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Nadie lo esperaba

Por Andrés Sampayo Navarro*

Hace ya más de un mes que el presidente Iván Duque, como comandante supremo de las fuerzas militares de Colombia –así se ha hecho llamar en ocasiones–, lideró un proceso en el que un avión de la Fuerza Aérea Colombiana se preparaba como si fuera a realizar un viaje espacial, pero, en realidad, se disponían a buscar a unos colombianos en el otrora epicentro del virus, una ciudad llamada Wuhan. El show tuvo el apoyo completo de los centrales y, por añadidura, tradicionales medios de comunicación. Estos efectuaban una llamada al capitán del avión a la hora precisa en que la gran mayoría de colombianos estaban escuchándolos y, a continuación, el capitán del avión se explayaba contando la anécdota del día, como cuál era el origen de su apodo. 

En dicho viaje, un colombiano de Cali decidió quedarse. Muchos, que conocemos el sistema de salud jerarquizado que tiene el país, sabíamos que fue una gran decisión; otros lo catalogaron de antipatriota. La historia le dio la razón al oriundo del Pacífico colombiano: hoy, finalizado el tercer mes de 2020, esa ciudad de China se encuentra a días de retornar a la normalidad. Mientras tanto, el epicentro del virus se lo pelean actualmente Estados Unidos y Europa, pero en este lado del mundo sabemos que los latinoamericanos, en estos casos, tarde o temprano ocuparemos el primer lugar.

Fuente: Radio Francia Internacional

Igual, para innovar en temas negativos, Colombia suele estar a la vanguardia. Con un virus en expansión, la colectividad colombiana empieza a mostrar su talante. En el departamento sureño del Huila, algunos habitantes de la capital se enteraron dónde vivían unas personas contagiadas y, ni cortos ni perezosos, atacaron a piedra la casa de los enfermos. En Cali, por su parte, los propietarios de algunos edificios residenciales están expulsando a los residentes médicos. En otras ciudades, como Cartagena, bastante turística, muchos de los conductores de buses –el medio de transporte fundamental de las ciudades colombianas– no quieren transportar a las enfermeras y enfermeros. Y así pululan casos de intolerancia por todo el territorio nacional que, en última instancia, se explican por la desinformación y la falta de esfuerzos por aclararlos y evitarlos. 

Es así como, a medida que el virus gana fuerza, la actual indulgencia del establecimiento político evidencia la mentira histórica acerca del estado real del sistema de salud colombiano. En estos momentos solo puede servir para no tener claro cómo será la respuesta real a la situación actual por parte del gobierno nacional. Menos mal tenemos alcaldes como los de Bogotá, Bucaramanga, Villavicencio, Palmira, entre otros, que han estado a la altura de la pandemia y de la historia.

*Andrés Sampayo Navarro (@asampayo). Latinoamericano de Colombia. Candidato a doctor en Estudios Políticos e Internacionales por la Universidad del Rosario.

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Las condiciones de salud y las epidemias en la historia peruana

Por Carlos Carcelén Reluz

Antes de la llegada de los españoles a nuestras costas, sus enfermedades ya estaban matando a miles de súbditos del Imperio Inca. El mismo inca Huayna Capac fue una de las innumerables víctimas de la mortal viruela, enfermedad viral, como muchas otras llegadas de Europa, a la que los pobladores andinos de esos años no tenían ninguna defensa. Esta epidemia provocó la crisis política del Imperio Inca que desencadenó la guerra civil entre sus hijos, lo que facilitó la derrota de sus ejércitos.

Ya desde fines del siglo pasado los historiadores consideramos que la historia de la Conquista española es también la historia de la despoblación de América como producto de sucesivas epidemias que azotaron por oleadas todos sus territorios. La viruela, el sarampión, la influenza y otras más fueron la causa principal del colapso demográfico con un cálculo de un 90% de muertes desde la llegada de Colón hasta en las últimas décadas del siglo XVI.

Durante la época colonial, las sucesivas epidemias, además de provocar el despoblamiento de diversas zonas del país, permitieron el reordenamiento del territorio en beneficio de los conquistadores y sus herederos creando haciendas o latifundios que explotaban el territorio y la mano de obra indígena. Los españoles lo tenían claro: sin mano de obra indígena era imposible mantener su dominio en el Perú. 

