De la bestia emocional al bestiario de las emociones
Por Wilmer Basilio Ventura
Hasta el día de hoy los libros para niños no han tenido un espacio en el ámbito de las reseñas críticas. Esto se debe a su naturaleza heterogénea, ya que combinan imagen y palabra, función lúdica y educativa, dimensión narrativa y simbólica, y no se inscriben dentro de lo que conocemos canónicamente como “literatura”. Debe añadirse además la problemática definición de “literatura infantil” cuyos límites nunca han estado claros y cuyo corpus ha sufrido incorporaciones arbitrarias así como exclusiones injustas.
Por ello, es necesario un espacio para la difusión de este tipo de libros tan importantes y que presentan en la actualidad un corpus renovado al tradicionalmente conocido. Sin más armas que el criterio propio, mi intención es recomendar aquellos textos que han cautivado a mi niño interior y que hubieran cautivado al niño que fui y que ahora cohabita con el adulto que soy. No pretendo una exégesis exhaustiva ni establecer lineamientos puntillosos acerca de estos libros; sí, por el contrario, animar su exploración y provocar la curiosidad del niño que todos llevamos dentro. Y como primera pieza de esta nueva galería, el texto que he escogido para esta reseña es Bestiario de las emociones, de la grafista suiza Adrienne Barman.
Este bello libro es un alfabeto visual de las emociones humanas expresadas en rostros de animales. Aquí el “lector” podrá gozarse e ilustrarse sobre el complejo mundo afectivo humano a través de un panda triste, un hipopótamo contento, un cerdito desanimado, un tiburón perdido, un cocodrilo ansioso, un loro atolondrado, entre otros. La singular maestría de Adrienne Barman plasma de manera notable las emociones humanas en los gestos de los animales y las cifra también en la postura corporal de cada uno de ellos. Sin duda es una dibujante excepcional y una observadora como pocas. Su agudeza psicológica y lúdica se desarrolla plenamente en las composiciones de su bestiario.
Bestiario de las emociones configura ya de por sí un simbolismo elemental de la naturaleza humana. Son las emociones las que nos acercan más a nuestro lado animal ꟷcomún y estrechamente llamado “irracionalidad”ꟷ. Las emociones pueden convertirnos en auténticas fieras si no sabemos conciliar con ellas. Conocer las emociones y los sentimientos, distinguirlos y observar sus efectos resulta importante para el desarrollo del niño. Y es importante tomar consciencia de que el mundo afectivo y emocional constituye también un alfabeto que debemos aprender a leer.
Personalmente puedo decir que muchas veces no me he tomado la tarea de distinguir entre ciertos estados de ánimo como ꟷpor ejemploꟷ reconocer la diferencia entre estar sereno, relajado o despreocupado. Dichos así, estos términos aparecen como sinónimos, es decir, como palabras de significado parecido que designan una misma realidad. Nada más lejos de la verdad. La serenidad es una estrategia emocional ante circunstancias adversas, mientras la despreocupación es un estado de confianza y seguridad plenas a causa de un entorno amable. Y es muy sintomático que la autora haya elegido a un león para expresar la serenidad y a un venado para la despreocupación. Ambas elecciones constituyen simbolismos poderosos que nos señalan la verdadera naturaleza de cada emoción. Pensando en esto no puedo dejar de recordar las dificultades que he pasado como profesor de habilidad verbal al querer explicar el mundo afectivo humano con las pobres definiciones de los diccionarios.
Sería una gran oportunidad para los niños de este país que una obra como Bestiario de las emociones habite los estantes de las bibliotecas escolares, y que maestros y tutores puedan hacer uso de él. Su coste individual es sin duda inalcanzable como inversión para familias de escasos recursos, pero el Estado tiene la posibilidad de invertir en libros tan importantes como este. Vivimos en un país donde la violencia está normalizada y combatirla con una adecuada educación emocional en las aulas es todavía una tarea pendiente.
Adrienne Barman – Foto: Libros del Zorro Rojo
Lamentablemente, la exploración de nuestro fuero interior, el mundo afectivo y emocional, no tiene ninguna relevancia en nuestros colegios y universidades. Sumado a esto, vivimos en una sociedad de hombres y mujeres progres que viven adictos al trabajo para mantener un estilo de vida consumista y materialista, con hijos abandonados a tutores tecnológicos como el internet, los videojuegos o el cable. En estas circunstancias, la educación emocional es una de las aristas para recomponernos como seres humanos y sociedad. Y libros como Bestiario de las emociones se erige como una herramienta significativa para lograr este objetivo.
Variaciones Victoria o el triunfo de la vida (post mortem)
Por José Bardales
Lejos de todas partes, pero en busca del pozo / de todos los lugares, cada publicación de la singular obra del poeta Carlos López Degregori se ha convertido en un suceso que sus lectores esperamos con umbría complacencia, más o menos, cada cuatro o cinco años. Y si umbrío es el gozo de su lectura -usando un adjetivo tan afín al universo del poeta- no es solo porque la poesía en general, por decirlo de alguna manera, suela crecer donde no da el sol, ajena a los reflectores que otras disciplinas y artes concitan, sino porque la poesía de López Degregori es especialmente tributaria de las sombras, o más precisamente, siguiendo un razonamiento del propio vate, de los crepúsculos, ese efímero pero invariable no lugar donde a diario el sol se oculta hasta que es de noche.
