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Reseña: Personas decentes (2022) de Leonardo Padura

Asesinatos, prostitución y rock n´ roll

Por Omar Guerrero

Personas decentes (Tusquets, 2022) del escritor cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955) es una novela que forma parte de la saga policial del detective Mario Conde (la última entrega hasta el momento con la que suma un total de diez títulos). También se podría decir que es la mejor hasta la fecha. La historia se divide en dos partes. La primera se ubica en La Habana actual, con mayor precisión en 2016, caracterizada por la visita de Barack Obama, el desfile de Chanel, la filmación de Rápidos y furiosos, el turismo de Rihanna, las hermanas Kardashian y el histórico concierto de los Rolling Stones (cabe mencionar que este último hecho se presenta como algo de mayor interés para los amigos de Conde, razón para entablar diversas conversaciones entre varios vasos de ron y platos con habichuelas sin dejar de escuchar la música que tanto les gusta). Se toma en consideración que todos estos hechos producen la ausencia de policías para cubrir otros temas más comunes como los asesinatos dentro de la isla.

La segunda parte tiene como telón de fondo La Habana de inicios del siglo XX, cuando la isla era conocida como la “Niza del Caribe” y donde se permitían demasiadas cosas ilegales, más aún si de por medio estaba el nombre de Alberto Yarini y Ponce de León (1882-1910), el rey de la prostitución de la isla, conocido también por ser un dandi y un casanova. En ambos tiempos ocurren unos asesinatos que están relacionados entre sí y que no dejan de ser una incógnita hasta que Mario Conde abandona por un momento la compra y venta de libros viejos para empezar con sus investigaciones, primero a solicitud de su excompañero Manuel Palacios, también conocido como Manolo; y luego por el interés que le despiertan esos otros crímenes ocurridos en el pasado, y cuyos misterios serán revelados a partir del trabajo de otro policía llamado Arturo Saborit Amargó, quien no deja de tener presente lo ético, lo correcto y lo justo, características propias de las “personas decentes”.

El primer asesinato ocurrido en tiempo presente, en 2016, corresponde a Reynaldo Quevedo, un poeta mediocre y envidioso con algún grado militar menor en el pasado que, con su vocación de inquisidor y su maldad innata de represor, le arruinó la vida a muchos artistas e intelectuales que sufrieron persecución y censura por parte del régimen cubano en los años setenta, así como les sucedió a los escritores Lezama Lima y Virgilio Piñera, o el teatrista Alberto Marqués. Este Quevedo aparece muerto producto de un golpe contundente en la cabeza. Lo curioso es que sólo le roban un par de cuadros mientras que su cuerpo aparece con el miembro viril desmembrado, cortado con el cuchillo de la cocina, aparte de sufrir la amputación de tres dedos de la mano, cercenados con la tijera de podar el jardín. En la escena del crimen quedaron estas partes separadas como una muestra del odio que tenía el asesino hacia la víctima. Y no era para menos porque a este tal Quevedo era visto como un verdadero “hijo de puta” (p.45). Esta hipótesis se incrementa con sus perversiones que son descubiertas a partir de los informes forenses donde se le encuentran restos de semen en su parte rectal.

En cuanto a los otros asesinatos, estos ocurren en 1910, año que se caracteriza por la presencia del cometa Halley, cuya visita producía gran zozobra entre la gente pensando que se trataba del fin del mundo, aunque ante este posible peligro, muchos procedieron a actuar de manera distinta:

Ante lo inevitable, muchos se negaron a gastar en inútiles telescopios o mapas cósmicos y la mayoría prefirió decantarse por las opciones más divertidas, como la de comprar y consumir alcoholes y alucinógenos, la de apostar a cualquier cosa que se les ocurriera en los garitos que brotaban como hormigueros, la de bailar a toda hora y con cualquier música y, sobre todo, más que todo, la de fornicar como poseídos. En la ciudad se estableció el imperio del éxtasis y la lujuria (p.36). 

Muchos de estos hechos ocurrían muy cerca de la Estación policial de Paula y Compostela, centro de labores de Arturo Saborit, quien se convirtió en testigo involuntario de todo lo que ocurría en esta ciudad (La Habana) donde proliferaba el alcohol, las drogas, la prostitución y el juego, más aún con la presencia del famoso burdel que pertenecía a Alberto Yarini, bastante conocido por la belleza de sus mujeres. Es justo una de sus trabajadoras quien aparece asesinada de la manera más cruel:

Según el doctor Torres, la mujer había sido descuartizada a machetazos, el primero de los cuales lo recibió con vida y fue el que le arrancó el brazo. Quizás el segundo fue el que la decapitó. El forense estableció, además, que la mujer había practicado una felación y tragado parte del semen de su agresor y, antes o después de la muerte, había tenido sexo vaginal y rectal con el mismo hombre (p.117).

A partir de este hecho tan truculento, donde el sexo y las transgresiones han tenido gran participación, las investigaciones se dirigen hacia Alberto Yarini, no como posible culpable, pero sí como uno de los principales móviles de este crimen, más aún al conocer tan bien a la víctima, o por su cercanía con ella, porque a pesar de su fama de proxeneta, prevalece en él su imagen de gran empresario y de don juan, ambas presentadas de manera hiperbólica:

Entre todos esos jóvenes provenientes de linajes acomodados, muy pronto Alberto también se distinguió por sus éxitos amatorios. Su estampa física, sus modales, su experiencia vital en Nueva Inglaterra y su desenfado lo distinguían y tuvo más novias y mujeres que nadie, y, para retenerlo, algunas de esas amantes que se enamoraban de él comenzaron a sostenerlo con regalos y dinero. Fue entonces cuando el instinto comercial de Yarini hizo lo demás: primero a una, luego a dos, prostituyó a algunas de esas amantes y, en cinco años, ya contaba con un harén de doce mujeres laborando en el mercado habanero del sexo (p.155).

