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Reseña: Carmen Balcells, traficantes de palabras (2022) de Carme Riera

La Mamá Grande o Superagente literaria

Por Omar Guerrero

Carmen Balcells, traficantes de palabras (Debate, 2022) es una biografía bastante extensa sobre la agente literaria más exitosa del mundo hispano. Son más de quinientas páginas con información detallada sobre su vida familiar y laboral (508 páginas para ser más precisos). La autora de este libro es la escritora española Carme Riera (Palma de Mallorca, 1948), quien trató de manera directa con la propia Carmen Balcells (1930-2015). Cabe resaltar que la amistad entre ambas data de un lapso de cuarenta años por lo que la información es de primera mano. Aunque, como indica la sinopsis de este libro, para cumplir con este ambicioso proyecto, Riera también se vio en la obligación de entrevistar a familiares, amigos, editores, agentes y muchas personas relacionadas con el mundo del libro, quienes han dado testimonio de una mujer que fue muy querida y, a la vez, bastante temida, además de ser muy poderosa y polémica, y cuyo mayor logro fue representar y formar un extenso catálogo con escritores asombrosos, a los que también se les puede considerar como excepcionales. Lo más curioso es que la mayoría son de habla hispana, entre ellos sobresalen tres Premios Nobel de Literatura.   

El libro está compuesto por treintaitrés capítulos junto a un dossier de fotos bastante interesantes. Se suma un apéndice, además de los agradecimientos y un extenso bloque de notas (775 notas para seguir siendo precisos), y otro largo bloque correspondiente al índice alfabético donde se encuentran los principales nombres de la literatura universal como coprotagonistas de esta inmensa biografía que, a la vez, sirve como testimonio de una época dorada para las letras en español (no es descabellado llamarlo “el otro siglo de oro”). Me atrevería a decir que también puede servir como modelo para quienes se aventuren en la tarea de convertirse en agentes literarios, pues Carmen Balcells es el mejor ejemplo de ello. Esta misma recomendación recae sobre escritores y editores profesionales debido a que el legado de Balcells continúa debido a que su agencia se mantiene vigente como una de las más importantes del medio, lo que resulta valioso para saber las implicancias de un contrato y sus cláusulas, los beneficios y los inconvenientes que pueden traer consigo el cumplimiento o incumplimiento de estas. Incluso, es una lectura válida para que su competencia la lea, porque a partir del trabajo desarrollado por Balcells se llegó a formar una especie de escuela (o alumnos, o alumnas) lo que ha dado lugar a otras agencias literarias con mucha participación en el mercado literario en la actualidad.  

En este libro es imposible no mencionar a uno de los más importantes Premios Nobel de Literatura de las últimas décadas, y que no ha quedado en el olvido porque sus libros se siguen vendiendo y leyendo por millones, dando paso a grandes producciones cinematográficas. Me refiero a Gabriel García Márquez, quien no sólo representó un porcentaje considerable en la facturación de la agencia, sino que también formó parte del círculo íntimo de la agente, además influir en muchas decisiones para ella. Así se detalla en la introducción: “García Márquez, por ejemplo, no representó solo el 36.2 por ciento de la facturación de la agencia, sino algo mucho más importante: fue el espejo en el que muchas veces Carmen se miró, y en ese espejo destacaba el sentido del humor, la capacidad de sorprender, de quebrar la expectativa del interlocutor, la seguridad no exenta de cierta arrogancia y, muy especialmente, la fascinación por el poder y por quienes lo ejercen” (p.19).

Por supuesto que esta relación también era mutua. El mismo García Márquez también expresó admiración sobre su agente, sobre todo porque se encargaba de tratar temas que él prefería evitar: “Me gusta decir cuánto dinero gano y cuánto pago por las cosas, porque sólo yo sé el trabajo que me cuesta ganármelo, y me parece injusto que no se sepa. La única excepción a esta norma es que nunca hablo de dinero con los editores y los productores de cine, porque tengo un agente literario que habla por mí mejor que yo; primero, porque es mujer, y después, porque es catalana. Muchos editores la detestan por la ferocidad con que defiende los centavos de los escritores, sobre todo de los jóvenes y más necesitados, y el día que no la detesten empezaré a sospechar que se pasó al bando contrario” (p.24).

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

Y es que eran tan conocidas estas discusiones (llámese también peleas) que ella sostenía con editores y gerentes muy poderosos como Carlos Barral, de Seix-Barral, o José Manuel Lara, fundador de Editorial Planeta, quienes llegaron a perder la compostura y el respeto que exigen sus puestos al punto de llegar a insultarla. Aunque estas situaciones Balcells sabía manejarlas muy bien, ya sea con drama o a través de su férreo carácter. Y en todas siempre salía airosa. Lo hacía tan bien que el escritor español Manuel Vásquez Montalbán, representado también por la agencia Balcells, se animó a llamarla “la superagente literario 009, pero todavía sin licencia para matar” (p.25).

Lo cierto es que Balcells sabía convivir muy bien con el poder. Se relacionaba con quien lo ostentaba o con quien pudiera ayudarla en distintas situaciones. Y vaya que fue mucha gente importante con la que tuvo cercanía. Así es como se especifica en estas páginas: “Conocer e incluso mantener relaciones de amistad con Fidel Castro, Salinas de Gortari, Belisario Betancourt, Andrés Pastrana, Felipe González, José María Aznar o con los reyes Felipe y Letizia, no sólo le encantaba, sino que además sabía hasta qué punto, como ocurrió con Aznar, le podían ser útiles a ella y a sus representados. En este sentido, también se parecía a su querido Gabo, quien, a partir del éxito de Cien años de soledad, se valió de la fama para acercarse al poder” (p.34). Un ejemplo simple de ello es cómo Balcells lograba cosas imposibles como conseguir un avión o helicóptero que pudiera rescatar a uno de sus escritores varados para que pudieran cumplir con su trabajo de promoción de libros.

Esta misma relación con el poder la confirmó su hijo Lluís Miquel Palomares, heredero del imperio que formó su madre y director actual de la agencia Balcells: “La obsesión por el poder fue uno de los motores de la vida de mi madre” (p.35). Aquí es necesario mencionar que Lluís Miquel Palomares es hijo único de Carmen Balcells y en su niñez se caracterizó por poseer una extremada timidez, problema que enseguida fue solucionado por su madre al pedirle al mismo García Márquez que le diera consejos a su hijo, además de brindarle una que otra experiencia propia de los varones como si Gabo fuese un segundo padre o un padrino para el pequeño y retraído Lluís Miquel, quien, sí o sí, estaba destinado a heredar el imperio que Balcells estaba forjando. Y vaya que sirvió.

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

La figura de la agente fue adquiriendo una imagen mítica con el transcurrir de los años y más aún con los triunfos de sus representados. Fue entonces que su imagen pasó a ser casi religiosa, como si se tratara de una verdadera madre para los suyos, quienes seguían alcanzando la tan ansiada consagración. Lo curioso es que estas grandes personalidades se encomendaban a ella porque su grandiosidad no tenía límites. Era algo muy similar a la convivencia perfecta entre divinidades. Y ni qué decir del temor que podía producir en quienes se encontraba en la otra orilla, que también tenían y ostentaban grandiosidad y hasta cierta divinidad. Era como un choque de poderes: “Muchos escritores no dan un paso sin consultar con ella. Dicen que García Márquez se encomienda a Balcells cuando contrae un catarro o tiene que tomar un avión. Tres cuartos de lo mismo hacen Cela, Vargas Llosa, Isabel Allende y docenas de consagrados. Las editoriales tiemblan al escuchar su voz por teléfono. Es terrible como un John Wayne. Y además lista, voluntariosa, implacable y lúcida» (p.49).

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

Muchas personalidades, que no pertenecían a su agencia, pero que llegaron a conocerla dan fe de la imponencia que ella ostentaba. Así lo comenta Julio Ortega, quien llegó a ser su vecino: “[…] su energía era de una claridad arrebatada, a la vez intuitiva y, a veces, feroz. Uno terminaba haciendo para ella lo que no habría hecho por uno mismo” (p.57).

Otros autores, que sí estuvieron bajo su cargo en la agencia, también dan fe de su férreo carácter y su habilidad para tener siempre el control de las cosas. Así lo mencionó José Donoso, quien muchas veces se vio sucumbido por las duras decisiones de su representante: “Carmen Balcells parecía tener en sus manos las cuerdas que nos hacían bailar a todos como a marionetas, y nos contemplaba, quizás con admiración, quizás con hambre, quizá con una mezcla de ambas cosas, mientras contemplaba también a los peces danzando en su pecera” (p.59).

Ante todas estas definiciones y testimonios cercanos es fácil deducir que ella fue el artífice del prolongado y sepulcral silencio que existe hasta el día de hoy sobre las razones de por qué Mario Vargas Llosa golpeó a Gabriel García Márquez. Se asume que como buena “madre” (o agente) no se inclinaría por ninguno de sus dos “hijos” (o representados) bastante predilectos a pesar de los hechos (o errores) que se cometieron antes de desencadenarse este suceso. Su imparcialidad y su silencio fueron su última decisión con respecto a este tema: “De manera aún más especial, fue discretísima en lo que atañe al puñetazo que Gabo recibió de Mario Vargas Llosa el 12 de febrero de 1976 en el vestíbulo del teatro del Palacio de las Bellas Artes de México DF, adonde ambos habían sido invitados para asistir al estreno de la película La Odisea de los Andes, con guion de Vargas Llosa. Balcells incluso sabía quién, entre los que se atribuían haber corrido a comprar el filete sangrante para ponérselo a Gabo sobre la mejilla golpeada -tratando así de aliviar el hematoma, que le cubría parte del ojo izquierdo, según las fotos que le realizó Rodrigo Moya dos días después- decía la verdad” (p.140).

