: un pedazo de tierra en el sur, una casa en Santiago que, en su interior, tiene muebles, certificados de nacimiento y defunción, libretas de familia.

Aunque la herencia de la Yaya que realmente trasciende, porque toca el corazón de la condición humana, es un destello de otra naturaleza, un saber solidario y sin alaraca, como el que constata el narrador a la pasada: la abuela entendía que el frío es algo de lo que a cualquier ser vivo hay que proteger.

Por eso también la novela. Por eso la palabra. La palabra como una piedra que se lanza y cae en el lago (en el lago Budi, por ejemplo), rompe la inmovilidad de la superficie y expande una serie de ondas circulares que contienen un mensaje indescifrable pero hermoso.  

Hacia el final, el regalón busca a su abuelo, lo busca porque el apellido también es una palabra. Y es eso lo que él necesita. Es eso lo que necesitamos todos, una palabra que nos acompañe, que esté ahí para cuando alguien, un lector, por ejemplo, diga “estoy solo”. Porque es entonces cuando se produce la sagrada comunión en la palabra, el rito que Regalón renueva con cada lectura. Amén.

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Datos del libro:

Cristian Hualacan

Regalón

Overol, 2026. 104 pp.

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La sagrada beligerancia de Germán Carrasco

La sagrada beligerancia de Germán Carrasco

Por Luis López Aliaga

El homenaje y su halo solemne e institucional tiende a esconder, con buenas o malas intenciones, los aspectos más incómodos del homenajeado. Sobre todo si está muerto o ha muerto recientemente, como es el caso del poeta chileno Germán Carrasco, fallecido el 9 de febrero de 2026. Por eso quizás si la mejor forma de homenajear a Carrasco sea, precisamente, desarticular esa idea de homenaje y buscar su sentido en aquello que se le atribuye a Gustav Mahler respecto a la tradición: “no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”.

Ese fuego insoslayable que es la dimensión beligerante de Germán Carrasco, quien puso el punto de mira, sobre todo, en el campo literario chileno. Por eso Carrasco siempre fue una figura incómoda para ese pueblo chico que es nuestra escena literaria. Pero hay que tener demasiada imaginación y ganas para obviar esa dimensión que atraviesa su obra y su persona de principio a fin, como una misma energía sediciosa que se expresa en sus crónicas, en sus poemas y en sus intervenciones públicas y privadas.

No soy un estudioso de su obra, pero en mi biblioteca tengo su primer libro publicado por allá por 1994, una obra premiada en un concurso de poesía organizado por la Universidad de Chile.  Se llama Brindis, es de pequeño formato, y contiene un poema llamado “Comidilla de pueblo”, donde de alguna manera inaugura el tópico de Chile como un pueblo chico convertido en un infierno grande gracias al cahuín y las habladurías. Idea que irá desplegando en diversos brazos que confluyen todos sobre la planicie de nuestra parcela literaria; ocurre en Kermesse, un poema de Calas (2001), que es una suerte de psicofonía que capta las voces del chisme, la mala leche del pelambre, en un mismo flujo con ciertos lugares comunes de la crítica literaria.

En A mano alzada (2013) y Prestar ropa (2019), sus principales libros de crónica, Carrasco desarrolla sus ideas en torno a lo que llama el “inmensismo” o la alharaca de ciertos gestores culturales —más que poetas— que imponen el presupuesto para validar su obra, charlatanería y filisteísmo de una elite endogámica que carece de la emulsión y el swing de la calle.  En ambos libros aparece también “Danny Q y los años noventa”, una crónica indispensable para entender el entramado complejo de esos años y la ramificación de sus raíces hasta el día de hoy. 

Un antecedente poco visualizado de esas crónicas, donde la pulsión beligerante de Carrasco alcanza el brillo penetrante del estoque, ocurre en los primeros años del siglo, en el espacio prehistórico del blog, donde Germán inauguró un género en sí mismo: el de los comentarios o posteos en los blogs de los autores chilenos del momento. No era solo el gesto anómalo en Chile de decir sin cortapisas lo que muchos pensaban sin decirlo, era el destello de la invectiva, de los poetas yámbicos, la sátira romana, un despliegue de humor y rabia que bien valdría el esfuerzo de una recopilación sistemática.   

