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Reseña: Sanchiu (2021) de Dina Ananco

Un ethos que explora los caminos de la poesía

Por Cesar Augusto López

Sanchiu, primer poemario de Dina Ananco, se nos ha presentado como un reto de lectura por nuestras limitaciones lingüísticas, ya que no conocemos el awajún, base expresiva de los textos. En ese sentido, nuestra aproximación asume la ausencia de comparación entre los originales y cómo se vierten en el castellano; uno que sin duda ha sido intervenido por el idioma de la poeta, y que consigue cuestionar su linealidad temporal y espacial de perfil analítico. Esto significa que hay una conjugación libre a través de los saltos de la memoria y la dinámica de la oralidad que se manifiestan para acelerar o detener la experiencia lectora. En ciertos casos es posible percibir la extensión de los versos en awajún y la síntesis o extensión, mayor o menor, en su nuevo continente, lo cual es un signo de la experiencia y el esfuerzo de autotraducción, por parte de la autora.

Dentro de nuestra propuesta de lectura consideramos que los diversos temas se desenvuelven por la criba del ethos awajún-wampis, lo que significa que la lengua de origen prima con su lógica y lo que implica esta con la suma de experiencias que la voz poética procura presentar. Así, se puede experimentar caracteres de confrontación, exposición, transformación, denuncia, movimiento, relación, entre otras prácticas que se manifiestan en los poemas como acontecimientos: hechos intensos, testimoniales, que implican más de una variable en su despliegue. Incluso Sanchiu, abuela a quien Ananco dedica el poemario, es uno de los contrapuntos fuertes en varios poemas en los que se establece un diálogo que expone aquella “éthica” personal, familiar y comunitaria que conduce el desvelamiento de la perspectiva awajún-wampi en los cuarenta poemas que lo conforman, más un glosario que permite la comprensión de las incrustaciones léxicas que se exponen en casi su totalidad.

Adentrándonos más en la cuestión del libro, como un alcance de la estética de Ananco, es posible reconocer en tres poemas la propuesta total del libro, según nuestra interpretación. En primer lugar, se debe destacar el poema «Transición». Este se caracteriza por su fuerza, pero, sobre todo, porque se coloca a la conciencia de la voz poética en un intersticio claro entre lo occidental y lo amazónico, ya que responde de la siguiente manera a quien cuestiona el lugar desde el que enuncia la voz poética y que no sería el suyo: «Te respondo gringa curiosa que “no” sabía de mi transición» (85). La sorna es innegable y llega más lejos cuando se afirma que «En tus palabras veo mi futuro. / En tu escritura veo mi pasado. / Pretendes saber de mí. / Pretendes conocerme sin haber tomado ayahuasca» (85). La visión es importante, pero no aquella que tiene que ver con la tradición griega, sino con la precisión de la mirada que pone en jaque a la palabra y a la letra misma de las que se vale Ananco. Sin duda, hay un dislocamiento estético que debe reconocerse en el poemario si se quiere acceder, de buena manera, a su desciframiento. Aún más importante, la visión solo es posible si es acompañada o ayudada por la ayahuasca como fuente de saber. Hay pues, una doble intervención de la lengua, ya que se le “haría ver” un plano cognoscitivo de una capacidad dialógica mayor. Poemas que acompañan al plan de este texto son «Sutil conexión» en el que se plantean aspectos de los dobles o la complementariedad, pero, además, se evidencian señales del ensamblaje íntimo de todo el libro. Esto implica, incluso, el riesgo a una realidad móvil o casi inasible como se plantea en «Pureza ambigua» y sus siguientes versos: «… debe sentirse uno el absoluto placer al llamarse puro / Tan ambiguo / como yo en mis diversas culturas» (107). No se puede endilgar esa especie de miedo atávico a la transformación o a la modernidad achacada a lo indígena (el poemario es una muestra de ello), sino que se la amplía hasta reducirla en un juego de sentido arriesgado cuando se afirma que la pureza y lo ambiguo son «Tan cósmico[s] como la vida breve hacia la eternidad» (107). Los tres poemas escogidos, en esta especie de introducción a la lectura, guiaron nuestra forma de atender los cuatro ejes que consideramos básicos en la postura estética de Sanchiu.