En cuanto al boom, Balcells sabía muy bien que este se centraba en unos cuantos grandes escritores quienes capturaban la atención de muchos interesados. Era como uno de los mayores tesoros que tenía en manos y que siempre debía de cuidar: “Mucho antes, en 1974, Manuel Vázquez Montalbán recogía unas palabras de Balcells sobre la explosión del boom, al que la agente califica como el descubrimiento de un pozo de petróleo que atrae a las compañías explotadoras» (p.168).

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

Por otro lado, las mujeres escritoras nunca estuvieron fuera de su protección. Balcells era como una pitonisa que sabía muy bien que tarde o temprano el rol de las mujeres dentro de la literatura cambiaría, tal como se ha visto en los últimos años. Quizá por eso siempre estuvo pendiente de las necesidades de Isabel Allende, a quien atendía engriéndola con flores, tan igual como lo hacía con García Márquez, y hasta con grandes cenas donde nunca faltaba el caviar, pues Balcells sabía del inmenso potencial que había en Isabel Allende y en otras escritoras como Nélida Piñón, a quien visitaba por largas temporadas en su natal Brasil: “Nélida fue probablemente, después de su madre y tras Lola Carmona, la mujer más importante de la vida de la agente, por cuya carrera literaria luchó a brazo partido y con un gran éxito, avalado por los importantes premios conseguidos” (p.163).

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

Balcells era una personalidad importante, muy similar a sus representados, por lo que nunca faltaba a las grandes reuniones o fiestas literarias de Barcelona. Para ese momento ya se consideraba a esta ciudad como el epicentro del mundo editorial y literario en español. Así lo testifican los medios periodísticos y culturales: “El grupo había sido bautizado por Joan de Sagarra como la gauche divine en un artículo de Téle/eXprés a propósito de los asistentes a la fiesta de inauguración de la editorial Tusquets en el barcelonés Gran Price. Sus componentes se reunían en un nuevo local nocturno, Bocaccio, inaugurado en 1967, propiedad de Oriol Regás, que representaba, en cierta manera, el nuevo modo desinhibido y mucho más libre de entender la vida, la cultura y las relaciones humanas” (p.178).

En cuanto a las disputas con las grandes editoriales siempre continuaban, más aún si había mucho dinero de por medio. Incluso hasta se agravaban como el juicio que le entabló a Plaza & Janés por la publicación de unos títulos de García Márquez en determinados formatos que no se incluyeron en el contrato, motivo suficiente para que Balcells y su representado lograran más ganancias de las que obtenían con las ventas de los libros (p.219). Otro altercado conocido fue el que ocurrió con Beatriz de Moura y Toni López Lamadrid de Tusquets por la segunda novela de Javier Cercas después del éxito de Soldados de Salamina. La nueva novela era La velocidad de la luz (2005), por lo que se pidió un anticipo de un millón de euros (p.205). Al no recibir este monto por parte de sus editores, Cercas publicó su segunda novela con Random House Mondadori (nombre anterior de Penguin Random House Grupo Editorial). Y esta decisión para la gente de Tusquets se consideró como una triple traición.. Primero, de Javier Cercas, a quien consideraban un amigo. Segundo, de Claudio López Lamadrid, sobrino de Toni, director de Random House. Y tercero, de Carmen Balcells, agente literaria de Cercas y persona cercana para los directores de Tusquets (p.206).

En cuanto a las viudas de los escritores sí es preciso reconocer que Balcells no tuvo la suerte de salir airosa ante sus requerimientos. Es más, hasta llegó a tener diferencias con algunas de ellas. Sucedió con las viudas de Cabrera Infante y de Bolaño, quienes decidieron pasar los derechos de sus maridos a la Agencia Wylie en 2009. Lo mismo pasó con la viuda de Jorge Edwards.

Otros hechos importantes en la vida de Balcells fueron los viajes. Sobresale, en especial, el viaje que realizó a Perú junto con Mario Vargas Llosa en 1967 después de que recibiera el Premio Rómulo Gallegos por La casa verde. En este viaje también los acompañaría el escritor y crítico literario catalán Josep María Castellet, quien calificó a Lima como una ciudad triste y pobre, propia del retrato que hace Vargas Llosa en sus novelas (p.262). Luego pasaron por Iquitos, lugar al que consideró como un pueblo miserable, al que llegaron sólo para recabar información para lo que luego sería Pantaleón y las visitadoras. Lo único rescatable de este viaje fue una sesión de ayahuasca donde a la agente le dio un ataque de risa que nunca pudo controlar en todo el tiempo que le duró los efectos de la ingesta. Otro viaje que quedaría como recuerdo junto a su estimado Mario sería uno que hicieron a Cusco, en especial a la ciudadela de Machu Picchu.

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

Otros viajes importantes para la agente fueron los realizados a La Habana, con García Márquez como intermediario, sólo con la intención de obtener las tan ansiadas memorias de Fidel Castro, a quien Balcells admiraba por ser uno de los principales protagonistas de la segunda mitad del siglo XX. La revolución cubana también había cautivado a la agente literaria (p.271).

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

Parte de su legado es haber creado una escuela de agentes donde destacan otros nombres como Antonia Kerrigan y Silvia Bastos, quienes trabajaron primero para la agencia Balcells, logrando cercanía y confianza con la superagente, además de muchos conocimientos en el mercado del libro, aunque estas relaciones no duraron mucho tiempo debido al fuerte carácter de cada una de estas importantes mujeres en el medio literario español, lo que terminó en grandes peleas y, por tanto, en la creación de estas otras agencias que terminaron siendo competencia de Balcells.

También es importante mencionar las relaciones de amor-odio que sostenía con los editores, o jefes editoriales de grandes corporaciones. El primer ejemplo, ya mencionado al inicio de esta reseña, es con Carlos Barral, quien, en realidad, fue el creador de Balcells, pues ella trabajó para él en Barral Editores. Y porque fue él quien le recomendó que mejor se dedicara a ser agente literaria, puesto nulo o inexistente en ese momento. Gran error, y al mismo tiempo, gran consejo dado por el mítico editor. Otro ejemplo de esta relación es con Jorge Herralde, de Anagrama, con quien siempre se encontraba en las grandes fiestas que se realizaban en la discoteca Bocaccio de Barcelona, además de coincidir en varias ocasiones en las más importantes ferias del libro alrededor del mundo. O con Claudio López Lamadrid, de Random House por quien sintió un grandísimo afecto, no sólo por ser sobrino de su antiguo amigo Tony López Lamadrid, de Tusquets, sino también por haber sido el jefe-editor de buena parte de la obra de sus representados.

Se pueden seguir mencionando más hechos importantes que aparecen en este libro, pero son interminables. Sólo concluyo con la presencia de Balcells en la premiación del Nobel de Literatura. Ella acudió en tres ocasiones a Estocolmo. Primero con García Márquez en 1982, donde el escritor colombiano alteró el protocolo al no usar el clásico frac que se requiere para esta ceremonia sino su típico traje blanco caribeño colombiano sólo para demostrar que su nombre ya había pasado a la historia. En esa ocasión, Balcells también deslumbró con un caftán persa reservado sólo para ocasiones especiales. Y vaya que lo era. La segunda vez fue en 1989 con la premiación de Camilo José Cela, que no estuvo exceptuada de polémica, más aún al conocerse la inclinación política que tuvo el escritor español en el pasado. Y la tercera fue en 2010 cuando se lo dieron a Mario Vargas Llosa. En esa ocasión, Balcells estuvo presente entre los primeros asientos, no sólo por ser la agente literaria del galardonado sino por su avanzado estado de edad, sobre todo por su dificultad para trasladarse. Aun así, se le veía como una madre orgullosa que no podía evitar las lágrimas, más aún al saber el delicado estado de salud de su esposo Lluís Palomares, quien fallece en Barcelona tres días después de que Mario Vargas Llosa pronunciara al mundo su emotivo discurso. 

© Editorial Debate, Penguin Random House Grupo Editorial

Sin duda, Carmen Balcells es la Mamá Grande de la literatura en español. Y no por la referencia del personaje de García Márquez, sino porque en realidad fue como una mamá para muchos de sus escritores, y porque también fue grande (muy grande) en todo el sentido de la palabra.

Para más información existe un documental que ya se ha convertido en un clásico. Se llama “La cláusula Balcells” y se puede ver en el siguiente enlace:

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Datos del libro reseñado:

Carme Riera

Carmen Balcells, traficantes de palabras

Debate, 2022

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Reseña: Maniac (2023) de Benjamin Labatut

La ciencia y lo humano

Por Omar Guerrero

Maniac (Anagrama, 2023) del escritor chileno Benjamin Labatut (Rotterdam, 1981) es una novela extraña e inclasificable donde la ciencia, una vez más, es su principal protagonista. Y digo “una vez más” porque el autor ha vuelto hacer lo mismo que con Un verdor terrible (Anagrama, 2020). Y esta repetición resulta formidable, pues no es común realizar una conjunción tan perfecta entre el discurso científico y la literatura; y Labatut lo logra, lo hace de manera original e innovadora. La pequeña diferencia es que esta vez Maniac se presenta como un tríptico que cuenta los momentos más resaltantes de tres grandes científicos o genios sin dejar de lado su relación con la ciencia. Y al mencionar la palabra “ciencia” no me refiero sólo a la materia en sí, a sus procesos o descubrimientos, sus triunfos o fracasos, sino también a las personas que guardan algún tipo de relación con ellos y su trabajo, sean colaboradores, colegas, amistades, enemistades y/o rivales. Por supuesto que también se considera a su círculo íntimo como es el caso de la familia. La presencia o la mención de sus parejas, esposas e hijos también resultan relevantes para saber más sobre estas personalidades tan singulares y brillantes que se caracterizaron por su extrema genialidad, aunque también por su grado de locura.