Desde ahí hasta llegar a su último libro publicado, la novela B&B&V (editorial Aparte, 2025), un melodrama clásico latinoamericano que se deshace y desborda en digresiones del narrador, Antonio Vielma, que es el ángulo más fino de una relación amorosa de a tres. Ahí, por ejemplo, describe a cierta élite de nuestra parcelita local: “Le llamaban Club Liguria-Tavelli a un grupo de gente gentelindista, quizás alguno tenía cierta audacia como editor, pero la mayoría eran conservadores y de un esnobismo muy propio de la provincia, porque Santiago es otra provincia, cosa que siempre trato de decirles a algunas personas monótonas en su antisantiaguismo, o quizás Santiago son varias provincias, es casi como la Sudáfrica del Apartheid.”  Quizás sea un exceso pensar que la mención de los padrastros (aquellas extensiones de piel de la cutícula de los dedos) hacia el final de la novela tenga una intencionalidad específica, pero para mí la referencia es clara y por eso alguna vez, medio en broma y medio en serio, catalogué B&B&V como el Poeta chileno de los pobres.

De todos modos, en Carrasco nunca hay inocencia o ingenuidad en sus juegos referenciales y espejeos. Y su beligerancia, vale decirlo, es siempre la de un púgil que danza ligero sobre el cuadrilátero. Nunca es solemne ni maletero, es Muhammad Ali, el más grande, un peso pesado que flota como una mariposa y pica como una avispa. De ahí el goce de su lectura, el swing del verso y la frase punzante, la emulsión del humor que suaviza los uppercut sobre los egos más grandes de la comarca.  

Lo que me interesa establecer, en todo caso, es que su obra está atravesada de principio a fin por esta dimensión agonística, de lucha frontal contra el campo literario chileno, el que ahora, desde su jerarquía institucional, intenta empujarnos a que hablemos de la inmanencia de la obra de Germán Carrasco, la trascendencia inmaculada de su poesía capaz de trascender el fango espurio de lo humano. Es lo más cómodo para todos, sin duda, pero aparte de impreciso, es injusto con la propia figura de Germán Carrasco. Porque la operación parte con omitir la contienda aclamando su poesía, y se completa con el pase, en algún sentido magistral, que establece que la batalla ocurría en una sola dirección: desde Germán Carrasco, el personaje molesto y sobregirado, hacia nuestra ecuánime ciudad letrada.

Y es en este punto donde se vuelve necesario, ahora más que nunca, mostrar la otra dirección de la batalla: la patología de nuestro campo literario que le declaró la guerra al mejor de nuestros poetas.  Una guerra muda, soterrada, a la chilena, que, con la táctica de la omisión, de la sonrisita sobradona o complaciente, logra siempre esquivar el conflicto y silenciar cualquier disidencia.

Pero si asumimos que Germán Carrasco es el síntoma y no el problema, lo siguiente es reflexionar sobre aquello que manifiesta su obra y que acusó de distintas formas en su vida.   ¿Acaso nuestra república de las letras ya no es aquel infierno grande donde prima la impostura, el espectáculo vacío, el deseo de figuración y se impone el carpetazo de los filisteos? ¿No perdura el enclaustramiento defensivo y soporífero de la academia?  ¿Ya no existe el conservadurismo formal, la sonetitis, que convierte la poesía en un ejercicio limpio y cómodo para la élite, aquel bálsamo que sirve para moderar el conflicto social? Revelar estas vigencias, los poderes que están detrás y quienes los administran, para al menos hacer saber que, en este caso, muerto el perro no se ha acabado la rabia.

El perro, el quiltro hermoso, que salía a morder en base a dos convicciones que se retroalimentan. La convicción de que la poesía y los poetas deben ocupar un lugar relevante en una sociedad medianamente saludable, un oficio modesto y sagrado como el de un albañil o un jardinero; un rigor que se ejerce sin alharacas ni grandilocuencias, con una mística cotidiana que sostiene la respiración y el ritmo mántrico de la calle y que, en algún punto vital, se funde con la naturaleza, la natura, el sol sobre los ríos, la nieve en las montañas, los pumas, las golondrinas, los pudúes. Y, por otro lado, la autoconciencia de su propio valor literario, de los saberes y recursos naturales que Germán Carrasco trabajó con la disciplina de un samurái, como aprendió de aquella cuadrilla de ángeles guardianes, Pound, Auden, Mistral, Coltrane, de la que ahora él también forma parte.