Y a pesar de que se siguen cometiendo otros delitos y excesos durante el año 1910, Alberto Yarini no deja de ser el centro de atención y de muchos comentarios como si se tratase del mismo cometa Halley. De esta manera Leonardo Padura presenta a un personaje real que tiene muchos dotes de ficción y cuya aura se ha mantenido a través de los años dentro de la idiosincrasia cubana al punto que su tumba nunca deja de tener flores. Esto mismo lo comenta en un artículo que se incluyó dentro de su libro de crónicas El viaje más largo (1994) donde brinda una serie de detalles sobre este hombre que era llamado “El gallo de San Isidro”. Por supuesto que el tema sexual, tan recurrente en la obra de Padura, sobre todo en su saga de Mario Conde, se hace mucho más explícito sólo para terminar de presentar a este personaje que se vuelve figura central en Personas decentes:

Con el movimiento vi cómo el miembro de Yarini se balanceaba como si fuese el badajo de una campana. Y no es que sepa mucho sobre las proporciones de los penes, aunque tengo el mío y haya visto el de algunos cadáveres, pero es que el miembro colgante entre las piernas de aquel hombre tenía unas dimensiones y un grosor exagerados. Una pinga de ese calibre también explicaba muchas cosas (p.222).

Es justo en la fatídica noche del 21 de noviembre del 1910, fecha de fallecimiento de Alberto Yarini, donde la figura del policía Arturo Saborit cobra una notoria importancia, más aún al mantener su definición de “personas decentes” para esclarecer no sólo el crimen de Yarini sino también de los otros asesinatos cometidos, y cuyos principales involucrados siguen siendo más proxenetas y prostitutas. Entre estas últimas destacan las extranjeras, en especial una llamada Bertha Fontaine, conocida también como La Petit Bertha, poseedora de una extremada belleza.

Mientras tanto, en 2016, a medida que se acerca el concierto de los Rolling Stones, aparece otro hombre muerto y castrado. Esto llama la atención de Mario Conde al intentar descubrir el por qué los asesinos quieren minimizar la virilidad de sus víctimas. Es entonces que surgen varias hipótesis que van desde la historia de la homosexualidad masculina en Cuba, donde se incluyen varios cuadros de desnudos varoniles, hasta la historia del pene cortado de Napoleón. Y en medio de todas estas conjeturas surge el nombre de una poeta cubana que sufrió una serie de injusticias (muerte civil) por parte del régimen cubano tan igual como sucedió con la escritora rusa Anna Ajmátova bajo el gobierno autoritario de Stalin. Es a partir de este descubrimiento con el que se llega a la resolución de estos crímenes mientras que millones de cubanos se preparan para cantar las canciones de Mick Jagger y compañía.

De esta manera se concluye que no es necesario haber leído las novelas anteriores de esta saga policial para deleitarse con una novela tan buena como Personas decentes. Sólo queda pedir larga vida al inspector Mario Conde y que nunca se acaben sus historias.

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Datos del libro reseñado:

Leonardo Padura

Personas decentes

Tusquets, 2022

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Reseña: Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (2025) de Gianni Biffi

Humor, ironía y extrañeza

Por Omar Guerrero

Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura (Dendro, 2025) del escritor peruano Gianni Biffi (Lima, 1977) reúne quince cuentos donde el humor, la ironía y la extrañeza son los elementos preponderantes que terminan arrancando varias carcajadas al lector. Los temas que aborda son distintos. En primer lugar, se puede mencionar a la literatura. Allí el autor recrea continuaciones o spin-off de personajes clásicos de nuestra tradición con el único fin de darles otro final, o, por lo menos, establecer justicia, por no decir una necesaria y esperada venganza. También toma nombres consagrados, en especial de poetas peruanos, quienes son sometidos a situaciones hilarantes donde bien salen victoriosos o simplemente se resisten a la derrota. Los mitos, las fábulas y los hechos históricos son otros referentes que terminan siendo distorsionados (o en versiones cambiadas) con el único fin de producir más risas, en especial si a ello se añade la ironía al presentar personajes imperfectos o inconformes. Se incluyen temas como el éxito, el fracaso, la masculinidad, el machismo, la paternidad, el academicismo y la intelectualidad como si se tratase de una burla que varias veces resulta airosa. Todos estos temas son tratados con humor sin dejar de lado la alusión a la música (rock, rap o hip hop), el cine, los libros y más escritores vistos como una reiteración de lo literario. En este último aspecto hasta el mismo autor se presenta con su propio apellido para dejar en claro determinadas situaciones igual de divertidas.

El cuento que abre el libro se titula “Reconciliación nacional” cuya estructura alterna las voces de Humberto Grieve y Francisco (Paco) Yunque, personajes del famoso cuento de César Vallejo. Esta historia de abuso y desigualdad se extiende hasta la adultez de estos personajes, aunque esta vez se revierten los roles con el único fin de hacer justicia sin dejar de lado la venganza. Se considera además el elemento fantástico con la presencia de una voz fantasmal cuyo testimonio sólo produce comicidad y que resulta un gran punto a favor.  

