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Entrevista a Megan McDowell

La traducción es una forma de vida

Por Alessandro Campos y Vivian Guzmán

Hay una pregunta que los lectores en español rara vez nos hacemos: quién escribió, en inglés, los libros que nosotros leímos en su idioma original. Si alguien lee hoy a Samanta Schweblin, a Mariana Enríquez, a Alejandro Zambra o a Lina Meruane en Estados Unidos o en Inglaterra, lo más probable es que esté leyendo, en rigor, el trabajo de Megan McDowell. Suya es una de las voces que ha construido la idea que el mundo anglosajón tiene de la literatura latinoamericana contemporánea.

Megan McDowell – ©Camila Valdés

Nacida en Kentucky, Estados Unidos y radicada hace años en Santiago de Chile, McDowell empezó a traducir a mediados de la década de 2000 y publicó su primer libro traducido en 2009. Desde entonces ha llevado al inglés a Alejandro Zambra, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Lina Meruane, Carlos Fonseca, Diego Zúñiga, Brenda Navarro, Daniel Mella y José Donoso. Sus traducciones han ganado el National Book Award de Literatura Traducida —en 2022, junto a Schweblin, por Siete casas vacías—, el English PEN Award, el Premio Valle-Inclán y dos premios O. Henry, y han sido finalistas cuatro veces del Booker Internacional. Asimismo, en 2020 recibió el Premio de Literatura de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras.

Conversamos con ella, durante su paso por la Feria Internacional del Libro de Lima 2026, sobre el peso de ser la voz de otro y sobre su forma de trabajar; es decir, quedarse con sus escritores, hacer preguntas y construir con cada uno una relación larga. Hablamos también de la engañosa idea de el traductor como un actor invisible y del avance de la inteligencia artificial sobre un oficio que ella defiende como una forma de vivir.

Queremos abordar primero la misión del traductor y el peso de ser la voz de otra persona. Existe una idea provocadora según la cual, si la traducción de una novela no fluye, la culpa no es del escritor sino del traductor: en cierta forma, ustedes escriben los libros en inglés, aunque no sean los autores originales. ¿Te sientes cómoda con esa responsabilidad? ¿Cuál es tu postura al respecto?

Cuando me pongo a pensar en esa responsabilidad, se siente paralizante, así que trato de no pensarlo demasiado. Pero sí, es verdad que es una responsabilidad muy grande, y siento que parte de mi estrategia, digamos, de mi método, es quedarme con mis escritores. He traducido todos los libros de Alejandro Zambra, todos los libros de Samanta Schweblin, y parte de eso es construir una relación de confianza y colaboración. Eso es muy importante para mí, porque hago muchas preguntas y tengo que pensar de forma creativa sobre los libros que estoy traduciendo.

Muchas veces estoy haciendo las mismas preguntas que quizás la escritora se hizo a sí misma, y ella tiene sus respuestas, pero esas respuestas no siempre se plasman en el libro. Entonces quiero saber todo lo que ella tenía en mente al momento de escribir.

Siempre hago el chiste de que los traductores no somos solamente traductores: también somos psicólogos, porristas, agentes literarios… somos muchas cosas, y todo contribuye a representar esa voz en inglés. Para mí lo más importante es que el mundo literario de habla inglesa, que suele ser muy cerrado y xenófobo, lea estas voces, porque siento que tienen mucho que aportar. Por eso hacer que una traducción fluya es importante: para que los lectores quieran seguir leyendo, no solo de una frase a otra, sino de un libro a otro, de un escritor a otro.

Respecto a la selección de tus autores, he notado una división de estilo y temática. Por un lado, está la extrañeza de la realidad, el cuerpo enfermo y vulnerable, las relaciones humanas perturbadoras, la amenaza en lo cotidiano; eso se ve en José Donoso, Samanta Schweblin, Lina Meruane, Mariana Enríquez. Por otro lado, hay un estilo más enfocado en el realismo íntimo: la familia, la comunidad, cómo se forma la identidad; eso lo vemos en Alejandro Zambra, Diego Zúñiga y Carlos Fonseca. ¿Percibes esa división? ¿Buscas esas temáticas o te diste cuenta después?

Hablando de terapia y psicología, eso podría dar un mapa de mi psiquis [risas]. Cuando estoy eligiendo un libro o un escritor, lo que busco es un libro que quiera leer una y otra vez, básicamente. Por ejemplo, cuando leí por primera vez a Brenda Navarro —a quien traduje el año pasado— sentí: aquí hay algo. Hay una voz que me llama mucho la atención, hay capas, hay niveles en ese libro. Siento que cada vez que lo leo voy a entenderlo mejor, y quiero pasar más tiempo en ese mundo. Eso es básicamente lo que busco: algo que me sorprenda. Y esa sorpresa no tiene que ser un monstruo o algo sobrenatural y llamativo; puede ser una sorpresa muy cotidiana, en la forma de ver la vida íntima, personal y doméstica. Hay algo en esa forma de ver que vuelve las cosas más extrañas. Si estás contando algo muy cotidiano pero lo puedes volver poco familiar, eso me llama mucho la atención.

Cada escritor lo logra de distintas formas. Samanta lo hace con mucha atención en sus cuentos, mucha incertidumbre, mucha ambigüedad, mucha precisión del lenguaje. Mariana lo hace con capas de sensaciones, de olores, de sonidos; retrata barrios, te pinta algo muy específico. Alejandro también lo hace con precisión del lenguaje, con humor, con su enfoque en el idioma mismo, en las palabras, en sus juegos de palabras. Todos mis escritores lo hacen de formas distintas, pero diría que eso es algo que tienen en común.

¿Estos proyectos de traducción los eliges de forma independiente o te llegan por encargo?

Como te decía, hay ciertos escritores con quienes tengo una relación: si Alejandro Zambra escribe un libro, yo lo voy a traducir, eso se da casi por hecho. Lo mismo con Mariana Enríquez y Samanta Schweblin. Pero también me llegan otros proyectos: muchas veces me escriben los mismos escritores, sus agentes o sus editores. Tengo relaciones con editores en Estados Unidos e Inglaterra; me mandan un libro y me preguntan si me interesa. Muchas veces sí, pero la pregunta es si tengo tiempo, porque mi prioridad es quedarme con mis escritores; una vez que empiezo a trabajar con alguien, quiero seguir con él o ella.

Con Brenda Navarro, por ejemplo, era un proyecto que realmente quería hacer. Al principio tuve que decir que no porque me pedían un plazo que no podía cumplir; después eso cambió y pude aceptar, y estoy muy agradecida. Pero hay mucho que me encantaría hacer y no tengo tiempo. Lo mismo con José Donoso: tengo un amigo que es mi editor en New Directions, en Estados Unidos, y cuando le llegó un libro de Donoso —como que ya me relacionan con Chile— me preguntó si quería hacerlo.

Casi nunca pasa que yo busque a un escritor y haga una muestra —escribir un informe de lectura, traducir reseñas—. La última vez que hice eso fue con Lina Meruane, hace muchos años. Ha pasado, pero implica mucho trabajo; por eso te decía que a veces funcionamos como agentes literarios, porque yo misma mandé ese proyecto a editores y al final encontramos un lugar para publicarlo. Me gustaría tener más tiempo para descubrir escritores de esa forma, pero casi siempre me llegan a mí.

Algunos traductores tienen criterios propios para saber cuándo una traducción “suena bien” o funciona. En The Philosophy of Translation, Damion Searls[1] habla de force: cuando no hay una traducción literal, se puede rodear la palabra con términos que simulen la fuerza que evoca. Umberto Eco, en Decir casi lo mismo[2], plantea que no se puede traducir al cien por ciento, pero existe el “casi”, y la pregunta es cuánta elasticidad se le puede dar a ese casi; también se habla de la “coloración anímica del texto” como criterio. ¿Tú tienes criterios propios, técnicos, para saber cuándo algo ya funciona?

Ahí entra un poco el arte de la traducción. Mucho de lo que hago es editar: hago una traducción, hago un borrador, y después trabajo ese texto —a veces consultando el español, a veces trabajando como lo hubiera escrito yo—. Lo leo una y otra vez, muchas veces, y a veces a la quinta lectura me doy cuenta de qué era eso que me hacía ruido al fondo de la cabeza. Entonces trabajo esa frase, y la trabajo hasta que brilla. Uno se da cuenta: esto es, esto hace lo que quiero que haga, tiene sentido, suena bien, llama la atención de la forma que quiero, o el lector se va a hacer la pregunta que yo quiero que se haga en ese momento. Funciona. Pero siento que muchas veces no escuchamos esa voz al fondo de la cabeza, y hay que hacer el esfuerzo de escucharla: es más que nada intuición.

¿Podría ser que esa intuición se desarrolle con la práctica?

Sí, de todos modos. Yo siempre les digo a mis alumnos que hay que cuestionar todo y confiar en uno mismo. Creo que la alegría está en descubrir la selección acertada.

En cuanto a la creatividad artística del traductor, Adan Kovacsics plantea que traducir es, en el fondo, un acto de cita permanente: toda traducción podría escribirse entre comillas, porque el traductor escribe algo que es suyo y a la vez no lo es, ya que representa la voz del escritor. ¿Dónde trazas la línea entre lo que es del autor y lo que se vuelve tuyo?

