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Coyuntura Entrevista Reflexión

Entrevista a Benjamin Moser

Los que somos de Clarice no somos lectores, sino adoradores

Por Sebastian Uribe

Benjamin Moser (Houston, 1976) es escritor, editor y traductor. Ha sido columnista en Harper’s Magazine y The New York Times Book Review, y ha colaborado con The New Yorker y The New York Review of Books. Es el biógrafo de dos escritoras que marcaron el siglo XX: a Clarice Lispector le dedicó Por qué este mundo (Siruela, 2017), finalista del National Book Critics Circle Award, además de traducir su obra completa al inglés, labor por la que Brasil le concedió su primer Premio Estatal de Diplomacia Cultural. Y sobre Susan Sontag escribió Sontag. Vida y obra (Anagrama, 2020), que le valió el Premio Pulitzer de Biografía. En 2023 publicó en The New Yorker la entrevista perdida de Lispector, grabada en 1976 para el Museu da Imagem e do Som de Río de Janeiro.

Conversamos con él en la Feria Internacional del Libro de Lima 2024, durante su primer regreso al Perú después de veintiséis años, y compartimos esta entrevista ahora que Anagrama publica El mundo del revés, el libro sobre los maestros neerlandeses de la pintura. En esta charla, Moser cuenta cómo un curso de chino abandonado a las tres semanas lo llevó al portugués y de ahí a Lispector, a quien dedica sus días desde hace más de veinticinco años. También explica por qué quienes la leen conforman una iglesia, con una variedad de seguidores. Distingue entre la escritora que le rehízo el corazón y la que le rehízo la cabeza; y reflexiona sobre cómo ser biógrafo es una suerte de embajador de una persona que ya no existe más.

Foto: Philippe Quaisse

Deseo empezar esta entrevista hablando de Clarice Lispector y Susan Sontag, figuras clave en tu obra. ¿Podrías hablarnos de alguna influencia mutua que hayas descubierto entre ellas, alguna conexión que las haga dialogar entre sí como personajes o como escritoras?

Bueno, las dos son mujeres, las dos son escritoras, las dos son judías, las dos son, bueno, más o menos de la misma época, pero las diferencias son más grandes que las semejanzas, creo. Clarice era realmente una artista, una creadora. Susan era más una persona que miraba a la cultura, a la política, a la filosofía, y la biografía de Clarice se llama ¿Por qué este mundo?, pero es un título que habría podido dar a la de Sontag también. Pero ¿Por qué este mundo? es una pregunta que uno puede responder de muchas maneras, y las dos tuvieron respuestas muy distintas. Pero yo creo que lo que las une tal vez sea la relación del lenguaje, de la palabra. ¿Cómo la palabra forma y deforma el mundo y a las personas? Las respuestas son muy diferentes, pero para mí es fascinante porque las puedo comparar.

¿Cómo fue tu primer acercamiento a Clarice?  

Hablo español porque pasé mucho tiempo aquí.  Hablaba francés, que es más o menos la misma cosa que el español, pero luego me interesó Asia. En los años 90, Asia era el futuro, era todo lo que se tenía que hacer. Entonces, en la universidad decidí estudiar chino para complicarme la vida todavía más. Pasé como dos semanas, tres semanas tal vez, en el curso de chino, y me dije: por favor, no me voy a matar aprendiendo este idioma para que me termine costando diez años leer el periódico. Benjamin, no te tortures.

Entonces estudié portugués, que para quien habla español y francés, es el más fácil de los idiomas. Pero yo no sabía nada. No tenía nada que ver con Brasil, con Portugal, no  los conocía. Y es fascinante cuando uno conoce Latinoamérica del lado hispano y descubre este otro, tan vinculado, pero a la vez  tan distinto y tan interesante, tan rico. Yo caí como loco por Brasil, me encantó. Y la que más me llamó la atención fue esa escritora de la que nunca había oído ni el nombre, pero fue un amor a primera vista. Y me dediqué a escribir ese libro muy jovencito. Yo tenía como 24 años cuando empecé con este libro, porque tenía un afán de tornarla más conocida. Hasta en el Perú no es muy leída, ¿no? Hay alguna gente que la conoce.

Es una escritora casi de culto, sí.

Pues eso. Y yo tenía ese afán de ponerla en el lugar que se merece, ¿no? Entre los grandes escritores modernos. Entonces es una casualidad total. Si yo hubiera sido mejor en chino, no estaría aquí.

En particular, deseo profundizar en esta conexión que tienes con Clarice. El año pasado se publicó en The New Yorker esa entrevista perdida[1] a la que llegaste a través del periodista brasileño Júlio Lerner. ¿Puedes contarnos sobre esta experiencia?

Dicha experiencia ha sido una de las mejores cosas de mi vida. Porque yo me encontré con esa mujer muerta allá, de la que no conocía nada. Y a veces es como una pasión amorosa. Hay pasiones amorosas buenas y malas. No puedes destruirte la vida con una pasión errada, ¿no? Entonces yo llevo más de 25 años trabajando diariamente todavía. Hoy en día sigo trabajando por ella.

A veces ves cómo se desarrolla un nombre, ¿no? Una obra que la hemos traducido toda, toda la obra al inglés. Y del inglés  se pasa al coreano, se pasa al turco, se pasa al polaco. Y todo eso hemos hecho y acompañado. Ahora en Estados Unidos y en muchos otros países se ha vuelto una cosa que todavía tal vez sea de culto. Pero en el mismo Brasil era una escritora de culto también. Y con los años iba creciendo su fama y su iglesia. Porque los que somos de Clarice no somos lectores, sino adoradores. Somos una iglesia. Es una religión porque es algo que nos da tanto… Tanta riqueza, ¿no? Que no es una escritora más que nos gusta, sino que te enaltece la vida bastante.

Eso ha sido un placer enorme. Y descubrir cosas. Porque cuando uno se lanza a esas cosas, van llegando más cosas, ¿no? Y como yo soy el biógrafo, el traductor y todo eso, que he hecho todo eso por ella, esas cosas me llegan muchas veces a mí. Esa entrevista la hemos publicado en inglés con el audio en portugués que se conocía un poco por algunos especialistas, pero nunca había llegado a ese nivel de la gloria que es una revista como esa, ¿no? Y fue una de las cosas más leídas del año en la revista.

Sí. Aquí tengo a mis amigos lispectorianos y mi enamorada también es muy fan de Clarice. Cuando se publicó, fue compartida por todas las redes sociales.

Entonces la iglesia se va ampliando cada vez más. Y uno lo siente, es una alegría porque muchas veces nosotros hacemos trabajos que no tienen repercusión. Puedes escribir una cosa muy buena, para ti muy buena, pero no le afecta a nadie. Pero a veces a uno le toca la lotería, y para mí  esa era Clarice, un  amor correspondido.

 Encuentro una frase en tu libro sobre Sontag en la que afirmas que para ella “escribir se convertiría en sinónimo de escapar”. ¿Cómo percibes ello al dedicarte a investigar y escribir sobre las vidas de otras personas?

Algo que he descubierto y que no me imaginaba antes… es decir, ahora lo digo que soy biógrafo, pero yo inicialmente tenía un rechazo a la palabra porque cuando escribes puedes decir: él es poeta, él es periodista, él es no sé qué. Entonces te ponen una estampilla en la cara y si tú eres periodista y quieres escribir poesía, te dicen: no, pero tú eres periodista… Es el mercado editorial que te impone una identidad que no es la tuya, que uno no se considera no más una cosa, sino un escritor.

Pero yo creo que contando las vidas de las personas, yo tengo mucha política escondida, enterrada, pero una filosofía de cosas que si fuera puramente filosofía, sería un poco aburrido. Porque cuando uno lee esas cosas, por ejemplo, cuando uno ve la diferencia de la palabra, de la metáfora y la persona, es una cosa un poco teórica, pero cuando uno la encuentra en la vida de una persona , puedes entender cómo se ha llegado a eso ¿Por qué Susan Sontag estaba dividida entre su cuerpo y su mente? Bueno, es una cosa un poco teórica, pero cuando uno ve lo sísmico en ello ––por eso que utilizo esa metáfora–– es un sismo entre lo que se es en la cabeza y lo que se es en la piel, en los huesos.

Por eso yo creo que las biografías te dan el derecho de hacer que las personas vean la realidad que llega a algo que puede parecer abstracto. Por eso pongo muchísimas cosas filosóficas, históricas, culturales, en una vida de alma y corazón. Yo creo que la biografía te permite hacer eso de una forma bastante diferente de otras formas de escribir.

Nos has contado sobre tu conexión con Clarice y ahora quiero preguntarte por la biografía de Sontag. ¿Hubo algún momento específico en el que sentiste una conexión personal con ella?

Sí, yo estaba en el Brasil, que era una cosa de predilección para mí, como te he contado, y que con los años se convirtió en una cosa de trabajo. Yo iba a Brasil para trabajar, pero un día que tuve libre pensé: estoy listo con Clarice Lispector. He hecho todo, así que ahora voy a la playa, al museo,a aprovechar un poco la ciudad.

Y ese mismo día me llegó una invitación para escribir la biografía de Susan Sontag, que era la persona más emblemática, tal vez, de la cultura americana de su tiempo. Bueno, yo sabía que lo iba a hacer porque no hay cómo decir no a esa invitación. Pero yo no la conocía mucho. Era una escritora que yo conocía de las cosas que uno que estudia letras sabe, alguien que se lee en la universidad, los ensayos famosos, algunos libros que son colecciones de ensayos. Los había leído, pero de chico, de estudiante. Una obra de una majestad, de un tamaño intimidante. Uno se da cuenta de que no son solamente unos ensayos, sino toda una vida.

Además, ella es difícil de leer. Es una persona que si tú me dijeras: Benjamin, tienes una hora aquí en la piscina, léete un libro. Susan Sontag no es el libro que voy a escoger, ¿entiendes? Es algo que te exige bastante dedicación y concentración. Tú no puedes ser tonto mientras lees a Susan Sontag. Tú tienes que ser el chico más inteligente que tienes dentro de ti, ¿no? No puedes ser perezoso. Entonces, es un esfuerzo que uno tiene que hacer para llegar al nivel de ella y para llegar a entender lo que está diciendo ella.

Es algo como hacer gimnasia,  Es como cuando has comido mucho para Navidad, estás gordo, entonces el primero de enero vas al gimnasio para ponerte en forma. Ella es algo que mentalmente me ha puesto en forma. Y yo me sentía con las semanas, con los meses más fuerte, más inteligente, más agudo, más penetrante. Porque lo que te da ella es una manera de ver detrás de lo que tú piensas. Porque todo el mundo piensa lo mismo, básicamenteY todos los lugares comunes que tú tienes, ella los explota, pero hay que darle tiempo.

Entonces, al final de ese camino llegas a ser distinto. No eres la misma persona que entró en ese laberinto. Eso me ha fascinado. Clarice es alguien más de las entrañas, alguien que te rehace el corazón. Y Susan te rehace la cabeza de una forma que es un poco peligrosa también, porque nada de lo que tú pensabas, nada, era cierto, ¿no? Ambas tienen una fuerza desestabilizadora.

