Categories
Coyuntura

Las pandemias históricas y las oportunidades para la civilización: De la peste negra al Renacimiento

Por Carlos Carcelén Reluz

La actual pandemia no tiene comparación con las más grandes olas epidémicas sucedidas a lo largo de la Historia, como las de peste en los siglos XIV y XVII o la de gripe española de 1920. La rapidez de los sistemas de transporte a nivel internacional, la interdependencia comercial, la alta concentración demográfica en zonas urbanas, la costumbre de participar en eventos masivos, entre otras, son las características de la globalización contemporánea que propician la rápida expansión de una enfermedad originada en una lejana provincia china, cuya etiología era –y es– desconocida y para la cual no hay tratamiento prescrito y menos vacuna.

La primera pandemia que fue objeto de estudio por su importancia en la reconfiguración de la economía, sociedad y cultura europea fue la “peste negra” que, a mediados del siglo XIV, significó el punto de quiebre de una Edad Media caracterizada por el dogmatismo, la ignorancia y la teología a una Edad Moderna que empezó con una renovación intelectual sin precedente, y una expansión económica y social que dieron sustento al capitalismo hasta nuestros días.

Según Ole Benedictow (2011), la peste negra se expandió desde Asia central por las rutas de comercio que llegaban a la cuenca del Mediterráneo y se extendían por toda África y Europa desde el año 1346 hasta el 1353. La epidemia mató a un tercio de la población del Viejo Mundo (Asia, África y Europa), con un aproximado de 200 millones de víctimas. Solo en Europa se calcula la muerte de unos 50 millones de un total de 80, razón por la que constituye la peor tragedia demográfica de la historia.

Las causantes de la mortandad fueron la peste bubónica y sus variantes como la septicémica y la neumónica que lograron expandirse gracias al panorama general del inicio de una crisis estructural de origen climático denominada Pequeña Edad Glaciar. Esta se manifestó a través de una caída del promedio de las temperaturas a nivel global. De acuerdo con Brian Fagan (2009), en Europa, provocó sucesivas sequías y escasez de alimentos, como la “gran hambruna” (1315-1321). Asimismo, generó una serie de conflictos sociales de origen tributario, como las revueltas campesinas en Francia, Inglaterra, Cataluña, Galicia, entre las más importantes, pero que de manera irreversible debilitaron la legitimidad de los señores feudales europeos. 

Fuente: El Confidencial

A ello se sumaron varios conflictos políticos y territoriales debido a reclamos de viejos derechos hereditarios entre los monarcas europeos, de los que se destaca la Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre Inglaterra y Francia. También tuvieron lugar diversos conflictos al interior de la Iglesia católica que desencadenaron el Cisma de Occidente con la existencia en paralelo de dos pontífices, uno en Roma y otro en Aviñón, lo que produjo la peor época de desgobierno y corrupción al interior de esa institución. 

Pero como todo en el devenir histórico no es bueno ni malo, las terribles escenas de muerte y destrucción que nos dejó la crisis del siglo XIV dieron paso a una nueva era en la que aparece el “hombre nuevo”: el humanista que decepcionado de la teología y los dogmas se dirige a la revalorización del espíritu humano a partir de la unión de la cultura de esa época con la clásica (greco-romana), que permite inaugurar un periodo de rica producción filosófica y literaria. El humanista fue el escritor, el pensador, el intelectual, que no se limitó al estudio de la teología y las sagradas escrituras, como en los siglos pasados, sino que le dio mayor importancia al estudio de las ciencias humanas y a las lenguas clásicas como el latín y el griego clásico.

Como corriente filosófica, el Humanismo se opuso al teocentrismo de la escolástica medieval y propuso el antropocentrismo y las humanidades para generar una formación integral del hombre basada en las fuentes clásicas. Con estos fundamentos, los humanistas comenzaron a sacar a la luz numerosas obras escritas en la antigüedad que estaban escondidas en las bibliotecas monacales, para leerlas con los nuevos puntos de vista producidos por el capitalismo inicial y el mundo urbano burgués. Estos afanes lingüísticos y filológicos les permitieron fundamentar su confianza en la inteligencia humana y su amor por la naturaleza. 

El Humanismo debía restaurar todas las disciplinas, ciencias y artes que ayudaran a un mejor conocimiento y comprensión de los autores clásicos, considerados modelo de una humanidad no contaminada por la teología. Las humanidades que resurgen fueron la gramática, la retórica, la literatura, la filosofía moral y la historia, que son difundidas desde múltiples perspectivas y debates. De este modo, el diálogo y la epístola se convirtieron en los principales géneros literarios humanistas. A esto se unieron las biografías de héroes y personajes célebres en oposición a las hagiografías, y la recopilación de mitología y relatos populares en contra de los esquemáticos y moralistas cantares de gesta. Según Said (2006), de este modo los intelectuales humanistas asumen la responsabilidad política de criticar lo existente.