Es complicado. Siento que es difícil definir esa línea, porque muchas veces la traducción es una colaboración: el texto me llama a ser más creativa. Muchas veces lo que llamamos “literalidad” no es posible. Pienso en Facsímil, de Alejandro Zambra, que tiene muchos juegos de palabras que, si uno trata de traducirlos literalmente, no funcionan: se pierde el chiste. Hay que jugar con el inglés de la misma forma, y eso para mí es una traducción fiel entre comillas, pero también es una versión.

Cuando voy a Estados Unidos y hablo de mis traducciones, digo: “tienes que leer este libro, es maravilloso, te va a cambiar la vida”. Eso no es algo que diría de mi propio libro; es lo que digo en mi rol de cheerleader, promoviendo el trabajo de otra persona. Pero es un trabajo que he incorporado a mi canon particular, que es parte de mí. Es un poco como cuando piensas en tu libro favorito, ese del que andas diciéndole a todo el mundo que tiene que leerlo. Así siento sobre los libros que he traducido, pero un poco más: siento que me pertenecen, que hay algo de mí en ellos y algo de ellos en mí.

Pero también siento que yo no me hago tan vulnerable como los escritores: estoy trabajando en el proyecto de otra persona, y eso requiere mucha empatía, mucha apertura a la subjetividad ajena, pero no necesariamente me hace vulnerable a mí. Es un tema interesante.

Los escritores suelen enfrentarse a la página en blanco; los traductores no, porque la página ya está llena. Incluso el autor puede decir “no me acuerdo qué quise decir acá”—se ha escuchado a César Aira responder eso cuando le preguntan por alguna frase—. El traductor no puede darse ese lujo: tiene que saberlo todo en todo momento. ¿Sientes esa exigencia de comprensión total como una condena, la de Funes, el personaje de Borges, a quien tampoco le está permitido el olvido? Pienso en libros que son ladrillos de hojas, como El obsceno pájaro de la noche de Donoso o Nuestra parte de noche, de Mariana Enríquez. ¿Hay algo liberador en no tener que enfrentarte tú misma a la página en blanco?

Sí, siento que no tener que enfrentar la página en blanco es un alivio, porque nosotros podemos enfocarnos en lo entretenido, en jugar con el idioma; es como una creatividad con límites, y hay algo libre en eso.

Pero sí siento que hay una necesidad: siempre estoy tomando decisiones, siempre estoy eligiendo esta palabra y no esta otra. A veces puede ser una traducción literal, a veces no; a veces estoy priorizando otras cosas, que pueden ser la música, un juego de palabras, lo que sea, pero tengo que saber por qué elijo esa palabra y tener conciencia de qué otras podrían ser, porque lo que para mí es una traducción literal, para otra persona puede no serlo. Hay que sospechar de esa creencia de que esta es la traducción; hay que saber qué más podría ser, qué hace esa elección, y tengo que poder justificar por qué esa palabra está en la página.

Es verdad que los escritores muchas veces están escribiendo tal como entran las palabras en la cabeza, y no cuestionan tanto —aunque hay diferencias: creo que Aira escribe y nunca edita lo que escribe, según me han dicho, no sé si es cierto—; otros escritores editan mucho más. Y ese es también el lujo de trabajar casi siempre con escritores vivos: a veces les pregunto qué querían decir con algo y me dicen “no sé, quizás quise decir tal cosa, pero tienes razón en que no se entiende bien, arreglémoslo entre los dos”.

Puedo dar un ejemplo. Hay un libro de Daniel Mella, un escritor uruguayo, que se llama El hermano mayor. Se trata de su hermano mayor, que murió alcanzado por un rayo en el mar. Hay un momento en que están haciendo una especie de funeral con sus cenizas en la playa —el narrador, la madre, la expareja del hermano—. En cierto momento la madre toma la urna, la gira, y dice algo así como “no tuvimos una ceremonia, no tuvimos espacio para hablar, pero en este momento mamá era la hermana de él” —digamos que el hermano se llamaba Tomás—: “mamá era la hermana de Tomás”. Yo no entendí bien qué quería decir, así que le pregunté: “¿qué quieres decir con que la madre era la hermana de él?”. Daniel, que habla perfecto inglés, me dijo: “tienes razón, lo que quise decir es que hay una fuerza más grande, y que bajo esa fuerza todos éramos hermanos”. Podía ser Dios, no sé; dijo algo como un gran resorte de algo que estábamos viviendo, que éramos hermanos y hermanas. En inglés lo hice mucho más explícito. Lo arreglamos entre los dos.

Queríamos preguntarte sobre tu perspectiva en cuanto a la visibilidad del traductor. Hay una frase de Martín Kohan que dice que la literatura es algo que le importa mucho a muy pocos y muy poco a muchos; me he dado cuenta de que eso también parece pasar con la traducción. Lo digo porque, en mi experiencia como librero, muchas veces veo que las personas le atribuyen la calidad de una traducción a la editorial, y dicen “esta editorial tiene buenas traducciones”; yo les digo que no, que el que es bueno es el traductor. Generalizar puede ser un error: hay que puntualizar quién hizo la traducción. Es más, suelo recomendar que los buenos traductores traducen buenos libros, y así descubro nuevas lecturas.

Comparándolo con otros países: aquí en América Latina la gente suele leer traducciones sin cuestionar mucho; uno pasa por una librería y hay muchas traducciones, y no siento que la traducción esté tan mal vista como en otros lugares. En Estados Unidos e Inglaterra se traduce muy poco, lo cual para mí es un problema. Me llama la atención que justamente ahí exista este movimiento de promover la figura del traductor: poner el nombre en la portada, y que existan lectores —pocos, pero muy fieles— que siguen a los traductores y dicen “voy a leer todo lo que traduzca tal persona”. Tengo la sensación de que en otros idiomas eso no pasa tanto.

Es una dicotomía interesante: tradicionalmente las editoriales no quieren publicar traducciones; existe la idea de que los lectores no las quieren, de que no es rentable porque hay que pagarle al traductor —poco, pero hay que pagarlo— y eso no se compensa con la venta de libros. Y sin embargo hay premios para la traducción en inglés. Es interesante pensar por qué pasa eso justamente en una cultura donde la traducción no está tan valorada. Quizás tiene que ver con el mercado, no sé bien; en mi experiencia es importante valorar el trabajo del traductor, y me llama la atención que en otros idiomas eso no se reconozca de la misma forma, aunque tampoco esté mal visto.

Te lo preguntamos porque, escuchándote, pensamos también en cómo Irene Vallejo señala a los traductores como héroes; pero los héroes se sacrifican mucho. Creemos que los traductores merecen mucha más visibilidad y reconocimiento, porque la traducción está detrás de todo: funciona como una piedra de Rosetta, capaz de rescatar lenguajes e historias que de otro modo se perderían. A veces hay incluso una tendencia a hacerlos invisibles. ¿Cómo te sientes con eso? ¿Cómo cargas con eso?

Bueno, aquí estamos, haciendo una entrevista [risas]. Cada vez que me pasa algo así —que me inviten a una feria del libro, que me inviten a presentar un libro, que me quieran entrevistar— me llama mucho la atención y me da esperanza. Obviamente, cuando empecé a traducir no lo hice pensando “voy a hacerme rica y famosa con la traducción” [risas]; cada vez que la gente se interesa en el tema me sorprende. A mí me interesa mucho, y siento que cuando conozco a alguien que nunca había pensado en la traducción, una vez que empieza a pensar en el tema, se interesa. Es algo latentemente interesante, y hay que hacerlo patentemente interesante.

Siento que esta idea de que trabajamos en la oscuridad, muy generosamente, al servicio del trabajo de otros, también es equivocada: somos seres humanos, tenemos egos, tenemos nuestra propia forma de ver el mundo, somos artistas, tenemos una visión artística sobre la literatura. Decir que deberíamos ser invisibles es engañoso. Creo que hay que apreciar a los traductores como artistas, confiar en los traductores como artistas: no estamos adulterando el arte. Mucha gente tiene ese prejuicio sin cuestionarlo: que las traducciones son una obra de arte adulterada, y que lo mejor que podemos hacer como traductores es adulterar lo menos posible. Yo no lo veo así en absoluto; lo veo como una continuación del arte, y como una conversación constante entre culturas, literaturas y personas.

En esta línea de la visibilidad, estamos en la era de la IA. ¿Sientes que reivindicar la visibilidad de los traductores es también una forma de defender al traductor humano, una forma de resistencia? A los estudiantes de traducción, en los últimos años, nos enseñan que usar la IA como herramienta de colaboración no es negativo. Pero hay quienes señalan que esa colaboración podría malacostumbrarnos, generar una falsa seguridad en la selección léxica o incluso reducirnos a trabajar como posteditores. ¿Cuál es tu postura? ¿Qué consejo les darías a los futuros traductores que se están formando ahora?

Creo que hay que estar consciente de lo que le está haciendo la IA al cerebro. Si estás escribiendo o traduciendo algo, eso implica una especie de batalla con el lenguaje: muchas veces, para llegar a la palabra correcta, tienes que pasar por muchas palabras incorrectas o insatisfactorias. La IA te puede dar una palabra, y uno puede pensar “esto viene de una mente que ha leído todos los libros que existen en el mundo, tiene que ser correcto”. Pero ¿qué está haciendo la IA en realidad? Está eligiendo la palabra más probable. ¿Y qué quiere decir eso? La palabra más común, la más plana. El efecto es un aplanamiento del lenguaje; eso está claro. Uno puede leer un texto hecho por IA y darse cuenta. Y lo mismo pasa con la traducción.

