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El informe. Pequeña novela burocrática (2025) de Ezio Neyra

El epicentro del desastre o la maldición de Zavalita

Por Luis López-Aliaga

  1. ¿Es necesario irse del Perú para convertirse en escritor?

Hace algunas semanas se produjo una suerte de polémica en torno al podcast de dos escritores peruanos que viven en Estados Unidos, Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, quienes plantearon como título y tema del primer capítulo la pregunta: ¿Es necesario irse del país para convertirse en escritor?

El podcast se llama Otras tardes, como el extraordinario libro de relatos del extraordinario Luis Loayza, y allí se mencionó El Informe. Pequeña novela burocrática, de Ezio Neyra, como uno de los detonantes al momento de elegir el tema.

La pregunta tiene un flanco odioso, incluso frívolo, asociado a la lógica de la planificación estratégica de la carrera de un escritor. Un flanco vargasllosiano, sobra decirlo, quien en el primer Contra viento y marea instala esta mirada sobre el asunto, no como pregunta, sino como afirmación: es necesario irse del Perú para convertirse en escritor, esto es, tener éxito, ser cosmopolita y escribir para el mundo; tesis de la cuál él mismo resultaba ser la mejor confirmación.

Es evidente, además, que esta visión caló muy hondo en muchas generaciones de escritores, peruanos y no peruanos, posteriores a él, quienes en busca de la quimera fáustica del “escritor profesional” escaparon del Perú o de cualquier rincón del llamado “subdesarrollo” para rentabilizar la vocación.

Es paradójico, pero revelador, que Vargas Llosa se sirva en su ensayo de la figura de Sebastián Salazar Bondy para establecerla como una anomalía suicida e irrepetible o, más bien, como la representación del fracaso que le espera a quien decide quedarse. Y el contraste fundacional lo encuentra en la figura del Inca Garcilaso, un mestizo que en el siglo XVI se fue a España para escribir sus Comentarios Reales, una crónica autobiográfica sobre el Perú y su pasado incaico. Desde ahí se arma toda una tradición, que pasa por Bryce Echenique, por Ribeyro, por el mismo Loayza, y donde se podría incluir, por supuesto, al propio Ezio Neyra, quien también ha vivido en Estados Unidos, y ahora en Chile, donde presentó esta novela.

2. Formas de volver a casa

Pero más allá de las biografías de los autores, la pregunta refiere también a un tópico narrativo, un tópico clave de la literatura peruana, que es el Perú mismo, o la manera en que se escribe y se describe el Perú. Asunto propio de técnica narrativa, porque tiene que ver con el punto de vista desde dónde se narra esta historia, esto es, la distancia emocional, temporal y física desde donde se cuenta el Perú.

Se puede plantear, entonces, que la literatura del exilio es siempre la literatura del regreso. Sea que se regrese con la memoria y la imaginación, para reconstruir desde la nostalgia un pasado perdido; o que el regreso sea concreto, físico, un hilo argumental que se despliega en la novela.  Es el caso de El informe, de Ezio Neyra, que se inserta en esta tradición con algunas formas propias en las que vale la pena reparar. 

En la novela, el protagonista, Felipe Document, regresa al Perú después de vivir 20 años en los Estados Unidos, para trabajar en el aparato burocrático del país, en un principio en el área de los Museos, luego en el Ministerio de la Producción, a cargo de la repartición de Pesca Artesanal. El periplo comienza con Felipe abordando el avión de regreso al Perú, a Lima, para ser más precisos, con esa sensación de vulnerabilidad que supone siempre volar a 10 mil metros de altura. 

3. La maldición de Vargas Llosa

A esa altura, Felipe comienza a leer las noticias sobre el Perú en un iPad.  Y rápidamente recuerda, deduce o proyecta, que abajo las cosas están tan inestables como siempre.

Felipe se prepara para lo peor desde el principio; no asistimos a ningún momento de entusiasmo o de expectación alegre y festiva por el reencuentro. En este sentido, la progresión de la novela es la de la caída constante y hasta predecible. Felipe llega derrotado al Perú (“el epicentro del desastre”, dictamina en las primeras páginas), y se revela, así, como un personaje asustadizo, agringado, aplastado por sus condicionamientos de clase, de los que parece no tener demasiada conciencia.  

Cuando ya está por aterrizar, al atardecer, en una de esas “otras tardes” de Loayza, contempla por la ventana una imagen que podría ser hermosa, esperanzadora, incluso, estimulante: el horizonte bañado de un rojo profundo. Pero lo que ve Felipe es una amenaza que le recuerda “los incendios de las protestas que había visto en las noticias”.

Vuelve con una marca, Felipe, una marca que trae quizás desde mucho antes de ese viaje de regreso, quizás si antes de la partida incluso, cuando decidió aceptar una beca deportiva para estudiar Gestión Pública en Estados Unidos. Felipe lleva la marca de lo que, a estas alturas, podríamos llamar “la maldición de Vargas Llosa”, expresada tan hábilmente en esa pregunta retórica de Zavalita, que todos repetimos tantas veces, y que los escritores peruanos y muchos peruanos también, usan casi como eslogan o coartada: ¿En qué momento se jodió el Perú?

Es una trampa retórica, porque parte de un supuesto que no está sometido a discusión, y es que el Perú se jodió y para siempre. Una maldición que conduce a una especie de pesimismo adquirido en el caso de algunos escritores, políticos e intelectuales peruanos. Pesimismo de la razón y pesimismo de la voluntad.

4. La espesa niebla de la burocracia

Un dato que no se puede obviar es que Felipe desembarca en Lima, o sea, lo recibe esa niebla constante que lo impregna todo, símbolo y marca país, que parece puesta ahí para confirmar todas sus aprensiones. No se trata solo de un fenómeno climático, sino también de un estado del alma, un velo que cubre el paisaje físico y moral y que impide ver más allá de Lima, el peso centralista que no deja transformar la realidad.

La niebla como la definición misma de la burocracia, en su particular versión peruana. El informe dialoga también con esta otra tradición literaria que surge con el Estado moderno y la complejización creciente de la administración pública, cuyo eje fundacional es, por supuesto, Kafka.