Por ello, las autoridades coloniales hicieron todo lo posible para la protección de la población indígena porque su mano de obra era la base de su riqueza reflejada en la explotación de minas, haciendas, obrajes y construcción de infraestructura civil o religiosa. Sin embargo, nunca hicieron nada en lo referente al cuidado de su salud o prevención de desastres. La poca infraestructura hospitalaria fue dedicada a la atención de la población urbana, especialmente las élites blancas. Y en cuanto a prevención de desastres las autoridades españolas tampoco construyeron una infraestructura que se asemejara a los sistemas de preparación, previsión y almacenamiento de las culturas prehispánicas que nos dejaron los restos arqueológicos de sus tambos y colcas.

Ante este desamparo real la población indígena mantuvo sus usos y costumbres en lo referente a la salud pero, ante las enfermedades importadas, poco o nada podían hacer las hierbas medicinales, los rituales de sanación o los famosos takis. Por esta razón, en la colonia, los desastres socioambientales provocaron diversas oleadas de epidemias, teniendo como las más importantes en el espacio del Virreinato del Perú, las sucedidas en la primera mitad del siglo XVIII. El pico de la mortandad se alcanzó entre los años de 1719 a 1722, con enfermedades como el cólera y el tifus que avanzaron desde el Altiplano hasta Lima. Estas provocaron la muerte de unas 20 mil personas en la zona del Cuzco y unas 70 mil en el ámbito del Arzobispado de Lima, que incluía los actuales departamentos de Lima, Áncash, Ica, Junín, Pasco, Huancavelica y Huánuco.

A fines del siglo XVIII, el incremento de la temperatura provocado por el Mega Niño de 1791 demostraron la desastrosa situación de los sistemas sanitarios en las ciudades peruanas. En el caso de Lima, los sabios ilustrados como Hipólito Unanue exigieron medidas urgentes ante la contaminación provocada por el mal manejo de los desagües y residuos sólidos que consideraban como el origen de las diversas enfermedades propias de los efectos de las altas temperaturas, constantes inundaciones, desbordes de acequias y canales.

Esta situación no cambió en la época republicana. Las condiciones de salud siguieron siendo las mismas y los desastres naturales azotaron a la población en ciudades caracterizadas por el hacinamiento y el mal manejo de los desagües y residuos sólidos. En 1868, Lima y el Callao fueron azotados por una epidemia de fiebre amarilla asociada a un incremento de la temperatura y humedad propias de un Niño fuerte. No obstante, esta epidemia se caracterizó por la terrible costumbre de culpar a los extranjeros de nuestros males: las víctimas no solo fueron los enfermos, sino también los inmigrantes chinos, quienes fueron culpados de traer la enfermedad, razón por la cual se les aplicaron diversas medidas de aislamiento cercanas a la xenofobia.

Fuente: Utopística, 2015

Otro caso que merece ser resaltado es el de la epidemia de cólera en 1991, que se expandió desde Chimbote a la costa del país en una coyuntura histórica caracterizada por lo que se denomina catástrofes convergentes, es decir, crisis económica, colapso de los sistemas de salud y salubridad, escasez de productos alimenticios, desempleo generalizado, terrorismo, un Niño fuerte y, en general, la crisis del Estado peruano. Fue este panorama el que sirvió de justificación para las reformas neoliberales y dictatoriales del fujimorato.

En este año, las condiciones se mantienen, no se han modificado en nada. El sistema de salud continúa colapsado, al igual que los pésimos sistemas de desagües y manejo de residuos sólidos, la ausencia de educación ambiental y políticas sanitarias, y una enorme ignorancia por parte de las autoridades y la ciudadanía. Pero las circunstancias no son, ni remotamente, las mismas. Desde enero se expande una nueva pandemia que ya lleva varios miles de muertos en países que cuentan con sistemas de salud modernos como China, Italia o España, y que, al compararse con el nuestro, parecen de otro mundo. Frente a esta amenaza, el actual gobierno ha tomado medidas de emergencia para frenar el contagio del Covid-19, las cuales, a pesar de los argumentos oficiales, constituyen un reconocimiento, por parte de este, de la debilidad y precariedad de su sistema de salud y, en especial, de su propia incapacidad para reorganizarlo y hacer frente a la pandemia. Temeroso de que esta se salga de control y que termine por colapsar su servicio, ha elegido el aislamiento social como forma de reducir los niveles de contagio.

En términos históricos las condiciones de salud en la actualidad siguen siendo deficitarias y elitistas, y no cumplen con las condiciones básicas para enfrentar cualquier tipo de desastres socioambientales que, además de destruir la infraestructura, acaban con la vida de muchos peruanos. Pero no solo es el sistema de salud, es la misma estructura del Estado en todos sus niveles la que no planifica políticas de previsión a mediano y largo plazo ante cualquier situación de emergencia, lo que demuestra que, desde la época colonial, las autoridades siguen aplicando lo que se denomina medidas de enfrentamiento de situaciones.