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Entrevista a Luis López-Aliaga

“El clásico es el que se somete a la discusión del presente”.

Por Sebastian Uribe

En sus propias palabras, la biblioteca de su padre era “un pequeño Perú” instalado en Santiago, donde convivían Chocano, Ciro Alegría y literatura peruana de todos los tiempos. Luis López-Aliaga creció leyendo ahí y a esa herencia volvió en la novela La imaginación del padre (Lolita, 2014) y en No soy yo (Hueders, 2021), el libro de memorias con que ganó el Premio Escrituras de la Memoria. Escritor, guionista de televisión y tallerista, es también autor de Geografía de las nubes (Santuario, 2016), una novela construida alrededor de la figura de José Santos Chocano y de los libros de cuentos Mundo salvaje (Emecé, 2017) y Las furias (Banda Propia, 2022). Además, es editor y fundador de Montacerdos, la editorial chilena que tomó su nombre de la novela breve de Cronwell Jara y que en poco más de una década armó un vibrante catálogo donde conviven Mariana Enriquez, Federico Falco, Margarita García Robayo, Liliana Colanzi y Sergio Galarza junto a una nueva generación de escritores chilenos.

Conversamos con él en Lima, donde estuvo invitado a la Feria del Libro Ricardo Palma, en el año 2024, en una visita que lo encontró en una situación inusitada: era la primera vez que venía al Perú después de la muerte de su padre, y la primera con un homónimo suyo en la alcaldía de la ciudad. De ahí partimos para hablar de la biblioteca paterna y del deslumbramiento adolescente con Bryce Echenique, de su relación con la poesía y de su desconfianza hacia la figura del escritor profesional, de los aniversarios que convierten a los autores en efigies inexcrutables, y, de forma especial, de su experiencia como editor de Montacerdos, y cómo en un presente literarioque tiende a la solemnidad, el humor se volvió parte importante de su sello.

Luis López-Aliaga – ©Catalina López-Aliaga

Sé que no es tu primera visita al Perú, Luis, pero quiero preguntarte qué cosas nuevas has encontrado en estos pocos días que has estado en la ciudad

No es mi primera vez ni de cerca: vengo a Lima desde niño, cada cierto tiempo, más bien espaciado, así que me ha tocado presenciar cambios importantes. La primera vez que vine fue en los ochenta, después empecé a venir en los noventa, después en los dos mil, y más o menos he percibido los cambios que ha sufrido el Perú —y la palabra «sufrido» es muy significativa en este caso—. Ahora llevo muy pocos días, he visto a muchos amigos queridos, pero no he tenido tiempo realmente para recorrer o para impregnarme de la situación. He escuchado algunas cosas, sí, pero todavía no soy capaz de armarme un panorama como para identificar cuáles son las diferencias con mi última visita, que fue en el dos mil diecisiete, puede ser, y que fue precisamente para la Feria Ricardo Palma, cuando se hacía en Larcomar[1]. Después alguien me dijo que solo se hizo un par de veces allá, que me pareció un lugar hermoso porque he ido a varias ferias y ninguna tenía el mar tan presente.

Entre el dos mil diecisiete y ahora hay un par de diferencias. El alcalde, por ejemplo.

Bueno, de partida. Pero hay una diferencia radical para mí, que la vine pensando, que de repente se me apareció como cierta iluminación: mi vínculo con el Perú tiene que ver con mi padre. Mi padre es peruano, es limeño, y esta es la primera vez que vengo al Perú y a Lima con mi padre muerto. Murió hace un mes. Entonces sacaba la cuenta de que siempre había venido al Perú con mi padre —no con mi padre, pero con mi padre vivo—, había como ese referente, y ahora es la primera vez que vengo con esa orfandad a cuestas.

Y claro, también es la primera vez que vengo con López Aliaga de alcalde, cosa que ha sido una pesadilla: el hecho de apellidarme como él. Lo cuento siempre como anécdota: mi cuenta en Twitter es @lopezaliaga desde mucho antes de que Rafael López Aliaga[2] apareciera como figura pública, y a partir de que fue candidato a la presidencia, y ahora como alcalde, he recibido todo tipo de insultos y también de alabanzas, porque la gente no se fija a quién pertenece ese López Aliaga. Ayer estaba hablando con un tío que no está para nada de acuerdo con este personaje, pero efectivamente tenemos un parentesco que, para mi sorpresa, es más directo de lo que yo imaginaba. Lo que no me hace sentir particularmente orgulloso, por cierto.

