Primer libro de cuentos breves de Jorge Ramos Cabezas: El hallazgo
El escritor Jorge Ramos Cabezas ha lanzado El hallazgo, su primer libro de cuentos breves, en el que incursiona en múltiples registros narrativos valiéndose de las técnicas propias de la minificción.
El texto ha sido publicado por el sello independiente Dendro Editorial en julio de 2025 y cuenta con un prólogo del investigador Óscar Gallegos, especialista en microficción.
En palabras de Óscar Gallegos, El hallazgo es “un libro destinado a una secta o comunidad de seres extraños y marginales, aquellos que han transitado por los mundos turbulentos y heterogéneos del relato fantástico, el terror, el absurdo, la metaficción, la ciencia ficción o las distopías narrativas, entre otros géneros de la imaginación que se alejan del realismo típico de nuestro entorno. Pero también encontrarán aquí piezas sui generis de la minificción: textos que juegan con los títulos, los silencios, la hiperbrevedad, la virtualidad narrativa, el bestiario y la relectura o parodia de clásicos y mitos universales”.
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La presentación oficial de El hallazgo se dará en el marco de la 29 Feria Internacional del Libro de Lima – FIL Lima 2025, el martes 29 de julio, a las 2:00 p. m., en el auditorio Clorinda Matto de Turner, donde, además de la presencia del autor, se tendrá los comentarios del escritor Jorge Valenzuela y del estudioso de la minificción Óscar Gallegos.
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Sobre el autor:
JORGE RAMOS CABEZAS (Lima, 1982)
Estudió Derecho y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado cuentos y microrrelatos en diversas revistas, y ha sido incluido en las antologías Nido de cuervos. Cuentos peruanos de terror y suspenso, de Carlos Saldívar (2011); Circo de pulgas. Minificción peruana. Estudio y antología (1900-2011), de Rony Vásquez (2012); 201, de David Roas y José Donayre (2013), y Latinoamérica en breve, de Sergio Gaut vel Hartman (México, 2016). Además, obtuvo una mención honrosa en el Concurso de Cuentos Horas de Ágora (UNMSM, 2006) y una mención especial en el Concurso Internacional de Minicuentos El Dinosaurio (Cuba, 2008). Ha publicado también artículos de crítica literaria y fue editor de Fix100. Revista Hispanoamericana de Ficción Breve.
El autor peruano Jeremías Gamboa (Lima, 1978) acaba de publicar una novela de gran aliento narrativo tras más de una década de trabajo. En sus más de 900 páginas, El principio del mundo cuenta la historia de Manuel Flores durante su retorno al Perú ―físico y simbólico―, hecho que lo enfrenta con heridas que nunca terminaron de cerrar: la del racismo, las limitaciones que produce la educación pública, la de una sociedad fracturada, donde predomina la angustia de no estar nunca a la altura de las demandas sociales.
La novela de Gamboa está dividida en dos partes (Las aulas celestes y El principio del mundo) que giran alrededor de un mismo hecho: el regreso. Tras una estancia fallida en los Estados Unidos, Manuel Flores, el protagonista, vuelve al Perú donde no logra validar su experiencia universitaria. Hay algo que empieza a desencajar en él: la exigencia, el desarraigo, la presión por representar algo más que su propia historia. El regreso a su país es un tanteo por acomodarse y encontrar su lugar, una búsqueda que le permitirá reencontrarse con Sabino Zárate, un viejo amigo de la escuela, con quien recorrerá no solo la ciudad, sino la memoria afectiva de su educación en una institución pública. Las aulas, los profesores, los libros, los castigos, el orgullo, la vergüenza. En dicho trayecto, Gamboa teje una novela sobre el daño íntimo y estructural que provoca la desigualdad en la psique y el cuerpo, a la vez de erigirse como una narración acerca de la posibilidad de volver a mirar —con ternura y con rabia— los años de la infancia y juventud.
El principio del mundo propone una cartografía emocional que interpela los vínculos entre clase, raza y deseo. A través de una escritura íntima y aguda, la novela amplía los márgenes de la tradición narrativa peruana al instalar el deseo femenino no solo como fuerza de transformación, sino también como lugar de cuidado y mandato. En ese sentido, considero que hay, al menos, dos elementos, que muestran por qué El principio del mundo se inscribe con fuerza en la tradición de las grandes novelas nacionales.