La expansión de estos fundamentos permitió el surgimiento del Renacimiento como una etapa de renovación cultural caracterizada por la exaltación estética del mundo y del hombre. En la pintura aparecerán paisajes con profundidad, próximos a la realidad, que contrastan con los fondos dorados y simbólicos de los cuadros medievales. Se descubre la belleza del ser humano y se promueve el desnudo –en búsqueda de representar correctamente el cuerpo humano–, lo que fue casi inexistente en la Edad Media. A nivel de las técnicas, el arte renacentista encontró el sentido de la proporción y el equilibrio, así como la perfección de la perspectiva. Como señaló Peter Burke (2015), la producción artística también se convirtió en un factor de importancia para las ciudades burguesas, sobre todo en el norte de Italia. Cuantas más bellas obras de arte poseyeran, cuantos más artistas trabajasen en ellas, mayor era su prestigio y la cantidad de los visitantes dispuestos a comprar los productos que se vendían en sus mercados.

Fuente: Armas y letras

Este desarrollo cultural a lo largo del siglo XV acompañó la recuperación demográfica después de los desastres del siglo anterior y fueron las bases de la expansión económica y territorial que buscaba materias primas para la manufactura europea, al igual que nuevos mercados para los productos de dicha actividad. Eric Wolf, en su libro Europa y la gente sin historia (2005), resaltó que la expansión territorial se benefició del nuevo espíritu individualista liberado de las ataduras dogmáticas medievales y por los adelantos científicos renacentistas aplicados a la tecnología marítima, que sentaron las bases de los nuevos imperios coloniales.

Este proceso de desarrollo cultural, científico y tecnológico, unido a la expansión económica y territorial, se convirtió en el fundamento de la Edad Moderna. Esto nos demuestra que, a pesar de las duras circunstancias por las que atravesaron los países europeos en el siglo XIV, la lenta recuperación dio lugar a una época caracterizada por el redescubrimiento del valor del hombre por encima de sus miedos y dogmas, y una apertura a la libertad de pensamiento y la secularización de la sociedad.

Por estas consideraciones históricas y a pesar de los terribles resultados que nos traerá la pandemia de COVID19, que se manifestaría en el alto número de muertos, el aislacionismo político, el colapso del comercio y el turismo internacional, el fin de los espectáculos públicos masivos, entre otras, que nos perfilaban como una cultura globalizada, la humanidad tiene las bases para poder salir adelante mirando lo mejor de nosotros mismos y revalorar lo que fuimos y podemos ser como especie.

Referencias

Benedictow, O. J. (2011). La Peste Negra (1346-1353), la historia completa. Madrid: Editorial Akal. 

Burke, P. (2015). El Renacimiento italiano. Cultura y sociedad en Italia. Madrid: Alianza editorial.

Fagan, B. (2009). La pequeña edad de hielo. Cómo el clima afectó a la historia de Europa (1330-1850). Barcelona: Gedisa.

Said, E. (2006). Humanismo y crítica democrática. Barcelona: Debate. 

Wolf, E. (2005). Europa y la gente sin historia. México: Fondo de Cultura Económica.

Categories
Coyuntura

Sopa de letras: la academia en tiempos del coronavirus

Por Mateo Díaz

1

En las redes sociales viene circulando una selección de textos en torno al Covid-19 titulada Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias. Uno de los autores incluidos, Slavoj Žižek, incluso ya tiene un libro acerca del tema que se puede adquirir por internet. De la selección he revisado los títulos, algunas páginas al azar, pero aún no la he leído. Probablemente no lo haga, no en este momento. Constato que para algunos lectores estas publicaciones generan entusiasmo; como si vinieran de consultar a algún oráculo, anuncian con timidez o euforia que la pandemia acelerará el fin del capitalismo

Todo esto, de hecho, me hace acordar lo que unos amigos chilenos me contaban hace un tiempo. Un sociólogo, Alberto Mayol, acababa de sacar un libro, Big Bang, para analizar el estallido social en Chile. Entre risas me decían, el estallido empezó en octubre y a los dos meses el hombre ya había publicado un libro. Y eso es lo que el texto francamente les generaba: risas. En ambos casos, propongo tomar la precipitación como un síntoma.

(Vale la pena recordarlo: en Edipo Rey los griegos consultan el oráculo de Delfos justamente porque una peste asolaba la ciudad de Tebas.)

2

Se trata de un chiste, un meme. Me lo envió una amiga cuando se cancelaron las clases presenciales y se empezó a insistir en el distanciamiento social. Dice: “cuando descubres que tu estilo de vida es llamado cuarentena”; la imagen es la de un monito que mira de reojo a la pantalla, como descubierto in fraganti. Iba acompañado de un mensaje de mi amiga que decía “mira, me acordé de ti”. Me reí. Por supuesto, los chistes que dan más risa son los que dicen la verdad. 