Aunque se desarrolla, sobre todo, en Europa Central, vale la pena mencionar dos ejemplos notables de esa parte del mundo. Bartleby, el escribiente, la pequeña novela de Melville, muestra el lado privado de la burocracia, ahí en un estudio de abogados en Nueva York, y marca la necesaria rebeldía del funcionario con un simple y perfecto: “Preferiría no hacerlo”. Y Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, en la que Diego de Zama espera un papel oficial que debe emitir el poder central para que él pueda partir de esa remota y marginal gobernación colonial a la que ha sido relegado.

En cuanto a la literatura peruana, cabe mencionar un hito instaurador en el siglo XVII, con la Nueva crónica y buen gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, donde, en el formato de una extensa carta al rey, Guamán Poma narra su lucha interminable contra el aparato colonial, la administración y los funcionarios, exponiendo la frustración por el sistema implementado desde España. Acá también el centralismo parece ser el Gran Mal, símbolo de opresión, de absurdo, de alienación.

Como la niebla limeña, esa niebla que Felipe lleva metida adentro, y que en la novela de Ezio Neyra aparece perfectamente representada como problemática. La niebla horrible a la que refiere Salazar Bondy, cuando escribe que en Lima “no ocurren revoluciones, sino opacos pronunciamientos, no permanece el inconformismo, sino que el espíritu rebelde involuciona hasta el conservadurismo promedio. La juventud imaginativa, iconoclasta y desordenada termina por sentar la cabeza. Los racistas suelen atribuir esta plana uniformidad incolora al ingrediente indígena, pero da la casualidad que es el indio el que, como lo enseña la historia, ha llevado su descontento a la acción —reprimida ferozmente por la autoridad limeña—, y el que constituye el elemento dionisíaco de nuestra composición nacional. En tanto, el limeño sigue siendo quien acepta, con apenas una ironía en los labios o un chascarrillo contingente, los abusos de los poderosos, la impúdica corrupción de los políticos, la absolutista voluntad de la minoría voraz”.

A esa patria regresa Felipe. La patria asimilada o cooptada por la burocracia centralista.

5. El factor Roncagliolo

Antes de seguir, un breve desvío que, en rigor, no lo es tanto. A propósito del podcast de Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, en el que se plantean la pregunta aquella de si es necesario irse del país para convertirse en escritor(pregunta, ahora que lo pienso, tan retórica e intencionada como aquella otra de Zavalita), otro escritor, más joven, más “imaginativo, iconoclasta y desordenado”, para usar las palabras de Salazar Bondy, respondió con un lúcido y reconfortante artículo titulado “Escritores que se alejan”1. Ahí, Giacomo Roncagliolo, el autor del texto (también autor de Pesopluma)2, desarticula la idea de estos padres literarios, nombres y hombres que dejaron el Perú para escribir y hacer carrera. Roncagliolo hace ver cómo esa idea evidencia una antigua complacencia frente a Europa y Estados Unidos, sus academias, sus mercados editoriales, sus gustos, intereses y exigencias; e invita a no plegarse ni someterse a la idea de que el Perú “es un hoyo literario del cual hay que escapar cuanto antes”.

6. El regreso a la matria

Más allá del argumento burocrático —o adherido a este argumento central— hay en El informe una dimensión particular que le otorga a la trama un sutil interrogante activo que la sostiene, y desde donde emerge un flanco conmovedor que termina por imponerse. 

Felipe Document vuelve al Perú donde está la madre, enferma y sin memoria, y su regreso a ella es también un trámite que con los días se vuelve absurdo en su postergación, una sombra opresiva a la que Felipe parece entregarse con la resignación vital que lo caracteriza. “¿De verdad quiero verla?”, se pregunta una y otra vez, rendido a una culpa que lo paraliza.

El ingreso a la burocracia y el eterno aplazamiento de la madre, como un “pendiente” al que inconscientemente se le teme, se instala  así como una  clave inquietante en la novela. Es, de alguna manera, la impugnación del regreso a la patria-patriarcal, el tópico clásico que no le deja sacar la voz y expresarse. El padre no se menciona nunca en la novela, o solo a la pasada, cuando se describe que Felipe es “hijo único de papá fallecido”.

Se trata de una variante del regreso, que Watanabe representa con particular belleza en su poema “Regresando al Perú en barco”

“Y otra vez voceo:

Yo soy el que voy, y salto

para que las inmensidades me vean. Mírenme

trayendo mis brazos mi propio cuerpo

para entregarlo a sus dueñas, mi madre

y mi esposa

                     que me esperan

sabiendo

que nada puede cambiar: ir y volver, un giro

dentro de la misma fuente de salmuera”

Felipe le teme al deterioro, al olvido, y está atrapado en la niebla de su propia biografía.  “¿Existe el hijo sin una madre que lo recuerde?”, se pregunta, y esta sí podría ser una pregunta relevante para un podcast sobre literatura y escritores.  Porque Felipe fue como esos escritores que se alejan, a los que refiere Roncagliolo, y pierden contacto con aquello esencial que puede convertir lo que hacemos —trabajar en el Estado o escribir un libro— en algo realmente importante.

El encuentro con la madre ocurre solo en la dimensión del sueño, esa otra realidad en la que Felipe parece escapar del agobio de la niebla limeña, la marca de Zavalita, el peso oscuro de Vargas Llosa.  Un presente en la novela que, hacia el final, se vuelve primera persona, la voz de Felipe que aparece y se desborda. Y escribe. Escribe. Escribe. Escribe. Escribe disparates.

Entonces estalla el epígrafe de Salazar Bondy que precede la novela: “Hay algo raudo y felino en todo esto: sombras, bultos, ecos, resonancias. Las figuras se agrandan y los ruidos perduran más. Como en el sueño. Es cierto, el sueño sale de casa, toma la calle, asalta a los desvelados, y da a las realidades una dimensión que solo su ámbito misterioso admite”.

Se puede decir o deducir entonces que, luego de toda esta experiencia burocrática, Felipe ha comenzado a ser, sin saberlo, un escritor peruano en el Perú, un escritor que se asoma al abismo de una verdad que lo supera y, por lo mismo, se vuelve urgente y, como una madre, demanda su presencia.