La primera es su manera de representar la educación escolar en instituciones públicas como una experiencia afectiva profundamente marcada por la violencia estructural. Gamboa complejiza la mirada sobre la educación como promesa de movilidad social, al retratar el costo emocional detrás de ello. Un ejemplo de lo anterior es la escena en la que Manuel visita Nueva York e imagina la posibilidad de hacer un doctorado en alguna de las universidades que forman parte de la Ivy League o a la vez que es detenido por haberse llevado un carro de compras fuera de un supermercado. Esa misma sociedad que le brinda la oportunidad de acceder a una educación de alto nivel lo trata como un sospechoso por su condición de migrante. De ahí que Manuel, más que derrotado, retorna al Perú agotado, cansado de tener que dar la talla y cargar sobre sus hombros las expectativas de superación que la sociedad ha puesto sobre sí. En ese sentido, la novela explora el peso simbólico que recae sobre quienes deben constituirse como “buenos alumnos”: aquellos a quienes se les exige ser destacados para justificar un sistema que los excluye.
La segunda razón es la perspectiva que se construye sobre la identidad, lo cholo. ¿Cómo hablar de lo cholo sin exotizarlo y usarlo como pasaporte de autenticidad? En un ensayo anterior, Félix Terrones[1] plantea que los personajes de un grupo de libros peruanos contemporáneos (Huaco Retrato, Contarlo todo y De dónde venimos los cholos) cargan con una sensación de odio a sí mismos; es decir, una voluntad de desprenderse del origen sin mirarlo cara a cara. Una lectura que encuentro incompleta al reducir el proceso creativo —más allá del carácter autobiográfico o autoficcional que se le adjudica— a una simple exposición de las experiencias personales, for export, como sugiere Terrones, sin profundidad. En su análisis, el “debe ser” en la representación de lo cholo torna imposible explorar otras formas literarias.
Expongo lo anterior debido a que algunos comentarios sobre la novela, sin mencionarlo explícitamente, han partido del argumento que plantea Terrones para criticar El principio del mundo. Sin embargo, lo que propongo aquí es que acaso ocurra lo contrario a su argumentación: El principio del mundo no niega ese lastre de auto aversión; por el contrario, ese desprecio señalado es lo que detiene a Manuel y lo hace volver a Lima para explorar en la profundidad las marcas que ha producido la colonialidad del poder y el saber. En mi opinión, dicho rechazo hacia su identidad es una señal de un malestar más profundo. Manuel Flores no puede tolerar las carencias que identifica al mirarse al espejo. Por eso desea ser otro, envolverse de una imagen ideal que lo proteja del dolor de su origen. Para entender ese síntoma, sirve valerse de lo que el psicoanálisis lacaniano denomina el fantasma. Una especie de máscara que protege del contacto directo con aquello que ha marcado profundamente, y se manifiesta por su constante repetición. Aunque este concepto proviene de la clínica psicoanalítica ―y no es la intención de este texto psicoanalizar a Manuel―, puede ser útil revisar a partir de allí para analizar algunas escenas de la novela.
En uno de los momentos más violentos del libro, Manuel y un grupo de amigos acosan y manosean a una compañera del colegio. Lejos de la complicidad o el goce que esto les provoca, inclusive a Manuel, el episodio lo deja profundamente perturbado. Más adelante, se enterará de que Candelaria, su madre, también ha sido víctima de varios episodios de acoso en distintos contextos y lugares: por el hijo de la familia para la que trabaja, en la escuela nocturna a la que asiste y por uno de los vigilantes quien la sigue mientras regresa a una de las casas miraflorinas donde trabaja. Otra de las repeticiones se manifiesta cuando, en medio del duelo por la muerte del padre, Manuel se aproxima al borde de un acantilado, repitiendo inconscientemente el gesto que su madre realizó años atrás. ¿No es acaso su viaje a Estados Unidos un eco de este intento de huida que llevó a Candelaria a dejar Ayacucho?
Escenas así configuran la subjetividad de Manuel y tejen la relación que construye con su identidad. Lo constituyen, lo delinean, lo hacen ser quien es. No se trata, entonces, de un simple desprecio por lo cholo; lo que habita en Manuel es el dolor por una promesa incumplida, por la mancha que ha marcado su cuerpo al nacer, por los ojos ligeramente alargados que nunca logran colmar las expectativas de su madre. A lo que se añade la carga del mandato por ser el mejor alumno y borrar cualquier rasgo que revele su origen. Ser otro, en definitiva.