Yo creo que los mejores libros te cambian la cabeza. Los libros indiferentes que te dejan igual, finalmente los olvidas. No te dejan una huella.

Me gusta bastante esa forma en que te impacta lo que lees al momento de escribir.

Es algo distinto porque después tú tienes una cabeza ajena, una cabeza que no tenías hace seis meses. Y con esa cabeza nueva la tienes que describir para los que van entrando en el laberinto. Yo quiero que sea comprensible. El peligro de Susan Sontag es que leerla te hace más inteligente que los demás. Entonces, hay muchos seguidores sontagianos que empiezan a reír del mundo y a explicar todo a los pobres imbéciles alrededor. Eso no era lo que yo quería. Yo quería invitar a las personas a llegar conmigo por este laberinto,  no rechazarlas.  Es lo que pasa muchas veces con cosas intelectuales que son un código de un grupito exclusivo que desea mantenerlo así. Yo quiero invitar a más gente a tener las mismas experiencias que tuve yo con esta persona.

¿Y cuántos años te tomaron ambos libros?

Bueno, el de Clarice lo escribí en cinco años. Pero como ella casi no era traducida al inglés, fueron veinte años más. Entonces, mientras estaba escribiendo el libro de Sontag, estaba traduciendo a Clarice. Susan Sontag me tomó ocho años, creo. Pero se publicó como cuatro semanas antes de la pandemia del COVID, hacia finales de 2019. Es por ello que la historia póstuma de Susan Sontag ha sido más larga, tal vez. Porque no he hecho las cosas que uno suele hacer con las presentaciones, las ferias y todo eso. Todavía estoy trabajando por ella.

Y a nivel de escritura, ¿cómo ha sido desconectarte? O sea, una vez que el libro fue entregado, ¿cómo es este proceso? Cuando ya no estás investigando pero la idea sigue rondando

Sí, es el peligro que tienen las biografías. La otra noche en Lima, me dijo un señor en una fiesta: ah, yo conocí a Susan Sontag. Bueno, eso me pasa como diariamente, ¿sabes? Porque tú eres un poco el embajador o el representante de una persona que ya no existe. Entonces, la gente te confía historias.

Entonces, yo no creo que puedas desvincularte. Tampoco lo quiero, porque son personas que son como familia. Es como mi abuela muerta, por ejemplo. Y me da una alegría cuando alguien te pregunta: ah, me acuerdo de tu abuela, que cuando era niña la conocí. Vivimos en la misma calle o algo así. Es algo familiar. Pero con el tiempo imagino que se irá quedando menos. Pero tal vez no, porque Clarice son 20 años y todavía me escriben e-mails y en Instagram me escriben diariamente. Pues no sé.

Ambas comparten, además, que como son figuras míticas hay muchas versiones sobre el mismo hecho.

Claro.

Hay algo que escribes sobre lo que ellas pensaban o en lo que creían. Por ejemplo, me gustó mucho cuando Sontag habla de su relación con los judíos. Como algunos decían: no, ella siempre lo practicó. Pero otra persona decía: no, no estaba muy alejada. Me parece fascinante cómo lo muestras. ¿Cómo fue tu proceso de decisión sobre qué poner en el libro o qué versiones mantener?

Es interesante cómo estamos hablando de las dos biografías, porque la primera era la obra de un chico de veinte y pocos años. Y yo no quería ofender a la gente, pero tampoco sabía -me imagino que en el Perú es igual que en Brasil-  que, al hablar de las figuras consagradas de la cultura nacional, uno se debe andar con mucho cuidado. Yo no sabía qué cosas ofenden a la persona. Quizá piensas en sexo, pero el sexo no ofende a nadie, es interesante. Lo que toca son cosas que uno no espera.

Entonces, en la segunda biografía me dije: bueno, las opiniones son distintas. Como soy norteamericano, sabía exactamente dónde están los campos minados, porque es algo que uno conoce en su propia cultura. En Brasil no lo sabía, entonces yo por ignorancia escribía cosas que ofendían a la gente. Entonces en la segunda biografía, me daba más libertad, pero también sabía lo que sabe un estadounidense. Por ejemplo, si tú eres peruano y escribes una biografía de César Vallejo, tú sabes que te estás poniendo una soga al cuello y que hay 80 mil especialistas, que hay el primo que a nadie le gusta, que hay la hermana difícil, todo eso se sabe. Pero si tú, si tú eres de Corea y escribes sobre César Vallejo,  tienes más libertad.

Entonces yo tenía y no tenía esa libertad, porque en tu propia cultura tú sabes exactamente quién te va a escribir un email, quién te va a cancelar. Pero no puedes agradar a todo el mundo, es imposible. Cuando me di cuenta de eso, me sentí más libre, no intentaba más, porque sabía que alguien se va a ofender, así que lo escribía con tranquilidad y fue más fácil.

Has escrito sobre dos figuras tan emblemáticas. ¿Hay algún otro personaje que te gustaría biografiar en el futuro?

Bueno, algo que me encanta es investigar. El próximo libro que publicaré, que saldrá en Anagrama el año que viene[2], es biográfico, pero es sobre artistas holandeses, una biografía en grupo de la Edad de Oro holandesa, pero también sobre mi experiencia. Porque yo me fui a vivir a Holanda cuando era bastante joven y me quedé en ese país. Es una meditación sobre mi proceso de ser extranjero en otro país, la experiencia de ser inmigrante.

Y otro libro es una biografía grupal sobre los judíos que se opusieron y se oponen al sionismo[3]. Que es algo que mucha gente no sabe que existe. Judíos que se oponen al Estado de Israel, como yo. Una manera también de enseñar una cuestión no solo política, en este caso, sino también religiosa, pero por las vidas de las personas. Yo creo que llegando a la vida, por la vida de una persona, se entienden mejor las ideas que motivan nuestras vidas.

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Libros del autor

Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector

Siruela, 2017. 496 pp.

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Sontag. Vida y obra

Anagrama, 2020. 832 pp.

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El mundo del revés. Encuentros con los maestros neerlandeses

Anagrama, 2025. 496 pp.

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[1] “A Lost Interview with Clarice Lispector”, The New Yorker, 13 de febrero de 2023. Moser tradujo y publicó allí la conversación más extensa que dio Lispector, grabada en octubre de 1976 para el Museu da Imagem e do Som de Río de Janeiro por Marina Colasanti, Affonso Romano de Sant’Anna y João Salgueiro, catorce meses antes de su muerte. https://www.newyorker.com/culture/the-new-yorker-interview/a-lost-interview-with-clarice-lispector

[2] El mundo del revés. Encuentros con los maestros neerlandeses (Anagrama, 2025), con traducción de Albert Fuentes.

[3] Anti-Zionism. A Jewish History (Doubleday, 2026)

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Entrevista a Ramiro Sanchiz

La música está en todo lo que escribo

Por Sebastian Uribe

Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978) es una de las voces más eclécticas de la narrativa latinoamericana contemporánea. Escritor, ensayista y traductor, se ha desempeñado también como librero, profesor, redactor y periodista cultural. Es autor de una obra muy prolífica en la que destacan títulos como La historia de la ciencia ficción uruguaya(2013), Las imitaciones (2016), Verde (2016), David Bowie, posthumanismo sónico (2020), La anomalía 17 (2023) y Krautrock (2023).

Aprovechamos su paso por Lima para participar en el Coloquio de Filosofía POP “Filosofía en la pantalla. Narrativas audiovisuales y formación de imaginarios culturales”, organizado por la Pontificia Universidad Católica del Perú, para conversar con él acerca de libros como Caída libre (2017), La expansión del universo (2018) y Un pianista de provincias (2022), y a partir de ello explorar distintos temas, como su relación con el Uruguay, la música, Felisberto Hernández, el weird y la evolución de su “macronovela”, el Proyecto Stahl.

Foto: Víctor Raggio

En Caída libre abres con un epígrafe que dice “Manchester me creó amargado y resentido” para contarnos en la página siguiente que viviste la peor fase de la crisis económica de inicios de siglo, el 2002 específicamente, en el Uruguay y a los veintitrés años. En retrospectiva, ¿cómo percibes que te impactó ese evento en el largo plazo? ¿Percibes algo de ello en tus ficciones?

Bueno, en ese momento (julio de 2002) yo todavía vivía en la casa de mis padres; me dedicaba especialmente a la música y, si bien seguía escribiendo, mi vida giraba en torno a las preocupaciones de los músicos de un sector alternativo o marginal (como era en el contexto del rock uruguayo la música que tocaba junto a mis compañeros de banda). Daba clases de guitarra y me las arreglaba relativamente bien: tenía cierta sensación de que podía ver la construcción de un futuro (más allá de lo que pudiera pasar con mi banda también seguía pensándome como un escritor en proyecto). Esto no se vio afectado del todo por la crisis, al menos no en cuanto a la economía; sin embargo, esta posición de relativo privilegio contrastaba muchísimo con el destino de mis amigos y amigas de ese momento y, por supuesto, con lo que podía sentir en cuanto a los afectos a nivel colectivo.

El Uruguay siempre tuvo (o al menos esa es la construcción de identidad en que hemos creído colectivamente) una suerte de melancolía o sensación de parálisis, de escasez de energías y flujos culturales, de que en muchas iniciativas siempre remamos a contracorriente; con la crisis del 2002, evidentemente, eso se agudizó y esa melancolía, parálisis y escasez se convirtieron en el despliegue de una derrota que, para colmo, se sentía como un déjà vu. Si algún crítico dijo en su momento que Esperando a Godot es una obra donde no pasa nada dos veces, el Uruguay nunca estuvo más cerca de ser un país beckettiano que durante esos años.

También cuentas en dicho libro que tuviste una banda de muy joven —Space Glitter— y has publicado, además del mencionado, otros títulos dedicados a una canción de Alfredo Zitarrosa y a la figura de David Bowie. ¿Cómo es la influencia de la música en tu proceso creativo?

La frase rimbombante sería que no hay para mí vida sin música; si se tratara de ir un poco más al detalle o la precisión, diría que siempre hay música en mi vida, que la música está en todo lo que escribo. Esto quizá tenga un origen doble: primero que nada, por supuesto, mi entusiasmo y amor por la música, que seguramente se lo debo a mi madre y los discos de The Beatles que escuchaba conmigo cuando yo tenía cuatro años (podría añadir haber crecido en el Barrio Sur de Montevideo, impregnado de la ritmáquina afrouruguaya del candombe, y luego de haberme mudado al barrio Atahualpa, al que se adhieren los ecos más tristes del romanticismo tardío, de Debussy, de Satie; y, todavía más, de mi adolescencia en un contexto de clase media anglófila en el que la historia del rock, desde Elvis hasta Nirvana, era considerada el texto sagrado y las vísceras en las que debíamos leer nuestro destino); y, segundo, mi devoción un poco más tardía por escritores de la tradición simbolista francesa y, todavía más, sus herederos del alto modernismo, Proust, Joyce, Eliot, para saltar después hacia Raymond Queneau y Georges Perec, con sus procesos, sus variaciones, sus pautas de desarrollo narrativo y estilístico tan algorítmicas como intuitivas, tan maquínicas como orgánicas.