Mencionabas que venías desde niño. Estaba leyendo No soy yo y ahí hablas de tu relación con los libros de Bryce Echenique. ¿Cómo fue ese encuentro?

Claro, es mi historia con el Perú. Ya anuncié que tiene que ver con mi padre, pero tiene que ver sobre todo con una biblioteca: la biblioteca de mi padre. Esa historia la cuento más en La imaginación del padre. Era una biblioteca de pura literatura peruana, de todos los tiempos; me refiero a Chocano, a Ciro Alegría[3], a autores que tampoco me imagino que se lean demasiado acá. Yo crecí con esa biblioteca como referente, también porque la comunicación con mi padre nunca fue muy fluida, entonces más bien yo interpreté a mi padre a través de sus lecturas. Él llegó a Chile exiliado y construyó su Perú en Chile: mi casa era un pequeño Perú, a su manera, obviamente ya desvinculado de la realidad.

Y me estoy dando una vuelta para llegar a Bryce. En mi adolescencia viajé solo a Lima —la primera vez había venido con mi padre, siendo niño— y ahí me encontré con la literatura de Bryce Echenique. Me deslumbró absolutamente, por varias razones, entre otras porque mis tíos me lo dieron a leer en una casa en la avenida Salaverry, y mientras leía me fui dando cuenta de que eran todos los sectores que recorría Bryce. Ahí lo leí completamente. Fue quizás de los autores que más me deslumbró en esa época de mi vida, al punto de que —claro, él todavía estaba vigente y escribiendo libros— me leí todo lo que había escrito y quedé a la espera de lo que iba a venir. Así que siempre estoy agradecido de esa experiencia de lectura, y eso supera también cualquier cuestionamiento en torno a su figura como persona, digamos.

Ahora que mencionas a Chocano: sobre él tienes Geografía de las nubes, que es una novela, antes que otros temas, sobre poesía, sobre ciertos hechos picarescos de su vida. Y en el último cuento de Mundo salvaje, “El bicho”, que es uno de mis favoritos, hay un paralelo entre la historia de la abuela y el poeta italiano Dino Campana. Revisando Las furias y No soy yo también aparecen varios epígrafes de poetas: está Gonzalo Millán, está La ciudad. Quería preguntarte cuál es tu relación con la poesía, como lector, y si acaso la ejerces de manera no pública.

Mi vínculo con la poesía es cercano y ha sido constante. De partida, porque considero que es el género literario por definición, como la aspiración máxima. Entonces vengo leyendo y leo permanentemente poesía, y mis autores de cabecera son poetas. Ahora, mi vínculo en términos de escritura: yo tempranamente, y por suerte para la poesía, renuncié a tratar de hacerlo. Obviamente partí con la idea de escribir poesía, pero también por esto que te digo, que me deslumbra, y un buen poeta me vuela la cabeza más que cualquier narrador. Un poco por ese respeto que le tengo, me di cuenta rápidamente de que no soy capaz de acercarme a Vallejo, a Watanabe, a Millán, a Lihn, a Teillier, a Dino Campana, que han sido referentes para mí. No sé si de alguna manera tienen que haberme permeado, espero, en lo que escribo, pero más que nada soy un lector constante de poesía.

Ahora que mencionas a estos autores canónicos, quiero preguntarte por una idea que surgió ayer en el conversatorio[4] sobre José Donoso y que también está al inicio de No soy yo: esta concepción de los clásicos como un fantasma que se instala, que habla del pasado pero interviene en el presente. Me hacía pensar en el fantasma de la vanguardia del que habla Damián Tabarovsky. ¿Qué autores sientes que están volviendo, o que te interesaría que vuelvan?

Bueno, yo soy un lector apasionado de Mario Levrero, porque también es un escritor que me interesa como figura, por lo que representa, por cómo se posicionó en el campo literario sin esta idea —sobre la cual en el fondo me interesa discutir— del escritor profesional, con todo lo que eso supone: esa figura solemne y además solemnemente rentable, como un profesional asociado a lo económico. Y cuando digo que no creo en el escritor profesional, que es una cosa que decía Levrero, no es que no crea que el escritor tenga que dedicarse a escribir, sino que no tiene que someterse más que a su impulso por la escritura. Eso es lo que hacía Levrero, y se nota: él decía que por suerte no tenía los reconocimientos, que no tenía que estar sometido a los reconocimientos, porque eso le daba la libertad absoluta de escribir lo que quisiera. Para mí eso es relevante.