He jugado con la IA: pedí una traducción hecha por IA y la comparé con una traducción mía. A primera vista, la traducción de la IA parece buena, pero en una segunda lectura te das cuenta de que le falta profundidad.

Si estamos haciendo algo que requiere mucha concentración y mucho tiempo, y sabemos que hay una máquina que lo puede hacer al instante, ¿qué vamos a hacer? Vamos a ir a la máquina a ver qué dice, y no vamos a invertir el tiempo y el trabajo para llegar a nuestra propia respuesta, que puede ser mala, pero también puede ser buena. La respuesta de la IA, en cambio, va a ser siempre tibia, un término medio.

A mí sí me parece peligroso, porque es muy fácil llegar a depender de la máquina y confiar en ella. También he encontrado muchos errores en la IA. Me da miedo trabajar con IA porque soy consciente de que ayudé a entrenarla: me robaron doce libros —tengo doce libros involucrados en la demanda contra Anthropic— y sé que, entre miles de otros textos, esos doce por lo menos se usaron para entrenar IA de traducción. Siento que si trabajo con la IA estoy ayudando a entrenarla más. Entonces, yo estoy utilizando la IA, pero la IA también me está utilizando a mí. Hasta ahora la uso, pero para investigar, para buscar cosas —le hago preguntas, le digo “no entiendo qué está haciendo esta palabra aquí, ¿qué te parece?”—, pero no le pido una traducción, porque siento que eso me podría malacostumbrar.

Y hay que preguntarse a quién le sirve la IA. Le sirve mucho a la editorial, porque no tiene que esperarme —yo tomo mucho tiempo— y no tiene que pagarme. Funciona muy bien para el mercado. Pero para el artista, para Samanta, si le dices “este libro en el que trabajaste años, en el que invertiste toda tu creatividad, ahora vamos a traducirlo con IA, ¿qué te parece?”, te va a decir que no. El ser humano, el traductor que sigue siendo humano, trabaja para el arte. La IA trabaja para el mercado.

Recordamos una frase de Leila Guerriero: la IA está bien como herramienta para agilizar tareas, pero no para agilizarnos el ejercicio del pensamiento. En esa línea, hemos notado que la IA no puede replicar ciertas cosas: no tiene la intención ni la empatía de querer saberlo todo en todo momento; no podría, como dices, llamar a Samanta para preguntarle algo, ni tener la precisión con la que resolviste el pasaje de Daniel Mella. Nos llegó también un artículo sobre Rodrigo Olavarría, que viajó al lugar del que escribía el autor para poder traducirlo mejor; o Selma Ancira, que fue a Grecia y a Rusia. La IA tampoco puede tener esa pasión, esa “locura” de viajar a otro lugar para lograr ese compromiso cultural. ¿Tú te reconoces en esa locura, en perseguir experiencias reales para traducir mejor?

Totalmente. Soy una persona que creció en Kentucky, en inglés. Nunca escuché una palabra en otro idioma hasta la adolescencia. Quise aprender otro idioma para abrirme a otro mundo, para entender el mundo de otra forma. Aprender un idioma de adulto es como volver a ser niño: aprender los nombres de las cosas cuando ya tienes conciencia, cuando ya tienes experiencia. Es una experiencia muy rica, y siento que la IA no puede replicar eso.

Mariana Enríquez dijo en algún momento: “el problema con la IA es que no tiene problemas”. Los seres humanos sí tenemos problemas [risas]. Para mí la traducción es una forma de vida: vine a vivir a Chile, vivo en español, estoy siempre con mentalidad de principiante, siempre aprendiendo, siempre tratando de entender lo que no estoy captando. Uno puede pensar que entiende todo, pero siempre hay cosas que se nos escapan.

La IA tiene una filosofía de la traducción que consiste en quedarse lo más cerca posible del idioma original —en mi caso, del español—, pero esa idea de la fidelidad es muy reductiva. Por ejemplo, en Poeta chileno, de Alejandro Zambra, hay un poema al final, un poema de amor de un gringo que tiene problemas con los géneros de las palabras en español —puedo identificarme con eso—. El poema dice cosas como “la lluvia es ella, la mesa es ella”, jugando con los géneros gramaticales. Pasé mucho tiempo pensando cómo hablar de los géneros de las palabras en un idioma que no los tiene: en inglés no decimos “la mesa”, “el café”, sino the café. Llegué a una solución que me alejaba un poco del poema original, pero que comunicaba las mismas ideas.

Si le pides eso a la IA, ¿qué te va a decir? The rain is a she, algo así; no va a tener música, no va a tener sentido. Pensé ese poema en el contexto de todos los temas del libro, que tienen que ver con usar las palabras que tenemos para cambiarles el sentido: la palabra “madrastra”, por ejemplo, es negativa en español, pero hay que usarla para que deje de tener esa carga. Con ese poema pensé: tengo que usar las palabras que tengo, en inglés, para hablar de los mismos temas. Creo que la IA no puede tener una estrategia así.

La IA va a tomar todos esos trabajos: puedes decirle “escríbeme una novela al estilo de Samanta Schweblin” y lo va a hacer de alguna forma. Pero hay que preguntarse qué valoramos de la experiencia humana en el acto de crear. Creo que hay algo valioso ahí. Yo no quiero leer una novela escrita por una máquina, ni una traducción escrita por una máquina, aunque sea técnicamente posible hacerlo.

Por eso defendemos la idea de reivindicar el término “traductor”: creemos que la traducción es también el lado artístico del ser humano. Podríamos reservar la palabra “traductor” para un ser humano, y llamar de otra forma —“máquina de traducir”, por ejemplo— a la plataforma que hace traducciones automáticas. ¿Qué te parece esa distinción?

Claro, hay que pensarlo. Yo empecé a traducir alrededor de 2006 o 2007; mi primer libro traducido se publicó en 2009. Cuando empecé tenía ciertos recursos: podía entrar a WordReference, hacer una pregunta, ver qué decían otros traductores. Encontré a otros traductores de Alejandro [Zambra] a través de un foro, por ejemplo, que tenían problemas con las mismas palabras. Tenía internet, tenía esos recursos, y muchas veces pensaba en el traductor de 1950, que tenía que pasarse la vida en una biblioteca consultando diccionarios y enciclopedias para llegar a cosas que yo podía buscar en segundos.

Siempre he agradecido eso, porque me permite concentrarme en lo que a mí me importa: el arte, la música, construir una voz. También me interesa la precisión con las palabras, reflejar el mundo del español. Igual tengo que investigar algunas cosas, pero no es la parte más grande de mi trabajo. Siento que la IA puede ser otra herramienta más, que nos deje más espacio para concentrarnos en lo que importa. Pero no hay que depender demasiado de ella: puede llegar a ser muy fácil depender demasiado de la IA. Ese es el peligro.

Para cerrar esta conversación, ¿nos podrías recomendar alguna película, serie u obra de teatro que haya sido de tu agrado?

¿Últimamente o en la vida?

Últimamente.

Esto es una locura, pero últimamente descubrí una serie en MUBI que se llama El reino (Riget), de Lars von Trier —la hizo en los años noventa—, una mezcla de terror y comedia. Me encanta esa intersección; es muy difícil de lograr. La vi entera, la recomiendo.

¿Y en la vida?

Siempre recomiendo los libros de Shirley Jackson[3], en especial Siempre hemos vivido en el castillo (We Have Always Lived in the Castle), que amo, amo, amo. Y The Haunting of Hill House —no sé cómo se tradujo al español—. El primer párrafo de ese libro en inglés es algo que releo siempre; es un párrafo que se te queda pegado, como una canción, y me encuentro repitiendo líneas de él. Trato de recrear esa música en mis traducciones, con Mariana, por ejemplo; siento que Mariana y Shirley Jackson tienen mucho en común. Así que ahí están mis recomendaciones: Shirley Jackson y El reino.


[1] Damion Searls, The Philosophy of Translation (Yale University Press, 2024). tçTraductor estadounidense de Jon Fosse, Rilke, Nietzsche y Wittgenstein, propone en este ensayo entender la traducción como una forma de lectura antes que como una equivalencia entre palabras.

[2] Umberto Eco, Dire quasi la stessa cosa. Esperienze di traduzione (Bompiani, 2003). en español, Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción (Lumen, 2008), traducción de Helena Lozano Miralles.

[3] Shirley Jackson (San Francisco, 1916-Bennington, 1965), narradora estadounidense y maestra del terror doméstico. We Have Always Lived in the Castle (1962) se tradujo como Siempre hemos vivido en el castillo (minúscula, 2012), por Paula Kuffer, y The Haunting of Hill House (1959), la novela cuyo primer párrafo evoca la entrevistada, como La maldición de Hill House (minúscula, 2019), por Carles Andreu.

