Entre los muchos tópicos que recorren la literatura hispanoamericana, hay uno que siempre ha hecho bastante gracia. Es el que dice que Chile es un país de poetas y que nunca ha dado grandes novelistas. Siempre me resultó llamativo, porque tuve noticias de él cuando estaba leyendo a Roberto Bolaño, un escritor chileno que se ha convertido, por méritos propios, en uno de los autores más importantes de las últimas décadas en la literatura en español. Además, después de leer a Bolaño, han venido otros muchos escritores y escritoras chilenas que me han demostrado que lo de Chile y la poesía es más un triste tópico que una realidad. Uno de los narradores chilenos que leí en ese momento fue el autor del libro que me ocupa. Se trata de Álvaro Bisama (Valparaíso, 1975) y su reciente libro Mala Lengua, publicado por Alfaguara dentro de la colección Mapa de las lenguas.
Mala lengua lleva como subtítulo “Un retrato de Pablo de Rokha”. Es un buen resumen de lo que sería el libro. Álvaro Bisama bucea en la vida y obra del célebre poeta chileno y cuenta su vida. Podría ser una biografía al uso, pero, desde el comienzo de la obra, el autor se desmarca de los caminos más convencionales del protagonista y se acerca a su trayectoria desde distintos ángulos. Se sigue un orden cronológico a la hora de contar los acontecimientos de la vida de Pablo de Rokha hasta producir un retrato completo y muy documentado. El tono del libro es muy logrado, porque un personaje como de Rokha no admite medias tintas. Salvaje, excesivo hasta límites increíbles, colérico, talentoso y autodestructivo, el protagonista de la obra va de lo sublime a lo más denigrante en solo dos páginas. La grandiosidad de su talento se contrapone a su difícil personalidad. El poeta que vende libros a puerta fría es un personaje absoluto, siempre protagonista y figura clave de la literatura chilena del siglo XX.
Álvaro Bisama – Foto: UDP
Álvaro Bisama logra transmitir la importancia y relevancia de la obra de Pablo de Rohka con gran acierto. Sin embargo, esto no le impide mostrar la faceta más oscura del escritor que juega sucio en muchas ocasiones, pero que también sufre los envites de la camarilla literaria que encabeza Pablo Neruda con sus afines. Desdeñado, pero también desdeñoso, el poeta se acaba tornando una paradoja en sí mismo, naufragando en su propia vida e incapaz de lograr el ansiado reconocimiento público. Bisama se acerca a los poemas, los analiza, cuestiona al autor y emite juicios de forma clara. Resulta difícil tomar partido por un personaje como Pablo de Rokha, pero también resulta complicado abstraerse de las complejas circunstancias del personaje. Bisama se documenta profusamente para comprender al personaje, entender a sus amigos, enemigos y demás personas que pasaron por la vida del poeta. Como señalaba antes, no huye de los asuntos escabrosos, desde lo familiar hasta lo literario. El libro es un festín de literatura y vida literaria a la altura de los pantagruélicos y desmedidos banquetes de Pablo de Rokha.
Mala lengua es una lograda biografía literaria, pero también es el retrato de una época y unas circunstancias cuyos ecos todavía resuenan en la literatura chilena. Me descubro ante la brillante propuesta de Álvaro Bisama.
La mejor manera de comprender el mundo es a través de fragmentos
Por Cristhian Briceño
Desde sus inicios, Ricardo Sumalavia ha jugado con la brevedad, y con los años ha ido entregándose a ella. Lo breve, en literatura, consiente una potencial explosión de significados, de la misma forma que un hipotético punto infinitamente denso y caliente supone la creación del universo que habitamos y que se encuentra en decidida expansión. Sumalavia ya daba indicios de estos procedimientos en sus primeros libros. Basta revisar sus colecciones de microrrelatos, en las cuales no se limita a estandarizar las formas de este género, sino también se permite un nivel de experimentación o reinterpretación que resulta valioso y queda impregnado en la memoria del lector; un ejemplo de esto sería la sección Monogatari de su libro Enciclopedia mínima, donde cierra sus relatos, que son casi paisajes emocionales, con haikus, anulando cualquier reparo hacia el género de lo brevísimo, al cual se suele acusar, sin más, de efectista.
En sus más recientes libros, Sumalavia pone a prueba esta brevedad, haciendo encajar los fragmentos de tal manera que formen un pequeño universo en expansión; por tanto, sus últimos trabajos son una suerte de breviarios que acogen diversas manifestaciones de sus inquietudes; tenemos variantes de la novela policial, la novela a modo de itinerario de impresiones, la novela que busca, en partes iguales, el humor y lo entrañable. En Croac y el nuevo fin del mundo, Sumalavia explora algo que podría ser la fantasía con tintes irónicos, aunque esta definición no necesariamente abarca todo lo expuesto en su novela. Y es que la idea de hacer de la prosa una secuencia breve y expansiva se va a manifestar desde el primero de los capítulos de Croac. Digo la prosa breve porque es la estricta materialidad de la escritura, que no va más allá de las dos páginas por capítulo; digo expansiva porque los finales, aunque tienden a lo conclusivo, son abiertos, la elipsis es una de las banderas que Sumalavia agita desde el entramado de esta novela; es expansiva también porque a la brevedad material de la escritura se le suma la brevedad de actores de los que dispone el autor para realizar sus cabriolas discursivas: a simple vista caemos en cuenta que Sumalavia propone tres personajes principales de los que van derivando los personajes episódicos, como si se dispusiera de una paleta cromática o una escala musical (la rana, la abuela, el narrador) cuyas combinaciones establecen el tono de cada uno de los capítulos. Si bien suele imperar el humor irónico, ciertas combinaciones generan derivados emocionales, como cuando la rana hace ingresar a la narración al médico-rana con el cual su esposa le es infiel, y se promueve una nota de disgusto en el relato, o cuando de la abuela se deriva la historia del abuelo del narrador y parece que ingresáramos a un periodo donde la historia se suspende y empieza a regir el tiempo de la muerte y el recuerdo. Y es que esta brevedad expansiva parece confinar a los tres protagonistas de Croac a una representación sin fin de sus papeles; son los actores de una obra de teatro que el autor empuja al inicio de cada capítulo a improvisar sus líneas, cada cual con unos roles que van cambiando de acuerdo al ánimo siempre inconstante de los intérpretes. Esta improvisación puede ser una de las claves para que el narrador, sobre la marcha, vaya fabulando a partir de la onomatopeya de la rana; el simple y primario croac que leemos es una metáfora de la indagación personal que todo escritor hace de los estímulos de la realidad. De este modo, el estímulo sonoro da pie a que el narrador construya su ficción, la provea de un sentido peculiar, íntimo, válido. El croac monódico de la rana es el contrapunto a la voz del narrador, y entre ambos se va construyendo el pasado, el presente y el porvenir de los personajes; ese croac que parece negarse a ser interpretado encuentra en la voz del narrador un sinnúmero de caminos bifurcados y vueltos a bifurcar, en lo que vendría a ser una vuelta de tuerca a esa antigua historia de dibujos animados en la que una rana canta Hello, my baby frente a un único hombre (su dueño o autor, como quiera llamársele) pero al presentarse ante la multitud (los lectores) permanece en un silencio tedioso, intransigente, en el lugar donde la comunicación o la magia de la ficción no se hace efectiva.
Si bien se puede hablar del carácter humorístico o el non-sense con logros farsescos, quisiera detenerme brevemente en tres autores que, consciente o inconsciente, Sumalavia ha dejado entrar en su novela, teniendo en cuenta que en mi lectura advierto una atmósfera parecida a las fábulas de Monterroso o a los cuentos en los que se da voz a los animales o se les humaniza, como el Bucéfalo de Kafka. El primero es Giambattista Basile y su Pentamerón, un libro de relatos de 1634 escrito a la manera de los cuentos tradicionales pero que están construidos en base a imágenes violentas, al gesto escatológico y grotesco, y a alusiones sexuales nada veladas. Estas características están presentes en Croac, así como también la reducción del universo de personajes o su tipificación. Si en los relatos de Basile se suele encontrar la estructura de la doncella de belleza sobrenatural salvada por un príncipe luego de sufrir una serie de desventuras, en la novela de Sumalavia hallamos también la estructura del personaje de la rana transmitiendo un mensaje al narrador para prevenirlo o confiarle un dato de relevancia para ponerle a resguardo de su abuela. En cuanto a las imágenes violentas, estas se encuentran en varias partes de la novela:
A mi padre, en la época de la guerra de las ranas del Sur y del Norte, una vez, en un camino solitario a las afueras, dos ranas fugitivas le reventaron la cabeza a tiros.