No es ninguna novedad que la vida cotidiana de un académico o un estudiante doctoral se asemeja a una cuarentena. El chiste es que nada cambia, que nosotros (cito otro meme) ya practicábamos el distanciamiento social antes de que se pusiera de moda. En todo caso, el “todo sigue igual” ha sido la reacción de las universidades de los Estados Unidos y de buena parte del mundo. Las clases, los proyectos de investigación, las reuniones y hasta algunas conferencias deben continuar a larga distancia utilizando aplicativos como el Zoom, diseñados para hacer videollamadas con varios participantes. Las bibliotecas, nos dicen, ofrecerán servicios de digitalización. Todo será igual que antes, pero diferente.

(Los correos electrónicos, las comunicaciones burocráticas, reflejan esas diferencias. Abundan frases como “cuando todo vuelva a la normalidad”, “cuando todo pase”; la pandemia se concibe aquí como un paréntesis, una interrupción del orden. Cuesta mucho conciliar esa actitud nostálgica con las profecías de la caída del sistema.)

3

¿De qué es síntoma la precipitación? Hay un dicho que todos los estudiantes doctorales conocemos: publish or perish (publica o perece). Desde que vivo en los EEUU la palabra que más escucho en la academia, pronunciada con reverencia o miedo, es “mercado”. Casi podría decirse que hay una exigencia compulsiva, a veces (solo a veces) tácita, de ser productivos. Para los que nos dedicamos a las Humanidades se trata de eso: escribir, publicar, repetir. Aunque la gran mayoría de artículos que se escriben en estos departamentos desmontan y deconstruyen los mecanismos del capitalismo tardío, sus condiciones de producción y circulación reproducen las dinámicas del sistema tan criticado. Los valores, afuera y adentro, son los mismos.

Las preguntas que siguen son obvias: ¿cómo imaginar una realidad distinta desde una praxis que refuerza el presente que se desea cambiar? ¿Hasta qué punto puede sostenerse la separación artificial entre el sujeto que analiza y su objeto de estudio, la realidad? Y claro, ¿qué sentido tiene mantener esta productividad frenética, más aún en una situación en que el mundo cambia a cada momento y opiniones que hace unas semanas sonaban –eran– lógicas (“el virus no es tan letal”, “es una exageración”, “es una creación de los medios”) rápidamente devienen obsoletas?

(La segunda palabra que más escucho en los salones de clase, en los talleres, en las charlas, es “crisis”. La tercera, “circulación”. En el contexto global de la pandemia, los vuelos cancelados, las calles vacías, el chiste se cuenta solo.)

4

Los efectos del Covid-19 aún no son dramáticamente visibles en Providence. Se trata de la capital del estado más pequeño de los Estados Unidos, Rhode Island, ubicada a tres horas y media de la ciudad de Nueva York, hoy el epicentro mundial de la pandemia. College Hill, la zona cercana a la Universidad de Brown, luce más vacía sin los estudiantes de pregrado, pero el contraste con el día a día no es muy marcado. Quienes venimos de ciudades grandes y caóticas nos hemos conformado con pensar que Providence es un lugar apacible.

La presencia del coronavirus se vuelve real, sin embargo, a partir de la relación con las personas que nos rodean. En estos días ayudo a algunos amigos que deciden mudarse y regresar a sus países de origen; luego, incluso eso parece insensato cuando el contacto interpersonal se vuelve más riesgoso. El sindicato de estudiantes de posgrado y otras entidades estudiantiles presionan a las autoridades universitarias para resguardar nuestras condiciones de trabajo y protegernos del virus en el contexto del terrorífico sistema de salud estadounidense, que a la enfermedad añade la amenaza de la bancarrota. A veces alguien me escribe y me pregunta si necesito algo, a veces lo hago yo. Hace una semana un amigo me cuenta que su madre ha contraído el virus y acaba de ser hospitalizada: me doy cuenta de que es la primera persona contagiada que conozco.

Por otro lado, el aislamiento distorsiona las distancias y los horarios. Paso más tiempo del habitual hablando con personas que están en otro hemisferio. Sigo las noticias: advierto que mi reclusión voluntaria coincide con el inicio de la cuarentena en el Perú, que empiezo a utilizar mascarilla fuera de casa cuando el presidente Vizcarra la declara obligatoria. Hablo con mis padres, con mis amigos. Hay una generalizada aprobación de las medidas que el gobierno está llevando a cabo, pero también hay miedo: una amiga, diabética, me cuenta sus dificultades para conseguir alimentos y medicinas en este periodo de libertad restringida; un amigo médico, que hace su SERUMS cerca de Rioja, me manda largos audios explicándome lo complicado, y a veces riesgoso, que es llegar a su lugar de trabajo. 

