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Desde los extramuros

Bosque de arces

Por cronista marciano

El reciente libro de Jorge Casilla, Bosque de arces (Maquinaciones, 2023), llama la atención por encarnar una de las modalidades narrativas que viene circulando en nuestro mal distribuido patio letrado: aquel que ambienta sus historias en espacios foráneos o en lugares no identificables con la realidad inmediata, una manera de escribir que en el nuevo milenio tuvo en Las islas de Yushimito su primer hito. Pienso en los posibles motivos de esta elección artística que también reconozco en otros escritores y se me ocurre que la respuesta tal vez aparezca al final de esta reseña.

Los relatos que componen Bosque de arces tienen como escenario el Japón, un Japón más o menos actual (aunque esto poco importa, pues el libro no se interesa por el espacio social de ese lejano país, sino por representar el mundo íntimo de las parejas, de cierto tipo de parejas, en los que notamos los síntomas del desequilibrio emocional) que sirve de fondo perfecto para el tipo de historias que su autor representa y que, definitivamente, no podrían estar ambientadas en Lima, ciudad que no cuenta con un bosque de arces que tiña con la nota sentimental requerida para estos relatos.

Al leer Bosque de arces uno se percata de eso que podemos llamar «vocación para contar». Y digo esto porque el libro es entretenido y se siente el gusto de su autor por hilar historias. Es –y este es el mejor símil que puedo encontrar– como mirar a un profesor dictar con ganas su clase. A mi impresión, entre los relatos del libro, los más destacados son los de tono  humorístico. Y la razón es porque  el humor es una buena elección formal para retratar objetivamente un mundo donde los personajes presentan conflictos afectivos o viven situaciones límite (intentos de suicidio, depresión, obsesividad, conductas autodestructivas, etc.). También debo reconocer que este escritor sabe trasmutar con mucha naturalidad escenas realistas a situaciones fantásticas. Buen ejemplo de lo que digo es el cuento “La gatita Sashimi”. El juicio me aconseja no resumir la línea argumental de este relato. Me conformaré con decir que me gustó ver cómo la crisis del protagonista se resuelve imprevistamente con una relación amorosa inverosímil y cómica, en la cual el asesinato cobra tintes grotescos, justicieros y risibles. Otro relato simpático es “Nubes rojas y naranjas”, aquí asistimos a la espera angustiada de un hombre, cuyo desenlace desemboca en la desestigmatización de una enfermedad.  

También cabe resaltar la primera historia del libro, aunque de estilo realista. Jorge Casilla aquí se vale eficientemente de un recurso muy poco visitado por nuestros narradores actuales: el silencio. Este aparece en los momentos exactos de la trama y los dota de esa pausa necesaria, acallando lo que no debe ser dicho y que solo debe entreverse borrosamente en la mente del lector. Destacables también son los relatos finales del libro (“Primer diario de Sakura”, “Arte de besar manzanas” y “Sakura en primavera”), con protagonistas más acordes al tono sentimental que desea imprimir el autor, esto es, con adolescentes que van descubriendo su identidad y su sexualidad, que padecen el problema de no saber expresar sus sentimientos o de aceptarlos en la manera en que estos se presentan. El único reparo que puede hacerse es que alguna vez el punto de vista del narrador se cruza con el de los adolescentes en lugar de mantener la objetividad. Finalmente, el libro acaba con unos haikús alusivos a la atmósfera emotiva de los relatos.

Jorge Casilla: Foto de Vanessa Zamudio

Jorge Casilla escribe con oficio. A pesar de recurrir siempre a la misma gama de personajes, sabe darle variedad a las situaciones, con lo cual evita la repetición y la monotonía; sus cuentos son una buena muestra de todos los matices que puede tomar un color –digamos el azul– para componer un cuadro sin caer en lo uniformidad cromática. Creo que en un futuro próximo “La gatita Sashimi” será tomado en cuenta en las antologías de cuentistas peruanos actuales. Creo además que ese cuento es una veta interesante para seguir explorando esa modalidad narrativa consistente en recrear el mundo íntimo y sentimental de personajes que viven amores conflictivos o marcados por la fatalidad.  