Sobresalen dos cuentos donde los personajes principales son dos poetas peruanos. El primero es Jorge Eduardo Eielson, quien aparece en “Tensión lunar”.  Allí el poeta de Habitación en Roma envía una carta a la Nasa donde les propone instalar una de sus piezas artísticas sobre la superficie de la luna. Ante la negativa constante de sus interlocutores, al poeta peruano no se le ocurre mejor idea que enviar uno de sus caligramas como una manera original de rehuir a la derrota. Algo similar ocurre en el cuento “MC Rapkólnikov” donde aparece un César Vallejo convertido en un rapero de freestyle que enfrenta a un campeón de este género musical llamado Doctor Kamikaze. Aquí el poeta de Santiago de Chuco apela al ingenio y al uso espontáneo de las palabras.  

En cuanto a los mitos, es necesario mencionar “El duelo entre Illapa y Thor (Mito andino)”, un cuento desternillante que cuenta la visita de Thor, dios del trueno, al mundo andino. Esta visita se realiza como parte de un intercambio de divinidades acordado entre Odín y Wirakocha. Es justo este último quien elige al dios Wakon, dios de la lluvia, para que lo represente en el mundo nórdico mientras dura la estadía Thor en el Hanan Pacha. Es allí donde este extranjero se encuentra con Illapa, dios del trueno en el mundo andino, con quien comparte la misma designación. Es entonces que se establece un duelo para saber quién es el verdadero dios del trueno dando paso a lo desopilante sin dejar de lado el humor, que se incrementa casi al final al describirse la alienación de Wakon después de conocer un mundo distinto al suyo:

[…] Wakon, quien regresó de Asgard con el cabello teñido de rubio. Cuando Wirakocha le preguntó si se había pintado el pelo con agua oxigenada, Wakon respondió: «No, uhm… Lo que pasa es que fui a la playa y el agua salada y el sol hicieron que se aclarara». Y luego pidió a los dioses que se refieran a él con su nuevo nombre: DJ Wäkøn (p.38).

En el caso de las fábulas se cita “La tortuga y la liebre” donde se revierte el mensaje de Esopo en la manera de asumir el triunfo. Lo más jocoso de este cuento es el discurso de cada animal al reconstruir esta historia tan distinta a cómo se le conoce. Por otra parte, en lo que corresponde a hechos históricos, mencionamos “¿Quién va para nazi?” donde se muestra la condición de un joven judío peruano que ha crecido escuchando por parte de su abuela la historia de este pueblo, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial y en el Holocausto. En este punto resulta ineludible mencionar películas como Bastardos sin gloria, además de ciertas lecturas, en especial los cómics, donde surgen héroes que luchan contra los nazis. Aquí se percibe una animadversión hacia Alemania que termina convirtiéndose en miedo al pensar que todo ese horror puede volver a ocurrir. De esta manera el narrador asume la responsabilidad de convertirse en un luchador de la justicia, en un paladín, a pesar de su contextura delgada y aspecto débil, con una imagen más cercana a Woody Allen que a un héroe de guerra. Eso mismo piensan sus familiares:

«Tú, ¿sobrevivir a Buchenwald?», contestó. «Pero si la semana pasada tuvimos que llevarte a la clínica por lo de tus alergias. El polen de las flores hace que termines en la sala de emergencias. No podrías sobrevivir dentro de un campo de tulipanes. ¿Cómo piensas que te iría en un campo de exterminio?» (p.98).    

Lo extraño aparece en “Kassoghta” donde explora lo fantástico. Aquí se incluye un dialecto incomprensible que termina encajando en una historia donde la sexualidad y la reproducción son los principales objetivos para los personajes, sobre todo el femenino, cuyo único fin sigue siendo igual de insólito por su sentido profético. Llama la atención la postura derrotista inicial del personaje masculino que se somete a cualquier requerimiento femenino llegando a soportar tanta extrañeza e incomodidad. 

Y a partir de esta relación con lo femenino donde los varones se asumen por debajo de cualquier mérito alcanzado, al punto de reconocer cierta forma derrota, se cita “Autorretrato” donde un aspirante a escritor que se siente fracasado se encuentra con su ex que ha regresado de Alemania donde cursa un doctorado. En la universidad donde ella estudia han egresado varios Premios Nobel, mientras que en la universidad gringa donde él estudió sólo destaca como alumno el luchador Hulk Hogan. A partir de este punto es inevitable mostrar una confrontación intelectual y de géneros con tintes machistas a través del supuesto conocimiento y bagaje cultural que debe imponer el hombre sobre la mujer como una búsqueda de admiración. Y esto se evidencia en el pequeño diálogo imaginario que tiene el narrador con Antón Chéjov, quien llama a su interlocutor con el nombre de Biffikov. Aunque esta ilusión es contraria a lo que sucede en la otra parte del cuento donde la mentira o la impostura tarde o temprano son descubiertas. Algo similar ocurre en “La muerte de los sueños literarios” donde se hace burla a las personas que se asumen como intelectuales superiores por el acceso inmediato y exclusivo que tienen hacia algunos contenidos culturales, incluido el conocimiento académico, en comparación a otros registros o discursos mediáticos más digeribles como las comedias de Adam Sandler. Y en estas comparaciones también recaen en otro tipo de lecturas como los libros de Ayn Rand, o el Upanishad y el Bhagavad Gita. Aquí el narrador varón otra vez se ve vulnerado ante la intelectualidad femenina.

