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Reseña: Un verdor terrible (2020) de Benjamín Labatut

La tentación de la caída

¿Qué viento lo arrastra con la furia de un ángel lanzando desde el cielo, cayendo y cayendo y cayendo?

-Karl Schwarzschild

Por Sebastián Uribe

Hay momentos estelares en la vida de un lector cuando un libro irrumpe y modifica su forma de leer. Cuando una propuesta literaria lo aproxima a un ámbito de la vida inasible hasta ese momento, desestabilizando algunas estructuras mentales percibidas como inamovibles. Un verdor terrible del chileno Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980) representa un parteaguas en la narrativa contemporánea reciente por ejecutar una operación compleja y riesgosa con infinitas posibilidades de fracasar: intervenir en otros campos vedados por la complejidad de sus técnicas como son los de la física, la química y las matemáticas, desde la literatura. Y lo hace, no a través de la simplificación de las complejas fórmulas sobre las que estas ciencias se erigen, sino sobre la inoculación del pecado en su naturaleza pura y abstracta, al desacralizar las mentes detrás de estas y navegar entre las sombras que dejaron, con el fin de mostrar su lado más emocional y vulnerable. De esta manera, se reconfigura no la realidad, pero sí la óptica desde la que esta se concibe; con el fin de poder vislumbrar la frontera que separa a la genialidad y la locura por la multiplicidad de vías existentes y las limitaciones de recorrerlas por la restricción más humana de todas: el tiempo y nuestra mortalidad.

Gran parte de la brillantez que se exhibe en Un verdor terrible de Benjamín Labatut radica en la posibilidad de ser concebida como el ejercicio de lectura de alguien empeñado en descifrar e iluminar aquellos aspectos que se encuentran vedados para el común de los mortales, puesto que dicha aproximación significaría el sufrimiento, alejarse de lo que se concibe como “normal” e, incluso, la pérdida de la vida misma. Como parte de este ejercicio, Labatut empieza a destejer e hilar de manera particular eventos históricos desde la ficción literaria, para hurgar en esos agujeros negros a los que se arrojaron muchos de los personajes clave del siglo XX. ¿El resultado? Una forma de leer la existencia y la complejidad de vivir, pues como él declara en una entrevista:

“Por eso admiro tanto a los científicos (y me aburre tanto buena parte de la literatura), porque están atrapados en un baile, en una pelea a muerte con la realidad. A mí me interesa todo aquello para lo cual las explicaciones actuales no bastan. Es un placer muy específico, porque la mente exige explicaciones para todo, la razón quisiera alumbrar hasta el último rincón de nuestras almas. Y, sin embargo, no puede. De ahí surge un cierto delirio, una facultad creativa desatada, porque el ser humano es un mono porfiado, no acepta el vacío, se rebela contra esa falta y fabula, crea realidad, inventa todo tipo de explicaciones e historias para arropar lo que es misterioso. Y luego todos vivimos enredados por los hilos de esa red”.