El pdf de Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias sigue abierto en mi laptop, detenido invariablemente en el índice.

(En Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempo de pandemias hay 15 colaboradores. 17 artículos. Para el día de hoy, domingo 12 de abril, hay 6848 casos confirmados de coronavirus en Perú. 1727 en Rhode Island. 549 131 en Estados Unidos, que ya sextuplica los de China. En la provincia de Hubei, cuya capital es Wuhan, hay 67 803.)   

5

En los Estados Unidos no se ha aplicado una cuarentena a nivel nacional. Es muy poco probable que suceda. Como si fuera necesario argumentar, por ahí alguien me dice: tú sabes, el país de la libertad. 

La amiga del meme me pregunta si estoy saliendo a caminar. Que sería una buena idea, tomando las precauciones del caso y manteniendo los dos metros de distancia con las demás personas claro. Respondo que no, pero prometo hacerlo pronto. Mejor espérate, me dice, en estos días está lloviendo mucho. Siempre llueve en Providence. Esta es, por algo, la ciudad de Lovecraft.

Categories
Reseñas de libros

Una novela con olor a sangre

Por Lenin Pantoja

La novela El Salvaje (Alfaguara, 2016) de Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958) propone una historia sobre la supervivencia humana y animal basada en la valentía y el salvajismo. Frente a esta inclinación natural hacia la vida, la muerte acecha desde diversos frentes, a través de varias personalidades y distintas circunstancias. La portada, inmejorable material paratextual para preparar al lector de esta novela, contiene elementos sinestésicos, activos provocadores de los sentidos desde las primeras páginas. En estos pasajes iniciales, por ejemplo, el olor a la sangre fresca, recién derramada, no solo nos confronta con la muerte, sino nos enfrenta a toda la violencia que sirve como telón de fondo para presenciar el desenvolvimiento de la vida de Guillermo, el narrador protagonista. De forma simultánea, se desarrollará la vida de Amaruq y su desafío a la muerte en base a la búsqueda que realiza del lobo Nujuaqtutuq. 

Sin duda, se trata de la punta de un iceberg argumental, ya que las historias se desenvuelven con tantas digresiones que vuelven complicado encapsular su alcance en pocas palabras. En ese sentido, lo más importante es concebir toda la potencia narrativa de la novela como una forma de interpelarnos a través de algunas preguntas: ¿es más importante cómo culmina una historia o de qué manera se desenvuelven las acciones previas al desenlace?, ¿qué significa el salvajismo y la valentía para la vida y la muerte?, ¿cuál es la relación entre el hombre y los animales?, ¿de qué manera condiciona la naturaleza geográfica de los espacios en la vida y en los sentimientos de los personajes?

Las acciones de la novela son desordenadas en espacio y tiempo. Lejos de confundir al lector, se produce un efecto literario que lo compromete con la vinculación activa de los ejes argumentales. No molesta ni indigna saber lo que va a suceder al final de la vida de un personaje o cómo terminará algún suceso resaltante. Incluso, el compromiso del lector en la explicación argumental basada en el vínculo de las tramas sueltas coloca a la reflexión en un plano inmediato a partir del efecto recibido. Es decir, el narrador personaje Guillermo reflexiona mientras actúa y el lector recibe insumos argumentales para profundizar en su propia reflexión, poco condicionada por el narrador. En este sentido, el ensamblaje y la adaptabilidad de las historias entre sí contribuyen en la generación de una tensión narrativa constante e interminable, lo que sería efímero si todo se concentrara en el desenlace de la novela.

El Salvaje es una novela preocupada en profundizar sobre la naturaleza humana en tensión con la vida y la muerte, lo cual influye en uno de los elementos más básicos y fundamentales del hombre: su inclinación por el salvajismo como mecanismo de supervivencia. Producto de esto, importa mucho narrar las acciones no para profundizar en la racionalidad de una idea, sino en la complejidad de las emociones humanas y animales. Arriaga construye una novela donde el salvajismo es una forma de reencontrarse con la naturaleza primigenia del hombre, la cual le permite sobrevivir en comunión consigo mismo y con los demás. La paradoja es que este orden humano produce un conflicto cuando otros sujetos amenazan su estabilidad. Se parece a lo que ocurre cuando una manada comandada por un lobo alfa es amenazada por otro lobo solitario que pretende destruir el orden para reconfigurarlo a su favor. La confrontación siempre es violenta y termina en muerte o destrucción. La guerra genera vencedores, pero ninguno obtiene una victoria completamente favorable. 

