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Reseña: En agosto nos vemos (2024) de Gabriel García Márquez

El acontecimiento literario de la década

Por Omar Guerrero

En agosto nos vemos (Random House, 2024) es la esperada novela inédita de Gabriel García Márquez (1927-2014). Y digo que era “esperada” porque ya se había anunciado su existencia en 1999. Ese año Gabriel García Márquez leyó un fragmento de este proyecto aún incipiente en la Casa de América de Madrid en un foro donde estuvo acompañado por José Saramago. Días después de este encuentro entre los dos Premios Nobel de Literatura se publicó un adelanto en el diario El País de España a modo de exclusiva. A partir de esa fecha sus lectores reclamaban esta nueva creación que quedó relegada primero con la publicación de sus memorias Vivir para contarla en 2002 y después en 2004 con la que hasta hace unos días era considerada su última novela: Memoria de mis putas tristes. Todo indicaba que después de estas publicaciones llegaría la tan anunciada nueva novela, pero en su lugar salió a la luz en 2010 una recopilación de sus textos de no ficción titulado Yo no vengo a decir un discurso. Lo que vino después fue la noticia de la senectud del Nobel colombiano con todos los problemas que acarrea junto a un completo hermetismo por parte de su familia, sobre todo del autor y su esposa, hasta que llegó el momento de su muerte en 2014. A partir de lo ocurrido ese triste 17 de abril de ese mismo año se podía deducir que lo no publicado quedaría por siempre guardado en los archivos de la Universidad de Texas en Austin, lugar donde reposan todos sus documentos. Es decir, para quienes aún recordaban la mención de esta novela o proyecto sólo les quedaba la opción de viajar a esta universidad, tramitar todos los permisos para acceder a estos archivos y así poder revisar o leer lo que quedó sólo como un proyecto que el mismo Gabo calificó como fallido: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo» (p.8), según confiesan sus hijos Rodrigo y Gonzalo García Barcha en el prólogo de este nuevo título que ya ha despertado el debate de si debió haberse publicado a pesar de la sentencia final de su autor. Lo cierto, o lo raro, es que Gabo no lo destruyó. Quizá no lo hizo con la esperanza de mejorarlo en sus ansias de perfeccionamiento, sólo que el tiempo y la lucidez no se lo permitieron. En este prólogo sus hijos explican las razones de por qué procedieron ir en contra de la decisión de su padre, además de pedirle las debidas disculpas. Lo hicieron sólo para anteponer el reclamo de sus lectores, que son millones, entre los que se incluyen grandes personalidades como presidentes, actores y cantantes. Y, por qué no, parte de esta iniciativa es brindar un aporte que sea relevante para la literatura escrita en español. Es obvio que una de las razones por la que no se publicó fue la falta de facultades propias de la senectud de Gabo surgido después de la publicación de Yo no vengo a decir un discurso en 2010. Esta fecha coincide con el testimonio que brinda el editor Cristóbal Pera en la parte final del libro donde no sólo cuenta los antecedentes de esta novela inédita, sino que también se detalla su contexto sin dejar de mencionar nombres tan importantes como Carmen Balcells, agente literaria de García Márquez, Mónica Alonso, secretaria del Premio Nobel, y los editores Claudio López Lamadrid y Gary Fisketjon. Y a pesar de estas justificaciones, que tal vez sigan siendo cuestionadas, sobre todo mientras no se lea la novela; lo que ya no puede cuestionarse es el valor que posee para el beneplácito de sus lectores que, al leerla (o devorarla), terminarán confirmando que esta publicación sí es un aporte para las letras latinoamericanas como sucede con todo el legado del Premio Nobel colombiano. Quizás no tenga el nivel de novelas como Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, pero lo que no se puede discutir es que tiene su estilo inconfundible.

La novela es corta. Se lee rápido. Mejor dicho, se devora. Consta de seis capítulos. Trata sobre la historia de una mujer de cuarenta y seis años llamada Ana Magdalena Bach que cada mes de agosto, día 16 de este mes, para ser precisos, viaja a una isla del caribe para visitar la tumba de su madre, quien antes de morir pidió ser enterrada en ese lugar. Ana Magdalena le lleva gladiolos a su tumba, pues su progenitora detestaba las rosas. Sus visitas no son prolongadas. Duran apenas dos días. Por lo común, ella va al cementerio en la mañana y el resto de la tarde y la noche del primer día se la pasa contemplando el paisaje caribeño hasta que llega el día siguiente en la mañana cuando le toca partir en el mismo transbordador que la lleve de regreso a su ciudad donde vive con su esposo llamado Domenico Amarís y sus dos hijos, uno varón de veintidós años, que también es músico como su padre, y la menor llamada Micaela de dieciocho años que quiere ser monja a pesar de estar enamorada de una trompetista de jazz que se caracteriza por ser mulato y con el que confiesa haber tenido intimidad (todo indica que las mujeres aquí presentan otra condición). En esas horas libres, sobre todo las nocturnas, Ana Magdalena se comporta de una manera muy distinta a su vida de casada. Se le presenta como una mujer libre de prejuicios que sólo se guía por sus impulsos y deseos quedando a relucir lo erótico. Y a partir de estos actos quedará el recuerdo de una serie de hombres a los que ni siquiera llega a saber su nombre. Con este comportamiento es imposible no relacionarlo con la última etapa de la vida de Fermina Daza cuando en su senectud decide ya no reprimir sus deseos ante las propuestas de Florentino Ariza. También tiene similitudes con Pilar Ternera, por la variedad de amantes que aborda. Incluso hasta con Angela Vicario sin necesidad de mostrar vergüenza ni mucho menos ajusticiar a nadie. 