Luis López-Aliaga, abril 2026

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El informe. Pequeña novela burocrática (2025) de Ezio Neyra

El epicentro del desastre o la maldición de Zavalita

Por Luis López-Aliaga

  1. ¿Es necesario irse del Perú para convertirse en escritor?

Hace algunas semanas se produjo una suerte de polémica en torno al podcast de dos escritores peruanos que viven en Estados Unidos, Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, quienes plantearon como título y tema del primer capítulo la pregunta: ¿Es necesario irse del país para convertirse en escritor?

El podcast se llama Otras tardes, como el extraordinario libro de relatos del extraordinario Luis Loayza, y allí se mencionó El Informe. Pequeña novela burocrática, de Ezio Neyra, como uno de los detonantes al momento de elegir el tema.

La pregunta tiene un flanco odioso, incluso frívolo, asociado a la lógica de la planificación estratégica de la carrera de un escritor. Un flanco vargasllosiano, sobra decirlo, quien en el primer Contra viento y marea instala esta mirada sobre el asunto, no como pregunta, sino como afirmación: es necesario irse del Perú para convertirse en escritor, esto es, tener éxito, ser cosmopolita y escribir para el mundo; tesis de la cuál él mismo resultaba ser la mejor confirmación.

Es evidente, además, que esta visión caló muy hondo en muchas generaciones de escritores, peruanos y no peruanos, posteriores a él, quienes en busca de la quimera fáustica del “escritor profesional” escaparon del Perú o de cualquier rincón del llamado “subdesarrollo” para rentabilizar la vocación.

Es paradójico, pero revelador, que Vargas Llosa se sirva en su ensayo de la figura de Sebastián Salazar Bondy para establecerla como una anomalía suicida e irrepetible o, más bien, como la representación del fracaso que le espera a quien decide quedarse. Y el contraste fundacional lo encuentra en la figura del Inca Garcilaso, un mestizo que en el siglo XVI se fue a España para escribir sus Comentarios Reales, una crónica autobiográfica sobre el Perú y su pasado incaico. Desde ahí se arma toda una tradición, que pasa por Bryce Echenique, por Ribeyro, por el mismo Loayza, y donde se podría incluir, por supuesto, al propio Ezio Neyra, quien también ha vivido en Estados Unidos, y ahora en Chile, donde presentó esta novela.

2. Formas de volver a casa

Pero más allá de las biografías de los autores, la pregunta refiere también a un tópico narrativo, un tópico clave de la literatura peruana, que es el Perú mismo, o la manera en que se escribe y se describe el Perú. Asunto propio de técnica narrativa, porque tiene que ver con el punto de vista desde dónde se narra esta historia, esto es, la distancia emocional, temporal y física desde donde se cuenta el Perú.

Se puede plantear, entonces, que la literatura del exilio es siempre la literatura del regreso. Sea que se regrese con la memoria y la imaginación, para reconstruir desde la nostalgia un pasado perdido; o que el regreso sea concreto, físico, un hilo argumental que se despliega en la novela.  Es el caso de El informe, de Ezio Neyra, que se inserta en esta tradición con algunas formas propias en las que vale la pena reparar. 

En la novela, el protagonista, Felipe Document, regresa al Perú después de vivir 20 años en los Estados Unidos, para trabajar en el aparato burocrático del país, en un principio en el área de los Museos, luego en el Ministerio de la Producción, a cargo de la repartición de Pesca Artesanal. El periplo comienza con Felipe abordando el avión de regreso al Perú, a Lima, para ser más precisos, con esa sensación de vulnerabilidad que supone siempre volar a 10 mil metros de altura. 

3. La maldición de Vargas Llosa

A esa altura, Felipe comienza a leer las noticias sobre el Perú en un iPad.  Y rápidamente recuerda, deduce o proyecta, que abajo las cosas están tan inestables como siempre.

Felipe se prepara para lo peor desde el principio; no asistimos a ningún momento de entusiasmo o de expectación alegre y festiva por el reencuentro. En este sentido, la progresión de la novela es la de la caída constante y hasta predecible. Felipe llega derrotado al Perú (“el epicentro del desastre”, dictamina en las primeras páginas), y se revela, así, como un personaje asustadizo, agringado, aplastado por sus condicionamientos de clase, de los que parece no tener demasiada conciencia.  

