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Coyuntura Entrevista Miscelánea Reflexión

Entrevista a Vincenzo Latronico

Pertenecer a algo de lo que no es fácil entrar o salir es crucial para formar comunidad”.

Por Eliana Del Campo y Sebastian Uribe


¿Cómo anda hoy nuestra capacidad de imaginar un futuro? En los últimos años se ha instalado una ola de nostalgia por la década de los noventa. Entre numerosos giros geopolíticos simultáneos, avances tecnológicos vertiginosos y el regreso de bandas icónicas de aquella época, la década actual se percibe como un periodo de transición. La pregunta, sin embargo, es hacia dónde. De la mirada optimista que, por esos años, acompañó tantos relatos de progreso queda poco, o casi nada.

En el marco del Festival del libro de Edimburgo 2025, conversamos con Vincenzo Latronico (Roma, 1984) a propósito de Las perfecciones, una novela mordaz sobre el modo en que, en el presente, las promesas de libertad y belleza conviven con vínculos afectivos precarizados y una estandarización estética cada vez más extendida a escala global. Publicada en español por Anagrama, con traducción de Carmen García-Beamud, Las perfecciones confirmó a Latronico como una de las voces más incisivas de su generación: fue finalista del International Booker Prize 2025, integró la selección del Premio Strega 2023 y recibió atención destacada en medios como The New York Times y The New Yorker, que la incluyeron entre sus mejores libros del año.

Foto: Marcus Lieder

SU: Vincenzo, tu novela se puede leer como un homenaje a Las cosas de Georges Perec, una obra clave para explorar los conflictos emocionales de  las generaciones pasadas y de la cual yo también soy un gran fan ¿Cómo fue tu primer acercamiento a dicho título? ¿Hubo alguna relectura de Las cosas durante la escritura de Las perfecciones o trabajaste con lo que tenías en la memoria?

Vincenzo Latronico (VL): Intenté leerla y me pareció demasiado abstracta y rígida, así que nunca la terminé. Luego, muchos años después, estaba intentando escribir una historia sobre, digamos, nuestras vidas digitales, y no lograba encontrar un formato para escribirla. Y entonces un amigo me recomendó Las cosas, y empecé a leerla, y fue como: ¡Dios mío! Y empecé a tomar notas con lápiz en los márgenes de mi libro diciendo: bueno, esto podría ser cerveza artesanal, esto podría ser Airbnb. Y el libro empezó a suceder así. Luego, cuando lo escribí, sí, en realidad, lo releía constantemente. Quiero decir, hay una analogía muy cercana entre mi libro y el de Perec, y es una analogía que yo mantengo. Todos los días, antes de ponerme a escribir, volvía a leer el capítulo al que mi capítulo era paralelo.

SU: ¿Como un espejo?

VL: Sí. Claro que hay frecuentes invenciones sutiles  , pero sí: es posible leer el libro de Perec a través del mío.

SU: El cosmopolitismo de Berlín —y el de las grandes ciudades en general— parece implicar en la novela que, en la creatividad de los artistas, existe un mandato de destacar, pero al mismo tiempo dicha ideología estandariza y homogeneiza tendencias e impulsos. Es como una paradoja ¿Cómo encaja la literatura ese dilema entre el mandato social de ser muy creativo pero, al mismo tiempo, aceptar la preferencia por ciertas tendencias y temas?

VL: Esta es una muy buena pregunta y no creo que tenga respuesta. Creo que es una paradoja de nuestro tiempo, ¿no? Piénsalo con un ejemplo muy simple. Cuando yo crecí, protestábamos contra la globalización. Y el símbolo de la globalización era McDonald’s. En McDonald’s hay una oficina en algún lugar de Estados Unidos que decide el color del menú. Y todos los menús en París, en Moscú y en Lima tienen que ser de ese color. Hoy, si vas a París, o a Moscú, o a Lima, entras a una cafetería y hay plantas monstera, el menú está escrito en una pizarra con azulejos blancos detrás, y hay café orgánico y flat white. Pero no hubo una oficina central., No sé sobre Lima, nunca he estado, pero he visto que los hay en Montevideo y en Buenos Aires, y no son grandes cadenas. Es una pareja que decidió: hagamos una cafetería linda y pequeña que se vea individual, igual que nosotros. Y resulta que todas son idénticas. Creo que ese es un rasgo distintivo de nuestro tiempo y es una paradoja. Y recuerdo la primera vez que lo noté… y cómo la literatura puede resolverlo, no lo sé. Hay muchas maneras.

Creo que la primera vez que lo noté fue cuando leí Conversaciones entre amigos de Sally Rooney, que, ya sabes, es una novela de iniciación. Recuerdo la novela de iniciación que, cuando era un adolescente, leí y amé: se llamaba Jack Frusciante ha dejado el grupo de Enrico Brizzi, y estaba ambientada en la Bolonia de los años 90. En esa época, las novelas tenían que ser tan específicas con referencias musicales, con la ropa, con conciertos, que incluso si movías esa historia cien kilómetros, resultaban completamente distintas. En cambio, cuando leí Conversaciones entre amigos , mi primera impresión fue: esto es tan plano. Ya sabes, puedes tomar el documento de Word, hacer un “reemplazar todo” y cambiar Dublín por Estocolmo y el libro sería el mismo, tan genérico. Luego me di cuenta de que no era un error: era una característica. Sally Rooney se había dado cuenta de que esto le estaba pasando al mundo entonces escribió una historia igual de genérica. Y es algo para lo que creo que los escritores todavía están tratando de encontrar una solución.

La mía es una solución. Yo elegí escribir sobre Berlín, pero escribir sobre Berlín solo poniendo las cosas que encuentras en todas partes, como las monsteras y el café orgánico. Otra solución —es un libro increíble; cuando lo leí, pensé: “¡Dios mío, ella hizo lo que yo quería hacer!”— es Aysegül Savas, Los Antropólogos. Su libro también está ambientado en una metrópolis genérica. Lo único que sabes es que es una ciudad occidental rica y que dos personajes llegan allí desde un país más pobre, pero no sabes nada más y su libro fue recibido internacionalmente, de manera similar al mío. Creo que hay una necesidad de escribir este tipo de historias. Otro que lo hizo de una forma completamente distinta fue Federico Falco con Los llanos. Quiero decir, ese libro es igual de genérico pero situado en el campo. Pero, ya sabes, se lo di a mi madre, que vive en el campo del sur de Italia, y ella dijo: “Sí, es lo mismo”.

Eliana De Campo (ED): Es muy interesante porque hay una estética homogénea. En América Latina hubo una respuesta parecida a lo que mencionas de McDonald’s, con el Manifiesto de McOndo. Después de que Gabriel García Márquez escribiera Cien años de soledad, hubo cuestionamientos sobre  la mirada que se tenía sobre ‘lo latinoamericano’ a partir de dicha novela y sus epígonos.

VL: Sí, me lo imagino. Hay algo similar, creo —por supuesto en otra medida—, que está pasando con Italia: ya sabes, después de Elena Ferrante, todas las historias italianas son sobre Nápoles y pizza y vírgenes que lloran sangre y góndolas y Chianti. Y en cierto modo es parecido. Pero también recuerdo que el primer escritor latinoamericano que leí fue García Márquez, con Cien años de soledad, cuando  tenía 17 años. Estaba completamente fascinado y encantado. Ya sabes, ¿qué sabes a los 17? No sabes más, supongo.

Pero también es una puerta que te lleva a involucrarte más profundamente. Quiero decir, ahora yo no pondría a García Márquez entre mis escritores favoritos. Pero no habría leído El obsceno pájaro de la noche sin él. No habría leído Sobre héroes y tumbas sin él. O El siglo de las luces. Mis tres grandes libros latinoamericanos. Así que es como un peldaño. Del mismo modo, supongo, que las historias de Nápoles y las pizzas y las góndolas pueden ser una forma de llevarlos a una literatura italiana más complicada. Creo que eso pasa. Por ejemplo, Claudia Durastanti —quien, diría yo, es la mejor escritora italiana de mi generación— tuvo mucho éxito internacional también porque ocurrió después de la fiebre Ferrante. Entonces los lectores internacionales estaban buscando escritores italianos para leer. Y creo que mi libro también tuvo lectores gracias a Claudia Durastanti. Así que creo que hay un lado bueno y uno malo, para simplificar.