El Salvaje es una novela sobre la valentía como un arma para sobrevivir en un mundo hostil. Este valor humano y animal, implícito en un salvajismo justificado y reconciliado con el equilibrio de la naturaleza, hace la diferencia para seguir respirando en un clima de tensión violenta. No se trata de considerarla solo como una manifestación de la fuerza física. De acuerdo a la metáfora de la guerra ya mencionada, la valentía mueve a los personajes a emplear su inteligencia con la finalidad de construirse y proporcionarse pertrechos que les permitan superar a los otros y triunfar en un mundo hostil. Precisamente, en la novela, la valentía y el salvajismo son los elementos que fortalecen un lazo emocional y trascendental entre Guillermo y Colmillo, un lobo criado por sus vecinos de forma inadecuada para su domesticación. Guillermo y Colmillo, ambos salvajes a su modo, son dos personajes estructuralmente importantes, porque vinculan las dos historias de la novela. Su unión ordena el caos temporal y argumental, así como se establece entre ellos una complementariedad que beneficia sus personalidades y potencia sus acciones.

La importancia de los escenarios radica no solo en su condición de repositorio de historias y vidas en plena efervescencia. También es fundamental la estructura geográfica de las unidades vecinales propuestas en la novela como telón de fondo de las historias, ya que, por ellas, se mueven los personajes como si se tratara de laberintos modernos. La posibilidad de ser encontrado, en una novela donde la búsqueda es importante para la aplicación de la violencia, disminuye, aunque potencia los esfuerzos por encontrar la forma de ubicar al perseguido. Estos espacios se convierten en receptáculos de las voluntades de los personajes, ya sea en Ciudad de México o en los bosques montañosos y helados de Canadá. 

Guillermo Arriaga ha construido una novela que profundiza en la complejidad de muchos aspectos. Sin duda, se trata de una novela ambiciosa que soporta múltiples lecturas. En ese sentido, la exploración de las emociones humanas no puede ser un aspecto rezagado dentro de todos los atributos textuales, ya que su desarrollo es simultáneo a las sinuosas acciones descritas en la novela. Uno de los aspectos más importantes es la idea del amor, ya que ella estabiliza la mirada del narrador personaje y modula sus acciones en una dirección: el mantenimiento de la vida y el deseo de la venganza. 

Arriaga no se acobarda cuando tiene que confrontarse con las partes más salvajes de lo humano. Por ejemplo, para el protagonista, el amor se relaciona con la posesión de los cuerpos, lo cual estimula sus celos cuando Chelo, la mujer que ama, le confiesa haberse acostado con muchos hombres. Guillermo no puede controlar la vida sexual de Chelo, pero tampoco puede desistir de intentarlo. La razón es que se encuentra enamorado y subyugado a la idea de que una parte del amor está basado en la posesión exclusiva de los cuerpos. Para Guillermo, el cuerpo de la pareja nos pertenece, nadie puede tocarlo. Incluso el recuerdo de la penetración en el pasado de la mujer se puede convertir en una verdad que perturba la tranquilidad del amor actual. El protagonista concibe el pasado sexual de su pareja como una especie de competencia insuperable. Lo paradójico es que se trata de un acto de masoquismo basado en el descubrimiento o la certeza de una verdad que puede y suele ser peor que la ignorancia o el desconocimiento de esos hechos. Por todo esto, El Salvaje es una novela incómoda para el lector no solo por su estructura compleja, sino también por su inclinación a exacerbar e intensificar las miserias de lo humano.

El salvaje, Alejandro Arriaga, Alfaguara, 2016, 693 páginas.

Categories
Análisis audiovisual

La memoria en digital: un reconocimiento a nuestra historia desde El betamax de Genaro

Por Carlos Esquives *

“Un resumen de mi vida comenzó a pasar frente a mis ojos”, es de las frases más citadas por aquellos que por un instante acariciaron la muerte. “¿Y qué viste?”. La mayoría respondería que los momentos más importantes de su existencia. “Era como ver una película sobre mí mismo conformada únicamente por las mejores secuencias”. Pienso, entonces, qué veré yo en mi lecho de muerte. De seguro también serán las mejores secuencias de mi vida, pero, ¿cuántas de estas serán realmente sobre mi propia vida? Me explico. Soy hombre de cine. Veo películas a toda hora, en horario de trabajo, en matiné y a deshoras. Las veo en cualquier momento, incluyendo las situaciones más absurdas. Muchos de mis sentimientos, desde los más apasionados hasta los más vergonzosos, los he vivido a través del cine. Dicho esto, ¿cuánto de ficción tendrá esa última película que veré antes de dar mi último respiro? Agrego, ¿cuántos de mi generación verán más ficción que realidad en su conteo final? Ten por seguro que en nuestras grabaciones personales veremos algo o mucho de ficción. Qué esperabas. Fuimos criados frente a una pantalla. Algunos verán escenas de películas, otros un desfile de fotos trucadas por filtros de Instagram. Aceptémoslo, gran parte de nuestra memoria es una ficción.