A propósito de tu pregunta, he estado también reflexionando en torno a José Donoso, en cómo fue todo su posicionamiento, y en esto que tú decías: ahora vuelve convertido en un tótem, a propósito de sus cien años, y ahí se empiezan a colar cosas que son ya más sospechosas. A mí la figura del escritor profesional, o del escritor como casi un santo, me parece inadecuada incluso para leer bien a Donoso: hay que leerlo como es, lo que es, con su miseria. Donoso tenía muchas, y de alguna manera eso enriquece las posibilidades que ofrece esa lectura, porque ofrece la posibilidad de discutirla. Y lo del clásico: yo creo que el clásico no es el que se saca y se instala en un punto intocable, sino al contrario; el clásico es el que se somete al presente, a la discusión del presente, y logra aportar algo a esa discusión. Ese es el clásico, y después, en otro presente, ocurre lo mismo; por eso es un clásico. Los que conocemos como clásicos reales son esos: a Shakespeare lo lees y te va a hacer sentido respecto de lo que está pasando en el Perú ahora, o en Chile, y también lo vas a poder discutir, no como para decir que todo es perfecto o que lo que él hizo no tiene flancos por donde se le pueda cuestionar.

Sobre esa última idea: en tu último texto[5], a propósito de Donoso, de las conmemoraciones y de la pompa alrededor de él y de Antonio Skármeta, hablas un poco del “buenismo” con que se trata a ciertos autores, al campo editorial y a lo que se escribe. Quería preguntarte si como escritor buscas desestabilizar ciertos lugares comunes, dar batalla a ciertas cosas que se van instalando en el imaginario como “esto es lo que hay”, pero que incomodan.

Seguro que hay un impulso para escribir de ese tipo de cuestiones. Ahora, no soy tan consciente del mismo; no tengo una programática para escribir lo que escribo. En ese sentido, me declaro levreriano. El impulso que me lleva a escribir es algo que todavía no identifico, y que empiezo a identificar, o a tratar de identificar, en el proceso mismo de la escritura. Pero no es algo programático: voy a escribir de esta manera para cuestionar, no sé, la autoficción; o al revés, voy a escribir autoficción para cuestionar la literatura de terror. No tengo esa programática. Ahora, como agente del campo literario sí me doy cuenta de esas cosas, y si necesito escribir un texto como ese sobre Donoso y Skármeta, lo hago. Pero en términos de lo propiamente creativo, literario, no tengo esa programática. Ojalá ocurriera, pero no lo controlo tanto.

Pasando a tu facetacomo editor de Montacerdos, para mí fue una sorpresa descubrir de dónde venía el nombre, porque el Montacerdos de Cronwell Jara, que es un libro buenísimo, no solía circular tanto. En los últimos años sí, pero no es algo que se haya instalado todavía en el canon de una manera tan visible[6]. La editorial Montacerdos sale con un nombre que, en ese momento en el Perú, estaba en un segundo plano.

El origen de Montacerdos tiene que ver con eso que tú describes. A los tres que fundamos la editorial, a los tres socios, todos escritores y lectores, nos parecía inconcebible que el Montacerdos de Cronwell Jara no tuviera la repercusión que creíamos y creemos que debiera tener. No solo, bueno, lo que tú me cuentas del Perú: en Chile no se conocía, en Latinoamérica en general no se conocía, salvo obviamente algunos pocos que valoraban la dimensión que tiene ese libro pequeñito, intenso y hermoso. Y nos pareció que ahí había un gesto de lo que queríamos hacer como editorial: hacer circular ciertas cosas que nos parecían valorables. De ahí viene el nombre, en términos de homenaje. Por supuesto, la gente no sabía por qué nos llamábamos Montacerdos y especulaba cosas, incluso medias perversas, respecto al nombre. Después conocimos a Cronwell Jara y después publicamos Montacerdos por Montacerdos, en fin, pero el origen es ese.

Ahora que lo pienso, ese primer capítulo de Black Mirror pudo haber ayudado a que se malinterpretara.