ED: Sí, es un signo de nuestro tiempo como también refleja tu libro. Cuando fui a Italia, noté que Isabel Allende era algo enorme allí. Y recuerdo hablar con Sebastian y pensar: bueno, quizá es el catolicismo, ya sabes: Irlanda, Italia, Perú, América Latina, en general, tenemos eso. No creo que hoy en día se puedan rastrear esas emociones. Lo que me lleva a mi siguiente pregunta: ¿cómo crees que el sentir —en el sentido más genérico— ha cambiado a través de la globalización y las redes sociales? ¿Crees que hay una tendencia no solo a sentir, sino a pensar en cómo se vería ese sentimiento, como un sentimiento performativo? ¿Y cómo puede la literatura —no sé si resolverlo— pero jugar con eso?

VL: Mmm. No lo sé. Más que sentir, creo que, sobre todo en los noventa que es cuando Isabel Allende tuvo tanto éxito pero también Paulo Coelho y Banana Yoshimoto, cierto tipo de literatura. Es decir, en mi cabeza, son libros, en cierto modo, similares porque son libros de “sentirse bien”, ¿no? Lo cual está bien. O sea, sentirse bien es importante, especialmente en este mundo. Pero también creo que, durante un tiempo, eso hizo más difícil involucrarse con cosas más oscuras y más matizadas, porque si estás acostumbrado a leer literatura para sentirte bien, es difícil dejar de sentirse bien, ¿no?  También, tener protagonistas que no están presentados como blancos de empatía, que no están hechos para que uno se identifique. Creo que esa “identificabilidad” es un gran problema con el que la gente está tratando ahora mismo y es en parte por eso que hay tanto interés en la autoficción o en las memorias ahora: porque es una forma que te permite escribir un personaje “no identificable” porque eres tú, el autor. Entonces, eso se considera aceptable. Por ejemplo, Rachel Cusk es eminentemente “no identificable”, ¿no? Y lo mismo Emmanuel Carrère, Karl Ove Knausgård. Y creo que incluso Deborah Levy —quiero decir, ella es más “identificable”, pero igual es bastante intensa—. Tiene que ver  con esta manera de manejar sentimientos más oscuros o más complejos, de incomodar al lector.

SU: En un punto de la novela, sentí que los personajes estaban como perdidos anhelando algún tipo de espiritualidad, lo cual me recordó mucho a Bolaño. Y luego hubo una entrevista tuya en la que dijiste que tu lectura venía de 2666. Así que me da curiosidad: ¿cómo llegaste a Bolaño? ¿Qué representó para ti como lector en ese momento, y qué representa ahora?

VL: Esa es una… No lo sé, porque en realidad no soy en absoluto consciente de que haya alguna influencia de Bolaño en este libro. Pero claro que debería haberla, porque ha significado mucho para mí. Estoy tratando de entender dónde… (risas)

SU: ¿Te han hecho esa pregunta antes?

VL: No, nunca. Por eso no lo sé. Es una muy buena pregunta. Debe haber influencia de Bolaño allí, pero no sabría decir dónde. Lo que sí sé es que llegué a Bolaño por completo azar. Lo recuerdo muy bien: era 2005 y tenía que tomar un tren de Roma a Milán, que dura cuatro horas. Hay una librería muy bonita en la estación de tren de Roma, así que siempre camino por ahí y compro algo para leer. Y compré 2666. El título era muy misterioso. No sabía nada del autor. La portada era muy bonita también muy misteriosa. Yo estaba como: “¿qué diablos estoy leyendo?”. Así entré en la bolañomanía, claro.

Creo que, si lees mi segunda novela —que salió después—, es evidente que estoy tratando de copiar mucho. Hoy no lo sé. Creo que quizá es normal al hacerse mayor: las cosas que más me gustaban entonces ahora me parecen superficiales. Como: sí, ok, hizo estas metáforas completamente locas, pero eso es más superficial que las cosas que me interesan ahora. Por ejemplo, hace poco releí La literatura nazi en América y la estructura, la manera en que la persona que dice “yo” va entrando poco a poco en foco: primero solo con intermedios raros y luego cada vez más. Me pareció realmente magistral.

SU: Las perfecciones me pareció bastante similar a Bolaño pero más en un sentido espiritual. En tu novela, para Ana y Tom, no hay religión; o , mejor dicho, no se adhieren a una religión en específico, y después de la caída del Muro de Berlín, tampoco a una ideología política, porque aunque había protestas y ellos participaban, no era un “nos unimos a ir al Partido Comunista” o al Partido Socialista: solo están tratando de dar una buena imagen. ¿A qué fe se adherirían entonces estos protagonistas? ¿Qué es lo más real en lo que pueden apoyarse para depositar su fe?

VL: Ese es exactamente el problema. El problema es —tú mencionaste religión y política, y creo que es legítimo—, que lo que les falta es cualquier tipo de estructura comunitaria. En última instancia, la religión, la política o incluso el deporte, son una manera de sentir que perteneces a algo de lo que no es fácil entrar o salir, y creo que eso es crucial para formar comunidad. No puedes decidir de un día para otro que ya no eres del AC Milan o que ya no eres budista, sino que ahora eres del Inter o eres católico. Simplemente no lo haces. Creo que eso es importante porque el hecho de que sea difícil salir hace que vivas con las dificultades, hace que quieras cambiar las cosas o cambiarte a ti mismo.

Creo que la vida que ellos viven en este individualismo total está marcada por el hecho de que es muy fácil irse. Sí, viven en Berlín durante años, pero nada los ata allí. Pueden simplemente tomar un avión y estar fuera. Eso hace que la vida sea paradójicamente muy superficial, porque en teoría eres libre si es fácil irte, pero en algún punto también es muy superficial. Y claro, les falta el lenguaje para siquiera abordar esto, porque su lenguaje intelectual está hecho enteramente de individualismo, y entonces ellos saben, sienten que algo está mal, pero no tienen las palabras para nombrar qué es lo que está mal.

ED: De alguna manera, ¿dirías que el lenguaje puede enraizar a alguien? ¿O que el lenguaje puede ser eso para alguien?

VL: Sí. Y, por supuesto, ellos viven en un país en el que no hablan su idioma. Hablan este tipo de inglés vago que comparten con otras personas que también hablan un inglés vago, y eso es parte del problema. Piensan que el inglés es el idioma de todos, pero en realidad el inglés es el idioma de alguien, y no es el de ellos.

ED: ¿No es paradójico, históricamente hablando, que tú seas italiano y nosotros seamos de Perú, un país que habla español por la colonización española, y que terminemos hablando inglés porque es más accesible? ¿No es algo triste para los antiguos romanos? (risas)

VL: [Ríe] ¿Qué quieres decir? ¿Estás triste por César? Yo siempre estoy triste por César. Quiero decir, esto es cierto y, por supuesto, podríamos haber hecho esto quizá un poco más confuso en italiano y español. Aunque creo que esto es un muy buen ejemplo porque, por un lado, el inglés nos da poder: si el inglés es el imperio, nosotros venimos de la periferia del imperio y el inglés nos permite hablar entre nosotros y comunicarnos y leer la escritura del otro, etcétera. Por otro lado, claro, nos estamos encontrando aquí, en el imperio. Todos estamos dándole dinero a Escocia y a American Airlines para estar aquí. Y creo que hay dos lados en esto.

Por ejemplo, creo que esto está cambiando ahora. Creo que hace 20 años, al menos en Italia, la gente leía mucha literatura norteamericana y no mucho más, salvo Isabel Allende y Paulo Coelho. Y ahora creo que el canon de los jóvenes escritores es mucho más variado. Todo el mundo lee a Mariana Enríquez, todo el mundo lee a Tove Ditlevsen y Karl Ove Knausgård y Han Kang, pero aun así esa literatura llega a través del inglés. A Han Kang la tradujeron al italiano después de su éxito en inglés. Mi libro se tradujo —no al español— pero, por ejemplo, se traducirá a muchos idiomas después de la traducción al inglés. Entonces, ¿dónde quedamos? No lo sé. Creo que va de ambos lados.