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Reseña: Bajar es lo peor (2022) de Mariana Enríquez

Excesos juveniles

Por Omar Guerrero

Bajar es lo peor (Anagrama, 2022) es la primera novela de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973). Se publicó por primera vez en 1995 y a lo largo de todos estos años se ha convertido en una novela de culto. En ella se pueden encontrar muchos temas y elementos que la autora ha desarrollado en sus siguientes libros, tanto en novelas como en cuentos. Su personaje principal es Facundo, un joven de belleza única que se prostituye y que habita el lado oscuro y sórdido del Buenos Aires de los años noventa. Su imagen es ambigua, casi vampírica, siempre con su cabello largo, y que no deja de ser atractiva para cualquier género, tanto para mujeres como para hombres. No importa si Facundo está borracho o drogado, pues estas situaciones resaltan más su imagen. Así lo testifican varios de sus personajes: “Facundo, con la misma ropa, parecía un dios griego. Siempre parecía un dios griego” (p.41) […] “Facundo borracho es Dionisos: el alcohol no insulta su belleza, la enaltece” (p.193).   

Facundo ha sido enamorado de Carolina, una muchacha punk que se pinta el cabello y a quien le cuesta entender que su exnovio se gane la vida teniendo sexo con otros hombres. Incluso hasta llega a ser invitada por él para que observe uno de estos actos homosexuales, un tema bastante vigente en la obra de Enríquez. Y a pesar de saber esta dura verdad, lo que le provoca muchas crisis y llantos, Carolina continúa frecuentando a Facundo, así sea como amigos. A fin de cuentas, a ella también le gusta visitar los mismos lugares que él habita, sobre todo si son nocturnos, como los bares y discotecas, entre ellos el boliche de La Diabla, donde suena cierta música que va desde David Bowie hasta Megadeth, y que se presenta como banda sonora para esta historia donde las drogas también cobran protagonismo.

Todo cambia cuando aparece Narval, un joven yonqui que también posee una singular belleza y que cae rendido ante Facundo, pues la atracción es mutua desde el primer momento que ambos se ven en uno de estos locales nocturnos. Hasta llegan a tener sexo en un baño. Lo curioso es que Carolina también siente atracción por Narval sin importar que él siempre lleve consigo una imagen oscura que se acentúa mucho más con la presencia de unos seres malignos, casi monstruosos, que sólo Narval puede ver, y que no son producto de su imaginación ni del consumo de drogas, sino que provienen de una extraña realidad que tiene más de fantástico y también de gótico. Es en este punto, junto a su belleza masculina, que se puede considerar a Narval como un antecedente de Gaspar y su padre en la novela Nuestra parte de noche.   

De esta manera se forma un trío juvenil lleno de excesos al punto de convertirse en seres marginales y autodestructivos. Los tres, de una u otra manera, tienden a estar sometidos por algo o por alguien; incluido Facundo, quien muestra cierta autonomía y rebeldía que, después de todo, termina subyugada. Por ejemplo, Facundo vive en un piso que es pagado por un hombre maduro de apellido Armendáriz, quien al mismo tiempo es oficinista y padre de familia. Es decir, un hombre común y corriente bajo la suposición de vivir dentro de lo correcto. Facundo no siente nada por este hombre, pero sólo por el hecho de sostener su economía y hacerle regalos (como un libro de Mary Shelley) acepta compartir este espacio que se vuelve íntimo, y, a la vez, sucio, y cuyo único consuelo es la presencia de un gato llamado Lord Byron que se caracteriza por ser arisco con cualquier extraño. Otro consuelo son las visitas de Narval, llamado también Val, con quien se embriaga y se droga hasta perder el conocimiento, además de tener mucho sexo. Es más, ambos llegan a tener ciertos códigos para saber si Facundo está libre u ocupado en su piso sólo para concretar un siguiente encuentro. Por su parte, Carolina busca acercarse a Narval no únicamente por parecerle atractivo sino porque es una manera de seguir cerca de Facundo. A ella no le importa que él se siga prostituyendo. Tampoco le importa que él y Narval se entiendan a la perfección. Hasta está dispuesta a tener intimidad con ambos al mismo tiempo (pp.170-171):

Narval se dio vuelta para mirar y vio a Carolina, sonriente, con unos ajustados shorts de jean y una musculosa blanca. La llamó con un gesto de la mano y Carolina se le sentó en las rodillas. Narval deslizó con cuidado la papela en la mano de ella, que sonrió con los ojos brillantes. Sin decir palabra, Carolina se levantó y caminó tambaleante hasta el baño, tirando una silla a su paso.

-Está borracha -dijo Facundo.

-Es muy linda -dijo Narval.

-Sí.

-Le prometí que esta noche íbamos a estar juntos.

-Está bien. -Facundo encendió un cigarrillo y tosió doblándose en dos cuando la cocaína empezó a deslizarse por su garganta-. Pero antes vendé algo más.

Aunque lo que más llama la atención en esta novela es la presencia de esos seres malignos que siempre se le presentan a Narval. Muchos de ellos tienen características propias del horror. Primero está una mujer que no tiene dientes, que huele a muerte y que se mueve como un gato; y a pesar de su terrible aspecto, ella tiene sexo con Narval. También hay un hombre que está cubierto de arañas y otro que se caracteriza por tener huecos en lugar de ojos (esta referencia bien podría relacionarse con uno de los cuentos de Mariana Enríquez titulado “Ojos negros”, que es bastante aterrador, y que se encuentra en su último libro Un lugar soleado para gente sombría). Aquí una muestra de la imagen y comportamiento de estos seres siniestros (p.191):

Ella sí podía salir. Con Narval. Pero Buenos Aires ya no era lo mismo si él iba con Ella. A veces, en una multitud sin rostro, Narval la perdía de vista y entonces corría. Pero de entre la gente salía el-Hombre-con-huecos-en-vez-de-ojos, que lo devolvía a su departamento, caminando en cuatro patas por el piso, jugando con arañas. Narval caía al piso y Ella trepaba sobre él y Narval se la cogía furiosamente, casi feliz, pensando que, a pesar de todo, le gustaba estar con Ellos, que era así como estar en casa. Pero de vez en cuando se abrazaba a las piernas purpúreas de Ella y, mientras el-Hombre-con-huecos le hacía un pico en el cuello, Narval no podía evitar ahogarse en sollozos diciendo: «Lo extraño.»

Aquí cabe aclarar el término “pico”, del verbo “picar”, propio de un argot que significa inyectarse droga, sobre todo heroína, corresponde a la mención de Narval visto como un yonqui (adicto a la heroína). Es justo esta droga la desencadenante de esta historia donde la tragedia es una consecuencia de los excesos juveniles. Y es que es imposible no relacionarla con otra novela de la misma época y con la misma temática. Me refiero a la ya clásica, y también novela de culto, titulada Trainspotting (1993) del escritor escocés Irvine Welsh, donde la heroína también es un catalizador para la mayoría de sus personajes juveniles. Y donde el rock, el desenfreno, el sexo y, otra vez, los inevitables excesos, son los ingredientes adicionales de toda una generación. Quizás por esta razón también se realizó una película en Argentina (2002) basada en esta primera novela de Mariana Enríquez y que lleva el mismo nombre. Aunque, valgan verdades, no cumple las expectativas creadas con la lectura de este libro, que, como ya se ha dicho, es de verdadero culto. Igual aquí va el enlace para los interesados y fanáticos de la autora y su obra, cuya mayor recomendación es seguir leyéndola:

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Datos del libro reseñado:

Mariana Enríquez

Bajar es lo peor

Anagrama, 2022

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Reseña: Un lugar soleado para gente sombría (2024) de Mariana Enríquez

El mal que acecha

Por Omar Guerrero

Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama, 2024) es el tercer libro de cuentos de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973). Esta nueva publicación está compuesta por doce relatos donde, como ya es costumbre en su obra, aparecen fantasmas y monstruos, además de predominar lo oscuro y lo tenebroso a través de hechos insólitos. Y todos estos elementos pueden considerarse como algo propio de lo fantástico, tan peculiar en la tradición literaria argentina, más aún en el género del cuento; aunque aquí las historias terminan apoderándose de lo gótico y lo siniestro, lo que da como resultado un terror que en realidad asusta, que produce miedo y que hasta hiela la sangre. Se suma el deterioro del cuerpo y la enfermedad, en cómo el ser humano pierde su belleza y juventud para convertirse en un ser que produce espanto o repulsión, sea propio o ajeno, más aún cuando se inserta lo pútrido o lo ya descompuesto previo a la muerte. Y ni qué decir la muerte en sí. Aquí tampoco se puede dejar mencionar el miedo correspondiente a una etapa política traumatizante para la mayoría de los ciudadanos de un país que fue sometido a una cruel dictadura.

Cabe aclarar que la precisión de la autora para construir estas historias resulta sorprendente, además de magnífica, lo que merece más de un ejemplo o cita sólo para demostrar su maestría al narrar y describir una serie de situaciones donde la anécdota se ciñe en el mal que acecha, que atemoriza y que perturba. Y esta redundancia, desarrollada en distintas circunstancias, es más que un mérito.