En ese sentido, la novela deja abierta la posibilidad de una resolución a ese conflicto, el proceso de atravesar el fantasma. Manuel no lo sabe de antemano, pero intuye que está atrapado en los modelos que su madre repetía, en su deseo, y por eso retorna a ella, lo cual realiza escuchándola como quien oye un largo huayno, bajo las luces incandescentes de su casa en San Luis, hallando un lugar que reconoce suyo también.
Es así como Manuel vuelve y, como se anuncia en el epígrafe de César Vallejo, dicho gesto se constituye como un doble regreso: a la madre como origen del dolor, pero también como posibilidad de nuevo comienzo.
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Datos del libro reseñado:
Jeremías Gamboa
El principio del mundo
Alfaguara, 2025
[1] Félix Terrones, “El cholo en la literatura peruana: el odio a nosotros mismos en periodos globales,” Trama Crítica, 13 abril 2024.
Luigi Calabresi era el encargado de la jefatura de policía de Milán cuando el 17 de Mayo de 1972 fue asesinado con dos disparos de pistola, uno por la espalda y otro en la nuca, al salir de su casa. Se había cultivado fama de ser un comisario reconocido por sus investigaciones sobre grupos extremistas y actividades subversivas.
Calabresi solía dejar su arma reglamentaria en la comisaría. Cuando su esposa Gemma le consultó por este comportamiento, él le respondió:
“Gemma, olvídalo, no quiero tenerlo aquí y no quiero llevarlo conmigo, y, además, no me serviría de nada: si me disparan, lo harán por la espalda. Nunca tendrán el valor de dispararme mirándome a los ojos. E incluso si tuviera tiempo para darme cuenta, preferiría no tener que dispararle nunca a nadie”. (p.13)
Los denominados ‘anni di piombo’ tuvieron como punto de partida el estallido de una bomba en el Banco Nacional de Agricultura a fines de 1969 en pleno centro de Milán. La responsabilidad de tal atentado se debatió por muchos años, recayendo la culpa inicialmente sobre los anarquistas. Giuseppe Pinelli fue uno de ellos, por lo que fue detenido y puesto bajo custodia de la jefatura de la policía de Milán. A los pocos días Pinelli murió tras caer del cuarto piso, lo cual involucró directamente al comisario Calabresi, acusado de haberlo defenestrado. Posteriormente, las investigaciones apuntaron a grupos de extrema derecha, organizaciones neofascistas, incluso se consideró el rol de sectores del Estado italiano y los servicios secretos, como parte de una estrategia que buscaba generar miedo y desestabilización para frenar los impulsos revolucionarios que surgían en las generaciones más jóvenes. Había que seleccionar un culpable, la prensa, los políticos, los ciudadanos, querían un nombre al cual señalar como el autor del asesinato. La lógica más burda dio el nombre de Luigi Calabresi, quien junto a su familia recibió un acoso ininterrumpido hasta la fatalidad.
Incluso Darío Fo escribió y publicó por esos años el drama Muerte accidental de un anarquista, en el que a través del humor expuso problemáticas imperantes como la manipulación mediática, los abusos de poder, y la corrupción institucional, realizando una sátira de Calabresi. Su esposa, actriz y dramaturga, Franca Rame había sido secuestrada, golpeada, violada y torturada por un grupo de extrema derecha relacionado a los servicios secretos italianos y a las fuerzas paramilitares neofascistas como parte de la “estrategia de la tensión”.
Mario Calabresi (Milán, 1970) creció queriendo saber quién fue su padre, y en dicho objetivo fue descubriendo una sociedad carente de empatía, provocándole una sensación de congoja que a su vez lo lleva a sentir el llamado del deber y la necesidad consecuente de realizar una mirada retrospectiva en la que conecte los nodos de los diferentes testimonios y del suyo propio. En los diferentes capítulos del libro hay una intención de abordar de la forma más objetiva posible la historia de su país y la de su propia familia, como una manera de recrear recuerdos y corroborar su verdad, por más trágica que esta resulte ser. Lo que se narra en Salir de la noche nos muestra cómo las personas con heridas similares se terminan hallando en los mismos refugios y emerge así la empatía que permite soportar el peso de la injusticia, de la mentira mediática como estrategia y del olvido como cruel destino.