Otra característica de la novela es que tiene como protagonista a una mujer, algo no sucedido con anterioridad en su novelística. En los textos adicionales a esta publicación se menciona que el proyecto inicial era en formato de cuento. Tal vez para que quedara dentro del registro de personajes femeninos como la cándida Eréndira, todo correspondiente a su narrativa corta. Sin embargo, este proyecto se convirtió en una novela. Aunque su mayor mérito es su propuesta en cuanto al estilo cuya prosa está llena de figuras e imágenes que sólo podían haber sido escritas a la manera de García Márquez. Aquí dos ejemplos: «Siguió con el tacto de sus pies a lo largo de las piernas, y comprobó que todo él estaba cubierto por un vello espeso y tierno como musgo en abril. Luego volvió a buscar con los dedos el animal en reposo, y lo encontró desalentado pero vivo. Él se lo hizo más fácil con un cambio de posición. Ella lo reconoció con las yemas de los dedos: el tamaño, la forma, el frenillo acezante, el glande de seda, rematado por un dobladillo que parecía cosido con agujas de enfardelar. Contó el tacto a puntadas, y él se apresuró a aclararle lo que ella había imaginado: […]» (p.29). «No hubo más trámites. Ambos sabían ya a lo que iban, y ella sabía que era lo único distintivo que podía esperar de él desde que bailaron el primer bolero. La asombró la maestría de mago de salón con que la desnudó pieza por pieza, con la punta de los dedos y sin tocarla apenas, como deshollejando una cebolla. En la primera embestida se sintió morir por el dolor y una conmoción atroz de ternera descuartizada. Quedó sin aire y empapada en un sudor helado, pero apeló a sus instintos primarios para no sentirse menos ni dejarse sentir menos que él, y se entregaron juntos al placer inconcebible de la fuerza bruta subyugada por la ternura […]» (p.67). 

Otra característica en su personaje principal es que ella es una mujer lectora. Ana Magdalena Bach lee mucho a pesar de no haber concluido su carrera de Artes y Letras. Ella lee en cada uno de los viajes que realiza a esa isla del caribe en el mes de agosto. Le gustan las novelas románticas, mucho mejor si son «largas y desdichadas» (sic) (p. 35). Aunque las lecturas que ella realiza dentro de esta historia van por otra línea como es el caso de Drácula de Bram Stoker, cuyas páginas cobrarán realce en la historia por guardar un mal recuerdo físico de uno de esos amantes fugaces. Se suman otras como la Antología de la literatura fantástica de Borges y Bioy, Crónicas marcianas de Ray Bradbury, El ministerio del miedo de Graham Greene y el Diario del año de la peste de Daniel Defoe.     

Se añade la música que circula entre sus páginas como las composiciones de Claude Debussy, entre ellas “Claro de luna”. También aparece los boleros, además de la mención de la música de Celia Cruz y Van Morrison.

Como punto final se incluye la firma de Gabo y las imágenes facsimilares de las páginas originales con las correcciones hechas por el mismo autor o por la secretaria Mónica Alonso bajo las órdenes de uno de los mayores genios de la literatura universal, tal como se indica en las notas a pie de página.

En síntesis, esta novela no debe dejar de ser leída. Se disfruta y complace a cualquier lector, así sea un lector exigente. Tal vez quede la sensación de que se pudo contar más, que se pudo explayar en otros personajes como el esposo o los hijos a pesar de que el centro sigue siendo Ana Magdalena Bach. Igual es una novela que causa sensaciones, sobresaltos y sorpresas. Es una novela de Gabo y eso hay que celebrarlo, por eso la salida de En agosto nos vemos es el acontecimiento literario de la década.

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Datos del libro reseñado:

Gabriel García Márquez

En agosto nos vemos

Random House, 2023

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Reseña: Estos ensayos no tienen principio ni fin (2022) de Pamela Medina

Alguna consideración de fondo sobre el equilibrio de cinco ensayos

Por Cesar Augusto López

Sin temor a equivocarnos, con las vanguardias, la pretendida relación directamente proporcional entre lenguaje y realidad fue puesta en cuestión de mil maneras. En ese sentido, la idea de representación o mímesis, en el burdo sentido de la imitación de la realidad, fue minado, hecho trizas, porque se reconoció que los artistas siempre realizan variaciones con el material que conformará sus producciones. La palabra, la pintura, la piedra, la madera, entre otros, y sus distintas junturas, serían suspendidos selectivamente en paralelo y contra la inasible realidad. El arte no repetiría a las cosas ni serviría a algún fin programado, sino que, por su libertad, pondría en tela de juicio una diversidad de cuestiones entendidas como inconmovibles. La fundación del arte moderno se ciñe a la expresión del artista, a su independencia y a la liberación de su práctica. Jorge Eduardo Eielson, como tantos otros poetas peruanos contemporáneos, siempre tuvieron en claro esta premisa de trabajo.  