En “Mis muertos tristes”, una mujer médica ve muertos o fantasmas, entre ellos, el de su madre, aunque este no parece ser el problema si se compara con la violencia que se vive en su barrio de clase media: “Mis vecinos hacen reuniones de «seguridad». No consiguen mucho. En el barrio hubo algunas invasiones a casas, robos violentos, le pegaron a una anciana. Es horrible lo que pasa. Pero ellos son todavía más horribles. En las reuniones gritan que pagan sus impuestos (es parcialmente cierto: la mitad evade lo que puede, como todo argentino de clase media), que se compraron armas y hacen cursos para usarlas, y describen las maneras en que piensan que la policía debe actuar: siempre proponen el asesinato, el insulto, el ejemplo medieval o el ojo por ojo o cosas por el estilo” (p. 9, según versión digital: lo mismo para las siguientes citas).

La consecuencia de esta violencia recae en los muertos, quienes recurren a la protagonista como si se tratase de una médium sólo para reclamar una injusticia que ha quedado pendiente: “Entonces aquí estaba Matías de apellido italiano, muerto a cuadras de mi casa, y yo no sabía por qué tocaba la puerta ni me había enterado de que su asesinato había sido tan cerca” (p. 23). Y ante estas situaciones paranormales a la protagonista no le queda más que aceptar que el mal no procede de la muerte sino de la vida misma, de lo que está cerca, en la propia realidad.

En “Los pájaros de la noche”, una mujer tiene el rostro deforme. Una manera de escapar de su realidad es establercer contacto con la naturaleza rural a pesar de que esta no deja de tener relación con todo lo malo que puede suceder en la vida: “Tengo que volver a los pájaros. Todos los pájaros son mujeres que han recibido un castigo. En los mitos populares de nuestra provincia, Entre Ríos, pero también de Corrientes y de Misiones (tengo un libro que ubica cada mito en detalle), el castigo para la desobediencia, la mala conducta o el amor desesperado es ser transformada en ave” (p. 32). Parte de lo malo también atañe a seres inocentes que han sido víctimas de la crueldad: “En el diario decían que la niña, que se llamaba Juana, había aparecido «desgarrada». Millie, esa tarde, quiso conectarse con su espíritu. Dejó chorrear sus pinturas junto al árbol donde apareció el cuerpo de la niña; el dibujo tomó una especie de estrella atrapada en un círculo. Recitó algunas palabras con los ojos cerrados y esperó” (p. 37). Aquí la trascendencia de la muerte, o el contacto con el más allá, parece ser el único consuelo.  

En “La desgracia en la cara”, se hace presente el tema de la violencia de género como una recurrente, lo que ya produce cierta conmoción: “El orden y los detalles del relato de la violación eran siempre los mismos, como si ya no fuese capaz de recordarla de verdad y repitiese una historia vieja, una leyenda” (p. 49). Y no sólo es la mención a estos hechos repulsivos sino también cada uno de los detalles: “No la violó sobre el camino. La apoyó contra un árbol. No le dijo que no gritara, no le tapó la boca, y ella lloró todo el tiempo de miedo y de dolor” (p. 50). Lo asombroso es que estos delitos tienen conexión con el ámbito familiar, por lo que el dolor se multiplica.

En “Julie”, se presenta a una muchacha extraña que tiene un aspecto desagradable. Su imagen es descuidada y llama la atención: “En las fotos que enviaba Julie siempre aparecía seria, mal vestida y, sinceramente, fea. Gorda. Hinchada quizá, y con el pelo enmarañado y débil. Parecía una enferma grave” (p. 74). Julie vive en Estados Unidos. La narradora es la prima de Julie, quien cuenta los problemas que existe entre su padre y la mamá de Julie. Ambos hermanos discuten y se mantienen aislados, no se llevan bien, hasta que Julie llega a la Argentina con la posibilidad de ser tratada, pues sólo se sabe que tiene sexo con espíritus. Existen otros comportamientos en Julie que también llaman la atención. Por eso, decide ingresar a una casa de reposo en Uruguay donde se supone que será feliz a pesar de ciertas truculencias que a ella parece agradarle: “Me contó sobre las primeras visitas, sobre las diferencias entre los visitantes: a uno le gustaba especialmente lamerle el agujero del culo, lo dijo así, como una bestia, y casi me mareo: estaba perdiendo la elegancia. O quizá de verdad estaba loca” (p. 85). Aquí no deja de llamar la atención la reacción de la familia ante la decisión final de Julie.

En “Metamorfosis”, se habla del deterioro del cuerpo, sobre todo de la enfermedad, entendida como el motivo de una transformación no deseada pero que, por extraño que sea, resulta atractivo: “Primero busqué miomas online. No todos eran tan bonitos como el mío. Algunos eran granulados y otros tenían muchas cabezas, más jengibre aun, pero un jengibre feo, digamos como uno de esos animales con globos que hacen los payasos (o que hacían en las fiestas de mi infancia)” (p. 92). Lo extraño es que parte de esta transformación produce cierto gusto hacia lo amorfo o lo anormal: “Mi espalda, ahora, tiene otro relieve. Tiene algo de dragón, Colson tatuó la piel de colores y parece tornasolada. Una falsa columna de saurio. Algo de camaleón, de lagarto, de serpiente mítica, de sangre fría” (p. 98).    

En “Un lugar soleado para gente sombría”, se recurre al género periodístico para dar a conocer un hecho real que ocurrió en el mítico Hotel Cecil de Los Ángeles, conocido por ser un lugar donde ocurrieron crímenes y hechos inexplicables. Se añade la muerte en extrañas circunstancias de una muchacha canadiense llamada Elisa Lam: “Le tuve que contar el caso. Elisa era una turista muy joven que, quizá por ignorancia sobre el pasado del lugar, se alojó en el hotel Cecil del centro de Los Ángeles. El lugar es conocido no sólo por tragedias, suicidios, crímenes y demás, sino porque ahí se alojó durante un tiempo el asesino serial Richard Ramírez […] La encontraron veinte días después flotando en el tanque de agua del hotel, ahogada, desnuda, con toda la ropa y pertenencias dentro del agua. Uno de los huéspedes se dio cuenta porque el agua salía negra de las canillas y la ducha y, claro, un poco apestosa. Elisa se pudrió flotando en el tanque y los huéspedes la bebieron” (pp. 101-102). Además de centrase en esta muerte, la narradora se da tiempo para conocer otros escenarios de Los Ángeles donde llega a tener contacto con un joven adicto que le hace recordar a un amigo fallecido llamado Dizz. Se trata, sin duda, del lado sórdido de la ciudad, aunque no menos sórdido es la concurrencia de muchos interesados en la muerte de Elisa Lam, quienes ingresan al hotel con el único fin de tener algún tipo de contacto sólo para tener más información de lo sucedido: “Una de mis mejores amigas, que vive en Los Ángeles, es una obsesa de lo paranormal en la ciudad, y me contó que hoy día la gente se reúne alrededor del tanque donde Elisa murió, esperando una señal” (p. 104).

En “Los himnos de las hienas”, el narrador es un joven que tiene una relación amorosa con Mateo, un muchacho apuesto de cabello largo e hijo de padres ricos que no tienen ninguna objeción hacia los gustos de su hijo. En la casa de Mateo se habla del antiguo zoológico del pueblo que más parecía una cárcel y que sufrió un incendio premeditado donde algunos animales murieron quemados. Otros animales, sin embargo, lograron escapar, aunque luego fueron atrapados. Los únicos animales que desaparecieron sin dejar rastro alguno fueron las hienas. Esto motiva a Mateo y al narrador hablar en la intimidad sobre el sexo de estos mamíferos carroñeros, pues consideran a las hienas como animales trans por su peculiaridad. Al día siguiente ellos visitan el cementerio del pueblo y un lugar llamado el Palacio de los Aguirre que se encuentra desolado y que era considerado como un campo de concentración: “Sí, se sabe que torturaban en el sótano. Pero fue muchas cosas más. La casa de verano es de los ricos estos, que bytheway son los dueños de todos los quesos que te comiste anoche, así que al Mal ya lo tenés incorporado” (p. 129). Este lugar se encuentra en ruinas, aunque aún quedan restos de su esplendor de influencia europea. También quedan algunos rastros como si allí viviera alguien, o como si fuera visitado con regularidad. Mateo y el narrador encuentran ropa usada que bien podría haber pertenecido a gente que ya está muerta. Mateo se pone una blusa vieja y enseguida suceden cosas siniestras como la presencia de un hombre calvo que los ataca en medio de muchas camas donde se escucha el llanto de gente que no se puede ver: “Miré alrededor: había muchas, como en un dormitorio comunitario de un orfanato o de una prisión. O de una sala de torturas. Mateo estaba medio desmayado, pero el hombre no dejó de pegarle y, cuando por fin pude moverme y corrí, me caí al piso. Tenía los pies atados” (p. 134). Este hombre calvo demuestra su resistencia para provocar el mal sin importar rebanarse una oreja, la nariz o la comisura de los labios sólo para mostrar una mayor sonrisa llena de sangre. Todo es grotesco y terrorífico. Parece un mal sueño o algo imaginado, pero no es así, sobre todo con el sonido de las hienas a lo lejos en medio de una inesperada oscuridad.  