La política, decía Ricardo Piglia, todo el tiempo está definiendo qué cosa debe ser entendida como verdadera y qué cosa debía ser excluida de la verdad. Y, frente a ese tipo de relatos cristalizados, la literatura trabaja con las inestables e incómodas incertidumbres acerca de lo real y lo verdadero. Los cinco textos de Un verdor terrible extrapolan este choque de narrativas al campo de la ciencia, donde sus más célebres protagonistas –como los grandes lectores de novelas– se toman en serio la incertidumbre de la realidad y la forma de un relato: el químico Fritz Harber creando un método de exterminio a escala industrial bajo la premisa de que “la guerra era la guerra y la muerte era la muerte, fuera cual fuera el medio de infringirla”; el astrónomo, físico, matemático y teniente del ejército alemán, Karl Schwarzschild, remitiéndole a Einstein la primera solución exacta a las ecuaciones de la teoría de la relatividad general desde su unidad de artillería en el frente ruso, entre estallidos y nubes de gas venenoso, consciente de que habiendo alcanzado el punto más alto de la civilización, la caída es inminente; el genio de Alexander Grothendieck sumergiéndose en su propia psiquis en un intento por entender el todo, dejando expuesto un intelecto vasto y aterrorizador, precariamente balanceado entre la iluminación y la paranoia, cada vez más despojado de volver a la cotidianidad de los que lo rodean; el enfrentamiento titánico entre Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger, que tuvo al primero alejándose más y más del mundo real con cada nuevo avance de sus cálculos y lo llevó a contratacar usando esos instrumentos de ficción suprema que representan los números para describir el inobservable mundo subatómico, mientras el austríaco lidiaba con las restricciones de su propio cuerpo para potenciar su mente, en una batalla por redefinir no la realidad, sino lo que se puede decir acerca de ésta; y finalmente, la historia de un jardinero nocturno en los extramuros del mundo, para quien las matemáticas se han vuelto una mezcla de anhelo y temor, al afirmar que estas son las que están cambiando el mundo a tal punto que, en tan sólo un par de décadas, a lo sumo, no seremos capaces de entender qué significa ser humano, evitando cualquier comprensión verdadera.

“El físico -como el poeta- no debía describir los hechos del mundo, sino solo crear metáforas y conexiones (…) Heisenberg entendió que aplicar conceptos de la física clásica -como posición, velocidad y momento- a una partícula subatómica era un despropósito total. Ese aspecto de la naturaleza requería un idioma nuevo” (pág. 110).

¿No son las ciencias, en sus múltiples variantes, una serie de batallas por nuevos lenguajes? Las polémicas a lo largo del libro de Labatut se erigen sobre la hegemonía de una teoría que domine a las existentes y la rebeldía contestaria que estas generan. ¿No es acaso más atractiva una idea cuando se percibe un posible desmoronamiento? ¿No radica ahí la génesis de una obsesión y el gesto de desafiarlas? Leyendo Un verdor terrible y pensando en posibles hilos que conecten a los textos, recordé el mito fundacional del avance científico y sus peligros: Ícaro. Su padre Dédalo trabajando día y noche en la creación de un mecanismo para escapar de la oscuridad de la cueva en la que se encuentran encerrados hasta dar con las alas que lo salvarían, pero pagando el precio de la muerte de lo más preciado de su existencia. La aproximación al sol, la curiosidad desmedida, el desvío del sosiego que brinda lo conocido. Labatut reactualiza el mito griego demostrándonos que está más arraigado que nunca en nuestra época. La pregunta es cuál destino nos depara, si el de Dédalo o Ícaro.

Tal vez la mejor forma de terminar este texto sea con una cita de Lovecraft que Labatut mencionó durante la presentación del libro vía Facebook y dejó estupefactos a sus interlocutores y, sospecho, a la mayoría de los lectores:

“Creo que más que lo misericordioso del mundo es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros del infinito, y eso no significaba que viajáramos lejos. Las ciencias, cada una de las cuales se esfuerza en su propia dirección, hasta ahora nos han hecho poco daño; pero algún día la reconstrucción del conocimiento disociado abrirá perspectivas tan aterradoras de la realidad y de nuestra espantosa posición en ella, que nos volveremos locos por la revelación o huiremos de la luz mortal hacia la paz y la seguridad de una nueva era oscura”.

Una obra maestra.

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Datos del libro reseñado:

Benjamín Labatut

Un verdor terrible

Anagrama, 2020, 216 pp.

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Reseña: Maniac (2023) de Benjamin Labatut