Sobre la base general que acabamos de explicar, intentaremos atender y entender el conjunto de trabajos, sobre Eielson, que desplegaría Pamela Medina en Estos ensayos no tienen principio ni fin. Valga aclarar que, fuera de los cinco textos, se cuenta con una presentación, agradecimientos y la respectiva bibliografía. En primer lugar, es importante destacar la factura del libro con su clara aspiración a ser un libro objeto y, por ende, un hecho estético. Sin duda, hubo un trabajo arduo en la construcción de este y su mayor valor tiene que ver con lo osado de su presentación en un espacio acostumbrado al academicismo, como deja entrever la autora (p. 12). En otras palabras, el libro se revela ante la imposición o anquilosamiento de la formalidad universitaria, en resumidas cuentas. Definitivamente, esto se consigue con la forma del libro y con creces. Quizá ese es el objetivo principal del conjunto, como se anuncia en un epígrafe, tomado de Maurice Blanchot, en el que se menciona la relación entre lealtad metódica y claridad en los objetivos del libro. En otros términos, lo disruptivo o subversivo del libro tiene que ver con su forma como principal punto de apoyo a su crítica contra las limitaciones de los academicistas.

En el aspecto más saltante, Estos ensayos no tienen principio ni fin cumplen con su razón de ser. No obstante, el contenido del texto adolece de ciertos principios básicos para abordar la obra de Eielson, como se lo propone o como pretende seguir en una expansión de la lectura y no de la literatura (p. 11). Así, se abandona el arte literario por un fin en que la letra desbordaría sus límites hacia otros campos de comprensión. Si la forma del libro clásico es desbordada, la cuestión de la letra no consigue compaginarse con ese deseo, desde la discusión que propusimos al inicio de nuestra reseña. El peso de la representación, como premisa de reflexión, de una u otra forma, vencería. Pero citemos in extenso:

El problema de expandir la lectura, y no de expandir la literatura, es que, en la relación entre la obra de un autor y su estudioso, o entre el lenguaje y el metalenguaje, solo nos hemos fijado en el cuarto que el creador desordena, pero no en los pasos que intentan recomponer ese desorden que antes era orden o de ese orden que antes era desorden […] dudo mucho que la compleja obra de Eielson sea solo un objeto de estudio o admiración. Es, en realidad, la forma de entender un problema, que afecta a nuestros modos de leer y comprender… (pp. 15-16)

Fuera de lo enrevesado que puede ser el pasaje citado (no es el único, ya que el texto está plagado de muchos de estos y bastante oscuros, sobre los que faltó, con certeza, trabajo de edición), queremos enfatizar que Medina busca reconstruir un proceso creativo que, al parecer, no ha sido tomado en cuenta. Sus ensayos, según entendemos, atienden al meollo del caos previo al objeto estético eielsoniano. Sin embargo, aquello que se desprendería de su propuesta no va más lejos o no nos descubre nada en torno a los productos artísticos, puesto que son formas de entender o atender problemas y afectarían nuestra cognición, nuestra percepción del mundo. El arte, hace mucho tiempo, anda desprendido del ánimo cientificista o de la contemplación griega; el arte es en sí mismo una dimensión crítica por la exploración de sus materias, las cuales, en su ordenamiento estético, pondrían, inevitablemente, en tela de juicio la realidad.

Lo que acabamos de explicar es que el texto aún depende de una mirada conservadora del arte, porque incluso emplea la palabra “estético” como bello (p. 24) y no como sentir. De aquí nuestra observación inicial y nuestra concordancia con Eielson, más que con su estudiosa. A partir de lo mencionado, es posible que el lector pueda sentir una clara tensión en el discurso y en el proceso argumentativo de los ensayos, pero esto no tiene que ver con la obra del artista estudiado, sino con los límites de fondo que son el punto de partida del contenido del libro. Tenemos expuesta una visión, la de Medina, poco problemática del arte para un autor, Eielson, que problematiza el mismo, pero desde los campos estéticos que transita. Por este motivo, bajo su entender, la autora piensa el poema como ecuación (p. 33) y deja de lado que las ecuaciones son retos de resolución. No se plantean problemas matemáticos para no convertirse en pruebas de explicación, contrario al poema que no anda interesado en ello. La comparación y subsunción de la poesía a la matemática es, ciertamente, discutible. Al fin y al cabo, la palabra poética “no crea ni ordena o media, al contrario, permuta, desarma, confunde y escamotea lo que representa (26). Repetimos que ni siquiera representa, en consonancia con la premisa de esta reseña. Podemos percibir contradicciones de fondo en el punto de vista de la ensayista. Incluso, esta afirma que la poesía sería un puente entre matemática y lenguaje (p. 40). Podemos estar de acuerdo, pero también sucede lo mismo con otras disciplinas estéticas e, incluso, no estéticas. Se matematiza la poesía en el ensayo, pero ¿no será que la matemática se poetiza, en realidad, como se podría hacer lo mismo con la economía o la química? Hasta donde puede llegar nuestro entendimiento, el poema trastoca realidades, más que lo inverso. Cuídese, lo que afirmamos, de que las ciencias no tengan un grado de poeticidad, una estética particular. Esto también es obvio, por la necesidad de la metáfora en su explicación de realidades complejas.

Otro de los asuntos que se abre a la problematización en el libro es el estatuto de lo ontológico y su localización en la poética de Eielson (p. 53). Este tema requiere una batería potente de explicaciones y justificaciones, las cuales no se presentan, con la delicadeza respectiva, a lo largo y ancho del texto. Por ende, el proceso interpretativo acumula una gran cantidad de términos y usos que pueden confundir al lector por la velocidad y poca minucia con las que se presentan. Incluso existe una confusión conceptual cuando se menciona al demiurgo, artesano por excelencia, y se lo coloca como inferior a un editor, el cual se presenta con el mismo estatuto de aquel que trabaja de cerca con su material para, casi inmediatamente, saltar hasta el poeta como programador. Medina explica así: “Difícilmente, el poeta demiurgo podría ver sus poemas como siluetas sobre el papel o sus versos teñirse de amarillo” (p. 54). Al parecer, se nos presenta un demiurgo poco dispuesto a la labor manual cuando es todo lo contrario, si revisamos un poco el Timeo. Pero podemos estar equivocados, el asunto de fondo es que la ensayista no coloca una referencia a su afirmación, lo cual nos permite discrepar de ella y apelar a la tradición para evitar suposiciones o afirmaciones temerarias.