Los libros y la literatura vuelven a estar presentes en otros cuentos como “Barrio y prejuicio (Una historia chalaca)” que trata sobre un delincuente chalaco que se reforma leyendo a los clásicos ingleses, sobre todo a Jane Austen. Lo mismo para “Cumpleaños infantil existencialista” donde se evidencia una burla contra el existencialismo. Aquí sobresale un apartado titulado “Carritos chocones con Camus” (en clara referencia a la muerte del autor argelino-francés, Premio Nobel de Literatura).

La masculinidad y el machismo se muestran con ironía en “Clint Eastwood”, donde otra vez se hace una breve mención a los nazis. Y en “Cartas escritas por Zeus después de asistir a un seminario de concientización sobre el acoso sexual” donde la masculinidad de nuevo es cuestionada ante ciertos hechos machistas.

Otros cuentos de menor calibre son “Papá Hemingway (Por quién doblan las sonjas)” que aborda la paternidad y la falta de madurez para asumir este rol. Y “El diablo viste de Graña”, donde otra vez se menciona a Alemania. Aunque este último, más que un cuento parece una reflexión sobre el uniforme escolar color plomo que marcó a toda una generación.

Por último, queda la mención del mismo autor con determinadas presencias esporádicas, a modo de cameos, tan propio de la ficción, como su diálogo con Chéjov en “Autorretrato”. Esta vez sucede con la viuda de Vallejo en “MC Rapkólnikov”, sólo para volver a mencionar uno de los cuentos más logrados:

-Déjeme decirle, Monsieur Biffi, que amé su petit livre d´histoires. «Votre police d´aasurance ne couvre pas cette eventualité, M. Samsa». -dijo Georgette, dando una calada al cigarro que tenía en la mano-. ¡Magnífiques nouvelles! ¡Quel triomphe pour les lettres péruviennes! César también adoré su livre. Y, à notre punto de vista, tous les rédacteurs y éditeurs littéraires que le han rechazado sont stupide. Brutes, sans talent et laids. Médiocres de mentes cerradas” (p.189).

En conclusión: la mayoría de los cuentos convencen a pesar de su extrañeza e hilaridad. Cumplen su cometido porque el humor se concreta, produce el efecto de la risa. Al mismo tiempo renueva y refresca una tradición como la peruana donde el realismo melancólico, gris y lleno de desánimo termina ganando terreno. Biffi es una excepción que se aplaude.

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Datos del libro reseñado:

Gianni Biffi

Viendo tu vida derrumbarse desde una distancia segura

Dendro, 2025

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Poesía: Entre dos fronteras (2025) de Carlos López Degregori

Entre dos fronteras de Carlos López Degregori

Colmillo Blanco, 2025. 76 pp.

¿Dónde quedarse? ¿A qué lugar pertenecer? La poesía cual peregrinaje a los recovecos de la memoria. En el nuevo poemario de Carlos López Degregori  (Lima, 1952) se despliegan elementos de distinta naturaleza como una forma de aventurar una respuesta a las dos preguntas iniciales: personajes históricos, locaciones deslumbrantes, autores de obras inmensas, mística oriental. Un asombroso mapa que sirve para hallarse y perderse a la vez. Aquí a continuación, una selección de tres poemas:

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UN DURAZNO EN LAS TERMAS

Llegas con una jarra y humedeces mi frente pecho sexo las plantas abismales de los pies. Ah, extraña, venida de la extrañeza más grande. Ah, bañadora de los baños que limpian mi asfixia. Ah, agricultora.

Riegas con el agua de tu jarra el jardín de mi piel y brotan rosas anómalas. Humedeces los pliegues, las imperfecciones. Conviertes cada lunar en ceniza venidera.

El sol de la tarde es un durazno. Extiendes tu mano y lo arrancas del cielo. Extraña fruta que se parece a mis versos. Muerdo la codicia y el jugo de su carne hasta que solo queda en mi boca la dureza pulida del carozo: es el óbolo que me entregas para alcanzar la Luz o la Oscuridad.

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PIAZZA DI SPAGNA

En la imagen aparece una sombra que puede ser la mía

Es la Piazza di Spagna en el año de 1990:

los escalones son los dientes del verano

y se recortan los ángulos de la casa de Keats y Shelley

Vine a cerrar mi peregrinaje

a que su Romanticismo compense la debilidad del mío

Han pasado 35 años y regreso:

trato de proyectar la misma sombra

ahora anciana

El tiempo es un carrete

en los dedos temblorosos de un fotógrafo

la juventud un lugar posible y allí retorno

Roma estridente

Roma de la fotografía en la que se alarga mi sombra

como una proyección que me lleva al pasado o al futuro

La Piazza di Spagna en perturbado contraluz:

mi peregrinaje a un lugar imposible

que anhelo como posible

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VELLOCINOS  | 5

Una fila de Vellocinos atraviesa la Tierra. La constelación de Aries los orienta. Vuelan llenos de servidumbres corporales, temporales: bulbos que golpean como cráneos en las planicies transparentes. Tu piel cae en rodajas moradas.La lámina de acero contra la muñeca es una sonrisa, la prolongación de una Cebolla teatral, la muerte elegida que marcha deprisa o se detiene. Nada de lo que fui llegará a ustedes: apenas la risa, la insolencia victoriosa.

Un afilador sube por la calle y crece en sus notas sucesivas el arco de su silbato.