Mario Calabresi nos lleva a sentir la distancia entre la injuria y el reconocimiento, a la vez que se revalora a las víctimas frente a la sociedad. Ello implica años de encuentro con las viudas e hijos huérfanos, compañías a las cuales se relaciona desde las primeras ceremonias de homenaje hasta los últimos juicios.
Se puede vislumbrar el auge de la desesperanza en imágenes como la siguiente[1]:
Un país entero la tomó como prueba de la violencia irremediable y la derrota definitiva de las ideas. De ella Umberto Eco señaló: “Tengan presente esta imagen, se convertirá en insignia de nuestro siglo”. En 1977 se acumularían 102 asesinatos y 2,128 atentados políticos. Mario Calabresi invita a sumergirse en la escena de la foto. Su protagonista es Giuseppe Memeo, un joven de 18 años, y es su primera vez empuñando un arma. En el lugar, yace en el suelo Antonio Cutra de 22 años. Su hija Antonia nacerá meses después y crecerá sin padre. Años más tarde el presidente Carlo Aseglio Ciampi se encarga de condecorar con medallas al valor tanto al padre de Antonia como a Luigi Calabresi a través de Gemma, su viuda con estas palabras:
“Hemos recuperado memoria… es un honor para mí entregarle esta medalla, por más que todo esto se produzca con tan enorme retraso”. (p.25)
Tiempo después, Mario y Antonia se juntan y no les deja de sorprender la cantidad de producción bibliográfica alrededor de los terroristas, mientras que hay un mutis generalizado por parte de las víctimas de estos.
“Solo aparece un nombre, casi siempre equivocado, nada sobre él, nada sobre nosotros. Me bastaría con que las pocas veces que se menciona a mi padre, casi siempre en relación con la famosa foto, no fuera con el nombre y apellido equivocados: se llamaba Antonio y no Antonino, nos llamamos Custra y no Custrá”. (pág.28).
En Salir de la noche se nos presenta también a Francesca Marangoni, cuyo padre fue el director médico del policlínico de Milán hasta 1981, cuando las Brigadas Rojas le dispararon abajo de su casa. Luigi Marangoni se vio aislado cuando declaró contra enfermeros cercanos a Autonomia Operaia, grupo político radical de izquierda, culpables de desconectar neveras que contenían sangre para transfusiones. Su padre ya no la acompañaba al instituto porque caminar a su lado comprometía su seguridad. En este testimonio encontraremos cómo una hija hereda la voluntad de estar al servicio de la salud, una ética inquebrantable. En esas conversaciones se habla de cómo cerrar la herida, si hay tratamiento para ello o si lo mejor es comprender que se puede abrir en cualquier momento y lo vitalmente importante es hacer que no se infecte.
Otro de los pasajes más conmovedores del libro es sin duda la carta de Aldo Moro a su esposa Noretta, donde la gratitud, el adiós y la promesa de acompañamiento armonizan. Moro fue primer ministro de Italia, teniendo un rol clave para conseguir el compromiso histórico entre la Democracia Cristiano y el Partido Comunista Italiano de garantizar la estabilidad política durante los “anni di piombo”.
Leonardo Sciascia escribió en su libro El caso Moro:
“No creo que lo alegrara nunca el poder. Ser el mejor y tener que despreciar a los demás quizá le deba la medida cristiana de su miseria. Y esto era lo que lo diferenciaba de los demás, y la razón por la que entre todos, y en cierto sentido por ellos, fue elegido para morir”.
En 1978, Moro fue secuestrado en Roma por las Brigadas Rojas. Tras 55 días de cautiverio su cuerpo fue encontrado en un coche.
A lo largo del libro, Mario Calabresi también narra conversaciones con su madre Gemma, preguntándole cómo hizo para sobreponerse, a lo que ella responde que decidiendo apostar por la vida, que no le quedaba otra opción con tres hijos. Para ver el resurgir de la esperanza hay que ponerles nombres a las cosas más dolorosas, aconseja Gemma. Y es lo que hace su hijo, Mario, en este libro, al convertirse en un nominador de cada instante relacionado a la imagen de su padre y de los que, como él, perdieron a alguien para siempre. Hay una hermandad implícita en las victimas, pues ellas saben que la presencia ocupa un espacio determinado, observable y palpable, mientras que la ausencia ya está desplegada, llenando todo el vacío que existe. Parte de ese mínimo común es la sensación de infinitud que tiende a tener la injusticia, un desierto que aletarga, a diferencia de la justicia que una vez llega es un punto final que permite renovar los días por venir. En la familia Calabresi no sienten que a ellos les corresponda opinar sobre los indultos, reducciones de pena y evidentes prevaricatos, puesto que esperan que la entidad responsable se encargue. Los Calabresi sí buscan una sentencia, la oración que etiquete a alguien con su crimen y purgue la vida, de quien lo merece, de mentiras. Otras víctimas buscarán perdonar, exigir prudencia, vergüenza, alejamiento o reparación en la medida de lo posible.