La novela está dividida en tres partes, de ahí la idea de presentarlo como un tríptico cuyo contenido tiene distintas proporciones. La primera parte, que es bastante breve, se titula “PAUL o El descubrimiento de lo irracional”, y corresponde a la vida del físico austriaco Paul Ehrenfest, quien cometió un crimen que marcó su vida y la de su familia. La segunda parte, que es mucho más extensa, se titula “JOHN o Los delirios de la razón”, y abarca muchos aspectos en la vida y el trabajo del sabio matemático húngaro John Von Neumann, en especial con el proyecto Manhattan, relacionado con la elaboración de la bomba atómica, además de su incursión inicial en la computación. Y la tercera parte, una de las más inquietantes, sobre todo por el estilo en el que está narrado, se titula “LEE o los delirios de la inteligencia”, que corresponde a ciertos hechos en la vida pública de Lee Sedol, maestro coreano del Go, un juego donde la concentración y la deducción pueden resultar un verdadero tormento, en especial si se enfrenta el cerebro humano ante los poderes insospechados de la inteligencia artificial.   

 En “PAUL o El descubrimiento de lo irracional”, se cuenta el filicidio cometido por el físico austriaco Paul Ehrenfest, lo que continuó a su inmediato suicidio. Lo más trágico de este crimen doble es que su hijo Vassily, llamado con el sobrenombre de Wassik, padecía síndrome de Down, por lo que su inocencia se reafirma ante todo lo que surgía dentro y fuera de la cabeza de su padre debido a sus traumas y temores. Lo extraño es que no era el único genio de su época que sufría de estos tormentos: “Al igual que Ehrenfest, Boltzmann tuvo una vida atormentada e infeliz; padecía episodios de manía incontrolable, seguidos por depresiones abismales cuyo efecto se veía agravado por el feroz antagonismo que sus ideas revolucionarias engendraban en sus pares” (p. 13). Se deduce que el contexto político y social, más la constante amenaza de lo bélico de esos años, fueron motivos suficientes para incentivar este cuestionado accionar.

En “JOHN o Los delirios de la razón”, se utiliza la narración de muchos personajes en varios capítulos sólo para construir el perfil del genio matemático John Von Neumann y sus contribuciones a la ciencia. Todos estos personajes-narradores dan su testimonio sobre este personaje que despierta admiraciones y también desavenencias, y que nunca dejó de considerar a las matemáticas como una ciencia provista de un inusitado poder: “Hay tantas religiones y dioses como personas que creen en ellas, y las llamadas «ciencia» sociales son tan inútiles como la filosofía, poco más que juegos de palabras. La matemática es diferente. Cegadora e irrecusable, siempre ha sido considerada como la luz de la razón, una antorcha que brilla en medio de la oscuridad que nos rodea. Por eso empezó a cambiar a principios del siglo XX” (p. 78).

Aunque lo más resaltante de esta parte es la recreación de los hechos previos al uso de la bomba atómica. Por supuesto que en estos testimonios también sobresale la figura del físico Robert Oppenheimer. Así lo comenta el físico Richard Feynman: “No había muchos lugares así, tuvimos que levantar uno desde cero. Un pueblo entero de la nada. Oppenheimer sugirió esa ubicación, sus padres tenían una cabaña cerca. Pero lo más importante es que estaba vacío, no había ninguna estructura salvo un rancho que funcionaba como una escuela de niños ricos (me parece que Gore Vidal y William Burroughs fueron alumnos) y construyeron todo alrededor de ese edificio. Todos Los Álamos. Llegaron y aplanaron la meseta con buldóceres, y el pueblo empezó a brotar como un hongo en torno a la escuela” (p. 116). Llama la atención que en este mismo capítulo narrado por Feynman se mencione la dimensión e importancia del juego de Go: “Me puso a cargo de cuatro físicos que convertí en fanáticos del Go. Porque ese juego… es alucinante. Se parece un poco a las damas, pero es monstruosamente complejo” (p. 119). “El mejor jugador de Los Álamos era Oppenheimer. Yo llegué a ser muy bueno, muy rápido, pero no le podía ganar a él. Años después supe que cuando dejaron caer a Little Boy encima de Hiroshima, dos grandes maestros japoneses -Hashimoto Utaro, el campeón nacional, e Iwamoto Kaoru, el retador- estaban en el tercer día de un campeonato de Go, a unas tres millas de la zona cero” (p. 123).

Otra parte que llama la atención es el temor de lo que podía ocasionar la bomba, tan cercano o propio al fin de la humanidad. Los preparativos y la prueba final también son sorprendentes tan igual como si se tratasen de escenas cinematográficas bastante bien logradas. Se suma la mención de diversos personajes disímiles desde el poeta T.S Eliot hasta Albert Einstein. Asimismo, sobresale la definición del término MANIAC, explicado por el ingeniero americano Julian Bigelow en otro de los capítulos de esta segunda parte para definir este acrónimo: “Mathematical Analyzer, Numerical Integrator and Computer. Así bautizamos a nuestra máquina. El analizador matemático, integrador numérico y computadora. Pero nadie nunca la llamó así. La llamábamos MANIAC” (p. 169).   

No se pueden dejar de mencionar las explicaciones científicas de los resultados obtenidos en el proyecto Manhattan, lo que también resulta terrorífico a pesar del triunfo que ello significó: “Su tamaño era incomparablemente mayor a lo que yo vi en el desierto: a treinta millas de distancia de la isla aniquilada por el estallido hubo testigos que temblaron de miedo al ver esa nube encima de sus cabezas, balanceada sobre un tallo ancho, oscuro y sucio, hecho de partículas de coral, vapor de agua y escombros. Al expandirse, la bola de fuego alcanzó una temperatura que superó los ciento sesenta y seis millones de grados Celsius, más caliente que el núcleo del sol” (p. 176).

En “LEE o los delirios de la inteligencia”, se centra en la contienda que sostiene Lee Sedol, maestro coreano de Go, en marzo de 2016, con una máquina llamada Alpha Go, que no sólo se presenta como una perfecta contrincante sino como el grado superlativo de lo creado por la mente humana, por lo que solamente obedece a cálculos y deducciones propias, de ahí su denominación de Inteligencia Artificial: “AlphaGo no vacilaba, no dudaba y no cuestionaba las jugadas que había hecho. Era inmune al cansancio, carecía de inseguridades y no conocía el temor. No le importaban ni el estilo ni la belleza, y no perdía tiempo ni energía en participar de los enrevesados juegos mentales con que los jugadores profesionales buscan desequilibrar a sus contrincantes. AlphaGo no pensaba en los demás, ni le importaba lo que sentían. Lo único que le importaba era ganar. Para el programa no había ninguna diferencia entre ganar de una paliza o por un solo punto” (p. 335). La autonomía de esta inteligencia queda determinada de la siguiente manera: “Pero AlphaGo podía realizar algo de lo que ningún ser humano era capaz: calcular, con una precisión absoluta e infalible, exactamente cuánto territorio necesitaba para vencer, y conformarse con ello” (p. 355).

En esta última parte, llama la atención la frustración y el temor humano ante la superioridad de la máquina. Se evidencia la vulnerabilidad del hombre ante lo creado, pues lo que debería resultar un beneficio bien podría presentarse como todo lo contrario, casi un tormento. Lee Sedol lo entiende en cada jugada y en cada derrota. Su inteligencia humana y sus fuerzas no alcanzan para revertir el sometimiento al que es llevado sin ninguna contemplación. Sólo cierta falla en la máquina puede ser una salida, o una esperanza, aunque no una victoria.

Ante lo expuesto se entiende que Maniac de Benjamín Labatut es más que una novela o una revisión biográfica-científica de ciertos personajes y hechos trascendentales. Se entiende más como un retrato de la genialidad de lo humano que al mismo tiempo puede resultar ser un absurdo o una paradoja irreversible para el mismo hombre. Se podría asumir como un avance, desarrollo, progreso y, a la vez, su nulidad para el futuro, su lado sombrío, la manifestación de las tinieblas, el daño mismo o, quizá, su propia destrucción, un apocalipsis.

Su lectura llama a los aplausos y a la reflexión.