Exacto. Pero bueno, es un clásico ese capítulo donde el primer ministro tiene unas fantasías sexuales con el cerdo.

¿Y cómo ha sido la evolución de Montacerdos? Si no me equivoco, el primer libro fue El viento que arrasa de Selva Almada.

No. Y esto nos marca como editorial, marca nuestra historia: el año pasado cumplimos diez años, y nuestro primer libro fue uno que se llama Cuando hablábamos con los muertos, de Mariana Enriquez. Nosotros debutamos con Mariana Enriquez hace once años, digo. Nos determina, porque es un libro que nosotros inventamos, en el sentido de que no existía como tal: nosotros, que la habíamos leído, seleccionamos una novelita pequeña que circulaba en una edición muy chica, de poca circulación, y dos cuentos de Los peligros de fumar en la cama, y armamos ese librito. Esto era obviamente antes de que Mariana Enriquez fuera Mariana Enriquez; de hecho, hoy en día nos conocen por ella. Y el vínculo continuó hasta el año pasado, cuando publicamos un libro inédito suyo, un libro que solo hemos publicado nosotros, que se llama Porque demasiado no es suficiente. Obviamente Mariana no tenía por qué publicar con nosotros ese libro, ni escribirlo para nosotros, porque no teníamos tampoco la posibilidad de ofrecerle un adelanto millonario ni nada de eso, pero ella valoró ese vínculo. Después supe que el nuestro era el primer libro que ella publicaba fuera de Argentina, así que siempre lo mantenemos, y ella en una cosa más de vínculo de barrio, si se quiere: “bueno, yo me mantengo con estos chicos”. Tenemos una amistad a esta altura, estamos muy fuertemente vinculados con esa figura. Publicamos también el libro de crónicas sobre los cementerios, Alguien camina sobre tu tumba, en dos ediciones: la segunda  incluye otros cementerios.

¿Y cómo fue la gira alrededor de ese libro?

Supera con creces todo lo que hemos hecho. Además lo publicamos en paralelo en Argentina, y cuando llegó a Santiago ya era otra cosa. Nosotros fuimos apreciando esa evolución: para el primer libro también la llevamos a Argentina, para presentarlo, y la alojamos en un hotel de mierda, y ella fue, no pasaba mucho. Pero después, cuando publicamos la primera edición de Alguien camina sobre tu tumba, la llevamos y ahí ya era un fenómeno. Ya lo era antes de la novela de Anagrama, Nuestra parte de noche y ahora ya fue una locura: no podíamos andar con ella en la calle. Era un fenómeno que pocos escritores y escritoras vivos producen, más allá de su literatura, creo yo. Después vino a Santiago a hacer el espectáculo teatral en torno a su libro, y obviamente llenó el teatro. Así que fue un año en el que tuvimos que concentrar todos nuestros recursos en eso.

Esto ocurrió gracias a Mariana, pero también a los otros autores del catálogo: está Federico Falco, está Margarita García Robayo, de Perú está Sergio Galarza. Ustedes tienen un buen panorama de lo que se está escribiendo en Latinoamérica y en Chile. ¿Cómo es el proceso de publicar a autores noveles? Romina Reyes, por ejemplo, publicó sus dos primeros libros con ustedes.

Todo eso ha ido cambiando también, no solo por nosotros, sino porque el campo editorial ha ido cambiando desde que empezamos. De partida, se han multiplicado las editoriales independientes. Y claro, tú reconoces que en esa primera etapa nosotros tuvimos esta idea de reclutar autores latinoamericanos que eran poco conocidos más allá de sus fronteras: el caso de Mariana Enriquez, pero también el de Federico Falco, el de Margarita García Robayo en Colombia, el de Sergio Galarza, que es del Perú y vive en España, el de Liliana Colanzi de Bolivia. Eso de alguna manera también nos posicionó, en el sentido de que eran autores que nos parecían muy interesantes pero que extrañamente circulaban muy poco en sus propios países. Eso ha ido cambiando, porque en otros países surgieron editoriales independientes que también replicaron un poco esa figura. Y ahí nosotros, en esa etapa, nos propusimos publicar autores jóvenes, chilenos, que nos parecían indispensables de hacer circular.