Destaco la capacidad de Mario Calabresi para separar cada vertiente de la historia usando la escritura como medio para el desahogo más profuso al canalizar todas las cenizas que yacían en los resquicios de su memoria. Un ejemplo de ello es cuando describe un recuerdo sobre él, un trombón y su padre, temiendo que el mismo haya sido creado por su nostalgia. Tiene miedo de compartirlo, incluso por el riesgo de que la oralidad altere en algún detalle lo más genuino del recuerdo de su yo de dos años. Este libro nace en parte para poder responder a ese recuerdo con su papá.
La lucha por salir de la oscuridad a la que alude el título del libro yace en el intento de Calabresi de no desfallecer en su búsqueda. En su fe por el amor de sus padres. En creer que quienes propagan mentiras eventualmente se quedarán sin aire y el silencio será tan amplio que hasta el susurro tendrá eco y se hará oír.
Gianni Biffi: “Todo lo que escribo está lleno de pequeñas referencias a cosas que me han gustado”
Por Omar Guerrero
El escritor peruano Ganni Biffi está despertando mucho interés entre los lectores peruanos por su nuevo libro de cuentos Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (Dendro, 2025). Sin embargo, esto no siempre fue así. Antes ya había publicado su primer libro titulado Su póliza no cubre esta eventualidad. Sr. Samsa (Vivirsinenterarse, 2018), que apenas tuvo cierta cobertura en prensa. Biffi insistió con la escritura y una vez que terminó este nuevo proyecto lo presentó a muchas editoriales que se dieron el gusto de rechazarlo. Él no se dio por vencido hasta que encontró un sello independiente que aceptó publicarlo. Desde ese momento sus lectores han ido en aumento sin necesidad de ninguna campaña mediática. El éxito de su libro se debe a la recomendación de los mismos lectores, quienes han quedado satisfechos o encantados con el humor que presentan sus cuentos, lo que produce un quiebre en la literatura peruana última. Por eso le hemos pedido que nos responda las siguientes preguntas para saber más sobre él y su obra.
Hola, Gianni. ¿Para ti qué es el humor y cómo este género o efecto se presenta en tus cuentos?
Creo que no hay una definición universalmente aceptada del humor. Lo que la gente encuentra gracioso cambia de persona a persona. A mí me gusta la comedia surrealista de los Monty Python. Mis sketches favoritos eran los más extraños, por ejemplo, la idea de Terry Gilliam de tener a un anciano que se afeita y se llena toda la cabeza de crema para luego decapitarse con su navaja de afeitar. Lo que no me gusta es el humor carente de sorpresa. Cada vez que un cómico empieza su rutina con un: “¿Se saben la de…?”, una parte de mi alma muere por dentro. Sé que el chiste que está a punto de contar no será gracioso.
Créditos: Gianni Biffi
¿Qué autores son de tu preferencia o te han servido de influencia para tu escritura, sobre todo en el humor?
En cuanto al humor, mis escritores favoritos son: Ian Frazier, David Sedaris, Christopher Moore, Ephraim Kishon, Tom Sharpe, Jack Handey, Simon Rich, un escritor ruso llamado Arkady Avérchenko; P.G Wodehouse y Jerome K. Jerome… La semana pasada leí un libro que recomiendo bastante a cualquier persona que quiera escribir comedia o pasar un momento divertido: Movidas que vio Casandra de Kirby Gwen.
Algunos de tus cuentos como “Reconciliación nacional” o “La tortuga y la liebre” surgen de historias originales que son trasformadas o cambiadas. Es decir, son nuevas versiones o precuelas llenas de singularidad. Y este proceso creativo me hace recordar a algunas películas de Tarantino donde también se altera las versiones oficiales de la historia como sucede en Bastardos sin gloria ¿Qué tanta influencia tiene el cine en tu escritura?
Me gustaría ser ese tipo de escritor como Hemingway que viaja al Kilimanjaro para escribir sus libros a partir de sus experiencias. Lamentablemente soy lo opuesto. Pertenezco al grupo de escritores que se encierran en su cuarto y usan su colección de DVDs, discos de música, libros y cómics para construir sus historias.