Referencias:

1 Roncagliolo, G. (2025, 21 de noviembre). Escritores que se alejan. Jugo.pe. https://jugo.pe/migracion-literaria-identidad-escritor/

2 Giacomo Roncagliolo publicó en Editorial Pesopluma la novela Ámok (1.ª ed., 2018).

Datos del libro:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.

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Entrevista: Ezio Neyra

“En el Estado, aquello que no está escrito no existe”

Por Sebastian Uribe

Ezio Neyra (Lima, 1980) es autor de los libros Habrá que hacer algo mientras tanto (2007), Todas mis muertes (2006), Tsunami (2012) y Pasajero en La Habana (2017). Ha sido profesor de Literatura y Escritura Creativa en Cuba, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, además de jefe institucional de la Biblioteca Nacional del Perú y director de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura peruano. Este año volvió al campo de la ficción, tras casi una década, con la novela El informe. Pequeña novela burocrática (2025), publicada por la editorial peruana Pesopluma. Aprovechamos su presencia en la Feria Ricardo Palma, en Lima, para conversar con él sobre este último libro.

  • Tu más reciente novela narra los avatares de Felipe Document en el laberinto burocrático del Estado peruano tras su retorno al país como un profesional de éxito. ¿Esta historia surgió durante tu etapa como funcionario público o posterior a ella? ¿Hubo algún hecho en concreto que motivó la escritura?

Surge cuando dejé de trabajar en el Estado peruano por primera vez, en julio de 2018. Cuando entonces me mudé a Chile por trabajo, estaba en medio de un proyecto de escritura en el que me sentía trabado. Entonces me surgió la idea de empezar a tomar notas sobre recuerdos de esos años vividos en el Ministerio de Cultura. No tenía aun mucha claridad al respecto, más que el deseo de dejar constancia, a través de la ficción, de esa zona de experiencia particular que fue trabajar en el sector público.

  • A diferencia de libros anteriores, aquí predomina la tercera persona. ¿Qué te permitió explorar esa perspectiva y qué riesgos asumiste al elegirla?

La intención era poder acceder de mejor manera, a través de la tercera persona, al mundo interno del protagonista. De alguna forma, pensé que la tercera persona permitía una mayor instrumentalización del personaje. Pero, a la vez, la intención fue quitarle el peso completo de la narración al protagonista, pues podía resultar agotador. De ahí el cambio a la tercera persona, pero también el interés de sumar otros puntos de vista: el grupo de WhatsApp, las noticias periodísticas, los reportes de vigilancia, o los sueños del protagonista.

  • Unos de los rasgos de la despersonalización progresiva de los empleados es la importancia que se le da la documentación oficial, desde resoluciones ministeriales hasta memorandos y correos electrónicos. ¿Lees ese énfasis como síntoma de una desconfianza creciente en el aparato estatal?

De alguna manera, sí. En el Estado, aquello que no está escrito no existe. Aquello que no aparece en un informe o en un memorando carece de existencia. Muchas veces también hay funcionarios que, aprovechándose de esta situación, evitan encontrar soluciones a los problemas que puedan surgir. A propósito de la desconfianza, una anécdota. Hace poco me tocó legalizar ante una notaría un documento que solicité a mi AFP. Mi sorpresa fue grande cuando después de legalizado el documento me informaron que debía legalizar la legalización de la notaría en el Colegio de Notarios de Lima. Me pregunto qué sigue. ¿La legalización de la legalización de la legalización y así ad nauseam?

  • En un punto, el informe asignado a Felipe deja de ser un medio y se vuelve un fin en sí mismo, desplazando su vida fuera del trabajo. ¿El trabajo se está posicionando como el centro de nuestras vidas? ¿Qué efectos perniciosos observas en esa deriva?

Sin ninguna duda. Es como si lo que nos definiera es el trabajo. A propósito, me gusta mucho esa idea del filósofo surcoreano Byung-Chul Han de que hoy en día ya no existe el otro como explotador que me fuerza a trabajar, un poco como era durante la revolución industrial, sino que somos nosotros mismos quienes nos explotamos voluntariamente, creyendo, errónamente, que de esa manera nos estamos realizando. Suena como si nos estuviéramos autoalienando, ¿no? Quizá, como él mismo sugiere, en lugar de trabajar tanto, nos haga falta más fiesta y más siesta.

  • La desfachatez de Roberto y su habilidad para surfear entre los vaivenes políticos contrastan con la formalidad y los ideales de Felipe ¿Esa flexibilidad es la única estrategia de supervivencia en un sector público donde la crisis es la normalidad? ¿Cómo afecta al compromiso con la finalidad de cada cargo?

Me da la impresión de que hay varias maneras de lidiar con la crisis. Por un lado, está la actitud de Roberto, que sería la del funcionario todoterreno, cuyo valor radica en su conocimiento profundo del estado, y lo mismo le da trabajar en Educación que en Energía o Ambiente. Por otro lado, está también un personaje como el de Esperanza, cuyas lealtades son tan cambiantes como el clima, y que se va acomodando de acuerdo a la dirección en la que van las distintas corrientes.

  • Los grados académicos en el extranjero de Felipe despiertan recelos y rechazos incluso cuando él no hace alarde de ello ¿obedece a una desconexión entre el aparato estatal y la academia o como un rechazo a lo foráneo en sí? ¿Cómo ves la brecha entre lo teórico y lo práctico en las políticas públicas en Perú?

Creo que en la novela hay una reacción ante lo foráneo. Un poco con la lógica de “¿Y este gringo que nos va a venir a enseñar?”. Como una reacción a un posible escueleo por parte de alguien que consideran más estadounidense que peruano. En cuanto a las brechas entre la teoría y la práctica en las políticas públicas, es un tema que veo como un desafío significativo causado por factores como la inadecuación de las teorías para contextos reales, la dificultad para traducir diagnósticos en acciones efectivas y la influencia de intereses políticos y económicos externos. Otro gran problema es la falta de información de calidad, o, simplemente, la falta de información en general.