En el tercer ensayo, sobre la novelística del autor, o el ensayo cuatro, sobre la corporalidad o la propuesta final, sobre la ensayística eielsoniana, siempre se rodea el asunto ontológico no sin ciertas contradicciones básicas, ocasionadas por un punto de vista clásico de la ensayista contra una clara exploración de las formas, tanto en el libro como en su razón de ser. Esto implica que, para cuestionar rotundamente un estamento, entiéndase el intelectual o, peor aún, el intelectualista, es necesario demostrar un manejo solvente de sus limitaciones, unas que ya fueron apuntadas a inicios del siglo XX, pero que Medina parece no reconocer como verdadera fuente de su postura y que solo roza de vez en vez.

Pamela Medina

Bajo todo lo mencionado, las oscilaciones o lo indecible de los ensayos no sería producto de un desprendimiento y riesgo interpretativo, sino de las tensiones que se generan por no cruzar bien a la otra orilla de lectura que se nos propone. Vaste indicar la consideración de que la matemática (!) corporalizaría a la poesía (p. 54). Idea muy polémica, pero que no sería sospechosa, si hubiera un buen punto de partida en contra de la tradición representativa (término que se repite mucho en el quinto movimiento del libro) y se jugara, como Eielson hacía, con la palabra. Así los hechos, no encontraríamos una conclusión final contundente, ya que esta brilla por ser absolutamente evidente (p. 155). De este modo, las palabras vertidas en Estos ensayos no tienen principio ni fin no se encuentran a la altura de la conformación material, muy elogiable, por cierto, del objeto bibliográfico que el lector, más que nosotros, sabrá juzgar, pero que consideramos un aporte magro al caudal de interpretaciones sobre la obra de Eielson.

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Datos del libro publicado:

Pamela Medina

Estos ensayos no tienen principio ni fin. Textos para perder la orilla sobre la obra de Jorge Eduardo Eielson

Ediciones MYL, 2022, pp.165.

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Reseña: Los divagantes (2023) de Guadalupe Nettel

Extrañas relaciones familiares

Por Omar Guerrero

Los divagantes (Anagrama, 2023) es el nuevo libro de cuentos de la escritora mexicana Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973). Está compuesto por ocho relatos que tienen en común las relaciones familiares en situaciones extrañas o al límite como podría ser una pandemia, y las consecuencias que esta ha provocado, tal como sucede en dos cuentos de este libro. Todos sus protagonistas son padres, hermanos e hijos, pero también son esposos o parejas. Lo peculiar es que muchos de ellos se encuentran desorientados o perdidos. Además, aquí se guardan secretos, distanciamientos, silencios, amor y odio.

En el primer cuento titulado “La impronta”, la narradora es un personaje femenino joven que descubre a un tío desaparecido que se encuentra internado en una clínica. Sucede de casualidad mientras acompaña a una amiga cuya madre está delicada de salud. El apoyo emocional hacia esta amiga desaparece desde el momento que se da el descubrimiento del tío proscrito y desahuciado cuyo nombre es Frank. De inmediato se da una cercanía entre ambos, pues se reconocen como distintos al resto de sus familiares. “Era la primera vez que alguien de mi familia se tomaba en serio el hecho de que estudiara literatura sin pensar que mi elección se debía a una falta de talento para cualquier cosa, y que era una carrera destinada a las mujeres que esperan dedicarse la vida entera al matrimonio» (p.9, según versión digital: sucede lo mismo con las siguientes citas). La salud frágil de este tío y las visitas de su sobrina no van a poder mantenerse siempre en secreto. Cuando esto sucede, la narradora reconocerá un comportamiento en su madre y en su abuela al saber del paradero de este familiar que nunca ha dejado de ser hermano e hijo quien se ha mantenido alejado de su familia por muchos años.

El segundo cuento titulado “La cofradía de los huérfanos” también se reitera la distancia y la ausencia entre padres e hijos. El protagonista es un huérfano que sobrevive a su condición de no tener una familia. “A diferencia de varios de mis compañeros, que convivieron durante un tiempo con uno de sus abuelos, alguna tía o un familiar alcohólico, de cuyas manos terminaron arrancándolos, yo nunca tuve información sobre mi familia. Mis recuerdos más antiguos transcurren ya dentro del patio o del comedor del orfelinato, rodeado de una jauría de criaturas heridas e insatisfechas” (pp.18-19). Este personaje busca resarcir la misma situación en otras personas desaparecidas. Sabe que siempre hay alguien buscándolos. Es entonces que su idea termina siendo dañina al intentar acercar un hijo a su madre. Lo que muchos consideran como un “bien” puede resultar un verdadero “mal”.