ED: Es curioso porque, por ejemplo, muchos consideran que para “lograr el éxito” como escritor latinoamericano, necesitas una aprobación del mercado español. Es decir, para “lograrlo” como escritor latinoamericano, necesitas ser “aprobado” por España. Y una vez que lo logras allí, siguiendo esa lógica, quizá el segundo paso es volverte global a través del inglés.

VL: Por otro lado, diría que esto, por supuesto, es extraño porque el italiano solo se habla en Italia, así que me fascina mucho la política de la literatura en lengua española, porque es global pero de una manera distinta a Estados Unidos y Reino Unido. Me fascina. Lo que puedo decir, viéndolo desde Italia, es que todos los escritores jóvenes interesantes en español no son de España. O sea, Mariana Enríquez, Federico Falco, Samantha Schweblin —de quien soy muy fan—… no sé qué hacer con esto. ¿Por qué se está escribiendo mejor literatura por escritores latinoamericanos que por escritores españoles? No lo sé.

SU: Para cerrar, ¿te gustaría recomendarnos un disco, una banda, una película, una serie que te haya impactado recientemente?

VL: Un disco. Es de esta música electrónica noruega que se llama Vilde Tuv, que significa “zorro salvaje”. Pasó años enseñándose a sí misma la flauta solo porque quería hacer un álbum que fuera música electrónica pero con flauta. El álbum se llama Melting Songs y es increíble. Lo he estado escuchando obsesivamente.

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Coyuntura Miscelánea Notas de lectura

POESÍA: “Lunch poems” (2024) de Frank O’Hara

[POESÍA] “Lunch poems” de Frank O’Hara

Ediciones UDP, 2024. 160 pp.

Traducción y prólogo de Matía Serra Bradford

¿Cómo sobrevivir al ruido mundanal de las ciudades? ¿Dónde está la belleza? La poesía de Frank O’Hara (1926-1966) recoge percepciones, recuerdos y frases que flotan en el aire urbano para así investigar la ley de su propia voz, una misión de la que da cuenta el presente título.  Al caos imperante de Manhattan, epicentro de la maquinaria occidental, que atrofia el pensamiento y cubre las mentes y los corazones con hollín, O’Hara responde con un estilo que, con un aparente aire de despreocupación, insufla calidez y afecto. Dice Matías Serra Bradford, traductor de estos poemas, que uno debería entrar y salir rápido de un prólogo, así que aquí les presentamos, sin más interrupción, una selección de tres poemas del gran poeta estadounidense.

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Columna de opinión Comentario sobre textos Coyuntura Reflexión Reseñas de libros

El informe. Pequeña novela burocrática (2025) de Ezio Neyra

El epicentro del desastre o la maldición de Zavalita

Por Luis López-Aliaga

  1. ¿Es necesario irse del Perú para convertirse en escritor?

Hace algunas semanas se produjo una suerte de polémica en torno al podcast de dos escritores peruanos que viven en Estados Unidos, Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, quienes plantearon como título y tema del primer capítulo la pregunta: ¿Es necesario irse del país para convertirse en escritor?

El podcast se llama Otras tardes, como el extraordinario libro de relatos del extraordinario Luis Loayza, y allí se mencionó El Informe. Pequeña novela burocrática, de Ezio Neyra, como uno de los detonantes al momento de elegir el tema.

La pregunta tiene un flanco odioso, incluso frívolo, asociado a la lógica de la planificación estratégica de la carrera de un escritor. Un flanco vargasllosiano, sobra decirlo, quien en el primer Contra viento y marea instala esta mirada sobre el asunto, no como pregunta, sino como afirmación: es necesario irse del Perú para convertirse en escritor, esto es, tener éxito, ser cosmopolita y escribir para el mundo; tesis de la cuál él mismo resultaba ser la mejor confirmación.

Es evidente, además, que esta visión caló muy hondo en muchas generaciones de escritores, peruanos y no peruanos, posteriores a él, quienes en busca de la quimera fáustica del “escritor profesional” escaparon del Perú o de cualquier rincón del llamado “subdesarrollo” para rentabilizar la vocación.

Es paradójico, pero revelador, que Vargas Llosa se sirva en su ensayo de la figura de Sebastián Salazar Bondy para establecerla como una anomalía suicida e irrepetible o, más bien, como la representación del fracaso que le espera a quien decide quedarse. Y el contraste fundacional lo encuentra en la figura del Inca Garcilaso, un mestizo que en el siglo XVI se fue a España para escribir sus Comentarios Reales, una crónica autobiográfica sobre el Perú y su pasado incaico. Desde ahí se arma toda una tradición, que pasa por Bryce Echenique, por Ribeyro, por el mismo Loayza, y donde se podría incluir, por supuesto, al propio Ezio Neyra, quien también ha vivido en Estados Unidos, y ahora en Chile, donde presentó esta novela.

2. Formas de volver a casa

Pero más allá de las biografías de los autores, la pregunta refiere también a un tópico narrativo, un tópico clave de la literatura peruana, que es el Perú mismo, o la manera en que se escribe y se describe el Perú. Asunto propio de técnica narrativa, porque tiene que ver con el punto de vista desde dónde se narra esta historia, esto es, la distancia emocional, temporal y física desde donde se cuenta el Perú.

Se puede plantear, entonces, que la literatura del exilio es siempre la literatura del regreso. Sea que se regrese con la memoria y la imaginación, para reconstruir desde la nostalgia un pasado perdido; o que el regreso sea concreto, físico, un hilo argumental que se despliega en la novela.  Es el caso de El informe, de Ezio Neyra, que se inserta en esta tradición con algunas formas propias en las que vale la pena reparar. 

En la novela, el protagonista, Felipe Document, regresa al Perú después de vivir 20 años en los Estados Unidos, para trabajar en el aparato burocrático del país, en un principio en el área de los Museos, luego en el Ministerio de la Producción, a cargo de la repartición de Pesca Artesanal. El periplo comienza con Felipe abordando el avión de regreso al Perú, a Lima, para ser más precisos, con esa sensación de vulnerabilidad que supone siempre volar a 10 mil metros de altura. 

3. La maldición de Vargas Llosa

A esa altura, Felipe comienza a leer las noticias sobre el Perú en un iPad.  Y rápidamente recuerda, deduce o proyecta, que abajo las cosas están tan inestables como siempre.

Felipe se prepara para lo peor desde el principio; no asistimos a ningún momento de entusiasmo o de expectación alegre y festiva por el reencuentro. En este sentido, la progresión de la novela es la de la caída constante y hasta predecible. Felipe llega derrotado al Perú (“el epicentro del desastre”, dictamina en las primeras páginas), y se revela, así, como un personaje asustadizo, agringado, aplastado por sus condicionamientos de clase, de los que parece no tener demasiada conciencia.  

Cuando ya está por aterrizar, al atardecer, en una de esas “otras tardes” de Loayza, contempla por la ventana una imagen que podría ser hermosa, esperanzadora, incluso, estimulante: el horizonte bañado de un rojo profundo. Pero lo que ve Felipe es una amenaza que le recuerda “los incendios de las protestas que había visto en las noticias”.

Vuelve con una marca, Felipe, una marca que trae quizás desde mucho antes de ese viaje de regreso, quizás si antes de la partida incluso, cuando decidió aceptar una beca deportiva para estudiar Gestión Pública en Estados Unidos. Felipe lleva la marca de lo que, a estas alturas, podríamos llamar “la maldición de Vargas Llosa”, expresada tan hábilmente en esa pregunta retórica de Zavalita, que todos repetimos tantas veces, y que los escritores peruanos y muchos peruanos también, usan casi como eslogan o coartada: ¿En qué momento se jodió el Perú?

Es una trampa retórica, porque parte de un supuesto que no está sometido a discusión, y es que el Perú se jodió y para siempre. Una maldición que conduce a una especie de pesimismo adquirido en el caso de algunos escritores, políticos e intelectuales peruanos. Pesimismo de la razón y pesimismo de la voluntad.

4. La espesa niebla de la burocracia

Un dato que no se puede obviar es que Felipe desembarca en Lima, o sea, lo recibe esa niebla constante que lo impregna todo, símbolo y marca país, que parece puesta ahí para confirmar todas sus aprensiones. No se trata solo de un fenómeno climático, sino también de un estado del alma, un velo que cubre el paisaje físico y moral y que impide ver más allá de Lima, el peso centralista que no deja transformar la realidad.