En “Diferente colores hechos de lágrimas”,llama la atención el epígrafe del poema “Absoluta” de César Vallejo donde sobresale el verso: “¡Ay, la llaga en color de ropa antigua!”. Todo empieza cuando una mujer, dueña de una tienda de ropa vintage, visita una casa decadente pero acaudalada que ofrece ropa usada. Allí conoce a un anciano llamado Noé Seidel que aún guarda los vestidos de su esposa fallecida: “Tenían el olor de su mujer, eran su presencia encerrada en un ropero, no quería volver a sacarlas buscando un aroma que se perdía con los años, no quería ver en el espejo, de reojo, su fantasma acomodando la cintura y frunciendo la nariz si no estaba conforme: No quería pasar lo que le quedaba de vida con ella. Había más vestidos, pero los iba a regalar a familiares o donar al Museo del Vestido que estaba muy interesado” (p. 142). Una vez que la narradora tiene posesión de algunos vestidos y otras joyas, se junta con sus otras amigas y socias sólo para averiguar más sobre la antigua dueña, de quien llegan a saber que se llamaba Susana Swanson, que era muy rica, que murió de cáncer, y que le fue infiel a su marido con un médico pobre, pues también logran conocer una antigua noticia sobre un ataque violento ocasionado por el empresario Noé Seidel en los años ochenta. Sin tomar en cuenta esta información, las tres amigas se prueban los vestidos y encuentran que una de estas piezas les produce diferentes cortes, heridas y golpes que nunca habían tenido en el cuerpo. Se asustan, se quitan la prenda y lloran de miedo. Intentan serenarse y piensan que esto sólo les pasa a ellas, que quizá no suceda con sus clientas, pero lo siniestro llega a manifestarse en toda su dimensión. Esto queda confirmado con un correo del anciano donde les muestra su desprecio tan igual como lo hacía con su difunta esposa. También se confirma con el arrebato de la narradora sólo para provocar un mayor espanto.  

En “La mujer que sufre”, una mujer hipocondriaca siente al mismo tiempo curiosidad sobre algunas enfermedades. Mientras más graves o extrañas sean, mayor es su interés, pues es evidente su gusto hacia estas afecciones de las que siempre escucha con atención: “Algún hijo de su madre mandó una cadena para una pibita que tenía una enfermedad en la piel. No me acuerdo el nombre entero, pero algo con gangrena. Las fotos, no sabés. Tenía agujeros por todos lados. Llagas. No me la olvido más” (p. 156). Se suma la constante presencia de otra mujer que se muestra como una intrusa, muy parecida a un fantasma, y que, además, tiene la peculiaridad de que siempre sufre. “No entró al foro de hombres con cáncer, no era lo mismo. Todavía el chico no había hecho una aparición en su casa. A lo mejor no estaba ahí. La mujer que sufría tenía enfermeros en su casa” (p. 168).  

En “Cementerio de heladeras”, una mujer recuerda sus juegos de infancia que se convirtieron en algo grave. Todo ocurrió en un lugar sombrío llamado como el título del cuento. En este sitio ocurren otros hechos macabros como la vez en que llegó un hombre cargando a su hijo degollado: “Un hombre, decían, llegó al cementerio de heladeras con su hijo en brazos, un chico de seis años, degollado. Un sereno lo encontró y el hombre dijo que venía a enterrarlo. El cuerpo del chico tenía mutilada la mano derecha: el padre, se contaba, le había cortado todos los dedos, que guardaba en el bolsillo de la campera” (p. 175). Y aquello que fue tan grave en la niñez de la mujer queda como un remordimiento. Este último sentimiento la persigue desde que tenía trece años hasta pasado los cuarenta. Se incluyen las preguntas que recibe para intentar explicar lo que se considera insólito: “Y después, como pasa siempre, alguien preguntó sobre si habíamos visto algo sobrenatural o vivido una experiencia de mucho miedo” (p. 183). Ella regresa al lugar de los hechos para intentar resarcir en algo el delito cometido sin saber que la espera una experiencia que se convertirá en algo escalofriante.

En “Un artista local”, una joven pareja de esposos sin hijos viaja a un pueblo llamado General Moore que se encuentra semiabandonado por culpa de la falta de trenes. Allí serán testigos de una serie de hechos como observar el santuario que se le hace a una mujer cuya historia se centra en haber dado de lactar a su bebé aún después de muerta: “¿Te gusta ella, la santa? No, confesó Ivana. Se acercó a mirar de cerca la imagen y frunció la nariz. Cuando la hacen así, especialmente, medio verdosa para dejar claro que ella está muerta y el bebé sigue vivo, tomando la leche podrida de su teta, es peor” (p. 191). En su estadía también se menciona la pandemia y sus consecuencias, entre ellas, una mayor desolación en el pueblo. Sin embargo, se puede observar la exposición de un artista local que resulta singular, lo que resulta atractivo para la pareja, sobre todo para la protagonista, razón para querer conocerlo sin saber el riesgo que corren con ello: “El hechizo se rompió cuando una de las tres viejas cerró la puerta. Hizo un ruido desproporcionado, como si fuese metal. Como de bóveda de banco. Y dentro las voces sonaban como en una iglesia, como la iglesia que faltaba en ese pueblo. Ivana escuchó que Lautaro lloraba y le decía: no me escuchaste, no me escuchaste. Ivana por fin encontró los ojos de Lautaro, que estaban desenfocados” (p. 206). Asombra que lo monstruoso se manifiesta para dar paso a un final que no se espera, o que no se puede creer por el grado de espanto.

Mariana Enríquez

En “Ojos negros”, uno de los mejores y más terroríficos, bastante preciso para dar fin a este libro,se cuenta la historia de una mujer que trabaja para una ONG atendiendo a gente sin recursos. Este trabajo lo hace en grupo. Tiene como compañera a una muchacha bastante empeñosa llamada Flora. Ellas salen a la calle de noche junto a un conductor de apelativo “Chapa”. Los tres atienden brindando comida, abrigo y consejos a los más pobres sin dejar de tener cuidado ante los peligros que se puedan presentar: “No todo era dulce y pobre gente buena: un par de hijos de puta violaban de noche o toqueteaban, había algunas brujas bien temibles que, yo sabía, hacían trabajos detrás de la palmera, y estaban los perturbados que uno podía entender y compadecer, pero además de cortarse ellos mismos, los brazos por lo general, muchas veces empezaban peleas que terminaban con heridos” (p. 214). Y no sólo se trata del posible peligro con la gente con la que tienen contacto, sino también de los lugares que visitan, la mayoría con pasados sombríos o tenebrosos, y donde siempre suceden cosas raras, como el caso de un antiguo cuartel, en clara referencia a lo sucedido en la dictadura militar: “Se contaban demasiadas historias de esos lugares. Algunas violentas, otras paranormales. Decían que uno de los lugares era un excuartel. Flora, que conocía bien la ciudad, aunque vivía en provincia, decía que no, que el cuartel estaba cerca pero no era el predio que se usaba como refugio. Lo que sí: la morgue estaba al lado. Muchos hablaban de manos que los tocaban de noche. Qué diferencia había entre una mano fantasma y los peligros de la intemperie real, me preguntaba yo, pero no decía nada” (p. 215). Una noche, justo después de finalizar su trabajo, y ya dentro de la camioneta donde realizan los despachos, se les aparecen dos niños de aspecto extraño, pues parecen de otro tiempo, demasiados pulcros y con una forma de hablar nada relacionada a la calle. Estos dos niños se presentan como dos seres fantasmales que luego tomarán un aspecto monstruoso: “Entonces el más grande levantó la cara y le vi los ojos. Eran negros. No había esclerótica, ni pupila, ni iris; eran relucientes y de obsidiana. Como si estuviese ensayado, el otro también levantó la cabeza. Tenía dos huecos negros donde debían estar los ojos, pero los agujeros reflejaban las luces y me reflejaban a mí” (p. 219). “Flora y yo nos asomamos. Ella, solo por sostener su berrinche de superiora moral, dijo que le parecían perros. Eran los chicos. En cuatro patas. Pero no corrían como primates: eran arañas veloces, los culos flacos para arriba, nada humano en sus movimientos” (p. 220). Lo peor es que este peligro se transforma en una amenaza que mantiene en vilo al lector, y también a los personajes, sobre todo al intuir aquello tan terrible que va a suceder.

En resumen, se confirma que este libro de cuentos es más que formidable. Es uno de los mejores de la producción de Mariana Enríquez junto con Las cosas que perdimos en el fuego. También se puede decir que es uno de los libros más importantes que han aparecido este año, razón por lo que se celebra y se disfruta. Por eso mismo se recomienda su lectura. De ahí la necesidad de explayar este texto sólo para demostrar el entusiasmo por estos cuentos tan bien logrados que es mejor no leerlos de noche. Una última recomendación: existe una playlist elaborada por la misma autora a partir de las canciones que se mencionan al final del libro en la parte de los agradecimientos y que se puede escuchar en el siguiente enlace:

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Datos del libro reseñado:

Mariana Enríquez

Un lugar soleado para gente sombría

Anagrama, 2024

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Entrevista

Mariana Enríquez, la condesa del terror latinoamericano

Por Diana Hidalgo Delgado

Mariana Enríquez, como perfectamente pudiera hacer un personaje de alguna de sus obras, atesora un altar pagano en su apartamento. En una repisa, descansa Francois, un hueso de más de 600 años de antigüedad que robó en 2006 de las Catacumbas de París, junto a un cráneo que –dice– probablemente fue descartado por algún estudiante de odontología en Buenos Aires, pequeños amuletos de fertilidad africanos “que se ven muy raros”, una lechuza “muy a lo Twin Peaks”, un par de esculturas de la Santa Muerte mexicanas, las cenizas de su gata Emily y, hasta hace un tiempo, una pata de pollo vudú que compró en New Orleans y tuvo que tirar porque se pudrió.