Y fue precisamente en el crepúsculo de la década del setenta, 1978, para ser precisos, cuando vio la luz el primer libro de Carlos López Degregori, Un buen día, donde empezaron a aparecer esos poemas de personajes sin referentes, en geografías trastocadas e inasibles, parábolas o aforismos bruñidos de incertidumbre y escepticismo, cuya presencia se radicalizó en títulos posteriores como Las conversiones (1983), Una casa en la sombra (1986) o Cielo forzado (1988), y que al decir de Américo Ferrari: “(…) son un juego de espejos empañados, una fantasmagoría donde las figuras, los cuadros y los marcos aparentes aparecen como negados en un tiempo y un espacio de quitaipón. Se adivina algo detrás de algo y eso es todo, o es nada. No es una poesía oscura: la poesía es un cristal nítido, lo oscuro o, mejor, lo misterioso es lo que se percibe tras el cristal”.
Muestra de este misterio, por ejemplo, se entrevé en “Protocolo de autopsia”, décimo poema de Cielo forzado, donde nuestro poeta consigna con la videncia de un ave rara: “Existen palabras que nada quieren decir. / Son necesarias, sin embargo, y basta que aparezcan / para justificar mi poesía. / No debo ser plural ni vender mi alma a un diablo / de espejos. / Me quedo con la duda: una, dos veces, tres veces. / Hay palabras que nada quieren decir: / si sobran te expulsarán de la luz / si faltan /nada barrerás mañana con tu escoba de plomo.”
De esta forma, la poesía de López Degregori también es un territorio para que el poeta reflexione sobre su propio quehacer a través de, como ya dijimos, sentencias no por personales, menos poseedoras de una “verdad” colectiva, sentencias, decíamos, que son acaso epifanías solipsistas (no es un demérito; todo lo contrario), que en última cuenta revelan la autopercepción de la insularidad que el propio vate representa en nuestra tradición. No en vano, el traductor y ensayista Américo Ferrari también ha dicho: “No le veo antecedentes, no se puede captar en estos textos ninguna influencia directa”.
Nada hace pensar que a nuestro vate estimule esta peculiaridad per se, que lo suyo sea ejercer algún tipo de oposición o resistencia simbólica a la retórica del conversacionalismo que, en general, reina con aciertos y tropiezos en nuestro medio poético desde hace ya varias décadas. En realidad, lo que a Carlos López Degregori sacude es la búsqueda interior, la desasosegada consciencia del vacío, el paso implacable del tiempo y las cicatrices que sus engranajes dejan: “(…) entonces nací para el poema / nada que temer / que esperar / una vida confabulando con despojos / mezcles destinos / hállese un centro de aflicción / te maravilles ante una bóveda inútil…” reconoce en “El talento y el poeta” de Una casa en la sombra, a lo que doce años después en “El poeta de mil años” del libro Aquí descansa nadie, agrega, con añil dignidad sombría: “Será difícil abrazarnos / distinguir roncas nuestras voces / vociferando / en una lengua muerta / historias y canciones de mil años, / recorrer entre tantas cicatrices los rostros que tuvimos / y recordar que nos incendiamos / una noche interminable / entre relámpagos / para abrazar un amor / recién nacido / o navegamos los mares del sur / hasta el fin / buscando un tesoro que era solo huesos”.
Lo cierto es que ya son más de 40 años de poesía, repartida en trece libros, integrados en dos ocasiones bajo un único título, Lejos de todas partes, la primera en 1994 y la más reciente en 2018. A esa poco común regularidad editorial se suma este año Variaciones Victoria, un largo poema, mayoritariamente escrito en prosa, compuesto de treinta y dos fragmentos y una coda; trabajo al que se añade una serie de ocho collages compuestos por el propio autor, y que son, o funcionan -entendemos-, como la poesía visual que complementa algunos momentos del poema. A esto hay que agregar, asimismo, un elemento fundamental que se integra desde afuera con la obra: las Variaciones compuestas por Bach en el siglo xviii para que las interpretase su discípulo Johann Gottlieb Goldberg, composición musical que, de alguna forma, habría inspirado al poeta a “sacar” ese músico oculto y posiblemente “ágrafo” (en materia de composición musical) que él mismo es, para elaborar la “partitura” que es también a su manera el poema que leeremos.
Variaciones Victoria parte de una anécdota consustancial con el universo del poeta. Victoria es un cráneo que llegó a su hogar hace casi tres décadas, de la mano de un amigo médico, que quiso cumplir con esa ofrenda el deseo de López Degregori de atar con ella algunos hitos de su pasado: “Mi primera vocación fue la medicina y sabía que muchos estudiantes tienen cráneos para sus estudios de Anatomía (…). Además yo albergaba entonces un phatos que ya no poseo…”. Desde el anaquel más alto de su biblioteca, entonces, el cráneo fue convirtiéndose en una suerte de Tótem arrancado del anonimato y la fría cátedra anatómica para convertirse en sujeto: “Será Victoria, me dije. Victoria: tres sílabas como campanadas de advertencia”. Pero si el mundo del poeta limeño se ha caracterizado por el emplazamiento difuso de personajes y atmósferas claroscuras y caóticas, esta vez, el autor deja en claro desde el comienzo que “Victoria no es mi reconocimiento mórbido, ni está aquí para embelesar”. ¿Para qué está? Memento Mori = Recuerda que eres mortal revela López Degregori como quien concede una pista para esa interrogante. Así, en principio, Victoria podría ser ese elemento que ancla al individuo Carlos López Degregori a la consciencia de la finitud de la vida, porque al vate, cuya obra desde el comienzo ha funcionado también como un cuaderno de navegación interior que él ha desplegado para medir su propio tiempo en la tierra (es común encontrar en varios de sus poemarios alusiones a la edad que va cumpliendo en cada época), en esta ocasión le urge un hecho inminente. Está a punto de cumplir setenta años, lo que tiene que ser un inevitable punto de inflexión en la trayectoria de cualquier persona. “A partir de los setenta solo hay quietud, espera, inminencia. No intentarás una vida distinta. Te extraviarás en recuerdos y sueños, en un hermetismo no elegido (…)”.