No hay razón para avergonzarnos. Seguimos siendo humanos con sentimientos y razonamientos. Nos apegamos a la ficción, pero no hemos anulado (del todo) nuestro conducto humanista. El cine y las redes sociales no son más que un síntoma de una nueva forma de consumo y aprendizaje de las cosas. Nos aburrimos de tanta tradicionalidad. No lo olvides: en estos momentos, muchos profesores dictan clases online usando memes. Yo, por ejemplo, proyecto escenas de la saga zombie de George A. Romero para comentar en torno a la sociedad mundial de los 70 y su reacción frente al consumismo galopante. Es bajo esa lógica que no me parece en lo absoluto descabellada la propuesta de impartir algo de historia del Perú a partir de un collage de filo satírico, amenizado por texturas de la imagen, la degradación del sonido original y continuamente sometida a una sobreimpresión de fotogramas que los pioneros del cine usaron para fabricar magia a lo Georges Mélies o para crear poesía en la imagen desde lo experimental a lo Jean Epstein (siempre los franceses). Es lo que veo en El betamax de Genaro (2020), de Miguel Villalobos. Su digestión no se reduce al trolleo cibernético dirigido a tantas personalidades infames que han pervertido nuestro país a puertas del nuevo milenio.

En una época en que hemos perdido la fe ante el gesto conservador, el chiste frente a un tema serio o la formalidad del documental convertida en pieza del YouTube Poop pueden asumirse como actos de transgresión comprometidos con reformular los modos de discursos sin extraviar el enfoque esencial, sea este académico, periodístico, social, etc. Siguiendo esa línea, El betamax de Genaro está compuesto por retazos televisivos y, en menor grado, de cine, en general, producidos entre el primer y el segundo gobierno de Alan García. En el largometraje reconocemos los rostros, escenarios y situaciones más extravagantes y humillantes de la política peruana. Las reuniones en la oficina del SIN, el “no” rotundo de PPK, el autogolpe fujimorista, Mercedes Aráoz, José Barba Caballero, Luciana León; no hay orden cronológico para la depravación. A estas escenas, se intercalan las de los programas cómicos y de entretenimiento más emblemáticos de ese largo período. Una dialéctica esperpéntica, aunque coherente, se establece entre estos dos escenarios. A esta mezcla, se suma un (d)efecto visual y sonoro. Toda la recopilación, salvo por breves secuencias, ha sido trucada o distorsionada. Es decir; es el found footage alterado, y no a un grado mínimo como sucede en la fílmica de Yervant Gianikian y Angela Ricci –rescatistas de valiosísimas fuentes visuales que van desde peregrinajes colonialistas hasta los siniestros durante la Primera Guerra Mundial–, sino a un nivel que deja en total evidencia la deformación del producto original.

La deformación del metraje es entendida como un gesto de oposición o de blasfemia frente a los acontecimientos históricos en cuestión. Es criticar, ironizar, repudiar dichas fuentes históricas, o también interpretarlas como la memoria del ciudadano promedio, sujeto al que le tocó convivir con el montaje político y televisivo. ¿Qué pensamos pues cuando nos consultan sobre el gobierno de Alberto Fujimori? Automáticamente, a nuestra mente llegan las imágenes de Vladimiro Montesinos repartiendo dinero a diestra y siniestra a distinguidos miserables. Nuestros recuerdos del país son las imágenes que en un momento se proyectaron en un televisor o en un cine. Nuestra memoria está hecha de registros digitales. Citando a Gen Hi8 (2017), de Miguel Miyahira, una de las más notables películas que haya engendrado el reciente cine peruano, nuestra memoria es la pantalla de un televisor que reproduce una grabación en donde nosotros hemos sido personajes que han actuado bajo la percepción de una realidad selectiva. Hemos sido los que nos han hecho ver o consumir. Hemos sido adiestrados desde la señal abierta a ser inconscientes. Muchos de los nuestros fueron convertidos en cómplices de segunda, testigos de la infamia. Cuánta inocencia rota, cuánta nostalgia ultrajada provocará el visionamiento de El betamax de Genaro. Me acordé de mi infancia. Fueron tiempos de fantasía, pero también de mucha ignorancia.

*Carlos Esquives (@CarlosEsquives): crítico de cine en Fotograma Gourmet.

Categories
Coyuntura

Reina un gran desorden bajo el cielo

Por Jack Martínez Arias*

26 de marzo de 2020

Estados Unidos tiene ahora el mayor número de casos en el mundo. Las redes ironizan repitiendo la frase que el presidente solía usar con frecuencia, antes, bajo otras circunstancias: America First (América primero). 