El cuchillo ya no puede cortar más Cebollas.

Deberías afilarlo.

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Reseña: La vida nueva (2024) de César Aira

Literatura accidental

“El arte se vuelve un juego ligeramente fantástico con el tiempo: es la documentación de algo que no fue, y a la vez promesa de algo que será’

-César Aira en ‘Sobre el arte contemporáneo’

Por Sebastián Uribe

Más que preguntarnos por qué o para qué leemos a César Aira (Coronel Pringles, 1949), lo que realmente se impone al abrir una de sus novelas o cuentos es la expectativa del asombro. Qué nuevo conejo sacará esta vez de la chistera. Con qué truco intentará —una vez más— hechizarnos. Porque si hay algo que caracteriza a sus ficciones es el encanto de la fábula, una narración en la que cualquier situación puede ocurrir, por más inverosímil que nos pueda parecer a priori, y La vida nueva no es la excepción.

Un joven narrador inédito de veinte años, que responde al nombre de Aira, desea publicar su primera novela. Su manuscrito llega, por mediación de sus amigos, a Achával, un entusiasta editor independiente, en quien delega la publicación del libro. Así pasan días, semanas y años. La publicación mantiene su condición de promesa y la absurdamente larga espera se va tornando en la nueva normalidad. Cada vez que hay un nuevo contacto para consultar por el libro – para el narrador, una manifestación de la relación “telepática” entre él y su editor–ocurre un evento fortuito que entorpece y pospone la publicación del libro.

Estas interrupciones —que van desde un apagón en la imprenta hasta dificultades con la distribución, la logística, el diseño de la tapa o incluso la cola para el pegado— son precisamente el tipo de incidentes con los que Aira impregna su literatura de un carácter lúdico, donde cualquier cosa puede suceder. La literatura, según Aira, es el desvío necesario al anhelo de control y automatización de nuestra época. Esa estandarización solemne y tediosa que ha impregnado el espíritu humano tras más de dos siglos de carrera industrial y tecnológica. No es un dato menor que el protagonista de la novela sea en sus inicios un estudiante de Administración de Empresas, carrera con la que enmascara el secreto de su vocación literaria y por la que no muestra interés alguno.

Otro dato curioso es que, en la novela, no se llega a precisar de qué va el manuscrito, pero sí se menciona lo siguiente:

Y él sí, aun siendo un hombre de larga militancia izquierdista y gran compromiso político y social, supo apreciar el soplo fresco de irreverencia que representa lo mío y que no era otra cosa, según él, que la libertad, antídoto necesario a la seriedad o solemne empaque, ya francamente estalinista, que estaban tomando las ciencias sociales” (pág.10)

La vida nueva, así como sus otros más de cien libros publicados, se convierte en otro artefacto excéntrico que se cuela a la fiesta del presente sin estar adherido a alguna tendencia temática. Asimismo, este libro se convierte en un dardo envenenado dirigido al lenguaje encorsetado y homogeneizante que domina gran parte de los ensayos actuales, representado de forma paradigmática por los papers académicos —una forma que comparten también muchas narrativas contemporáneas, empeñadas en ‘decir lo mismo’ bajo el afán de (sobre)explicar.

El humor airano es uno que no busca arrancar carcajadas sino desconcertar al lector. Los chistes son imprevisibles por naturaleza y las novelas de Aira logran ese mismo efecto, alterando las expectativas que el lector se hace tras leer las primeras páginas. La aparente sencillez de la trama en un momento inicial, las situaciones jocosas y la prosa prístina, son algunos elementos con los que el escritor argentino busca propiciar ese accidente capaz de distorsionar el carácter previsible del lenguaje realista que impera en la cotidianidad. En este libro, dicho desvío se materializa en un extenso párrafo sin pausas, de más de sesenta páginas, que puede leerse —y disfrutarse— en una sola tarde.

En realidad, mi intuición había dado la hora justa, que era la hora en que debería haberse producido el evento. Si no se había producido había sido por un accidente, que producía un pliegue en la esencia cronológica del asunto, pero no la alteraba. Por puro gusto de la especulación y porque me gustaba hablar con Achával, lo contradije: esa supuesta “esencia cronológica” no existía, o si existía estaba toda ella hecha de accidentes, la esencia misma del tiempo era el accidente imprevisible” (pág. 35)

Hace no mucho leí que entre los títulos de los diez libros “imprescindibles”[1] de otro gran narrador argentino, Sergio Chejfec, figuraba La vida nueva. Esto no resulta sorprendente al descubrir cómo se representa en la novela el ecosistema material de la literatura. Aquí, Aira se ríe del mundo editorial contemporáneo, donde el último elemento en importancia resulta ser el autor, cuya función, en palabras del narrador, es “la única irreemplazable en toda la cadena” (pág. 19) y por ello mismo, la única que podía esta fuera de la misma.