  • La mancha gigante y cada vez más extendida en el techo de la oficina de Felipe causa asombro, no tanto por el peligro que representa sino por la indiferencia y la naturalización de la precariedad ¿Consideras que la insensibilización es una forma de evadir la realidad peruana?

Pienso que más bien la mancha está ahí como evidencia de la dejadez y descuido del Estado peruano. Por más que mandaron varios informes alertando de la situación, nunca nadie solucionó el asunto de la filtración en el techo, a pesar del creciente riesgo de que el techo se abriera y llenara de mierda la oficina. De alguna forma es como si en la novela el estado les confirmara una y otra vez que las personas no le importan en lo más mínimo.

  • ¿Qué otras ficciones acompañaron tu proceso de escritura y podrías compartir con los lectores de El Hablador?

No fueron propiamente novelas burocráticas. Más bien, fueron libros de diversos géneros. Van unos cuantos: Autor inmaterial, de Matías Celedón; Ricardo Piglia a la intemperie, de Mauro Libertella; Imposible decir adiós, de Han Kang; El atuendo de los libros, de Jhumpa Lahiri; Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar; Extranjero en todas partes, de Mercedes Halfon.

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Datos del libro referenciado:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.

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Entrevista: Amaury Colmenares

Amaury Colmenares: “Me interesaba explorar algunas de las posibilidades de la mentira”

Por Sebastian Uribe y Eliana Del Campo

Amaury Colmenares (Ciudad de México, 1986) fue uno de los escritores invitados de Feria Internacional del Libro de Lima 2025. Radicado en Cuernavaca, se ha dicho que su obra explora la relación entre la magia, el humor, la ciudad y la literatura. Es co-director del colectivo cultural Ruina Tropical, con el que ha organizado eventos como bailes multitudinarios de sonidero, exposiciones efímeras en edificios abandonados y proyecciones de cine en balnearios. En el 2024 obtuvo el Premio de Narrativa Las Yubartas en su primera edición por su novela Acequia, la misma que fue publicada por distintas editoriales independientes de Latinoamérica y España. La edición peruana estuvo a cargo de Pesopluma. A propósito de esta publicación, fue que tuvimos la siguiente entrevista:

En Acequia la risa se percibe como un medio para desconcertar al lector de la solemnidad cotidiana, no como una negación del tedio sino como un propósito que va más allá de ello ¿Podemos considerar el humor como una experiencia de celebración dentro de tu narrativa?

Más bien considero que es una dimensión de la realidad que uno elige ver o ignorar. Todo tiene algo de sublime, algo de horrible, algo de muy gracioso, y cada quien decide si le va a poner atención a ese aspecto o no.

En mi novela he procurado destacar muchos de los aspectos absurdos o graciosos de la realidad de cada personaje y ocurren eventos que normalmente tendrían un signo grave, sublime o incluso erótico, pero en la narración están recreados en clave humorística. Pero no pienso al humor como un consuelo o una burla, sino simplemente como una posibilidad.

Las descripciones de la geografía de Cuernavaca y sus derivas históricas y políticas son como “lados-b” de la historia oficial que a menudo se impone ¿Cómo fue esta exploración desde la literatura?

Estudié historia como carrera profesional y desde la academia me enteré de ese pasado de mi ciudad. Si se pone en perspectiva, realmente se aprecia la tendencia muy clara de esta urbe de ser una especie de escenario paralelo y discreto de la historia del país. Conforme pasaron los años, me fue posible dar cuenta de ese proceso en la novela, fui imbricando en el tejido narrativo los eventos que me parecen interesantes del pasado ilustre de Cuernavaca. Quería entregar una ciudad en alto contraste, seleccionando sus rasgos más interesantes y exagerarlos hasta borrar todo lo que tiene de soporífera y anodina (como cualquier otro lugar del mundo) para que pareciera un jardín exótico del que digamos que suprimí los elementos más simples, como el césped bien cortado o los geranios, para crear un lugar estrambótico.

En la historia, las mentiras diseñadas por parte de la editorial El Helecho son una vuelta de tuerca al tema de los bulos, al mostrarlo con un matiz creativo distinto, incluso como un guiño a la docilidad de las sociedades para no cuestionar la información que se recibe. ¿Cuál es tu perspectiva sobre este tema? ¿Hay una exageración con los efectos de un de un fenómeno que existe desde la época de la Conquista?

Vivimos en una civilización fundamentada en la objetividad y la verdad científica, pero nuestra realidad se basa en nuestra percepción, lo que elimina de hecho cualquier posibilidad de conocer el mundo tal cual es. Sólo podemos observarlo y medirlo, pero siempre desde nuestra perspectiva y percepción humana, que es limitada. Siempre me ha parecido muy interesante cómo de un mismo hecho pueden crearse numerosos relatos, y cómo el discurso genera realidades diferentes. En Acequia me interesaba explorar algunas de las posibilidades de la mentira. Creo que la gente tiene mucha maña para moldear la realidad a su conveniencia y en la novela presento algunos ejemplos.

La leyenda del “Ronald McDonald” que cobra vida es uno de los momentos más significativos de la novela, sobre todo al indagar sobre su ocurrencia “real”. ¿Cómo crees que se tejen las relaciones sociales alrededor de rumores y leyendas como esas? ¿Qué identidad social se puede conformar a partir de ficciones así?

Durante varios días, el evento del “Payaso diabólico”, como se le conoció en los medios, fue real. Cuernavaca se paralizó. La gente estaba en shock. Según he podido averiguar, el origen de este evento fue el espionaje entre medios. Un empleado de un periódico le vendía las noticias importantes de su medio, las exclusivas, a su competencia, y así fue como una portada ya hecha para imprimirse el día de los santos inocentes fue pasada como verdadera y otro periódico la imprimió antes de tiempo sin saber que se trataba de una broma. No importa. Lo importante es que, durante una semana, mi ciudad vivió una realidad en la que un payaso de fibra de vidrio cobró vida y asustó de muerte a dos hombres. Esto ocurrió en verdad y es un claro ejemplo de la débil frontera entre realidad y ficción.