Cuando ya está por aterrizar, al atardecer, en una de esas “otras tardes” de Loayza, contempla por la ventana una imagen que podría ser hermosa, esperanzadora, incluso, estimulante: el horizonte bañado de un rojo profundo. Pero lo que ve Felipe es una amenaza que le recuerda “los incendios de las protestas que había visto en las noticias”.

Vuelve con una marca, Felipe, una marca que trae quizás desde mucho antes de ese viaje de regreso, quizás si antes de la partida incluso, cuando decidió aceptar una beca deportiva para estudiar Gestión Pública en Estados Unidos. Felipe lleva la marca de lo que, a estas alturas, podríamos llamar “la maldición de Vargas Llosa”, expresada tan hábilmente en esa pregunta retórica de Zavalita, que todos repetimos tantas veces, y que los escritores peruanos y muchos peruanos también, usan casi como eslogan o coartada: ¿En qué momento se jodió el Perú?

Es una trampa retórica, porque parte de un supuesto que no está sometido a discusión, y es que el Perú se jodió y para siempre. Una maldición que conduce a una especie de pesimismo adquirido en el caso de algunos escritores, políticos e intelectuales peruanos. Pesimismo de la razón y pesimismo de la voluntad.

4. La espesa niebla de la burocracia

Un dato que no se puede obviar es que Felipe desembarca en Lima, o sea, lo recibe esa niebla constante que lo impregna todo, símbolo y marca país, que parece puesta ahí para confirmar todas sus aprensiones. No se trata solo de un fenómeno climático, sino también de un estado del alma, un velo que cubre el paisaje físico y moral y que impide ver más allá de Lima, el peso centralista que no deja transformar la realidad.

La niebla como la definición misma de la burocracia, en su particular versión peruana. El informe dialoga también con esta otra tradición literaria que surge con el Estado moderno y la complejización creciente de la administración pública, cuyo eje fundacional es, por supuesto, Kafka.

Aunque se desarrolla, sobre todo, en Europa Central, vale la pena mencionar dos ejemplos notables de esa parte del mundo. Bartleby, el escribiente, la pequeña novela de Melville, muestra el lado privado de la burocracia, ahí en un estudio de abogados en Nueva York, y marca la necesaria rebeldía del funcionario con un simple y perfecto: “Preferiría no hacerlo”. Y Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, en la que Diego de Zama espera un papel oficial que debe emitir el poder central para que él pueda partir de esa remota y marginal gobernación colonial a la que ha sido relegado.

En cuanto a la literatura peruana, cabe mencionar un hito instaurador en el siglo XVII, con la Nueva crónica y buen gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, donde, en el formato de una extensa carta al rey, Guamán Poma narra su lucha interminable contra el aparato colonial, la administración y los funcionarios, exponiendo la frustración por el sistema implementado desde España. Acá también el centralismo parece ser el Gran Mal, símbolo de opresión, de absurdo, de alienación.

Como la niebla limeña, esa niebla que Felipe lleva metida adentro, y que en la novela de Ezio Neyra aparece perfectamente representada como problemática. La niebla horrible a la que refiere Salazar Bondy, cuando escribe que en Lima “no ocurren revoluciones, sino opacos pronunciamientos, no permanece el inconformismo, sino que el espíritu rebelde involuciona hasta el conservadurismo promedio. La juventud imaginativa, iconoclasta y desordenada termina por sentar la cabeza. Los racistas suelen atribuir esta plana uniformidad incolora al ingrediente indígena, pero da la casualidad que es el indio el que, como lo enseña la historia, ha llevado su descontento a la acción —reprimida ferozmente por la autoridad limeña—, y el que constituye el elemento dionisíaco de nuestra composición nacional. En tanto, el limeño sigue siendo quien acepta, con apenas una ironía en los labios o un chascarrillo contingente, los abusos de los poderosos, la impúdica corrupción de los políticos, la absolutista voluntad de la minoría voraz”.

A esa patria regresa Felipe. La patria asimilada o cooptada por la burocracia centralista.