Manuscritos no hemos recibido nunca, la verdad. Somos gente que se mueve en el campo —yo como tallerista, Diego Zúñiga, en fin, Juan Manuel Silva como editor también —, entonces más bien estamos atentos a lo que vamos conociendo. Y siempre publicamos menos de lo que quisiéramos, porque hay cuestiones económicas de fondo, pero hemos publicado y seguimos publicando autoras y autores jóvenes que nos parecen muy interesantes, y vamos a seguir haciéndolo. Con María José Bilbao publicamos un relato que a mí me parece deslumbrante por lo anómalo que es en el panorama, que se llama Preferiría que me imaginaran sin cabeza: es un cuento muy divertido, tiene humor, una mirada aguda, y es distinto a lo que se escribe; por eso nos parece relevante. De Marcela Cárdenas, publicamos una novela que se llama Protocolo de bienvenida, que juega con la literatura de ciencia ficción, con extraterrestres, y que también tiene humor. Ahora me estoy dando cuenta de que hay algo ahí con el humor que nos interesa, que nos interesa instalar de alguna manera en un panorama que tiende a ser tan solemne, tan dramático. A lo mejor hay algo ahí que nos interesa como temática.

La última pregunta es una en la que pedimos una recomendación para nuestros lectores ¿Hay algún libro, algún disco o alguna película que hayas descubierto hace poco y que te haya volado la cabeza, que no se esté comentando y te gustaría que se comentara mucho más?

Lo que descubrí fue una cineasta italiana de un apellido que va a ser imposible de pronunciar: se llama Alice Rohrwacher[7] . Ella tiene una película que se llama La quimera que me parece notable. Fue para mí un descubrimiento y un deslumbramiento, porque es contemporánea. Después fui siguiendo lo que ha hecho. Me parece que tiene una mirada, de partida, sobre la realidad italiana, y que eso queda irradiado hacia una realidad más profunda o más universal, también sobre lo popular: cómo ella transmite esa energía de lo popular en el caso italiano se puede proyectar a cualquier realidad. Me pareció notable, muy intensa, y también tiene humor. Así que eso sería lo que me vino primero a la cabeza.

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Libros del autor:

La imaginación del padre

Lolita Editores, 2014. 140 pp.

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Geografía de las nubes

Santuario, 2016. 149 pp.

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Mundo salvaje

Emecé, 2017. 172 pp.

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No soy yo

Hueders, 2021. 164 pp.

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Las furias

Banda Propia Editoras, 2022. 180 pp.


[1] En el distrito de Miraflores. Durante los últimos años el evento ferial se viene realizando en el Parque Kennedy del mismo distrito.

[2] Virtualmente reelegido para el período 2027-2030, aunque se encuentra pendiente la decisión final del Jurado Nacional de Elecciones que determinará si su reelección infringe la Constitución vigente.

[3] Este año se ha reeditado ‘La serpiente de oro’, su primera novela, vía Alfaguara.

[4] «Entre sombras y espejos: 100 años de José Donoso», realizado el 23 de noviembre del 2024 y  en el que participaron los escritores Luis López-Aliaga y Enrique Planas, con la moderación de quien escribe.

[5]“Querido Pepe, querido Antonio” en  https://www.montacerdos.cl/blog/2024/10/26/querido-pepe-querido-antonio

[6] Montacerdos (Lluvia Editores, 1981) es una novela breve del escritor peruano Cronwell Jara Jiménez (Piura, 1949 – Lima, 2026). El libro ha sido traducido al alemán, al francés, al inglés, al italiano y al sueco, y en 2012 le dio su nombre a la editorial chilena que fundaron en Santiago, Luis López-Aliaga, Juan Manuel Silva y Diego Zúñiga, que años después lo reeditó en Chile. Jara, autor también de Las huellas del puma y Patíbulo para un caballo, recibió el Premio Casa de la Literatura Peruana en 2019 y murió en julio de 2026, año y medio después de esta conversación. El Fondo de Cultura Económica publicó el 2023 una nueva edición de la novela junto a otros relatos del autor.

[7] Alice Rohrwacher (Fiesole, 1981) es directora y guionista italiana, hija de madre italiana y padre alemán. La quimera (La chimera, 2023), la película que menciona López-Aliaga, compitió en el Festival de Cannes y sigue a una cuadrilla de tombaroli, saqueadores de tumbas etruscas, en la Toscana de los años ochenta. Antes había dirigido Corpo celeste (2011), Le meraviglie (2014) y Lazzaro felice (2018), las dos últimas premiadas también en Cannes.