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Datos del libro publicado:

Benjamin Labatut

Maniac

Anagrama, 2023

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Reseña: Un lugar soleado para gente sombría (2024) de Mariana Enríquez

El mal que acecha

Por Omar Guerrero

Un lugar soleado para gente sombría (Anagrama, 2024) es el tercer libro de cuentos de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973). Esta nueva publicación está compuesta por doce relatos donde, como ya es costumbre en su obra, aparecen fantasmas y monstruos, además de predominar lo oscuro y lo tenebroso a través de hechos insólitos. Y todos estos elementos pueden considerarse como algo propio de lo fantástico, tan peculiar en la tradición literaria argentina, más aún en el género del cuento; aunque aquí las historias terminan apoderándose de lo gótico y lo siniestro, lo que da como resultado un terror que en realidad asusta, que produce miedo y que hasta hiela la sangre. Se suma el deterioro del cuerpo y la enfermedad, en cómo el ser humano pierde su belleza y juventud para convertirse en un ser que produce espanto o repulsión, sea propio o ajeno, más aún cuando se inserta lo pútrido o lo ya descompuesto previo a la muerte. Y ni qué decir la muerte en sí. Aquí tampoco se puede dejar mencionar el miedo correspondiente a una etapa política traumatizante para la mayoría de los ciudadanos de un país que fue sometido a una cruel dictadura.

Cabe aclarar que la precisión de la autora para construir estas historias resulta sorprendente, además de magnífica, lo que merece más de un ejemplo o cita sólo para demostrar su maestría al narrar y describir una serie de situaciones donde la anécdota se ciñe en el mal que acecha, que atemoriza y que perturba. Y esta redundancia, desarrollada en distintas circunstancias, es más que un mérito.

En “Mis muertos tristes”, una mujer médica ve muertos o fantasmas, entre ellos, el de su madre, aunque este no parece ser el problema si se compara con la violencia que se vive en su barrio de clase media: “Mis vecinos hacen reuniones de «seguridad». No consiguen mucho. En el barrio hubo algunas invasiones a casas, robos violentos, le pegaron a una anciana. Es horrible lo que pasa. Pero ellos son todavía más horribles. En las reuniones gritan que pagan sus impuestos (es parcialmente cierto: la mitad evade lo que puede, como todo argentino de clase media), que se compraron armas y hacen cursos para usarlas, y describen las maneras en que piensan que la policía debe actuar: siempre proponen el asesinato, el insulto, el ejemplo medieval o el ojo por ojo o cosas por el estilo” (p. 9, según versión digital: lo mismo para las siguientes citas).

La consecuencia de esta violencia recae en los muertos, quienes recurren a la protagonista como si se tratase de una médium sólo para reclamar una injusticia que ha quedado pendiente: “Entonces aquí estaba Matías de apellido italiano, muerto a cuadras de mi casa, y yo no sabía por qué tocaba la puerta ni me había enterado de que su asesinato había sido tan cerca” (p. 23). Y ante estas situaciones paranormales a la protagonista no le queda más que aceptar que el mal no procede de la muerte sino de la vida misma, de lo que está cerca, en la propia realidad.

En “Los pájaros de la noche”, una mujer tiene el rostro deforme. Una manera de escapar de su realidad es establercer contacto con la naturaleza rural a pesar de que esta no deja de tener relación con todo lo malo que puede suceder en la vida: “Tengo que volver a los pájaros. Todos los pájaros son mujeres que han recibido un castigo. En los mitos populares de nuestra provincia, Entre Ríos, pero también de Corrientes y de Misiones (tengo un libro que ubica cada mito en detalle), el castigo para la desobediencia, la mala conducta o el amor desesperado es ser transformada en ave” (p. 32). Parte de lo malo también atañe a seres inocentes que han sido víctimas de la crueldad: “En el diario decían que la niña, que se llamaba Juana, había aparecido «desgarrada». Millie, esa tarde, quiso conectarse con su espíritu. Dejó chorrear sus pinturas junto al árbol donde apareció el cuerpo de la niña; el dibujo tomó una especie de estrella atrapada en un círculo. Recitó algunas palabras con los ojos cerrados y esperó” (p. 37). Aquí la trascendencia de la muerte, o el contacto con el más allá, parece ser el único consuelo.  

En “La desgracia en la cara”, se hace presente el tema de la violencia de género como una recurrente, lo que ya produce cierta conmoción: “El orden y los detalles del relato de la violación eran siempre los mismos, como si ya no fuese capaz de recordarla de verdad y repitiese una historia vieja, una leyenda” (p. 49). Y no sólo es la mención a estos hechos repulsivos sino también cada uno de los detalles: “No la violó sobre el camino. La apoyó contra un árbol. No le dijo que no gritara, no le tapó la boca, y ella lloró todo el tiempo de miedo y de dolor” (p. 50). Lo asombroso es que estos delitos tienen conexión con el ámbito familiar, por lo que el dolor se multiplica.

En “Julie”, se presenta a una muchacha extraña que tiene un aspecto desagradable. Su imagen es descuidada y llama la atención: “En las fotos que enviaba Julie siempre aparecía seria, mal vestida y, sinceramente, fea. Gorda. Hinchada quizá, y con el pelo enmarañado y débil. Parecía una enferma grave” (p. 74). Julie vive en Estados Unidos. La narradora es la prima de Julie, quien cuenta los problemas que existe entre su padre y la mamá de Julie. Ambos hermanos discuten y se mantienen aislados, no se llevan bien, hasta que Julie llega a la Argentina con la posibilidad de ser tratada, pues sólo se sabe que tiene sexo con espíritus. Existen otros comportamientos en Julie que también llaman la atención. Por eso, decide ingresar a una casa de reposo en Uruguay donde se supone que será feliz a pesar de ciertas truculencias que a ella parece agradarle: “Me contó sobre las primeras visitas, sobre las diferencias entre los visitantes: a uno le gustaba especialmente lamerle el agujero del culo, lo dijo así, como una bestia, y casi me mareo: estaba perdiendo la elegancia. O quizá de verdad estaba loca” (p. 85). Aquí no deja de llamar la atención la reacción de la familia ante la decisión final de Julie.

En “Metamorfosis”, se habla del deterioro del cuerpo, sobre todo de la enfermedad, entendida como el motivo de una transformación no deseada pero que, por extraño que sea, resulta atractivo: “Primero busqué miomas online. No todos eran tan bonitos como el mío. Algunos eran granulados y otros tenían muchas cabezas, más jengibre aun, pero un jengibre feo, digamos como uno de esos animales con globos que hacen los payasos (o que hacían en las fiestas de mi infancia)” (p. 92). Lo extraño es que parte de esta transformación produce cierto gusto hacia lo amorfo o lo anormal: “Mi espalda, ahora, tiene otro relieve. Tiene algo de dragón, Colson tatuó la piel de colores y parece tornasolada. Una falsa columna de saurio. Algo de camaleón, de lagarto, de serpiente mítica, de sangre fría” (p. 98).    

En “Un lugar soleado para gente sombría”, se recurre al género periodístico para dar a conocer un hecho real que ocurrió en el mítico Hotel Cecil de Los Ángeles, conocido por ser un lugar donde ocurrieron crímenes y hechos inexplicables. Se añade la muerte en extrañas circunstancias de una muchacha canadiense llamada Elisa Lam: “Le tuve que contar el caso. Elisa era una turista muy joven que, quizá por ignorancia sobre el pasado del lugar, se alojó en el hotel Cecil del centro de Los Ángeles. El lugar es conocido no sólo por tragedias, suicidios, crímenes y demás, sino porque ahí se alojó durante un tiempo el asesino serial Richard Ramírez […] La encontraron veinte días después flotando en el tanque de agua del hotel, ahogada, desnuda, con toda la ropa y pertenencias dentro del agua. Uno de los huéspedes se dio cuenta porque el agua salía negra de las canillas y la ducha y, claro, un poco apestosa. Elisa se pudrió flotando en el tanque y los huéspedes la bebieron” (pp. 101-102). Además de centrase en esta muerte, la narradora se da tiempo para conocer otros escenarios de Los Ángeles donde llega a tener contacto con un joven adicto que le hace recordar a un amigo fallecido llamado Dizz. Se trata, sin duda, del lado sórdido de la ciudad, aunque no menos sórdido es la concurrencia de muchos interesados en la muerte de Elisa Lam, quienes ingresan al hotel con el único fin de tener algún tipo de contacto sólo para tener más información de lo sucedido: “Una de mis mejores amigas, que vive en Los Ángeles, es una obsesa de lo paranormal en la ciudad, y me contó que hoy día la gente se reúne alrededor del tanque donde Elisa murió, esperando una señal” (p. 104).

En “Los himnos de las hienas”, el narrador es un joven que tiene una relación amorosa con Mateo, un muchacho apuesto de cabello largo e hijo de padres ricos que no tienen ninguna objeción hacia los gustos de su hijo. En la casa de Mateo se habla del antiguo zoológico del pueblo que más parecía una cárcel y que sufrió un incendio premeditado donde algunos animales murieron quemados. Otros animales, sin embargo, lograron escapar, aunque luego fueron atrapados. Los únicos animales que desaparecieron sin dejar rastro alguno fueron las hienas. Esto motiva a Mateo y al narrador hablar en la intimidad sobre el sexo de estos mamíferos carroñeros, pues consideran a las hienas como animales trans por su peculiaridad. Al día siguiente ellos visitan el cementerio del pueblo y un lugar llamado el Palacio de los Aguirre que se encuentra desolado y que era considerado como un campo de concentración: “Sí, se sabe que torturaban en el sótano. Pero fue muchas cosas más. La casa de verano es de los ricos estos, que bytheway son los dueños de todos los quesos que te comiste anoche, así que al Mal ya lo tenés incorporado” (p. 129). Este lugar se encuentra en ruinas, aunque aún quedan restos de su esplendor de influencia europea. También quedan algunos rastros como si allí viviera alguien, o como si fuera visitado con regularidad. Mateo y el narrador encuentran ropa usada que bien podría haber pertenecido a gente que ya está muerta. Mateo se pone una blusa vieja y enseguida suceden cosas siniestras como la presencia de un hombre calvo que los ataca en medio de muchas camas donde se escucha el llanto de gente que no se puede ver: “Miré alrededor: había muchas, como en un dormitorio comunitario de un orfanato o de una prisión. O de una sala de torturas. Mateo estaba medio desmayado, pero el hombre no dejó de pegarle y, cuando por fin pude moverme y corrí, me caí al piso. Tenía los pies atados” (p. 134). Este hombre calvo demuestra su resistencia para provocar el mal sin importar rebanarse una oreja, la nariz o la comisura de los labios sólo para mostrar una mayor sonrisa llena de sangre. Todo es grotesco y terrorífico. Parece un mal sueño o algo imaginado, pero no es así, sobre todo con el sonido de las hienas a lo lejos en medio de una inesperada oscuridad.  