Has llegado a comentar que el cuento “El duelo entre Illapa y Thor (Mito andino)” es tu propia versión de Rocky IV. ¿De dónde vienen estas preferencias?
Crecí mirando los Simpsons, y aprendí a usar la parodia como un tipo de metahumor que se centra en burlarse de algo. Tomar una obra de arte existente, como una película o una serie de televisión, y crear una versión cómica de ella. Todo lo que escribo está lleno de pequeñas referencias a cosas que me han gustado.
En este libro aparecen como protagonistas poetas peruanos como Vallejo o Eielson. ¿Lees mucha poesía?
No leo poesía moderna. No la entiendo. Es como el arte abstracto donde el pintor empieza a rociar el lienzo con pintura por todas partes… Todo mi conocimiento de poesía es: “La balada del viejo marinero», de Coleridge, y en la versión de Iron Maiden.
La literatura clásica también se hace presente en un cuento como “Barrio y prejuicio (Una historia chalaca)” donde relacionas la obra de Jane Austen con las problemáticas del Callao. ¿Qué temas o intereses te despierta El Callao, que es el lugar donde siempre has vivido?
He nacido en el Callao y he vivido toda mi vida en La Punta. No tengo ningún sentido de pertenencia a ningún lugar de Lima. Le pasa a la mayoría de punteños. Mi teoría es que los italianos que se asentaron en La Punta trajeron con ellos el “campanilismo”. Ese fuerte sentido de apego al propio pueblo y el sentimiento de hostilidad o rivalidad con localidades cercanas. Eso explica mi odio a Barranco.
La masculinidad y el machismo aparecen en cuentos como “Clint Eastwood” y “Cartas escritas por Zeus después de asistir a un seminario de concientización sobre el acoso sexual”. ¿Te atreverías a escribir sobre otros temas como el feminismo?
Si, definitivamente. No creo que haya problema. Las feministas son conocidas, principalmente, por su gran sentido del humor, actitud relajada, y por ser siempre receptivas a lo que escriba un hombre blanco, heterosexual y cristiano. ¿No?
La música también está presente en varios cuentos, desde rock hasta hip hop. Lo que sorprende es que insertas discursos para musicalizar o letras de freestyle. ¿Has tenido una experiencia cercana con este género?
Me gusta más escuchar música que leer o escribir. Prefiero ver por televisión una entrevista a Juan Diego Flórez que la de cualquier escritor. En los 90 tocaba el bajo en un grupo con amigos. tocábamos covers de Pixies, Oasis y The Clash. Éramos malísimos… Y siempre me gustó escuchar Hip hop. Tenía esta idea de que, si me volvía rapero, mi nombre sería Rapkolnikof… Algunos chicos me han pedido que escriba letra para canciones de Rap. Chicos que rapean y compiten en pelea de gallos. Eso es algo que me gustaría hacer.
El éxito literario le resulta esquivo a algunos personajes de tus cuentos. ¿Gianni Biffi como autor siente que ha alcanzado o se ha aproximado al éxito literario?
Creo que estoy contento por cómo la gente ha reaccionado al libro. El hecho que a la crítica le haya gustado y que todos hayan dicho que es algo distinto. Eso era importante para mí. No quería hacer otro libro sobre violencia política o autoficción. Esos temas están bien, pero creo que ya hay otros escritores peruanos escribiendo sobre eso. 5,635 para ser exactos… También me ha gustado mucho que escritores jóvenes como J.J Maldonado y Palomino le hayan gustado mi libro. Y también a Malena Newton que terminó siendo mi editora.
No puedo evitar hacerte esta última pregunta: ¿Cuántas editoriales rechazaron tu libro?
Bastantes. Pero no puedo quejarme. Cuando te conviertes al cristianismo ortodoxo, te prohíben ir de victima por la vida. La iglesia me quitó mi pasatiempo favorito.