De modo que, tal como inferimos, si Victoria es ese símbolo que permite al poeta aguzar su propio escepticismo para trizar las pompas del engaño que comportan las vanidades y vacuidades con que el mundo seduce, estas variaciones son la ofrenda que el poeta entrega en prenda a la noble calavera que le procura tal lucidez y perspectiva. Y lo hace desde el principio, como hemos señalado, otorgándole no solo un nombre, sino un minúsculo pero honroso Gólgota desde el lugar que ocupa en su hogar familiar, valga la redundancia.
Carlos López Degregori – Foto: El Comercio
A su vez, la última ofrenda al pie de Victoria es el libro mismo; y hay que resaltarlo. Si en toda su obra López Degregori ha dedicado libros a sus padres, esposa e hijos, estas Variaciones Victoria necesariamente tienen que ser un tributo a quien fuera Ella o Él, la compañera, esa suerte de reloj ontológico que marca los minutos cuando se le mira (“Victoria es horóloga. También es una señora que atisba en el interior de un cañón. Cuando el tiempo la desgasta, sopla humo sobre un lienzo en el que pinté mi retrato.”).
Otra manera de cantar ese homenaje se lee en el quinto fragmento del poema donde parece que López Degregori se recordase a sí mismo la oportunidad que el azar ha traído para su compañera, dejando espacio para un anhelo tácito y fantasma: “Mira ese innumerable río de cabezas calvas que se repiten con leves variaciones hasta llegar a la tuya. Si tienes suerte alguien te salvará del diluvio y buscará un nuevo Gólgota para ti. Yo solo puedo decirte al oído: Dichoso eres porque has contemplado /este misterio. / Ama a tu polvo. / Entona esta música de huesos”, y en el onceavo fragmento agrega: “(…) Que alguien recoja mi cráneo y lo llame Victoria. Ah, pídele también a Keats que me escriba un poema.”
Mas esa música de huesos, que citan los mencionados versos, son precisamente estas variaciones. ¿Pero quién las compone?, ¿quién las ejecuta? Por momentos pareciera que ambas artes fueran experticia exclusiva del poeta, en otros, pareciera que fuera la bóveda craneal de Victoria donde tales procesos se dictan y ejecutan. ¿Acaso es que López Degregori haya “esculpido” el busto de un cráneo bifronte, fusionándose por instantes con Victoria, desde donde ambos sopesan el paso del tiempo y se resisten a morir, observando, sopesando lo que resta del día (de la vida), de pie, a espaldas de la muerte?
En esa misma línea, y en una obra labrada por un poeta que se define crepuscular y apocalíptico, hay instantes en este poema en donde el vate abandona los ejes descentrados de su universo, añadamos, irreligioso, y atisba cierta trascendencia a la que llega aquilatando sin falsas modestias -despliegue inédito en su obra- su arte poética. Así, en el fragmento doce esgrime: “… Soy invaluable, impagable. Soy el sueño más el insomnio. Soy toda la música que compondrás en tu vida. El insomnio es: El sueño es: El intervalo entre ambos es un Yo Victorioso. Yo es Un Canon que se reitera pausado y melancólico en la última variación. Yo se apacigua, al fin se duerme y es de nuevo Yo.”, mientras que el catorce refiere: “Y crecí. Fui desdoblando vidas muy lejos de Tarcisio y de Dominguito de Val. No comulgo, pero ahora creo en un Dios a la medida de mi extrañeza. Es la resistencia de mis huesos, de mi cráneo que será una catedral si así lo dispones.”
¿Qué otra cosa puede inferir sino el verso final YO ES VICTORIA? Victoria que llegó a casa de López Degregori envuelta en periódicos dentro de una caja de cartón, por lo menos, hoy en día, tiene tanta vida que puede inyectarla, si acaso fuera necesario, a su benefactor, el poeta, para que este cante su pequeño, nadiente triunfo. Y nosotros junto con él, conscientes -en tanto cuerpos- … del final idéntico que nos aguarda.