La niebla como la definición misma de la burocracia, en su particular versión peruana. El informe dialoga también con esta otra tradición literaria que surge con el Estado moderno y la complejización creciente de la administración pública, cuyo eje fundacional es, por supuesto, Kafka.

Aunque se desarrolla, sobre todo, en Europa Central, vale la pena mencionar dos ejemplos notables de esa parte del mundo. Bartleby, el escribiente, la pequeña novela de Melville, muestra el lado privado de la burocracia, ahí en un estudio de abogados en Nueva York, y marca la necesaria rebeldía del funcionario con un simple y perfecto: “Preferiría no hacerlo”. Y Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, en la que Diego de Zama espera un papel oficial que debe emitir el poder central para que él pueda partir de esa remota y marginal gobernación colonial a la que ha sido relegado.

En cuanto a la literatura peruana, cabe mencionar un hito instaurador en el siglo XVII, con la Nueva crónica y buen gobierno, de Felipe Guamán Poma de Ayala, donde, en el formato de una extensa carta al rey, Guamán Poma narra su lucha interminable contra el aparato colonial, la administración y los funcionarios, exponiendo la frustración por el sistema implementado desde España. Acá también el centralismo parece ser el Gran Mal, símbolo de opresión, de absurdo, de alienación.

Como la niebla limeña, esa niebla que Felipe lleva metida adentro, y que en la novela de Ezio Neyra aparece perfectamente representada como problemática. La niebla horrible a la que refiere Salazar Bondy, cuando escribe que en Lima “no ocurren revoluciones, sino opacos pronunciamientos, no permanece el inconformismo, sino que el espíritu rebelde involuciona hasta el conservadurismo promedio. La juventud imaginativa, iconoclasta y desordenada termina por sentar la cabeza. Los racistas suelen atribuir esta plana uniformidad incolora al ingrediente indígena, pero da la casualidad que es el indio el que, como lo enseña la historia, ha llevado su descontento a la acción —reprimida ferozmente por la autoridad limeña—, y el que constituye el elemento dionisíaco de nuestra composición nacional. En tanto, el limeño sigue siendo quien acepta, con apenas una ironía en los labios o un chascarrillo contingente, los abusos de los poderosos, la impúdica corrupción de los políticos, la absolutista voluntad de la minoría voraz”.

A esa patria regresa Felipe. La patria asimilada o cooptada por la burocracia centralista.

5. El factor Roncagliolo

Antes de seguir, un breve desvío que, en rigor, no lo es tanto. A propósito del podcast de Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, en el que se plantean la pregunta aquella de si es necesario irse del país para convertirse en escritor(pregunta, ahora que lo pienso, tan retórica e intencionada como aquella otra de Zavalita), otro escritor, más joven, más “imaginativo, iconoclasta y desordenado”, para usar las palabras de Salazar Bondy, respondió con un lúcido y reconfortante artículo titulado “Escritores que se alejan”1. Ahí, Giacomo Roncagliolo, el autor del texto (también autor de Pesopluma)2, desarticula la idea de estos padres literarios, nombres y hombres que dejaron el Perú para escribir y hacer carrera. Roncagliolo hace ver cómo esa idea evidencia una antigua complacencia frente a Europa y Estados Unidos, sus academias, sus mercados editoriales, sus gustos, intereses y exigencias; e invita a no plegarse ni someterse a la idea de que el Perú “es un hoyo literario del cual hay que escapar cuanto antes”.

6. El regreso a la matria

Más allá del argumento burocrático —o adherido a este argumento central— hay en El informe una dimensión particular que le otorga a la trama un sutil interrogante activo que la sostiene, y desde donde emerge un flanco conmovedor que termina por imponerse. 

Felipe Document vuelve al Perú donde está la madre, enferma y sin memoria, y su regreso a ella es también un trámite que con los días se vuelve absurdo en su postergación, una sombra opresiva a la que Felipe parece entregarse con la resignación vital que lo caracteriza. “¿De verdad quiero verla?”, se pregunta una y otra vez, rendido a una culpa que lo paraliza.

El ingreso a la burocracia y el eterno aplazamiento de la madre, como un “pendiente” al que inconscientemente se le teme, se instala  así como una  clave inquietante en la novela. Es, de alguna manera, la impugnación del regreso a la patria-patriarcal, el tópico clásico que no le deja sacar la voz y expresarse. El padre no se menciona nunca en la novela, o solo a la pasada, cuando se describe que Felipe es “hijo único de papá fallecido”.

Se trata de una variante del regreso, que Watanabe representa con particular belleza en su poema “Regresando al Perú en barco”

“Y otra vez voceo:

Yo soy el que voy, y salto

para que las inmensidades me vean. Mírenme

trayendo mis brazos mi propio cuerpo

para entregarlo a sus dueñas, mi madre

y mi esposa

                     que me esperan

sabiendo

que nada puede cambiar: ir y volver, un giro

dentro de la misma fuente de salmuera”

Felipe le teme al deterioro, al olvido, y está atrapado en la niebla de su propia biografía.  “¿Existe el hijo sin una madre que lo recuerde?”, se pregunta, y esta sí podría ser una pregunta relevante para un podcast sobre literatura y escritores.  Porque Felipe fue como esos escritores que se alejan, a los que refiere Roncagliolo, y pierden contacto con aquello esencial que puede convertir lo que hacemos —trabajar en el Estado o escribir un libro— en algo realmente importante.

El encuentro con la madre ocurre solo en la dimensión del sueño, esa otra realidad en la que Felipe parece escapar del agobio de la niebla limeña, la marca de Zavalita, el peso oscuro de Vargas Llosa.  Un presente en la novela que, hacia el final, se vuelve primera persona, la voz de Felipe que aparece y se desborda. Y escribe. Escribe. Escribe. Escribe. Escribe disparates.

Entonces estalla el epígrafe de Salazar Bondy que precede la novela: “Hay algo raudo y felino en todo esto: sombras, bultos, ecos, resonancias. Las figuras se agrandan y los ruidos perduran más. Como en el sueño. Es cierto, el sueño sale de casa, toma la calle, asalta a los desvelados, y da a las realidades una dimensión que solo su ámbito misterioso admite”.

Se puede decir o deducir entonces que, luego de toda esta experiencia burocrática, Felipe ha comenzado a ser, sin saberlo, un escritor peruano en el Perú, un escritor que se asoma al abismo de una verdad que lo supera y, por lo mismo, se vuelve urgente y, como una madre, demanda su presencia.

Referencias:

1 Roncagliolo, G. (2025, 21 de noviembre). Escritores que se alejan. Jugo.pe. https://jugo.pe/migracion-literaria-identidad-escritor/

2 Giacomo Roncagliolo publicó en Editorial Pesopluma la novela Ámok (1.ª ed., 2018).

Datos del libro:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.

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Porque demasiado no es suficiente (2023) de Mariana Enríquez

Pura Pasión

Por Eliana Del Campo

1

Dice Mariana Enríquez en Porque demasiado es suficiente: Mi historia de amor con Suede (Montacerdos, 2023) que la memoria es la menos confiable de las capacidades cognitivas, un motivo para dudar de toda autobiografía, autoficción y derivados. Una razón para instarnos a nosotros, sus lectores, a “dudar de este texto, también, al menos cuando yo, narradora y fan, soy la protagonista”. (p.52) Esta subjetividad a la que apela el libro es la razón por la cual surge este texto fragmentado en el que intento responder: ¿Qué es lo que quiero decir sobre este libro?

¿Qué es lo que realmente quiero decir sobre este libro?

Durante su escritura me di cuenta de que necesitaba hablar del amor que es capaz de generar una banda. Un sentimiento que, gracias al libro de Mariana, pude recordar lo que una banda provocó en mí. El sentimiento inevitable, universal y reconocible de haber sido elegida por la música como solo la verdadera música puede hacerlo. Sobre cómo solo un concierto de dos horas y media basta para decidir amar a alguien toda una vida  y cómo uno puede pasarse el resto de años esperando sentirse así de nuevo.