O lo escatológico:
El baño de tu abuela es una máquina del tiempo. Solo te sientas, cagas, te limpias el culo, piensas en un año y jalas la cadena.
El segundo es Lewis Carroll, en cuanto la novela muchas veces rompe con la lógica, es decir, desde el punto en que a la rana se le atribuyen características humanas y esta, según la voz/interpretación del narrador, revela una serie de hechos que son relatados con normalidad por más de que contravengan el sentido común, como en el capítulo 37, donde asistimos a un pasaje donde el tiempo sufre una regresión, una inversión de su flujo natural, e incluso el discurso de la rana se ve modificado por este juego del narrador. Otro ejemplo es el capítulo 7, donde nuevamente se presenta un juego con el lenguaje y una alteración de los significantes, aunque el sentido vuelve a enriquecerse por las interpretaciones que suscita:
Ella me cuarenteaba mis cincopias sin nueverse ante tal ochemo.
Ante esto, podemos usar como ejemplo un poema de Carroll; aunque la traducción no ayude mucho, queda un indicio de las afinidades:
Era el bullir, los tersos lagartejos
se arrizomaban en la verdiloma,
los bogrios suspiraban a lo lejos
y hasta ululaba el tortuguín de goma.
El tercero es Gianni Rodari y la ironía que desbordan sus relatos cortos. Rodari es excepcional para hacer decir a sus personajes lo que no están preparados para decir, para trastocar el sentido de los referentes y proponer lo lúdico a partir de un simple diálogo o una descripción. En uno de sus cuentos nos presenta a un Pinocho particular, y empieza con lo que sigue:
Érase una vez Pinocho. Pero no el del libro, sino otro (…) cuando le crecía la nariz, en vez de asustarse, llorar o pedir ayuda al Hada, tomaba un cuchillo o sierra y se cortaba un buen trozo de nariz.
El narrador de Croac realiza una maniobra que podría resultar similar, por ejemplo, en el capítulo 31, cuando la rana, luego de contar una disparatada historia entre la abuela del narrador y los fantasmas de sus amantes, da un salto a su pileta y desaparece de escena, dejando únicamente, de manera irónica el sonido de su salto; ruido de agua, dice el narrador, aludiendo, cómicamente, a una de las traducciones más famosas del venerable poema de Basho. También tenemos el capítulo 38, donde se utiliza, con el mismo objetivo, el pasaje bíblico de Abraham e Isaac, aquel del sacrificio del hijo ordenado por el dios hebreo.
Ricardo Sumalavia – Foto: Punto Edu
En fin, más allá de todo lo dicho hasta aquí, esta novela de Sumalavia nos ofrece a un narrador seguro de su estrategia para crear historias. En una entrevista de hace algunos años Sumalavia declaró que la mejor manera de entender el mundo es a través de fragmentos. Los fragmentos de Croac son muestra de lo anterior. En las grietas de cada uno de ellos se encuentra la potencia de su escritura. Es similar al fragmento de una urna griega del que se vale el mitógrafo para completar o enriquecer su historia con otras interpretaciones y aportes de la comunidad. Así, Sumalavia va estableciendo en sus lectores y lectoras el potencial de sus ficciones.
Delirio americano (Taurus, 2022) del ensayista y antropólogo colombiano Carlos Granés (Bogotá, 1975) es, en resumen, y sin ninguna duda, un libro extraordinario, de lo mejor que se ha publicado este año. Se trata de un ensayo extenso, lúcido y bastante exhaustivo que revisa la evolución de la cultura en América Latina y su relación con la política a lo largo del siglo XX. Sobresale, sobre todo, la literatura, aunque no están exentas otras manifestaciones artísticas como la pintura, la música o los happenings, por dar solo algunos ejemplos. Empieza en 1898 con la muerte del poeta cubano José Martí y termina, otra vez en Cuba, casi 120 años después, en 2016, con la muerte de Fidel Castro; aunque este hecho es solo un intento de ponerle fin a un recuento que no termina y que sigue teniendo más protagonistas. Son cerca de 600 páginas que nos muestra, a modo de radiografía y diagnóstico, cómo somos los latinoamericanos y cómo nos hemos desarrollado como continente.
Mario Vargas Llosa, en su columna Piedra de toque del 21 de marzo del 2022, que se publica tanto en España como en el resto de Latinoamérica, incluido el Perú, titula su artículo «Los delirios de la soberbia», tomado del tercer capítulo de este libro al que considera como el más importante que se ha escrito porque resume la historia y la cultura latinoamericana, donde se incluye, además, a Brasil como parte de este continente tan lleno de delirios. En este artículo, Vargas Llosa valora también dos hechos que él mismo desconocía, pero que aquí queda revelado gracias al trabajo minucioso de Carlos Granés: la influencia de las vanguardias latinoamericanas en otras manifestaciones artísticas y la relación del nazismo en otros países como Nicaragua con la llegada al gobierno del primer Somoza.
Pero vayamos por partes. El libro empieza, o da la bienvenida al lector, con un tríptico que se despliega a modo de mapa o cartografía que inicia con el modernismo. Aquí se señala como principales exponentes a Rubén Darío y José Martí. Pasa luego al arielismo de Rodó para después desmembrarse en distintas líneas o brazos laberínticos, sobresaliendo el indigenismo, el surrealismo, las vanguardias o el boom latinoamericano, entre otros, y su relación con hechos históricos y políticos como los caudillismos, la revolución cubana y las dictaduras militares. Y así hasta llegar al arte de la víctima como parte de distintas manifestaciones contemporáneas como es el caso de «Un violador en tu camino» del grupo feminista Las Tesis de Chile, y reproducido en distintas ciudades del continente e interrumpido de pronto por la pandemia (este hecho catastrófico y global no detuvo las iniciativas de las industrias culturales como el Hay Festival y la Feria Internacional del libro de Guadalajara, así sea vía streaming). Paralelo a ello se presentan una serie de populismos en la política actual. En el caso peruano, menciona los ejemplos de Keiko Fujimori y Pedro Castillo (pp. 490-491).
El libro está dividido en unas breves instrucciones (8 puntos para ser exactos), un prólogo, tres capítulos (trabajados cronológicamente) y un epílogo, a parte de una extensa bibliografía, un cuadernillo de ilustraciones a color ubicado en la mitad del libro, cuyos créditos se encuentran también al final junto con un índice alfabético más los respectivos agradecimientos. El prólogo lleva por título «Antes del comienzo» donde cuenta de forma breve pero concisa la muerte de José Martí. La primera parte va de 1898 a 1930, titulado «Un continente en busca de sí mismo», donde sobresalen los delirios de la vanguardia. La segunda parte va de 1930 a 1960, titulado «Los delirios de la identidad» donde cobran protagonismo las nuevas revoluciones y el nacionalismo. El tercer capítulo va de 1960 al 2022, titulado «Los delirios de la soberbia» donde la mayor atención recae sobre las dictaduras militares y el populismo de hoy en día. Y el epílogo, titulado «Antes del final», corresponde, como ya se ha mencionado, a la muerte de Fidel Castro.