El futuro es una idea, una entidad, que atraviesa muchos de tus libros, desde su ausencia, su interrupción, hasta todas las posibilidades que se pueden desprender de ella y que son inevitables a veces, jugando incluso con lo ucrónico. ¿Cómo percibes que ha sido la evolución de ese tiempo por ocurrir para Federico Stahl y en tu obra en general?

Es curioso, porque si bien considero haber sido forjado en la fragua de la contracultura cienciaficcionera (o la ciencia ficción contracultural) uruguaya, nunca pude escribir cuentos o novelas de un futuro lejano (como el de los libros de Asimov o Herbert o Le Guin que tanto me entusiasmaban a los dieciséis años) sino que, quizá dando por sentada esa cancelación uruguaya del futuro, siempre me salió más naturalmente escribir ucronía o relatos de mundos paralelos; en lugar de mirar adelante, digámoslo así, miré hacia un costado.

Después, ya a mis treinta y tantos años, la lectura de Fisher y la relectura de Ballard y Lovecraft me hicieron caer en la pregunta por la producción cultural de la idea de futuro y de los futuros específicos, y creo que eso terminó por resignificar ese interés que tuve siempre por la ucronía; más adelante, al pensar en términos del weird posthumanista, el futuro empezó a convertirse en el lugar no humano por excelencia: el lugar de una xenopoética, el lugar de la disonancia cognitiva, el lugar de la mutación.

Fechas el 6 de noviembre de 2004, día de tu cumpleaños número veintiséis, como el origen del proyecto enciclopédico de Federico Stahl, al que denominas, al final de Los acontecimientos, una «macronovela». ¿Cómo ha ido evolucionando dicha empresa desde su origen, hace veintidós años? ¿Cuáles son los cambios más significativos que le han ocurrido en los últimos años?

Me atrae especialmente la idea de un tipo de juego cuyas reglas van cambiando; un juego cuyos resultados (si se tratara de un juego de rol, por ejemplo, la historia que va desenvolviéndose a partir de las guías del master) inciden sobre las reglas y las modifican. Para mí, el Proyecto Stahl funciona de esa manera: lo que escribo retroalimenta el proceso y lo modifica, poniendo nuevos énfasis en ciertas prácticas, en ciertos temas. Así, de un momento ante todo realista (mis primeras novelas, muy centradas en mi experiencia con la música), de un «retorno» a la ciencia ficción basado en la ucronía (2008-2014, supongo), de un interés por el weird y el posthumanismo (2016 en adelante), de la búsqueda de lugares más experimentales (la teoría ficción, por ejemplo, en mis libros Guitarra negra, de 2019, y Ejercicios de dactilografía, de 2022), ahora estoy indagando en una estética necromodernista, que reanima (como el doctor Frankenstein los pedazos con los que creó su criatura) los fragmentos de la tradición modernista y vanguardista.

Pensar en estos términos de géneros y estilos hace que ponga énfasis en distintas prácticas: la variación del tema de una novela a otra pautando cambios de género, por ejemplo (como pasa entre mi novela Verde, de horror lovecraftiano, y La expansión del universo, una novela realista: ambas cuentan esencialmente la misma historia, o ambas plantean historias muy distintas cuyos cambios dependen de una misma premisa llevada a otro género narrativo), o el uso de estructuras musicales (la forma sonata en mi reciente La colisión), o la producción de textos modulares que ensamblan un todo no lineal (que sería mi manera más reciente de ver al proyecto completo).

En una entrevista para Coolt comentaste que, a partir de la traducción de un par de títulos de Nick Land, diste con una manera de escribir que alimentó algunas zonas de tu escritura. ¿Podrías contarnos más sobre ello? ¿Cuáles fueron los principales desafíos de dicha traducción?

Land es un autor controversial al extremo, un provocador radical. Yo resueno especialmente con su filosofía de los años noventa y con sus reflexiones posteriores sobre el horror, y no comparto en lo más mínimo su giro político, su entusiasmo por la neorreacción y su idea de la «ilustración oscura» (lo cual no necesariamente lo hago desde una crítica desde el humanismo y el progresismo ingenuo, sino que intento hacerlo desde las bases del propio pensamiento landiano); pero más allá de esto, Land es un escritor: alguien que se ha movido en la zona intersticial entre la poesía, el ensayo y la ficción.

Ese lugar inestable produce un estilo igualmente inestable, que retoma tanto al Burroughs de la Trilogía Nova como al Joyce de Finnegans Wake y a Deleuze y Guattari en Mil mesetas. Todo esto puede pensarse como un conjunto de virus que se replicaron en mi escritura y la hicieron mutar, para bien (me entusiasma, me provoca, me suscita a seguir indagando) y para mal (mis libros no necesariamente se llevan bien con ciertos editores o ciertas pautas o circuitos del sistema literario).

En un pasaje de Un pianista de provincias, Federico Stahl se dice a sí mismo que la vida errante debía ser mejor que su sedentarismo solitario en casa. Esta idea de evasión de un destino magro, ¿qué tan factible es en nuestros días? ¿Internet y las redes funcionan como escape o son otra expresión de esa sensación de enclaustramiento y desazón?

Esas secciones de la novela fueron escritas durante la pandemia de covid, cuando por mucho tiempo sentí una suerte de cancelación de posibilidades o reformateo de potencialidades, de giro efectivo en el curso de los acontecimientos (y un giro imprevisto, incontrolable, vinculado a un virus) que me llevaba a preguntarme por lo que pudo haber sido, por los futuros que estaban siendo cancelados en vivo, por decirlo de alguna manera.

Por otro lado, el escape es lo que define lo real: real es aquello de lo que inevitablemente hemos de escapar; la internet y otras tecnologías solo modulan esa posibilidad cultural (posiblemente de los miembros de la familia Homo, ya desde los neandertales o quizá en poblaciones todavía anteriores) de codificar simbólicamente lo posible, lo especulativo, la ficción.

La maraña de plástico que es central en Un pianista de provincias me recordó mucho al cerco de Redoble por Rancas, de Manuel Scorza, pero también al aire tóxico de Mugre rosa, de Fernanda Trías: entidades mortales que parecen haber crecido exponencialmente de un momento a otro y cuya victoria sobre los humanos parece inevitable. ¿Cómo surgió esta entidad tan feroz? ¿Qué tan catastróficos ves los próximos años, entre el daño causado por el propio ser humano y los embates de la naturaleza vistos en los últimos meses?

La maraña surgió por una reflexión sobre la historia del plástico. Tenía pensado escribir un libro que se titulara Historia natural del plástico y que comenzara con los depósitos del carbonífero, los hidrocarburos atrapados en la corteza terrestre, ese pliegue entre lo natural y lo geológico (eso que Benjamin Bratton llama lo planetario), luego el petróleo extraído y su activación y aceleración de la industria, hasta la petroquímica, los plásticos y nuestra vida afectada y configurada por ellos. Imaginé que si una forma de vida pudiera metabolizar el plástico lograría una ventaja evolutiva en relación a todas las demás, para las que el plástico es incluso tóxico; esa ventaja redundaría en una multiplicación o proliferación, pero también me interesaba que esa entidad proliferante se hiciera eco de esa problematización de los límites entre lo orgánico y lo geológico, entre lo natural y lo artificial.

La novela deja un enigma, sin embargo: ¿por qué se detuvo la proliferación de maraña? ¿Qué mecanismos sirvieron de regulación espontánea a esa multiplicación? El mundo de la novela, de hecho, no está consumido por la maraña, sino que esta se dispone en zonas, en las que los humanos despliegan nuevas subjetividades del mismo modo que el nosotros presente es producido por tecnologías derivadas de los hidrocarburos, sean los celulares y las computadoras, los televisores, la intervención del plástico en la industria de la salud, etcétera.

El título y el oficio mismo de Federico Stahl en esta novela evocan la figura de Felisberto Hernández, sobre quien has escrito en diversas ocasiones. ¿Qué tanto sigue irradiando su obra en la tuya? ¿Califica como weird también?

Sin duda. Si bien la novela no bebe directamente de un anecdotario felisbertiano (hay apenas cuatro alusiones muy disimuladas), la apropiación de Felisberto como un escritor del weird, o el proto-weird, o el weird retroetiquetado me parece fascinante, y sigue suscitándome escrituras. El eje Felisberto-Levrero-Marosa me parece lo más interesante de la literatura uruguaya del siglo XX (junto a Onetti, por supuesto, aunque transite por otros caminos, o también a la hermosa obra poética de Amanda Berenguer).

Emilio Scarone es uno de tus personajes más extravagantes e hilarantes, cuya mención en La expansión del universo sirve para parodiar el mundo editorial de la ciencia ficción rioplatense. ¿Se ha sofisticado respecto a décadas anteriores? ¿Cuáles son aquellas marcas que lo hacen único respecto al de otras latitudes?

Emilio está más o menos basado en un personaje real, que —hasta donde sé, porque no hablamos desde hace al menos diez años y tengo entendido que está muy ofendido conmigo— sigue anclado en los noventa. Creo que a buena parte del fandom —y no solo en el Uruguay— lamentablemente le pasa lo mismo. Escritores que solo leen ciencia ficción, que sostienen una relación de suspicacia, fascinación y desconocimiento de lo que perciben como el mainstream que los margina, etcétera. Hace unos años pensé que esa actitud de viejo escritor noventero estaba superada, pero lamentablemente no es así.

Citas dos obras latinoamericanas recientes como buenas representantes de lo weird: Materiales para una pesadilla (2021), del argentino Juan Mattio, y Parásitos perfectos, del colombiano Luis Carlos Barragán. ¿Qué puntos en común y qué diferencias encuentras entre ambos títulos? ¿Cómo ubicarías tu obra en relación con ellos?

El gusano y Parásitos perfectos, de Luis Carlos, son paradigmáticas de una ciencia ficción que se apropia de la tradición del weird tanto en su variante literaria (desde Lovecraft o el old weird hasta el new weird de China Miéville, Jeff VanderMeer y Paolo Bacigalupi, pasando por M. John Harrison) como desde el pensamiento, en particular las ideas de Mark Fisher. Materiales… y la más reciente La nación de los sueños diurnos comportan una lectura del modelo desplegado por Barragán y una orientación hacia formas más experimentales en lo formal, en particular la teoría-ficción.

Yo siento que mi novela Verde, publicada en 2016 y escrita en 2015, podría pensarse como una suerte de precursor inconsciente o intuitivo de esto (del mismo modo que parte de la obra de Alberto Chimal y Jorge Baradit, más Nefando, de Mónica Ojeda, y buena parte de la obra de Giovanna Rivero); más cerca del presente, esta cosa intuitiva se volvió en mí un poco más programática, pero ahora siento que necesito mudarme del territorio del weird, o al menos del weird en tanto narrativa sobre asuntos *weird*, para pasar a objetos literarios que sean *weird* en sí mismos: libros que uno no sabe cómo usar, cómo generan significado. En esa línea he estado pensando en la noción que mencioné en una pregunta anterior de «necromodernismo» como reactivación o reanimación de una serie de tradiciones y modos de escritura que van desde Joyce hasta Antonio Moresco, y de lo que el australiano-checo Louis Armand podría considerarse el autor paradigmático. Algo de esto veo en la obra más reciente de Mattio, y también en la diversidad estilística de Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, de Roberto Chuit Roganovich, y ahí está, en mi opinión, lo más interesante de la escritura contemporánea.