Lima, 25 de octubre del 2023

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Desde los extramuros

Cadáveres y espíritus del entresiglos peruano

Por Cronista Marciano

Todavía reciente, hace unas semanas ha comenzado a circular Contigüidad de los cadáveres, de Helen Garnica Brocos. Quien se acerque a conocer a Helen podrá advertir a primera impresión la pasión de esta investigadora por la literatura de tintes necróticos. Efectivamente, Contigüidad de los cadáveres es una recopilación de relatos sobre muertos y espíritus, y con un estudio crítico sobre una sociedad secreta que rendía culto a un poeta prematuramente fallecido: Enrique Alvarado. Helen se ha tomado el trabajo de hacer las pesquisas del hasta ahora desconocido cenáculo literario que reunió a las figuras más prometedoras del entresiglos peruano junto a un grupo de escritores olvidados: Clemente Palma, Enrique A. Carrillo, Ernesto G. Boza, Carlos Germán Amezaga, Domingo Martínez Luján…  

Siguiendo la pista de un apunte anecdótico de Luis Alberto Sánchez, la investigadora ha trazado unos esbozos sobre los círculos literarios de la última década del siglo XIX, años claves del recambio generacional en el que los notables nombres de Clorinda Matto, Mercedes Cabello y González Prada iban dejando el campo libre a los jóvenes modernistas peruanos, y en el que los ecos de la crisis religiosa finisecular europea iban sintiéndose en los diarios peruanos a través de noticias sobre sesiones espiritistas, un ritual que ponía en práctica las doctrinas del francés Allan Kardec, quien pretendió demostrar la inmortalidad del alma frente a los avances científicos que ponían en entredicho los dogmas cristianos.     

Recreando esta atmósfera intelectual, la recopilación está compuesta de dos secciones: «El tránsito de los espíritus» y «Necrosario: cadáveres y camposantos». Ambos títulos aluden al debate finisecular entre la concepción religiosa del hombre (espíritu) y la concepción médica (cadáver). En la primera parte, aparecen congregados relatos sobre lutos, aparecidos, fantasmagorías y parodias espiritistas; en la segunda escuchamos a los protagonistas narrar su encuentro con la muerte figurada en la imagen de un cadáver, entierros prematuros, o historias sobre hombres que no pueden renunciar al cuerpo putrefacto de sus amadas. Los cementerios y las mujeres pálidas y faltamente destinadas al sepulcro en plena juventud habitan esta parte del libro.

Siendo esta recopilación un rescate editorial, repasaré algunos nombres que me han dejado un sabor muy grato. La primera de ellas es Juana Rosa de Amezaga, quien en su crónica «Lutos y pésames» critica la costumbre del luto en Lima y objeta la manera de cómo este acto simbólico se utiliza para establecer vínculos sociales motivados por el arribismo. En esta crónica se ve recreada la vida social de la Lima de fines del siglo XIX, una ciudad de las formas y las apariencias, bien dibujada en sus detalles.  Otro título que me ha gustado es «La viuda», de Teresa González de Fanning. Honestamente, no había leído absolutamente nada de esta escritora, pero su relato me ha entretenido mucho, pues logra el efecto que se propone, resolver la atmósfera de terror en un hecho singularmente anecdótico. Otra composición interesante es «¿Por qué? (Fantasía)», de Clorinda Matto, en la que la escritora construye una narración donde la ensoñación encubre una realidad triste y deprimente para una joven mujer.   

Como no puedo referir todos los relatos, pues corro el peligro de convertirme en un spoiler para el libro, acabaré esta reseña con dos títulos más: «Pobre Fortuna», de Lastenia Larriva de Llona, y «De visita», de Manuel Beingolea. Del relato Lastenia Larriva diré que es ꟷa mi impresiónꟷ el mejor sostenido narrativamente, pues es un cuento largo que no decae y llega a tiempo a su desenlace. Del texto de Beingolea me limitaré a repetir el breve pero exacto juicio que Mariátegui dejó sobre él: «cuentista de fino humorismo y de exquisita fantasía». Su relato me ha resultado especialmente gozoso, porque lo he decodificado como una ironía a todos los poetas azules y decadentes, Eguren incluido. Y también me hizo recordar al famosísimo poema de Asunción Silva, «Sinfonía color de fresa con leche».  

Cabe destacar por último el buen trabajo de Pandemonium por entregarnos una edición agradable en su concepción visual, una apuesta seria del diseño artístico, evidente en la composición de la cubierta y en las viñetas escogidas, que dotan de una atmósfera gráfica, entre gótica y decimonónica, perfectamente calibrada al contenido de los relatos. La tipografía escogida para los nombres de los autores también aporta en esta dimensión. Un edición bonita sin duda y que atraerá la atención de no pocos escritores y críticos. Un trabajo en conjunto notable por parte de Helen Garnica y de Tania Huerta en la realización de este proyecto que ha tenido bien merecido el reconocimiento del programa de los Estímulos Económicos para la Cultura el 2022. Esperemos que en lo sucesivo sigan realizándose más proyectos como este. 

Lima, 10 de setiembre del 2023