En el estado de Nueva York, desde donde escribo, se van registrando 40 mil casos. New York City es llamado ahora el nuevo epicentro de la pandemia. El gobernador clama por ayuda al gobierno central. Pero el presidente sigue restándole importancia al asunto. La cura no puede ser peor que la enfermedad, escribe en Twitter, refiriéndose al gran daño que puede producir una parálisis general de la economía. Desde otro extremo del país, el gobernador de Tejas es entrevistado por un canal de noticias y da a entender que los abuelos estarían felices de sacrificarse por el bienestar económico de las nuevas generaciones. Que la máquina se siga operando, parece ser el mensaje. El dinero por encima de la vida.

Fuente: VoaNoticias

En casa encendemos el televisor a la una de la tarde. Como cada uno de estos últimos días, buscamos la aplicación de TVPeru. Allá son las doce, aquí la una. Almorzamos mientras esperamos que Vizcarra aparezca en escena. En tiempos de crisis se hace transparente la capacidad o incapacidad de un gobernante. Y en tiempos de crisis global, frente a un enemigo común, se manifiesta un fenómeno interesante: podemos contrastar claramente las reacciones de los mandatarios alrededor del mundo. Nos damos cuenta, entonces, que algunos países desarrollados no parecen ser tales frente a la epidemia. Pasa aquí, pasa en el Reino Unido. Pasa, también, en la segunda línea económica, en España e Italia. Pasa, por supuesto, en nuestra región latinoamericana, con el presidente de México en las nubes y el de Brasil emulando ciegamente a su par del norte. Ninguna medida es perfecta frente a lo desconocido, pero el Perú, en contraste con los mencionados, quiere seguir (en lo posible) el modelo asiático, que parece representar, por ahora, el escenario menos trágico.    

27 de marzo de 2020

Estados Unidos ha sobrepasado los cien mil casos. 

La vida sigue detenida. La vida tal como la conocíamos antes del virus. La vida moderna, acelerada y rutinaria que tanto angustió a los poetas del pasado. “Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,/ sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,/ ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.” Ese descanso ha llegado casi un siglo después de los versos hastiados de Pablo Neruda. Pero esta pausa forzada no está acompañada de la calma o el sosiego. Sino todo lo contrario. A veces tengo la sensación de que una capa sombría está cubriendo el mundo por completo, silenciosa, sin que podamos hacer nada para detenerla.

Paradójicamente, las crisis globales también pueden dejar espacio para despertar la esperanza de un nuevo comienzo después de la tragedia. En uno de sus libros más recientes, El coraje de la desesperanza (2018), Zizek pensaba en tres escenarios posibles de crisis global que podrían golpear mortalmente al capitalismo tal como lo conocemos: el desarrollo desmedido de la inteligencia artificial, las consecuencias venideras del calentamiento global y la creciente e insostenible migración de multitudes que claman por refugio alrededor del mundo. En ninguno de esos escenarios posibles aparecía un virus. Pero el virus apareció en nuestras vidas y Zizek, por supuesto, no dudó en pensar en ésta como la oportunidad perfecta para empujar un cambio radical. Citando a Mao, “Reina un gran desorden bajo el cielo; la situación es excelente.”

Encendemos el televisor al mediodía, hora peruana. No aparece Vizcarra. Aparece el Papa. También lee la situación como una oportunidad de cambio. Por supuesto, lo hace sin basar su discurso en el comunismo. Si Mao hablaba de un gran desorden bajo el cielo, el Papa habla del virus como si se tratara de una tormenta, apoyándose en el evangelio de San Marcos, para luego decir: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad.” “No hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo.” “No podemos seguir cada uno por nuestra cuenta. Sino todos juntos.”

Fuente: Diario Gestión

Vizcarra tarda en aparecer. Una hora después de lo acostumbrado, da cuenta de los enfermos del día. El crecimiento es sostenido pero parece alentador en comparación con lo que sucede en otros lugares, como aquí, por ejemplo. 

Sin embargo, es muy temprano para predecir la curva que tomará el virus. Un día más sin certezas. Siempre es muy temprano todavía. 

1 de abril de 2020

Estados Unidos acaba de doblar el número de casos de China. Solo el estado de Nueva York alcanzó los ochenta mil infectados. 

En estos días he seguido leyendo a pensadores que escriben sobre el virus. Badiou, Agamben, Butler, Byung-Chul Han. Descubro en ellos cierta ansiedad por predecir lo que vendrá inmediatamente después. Y cierto apuro también. 

Hay ideas en las que algunos coinciden: desde ahora los gobiernos podrán justificar mejor sus mecanismos de control social, hasta los políticos más conservadores ejecutarán medidas económicas favorables a los trabajadores con el objetivo de seguir echando a andar la máquina, este virus será solo el primero de futuras pandemias aceleradas por el ritmo del consumo y de la producción neoliberal, etc. Salvo la última amenaza, ya se pueden ir viendo señales claras de aquellos impactos políticos y sociales de la enfermedad.