Y creo que ahora, con los medios digitales entrando en la era de la inteligencia artificial, vamos a volver al empirismo, porque no habrá manera de saber si algo es cierto o no a menos de que vayas y lo veas. Y ni eso. Una fantasía absoluta es lo que nos espera así que consumir arte es la mejor manera de ir entrenando capacidades importantes para el carnaval que nos espera.

Los libros de la editorial El Helecho nacen a partir de un juego borgiano de trastocar una obra y alterar, de forma extrema, su autoría, forma y fondo. ¿Cómo surgió esta idea en la novela? ¿Qué representa Borges en tu modo de leer y escribir?

Me pasa todo el tiempo que leo mal cosas en la calle y durante un momento las cosas más extrañas están ahí, en un anuncio del gobierno o en el nombre de un negocio. Luego del estupor o la maravilla inicial, leo de nuevo y me doy cuenta de que soy idiota y simplemente leí, una vez más, mal. Pero durante unos segundos, así como durante unos días Cuernavaca vivió la psicosis de que había un payaso asesino diabólico suelto, durante unos segundos mi realidad es otra. Y ese interregno es el que me apasiona y el que busco recrear en mi literatura. Me parece muy borgiano y también muy cortazariano. Momentos en los que queda patente que la realidad es muy endeble. Y esto pasa todo el tiempo. Quizás a mí con mayor frecuencia de la debida para un adulto.

Es inevitable pensar en Perec durante la lectura de Acequia, por ello queríamos consultarte por el desafío de escribir una novela donde fluyen tantas historias a la vez. ¿Cómo fue el ejercicio de ordenarlos y dotar de un ritmo propio a cada una?

Me tomó mucho tiempo porque fue un proceso más de imaginación que de estrategia racional. Me interesaba mucho que las historias se retroalimentaran con la naturalidad en la que en nuestra realidad ordinaria todo está conectado. No quería forzar nada en el mundo de la novela. Entonces fue necesario dejarlo fluir en mi imaginación durante muchos años para que las historias fueran creciendo a su ritmo y se fueran mostrando los puntos de contacto.

Quizás un poco como los esquejes, que hay que dejarlos crecer hasta que ya es posible cortarlos sin que mueran. Son la misma planta y sólo se convierten en dos plantas en el momento en el que se corta la unión original. Pasas de una sola planta a dos plantas en el instante de un corte, pero esto es posible porque durante un tiempo dejaste que el esqueje creciera. Así pasó con la novela, pero a la inversa.

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Datos del libro publicado:

Amaury Colmenares

Acequia

Pesopluma, 2024. 278 pp.

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Reseña: Pobre gente de París (2024) de Sebastián Salazar Bondy

Futuro derrochado

Por Sebastián Uribe

En una columna publicada en el 2016[1], el escritor y editor argentino Damián Tabarovsky elogia Lima la horrible, el ensayo canónico del autor peruano Sebastián Salazar Bondy, y se refiere también a Pobre gente de París (1958). No se explaya mucho sobre este libro, pero las pocas líneas que le dedica provocaron mi interés por buscarlo (“Con un toque realista y una prosa algo más tosca que la del ensayo, no obstante, se deja leer con placer”).

Título inhallable por años, la reedición publicada por la editorial Pesopluma coindice con el centenario de nacimiento del autor y es una oportunidad para revisar la narrativa de ficción del reconocido escritor. Antes de su lectura, releí Lima la horrible, y volví a disfrutar de la ironía con la que desentraña las múltiples dimensiones de la ciudad. De ahí, hallo pertinente citar este fragmento antes de pasar a Pobre gente de París:

El pasado que nos enajena está en el corazón de la gente. No únicamente, además, en el de aquella que desde hace varias generaciones atrás es de aquí, sino también en el del provinciano y el extranjero que en Lima se establecen. Ambos llegan a la ciudad llenos de futuro y, al cabo de unos años, han derrochado, en no se sabe qué, la voluntad de progreso que los desplazó. Esa fuerza original es sustituida por la satisfacción de saberse insertos en el sustrato colonial de la sociedad limeña”.[2]

Destaco dos palabras de las líneas anteriores: futuro derrochado. Porque si algo caracteriza al joven peruano Juan Navas, uno de los personajes de Pobre gente de París, es la desazón de las expectativas no cumplidas. El soñado futuro que esperaba al arribar a la capital europea se vuelve cada vez más lejano, pero aun así preferible al que padecería si regresa a su lugar de origen:

Por supuesto, acabé por rechazar de plano esta absurda solución, entre otras razones porque consideraba que el regreso al Perú en semejantes circunstancias y a un plazo tan corto de mi partida me haría blanco de más de una broma pesada o un sarcasmo cruel”. (pág. 24)

El presente de Navas, sin embargo, no está exento de algún destello de alegría, al ver su rutina interrumpida por un peculiar diálogo que entabla con una habitación mediante el sonido de gotas que caen sobre el lavabo. Un lenguaje extraño al que se entrega noche a noche, intentando develar la identidad de su interlocutor/a. Aunque en cierto momento estas escenas se vuelven algo cursis, también transmiten emotividad y empatía en un contexto inusual. Parece posible enamorarse entre tanto infortunio. La idea de que sólo se necesita una ilusión para tener la fuerza necesaria y así lidiar con la cotidiana precarización. Los problemas para Navas empezarán a ocurrir cuando su entrega a esta ilusión se enfrente a la realidad de las circunstancias que rodean a su interés amoroso.