En la primera parte resulta imposible no mencionar las inquietudes de Gonzalez Prada junto con las de José Martí y Rubén Darío. A ello se suman la de Manuel Gutiérrez Nájera y José Enrique Rodó para tener una idea del nuevo americanismo que estaba tratando de implantarse. Por otro lado, José de la Riva-Agüero y Francisco García Calderón también presentarían sus propuestas. Con el nuevo siglo surgen una serie de poetas modernistas como Amado Nervo. Otros de la misma corriente no ocultarían más adelante sus predilecciones políticas como sucedió con José Santos Chocano en relación con el régimen de Augusto B. Leguía. Algo similar se determinaría con Leopoldo Lugones, influenciado por el fascismo de Marinetti. Todo indicaba que el arte, la pluma y el pensamiento iban de la mano con la acción, el levantamiento y el afán revolucionario. Este impulso se concreta con el pintor paisajista Gerardo Murillo, también conocido como el Dr. Atl, cuyo significado es agua en náhuatl (Lugones le añadiría el calificativo de doctor). Él fue un seguidor de la Revolución mexicana desde París, iniciador del muralismo y partícipe del salto del modernismo a la vanguardia. A su regreso a México se convirtió en un activista acérrimo y singular. Es decir, había decidido cambiar el arte por la acción política para imponer sus ideologías. Otros ejemplos de pensamiento y propuestas políticas son los de José Vasconcelos y su idea de raza, Víctor Raúl Haya de la Torre con la creación del APRA y Mariátegui con el socialismo. En el plano literario, aparecen Vicente Huidobro y el creacionismo, el primer Borges y el ultraísmo, un segundo Borges junto con Girondo y Güiraldes y el criollismo. Mientras tanto, los muralistas mexicanos surgían al igual que el futurismo y la vanguardia artística en Brasil. Punto aparte para el desarrollo del indigenismo en la plástica peruana con José Sabogal en la pintura y Martín Chambi en la fotografía. Lo mismo con la poesía vanguardista andina expuesta por Gamaliel Churata y por Carlos Oquendo de Amat. Este último seducido por las nuevas ideas políticas que lo llevó a abandonar las letras. Esta misma vanguardia poética se mostraría también, y de manera exponencial, con César Vallejo. Lo mismo con Huidobro en Chile en contraparte a Neruda. Otro tema son los poetas mexicanos homosexuales transgresores como Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, por lo que se ganaron muchas diferencias con el ya mencionado Dr. Atl, sobre todo al contradecir la imagen del macho revolucionario. En el caso del caribe surgía el minorismo cubano de Carpentier y el afroamericanismo de Luis Palés Matos y Nicolás Guillén. La consigna con todos estos movimientos, tal como lo indica el autor, era la siguiente: «América Latina iba a ser modernista, vanguardista, gaucha, india, colonial, católica, teósofa, negra, universal, gaucha, lo que fuera. Cualquier cosa menos yanqui» (p. 145). Y esta postura antiimperialista hizo abrigar a muchos la idea de una fantasía materializada que impulsaba a los artistas a dirigir el mundo, pues en Europa ya había sucedido algo similar con Mussolini que provenía de la escritura y Hitler de la pintura. Un ejemplo de este delirio fue el movimiento de vanguardia en Nicaragua y el fascismo de Somoza.
En la segunda parte el mayor protagonismo lo toman los caudillos. En Perú gobernaba Sánchez Cerro después de darle el Golpe de Estado y encarcelar a Leguía. Lo haría sin saber que él sufriría después una serie de atentados. Con su muerte llegaría el gobierno de Óscar R. Benavides, otro militar-caudillo que perseguiría a los apristas, pero que no sería el último porque pocos años después ocuparía el poder Manuel A. Odría, también a través de otro Golpe de Estado. En Argentina surge Perón que crea una telenovela política a partir de su vida sentimental. La presencia de Eva Perón como mujer-símbolo-política es simplemente único. En Colombia se dan actos de violencia con graves consecuencias políticas (contado en la extraordinaria novela La forma de las ruinas de Juan Gabriel Vásquez). Mientras tanto, el cine mexicano llega a su era dorada. En Perú, surge el indigenismo con Arguedas y Alegría. Mención especial para un lugar icónico y trascendental como la Peña Pancho Fierro creado por las hermanas Celia y Alicia Bustamante, sobre todo por sus asistentes asiduos como Salazar Bondy, Eielson y Fernando de Szyszlo. Al mismo tiempo, se da el desarrollo del surrealismo en la poesía con Westphalen y Moro, ambos influenciados por los franceses Breton y Éluard. En otros países de la región aparecen otros grandes genios en las artes plásticas como Guayasamín en Ecuador y Wilfredo Lam en Cuba. Más genios, pero de las letras: Asturias y Uslar Pietri. A ellos se suma Juan Rulfo que, con su obra, breve pero inmensa, retrató el paisaje de México con fantasmas y hechos imposibles de creer. En el sureste, precisamente en Uruguay, aparecían más genios como Onetti, Rodríguez Monegal, Ángel Rama. En el caso de Argentina, la obra de Roberto Arlt ya era un buen antecedente. Lo mismo con Borges que ya se vuelve metafísico al momento de escribir sus cuentos. En Chile, Nicanor Parra hace uso del humor y de la ironía en sus Antipoemas. En Bolivia, aparece Jaime Saenz que se autoproclama como un poeta nazi. Por otro lado, Brasil sorprende al mundo con la creación de Brasilia, una ciudad-modelo cuya idea nació en la mente de su presidente Juscelino Kubitscheck y ejecutada gracias a los arquitectos brillantes que tenía. Y en el caso del caribe, Ernesto Cardenal de Nicaragua sorprende con su primer libro Hora 0 y Lezama Lima en Cuba ya es considerado un escritor descomunal en todo el sentido de la palabra. Al mismo tiempo, en República Dominicana, se implantaba la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, siempre maquillado, a quien ya le dedicaban varios merengues sin importar tener a sus espaldas la muerte de miles de dominicanos y haitianos. Estos últimos en la masacre del perejil.
La tercera parte corresponde a los delirios de la soberbia que se sintetiza en las revoluciones, dictaduras y la latinoamericanización de Occidente. Imposible no mencionar lo sucedido en La Habana en 1959. Fidel Castro llega al poder con el Che Guevara, Camilo Cienfuegos y otros revolucionarios con los que instaura una nueva idea y esperanza latinoamericana, no solo en la isla sino en todo el continente. Muchos escritores e intelectuales comulgan con las propuestas revolucionarias, pero el idilio no duraría mucho. Guillermo Cabrera Infante y Heberto Padilla serían dos de los principales afectados por la dictadura implantada en Cuba. Mientras tanto el boom surgía y el Che Guevara intentaba repetir sus logros en otros países del continente sin saber que correría la misma suerte de José Martí al tener «una muerte tonta y cruel» (sic) (p. 362). Como ya es conocido, con el caso Padilla se rompe la unión y amistad de los miembros del boom, pues unos se ubican en contra y otros a favor del régimen. Gabriel García Márquez pertenecería al segundo grupo. El capítulo de las diferencias entre Gabo y Vargas Llosa es simplemente genial. Viva la terquedad del primero y el repudio a toda forma de autoritarismo por parte del segundo (“América Latina, 1975-1981: Los escritores ante la democracia”, pp. 444-453). Las posturas de Octavio Paz y Borges también son necesarias de considerar. Por otro lado, en Argentina, Perón regresaba al poder sin saber que sus adeptos se matarían luego entre ellos. En Brasil se creaba el movimiento musical Tropicália con Caetano Veloso a la cabeza, quien sufriría los embates, censura y exilio por parte de la dictadura ya implantada. En Perú surge una guerrilla en la selva de Madre de Dios donde muere el poeta Javier Heraud (el estigma de José Martí se repite una vez más: el caso del cura Camilo Torres en Colombia alude a lo mismo). En México ocurre la matanza de Tlatelolco y en Perú, una vez más, surge otro Golpe de Estado bajo la forma de una revolución de izquierda impulsada por los militares. Juan Velasco Alvarado se convertiría aquí en protagonista. En Chile también ocurre otro Golpe de Estado, pero mucho más violento con la caída y muerte de Salvador Allende. Sube al poder Augusto Pinochet (en este periodo oscuro llama la atención el actuar de la escritora y asesina Mariana Callejas, convertida en María Canales en la novela Nocturno de Chile de Roberto Bolaño). En Nicaragua explota la revolución y en Argentina sube la dictadura militar de Videla. El plan cóndor se realiza en buena parte de Sudamérica como parte del desarrollo de las dictaduras. Sin embargo, en los años ochenta regresan las democracias, pero en Perú surge el Partido Comunista Sendero Luminoso para empezar algo más que una revolución. Este partido, al mando de Abimael Guzmán, inician un periodo de terrorismo, sangre, destrucción y muerte. Se suman las políticas de Belaunde y de un joven Alan García que, sin saberlo, y mucho menos imaginarlo, regresaría al poder por segunda vez muchos años después. Llegan los noventa, Vargas Llosa pierde las elecciones ante un desconocido Alberto Fujimori quien se quedaría en el poder once años (tan igual como Leguía) corrompiendo a todas las instituciones. En esa década también surge otros movimientos revolucionarios en el continente. En México, el subcomandante Marcos se convertiría después en un símbolo opuesto a lo que él deseaba. En Colombia las FARC y el narcotráfico tiñen a un país de violencia y sangre. El final de esta década llega con la presencia de Roberto Bolaño, quien rescata una tradición latinoamericana distinta desde su exilio y/o como migrante. Hay que reconocer que este capítulo también resulta fabuloso. Aquí una conjetura de Granés a partir de sus lecturas del escritor chileno:
Aunque no tenía la intención de convertirse en un gran intérprete del continente, Bolaño sí tenía una obsesión, evidente a partir de sus novelas de 1996, La literatura nazi en América y Estrella distante. Ambas novelas mostraban que las artes no frenaban los más bajos instintos, ni las pulsiones irracionales y antisociales; al contrario, podían estimularlos. El problema no parecía ser la clásica disyuntiva decimonónica entre civilización y barbarie, sino la permanente complicidad entre una y otra. (p. 482)
Carlos Granés – Foto: Casa América
Como es esperar, el final del libro llama a la reflexión, al autoexamen y a la autodeterminación de saber hacia dónde vamos. El pasado debería guiarnos en este camino. Las artes, por lo menos, lo reflejan, son guías, mientras la política sigue siendo sorda y muda a sus propios actos. Cierro esta reseña y esta lectura con tantos hechos y nombres ya citados y otros que faltarían por mencionar, pero es inabarcable, pues siempre habrá más protagonistas:
Rebelión y cambio: ese ha sido el destino del continente, desde 1898 y seguramente desde antes, propulsado por lo único que destila el victimismo latinoamericano: el delirio de la soberbia. No la emancipación y la autonomía; no la mayoría de edad ni la asimilación de las propias culpas, los propios errores, los propios vicios y las propias intransigencias, no: los actos adánicos y dramáticos que cambiándolo todo no cambian nada. (p. 513)
Es necesario partir del pretexto o impulso poético del último libro de Laura Rosales, pues depende de un cuadro que nombra el conjunto de poemas, El tiempo es un río sin orillas, de Marc Chagall. Un vistazo rápido a la composición nos aproxima a un pez alado sobre un río, elevando un reloj de péndulo y con una mano musical que porta un violín. A lo lejos, desde el suelo y cerca al río, unos amantes se entrelazan amorosos, eróticos. No nos cabe duda que esta imagen motiva las emociones de la propuesta poética, porque se puede percibir en Rosales una búsqueda que a veces transita entre los juegos de la luz y los colores, propio de la pintura, la mirada y la ceguera, y, finalmente, el cuerpo afectado por el mundo, la carne sintiente, a pesar de que el poemario se debate entre el pensamiento y el papel como terrenos sobre los que las letras descansan. Sin duda nos encontramos ante un asombro y este siempre expondrá circunstancias de indefinición.
Siguiendo con la idea chagalliana que se manifiesta en el poemario, podemos insistir en que lo animal, lo maquínico y lo temporal, como un hecho metafísico, se dejan entrever en los versos de la poeta. Quizá esto nos pueda cuestionar, ya que la poesía moderna siempre ha procurado darles una columna a los conjuntos, a las sumatorias, un hecho que no se puede encontrar rápidamente en los veintiún poemas que componen El tiempo es un río sin orillas. Tenemos una colección de impresiones, de afectos que entremezclan algunas pistas que se repiten y de las cuales nos valdremos para presentar el libro.
Desde el primer poema, la perspectiva es fundamental para entender el exterior y se puede mezclar con otros sentidos como la escucha. Podríamos decir que la mirada puede escuchar en varios poemas. El primer texto es paradigmático, en ese sentido, porque la voz poética nos dice: “Nací con ojos grandes para escribir de lo invisible” (p. 9). No una mirada cualquiera, sino más bien el acontecimiento de la visión que echa mano de todo el cuerpo como en el tercer poema cuando una “niña ciega” (p. 13) se sirve de sus “brazos abiertos” (p. 13) para poder captar la emoción del encuentro paternal.
En el poemario la mirada siempre trasciende, quizá porque es más que eso, es el ojo instalado en el sentir y por eso se puede ver “… un nuevo día desde el interior” (p. 15), es posible ver desde la “mirada vespertina de los peces” y, por ende, la voz poética “contempla lo que no podía ver” (p. 15). Todo esto es fruto de convertir lo corporal en un gran eje de la visión que trasciende el tiempo, ya que se puede afirmar un atraer el pasado cuando la poeta dice que “Atisba [su] infancia temblorosa” (p. 15). Casi como la pincelada que juega con la vibración, así se captan los momentos o, mejor, los acontecimientos, una selección que se deja emerger en todos los poemas. No en vano nos situamos en el cuerpo porque se “mira todo a ciegas/ pues con la carne sentirás” (p. 17). Más que juegos, es la exploración de las percepciones. Este mismo intento podría ser una trampa, porque les quitaría cohesión a las propuestas unitarias o al planteamiento general del libro, pero son riesgos que se asumen, porque el interés se encuentra detrás de las palabras mismas, a pesar de que se reconoce su territorio. Podríamos decir que tenemos en la lectura un poemario de los afectos.
La constante de la mirada que se desterritorializa se preserva a lo largo del libro con un toque vegetal que se cierra de la siguiente manera: “La poesía cae como una costra/ y sin abrir los ojos/ ascendemos en libertad” (p. 48). Esto nos puede quedar más claro con los ecos bíblicos que surgen, sobre todo, en la cuestión de la palabra como semilla, un clásico que se puede encontrar en la parábola del sembrador (Mt13, 2-9; Mc 4, 1-9 y Lc 8, 4-8). Más aún este tópico se relaciona con la sentencia de Jesús: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). En el caso específico de Rosales, se seculariza la imagen y ya no es la palabra de Dios la que debe dar fruto, sino la palabra que se conquista en la poesía y que adquiere autonomía, que crea su propio mito, puesto que “El poema existía antes de ser escrito” (p. 19). Esta afirmación es plena, pero debe ser escrita y en este punto se generan las tensiones, porque se debe asumir la existencia del libro como testamento de la experiencia pura y estética sin correlato cuando “Sus frutos, comestibles y venenosos,/ se cosechan diariamente/ en valles desnudos de papel” (p. 20) o cuando se asume que “El papel guarda el viento y la alegría” (p. 30).
La palabra, en tanto verbo anterior a todo, como mito no puede desligarse del nacer vegetal. Si nos remitimos a su antecesor religioso es inevitable recurrir a Jn 1,1: “Al principio existía la palabra…” para luego presentar su forma lenta, pero segura de la planta en versos como “Aquel mundo profundo/ es mi leve reino” (p. 37) o “Soy la semilla del silencio creciendo” (p. 45). El territorio de nacimiento poético es el libro, a pesar de que el cuerpo se avecina o sería la fuente idónea que permite a la voz poética ser todo mirar. No sabemos si esta situación ríspida es superada, pero las múltiples sentencias de los poemas quizá nos invitan a recolocarnos en un universo fragmentado, a pesar del libro como espacio o medio idóneo de trasmisión del universo que propone Rosales. Más referencias bíblicas se pueden anotar como la experiencia del paso por el Mar Rojo y el cuerpo o el mismo Salmo 23, pero esos detalles los dejaremos a la curiosidad de los lectores, después de las pistas que hemos podido percibir en nuestra lectura.
Una razón más de esta reacomodación secular de la tradición religiosa se puede percibir si citamos unos versos de Carlos Drummond de Andrade que resuenan en El tiempo es un río sin orillas:
Rosales procede como esta sección del poema “La flor y la náusea”. Incluso, la náusea se presenta de manera literal (p. 50). Creemos que la razón de esta presencia tenga que ver con el vértigo de la multiplicidad que se intenta asir en los poemas por la necesidad de calibrar la mirada que se reconoce más allá de la deuda con los ojos y que no tienen un concierto más allá de la libertad de conexión emocional con los impactos que genera lo real. En el caso de Drummond, la flor se erige con mayor seguridad en medio de la ciudad, debido a que es protegida, visionada, por el poeta, mientras que en Rosales aún se la está reconociendo; la misma voz poética y su materia carnal es la semilla y la flor que se enfrenta a la ciudad, a la existencia, siendo de ella también.