En “Diferente colores hechos de lágrimas”,llama la atención el epígrafe del poema “Absoluta” de César Vallejo donde sobresale el verso: “¡Ay, la llaga en color de ropa antigua!”. Todo empieza cuando una mujer, dueña de una tienda de ropa vintage, visita una casa decadente pero acaudalada que ofrece ropa usada. Allí conoce a un anciano llamado Noé Seidel que aún guarda los vestidos de su esposa fallecida: “Tenían el olor de su mujer, eran su presencia encerrada en un ropero, no quería volver a sacarlas buscando un aroma que se perdía con los años, no quería ver en el espejo, de reojo, su fantasma acomodando la cintura y frunciendo la nariz si no estaba conforme: No quería pasar lo que le quedaba de vida con ella. Había más vestidos, pero los iba a regalar a familiares o donar al Museo del Vestido que estaba muy interesado” (p. 142). Una vez que la narradora tiene posesión de algunos vestidos y otras joyas, se junta con sus otras amigas y socias sólo para averiguar más sobre la antigua dueña, de quien llegan a saber que se llamaba Susana Swanson, que era muy rica, que murió de cáncer, y que le fue infiel a su marido con un médico pobre, pues también logran conocer una antigua noticia sobre un ataque violento ocasionado por el empresario Noé Seidel en los años ochenta. Sin tomar en cuenta esta información, las tres amigas se prueban los vestidos y encuentran que una de estas piezas les produce diferentes cortes, heridas y golpes que nunca habían tenido en el cuerpo. Se asustan, se quitan la prenda y lloran de miedo. Intentan serenarse y piensan que esto sólo les pasa a ellas, que quizá no suceda con sus clientas, pero lo siniestro llega a manifestarse en toda su dimensión. Esto queda confirmado con un correo del anciano donde les muestra su desprecio tan igual como lo hacía con su difunta esposa. También se confirma con el arrebato de la narradora sólo para provocar un mayor espanto.  

En “La mujer que sufre”, una mujer hipocondriaca siente al mismo tiempo curiosidad sobre algunas enfermedades. Mientras más graves o extrañas sean, mayor es su interés, pues es evidente su gusto hacia estas afecciones de las que siempre escucha con atención: “Algún hijo de su madre mandó una cadena para una pibita que tenía una enfermedad en la piel. No me acuerdo el nombre entero, pero algo con gangrena. Las fotos, no sabés. Tenía agujeros por todos lados. Llagas. No me la olvido más” (p. 156). Se suma la constante presencia de otra mujer que se muestra como una intrusa, muy parecida a un fantasma, y que, además, tiene la peculiaridad de que siempre sufre. “No entró al foro de hombres con cáncer, no era lo mismo. Todavía el chico no había hecho una aparición en su casa. A lo mejor no estaba ahí. La mujer que sufría tenía enfermeros en su casa” (p. 168).  

En “Cementerio de heladeras”, una mujer recuerda sus juegos de infancia que se convirtieron en algo grave. Todo ocurrió en un lugar sombrío llamado como el título del cuento. En este sitio ocurren otros hechos macabros como la vez en que llegó un hombre cargando a su hijo degollado: “Un hombre, decían, llegó al cementerio de heladeras con su hijo en brazos, un chico de seis años, degollado. Un sereno lo encontró y el hombre dijo que venía a enterrarlo. El cuerpo del chico tenía mutilada la mano derecha: el padre, se contaba, le había cortado todos los dedos, que guardaba en el bolsillo de la campera” (p. 175). Y aquello que fue tan grave en la niñez de la mujer queda como un remordimiento. Este último sentimiento la persigue desde que tenía trece años hasta pasado los cuarenta. Se incluyen las preguntas que recibe para intentar explicar lo que se considera insólito: “Y después, como pasa siempre, alguien preguntó sobre si habíamos visto algo sobrenatural o vivido una experiencia de mucho miedo” (p. 183). Ella regresa al lugar de los hechos para intentar resarcir en algo el delito cometido sin saber que la espera una experiencia que se convertirá en algo escalofriante.

En “Un artista local”, una joven pareja de esposos sin hijos viaja a un pueblo llamado General Moore que se encuentra semiabandonado por culpa de la falta de trenes. Allí serán testigos de una serie de hechos como observar el santuario que se le hace a una mujer cuya historia se centra en haber dado de lactar a su bebé aún después de muerta: “¿Te gusta ella, la santa? No, confesó Ivana. Se acercó a mirar de cerca la imagen y frunció la nariz. Cuando la hacen así, especialmente, medio verdosa para dejar claro que ella está muerta y el bebé sigue vivo, tomando la leche podrida de su teta, es peor” (p. 191). En su estadía también se menciona la pandemia y sus consecuencias, entre ellas, una mayor desolación en el pueblo. Sin embargo, se puede observar la exposición de un artista local que resulta singular, lo que resulta atractivo para la pareja, sobre todo para la protagonista, razón para querer conocerlo sin saber el riesgo que corren con ello: “El hechizo se rompió cuando una de las tres viejas cerró la puerta. Hizo un ruido desproporcionado, como si fuese metal. Como de bóveda de banco. Y dentro las voces sonaban como en una iglesia, como la iglesia que faltaba en ese pueblo. Ivana escuchó que Lautaro lloraba y le decía: no me escuchaste, no me escuchaste. Ivana por fin encontró los ojos de Lautaro, que estaban desenfocados” (p. 206). Asombra que lo monstruoso se manifiesta para dar paso a un final que no se espera, o que no se puede creer por el grado de espanto.

Mariana Enríquez

En “Ojos negros”, uno de los mejores y más terroríficos, bastante preciso para dar fin a este libro,se cuenta la historia de una mujer que trabaja para una ONG atendiendo a gente sin recursos. Este trabajo lo hace en grupo. Tiene como compañera a una muchacha bastante empeñosa llamada Flora. Ellas salen a la calle de noche junto a un conductor de apelativo “Chapa”. Los tres atienden brindando comida, abrigo y consejos a los más pobres sin dejar de tener cuidado ante los peligros que se puedan presentar: “No todo era dulce y pobre gente buena: un par de hijos de puta violaban de noche o toqueteaban, había algunas brujas bien temibles que, yo sabía, hacían trabajos detrás de la palmera, y estaban los perturbados que uno podía entender y compadecer, pero además de cortarse ellos mismos, los brazos por lo general, muchas veces empezaban peleas que terminaban con heridos” (p. 214). Y no sólo se trata del posible peligro con la gente con la que tienen contacto, sino también de los lugares que visitan, la mayoría con pasados sombríos o tenebrosos, y donde siempre suceden cosas raras, como el caso de un antiguo cuartel, en clara referencia a lo sucedido en la dictadura militar: “Se contaban demasiadas historias de esos lugares. Algunas violentas, otras paranormales. Decían que uno de los lugares era un excuartel. Flora, que conocía bien la ciudad, aunque vivía en provincia, decía que no, que el cuartel estaba cerca pero no era el predio que se usaba como refugio. Lo que sí: la morgue estaba al lado. Muchos hablaban de manos que los tocaban de noche. Qué diferencia había entre una mano fantasma y los peligros de la intemperie real, me preguntaba yo, pero no decía nada” (p. 215). Una noche, justo después de finalizar su trabajo, y ya dentro de la camioneta donde realizan los despachos, se les aparecen dos niños de aspecto extraño, pues parecen de otro tiempo, demasiados pulcros y con una forma de hablar nada relacionada a la calle. Estos dos niños se presentan como dos seres fantasmales que luego tomarán un aspecto monstruoso: “Entonces el más grande levantó la cara y le vi los ojos. Eran negros. No había esclerótica, ni pupila, ni iris; eran relucientes y de obsidiana. Como si estuviese ensayado, el otro también levantó la cabeza. Tenía dos huecos negros donde debían estar los ojos, pero los agujeros reflejaban las luces y me reflejaban a mí” (p. 219). “Flora y yo nos asomamos. Ella, solo por sostener su berrinche de superiora moral, dijo que le parecían perros. Eran los chicos. En cuatro patas. Pero no corrían como primates: eran arañas veloces, los culos flacos para arriba, nada humano en sus movimientos” (p. 220). Lo peor es que este peligro se transforma en una amenaza que mantiene en vilo al lector, y también a los personajes, sobre todo al intuir aquello tan terrible que va a suceder.