¿Nos podrías recomendar un disco o una película que te haya gustado recientemente?

Sí: el segundo disco de Angine de Poitrine; Alien Metal, de King Gizzard and the Lizard Wizard; y también Inferno, de Boards of Canada; el Eraserhead de Xiu Xiu; Nine Inch Noize, el fabuloso disco de remixes en vivo de Nine Inch Nails; más discos que vengo escuchando muchísimo desde hace dos años, como Absolute Elsewhere, de Blood Incantation, y Goldstar, de Imperial Triumphant.

En cuanto al cine, no he explorado mucho últimamente, sino que me he dedicado más bien a revisitar favoritas de la última década, como Mandy, de Panos Cosmatos, o la tercera temporada de Twin Peaks.

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Libros del autor:

Caída libre

Estuario Editora, 2017. 120 pp.

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La expansión del universo

Literatura Random House, 2018. 176 pp.

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Un pianista de provincias

Random House, 2022. 288 pp.

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Comentario sobre textos Coyuntura Entrevista Miscelánea

Entrevista a Ray Loriga

Cada vez hay menos literatura y más libros

Por Sebastian Uribe y Alessandro Campos

En toda conversación sobre narrativa española contemporánea uno de los nombres ineludibles es el de Ray Loriga (Madrid, 1967), una de las apariciones más fulgurantes de la escena literaria de los años noventa que ha sabido reinventarse y mantenerse vigente título a título. Novelista, guionista y director de cine, es autor de novelas como Lo peor de todo (1992), Héroes (1993), Caídos del cielo (1995), Tokio ya no nos quiere (1999), Trífero (2000 y 2014), El hombre que inventó Manhattan (2004), Ya sólo habla de amor (2008), El bebedor de lágrimas (2011), Za Za, emperador de Ibiza (2014), Rendición (2017; Premio Alfaguara de novela), Sábado, domingo (2019), Cualquier verano es un final (2023) y Tim (2025); y de los libros de relatos Días extraños (1994), Días aún más extraños (2007) y Los oficiales y El destino de Cordelia (2009). Traducido a quince idiomas, tiene una de las obras mejor valoradas por la crítica nacional e internacional. Como guionista de cine ha colaborado, entre otros, con Pedro Almodóvar y Carlos Saura.

Fue uno de los invitados de la Feria Internacional del Libro 2025, por lo que en esta entrevista hablamos de Tim , su novela más reciente, pero también sobre los límites y alcances de la memoria, su relación con Kafka y Felisberto Hernández, el desvío de las fórmulas narrativas y las recompensas del oficio literario.  También conversamos sobre libros suyos más antiguos como Trífero o Caídos del cielo y sobre su conexión con Bryce Echenique, el reconocido autor peruano fallecido a inicios del presente año.

Ray Loriga – ©Diego Lafuente

Leímos que estabas en un proceso de mudanza. ¿Te vas de Madrid a Trujillo?

Sí, al Trujillo de España[1] [risas]. La verdad es que las últimas tres novelas las escribí allí; había encontrado un lugar para escribir que me rendía más el tiempo. La vida en un pueblo pequeño es mucho más agradable, ya a mi edad; salir de Madrid me apetecía. Tomé la decisión, junto con mi mujer, de irnos a vivir allí definitivamente. Estoy muy contento: es un pueblecito precioso, histórico, pequeño pero monumental, con todo lo que representa históricamente. Me ha agradado mucho.

Revisando tus novelas notábamos que Lo peor de todo comienza con una imagen muy potente: un chico que le arroja a otro un artefacto explosivo como respuesta al acoso que sufría. En cambio, en Cualquier verano es un final y en Rendición hay imágenes más de resistencia, de sosiego; ya no hay una respuesta tan violenta, sino algo más calmado, más reflexivo. ¿Hubo un cambio de sensibilidad?

No diría un cambio, sino una evolución natural. Cuando eras pequeño en el colegio —que es un poco de lo que hablaba esa primera novela, el adolescente— a veces no tienes más herramientas que la violencia para defenderte de la violencia; es una especie de legítima defensa. Con la edad y el aprendizaje encuentras maneras más efectivas de defenderte que esa primera respuesta violenta, idéntica a la violencia que se ejerce contra ti. Probablemente mi forma de autodefensa se ha ido volviendo más racional, más intelectual, que física.

En Trífero y en Tim hay un tema en común: en Tim, un trabajo con la memoria; en Trífero, un personaje del que no se entiende muy bien quién es ¿Al momento de escribir la memoria llega a ser una trampa o una herramienta?

Es un tema que me interesa; esa es mi pregunta clave: la memoria, ¿nos conforma o nos limita? ¿Nos hace o nos encarcela? Uno es, hasta cierto punto, lo que le han dicho que es, y luego lo que va haciendo y lo que va recordando de lo sucedido. Me parece que, según se avanza en la vida, uno va formando una especie de celda alrededor de la identidad; en cambio, considero que cualquier mente pensante es lo que proponga a continuación sobre sí misma: todavía quedan espacios por andar y por descubrir. Darse por limitado simplemente por lo sucedido o lo recordado me parece irritante.

He escrito mucho sobre eso; en Tokio ya no nos quiere todo es una construcción sobre el tema de la memoria: la memoria personal, la memoria colectiva, la memoria de una sociedad. Hasta qué punto existe, por ejemplo, un carácter peruano basado en la memoria de lo que hemos aprendido de nuestros ancestros, y hasta qué punto eso nos limita, tanto al individuo como a la sociedad; y qué expectativas hay fuera de lo ya hecho, de lo aprendido, de lo heredado, de la memoria de otros, la memoria histórica. Es un tema que me parece muy interesante en contraposición con el tema fundamental de la libertad, el libre albedrío: hasta qué punto uno tiene posibilidad de escapar de todas estas trampas con una propuesta nueva.

En Ya sólo habla de amor hay un personaje que, en un tono un poco jocoso, dice que Kafka era para él como una condena. Siento que esa presencia ha estado ahí, en Rendición y también en tus primeras novelas: esa idea de la celda y el anhelo de libertad. ¿Cómo es hoy tu relación con Kafka?

Kafka es uno de los escritores que llamaría pivotales en mi formación como escritor, desde el inicio. Llegué a viajar a Praga peregrinando detrás de él: encontré la pensión donde pasó sus últimos años, seguí sus pasos de alguna manera, visité su tumba para presentarle mis respetos, pero también, ingenuamente, para ver si se me pegaba algo. Desde luego que no se te pega nada por ponerte encima de su tumba, pero leyéndolo y releyéndolo sigue siendo uno de mis escritores clave. Como puede serlo Samuel Beckett, como puede serlo Virginia Woolf, como puede serlo Elizabeth Bishop, como puede serlo Patricia Highsmith. Hay muchos escritores, pero hay algunos que, aparte de entusiasmarte por cómo escriben, sientes que podrías caminar no muy lejos de ellos, aunque sea por otros caminos, los que a cada uno le corresponden. Probablemente sea una ilusión vana, pero sigo intentándolo.

Hablando de referencias, recordamos tu prólogo a la Narrativa reunida de Felisberto Hernández[2], del que hablaste también con mucho entusiasmo. Y tu última novela, Tim,  conecta con Las Hortensias, por así decirlo, en esta pregunta de qué es lo que hace humanos a los sistemas —que es la pregunta de siempre—, pero también en cómo se entrevén las tecnologías que van surgiendo.

Sí, hasta qué punto… Ahora estamos, por ejemplo, con este parámetro medio novedoso de la inteligencia artificial, y hasta qué punto no nos tendría que hacer pensar qué es lo que verdaderamente nos hace ser lo que somos. Lo que es capaz de copiar la inteligencia artificial son fórmulas, fórmulas repetidas, fórmulas ya hechas dentro de unos parámetros muy concretos; en ese sentido, sí, puede parecer que casi nos igualan. Pero, por otro lado, si uno profundiza en lo que hace al lenguaje literario tan apasionante a lo largo de los siglos, es precisamente que escapa a todas esas fórmulas; en ese sentido me parece algo todavía inalcanzable para cualquier mecanismo de lenguaje artificial.

Me interesa el tema: digamos que ante toda tecnología hay tres posibilidades. Temerla; abrazarla con pasión, lo cual también me parece un absurdo; o reflexionar sobre cómo nos hace profundizar realmente en lo que somos o deberíamos ser.

En tu narrativa hay un cuidado especial por las palabras, siempre hay una elección de imágenes casi poéticas, y has señalado antes que para ti escribir es un ejercicio de vértigo, el desafío de ser funambulista. ¿Sigue pasándote eso? ¿Sigues sintiendo esa adrenalina?

Sí, sí, totalmente. Además la busco: quiero decir que intento salir de mis propias fórmulas. Si siento que estoy repitiendo algo, un camino ya andado, intento huir de él y volver a buscar ese vértigo. No me merecería la pena pasarme las horas que me paso todos los días sentado escribiendo si no sintiera esa pulsión.

Le decía a un amigo mío, torero —no es que yo sea muy aficionado a los toros, pero era interesante hablar con él—, que decía que si dejas de temblar, dejas de torear, ya no tiene sentido; y no es temblar por miedo al toro en concreto, sino por miedo a hacerlo mal, a no hacerlo mejor, a buscar una manera nueva de hacer las cosas. Sentir ese desafío, ese temor y temblor —como decía Kierkegaard— creo que es esencial para la literatura, porque tengo la aspiración de que, si yo lo siento vivo y en peligro, el lector o la lectora también lo va a sentir latiendo. Si me refugiara en una fórmula ya hecha —si quisiera escribir Héroes 2 o Héroes 3, maquillar un poco Héroes pero que funcionase más o menos con los mismos parámetros—, me sentiría muy frustrado, y no creo que fuera capaz de seguir adelante.

Tengo la sensación de que hay un motivo constante entre tus novelas, sobre todo en las dos últimas, que es el trabajo mecanizado: en Trífero, el personaje principal, ya en la adultez, se harta de estar trabajando y tiene una explosión de rabia; y en las últimas novelas también aparecen estas rutinas, rutinas, rutinas, y en un momento algo estalla.

Es curioso, porque visto desde fuera no hay un trabajo más rutinario que la literatura: mecánicamente haces todos los días lo mismo. Te levantas a tal hora —la hora que cada uno se haya fijado, porque aquí no hay un mecanismo obligado, cada uno escribe cuando quiere y como quiere—, pero al final todos los escritores con los que he hablado o que he leído coincidimos en que hay que trabajar constantemente, sea por las mañanas, las tardes o las noches, según le guste a cada uno; es un trabajo de sentarte. Sin embargo, por dentro es todo lo contrario a una labor rutinaria, porque cada día es un reto, cada día es un desafío, cada día te enfrentas a algo distinto: un problema diferente en cada frase, en cada estructura de párrafo; estás indagando cómo solucionarlo, cómo darle el equilibrio, la forma, la musicalidad. Siempre se te presentan desafíos nuevos.