El cuento “Jugar con fuego” aborda el tema del confinamiento a partir de una pandemia y las medidas que se toman como sobrevivencia. “Tampoco los niños estaban bien. Bruno había entrado a la secundaria en plena pandemia y llevaba casi un año estudiando en línea sin relacionarse con otros niños de su edad. El aislamiento y los cambios hormonales le generaban una impaciencia constante, a veces muy difícil de manejar” (p.27). Esta situación tan inusual provoca una serie de comportamientos y reacciones entre los miembros de una familia donde el amor y los sentimientos parecen haber tenido un límite: “Está creciendo. ¿No ves cómo lo tienen las hormonas? Si nosotros estamos nerviosos por la pandemia, él está sufriendo el triple. ¿Y a ti lo único que se te ocurre es humillarlo?” (p.33). La narradora es una madre que se vuelve testigo de las discusiones y agresiones entre los miembros de su familia sin medir las consecuencias hasta que el fuego surge como una manera de resarcir y limpiar cualquier hecho. Aquí la pérdida de la inocencia también es relevante.

El cuarto cuento se titula “La puerta rosada” donde lo fantástico cobra protagonismo a través de unas variaciones de tiempo para presentar las posibilidades de otras vidas. Sobresale la relación de pareja a través de los años, los recuerdos y la posibilidad de buscar placer sexual fuera de casa. “Me pregunté cuándo había sido la última vez que ella y yo habíamos tenido sexo y, por más que lo intenté, no logré recordarlo” (p.45). Aquí la mención de una hija es un referente de lo que se asume real ante lo imaginado.

En “Un bosque bajo la tierra” la idea de familia se ve reflejada, a modo de analogía, a través de una araucaria, un enorme árbol cuyas raíces y ramas frondosas de pronto se ven afectadas por una extraña enfermedad. El deterioro de este árbol representará también la decadencia de una casa y de la familia que la habita. “-Siempre sentí que era ese árbol el que sostenía a nuestra familia. Ahora que está así, tengo miedo de lo que pasará con nosotros -dijo mientras me lanzaba una mirada triste e interrogante” (p.72). El personaje narrador femenino entenderá mucho después, cuando sus hermanos mayores se hayan ido lejos, que sus raíces, al igual que el viejo árbol, serán algo que resistirán hasta el final.

En “La vida en otro lugar” un hombre casado busca un departamento en una buena zona de Barcelona, pero no lo consigue. Con su esposa tienen que acostumbrarse a lo que les ha tocado. Su vida marital transcurre dentro de lo normal hasta que él conoce a una mujer danesa muy guapa que es esposa de un actor que, por coincidencia, es conocido de este hombre, pues él también se dedica a la actuación. La vida de ambos matrimonios se relaciona de manera amical, pero la esposa del protagonista sospecha del interés de su esposo en esta pareja. Todo se complica cuando la salud del actor español, esposo de la danesa, empieza a resquebrajarse, lo que compromete su carrera y su imagen. El narrador personaje no duda en prestar su ayuda como amigo sin importar los celos de su esposa. “Poco tiempo después, Xavi ingresó en el hospital de Sant Pau. Josephina lo acompañaba la mayor parte del tiempo y, por su puesto, las tareas en casa se multiplicaron. Traté de ayudarla en todo lo posible, atendía las llamadas de teléfono y aprovechaba para borrar del contestador los mensajes chantajistas de Anna, quien para entonces ya había adquirido la costumbre de insultarme” (p.86). Aquí la distancia o el alejamiento es otra forma de buscar seguridad.

En el cuento “Los divagantes”, que da el título al libro, se establece un símil entre los albatros y las familias o personas exiliadas por culpa del peligro que corren en una dictadura. “Fue ese mismo año, en clase de literatura francesa, cuando me hicieron leer Les fleurs du mal, y fui a pedirlo a la biblioteca del liceo. Apenas me lo entregaron, abrí una página al azar y apareció ante mí el poema del albatros, «ce roi de l´azur maladroit et honteux», donde Baudelaire lo describe como el poeta maldito de la naturaleza” (p.95). Aquí el tema político está presente al mencionar a Camilo, un niño uruguayo cuya familia ha huido de la dictadura de su país. Buena parte del cuento se desarrolla en la Villa Olímpica de Ciudad de México, lugar donde llegaron muchos refugiados de las dictaduras sudamericanas. Allí se mezclaban el habla de los chilenos, argentinos y uruguayos quienes no dejaban de añorar a sus países. “Nos explicaron que se trataba de una tragedia inusual: si un albatros abandona el hogar, sólo puede ser para salvar su vida. Al escuchar esta historia pensé en mis vecinos sudamericanos, que regresaron en cuanto les fue posible al país en el cual habían estado a punto de morir” (p.97).

El último cuento se titula “El sopor” donde se aborda otra vez el tema de la pandemia y de cómo se ve alterada la vida de una profesora de literatura y su familia a partir del confinamiento cuyo tiempo resulta ser mucho más prolongado, por lo que se puede asumir como una historia fantástica por abordar lo pospandémico. “Hace más de quince años que el mundo cambió por completo y pasamos al «modo confinado», esta existencia intramuros que llevamos desde que apareció el virus. La universidad en la que trabajo cerró las aulas desde el primer año y adoptó la enseñanza a distancia. Al inicio nadie imaginaba que esto iba a normalizarse, vigilaban la curva de los contagios y las muertes. Hacían presiones de cuando terminaría todo esto. […] Mi caso es un poco distinto: la literatura es una de las pocas carreras que no han sido castigadas por el encierro” (p.104). Por supuesto que esta situación límite altera toda forma habitual, incluido lo sexual: “No eran poca las parejas que tenían sexo frente a los demás, pero a mí el hacinamiento no sólo me impedía coger por las noches, sino que me quitaba el sueño” (p.110). Aquí la naturaleza, en especial los animales, se presentan como un paradigma que se anhela, sobre todo por la verdadera libertad que ostentan.