 Las tribulaciones del protagonista se ven agudizadas con la llegada del tío, tan adinerado como vulgar. Un personaje que Salazar Bondy introduce hacia la mitad de la historia como un gatillador del recelo y la irritación que empezarán a gestarse en el estudiante para sumirlo en la desesperación:

Se había sentado en mi cama, satisfecho, y su actitud comenzaba a inspirarme una terrible aversión hacia su persona. Hasta llegué a preguntarme si tal sentimiento no obedecería, en el fondo, a un poco de envidia”. (pág. 110)

A esta nouvelle se suman siete historias intercaladas, protagonizadas por distintos personajes secundarios, también migrantes, cuyas historias cuentan tanto su pasado en sus respectivos países de origen como su paupérrima situación actual, a través de escenas cargadas de drama, pero también de humor. La salida de la grisura que los rodea se da a través de situaciones pícaras, como lo muestran las peripecias del chileno Martínez Haza y el paraguayo Elmer Coatí en el capítulo “No hay milagros”, uno de los mejores del libro y que tiene líneas como esta:

El Citroën ingresaba a ese momento en el Boulevard de la Bastille. Sus ocupantes no parecían dos desgraciados. Tal vez no lo eran. Cualquier transeúnte al cual se le hubiera pedido opinión sobre aquellos dos personajes habría respondido que se trataba de dos turistas, de dos desaprensivos paseantes, de dos dichosos poseedores del tiempo y el espacio, sin obligaciones ni responsabilidades inmediatas, tal era la atmósfera de paz que rodeaba sus rostros. La ciudad, además, estaba encantadora, con una luz ligera y excitante, bajo la cual cosas y personas se ofrecían como pertenecientes a un sueño feliz, plácido.

—¡Qué importa! — exclamó Coatí—. ¡París es formidable! ¡Formidable!

—¡Pero no hay milagros! -dijo Martínez mirando a su compañero.

Ambos soltaron la carcajada”. (pág. 77)

La ficción de Salazar Bondy es inseparable de su perspectiva como ensayista por lo cual sus observaciones sobre la sociedad de la época entorpecen, por momentos, la fluidez en la narración. Sin embargo, estas acotaciones dan pie a líneas (como las citadas anteriormente) en donde logra que la atmósfera que rodea a los personajes dé cuenta de las emociones de estos. Es en estos momentos cuando, sin importar las nacionalidades de cada uno o el pasado que cargan a cuestas, se permiten, por un momento, contemplar su existencia como un milagro que no se debe minimizar. Un milagro que les permita conocer, aunque brevemente, la felicidad de vivir en París.

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Datos del libro reseñado:

Sebastián Salazar Bondy

Pobre gente de París

Pesopluma, 2024, 148 pp.

Primera edición: 1958


[1] https://www.perfil.com/noticias/columnistas/un-proyecto-trunco.phtml

[2] Pág. 58 de ‘Lima la horrible”, edición de Lápix editores (2014)

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Reseña: Libertadores de América (2023) de Alejandro Droznes

Fuego que libera

Por Sebastián Uribe

¿Cómo aproximarse al fútbol desde las letras sin caer en la parodia y la hipérbole? Como toda pasión, acercarnos más de la cuenta puede cegar y confundir. Por otro lado, exagerar la distancia puede derivar en un relato frío, una prosa del lugar común. El camino alternativo puede ser la aproximación tangencial, el acercamiento desprovisto de la lógica racional, reconfigurada para captar la complejidad de un juego capaz de alterar la manera de desenvolverse en el mundo. El fútbol reclama una intensidad narrativa de la que Alejandro Droznes (Buenos Aires, 1980) se apropia y responde desde el respeto y la emoción.

Viajar, instalarse, desempacar, recorrer una nueva ciudad, perderse, partir otra vez. Las diez crónicas que conforman el libro representan una búsqueda por plasmar las atmósferas particulares en las que se respira el fútbol en distintos puntos del continente sudamericano, al mismo tiempo que se buscan los elementos comunes que las unen. La gesta de un equipo argentino menor, la algarabía de una ciudad boliviana otrora poderosa, la indiferencia venezolana, la épica rivalidad llevada a otras latitudes y el sincretismo sospechoso de las autoridades de los entes futbolísticos profesionales son algunos de los elementos abordados en el libro. El proyecto de Droznes no era fácil de por sí, pero halla una vía unificadora a través de la alternativa más compleja y ambiciosa a su vez: la inclusión de la Historia.

Salpicada de mitos, leyendas y rumores instalados cual canon cultural, la ficción de las inexactitudes que salpican la Historia oficial de los países de la región es un campo perfecto para estrechar los lazos entre el fútbol y la narrativa. Un presente siempre frágil donde los ecos del pasado se actualizan, como en el capítulo dedicado a Asunción, Paraguay en el que Droznes hilvana los tiempos hasta dar con una línea propia y particular:

El Paraguay fue visto desde su descubrimiento como un territorio en el que experimentar formas de vida bastante autónomas y absolutamente ignorantes de toda ley, dándole a aquel paraje, perdido en la demencial sucesión de afluentes y meandros que van a alimentar el Río de la Plata, una palpable impronta de la libertad. Ya los fundadores de La Asunción vivían, según comenta en una carta un vecino de la época, con “poco temor de Dios””. (pág. 101)

Y continúa páginas después:

En la avenida Sudamericana había poco tránsito, el aire traía un acento vegetal y en los detalles se percibía la inapelable presencia del dinero: los autos estacionados en los alrededores eran nuevos, el césped de los jardines estaba perfectamente cortado y había una cancha de fútbol en la que relucían los logotipos del fútbol sudamericano”. (pág.104)

El escándalo de corrupción en el que se vio involucrada toda la jerarquía de la CONMEBOL se complejiza al precisar el contexto histórico del territorio en el que dichas prácticas se desarrollan. Los vicios y la falta de escrúpulos como una forma de no escapar de la repetición del pasado y la circularidad de la Historia son algunas de las ideas que se desprenden del capítulo, uno de los más notables del volumen.

Las exploraciones de Droznes logran sortear el carácter divulgativo de la acumulación de datos históricos al verse enriquecidas con los modismos propios del español en cada país, lo cual les proporciona a los diálogos un tono picante. A ello, se añade la perspectiva de un narrador que se sabe siempre extranjero y que no pierde la curiosidad en los detalles que rodean ese fervor incontrolable del fútbol. Esto es una manera de avivar y controlar a la vez el relato de las tensiones generadas por ‘los nuevos patriotismos forjados a partir de vagos ideales nacionales´ (pág. 44). Esto se vuelve una manera de enfrentarse y actualizar conceptos asociados comúnmente con el fútbol, como el honor y el orgullo. Un intento de vindicar una forma de mostrarse al otro, proyectar una imagen, si no ganadora, al menos llena de pundonor y lealtad a una fe como lo es hinchar por un club de fútbol que participa en la Copa Libertadores o Sudamericana.