Cabe añadir que estas variaciones no solo se limitan a ser leídas con las herramientas que él poeta propone: los treinta y dos fragmentos, el canon final y la poesía visual de sus collages, ni tampoco únicamente con las Variaciones Goldberg que son su consustancial banda sonora, aquí hay evocados otros elementos de la cultura occidental que también obran como llaves para abrir las cámaras oscuras de este poema. Las fresas salvajes de Bergman, en especial, la secuencia del sueño que angustia al protagonista de la mencionada película, el doctor Isak Borg, es una de esas llaves. Lo son también los bodegones o naturalezas muertas conocidas como Vanitas (“un subgénero artístico por lo general de alto valor simbólico y alegórico que incluyendo cráneos, esqueletos, cruces, relojes de arena y otros accesorios, resalta la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte como fin de los placeres mundanos”, podría ser su definición tal como arroja una búsqueda rápida por internet). A la luz de todo lo leído, podríamos ensayar que muchos momentos en los poemas de la obra general de López Degregori son su forma particular de continuar en este tipo de arte barroco. En Variaciones Victoria, por ejemplo, el autor de esta reseña reconoce una viñeta de este tipo en la minuciosa descripción que el poeta hace de lo visto una vez al interior de “(…) Una casita con su cruz al borde de la carretera (…) Salustiano Tapia – 1947. Adentro había un cráneo tal vez precolombino. Los familiares lo hallaron y le encomendaron volverse compañía y señal. En los huesos una araña había tejido una tela que después abandonó (…) Solo quedaba esa bolsa colmada probablemente con sus huevos que no fructificaron. Una fosa común a su manera, una momia fabricada con la seda líquida (…) Mira: la bolsa que dejó la araña parece un cráneo. Cuelga pequeño de la bóveda ósea (…)”.
En un país donde los índices de lectoría son bajos -siempre lo han sido- o, mejor dicho, en un país que se adscribe como una pieza más a un mundo que se encamina a extraviar (¿a perder?) viejos hábitos como el de la lectura bajo capas y capas de noticias que tratan sobre la corrupción moral de políticos y gobernados, además de horrendas dosis de entretenimiento inútil que solo puede reproducir lo mismo, nada presagia que obras paganas y profundas, que, creemos, han calado un intersticio en el tiempo, en la duración, como la de Carlos López Degregori, sean leídas con la atención que merecen. Sin embargo, permanecen, continúan reproduciéndose -hoy que el poeta se ha retirado de la cátedra universitaria este libro sugiere que ha elegido vivir su ceremonia jubilar desde la creación- para quien desee acercarse a ellos porque, aunque la casa más duradera siga siendo la horca, aquí, en este libro negro, la vida triunfa: una vez más: YO ES VICTORIA.
Postdata:Variaciones Victoria ha sido objeto de una muy hermosa edición a cargo de la cuidadosa y fina Máquina Purísima Editores de Cecilia Podestá. Libro de tapa dura, foliado, viene en un estuche negro que semeja una laja de mármol sepulcral que contiene, además, la serie desplegable de gráficos alusivos que prolongan el sentido y tono de la obra, todos diseñados por el autor.
Recuerdo muy bien cuando conocí personalmente a Julio Ramón Ribeyro. Me lo presentó su sobrino Claudio, una noche en Bruselas, a principios de los años 90. Fue en una brasserie, a donde llegué apurado pues casi no podía creer que iba a conocer a uno de mis escritores favoritos. Julio Ramón, vestido todo de negro, estaba terminando de comer con Claudio y su mujer y ahí me aparecí, nervioso, pero con unas ansias tremendas de verlo y saludarlo. Alcancé a tomar una copa de vino con él en el lugar, pero después nos fuimos a la casa de su sobrino donde estaba alojado.
En el departamento, destapamos otro Burdeos y Julio Ramón se puso un poco más locuaz. No recuerdo exactamente de qué hablamos, pero sí tengo muy claro, y esto lo he contado en algún otro escrito, que se puso a cantar un vals criollo, de esos antiguos de la vieja guardia, y yo pude acompañarlo con una guitarra. Eso para mí fue suficiente, es la mejor anécdota que haya podido tener. Claudio llegó a filmar la escena y aún estoy esperando la copia respectiva. Poco tiempo después, cuando regresé a Lima, le llevé una carta a su departamento en Barranco, frente al mar. Fue la última vez que conversamos, pues al año siguiente falleció.
Al escritor lo conocí mucho antes en las aulas de la PUCP, cuando pude leer una edición de la Palabra del Mudo editada por Milla Batres, donde estaban un buen número de sus cuentos. De allí que en uno de mis cursos de literatura escogiera a “Los gallinazos sin plumas” como tema para una presentación. A partir de entonces nunca dejé de seguirlo y de leerlo, sea a través de los libros que sacaba de la biblioteca o, más adelante, los que yo mismo empecé a comprar para la mía propia. A Ribeyro le dediqué también el primer artículo que escribí en un diario, luego de una conferencia que hiciera en Lima allí por 1983/84.
Mesa de ajedrez y telescopio en el último departamento de Ribeyro en Barranco.
Después de haber leído tanto de Ribeyro, y sobre Ribeyro, el libro que voy a comentar se me aparece a ratos como un dejá vu, como si las múltiples historias que se cuentan allí de alguna manera ya las hubiera leído, en sus cuentos o en su autobiografía, o escuchado en los testimonios de sus familiares y amigos. Sin embargo, la cuidadosa selección de hechos y fechas, contados de manera sucesiva, nos mantienen atentos a lo que viene y nos hacen llegar hasta la última parte guardando una permanente vigilia.