Pero hay otra dimensión donde también confluye la literatura de Aira con la de Chejfec y es la de la pregunta por el tiempo en el arte, en cómo se piensa y opera en este:

La mariposa aleteó locamente en un mundo tan loco y tan colorido como ella, el mundo de mi juventud. Dejé pasar años. El tiempo no tenía urgencias para mí, y dos años no me parecía gran cosa. Un día llevaba a otro, un verano a un invierno, y había que vivir. Achával seguía presente en algún rincón de mi mente, y detrás de Achával mi novela, mi primer libro. No era que no me importara; era una presencia importante; por serlo, podría esperar. De hecho, la espera a la que lo estaba sometiendo era un homenaje a su importancia, en cierto modo un gesto de respeto” (pág. 22)

 En ese espacio temporal entre la escritura del manuscrito y su publicación, –constantemente anunciada y postergada por el editor– es donde, en verdad, se gesta la literatura. Pues es en esa demora —que se opone al sentido de urgencia del mercado— donde se deja de pensar en términos funcionales y el lector se rinde ante la inventiva del autor. Por paradójico que parezca, es en esa aparente pérdida donde la literatura se reapropia del tiempo y lo recupera para restaurar la posibilidad de comenzar una vieja vida nueva.

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Datos del libro reseñado:

César Aira

La vida nueva

Personaje Secundario, 2024. 64 pp.


[1] https://eternacadencia.com.ar/nota/los-imprescindibles-de-sergio-chejfec/8835

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Reseña: La literatura es fuego (2019) de Mariana de Althaus

El fuego y sus circunstancias

Por Erick Abanto López

La Literatura es fuego es, probablemente, una de las piezas teatrales más emocionantes y precisas sobre el deseo latinoamericano de escribir novelas y el vaivén constante e inestable que significa dedicarse a la escritura de ficción en contextos como el nuestro, donde se suele enaltecer la acción concreta y desdeñar la artesanía intelectual.

Por el título y la portada, esta pieza podría interpretarse como un homenaje al afamado escritor peruano o apenas una adaptación teatral de El pez en el agua (que es aquí la fuente principal que estructura escenas y personajes), pero la biografía de Vargas Llosa es solo la excusa perfecta, el gancho temático de la autora para introducirnos en el territorio personal, íntimo, y apenas reconocido, de las ilusiones perdidas y los sueños cumplidos, de los anhelos frustrados y los logros inesperados; pero también de la dicha familiar y el consuelo de los amigos, de la energía épica para insistir en lo que creemos, y, por consiguiente, de la tristeza de escoger el rumbo e irse despidiendo de las demás ideas y personas que alguna vez iluminaron nuestros días. En suma, de ese espacio íntimo que es también compartido, donde se engendra la exigente responsabilidad de luchar contra las circunstancias, contra las dificultades individuales y colectivas, y contra aquellas derrotas ajenas que nos fueron heredadas, aquellos prejuicios aprendidos o ruinas de un pasado que aún intenta definirnos.

Mariana de Althaus disecciona al detalle, escena tras escena, diálogo tras diálogo, la lucha de un grupo de personas virtuosas (madres y abuelos que cuidan, hijos que agradecen, amigos que ayudan, parejas que celebran, los tantos Mario que escriben, en el ayer y en el antes de ayer), por sobrevivir al estado de cosas que les ha tocado –y por intentar cambiarlo, superarlo o mejorarlo–, sin que ello implique que dejen ser fieles a sí mismos o que olviden el núcleo de su propia identidad y ternura, el lazo de familia.

Lo que comienza como una reunión familiar en Cochabamba (Bolivia) y Piura (Perú), donde un tal niño Mario es el engreído de tíos y abuelos,  siempre dispuestos a recitar versitos o contar anécdotas, transita luego hacia la tempestuosa, agria y jaranera vida limeña, criolla y mediocre, para luego avanzar hacia una polifonía formidable de personajes de ficción, con personajes de nombres reales, que, bajo un ritmo parecido al ritmo de  novelas como La casa verde o Conversación en la Catedral, intercambian opiniones desde lugares y tiempos distintos, entremezclándose, anudando cada uno con su parlamento el desenlace exuberante  de una llamada a las cinco de la mañana y el anuncio posterior, en vivo y a nivel mundial, del reconocimiento del Premio Nobel.

 Así, La literatura es fuego supone una cartografía dramática, detallada y conmovedora de un impulso humano casi automático, casi esencial: la necesidad urgente de agradecer o recordar, nombre por nombre, a una variedad de personas, inmediatamente después de lograr algo difícil o improbable. ¿De dónde surge ese impulso? ¿Cómo surge? ¿Qué relación se teje entre el logro conseguido y la persona nombrada o recordada? ¿Cómo así se enlaza ese presente de victorias con ese pasado? ¿Por qué esa alegría al borde de las lágrimas, por qué esa emoción?

La autora se aproxima a una respuesta y nos la muestra. Responde cada una de estas preguntas y nos conduce al lugar de las emociones extremas. A lo largo de su pieza, reímos con gracia, degustamos el sonido de algunas frases célebres, volvemos a ver a grandes escritores en escena (Gabriel García Márquez, Jean Paul Sartre, Camus, Luis Loayza e incluso la voz gálica de Cortázar), nos preocupamos con ansiedad de los preparativos para distintos eventos (un viaje, una publicación, un examen, un matrimonio, un complot universitario), nos paralizamos ante la violencia sádica de un marido contra su esposa y de un dictador contra su pueblo, y nos maravillamos ante el mundo desbordado de la literatura, de la celebración jubilosa de la ficción, y la participación cada vez más constante de personajes ficticios salidos de las novelas de Vargas Llosa, el modo por el cual cada uno de ellos interactúa con personas de verdad: el formidable juego de ver al escritor peruano hablar con Carlos Ney, a la Chunga respondiendo a Abelardo Oquendo, a Lituma respondiendo al tío de Mario, a Carmen Balcells hablando de Carmen Balcells, y, en fin, al poeta, al esclavo, a la niña mala, a Trujillo, a Mayta, al Hablador.