A través de estos cuentos Guadalupe Nettel representa la fragilidad de las personas, muy en especial de las familias, cuyas relaciones se encuentran llenas de distintos sentimientos que no siempre obedecen a lo bueno. Aquí lo malo o lo negativo también sirve para demostrar esa misma fragilidad.  

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Datos del libro reseñado:

Guadalupe Nettel

Los divagantes

Anagrama, 2023

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Reseña: ¡Lloverá! ¡Lloverá! 51 poemas agrícolas del Perú (2023) de Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

La ciudad letrada leyendo su exterioridad

Por Cesar Augusto López

La lógica de las grandes ciudades es crear su negatividad, su sombra. Esto significa la “creación” de lo que no se puede pensar o decir e, incluso, aceptar. Sin embargo, esta especie de imposibilidad no es del todo cierta, ya que, por ejemplo, fuera de la metrópoli hay pensamiento, hay arte o, en términos generales existen estéticas. El asunto de fondo es que no se condiga con los rígidos parámetros de la ley escrita como suma orden de verdad. Lo que acabamos de indicar como anticipo a nuestra reseña acaece sobre la buena voluntad, qué duda puede caber, del libro ¡Lloverá! ¡Lloverá!, a cargo de Antonio Chumbile y Rodrigo Vera como compiladores y prologuistas. En otros términos, procuraremos ser fieles a la propuesta y a las paradojas que se originan en mencionado libro.

El texto cuenta con un prólogo, y cincuenta y un poemas, según lo indicado por el título, agrícolas del Perú. Bajo este criterio inmediato, es ineludible pensar o esperar encontrarse con textos que apelen a la cercanía al agro, a esa práctica que alimenta la ciudad y que implicaría una sensibilidad no citadina. Sin embargo, no tenemos poemas anónimos recopilados de la faena agraria o incluso cantos que se relacionan con ella. Todos los textos pertenecen a la ciudad letrada, una que siempre ha dictaminado, hasta sin interesarse en la vida de las personas encargadas de la siembra y cosecha, sobre las verdades que deben atenderse de su mundo. Bajo este criterio, sería difícil asumir el subtítulo de la publicación, ya que sería más preciso indicar “sobre lo agrícola” o “visiones de lo agrícola” o “la letra dice de la tierra”. Desde este punto de vista, nuestra observación recaerá en la dinámica de la letra y la proposición de quienes se encargaron de su factura. Dicho sea de paso, quien escribe es un letrado y formado en la universidad, en un espacio propio de la dinámica colonial y, por esa razón, puede detenerse en la lectura paciente en busca de reconocer los mecanismos que la conforman.

En primer lugar, ciñéndonos al prólogo, el primer criterio se corresponde a la escritura como base de la recolección poética. Esto quiere decir que la oralidad o lo iletrado no tienen cabida en sus páginas. ¿Es posible prometer realmente lo agrícola en un texto que no contempla el discurso de quien vive y se desenvuelve íntimamente con la tierra? Parafraseando un texto canónico, sobre el asunto, la pregunta sería ¿puede hablar el campesino? A todas luces, la respuesta es no, aunque mencionamos, líneas arriba, que aquello no es tan cierto. Es difícil que no haya, pues, recopilaciones sobre composiciones ligadas directamente a la agricultura y que no puedan ser ofrecidos con el valor estético que se merecen. Pero podemos estar equivocados. En todo caso, la coherencia de la selección se preserva en el imperio de la letra, la cual puede ser cuestionada si se hubiese considerado empezar por un cuestionamiento de su poder, desde su propio y, muchas veces, intransigente territorio.

Pensamos que el asunto de fondo se remite a la perspectiva o al intento de descentrar la misma. Esto nos conduce, por ejemplo, a que se considera, en el prólogo del libro, que la visión de Guaman Poma, en El primer nueva corónica y buen gobierno,es holística (p. 9, 19). Término un poco dudoso que casi afirmaría la validez de todo sobre la página.  Sin embargo, el intento del cronista, exitoso o no, fue invertir la lógica administrativa hispana por andar desubicada en su rol administrativo, ya que no comprendía las dinámicas de estas tierras. Así, Guaman Poma no pretendía mezclar elementos dispares para confundir al lector, sino instruirlo en la diferencia administrativa y política. La heterogeneidad de su texto no era producto de su holismo, sino de su postura subversiva. En ese sentido, ¡Lloverá! ¡Lloverá! podría caracterizarse por su poca carga crítica, debido a que no permitiría saber qué dicen, qué cantan, qué hablan, qué piensan los campesinos y deja nuestro conocimiento al qué dicen nuestros letrados sobre el asunto de la vida externa a la ciudad. Por este motivo, podemos encontrar en varios poemas, el tono de denuncia del indigenista sobre el dolor de las vidas próximas a la siembra, cuidado y cosecha, pero jamás los oímos, ni por susurro, a ellos. Insistimos, ¿en verdad no poseen palabra? Si pensamos en la imaginación o “reimaginación” de los “modos de producción e intercambio” (p. 10), entonces sería interesante aproximarnos a la mirada, vívida, sin falta, de las comunidades que se relacionan de manera próxima con la verdad vegetal.