Además de escritora y periodista, se considera una “antropóloga amateur”, con una profunda curiosidad e interés por los aspectos culturales y religiosos de muchos países que se encuentran al margen: el vudú, la brujería, la magia, los santos populares, el sincretismo, la hechicería. En ello, la escritora argentina ha encontrado una fuente riquísima e inmensa para escribir terror y un elemento, o varios, que quiere reivindicar en su obra. Como ella dice, un terror latinoamericano. Todo eso se retrata con mucha claridad en Nuestra parte de noche, su última novela.

Pero ese terror que escribe no se queda en el simbolismo o en sus gustos o intereses estéticos –vestirse de negro, escuchar música oscura o coleccionar calaveras y adorar cementerios– sino que tiene un claro discurso político que tiene que ver con la exposición de las consecuencias que dejaron las dictaduras en Latinoamérica, la denuncia a la violencia machista, o la pobreza y el abandono en los conurbanos de las ciudades. Esto en parte porque creció durante la dictadura militar en la Argentina “y no hay nada más terrorífico que eso”, pero también porque le interesa mucho la política. El terror de Mariana no es un simple susto o miedo, es como una estaca que queda resonando en las fibras de todo el cuerpo, como un trueno o una descarga eléctrica. Una sensación, en suma, que no se olvida más.

De cierta forma, Mariana Enríquez sigue siendo la adolescente punk que escucha Nick Cave and the bad seeds, Manic Street Preachers o Florence and the Machine; y se viste toda de negro, con borcegos en los pies. En su último libro, Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019), una de los personajes se llama Florence por la banda que tanto le gusta. “Ella es como una Virginia Woolf espiritualista”, dice por Florence Welch, la líder de la banda británica. Por estos días de encierro en  cuarentena, lee en su apartamento en Buenos Aires La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik, la vida novelada de una de las mayores asesinas seriales de la historia: la condesa húngara del siglo XVI, Erzsébet Báthory, condenada por torturar y matar a 650 mujeres. “Estoy fascinada”, dice. “Con este libro se reanudó el pacto con esa ficción de horror que de alguna manera te reconforta. Es muy extraño. Lo puedo describir, pero no explicar”.

¿Te sientes cómoda con la categorización que tienes como la reina del terror o de lo gótico?

No es precisa. Yo escribo de otras cosas también. Otras cosas que son realistas. Por ejemplo, la biografía de Silvina Ocampo o crónicas de viajes. Pero esas cosas no llaman tanto la atención. Me parece comprensible porque ese género (el terror) es más popular. Es un género que a mí me gusta, que yo respeto, del que soy fan, que escribieron casi todos mis escritores favoritos. No me molesta. Porque no considero que sea un género menor. Me divierte un poco esa categorización.

¿Por qué crees que el terror como género literario nunca fue tomado tan en serio por lo que llamaríamos una literatura más formal?

Creo que porque hay un sistema de legitimación de quienes leen literatura que lo ha desestimado. Hay un montón de escritores que están escribiendo terror en este momento. Contemporáneos míos y un poco más grandes. Que son escritores extraordinarios. Y que sencillamente no se les dio la misma importancia que a escritores realistas mediocres. Porque escriben género y ese género está relacionado con el entretenimiento, con la imaginación, con lo comercial. Y en un punto también con lo juvenil. Como si una llegara a cierta edad y se convierte en un adulto serio y no podés escribir ni leer eso porque eso es de nerds.

¿Y cuál sería el género considerado más legítimo?

Hay una abrumadora presencia del realismo como el género legítimo, respetable y los otros como más asociados con una cuestión comercial. Al mismo tiempo lo que es curioso es que el gran público tiende a leer género. Los chicos empiezan a leer con Harry Potter o El señor de los anillos.

El terror que escribes va mucho más allá de historias de fantasmas o asesinos seriales.

Cuando decidí que iba a escribir terror empecé a pensar que había que trabajar con tres cosas: con lo latinoamericano, lo social y lo contemporáneo. Y esa es una lección de Stephen King. Por ejemplo Carrie, ¿qué es? Es una historia de bullying entre adolescentes y matanzas en escuelas, un gran problema social en Estados Unidos. La literatura tiene que hablar de su época. Para mí que no hable de su época es algo que no me interesa.

Hay quienes asocian mucho tu obra a tu estética personal. Y eso no es muy común.

Yo crecí entre fines de los ochenta y principios de los noventa. Siempre fui super rockera y lo sigo siendo. Dentro de ese género a mí me gustaba mucho el punk: Nick Cave, Manic Street Preachers. Música oscura, en general. A mí me gusta mucho la música y es también una cuestión de estética de tribu con la que yo me sentía identificada y aún me siento. El cine de terror me gusta, pero no tanto. Me gusta lo más gótico, victoriano. Me gusta más Drácula de Coppola que Masacre en Texas, por ejemplo.

Y en cine, ¿otro tipo de terror, como el de Cronenberg?

Cronenberg me vuelve loca. Pero el que más me gusta es David Lynch. Él creo que es el artista en general que más miedo me da. Si me preguntas cuál es la película que más miedo me dio en mi vida es Mulholland Drive. Sin duda. Hay algo con lo que él trabaja que es tan parecido a una pesadilla, que me desestabiliza en algún punto. Me inquieta muchísimo. Es perturbador. Lynch te pone realmente en un nivel de irrealidad que no sabes lo que está pasando. Yo no hago eso en el terror que escribo. Me parece que no se puede hacer eso tan bien en la literatura como en el cine.

Muchos lectores han considerado que tu última novela Nuestra parte de noche justamente es tan inquietante que no podían seguir leyendo, pero que a la vez no podían dejar de hacerlo.

Es curioso porque es una novela súper oscura. Ahora me encontré con mucha gente que en esta situación de cuarentena la está leyendo y yo no lo puedo creer. Es totalmente opresiva. Pero a varios lectores les pasó esto de no poder parar de leer. Están asustados e inquietos, pero necesitan saber qué pasa. Eso sí me pone muy contenta porque en realidad es lo que a mí siempre me pasó cuando hay algo que me engancha de esa manera, no me olvido más de esa sensación. Cuando me dicen “no lo pude soltar”, entiendo perfectamente eso de no querer seguir pero no poder parar. A mí me pasó con Cementerio animal de Stephen King. Es uno de los pocos libros que yo dije por qué estoy leyendo esto, es una tortura. Y pensé eso. Lo dejé durante media hora y lo volví a agarrar y lo terminé en dos días. Hay un impulso que tenemos hacia la ficción. Ese tipo de ficción oscura y devastadora que en algún punto nos hace sentir mejor, no sé por qué. Hay algo contradictorio en ello, que al mismo tiempo te conforta.

¿Sientes que el terror como género sigue siendo un nicho?

Sí. Lo que pasa es que es un nicho grande. Muy grande. Tiene que ver con un cambio en el consumo pop. Cada vez se vuelve más masivo. Creo que es un género popular.

¿Qué es para ti escribir terror latinoamericano?

A mí me parece que hay una ausencia en nuestras literaturas de las creencias tradicionales. Ni hablar de la cosmovisión indígena. Todas esas creencias me interesaba incorporarlas a mi obra porque están muy presentes en la vida urbana. No es que no están, sino que hay una acción deliberada de la literatura de dejarlas afuera. Como si fuese una superstición que no merece un tratamiento literario. Eso siempre me pareció muy clasista, poco realista. Porque en realidad yo conozco cantidad de personas de la clase media argentina que se van a tirar las cartas, por ejemplo. Que la literatura lo evada, es un poco anacrónico. Cuando yo pienso en un terror latinoamericano pienso en la incorporación de esas supersticiones y esas creencias. Creo que no pueden quedar afuera.

Además del plano literario, tienes un interés personal por ese tema. Se evidencia en tu libro de crónicas “Alguien camina sobre tu tumba”.

Sí. A mí me súper interesa. Yo tengo una especie de alma de antropóloga amateur. Me gusta recopilar creencias. Me gusta saber sobre las creencias populares o religiosas de determinadas comunidades. Me parece narrativamente rica. Ahí hay un montón de historias, de cosmovisión, de ver cómo se relacionan las personas con sus creencias y con su entorno. Es totalmente un interés personal que termina plasmado en mi obra. Además, es algo que me parece que está muy dejado de lado, desaprovechado. Me interesa recuperar eso en mi narrativa y en mi vida personal también.

¿Y practicas alguna de estas creencias?

Nada. Nada de nada. Lo único, sé tirar tarot y lo hago de vez en cuando. Cada vez menos. La gente lo pide y uno se aburre. Razones frívolas. Si hiciera un zoom ahorita con mis amigas que están aburridas seguro me dicen “ay, me tirás las cartas…”. Pero nada, me gusta el tarot. Iconográficamente, su historia. Sé cosas, me gusta leer. Leo sobre magia. Leí mucho sobre magia para Nuestra parte de noche, cosas que ya venía leyendo desde toda mi vida. Profundicé cosas. Pero no creo nada ni practico, la verdad. Mi interés es estético.