En primer lugar, lo mítico es una de las constantes que atraviesa el libro y que también consigue impregnarse en el castellano, a pesar de su resistencia. Poemas como «Ayaymama» en el que se presenta el mito del canto de esta ave y luego se plantea las enseñanzas del animal en torno a la elección de una buena arcilla para la confección de vasijas (pinin), la que ha caído en el olvido por los awajún, manifiesta esa dinámica estructural en la que se aglomeran los elementos y la voz quiebra el ordenamiento “natural” de la secuencia analítica. De este modo, lo mítico mantiene su constante presencia en lo onírico, erótico y agónico del poema «Tijai» o incluso penetra en la conciencia del amor en la relación que se establece entre el vuelo del pihuicho y el alejamiento causado por el desamor en el texto «Voy a volar». El mito o lo mítico se convierte o, mejor dicho, emite su juicio crítico en torno a aspectos políticos en este continuum de sentido(s) en una pieza paradigmática como «Santiago se llama Kanús» en el que se afirma que el alma del río no pudo vencer a los foráneos, al enemigo, y su alejamiento es comparable a la cobardía de los awajún actuales: «Tan cobarde que no tuvo valor de enfrentarte / como los que están sentados en el chimpui de plástico» (77). Considerando que el chimpui es el lugar privilegiado para líderes y visionarios, y que ahora es de plástico, cabe reconocer que no hay potencias para hacerle frente al enemigo. Se va aún más lejos cuando se cita a la COVID-19 y que, desde otros mundos, se recibe «… refuerzos que necesitamos desde nuestro existir para resistir, / para no vomitar tanta indiferencia, tanta mierda» (77).

La realidad mítica se erige como una dimensión impostergable y como criterio de evaluación para situaciones inmediatas. En otras palabras, esta no ha pasado y su pertinencia permite una lectura justa de lo que pasa, porque evalúa, de manera transversal, una sumatoria de experiencias límite como el temor, la muerte y el dolor, acumulados. El poema «Mikut» es muy claro en ello y apela a la defensa del territorio, además de la necesidad de recurrir a la visión que brinda esta planta para formar individuos que puedan percibir con claridad el peligro de la contaminación en la que se ven sumergidos y que le ha causado este olvido o falta de resguardo y defensa. No quedan fuera, en el seno de un libro permeado por lo mítico, las transformaciones y el poema «Supich» o «Sol» dejan en claro este conocimiento y su necesidad trunca también: «¿Por qué ahora no podemos convertirnos en supich?» (87). La memoria de conversión en esta yuca que no se puede comer por su dureza es urgente en la voz poética.

Otra de las piezas fundamentales del libro es la óptica de la mujer awajún y cómo se desprende de ella la crítica bajo sus criterios y no necesariamente desde un feminismo blanco u occidental, porque en el poema «Soy mujer y puedo» se establece una relación íntima entre mujer y tierra que conlleva a una advertencia: «Ni la madre Nunkui podrá sostener tu tierra / no, no, no / no podrá» (17). La mujer es una tierra móvil y libre que puede advertir al hombre blanco (?) el fin de su tierra, de su mundo. Sumado a esto, es posible siempre la multiplicidad (33) con todas las tensiones que esto implica; es posible enfrentarse a la modernidad con su prédica monolítica, pero falsa. La muestra de este punto se encuentra en «No sé ustedes» en el que se juega en varios planos, a pesar de que en un momento la voz lírica informe sentirse lejana a sus ancestros y muy cerca a la vez (29). Pero la cuestión final gira en torno a la relación vegetal y una posibilidad de comunicación, sin la negación de sus fricciones, ya que es factible ser «una raíz interminable / como Suwa en Kuankus» (33).

No podemos dejar de lado la consideración de que la base mítica y el valor de la mujer, en esta, permite una crítica certera contra el machismo en poemas como «Palabra de hombre wampis» o «La vida de los wampis». Baste citar unos versos de esta última composición: «No valoraban a la mujer en la guerra / La mujer inhalaba tabaco para dialogar con la Nunkui, / para visitarse con el Tijai / porque poseía el anen.» (113). El poder se encuentra en el canto (anen), en la vibración que recorre diversos espacios y momentos. Importante reconocer a quien establece esta realidad sagrada y sus potencias para solventar a los hombres en las batallas. ¿La ausencia de su participación específica en estas situaciones complejas sea la razón, una más, de la derrota contra el foráneo? Es una posibilidad que se deja abierta al lector.

El penúltimo eje de la propuesta de Ananco se relaciona directamente con lo político y con la tristeza y voluntad de guerra o revuelta que acarrea su incapacidad de relacionarse de manera simétrica con el pensamiento y experiencia awajún. Poemas como «El suicidio» traen a colación experiencias intensas y rencor acumulados. Incluso se cita al expresidente Alan García, su suicidio y dudas sobre su capacidad política (57, 71). No obstante, si bien se puede creer en una situación límite del poema, este mismo, la letra, la palabra, se convertirían en el elemento suicidado o sujeto a la muerte para preservar la vida de la voz poética y su actuar en el mundo. Por esta razón, el hecho estético del proyecto de la poeta asumiría las limitaciones de la escritura y la capturaría o la emplearía como un instrumento adaptable a su lengua, a su pensamiento y a las posibilidades expresivas de ambas.