Ribeyro, una vida (Revuelta Editores, 2021)de Jorge Coaguila es una recopilación de sucesos de la vida de Julio Ramón Ribeyro, desde su nacimiento hasta su muerte. Las historias que allí se cuentan son en muchos casos contadas por el propio protagonista, sea través de La tentación del fracaso, de sus Prosas apátridas o de las Cartas a Juan Antonio, además de las entrevistas que el autor le realizó a lo largo de su vida y otras más que Ribeyro otorgó, que no fueron muchas. Las demás historias son contadas por sus compañeros o amigos, quienes estuvieron con Ribeyro en muchos momentos de su vida, casi todos ellos entrevistados también por el autor, baste sino mirar el largo número de fuentes personales consultadas.
Así, entre otras cosas, nos enteramos que llegó por primera vez a París con 20 dólares en el bolsillo y que para subsistir tuvo que recurrir a numerosos trabajos como conserje de hotel, cocinero o recogedor de periódicos viejos; que en sus primeros años en París conoció a Haya de la Torre y le dejó una impresión un poco confusa; que retornó al Perú y fue profesor en la Universidad de Huamanga; que al retornar a Francia fue sucesivamente traductor para la agencia France Press y crítico teatral en una radio, hasta que, durante el Gobierno de Velasco Alvarado, fue nombrado Agregado Cultural a la Embajada peruana en París, de donde pasaría luego a la delegación permanente ante la UNESCO, en la que llegó a ser Jefe de Misión en la época del primer gobierno de Alan García Pérez; y que estuvo a punto de morir luego de una primera operación para eliminar un tumor en el esófago en el año 1973.
Vista desde la terraza al mar de Barranco.
Todas estas vivencias, tanto las que transcurren en sus primeros y últimos años en Lima, como las de su larga estancia parisina, son finamente enlazadas por el autor a través de numerosas fotografías que forman parte de este repertorio. Sus colegas escritores, sus amigos, su familia y muchos otros, se suman a esta historia de vida como seres palpables de su transcurso vital, el mismo que resulta tanto más auténtico por la forma en que Ribeyro mismo supo contarlo y vivirlo, junto a estas personas que muchas veces fueron también personajes de sus relatos.
“Ribeyro, una vida” es asimismo un largo recuento de todos los libros de Ribeyro, de sus artículos en orden cronológico, de las entrevistas realizadas a JRR, también en orden correlativo, de los libros sobre este autor, y de los principales artículos aparecidos sobre sus principales libros. Todo esto permitirá al lector interesado acercarse aún más a la figura y la personalidad de Ribeyro.
Sabemos, sin embargo, que esta obra se encuentra todavía incompleta. Hay capítulos enteros de su autobiografía, en especial los de sus últimos años, que no han sido publicados y que están esperando el momento oportuno para darse a conocer, ojalá podamos verlos pronto, pues sentimos que aún nos falta conocer más de Ribeyro.
Una visita al futuro. Una charla con Carlos López Degregori
Por Lisandro Solís Gómez
Con más de una docena de títulos publicados, Carlos López Degregori, junto a otros nombres claves, constituye uno de los pilares de la tradición poética peruana contemporánea. El poeta se ha mantenido en actividad efervescente desde la publicación de su primer libro, Un buen día (1978), trazando siempre una ruta de escritura discernible por su complejidad y su marcado tono personal. En su obra, se percibe la asimilación inteligente y original de la poesía gestada por las vanguardias a inicios del siglo XX, no tanto por su carácter rupturista, sino por su conciencia del objeto poético, su diestro manejo de la forma y su continua reflexión sobre la escritura.
Carlos López Degregori – Foto: El Comercio
La suya es una poesía que difícilmente puede confundirse: se halla tejida por una serie de símbolos, atmósferas y motivos que, sin ser redundantes, conforman una estética que se ha consolidado con el paso de los años. Pese a ello, su apuesta por el poema en prosa, y su inquietud por las relaciones entre lo visual y lo escrito constituyen características que, en los últimos años, se han afianzado en su obra.
El martes 20 de septiembre nos reunimos con López Degregori para charlar sobre su nuevo libro Variaciones Victoria, editado este año por Máquina Purísima de Cecilia Podestá, así como sobre sus nuevos proyectos y lo que parece ser el inicio de un periodo diferente de su escritura poética.
¿Cómo surgió la iniciativa de publicar Variaciones Victoria? ¿Desde un principio tenías en mente publicar un poemario con estas características, es decir, visualmente experimental, casi un libro objeto? ¿O el formato surgió a partir de la decisión de publicar con Máquina Purísima? Podrías comentar brevemente la génesis del libro.
Yo tengo en mi casa un cráneo (“Victoria”) que me alcanzó un amigo hace más o menos treinta años como un recuerdo de mi antigua vocación por la medicina. Cuando estaba trabajando A mano umbría (2019), surgieron algunos apuntes sobre este cráneo. Al comienzo, pensé incorporarlos en tal libro, pero me di cuenta de que en realidad esos fragmentos pertenecían a un proyecto que necesitaba un desarrollo mayor. Por ello, guardé esos textos y los retomé recién el 2020. Ese año, con el tiempo que dejaba la pandemia, incluso, con el temor que suponían el encierro y el desasosiego permanentes, ese pequeño apocalipsis que la enfermedad había provocado en la vida de todos, reaparecieron esos textos en dos momentos y, así, se fue perfilando Variaciones Victoria.