5. El factor Roncagliolo

Antes de seguir, un breve desvío que, en rigor, no lo es tanto. A propósito del podcast de Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, en el que se plantean la pregunta aquella de si es necesario irse del país para convertirse en escritor(pregunta, ahora que lo pienso, tan retórica e intencionada como aquella otra de Zavalita), otro escritor, más joven, más “imaginativo, iconoclasta y desordenado”, para usar las palabras de Salazar Bondy, respondió con un lúcido y reconfortante artículo titulado “Escritores que se alejan”1. Ahí, Giacomo Roncagliolo, el autor del texto (también autor de Pesopluma)2, desarticula la idea de estos padres literarios, nombres y hombres que dejaron el Perú para escribir y hacer carrera. Roncagliolo hace ver cómo esa idea evidencia una antigua complacencia frente a Europa y Estados Unidos, sus academias, sus mercados editoriales, sus gustos, intereses y exigencias; e invita a no plegarse ni someterse a la idea de que el Perú “es un hoyo literario del cual hay que escapar cuanto antes”.

6. El regreso a la matria

Más allá del argumento burocrático —o adherido a este argumento central— hay en El informe una dimensión particular que le otorga a la trama un sutil interrogante activo que la sostiene, y desde donde emerge un flanco conmovedor que termina por imponerse. 

Felipe Document vuelve al Perú donde está la madre, enferma y sin memoria, y su regreso a ella es también un trámite que con los días se vuelve absurdo en su postergación, una sombra opresiva a la que Felipe parece entregarse con la resignación vital que lo caracteriza. “¿De verdad quiero verla?”, se pregunta una y otra vez, rendido a una culpa que lo paraliza.

El ingreso a la burocracia y el eterno aplazamiento de la madre, como un “pendiente” al que inconscientemente se le teme, se instala  así como una  clave inquietante en la novela. Es, de alguna manera, la impugnación del regreso a la patria-patriarcal, el tópico clásico que no le deja sacar la voz y expresarse. El padre no se menciona nunca en la novela, o solo a la pasada, cuando se describe que Felipe es “hijo único de papá fallecido”.

Se trata de una variante del regreso, que Watanabe representa con particular belleza en su poema “Regresando al Perú en barco”

“Y otra vez voceo:

Yo soy el que voy, y salto

para que las inmensidades me vean. Mírenme

trayendo mis brazos mi propio cuerpo

para entregarlo a sus dueñas, mi madre

y mi esposa

                     que me esperan

sabiendo

que nada puede cambiar: ir y volver, un giro

dentro de la misma fuente de salmuera”

Felipe le teme al deterioro, al olvido, y está atrapado en la niebla de su propia biografía.  “¿Existe el hijo sin una madre que lo recuerde?”, se pregunta, y esta sí podría ser una pregunta relevante para un podcast sobre literatura y escritores.  Porque Felipe fue como esos escritores que se alejan, a los que refiere Roncagliolo, y pierden contacto con aquello esencial que puede convertir lo que hacemos —trabajar en el Estado o escribir un libro— en algo realmente importante.

El encuentro con la madre ocurre solo en la dimensión del sueño, esa otra realidad en la que Felipe parece escapar del agobio de la niebla limeña, la marca de Zavalita, el peso oscuro de Vargas Llosa.  Un presente en la novela que, hacia el final, se vuelve primera persona, la voz de Felipe que aparece y se desborda. Y escribe. Escribe. Escribe. Escribe. Escribe disparates.

Entonces estalla el epígrafe de Salazar Bondy que precede la novela: “Hay algo raudo y felino en todo esto: sombras, bultos, ecos, resonancias. Las figuras se agrandan y los ruidos perduran más. Como en el sueño. Es cierto, el sueño sale de casa, toma la calle, asalta a los desvelados, y da a las realidades una dimensión que solo su ámbito misterioso admite”.

Se puede decir o deducir entonces que, luego de toda esta experiencia burocrática, Felipe ha comenzado a ser, sin saberlo, un escritor peruano en el Perú, un escritor que se asoma al abismo de una verdad que lo supera y, por lo mismo, se vuelve urgente y, como una madre, demanda su presencia.

Referencias:

1 Roncagliolo, G. (2025, 21 de noviembre). Escritores que se alejan. Jugo.pe. https://jugo.pe/migracion-literaria-identidad-escritor/

2 Giacomo Roncagliolo publicó en Editorial Pesopluma la novela Ámok (1.ª ed., 2018).

Datos del libro:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.