La ciencia y lo humano

Por Omar Guerrero

Maniac (Anagrama, 2023) del escritor chileno Benjamin Labatut (Rotterdam, 1981) es una novela extraña e inclasificable donde la ciencia, una vez más, es su principal protagonista. Y digo “una vez más” porque el autor ha vuelto hacer lo mismo que con Un verdor terrible (Anagrama, 2020). Y esta repetición resulta formidable, pues no es común realizar una conjunción tan perfecta entre el discurso científico y la literatura; y Labatut lo logra, lo hace de manera original e innovadora. La pequeña diferencia es que esta vez Maniac se presenta como un tríptico que cuenta los momentos más resaltantes de tres grandes científicos o genios sin dejar de lado su relación con la ciencia. Y al mencionar la palabra “ciencia” no me refiero sólo a la materia en sí, a sus procesos o descubrimientos, sus triunfos o fracasos, sino también a las personas que guardan algún tipo de relación con ellos y su trabajo, sean colaboradores, colegas, amistades, enemistades y/o rivales. Por supuesto que también se considera a su círculo íntimo como es el caso de la familia. La presencia o la mención de sus parejas, esposas e hijos también resultan relevantes para saber más sobre estas personalidades tan singulares y brillantes que se caracterizaron por su extrema genialidad, aunque también por su grado de locura.

La novela está dividida en tres partes, de ahí la idea de presentarlo como un tríptico cuyo contenido tiene distintas proporciones. La primera parte, que es bastante breve, se titula “PAUL o El descubrimiento de lo irracional”, y corresponde a la vida del físico austriaco Paul Ehrenfest, quien cometió un crimen que marcó su vida y la de su familia. La segunda parte, que es mucho más extensa, se titula “JOHN o Los delirios de la razón”, y abarca muchos aspectos en la vida y el trabajo del sabio matemático húngaro John Von Neumann, en especial con el proyecto Manhattan, relacionado con la elaboración de la bomba atómica, además de su incursión inicial en la computación. Y la tercera parte, una de las más inquietantes, sobre todo por el estilo en el que está narrado, se titula “LEE o los delirios de la inteligencia”, que corresponde a ciertos hechos en la vida pública de Lee Sedol, maestro coreano del Go, un juego donde la concentración y la deducción pueden resultar un verdadero tormento, en especial si se enfrenta el cerebro humano ante los poderes insospechados de la inteligencia artificial.   

 En “PAUL o El descubrimiento de lo irracional”, se cuenta el filicidio cometido por el físico austriaco Paul Ehrenfest, lo que continuó a su inmediato suicidio. Lo más trágico de este crimen doble es que su hijo Vassily, llamado con el sobrenombre de Wassik, padecía síndrome de Down, por lo que su inocencia se reafirma ante todo lo que surgía dentro y fuera de la cabeza de su padre debido a sus traumas y temores. Lo extraño es que no era el único genio de su época que sufría de estos tormentos: “Al igual que Ehrenfest, Boltzmann tuvo una vida atormentada e infeliz; padecía episodios de manía incontrolable, seguidos por depresiones abismales cuyo efecto se veía agravado por el feroz antagonismo que sus ideas revolucionarias engendraban en sus pares” (p. 13). Se deduce que el contexto político y social, más la constante amenaza de lo bélico de esos años, fueron motivos suficientes para incentivar este cuestionado accionar.

En “JOHN o Los delirios de la razón”, se utiliza la narración de muchos personajes en varios capítulos sólo para construir el perfil del genio matemático John Von Neumann y sus contribuciones a la ciencia. Todos estos personajes-narradores dan su testimonio sobre este personaje que despierta admiraciones y también desavenencias, y que nunca dejó de considerar a las matemáticas como una ciencia provista de un inusitado poder: “Hay tantas religiones y dioses como personas que creen en ellas, y las llamadas «ciencia» sociales son tan inútiles como la filosofía, poco más que juegos de palabras. La matemática es diferente. Cegadora e irrecusable, siempre ha sido considerada como la luz de la razón, una antorcha que brilla en medio de la oscuridad que nos rodea. Por eso empezó a cambiar a principios del siglo XX” (p. 78).