En nuestra capital el poema también es posible, porque “… en la memoria de la ciudad de las semillas,/ en Lima la dura, sin brújula ni mapas” (p. 31). Más aún, la fuerza de la poesía tiene claro, ya que se habla así misma y se dice “Avanzas con el mar del alba en la garganta/ en la transparencia de esta fábula” (p. 31). Lo mítico penetra en la ciudad que parece imposible abordar desde la simple palabra que irá creciendo con cierto silencio y ¿por qué no?, siguiendo a Drummond, con cierta “fealdad” producto del temblor de sus raíces y ramas que se asoman ante el bullicio que distrae de sensibilidad de las impresiones de la vida. Nos parece que Rosales se encuentra en esa orilla de lo difuso, pero potente del acto poético. De alguna manera, este poemario podría anteceder a una afirmación más plena de la expresión. Nos queda claro este asunto por la promesa que se empeña en estos versos: “No ignores lo que renace:/ la hierba en el concreto,/ el amor que te alcanza. […] Aquel mundo profundo/ es mi leve reino” (p. 37). Años después de silencio, se nota el retomar las palabras en Rosales que van alzándose y alcanzarían un reino más que leve, posiblemente sólido, de tronco. Eso queda al tiempo sin orillas, a la falta de prisa con la que se debe proceder con el verbo.
Laura Rosales – Foto: Revista Lucerna
Esta reseña ha querido, de alguna manera, sistematizar algunos puntos que consideramos neurálgicos en El tiempo es un río sin orillas. Por esa razón es que no hemos citado el título de ningún poema, sino que hemos procedido con soltar los versos y seguir el mismo plan de las percepciones paradójicas de sonido, luz, tiempos y tacto. En ese sentido, el lector podrá buscar, como nosotros, más sentidos de los propuestos y realizar un balance de la aventura que se propone la poeta y si la consigue en sus imágenes, estrofas y ciertos encabalgamientos que podrían ser de emoción poética como de meditación. Desde nuestro punto de vista, hay que celebrar el libro de Laura Rosales y confiar en que sus siguientes proyectos nos traigan el crecimiento de la semilla que eclosiona en sus páginas.
La revista Hispanófila es una de las publicaciones más importantes sobre temas de literatura hispanoamericana. En el número 192, editado por Carlos Villacorta y Oswaldo Estrada, encontramos un eje temático, titulado: “El Perú en el nuevo milenio. Reflexiones y propuestas en torno al Bicentenario”. Se trata de una de las pocas publicaciones académicas que dedican su número a contextualizar dicha celebración en medio de la pandemia de la COVID-19 y lo que ello significa para el país.
La primera sección se denomina Reflexiones en torno al Bicentenario. El primer artículo se titula “Doscientos años y que nadie pare de contar”, de Félix Terrones. Aquí se aborda el contexto peruano a partir de la pandemia del 2020 en los gobiernos de Martín Vizcarra, Manuel Merino y Francisco Sagasti. Terrones teje una línea entre esa realidad caótica y otra protagonizada por Justo Figuerola en 1843, narrada por Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas. Este tipo de realidades (la “real” y la representada) presentan algunas coincidencias entre la anécdota y la narración de hechos absurdos y ridículos. Por supuesto, no son ajenos los personajes como Alan García y el acontecimiento de suicidio, y tampoco el “gobierno de lujo” de Pedro Pablo Kuczynski. Pareciera que en la realidad peruana el caos y la literatura exagerada tendrían una relación de causa y consecuencia. Terrones propone imaginar la historia nacional en función a las promesas que no se han cumplido y los proyectos frustrados. De esta forma, obtendremos la historia nacional en un negativo fotográfico.
El segundo artículo fue escrito por Jacqueline Fowks. Este se titula “Artes sin canon [por el momento]. De Ness is sans confirmed, una revisión de ‘injusticias previas al Bicentenario’”. Este trabajo configura un fresco sobre las elecciones peruanas en la campaña electoral del 2021. Para ello, elige un trabajo del artista plástico Ness is Sans Confirmed, César Ávalos Arenas Paredes (publicista y comunicador social). La pintura se denomina “Injusticias previas al bicentenario”. Condensa una intertextualidad con hechos históricos donde la actuación de la policía peruana no ha sido del todo positiva, puesto que lamentablemente ha servido para intereses particulares más que al servicio de la población. Se alude a muchos intelectuales, como a Foucault, para intentar un ejercicio interpretativo sobre la cultura y su objeto de denuncia, además de la inclinación política que vivieron las personas en esas elecciones.
Grecia Cáceres escribe el texto “Frente a un manto Paracas en el Museo del Quai Branly ¿posicionándose en torno al Bicentenario”. Es una composición autorreflexiva sobre los 200 años de independencia del Perú. Alude a muchos de los males históricos que nos han aquejado. Parte desde la época de la Conquista y luego hacia la República.
La segunda parte de la revista se titula Neoliberalismo, biopolítica y movimientos masivos. Uno de los textos más interesantes lo constituye el artículo de Giancarlo Stagnaro: “Neoliberalismo en el rock peruano. Las promesas sobre el bidet de la posmodernidad en el caso deLos Mojarras, Pedro Suárez-Vértiz y Los Nosequién y los Nosecuántos”. En este caso, nos enfrentamos a un ensayo académico que analiza las letras y los videos de los grupos de rock más representativos e importantes en el Perú en la década de los 90. Para ello, establece un marco conceptual que aborda primero una línea histórica sobre la crisis de los 90 en el Perú, además del rol que juega la introducción del neoliberalismo en el gobierno de Alberto Fujimori. Posteriormente, dentro de ese balance histórico, realiza un estado del arte sobre los antecedentes rockeros en el Perú y la inclusión de los mismos en el tema del compromiso social y en la despolitización de la temática de las bandas de rock. Resulta interesante que para esta tarea utiliza algunas líneas de la ciencia política para establecer conceptos sobre el neoliberalismo, como las del marxista David Harvey. Esto no es común entre las disertaciones literarias que abordan conceptos de la ciencia política. Sus conclusiones afirman que el sistema neoliberal resta la calidad artística musical. No obstante, este tipo de percepción subjetiva parecía estar más ligada al orden ideológico que al artístico. La inferencia de Stagnaro abre una línea para el debate.
Cynthia Vich contribuye a este número con “Escombros de la Lima neoliberal: a punto de despegar (2015)”. El tema gira en torno al documental A punto de despegar (2015) codirigido por Lorena Best y Robinson Díaz. En el mismo, se muestra la destrucción física de la comunidad de San Agustín para la ampliación de las pistas del aeropuerto Jorge Chávez en Lima. En el filme, se retrata a la comunidad de San Agustín y la destrucción del espacio donde los pobladores fueron expulsados. A su vez, se explica que estos mismos nunca quisieron integrarse a la ciudad. Además, existía una red de apoyo mutuo para evitar los problemas de la delincuencia muy comunes en esos lugares. Esta lectura interpretativa plantea el concepto del “urbanismo neoliberal” como una amenaza. Para ello, se ejemplifica dentro de la destrucción geográfica de San Agustín como el principio de una razón neoliberal. Este concepto configura espacios sobre el concepto de modernidad. En ese sentido, se tiende a una transformación radical y urbanística como la que ocurre en el Perú, sobre todo en Lima en la década de los 90.
“Salón de belleza de Mario Bellatin: una escritura clarividente sobre el Estado eugenésico peruano. De la pandemia del VIH-SIDA a la del COVID-19”, de Erika Almenara, realiza un balance desde la publicación de esta novela (1994) hasta la actualidad. Para esta tarea, se realiza una actualización sobre la representación de la temática de esta novela y la pandemia de la COVID-19 en la actualidad. La proyección de esta identificación incide entre estas dos enfermedades y la forma en que el Estado peruano abordó la política de salud en una línea neoliberal desde el gobierno de Fujimori, y las secuelas terribles que dejó en las poblaciones más desprotegidas y vulnerables, como las mujeres, los indígenas y los homosexuales. La temática de la novela de alguna manera sigue vigente, pues existe una especie de complicidad, como manifiesta Erika Almenara, entre la literatura y la realidad, específicamente con las disidencias sexuales y de género. Por lo tanto, es urgente pensar en una agenda para la construcción de una nueva forma de vivir para todas las personas.