Droznes sale airoso de un proyecto complejo con un libro que emana, aún en sus líneas más informativas, la pasión de ese hincha ansioso por saberlo todo de su equipo y sus rivales de turno. Narra la manera más religiosa de encarnar un orgullo local y revivir la adrenalina bélica de defender lo que se considera como propio e inalienable, más allá de la progresiva mercantilización que acecha, propia del relato civilizatorio siempre presente alrededor:

“La Copa Libertadores tiene, como el continente, un relato civilizatorio. Los registros tanto literarios como periodísticos refieren una primera época, previa a los brillos de la televisión y los patrocinadores oficiales en la que el torneo estaba sumido en su propia barbarie: proliferaban los hechos de violencia, abundaban las actitudes deshonrosas, los escándalos se sucedían”. (pág. 156)

Martin Kohan afirmaba que el viaje es un factor determinante en toda configuración heroica, puesto que de las peripecias derivadas de dicho acto a la vez se desprenden pruebas y desafíos, y de la superación de estas emerge el destello de la figura del héroe[1]. Entre la barbarie subrepticia de la hinchada y el discurso de la hiperprofesionalización de este deporte, este libro irrumpe, narrando la épica alrededor de un balón y las historias de los héroes de nuestros tiempos: jugadores que llevan en sus pies el destino de su tribu. El fuego libertador.

Datos del libro reseñado:

Alejandro Droznes

Libertadores de América

Editorial Pesopluma, 2023, 220 pp.


[1] En la pág. 12 de ‘Fuga de materiales’. Ediciones Universidad Diego Portales, 2013.

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Reseña: Mañana nunca llega (2021) de Tadeo Palacios

La violencia reexaminada

Por C. Briceño Ángeles

Mailer publicó Los desnudos y los muertos tres años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, para la que fue reclutado, aunque nunca llegó a entrar en combate; Tadeo Palacios (Piura, 1994) nos entrega un relato largo que da título a su primer libro, a un año y días de haberse producido el suceso que lo motiva. El autor, naturalmente, se siente parte de una generación que se hizo cargo de organizar las marchas en contra de los desaciertos de un Estado, hasta el día de hoy, envilecido; este vínculo generacional, sumado a la proximidad del hecho, lo ha motivado a componer una urgencia en lo narrado, a arriesgarse en la propuesta de, por lo menos, este relato con el cual cierra su libro, una decisión que contrasta con la estructura convencional de los otros textos incluidos. Para ello se ha valido de una serie de recursos como la polifonía, el testimonio, la inclusión de correos electrónicos, post de Instagram, la reproducción de panfletos informativos, de un código QR, ilustraciones, una composición encabalgada y con pretensiones poéticas, etc. Los personajes también se ven inmersos en la misma urgencia. Sus testimonios son registrados mientras se desplazan por las calles del Centro de Lima y son acosados por las fuerzas policiales; es entonces cuando la prosa de Palacios intenta capturar la voz resquebrajada por el agotamiento, la respiración desesperada de quien se está asfixiando por el gas lacrimógeno, el ritmo del repliegue y la disociación de las ideas ocasionada por el dolor o la desorientación. Existe, en la prosa del autor, una voz destemplada, exagerada, por momentos, al borde del paroxismo. La idea de una representación de los acontecimientos, si bien en varios momentos parece encontrar un equilibrio, se ve debilitada por la incesante inclusión de referencias generacionales para otorgarle a los protagonistas una singularidad forzada en ciertos tramos que mengua la verosimilitud o, en todo caso, la pone en cuestión. Así, uno de los personajes, al verse confinado en una carceleta luego de ser golpeado por los policías y bajo la amenaza de seguir siendo agredido, se permite ensayar una broma en la que es notoria la necesidad por hacer encajar sus influencias y su conocimiento del pasado inmediato:

¿Esta pancarta es terrorista? Creo que no, a menos que alguien imagine que los dibujos de Pikachu que hemos hecho toda la tarde son algún tipo de apología a Sendero Luminoso, o que el terrorista Abimael Guzmán era entrenador Pokémon (marxismo-leninismo-maoísmo-pensamiento-profesor Oak). (p. 199)

Este relato, a pesar de su propuesta arriesgada, no deja de ser bastante conservador en cuanto a los conflictos propuestos; siempre estamos ante una fuerza opresora o encubridora que no es capaz de cuestionarse por sus actos, y si lo hace solo es para liberarse pronto de sus reparos y continuar siendo lo opuesto a lo bueno. En consecuencia, los conflictos se resuelven fácilmente con la violencia o las imposiciones de los que ejercen el poder, como lo son, por ejemplo, una jefa de redacción desmereciendo y censurando el trabajo de un reportero que ha intentado informar con objetividad o el suboficial que reduce a un manifestante mientras lo amenaza de muerte. Existe un ánimo aleccionador, como si el autor pretendiera que del relato se origine no una crítica a la sociedad y sus dinámicas, sino una exhortación tal vez demasiado cercana a la advertencia moral, algo quizá motivado por la cercanía de los hechos abordados. Recordemos, por mencionar un caso similar, que en Conversación en la Catedral se nos narran los eventos producidos durante la revolución de Arequipa de 1955, pero más de diez años después que estos ocurrieran. Estos reparos, sin duda, no desmerecen la labor de Palacios al momento de narrar este episodio, sobre todo por la precisa documentación y la cantidad de datos que nos otorga, a la manera de una nota periodística osada, desbordante y convulsa.