Como estaba encerrado, lo que hacía en ese entonces —todavía no tenía el nombre del libro exactamente—, era leer, escribir, escuchar música y en ese momento estaba cautivado por las composiciones de Johann Sebastian Bach y, especialmente, sus “Variaciones Goldberg”, que constituyen una de sus piezas más conocidas e importantes —sublimes incluso dicen algunos. Las “Variaciones Goldberg” son treinta y dos. Es un aria-canon, que es el motivo principal, y treinta variaciones, que en realidad van desarrollando modulaciones y modificaciones de ese canon, que se repite de nuevo al final en un ritmo distinto. Treinta y dos piezas exactamente. Variaciones Victoria es un libro que, de alguna manera, sigue la estructura de las “Variaciones Goldberg”. El canon, la piedra que sostiene todo este edificio, esta catedral —porque creo firmemente que es casi una catedral—, es el cráneo y sobre este surgen las modulaciones que, al final, configuran el libro en su totalidad. Por eso, este volumen se llama Variaciones Victoria.
Por otro lado, yo siempre he tenido una especie de cábala, de superstición, con los números. A mí siempre me ha gustado que mis libros estén conformados por un número impar de poemas. Con excepción del primero, Un buen día (1978), que está integrado solamente por doce, siempre he buscado una cantidad impar de poemas. Quería eso mismo para este poemario, pero solo contaba con treinta y dos variaciones. Por esa razón, tuve que añadir al final una adicional, que funciona como una suerte de coda. De esa forma, conseguí los treinta y tres fragmentos que forman el libro.
¿Y Victoria por qué exactamente?
Cuando llegó el cráneo a mi poder, indudablemente carecía de nombre. Yo en realidad no sé si es hombre o mujer. Sin embargo, después de algunos meses, Victoria fue un nombre que prácticamente se impuso, tal vez porque posee la fuerza simbólica del significado de la palabra. Como sabes, el vocablo “victoria” significa vencer. Es la muerte que vence. Es su triunfo o, si es que quieres verlo como el reverso, es la vida que se impone de todas maneras sobre la muerte, ya que al final nos vamos a integrar al universo, que es un poco lo que el libro está sugiriendo. Creo que esto último también es importante en el poemario. Variaciones Victoria es un libro que posee un hilo místico y casi religioso.
Existe en tu obra una preocupación por las artes plásticas en su conjunción con la poesía que se ha expresado, ya sea por el contacto entre palabra e imagen, por ejemplo, en Retratos de un caído resplandor (2002), o por la construcción del libro como un “objeto”, como en Aquí descansa nadie (1998). Incluso, en A mano umbría (2019), existen algunos momentos en los que se evidencia esta línea de indagación, por ejemplo, cuando colocas esa página transparente con el boceto de una mano al inicio del libro. De alguna forma, ¿consideras que Variaciones Victoria (2022) es una suerte de culminación de esta línea maestra de tu poesía?
Efectivamente, existe en mi poesía una preocupación por las imágenes y lo visual, por otros códigos que no sean estrictamente lingüísticos. El primer libro en que exploré estas posibilidades fue Retratos de un caído resplandor. Allí recuperé una serie de fotografías —algunas familiares incluso— y postales antiguas, y las manipulé a fin de transformarlas. Formaron parte del libro no como ilustraciones, sino fundamentalmente como el soporte o el eje que, de alguna manera, lo sostiene. Allí los retratos son los que sostienen los poemas, no meramente imágenes que los acompañan. En A mano umbría, existen también imágenes, incluso algunas personales. De hecho, como mencionas, está mi mano, por ejemplo, que es la que abre el libro en un papel transparente. No obstante, también aparecen algunos collages que yo mismo trabajé en ese momento y que fueron mis primeros experimentos en esa dirección.
Para Variaciones Victoria, debido al confinamiento por la pandemia, disponía de tiempo. Por ello, empecé a trabajar y a experimentar más con las imágenes. Carezco de la facultad o el don para dibujar. Puedo realizar garabatos —me gusta hacerlos— pero no soy capaz, por ejemplo, de dibujar imágenes figurativas. Por ello, empecé a trabajar con el collage, recortando imágenes y escribiendo sobre ellas, fusionando escritura e imagen. Por medio de ese procedimiento, he conseguido crear algunas ilustraciones y las mejores son las que conforman la “galería” que acompaña al libro. Si abres la caja en la que viene VariacionesVictoria, notarás que se trata de un díptico: por un lado, está el libro de color negro, con tapa dura y hojas muy blancas, y, por otro, la “galería” como una unidad autónoma que vincula letra e imagen. Juntos conforman un díptico que es, en realidad, una unidad de dos rostros.
Según te entiendo, tú ya tenías concebida más o menos la idea del formato del libro, la forma en que querías presentar los poemas, y surgió una coincidencia feliz con Máquina Purísima para publicarlo.
Sí. Yo me pregunté qué editorial podría estar interesada en un libro de esta naturaleza. Entonces, me dije “Cecilia Podestá”, quien además es una amiga que aprecia mi poesía. Ella, inmediatamente, con gran generosidad, acogió el proyecto. Yo al comienzo pensaba simplemente incluir las imágenes al final o intercalarlas dentro del libro, pero fue Cecilia la que me propuso “¿por qué no hacemos un díptico?”. Indudablemente, la idea me entusiasmó. No obstante, en el nacimiento de estas variaciones, sí noté que las imágenes eran un elemento fundamental.