¿En qué profundizaste sobre magia para tu último libro?

La estudié mejor. También para poder hacer después lo que yo quería en la ficción. El libro no es un manual de magia, es una ficción. No quería tampoco poner cosas que fuesen al cien por ciento el método para invocar a un demonio, sino parecido. Hay partes de la novela donde se invocan demonios, pero si hacen el ritual está distorsionado, no va a venir nada. Es más bien ver cómo se hace y a partir de ahí crear una ficción.

En tu obra, encuentras belleza en donde normalmente la gente ve tragedia o algo horrendo, en la muerte, algo que no quieren mirar…

Creo que es una fascinación un poco morbosa, pero siempre, cada vez más, me parece que en la repulsión hacia las personificaciones de la muerte hay mucho de negación a lo inevitable. Lo único que sabemos con certeza es que va a pasar, que vamos a morir. No a todo el mundo le tiene que parecer hermoso como me parece a mí, pero que les produzca un profundísimo rechazo me parece un poco preocupante. El rechazo total a esa estética es muy negador. Es una reacción de pánico cuando en realidad es parte de nuestra vida. Hay algo en la presentación de la muerte que tiene que ver mucho con la vida. Con que la gente que murió fue recordada, fue importante. Ese momento, el de la muerte, mereció un monumento, una lápida, una pintura. Hay un punto que tiene, para mí, una exaltación a la vida. Una celebración del fin de la vida de una persona, que es inevitable.

Fuente: Infobae

Fuera del significado más profundo, te gusta mucho esa estética.

Sí, me parece muy hermosa. Pienso en las muertes mexicanas y para mí son absolutamente hermosas. Pero además me parece bastante necesario pensar en eso. No es que yo no tenga miedo a morirme. Lo tengo, como todo el mundo. Pero creo que es bastante más sano pensar en eso desde algo que no sea repugnante, sino doloroso, pero finalmente volver a pensar en la persona perdida desde un lugar que se conecte con la belleza. Que no condene a ese proceso de fin de la vida a algo que sea repugnante y que no podamos mirar. Eso no es respetuoso incluso.

De ahí tu gusto por los cementerios. Pero hay algo en eso que tiene que ver con tu interés político y tu abordaje de las huellas que dejaron las dictaduras latinoamericanas en tu obra.

El libro de los cementerios yo decidí que fuese libro y no sencillamente notas que yo tomaba en mis viajes de antropóloga amateur, cuando fui al entierro de la mamá de mi amiga, de Marta. Porque ahí me pude decir: estos paseos por cementerios no tienen que ver solo con el rock gótico y la ficción de terror que me puede gustar y vestirme de negro y los huesitos. Tiene que ver profundamente con poder pensar en que los cementerios no son los lugares del horror, sino la falta de cementerios, la ausencia del cuerpo, la imposibilidad de enterrar a una persona y despedirse. Ese es el horror. Esa ausencia del cuerpo es la falta de respeto más grande a la vida de una persona, a los familiares. Y a una cuestión muy básica de decencia humana. Hablar del terror latinoamericano es también la desaparición del cuerpo que es una cosa profundamente latinoamericana y terrorífica. Muchísimo más que una tumba. Una tumba casi que me parece lo contrario. El orden natural de las cosas. Las dictaduras le robaron esto a pueblos enteros: Argentina, Chile, Perú, Colombia. Ese trauma que produjo me parece profundamente terrorífico. Muchísimo más terrorífico que una linda tumba.

Marta es Marta Dillon y su madre es Marta Angélica Taboada, desaparecida a fines de los años 70, durante la dictadura militar de Videla en la Argentina; y enterrada recién en 2011, luego de 35 años.

Así es. Lo que han creado las dictaduras y los conflictos armados en nuestros países son como una especie de fantasmas. Si uno no tiene el cuerpo, el duelo, el fin, siempre va a estar esperando la vuelta, el regreso del muerto. Como zombie, como fantasma, como recuerdo. Algo imposible de cerrar. Es el terror vivo, el terror más profundo. Si uno piensa en los cuentos clásicos de fantasmas, ocurre que el fantasma aparece y cuenta lo que le pasó que en general es una injusticia: me mataron de tal manera, mis huesos están en tal lado. Lo que pide todo el tiempo a la persona a la que se le aparece es que repare la injusticia que se hizo con esa persona. Estas dictaduras crearon un mundo fantasmagórico. En ese sentido yo pensaba el terror como algo político y latinoamericano. Que no solo podía abordarse desde el realismo y el testimonio que me parece válido, sino que había posibilidades de abordarlos desde otros lenguajes.

Eso me parece muy ligado a una escritora contemporánea tuya, Nona Fernández, en su libro La dimensión desconocida, por ejemplo.

Nona es una escritora que me interesa muchísimo. Creo que pensamos los procesos dictatoriales de nuestros países de una manera muy similar. Políticamente, pero también simbólicamente, ¿cuál es la cicatriz social que implica la desaparición de las personas? Es un nivel de perversión terrible, pero muy metaforizable.

En tu cuento “Las cosas que perdimos en el fuego”, hay también claramente un discurso político.

Sí, definitivamente. En mis cuentos es más claro. Además de ser de terror, casi todos o muchos de ellos son políticos. Ese es el tipo de terror que yo quiero hacer. Me interesa la política. No soy de esa gente que viste dice “no me interesa nada la política”. A mí sí que me interesa.  Como cuestión social y de derechos humanos.

Y esa historia además ha sido controversial. Para muchos un cuento claramente feminista y para otros una crítica a los supuestos excesos del feminismo.

Lo escribí como una reflexión sobre la violencia y las consecuencias de la violencia hacia las mujeres. ¿Qué podría provocar la impunidad a esa violencia? ¿Cuál podría ser la potencia rabiosa como reacción y a la vez ser algo muy femenino? En el cuento, ellas se queman como quemaron a las brujas. El cuerpo es el botín. Es como arruinarles a los varones el botín. Hacerse ellas mismas lo que ellos les hacen para quitarles a ellos el poder de hacérselos. Lo pensé más como un cuento de la violencia machista. Yo prefiero decirle violencia machista que violencia de género porque pienso que es el nombre que se le debe dar.

¿Y es cierto que te inspiraste en hechos de la vida real?

Lo que empezó a pasar es que hubo en Buenos Aires una serie de crímenes de mujeres que tienen las características de los crímenes del cuento. Uno de los casos más sonados fue el del baterista de una banda de rock muy conocida que se llama Callejeros, que incendió a su mujer. Me impresionó muchísimo ese crimen y de alguna manera me inspiró la historia como la de una rebelión total hacia ese tipo de violencia. El cuento es sobre casi una guerrilla de mujeres que se inmola. Es un cuento que te matiza la violencia machista y las reacciones a eso. El hartazgo hacia eso. Ahora, no es que fuera anterior al movimiento Me too porque yo fuera una especie de iluminada. Creo que los escritores que tenemos un interés político tenemos una especie de antena. Además yo soy periodista. Veo qué es lo que está cargando nuestra agenda de sentido; y en ese momento la cuestión de la violencia hacia la mujer era algo de lo que yo sentía que se tenía que hablar.

Escribes el cuento, lo publicas y luego ocurre la explosión del movimiento Me too de manera internacional.

Me sorprendió un poco que fuese tan oportuno. Me acuerdo haber publicado el cuento y haber pensado: es un cuento fuerte, impactante, muy cruel en algún sentido. Entonces me sorprendió que resultara tan adecuado a los tiempos. Ese cuento se publicó por primera vez en Perú, en la revista Buensalvaje. Fue en el 2014 o 2015 y tenía otro nombre.

Hacia el 2015, cuando escribes la primera versión del cuento, ¿qué empezaba a ocurrir como discusión sobre la violencia de género?

Empieza a pasar que las mujeres son asesinadas por sus parejas y se deja definitivamente de justificar eso. Como que la justificación que había habido hasta entonces de llamarlos crímenes pasionales o celos, o la acusación a la mujer por determinado motivo, empezaba a virar socialmente hacia una claridad de la cuestión del poder (del hombre) en este tipo de crimen, que antes me parece que se dejaba pasar. Esta cuestión empieza a estar muy clara.

¿Te sientes parte activa del movimiento feminista?

Sí, claro. Yo vivo en un país donde todavía el aborto es ilegal. Las mujeres aún estamos en una posición de conseguir derechos que no tenemos. Mi posición es muy clara: pertenezco al movimiento feminista. Cuando haya una situación de igualdad puedo pensar en discutir otras cuestiones.

¿Tus referentes literarios y musicales han cambiado?

Siguen siendo un poco los mismos. En música casi siempre son los mismos. Lo que cambió un poco me parece es que cada vez leo más poesía: desde Watanabe hasta Blake. Y otra cosa que cambió mucho más es que en los últimos años empecé a leer muchísima más literatura latinoamericana, y sobre todo a mis contemporáneos. Yo me siento influenciada por mis contemporáneos. Los leo. Me interesa lo que dicen. Por ejemplo, a mí me interesa y me influencia muchísimo la mirada que tiene Nona Fernández, Maximiliano Barrientos o Carolina Sanín. Lo que quiero tener con ellos es un diálogo literario. Esa también es una influencia, lo horizontal. No solo lo aspiracional.