Es verdad que los trabajos de mera manutención, los que la mayoría de los seres humanos están obligados a hacer para sobrevivir o para dar de comer a su familia, son algo que, si pudiéramos evitarlo, no haríamos. En cambio, este oficio, dentro de que no es el trabajo más fácil del mundo, tiene una recompensa inigualable: es uno de esos pocos oficios, como todos los de pasión, que si te tocara mañana la lotería seguirías haciéndolo. El noventa por ciento de la gente, si le tocaran millones al azar, dejaría lo que está haciendo, porque básicamente detesta lo que hace. Es bonito tener un trabajo que harías en cualquier circunstancia: en una cárcel seguirías escribiendo igual que si fueras millonario —nunca lo serás siendo escritor—, pero si te tocara la lotería seguirías haciendo exactamente lo mismo.

El personaje de Tim me llama mucho la atención: hay pocos monólogos del personaje propiamente, pero es alguien que se reconstruye a partir de lo que vamos viendo de él a través de otros. ¿Cómo decides esa forma de narrar, habiendo pasado ya por tantos otros estilos?

Se me ocurrió que sería interesante probar algo un poco absurdo, si lo piensas: una novela coral de una sola voz. El narrador no es más que uno, pero gracias a él, o mediante él, aparecen los otros y las referencias que le dan los otros, para intentar encontrar realmente quién es él, descartando de alguna manera toda la información que le rodeaba. Eso me pareció interesante, un reto interesante.

Hay una escena que nos gustó bastante de Cualquier verano es un final: cuando el protagonista tiene una amiga que trabaja en una editorial, sobreviven, se abren camino, y luego la venden. Creo que ahí hay algo de tu relación con el mundo editorial. ¿Qué presencia sentiste tú en los años noventa, con Constantino Bértolo? Hoy es el mismo oficio editorial, pero ha habido muchos cambios. ¿Qué percibes de esos cambios?

En esa novela no era el tema principal, pero aproveché para hacer una serie de ironías sobre el desarrollo de la industria editorial en España y también en el resto del mundo. Vengo mucho a Hispanoamérica y tengo contacto con las editoriales de acá, de Colombia, de México, de Argentina, y veo que el fenómeno es bastante similar: la literatura está siendo arrinconada desde hace ya unos años, de forma progresiva, por libros que no son exactamente literatura. Las editoriales persiguen a influencers, solo mirando el número de seguidores, pensando que de ahí pueden sacar un mercado; y cuando vas a una feria del libro es cada vez más común darte cuenta de que donde hay más gente, más colas, son bloggers, son tiktokers… y no tiene nada que ver con la literatura.

En España hay un fenómeno constante de presentadores de televisión famosos, de todo pelo, de otros mundos, que enseguida quieren tener su libro, y las editoriales los llaman, se lo proponen; incluso les contratan “escritores fantasma” para que les den la idea y luego ellos firman el libro. Dentro del seno de las editoriales serias eso antes no pasaba, y ahora está pasando. Me río un poco de eso, porque cuando yo empecé, básicamente un escritor era un manuscrito: se mandaba un manuscrito a una editorial, se le echaba un vistazo y decían “nos interesa” o “no nos interesa”; todo se basaba en la escritura. He tenido la suerte de tener editores muy buenos toda mi vida, desde Bértolo, Enrique Murillo, hasta ahora, con Carolina Reoyo; afortunadamente siempre he tenido buenos editores, buenas editoras. El tema que nos ocupa es la literatura, pero veo que alrededor de eso se va diluyendo: cada vez hay menos literatura y más libros.

Hablando de esa estrategia de marketing para vender un libro: en el mundo que retratas en Trífero, cuando el profesor de física se topa finalmente con un físico de nivel altísimo que los desarma, eso hace que ambos se cuestionen de nuevo; y a él le llega esta propuesta de que lo bueno es bajar al llano lo complejo, ponerle un título, una etiqueta. ¿Cómo se te ocurrió este personaje tan particular?

Es esta habilidad particular, el limbo entre la mentira y la razón, de una u otra forma. No sé exactamente de dónde salió; probablemente de leer muchos libros de divulgación cuántica y de física. Uno se da cuenta de que hay genios de la física que no trasladan su lenguaje matemático a palabras: realmente no tienen esa necesidad en ningún sentido. Y luego hay otros, físicos también muy válidos, que se empeñan en hacer una labor de divulgación, y ahí entra ya el mecanismo del lenguaje.

No son lo mismo los libros de Stephen Hawking, que fueron best sellers y vendieron millones, que los de un científico que a lo mejor es premio Nobel —Hawking nunca lo ganó, aunque siempre estuvo cerca—; hay físicos que sí lo han ganado y que no han escrito ni una palabra de lo que hacen, porque es un lenguaje críptico que solo ellos entienden entre sí. Pero si quieres tener un éxito editorial con esto, tienes que empezar de alguna manera a fabularlo, a darle nombres pegadizos: “el Big Bang” se quedó, y la gente… claro, el Big Bang no es exactamente que el mundo explote y se cree; es una complejidad físico-matemática profundamente compleja que, si no manejamos el lenguaje matemático que ellos manejan, jamás podríamos entender. Pero le das un nombre comercial y se vende como un producto. Me interesó esa parte de narrativa y divulgación, y pensé en un personaje que no sabía nada de física pero que tenía la intuición de cómo crear ese tipo de fenómenos mediáticos.

Tenemos una curiosidad: Ya sólo habla de amor recuerda, en varios momentos, a Alfredo Bryce Echenique ¿Hay alguna relación allí?

Bueno, no sería raro que la hubiera porque soy un lector voraz de Bryce y  fue uno de mis referentes desde que empecé a escribir. En la literatura en castellano, entre los más fuertes, está Mario Vargas Llosa, por supuesto; pero me gustó mucho la diferencia de Bryce, que tenía un pulso muy europeo, en el sentido de que me resultaba muy próxima su relación tanto con los escenarios como con el lenguaje, cercana a escritores que yo admiraba en Francia, o en la literatura anglosajona o alemana. Se me hizo una literatura muy afín. He tenido la suerte de conocer a Bryce y de tener amistad con él; hemos hablado alguna vez, y en ese sentido me siento del humor de la literatura de Bryce.

¿Cuáles son tus filtros? ¿Piensas mucho en el lector a la hora de escribir?

La verdad es que no pienso en el lector, porque creo que la mejor manera de considerarlo es, como hablábamos antes, forzándote y arriesgándote en tu propia escritura. Y luego el lector ya lo encontraremos por el camino. No pienso, por ejemplo, si un libro ha funcionado muy bien, “tengo que seguir por este parámetro para no defraudar”. A menudo me pasa que hay lectores muy fanáticos de un libro y, en cambio, otro les gusta menos, les caló menos; me dicen “aquí ya me perdí un poco”, y eso resta su entusiasmo. Y hay otros que son al contrario. Como nunca sé a quién voy a poder satisfacer o defraudar, hago lo que yo intuyo que es importante para mi escritura, y luego, si me encuentro a alguien por el camino a quien le interesa, bien; y si no, qué le vamos a hacer.

No me siento, en ese sentido, responsable de tener que cuidar a una fanaticada completa. Me encanta, por supuesto, como a todos los escritores del mundo, que mi libro guste, que le interese a la mayor cantidad de gente posible, pero no me siento enseguida rehén de eso.

Releímos Caídos del cielo, y es muy gracioso que el hermano de quien se cuenta la historia trágica sea poeta, y que los policías lo miren con cierto desdén: “ah, es poeta”. Su hermano lo admira, pero la sociedad lo mira como raro por escribir poesía.

Bueno, en mi infancia leer poesía —o incluso leer libros en general— era casi visto como afeminado. Así que si te ponías a leer, entre los amigotes del colegio casi tenías que hacerlo a escondidas: “algo raro tienes, seguro que eres afeminado”, o algo así. Me crié en ese entorno. Recuerdo que, de niño o de adolescente, solo compartía lecturas y conversaciones sobre lecturas con algunas compañeras de clase, muy rara vez con chicos.

Es extraño, y lo hablamos a menudo entre escritores y editores: en el mundo de la literatura, tanto entre lectoras como editoras, pero sobre todo entre lectoras, las mujeres superan a los hombres en casi un 80-20. Lo vemos en todas las ferias, en todos los conversatorios, en todas las presentaciones: siempre hay más o menos la misma distribución, de un 75-25, a veces un 80-20, y a veces hasta un 90-10. Parece que la literatura a los hombres no les interesa especialmente; no sé bien por qué, pero parece que es así en el mundo entero.

Ya para cerrar, ¿Podrías recomendar a nuestros lectores algún disco o alguna película que hayas descubierto recientemente?

La película es una de Otto Preminger[3], Bunny Lake Is Missing (1965) muy rara, muy bonita. La protagonista es una madre cuya hija desaparece, y la policía cree que la niña nunca existió, que la madre se ha vuelto loca; nadie la ha visto nunca con ella. Entonces tratan a la mujer como si estuviera loca, cuando en realidad su hija ha desaparecido. Es muy perturbadora, pero muy interesante, aunque, como digo, no es nada reciente.

De estreno más reciente: el otro día vi una película de un director español muy interesante, Albert Serra—no es su última película, pero no la había visto—, se llama Pacifiction[4], rodada en la Polinesia Francesa, en mitad del Pacífico. Es un director del que ya había visto varias películas; me gusta lo que hace.

En cuanto a discos, ando un poco perdido de lo nuevo que sale; me he perdido un poco en el marasmo, supongo que pasa con la edad. Vuelvo más a la música que ya conozco, sigo escuchando jazz. Quizás por mis hijos he conocido algunas cosas nuevas que me han interesado, pero ando un poco perdido de referencias.

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Libros del autor:

Trífero

Alfaguara, 2014. 234 pp.

Cualquier verano es un final

Alfaguara, 2023. 248 pp.

Tim

Alfaguara, 2025. 133 pp.

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[1] Trujillo de Cáceres, en Extremadura, ciudad natal de Francisco Pizarro y origen del nombre de la ciudad peruana Trujillo, que él fundó en 1534.

[2] Felisberto Hernández, Narrativa reunida (Alfaguara, 2019) con prólogo de Ray Loriga. Reúne todos los cuentos del uruguayo, entre ellos Las Hortensias (1949), la nouvelle sobre un hombre que convive con muñecas de tamaño humano.

[3] Estrenadaen español como El rapto de Bunny Lake. Preminger la rodó en Londres, en blanco y negro, con Carol Lynley y Laurence Olivier.

[4] Pacifiction (2022), del catalán Albert Serra, protagonizada por Benoît Magimel. Su película siguiente, Tardes de soledad, es un documental sobre el torero peruano Andrés Roca Rey.