“Grupos privados, confesiones públicas y movimientos masivos: el impacto de la narrativa confesional en la marcha ‘Ni una menos’ en el Perú”, de Margarita Saona, explora los testimonios de experiencias de violación sexual en un grupo privado de Facebook y la repercusión de los mismos en la marcha “Ni una menos” realizada el 13 de agosto del 2016 en el Perú. Saona confirma este gran impacto mediante las redes sociales que dicho acontecimiento provocó. Aunque la violencia contra las mujeres no ha disminuido en el Perú, sí se generó un cataclismo social gracias a los testimonios terribles que se publicaron.
La tercera parte de la revista se titula Literatura, memoria y violencia. Enrique Cortez escribe “Carmen Ollé y Pilar Dughi: Nueva mujer y representación literaria en la narrativa peruana de la violencia política”. Un aporte importante en este artículo lo constituye la ampliación de la denominación de “violencia política”. Efraín Kristal remitió esta denominación a las primeras novelas peruanas. Cortez va más allá, inclusive hasta Comentarios reales, del Inca Garcilaso. Resalta, más adelante, el relato “El grito” de Carmen Ollé por su nivel de representación efectivo, a comparación de otras narraciones que abordan el papel de la mujer. Para Cortez, Ollé corrige el alcance de representación de lo femenino en discursos que insisten en su animalidad. Logra esta corrección en su obra ¿Por qué hacen tanto ruido? Por otro lado, Pilar Dughi coloca las bases de una nueva representación sobre la complejidad de las mujeres en el Perú. En su libro La premeditación y el azar, se escoge a personajes femeninos que resisten la opresión machista. En estas dos escritoras, Cortez destaca la representación de la mujer guerrillera en el Perú.
Carlos Yushimito presenta “El archivo como crimen perfecto: límites y excedentes de la representación de la violencia política en La conciencia del límite último, de Carlos Calderón Fajardo”. En este se redefine el concepto de “representación”. En línea con Montalbetti y Peirce, representación es “algo que está en lugar de otra cosa”. También, afirma que la novela se nos revela como una propuesta de lectura que nos guía por la violencia como discurso; es decir, presenta la representación de los hechos de la violencia a través de la literatura. Asimismo, la obra muestra una investigación que revela una trasgresión doble: la crisis imaginativa del narrador y la “borradura” de los eventos de la violencia.
Andrea Cabel escribe “La memoria ejemplar en Tenebrae, de Alfredo Bushby”. Aquí se sostiene, al igual que Víctor Vich, que esta obra teatral funciona sobre las piezas de arte como un lugar estratégico donde es posible cambiar la visión de la realidad y ofrecer una alternativa radical. Tenebrae permite recordar críticamente los eventos de la corrupción en los últimos años de la historia peruana, sobre todo en el contexto de las irregularidades cometidas por la Pontificia Universidad Católica del Perú contra sus trabajadores y alumnos. El teatro es una práctica contestataria que implica riesgo, y ayuda a no aceptar las realidades y que estas pueden cambiarse simbólicamente.
“Los restos del naufragio: ideología y praxis en la poesía peruana contemporánea”, de Carlos Villacorta, explora, de manera sistemática, poemarios representativos con respecto a temáticas de ideologías políticas o compromiso social. Cita en un primer momento un acontecimiento histórico y literario: la muerte del poeta-guerrillero Javier Heraud en 1963. Los poetas Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza y el propio Heraud muestran caminos posibles en el lenguaje poético peruano. Todos ellos se relacionan con la ideología de izquierda con afinidad o crítica. El segundo momento se produce en 1970 con la aparición del grupo Hora Zero y el contexto de la dictadura militar. Destacan poetas como Cesáreo Martínez y Enrique Verástegui. El tercer momento sucede en los años 80 durante los gobiernos de Fernando Belaúnde y Alan García, en que publican Roger Santiváñez y Tulio Mora. Más adelante, en el contexto del autogolpe de Alberto Fujimori, la aparición del poeta Domingo de Ramos y su poemario Pastor de perros constituye un acto público importante y multidisciplinario. Por otro lado, Villacorta sistematiza algunos poetas de la época más próxima, a la que denomina “posguerra: memoria y neoliberalismo”. En ella, se evidencian algunos rezagos sobre la ideología de izquierda en el siglo XXI. Se mencionan a tres poetas: Álvaro Lasso, José Carlos Agüero y Victoria Guerrero. La lectura de Villacorta comprende una relación directa entre el marco histórico e ideológico con la poesía peruana de los últimos tiempos.
“Y la muerte no tendrá dominio (2019). Poéticas del duelo de Victoria Guerrero Peirano”, de Rocío Ferreira, destaca la obra de la poeta, sobre todo por la multiplicidad de sus textos, no solo poéticos, sino, también, híbridos. La obra de Guerrero muestra un activismo relevante en la coyuntura de la política peruana actual. Y la muerte no tendrá dominio (2019) constituye un texto híbrido, donde se desmitifica el mito del rol de la madre perfecta y feliz con su proceso de duelo. Este texto es un ensayo heterogéneo que incluye discursos narrativos, poéticos, fantásticos, etcétera. Para Ferreira, Guerrero explora una estética experimental y fragmentaria que cuestiona el proceso del duelo. Además, la literatura de Guerrero muestra un acto político autorreferencial; se destaca, también, paralelamente a la cuestión ideológica, que es un texto hermoso, desgarrador y valioso. A partir de un hecho terrible, como la muerte de una madre, se puede realizar un ejercicio de exorcismo con la escritura, el trauma y el dolor.
La cuarta parte del libro se titula Migración, globalización y traducción. El primer artículo “Nostalgia por el futuro: cine de migración y neoliberalismo en el Perú”, de Lorena Cuya Gavilano, aborda las producciones del cine peruano de las últimas dos décadas. Para ello, reflexiona sobre nociones de modernidad, tiempo y desplazamiento. Para Lorena Cuya, las películas que analiza muestran a individuos que buscan la modernidad en otros mercados o lugares. La película Chicha tu madre, filme peruano-argentino, refleja la “cultura chicha” producto de constantes migraciones internas. Otra película similar es Pasajeros, de Andrés Cotler. En esta película, se reproduce una actitud hacia el futuro por parte de los personajes, urbi et orbi. Precisamente, Paraíso, de Héctor Gálvez, reproduce la vida en un asentamiento humano donde los protagonistas no sienten el lugar como suyo y tampoco el de sus padres provincianos. Wiñaypacha: la eterna espera, dirigida por Óscar Catacora, es el primer largometraje peruano en aimara. Aquí el futuro está marcado por un cambio de lugar, inclusive para poblaciones alejadas del Estado y las ciudades. Todas estas películas, para Lorena Cuya, denotan que no existe una revisión nostálgica del pasado, sino una aproximación improvisada al futuro.
Pablo Salinas escribe el artículo “Génesis de la narrativa cinematográfica peruano- canadiense: espacialidades intermedias en Norte y La bronca”. Norte, de Fabrizio Aguilar, y La bronca, de Daniel y Diego Vega, constituyen películas con aspiraciones trasnacionales. Ambas muestran el cine de inspiración migratoria peruano-canadiense y evidencian dinámicas urbanas en este desplazamiento. Los espacios representados en Canadá se fijan con mayor rigor en los entornos domésticos, que curiosamente son menos frecuentes para los migrantes, especialmente peruanos. Estos espacios ordinarios alejados de las grandes ciudades aportan un clima favorable para los dramas familiares de los sujetos migrantes. De esta forma, el cine peruano-canadiense se ha enriquecido con estas interpretaciones y posibilidades de un cine con nivel transnacional de mayor pluralidad cinematográfica.
En el ensayo académico “‘A veces quisiera volver’. Racialization, Ruins, and Migrant Tactics in Oswaldo Estrada’s Short Stories”, Christian Elguera destaca la notable representación de la migración y racialización en la experiencia de la migración latina en los Estados Unidos. En este caso, el propio Estrada reconoce su experiencia vital de migrante en sus producciones académicas y literarias. Luces de emergencia (2019) se sitúa en ese ambiente de constante peligro. Además, se colige una causalidad bajo el ambiente de violencia interna en la migración peruana y de Centroamérica, como en Las guerras perdidas (2021).