Aunque lo más resaltante de esta parte es la recreación de los hechos previos al uso de la bomba atómica. Por supuesto que en estos testimonios también sobresale la figura del físico Robert Oppenheimer. Así lo comenta el físico Richard Feynman: “No había muchos lugares así, tuvimos que levantar uno desde cero. Un pueblo entero de la nada. Oppenheimer sugirió esa ubicación, sus padres tenían una cabaña cerca. Pero lo más importante es que estaba vacío, no había ninguna estructura salvo un rancho que funcionaba como una escuela de niños ricos (me parece que Gore Vidal y William Burroughs fueron alumnos) y construyeron todo alrededor de ese edificio. Todos Los Álamos. Llegaron y aplanaron la meseta con buldóceres, y el pueblo empezó a brotar como un hongo en torno a la escuela” (p. 116). Llama la atención que en este mismo capítulo narrado por Feynman se mencione la dimensión e importancia del juego de Go: “Me puso a cargo de cuatro físicos que convertí en fanáticos del Go. Porque ese juego… es alucinante. Se parece un poco a las damas, pero es monstruosamente complejo” (p. 119). “El mejor jugador de Los Álamos era Oppenheimer. Yo llegué a ser muy bueno, muy rápido, pero no le podía ganar a él. Años después supe que cuando dejaron caer a Little Boy encima de Hiroshima, dos grandes maestros japoneses -Hashimoto Utaro, el campeón nacional, e Iwamoto Kaoru, el retador- estaban en el tercer día de un campeonato de Go, a unas tres millas de la zona cero” (p. 123).

Otra parte que llama la atención es el temor de lo que podía ocasionar la bomba, tan cercano o propio al fin de la humanidad. Los preparativos y la prueba final también son sorprendentes tan igual como si se tratasen de escenas cinematográficas bastante bien logradas. Se suma la mención de diversos personajes disímiles desde el poeta T.S Eliot hasta Albert Einstein. Asimismo, sobresale la definición del término MANIAC, explicado por el ingeniero americano Julian Bigelow en otro de los capítulos de esta segunda parte para definir este acrónimo: “Mathematical Analyzer, Numerical Integrator and Computer. Así bautizamos a nuestra máquina. El analizador matemático, integrador numérico y computadora. Pero nadie nunca la llamó así. La llamábamos MANIAC” (p. 169).   

No se pueden dejar de mencionar las explicaciones científicas de los resultados obtenidos en el proyecto Manhattan, lo que también resulta terrorífico a pesar del triunfo que ello significó: “Su tamaño era incomparablemente mayor a lo que yo vi en el desierto: a treinta millas de distancia de la isla aniquilada por el estallido hubo testigos que temblaron de miedo al ver esa nube encima de sus cabezas, balanceada sobre un tallo ancho, oscuro y sucio, hecho de partículas de coral, vapor de agua y escombros. Al expandirse, la bola de fuego alcanzó una temperatura que superó los ciento sesenta y seis millones de grados Celsius, más caliente que el núcleo del sol” (p. 176).

En “LEE o los delirios de la inteligencia”, se centra en la contienda que sostiene Lee Sedol, maestro coreano de Go, en marzo de 2016, con una máquina llamada Alpha Go, que no sólo se presenta como una perfecta contrincante sino como el grado superlativo de lo creado por la mente humana, por lo que solamente obedece a cálculos y deducciones propias, de ahí su denominación de Inteligencia Artificial: “AlphaGo no vacilaba, no dudaba y no cuestionaba las jugadas que había hecho. Era inmune al cansancio, carecía de inseguridades y no conocía el temor. No le importaban ni el estilo ni la belleza, y no perdía tiempo ni energía en participar de los enrevesados juegos mentales con que los jugadores profesionales buscan desequilibrar a sus contrincantes. AlphaGo no pensaba en los demás, ni le importaba lo que sentían. Lo único que le importaba era ganar. Para el programa no había ninguna diferencia entre ganar de una paliza o por un solo punto” (p. 335). La autonomía de esta inteligencia queda determinada de la siguiente manera: “Pero AlphaGo podía realizar algo de lo que ningún ser humano era capaz: calcular, con una precisión absoluta e infalible, exactamente cuánto territorio necesitaba para vencer, y conformarse con ello” (p. 355).