Desde tu punto de vista, con el tiempo, ¿cómo ha ido evolucionando esa perspectiva tuya que prioriza la conexión entre palabra e imagen? ¿Crees que aún es posible explotar esta línea de indagación estética? ¿Existe algún otro proyecto en esta dirección?
Mi preocupación por las imágenes es cada vez mayor y en este momento estoy trabajando en esa dirección. Por ejemplo, en Lienzo, la revista de la Universidad de Lima, apareció un texto que se llama “Una tiranía personal” (2021). Es un poema en prosa, una mezcla casi de poema y ensayo sobre la escritura —entendida como los trazos a mano—, la firma y la caligrafía. Para ese libro en progreso, estoy trabajando también una serie de ejercicios (cali)gráficos y también algunos collages. En el texto que apareció en la revista Lienzo, solo dispuse de espacio para dos de esas imágenes, pero van a ser muchas más. Sin embargo, otros textos míos que todavía están en proceso van por otros caminos.
La mayoría de los lectores de poesía peruana reconocen como un rasgo esencial de tu escritura la inquietud por construir una obra cohesionada, que brinde en cada libro una suerte de capítulo o incursión en una serie de preocupaciones u obsesiones comunes, las cuales redirigen al final a la que es, tal vez, tu obra mayor,Lejos de todas partes, reeditada hace poco. ¿De qué forma este nuevo libro se articula en ese proyecto? ¿O acaso inaugura una entrada diferente como A mano umbría, que, desde mi perspectiva, supone un proyecto complementario, pero ligeramente diferente al de tu poesía en general? ¿Consideras que Variaciones Victoria añade un ingrediente novedoso a tu proyecto?
Lejos de todas partes (1978-2018) apareció el 2018. Este volumen reúne todos mis libros escritos hasta ese momento y, con esa nueva edición, cierro definitivamente aquel ciclo. Incluso, el poema “Siempre es al sur”, que aparecía al final de la primera edición, aparece nuevamente y cierra la versión definitiva del libro. Siento que Lejos de todas partes es un libro que ya ha terminado. Creo que durante cuarenta años he escrito un solo libro. Indudablemente, son los lectores los que tienen la última palabra. No obstante, desde que publiqué Las conversiones (1983), me di cuenta de que cada nuevo libro se alimentaba de los poemas y motivos previos; los devoraba prácticamente. De alguna forma, se apoyaba en ellos para continuar el proceso de escritura. Existe ahí un proyecto de libro-vida. Es este un libro que ha crecido conmigo, uno que de alguna manera ha estado fijando y cartografiando mi existencia. Si observas tanto la primera como la segunda edición, el paso del tiempo y, de modo más específico, la edad de la escritura de los poemas aparecen continuamente como una marca importante que sigue la existencia, la vida del hablante, de ese personaje o de la pluralidad de ellos que habitan mis textos. No olvides que uno de los ejes de Lejos de todas partes es casualmente la identidad, así como el tiempo, el vacío, la lejanía, el estar lejos de todo, incluyendo esa lejanía de uno mismo.
Entonces, ¿qué relación existe entre A mano umbría, un libro atípico en tu producción, debido fundamentalmente a todos los riesgos que asume, así como por su envergadura, con ese proyecto de libro-vida que es Lejos de todas partes?
Siento que A mano umbría es el complemento de Lejos de todas partes. Es un libro que, en realidad, es una poética. Recoge algunas escenas testimoniales, personales, fundamentalmente de mi infancia, pero incluye también una serie de textos que reflexionan sobre mi quehacer poético. Es casi una autopoética. Creo que A mano umbría es un libro bisagra, un enlace con mis siguientes proyectos. Creo, asimismo, que Variaciones Victoria forma parte del nuevo libro que probablemente va a ocupar mi trabajo durante los próximos años, si es que tengo tiempo para terminarlo, y conservo mi lucidez y mi capacidad de escribir.
O sea, ¿sientes que estás iniciando una nueva etapa de escritura?
Sí, estoy iniciando una nueva etapa, un nuevo libro, que hasta cuenta con una brújula que juega con Lejos de todas partes: “Nunca tan cerca”. ¿Tan cerca de qué? No lo sé.
Finalmente, ¿qué debe esperar el lector de Variaciones Victoria? ¿Podrías invitar brevemente a los lectores a leer tu nuevo poemario?
Es un poema en prosa. Siento cada vez más que el formato del poema en prosa es el que mejor se acomoda a mi trabajo, porque me permite incorporar una serie de elementos distintos. Se pueden insertar en el poema en prosa elementos narrativos, reflexivos o testimoniales. Variaciones Victoria es un solo poema dividido en treinta y dos partes, y una coda.
El libro fundamentalmente supone una exploración sobre la muerte, el tiempo y la memoria, así como sobre nuestro lugar en la realidad, el sentido de nuestro estar en el mundo y el lugar hacia el cual nos dirigimos. ¿Podemos aspirar a alguna trascendencia? No lo sé. Este es un libro que gira en torno a estas preocupaciones.
Siento también que es un libro que solo podía ser escrito en un momento de mi vida. No lo hubiera podido escribir a los cincuenta ni a los cuarenta años, sino que ha exigido un tiempo de vida preciso. Yo en este momento tengo 69 años y me acerco ya a los setenta. Considero que esta obra revisa mi existencia y al mismo tiempo es un umbral para lo que viene después. Por ahí va la aventura de este libro.