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Reseña de “Rirpu” (2026) de Alonso Mesía Macher

“La memoria es un puente”

Por Cristian Briceño Ángeles

Parece que el viaje sentimental que emprende el narrador de esta nouvelle —la requisa y el desmontaje que hace del pasado— escapa de cualquier naturaleza euclidiana: el desplazamiento hacia su interior, tan revelador como despojado de axiomas, se superpone (y se impone) al limpio desplazamiento geográfico de un vuelo comercial entre dos ciudades que es el armatoste discursivo de este relato, y del punto de partida al de llegada se nos presenta un espacio donde los recuerdos acuden no por pertinencia, sino por una anarquía que, si bien literariamente puede ser calculada, en el plano ficcional, el de los personajes asediados por sus demonios, es ingobernable. En otras palabras, cuando se ausculta el corazón de la memoria, nuestro oído reconoce la arritmia de lo impredecible: aquello ya examinado muchas veces, en el momento oportuno, en la circunstancia propicia, deviene revelación, genera preguntas, hace florecer heridas donde había cicatrices ya consolidadas. En este sentido, la brevedad de Rirpu es providencial: permite acelerar el manotazo de la ficción.

Su argumento es elemental, casi arquetípico. El protagonista (enfermo, suponemos que gravemente), tras varios años de vivir en el extranjero, vuelve a su ciudad natal para someterse a tratamientos médicos invasivos y que merman su aspecto físico; entretanto, ha decidido viajar a reencontrarse con su padre y su hermano, quienes viven en el norte del país, en un idílico pueblo costero, suerte de caleta, bellamente descrito en las páginas finales. Este viaje es un retorno a su origen y nos presenta un símbolo poderoso: la casa que el padre construyó con sus propias manos, un refugio intemporal que el protagonista presiente como un albergue ante las inminencias. La estrategia narrativa del autor propone, entonces, lo siguiente: unir estos dos puntos, el de partida y el de llegada, con una serie de recuerdos que surgen a la manera de descargas, como si fueran un símil de las turbulencias que alteran el vuelo rutinario de los aviones, el decurso ordinario de una vida ordinaria, como si el vuelo de la memoria presentara, también, fuertes sacudones que aceleran nuestro pulso y nos hacen cuestionarnos el sentido de la vida y de nuestras convicciones. La memoria es un puente, entonces, pero los tablones que la componen no siempre son sucesivos, a veces faltan, muchas veces quien recorre ese camino evocativo decide saltarse algunos, hace equilibrio, se aferra a las sogas laterales para no caer. El protagonista revisita episodios de su vida. Esos fragmentos que el lector recoge deberían bastarle para hacerse una idea del meollo.

En verdad, la vida del protagonista es bastante común, demasiado, ostenta la llaneza de una pista de hielo, del permafrost. La penuria, acaso, es de un orden decorativo; los conflictos son, también, retóricos, podría decirse que se trata de recrear el conflicto para darle algún sabor a una vida que se pierde en el océano de otras vidas de idéntica hechura. La muerte de la madre es, cómo no, esa pausa a la medianía. Y es en esta secuencia de recuerdos donde el narrador deja caer el artefacto que da nombre a la nouvelle. Se trata de un relato escrito por la madre (quien, por cierto, tenía ciertas aspiraciones literarias a la manera de una heroína decimonónica); el relato en cuestión, una supuesta historia para niños que contiene una profundidad cuasi existencialista y que difícilmente se dejaría roer por un lector infantil para arrancarle el sentido que la madre habría querido que le arrancasen. Este relato es un espejo donde el protagonista se observa, por donde cae, una mise en abyme que parece duplicar la realidad, explicarla y, por qué no, perturbarla y calmarla secuencialmente.

 El relato, titulado Rirpu, tiene el encanto de la improbabilidad. Se trata de un niño de la sierra peruana que quiere ser un nadador soviético. Cómo, debido a qué influencia, no se explica. Entenderá el lector que el resumen de un relato inserto en otro relato no prescinde de hondas elipsis. La historia de este niño, o más bien su sinopsis, está cargada de sentidos, no obstante, de metáforas, las cuales la hacen atendible. Pero más allá de los logros estéticos o simbólicos de este relato indirecto, lo cierto es que se nos presenta como el eje donde el protagonista gravita. Y es que la historia de Rirpu, el niño del relato, ya adulto (antes hay una transición que recuerda vagamente a algunas progresiones de Cărtărescu), concluye con un desencanto: se ha transformado en un agente más de la intrascendencia. Sentado en el sofá de su sala, acompañado de una esposa genérica, convertido en un gris empleado, descansa de su jornada, y aunque dentro de sí aun late el sueño de ser un nadador soviético, ya no sabe por qué ni para quién. Esta intrascendencia genealógica, intemporal también como el mar que asoma hacia el final con su metáfora manriquesca, intenta suprimirse precisamente con la idea de la literatura como acto trascendente, como resistencia al statu quo.

Alonso Mesía Macher – ©Andrea Gianella

El hecho de haber escrito y de que lo escrito haya sobrevivido, dota a la madre de un aura favorable que funciona como un antídoto al desánimo existencial, a la certeza de irrelevancia. Pero aquí es donde entra el otro símbolo de esta nouvelle. Si bien el relato de la madre, recordado y hallado, es un bien inmaterial, la casa que construyó el padre es la contraparte tangible. Es claro este juego de oposiciones, el imposible machihembrado de dos entidades que pertenecen a planos disímiles pero que, contra todo pronóstico, terminan por articularse. Por un lado, la imagen de la madre, tratando de remontar su medianía a través del trabajo intelectivo, y el padre, en el otro flanco, con el mismo objetivo, pero acercándose a él a través del esfuerzo físico. Ambos símbolos son, en consecuencia, el refugio del protagonista, en los cuales, tras verse en la encrucijada de una salud vidriosa, busca el descanso, alguna respuesta siquiera provisional, tentativa, a su existencia. No está demás decir que la ejecución de esta nouvelle, en su sencillez, en su contenida ambición, en su naturaleza de fábula trunca, nos deja una trémula sensación de desamparo y redención que encuentra guarida en cada uno de sus lectores.

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Datos del libro:

Alonso Mesía Macher

Rirpu

NARRAR, 2026. 86 pp.

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Entrevista a Sofía Troncoso

No puedo concebir mi vida sin la escritura

Entrevista de Matías Saa

Sofía Troncoso (Santiago de Chile, 1997) creció en Antofagasta, en una ciudad que recuerda a la vez hermosa y triste, y donde armó, con libros que le llegaban de Santiago y del extranjero, la biblioteca personal que todavía conserva. Estudió Licenciatura en Artes y Humanidades en la Pontificia Universidad Católica de Chile y cursó el Magíster en Escritura Creativa de la Universidad Adolfo Ibáñez. En 2022 obtuvo el Premio Roberto Bolaño de novela inédita por Funerales, que al año siguiente se convirtió en el primer título del catálogo de la editorial Trazos de Aves. Recientemente, ha sido elegida por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como parte de una lista de 26 autores, de hasta 40 años, cuyas obras amplían los horizontes de la novela contemporánea en nuestro idioma[1]. También pinta.

Funerales está narrada por una mujer que ha escapado de su propio nombre. Traductora de libros infantiles, encerrada en un departamento, disociada de todo, la protagonista atraviesa el duelo con una honestidad que no se detiene ante nada —incluida la incomodidad de no tener ropa adecuada para un funeral en verano—, mientras su hermana Mariana, más agresiva y más contenida, intenta devolverla al mundo. Es un libro sobre el duelo, la soledad y el confinamiento en el que, sin embargo, siempre queda un resabio de optimismo.

Conversamos con ella sobre las lecturas prematuras de la adolescencia, lo que significa escribir una voz sin filtro, la sensibilidad entendida no como estar a flor de piel sino como mirar desde otro prisma y la salud mental en Chile. También nos contó acerca de la novela que viene: un retrato del deseo que terminó siendo, también, un retrato de la carencia.

¿Cómo fue tu infancia en Antofagasta? ¿Cómo empezaste a leer allá, en bibliotecas, en librerías?

Mi colegio tenía una muy buena biblioteca y aprovechaba de estar ahí durante los recreos y los tiempos libres. Cuando, por ejemplo, no llegaba un profesor o quedaba algún espacio, nos mandaban a la biblioteca, así que yo aprovechaba de leer. Pero más que nada, me traían libros de Santiago y del extranjero. Entonces fui armando una especie de biblioteca personal, que todavía tengo acá, ahora en Santiago.

Me llama la atención porque en el libro la narradora es traductora de libros infantiles. ¿Tú leías libros infantiles cuando eras niña?

Leía harto a Roald Dahl, pero yo creo que tuve lecturas un poco prematuras. Ya a los trece o catorce años me había leído El extranjero y La campana de cristal[2], entonces mis lecturas no eran muy adecuadas para la edad, creo yo. Leí, claro, todos los libros que teníamos que leer en el colegio, pero no me dediqué especialmente a la literatura infantil. Hasta el día de hoy no es algo en lo que me centre.

La narradora de Funerales es demasiado honesta, como cuando dice que se murió en verano y que no hay ropa para ir al funeral. Es una honestidad muy visceral. ¿Qué opinas tú cuando lees o escribes una narradora así? Leí también que habías escrito el libro muy rápido. ¿Cómo fue escribir una narradora que prácticamente todo lo que pasaba por su cabeza lo escribía, sin filtro?

Para mí resultó muy natural, porque encajaba con lo que yo intentaba hacer con la historia. Este personaje, esta protagonista, es una persona que está casi completamente disociada de la realidad, por lo que su filtro era muy distinto al de un personaje quizá más conservador, alguien que cuidara más su presencia, las distancias o las palabras.

Esta narradora fue tan visceral que llegó un punto en que yo también me volví visceral. Me quité algunas restricciones al escribirla. Esa fue una experiencia distinta a la que tuve con Mariana, que es la hermana de la protagonista. Mariana tiene una energía un poco más agresiva, pero contenida.

Entonces ahí hay un poco de la experiencia de trabajar con estas dos voces femeninas. Una salió muy visceral, muy honesta y muy disociada al mismo tiempo. Es extraño tener esas tres características juntas: visceralidad, honestidad y disociación. La otra voz, en cambio, fue mucho más contenida, con más restricciones. Era más agresiva, pero también más responsable. Que fueran voces que parecían opuestas, pero que al mismo tiempo pertenecieran a la misma familia, me permitió jugar bastante con los tiempos y con las voces.

Me llamó la atención que en entrevistas y en tu taller se habla mucho de la palabra sensibilidad. ¿Cómo fue escribir un libro sobre el duelo siendo una persona sensible?

Soy una persona sensible, pero esa sensibilidad no necesariamente significa estar a flor de piel con el mundo. También tiene que ver con percibirlo de otra manera, con mirar las cosas desde otras formas.

Es algo que rescato mucho de mi sensibilidad, porque siento y he visto que para ser escritor o escritora tienes que tener un ojo más afinado hacia la realidad. Por ejemplo, los cuentos que siempre destacan, los microcuentos, suelen ser los que están escritos desde otro prisma. Entonces, cuando uno escribe, tiene que afinar esa sensibilidad para ver cosas que los demás no ven.

Por un lado, la sensibilidad me acomoda, me gusta. Pero escribir sobre el duelo sí fue bastante desgastante, porque también significaba tener en mente la historia y, por otro lado, preguntarme quién soy yo escribiendo esa historia.

Como tú dices, el libro se escribió en un periodo de tiempo muy corto. La producción fue bastante intensa y creo que eso se debió a que yo no podía haber dado más. Si hubiera escrito un libro sobre el duelo durante cinco años, me imagino que habría sido mucho más desgastante.