Mariana de Althaus nos transporta a todos los momentos personales que para Mario Vargas Llosa fueron significativos o decisivos, contados en un sinfín de entrevistas y perfiles, y a la vez nos muestra, como los dramaturgos clásicos, el fuego secreto que anida entre nosotros, la energía que nunca se agota –la voluntad–, y esa ternura que, a veces, o casi siempre, solemos olvidar. La obra resulta así un soplo de ánimo que, usando la biografía de Vargas Llosa como excusa, interpela nuestras violentas y latinoamericanas circunstancias, y acicatea, allí mismo, a la literatura y el fuego.

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Datos del libro reseñado:

Mariana de Althaus

La literatura es fuego

Alfaguara, 2019

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Reseña: Tinta invisible (2024) de Javier Peña

Grandes infelices

Por Omar Guerrero

Tinta invisible (Blackie Books, 2024) del escritor español Javier Peña (A Coruña, 1979), es una larga carta dirigida a su padre durante sus últimas semanas de vida. Aunque también es una dedicatoria y homenaje, además de un largo agradecimiento y despedida a esta persona que lo inició, de una u otra manera, en su desbordada pasión por la literatura, siempre con innumerables títulos y lecturas, incluyendo las historias reales de los escritores, que muchas veces también tienen vidas de novela, y no siempre de las mejores, como bien dice Peña en su famoso pódcast “Grandes infelices”, que por fortuna ya ha traspasado las fronteras de España, y que en realidad recomiendo mucho escucharlo.

Este libro de no ficción conjuga las memorias y el ensayo con un tono bastante nostálgico. Está dividido en catorce capítulos, incluida la introducción y un epílogo. Y en todos ellos siempre está presente la literatura, más aún en su faceta más complicada y oscura como el ego, la envidia, la mentira, la obsesión o el sufrimiento. Cada uno de estos términos, y lo que encierran, va a dar título y desarrollo a cada capítulo. Los protagonistas son los mismos escritores junto a lo que ocurre en sus vidas, cuyas anécdotas, muchas de ellas basada en malos momentos, aunque también trascendentales, mantienen relación -en gran parte- con lo que vive Javier Peña mientras ve a su padre consumirse por culpa de la enfermedad en medio de la pandemia. Es entonces que se pregunta cuál es el legado que recibe de su progenitor, con quien tuvo más diferencias que cercanías, más silencios que conversaciones. Y al intentar responder esta pregunta surgen las historias que contienen estas páginas, siempre relacionadas con la literatura. Parte de esta pregunta (y también respuesta) se sustenta en el siguiente párrafo: “A la pregunta de por qué mi padre hablaba más de los autores que de las novelas, he acabado por responderme que, con frecuencia, las vidas de los escritores son más literarias que su propia literatura. Ser escritor, pienso ahora, no solo significa escribir historias, sino habitar un mundo de historias. Imagino que ser lector es lo más parecido” (p.15: versión ebook, lo mismo para las siguientes citas).

En este mundo de historias surgen una infinidad de nombres reconocidos que padecieron un sinnúmero de cosas antes de disfrutar el éxito y de la gloria, ya sea en vida o después de la muerte. Ejemplos hay muchos como el de Margaret Atwood, quien siempre tuvo presente la marginalidad que sufrió en la Biblioteca de Lamont, en Harvard, donde no se le permitía entrar. Y esto lo conjugó con lo que vio en su viaje a Afganistán, donde encontró a mujeres con el rostro cubierto. Demás está decir que ambos hechos le sirvieron para escribir El cuento de la criada. Sucede que de estas (malas) experiencias surge la genialidad. Aunque también está la imaginación como elemento creativo, como le ocurría a Roald Dahl, quien no se cansaba de contar ocurrentes historias. A ello se suma la mentira (muy válida en la literatura), por algo Nabokov siempre contaba la parábola del lobo a sus alumnos en la universidad. Y al citar estos dos términos es ineludible no tomar en cuenta lo que dijo la esposa de un reconocido escritor, que también era escritora, y que padeció ambas condiciones: “Martha Gellhorn, que estuvo casada con Hemingway, decía que lo que en un escritor es imaginación en cualquier otra persona se considera mentir. Ahí, decía Gellhorn, es donde entra la genialidad” (p.44).

A continuación, menciono los otros términos que componen cada capítulo. Por ejemplo, en el capítulo 4, titulado “Ego”, rescato estas dos citas que sirven de estímulo e incitación, más aún si el lector es también un escritor plagado de egocentrismo: “El ego fabrica grandes escritores, pero también grandes infelices” (p.56). “El ego es un mecanismo esencial para la literatura. Es el mecanismo que, en primer lugar, impulsa al autor a escribir una historia y, por encima de todo, el que le impide destruirla inmediatamente después de haberla creado” (p.59).

Para el caso de la “Envidia”, desarrollada en el capítulo 5, es inevitable no mencionar algunos casos como la envidia de Tolstói hacia Dostoyevski, o la de Virginia Woolf hacia Katherine Mansfield. Lo más estremecedor es la forma cómo terminaron estas animadversiones que se volvieron inútiles. Otra forma de representar este “pecado capital” en la literatura se muestra en las relaciones de pareja entre escritores como ocurrió con Martha Gellhorn (ya mencionada en líneas anteriores) y Ernest Hemingway, o lo sucedido con Elsa Morante y su esposo Alberto Moravia. Y es que muchas veces los matrimonios entre escritores no siempre son historias de amor llenas de felicidad.