El ánimo político se encuentra al borde del colapso, ya que no habría una inteligencia capaz y todo se resumiría a la destrucción de un mundo, entre tantos, por lo que se debe vibrar al son de la lucha sin caer en un telurismo romántico, sino a la resistencia cifrada en los elementos que hemos ido valorando en nuestra lectura de Sanchiu, porque sus poemas buscan dejar en claro las tensiones y la diferencia. El saber emana del cantar y del sueño que permiten comprender el tamaño de la crisis a la que son sujetos los pueblos amerindios. De este modo, la resistencia es la premisa básica del proyecto y, por eso, no se nos presenta un español castizo o purificado, sino uno que se retuerce en sus límites, pero que algo puede decir, ya que no cuenta con las potencias del sueño o de los ríos (esto último nada tiene que ver con un aliento romántico o cosmista en nuestro ejercicio hermenéutico).

El cuarto elemento tiene que ver con la mirada íntima, con la visión delicada, inocente, como testimonio de una posible relación abierta con el pasado («Caracolito»), con las plantas («Kion», «La caoba») o de los primeros momentos con los productos occidentales y con su lógica mercantil («Compré pan»). Si insistimos en nuestra idea principal, el ethos es femenino en Sanchiu, pero su reclamo y manifestación no es personalista o individual, sino que afirma y confirma sus orígenes, desde el aprendizaje junto a la sabiduría matriarcal hasta la discusión de los parámetros de comprensión occidentales, sin negarlos; antes bien, asumiéndolos en su realidad problemática.

Dina Ananco – Foto: La Mula

Una objeción al valor del libro podría ser calificarlo de una especie de manifiesto etnográfico o antropológico. No obstante, consideramos que la intención estética de Ananco asume el riesgo de intervenir la lengua castellana y hacerle hablar en código awajún-wampi-femenino para que se pueda acceder, con las debidas dificultades del caso, a un universo que tendría sus propias exigencias y conflictos internos, como externos, los cuales podrían ser asumidos en la libertad de la experimentación poética como una vía válida en el panorama de la democracia de la creación. Si bien Sanchiu podría, también, ser leído como una proclama feminista o panfleto político o plancha de reclamos e, incluso, aprovechado bajo esos parámetros, la profundidad y valor de sus versos se encuentran en su filiación al orden ontológico que la poeta plantea sin temor a (des)ligarse al orden hegemónico en sus diversos rostros. Por tal motivo, sus líneas deben ser valoradas en su justo primer desvelamiento y en miras, esperamos, a su futura continuidad “ethico”-estética.

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Datos del libro comentado:

Dina Ananco

Sanchiu

CAAP / Pakarina Ediciones, 2021, pp. 126.

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Reseña: Una animal en mí (2021) de Juliane Angeles

El difícil trabajo del devenir en la poesía

Por Cesar Augusto López

Escribir es siempre un riesgo, un salto que no tiene asegurado el impacto de la caída o el placer del vuelo. Esto quiere decir que los viajes pueden ser irregulares, problemáticos o que, simplemente, no cumplen la trayectoria esperada. Al leer el poemario de Juliane Angeles, nos encontramos con esos altibajos y con las tensiones de la exploración del verso, del poema, al que se le pregunta y adquiere una personalidad tal que se contrasta con el cuerpo de la mujer y con sus claros enlaces con otros vivientes. En los veintidós poemas que se nos presentan en Una animal en mí, sentimos que no se consigue encontrar el equilibrio por el que se pugna. Una posible hipótesis de este asunto tiene que ver con la intervención del pensamiento que hace ruido al flujo de los sentires, a la insistencia de elevar la mirada desde el primer poema (“Una”) y de cierto valor cerebral (“Vivo únicamente a través del pensamiento”) que atenta contra una intuición material que se puede percibir en el conjunto y que lo hace valioso para el lector que se encuentre con él.