En esta última parte, llama la atención la frustración y el temor humano ante la superioridad de la máquina. Se evidencia la vulnerabilidad del hombre ante lo creado, pues lo que debería resultar un beneficio bien podría presentarse como todo lo contrario, casi un tormento. Lee Sedol lo entiende en cada jugada y en cada derrota. Su inteligencia humana y sus fuerzas no alcanzan para revertir el sometimiento al que es llevado sin ninguna contemplación. Sólo cierta falla en la máquina puede ser una salida, o una esperanza, aunque no una victoria.

Ante lo expuesto se entiende que Maniac de Benjamín Labatut es más que una novela o una revisión biográfica-científica de ciertos personajes y hechos trascendentales. Se entiende más como un retrato de la genialidad de lo humano que al mismo tiempo puede resultar ser un absurdo o una paradoja irreversible para el mismo hombre. Se podría asumir como un avance, desarrollo, progreso y, a la vez, su nulidad para el futuro, su lado sombrío, la manifestación de las tinieblas, el daño mismo o, quizá, su propia destrucción, un apocalipsis.

Su lectura llama a los aplausos y a la reflexión.

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Datos del libro publicado:

Benjamin Labatut

Maniac

Anagrama, 2023

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Reseña: Un verdor terrible (2020) de Benjamín Labatut

La paradoja de la ciencia

Por Omar Guerrero

Un verdor terrible (Anagrama, 2020) del escritor chileno Benjamín Labatut (Rotterdam, 1980) se le puede definir como un libro inclasificable. En palabras de su editora Silvia Sesé, se trata de un artefacto literario donde el principal protagonista es la ciencia. Es decir, aquí se hace literatura a partir de una exploración del ámbito científico. El medio para llevarlo a cabo es la narrativa, a pesar de que no se trata específicamente de una novela. Tampoco corresponde con exactitud al género del cuento. Sin embargo, se recurre de alguna manera a su estructura para presentarnos cuatro relatos y un epílogo donde lo científico es visto desde su lado más perturbador. Se trata de unos textos de no ficción que desarrollan lo biográfico, lo histórico y -por supuesto- también el ensayo, sobre todo para sustentar las teorías científicas que se crearon a favor (y también en contra) de la humanidad. Aunque cabe resaltar que, para su autor, sí se trata de un libro de ficción basado en hechos reales. De ahí su paradoja, sobre todo al presentar estas historias de la vida real, con sus protagonistas y contextos, solo para mostrar los resultados de sus trabajos e investigaciones, muchos de ellos terribles y escalofriantes, más aún cuando se establece la presencia de la locura, la enfermedad y hasta de la misma muerte.

En el primer relato titulado “Azul de Prusia” su protagonista es el químico judío-alemán Fritz Haber, padre de la guerra química, quien usó por primera vez el cianuro de hidrógeno como una verdadera arma de destrucción masiva, pues en cuestión de minutos acababa con la vida de los soldados enemigos de Alemania en la Primera Guerra Mundial. Esto sucedía después de propalarla por los campos de batalla, causando asfixias e irritaciones dolorosas en las vías respiratorias hasta llegar al inmediato colapso. Este veneno se expandía como un gas de una coloración verdosa que acababa con cualquier forma de vida que se encontraba a su paso (de ahí el título del libro). Era tan efectiva como veneno que los principales mandatarios germanos condecoraron a Fritz Haber por los logros obtenidos hasta el momento en la guerra. Incluso hasta llegó a ganar el Premio Nobel de Química en 1918. Sin embargo, sus méritos como científico no causaron ningún tipo de orgullo en su familia, quienes se avergonzaron de él a tal punto de tomar decisiones radicales como una forma de mostrar su disconformidad ante tanto horror creado. Lo peor vendría después para el científico. Lo más irónico en esta historia es que en la Segunda Guerra Mundial los nazis utilizaron una variante de este cianuro (pesticida Zyklon) para acabar con la vida de los judíos en los campos de concentración. Muchos de ellos eran familiares de Fritz Haber.