No sé si he vuelto a tocar directamente el tema del duelo en mis escritos, pero siempre estoy trabajando con temas similares. Siempre escribo desde la carencia, desde la soledad, desde el confinamiento. Entonces quizás es la misma sensibilidad mirando otros prismas.

La narradora pasa mucho tiempo encerrada, pero eso no hace que el libro sea oscuro. Siempre hay como un resabio de optimismo. ¿Cómo hiciste para equilibrar ese dolor y ese optimismo en la novela?

Creo que equilibrar el optimismo con lo restrictivo, el confinamiento y lo doloroso que fue relatar una historia como Funerales tiene mucho que ver con que yo soy una persona muy optimista. No podía concebir una historia en que todo fuese tragedia y miseria. Para mí tenía que haber algo que apuntara hacia un futuro mejor, como una meta. No podía ser que todo fuese grave.

Es algo que también aplico en mi vida diaria. Trato de ser una persona optimista, de buscar el pasto más verde, digamos. Cuando uno escribe, obviamente lleva partes de uno. Creo que llevé mi parte de optimismo a la novela, pese a que el panorama que se presenta es bastante desolador.

En ese caso, ¿cómo podría uno hacer el luto de una forma más suave?

En esa pregunta creo que hay un par de cosas que señalar. Uno no elige cómo hacer el luto, entonces, por defecto, ya es muy difícil pensar cómo hacerlo de una forma más suave o quizás de una forma más dura. El luto elige por ti, eso es lo que pienso principalmente.

Ahora, si uno tuviera el poder de elección, quizás algunas personas lo tienen, siempre pienso en la compañía y en el entendimiento. No necesariamente en entender completamente lo que la otra persona siente o piensa, sino en un entendimiento como contención, mejor dicho. Más que la persona que está acompañando a alguien que está sufriendo un luto tenga que conocer cada uno de sus pensamientos, creo que simplemente se trata de estar.

Con respecto a esto, ¿tú cómo ves el tema de la salud mental en Chile?

Yo veo en eso un panorama desolador, porque siento que tratar la salud mental es algo tan etéreo, tan maleable y tan difícil de manejar de forma concreta que hace mucho más difícil aplicar medidas públicas, generar políticas institucionales o acciones desde el gobierno. Entonces, al final, quedamos las personas en nuestras propias manos, que tampoco parecen ser suficientes. Y ahí vuelvo al tema de los suicidios[3], de todas estas tragedias que pasan todos los días en Chile y que siento que desvalorizan, tal vez, todo lo que implica para una persona llegar a un punto así.

En la novela lo abordo y se ve un poco como algo inminente, como una profecía que se tiene que cumplir, pero eso no tiene por qué ser así. Hay mucho trabajo que hacer. Yo pienso un poco en lo público como un marco: las medidas sociales, de desarrollo y de cuidado de la salud mental a nivel nacional. Y en eso todavía hay muchísimo trabajo por hacer.

También tenemos que practicar la compasión, el entendimiento y la contención del otro y, por ende, lo mismo hacia una misma. Pienso en ese ejemplo que dan en los aviones cuando dicen que, en caso de emergencia, primero tienes que ponerte la mascarilla tú y después ayudar a los niños o a las personas que están al lado. Es lo mismo. También tenemos que comenzar desde muy, muy en casa.

¿Por qué no decidiste nombrar a la narradora hasta ya bien avanzada la novela? ¿Tiene alguna razón?

Yo estaba tan concentrada en que ella fuera un ente sin presencia, digamos, que no me parecía que darle un nombre al inicio aportara a la historia. De hecho, creo que quitarle el nombre al comienzo aportaba más a la historia que dárselo.

Y también, cuando finalmente se lo doy dentro de la novela, hay un giro, un clic que cambia algo. Creo que eso era algo que yo estaba buscando crear y, cuando los lectores llegaron a ese momento, se produjo el efecto que yo quería.

En un tema más personal, sobre eso de ser multidisciplinaria, de pintar y hacer otras cosas fuera de la escritura. ¿Cómo te ha ayudado pintar a escribir? ¿Te ha liberado de alguna forma?

Sí. Mi trabajo como escritora es muy mental y, a través del tiempo, me he dado cuenta de que sostenerse solamente en lo mental no es tan positivo para una persona. Es muy fácil agotarse y es un tipo de agotamiento distinto al de alguien que hace cosas manuales, que usa su cuerpo o que utiliza quizá otra parte de su cerebro. Entonces, para mí ha sido fundamental hacer otras cosas fuera de escribir. Tener otra vida aparte de la escritura, digamos.

Para mí la escritura es un eje en mi vida. No puedo concebir mi vida sin ella, pero necesito otras cosas que me apoyen y que también me separen de la escritura para poder mantenerme escribiendo.

Ahí entra, por ejemplo, la pintura. La pintura es también un descanso visual. Es una forma de abordar el mundo a través de los colores y las formas. Para mí siempre ha sido una forma de expresión. Los colores son una forma de expresión. Yo no trato de retratar la realidad.

También lo hago en la escritura, pero este es otro medio. Y, por supuesto, están otras cosas: caminar, hacer ejercicio, nadar, un montón de actividades que ocupan el cuerpo. Porque, en mi experiencia, si estás escribiendo todo el día, pensando todo el día y leyendo todo el día, te vas a cansar tan rápido y tan fácilmente que vas a llegar al burnout y no vas a poder hacer lo que quieres hacer. Así que, para mí, ha sido fundamental complementar la escritura con otras cosas.

¿Qué se viene ahora? ¿De qué se trata tu nueva novela?

Esta novela que viene comenzó como una especie de retrato del deseo, que fue un cambio importante respecto de la primera novela que escribí y publiqué. Supongo que quería retratar algo distinto. Como hemos hablado, tú me conoces y yo me conozco a mí misma como una persona multidisciplinaria, entonces no quería quedarme fijada en un mismo tema constantemente. No quería llegar a escribir dos, tres, cuatro o cinco libros sobre el duelo, porque, primero, sería agotador y, segundo, siento que puedo dar más que un solo tema.

Entonces traté de abordar, y creo que lo logré bastante bien, el deseo. Pero el deseo tiene un giro: cuando deseas algo es porque careces de algo. Entonces la novela también tomó un tono más oscuro cuando empecé a ver que, dentro de los personajes y de lo que sucede en ella, no solo estaba el deseo puro, amoroso, romántico o sexual, sino también una carencia. ¿Qué me falta? ¿Qué no tengo? ¿Qué quiero en mi vida? ¿Y qué pasa cuando finalmente lo obtengo?

Ahí tenemos a una protagonista mujer que se encuentra en esta dicotomía: desea tanto algo, ser algo o tener a alguien, pero al mismo tiempo está completamente vacía.

Entonces tenemos una nueva novela que saldría pronto. Todavía no hay una fecha asignada, pero será muy pronto, dentro de estos meses.

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Libros de la autora:

Funerales

Trazos de Aves, 2023. 120 pp.

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Lo que mata es la humedad

Provincianos Editores, 2026. 240 pp.

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[1] La FIL de Guadalajara incluyó a Troncoso en “26 en el 26”, la selección de veintiséis novelistas menores de cuarenta años con la que celebrará su cuadragésima edición, del 28 de noviembre al 6 de diciembre: https://www.fil.com.mx/prensa/boletin.asp?ids=2&id=3340

[2] Se refiere a El extranjero (1942), de Albert Camus, y a La campana de cristal (1963), de Sylvia Plath.

[3] En 2024, Chile registró 1207 víctimas de homicidio, según el Informe Nacional de Víctimas de Homicidios Consumados de la Subsecretaría de Prevención del Delito (https://subprevenciondeldelito.gob.cl ), frente a cerca de dos mil muertes por suicidio. La tasa chilena de suicidio, algo por encima de 10 por cada 100 000 habitantes, supera el promedio mundial que estima la OMS, aunque queda por debajo de la de Uruguay o Estados Unidos.

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Entrevista a Nona Fernández

Conversar es enredarse con otros

Por Sebastián Uribe

Nona Fernández (Santiago de Chile, 1971) es actriz y escritora. Ha publicado el volumen de cuentos El Cielo (2000); las novelas Mapocho (2002), Av. 10 de Julio (2007), Fuenzalida (2012), Space Invaders (2013), Chilean Electric (2015) y La dimensión desconocida (2016), distinguida con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la Feria del Libro de Guadalajara; y los ensayos Voyager (2020) y ¿Cómo recordar la sed? (minúscula, 2024). Es autora también de las obras de teatro El taller (2012) y Liceo de niñas (2016), ambas estrenadas por su compañía, La Pieza Oscura, y en julio último fue parte del elenco de la adaptación teatral de La dimensión desconocida, dirigida por Marcelo Leonart. Algunos de sus libros han sido traducidos al italiano, el francés, el alemán y el inglés.

Nona Fernández – ©Sergio Lopez Isla

Su obra vuelve una y otra vez sobre los materiales que un país preferiría no tocar: los archivos de una dictadura que empezó cuando ella tenía dos años, los expedientes, los testimonios de quienes ejecutaron el horror y de quienes lo padecieron. Con esos materiales —rudos, difíciles de digerir, dice ella— construye libros luminosos, atravesados por el universo, las estrellas, el más allá. Su más reciente novela, Marciano (Random House, 2025), es el resultado de cuatro años de conversaciones con Mauricio Hernández Norambuena en la cárcel de alta seguridad: sin grabadora, con una libreta, un lápiz y lo que la memoria de ambos quisiera retener.

Aprovechando su paso por Lima como invitada de la 30.ª Feria Internacional del Libro, conversamos con ella sobre ese ensayo y esa novela, sobre la constitución como el guion más importante que tiene una sociedad, sobre la fractalidad de nuestras vidas en la era del algoritmo, sobre la escucha paciente como método creativo y sobre por qué, como Ursula K. Le Guin, los héroes le aburren.

En ¿Cómo recordar la sed? haces énfasis en cómo uno de los instrumentos primordiales de la dictadura de Pinochet fue la constitución. Como escritora, ¿qué implica que un texto pueda ser capaz de establecer los límites de millones de vidas?

Las palabras pueden ser una fuente de expresión, de belleza, de conocimiento. Como escritora son mi alegría y mi instrumento de trabajo. Y por lo mismo sé que, como herramientas que son, no tienen ética, y depende de quien las ocupe si sirven para abrir o para clausurar. Para sanar o para herir. Según la estrategia que sigan van configurando un lenguaje. En términos políticos, esos lenguajes son los que se usan para escribir los guiones en los cuales nos movemos socialmente. Esos guiones se apropian de las palabras, las resignifican o las vacían. Lo podemos observar en los medios de comunicación y en la discursividad de los políticos. Pensemos en el uso actual de la palabra seguridad, por ejemplo. O genocidio. O libertad. Esas palabras no nos dicen lo mismo que nos decían hace veinte años atrás porque los guiones han ido cambiando.