«Cuando empiece a escribir este texto a máquina, cuando se me aparezca en letras de molde, mi inocencia se habrá terminado». Cito la última frase de la nouvelle de Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) por su exquisito juego temporal y la extinción de la condición a la que alude, concebida como un estado de obnubilación sin culpas y no cual mero periodo de ingenuidad que se deba superar por imposición externa. El único lamento del fin de la inocencia es el tránsito del éxtasis emocional del título a experiencia pasada y la imposibilidad, por más que se agoten todos los recursos de la ficción, de replicar de manera real un tiempo en el que el futuro y sus consecuencias importan poco o nada frente al objetivo de extender el presente a como dé lugar, misión en la que se es capaz de apostar la vida misma.
¿Cuál es la frontera entre el deseo amoroso y la obsesión enfermiza? ¿Existe? No son preguntas nuevas las que surgen al leer esta novela corta, cuya trama, la confesión de la amante de un hombre casado, es tan antigua como la literatura misma. Lo que causa la disrupción, esa sensación de estar ante algo novedoso y único, es la intensidad que emana, posible por la capacidad de Ernaux de contar y reflexionar en poquísimas líneas sobre el delirio al que la ha llevado una relación amorosa y en el que no cabe interés alguno por responder a los juicios externos que esta puede provocar. La narración entrecortada, con cada anotación dispuesta cual resquicio de un discurso que se sabe intraducible del todo y con el que solo es posible trabajar mediante sus residuos y esquirlas, le impregna un matiz único de urgencia y zozobra a la experiencia de lectura.
Annie Ernaux – Foto: Inma Flores (El País)
Gran parte del presente hastío que generan algunas novelas autobiográficas responde a que estas se amparan de manera exclusiva en el morbo y la pérdida gratuita de pudor. Pura pasión se ubica en la otra orilla por una diferencia esencial: un texto sobre la pasión solo es posible al término de esta, no mientras se encuentra vigente. El lapso que media entre ambos estados es determinante para salvar a lo narrado de un exhibicionismo vacuo y ramplón, cuyo único destino posible es un abismo de perpetuo e irremediable tedio. La pasión no avergüenza, su publicación y lectura sí, nos da a entender Ernaux. Precisamente, es ese miedo, ese pudor, lo que sostiene el riesgo, la sensación de que la autora se está jugando el todo por el todo al publicar lo que ha escrito, algo que el lector agradece y, por qué no, aplaude.
La primera vez que visité la isla de Tenerife me llamó la atención que los isleños hablaban del Teide como un elemento vivo que condicionaba por completo la vida de la isla. Extrapolaba el ejemplo a mi vida en la península y me resultaba imposible imaginar una situación parecida con un río o una montaña. Era obvio que yo no había entendido la importancia del volcán y, sobre todo, no había entendido lo que era en sí mismo un volcán y la variedad de situaciones que generaba a su alrededor. Las sucesivas visitas al archipiélago canario me hicieron comprender la extraña convivencia que se produce entre los seres humanos y las áreas volcánicas. Como me dijo un canario, la sombra del Teide es alargada. Y justamente, la alargada sombra de un volcán es el origen de los relatos del libro que hoy me ocupa. Se trata de Tefra, de la escritora colombiana Viviana Troya (Pasto, 1992), publicado en España por el sello bilbaíno Consonni.
Tefra es una colección de relatos cortos de diferente género y temática. El origen de la obra es una investigación de la autora para el Royal College of Art de Londres en relación con la temperatura de su vivienda en Pasto. La ciudad está a los pies del volcán Galeras. La cercanía hace que la vida de la ciudad y sus habitantes esté fuertemente condicionada por la incierta actividad de la montaña. Las narraciones se asientan sobre la incertidumbre, los cambios que supone para la vida y el riesgo que conlleva la cercanía al volcán. Son relatos pequeños, de extensión breve, donde se superponen los temas. Lo cotidiano se une con lo sentimental y se fragmenta, de forma delicada, creando un caleidoscopio de historias que parecen estar unidas por un hilo invisible.
Viviana Troya presenta cada relato con un título cuidadosamente elegido y con un estilo poético y evocador. Como señalaba en el párrafo anterior, las temáticas son dispares, pero predomina el tono íntimo y personal. Hay historias familiares, de carácter histórico-geológico y otras más ambiguas, de género incierto, donde se mezclan el amor, el trabajo o la amistad. El común denominador de todos los relatos es el gusto por los detalles y la cuidadosa elección de las palabras por parte de la autora. Troya cambia los narradores y los relatos están mezclados como si de una baraja de cartas se tratara. Los puntos de conexión entre las distintas narraciones se van percibiendo conforme avanza la obra. Al final del libro, se impone la sensación de haber observado, a través de una ventana privilegiada, a la vida frente a un volcán. Es decir, se revela una existencia precaria donde todo parece estar a merced de fenómenos que no controlamos. Como la vida misma.
Viviana Troya – Foto: Cfile.Capsule
Tefraes un libro de relatos que nace de un interesante proyecto artístico. La variedad de historias cotidianas en torno al volcán genera una obra rica en matices y detalles. El primer libro de Viviana Troya produce una enorme expectativa por la aparición de más obras.