El segundo relato es “La singularidad de Schwarzschild” donde se aborda la vida y peripecias del físico, matemático y astrónomo alemán Karl Schwarzschild, cuyo estado de salud se va deteriorando al punto de sufrir grandes e indescriptibles dolores en medio de las detonaciones de la Primera Guerra Mundial. Su diagnóstico era una extraña enfermedad llamada “pénfigo”. Su desarrollo es el siguiente, tal como lo resume el autor: “Su enfermedad comenzó con dos ampollas en la esquina de su boca. Al mes cubrían sus manos, pies, garganta, labios, cuello y genitales. En dos, estaba muerto”. Pero antes de este lamentable desenlace ocurre su verdadera singularidad, sobre todo con el contenido de la carta que le hace llegar a Einstein con la explicación y solución de las ecuaciones de la relatividad y el primer augurio de los agujeros negros. Como es de suponer, este descubrimiento resulta toda una fascinación.

El tercer relato se llama “El corazón del corazón”, cuyo principal protagonista es el matemático apátrida nacionalizado francés Alexander Grothendieck, quien desarrolló sus estudios estructurales en medio de un solitario retiro espiritual lleno de extravagancias y misticismo. Su aspecto y figura fue cobrando un total deterioro al punto de considerarlo como un indigente. Sin embargo, la decadencia de su aspecto físico contrastaba con la lucidez con la que desarrollaba sus investigaciones, al punto de trascender fronteras y admiraciones como le sucedió al matemático japonés Shinichi Mochizuki, quien veló por estas teorías hasta el último momento de vida de Grothendieck.     

El cuarto relato, y el más extenso de todos, se titula “Cuando dejamos de entender el mundo” que, a su vez, contiene cinco subcapítulos que se centran -en su mayoría- en la vida del físico austriaco Erwin Schrödinger, cuya vida personal estuvo marcada por una enfermedad que lo seguiría hasta al final de sus días. Esta misma enfermedad motivó para que él se recluyera en un sanatorio en Suiza sin importarle conocer las innumerables infidelidades de su esposa, quien se relacionaba inclusive con gente cercana a él. En cambio, Schrödinger aprovechó su internamiento para desarrollar a fondo sus investigaciones. En esos días de reclusión y tratamiento, él conoció a la hija del doctor dueño del sanatorio, una niña de trece años también enferma de lo mismo. Lo curioso en esta niña es que su enfermedad acentuaba su belleza, a pesar de su corta edad. Esta pálida belleza fascinaba y trastornaba a Schrödinger, quien no podía controlar sus erecciones ante la tentación de esta niña que siempre buscaba su cercanía bajo la forma de una inocencia y a la vez de cierta malicia. Parte de esta cercanía corresponde a un interés intelectual que solo puede ser cumplido por Schrödinger, hasta que surge de pronto un extraño erotismo en medio de un aura de muerte que solo puede causar un determinado tipo de respuesta. En la parte final de este texto también estarán presentes las diferencias y enfrentamientos entre Schrödinger y el físico alemán Werner Heisenberg debido a sus postulados en el desarrollo de la teoría cuántica y al principio de la incertidumbre. A ellos se suma la presencia de otros grandes genios como el príncipe De Broglie, Niels Bohr y Einstein. Todos juntos en un mismo encuentro internacional.  

El último texto corresponde a un epílogo titulado “El jardinero nocturno” donde un hombre, común y corriente y padre de familia, encuentra junto a su pequeña niña unos perros muertos producto de un envenenamiento por el uso de cierto tipo de sustancias. Él vive en un pueblo apacible rodeado de montañas y de vegetación. Se trata de un espacio que puede representar mucha vida. Sin embargo, debido a una serie de circunstancias provenientes de la ciencia solo se puede pensar en más incertidumbres o en la misma destrucción o muerte. Pues como el mismo autor menciona al citar a Einstein: “es imposible creer que los hechos del mundo obedecieran a una lógica tan contraria al sentido común”.

A partir de lo expuesto, el lector, sin necesidad de un profundo conocimiento científico, podrá sacar sus propias conclusiones.

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Datos del libro reseñado:

Benjamín Labatut

Un verdor terrible

Anagrama, 2020