Y aunque uno puede pensar que el libro se centra en el fanatismo como fenómeno, o la música; los reflectores, más que apuntar a Suede, iluminan a Mariana, una rockstar en sí misma. Porque aunque Mariana Enriquez es ampliamente reconocida por renovar el cuento gótico en nuestra lengua (y con justicia: nadie como ella para capturar el terror que deja la violencia o el deseo), este libro es, sin duda, mi favorito suyo. No por ir en contra de sus obras más celebradas, sino porque aquí, al hablar de Suede, se revela en su faceta más íntima: la de la fan. La adolescente hechizada que espera a su banda en la puerta del hotel, la mujer que escucha una canción y vuelve a tener diecisiete años. Esa que también aparece —aunque disfrazada de mitología y rock estelar— en su novela Esto es el mar.

2

 “No creo que cualquiera tenga la predisposición para ser fan. Sí admirador, incluso coleccionista. Pero el fan tiene algo roto y melancólico, es alguien en busca de la trascendencia o eternidad o esa otra vida que debería estar en esta, esa otra vida que tiene más colores, que se parece más a lo soñado”. (p. 179)

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–“¿Un minuto entero de felicidad! ¿Acaso es poco para una vida humana?”– piensa el protagonista de Noches Blancas1, tras cuatro noches de febril infatuación por una joven que termina dejándolo para volver con su ex pareja. Sesenta segundos. ¿Y si fuera la mitad? No sé si Dostoievski experimentó alguna vez la emoción de un recital en vivo. Apuesto a que no. Quién sabe. Lo que sí puedo asegurar es que jamás vio uno retrasmitido por televisión por cable, que fue lo que me sucedió. No fueron cuatro noches, sino apenas treinta segundos de una grabación de video de un recital masivo –mostrados como clips de archivo dentro de un documental sobre la historia del rock británico– los que me bastaron para jurarle lealtad y amor eterno a una banda. Recuerdo el momento exacto: fue durante la víspera de una celebración de año nuevo en la que, para evitar los ruidos molestos de los fuegos artificiales, le subí tanto el volumen al televisor que no escuchaba más que unas guitarras con distorsión y un coro lleno de efectos acuáticos que se desvanecía entre tambores distantes.

Todos los adolescentes son algo rusos en la medida que son románticos, desbordados por sus emociones. De todas las promesas de amor y parasiempres que pronuncié a esa edad, la única que quedó sin romper fue esa. El juramento a los chicos del televisor. Ni toda la catequesis que recibía en el colegio hubiera evitado que, si ellos me lo pidieran, les venda mi alma. Y, como toda obsesión adolescente, esta escaló de forma exponencial. Al mes sabía los nombres completos de todos los miembros, junto a los signos zodiacales y el número de hijos con sus respectivos nombres y fechas de cumpleaños. Pocas semanas después ya tenía memorizadas las letras de todas sus  canciones, incluyendo lados B,  demos y versiones en vivo de los conciertos. Todo esto entraba en una categoría de saber voraz que satisfacía solamente con rigor archivístico y, por supuesto, un nivel elocuente de delirio. Al poco tiempo de esta conversión, presencié el lanzamiento de su nuevo disco. Viví, por primera vez, la emoción de escuchar temas nuevos al mismo tiempo que todo el mundo. Al finalizar el año, anunciaban una gira mundial. Una que incluiría, por primera vez en su historia, una fecha en mi país. Viví esos días como el equivalente tropical de las noches blancas: mañanas amables de sol eterno en el que hasta el día más triste se componía con el simple acto de sacar mi reproductor mp3 del bolsillo cuando caminaba hacia el colegio.

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Con quince años y una urgencia que entonces confundía con valentía, decidí convertirme brevemente en delincuente escolar: vandalizaría la puerta del baño de chicas escribiendo el nombre de mi banda favorita. Me parecía un acto necesario y heroico, aunque estaba consciente de que solo yo lo percibía así. Durante todo el recreo rondé nerviosa cerca del baño, incapaz de atreverme, convencida de que cualquiera descubriría enseguida mis intenciones. Finalmente, pedí permiso en horas de clase, entré al baño y, con el pulso acelerado por el miedo, escribí la palabra.

Al día siguiente, una compañera se me acercó con mirada acusadora:

—¿Por qué escribiste «Oasis» en la puerta del baño?

Intenté negarlo a pesar de saberme atrapada.

—¿Cómo sabes que fui yo?

—Porque eres la única en todo el colegio que escucha esa banda —me dijo con calma, y luego, con una sonrisa apenas burlona, añadió—: Además, nadie más que tú sería tan miedosa como para escribirlo en lápiz.

Aquella puerta del baño seguramente fue repintada, borrando así mi pequeña declaración de amor. Pero a mí me quedó la sensación de que la fragilidad de mi transgresión era exactamente lo que la hacía tan verdadera.

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Muchas personas que presencian momentos de extrema felicidad sufren estragos al intentar evocarlos de forma directa, por lo cual se valen de símbolos y otros sentidos para aproximárseles. No puedo decir que recuerdo mucho del momento en el que los vi en vivo por primera vez, a mis quince años, tras viajar de Trujillo a Lima. Del momento en sí, recuerdo estar en la zona de campo, elevada en hombros por uno de mis hermanastros, a quienes mandaron como chaperones a cuidarme pues aún estaba chica para ir sola a un estadio. Tengo imágenes de un escenario colosal (el más grande que había visto a la fecha) y cuatro pantallas que se elevaban mostrando los rostros de mis ídolos. Ellos en directo, frente a mí, a unos cincuenta metros de distancia. No puedo agregar más nitidez a los detalles porque mi visión se vio entumecida por un llanto incontenible que duró tanto como el concierto. Hacia el final, el escenario era una mancha luminosa con el sonido de la misma canción que me había convertido a su fe. Fui consciente de que acababa de presenciar uno de los momentos más felices y emocionantes de mi vida, lo que a su vez produjo la leve sospecha de que el futuro apenas guardaba un puñado más de aquellos instantes para mí, y me invadió una suerte de melancolía. No sé si era algo lastimero o un pensamiento alegre, solo sé que no me equivocaba al pensar así. Dice Mariana sobre la resaca post-show: “A esta edad, se pasa en unas cuarenta y ocho horas. Pero hay que dejarlas ocurrir porque el sentimiento es poderoso, verdadero y excluyente de cualquier otro. Y se llora mucho” (p. 105)

Se lloró mucho, pero nada en comparación con lo que vendría durante los próximos meses.

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Hay una película protagonizada por Lindsay Lohan en la que esta interpreta a una adolescente que sueña con ser actriz. Cuando se muda de Nueva York a Nueva Jersey, se ve obligada a iniciar de cero su nueva vida en los suburbios. En medio de los cambios, se entera por la radio que su banda de rock favorita se ha separado. La escena captura muy bien lo que es el fanatismo musical en la adolescencia. La protagonista se quiebra y, al sentir que es el fin del mundo, grita y asusta a su confundida madre. Al día siguiente, en la escuela, celebra un funeral simbólico para la banda. Vestida toda de negro, enciende velas acompañada por los nuevos amigos que hizo, que empatizan con su dolor. Es necesario representar las despedidas.

No recuerdo precisamente qué hacía cuando me enteré que Oasis se separaba. Es probable que, al igual que el personaje de Lindsay Lohan, haya estado escuchando en línea la radio NME mientras hacía las tareas del colegio. De pronto, sobrevino la sensación de haber sido pegada muy fuerte en la cabeza con un objeto contundente, el escalofrío y el ruido de un grito desolador, muy ajeno. ¿Cómo enfrentar la impotencia que genera una situación así? Sentir que algo tan personal de pronto se viene abajo sin poder hacer nada al respecto. Recuerdo haber revisado mis alternativas con delirio e inocencia. De alguna forma, tenía la cándida certeza de que si tan solo pudieran escucharme, oír cómo habían impactado en mi vida, saber las formas en la que su música había encontrado su camino hacia las profundidades de mi alma, se darían cuenta del error que estaban cometiendo, reconsiderarían el enojo que sentían por el otro y lo pensarían. “Nos odiamos, pero juntos hemos hecho música que ha calado en el alma de una adolescente peruana, así que podemos resolver nuestras diferencias”– pensarían los Gallagher. Años después, me lo agradecerían en una canción, posiblemente una balada lenta con guitarra acústica. Pero mi alcance era limitado: un avión a Londres no era una opción para una escolar. Podría haberles escrito, pero no conocía su dirección postal. Así que seguí la opción más accesible: me creé una cuenta en Twitter y me dediqué día y noche a escribir mensajes en los perfiles de ambos hermanos y a la página oficial de la banda. Pasé por todas las etapas del duelo y sin embargo, semanas después, su ruptura, oficial e inamovible, seguía en pie. Con el tiempo llegué a aceptarlo a medias. Cada vez que lo recordaba estallaba en llanto. Las mujeres de mi familia me recordaban que así se llora por las personas que nos dejan, no por una banda que no sabe ni nuestro nombre, así que comencé a llorar solo por las noches.