El miércoles 25 de junio se realizó la conferencia de prensa de la Cámara Peruana del Libro (CPL) en el auditorio de la Biblioteca Nacional del Perú (BNP) para la presentación oficial de la 29° edición de la Feria Internacional del Libro de Lima. Este año el país invitado de honor es Italia, donde destacan tres autores literarios: Aurora Tamigio (Palermo, 1988) con su novela El apellido de las mujeres (Seix Barral, 2025); Carlo Vecce (Nápoles, 1959), especialista en Renacimiento y especialista en la figura de Leonardo Da Vinci con dos voluminosas novelas sobre estos temas: Caterina (Alfaguara, 2024) y Vida de Leonardo (Alfaguara, 2025); y Mario Calabresi (Milán, 1970) con un libro testimonial titulado Salir de la noche. Historia de mi familia y de otras víctimas del terrorismo (Libros del Asteroide, 2023).
También destacan otros invitados literarios que ya nos han visitado en distintas ediciones y que regresan a la FIL Lima 2025 para presentar sus novedades. De España llega Javier Cercas, quien presentará su último libro de no ficción El loco de Dios en el fin del mundo (Random House, 2025). También ha confirmado Rosa Montero con la novela Animales difíciles (Seix Barral, 2025) con la que cierra su saga de la detective Bruna Husky. Se suma el ganador del Premio Alfaguara 2017, Ray Loriga, quien presentará su última novela Tim (Alfaguara, 2025). De esta delegación española, quienes sí nos visitan por primera vez son la joven escritora sevillana, Irene Reyes-Noguerol, autora del libro de cuentos Alcaravea (Páginas de espuma, 2024) y Elisabet Benavent, autora de varios best-sellers románticos. Su último libro es Snob (Suma, 2024), además de varios títulos anteriores llevados a la pantalla.
De Argentina llega por primera vez Tamara Tanenbaum, ganadora del Premio Paidós 2025 con su ensayo Un millón de cuartos propios. También estará Guillermo Saccomanno, ganador del Premio Alfaguara 2025, con su novela Arderá el viento. Otro escritor que ya nos ha visitado es Kike Ferrari, autor de novelas policiales o de temática criminal, quien viene a presentar su novedad Si estás leyendo esto (Fondo de Cultura Económica, 2025). Otro visitante recurrente, muy querido en Perú, es el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, conocido como “el fotógrafo de los escritores”, ganador del Premio Escribidores 2025 otorgado por la Cátedra Mario Vargas Llosa por su destacada trayectoria. Mordzinski presentará su último libro cuyas fotografías siempre guardan relación con la literatura. Otra escritora argentina, pero radicada en España, es Valeria Correa Fiz, quien también nos visita por primera vez. Sus cuentos han sido publicados por Páginas de Espuma. Esta vez llega con un nuevo poemario titulado Cielo adentro (Isla elefante, 2025).
México se hace presente con el escritor y guionista Guillermo Arriaga, quien también vuelve a visitarnos para presentar su última novela El hombre (Alfaguara, 2025); y Amaury René Sánchez, ganador del Premio Yubartas 2024, por su novela Acequia (Peso pluma).
Por parte de Colombia sobresalen las escritoras Laura Restrepo, Premio Alfaguara 2004, quien también llega con una nueva novela titulada Soy la daga y soy la herida (Alfaguara, 2025) y Piedad Bonnett con su nuevo poemario Los hombres de mi vida (Visor, 2025).
Chile también se hace presente con dos nombres importantes en la literatura latinoamericana contemporánea. La primera es Cynthia Rimsky, ganadora del Premio Herralde de novela 2024, por su novela Clara y confusa (Anagrama). Y la segunda es la joven escritora Paulina Flores, quien también llega con su nueva novela La próxima vez que te vea, te mato (Anagrama, 2025).
Otro nombre que sobresale, y que también ya nos ha visitado, es la escritora puertorriqueña Mayra Santos Febres con nueva novela La otra Julia (Vintage, 2024; Alfaguara, 2025).
A todos ellos se suman una larga lista de escritoras y escritores peruanos que presentarán sus novedades durante esta 29° edición.
Otras menciones a considerar es el homenaje a Mario Vargas Llosa con una instalación titulada “Método Vargas Llosa”, además de una exposición de sus libros y rutas literarias. Otra actividad relevante es la conmemoración por los cien años de nacimiento de Nicomedes Santa Cruz. También se toman en cuenta los homenajes a otros escritores peruanos fallecidos en los últimos meses como Carlos Germán Belli, Nicolás Yerovi y Teresa Orbegoso. Por último, el Premio FIL 2025 será otorgado al poeta liberteño Leoncio Bueno Barrantes.
La fiesta de los libros y de la literatura ya ha sido anunciada. Empieza el 18 de julio y va hasta el 06 de agosto. Serán 20 días de actividades culturales para todas las edades. Están cordialmente invitados.