Gabriel T. Saxton- Ruiz escribe “Traducciones peruanas en el mercado literario global: proyectos de resistencia”. En el mismo, aborda de qué manera se sitúa la literatura peruana del siglo XXI dentro del panorama literario global. WWB, revista que publica traducciones, en dos ocasiones ha dedicado números especiales a la literatura peruana, “Geography of the Peruvian Imagination” (2015), y Who Writes Peru: Asian-Peruvian Writers (2020). En estos números, se ha tratado de demostrar la heterogeneidad de la literatura peruana. Por ello, se puede observar que las propuestas literarias se resisten a una fácil categorización, pues los rasgos compartidos son disímiles. Saxton también incluye a Asymptote, otra revista en línea que se dedica a la publicación de traducciones literarias y entrevistas e intelectuales. Aquí se destaca la publicación de “The Dive” (Inmersión), de Pedro Novoa, lo que provocó la traducción de este cuento a 14 idiomas y una difusión mayor a la obra de este importante escritor, lamentablemente ya fallecido en 2021. Además, en la actualidad, muchas obras de escritores como Alonso Cueto, Gustavo Faverón y Claudia Salazar, entre muchos otros, muestran una visión pluricultural de la literatura peruana.
En suma, la importancia de este número radica en las distintas reflexiones sobre los discursos poéticos y artísticos que involucran a la realidad peruana en torno al Bicentenario, coincidente lamentablemente con la expansión de la pandemia de la COVID-19, lo cual ha supuesto una revelación trágica sobre el proceso de modernización de las instituciones, y los servicios sociales y políticos en el Perú. Estos artículos desnudan una realidad inquietante y trágica, pero también nos conducen a una expectación sobre esa gran patria llena de esperanza que es el Perú.
Lima, Arequipa, julio-agosto de 2022
[1] Henry César Rivas Sucari es bachiller y licenciado en Literatura y Lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa; y magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus líneas de investigación abarcan la literatura peruana contemporánea, la novela peruana del siglo XX y XXI, las teorías y poéticas de la ficción, la narrativa de José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique, entre otros. Ha publicado artículos académicos en revistas del Perú y el extranjero, como Letras, Tesis, Apuntes Universitarios, Psychology and Education, Revista Latinoamericana de ensayo y Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. Ha ganado concursos de investigación en las universidades Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y la Universidad Tecnológica del Perú. Actualmente, es doctorando en Literatura Peruana y Latinoamericana de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Además, ejerce la docencia en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.
Hijos de la guerra (Hipocampo Editores, 2020), Premio Luces 2020 en la categoría cuento, del escritor peruano Enmanuel Grau (Lima, 1987) contiene ocho relatos donde sobresalen dos tópicos específicos: los afectos (sean de pareja, familiares, amicales o literarios) y la violencia. Esta última se desarrolla tanto en el espacio urbano que hace referencia al barrio y a la collera (y cuyo antecedente se puede encontrar en la obra de Oswaldo Reynoso, Julio Ramón Ribeyro y en el primer Vargas Llosa). Esta violencia colinda, a la vez, con lo marginal. Se manifiesta también con lo vivido en la época del terrorismo en el Perú, sobre todo en espacios distantes o periféricos.
El primer cuento, que precisamente remite a los afectos, se titula «Guerra perpetua», cuyo personaje principal es Georgette Phillipart, la viuda de César Vallejo. Ella es la narradora que cuenta en primera persona una serie de hechos relacionados a su vida de pareja y también en sus anhelos como mujer, precisamente con la maternidad. El tiempo y espacio de esta historia se ubica, en un primer momento, en el penúltimo día de vida de Georgette, pues al inicio del cuento se señala como paratexto el lugar y la fecha del despliegue de esta voz narradora: Maison de Santé / Lima, 3 de diciembre de 1984 (ella fallece un día después). Y menciono este tiempo y espacio como primer momento porque remiten a un segundo espacio y tiempo que corresponde al último día de vida del poeta en París (1938), cuando él se encuentra en la clínica agonizando (las frases: «me dijo, con un hilo de voz» y «Y tus ojos arden, tus ojos arden» guardan relación al momento previo a su muerte). Este efecto de tiempo sobre tiempo, además del tema literario, no solo colocan a este cuento como el mejor del libro. Se suma el uso de un lenguaje intimista y lleno de sentimientos que muestran, o recrean, a través de la ficción, los momentos que vivía la pareja, más aún con el contexto de la Guerra Civil Española y con el último libro con el que se cierra la obra total del poeta:
[…] Él intentó abrazarme. Me solté, fui hasta la mesa, tomé las cuartillas y las arrojé sobre la estufa. Nos quedamos mirando en silencio cómo ardían. ¿Qué si me siento culpable, qué si tengo remordimientos? Me parece que no. A estas alturas ya todo está saldado. Recuerdo que entonces estalló lo de España y el incidente, junto al libro, quedó olvidado. O eso creí. Cuando César enfermó, juré ocuparme de todo, con tesón, como lo he hecho siempre, hasta ahora. Incluso, había decidido entregar el libro, nuestro hijo de la guerra a los editores. Pero todo cambió la última vez que lo vi en la clínica. Entré en el cuarto y con solo mirarlo supe que él lo sabía todo. (p. 15)
El segundo cuento se titula «La Pampa». Sus personajes son unos jóvenes que transitan en determinada zona de Lima. La mención del Cerro San Cristóbal, el jirón Madera, el Mercado Modelo y un arenal (La Pampa) donde ocurre el desenlace de esta historia define el comportamiento y el nivel socioeconómico de los personajes, lo que brinda un aporte a la literatura peruana en temáticas urbano-marginales, muy al estilo de Enrique Congrains o el mismo Oswaldo Reynoso. Se suma el lenguaje procaz y su comportamiento violento correspondientes al segundo tópico que prima a lo largo de libro. Aunque en este cuento también se encuentran los afectos amicales y fraternos. Lo mismo podría decirse del cuento «Al otro lado del río» donde la violencia se manifiesta en otros ámbitos que van más allá de las personas:
No sé por qué recordé lo que habíamos hecho la otra vez. Estábamos por Puente Trujillo. Cerca de un basural unos perros rugían con furia sobre un gato. Lo habían malogrado a punta de mordiscos. Los espantamos con piedras: ¡lárguense, fuera! El gato estaba allí, todo magullado y nos miraba con ojos que parecían humanos. (p. 80)
En este mismo cuento, la presencia del río y el lodazal de los alrededores, junto con el olor y la oscuridad del espacio, además de la mención de otras grandes arterias de la ciudad, como la avenida Francisco Pizarro (p. 89), sirven para que la mayoría de los lectores, sobre todo para los lectores peruanos y limeños, reconozcan y ubiquen al distrito del Rímac como escenario principal. Para los lectores foráneos es necesario mencionar que se trata de un distrito bastante antiguo que se fundó en el siglo XVI en el inicio del virreinato del Perú. Además, se caracterizaba por albergar a buena parte de la población afrodescendiente e indígena y es donde se funda el legendario barrio de Malambo, de mucha tradición artística y culinaria. En este distrito, también se construye la famosa Alameda de los Descalzos, escenario de muchas historias virreinales. Es allí donde la Perricholi realizaba sus famosos paseos vestida de tapada. Este lugar aún existe en la actualidad, pero, desafortunadamente, no es considerado dentro del circuito turístico por su nivel de inseguridad. La representación de este emblemático distrito no es recurrente en la literatura peruana última. Su antecedente más cercano (si es que no caigo en el error ante la falta o desconocimiento de otras lecturas) es la novela Malambo de Lucía Charún-Illescas, además de algunas Tradiciones peruanas que toman este distrito como escenario («Un cerro con historia», «Don Dimas de la tijereta», «El castigo de un traidor» o «Pancho Sales el verdugo»).[1] Por tal razón, se pueden considerar estos cuentos de Enmanuel Grau sobre el Rímac como un considerable aporte.