En resumen, se confirma que este libro de cuentos es más que formidable. Es uno de los mejores de la producción de Mariana Enríquez junto con Las cosas que perdimos en el fuego. También se puede decir que es uno de los libros más importantes que han aparecido este año, razón por lo que se celebra y se disfruta. Por eso mismo se recomienda su lectura. De ahí la necesidad de explayar este texto sólo para demostrar el entusiasmo por estos cuentos tan bien logrados que es mejor no leerlos de noche. Una última recomendación: existe una playlist elaborada por la misma autora a partir de las canciones que se mencionan al final del libro en la parte de los agradecimientos y que se puede escuchar en el siguiente enlace:

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Datos del libro reseñado:

Mariana Enríquez

Un lugar soleado para gente sombría

Anagrama, 2024

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Reseña: En agosto nos vemos (2024) de Gabriel García Márquez

El acontecimiento literario de la década

Por Omar Guerrero

En agosto nos vemos (Random House, 2024) es la esperada novela inédita de Gabriel García Márquez (1927-2014). Y digo que era “esperada” porque ya se había anunciado su existencia en 1999. Ese año Gabriel García Márquez leyó un fragmento de este proyecto aún incipiente en la Casa de América de Madrid en un foro donde estuvo acompañado por José Saramago. Días después de este encuentro entre los dos Premios Nobel de Literatura se publicó un adelanto en el diario El País de España a modo de exclusiva. A partir de esa fecha sus lectores reclamaban esta nueva creación que quedó relegada primero con la publicación de sus memorias Vivir para contarla en 2002 y después en 2004 con la que hasta hace unos días era considerada su última novela: Memoria de mis putas tristes. Todo indicaba que después de estas publicaciones llegaría la tan anunciada nueva novela, pero en su lugar salió a la luz en 2010 una recopilación de sus textos de no ficción titulado Yo no vengo a decir un discurso. Lo que vino después fue la noticia de la senectud del Nobel colombiano con todos los problemas que acarrea junto a un completo hermetismo por parte de su familia, sobre todo del autor y su esposa, hasta que llegó el momento de su muerte en 2014. A partir de lo ocurrido ese triste 17 de abril de ese mismo año se podía deducir que lo no publicado quedaría por siempre guardado en los archivos de la Universidad de Texas en Austin, lugar donde reposan todos sus documentos. Es decir, para quienes aún recordaban la mención de esta novela o proyecto sólo les quedaba la opción de viajar a esta universidad, tramitar todos los permisos para acceder a estos archivos y así poder revisar o leer lo que quedó sólo como un proyecto que el mismo Gabo calificó como fallido: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo» (p.8), según confiesan sus hijos Rodrigo y Gonzalo García Barcha en el prólogo de este nuevo título que ya ha despertado el debate de si debió haberse publicado a pesar de la sentencia final de su autor. Lo cierto, o lo raro, es que Gabo no lo destruyó. Quizá no lo hizo con la esperanza de mejorarlo en sus ansias de perfeccionamiento, sólo que el tiempo y la lucidez no se lo permitieron. En este prólogo sus hijos explican las razones de por qué procedieron ir en contra de la decisión de su padre, además de pedirle las debidas disculpas. Lo hicieron sólo para anteponer el reclamo de sus lectores, que son millones, entre los que se incluyen grandes personalidades como presidentes, actores y cantantes. Y, por qué no, parte de esta iniciativa es brindar un aporte que sea relevante para la literatura escrita en español. Es obvio que una de las razones por la que no se publicó fue la falta de facultades propias de la senectud de Gabo surgido después de la publicación de Yo no vengo a decir un discurso en 2010. Esta fecha coincide con el testimonio que brinda el editor Cristóbal Pera en la parte final del libro donde no sólo cuenta los antecedentes de esta novela inédita, sino que también se detalla su contexto sin dejar de mencionar nombres tan importantes como Carmen Balcells, agente literaria de García Márquez, Mónica Alonso, secretaria del Premio Nobel, y los editores Claudio López Lamadrid y Gary Fisketjon. Y a pesar de estas justificaciones, que tal vez sigan siendo cuestionadas, sobre todo mientras no se lea la novela; lo que ya no puede cuestionarse es el valor que posee para el beneplácito de sus lectores que, al leerla (o devorarla), terminarán confirmando que esta publicación sí es un aporte para las letras latinoamericanas como sucede con todo el legado del Premio Nobel colombiano. Quizás no tenga el nivel de novelas como Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera, pero lo que no se puede discutir es que tiene su estilo inconfundible.

La novela es corta. Se lee rápido. Mejor dicho, se devora. Consta de seis capítulos. Trata sobre la historia de una mujer de cuarenta y seis años llamada Ana Magdalena Bach que cada mes de agosto, día 16 de este mes, para ser precisos, viaja a una isla del caribe para visitar la tumba de su madre, quien antes de morir pidió ser enterrada en ese lugar. Ana Magdalena le lleva gladiolos a su tumba, pues su progenitora detestaba las rosas. Sus visitas no son prolongadas. Duran apenas dos días. Por lo común, ella va al cementerio en la mañana y el resto de la tarde y la noche del primer día se la pasa contemplando el paisaje caribeño hasta que llega el día siguiente en la mañana cuando le toca partir en el mismo transbordador que la lleve de regreso a su ciudad donde vive con su esposo llamado Domenico Amarís y sus dos hijos, uno varón de veintidós años, que también es músico como su padre, y la menor llamada Micaela de dieciocho años que quiere ser monja a pesar de estar enamorada de una trompetista de jazz que se caracteriza por ser mulato y con el que confiesa haber tenido intimidad (todo indica que las mujeres aquí presentan otra condición). En esas horas libres, sobre todo las nocturnas, Ana Magdalena se comporta de una manera muy distinta a su vida de casada. Se le presenta como una mujer libre de prejuicios que sólo se guía por sus impulsos y deseos quedando a relucir lo erótico. Y a partir de estos actos quedará el recuerdo de una serie de hombres a los que ni siquiera llega a saber su nombre. Con este comportamiento es imposible no relacionarlo con la última etapa de la vida de Fermina Daza cuando en su senectud decide ya no reprimir sus deseos ante las propuestas de Florentino Ariza. También tiene similitudes con Pilar Ternera, por la variedad de amantes que aborda. Incluso hasta con Angela Vicario sin necesidad de mostrar vergüenza ni mucho menos ajusticiar a nadie. 

Otra característica de la novela es que tiene como protagonista a una mujer, algo no sucedido con anterioridad en su novelística. En los textos adicionales a esta publicación se menciona que el proyecto inicial era en formato de cuento. Tal vez para que quedara dentro del registro de personajes femeninos como la cándida Eréndira, todo correspondiente a su narrativa corta. Sin embargo, este proyecto se convirtió en una novela. Aunque su mayor mérito es su propuesta en cuanto al estilo cuya prosa está llena de figuras e imágenes que sólo podían haber sido escritas a la manera de García Márquez. Aquí dos ejemplos: «Siguió con el tacto de sus pies a lo largo de las piernas, y comprobó que todo él estaba cubierto por un vello espeso y tierno como musgo en abril. Luego volvió a buscar con los dedos el animal en reposo, y lo encontró desalentado pero vivo. Él se lo hizo más fácil con un cambio de posición. Ella lo reconoció con las yemas de los dedos: el tamaño, la forma, el frenillo acezante, el glande de seda, rematado por un dobladillo que parecía cosido con agujas de enfardelar. Contó el tacto a puntadas, y él se apresuró a aclararle lo que ella había imaginado: […]» (p.29). «No hubo más trámites. Ambos sabían ya a lo que iban, y ella sabía que era lo único distintivo que podía esperar de él desde que bailaron el primer bolero. La asombró la maestría de mago de salón con que la desnudó pieza por pieza, con la punta de los dedos y sin tocarla apenas, como deshollejando una cebolla. En la primera embestida se sintió morir por el dolor y una conmoción atroz de ternera descuartizada. Quedó sin aire y empapada en un sudor helado, pero apeló a sus instintos primarios para no sentirse menos ni dejarse sentir menos que él, y se entregaron juntos al placer inconcebible de la fuerza bruta subyugada por la ternura […]» (p.67). 

Otra característica en su personaje principal es que ella es una mujer lectora. Ana Magdalena Bach lee mucho a pesar de no haber concluido su carrera de Artes y Letras. Ella lee en cada uno de los viajes que realiza a esa isla del caribe en el mes de agosto. Le gustan las novelas románticas, mucho mejor si son «largas y desdichadas» (sic) (p. 35). Aunque las lecturas que ella realiza dentro de esta historia van por otra línea como es el caso de Drácula de Bram Stoker, cuyas páginas cobrarán realce en la historia por guardar un mal recuerdo físico de uno de esos amantes fugaces. Se suman otras como la Antología de la literatura fantástica de Borges y Bioy, Crónicas marcianas de Ray Bradbury, El ministerio del miedo de Graham Greene y el Diario del año de la peste de Daniel Defoe.     

Se añade la música que circula entre sus páginas como las composiciones de Claude Debussy, entre ellas “Claro de luna”. También aparece los boleros, además de la mención de la música de Celia Cruz y Van Morrison.

Como punto final se incluye la firma de Gabo y las imágenes facsimilares de las páginas originales con las correcciones hechas por el mismo autor o por la secretaria Mónica Alonso bajo las órdenes de uno de los mayores genios de la literatura universal, tal como se indica en las notas a pie de página.