El guion más importante que tiene una sociedad es su constitución, el conjunto de leyes de más alta jerarquía, normas respaldadas por la ciudadanía —en el caso de ser votada democráticamente— y por el poder institucional. Un libro, un conjunto de palabras que, además de ser la hoja de ruta de un país, es también su declaración de principios. En el caso de la chilena, una constitución escrita en dictadura, que recoge la discursividad y la ética de ese momento autoritario. Ilegítima porque fue votada en un referéndum intervenido por la dictadura. Ha sido parchada, ha sido maquillada, y tuvimos dos intentos de cambio que fracasaron. Es una especie de trampa de la que no hemos podido salir. En ese guion se realiza toda nuestra vida.

Una idea que recorre dicho ensayo y se extiende hasta Marciano es la caracterización de nuestras identidades como formas fractales viviendo vidas fractales. ¿Qué efectos ha tenido en los últimos años la virtualidad dentro de dicha concepción? ¿Cómo operan en el orden de nuestras historias el internet y las redes sociales?

El papel de las redes sociales en la fragmentación del presente, en esta extraña ficción de realidad que cada una cree vivir, es fundamental. Salimos a la calle y vemos a cientos de personas observando su celular, y por cada una de esas pantallas se asoman infinitos insumos que van diseñando el guion de realidad de cada una de nosotras según toda la información que les hemos entregado con nuestros likes. El trabajo de las empresas detrás de esas redes es poner en nuestra mente contenidos que antes no estaban. Activadores que nos seducen a hacer algo, a ver algo, a comprar algo, a pensar algo, a creer algo, a votar algo. Consumimos grandes cantidades de contenidos elegidos específicamente para nosotras y así cada quien vive su propia trama virtual pensando que es la única. El llamado efecto burbuja generado por el algoritmo. Leemos nuestro timeline como si fuera la portada del diario y no como lo que es, un contenido creado a nuestra medida, gracias a los datos que hemos regalado con nuestros likes, en el que participan empresas de marketing y política con oscuros intereses. Esta distorsión afecta a todo aquel que tenga un celular. Y todas y todos en el mundo, tenemos uno.

“No seré el que soy, seré el que puedas escribir” se afirma en Marciano, en alusión a las infinitas posibilidades que se abren a través de la ficción para aproximarse al sentido de nuestras historias. ¿Cómo fue el proceso de entrecruzar registros, como documentos reales, testimonios y conversaciones, para explorar la vida de Mauricio Hernández?

Ha sido uno de los procesos más desafiantes que he asumido porque el relato de una vida es imposible. Solo asumiendo esa imposibilidad uno puede hacer un intento. Pese a haber trabajado siempre con archivos, con testimonios, esta ha sido la experiencia más intensa porque mi archivo tiene nombre y apellido, es de carne y hueso, y estuve con él manteniendo una conversación durante cuatro años. Escuchándolo, observándole, prestándole toda la atención. Ese fue el secreto, poner oído y dejar que en ese trance los materiales se fueran organizando en mi cabeza y en el papel. No dirigir nada, no tener una idea preconcebida de lo que el libro sería, dejar que este se encontrara en la escucha.

En un momento en que todo es opinión y monólogo desesperado, el ejercicio de la escucha paciente fue una experiencia iluminadora como proceso creativo. Abandonar el yo, para dejarse intervenir, para modificarse. Creo que en estos años de conversación Mauricio y yo salimos intervenidos el uno con la otra. Pese a los desacuerdos y a las incomprensiones. Yo un poco marciana, él un poco yo. Un enredo. Conversar es enredarse con otros. Supongo que escribir un libro también.

Al narrar el escape de la cárcel, el protagonista confiesa que cuando huyó en helicóptero, más allá de alguna imagen de valentía y coraje proyectada durante este evento, lo que sintió fue dolor y terror por el brazo agarrotado, sin epifanías ni gloria, una idea que conecta con el epígrafe de Ursula K. Le Guin sobre la novela como contenedora de personas, no de héroes. ¿Existe una proliferación de épica forzada en las narrativas que circulan en nuestro presente? ¿Qué peligros pueden desprenderse de ello?

Los relatos históricos están llenos de una épica que, a mi juicio, solo nos distancia de ellos. Se insiste en transformar a sus protagonistas en héroes o en villanos y, en esa lógica binaria en la que todo gira, se pierden los matices, los claroscuros, las grietas que configuran la riqueza y el misterio del alma humana. Se deja afuera lo más sabroso, lo que más conmueve. Y en ese ejercicio nos dejan como lectoras fuera de la Historia, porque en ella parece que nunca circulan las personas, solo estas entelequias de valentía o maldad. En el caso de Mauricio me interesó siempre relevar su humanidad, la trastienda de su devenir, sus contradicciones, sus silencios, sus errores. Como lectoras nos vemos mucho más desafiadas al seguir el relato de una persona común y corriente, como nosotras, que toma opciones que la van llevando a establecer un camino que podemos admirar o no, pero un camino posible porque lo construyó un ser de carne y hueso. En la retórica de muchos sectores de la izquierda esto de la súper épica es común, pero creo que es una mirada muy añeja y gastada de analizar y aproximarse a la historia. Todo siempre se trata de personas. Y eso es lo lindo. Al igual que a Ursula, a mí los héroes me aburren.

Si bien en la historia se superponen distintas personas que rodearon a Mauricio a lo largo de su vida, entre personajes muertos o vivos, nunca dejan de irrumpir la voz de él (M) y la narradora (N), en un juego entre la primera y la segunda persona en el que se diluyen las fronteras entre ambas. ¿Cómo se dio esta decisión creativa? ¿En qué momento los recuerdos dejaron de pertenecer a cada uno de los protagonistas de manera exclusiva?

El régimen de presidio de Mauricio es muy estricto, yo no podía entrar con grabadora, sólo tenía una libreta, un lápiz y mi pésima memoria, para registrar nuestros encuentros que, por lo demás, eran muy desordenados porque el tiempo del encierro es puro desorden. O quizá otro tipo de orden. Uno muy distinto al que estamos acostumbradas. Desde el inicio supe que todo lo que circularía en el libro sería lo que mi memoria retendría de nuestras conversaciones. Todo estaría mediado por eso. Primero por la memoria de Mauricio y luego por la mía. Que, ya te dije, es pésima. No seré el que soy, seré el que puedas escribir.

Asumí rápidamente que esta escritura sería un enredo entre su voz y la mía, entre su memoria y la mía, entre su punto de vista y el mío. Y visto ya desde otra perspectiva, me gusta creer que nada nos pertenece del todo, los recuerdos y las vivencias no son propiedad privada de nadie, están al servicio, se ofrendan, la memoria de una colectividad, de una sociedad, de un país, en un gran enredo entre todas.

Teníamos veinte años y todavía no sabíamos que el sueño de la revolución no era inocente. Eso lo vinimos a entender después. Un poco después” (pág. 81) es una de las afirmaciones de los personajes. Esto se inscribe en una lógica que se ha arraigado en el imaginario público junto a un cinismo mayor en las nuevas generaciones en comparación con anteriores. ¿Cómo se puede combatir la atmósfera de resignación y derrota que parece campear en el escenario político?

Me gustaría tanto tener esa respuesta. Evidentemente pasamos por un momento de desánimo tremendo. Pero quiero creer que la respuesta a tu pregunta, que insisto en que no la tengo, está sintonizada con nuestra posibilidad de imaginar nuevas perspectivas. Y esto no tiene que ver con literatura, sino con nuestro lugar como ciudadanas del mundo. Alimentar la imaginación política, tan decaída, tan frustrada, tan falta de pasión en la actualidad, para encontrar un proyecto que levante nuestros corazones y nuestro futuro. Un proyecto que probablemente no tiene que ver con formas añejas, usadas y reusadas. Disponernos a ese invento con esperanza. Una esperanza que no debemos entender como un ejercicio naif, sino como una voluntad, una decisión, convicción política que vaya iluminando estos tiempos, aparentemente, sin perspectiva.

En una entrevista[1] comentabas sobre tu empeño en hacer de la literatura algo bello, y generar esta belleza a partir de materiales que parece que no la tienen. ¿Cómo ha evolucionado esta idea desde entonces?

La literatura es una experiencia estética, así la entiendo. No es solo la narración de una historia, que ya es bastante, es por sobre todo la artesanía de la lengua y la estructura, para la construcción de un artefacto estético. En mi trabajo literario me he visto convocada por materiales de archivo rudos, difíciles de digerir, y el desafío siempre ha sido transformarlos en objetos luminosos, en libros a los que podamos entrar y permanecer. Recopilar las imágenes brillantes que ellos contienen, cruzarlos y tensarlos con materiales aparentemente exógenos a sus historias, el universo, las estrellas, el más allá, insuflarles humanidad, liviandad, escribirlos con hilos de aire. Ese desafío se ha ido configurando, con el tiempo y la experiencia, como uno de los más importantes en el proceso de escritura. Es ahí donde todo se juega.

¿Cómo fue la puesta en teatro de La dimensión desconocida[2]? ¿Hay algún aspecto que te haya impactado de manera particular que recuerdes?

El texto deja de ser mío cuando emprendemos un proceso escénico. Todas y todos se lo apropian y comienzan a ejercer su autoría desde el arte, la luz, la música, la interpretación y, por supuesto, la dirección. Ese borramiento de mis límites autorales es lo más apasionante del trabajo teatral, todo se profundiza en la mirada colectiva. Creo que un aspecto fundamental de la puesta en escena fue la decisión de que al protagonista, un ex agente de inteligencia de la dictadura que decidió desertar, lo encarnaríamos las tres intérpretes del elenco. Se construyó en equipo, de a tres, con la certeza de que un personaje así es irrepresentable. Sólo juntas podíamos hacer el intento. Lo compusimos como a un verdadero Frankenstein, con aportes de cada una. De a poco fuimos armando al monstruo arrepentido. Jugando con nuestra propia monstruosidad, poniéndola al servicio, pero comprendiendo, como decía, que nunca llegaremos ni a asomarnos al verdadero horror que padeció y ejecutó Andrés Valenzuela, el protagonista de la novela y la obra.

Finalmente, ¿Nos podrías recomendar una película, serie, disco u obra de teatro que te haya llamado la atención últimamente?

La misteriosa mirada del flamenco[3] (2025), película escrita y dirigida por Diego Céspedes, joven, y muy joven, director chileno.

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Libros de la autora:

¿Cómo recordar la sed?

minúscula, 2024. 80 pp.

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Marciano

Random House, 2025. 520 pp.

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La dimensión desconocida

Random House, 2016. 240 pp.

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[1] Se trata de «Nona Fernández: “En Chile no hemos salido del espacio fatal de la dictadura”», publicada en El País el 9 de noviembre de 2020. Disponible en https://elpais.com/babelia/en-pocas-palabras/2020-11-09/nona-fernandez-en-chile-no-hemos-salido-del-espacio-fatal-de-la-dictadura.html

[2] Adaptación teatral de la novela homónima, publicada por el sello Random House en 2016. La puesta en escena se desarrolló entre el 10 y el 26 de julio de 2026 en el Centro GAM de Santiago de Chile, a cargo de la compañía La Pieza Oscura.

[3] Ópera prima de Diego Céspedes (Santiago, 1995), ganadora del Un Certain Regard en el Festival de Cannes 2025. Disponible en la plataforma Mubi.