Joaquín Peón:” La sorpresa a menudo deriva de un encuentro con lo inusual”
Por Redacción El Hablador
Uno de los invitados internacionales a la más reciente Feria del Libro de San Borja fue el escritor mexicano Joaquín Peón Iñiguez (Ciudad de México, 1987). Apareció en la Antología de la Novísima Narrativa Breve Hispanoamericana (Grijalbo) y ha colaborado con diversos diarios, revistas, y un catálogo de fontanería. Trabajó tres años como coeditor de la revista Replicante. En Perú se publicó una nueva edición de Ciudad Pantano, vía Colmena Editores. Sobre ello conversamos en la siguiente entrevista.
Las ficciones paródicas tienen una tradición antiquísima que abarca incluso al mismísimo Quijote de la Mancha ¿Por qué crees que, a pesar de ello, cuando aparece un libro con dichos rasgos se genera una especie de sorpresa en la crítica?
Me parece que en la literatura, como en la vida, la sorpresa a menudo deriva de un encuentro con lo inusual. La parodia, como género en sí mismo, se practica poco, a pesar de que la mirada paródica tiene asomos en muchas escrituras.
Supongo, además, que existen ideas extendidas sobre qué es la literatura y cómo ello permea en el trabajo de escritores y críticos. Está bien que se siga alimentando la tradición de las formas canónicas. Y está bien que exista esa otra literatura en constante búsqueda de expandir los horizontes de lo literario. Ambas merecen la atención de la crítica que, por otro lado, opera de a menudo en función de criterios personales, políticos y sociales que trascienden el propio ideal de criticidad.
En Reencarnación del Cristo de Elqui’ realizas una especie de actualización del famoso personaje de Nicanor Parra usando versos también. ¿Qué tan cercano te sientes al mundo de la poesía? ¿Cómo hilar un personaje que es tanto bufón como crítico certero de su tiempo?
En estos momentos, en lo personal, me interesa más la poesía o lo híbridos o los cuadernos, que las narrativas tradicionales de ficción.
Sobre lo otro, me hace sentido que un bufón sea un crítico certero de su tiempo. Detrás de los géneros y los recursos humorísticos, con frecuencia hay un sentido de autocrítica o crítica social. Y la carcajada nos libera de todo lo que le cause gracia
En tiempos de redes sociales e IA, donde los límites entre lo que es cierto de lo que es falso se vuelven difusos, ¿dónde crees que se ubica la parodia como ejercicio de resistencia?
Creo que la IA, por ahora, tiende a estandarizar representaciones verbales de la realidad. La parodia, por otro lado, tiene la tarea de distorsionar las representaciones de la realidad y, más allá de eso, de sugerir una visión crítica sobre las políticas detrás de las representaciones consensuadas de lo real.
En ¿Qué hay dentro de la ventana? recreas la atmósfera de una de las más famosas novelas de Bolaño, quien es otro referente de este ejercicio de desacralizar a muchas figuras canónica, ¿cómo te sitúas como lector ante su obra?
Bolaño fue importante para mí en mis veintipocos. Leí con entusiasmo varios libros suyos. Algunos de sus personajes eran para mí como súper héroes que leían en la ducha, discutían libros en cantinas y se adentraban en el desierto en busca de una poeta perdida. Sin embargo, hace tiempo no lo leo. Mi camino lector me ha llevado por otras veredas, pero le guardo ese eterno cariño de juventud.
¿Hay algún autor u obra que te hubiera gustado agregar a ‘Ciudad Pantano’?
¡Muchos! Por un momento pensé que dedicaría mi vida a escribir parodias. Sin embargo, luego me pareció que el humor, por naturaleza y necesidad, a menudo sólo alcanza para hacer una representación un tanto reduccionista de nuestra compleja realidad. Desde entonces sigo en el proceso de descubrir cómo ser una persona crítica. Cuando escribí ese libro, pensé que la crítica que me interesaba practicar estaba en la irreverencia, en el humor, pero con el paso de los años la busqué también en la exploración de mi ternura, y ahora mismo lo hago mientras intento recrear mi mente con todas las voces que en ella habitan y lejos, afuera de sí, de esta idea ilusoria que uno se hace de ser un yo.
Creo que un amplio sector de la crítica literaria, al menos la mexicana, se encuentra en una transición de la solemnidad a la banalidad, es decir, vamos de mal en peor.