Quizá otro subtítulo para el texto hubiera sido “sobre la vida del campesino”, tal como se indica en la página diez del prólogo citado. Quizá hubiera sido más preciso, porque, de esta forma, no se renunciaría a la figura humana como el centro de la actividad agrícola (p. 19). Y es que también está en juego el diálogo sincero, horizontal o de amplio espectro estético y de saberes que presentaría una mirada agrícola. La ciudad, la letra y la episteme occidental vencen en el libro, desde su concepción. Esto no quiere decir que falten poemas retadores sobre ello, pero no en cuantía. En breve pasaremos a ese aspecto. No se crea que nuestra reseña tiene algún interés moralista; por el contrario, su razón es crítica, también para la reflexión de quien la escribe. Detengámonos en una prueba en la que se hace referencia a los indigenistas y su perfil ilustrado, puesto que ellos operan como “traductores culturales de sujetos en su mayoría iletrados, y por tanto excluidos de la posibilidad de poetizar por escrito su propia historia (p. 11). ¿Es necesario repetir la historia del silencio? ¿El libro no estaría volviendo, sin querer, a la lógica colonial? La poetización y la historia de la que se habla está condenada por no poder ser escrita. Retorno a una pregunta mencionada de otra forma: ¿No existe material transcrito de la misma experiencia agrícola? ¿No se podría contrastar esos dos modos en un texto o simplemente abandonar a los letrados y recurrir a compilaciones que no cuentan con nombres o apellidos de nuestra tradición literaria? Con esto ni, mucho menos, se crea que la desdeñamos.

En resumidas cuentas, consideramos que ¡Lloverá! ¡Lloverá! pertenece a la ciudad letrada, a sus prerrogativas y limitaciones; sobre todo a estas últimas. Las implicancias de nuestra afirmación tienen que ver con que no cumpliría con su promesa de ser discurso agrícola del Perú, sino aproximación poco polémica en torno a este asunto vital de nuestro país. Es probable que a los compiladores no les haya interesado los aspectos mencionados por quien reseña, pero es posible, también, que se haya perdido una oportunidad importante en la que el descentramiento del citadino o de lo antropocéntrico haya sido expuesto desde un espacio relevante como la Casa de la Literatura, a modo de lente de aumento para expresiones poco visibilizadas o consideradas de “carácter inferior” para la “alta cultura”.

Pasando a los poemas, es importante anotar que el campo de lo agrícola también es bastante laxo en alguno de ellos. Incluso en los textos que abren el conjunto, la óptica tiene que ver con el hambre o la duda alimenticia (p. 29) y el incumplimiento de la ley, mas no con el tema fundamental del libro, a pesar de la palabra clave aparezca en el título de la composición perteneciente a Carlos Germán Belli (p. 30). De esta forma, la tónica de los poemas será la constante del hambre, la imprecación y el problema de la tierra como hostil. Estos tópicos son clásicos del indigenismo en su marcada línea ontológica de naturaleza versus cultura. ¿No hay alegrías en esta relación? ¿Acaso condenados siempre viven los hombres del ande? ¿No sería bueno constar un prejuicio en este tipo de tópico literario cercano, además, al modernismo? Tal parece que no existiera más que una visión pesimista, cuantitativamente hablando, en el conjunto. Esto no depende de los compiladores, sino también de la materia ofrecida por el letrado, quien, al parecer, no capta, no siente, las dimensiones mayores del pensamiento campesino o indígena. Salvedades tenemos como el último poema, el clásico arguediano “Llamado a algunos doctores” (126-133) que, antes que agrícola, es un cuestionamiento de la configuración del sentir occidental que podría ser aplicado a muchos doctos. En esa misma línea, un poema que consideramos paradigmático en el cuestionamiento de la ignorancia y atrevimiento del letrado es “Trocha entre cañaverales” de José Watanabe, con el cual coincidimos plenamente.

Hay mucho qué discutir en torno a cómo nuestros parámetros de interpretación condicionan nuestras lecturas y acciones. De este modo, la invitación a la lectura de ¡Lloverá! ¡Lloverá! gira en torno a que el lector pueda descubrir cómo la capital, Lima, el centro de poder, entiende todo un conjunto de prácticas que excede sus capacidades de comprensión. En ese sentido, dentro de su lógica, el centro de poder domesticaría, insistimos que, sin querer, el valor revolucionario de perspectivas que se asientan en otra estética, una que iría más allá del solo reclamo (validísimo, por supuesto), de la exacerbación del malestar y de la imposibilidad de lo andino o selvático frente a la modernidad, como si esta no dependiera de la producción de quienes conocen la tierra en intimidad.

Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

En este punto, consideramos que doce poemas cumplen con su cometido, cabalmente, mientras que los demás son aledaños o preservan una prédica que podría lindar con una mirada ajena, urbana, de mistis o wirakochas, por decirlo de alguna forma. No obstante, eso sería caer en algún tipo de esencialismo y el punto es valorar que existe una mirada “no letrada” a la espera de ser valorada en su dimensión estética, así no sintonice con las formas metropolitanas. Ese es el riesgo que se podría asumir en oportunidades librescas, como la reseñada, en franca apertura sobre la peruanidad como hecho actual enlazado a prácticas milenarias y no solo a su embellecimiento bucólico, sometido al llanto o a la revolución venida de Occidente. Creemos que el abanico es más amplio, pero a los especialistas habría que consultar sobre esos materiales que destacarían por presentar un mundo diverso del repetido abuso con el fin de enriquecer la lectura de un país en el que no siempre la tristeza triunfa, sino que hay siempre un más acá de lo peruano. Al lector del libro, le queda el juicio de nuestra reseña y podrá discutir, acompañar o matizar el efecto de lectura que causó en nosotros y que hemos querido compartir.  