Acabé el colegio y crecí. Al menos una parte de mí lo hizo. Cuando hablaba con fans mayores me decían que los hermanos todo el tiempo peleaban así, que en un par de años anunciarían una nueva gira. Transcurrieron dieciséis años.  Con el tiempo, me quedó la sensación de que una versión de la chica que fui se quedó congelada en esa tarde de agosto, con la noticia aún retumbando sobre ella. “Un mes después, Neil anunciaba que dejaba Suede. Yo lloré mucho a pesar de que ya era grande”. (p. 130) relata Mariana. Existe un anacronismo que generan ese tipo de tristezas, una sensación de abandono que quizás remiten a la etapa de ansiedad de separación en la primera infancia. De pronto la banda cuya música te cobija se disuelve. ¿Qué hace una con eso?

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Con poco más de treinta años puedo afirmar, sin duda alguna, que uno nunca es más fan de algo que a los quince. Es la edad en la que la norma social aún es un estándar lejano, por lo que una no repara en su comportamiento. No le pone límite a sus pasiones ni le avergüenza jugarse el corazón entero en una obsesión por una banda o cantante. Así han sido las adolescentes, las mujeres. Mariana suscribe: “Daba igual que fuesen los Backstreet Boys, eso era apenas un tropezón de época. Alguna vez fue Elvis. O Liszt. O Lord Byron. O Los Beatles (…) Entendí que las chicas necesitaban esa marea y que venían haciéndolo desde que juntas seguían por las colinas a Dionisio” (p.21) Es algo antropológico, quizás genético. Algo que se lleva en las entrañas y de pronto nace. Más que un instinto: un trastorno. La humanidad trastocada por los estragos del arte y su impacto en el alma. No es leve, no es bello: es feroz e irreversible.

Crédito: Oliver Duch

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Escribo esto y noto rubor en mis mejillas. Da pudor mostrarse así. No es tarea fácil escribir a corazón abierto sobre un apasionamiento. Annie Ernaux hace lo propio cuando narra su historia con un amante. En “Pura pasión” la autora francesa menciona que la escritura establece la distancia entre lo amado y el secreto. Plasmarlo en palabras domestica el enjambre de sentimientos que una puede sentir en la privacidad de su fuero interno, ocultando el decoro de la vista del público. Escribir sobre cualquier pasión implica asomarse a la tentación del abismo. Vivirla y salir indemne es, por tanto, un lujo. ¿Qué hay de una pasión por una banda? El subtítulo de este libro es explícito: “Mi historia de amor”. Mariana rompe este tabú y al hablar de su experiencia como fan de Suede, habla, inevitablemente, del amor. Y cuando uno habla de amor, apenas está hablando del objeto amado o de uno mismo, sino de las fibrillas de una pasión inherente a la condición humana. De ese amor platónico que le ha dado fuego y sentido a la humanidad. De la devoción que supone dar un amor incondicional a personas de quienes no esperas prácticamente nada, salvo un saludo, un autógrafo apurado, un puñado de canciones. Recibir –en apariencia– migajas y, a cambio, otorgar el alma, una vida de servicio. Convertirse en el soldado más leal. Ernaux, en su historia, cobra protagonismo y le concede la reserva de la identidad a su ser amado mencionándolo simplemente como “A”. El anonimato del fan es saberse uno más del montón, un rostro en la multitud en el campo de un estadio. “…la masividad significa la invisibilidad de la fan” (p.50) sentencia Mariana. Aunque, con un poco de suerte y esfuerzo, la capa de anonimato se puede transparentar, al menos un poco. Nadie puede negar que, con este libro, Enríquez se ha colocado en una categoría “superior” de fan. Después de todo, Suede puede tener miles de fanáticos alrededor del mundo, pero, ¿cuántos de ellos le han escrito un libro? El número se reduce a menos de una decena. Mariana habita ese meritorio 1%.

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Un escritor chileno le confió a un amigo mío que le había gustado mucho el libro de Enríquez. Sugirió, medio en broma, que se podría leer como un libro interactivo, de esos en donde le puedes poner tu nombre al personaje. En este caso, cambiar el nombre de la banda por otra, o dejar un espacio en blanco a llenar por el lector. Choose your own adventure. Me parece tan innecesario como cambiarle el apellido a Mr. Darcy por Sr. Díaz. El amor por una banda es amor a secas. El libro funciona porque su tono nace de una emoción real, y los humanos respondemos a lo auténtico. Es Suede como podría ser Oasis como podría ser cualquier otra banda o cantante que haya despertado un sentimiento en alguien. Cada uno de nosotros viene con un filtro humano que reconoce la autenticidad. Algunos le llaman intuición y esto también ocurre con la música, con aquello que nos revela que, pese a nuestros mejores intentos, hay algo dentro de nosotros que está más allá del alcance de las palabras. Y está bien.  Está muy bien.

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La banda favorita de mi mejor amiga es un grupo de rock uruguayo con cierto reconocimiento internacional que vino a tocar a Perú hace un par de años. La noticia la llenó de alegría y fue a Lima a verlos. Por 250 soles (70 dólares aproximadamente) pudo verlos en primera fila en una tocada íntima en un bar de Barranco con un pequeño escenario. Además, la entrada vino con un póster autografiado y el acceso a un meet & greet donde pudo saludar a cada miembro y regalarle al vocalista un libro de poesía de Blanca Varela. Me contó su experiencia en el concierto con una emoción que me supo familiar. Ese momento había sido un punto álgido de su año, una experiencia surreal. Pese al cariño y la alegría compartida, de pronto me vino el sentimiento de alguien que revive un duelo de forma inesperada, la quemazón de una herida que en teoría ya había cerrado. “Por qué no pude ser fan de una banda así” –refunfuñaba. Una agrupación local, regional, cercana; una que siga unida, para variar, maldición. La revelación fue inmediata: la voluntad tiene poco que ver en ello. Tenemos tan poco poder de determinación sobre la música que elegimos amar como de quién nos enamoramos. Es más, me atrevería a decir que sobre esto último incluso tenemos un poco más de control.

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Escribo esto en los últimos días de julio del 2025. Han pasado dieciséis años desde ese 30 de abril en el que vi a mi banda favorita en vivo por primera vez, y también desde que experimentaba el duelo al escuchar de su rompimiento. Dos años desde la primera vez que leí el libro de Mariana (lo he releído un par de veces desde entonces, es un libro que, en su locura, es buena compañía). También, han pasado once meses desde que Oasis anunció su reunión y diecinueve días desde que dieron su primer concierto en vivo tras su separación. Son muchas fechas. Quiero pensar que no soy la misma, pero no puedo evitar notar que hay algo de mí que quedó en un momento, cristalizado en el tiempo, que ha despertado desde lo que se siente como una glaciación. El mundo como tal, sigue siendo un lugar cruel con su cuota de horrores, quizás es un lugar peor de lo que era en el 2009. Quiero pensar que soy más consciente de esto de lo que lo era a los quince años. Sin embargo, hay algo diferente en vivir con el conocimiento que mi banda favorita está reunida y de gira. En que quizás, si todo va bien, los pueda ver nuevamente. Es la sensación de despertar todos los días con una dicha indecible, con una sonrisa en el interior. Ser fan también es esto: tener algo que no te pueden arrebatar con facilidad.