Sin embargo, el punto fuerte de este libro son los relatos precedentes. En ellos, Palacios se lanza de lleno a la evocación de Piura y los mecanismos íntimos de esta ciudad, de la familia y de la relación del individuo con la violencia y la contemplación. Es entonces cuando la vena realista del autor encuentra su tono y consigue no pocos logros. Para empezar, es casi una marca de estilo el uso de un narrador en segunda persona (o confidencial) que parece referir no para el lector sino para alguien en específico, alguien perdido en el pasado, inalcanzable a no ser por los recuerdos; esta voz personalizada, en lugar de repelernos, nos invita es escuchar y a transformarnos, gradualmente, en el destinatario:

Tuve que desconocer mi pasado, resignarme a perder el futuro que había planeado contigo, Mercedes. Dejar atrás cuanto pude haber conseguido, a mi madre, a ti y al niño que llevabas en el vientre. Y mientras tanto, cruzaba los ríos de la frontera y trataba de conseguir refugio en pueblitos fuera del mapa, allá en el Ecuador. Juntaba plata y rezaba para que ese dinero te llegara en encomiendas que mandaba a tu casa con nombres falsos a través de amigos que conocía allá y que iban de paso a Piura. (p. 145)

Este realismo de buena ley se encuentra, en especial, en tres relatos. El primero es “La invitación”. El personaje es el clásico perdedor de impronta ribeyriana, aunque está ambientado en Piura. Palacios tiene un talento evidente para prolongar la resolución del relato, y mientras tanto, mientras la narración dura, parece dilatar las circunstancias para que la desazón del final sea más catastrófica y desoladora. Se trata de un trabajador de limpieza que, por un caso de homonimia, cree haber sido invitado a una comida en su honor. El equívoco da pie para que asistamos a sus ansias de reconocimiento y la demostración de su nula relevancia en la sociedad, el ascenso y la caída de su autoestima, algo que nos recuerda a “El profesor suplente” de J. R. Ribeyro:

Aquella tarde de sábado, con el hambre subiéndole por la garganta y una amarga cólera deslizándose por su espinazo, Teófilo comprobó dos cosas mientras recogía sus pasos hacia el paradero de motos del óvalo Bolognesi: la primera fue que, después de todo, Armando Dioses era un pobre rosquete. Y la segunda, y quizá la más importante, era que su mujer estaba en lo correcto: la mona, aunque se vista de seda, mona siempre se queda. (p. 35)

“Cuando salta la liebre”, por el contrario, es un relato sin concesiones al humor o la ironía, a diferencia del anterior. El narrador, un abogado en ciernes, se topa con la madre de un detenido y asiste a la desolación de la mujer ocasionada por las circunstancias que le han tocado vivir. Aquí la prosa de Palacios es funcional, recrudece e incide en las descripciones de ambientes/fisonomías para ampliar un ambiente de claroscuros, sucio, de una indeterminación burocrática que es, también, decadente y pernicioso. Ya en varios de sus relatos Palacios incurre en la exacerbación del mismo lenguaje a través de jergas, modismos o insultos, pero aquí decide, además, construir una voz que está a punto de hacerse ininteligible, acentuando así la precariedad de la comunicación y la distancia entre los individuos: “A miju luan metío en el calabozo ese. Ni bien me dijieron, me vine a la carrerita a ver si era verdá. Dejeguro, si luan encerrau, ha di ser por error” (p. 101). Es un buen relato, aunque exista, en el cierre, esa advertencia moral a la que aludí líneas arriba:

Me enferma Crisanto, me enferma V., pero me enferman mucho más los que solo seguimos empujando en silencio hasta que, de pronto, todo se desborde. Lo lamento: me sobrepasa, me excede y derrota este juego de sombrar y gestos. Hay días como este en los que no puedo hacer más que avanzar y sentirme profundamente miserable. (p. 107)

El abuso y la venganza son los temas de “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Una mujer asesina a su conviviente, Montoya, un teniente de la policía que la maltrata sistemáticamente. El relato es un viaje a los orígenes de la relación entre ambos y la degradación de la misma. Palacios emplea con corrección la superposición de planos temporales para que su historia gane en intensidad, hasta desencadenar en un final extraño, de un onirismo que deja una sensación agridulce, como si el final de la venganza no fuera su consumación, sino que se prolongara hasta límites pesadillescos. Como en varios de los relatos de Mañana nunca llega, Palacios demuestra una solvencia en la construcción de los diálogos, quizá uno de los elementos más difíciles de lograr en las ficciones por lo complejo que resulta hacer encajar una voz a una personalidad en específico; el autor, sin embargo, consigue su objetivo:

—Después de la borrachera que usted y su gente le alcahuetearon, Montoyita quiso que lo atendieran. Velé su sueño. Y me sentí sucia, y más sucia todavía cuando me dijo que lo sentía, que sería bueno, que iba a cambiar. Moqueaba y no dejaba de retorcerse. ¡Incluso se atrevió a mencionar a nuestro hijo! ¡El hijo que mató a patadas en mis entrañas! ¿Lo ve? El muy infeliz debió presentir que de esta no pasaba. Hacía mucho que estaba convencida de cobrármelas todas. El trago le estrujaba las tripas y los sesos. ¡Imagínese, mayor! El hombre que me desfiguró estaba tumbado, panza arriba, lleno de mierda y vómito. Ay, Montoya. Eras malo, ¡malo como el Veneno! Me suplicó llorando que le alcanzara las pastillas para el dolor. Casi sentí pena… (p. 121)

A pesar de su juventud, Palacios es un narrador decidido, sin temor a experimentar con las posibilidades de su poética, aunque es cierto que, a veces, extralimita sus posibilidades. El realismo que propone bebe de autores de nuestra tradición como Gutiérrez, Dughi, Ninapayta y, por supuesto, el Ribeyro cuentista (al igual que este último, entrega sus mejores páginas cuando se alinea con una narración convencional, a diferencia de, p. ej., el primer Vargas Llosa, quien sale airoso cuando se adentra en estructuras complejas como Los cachorros), aunque ello, desde luego, es el inicio de sus exploraciones en la ficción y tiene tiempo de sobra para pulir esos detalles. De esta forma, Mañana nunca llega es un buen libro para acceder a los nuevos registros de nuestra narrativa, a sus cuestionamientos y a la revisión de temas y atmósferas que es necesario no olvidar y cuya ejecución y estética podrían ser un anticipo de lo por venir.

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Datos del libro reseñado:

Tadeo Palacios

Mañana nunca llega

Editorial Pesopluma, 2021