En mi universidad hemos pasado también al modo online. Mis estudiantes han vuelto a casa. Para algunos, eso significó dejar el campus para juntarse, tan solo a unas millas después, con sus familias en New York City; para otros, significó ir de regreso a lugares tan distantes como China o Korea. Todos ellos me cuentan cómo van viviendo estos días. Es extraño. Es raro. Esos son los adjetivos que más usamos entre nosotros. Por supuesto, tienen miedo, como yo, pero eso no lo decimos tanto. 

Me enteré que hay una agrupación en la red que le pide a los estudiantes conservadores de todo el país que graben las clases online y las hagan públicas si es que en ellas se promueven ideas “radicales”. Las comillas van bien ya que aquí llaman “radicales” a alas de izquierda tan mesuradas como la de Sanders.

El presidente ha firmado un proyecto para repartir dos trillones de dólares entre los americanos que requieren ayuda ahora que el desempleo se ha disparado. Se acercan las elecciones, las medidas para mantener el favor de los electores serán cada vez más desesperadas. El virus también podría cambiar el rumbo de las candidaturas. Ya veremos. 

Por ahora, lo único constante es lo cambiante. 

Oficialmente se proyecta que el virus matará entre cien y doscientas mil personas en este país. La enfermedad será la que decida el deadline (fecha límite) del aislamiento social, ha dicho también el consejero del actual presidente (y de los cinco anteriores) y jefe del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de los Estados Unidos.

*Jack Martínez Arias (@jackmartinezar). Autor de las novelas Bajo la sombra (Animal de invierno, 2014) y Sustitución (Emecé Planeta, 2017).

Categories
Coyuntura

Nadie lo esperaba

Por Andrés Sampayo Navarro*

Hace ya más de un mes que el presidente Iván Duque, como comandante supremo de las fuerzas militares de Colombia –así se ha hecho llamar en ocasiones–, lideró un proceso en el que un avión de la Fuerza Aérea Colombiana se preparaba como si fuera a realizar un viaje espacial, pero, en realidad, se disponían a buscar a unos colombianos en el otrora epicentro del virus, una ciudad llamada Wuhan. El show tuvo el apoyo completo de los centrales y, por añadidura, tradicionales medios de comunicación. Estos efectuaban una llamada al capitán del avión a la hora precisa en que la gran mayoría de colombianos estaban escuchándolos y, a continuación, el capitán del avión se explayaba contando la anécdota del día, como cuál era el origen de su apodo. 

En dicho viaje, un colombiano de Cali decidió quedarse. Muchos, que conocemos el sistema de salud jerarquizado que tiene el país, sabíamos que fue una gran decisión; otros lo catalogaron de antipatriota. La historia le dio la razón al oriundo del Pacífico colombiano: hoy, finalizado el tercer mes de 2020, esa ciudad de China se encuentra a días de retornar a la normalidad. Mientras tanto, el epicentro del virus se lo pelean actualmente Estados Unidos y Europa, pero en este lado del mundo sabemos que los latinoamericanos, en estos casos, tarde o temprano ocuparemos el primer lugar.

Fuente: Radio Francia Internacional

Igual, para innovar en temas negativos, Colombia suele estar a la vanguardia. Con un virus en expansión, la colectividad colombiana empieza a mostrar su talante. En el departamento sureño del Huila, algunos habitantes de la capital se enteraron dónde vivían unas personas contagiadas y, ni cortos ni perezosos, atacaron a piedra la casa de los enfermos. En Cali, por su parte, los propietarios de algunos edificios residenciales están expulsando a los residentes médicos. En otras ciudades, como Cartagena, bastante turística, muchos de los conductores de buses –el medio de transporte fundamental de las ciudades colombianas– no quieren transportar a las enfermeras y enfermeros. Y así pululan casos de intolerancia por todo el territorio nacional que, en última instancia, se explican por la desinformación y la falta de esfuerzos por aclararlos y evitarlos. 

Es así como, a medida que el virus gana fuerza, la actual indulgencia del establecimiento político evidencia la mentira histórica acerca del estado real del sistema de salud colombiano. En estos momentos solo puede servir para no tener claro cómo será la respuesta real a la situación actual por parte del gobierno nacional. Menos mal tenemos alcaldes como los de Bogotá, Bucaramanga, Villavicencio, Palmira, entre otros, que han estado a la altura de la pandemia y de la historia.

*Andrés Sampayo Navarro (@asampayo). Latinoamericano de Colombia. Candidato a doctor en Estudios Políticos e Internacionales por la Universidad del Rosario.