Referencias:

1 Dostoievski, F. (2015). Cuentos (B. Martinova, Ed. y Trad.). Penguin Clásicos.

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Datos del libro:

Mariana Enríquez

Porque demasiado no es suficiente

Montacerdos, 2023. 212 pp

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Entrevista: Ezio Neyra

“En el Estado, aquello que no está escrito no existe”

Por Sebastian Uribe

Ezio Neyra (Lima, 1980) es autor de los libros Habrá que hacer algo mientras tanto (2007), Todas mis muertes (2006), Tsunami (2012) y Pasajero en La Habana (2017). Ha sido profesor de Literatura y Escritura Creativa en Cuba, Estados Unidos, México, Perú y Uruguay, además de jefe institucional de la Biblioteca Nacional del Perú y director de la Dirección del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura peruano. Este año volvió al campo de la ficción, tras casi una década, con la novela El informe. Pequeña novela burocrática (2025), publicada por la editorial peruana Pesopluma. Aprovechamos su presencia en la Feria Ricardo Palma, en Lima, para conversar con él sobre este último libro.

  • Tu más reciente novela narra los avatares de Felipe Document en el laberinto burocrático del Estado peruano tras su retorno al país como un profesional de éxito. ¿Esta historia surgió durante tu etapa como funcionario público o posterior a ella? ¿Hubo algún hecho en concreto que motivó la escritura?

Surge cuando dejé de trabajar en el Estado peruano por primera vez, en julio de 2018. Cuando entonces me mudé a Chile por trabajo, estaba en medio de un proyecto de escritura en el que me sentía trabado. Entonces me surgió la idea de empezar a tomar notas sobre recuerdos de esos años vividos en el Ministerio de Cultura. No tenía aun mucha claridad al respecto, más que el deseo de dejar constancia, a través de la ficción, de esa zona de experiencia particular que fue trabajar en el sector público.

  • A diferencia de libros anteriores, aquí predomina la tercera persona. ¿Qué te permitió explorar esa perspectiva y qué riesgos asumiste al elegirla?

La intención era poder acceder de mejor manera, a través de la tercera persona, al mundo interno del protagonista. De alguna forma, pensé que la tercera persona permitía una mayor instrumentalización del personaje. Pero, a la vez, la intención fue quitarle el peso completo de la narración al protagonista, pues podía resultar agotador. De ahí el cambio a la tercera persona, pero también el interés de sumar otros puntos de vista: el grupo de WhatsApp, las noticias periodísticas, los reportes de vigilancia, o los sueños del protagonista.

  • Unos de los rasgos de la despersonalización progresiva de los empleados es la importancia que se le da la documentación oficial, desde resoluciones ministeriales hasta memorandos y correos electrónicos. ¿Lees ese énfasis como síntoma de una desconfianza creciente en el aparato estatal?

De alguna manera, sí. En el Estado, aquello que no está escrito no existe. Aquello que no aparece en un informe o en un memorando carece de existencia. Muchas veces también hay funcionarios que, aprovechándose de esta situación, evitan encontrar soluciones a los problemas que puedan surgir. A propósito de la desconfianza, una anécdota. Hace poco me tocó legalizar ante una notaría un documento que solicité a mi AFP. Mi sorpresa fue grande cuando después de legalizado el documento me informaron que debía legalizar la legalización de la notaría en el Colegio de Notarios de Lima. Me pregunto qué sigue. ¿La legalización de la legalización de la legalización y así ad nauseam?

  • En un punto, el informe asignado a Felipe deja de ser un medio y se vuelve un fin en sí mismo, desplazando su vida fuera del trabajo. ¿El trabajo se está posicionando como el centro de nuestras vidas? ¿Qué efectos perniciosos observas en esa deriva?

Sin ninguna duda. Es como si lo que nos definiera es el trabajo. A propósito, me gusta mucho esa idea del filósofo surcoreano Byung-Chul Han de que hoy en día ya no existe el otro como explotador que me fuerza a trabajar, un poco como era durante la revolución industrial, sino que somos nosotros mismos quienes nos explotamos voluntariamente, creyendo, errónamente, que de esa manera nos estamos realizando. Suena como si nos estuviéramos autoalienando, ¿no? Quizá, como él mismo sugiere, en lugar de trabajar tanto, nos haga falta más fiesta y más siesta.

  • La desfachatez de Roberto y su habilidad para surfear entre los vaivenes políticos contrastan con la formalidad y los ideales de Felipe ¿Esa flexibilidad es la única estrategia de supervivencia en un sector público donde la crisis es la normalidad? ¿Cómo afecta al compromiso con la finalidad de cada cargo?

Me da la impresión de que hay varias maneras de lidiar con la crisis. Por un lado, está la actitud de Roberto, que sería la del funcionario todoterreno, cuyo valor radica en su conocimiento profundo del estado, y lo mismo le da trabajar en Educación que en Energía o Ambiente. Por otro lado, está también un personaje como el de Esperanza, cuyas lealtades son tan cambiantes como el clima, y que se va acomodando de acuerdo a la dirección en la que van las distintas corrientes.

  • Los grados académicos en el extranjero de Felipe despiertan recelos y rechazos incluso cuando él no hace alarde de ello ¿obedece a una desconexión entre el aparato estatal y la academia o como un rechazo a lo foráneo en sí? ¿Cómo ves la brecha entre lo teórico y lo práctico en las políticas públicas en Perú?

Creo que en la novela hay una reacción ante lo foráneo. Un poco con la lógica de “¿Y este gringo que nos va a venir a enseñar?”. Como una reacción a un posible escueleo por parte de alguien que consideran más estadounidense que peruano. En cuanto a las brechas entre la teoría y la práctica en las políticas públicas, es un tema que veo como un desafío significativo causado por factores como la inadecuación de las teorías para contextos reales, la dificultad para traducir diagnósticos en acciones efectivas y la influencia de intereses políticos y económicos externos. Otro gran problema es la falta de información de calidad, o, simplemente, la falta de información en general.

  • La mancha gigante y cada vez más extendida en el techo de la oficina de Felipe causa asombro, no tanto por el peligro que representa sino por la indiferencia y la naturalización de la precariedad ¿Consideras que la insensibilización es una forma de evadir la realidad peruana?

Pienso que más bien la mancha está ahí como evidencia de la dejadez y descuido del Estado peruano. Por más que mandaron varios informes alertando de la situación, nunca nadie solucionó el asunto de la filtración en el techo, a pesar del creciente riesgo de que el techo se abriera y llenara de mierda la oficina. De alguna forma es como si en la novela el estado les confirmara una y otra vez que las personas no le importan en lo más mínimo.

  • ¿Qué otras ficciones acompañaron tu proceso de escritura y podrías compartir con los lectores de El Hablador?

No fueron propiamente novelas burocráticas. Más bien, fueron libros de diversos géneros. Van unos cuantos: Autor inmaterial, de Matías Celedón; Ricardo Piglia a la intemperie, de Mauro Libertella; Imposible decir adiós, de Han Kang; El atuendo de los libros, de Jhumpa Lahiri; Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar; Extranjero en todas partes, de Mercedes Halfon.

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Datos del libro referenciado:

Ezio Neyra

El informe. Pequeña novela burocrática

 Pesopluma, 2025. 210 pp.

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Reseña: El volumen del tiempo (2024) de Solvej Balle

Cronología de un día eterno

Por Alessandro Campos

Tara Selter escribe un diario: le urge registrar y desahogar un laberíntico 18 de noviembre que revive constantemente. En El volumen del tiempo de Solvej Balle, se entrelazan los comentarios de una librera de antigüedades sobre su inusual circunstancia temporal con un intento de explicación que incluye variadas reflexiones sobre el tiempo y su vínculo con los sentidos humanos.

La historia enumera la cantidad de veces que Tara Selter lleva viviendo el mismo día. El diario que escribe la narradora es la respuesta automática, catártica y voluntaria de estar atrapada en este bucle temporal, lo cual justifica la escritura con gran verosimilitud. En dicho registro, leemos cómo Tara Selter va descubriendo, con la recolección de acontecimientos y hechos, el funcionamiento del tiempo y las reglas que rigen en esta nueva realidad.