En síntesis, esta novela no debe dejar de ser leída. Se disfruta y complace a cualquier lector, así sea un lector exigente. Tal vez quede la sensación de que se pudo contar más, que se pudo explayar en otros personajes como el esposo o los hijos a pesar de que el centro sigue siendo Ana Magdalena Bach. Igual es una novela que causa sensaciones, sobresaltos y sorpresas. Es una novela de Gabo y eso hay que celebrarlo, por eso la salida de En agosto nos vemos es el acontecimiento literario de la década.

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Datos del libro reseñado:

Gabriel García Márquez

En agosto nos vemos

Random House, 2023

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Reseña: Los divagantes (2023) de Guadalupe Nettel

Extrañas relaciones familiares

Por Omar Guerrero

Los divagantes (Anagrama, 2023) es el nuevo libro de cuentos de la escritora mexicana Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973). Está compuesto por ocho relatos que tienen en común las relaciones familiares en situaciones extrañas o al límite como podría ser una pandemia, y las consecuencias que esta ha provocado, tal como sucede en dos cuentos de este libro. Todos sus protagonistas son padres, hermanos e hijos, pero también son esposos o parejas. Lo peculiar es que muchos de ellos se encuentran desorientados o perdidos. Además, aquí se guardan secretos, distanciamientos, silencios, amor y odio.

En el primer cuento titulado “La impronta”, la narradora es un personaje femenino joven que descubre a un tío desaparecido que se encuentra internado en una clínica. Sucede de casualidad mientras acompaña a una amiga cuya madre está delicada de salud. El apoyo emocional hacia esta amiga desaparece desde el momento que se da el descubrimiento del tío proscrito y desahuciado cuyo nombre es Frank. De inmediato se da una cercanía entre ambos, pues se reconocen como distintos al resto de sus familiares. “Era la primera vez que alguien de mi familia se tomaba en serio el hecho de que estudiara literatura sin pensar que mi elección se debía a una falta de talento para cualquier cosa, y que era una carrera destinada a las mujeres que esperan dedicarse la vida entera al matrimonio» (p.9, según versión digital: sucede lo mismo con las siguientes citas). La salud frágil de este tío y las visitas de su sobrina no van a poder mantenerse siempre en secreto. Cuando esto sucede, la narradora reconocerá un comportamiento en su madre y en su abuela al saber del paradero de este familiar que nunca ha dejado de ser hermano e hijo quien se ha mantenido alejado de su familia por muchos años.

El segundo cuento titulado “La cofradía de los huérfanos” también se reitera la distancia y la ausencia entre padres e hijos. El protagonista es un huérfano que sobrevive a su condición de no tener una familia. “A diferencia de varios de mis compañeros, que convivieron durante un tiempo con uno de sus abuelos, alguna tía o un familiar alcohólico, de cuyas manos terminaron arrancándolos, yo nunca tuve información sobre mi familia. Mis recuerdos más antiguos transcurren ya dentro del patio o del comedor del orfelinato, rodeado de una jauría de criaturas heridas e insatisfechas” (pp.18-19). Este personaje busca resarcir la misma situación en otras personas desaparecidas. Sabe que siempre hay alguien buscándolos. Es entonces que su idea termina siendo dañina al intentar acercar un hijo a su madre. Lo que muchos consideran como un “bien” puede resultar un verdadero “mal”.

El cuento “Jugar con fuego” aborda el tema del confinamiento a partir de una pandemia y las medidas que se toman como sobrevivencia. “Tampoco los niños estaban bien. Bruno había entrado a la secundaria en plena pandemia y llevaba casi un año estudiando en línea sin relacionarse con otros niños de su edad. El aislamiento y los cambios hormonales le generaban una impaciencia constante, a veces muy difícil de manejar” (p.27). Esta situación tan inusual provoca una serie de comportamientos y reacciones entre los miembros de una familia donde el amor y los sentimientos parecen haber tenido un límite: “Está creciendo. ¿No ves cómo lo tienen las hormonas? Si nosotros estamos nerviosos por la pandemia, él está sufriendo el triple. ¿Y a ti lo único que se te ocurre es humillarlo?” (p.33). La narradora es una madre que se vuelve testigo de las discusiones y agresiones entre los miembros de su familia sin medir las consecuencias hasta que el fuego surge como una manera de resarcir y limpiar cualquier hecho. Aquí la pérdida de la inocencia también es relevante.

El cuarto cuento se titula “La puerta rosada” donde lo fantástico cobra protagonismo a través de unas variaciones de tiempo para presentar las posibilidades de otras vidas. Sobresale la relación de pareja a través de los años, los recuerdos y la posibilidad de buscar placer sexual fuera de casa. “Me pregunté cuándo había sido la última vez que ella y yo habíamos tenido sexo y, por más que lo intenté, no logré recordarlo” (p.45). Aquí la mención de una hija es un referente de lo que se asume real ante lo imaginado.

En “Un bosque bajo la tierra” la idea de familia se ve reflejada, a modo de analogía, a través de una araucaria, un enorme árbol cuyas raíces y ramas frondosas de pronto se ven afectadas por una extraña enfermedad. El deterioro de este árbol representará también la decadencia de una casa y de la familia que la habita. “-Siempre sentí que era ese árbol el que sostenía a nuestra familia. Ahora que está así, tengo miedo de lo que pasará con nosotros -dijo mientras me lanzaba una mirada triste e interrogante” (p.72). El personaje narrador femenino entenderá mucho después, cuando sus hermanos mayores se hayan ido lejos, que sus raíces, al igual que el viejo árbol, serán algo que resistirán hasta el final.

En “La vida en otro lugar” un hombre casado busca un departamento en una buena zona de Barcelona, pero no lo consigue. Con su esposa tienen que acostumbrarse a lo que les ha tocado. Su vida marital transcurre dentro de lo normal hasta que él conoce a una mujer danesa muy guapa que es esposa de un actor que, por coincidencia, es conocido de este hombre, pues él también se dedica a la actuación. La vida de ambos matrimonios se relaciona de manera amical, pero la esposa del protagonista sospecha del interés de su esposo en esta pareja. Todo se complica cuando la salud del actor español, esposo de la danesa, empieza a resquebrajarse, lo que compromete su carrera y su imagen. El narrador personaje no duda en prestar su ayuda como amigo sin importar los celos de su esposa. “Poco tiempo después, Xavi ingresó en el hospital de Sant Pau. Josephina lo acompañaba la mayor parte del tiempo y, por su puesto, las tareas en casa se multiplicaron. Traté de ayudarla en todo lo posible, atendía las llamadas de teléfono y aprovechaba para borrar del contestador los mensajes chantajistas de Anna, quien para entonces ya había adquirido la costumbre de insultarme” (p.86). Aquí la distancia o el alejamiento es otra forma de buscar seguridad.

En el cuento “Los divagantes”, que da el título al libro, se establece un símil entre los albatros y las familias o personas exiliadas por culpa del peligro que corren en una dictadura. “Fue ese mismo año, en clase de literatura francesa, cuando me hicieron leer Les fleurs du mal, y fui a pedirlo a la biblioteca del liceo. Apenas me lo entregaron, abrí una página al azar y apareció ante mí el poema del albatros, «ce roi de l´azur maladroit et honteux», donde Baudelaire lo describe como el poeta maldito de la naturaleza” (p.95). Aquí el tema político está presente al mencionar a Camilo, un niño uruguayo cuya familia ha huido de la dictadura de su país. Buena parte del cuento se desarrolla en la Villa Olímpica de Ciudad de México, lugar donde llegaron muchos refugiados de las dictaduras sudamericanas. Allí se mezclaban el habla de los chilenos, argentinos y uruguayos quienes no dejaban de añorar a sus países. “Nos explicaron que se trataba de una tragedia inusual: si un albatros abandona el hogar, sólo puede ser para salvar su vida. Al escuchar esta historia pensé en mis vecinos sudamericanos, que regresaron en cuanto les fue posible al país en el cual habían estado a punto de morir” (p.97).

El último cuento se titula “El sopor” donde se aborda otra vez el tema de la pandemia y de cómo se ve alterada la vida de una profesora de literatura y su familia a partir del confinamiento cuyo tiempo resulta ser mucho más prolongado, por lo que se puede asumir como una historia fantástica por abordar lo pospandémico. “Hace más de quince años que el mundo cambió por completo y pasamos al «modo confinado», esta existencia intramuros que llevamos desde que apareció el virus. La universidad en la que trabajo cerró las aulas desde el primer año y adoptó la enseñanza a distancia. Al inicio nadie imaginaba que esto iba a normalizarse, vigilaban la curva de los contagios y las muertes. Hacían presiones de cuando terminaría todo esto. […] Mi caso es un poco distinto: la literatura es una de las pocas carreras que no han sido castigadas por el encierro” (p.104). Por supuesto que esta situación límite altera toda forma habitual, incluido lo sexual: “No eran poca las parejas que tenían sexo frente a los demás, pero a mí el hacinamiento no sólo me impedía coger por las noches, sino que me quitaba el sueño” (p.110). Aquí la naturaleza, en especial los animales, se presentan como un paradigma que se anhela, sobre todo por la verdadera libertad que ostentan.

A través de estos cuentos Guadalupe Nettel representa la fragilidad de las personas, muy en especial de las familias, cuyas relaciones se encuentran llenas de distintos sentimientos que no siempre obedecen a lo bueno. Aquí lo malo o lo negativo también sirve para demostrar esa misma fragilidad.  