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Datos del libro reseñado:

Rodrigo Vera y Antonio Chumbile

¡Lloverá! ¡Lloverá! 51 poemas agrícolas del Perú

Casa de la Literatura Peruana, 2023, 133 pp.

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Desde los extramuros

Bosque de arces

Por cronista marciano

El reciente libro de Jorge Casilla, Bosque de arces (Maquinaciones, 2023), llama la atención por encarnar una de las modalidades narrativas que viene circulando en nuestro mal distribuido patio letrado: aquel que ambienta sus historias en espacios foráneos o en lugares no identificables con la realidad inmediata, una manera de escribir que en el nuevo milenio tuvo en Las islas de Yushimito su primer hito. Pienso en los posibles motivos de esta elección artística que también reconozco en otros escritores y se me ocurre que la respuesta tal vez aparezca al final de esta reseña.

Los relatos que componen Bosque de arces tienen como escenario el Japón, un Japón más o menos actual (aunque esto poco importa, pues el libro no se interesa por el espacio social de ese lejano país, sino por representar el mundo íntimo de las parejas, de cierto tipo de parejas, en los que notamos los síntomas del desequilibrio emocional) que sirve de fondo perfecto para el tipo de historias que su autor representa y que, definitivamente, no podrían estar ambientadas en Lima, ciudad que no cuenta con un bosque de arces que tiña con la nota sentimental requerida para estos relatos.

Al leer Bosque de arces uno se percata de eso que podemos llamar «vocación para contar». Y digo esto porque el libro es entretenido y se siente el gusto de su autor por hilar historias. Es –y este es el mejor símil que puedo encontrar– como mirar a un profesor dictar con ganas su clase. A mi impresión, entre los relatos del libro, los más destacados son los de tono  humorístico. Y la razón es porque  el humor es una buena elección formal para retratar objetivamente un mundo donde los personajes presentan conflictos afectivos o viven situaciones límite (intentos de suicidio, depresión, obsesividad, conductas autodestructivas, etc.). También debo reconocer que este escritor sabe trasmutar con mucha naturalidad escenas realistas a situaciones fantásticas. Buen ejemplo de lo que digo es el cuento “La gatita Sashimi”. El juicio me aconseja no resumir la línea argumental de este relato. Me conformaré con decir que me gustó ver cómo la crisis del protagonista se resuelve imprevistamente con una relación amorosa inverosímil y cómica, en la cual el asesinato cobra tintes grotescos, justicieros y risibles. Otro relato simpático es “Nubes rojas y naranjas”, aquí asistimos a la espera angustiada de un hombre, cuyo desenlace desemboca en la desestigmatización de una enfermedad.  

También cabe resaltar la primera historia del libro, aunque de estilo realista. Jorge Casilla aquí se vale eficientemente de un recurso muy poco visitado por nuestros narradores actuales: el silencio. Este aparece en los momentos exactos de la trama y los dota de esa pausa necesaria, acallando lo que no debe ser dicho y que solo debe entreverse borrosamente en la mente del lector. Destacables también son los relatos finales del libro (“Primer diario de Sakura”, “Arte de besar manzanas” y “Sakura en primavera”), con protagonistas más acordes al tono sentimental que desea imprimir el autor, esto es, con adolescentes que van descubriendo su identidad y su sexualidad, que padecen el problema de no saber expresar sus sentimientos o de aceptarlos en la manera en que estos se presentan. El único reparo que puede hacerse es que alguna vez el punto de vista del narrador se cruza con el de los adolescentes en lugar de mantener la objetividad. Finalmente, el libro acaba con unos haikús alusivos a la atmósfera emotiva de los relatos.

Jorge Casilla: Foto de Vanessa Zamudio

Jorge Casilla escribe con oficio. A pesar de recurrir siempre a la misma gama de personajes, sabe darle variedad a las situaciones, con lo cual evita la repetición y la monotonía; sus cuentos son una buena muestra de todos los matices que puede tomar un color –digamos el azul– para componer un cuadro sin caer en lo uniformidad cromática. Creo que en un futuro próximo “La gatita Sashimi” será tomado en cuenta en las antologías de cuentistas peruanos actuales. Creo además que ese cuento es una veta interesante para seguir explorando esa modalidad narrativa consistente en recrear el mundo íntimo y sentimental de personajes que viven amores conflictivos o marcados por la fatalidad.  

Lima, 25 de octubre del 2023

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Reseña: Los placeres del silencio (2023) de Francois Villanueva Paravicino

Un comentario sobre Los placeres del silencio de Francois Villanueva

Por Cristhian Briceño

En el año 82 Lauer declara lo siguiente durante un conversatorio sobre narración y poesía en el Perú, publicado luego por la editorial Hueso Húmero:

Es interesante el que la sensibilidad modernista se siga manteniendo vigente, y yo me atrevo a decir que todavía hoy es la sensibilidad más difundida en el campo de la poesía.

Cierto. En el imaginario nacional la poesía suele empezar y acabar con «Blasón» o «Los heraldos negros»; más allá se encuentran Eguren, Adán, Moro, la generación del 50; todavía más alejados Cisneros, et al. No puedo imaginar una actuación escolar donde se recite algún poema de Las ínsulas extrañas o de Consejero del lobo; en los años 90, por lo menos, lo usual era declamar con afectación «¡Quién sabe!» de Chocano. Al día de hoy esto podría haber cambiado, no lo sé. Dicho esto, paso a hablar de Los placeres del silencio de Francois Villanueva.

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