Llevamos en nosotros lo impensable todo el tiempo. Ya ha sucedido: somos inverosímiles, procedemos de una nube de increíbles coincidencias.” (p.41)

La cotidianidad, la sucesión de días, la rutina y la repetición llevan a que olvidemos que muchas de estas situaciones son realmente extraordinarias. Esta novela ofrece una crítica a la cultura que glorifica lo novedoso, lo cual, si bien nos sorprende con facilidad, omite el hecho de que hay milagros en lo cotidiano y muchos eventos que serán irrepetibles, rigurosa y objetivamente excepcionales.

El universo de la protagonista se desarrolla, espacialmente hablando, en dos lugares: un hotel en París y su casa. Cada pensamiento y acción de Tara se realiza con una consideración absoluta hacia su esposo Thomas. La intención de la autora es la de ofrecer paradojas continuamente. Una de estas habla del amor como bendición y maldición. No hay día en que Tara no se apoye en Thomas, quien nunca duda de lo que su esposa le cuenta; es más, toma la iniciativa para investigar el hecho y poder ayudarla a salir de este desfase temporal. Juntos mantienen reuniones en donde Tara “pone al tanto” a Thomas.  Ambos se esfuerzan mucho en encontrar la causa. Agotan y comparten explicaciones, que van desde lapsus de memoria, alucinaciones, la opción plausible de una imaginación divina o el control onírico absoluto. Durante estas citas con Thomas las emociones de Tara oscilan entre tristeza y esperanza, escenas realmente conmovedoras.

Lo más interesante de la novela son las digresiones aleatorias respecto a la noción de tiempo que se narran en vivo.

Lo que en principio empieza siendo una comunicación significativa y coherente se trastoca convirtiéndose en un intercambio de secuencias difusas que no forman oraciones ni transmiten información alguna: palabras sueltas y sonidos que, si bien en teoría deberían mantener viva la conexión entre nosotros, sin embargo, no hacen sino poner aún más de manifiesto lo lejos que nos encontramos en ese momento.” (p.18)

La relación de Tara y Thomas, su vínculo y sus riesgos, bien podría ser de apego, el cual William Egginton define como: “…una relación prolongada en el tiempo. Y una relación con algo que se prolonga en el tiempo conlleva inevitablemente a la posibilidad de perderlo”[1]. Lo constante de ese vaivén entre la presencia o ausencia de un apego, como el amor o la curiosidad, es lo que nos empuja y define.

Pero yo no puedo cultivar la tierra. Dispongo de un solo día lluvioso. No voy a recoger ni sembrar nada. Nada va a germinar ni crecer. Me he quedado sin estaciones. Los días no fructifican. Simplemente pasan, y yo los acompaño mientras engullo mi mundo y presto atención al fantasma de la casa.” (p.127)

Kant señala, en su Crítica de la razón pura, que la consciencia es la unidad de un torrente de sensaciones de identidad a lo largo del tiempo. Para percibir y articular nuestras percepciones algo debe conectar ahora mismo, luego después y así sucesivamente construyendo la realidad. Ese “algo” de Tara Selter es su esposo Thomas.

Otro rasgo muy interesante de la novela es cómo explora las maneras que tiene la mente para adecuarse a la prisión del tiempo. Tara Selter tiene como prioridad identificar esa grieta que le permita llegar al día siguiente. Por ello, no escatima energías en analizar cada instante que su cerebro pueda procesar. En consecuencia, su mente descarta recuerdos de días previos y los coloca en un cuarto plano, haciendo que su memoria se centre en el 18 de noviembre. Dicho de otra forma, la vida entera de Tara Selter ahora solo lo abarca este día bucle y, si bien duda y teme de esta modalidad, entiende que necesita olvidar para recordar mejor. Aun así, no es ajena a los efectos de la reiteración excesiva, como la frustración frente al fracaso. Para confrontar lo mencionado, la protagonista descarta información no esencial que desemboca en datos válidos para teorizar una explicación medianamente razonable. De esta manera, ella podrá volver a toparse con este descubrimiento como si fuese nuevo permitiéndose una reinterpretación, si bien no nueva, al menos, fresca.

He escrito que está esperando y que es a mí a quien espera. He escrito que el tiempo se ha roto. Empiezo a hacerme a la idea. He escrito que empiezo a hacerme a la idea y que en cierto modo las frases son sanadoras. A lo mejor.” (p.31)

Uno de los grandes aciertos en la prosa de Balle –que es prudente con los vaivenes de memoria, los cuales le suman a la verosimilitud al relato– es que, en la historia, de manera calculada, muchos eventos se repiten, así como las descripciones, oraciones, pequeñas frases e invocación de términos, demostrando así que Tara Selter también está entrampada en su propio uso del lenguaje. Pese a esto, ella escribe porque es su salvavidas; sabe que el papel tiene la propiedad de preservar recuerdos, entiende que la pérdida de cordura es la forma de resistencia de su lucidez, y cuyo mecanismo de expresión son las palabras de su fuero más íntimo.

A lo largo de la novela, la veremos, poco a poco, sentirse más segura. Cuando Tara Selter tiene plena noción de lo que acontecerá, puede alcanzar la calma con la naturalidad de respirar, ya que está convencida de que nada la puede dañar, al menos físicamente. Esta certeza desemboca en un pánico, pues la rutina y el aburrimiento van de la mano. Es en estos instantes cuando Solvej Balle juega con las contingencias de la mente a expensas de proteger a su protagonista como guardar sensaciones en lo más recóndito de su consciencia. Sus sentidos se agudizan, unos se apagan para potenciar otros, y así sucesivamente, como entrenándose. De esta forma, puede garantizar identificar las características que validan a esa realidad como la verídica.

Al conocer la historia de Tara Selter, pensé en Shereshevski, el prodigioso memorista ruso, quien al llevar al máximo su don, llegó a un límite de cuánto podía recordar. Entonces, aprendió a olvidar, lo cual trajo inconvenientes como cruces sensoriales tan fuertes que su percepción del presente se distorsionaba trayendo consecuencias insalvables para su comunicación; también, en «Funes el memorioso», personaje de Borges, quien posee la memoria infinita y perfecta. En el caso de Tara Selter, tal vez, su cerebro sólo sea capaz de reproducir ese día. Es decir, recordar un día a la perfección le toma el mismo tiempo. Así como uno no puede decidir si sale o no el sol, ella no puede declinar no vivir otra vez ese día desde cero, al punto que su memoria se ha vuelto el 18 de noviembre, recolectando todos los patrones e irregularidades. Dejo el resto de las hipótesis a los personajes.

Kant consideraba que los seres humanos, al igual que el resto de la naturaleza, estamos regidos por los mismos mecanismos causales de las leyes de la física. De igual manera, un mínimo de abstracción de la inmersión en el mundo natural dota de libertad a los individuos para decidir sobre líneas de acción y juzgar o recapacitar sus decisiones. Lo anteriormente señalado es uno de los ejes principales de la obra de Borges: la colisión de irresolubles paradojas frente a la razón y la emoción. Esta es una característica muy presente en El volumen del tiempo. La autora nos recuerda con este libro que la observación nos brinda libertad, que la praxis humana puede variar de un instante a otro, que la imaginación no tiene restricción alguna y siempre somos partícipes activos del universo que vamos descubriendo.

Solvej Balle mantiene en vilo la expectativa de escape y lo combina con estrategias narrativas que avivan la esperanza en el lector. Logra llevarnos de la serenidad de predecir el ángulo de los primeros rayos del sol, al pavor que genera pensar en las probabilidades de las coincidencias, desde la concepción de la vida a escala universal hasta su prisión de tiempo personal. El terrible cansancio causado por el esfuerzo de acumular observaciones lógicas de causa y efecto. Y, finalmente, consigue que el lector siga en primera fila con la vista puesta sobre Tara Selter, quien está condenada a no rendirse. Ella sigue su propio consejo: dejarse mecer por lo que proponga el tiempo, cuyo recorrido ilimitado abruma la frágil duración de toda forma vida. Las consecuencias pueden ser la desintegración total de su cordura o, por el contrario, volverla indestructible.

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Datos del libro reseñado:

Solvej Balle

El volumen del tiempo

Anagrama, 2024. 184 pp.

Traducción de Victoria Alonso


[1] De “El rigor de los ángeles” de William Egginton