Otras historias resaltantes que se encuentran en los siguientes capítulos son, por ejemplo, la de John Cheever, quien se camuflaba como un trabajador más que tomaba el ascensor de su edificio muy temprano en las mañanas hasta bajar al sótano donde se ponía a escribir, como si lo suyo se tratase de un trabajo como cualquier otro. O la decisión de J.D Salinger, que se refugiaba en un búnker ubicado fuera de su casa sólo para escribir lejos y a salvo de las personas, más aún después del éxito que le habían producido sus primeros libros. O todo lo que padecía la escritora Agota Kristof fuera de Hungría. O el caso extraordinario de Dostoyevski y Anna Grigorievna Snitkina, quienes escribieron juntos El jugador en veintiséis días, hecho que antecedió a su matrimonio. O la historia de José Saramago y cómo él le dio este apellido a su padre. O el racismo exacerbado de Lovecraft. O la historia de Tomás Mann y su esposa hospitalizada, lo que produce el origen de La montaña mágica. O el caso de Karl Ove Knausgård y la relación con su padre, y luego con su esposa Linda, además de las repercusiones de sus novelas al hablar de su familia, de donde Peña toma la moraleja de la casa construida con los ladrillos de su propia vida que de un momento a otro se pueden desmoronar. 

Menciono más historias que resultan extraordinarias y a la vez conmovedoras, más aún si están de por medio los personajes de ficción, como el caso de Unamuno y su personaje Augusto Pérez de Niebla. O la Conan Doyle y su personaje Sherlock Holmes, a quien tuvo que revivir por presión de los lectores. O Nabokov y su personaje Humbert Humbert en Lolita, cuyas consecuencias lo llevó a cuestionarse, con gran sentimiento de culpa, qué es lo que había hecho, más aún después de recibir la visita de una niña disfrazada de su emblemático personaje en una fecha como Halloween.

En cuanto a las “obsesiones” sobresale Borges y su gusto por las novelas policiacas, o la pasión de Emily Dickinson por los libros y la poesía, o los casos extraños de Rulfo y Onetti por no querer hablar (o no gustar hacerlo), dando paso, sobre todo en el escritor uruguayo, al término “literatosis”.

Por supuesto que también se aborda el “sufrimiento” como una característica ineludible. Tan trascendental resulta que Peña la desarrolla en dos capítulos. Allí menciona casos como el de Chéjov y su posible percepción de que la escritura muchas veces provoca sufrimiento. O como cuando David Foster Wallace rompió con su novia y enseguida adoptó un perro sólo para poder escribir, así no se sentía tan solo ni tan abrumado por la presencia de otra persona. O cuando Amos Oz escribió su novela Mi querido Mijael sentado sobre el retrete del baño de la habitación que rentaba con su esposa, pues ese era el único espacio libre que disponía para poder escribir. O el caso de Borís Pilniak, escritor ruso ejecutado por el régimen de su país, y que se considera un antecedente en cuestión de escritura para Borís Pasternak, en relación con la política, más aún al no querer rechazar el Premio Nobel. Y a través de estos ejemplos queda la siguiente cita: “Escribir es dar un paso tras otro. Se escribe porque somos imperfectos e infelices, pero escribir nos hace más infelices. Es todo muy absurdo, pero igual de absurdo es vivir cuando el final ya está escrito” (p.189).

Los últimos capítulos están dedicados al “mercado” y a la “suerte”, ambos de gran relevancia para los escritores. Del primero sobresale la percepción del mercado que tuvo Jason Epstein, quien fue editor por dos décadas en Random House. O el caso de Gertrude Stein y su falta de éxito comercial, por lo que termina sometida al mercado editorial para alcanzar lo que tanto ansiaba. O la relación de Carver con su editor Gordon Lish, gran causante de su éxito.

En cuanto a la “suerte”, sobresalen varias anécdotas, como el regalo de Navidad que recibió Harper Lee por parte de unos amigos, lo que le permitió escribir Matar a un ruiseñor. O el éxito de John Fante gracias al azar guiado por Bukowski convertido en lector. O la (mala) suerte que tuvo John Williams en vida, porque una vez muerto esta se revirtió con el éxito de su novela Stoner gracias a Colum McCann y Anna Gavalda, también como lectores. Se considera además la historia de la dentadura de Martin Amis y su éxito relacionado con su padre, otro reconocido escritor. Y es que aquí vale muy bien lo que dice Peña: “En el mundo editorial la fortuna vale de bien poco si no va acompañada de contactos. De hecho, la fortuna suele radicar en adquirir buenos contactos. Es decir, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado y con las personas adecuadas” (p.243).

En cuanto al epílogo se cuenta la historia de Boris Vian y la adaptación al cine de su novela Escupiré sobre vuestra tumba. De esta manera enlaza la idea del inicio de la vida con su respectivo final, que en el caso de Boris Vian corresponde al infortunio.

De esta manera, Peña, a través de su escritura, que se ciñe sobre las historias de grandes escritores, que a su vez son grandes infelices, intenta conocer a su padre, quien también era un gran lector, y que incluso tenía aspiraciones de escritor. Es en este punto, que ambos, padre e hijo, se reflejan uno sobre el otro para mostrar lo que oculta esa tinta invisible que también es parte de este maravilloso libro.

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Datos del libro reseñado:

Javier Peña

Tinta invisible

Blackie Books, 2024