Otro de los cuentos que también se desarrollan en este distrito (sobre todo por su mención -otra vez- a La Pampa, además de La Huerta y a centros educativos como Lucy Rynning, el Patrocinio y Esther Cáceres como lugares de atracción para sus personajes varoniles) corresponde al cuento que le da nombre al libro: «Hijos de la guerra», cuya historia gira en torno a un acto violento desencadenado también por personajes jóvenes, específicamente por escolares de secundaria. Por otro lado, la mención de un personaje de nacionalidad chilena remite, irremediablemente, al episodio de la Guerra del Pacífico, e incluso, a las diferencias raciales que aún existen, sobre todo en una ciudad como Lima. Otro punto en común son las peleas callejeras entre bandos juveniles a partir de un afecto quebrado.
Siguiendo con el tema de la violencia, esta se aborda en referencia al periodo de la guerra interna y/o terrorismo, sobre todo en sus consecuencias. Sucede en cuentos como «Desborde en la penumbra» y «Recuerdos de Chepén». El primero transcurre en un espacio que ya no es precisamente rural. Este corresponde al crecimiento de la ciudad, a sus extensiones, muy a pesar de que no forma parte de un gran urbanismo debido a su distancia. En esta ocasión, se trata de un distrito alejado y en formación cuyo nombre es Santa María, que también cuenta con un río y con otra amenaza latente proveniente de la misma naturaleza. Aunque la amenaza mayor corresponde a las explosiones, a la falta de luz y a las incursiones de un grupo armado que detiene y tortura a sus pobladores si es que se resisten a sus órdenes. Las acciones tendrán sus adeptos, pero también sus opositores. Esta diferencia trae consigo un cuestionamiento a los afectos familiares, sobre todo entre padres e hijos. Se suman los desastres naturales como los deslizamientos y huaicos tan comunes en estas zonas periféricas:
Las noticias sobre las explosiones llegaban a Santa María con los periódicos, pero no habían ocurrido antes, ni siquiera en la parte más alta del valle. Por eso, cuando el fluido eléctrico dejó de funcionar, después de que las torres de alta tensión colapsaran, supimos que enfrentábamos algo mayor, una calamidad que no era inocente y ciega como la fuerza de la naturaleza. (p. 35)
La violencia del terrorismo y sus consecuencias también llegan a otras zonas fuera de la capital, especialmente en ciudades o pueblos de la costa norte. Ocurre en el cuento «Recuerdos de Chepén». Aquí el personaje femenino se encuentra en un conocido balneario tratando de tener unas vacaciones que la ayuden a olvidar el dolor sufrido por los acontecimientos de violencia, pero este sosiego resulta imposible. Su relación con otros amigos y extraños la hace sentir vulnerable:
Tú despiertas. Lees otra vez, como cada mañana: «En acción heroica el mayor Ramírez fue abatido anoche por una cuadrilla de Sendero, después de combatir en desventaja unas cuatro horas». Cuando bajas a la recepción, Claudia ya tiene media hora esperando. La acompaña Richard y tú apenas reconoces en ese hombre serio y amable al muchacho de entonces. (p. 98)
Lo peor de todo es que el sufrimiento persiste. Solo el recuerdo queda como un consuelo. Esto mismo imposibilita un final resolutivo. La resignación es la única salida. Algo similar ocurre con el cuento «Instrucción final», que remite a otro tipo de violencia, relacionada en parte con el terrorismo, o con los rezagos que quedan de ello en determinadas zonas del país. Los personajes aquí son militares: soldados provenientes de provincias. Uno de los escenarios es la sierra sur del Perú. Este espacio presenta un clima totalmente opuesto al cuento precedente (asumida como una visión representativa de la diversidad de nuestro país). Se suma el uso y efecto de tiempos intercalados. El inicio, por supuesto, menciona una evidente violencia (y tragedia) tan propensa en la vida militar donde los errores se pagan caro:
Hace algún tiempo Santos murió dinamitado en Juliaca, en las alturas del Perú, mientras el pueblo entero preparaba la fiesta de la Candelaria. Ocurrió durante unas maniobras militares de instrucción que debían graduarlo en su cargo de alférez y que por descuido (esto consignan los informes que encontré en el archivo militar) no pudo celebrar en vida, sino en una capilla ardiente, acompañado de cachacos contritos, rodeado por las heladas de la puna. (p. 104)
Finalmente, hago mención del cuento «Juanrra». Otro de los mejores de este libro, sobre todo por desarrollar el afecto literario, más aún con la poesía. Este cuento aborda la admiración hacia un poeta trascendental en la literatura peruana última, más aún por tratarse de un miembro fundador del reconocido grupo Hora Zero. Me refiero al poeta chiclayano Juan Ramírez Ruiz. Es inevitable no encontrar una influencia de Roberto Bolaño a lo largo de esta historia, pues sus otros personajes son precisamente unos jóvenes poetas universitarios apasionados por la literatura que admiran la obra de este poeta mayor. Vale la pena considerar también la relación del mismo Bolaño con los poetas de este movimiento para entender esta actitud y pasión hacia las letras. Pero vayamos a los personajes. Primero en referencia a los poetas jóvenes universitarios que buscan un ejemplo y paradigma como Juan Ramírez Ruiz. Así es como se presenta a uno de ellos:
La tertulia se hundía en el sopor, cuando en la mesa de lectura hizo su aparición un muchacho más o menos de nuestra edad. Rechazó el micrófono que le ofrecieron y no tomó asiento en la silla que le estaba asignada, sino que procedió a acuclillarse en el suelo. Entonces Julio y yo escuchamos el poema más increíble que habíamos oído a un chico como nosotros. Este hablaba, en un tono sublime, de algunos espacios de la ciudad jamás pensados como poéticos, como, por ejemplo, los suburbios del Rímac, rutas de travestis golpeados en la noche cerrada que eran rechazados de los hospitales por no tener documentos de identidad, o sobre los cachacos de palacio de gobierno, muertos de hambre mirando estúpidamente la Plaza Mayor de Lima, deseando incendiarla. Se llamaba Pepe y desde esa madrugada en que nos emborrachamos hablando de poesía, formamos un tridente inseparable. A diferencia nuestra, Pepe era un poeta de la noche; es decir, conocía de sobra los lugares donde se leía y comentaba poesía. (p. 55)
Enmanuel Grau – Fuente: Diario Trome
Estos jóvenes amantes de la poesía, estudiantes de letras en una universidad nacional, cuyo local se encuentra en el mismo centro de Lima, desean desarrollar sus proyectos poéticos guiados por la obra de Juan Ramírez Ruiz. Es así como el poeta mayor se hace presente en esta historia:
Una voz grácil dio inicio al evento. Juanrra permaneció inerme en el escenario, escuchando distraídamente a sus compañeros de generación que leían sus poemas o contaban anécdotas o chistes hasta que le tocó hablar de él. Alguien puso sobre sus manos el micrófono y en la sala del Gremio de Escritores hubo un silencio prolongado y denso o elocuente. Juanrra golpeó con los dedos el aparato, carraspeó una, dos veces y dijo que la poesía era algo que él no podía explicarse sin los amigos aquí presentes y también otros que no habían podido llegar por falta de recursos o ganas o incluso debido a la desgracia. Entonces, como obedeciendo a un impulso o un mandato, Juanrra leyó el más hermoso de sus poemas. Este hablaba sobre un poeta y su ciudad. Un poeta que ha perdido su ciudad y sus libros (mencionaba la cantidad de libros) producto de un terremoto. (p. 61)
Es precisamente la desgracia, mencionada en este fragmento, la que impide el regreso o el retorno de los amigos. Esta se presenta aquí como un anticipo para otorgar un fin trágico y triste a esta historia, pero, a la vez, esperanzadora solo a través de la poesía.
A partir de lo expuesto, se puede determinar que Hijos de la guerra es un gran inicio en la carrera literaria de un escritor como Enmanuel Grau, no solo por su bagaje de lecturas y experiencias, sino también por su misma propuesta. Eso sí, y esto corresponde a la edición del libro, habría que tener mayor cuidado al momento de la diagramación. Aunque este tema ya corresponde al editor y no precisamente al autor.
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Datos del libro reseñado:
Enmanuel Grau
Hijos de la guerra
Hipocampo Editores, 2020
Puntaje: 4.5/5
[1] También se podrían citar algunas obras de José Diez Canseco o de Alfredo Bryce Echenique, donde se menciona este distrito, aunque sus personajes y/o protagonistas no son precisamente citadinos o moradores de este espacio.