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Datos del libro reseñado:

Guadalupe Nettel

Los divagantes

Anagrama, 2023

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Reseña: Fortuna (2023) de Hernán Díaz

La mejor novela del 2023

Por Omar Guerrero

Fortuna (Anagrama, 2023) del escritor argentino Hernán Díaz (Buenos Aires, 1973) fue finalista del Booker Prize 2022 y ganadora del Premio Pulitzer a Obras Literarias de Ficción del 2023 por la edición original de esta novela titulada Trust (Riverhead, 2022); considerada, además, por importantes medios como The New York Times, Washington Post y Times como una de las mejores novelas en inglés del 2022. Cabe aclarar que Hernán Díaz, a pesar de ser argentino y hablar como cualquier porteño, pues así lo demostró en su corta visita en la Feria Internacional del Libro de Lima en el mes de julio, pasó su infancia en Suecia, su juventud en Londres y desde hace veinticinco años reside en Brooklyn, New York, donde se desempeña como profesor de la Universidad de Columbia, razones suficientes para decidir escribir primero en inglés, sobre todo al tener como principal antecedente a autores de la literatura en este idioma como Dickens, Melville, James o Scott Fitzgerald. Lo mismo pasó con su primera novela A lo lejos (Impedimenta, 2020) traducida por el escritor español Jon Bilbao y que también terminó valiéndole varias nominaciones a premios importantes como el PEN/Faulkner. Lo cierto es que esta nominación y este importante premio para su segunda novela Trust anunciaban por anticipado su éxito como una de las mejores novelas traducidas al español en el 2023. Y no sólo eso. También ya se confirmó su producción como miniserie para la cadena HBO donde se incluye la participación de Kate Winslet como actriz y productora.

La novela está dividida en cuatro partes que cuentan una misma historia a modo de rompecabezas literario con distintas versiones y narradores, por lo que se le considera una novela polifónica y, a la vez, experimental. Lo más interesante es que sus personajes varían de nombres y posturas. Aun así, no dejan de estar relacionados con el dinero y el poder en los Estados Unidos durante los años veinte del siglo pasado, incluida la crisis económica de 1929. Aunque lo que más sobresale en cada una de estas partes es la fuerte presencia femenina en un mundo que estuvo marcado por lo masculino o lo patriarcal, sobre todo por tratar temas financieros y económicos. Otro de los elementos que también sobresale es el capitalismo considerado como un sistema o un orden inagotable a pesar de sus reiteradas crisis. Un hecho adicional que se encuentra en la lectura es la detallada documentación que se usa para respaldar la ficción en cada una de estas partes.   

La primera parte lleva por título «Obligaciones. Una novela por Harold Vanner» que está compuesta por cuatro capítulos y cuyos personajes principales son el magnate Benjamin Rask y su esposa Helen Breevort. En esta parte se cuenta, en formato novela, las vidas de esta pareja de esposos que marcó el mundo financiero de los años veinte en Estados Unidos. Por ejemplo, así se describe el tesón de uno de ellos: «La disciplina, la creatividad y una regularidad digna de una máquina eran factores esenciales en el nuevo nivel de éxito de Rask» (p. 76, según versión digital). Aquí el tema de la crisis financiera de 1929 también se presenta como un hecho importante: «El miércoles 23 de octubre, una avalancha descomunal de órdenes de venta inundó el recinto de la bolsa. Nadie sabía de dónde venía aquel alud, pero al cerrar Wall Street, solo dos horas más tarde, el mercado había caído más de veinte puntos» (p. 85, según versión digital). Otro de los temas importantes en esta primera parte es la salud de Helen Breevort cuyo problema afecta, en parte, a su esposo Benjamín Rask: «Mientras Benjamín salía a toda prisa, el chofer lo puso sobre aviso de que las ampollas que su mujer tenía en la cara eran feas, muy feas» (p. 121, según versión digital). Por supuesto que esta historia, tal como la anuncia desde su título, es una ficción. Sin embargo, su fuente proviene de una supuesta historia real, según el juego ficticio propuesto por el autor. Por eso en la segunda parte de la novela se conocerá la historia de los Bevel, una pareja de esposos cuyas vidas se parecen mucho a los personajes de la novela de este autor ficticio llamado Harold Vanner.

La segunda parte se llama «Mi vida por Andrew Bevel» quien decide contar su historia a partir de su descontento con el éxito de una novela cuyos personajes se parecen mucho a las vidas que han tenido él y su esposa Mildred, quien, por coincidencia, también tiene serios problemas de salud. Esta especie de autobiografía extendida, o memorias, está compuesta por un prefacio y siete capítulos titulados de la siguiente manera: I. Antepasados. II. Educación. III. Negocios. IV. Midred. V. La prosperidad y sus enemigos. VI. Restaura nuestros valores. VII. Legado. Cada uno de ellos está compuesto por subcapítulos con distintos títulos que corresponden a sus seres queridos hasta lo que ellos han formado como empresarios y también como familia. Así lo demuestra este fragmento: «Los Bevel hemos sobrevivido a numerosas crisis, pánicos y recesiones: las de 1807, 1837, 1873, 1884, 1893, 1907, 1920 y 1929. Y no sólo las hemos sobrevivido, sino que hemos emergido de ellas más fuertes, teniendo siempre en mente el interés de nuestra nación» (p. 185, según versión digital). En esta autobiografía, el narrador también incluye ciertas deducciones en torno al dinero. Aquí un ejemplo: «La relación del dinero con el individuo es completamente accidental» (p. 231, según versión digital). También se revelan otros intereses fuera del dinero: «El resto del texto fue una combinación de mis deseos más sinceros (viajar y escribir)» (p. 236, según versión digital). Por supuesto que este narrador se otorga el permiso para criticar la novela contada en la primera parte del libro y cuyos personajes, como ya se ha dicho, se asemejan demasiado a la vida de los Bevel. Parte de esta “crítica” termina explicando su metadiégesis y su éxito editorial: «Pero pocas novelas como Obligaciones se centran en el proceso en sí de la acumulación de capital» (p. 262, según versión digital). «The New Yorker dijo que la novela era un simple succés de scandale que había obtenido notoriedad por ser una roman à clef» (p. 263, según versión digital). «Helen, la mujer de Benjamin Rask, constituía para mí el centro absoluto del libro» (p. 264, según versión digital). «¿Por qué necesitaba Vanner destruir a Helen?… Y por encima de todo, ¿por qué representarla como loca? Estaba claro que se había tomado toda clase de libertades con la historia» (p. 264, según versión digital). «Por supuesto, no hay ni un solo ejemplar de Obligaciones de Harold Vanner» (p. 267, según versión digital). «Me vinieron a la cabeza los productos relacionados con El gran Gatsby que se vendían en la tienda de regalos de abajo» (p. 268, según versión digital). «Sería un error formular cualquiera de las innumerables preguntas que tenía sobre la relación entre la novela de Vanner y la vida real de Bevel» (p. 272, según versión digital). Uno de los hechos más importantes en el final de esta segunda parte es la presencia de un personaje femenino cuya labor será trascendental, sobre todo por su protagonismo en la tercera parte de la novela. Así es cómo este personaje femenino hace su aparición: «-¿Cree que me podría hablar con algunas de sus amistades o con unos cuantos de aquellos músicos? Me ayudaría a tener una visión más amplia-. Señorita Partenza, si estoy escribiendo este libro es para detener la proliferación de versiones de mi vida» (p. 295, según versión digital).

Este personaje femenino es Ida Partenza, secretaria personal de Andrew Bevel, cuya labor en esta historia que ya ha sido contada será de gran importancia. En esta tercera parte titulada «Recuerdos de unas memorias» se compone por cuatro capítulos, cada uno con subcapítulos numerados que darán una nueva versión de lo ya contado, pero no por eso será repetitivo, además de ser un efecto tras bambalinas. Se suma los antecedentes políticos del padre de Ida Partenza como una contraparte del tan mencionado capitalismo proliferado en cada versión. Otro hecho importante es la presencia de un personaje enigmático cuya participación marcará un giro en los propósitos de los personajes anteriores: «Seré breve. Esto es lo que sé. Sé que eres la secretaria de Andrew Bevel. Sé que vas a su casa varias veces por semana, siempre por la tarde… Sé que Bevel te cuenta su vida. Y sé que tomas notas. -Hizo una pausa para ver el efecto de sus palabras en mí; lo miré con expresión neutra-. Eso es lo que sé» (p. 323, según versión digital).

Por último, en la cuarta parte del libro, se aborda el diario personal de Mildred Bevel que lleva por título «Futuros». Aquí la fragmentación prolifera a través de ideas, experiencias y pensamientos. Aquí dos ejemplos: «Leyendo «Flush». Estupenda, aunque la perspectiva del perro es inconsciente, lo cual me distrae» (p. 407, según versión digital). «Todo diarista es un monstruo: la mano que escribe y el ojo que lee proceden de cuerpos distintos» (p. 413, según versión digital).

Cada una de estas partes descritas y citadas son el corpus o la estructura de la que ya es considerada la mejor novela del 2023, no sólo por abordar el tema del dinero, tan escaso en la tradición literaria anglosajona, y más aún en la latinoamericana, sino porque utiliza la creación literaria, a modo de metadiégesis, como una herramienta que sirve para construir un verdadero artefacto literario digno de toda admiración.

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Datos del libro reseñado:

Hernán Díaz

Fortuna

Anagrama, 2023