Portada – Foto: Lee por gusto

Si comenzamos a desplegar la tensión que nos generó el poemario, necesitamos anotar el título, porque nos asalta la expectativa de encontrar un universo femenino aunando con lo animal o del reconocimiento de lo animal en la intimidad de la mujer. Sin embargo, presenciamos la búsqueda o una débil visión de lo que se promete. En ese sentido, nos encontramos frente a un combate poético desde varios puntos de vista. Podemos percibir la voz femenina de denuncia que nos trae ecos de María Emilia Cornejo, (“Vivo de dar explicaciones”), Clarice Lispector (“La araña”) o la misma Sor Juana Inés de la Cruz en un verso entre corchetes del poema “Consecuencias del movimiento”, pero no se concreta lo animal como un paso más allá. Nos referimos a que lo animal es tanteado con cierta timidez por Angeles, quien incluso suma personajes vegetales como la cebolla (“En crecimiento”) o un cactus (“Crianza”) y que amplían favorablemente el espectro de su experimentación con la palabra. Así, se intenta generar una línea de fuga del conjunto, pero la cabeza (imagen insistente a lo largo del libro y precisada en el poema “Caput”), el peso del rostro, casi dictatorial, impide el escape de la voz poética y esa situación nos coloca en medio de un fragor silencioso que se gesta en los versos. Esta última afirmación no tiene por objetivo sorprender al lector, porque, en verdad, nos encontramos ante una exploración poética que nos anunciaría un futuro paso más seguro de la poeta.

Por otro lado, el epígrafe de Blanca Varela es otro de esos anuncios que se pueden esperar con ansia hasta su consumación. Este tiene que ver con el devenir niña, devenir animal y/o devenir idea que se nos plantea y que Angeles intentaría conquistar o llevar más lejos; es una posibilidad. No obstante, y tal vez siendo extremadamente fiel a la autora de “Monsieur Monod no sabe cantar”, el factor de la idea como un elemento de apoyo en Una animal en mí sería la línea de sentido que irrumpe para quitarle flexibilidad a la propuesta. Cuando reclamamos la idea de devenir en Angeles nos referimos a la proximidad con formas que no reflejan estructuras de poder, sino que serían la mirada de lo microscópico y el reconocimiento de existencias no hegemónicas.

Sin duda, la mirada infantil que se relaciona de manera plena con lo animal y vegetal toma su lugar, pero, en ciertos momentos, la intención de la elevación del sentido se aleja de lo carnal y de su universo “limitado”. Un claro testimonio de esta situación se puede percibir en la presencia de la sangre en el poema “Opera prima”; a saber “Contra la intensidad salida de mi cuerpo / Me borro a mí misma. Yo soy la mancha” (41). ¿Es posible que el peso de la culpabilidad impuesta encorsete lo femenino revolucionario en el poemario? Es posible, es una hipótesis válida, pero en medio de la intensidad de aquel peso y del contacto con lo vegetal que se yergue hacia la luz, la voz poética encuentra su razón de ser hacia una especie de luminosidad anunciada desde el primer texto de la colección y que sería posible gracias a la poesía como un instrumento y un dictamen, porque este le permitiría acercarse a la “criatura salvaje” (27) que se necesita para la redención. Esta se ve interrumpida por los movimientos de lo racional que vence en varios poemas, que se cuela en la experiencia del cuerpo, incluso, porque cortaría la comunión como condición de rebelde, de transformación. Entonces, la voz lírica se dice lo siguiente: “Mi cuerpo solo puede hacerme sentir / un animal solitario” (33). El efecto de la irrupción de lo racional aísla la corporalidad y la investigación que se intenta inaugurar en Una animal en mí.

Juliane Angeles – Foto de la autora

Las trampas de la razón irrumpen constantemente como una especie de ley en el arduo intento de encontrarse con el devenir para mirar cara a cara a los seres vulnerables y, bajo ese criterio, en ciertas ocasiones los animales se convierten en metáfora (“Crocodilia”), en objeto y no en personalidad plena a la que se le debe la lógica del encuentro. De este modo, entre el imperio de la ley, el orden, la tiranía del significante, lo masculino, como ciertamente enemigo, la poesía sería la alternativa a la cual se recurre para reunir una diversidad de sentires. Este aspecto tensivo y problemático queda más claro en el poema que cierra Una animal en mí, ya que se conjuga el toser, el hablar, lo animal y el poeta. Estos cuatro factores o elementos se aúnan en una especie de testimonio de imposibilidad que recorre el poemario y que consideramos necesario leer con la sintonía de la encrucijada en la que se encuentra la perspectiva poética. En este punto, consideramos el valor del libro que intentamos reseñar en el marco de las contradicciones que presenta, ya que es un testimonio del compromiso artístico por extraer un más allá, desde un lugar cotidiano y, muchas veces, abandonado. Si bien el último texto mencionado se titula “Mi enfermedad”, nosotros consideramos que en una próxima entrega de Angeles se pueda atender a la cura que rondan sus versos con valor resuelto. 

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Juliane Angeles

Una animal en mí

Álbum del Universo Bakterial, 2021, 55 pp.